Punto de Quiebre – Capítulo XV

Por : kapizan
En : Capítulo XV - La Penca, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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LA PENCA

Campamento de ARDE, Frontera Sur de Nicaragua, abril de 1984

Los bultos arrojados desde un avión contratado por la CIA cayeron en la zona de señalización, marcada con una fogata en forma de X, en donde Vigorón y una docena de combatientes los esperaban con ansiedad. Al comprobar el contenido de los paquetes, la frustración de los hombres se hizo evidente: los trescientos pares de botas eran talla 12, enorme para los pies de los campesinos nicaragüenses; el pedido de que les enviasen arroz y frijoles lo habían atendido, salvo que los dos granos venían mezclados en los costales; y el colmo, en vez de apósitos para trancar la hemorragia de los heridos, les habían arrojado un bulto de toallas higiénicas femeninas.
― ¿Qué clase de apoyo es éste? ― murmuró Vigorón en tono de disgusto y agregó ― parece que quisieran burlarse de nosotros. Gringos de mierda.
Después de instruir a sus hombres sobre como separar los granos con un cedazo y almacenar el resto del material, se dirigió al puesto de mando de Pastora para informarle la anomalía.
En la casita de madera construida sobre pilotes e iluminada por lámparas Coleman, se encontraban Pastora, Chinto Bermúdez, y otros dos comandantes subalternos, analizando un mapa de situación y discutiendo los detalles de una operación. Para el Comandante Cero se hacía cada vez más urgente la necesidad de efectuar alguna acción militar de envergadura y fuerte impacto, que le ayudase a contrarrestar las presiones de la CIA y a superar sus agrios enfrentamientos con Robelo, el jefe político de ARDE, que en ese momento se encontraba en Londres haciendo gestiones para que el parlamento británico presionase a Ortega a fin de que diese plenas garantías a la candidatura de Arturo Cruz, en las elecciones presidenciales previstas para el fin de ese año. Edén Pastora estaba convencido de que ese no era el camino, pues en su opinión los sandinistas tenían asegurado el triunfo. Dos decretos recientes reforzaban esa presunción: los nicaragüenses no podrían votar en el exterior ― donde se encontraba el grueso de la oposición al régimen ―, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de las democracias; y la edad para ejercer el derecho al voto se estableció en los dieciséis años; con lo cual la enorme masa de jóvenes recién indoctrinados, representaría un caudal inmenso de votos. En opinión del guerrero el único camino era el triunfo militar, encabezado por él y sin ninguna alianza con “los somocistas” de la FDN.
― Te estábamos esperando Vigorón ― le dijo Pastora a su leal subalterno ― estamos montando una operación envolvente sobre dos objetivos que ojala podamos capturar simultáneamente: el puesto fronterizo de Peñas Blancas y el puesto militar sandinista de San Juan del Norte. Necesito un éxito contundente. Quiero tenerle esa sorpresa a Robelo cuando regrese. Vos te encargarás del ataque a Peñas Blancas y Chinto del ataque a San Juan del Norte. La idea es evitar desplazamientos por el río para favorecer la sorpresa y hacer un rodeo por tierra hasta alcanzar los dos objetivos. ¿Está claro?
Los dos objetivos, débilmente defendidos por las tropas sandinistas, fueron presa fácil para las columnas de ARDE, hábilmente comandadas por los dos veteranos. El 14 de abril, reportaron el triunfo; solo habían sufrido ocho bajas entre muertos y heridos; la mitad de los prisioneros expresaron su intención de unirse a la fuerza de Pastora. Eufórico por los resultados, el Comandante Cero proclamó “La República Libre de San Juan del Norte”. El éxito fue efímero. Una semana después el Ejército Popular Sandinista, contraatacó con una fuerza cuatro veces mayor a la empleada por ARDE, y logró desalojarlos de ambas posiciones tras un cruento combate en el que los hombres de Cero, lucharon con valentía hasta agotar sus municiones. Una retirada desordenada hacia el campamento, con gran número de bajas y trasladando a sus heridos, fue la única opción que le quedó a los combatientes de Pastora. Dos días después y al mando de Vigorón, la maltrecha fuerza expedicionaria llegó a las instalaciones en las riveras del río San Juan. Entre los heridos se encontraba Chinto que falleció mientras intentaban evacuarlo hacia un hospital en Costa Rica. Subestimar la capacidad de reacción de su enemigo y sobrevalorar el potencial real de sus propias tropas, fueron los dos graves errores que cometió Edén Pastora en ésta, quizá, la operación de más envergadura emprendida por ARDE en la frontera sur de Nicaragua.
La muerte de Chinto fue un duro golpe para Vigorón, su viejo compañero de armas. Mientras cavaban la fosa, el antaño profesor universitario empezaba a tomar conciencia de lo estéril que estaba resultando ésta lucha. Por primera vez comenzó a cuestionarse la capacidad de Edén Pastora para conducir a sus tropas hacia el éxito. La motivación que en los primeros años de la revolución había sido el motor de sus actuaciones en contra de la dictadura de Somoza, se estaba disolviendo por falta de claridad en los objetivos estratégicos, por las disputas que ponían de presente la mezquindad de los líderes y por la terquedad arrogante de su propio jefe.

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La Penca, Frontera Sur de Nicaragua, jueves 30 de mayo de 1984

Al caer la noche, una veintena de periodistas que habían salido en la mañana desde el hotel Irazú en San José de Costa Rica, llegaron por tierra a La Penca, lugar al cual habían sido convocados por Edén Pastora, quien daría una rueda de prensa. El Comandante Cero tenía pensado recurrir a la publicidad que le daría esta entrevista, para denunciar las presiones de la CIA en sus pretensiones de lograr la fusión de ARDE con la FDN. Al mismo tiempo aprovecharía la rueda de prensa para distraer la atención de la opinión pública internacional, sobre el estrepitoso fracaso de las operaciones en San Juan del Norte y Peñas Blancas. Edén recibió al grupo de periodistas muy cordialmente, en una casita de madera situada a orillas del río San Juan y les anunció que la conferencia sería al día siguiente pues ya era muy tarde y no era conveniente cruzar el río a esa hora. De todas maneras los periodistas, impacientes, lo rodearon, encendieron sus equipos y comenzaron con algunas preguntas “preliminares” que el Comandante se mostró dispuesto a responder:
― ¿Alfonso Robelo va a aliarse realmente con los contras del norte? ― preguntó el corresponsal del Tico Times.
― Robelo es libre para hacer lo que el quiera. Puede aliarse con los somocistas o permanecer en el proyecto político que defendió con nosotros. Ustedes…
En ese momento, un estrépito ensordecedor llenó la sala improvisada, se apagaron las luces y segundos después en medio de la confusión que produjo el estallido de una bomba, sólo se escuchaban, en varios idiomas, voces pidiendo ayuda. Edén Pastora perdió el sentido pero lo recuperó minutos después y logró sobrevivir con algunas heridas de consideración. En medio del caos, nadie se percató de un supuesto fotógrafo freelance, de nacionalidad danesa, quien hizo explotar, a control remoto, la bomba que llevaba escondida en su maletín de cámaras. El presunto danés era Iscariote que fingió estar herido y logró ser evacuado hacia San José. Nunca ingresó a un hospital y esa misma noche abandonó el país cruzando la frontera con Panamá.

Punto de Quiebre – Capítulo XIV

Por : kapizan
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RUMBO AL EXILIO

Miami, sábado 31 de marzo de 1984

Ninfa repartió una segunda ronda de café negro después de que una joven nicaragüense que le colaboraba en las labores de cocina, hubo retirado los platos del apetitoso desayuno, que acababan de consumir los invitados a la reunión convocada por Marietta en casa de Aníbal. En torno a la mesa de hierro forjado, protegida por un enorme parasol, en el jardín posterior de la mansión, a pocos metros de la piscina, se sentaban María José y Roberto, Horacio Gómez ― quien había llegado la víspera para asistir esa noche a la inauguración de la exposición individual de Elizabeth en Gruber´s Gallery ―, Elizabeth y Reinaldo, Aníbal y Marietta.
― En este momento disponemos de setecientos cincuenta mil dólares ― comenzó diciendo Marietta ―, es decir que la meta para la próxima subasta es un cuarto de millón de dólares. Si logramos alcanzarla, tendremos el dinero suficiente para adquirir el helicóptero de segunda, que vale ochocientos mil dólares y destinar el resto para la compra de medicinas y material sanitario.
― Un helicóptero para evacuar heridos y medicinas es un excelente aporte ― comentó Horacio ―, yo estoy dispuesto a donar dos cuadros para la subasta y Elizabeth me ha comentado que piensa destinar la mitad de lo que obtenga con la venta de sus obras para apoyar a la contra. Sinceramente creo que después de la exposición y la subasta habremos completado la cantidad total.
El grupo estaba optimista. La media hora siguiente la dedicaron a evaluar la situación general de la contra que estaba siendo fortalecida por el apoyo abierto de los Estados Unidos a través del gobierno de Reagan; sin embargo, Aníbal mostró su preocupación por las reacciones adversas al reciente minado de los puertos, que se estaban suscitando tanto en el plano internacional como dentro del congreso gringo. Roberto estaba de acuerdo con Aníbal y consideraba que, al sembrar las minas, la CIA se había descarado un poco, pues no parecía creíble que una operación de ésta naturaleza hubiese sido emprendida autónomamente por los mandos de la contra; llegó a afirmar que el verdadero efecto podría ser un rechazo del congreso para suspender la ayuda económica a los insurgentes de derecha. Marietta opinó que si la ayuda llegara a suspenderse, no había porque preocuparse, pues ella se había enterado de muy buena fuente, que el gobierno tenía un plan B: Reagan había encomendado esa tarea en muy buenas manos y no había porque preocuparse. En el grupo, el único preocupado era Reinaldo García. El cubano sabía que si los sandinistas no eran derrocados antes de diciembre de 1985, perdería para siempre a su hijo Efrén, que para entonces cumpliría la mayoría de edad y se emanciparía de la tutela paterna para irse a Nicaragua y unirse a las cada vez más numerosas brigadas de internacionalistas.
Apenas cuatro años antes, el hijo único de Reinaldo, siendo un adolescente imberbe se había fugado, en compañía de un primo lejano, de la casa de unos parientes en Guatemala, en donde pasaba vacaciones, para viajar de mochilero hasta Managua estimulado, como muchos jóvenes de la época, por la propaganda sandinista respecto a la “Cruzada Nacional de Alfabetización”. El mismo Reinaldo había tenido que viajar a Nicaragua para traer de vuelta a Efrén, con quien la relación se había deteriorado sensiblemente desde entonces y tendía a radicalizarse cada vez más, pese a los esfuerzos que hacían los profesores del exclusivo internado en que lo había inscrito, para convencerlo de que esa visión romántica del sandinismo no era real.

Alrededor de las cinco de la tarde, casi todo estaba listo para la inauguración; faltaba reacomodar tres cuadros que Elizabeth, con la guía experta de Horacio, había decidido cambiar de lugar, en forma tal que la iluminación los favoreciese. Sentada en una confortable poltrona, Marietta calmaba la sed con te helado mientras observaba a los dos pintores haciendo los arreglos y se decía para sí misma: “es increíble la atracción que estos dos sienten el uno por el otro. No pueden ocultarlo. ¿Qué pasará mañana cuando Reinaldo viaje a Paris? Seguramente nada pues a pesar de la sexualidad tan fuerte que tiene esta muchacha, no creo que se atreva a serle infiel a Reinaldo; y si lo llegara a hacer, la mataría el remordimiento. El problema es que ella no pertenece, aunque pretenda parecer, al grupo de mujeres que prefieren la monogamia en sus relaciones de pareja. No me cabe duda de que la gente se casa enamorada y cree que el enamoramiento le va a durar toda la vida, por eso se juran una fidelidad que con facilidad rompen física o mentalmente. No tiene sentido mantener esas relaciones a partir del engaño. Ahh, si todos los seres humanos aceptasen que somos poligámicos por naturaleza y monogámicos por elección, se acabarían los divorcios y todos vivirían felices y sin engaños como Nando y Lorena. La clave está en entender que la lealtad es un principio y la fidelidad es un mero concepto cultural”.

Esa noche, el coctel de inauguración estaba muy concurrido y Marietta presentía un éxito total: en las primeras dos horas se habían vendido seis de los veinticuatro cuadros expuestos por Elizabeth. A las nueve de la noche llegó Adolfo Calero, el jefe político de la FDN, en compañía de un apuesto oficial del Cuerpo de Marines que lucía su uniforme con varias filas de condecoraciones obtenidas en Vietnam. Pronto se formó un corrillo alrededor del líder político y su acompañante. El oficial fue presentado como el teniente coronel Oliver North, a quien recientemente había designado Ronald Reagan como oficial de enlace entre la Casa Blanca y los rebeldes nicaragüenses. Según Calero, el coronel North estaba completamente comprometido con la causa y había disipado cualquier temor respecto a la posibilidad de que el ala demócrata del congreso lograra la suspensión de la ayuda en efectivo para la contra. Según North, no había porque preocuparse; lo único cierto era que los paladines por la libertad dispondrían de efectivo suficiente para operar y en el aspecto táctico podrían contar con asesores especializados. Ésa era la misión que le había encargado personalmente el Presidente Reagan y él, como oficial del cuerpo de marines, juraba por su honor que no los abandonaría. La breve pero emotiva perorata de North, fue recibida con nutridos aplausos de los concurrentes.

La charla prosiguió y pronto surgió entre el pequeño grupo un tema candente: Edén Pastora. La lógica reforzaba la conveniencia de que ARDE, el grupo organizado por el Comandante Cero para combatir a los sandinistas desde el frente sur en territorio costarricense, se uniese a la FDN y a los rebeldes miskitos que luchaban en la Costa Atlántica, a fin de que pudiesen ofrecer un frente organizado e integrado bajo un mando central. El problema era la reticencia de Pastora a “luchar al lado de antiguos somocistas corruptos”, unida a los celos que suscitaban, entre los líderes de la contra, su don de mando y su carisma. Para esas fechas Edén Pastora se había convertido en una piedra que tallaba tanto en el zapato izquierdo como en el derecho. El coronel North mencionó que muy pronto la CIA le pondría un ultimátum a Pastora: o se une al mando conjunto o se le retira por completo el apoyo en dinero, armas y pertrechos. Obviamente, el oficial omitió mencionar que en algunos círculos de Washington se estaba considerando como una opción, eliminar a Pastora en caso de que no se plegase a los requerimientos de la CIA.
En medio de la discusión, un mesero se acercó discretamente a la anfitriona y le indicó que tenía una llamada telefónica en su oficina… al otro lado de la línea, la voz de Braulio sorprendió a Marietta: el ecuatoriano acababa de llegar a Miami procedente de Honduras y le urgía hablar con ella para tratar un asunto muy delicado, sin que Aníbal Argüello se enterase.

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Villa Santa Clara, Honduras, sábado 31 de marzo de 1984

Una semana antes, cuando el doctor Mendieta les anunció a Juanito y a Braulio la imposibilidad de seguir manteniendo en su clínica a Maribel, Juanito consiguió que un antiguo amigo de Simón, les prestase Villa Santa Clara, una cómoda propiedad rural a unos treinta kilómetros de la capital hondureña, en inmediaciones de un bosque de pinos y lo suficientemente alejada de la carretera principal, como para ofrecer un refugio seguro. Allí fue trasladada la joven enferma junto con Lorena y Adriana que habían viajado desde Managua para apersonarse de la situación.
Neutralizado el riesgo que implicaba la presencia de Maribel en la clínica siquiátrica, el doctor Mendieta había accedido a continuar su tratamiento utilizando los procedimientos modernos para manejar ésta enfermedad, conocidos en la comunidad médica como short term therapy. Según explicó el doctor, el Trastorno Afectivo Bipolar no tenía cura, una vez manifestado, pero era controlable con el uso de medicinas ― ansiolíticos para las fases maníacas y antidepresivos para la fase contraria ―; siempre y cuando, el paciente evitase hasta donde fuera posible las condiciones de presión y estrés que habían desencadenado la enfermedad. En el caso de Maribel, recomendaba un período de reposo de un par de meses, dedicados a establecer una nueva forma de vida y a prepararse para reanudar la relación con su padre y su hermana. Él estaría visitándola una o dos veces por semana para verificar los progresos y consideraba que a finales de mayo o comienzos de junio podría viajar al reencuentro con su familia.
En pocos días, los cambios en la conducta y en el ánimo de Maribel eran evidentes; incluso su aspecto físico había mejorado y se le notaba tranquila. La rutina diaria incluía media hora de ejercicios al aire libre, antes del desayuno; dos horas de clase de guitarra con Adriana; trabajo en la huerta situada a espaldas de la casa; almuerzo y breve siesta. En las tardes las tres mujeres se reunían a conversar en la biblioteca y Maribel que había recuperado su sentido del humor, entretenía a sus amigas con simpáticas anécdotas de su permanencia en Cuba y de su actividad como oficial del ejército sandinista. En todo momento, Lorena y Adriana dejaban que Maribel tomase la iniciativa en las conversaciones y habían evitado tratar el doloroso tema de la relación con su padre y su hermana. Por su lado, la joven en ningún momento había hecho referencia a los traumáticos episodios que habían alterado su mente y los alejaba de su pensamiento cada vez que acudían. La narración detallada de lo sucedido con la muerte de Max, la explosión de la bomba y la eliminación de Black Jack, había quedado en el diván del doctor Mendieta y para su propia sanación, era importante que allí permaneciera. De ese pasado tormentoso e incierto sólo quería conservar un grato recuerdo: Misael Luque. Ya se había enterado del parentesco de éste con Nando y de su valerosa actitud al decidir no denunciarla.
El único problema por resolver era de tipo migratorio. Braulio y Nando habían decidido no usar el pasaporte guatemalteco que portaba Maribel pues consideraban que podía ser riesgoso utilizarlo; así pues, la única opción que les quedaba era acudir a Marietta Gruber para que, moviendo sus contactos con las altas esferas de Washington, encontrase la forma de evacuar a la joven hacia Miami con estatus de exiliada política. Con ese objetivo Braulio había viajado esa mañana a los Estados Unidos.

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Campamento de ARDE, Frontera Sur de Nicaragua, sábado 31 de marzo de 1984

Las aguas del río San Juan se rizaron por efecto del movimiento rotativo en las aspas del helicóptero que se aproximaba. Misael alertado por el ruido de la nave, recogió su equipo y se encaminó al pequeño claro que servía como helipuerto, en la rivera nicaragüense del río a pocos metros del puesto de mando de ARDE (Alianza Revolucionaria Democrática), el frente contrarrevolucionario que había organizado Edén Pastora, como jefe militar, y al cual se había unido Alfonso Robelo como líder político. Allí concluía, para el oficial colombiano, el tercer y último día de la visita de inspección que acababa de realizar siguiendo instrucciones del coronel Stanton.
En ese lapso había podido comprobar varias cosas que pensaba incluir en un corto pero contundente reporte: la cifra de combatientes activos había sido notoriamente exagerada; Pastora recibía de la CIA un dólar diario por cada hombre en armas, pero la cifra de tres mil quinientos dólares era cuatro veces superior a la cantidad real de sus tropas; la fuerza de ARDE, tenía planeado capturar algunos enclaves en la Costa Atlántica, pero Misael dudaba de que pudieran sostenerlos, precisamente por falta de efectivos; la moral de las tropas era normal pero su entrenamiento era deficiente; y lo peor, había serias discrepancias entre Pastora y Robelo pues el primero se oponía rotundamente a una fusión con la contra de Honduras, en tanto que el segundo era partidario de la unión. Misael había llegado al convencimiento de que Edén Pastora era un ególatra que empleaba mas tiempo en recrear sus glorias pasadas que en pensar seriamente en el futuro de su accionar con la tropa que había conformado; anticipaba que en caso de que aceptase unirse a la FDN surgirían serias disputas por el liderazgo que podrían poner en riesgo los objetivos estratégicos de toda la operación.

Esa misma tarde, Misael redactó su informe y viajó por tierra, desde la base militar de El Aguacate hasta Tegucigalpa en donde se entrevistó con el coronel Stanton. Una vez cumplida la formalidad, decidió desplazarse hasta Villa Santa Clara, cuyas señas le había indicado Nando, con el único propósito de volver a ver a Maribel Argüello. Era indudable que el arrebatado gesto de la joven trastornada, había logrado trastornarlo a él. Desde entonces, no lograba alejar de su mente la imagen de la hermosa e impulsiva joven.
El sol poniente dibujaba arreboles en las nubes y pintaba de rojizos tonos las hojas de los árboles, cuando Misael detuvo el campero frente a la casa principal de Villa Santa Clara. La intriga de Lorena y Adriana ante el visitante se despejó con el súbito cambio en la expresión de Maribel que se volvió hacia ellas, les dijo “es mi doctor Zhivago”, y salió a su encuentro para sorprenderlo con una efusividad y un entusiasmo que le recordaron a Adriana los mejores tiempos del romance de la pelirroja con Max.

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Washington, martes 17 de abril de 1984

― Siempre he dicho que no se trata de tener muchos amigos, sino de tener pocos pero muy bien ubicados en los centros de poder ― le dijo Marietta a Braulio con el rostro iluminado por la satisfacción que produce haber contribuido a la solución de un problema, que para cualquier mortal común y corriente parecería insoluble. Un brillo orgulloso en sus ojos, denotaba que ella no se consideraba así misma ni común, ni corriente.
A Braulio le parecía imposible que con solo dos llamadas telefónicas se hubiese resuelto el problema migratorio de Maribel. Las respuestas a los interrogantes que semanas antes se habían planteado con preocupación los amigos de la joven en Tegucigalpa, sobre cómo, cuándo, y hacia dónde trasladarla, las había encontrado el todo poderoso Senador William Richardson, sin hacer un esfuerzo mayor al requerido para ordenar, telefónicamente, una pizza en un restaurante. En menos de veinte minutos quedó demostrado que el senador Richardson era uno de los hombres con mayor poder en las altas esferas políticas de Washington. También quedó claro que la estrategia de Marietta de esperar los resultados de la exposición y la subasta había funcionado: antes de pedir apoyo para evacuar a Maribel, había presentado al senador su oferta de donar un helicóptero y doscientos mil dólares en medicinas para la contra.

El senador Richardson era el líder del grupo de congresistas de la derecha republicana, conocidos por la opinión como “Los Halcones” en contraste con sus colegas demócratas a quienes llamaban “Las Palomas”. El veterano político tenía gran ascendiente sobre el director de la CIA y por ello le resultó muy sencillo atender el requerimiento de Marietta. Lo acordado implicaba que el avión C130 en que se llevaban dos veces por mes provisiones a la contra en un vuelo hasta la base militar de El Aguacate en Honduras, trasladaría en la última semana de mayo el helicóptero, desarmado y las medicinas adquiridos con los fondos recaudados por Marietta y de regreso traerían a Maribel para que se reuniera con su familia. Maribel ingresaría a los Estados Unidos como asilada política y podría fácilmente obtener sus documentos como residente en los Estados Unidos.
Esa misma tarde Braulio y Marietta regresaron a Miami y la francesa quedó con la responsabilidad de poner al tanto a Aníbal sobre el regreso de su hija. Obviamente se le informaría que Maribel deseaba de todo corazón reencontrarse con su familia, pedir perdón y buscar la forma de iniciar una nueva vida que le ayudase a resarcir el daño que su absurda ruptura, a raíz de la muerte de Max, le había causado a los suyos.

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Ciudad de Panamá, viernes 20 de abril de 1984

El aspecto corriente, inofensivo, casi anodino de Iscariote, encubría a la perfección su oficio: asesino profesional. Su verdadero nombre, su edad y su origen, se escondían en media docena de pasaportes que acreditaban diferentes nacionalidades y profesiones. En realidad era un apátrida cuyo único credo era la eficiencia y la pulcritud en su trabajo por el cual cobraba tarifas de seis cifras a quien pudiese pagarlas. El turbio escenario de la Guerra Fría había propiciado las circunstancias para que Iscariote acumulase una considerable fortuna y un auténtico respeto entre los jefes de los servicios secretos de las dos potencias, que acudían a sus servicios para “resolver problemas” en los cuales no consideraban conveniente involucrar a sus propios efectivos. En años recientes, desde que el enfrentamiento Este-Oeste comenzaba a tener vigencia en Centro América y el Caribe, Iscariote había establecido en Panamá una sede alterna y desde allí, había planificado y ejecutado múltiples operaciones especiales por cuenta de la KGB y de la CIA. Entre sus víctimas, en atentados impecables, se contaban un exministro disidente en Cuba, un obispo católico en El Salvador, un candidato presidencial de izquierda en Guatemala, un antiguo general de la Guardia Nacional nicaragüense y el rector de una universidad hondureña, entre otros.
Para contactar a Iscariote, era necesario ser referido por uno cualquiera de los altos oficiales, en ambos servicios de espionaje, con quien éste hubiese tenido negocios en el pasado. El sistema era simple: el nuevo cliente debería comunicarse con un número telefónico en Lisboa y responder unas cuantas preguntas. En menos de cuarenta y ocho horas recibiría una llamada telefónica del propio Iscariote definiendo el lugar y la hora de la cita.
Dos horas antes de lo acordado con su nuevo cliente, Iscariote se registró en el Hotel Continental de la Vía España en Ciudad de Panamá, bajo el nombre de Alexander Bright, ciudadano australiano, se instaló en una confortable suite y se dispuso a esperar la llegada de un tal comandante Martínez, del Ejército sandinista, que venía recomendado por el coronel Igor Vlasinsky, oficial residente de la KGB en Managua, a quien Iscariote conocía de operaciones anteriores en Europa Oriental.
Media hora duró la reunión entre Iscariote y el comandante Martínez; en resumen: el nicaragüense aceptó el precio de doscientos mil dólares por la operación que debería ejecutarse en menos de sesenta días. Según lo acordado entregó un maletín con el cincuenta por ciento en billetes de banco de baja denominación. Lo verdaderamente interesante para Iscariote era que una semana antes el coronel Stanton, de la CIA, le había anticipado una suma exactamente igual por el mismo objetivo: Edén Pastora.

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Villa Santa Clara, sábado 26 de mayo de 1984

El tratamiento del doctor Mendieta, los cuidados de sus dos amigas y la rutina apacible de Villa Santa Clara, no habían contribuido tanto a la increíble recuperación de Maribel, como las tres visitas que en las últimas semanas le había hecho Misael. Ese día la joven lo esperaba con ansiedad pues sería la última vez que se verían antes de su viaje a Miami, previsto para el lunes de la siguiente semana. Las tres mujeres habían conspirado para que Maribel pudiese pasar su primera noche de amor a solas con su “doctor Zhivago”. Una prueba de que Maribel ya había logrado controlar su enfermedad y su comportamiento era normal, la constituía un cuaderno en que la joven había compuesto, como en su primera juventud y para su primer amor, una serie de hermosos poemas eróticos.
Misael llegó a Villa Santa Clara al caer la tarde trayendo como presente un hermoso ramo de rosas rojas. Bien pronto, el colombiano leyó en los ojos de la apasionada Maribel lo que sucedería esa noche largamente anhelada… Al día siguiente poco antes de partir, Misael le prometió a Maribel que en sus próximas vacaciones iría a visitarla a Miami. Al despedirse, ambos quedaron con la sensación de haberse reencontrado con el amor y llenos de la esperanza y la ilusión que produce en los seres humanos el amor correspondido.

Punto de Quiebre – Capítulo XIII

Por : kapizan
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CATÁRSIS

Tegucigalpa, viernes 16 de marzo de 1984

El anhelado y muchas veces soñado “día D”, como llamaba El Turpial, dándose ínfulas de estratega militar, a la fecha escogida para cobrarle cuentas a Black Jack, había llegado. Con un entusiasmo digno de mejor causa y con la mente aguzada como la del más sanguinario de los sicópatas, el vengador concentró toda su energía en la minuciosa preparación de los últimos detalles en el alistamiento del macabro escenario que su mente perturbada había concebido. Semanas antes, gracias a un anuncio de prensa, había encontrado y alquilado por seis meses la vivienda, el depósito, la maquinaria, las herramientas, dos volquetas, y una mezcladora de concreto, a un ingeniero, contratista del gobierno municipal de Tegucigalpa, especialista en reparación de vías, quien pasaría una temporada fuera del país. A ese lugar debería conducir La Leona a su presa, sin que pudiese sospechar que una vez cumplida la tarea, ella también se convertiría en víctima.
Se trataba de unas instalaciones situadas en las goteras de la capital, ochocientos metros adentro de la carretera pavimentada que conectaba la base militar Hondureña de El Aguacate con Tegucigalpa. Era el lugar ideal para perpetrar el crimen, pues su aislamiento daba suficientes garantías de no ser descubierto: el tuerto podría gritar hasta desgañitarse sin que nadie alcanzara a escucharlo. La supuesta casa del tío de María de los Ángeles era una construcción sencilla de una sola planta con dos cuartos, un baño, sala, comedor y cocina. Era confortable, estaba amoblada con buen gusto y había sido decorada por la esposa del ingeniero, en forma tal que le confería un ambiente acogedor que invitaba a la intimidad. Un gozo anticipado le producía al Turpial imaginar que Lorenzo apenas alcanzaría a vislumbrar las posibilidades eróticas que ofrecía el nido de amor del ingeniero y su esposa.
Esa mañana, después de su ritual diario de ejercicios, baño y afeitada, El Turpial había dedicado un buen tiempo a taladrar la placa de concreto del piso en el galpón, contiguo a la casa, en el que se guardaba la maquinaria. Una vez triturado el cemento, comenzó a cavar un hoyo en el que pensaba enterrar los cuerpos de Lorenzo y Maribel, cubriéndolos con una gruesa capa de concreto. Se trataba de no dejar evidencia al atar el último cabo en la intrincada trama de su venganza, para poder refugiarse en Brasil en donde lo esperaba una nueva vida, disfrutando la fortuna de su antiguo jefe, que mantenía a buen recaudo en un banco de Río de Janeiro. Satisfecho con las dimensiones de la fosa, empleó dos horas en cargar una volqueta con los cascotes de cemento y con la tierra extraída, que arrojó a dos kilómetros del lugar. Al volver, alistó la mezcladora de concreto y regresó a la casa.
Hacia el final de la tarde, una hora antes de la llegada de sus víctimas, revisó por última vez la mesita rodante cargada de botellas de licor y escondió en el sitio previsto la mezcla de barbitúricos y escopolamina con la que La Leona debería sedar a Black Jack. Finalmente, apagó las luces y se dispuso a esperar escondido en un lugar desde el que podía vigilar sin ser visto.

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Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, viernes 16 de marzo de 1984

Ese día La Leona se despertó con la conocida sensación de tensión en el vientre que siempre la había acompañado cuando se disponía a participar en un operativo. Era una mezcla de miedo controlado, ansiedad y la vaga impresión de que algo podía fallar. A esos ingredientes se agregaba, en ésta oportunidad, un recóndito deseo de poner fin a la azarosa vida que había llevado desde la muerte de Max.
En su mente se alineaban, como los actores de teatro en espera del aplauso de la platea, sus múltiples personalidades: Maribel, la joven apasionada, soñadora e impulsiva, que componía versos eróticos, y disfrutaba la vida familiar a orillas de la laguna de Jiloa, mientras jugaba a ser correo de los sandinistas; Kasandra, la entusiasta e ingenua discípula de Vigorón convertida en insurgente por ganarse el amor de Max; la teniente Argüello, entrenada e indoctrinada en Cuba y destacada oficial del nuevo ejército sandinista; La Leona, implacable combatiente en las montañas de Nueva Segovia, persiguiendo bandas de antiguos somocistas; Julieta Meneses, en su breve actuación para entrevistarse con El Turpial en Tegucigalpa; y ahora, María de los Ángeles Pérez, interpretando el papel de niña burguesa para infiltrarse en las filas de la contra. ¿Y después qué? No encontraba ninguna respuesta, pero desde que había visto el llavero de Max con su nombre, rondaba en su mente una necesidad de afecto familiar, que no lograba ahuyentar del todo cuando recurría a su racionalismo revolucionario.
Según lo previsto por el comandante Martínez la misión de Maribel, después de interrogar y ejecutar al comandante de la FDN que le indicase El Turpial, concluía y debería regresar a Nicaragua, el lunes por vía aérea, para rendir el informe de interrogatorio y reintegrarse a su unidad en el ejército sandinista. Por primera vez en cinco años, Maribel pensó en la posibilidad de abandonarlo todo y en vez de regresar a Nicaragua huir a Guatemala y desde allí tomar contacto con su familia. Ésta intención, rápidamente desechada por la joven, fue la primera fisura en su fervor sandinista.

Un fuerte aguacero tropical la mantuvo toda la mañana encerrada en la rústica casita de madera que le servía de alojamiento. Mientras su mente se debatía en preguntas existenciales, sus manos se entretenían limpiando y puliendo el revólver Smith & Wesson calibre 38 de cañón corto que la acompañaba desde que se lo había apropiado, como botín de guerra, al final de su primer combate en las montañas al mando de un pelotón de cachorros de Sandino. Desde esa época se había ganado el apodo de Leona y el revólver se había convertido en su arma personal. Al presentarse ante el comandante Renato con su historia de fachada como María de los Ángeles Pérez, le había dicho que el arma pertenecía a su difunto padre y había obtenido su permiso para usarla. Su puntería con el chato revólver era muy certera en distancias de no más de veinte metros.
Cuando la lluvia amainó, guardó en un pequeño maletín de viaje dos mudas de ropa y un bolso con sus cosméticos; escondió en un compartimento oculto del maletín trescientos dólares en efectivo, el revolver y el pasaporte que la acreditaba como Rebeca Quintero, ciudadana Guatemalteca. El nuevo pasaporte se lo había entregado El Turpial en su anterior visita, explicándole: “Con este documento, que es auténtico y me costó unos bueno reales, podrás salir de Honduras y regresar a Managua una vez cumplida la misión”. En ese momento ignoraba que la cuestión del pasaporte era un detalle previsto por el retorcido personaje para darle confianza e impedir que sospechara sobre sus verdaderas intenciones. Finalmente, sintiéndose preparada anímicamente, salió decidida hacia el alojamiento de Black Jack, completamente posesionada de su papel y dispuesta a protagonizar el último acto en la vida de ese miserable.

El contubernio entre las fuerzas contrarrevolucionarias y el gobierno Hondureño era tan evidente, que todos los miembros de la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP) tenían instrucciones de permitir el libre tránsito de los vehículos civiles en que se transportaban los oficiales y la cúpula de la FDN en sus desplazamientos a Tegucigalpa. Su única identificación era la placa del automotor, normalmente camperos o camionetas de 4×4, pues sus ocupantes, se movilizaban sin documentos de identidad, portando armas y en ocasiones transportando explosivos. Por lo anterior, el campero Toyota que conducía Black Jack no solo pasó sin inconvenientes los dos puestos de control de la FUSEP, instalados entre Danlí y El Aguacate, sino que los uniformados hondureños dieron claras muestras de su simpatía y apoyo, tratándolos como aliados en la misma guerra. A las siete de la noche, sin ningún contratiempo, el campero estacionó en el lugar previsto para la encerrona.
Una vez en el interior de la casa, La Leona haciendo gala de una juguetona melosería, se las había arreglado para mantener a raya al impaciente Black Jack y lograr que éste aceptase el trago de ron con la dosis de narcóticos que, según El Turpial, “lo pondrá a dormir por lo menos cuatro horas que nos darán tiempo para preparar su interrogatorio”. Lo que Maribel no sospechaba era que el malévolo personaje tenía otras intenciones: atar al tuerto a una viga, esperar que recuperase el sentido, torturarlo a sus anchas y disfrutar sus reacciones cuando le revelase su verdadera identidad; inicialmente pensaba eliminar a la joven de un balazo, pero su libido alborotada por la excitación que a su mente perturbada e inmisericorde le producía la culminación de su venganza, decidió cambiar a última hora sus planes y calmar sus apetitos sexuales con el hermoso cuerpo de la muchacha. Cuando Lorenzo estuvo completamente drogado, entre ambos lo trasladaron al galpón y lo ataron a una viga. Hecho esto, El Turpial le indicó a Maribel que regresaran a la casa a preparar el interrogatorio. Una vez allí, le ofreció un trago con una dosis similar a la que ella le había suministrado al tuerto.
Sintiéndose dueño de la situación, con sus dos víctimas sedadas e inmovilizadas, se instaló cómodamente en la sala, se sirvió un trago doble de whisky en las rocas, encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar pacientemente a que Lorenzo despertase para llegar al clímax de su retaliación. Su mente retorcida saltaba entre lo que le haría al tuerto con las navajas y lo que le haría a Maribel a quien había dejado atada a la cama del cuarto principal, y se refocilaba de solo pensar en estas, para él, excitantes perspectivas.

El tintineo de unos cubitos de hielo en un vaso de whisky que agitaba El Turpial en la sala de la casa, fue el primer sonido que se abrió paso por entre las brumas que flotaban en la mente de Maribel cuando recobró la conciencia. Al intentar moverse, comprobó que estaba atada, con los pies unidos a la altura de los tobillos por un lazo de mediano grosor y las manos separadas, encima de la cabeza y amarradas a dos bolillos de madera tallada que encajaban en sendos travesaños, como adorno en la cabecera de la cama. Comprendió entonces, la gravedad de su situación. Una descarga de adrenalina producida por el pánico, terminó por despejar su mente y ayudarle a concentrar todas sus energías en un solo propósito: escapar.
Lo primero era conservar la calma y sopesar las posibilidades de salir con vida. Empleó unos cinco minutos en controlar su respiración mientras intentaba recordar las enseñanzas del instructor cubano que la había entrenado en técnicas de escape. Recorrió con la vista el aposento y pudo ver que su maletín reposaba sobre una mesita a pocos metros de la cama junto al de Black Jack. Los dos maletines estaban en la misma posición en que los habían dejado y no tenían señas de haber sido requisados. La posibilidad de que el revólver estuviese en su escondite le infundió nuevos ánimos a la prisionera.
Flexionando las rodillas y apoyándose en los talones empujó el cuerpo hacia atrás para que su cabeza quedara a la altura de una pequeña ventana desde la cual podía observar una parte del interior del galpón. Desde allí, alcanzó a ver la sombra del cuerpo de Black Jack que se proyectaba sobre el piso y permitía apreciar que continuaba colgado de la viga en la misma forma en que lo habían dejado.
El movimiento de los brazos para cambiar su posición inicial le trajo a Maribel un nuevo descubrimiento y una luz de esperanza: el bolillo al cual tenía atada su muñeca derecha estaba flojo. Si lograba desencajarlo, su mano derecha quedaría libre y podría desatarse por completo. ¿De cuánto tiempo disponía? Recordaba que la dosis suministrada al tuerto, según lo dicho por El Turpial, lo mantendría sedado por cuatro horas; si la dosis que le había suministrado a ella era igual, estaba segura de que había despertado en la mitad del tiempo, pues como le había dicho el anestesiólogo que participó en la cirugía que le practicaron en la Habana “tú eres una acetiladora rápida, es decir que tu organismo elimina cualquier sustancia narcótica o tóxica en la mitad del tiempo que le toma a una persona en condiciones normales”. En ese momento, pudo ver la hora en el reloj digital de la mesita de noche: 10:50 PM. Black Jack había quedado inconsciente alrededor de las 07:30 PM y ella media hora después; era de esperarse entonces que El Turpial se ocupase de su víctima cuando despertara, cerca de la media noche. En otras palabras disponía aproximadamente de una hora para intentar aflojar el bolillo con movimientos firmes pero lentos y cuidándose de no hacer ruidos que alertasen a su captor.
En la sala, un reloj de péndulo marcó las doce. El Turpial se levantó de su silla y se encaminó al cuarto en que tenía a Maribel para echarle una ojeada; la joven, advertida por las campanadas del reloj se acomodó en la posición inicial, cerró los ojos, y fingió permaneciendo inmóvil. Satisfecho, el verdugo, se dirigió al galpón en el momento en que Black Jack regresaba aterrado a la realidad.
Al quedar a solas, Maribel redobló sus esfuerzos para aflojar el bolillo en que tenía centrada toda su esperanza, segura de que cualquier ruido que hiciese no sería escuchado. El Turpial en ese momento, revelaba su identidad al desventurado Lorenzo mientras esgrimía una de las barberas y comenzaba la sádica tarea de cortar lonjas de carne del cuerpo del tuerto, produciéndole un dolor indescriptible que le arrancaba horripilantes alaridos y le llevaba a suplicar clemencia, como todos los cobardes, sin ninguna dignidad.
Los estridentes gritos de Lorenzo se habían transformado en roncos estertores cuando Maribel logró desprender el bolillo y liberar su mano derecha. Menos de tres minutos le tomó desatarse por completo, encontrar el revólver y alcanzar la puerta de la cocina desde donde disparó contra El Turpial. El verdugo recibió tres impactos en la cabeza y cayó fulminado. Más por misericordia que por odio, dirigió el arma contra Lorenzo, convertido en una masa sanguinolenta, y descargó sobre él las tres balas restantes. El eco de los disparos rebotó en el silencio de la noche y sacudió el cuerpo y el espíritu de la joven que de repente se sintió vacía, agotada, terriblemente asustada y sin saber que hacer. Completamente aturdida, avanzó unos pasos y se dejó caer sobre un banco de madera, dando la espalda a la dantesca escena. Su mente se negaba a recrear lo sucedido…
Horas después, el canto de un gallo penetró el silencio y sacó a la joven de su ensimismamiento. Como sonámbula y guiada por su entrenamiento militar se puso en la tarea de eliminar todo vestigio de lo sucedido: venciendo su aversión, descolgó los despojos de Lorenzo y arrojó los dos cuerpos, las navajas de Baltodano y el revólver a la fosa; regresó a la casa, se quitó las ropas manchadas de sangre, se duchó, recogió el maletín con su ropa y el pasaporte; comprendiendo que necesitaría dinero para huir, buscó entre las pertenencias del Turpial hasta encontrar el efectivo que este llevaba, y tomó cuatro mil dólares y algo más de quinientos lempiras; hizo lo mismo con cuatrocientos dólares que encontró en el maletín de Black Jack; recogió todas las evidencias en la maleta del Turpial y volvió al galpón para arrojarla en la fosa; encendió el motor de la mezcladora y cuando el concreto estuvo listo lo vertió sobre los cadáveres.
Al amanecer, la gruesa lápida había fraguado y Maribel decidió que era el momento de sellar para siempre ese capítulo en su vida y alejarse del lugar. No tenía claro lo que haría a partir de ese momento, pero su cuerpo exhausto y su conciencia alterada la empujaban a buscar un refugio discreto donde pudiese dormir y recuperar las fuerzas que comenzaban a flaquear. En consecuencia condujo el campero hasta el centro de la ciudad, lo abandonó con las llaves puestas, se alejó dos cuadras del lugar, tomó un taxi y le pidió al conductor que la llevase a un hotel económico.

***

Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, Lunes 19 de marzo de 1984

Un misil explotó a menos de dos metros del cobertizo de madera que le servía a Misael como alojamiento. El curtido combatiente reaccionó instintivamente: empuñó su fusil y buscó refugio en las zanjas de protección cavadas para tal fin. A la explosión inicial le siguieron una andanada de misiles Katiuska de trayectoria tierra-tierra, con los cuales el gobierno soviético había dotado al ejército sandinista. En verdad estos ataques, que se repetían aproximadamente cada mes, eran operaciones de hostigamiento que dada la dispersión de las instalaciones de la base militar, no lograban mayor efecto que asustar a los reclutas recién incorporados a la contra. En los últimos seis meses sólo habían muerto dos campesinos que no tuvieron tiempo de protegerse del misil que destruyó su rústica vivienda. Como procedimiento operativo, los contras habían establecido el envío de patrullas para tratar de capturar al soldado sandinista que seguramente estaría situado en alguno de los cerros aledaños como observador adelantado, de las piezas emplazadas en el borde mismo de la frontera a tres kilómetros de distancia. Hasta esa fecha no habían capturado a ninguno.
El ataque de ese día era el tercero que había vivido Misael, desde su llegada a Las Vegas y fue un absurdo comienzo para la celebración de su cuadragésimo cumpleaños. Minutos después, cuando cesaron las explosiones, persistía una molesta llovizna que había convertido las zanjas de arrastre en lodazales y aumentado las molestias de los atacados que poco a poco regresaron a sus cobertizos murmurando maldiciones pero ilesos.
― ¡Que desperdicio de munición! estos imbéciles no le atinan a nada. Los rusos están botando su platica apoyando a estos ineptos ― le comentó Misael al comandante Renato mientras recorrían juntos las instalaciones más vulnerables de la base militar que, como en ocasiones anteriores, salieron incólumes de la chapucera ofensiva. Renato que había sido sargento de artillería opinó:
― Parece que dispararan a ciegas. Una de dos: no usan observadores adelantados para reglar el tiro o éstos son pésimos para guiar a los apuntadores en la noche. Les iría mejor si dispararan con las primeras luces del día. Lo que llamábamos los artilleros el crepúsculo náutico matutino. Lo molesto es que le joden a uno el sueño.
Ese lunes, la rutina del campamento que normalmente se iniciaba a las seis de la mañana con una formación general, se vio alterada por el estropicio producido por un misil que hizo impacto en uno de los fondos en que se preparaba el desayuno de la tropa. Con un atraso de dos horas, el comandante 3-80 recibió el parte diario de los comandantes subalternos y se enteró de la novedad: Black Jack y María de los Ángeles Pérez no habían regresado del permiso de fin de semana. Inicialmente se pensó que era una falta disciplinaria, pues no era la primera vez que el polémico comandante abusaba de sus privilegios y se tomaba uno o dos días extra de permiso. Dos horas después, una llamada del jefe de la FUSEP desvirtuó esa hipótesis: el campero asignado a Black Jack había sido abandonado en una calle de Tegucigalpa, y no había rastro de sus ocupantes. Se empezaron a barajar entonces dos nuevas posibilidades: la pareja había desertado o habían sido secuestrados por un comando sandinista que operaba clandestinamente en Honduras y que en una ocasión anterior había asesinado a un antiguo oficial de la Guardia Nacional.
A media mañana la normalidad volvió al campamento y se reiniciaron las actividades propias de lo que en esencia era: un centro de instrucción militar dedicado a preparar grupos de reclutas que una vez terminado su adiestramiento eran asignados, en grupos de treinta o cuarenta combatientes, a los seis comandos regionales que tenían su puesto de mando en Las Vegas, en donde permanecían casi todo el tiempo los comandantes, mientras las tropas combatían en territorio nicaragüense. En opinión de Misael, esa actitud de los comandantes regionales, similar a la de la cúpula de la FDN que permanecía la mayor parte del tiempo en Tegucigalpa o los Estados Unidos, denotaba una falla estructural grande en el conjunto de las fuerzas contrarrevolucionarias. Era normal que los comandantes regionales mantuvieran a sus amantes en sus refugios del campamento y casi nunca, se internasen en las montañas para dirigir las operaciones en el terreno. Si esa situación no cambiaba, las probabilidades de que la contra triunfase eran cada vez menores. Para Misael no dejaba de ser paradójico que en esta absurda guerra, el ejército regular, los sandinistas, fuera de izquierda y la insurgencia, los contras, fuese de derecha. Curiosidades de la guerra fría: tibia y de baja intensidad en esa región, desde la perspectiva de los bloques enfrentados; ardiente, sangrienta y cruel desde la óptica de los observadores neutrales que veían, las familias divididas, el país en la ruina y los hermanos nicaragüenses matándose entre si.
La noche oscura, calurosa y densa cayó como un pesado manto sobre el ánimo de Misael que se encaminó a su alojamiento a “celebrar” completamente solo su cumpleaños. Destapó una botella de ron, se tomó un buen trago y se sumió en sus pensamientos en torno al rumbo que le daría a su vida ahora que era soltero y estaba comprometido en una aventura con futuro incierto.

El matrimonio de Misael había sido la primera víctima desde su incorporación a la CIA: quince años de convivencia se habían ido al traste. En la última semana de diciembre había viajado a Bogotá para celebrar las fiestas de fin de año con su familia pero Lucía, su esposa y madre de sus cuatro hijos, le anunció su intención de separarse. La causa, expresada con cruda franqueza por Lucía, era un profesor universitario del cual se había enamorado. Misael había encajado el golpe con sentido pragmático consciente de que ante un argumento de esa naturaleza no valía la pena intentar la recuperación de un amor que había perdido su fuerza y su vigencia. Puesto que en Colombia para esas fechas no existía el divorcio entre parejas casadas por lo católico debido a un concordato entre el Gobierno y la Iglesia, sólo se permitía la separación de cuerpos y bienes. Entonces, como muchas otras parejas en situaciones similares, dieron poder a un abogado especializado que efectuó los trámites de divorcio en República Dominicana, sin necesidad de que ellos viajasen. Días antes, Misael había recibido la sentencia de divorcio por incompatibilidad de caracteres. Legalmente era de nuevo un hombre soltero y podría contraer nupcias en cualquier otro país diferente al suyo. ¿Volvería a casarse? No lo creía, pero sin querer, a su mente acudió la imagen de María de los Ángeles.
El sólo pensar que la bella e inteligente joven hubiese podido desertar en compañía de un sujeto tan despreciable como Black Jack, le producía a Misael un malestar cuyas causas intuía pero no se atrevía a reconocer: la joven le había atraído enormemente desde que la vio por primera vez y una sensación parecida a los celos había agregado un ingrediente más a la antipatía que le producía el arrogante tuerto, al enterarse que habían salido juntos a pasar el fin de semana.
Pensó en servirse un segundo trago pero no lo hizo. El sábado siguiente celebraría en forma su cumpleaños en compañía de su primo Nando, con quien había quedado de encontrarse para asistir al show que ofrecía Simon´s Club con un grupo de bailarines de samba.

***

Tegucigalpa, sábado 24 de marzo de 1984

Juanito estaba feliz: la totalidad de las mesas del Simon´s Club tenían reservación y había doce personas en lista de espera. La presentación del grupo brasilero de samba había despertado una gran expectativa entre sus clientes y todo parecía augurar que esa sería una estupenda noche. De hecho, las presentaciones del jueves y el viernes habían sido un éxito. Como siempre, salió de su camerino para recorrer el local e inspeccionar que todo estuviese a punto. A pocos metros de la puerta, alcanzó a escuchar una voz femenina con acento nicaragüense que alegaba con el portero e insistía en ver al dueño del local para presentarse como artista. Desde donde estaba alcanzó a ver a una mujer, ataviada con una túnica de algodón, que llevaba una guitarra colgada en bandolera sobre la espalda. Movido por la curiosidad, se aproximó para ver de cerca a la guitarrista, cuya bien modulada voz le resultaba lejanamente familiar. Cuando la joven sintió sus pasos giró la cabeza y Juanito, estupefacto, no daba crédito a lo que veían sus ojos: frente a él, un tanto demacrada pero hermosa, estaba de cuerpo entero, Maribel Argüello.
Al reconocerlo, sin darle tiempo para reponerse de su sorpresa se abalanzó sobre él con una efusividad exagerada que lo hizo trastabillar. La excitación y el brillo en los ojos de la joven le llevaron a pensar que estaba drogada, ebria o al menos muy alterada. Como pudo y con firme delicadeza se soltó de su abrazo y la condujo al interior del local. Mientras avanzaban hacia su apartamento, similar al que antaño compartía con Simón, Maribel no cesaba de hablar y de hacer preguntas como queriendo decirlo todo y saberlo todo de una vez. Con su torrente incontenible de palabras sólo lograba sumir en el desconcierto al atónito Juanito:
― ¿Dónde están mi papá y mi hermana? Ya mi guerra terminó. Quiero ver a Adriana. Max ya está vengado. ¿Dónde está Simón? El Turpial me quería matar pero yo me le adelanté. Este club está mejor que El Atlantis. Me escapé de Las Vegas. El hijo de Baltodano quedó vuelto mierda. ¡Jajaja! Le disparé para que no sufriera como Max. ¿Te gusta mi guitarra? Es española la compré ayer. Vigorón y Lorena traicionaron la revolución. Yo sé donde está la tumba de concreto. ¿Dónde está el mulato Bernardo? Es un hombre muy sexy. No puedo volver a Managua porque me joden. ¿Mi papá está en Managua? ¡Jajaja! Yo canto lo mismo que canta Adriana. Tenés que escucharme. ¿Vos creés que mi papá me perdone? Vós no sabés quien soy. Jajaja. Soy la Leona y soy María de los Ángeles y soy Kasandra y soy la teniente Argüello y soy Julieta Meneses. Ah y el Turpial quería que ahora fuera además Rebeca Quintero. ¿Vos creés que soy Maribel? Jajaja. No soy ninguna pero soy todas. Jajaja. La revolución y la contra me valen verga. Quiero la paz. Quiero bailar. Quiero cantar… ― Maribel que hasta entonces había permanecido de pié y gesticulando, mientras daba pasos cortos en torno a Juanito, se detuvo, descolgó la guitarra de su espalda, la afinó y comenzó a cantar “Hasta Siempre”.
Juanito tuvo un respiro para poner orden a sus ideas. Cuando la joven terminó la canción, tenía el esbozo de un plan para intentar resolver el problema que se le había presentado con la inesperada aparición de Maribel. Sin darle tiempo para reanudar su incoherente perorata, se apresuró a preguntarle:
― ¿Tienes hambre?
― Sí, mucha pero solo quiero frutas, bastantes frutas.
Por el intercomunicador, Juanito dio instrucciones para que le trajesen el pedido y aprovechó para ordenar que tan pronto llegase el señor Jaramillo a cuyo nombre estaba reservada la mesa número dos, lo hicieran pasar de inmediato a su apartamento.
Al rato, Nando y Misael que habían llegado en plan de celebración, se llevaron una sorpresa mayúscula cuando fueron conducidos al apartamento de Juanito y se encontraron a la exaltada joven que en ese momento daba cuenta de una enorme porción de papaya. La doble identidad de Maribel se puso de manifiesto con la pregunta simultánea de los dos hombres:
― ¿Maribel?
― ¿María de los Ángeles?
― Si, si, si yo soy las dos y no soy ninguna. Pero quiero volver a ser Maribel la hija de mi papá y la hermanita menor de María José. ¿Cómo les parece muchachos?― después dirigiéndose a Nando le dijo:
― ¿Por qué me salvaste? Me hubiera ido mejor muerta. ¿O quien sabe? Si no me hubieras escondido en tu casa, jamás hubiera conocido a ésta belleza de hombre ―. Ahora escúchenme todos: esta guerra es una mierda, los sandinistas son una mierda, los contras son una mierda. Todo es una mierda, mejor hagamos el amor y no la puta guerra…
Juanito aprovechó el nuevo y disparatado discurso de Maribel, para escabullirse hasta el teléfono y llamar al doctor Mendieta, un siquiatra con quien mantenía una buena relación, para buscar ayuda. En ese momento no le cabía la menor duda de que su amiga sufría una grave perturbación mental.

A solas con los dos primos, Maribel volvió a repetir la sarta de incoherencias con que había abrumado a Juanito. La remató con una estridente y convulsiva carcajada, se volvió hacia Misael y mirándolo fijamente a los ojos le dijo:
― Yo se que te gusto. Vos a mí me fascinás, te parecés a Omar Sharif el egipcio que hizo el papel de doctor Zhivago. ¿Te gustaría ser mi doctor Zhivago? A vos no te gustaba Black Jack y te ponías celoso porque andaba conmigo. ¡Jajaja! No tenías porque celarme; pero claro, vos no sabías que le estaba preparando una trampa a ese tuerto hijo de la gran puta. ¿Y sabés qué? Gané yo. Black Jack está enterrado en la tumba de concreto. ¿Querés saber donde? ¿Puedo confiar en vos? Tus ojos me dicen que si, que no vas a ir a contarle este secreto a 3-80. Mi doctor Zhivago es noble y se está ganando mi amor.― Como para darle fuerza a su última frase, Maribel se abrazó a Misael y lo besó apasionadamente en la boca.
Mudo de asombro Misael no acertaba a pronunciar palabra. En su mente, algunas de las incoherencias expresadas en el delirio de la joven tenían sentido. Otras no. Algo similar le ocurría a Nando. Ambos necesitaban con urgencia salir de allí, armar el rompecabezas verbal y tratar de entender lo que estaba sucediendo. Afortunadamente, a los pocos minutos regresó Juanito en compañía del doctor Mendieta y los dos primos aprovecharon para dirigirse al bar.
Combinando algunas de las deshilvanadas afirmaciones de Maribel con la información que cada uno tenía sobre su pasado, los dos primos lograron establecer que la situación de la joven era muy delicada: aparte de su clara perturbación mental, seguramente la FUSEP la estaría buscando para entregarla al comando de la contra. Esto último significaba una clara sentencia de muerte. Pues, según Misael, los contras no eran propiamente un dechado de respeto por los derechos humanos; él mismo había sido testigo del fusilamiento de prisioneros sin fórmula de juicio. En su opinión, el asesor gringo en cuestiones de derechos humanos era una figura decorativa.
― ¿En qué piensas Misael? preguntó Nando a su primo para interrumpir el prolongado silencio que siguió al debate sobre los hechos que habían podido dilucidar.
― En una frase que aprendí del abuelo Tobías: “Nunca digas todo lo que sabes porque el que dice todo lo que sabe muchas veces dice lo que no conviene”―. Tras una pausa agregó: ― Por mi parte, no me siento obligado a compartir esto con los contras… Preferiría protegerla con mi silencio. Al fin de cuentas ésta no es mi guerra. Además, creo que en éste momento debo desaparecer de la escena para evitar complicaciones. ¿No te parece primo?

Poco después de media noche, el maître se acercó a Nando y le dijo que Juanito lo esperaba en su apartamento. El joven empresario que estaba solo y se notaba bastante preocupado, le resumió la situación: el doctor Mendieta había decidido internar a Maribel en su clínica privada, para efectuar un diagnóstico, una vez pasara el efecto del fuerte sedante que le había aplicado antes de pedir una ambulancia para trasladarla. El siquiatra consideraba que el lunes en la tarde podría tener un cuadro clínico completo y una propuesta sobre el tratamiento mas indicado. Lo que más preocupaba a Juanito eran algunas de las frases pronunciadas por Maribel, que le llevaban a suponer que la joven estaba metida en un serio y sórdido problema, cuyas implicaciones no alcanzaba a vislumbrar. Lo extraño era que en los bolsillos de la túnica que vestía Maribel habían encontrado cerca de mil dólares en efectivo, algunos cientos de lempiras y un pasaporte guatemalteco, con la foto de la joven pero a nombre de Rebeca Quintero, nacida en Quetzaltenango.
Para Juanito, el único aspecto favorable era que no estaba solo en la búsqueda de soluciones: Nando permanecería dos semanas más en Tegucigalpa y Braulio llegaría el lunes a primera hora, pues ambos estaban participando en un Programa de Alta Gerencia, dirigido a los ejecutiv0os de una importante empresa estatal.

***

El doctor Mendieta había citado a Juanito para las tres de la tarde del lunes. Éste llegó en compañía de Braulio, pues Nando tenía una clase a esa hora. Después de las presentaciones, el siquiatra fue directamente al grano:
― En mi opinión, la paciente sufre un trastorno afectivo bipolar y requiere un período de hospitalización en un centro especializado para iniciar un tratamiento. En éste momento se encuentra tranquila y gracias a los medicamentos que le he proporcionado, ha estado en condiciones de recordar y relatar los hechos más importantes de su vida, hasta un reciente episodio traumático, que obró como desencadenante de la enfermedad. Cuando escuchen mi versión de lo que le ha sucedido a la joven, seguramente comprenderán que no puedo mantenerla interna en mi clínica y que incluso es conveniente, por su propia seguridad, sacarla cuanto antes del país.
En la hora siguiente el siquiatra reconstruyó lo sucedido a Maribel desde que Max había sido torturado y asesinado hasta los sucesos que culminaron con la muerte del Turpial y Lorenzo Baltodano. En opinión del médico, era muy probable que la paciente tuviese una predisposición genética hacia la enfermedad, y que los eventos del viernes 18 hubiesen precipitado su manifestación. Al abandonar el vehículo, había tomado un taxi que la llevó a un hotel de tercera categoría en las inmediaciones de una central de transporte. Entre el sábado y el jueves había estado encerrada en su habitación y sumida en una profunda depresión. Para Mendieta, éste había sido el primer episodio en la fase depresiva de la enfermedad. En la mañana del viernes, sin ninguna razón aparente, el ánimo de la joven había cambiado drásticamente para dar paso al primer episodio maníaco. Por fortuna, esa fase no estaba muy avanzada cuando llegó al Simon´s Club. Sus primeras manifestaciones habían sido de una euforia desbordada pero no agresiva. Gran parte del dinero en efectivo que poseía, lo había gastado en la compra de la túnica, los collares con que se adornaba, y la guitarra por la cual había pagado un precio excesivo.

La negativa del siquiatra a mantener en su clínica a Maribel forzó su traslado al apartamento de Juanito en donde la mantendrían escondida, bajo los efectos del ansiolítico formulado por Mendieta para mantener controlado el episodio maníaco, mientras tomaban una decisión sobre cuando y hacia donde deberían enviarla.

Punto de Quiebre – Capítulo XII

Por : kapizan
En : Capítulo XII - El Turpial, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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XII
EL TURPIAL

Tegucigalpa, diciembre de 1983

El reloj digital marcaba las 05:45 cuando El Turpial, acostado en posición decúbito dorsal, sobre una tabla de ejercicios, inició su sesión diaria de levantamiento de pesas, para fortalecer los músculos del pecho los hombros y los brazos. Terminada la rutina se encaminó al baño, se desnudó y se dio una ducha helada. Sin secarse el cuerpo, se aplicó una generosa porción de espuma de afeitar en las mejillas y el cráneo. Extrajo, de un antiguo estuche de cuero con siete navajas de afeitar, la pieza marcada Mittwoch (miércoles), la afiló con una gruesa tira de cuero, adherida con un gancho a la pared, y comenzó a rasurarse la cabeza y las mejillas, cuidándose de dejar intacto el alargado bigote que cubría el labio superior y terminaba puntiagudo a ambos lados del mentón. Tras comprobar la tersura en la piel recién afeitada, retiró los restos de espuma con una toalla húmeda, y la cubrió con una fina capa de crema humectante. Por último, revisó la parte inferior de sus antaño cejas espesas y valiéndose de unas pinzas las depiló para eliminar algunos pelos diminutos que comenzaban a aflorar. Satisfecho con su aspecto facial, se vistió con el acostumbrado traje safari de color caki y asumió por completo la personalidad de Salomón Escobar.
Mientras consumía un frugal desayuno con café negro y dos tostadas de pan integral, El Turpial se sentía cada vez más eufórico por la proximidad de la operación que llevaba años urdiendo y que terminaría por saciar su obsesiva sed de venganza centrada en un solo objetivo: eliminar para siempre, con una sevicia largamente madurada, a su odiado enemigo Lorenzo Baltodano Rodríguez, conocido en la contrarrevolución nicaragüense con el nombre de Black Jack. La suerte estaba de su lado pues el señuelo que utilizaría para atraer a su presa, seguramente tendría motivos suficientes para hacer de buen gusto lo que, con autorización del comandante Martínez, él le ordenaría.

Salomón Escobar había “nacido” el sábado 26 de agosto de 1978 y había sido “bautizado” en Masaya en noviembre del mismo año, fecha en la que totalmente recuperado de una herida que pudo haber sido mortal y con el pasaporte de un primo hermano suyo fallecido dos días antes, había cruzado la frontera sur de Nicaragua para unirse al frente comandado por Edén Pastora, en los comienzos de la ofensiva final que culminaría con la toma de Managua y la caída del régimen somocista. En los últimos cinco años la transformación física, mental y económica de Salomón había sido total: su antiguo sueldo y eventuales prebendas, como suboficial de la Guardia Nacional nicaragüense fueron reemplazados por los rendimientos mensuales sobre cerca de tres millones de dólares que tenía depositados en bancos panameños, con ocasionales ingresos como agente doble que proporcionaba información de inteligencia, tanto a los sandinistas como a la contra; su mentalidad de sargento leal, razonablemente disciplinado y sin mayores ambiciones dio paso a un hombre independiente, egocéntrico, maniáticamente autodisciplinado y movido por un odio compulsivo y enfermizo hacia su único enemigo; su figura regordeta, con cejas espesas, cabellera encrespada y nariz recta, había adquirido una contextura atlética y musculosa que con la cabeza afeitada, las cejas depiladas y el bigote largo, le hacían completamente irreconocible para quienes lo hubiesen conocido como el sargento Eladio Gutiérrez Escobar, antiguo conductor del general Ulises Baltodano Garcés y posterior subalterno del subteniente Lorenzo Baltodano Rodríguez.
Ese fatídico sábado de agosto en que Lorenzo quiso encubrir su responsabilidad en la muerte de Max, disparando a sangre fría contra el maquillador y Gutiérrez, no contaba con que éste último ni siquiera perdió el sentido. Fingió estar muerto cuando se percató de que la bala se incrustó en su pecho sin afectar el corazón, simplemente porque él era uno de los pocos casos de dextrocardia congénita (corazón al lado derecho). Por fortuna para el sargento, Lorenzo no se molestó en revisar a sus víctimas y huyó del lugar con el cadáver de Max, sin saber que en vez de dar muerte a su subalterno había incubado en él un germen de odio y un anhelo de venganza inconmensurables.
Por suerte, en ningún momento había perdido el sentido y pudo recorrer algo más de un kilómetro hasta la pequeña casa en las afueras de Masaya que compartía con su primo, desde la muerte de la madre de éste último. Salomón, que como él, era suboficial de la Guardia Nacional, estaba de franquicia y pudo prestarle los primeros auxilios mientras acudía un médico de confianza que le hizo una intervención quirúrgica menor para extraer el proyectil y drenar sus pulmones. Días después, en medio de la agitación que produjo en las filas de la Guardia el asalto de Pastora al Palacio Nacional, a Salomón le quedó fácil “encontrar” los cuerpos de Gutiérrez y el maquillador, simular el entierro de los dos cadáveres y rendir un informe que nadie tuvo tiempo de verificar. Así pues, a Lorenzo Baltodano le llegó la noticia de la muerte de Gutiérrez y quedó satisfecho con la forma en que se habían desenvuelto los acontecimientos.
La suerte había seguido del lado de Gutiérrez: una tarde de noviembre, Salomón falleció en su casa de un ataque cardíaco; Gutiérrez lo enterró en el solar, dedicó varios días a prepararse afeitándose la cabeza y depilándose las cejas para parecerse a su primo; tomó el pasaporte de éste, la pistola de dotación y viajando de noche se presentó como desertor en Costa Rica y se unió a las fuerzas sandinistas que comandaba Pastora.
El 19 de julio de 1979 mientras los sandinistas celebraban el triunfo de la revolución en medio de una euforia descontrolada, el nuevo Salomón se las arregló para llegar a la antigua casa del general Baltodano; sustraer el estuche de navajas alemanas y una pequeña caja fuerte que éste mantenía empotrada en una pared de su estudio. Esa misma noche logró violentarla, extraer el dinero, las joyas y los títulos valores que mantuvo escondidos durante tres meses, al final de los cuales decidió huir del país convertido en millonario para dedicarse a buscar a su enemigo.

A las siete en punto, tres golpes en la puerta le indicaron a Salomón que la Leona había llegado. El Turpial la recibió aparentando una cordialidad que desentonaba con su aspecto rudo y no inspiraba ni un átomo de confianza; después de ofrecerle una taza de café amargo y tibio, la invitó a sentarse frente a él en una de las cuatro sillas que formaban la sala de la casa que a la joven le pareció oscura y siniestra. Le ofreció un cigarrillo de tabaco negro que ella declinó, encendió uno para él y tras exhalar la primera bocanada del apestoso humo, sin más preámbulos le dijo:
― Yo mismo te recomendé con el comandante Martínez para ésta misión. Estoy seguro de que participarás en ella con entusiasmo cuando te diga no de que se trata sino de quien se trata; y esto solamente tenés que saberlo vos. Como te dijo el comandante tu responsabilidad una vez infiltrada es obtener la mayor cantidad posible de información sobre la base de la contra en Las Vegas, y sobre todos y cada uno de sus oficiales. Lo que no sabe Martínez, es algo que yo sé y solo a vos debe interesarte. ― El Turpial hizo una pausa para observar la reacción de la joven y al ver la intriga reflejada en su rostro prosiguió ― nuestro primer objetivo tiene nombre propio: Lorenzo Baltodano Rodríguez, el hijo del general Baltodano…
― ¿Quién? ― preguntó desconcertada La Leona.
― Lorenzo Baltodano ― replicó El Turpial con una torcida sonrisa ―. El verdadero asesino de Maximiliano Harrison. Tengo particular interés en acabar con ese cerdo, por razones muy parecidas a las tuyas. Lo que necesito saber es si puedo contar con vos para tenderle una trampa. Te mostraré algo y te contaré la historia para que vos misma juzgués si lo que te digo es cierto o no.
El Turpial metió la mano al bolsillo y sacó un llavero con el nombre Maribel tallado en una pequeña plaqueta de madera. La joven lo reconoció de inmediato como el llavero en el que Max guardaba las llaves de su motocicleta. Muda de asombro experimentó interiormente un huracán de emociones que le costó trabajo controlar para escuchar, tan calmada como pudo, las explicaciones que el extraño personaje le iba dando sobre las circunstancias de tiempo modo y lugar en que Lorenzo había dispuesto la captura y el salvaje interrogatorio a que había sido sometido su novio.
Después de escuchar el relato de El Turpial, un poco más tranquila, Maribel se atrevió a preguntar:
― ¿Vos como te enteraste de eso y de qué querés vengarte?

El Turpial que había preparado una respuesta para no comprometer su verdadera identidad frente a la joven le resumió en pocas palabras el motivo que le impulsaba a eliminar a Lorenzo Baltodano: había hecho un juramento a su primo hermano el sargento Eladio Gutiérrez, que para entonces se desempeñaba como subalterno de Lorenzo, y había fallecido dos días después de que éste le hubiese propinado un disparo para borrar con su muerte todo vestigio de su participación, en un complot que contemplaba la captura de Max Harrison con la intención de impedir la boda del General Baltodano con la vedette del Atlantis. Eladio había logrado sobrevivir hasta llegar a la casa que compartían, pero pese a la atención médica que había logrado conseguirle, su primo sólo vivió el tiempo suficiente para contar en detalle lo sucedido y obtener el juramento de que su único pariente lo vengaría. Desde entonces, El Turpial había estado buscando a Baltodano y al encontrarlo empezó a preparar el plan en el cual le pedía a ella su colaboración.
Cuando La Leona le preguntó como se había enterado de su incorporación al ejército sandinista, El Turpial le contó la verdad sobre su encuentro con Roberto Harrison semanas antes. Ésta última parte produjo en Maribel una extraña emoción de nostalgia y un dejo de remordimiento por la forma en que ella había herido los sentimientos de su padre. Por primera vez en muchos años sintió la carencia del afecto familiar al que, en su desesperación por la muerte de Max, había renunciado. Sin embargo, acudiendo al recurso interno de su “responsabilidad revolucionaria”, aceptó sin titubeos la propuesta de colaborar con el siniestro personaje.

***

Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, diciembre de 1983

El comandante “Renato” llegó a la base de Las Vegas al atardecer del viernes 16 de diciembre, bastante satisfecho con los resultados de su recorrido por los alrededores de Ocotal: había reclutado doce nuevos combatientes entre los pobladores de la región. En realidad, se trataba de un grupo variopinto de campesinos y trabajadores que, desesperados por la escasez alimentaria originada en el bloqueo económico de los Estados Unidos a Nicaragua y en las equivocadas políticas internas de los sandinistas, habían optado por unirse a las fuerzas insurgentes de la FDN. Traía nueve hombres, dos de ellos con sus esposas y una joven que le había impresionado por su belleza, su inteligencia y su determinación de unirse a la lucha. Cuando ésta última mencionó su nombre y se presentó como la hija única del difunto Rogelio Pérez, los otros reclutas aseguraron haber conocido u oído hablar de su padre y comenzaron a tratarla con especial respeto.
Al llegar a la base Renato, separó del grupo a la joven Pérez, encargó a uno de sus subalternos de asignar alojamiento a los nuevos combatientes, y con el orgullo de quien ha conseguido un trofeo se encaminó al puesto de mando para presentarla ante el comandante 3-80. De camino a la rústica casa de madera que servía como centro de operaciones, se cruzó con Black Jack que venía enfurecido murmurando maldiciones. Era tanta su ira que no se percató de la presencia de la joven pero exteriorizó sus sentimientos frente a su compañero:
― Ese cabrón que trajeron los gringos es un hijo de la gran puta. Se cree el dueño de esta mierda. Y lo peor es que 3-80 le hace caso en todo. Éste imbécil lo convenció de que no me autorizara un ataque al nuevo cuartel piricuaco que tengo perfectamente ubicado. Según él, no estamos listos para una operación de ese tamaño. 3-80 ordenó para mañana una reunión de comandantes, dizque para empezar un entrenamiento táctico con ese playo. ¿Vos que pensás?
Sin esperar respuesta, el tuerto siguió su camino, se encerró en su alojamiento, destapó una botella de ron flor de caña y se la bebió a pico de botella, hasta quedarse dormido en medio de su frustración y su rabia.

La intervención de Misael ante un grupo de doce comandantes de la contra reunidos en la sala de operaciones de la base, fue brillante y convincente: comenzó haciendo un balance de la capacidad operativa de la organización que puso de manifiesto las principales debilidades tácticas, las carencias en conocimiento de armamento y las deficiencias en planeamiento de operaciones. Como todos sabían de su experiencia combatiendo en las montañas colombianas, en tono mesurado pero con argumentos contundentes obtuvo la aceptación y el apoyo para iniciar a partir del siguiente lunes un proceso de entrenamiento que había diseñado para suplir las fallas. El único que no participó activamente en la reunión fue Black Jack, que permaneció todo el tiempo en silencio, como invitado de piedra, mientras rumiaba su frustración y se imaginaba formas para sabotear los esfuerzos del asesor.
Al caer la tarde Misael se vistió con ropas civiles y por primera vez desde su llegada se dirigió, conduciendo el campero Toyota que le habían asignado, a Tegucigalpa con el fin de llamar a su familia en Colombia y tomarse el fin de semana de descanso. Una vez en la capital, en vez de alojarse en la casa de seguridad que le habían ofrecido, se instaló en el hotel Honduras Maya. En la noche, antes de cenar, se dirigió a la barra del bar para tomar un aperitivo. De espaldas a la puerta, no vio la figura de un hombre que al distinguir sus facciones reflejadas en el espejo a espaldas del bartender, se encaminó hacia él, y lo abrazó con fuerza por detrás, al tiempo que le preguntaba:
― ¿Qué hace por éstas tierras mi primo?
La expresión en el rostro de Misael, reproducida fielmente en el espejo, fue suficiente para que Nando comprendiera que debía obrar con discreción. Sin pronunciar una palabra más, tomó de un brazo a su primo y lo condujo a una apartada mesa en un extremo del bar.
Al descubrir que ambos estaban comprometidos en operaciones clandestinas patrocinadas por los Estados Unidos para desestabilizar al gobierno sandinista, decidieron destapar sus cartas: Misael como asesor y entrenador de la contra y Nando prácticamente infiltrado en el gobierno sandinista sobre el cual enviaba reportes periódicos a su contacto en Washington y atendía requerimientos de inteligencia; además, desde la llegada de Reagan al poder, le habían asignado la responsabilidad de montar y dirigir una red de inteligencia, para operar en los cinco países centroamericanos y Panamá.
Los dos primos acordaron que ocultarían su parentesco ante sus respectivos controladores gringos y que periódicamente, cuando Nando viajase a Honduras, procurarían encontrarse para compartir experiencias y darse apoyo en sus respectivas, pero solitarias actividades. Por supuesto quien más tenía información e historias para compartir era Nando, cuya vinculación con el Departamento de Estado se remontaba a 1978. Misael concluyó que la labor de Nando, era mucho más riesgosa que la suya y que en cierta forma las buenas relaciones que éste mantenía con los mandos sandinistas, se debían al hecho de haber escondido en su casa a dos guerrilleras que habían resultado heridas en una explosión, meses antes del triunfo revolucionario. La fachada de Nando era perfecta como profesor de INCAE y en tal virtud poseedor del estatus de Misión Internacional, pero si algún día lo descubrían…

***

Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, marzo de 1984

La segunda fase del plan concebido por el comandante Martínez para ser ejecutado por la Leona había sido un éxito. Tres meses antes, la joven se había presentado ante un comandante de la contra en cercanías a Ocotal, mientras éste patrullaba la zona, en plan de reclutar campesinos para incorporarlos a sus filas. La historia que le habían preparado, y los documentos falsos que portaba a nombre de María de los Ángeles Pérez, eran bastante creíbles: tras la muerte de su padre, un rico cafetalero de la zona a quien los sandinistas le habían confiscado sus tierras, había suspendido sus estudios en los Estados Unidos y regresado a Ocotal para reclamar sus propiedades; los infructuosos esfuerzos ante las autoridades sandinistas para lograrlo, la habían convencido de optar por vincularse a la FDN y luchar por recuperar su herencia paterna. Como toda buena fachada, ésta era una verdad a medias: don Rogelio Pérez era un conocido agricultor, que había fallecido de un infarto, y su única hija en realidad se llamaba Maria de los Ángeles, pero se encontraba interna en una clínica siquiátrica en Denver Colorado. Circunstancia, ésta última, que el comandante Martínez había logrado establecer, gracias a un sobrino sandinista de don Rogelio quien le había comentado que éste ocultaba la realidad de su hija mintiendo sobre el motivo de su presencia en los Estados Unidos.
La Leona con su belleza, su simpatía, su determinación y el hecho de ser bilingüe, se había granjeado la aceptación de los comandantes insurgentes y en poco tiempo, después de un corto e intensivo entrenamiento, a cargo de Misael, había pasado a ocupar un puesto de confianza como operadora de radio y eventualmente como traductora de textos y mensajes. Contaba además con todos los privilegios de los oficiales, que incluían un alojamiento especial; una asignación en dólares y permisos de fin de semana para divertirse en Tegucigalpa.

La tercera parte del plan que se ejecutaría bajo la responsabilidad de El Turpial era conceptualmente simple. Llevarla a cabo estaba exigiendo de la joven un enorme esfuerzo para controlar sus emociones y dominar la repugnancia que le producía la sola presencia del asesino de Max. Sin embargo, en el proceso de seducirlo había logrado poner a prueba sus aptitudes histriónicas para esconder con una máscara de coquetería bien dosificada, el odio que sentía por el despreciable sujeto. Sutilmente había logrado eludir el asedio de Black Jack a quien solo le había permitido un fugaz beso, acompañado de un gesto insinuante que podría leerse como “ya te dije que sí pero no ahora”. Esa táctica había funcionado a la perfección pues logró llevar al tuerto a una exaltación de su deseo que le hacía más vulnerable y le daba el control de la relación a ella.
Las franquicias de fin de semana se daban por turnos a la tercera parte de quienes gozaban de éste privilegio, en forma tal que a cada uno le correspondía su permiso de jolgorio cada tres semanas, desde el viernes hasta el domingo en la noche. El viernes 18 de marzo les correspondía a Black Jack y a “María de los Ángeles”, quien durante su permiso anterior había establecido con El Turpial esa fecha para tenderle la trampa que éste había venido fraguando hasta el último detalle.
Gran sorpresa se llevó el tuerto cuando el objeto de su deseo se presentó en su habitación enmascarada con una seductora sonrisa y vistiendo una ajustado jean y una blusa escotada que resaltaban la redondeces de su voluptuoso cuerpo, al tiempo que agitaba frente a sus ojos un juego de llaves y le decía:
― Todo tiene su tiempo comandante. Al fin vas a tener lo que tanto has querido… Ésta es la llave de la casa de un tío mío en Tegucigalpa. Él está de viaje y la tenemos a nuestra disposición. Siempre te dije que los buenos amantes son pacientes y hoy te ganaste el premio a la paciencia.

Punto de Quiebre – Capítulo XI

Por : kapizan
En : Capítulo XI - Una Guerra Sucia, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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XI
UNA GUERRA SUCIA

Frontera Sur de Honduras, noviembre de 1983

Sobre el telón de fondo de un cielo despejado se destacaban, como gigantescos abejorros ronroneantes, tres helicópteros UH-1 de color verde oliva con matrícula hondureña, que avanzaban en formación hacia la frontera con Nicaragua, al sur de Tegucigalpa. Los ocupantes de las tres naves, habían realizado el mismo vuelo por lo menos una docena de veces y sabían perfectamente a dónde y a qué se dirigían; con excepción de Misael Antonio Luque Jaramillo, capitán retirado del ejército colombiano, que había llegado la víspera a la capital hondureña y estaba ansioso por conocer el tipo de trabajo para el cual había sido contratado por Lamb Corporation, una supuesta empresa de seguridad norteamericana, que en realidad era una organización de fachada de la CIA.
Para el capitán Luque esta aventura había comenzado siete meses antes, a mediados de abril de 1983 en Bogotá, con una llamada del coronel Castillo, retirado como él, que había sido su jefe en una unidad de contraguerrillas a la que había pertenecido años antes. En esta oportunidad, su antiguo jefe le preguntó que si estaría dispuesto a iniciar un proceso de selección en una empresa extranjera, que estaba buscando un oficial colombiano para trabajar, como asesor de seguridad, en una organización muy grande que operaba en un país latinoamericano. El coronel lo había recomendado con entusiasmo y además el salario era en dólares.
Dada la respuesta afirmativa de Misael, el coronel le había citado para el día siguiente en un elegante restaurante al norte de Bogotá. Una vez allí, encontró a su antiguo comandante en compañía de un gringo de ascendencia hispana, que le fue presentado como Don Ramón; un amable y elegante ejecutivo que se expresaba en perfecto español con acento puertorriqueño. Tras ordenar el pedido, que por sugerencia de Don Ramón estuvo acompañado por un exquisito borgoña, la conversación fue hábilmente manejada por éste que, mediante la técnica sutil del debriefing, logró que Misael contara sus antecedentes familiares y lo más relevante de su experiencia castrense. Al final de la conversación, el gringo le mencionó que estaba gratamente impresionado con su brillante ejecutoria profesional y que a partir de esa fecha se volverían a reunir para continuar con otras etapas de un riguroso proceso selectivo para escoger, entre varios candidatos colombianos, cual de ellos recibiría una oferta para convertirse en asesor de seguridad en una organización muy importante del Opus Dei en un país centroamericano. Durante cinco meses, las reuniones con el gringo se repitieron cada quince días, en lo que fue para Misael un agradable recorrido por los mejores restaurantes de Bogotá, consumiendo los mejores vinos y las más apetitosas recetas, cuyas facturas estaban muy lejos del modesto ingreso del oficial.
A comienzos de septiembre Don Ramón le informó a Misael que había sido seleccionado para el cargo, le hizo una oferta económica que superaba sus mejores expectativas, y le anunció que a finales de mes deberían viajar a Panamá para formalizar el contrato. Una vez en la capital Panameña, firmó el correspondiente documento que le acreditaba como asesor permanente en la nómina de Lamb Corporation, con una vinculación a término indefinido; un salario mensual de cinco mil dólares, el derecho a visitar a su familia, tres veces al año, con todos los gastos pagados; y una vaga alusión a los servicios profesionales que debería prestar, siguiendo instrucciones del executive officer que le fuese asignado en la sede de la empresa en Washington. Esa misma noche, se reunió con Don Ramón y con Vincent Bruce, otro gringo que se presentó como el responsable de la fase de inducción y entrenamiento especial que debería cumplir durante dos meses en las instalaciones de Lamb a las afueras de Washington D.C.
― Por razones de seguridad ― le había dicho Bruce en un español aceptable ― debemos cambiar tu identidad. A partir de ahora te llamarás Ricardo Albán ―. A continuación, sin mayores explicaciones, le entregó un pasaje Panamá – Washington, para el día siguiente, y un pasaporte ecuatoriano, con visa múltiple, en el cual junto a la foto de Misael, figuraba que había nacido en Ambato en 1944, y era odontólogo de profesión.
La sede de Lamb en Washington, era una casona de estilo victoriano escondida en un bosque a unas treinta millas de la capital, protegida por un muro alrededor de sus tres hectáreas y dotada con los más avanzados instrumentos electrónicos de seguridad. Allí, Misael recibió un curso individual e intensivo sobre armamento liviano de última generación y manejo de explosivos. Dos días antes de partir hacia el país en donde prestaría sus servicios, el colombiano fue sometido, como culminación de su entrenamiento, a la prueba del polígrafo. Un tanto intrigado, pero con la calma y la serenidad que lo caracterizaban, Misael pasó la prueba con un alto puntaje. Para entonces, ya estaba convencido de que su trabajo nada tenía que ver con el Opus Dei y barajaba dos posibilidades: la DEA o la CIA. La duda se despejó al día siguiente cuando le entregaron un pasaje con destino a Tegucigalpa. Para nadie era un secreto que el gobierno del presidente Reagan apoyaba con entusiasmo a las fuerzas contrarrevolucionarias mediante operaciones clandestinas conducidas por la CIA, ni que la frontera sur de Honduras se había convertido en un santuario de la contra, con varias bases militares esparcidas a lo largo del límite con Nicaragua.
Ese viernes, alrededor de medio día, el vuelo comercial en que viajaban Misael y Vincent Bruce, aterrizó en el Aeropuerto Internacional Toncontín de la capital Hondureña. Les esperaba un funcionario de Lamb que se encargó de los trámites migratorios y media hora después los recién llegados se registraban en el Hotel Honduras Maya en el centro de Tegucigalpa. Dos horas más tarde, siguiendo instrucciones, Misael se reunió con Bruce, que le esperaba en la cafetería del hotel, en compañía de William Stanton, quien sería a partir de ese momento su jefe inmediato.
― Bienvenido a Honduras Ricardo ― dijo Stanton poniéndose de pié para darle un fuerte apretón de manos acompañado por una franca sonrisa. Era la primera vez que Misael escuchaba el nombre por el que sería conocido a partir de ese momento. ― Estoy realmente impresionado con tus antecedentes y convencido de que juntos haremos un buen trabajo. Puedes llamarme Bill.
La camisa de tipo hawaiano, el pantalón vaquero y las sandalias de cuero no lograban disimular el porte y los ademanes militares de Stanton, antiguo coronel de los marines norteamericanos, veterano de Vietnam, y vinculado a la CIA desde 1972, en donde había desarrollado una destacada carrera hasta ocupar el cargo de Chieff of Station (COS) responsable de las operaciones clandestinas en Honduras. La conversación, mientras consumían un almuerzo liviano, fue totalmente intrascendente, y Stanton, contrario a lo que esperaba Misael, no hizo ningún comentario relativo al tipo de trabajo que le correspondería realizar en el país; una hora después, al despedirse, le sugirió que descansara pues al día siguiente a las seis de la mañana, un vehículo de la compañía pasaría a recogerlo. Por su parte, Bruce anunció que esa misma tarde tomaría un vuelo con destino a Panamá.
Una vez a solas se dirigió a un puesto de revistas y mientras las ojeaba, escuchó a sus espaldas la voz, para él inconfundible, de su primo hermano Nando Jaramillo, a quien no veía desde hacia por lo menos siete años. Un gran esfuerzo le costó a Misael reprimir el deseo de abrazar a su primo, mientras ocultaba apresuradamente su rostro y tomaba clara conciencia de que con su nueva identidad le sería imposible darle una explicación creíble a Nando.

Al escuchar el ruido de los helicópteros, el coronel Enrique Bermúdez Varela, más conocido como El Comandante 3-80, máximo jefe militar de la Fuerza Democrática Nicaragüense y miembro de su directorio nacional, se ajustó el cinturón de reata del cual pendía la pistola de dotación, se caló la gorra camuflada y se encaminó al helipuerto de la base de la F.D.N. en la vereda Las Vegas, situada a cuatro horas por tierra al sur de Tegucigalpa.
De las naves descendieron Alfonso Calero Portocarrero, presidente y comandante en jefe de la F.D.N.; Indalecio Rodríguez Alaníz, Edgar Chamorro Coronel, Lucía Cardenal Vda. de Salazar, Marco A. Zeledón y Alfonso Callejas Deshon, miembros del Directorio Nacional de la organización; William Stanton, coordinador de las operaciones de la CIA en Honduras; la escolta armada que usualmente acompañaba estos desplazamientos; y el desconcertado Misael Luque, a quien Stanton presentó, sin escatimar elogios sobre su experiencia y capacidades, como Ricardo Albán el nuevo asesor de la contra en operaciones de guerra irregular y en acciones aerotransportadas. El gringo fue muy claro al anunciar que, con la incorporación de éste experto en guerra irregular, la eficiencia en la ejecución de operaciones tácticas marcaría un sensible cambio positivo en el curso de la lucha que estaban librando.
La admiración y el respeto que desde el primer momento le prodigaron oficiales, suboficiales y combatientes rasos, pero sobre todo, la expectativa que creó su presentación ante la cúpula de la F.D.N. le indicaron al abrumado Misael, la magnitud de la tarea para la cual lo tenían destinado sus nuevos jefes gringos. También captó una torva y envidiosa mirada, que le produjo desconfianza, en el único ojo del oficial que le fue presentado como comandante Black Jack.

***

Tegucigalpa, noviembre de 1983

Al día siguiente de la despedida de Adriana en Simon´s Club, Roberto recibió la misteriosa llamada de un hombre que con una sola frase revivió en su mente el atormentador recuerdo de la muerte de Max y el ajusticiamiento de Baltodano. Con voz sin matices, se había presentado como un aliado y le había dicho:
― Yo sé que usted participó en la muerte del general Baltodano. Pero también sé que el asesinato de su hermano no fue responsabilidad del general. El verdadero asesino está vivo y es muy peligroso para su salud y la de su hermana. Yo tengo la forma de neutralizarlo, pero necesito alguna información que usted puede proporcionarme…
Para convencer, al sorprendido Roberto, su interlocutor le mencionó que él personalmente había conocido los detalles sobre el complot del Atlantis, según la versión de Bernardo el mulato, con quien había combatido en el frente sur a órdenes de Edén Pastora. De hecho, sabía que Bernardo se había encargado personalmente de disparar contra Baltodano y que a raíz de ese hecho su hermana, el dueño del Atlantis y el actual propietario del Simon´s Club en Tegucigalpa se habían exiliado en Costa Rica. Finalmente el hombre, que dijo llamarse Salomón Escobar, lo citó para las tres de esa misma tarde en un parque del barrio La Esperanza.
En el aterrado Roberto, pudieron más la curiosidad y la urgente necesidad de cerrar para siempre éste sórdido capítulo en su vida: a la hora convenida, nervioso e intrigado llegó al lugar en donde le esperaba el personaje. Éste, resultó ser el tipo con aspecto de mongol que recordaba haber visto tres días antes a bordo del mismo avión en el último trayecto de su vuelo a la capital Hondureña.
Salomón se mostró cordial y sin mayores preámbulos fue directamente al grano:
― Tengo perfectamente ubicado al asesino de su hermano. Actualmente es oficial de rango medio en el campamento de la contra en Las Vegas. Por razones que a usted no le importan, me he propuesto eliminar a esa escoria. Supongo que ni a usted ni a su hermana les interesa participar en esta ejecución; pero le aseguro que una vez logrado mi objetivo ustedes podrán vivir más tranquilos y seguros de que la muerte de Max fue vengada.
― ¿Y en que cree usted que puedo ayudar? ― preguntó Roberto sorprendido por el curioso giro que estaba tomando la entrevista con el enigmático Salomón.
― Con información ― fue la respuesta del mongol.
Ante el desconcierto de Roberto, Salomón se apresuró a relatarle las circunstancias en que Bernardo le había contado los detalles de la ejecución de Baltodano; en esa ocasión el mulato había hecho alarde de su participación y le había descrito los detalles del operativo; también se había referido a la novia de Max y le había dicho que Vigorón no permitió que ella disparara pues consideraba que estaba muy alterada para hacerlo y podía cometer errores. Salomón suponía que Roberto podría darle información sobre su cuñada, pues Bernardo había muerto en combate al día siguiente de su relato y no tuvo oportunidad sino de saber que él estaba enamorado de la joven y aspiraba casarse con ella. Concretamente, le solicitaba el nombre y el paradero de la muchacha, pues creía que ella no tendría inconveniente en apoyarlo en la ejecución del plan para vengar a su antiguo novio.

Con el ánimo de calmar los sentimientos encontrados que le produjo la revelación, Roberto sopesó brevemente las implicaciones de lo que iba a decir y le propuso a Salomón:
― Le doy la información que tengo sobre ella a cambio de que usted me diga el nombre del asesino y se comprometa a no volver nunca más a mencionarme el tema.
Salomón aceptó, tomó atenta nota de cada palabra y opinión expresada por Roberto sobre su cuñada y cuando éste hubo terminado, le dijo:
― El asesino de su hermano es el teniente Lorenzo Baltodano Rodríguez.

Con esas palabras, el mongol terminó la charla, dio media vuelta y se marchó rumbo a la embajada de Nicaragua en Tegucigalpa. Una vez allí, utilizando un radio que mantenía enlace directo con la Comandancia del Ejército Sandinista, se identificó como El Turpial y pidió que lo comunicaran con el comandante Martínez.

***

Managua, diciembre de 1983

El perezoso ventilador de techo no lograba más que esparcir un aire caliente sobre la sala de espera frente al despacho del comandante Martínez, responsable de las operaciones encubiertas de la inteligencia sandinista en territorio extranjero. Vestida con un holgado pantalón de algodón y una cotona bordada con vivos colores que escondían la sensualidad de su cuerpo, “La Leona”, sentada en una vieja silla de mimbre se sentía indefensa sin el respaldo de su uniforme y la pistola de dotación. Una vez agotada la lista de interrogantes que se había planteado, para tratar de dilucidar el motivo de su citación urgente a las oficinas de la seguridad del estado, dedicó el resto del tiempo a rememorar lo que había sido su vida desde que se había unido al F.S.L.N. a mediados de 1978, hasta convertirse, después del triunfo de la revolución, en oficial del ejército sandinista, con destacada actuación en combate contra los residuos de la antigua Guardia Nacional que asolaban la frontera norte del país convertidos en bandoleros; su arrojo y ferocidad en combate le habían valido el mote de “La Leona” del cual se sentía orgullosa.

Por enésima vez en los últimos años, su mente recreó los momentos previos a la explosión de la bomba de contacto que un guerrillero preparaba bajo su orientación y, como siempre que lo intentaba, no pudo establecer cual había sido el error. Lo cierto era que el joven inexperto había muerto; que Mónica, una chiquilla de apenas diez y siete años, había perdido ambos brazos; y que ella, había sufrido graves heridas en el vientre y otros órganos internos que exigieron una delicada operación quirúrgica para extirparle la vesícula y el riñón izquierdo. Por fortuna para las dos jóvenes, su comandante se encontraba en el cuarto contiguo ultimando los detalles para el operativo que tenían planeado realizar, en la madrugada del día siguiente, contra una guarnición militar en las afueras
Para La Leona, los recuerdos de las horas posteriores a la explosión eran fragmentarios y habían sido completados con el relato de la otra joven sobreviviente. Recordaba haber recobrado el sentido en el momento en que las dos eran trasladadas desde el interior de una vieja furgoneta a una habitación en una residencia desconocida. Una vez acomodada en un colchón extendido en el piso, que en minutos había quedado anegado con su propia sangre, cayó nuevamente en la inconsciencia… treinta y seis horas después, volvió a despertar a bordo de un avión venezolano poco antes de aterrizar en un aeropuerto militar cercano a Caracas. A su lado, en una camilla, se encontraba Mónica a quien era evidente que le habían amputado ambos brazos: el izquierdo a la altura del codo y el derecho unos quince centímetros por encima de la muñeca. Jamás olvidaría las primeras palabras que pronunció la joven mutilada al dirigirse a ella, con los ojos brillantes y un gesto de determinación en los labios apretados:
― Compañera ¿Vos creés que con las prótesis que me van a poner podré volver a disparar mi metralleta?

En el aeropuerto militar las esperaba un avión ambulancia de la Cruz Roja a bordo del cual fueron llevadas a la Habana. Detrás de esta gestión humanitaria se encontraba el propio presidente venezolano, Carlos Andrés Pérez.
Después de haber sido sometida con éxito a una delicada intervención quirúrgica en un hospital cubano, La Leona convaleciente y en silla de ruedas, visitaba todas las tardes a Mónica y juntas pasaban horas enteras hablando y haciendo planes para su regreso a Managua. A diferencia de ella, Mónica no había perdido la conciencia después de la explosión y tenía muy claros los detalles de las horas posteriores hasta su llegada a Venezuela.
Según Mónica, las dos debían su vida a una conjunción de factores: su jefe, Vigorón, había actuado con serenidad y prontitud; haberlas llevado a un hospital hubiera sido un suicidio pues para esa época la Guardia Nacional mantenía vigilancia en hospitales, clínicas y puestos de salud; por ello, la decisión de trasladarlas a la residencia de un profesor de INCAE, en las afueras del instituto, había sido acertada; por fortuna, de camino al escondite, recogieron en su casa a un médico sandinista quien, pese a no contar con el instrumental apropiado, había logrado amputar sus extremidades superiores, detener la hemorragia interna de su compañera y estabilizarlas a ambas; al amanecer del día siguiente y gracias a las gestiones del comandante Tomás Borge, que operaba en la clandestinidad, habían conseguido asilo en la embajada de Venezuela; para su traslado contaron con la colaboración de Fernando Jaramillo, el profesor de INCAE, propietario de la casa que les sirvió de refugio; éste, mantenía una relación amorosa con Lorena, una de las guerrilleras del grupo de Vigorón, y asumió el riesgo que implicaba proteger a los combatientes; es más, prestó su vehículo, un Audi amarillo con placas MI, para facilitar el desplazamiento hasta la embajada.

El 19 de julio de 1979, dos meses después de su llegada a la Habana, las dos jóvenes ya en franca recuperación, Mónica aprendiendo a utilizar sus brazos ortopédicos y ella caminado apoyada en un bastón, recibieron con júbilo la noticia del triunfo de la revolución sandinista que ponía fin a cuatro décadas de dictadura somocista. En septiembre de ese año el comandante Humberto Ortega, que había asumido la responsabilidad de organizar el nuevo ejército sandinista, llegó a la Habana y se entrevistó con un grupo de nicaragüenses que se recuperaban de sus heridas de guerra en hospitales cubanos. De éste grupo formaban parte las dos jóvenes. Ortega, habló con ellas por separado: primero con Mónica, a quien le garantizó un cargo administrativo en la comandancia del ejército, una vez fuera dada de alta; cuando le tocó el turno de hablar con el comandante y éste supo su nombre y sus antecedentes familiares, le ofreció el rango de teniente, con instrucciones de permanecer seis meses en Cuba recibiendo entrenamiento militar y formación política. La joven halagada aceptó gustosa y veinte días después, cuando fue dada de alta, se incorporó con entusiasmo a la escuela cubana de formación de cuadros a la cual fue asignada.
Las remembranzas de La Leona fueron interrumpidas cuando se abrió la puerta del comandante Martínez y salió un joven uniformado que se dirigió a ella por su propio nombre:
― ¿Teniente Maribel Argüello?
― Si.
― Pase adelante compañera, el comandante la está esperando.

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Frontera Norte de Nicaragua, diciembre de 1983

Tendido sobre una roca cubierta por un matorral en lo alto del cerro El Cangrejo, Black Jack se quitó el sombrero camuflado y el parche de badana que cubría la cuenca vacía de su ojo izquierdo, se limpió el rostro sudoroso con una bayetilla verde oliva, apuró un trago de agua tibia de su cantimplora, extrajo de la mochila un antiguo catalejo de marino ― auténtica pieza de museo que había pertenecido a su padre ―, lo extendió en sus cuatro partes, lo acerc0ó al ojo sano e inició un recorrido visual tratando de no perder detalle de lo que en ese momento sucedía en el pequeño valle que se extendía a sus pies.
Cinco minutos le bastaron al tuerto para corroborar con satisfacción que la información arrancada bajo tortura a un imberbe oficial del ejército sandinista, capturado el día anterior, era cierta: un batallón enemigo había establecido una base permanente a tan solo seis kilómetros de la frontera con Honduras y a nueve de la base principal de la Fuerza Democrática Nicaragüense (F.D.N.) situada en Las Vegas, al sur de Tegucigalpa. Desde allí “La contra”, como se conocía popularmente a la F.D.N., emprendía frecuentes incursiones armadas en territorio nicaragüense, con la anuencia del gobierno derechista del vecino país. Indudablemente, pensaba Black Jack mientras su patrulla iniciaba el descenso para regresar a Honduras, la información era valiosa y si la manejaba adecuadamente, tal vez podría lograr que lo nombrasen comandante de una fuerza de tarea integrada por combatientes contrarrevolucionarios de dos o tres comandos regionales, con la misión de atacarla. El único inconveniente era que las cosas habían cambiado desde que un mes antes los gringos de la CIA habían llevado a Las Vegas a un asesor militar con el cual no había simpatizado y cuya presencia representaba una amenaza a la influencia que hasta entonces había tenido sobre El 3-80, su comandante, quien últimamente escuchaba menos sus opiniones y demeritaba su experiencia como antiguo oficial de la derrotada Guardia Nacional Nicaragüense, para darle más peso a las recomendaciones del extranjero avalado por la CIA.
Durante la marcha nocturna la imaginación exaltada de Black Jack lo llevaba a visualizar los pormenores del plan de ataque a la base sandinista y a redactar mentalmente el titular de prensa y la nota que darían cuenta de su valerosa acción al destruir al enemigo: “PALADINES DE LA LIBERTAD PROPINAN APLASTANTE DERROTA A CACHORROS DE SANDINO”… “En la madrugada del 12 de diciembre la fuerza de tarea Cóndor del FDN al mando del comandante Black Jack aniquiló al batallón 40-14 del ejército sandinista en una brillante operación que dejó…”.
La fecha que había escogido para el imaginario golpe representaría una conmemoración para el tuerto: cuatro años antes, el 28 de diciembre de 1979 había llegado exiliado a Guatemala y se había incorporado al incipiente movimiento contrarrevolucionario que con el nombre de “Brigada 15 de Septiembre” operaba en la capital Chapina bajo el mando de el coronel somocista Ricardo Lau mas conocido como el Chino Lau. A la sazón, la pretendida brigada no era más que un grupo heterogéneo de forajidos que recurría al secuestro, la extorsión, el asesinato por encargo y el asalto a entidades bancarias con el propósito de recaudar fondos para emprender la lucha que les llevaría a recuperar el poder en Nicaragua tras derrocar a los sandinistas.
Los sueños de grandeza de Black Jack no se compadecían con la verdadera catadura del supuesto paladín de la libertad. En realidad era un cobarde torturador y asesino despiadado con tendencia a exagerar sus cuestionables éxitos militares y a construir en torno a su imagen una leyenda que en el fondo ni el mismo se creía.
Para esa época, la guerra sucia que estaban librando los nicaragüenses en ambas orillas de la confrontación ideológica en los oscuros años de la guerra fría, no era el escenario apropiado para el heroísmo ni el apelativo de paladines, demagógicamente adjudicado por Ronald Reagan, correspondía a la realidad del FDN. Ésta fuerza irregular estaba dirigida por una mezcla de antiguos oficiales somocistas huérfanos de poder, empresarios quebrados, políticos ambiciosos que intrigaban en Washington, sandinistas desencantados, aventureros cubanos de Miami, y mercenarios de todos los pelambres. La tropa estaba conformada por unos siete mil campesinos analfabetos, mal entrenados y deficientemente dotados que se plegaban a la ley del más fuerte sin ningún ideal político y con el único afán de subsistir; al menos en la contra tenían garantizada la alimentación.
Del otro lado, los cachorros de Sandino, apelativo demagógicamente adjudicado por Daniel Ortega, eran un conjunto de jóvenes entre los 16 y los 20 años, organizados como ejército regular con base en el modelo cubano, politizados hasta el fanatismo con las doctrinas marxistas-leninistas, y dispuestos a morir por cuenta de los ideales revolucionarios que proclamaban los nueve comandantes desde sus cómodas mansiones, confiscadas a los antiguos jerarcas somocistas. Al mando de las unidades de cachorros se encontraban jóvenes oficiales igualmente fanatizados y dispuestos al sacrificio en aras de los supuestos ideales sandinistas que enmascaraban una férrea dictadura de izquierda.
Para los Estados Unidos de Norteamérica, era una guerra de baja intensidad en su vecindario, cuya financiación era repudiada por los sectores más liberales del congreso pero se había convertido en una obsesión para el presidente Reagan. A su vez, para los militares gringos y la CIA no era más que un campo de experimentación de armas y tácticas novedosas en las guerras de intervención. Para cubanos y soviéticos el objetivo era utilizar a Nicaragua como una base en Centroamérica encargada de estimular y apoyar la revolución comunista en países convulsionados como Guatemala y El Salvador.

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Tegucigalpa, diciembre de 1983

Siguiendo órdenes del comandante Martínez, La Leona, con documentos falsos a nombre de Julieta Meneses, llegó al aeropuerto Toncontín, el martes 6 de diciembre, procedente de Managua. El día anterior había terminado un proceso de entrenamiento intensivo e individualizado en técnicas de inteligencia bajo la orientación de un experto cubano y elaborado un detallado plan para el cumplimiento de la misión que le habían asignado: infiltrarse en el campamento de la F.D.N. en la vereda Las Vegas.
La infiltración, se haría desde territorio nicaragüense como segunda fase del plan; por ahora la primera fase consistía en presentarse ante un contacto en Tegucigalpa con quien trabajaría en estrecha coordinación durante el resto de la operación. Su contacto identificado con el nombre clave de El Turpial, la esperaría a primera hora del día siguiente, en una dirección del barrio Bello Oriente de la capital hondureña. Allí recibiría instrucciones precisas para la tercera fase del plan y se le daría información sobre el primer objetivo que debería alcanzar una vez infiltrada. Se alojaría en la casa que ocupaba El Turpial y debería regresar a Nicaragua en el primer vuelo del jueves 8 de diciembre, reintegrar el pasaporte oficial que le habían entregado y trasladarse a Ocotal para comenzar la etapa de infiltración.

Punto de Quiebre – Capítulo X

Por : kapizan
En : Capítulo X Entre Tegucigalpa y Miami, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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“Todos somos protagonistas de nuestra propia existencia y extras en un drama superior”

KARL JUNG

X
ENTRE TEGUCIGALPA Y MIAMI

Miami, noviembre de 1983

En menos de dos años la sala de arte moderno establecida por Marietta como una sucursal de su galería bostoniana, en un exclusivo sector de Miami Beach, se había convertido en el lugar de encuentro favorito de millonarios, políticos e intelectuales cubanos de derecha y empresarios centroamericanos, exiliados por causa de la situación política en sus respectivos países. Instalada en una mansión de tres pisos, que había pertenecido a una estrella del cine, Gruber´s Gallery había adecuado cuatro salones en el primer piso para la exhibición y venta de obras de pintores más o menos conocidos; una sala enorme para exposiciones de pintores famosos; y un pequeño bar en el que se servían café o licores a los clientes. En el segundo piso se habían unido dos salones para crear un ambiente propicio a la tertulia, en el cual la francesa solía organizar reuniones con sus amistades cubanas y centroamericanas, por esas fechas muy dadas a la conspiración política en contra de las dictaduras de izquierda en Cuba y Nicaragua, temerosas a la vez, de que el comunismo insurgente triunfase en El Salvador y en Guatemala. En el tercer piso, Marietta tenía su apartamento privado, primorosamente decorado para recibir y atender como una geisha a sus amigos íntimos.
El éxito de la galería se debía, en gran parte, al hecho de que en los últimos dos años, Marietta dedicaba la casi totalidad de su tiempo a dirigirla y solo viajaba dos o tres veces al año a Boston para visitar la otra galería. Ésta, había quedado a cargo de Amélie, la madre de Braulio, con el apoyo de Ofelia, desde que Elizabeth había renunciado para concentrarse en la producción artística. Por sugerencia de Amélie, Marietta accedió a especializar la galería bostoniana en escultura y la de Miami en arte pictórico contemporáneo. Esa clara segmentación del mercado resultó muy exitosa en términos financieros y las perspectivas futuras eran muy halagüeñas.
Desde su inauguración, Gruber´s Gallery había mantenido un ritmo de una exposición individual por mes. La oportunidad de colgar sus telas en el acreditado salón de Marietta, le había correspondido en noviembre de ese año al maestro colombiano Horacio Gómez Orduz; un artista de mediana edad que venía precedido por la fama de haber ganado premios tan importantes como las Siete Colinas de Roma y el Grand prix pour l’art del principado de Mónaco con la obra L’origine de la multiplicité a partir de la cual desarrolló una nueva escuela pictórica: el Polidimensionismo.

Marietta y Horacio se habían conocido en Béziers en el verano de 1982 durante la entrega de premios, al final del certamen realizado en la histórica ciudad francesa que se extiende, cargada de leyendas medievales, entre la costa mediterránea y el macizo montañoso de Caroux. En esa ocasión, Marietta había acudido con el propósito de descubrir nuevos talentos y adquirir algunas obras para la galería de Miami, que se inauguraría el sábado primero de agosto.
La empatía entre la galerista franco-alemana y el artista colombiano fue instantánea y sirvió como base para la consolidación de una sincera amistad que se prolongaría en el tiempo hasta 1995, año en que murió Horacio, quien dejaría una prolífica creación, con centenares de sus cuadros repartidos en museos de arte moderno y colecciones privadas de los cinco continentes.
Terminado el evento en Béziers, Horacio y Marietta coincidieron en el vuelo de regreso a Miami en donde el pintor haría conexión con destino a Bogotá. Durante la travesía, la conversación estuvo centrada en los dos temas que apasionaban a Marietta: arte y política. Descubrieron entonces que tenían amistades comunes; y que sus opiniones respecto a la creciente penetración del comunismo en Centroamérica a raíz del triunfo sandinista, eran muy similares.
En medio de la charla y con las comodidades que ofrecía la sección de primera clase de Air France, Marietta le había contado sobre su proyecto de abrir una sucursal de Gruber´s Gallery y dejar la galería de Boston a cargo de Amélie Francisconi, una escultora argentina, muy buena amiga suya. Al escuchar el nombre de la artista, Horacio le contó que en los años 60, durante una exposición colectiva en Bogotá, Braulio Rivadeneira le había comprado una figura esculpida en bronce por él y la había llevado de regalo a su madre al término de su misión en los cuerpos de paz; y que años después, en 1972, había participado, con una muestra de sus esculturas, en una exposición colectiva en New York, en la que también participaba Amélie Francisconi; y que allí, se había reencontrado con Braulio y conocido a Elizabeth su esposa. Al descubrir la coincidencia, Marietta le había comentado a Horacio:
― En el 72 Braulio y Elizabeth estaban recién casados pero hace tres años se divorciaron.
― La última vez que vi a Braulio fue en el aeropuerto de New York, a mediados de agosto, hace como cinco años. En esa ocasión, me contó que Elizabeth estaba embarazada y su primera exposición individual en París a finales del 78, había sido un suceso memorable.
Marietta le comentó que poco después de la exposición, Elizabeth había perdido el hijo que esperaba de Braulio, y que a raíz de ello la pareja había decidido divorciarse amistosamente. Meses después, en abril del 79, la colombiana se había casado con Reinaldo García, el prestigioso crítico de arte, que Horacio también conocía, y ella se había dedicado, con mucho éxito, a la creación artística. Respecto a Braulio, le dijo que a finales de ese año había contraído matrimonio con Adriana Harrison, reconocida vedette de Simon´s Club, un elegante cabaré en Tegucigalpa.
A propósito de Braulio, le mencionó que en ese momento se encontraba en Miami como asesor de los Argüello, padre e hija, una pareja de nicaragüenses exiliados que estaban montando una cadena de almacenes en la Florida. Le dijo que ella había establecido una amistad especial, con Aníbal Argüello, a quien consideraba un excelente empresario pero que, como muchos de sus colegas y políticos centroamericanos, había cometido la ingenua estupidez de creer la retórica sandinista de pluralismo político con la cual disfrazaban su ideología comunista. “Gracias a Dios, explicó Marietta, la confiscación de sus propiedades por cuenta de los sandinistas y la absurda posición política de su hija menor, fanatizada con las ideas de los comunistas de Managua, hicieron que Aníbal y su hija mayor dieran un giro hacia la extrema derecha y se convirtieran en opositores, partidarios de la contrarrevolución”.
El resto del viaje trasatlántico lo dedicaron a charlar sobre las implicaciones que tendría la dura posición asumida por el presidente Reagan en contra de la dictadura sandinista. En opinión de Horacio, la contrarrevolución, hasta entonces asesorada por militares derechistas argentinos, había perdido fuerza con el retiro de éstos a consecuencia de la guerra de las Malvinas y era de esperarse que la CIA llenara ese vacío. Marietta estuvo de acuerdo y aclaró que si bien Reagan tenía toda la intención de fortalecer a la contra, se toparía con una fuerte oposición entre los congresistas demócratas para obtener el financiamiento necesario. “De todas maneras, había agregado, el apoyo de la Casa Blanca será determinante en ésta lucha”.
Poco antes de aterrizar, Marietta le propuso a Horacio que postergara cuatro días su regreso a Colombia y asistiese como invitado a la inauguración de la galería. Así, tendría la oportunidad de reencontrarse con Braulio y Amélie. El maestro colombiano aceptó encantado ser huésped de la sofisticada y atractiva francesa que a sus 61 años lucía como una mujer 20 años menor. A Horacio le motivaba, más que volver a ver a Braulio, la posibilidad de convertirse en uno de los “amigos especiales” de Marietta, cuya entonación al referirse a Aníbal había sido tan sugerente como la mirada que le sostuvo al momento de invitarlo.
Cuatro días fueron suficientes para que Horacio comprendiera y aceptara la esencia de la filosofía amatoria de su anfitriona, en la que el sexo no implicaba ningún compromiso de fidelidad y la relación se fundamentaba en una amistad leal, sincera y “hasta que la muerte nos separe”, tal como ella lo había expresado con auténtica convicción. Es más, pudo comprobar que entre él y Aníbal, se estableció una abierta amistad desprovista de celos y actitudes posesivas.

En ésta su segunda visita a Gruber´s Gallery, Horacio fue honrado con una exposición individual en el salón de los pintores famosos y uno de sus cuadros fue adquirido por Aníbal con el fin de subastarlo, como uno de los múltiples medios previstos, para recaudar fondos con destino a la contrarrevolución nicaragüense. La subasta fue programada para el viernes 18 de noviembre de 1983.

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Tegucigalpa, noviembre de 1983

Con la ampulosa meticulosidad aprendida de su maestro, Juanito recorrió hasta el último rincón del Simon´s Club, mientras impartía instrucciones y ultimaba los detalles para la función de esa noche, que había sido anunciada como la despedida de la gran vedette Adriana Harrison. Un mal disimulado nerviosismo, ponía en evidencia los efectos que en el joven empresario había causado, dos días antes, el doble anuncio de la cantante: estaba embarazada por segunda vez y tanto ella como Braulio habían decidido establecerse en Managua, después de celebrar en Tegucigalpa el cuarto aniversario de su boda. Conseguir un reemplazo para la estrella del lugar iba a ser más sencillo que superar la ausencia de Adriana, su gran amiga y confidente, con quien había compartido los momentos más difíciles en la vida de ambos, a raíz de los sangrientos sucesos que habían precipitado su huída de Managua cinco años antes.
Juanito recordaba esa noche de octubre en San José de Costa Rica en que Adriana, preocupada y asustada, le había revelado que esperaba un hijo de Braulio; y como él, la había disuadido de su idea inicial de interrumpir el embarazo, infundiéndole ánimo y ayudándole a mantener la fe y la esperanza. De lo único que no pudo convencerla, fue de compartir con Braulio la noticia de su embarazo; ella, se obstinaba en no hacerlo por temor a afectar el matrimonio del ecuatoriano con Elizabeth, quien para entonces también esperaba su primer hijo. “Algún día tendrá que saberlo pero por ahora no es el momento oportuno” había alegado Adriana.
En la tarea de reencausar su vida, Adriana había contado, además, con el apoyo incondicional de Simón, quien desde el primer momento se había comportado con la alegría y la ternura que suele causar en los abuelos un anuncio de esa naturaleza. Durante los meses de espera, los tres se comportaron como una familia que hace planes y adquiere lo necesario para la llegada de un nuevo miembro. Finalmente, Adriana había dado a luz una niña a quien llamó Charlotte, como su madre, que vino desde Bluefields para acompañarla en el parto. Cuando la pequeña Charlotte cumplió dos meses, pocos días después del triunfo de la revolución sandinista, la abuela convenció a su hija de que le dejase llevar a la niña a Bluefields para hacerse cargo de ella, mientras Adriana se preparaba para reanudar su actividad como artista exclusiva del Night Club que Simón pensaba inaugurar el primer jueves de noviembre de 1979. La sede del nuevo centro nocturno se establecería en un local que Simón había adquirido, a muy buen precio, a la viuda de un amigo suyo en el centro de Tegucigalpa.
Al amanecer del viernes 7 de septiembre, exactamente un año después de la huida, los tres amigos a bordo de un microbús conducido por Simón, cruzaban la frontera norte de Costa Rica para ingresar a la “Nicaragua Libre”; su intención era atravesar el país con destino final Tegucigalpa. Simón que había planeado con puntillosa acuciosidad hasta el último detalle del viaje, tuvo un disgusto con Juanito cuando éste, después de consultar el tarot, le había sugerido que pospusiesen el viaje pues la fecha escogida no era propicia.
La idea del empresario era recoger en Managua a Felipe, el mâitre, y a cinco de los antiguos bailarines del Atlantis, que habían aceptado unirse al nuevo proyecto en Honduras. Unos cuarenta kilómetros antes de la capital nicaragüense, el mal augurio de Juanito se materializó: Simón perdió momentáneamente el sentido y el control del vehículo, que se salió de la vía para terminar detenido por una cerca de alambre sin que, por fortuna, ninguno de sus ocupantes ni el microbús sufriesen daño.
El verdadero daño estaba en el cerebro de Simón, a quien un eminente neurólogo le diagnosticó la presencia de un tumor maligno y muy agresivo, que aún siendo extirpado no daba muchas posibilidades de supervivencia. Simón se opuso a una intervención quirúrgica e incluso a un tratamiento con quimioterapia y decidió asumir con entereza la enfermedad y prepararse para una muerte digna. Al menos, los seis o siete meses de vida, que según el médico le restaban, los emplearía en el proyecto del Simon´s Club. Juanito y Adriana habían logrado convencer a su amigo para que aceptase este nombre en vez de New Atlantis, que éste sugería.

Una semana antes de la fecha prevista para la inauguración Simón viajó a Managua, según dijo para firmar unos documentos notariales. En realidad lo que pretendía era hacer los arreglos necesarios para dar una sorpresa a su vedette. El viejo, con el sentimentalismo exacerbado por la cercanía de la muerte, se había propuesto localizar a Braulio, con la ayuda de Nando Jaramillo, quien telefónicamente le había comentado que su cuñado se había divorciado tras la pérdida de su primogénito.
La víspera de la anunciada apertura del Simon´s Club, después del último ensayo, el empresario invitó a sus artistas a una cena en el apartamento que compartía con Juanito. El montaje orquestado por Simón estaba listo: al abrir la puerta y encender las luces, Adriana se quedó sin respiración al ver frente a ella, sonrientes y emocionados, a Braulio, a Charlotte y a su hija.
Antes de que Adriana pudiera balbucear palabra alguna y superar el estupor del inesperado encuentro, Braulio se adelantó, se plantó frente a ella, extrajo un estuche del bolsillo de su guayabera, la miró fijamente y con voz firme, matizada por cierta solemnidad teatral, le dijo:
― Con la bendición de tu madre, aquí presente, te ofrezco éste anillo de compromiso y te pido que seas mi esposa.
Braulio y Adriana se casaron pocos días después de la apertura del Night Club, y acordaron que ella continuaría trabajando como artista principal del elenco, mientras Charlotte regresaba a Bluefields con la niña y Braulio viviría en Managua como profesor de tiempo completo de INCAE. Los fines de semana se reunirían en Tegucigalpa y cada tres meses viajarían juntos a Bluefields para visitar a su hija. La energía y los esfuerzos desplegados por Simón en los últimos meses de ese año, comenzaron a hacer mella en su salud y ya para enero permanecía en el apartamento bajo el cuidado de una enfermera. A finales de mayo mandó llamar a Juanito y a Adriana para notificarles su decisión testamentaria: Juanito heredaría el Club, una propiedad en Lima, y medio millón de dólares entre efectivo y títulos valores; Adriana recibiría un fideicomiso por cincuenta mil dólares para la educación superior de la pequeña Charlotte. Dos días después Simón falleció mientras dormía.

Para esa última noche de Adriana en el escenario, Juanito había convencido a Braulio de que bailase con su esposa tres tangos como cierre de la presentación; para el efecto, él mismo había montado las coreografías y ensayado varias noches con la pareja hasta quedar convencido de tener un show profesional. En el vestuario de la vedette, Juanito había insistido, con toda suerte de argumentos esotéricos, en que Adriana usara el traje verde de lamé y el aderezo de plata, pues en su opinión, representaban un símbolo en la historia de amor que él había pronosticado desde el primer momento.
A las nueve de la noche todo estaba a punto y Juanito luciendo un impecable esmoquin blanco se dispuso a esperar a sus invitados especiales.

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San Pedro Sula, noviembre de 1983

A primera hora del viernes 18, Nando y Lorena cancelaron la cuenta de su estadía de tres días en el Hotel Copantl de San Pedro Sula al norte de Honduras, encargaron su equipaje a un botones y se encaminaron al parqueadero para abordar el Audi con placas MI, y emprender camino hacia Tegucigalpa, en donde esa noche asistirían a la función de despedida de Adriana en el Simon´s Club. En esa oportunidad habían viajado desde Managua por tierra pues Nando tenía previsto visitar varias empresas industriales en la zona, como parte de su labor promoviendo seminarios de INCAE.
La pareja tras una relación de cinco años, en los cuales jamás se había mencionado la palabra matrimonio, era más estable que muchas otras con menos tiempo de convivencia. Lorena había llegado al convencimiento de que la filosofía del amor que practicaba Nando en realidad funcionaba, pues como él solía decir y ella había aprendido a repetir: “estamos ‘desposados’ y no ‘esposados’ como la mayoría que no logra entender y aceptar la diferencia”. Al llegar al estacionamiento, lejos estaban de imaginar, que serían literalmente esposados, por cuatro agentes uniformados al mando de un sargento, que simplemente les había preguntado si eran los dueños del carro y ante la respuesta afirmativa de Nando, ordenó que los esposaran pues tenía instrucciones de conducirlos al comando de policía.
Dos horas después fueron liberados, cuando el oficial que había ordenado su detención, les pidió disculpas y comprensión, tras comprobar la nacionalidad norteamericana de Nando y su estatus como profesor de INCAE. El incidente no era más que una muestra del ambiente belicoso que vivía la fuerza pública hondureña respecto al gobierno sandinista. Superado el percance, el espíritu bromista de Lorena diluyó el disgusto y el malestar que le había producido a Nando la actitud paranoica de la policía hondureña.
En los últimos meses de la revolución sandinista, Lorena se había visto forzada por las circunstancias a revelar a Nando su vinculación a la célula guerrillera que dirigía Vigorón. Una noche, a mediados de mayo del 79 su jefe la había llamado para pedirle que escondieran en la casa que compartía con Nando, en las afueras de INCAE, a unos combatientes heridos en una explosión. Afortunadamente, Nando había accedido sin condiciones a prestar esta ayuda humanitaria, evitando preguntas o comentarios embarazosos. Los comandantes sandinistas que conocieron al profesor en esa oportunidad, agradecieron el gesto y lo catalogaron a él como “un gringo colaborador y buena gente”.
Los contactos adquiridos por Nando en ese entonces, facilitarían posteriormente las relaciones entre INCAE y los comandantes sandinistas, ya en el poder, y permitirían la supervivencia del instituto. Éste fue aprovechado por el nuevo gobierno revolucionario, en vez de ser confiscado, para entrenar en alta gerencia a los funcionarios de bajo nivel que se habían visto enfrentados a la responsabilidad de asumir cargos directivos, en las empresas confiscadas a sus antiguos dueños. Por esas fechas, Braulio que había regresado a Managua para buscar a Adriana, aceptó formar parte de la facultad permanente de INCAE, bastante reducida pues muchos profesores habían renunciado para buscar posiciones en otras universidades de Estados Unidos y Europa. Posteriormente, cuando INCAE abrió una nueva sede en Alajuela, Costa Rica, la mayoría regresó y desde entonces INCAE había operado con sedes en los dos países.
Después del triunfo de la revolución, Lorena no quiso aceptar el puesto que le ofrecieron en el viceministerio del interior, a cargo de Edén Pastora y decidió continuar sus estudios de sociología. En menos de dos meses, comprendió que el nivel académico había bajado impresionantemente y que la facultad estaba conformada por un grupo de profesores fanáticos, que abiertamente dirigían cátedras de política e ideología marxista-leninista, muy diferentes a las de sus primeros semestres de carrera. Desencantada abandonó sus estudios y consiguió empleo como secretaria bilingüe en INCAE.
Lorena no había visto a su amiga Adriana desde la muerte de Simón y le entusiasmaba la idea de conocer a la niña y de regresar juntas a Managua en donde serían vecinas, pues Braulio había alquilado una casa contigua a la de Nando. A pesar del atraso causado por la policía, Nando y Lorena llegaron al Hotel Honduras Maya a media tarde, se registraron, se ducharon y bajaron para tomar un refrigerio, comprar el periódico y algunas revistas para entretenerse mientras llegaba la hora de irse al Simon´s Club.

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Dos días antes de la subasta en Gruber´s Gallery, Roberto Harrison y Maria José Argüello, tomaron un vuelo con destino a Tegucigalpa. Roberto viajaba para firmar un contrato con una empresa estatal Hondureña que era cliente de la firma norteamericana de abogados a la cual pertenecía; por su parte, Maria José se había ofrecido para acompañarle pues quería asistir a la celebración del cuarto aniversario de bodas de su cuñada Adriana Harrison. A los pocos minutos de despegar, Roberto se quedó profundamente dormido y Maria José se quedo sola con sus recuerdos.
Era la primera vez en cinco años que regresaba a Centroamérica y muchas cosas habían pasado en su vida y en su familia desde entonces: la horripilante muerte de Max; el ataque cardíaco que casi cuesta la vida de su padre; la angustiosa evacuación a Miami; la incertidumbre por la suerte de Roberto que se había unido a las fuerzas insurgentes; la prolongada convalecencia de Aníbal; el tormento por desconocer la suerte de su hermana, que se había transformado en pena moral y resentimiento cuando se enteró de su fanatismo ideológico, su integración al ejército sandinista, después del triunfo de la revolución, y lo más doloroso, el saber que Maribel había renunciado a su “familia burguesa” y propiciado la confiscación de la casa de Jiloá y los almacenes Argüello. Por ventura y gracias al soporte afectivo de Marietta, su padre había superado el duro golpe y había canalizado todas sus energías hacia el apoyo a las fuerzas contrarrevolucionarias, dejando testimonio de sus críticas al gobierno sandinista en un manuscrito, casi un diario, que solía compartir con su amiga y aspiraba publicar algún día.
En el lado positivo de su balance, pesaba con mucha fuerza la estabilidad de su relación con Roberto, quien consideró cumplida su cuota de guerrero el mismo día en que los sandinistas se tomaron el poder y regresó inmediatamente a Miami para casarse con ella. El único cambio notorio en el aspecto físico del joven era la espesa barba que se había dejado crecer, para acentuar, concientemente, su parecido a Max. Meses después, cuando la casa de Jiloá fue confiscada, Roberto viajó a Managua y trajo consigo a la leal Ninfa para que atendiera la casa que Aníbal había comprado en Miami Beach. Ellos a su vez, adquirieron una casa a pocos metros de la de Aníbal para mantener el pequeño círculo familiar tan unido como fuese posible. Los negocios en la Florida iban bastante bien: Aníbal como estratega, ella como gerente y Braulio como asesor estaban haciendo realidad, en los Estados Unidos, el sueño que no pudieron cristalizar en su país.
Maria José estaba ansiosa por volver a ver a su antigua profesora de guitarra a quien no veía desde el verano de 1981 en que ella, Braulio y la pequeña Charlotte habían pasado dos semanas de vacaciones en casa de Aníbal. Formaban una hermosa familia y su felicidad era evidente.

El anuncio de que se encontraban próximos a aterrizar en el aeropuerto internacional de Ciudad de Guatemala, última escala del vuelo a Tegucigalpa, sacó a María José de sus recuerdos y a Roberto de su profundo sueño. La escala era breve y la voz en el parlante pidió a los pasajeros con destino a Honduras que permanecieran a bordo mientras desembarcaban quienes concluían su vuelo y abordaban nuevos pasajeros. El último en abordar, fue un hombre de unos cincuenta años, fornido, con la cabeza totalmente afeitada, gafas Ray-Ban, bigote negro de largas guías y traje safari de color caki de manga corta que resaltaba la musculatura de sus brazos y le daba el feroz aspecto de un guerrero mongol del siglo XX.
Al avanzar por el pasillo la mirada del mongol se detuvo un instante frente a Roberto y tras observarlo por entre las gafas se dijo para sus adentros: “si no fuera porque sé que está bien muerto juraría que es Maximiliano Harrison… éste no puede ser otro que su hermano gemelo”. El conspicuo personaje dedicó el tiempo de vuelo tratando de imaginar en que forma, si es que había alguna, podría aprovechar su encuentro con éste personaje del pasado, en la ejecución del plan que venía tramando desde hacía cinco años y se encontraba en su fase final. Por ahora, lo conveniente sería seguir a Harrison y averiguar el propósito de su viaje a Honduras.

Punto de Quiebre – Capítulo IX

Por : kapizan
En : Capítulo IX - Del manuscrito de Aníbal Argüello, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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DEL MANUSCRITO DE ANÍBAL ARGÜELLO

FRAGMENTOS

1979

Nunca he sido un hombre de armas; sin embargo, he estado apoyando, como muchos de mis compatriotas, la lucha de los insurgentes sandinistas, en la certidumbre de que sólo por la vía armada será posible derrocar la dictadura somocista y conducir el país hacia una auténtica democracia. Gracias a Dios logré sobrevivir a una delicada operación de corazón abierto; por ello, aún débil y con la prohibición médica de viajar y la recomendación de guardar reposo, me siento apartado del activismo en las gestiones políticas que han venido realizando los líderes del Frente Amplio de Oposición ante los gobiernos que repudian el absurdo aferramiento de Somoza al poder. Estoy pues, lo suficientemente motivado para iniciar este escrito, con el que pretendo ser un relator y crítico de los acontecimientos político-militares que observaré a partir de hoy, primero de Enero de 1979, desde mi cómoda pero forzada permanencia en Miami.

[...] Así pues, a mediados de marzo, cuando la opinión pública recibió el anuncio de que las tres facciones sandinistas, reunidas en Cuba, se habían unido ― presumo que bajo la astuta influencia de Fidel Castro ―, supe que mi pronóstico sobre la inminencia del fin de la dictadura era acertado; sin embargo, me llamó la atención el hecho de que Edén Pastora no hubiera participado en las conversaciones de La Habana y tuve la impresión de que querían marginarlo [...] a mi juicio, el Comandante Cero tenía más derecho a representar a los terceristas junto con Daniel y Humberto Ortega, que el mexicano Víctor Tirado López. Ambos poseen una destacada trayectoria como líderes combatientes, pero la espectacularidad y la contundencia del asalto al Palacio Nacional le dio a Pastora un reconocimiento, dentro y fuera del país, como héroe de la revolución y merecedor, por tanto, de una destacada posición en la dirigencia del FSLN [...] algunos empresarios comprometidos en la lucha contra Somoza, coinciden conmigo en que su clara posición no marxista y cristiana (de Edén Pastora) junto con su notoriedad internacional, fueron determinantes para que el recién constituido Directorio Nacional optase por no incluirlo como uno de sus miembros; al fin de cuentas, parece que tuvieron más fuerza las opiniones de la mayoría marxista; y muy posiblemente la envidia que suscitan su carisma y su popularidad. [...] alejado (Pastora) de las decisiones políticas se le encargó la conducción de las operaciones militares en el frente sur; precisamente en donde la Guardia Nacional tiene concentradas las tropas mejor comandadas y por consiguiente, son el hueso más duro de roer.

[...] La posición de Somoza se ha vuelto cada vez más precaria a medida que avanza junio, en tanto que el balance del FSLN muestra resultados que parecían imposibles de lograr un año antes: los pueblos y ciudades del norte están en poder de los sandinistas que han comenzado a organizar gobiernos municipales; el 17, cayó León, la segunda ciudad del país; le siguieron Masaya el 24 y, a los pocos días, Diriamba. Todo parece indicar que la ofensiva final sobre Managua está próxima. La resistencia más fuerte y sangrienta, continúa siendo la que ofrece el reducto somocista en Rivas, en donde el mayor número de bajas las está sufriendo la fuerza que comanda Pastora [...] en los círculos políticos del congreso norteamericano se rumora una posible dimisión del dictador y la conformación de un gobierno de transición [...] El 17 de julio, Somoza abandonó el país con destino a Miami y dejó su carta de dimisión que fue leída ese mismo día ante el congreso por Francisco Urcuyo Maliaños, presidente de la colectividad que se proclamó “Presidente Constitucional” de Nicaragua. El mandatario interino, pretendía continuar en el poder hasta 1981 ― año en que terminaba el período de Somoza ― [...] en sus primeras y únicas veinticuatro horas en el poder, Urcuyo nombró al teniente coronel Federico Mejía González como nuevo director de la Guardia Nacional ― los oficiales de mayor graduación habían huido hacia el exilio, siguiendo el ejemplo de su jefe y contribuyendo a la desmoralización total y al derrumbamiento de la Guardia Nacional ―; propuso a los insurrectos que depusiesen las armas “no ante nada ni ante nadie, sino ante el Altar de la Patria”; y se negó a entregar el poder a la ya establecida Junta de Reconstrucción Nacional [...] El rechazo de la comunidad internacional, liderada por los gobiernos del Pacto Andino, ante las pretensiones de Urcuyo, lo obligó a exiliarse en Guatemala, dejando el camino abierto a la Junta de Reconstrucción integrada por Sergio Ramírez, Alfonso Robelo, Violeta Barrios de Chamorro, Daniel Ortega y Moisés Hassan, quienes se proclamaron, el 18 de julio, como el nuevo gobierno de Nicaragua, desde la ciudad de León.
[...] Al anochecer del jueves 19 de Julio, el teniente coronel Fulgencio Largaespada, jefe de la Policía de Tráfico de Managua ― único oficial de alta graduación de la Guardia Nacional que no había huido hacia el exilio ―, anunció por radio la rendición incondicional que los sandinistas le exigieron y ordenó a sus hombres que entregasen las armas a la Cruz Roja, en iglesias o en cualquier embajada [...] A primera hora del viernes 20 de Julio los miembros de la Junta de Gobierno se desplazaron desde León hacia la capital, para celebrar el triunfo de la revolución en compañía de los comandantes sandinistas más destacados. En el último tramo de su recorrido, sobre un vehículo del cuerpo de bomberos, recibieron los vítores de una multitud eufórica que se concentró en la plaza principal de Managua, frente al Palacio Nacional para escuchar extasiada la secuencia de discursos pronunciados por sus nuevos dirigentes [...] los nutridos aplausos que captaban las cámaras, contrastaron notoriamente con la prolongada ovación que siguió al breve y un tanto desafiante discurso del Comandante Cero: “…velaré para que la Revolución no se mediatice ni se traicione”.

[...] Una revolución triunfante se diferencia de un golpe de estado exitoso, en un aspecto fundamental: las fuerzas militares derrotadas son reemplazadas en su totalidad por un nuevo ejército. Así ha sucedido a lo largo de este siglo en México, en Rusia, en China y en Cuba. Nicaragua no podía ser la excepción. El 18 de Octubre se anunció la constitución del ejército popular sandinista y el nombramiento de su primer comandante: Humberto Ortega Saavedra [...] por esas fechas me enteré que Edén Pastora, a quien hubiese preferido ver al mando del nuevo ejército, ni siquiera había recibido el título, más que merecido, de Comandante de la Revolución. Ésta distinción se la reservaron para sí los nueve miembros del Directorio Nacional Sandinista [...] Pastora con el rango honorario, pero inferior, de Comandante Guerrillero, quedó completamente marginado de las decisiones políticas y pasó a ocupar el poco destacado cargo de cuarto viceministro del interior, a órdenes de Tomás Borge [...] el cincuentón (Borge) fundador del FSLN, no desperdicia oportunidad para desplegar en todas las tribunas una retórica elusiva que enmascara su acendrada vocación marxista-leninista [...] cuando Borge habla de pluralismo político, sus palabras me suenan huecas por falta de hechos concretos que ratifiquen esa intención, que fue importante, en su momento, para ganar apoyos, pero que cada vez se ve más y más lejana.
[...] A comienzos de septiembre, el Comandante Cero fue enviado a las montañas del norte, al mando de una tropa especial integrada por algunos de sus antiguos guerrilleros, con la misión de limpiar la zona de grupos bandoleros, conformados por guardias somocistas que ingenuamente creen que su jefe regresará del dorado exilio para volver a poner las cosas en orden [...] asignarle (a Pastora) ésta tarea de combate es, a mi juicio, una hábil maniobra política de Borge para sacar de escena al ídolo popular, que se atrevió a proclamarse como guardián de la revolución para impedir que “se mediatice o se traicione”.
[...] Al finalizar 1979, que pasará a la historia como el año del triunfo de la revolución sandinista, comienzo a experimentar la sensación de que quienes creímos en las promesas de pluralismo político y economía mixta, fuimos manipulados como idiotas útiles por el pragmatismo de los jefes insurgentes, mayoritariamente comunistas, como parte de una estrategia para alcanzar el poder.
[...] ¿Quién ejerce el poder en Nicaragua? No han transcurrido seis meses después del triunfo y la respuesta que escucho, cada vez con más frecuencia, es peligrosamente contundente: los nueve comandantes. Entonces ¿Qué papel juega la “Pluralista” Junta de Reconstrucción Nacional? Todo parece indicar que, con excepción de Daniel Ortega, ninguno de sus miembros lo sabe a ciencia cierta. [...] me llegan noticias de que ninguna decisión política, económica o administrativa, se puede tomar sin el visto bueno de los nueve uniformados y la ratificación del cada vez más omnipotente y omnipresente Tomás Borge [...] Temo que Robelo y doña Violeta en la junta, y los miembros no sandinistas del grupo de los doce que ocupan cargos importantes en el gobierno ― como Arturo Cruz recién nombrado director del Banco Central ―, también están jugando inconscientemente, el rol de idiotas útiles.
[...] Quiero cerrar el capítulo correspondiente a éste año con mi opinión sobre un hecho preocupante en éste primer semestre de la Nicaragua post-somocista: la presencia de miles de los llamados internacionalistas ― cubanos veteranos de Angola, chilenos exiliados, montoneros argentinos y europeos de los países del bloque soviético, entre otros ― que se mueven como pez en el agua en todos los niveles del gobierno ejerciendo notoria influencia en la toma de decisiones. Esto me lleva a llamarlos, más bien, intervencionistas, pues me parece que forman parte de un nuevo esquema de colonización orquestado por la unión soviética para ganar una segunda base en América Latina, ideal para expandir el comunismo hacia los países vecinos.

1980

[...] En el transcurso del primer trimestre de este año mis preocupaciones, sobre el futuro político de Nicaragua, se han venido acrecentando a medida que el FSLN comienza a mostrar, sin mayor pudor, la agenda que ha mantenido oculta desde que se negociaron, con los miembros no marxistas del Frente Amplio Opositor, los lineamientos del plan de gobierno, en términos de anunciar una pronta convocatoria a elecciones presidenciales y mantener una asignación equitativa de los escaños en el Consejo de Estado. Aparte de estos dos pactos, que fueron determinantes para acelerar el desplome de la dictadura somocista, percibo una nociva influencia castrista en la creación de los Comités de Defensa Sandinista (CDS), esquema de control de masas y manipulación política, más acorde con una intención de gobierno totalitario de izquierda ― como el cubano que mantiene un sistema similar ―, que con la anunciada y pactada democracia pluralista.
[...] El 19 de abril, doña Violeta renunció a la Junta presentando, diplomáticamente, una lesión en una pierna como motivo de su dimisión. La viuda de Chamorro no mencionó la disputa que ella y Robelo habían tenido con los miembros sandinistas de la Junta y con algunos de los nueve comandantes, en torno a la conformación del Consejo de Estado: el FSLN propuso a la junta la creación de doce escaños adicionales ― nueve para los CDS y tres para los sindicatos laborales sandinistas ―, y un cambio en la proporcionalidad muy distinto a lo pactado antes de la victoria del 19 de julio; con lo cual, los sandinistas aseguraban la mayoría absoluta en el Consejo de Estado.
[...] El 21 de abril fue publicado en la Gaceta Oficial un decreto de la Junta en el que se establecía la nueva composición del Consejo de Estado, con los cambios impuestos por los sandinistas. A la mañana siguiente Alfonso Robelo convocó una rueda de prensa y anunció su dimisión [...] días después (Robelo) le diría a la periodista norteamericana Shirley Christian: “A mí me resultaba imposible continuar en la Junta. Se había llegado a una situación en la cual yo no podía hacer nada. Seguir en la Junta hubiera sido dar con mi presencia una apariencia de pluralismo, pero en la que no se prestaba oídos a nuestros puntos de vista.”
[...] Otro suceso perturbador acaecido entre la dimisión de doña Violeta y la de Robelo, fue el cierre del diario La Prensa ― la trinchera desde donde Pedro Joaquín Chamorro Cardenal lanzaba sus dardos a la dictadura, que le costaron la vida ―. Los líderes sandinistas se apresuraron a negar su participación en el hecho y difundieron la versión de que se trataba de una disputa interna en la familia de los propietarios: la viuda y los hijos del periodista asesinado [...] en verdad, el cierre no fue una expropiación; se trató de una huelga de trabajadores para exigir la restitución de Xavier Chamorro ― joven de 24 años, hijo menor y sandinista a ultranza ― quien había sido depuesto, por la junta directiva familiar, del cargo que ejercía desde 1978 como director y editor responsable. El impulsor de esa decisión, con el apoyo de doña Violeta, fue su hermano mayor Pedro Joaquín Chamorro Barrios, que quería tomar una actitud más crítica frente a los sandinistas. [...] mucho me temo que el cierre de la prensa forma parte de una estrategia, manejada tras bambalinas por los sandinistas, con el objetivo de monopolizar los medios de comunicación masiva ― como lo han hecho con la radio y la televisión ― para consolidar su poder e imponer a la Junta de Reconstrucción las líneas de gobierno a su mejor conveniencia y sin recibir ninguna crítica desfavorable. [...] En realidad, los hijos de Chamorro ― cada vez más polarizados ideológicamente ―, discrepaban sobre la forma en que el periódico debería informar respecto a los errores y excesos del directorio sandinista: notorio y peligroso acercamiento al bloque soviético; confiscaciones injustificadas de propiedades privadas; desapariciones forzadas; renuencia a cumplir el compromiso de convocar elecciones; énfasis desproporcionado en el fortalecimiento del aparato militar; posición servil ante los asesores cubanos y soviéticos; ostentación y despilfarro por parte de los comandantes y otros sandinistas con poder, que pretenden imitar los lujos y las prebendas de la “nomenklatura soviética” o de las camarillas de Fidel Castro, entre muchos otros desafueros.[...]

[...] Apenas nueve meses duró la farsa del pluralismo político, la economía mixta y la no alineación. ¿Qué futuro le espera a mi agobiado país después de ésta ruptura? Presiento que vamos hacia el despeñadero de una guerra civil. Dios quiera que me equivoque y los sandinistas rectifiquen el rumbo. Por ahora, me siento arrepentido y consternado por haber apoyado a “los muchachos” y por no haber tenido la capacidad de ver como el lobo nos engañó a todos con una piel de oveja, artificial pero muy bien urdida. Lo más grave es que si el somocismo castró políticamente a dos generaciones de nicaragüenses, los nuevos amos del poder se preparan cuidadosamente para ganarse a la generación de los nacidos en los años sesenta y ampliar sus bases con niños y adolescentes, que se embelesan con la retórica revolucionaria y son presa fácil para el indoctrinamiento y la manipulación política. No en vano los sandinistas pusieron en marcha, con bombo y platillo, la cruzada nacional de alfabetización que actualmente llevan a cabo con brigadas de adolescentes de ambos sexos que en su entusiasmo juvenil se sienten protagonistas de la historia y repiten en coro “¡¡¡ DIRECCIÓN NACIONAL ORDENE!!!”. Perturbador. Muy perturbador.

[...] el embajador (Larry Pezzulo) de los Estados Unidos, con quien he tenido oportunidad de conversar, hace ingentes esfuerzos por influir en el congreso para conseguir la aprobación de una ayuda económica (75 millones de dólares), para Nicaragua y al mismo tiempo tratar de que los sandinistas cumplan los pactos políticos. [...] Pezzulo cree que con el apoyo económico, los Estados Unidos podrán neutralizar la influencia soviética en Nicaragua, canalizada a través de Cuba. Pienso que está bien intencionado y su planteamiento es, a mi entender, lógico pero ingenuo.
[...] El 18 de mayo fueron nombrados Arturo Cruz ― director del Banco Central ― y Rafael Córdoba Rivas ― antiguo magistrado del Tribunal Supremo ― como remplazo de los dos miembros no sandinistas de la Junta de Reconstrucción Nacional que habían renunciado [...] con el trabajo de Pezzulo todo pareciera indicar que la polarización entre los sandinistas y el sector privado, cuyo clímax fue la dimisión de Doña Violeta y Robelo ― especialmente con el COSEP molesto por las confiscaciones injustificadas y la falta de una fecha para convocar elecciones ― ha cedido: los sandinistas han moderado su retórica; la Junta se recompone con la proporción pactada antes del triunfo; y la campaña de alfabetización recibe elogios en todas partes. [...] ¿Ganó la estrategia Pezzulo? demasiado pronto para asegurarlo. Como jugador de póquer, hago mi última apuesta: ¡Pago por ver!
[...] A comienzos de julio, poco antes del primer aniversario del triunfo, supe por una conversación telefónica con Adolfo Calero ― líder destacado del Partido Democrático conservador, empresario, gerente de la embotelladora de Coca Cola en Nicaragua, miembro, como yo, del FAO, y quien permanece en Managua ― que recientemente Edén Pastora había tomado contacto con algunos dirigentes de la colectividad para ofrecerse, como el hombre fuerte del Partido Democrático Conservador en el seno del FSLN. Calero me dijo que habían ignorado la propuesta de Pastora pues no estaban muy seguros de sus verdaderas razones y temían una trampa. [...] pienso (respecto a la oferta de Pastora), que tiene lógica por tres razones: Su marginamiento del poder real es notorio y resulta apenas natural, que busque recuperar el protagonismo que obtuvo con las armas. Antes de formar parte del FSLN Edén había militado en el PDC e incluso participó ― en 1967, si la memoria no me falla ―, en un enfrentamiento con la Guardia Nacional. Por último, personalmente creo en su anunciada intención de vigilar para que la revolución no sea traicionada. Así se lo hice saber a Calero, pero el es partidario de no darle cabida en el partido [...] también considero que el rechazo de los conservadores democráticos a la propuesta del Comandante Cero, es una muestra más de que la desconfianza frente a los uniformados sandinistas, es cada vez más profunda y desestabilizadora [...] comprendo su posición (la de Pastora) y definitivamente estoy convencido de que su oferta, en gran parte, está motivada por el aislamiento evidente de que ha sido objeto; pero también sigo creyendo que entre los comandantes de primero y segundo nivel, él es el único de los pocos, sino el único, que no es marxista y sinceramente cree que el pluralismo político y la no alineación ― con los Estados Unidos o con la Unión Soviética ― representan el verdadero camino para la Nicaragua post-somocista, y en ese sentido nacionalista se fundamentó su lucha.
[...] Se me ocurre que mi perspectiva de los hechos, vistos desde Miami, puede ser más objetiva que la de mis colegas en Managua: ellos, inmersos en el problema, apenas ven los árboles; en tanto que yo, tal vez, pueda apreciar mejor el conjunto del bosque. Percibo el rechazo a la propuesta del Comandante Cero, como un grave error político que, unido a la miopía gringa, puede acelerar la expansión del sandinismo comunista cuando aún es tiempo de neutralizarlo.
[...] En el segundo trimestre, el embajador (Pezzulo) se movió incansablemente entre Managua y Washington, tratando de conseguir ayuda económica para la reconstrucción del país y procurando recomponer los platos rotos durante la pugna entre los sandinistas uniformados y los políticos o empresarios no sandinistas, que siguió a las renuncias de Doña Violeta y Robelo; sin embargo sus maratónicas jornadas no dieron los frutos deseados.
[...] En un año electoral, el gobierno Carter se ha vuelto, a mi entender, más timorato de lo previsible, y está dejando las puertas abiertas a los comunistas. Ésta actitud podría costarle las elecciones, pues lo republicanos lo han estado criticando de ingenuo. Prueba de ello, es que la presencia norteamericana, muy reducida por cierto, contrasta con la proliferación de asesores soviéticos y de sus países satélites. Además, la retórica anti-yanqui de los sandinistas ha espantado la inversión privada occidental en Nicaragua.
[...] En ese mismo período, La Prensa, bajo la dirección de P.J. Chamorro B., con sus críticas al nuevo régimen ha logrado superar en ventas a Barricada y El Nuevo Diario; sandinista el primero y pro-sandinista el segundo. ¿Hasta cuando seguirá circulando La Prensa sin censura? Un reflejo de la división que se está gestando en la sociedad nicaragüense, es el hecho de que los medios impresos ― tanto a favor como en contra de los sandinistas ― estén siendo dirigidos por los hermanos Chamorro.
[...] La presencia de Fidel Castro, como invitado de honor a los festejos del primer aniversario, acompañado por Yasir Arafat de la OLP, así como la ausencia de Omar Torrijos y el presidente de Costa Rica, Rodrigo Carazo ― fuertes apoyos en la lucha contra Somoza e impulsores de los pactos de economía mixta y pluralismo político ―, son un claro indicio del rechazo que empiezan a tener los excesos y la retórica sandinistas; y a la vez ponen en evidencia la cada vez más clara alineación del gobierno nicaragüense (léase los nueve comandantes), con el bloque soviético y sus títeres. Cada vez visualizo un futuro más oscuro e incierto para mi agobiado país que tal vez nunca imaginó que entraría como un peón en el peligroso ajedrez de la geopolítica internacional en medio de la guerra fría.

[...] Anastasio Somoza Debayle que vivía asilado en Paraguay, bajo la protección del dictador Stroessner, fue asesinado por el impacto de un proyectil de bazooka que destruyó el Mercedes Benz en el que viajaba. Los hechos, al parecer protagonizados por un grupo de guerrilleros argentinos sucedieron el 17 de septiembre. Los sandinistas ni afirman ni niegan haber estado detrás del atentado, pero cuesta creer que no lo hubiesen patrocinado. [...] A mediados de noviembre fue asesinado en las afueras de Managua Jorge Salazar ― abierto opositor de los sandinistas y presidente de UPANIC (Unión de Productores Agrícolas de Nicaragua) ― a quien se quiso hacer aparecer como responsable de un complot armado para derrocar el gobierno. [...]

1981

[...] La posesión de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos lleva a pensar que la política exterior norteamericana hacia Nicaragua se irá endureciendo, especialmente en momentos en que los sandinistas están siendo acusados de apoyar con armas a la guerrilla salvadoreña [...] Como era de esperarse, la nueva administración gringa suspendió el paquete de ayuda económica por cerca de setenta y cinco millones de dólares que el anterior embajador Pezzulo había logrado gestionar para el gobierno sandinista.
[...] En Guatemala, antiguos oficiales somocistas comienzan a organizarse militarmente, con apoyo de asesores enviados por la dictadura argentina, para crear un frente contrarrevolucionario que busca derrocar a los sandinistas por las armas.
[...] El 7 de julio, Edén Pastora junto con doce de sus mas fieles seguidores abandonó Nicaragua rumbo a Panamá y dejó una carta en la que anunciaba “voy a descargar mi pólvora revolucionaria contra el opresor en cualquier parte del mundo en que se encuentre, sin que me importe el que me llamen Quijote o Sancho” éste anuncio fue interpretado por los sandinistas como la intención de Pastora de seguir los pasos revolucionarios del Che Guevara, pero entre mis amigos nicaragüenses corre el rumor de que Pastora regresará a Nicaragua para derrotar a los sandinistas con las armas y recuperar el rumbo perdido de la revolución sandinista, tal como él la concibe.
[...] El 23 de agosto, durante la ceremonia de clausura de la cruzada de alfabetización, a la cual asistió como invitado de honor el presidente Rodrigo Carazo de Costa Rica, Humberto Ortega leyó un comunicado del FSLN en el que declara que no habrá elecciones hasta 1985, ni ninguna campaña política antes de 1984 y se anuncia que éstas elecciones serán muy distintas de las que usualmente se llevan a cabo en las naciones occidentales.
[...] Arturo Cruz, otro de los miembros no marxistas de la Junta de Gobierno presentó su dimisión a mediados de noviembre. [...] Aumentan las confrontaciones entre la empresa privada y los sandinistas.

1982

[...] La administración Reagan ― esta es una información que obtuve directamente de Adolfo Calero pues no se le dio difusión en los medios ―, aprobó un plan de operaciones encubiertas, dirigidas por la CIA, en contra de Nicaragua y en respaldo a los nuevos grupos insurgentes de derecha. [...] el 14 de Marzo, a la media noche, un grupo de saboteadores de la FDN dinamitaron el puente sobre el río Negro, de 120 metros de longitud, y lo destruyeron por completo causando la interrupción del tráfico en la carretera principal entre Honduras y Nicaragua, en el departamento de Chinandega; esa misma noche, el puente sobre el río Coco, cercano a Ocotal en Nueva Segovia resultó seriamente averiado por acción de los explosivos [...] estos ataques constituyeron el más serio golpe de la contra apoyada por la CIA y precipitaron la decisión del gobierno sandinista de proclamar el estado de emergencia y la censura de prensa que prácticamente sólo se aplica al diario de los Chamorro.
[...] El apoyo de la CIA a la FDN comenzó en firme después de la voladura de los puentes y coincidió con el retiro de los asesores argentinos que regresaron a su país por causa de la guerra en las Malvinas. [...] por esas calendas, Pastora que desde su salida de Nicaragua había estado recorriendo varios países en busca de ayuda para combatir desde afuera a los sandinistas, anunció la creación de una fuerza contrarrevolucionaria denominada ARDE (Alianza Revolucionaria Democrática) y su propósito de combatir a los sandinistas desde un frente que conoce muy bien: el frente sur, en la línea fronteriza con Costa Rica. Alfonso Robelo se vinculó a las fuerzas de Pastora y ambos comenzaron a recibir apoyo logístico y económico por parte de la CIA [...] A estos dos frentes de guerra, debe agregarse un tercero, conformado por varios miles de indígenas misquitos que operan desde la frontera con Honduras en la Costa Atlántica y desde el sur en la frontera con Costa Rica. Los misquitos dirigidos por Brooklyn Rivera, en el sur y Stephen Fagoth en el norte ― obviamente con apoyo encubierto de la CIA ―, se han comprometido en actividades de combate contrarrevolucionarias, con tropas conformadas por indígenas desarraigados de sus tierras por lo sandinistas [...] yo diría que este año ha sido el de la consolidación de un movimiento insurgente, que si logra unir sus esfuerzos y conciliar sus diferencias, pueden dar la batalla en contra del régimen sandinista con probabilidades de éxito. La situación actual me lleva a recordar cómo uno de los factores determinantes en el triunfo de la revolución fue la unión bajo un mando unificado de las tres facciones que conformaban el FSLN. ¿Podrá la contra aprender ésta lección? Tal vez vale la pena recordar a Winston Churchill: “Es menester aprender de la experiencia de los demás porque la propia cuesta mucho y a veces llega demasiado tarde”

1983

[...] En lo que va corrido del año (agosto) puedo asegurar que la característica predominante en la retórica sandinista es la paranoia. Los comandantes no desperdician foro nacional o internacional para advertir sobre la inminencia de una invasión por parte de los marines norteamericanos. Con ese argumento buscan comprensión externa y apoyo interno para una exagerada escalda armamentista destinada a contrarrestar la supuesta amenaza. Los efectos del bloqueo económico que incluye la importación de trigo de los Estados Unidos, comienzan a sentirse con rigor en el abastecimiento de productos de primera necesidad; los racionamientos de gasolina y medicinas son cada vez más drásticos [...] lo paradójico en esta situación es que los sandinistas siguen apoyando el trasiego de armas hacia El Salvador a través del Golfo de Fonseca.
[...] El 13 de septiembre, fue promulgada la Ley del Servicio Militar Patriótico (SMP) que establece la obligatoriedad para todos los varones entre los 18 y los 40 años de prestar el servicio militar obligatorio. La misma ley determina que en el caso de las mujeres, la incorporación a filas es voluntaria.
[...] no han transcurrido tres meses (desde el decreto del SMP) y según me informan, en Nicaragua los reclutadores estatales están incorporando a las filas del politizado Ejército Popular Sandinista, a la fuerza, niños y adolescentes de entre 13 y 18 años [...] estos abusos y la ley en sí, han propiciado el éxodo más grande de nicaragüenses, en los últimos años, que buscan proteger a sus hijos sacándolos del país. [...] al finalizar este año, ratifico mi convicción de que el escenario, los actores y las condiciones están dados para que Nicaragua se desangre en una guerra civil. Pienso que esta debacle inminente y al parecer irreversible, hubiera podido impedirse si el ala marxista del sandinismo no se hubiese empeñando en violar los pactos que facilitaron el triunfo y en imponer su ideología importada, sin medir las consecuencias.

Punto de Quiebre – Capítulo VIII

Por : kapizan
En : Capítulo VIII - La cuesta del plomo, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VIII
LA CUESTA DEL PLOMO

Managua, sábado 9 de septiembre de 1978

El desolado paisaje que rodeaba la arenosa colina, convertida por el régimen en botadero de cuerpos humanos torturados, adquiría un ambiente tétrico con las bandadas de aves de rapiña que la sobrevolaban cuando su aguzado olfato les indicaba la proximidad de un cadáver, que pronto se convertiría en un festín para su instinto carroñero.
Al amanecer, algo más de dos semanas después de los acontecimientos del Palacio Nacional, un camión militar avanzaba por el desvío que, a la altura del kilómetro cuatro de la carretera sur, conducía a la cuesta del plomo. Al llegar a su destino, un suboficial descendió de la cabina e impartió instrucciones a sus hombres para que arrojaran detrás de un arbusto su macabro cargamento: cuatro cadáveres desfigurados de una mujer y tres hombres, acusados de haber colaborado con las fuerzas insurgentes en los preparativos de la toma.
Mientras los soldados cumplían su cometido, el suboficial encendió un cigarrillo y se alejó unos cuantos metros con intención de aligerar la vejiga. Cuatro zopilotes que se disputaban los trozos malolientes de vísceras humanas arrancadas con ávidos picotazos de dos cadáveres en avanzado estado de putrefacción, se asustaron por la presencia del uniformado, soltaron sus presas y levantaron vuelo. El suboficial sorprendido, pues estaba seguro de que en ese sitio no habían arrojado antes ningún cadáver, se acercó a los cuerpos y pudo reconocer en la corroída cara de uno de ellos las facciones de su jefe: el general de división Ulises Baltodano Garcés.

***

Washington, jueves 24 de agosto de 1978

Las imágenes de Edén Pastora empuñando un fusil G3 y haciendo la señal de la victoria desde la puerta del avión que le condujo a Panamá, recorrieron el mundo como reporte central en todos los noticieros. A partir de ese momento el Comandante Cero se convirtió en un héroe legendario y fué percibido, incluso por líderes políticos latinoamericanos de la talla de Omar Torrijos y Carlos Andrés Pérez, como la cabeza visible del F.S.L.N, capaz de derrotar a la oprobiosa dictadura.

El general Baltodano, tras escuchar la noticia, apagó el televisor, se sirvió un generoso trago de brandy y se repantigó en una poltrona a evaluar las implicaciones de lo sucedido. Una hora después estaba convencido de que la debilidad de Somoza, al haber cedido a las pretensiones de los asaltantes, sería su perdición. Un par de llamadas a dos colegas en Managua le confirmaron que en el alto mando existía un sentimiento de inconformidad y una clara frustración por la actitud de Tacho al no autorizar un contraataque.
El astuto general, estimulado por la receptividad que habían mostrado algunos senadores republicanos a la idea de que él fuese el encargado de llevar a la práctica la iniciativa de un “somocismo sin Somoza”, decidió que emplearía el resto de la semana y los primeros días de la siguiente en buscar apoyo entre los senadores demócratas; tarea que veía mas difícil pero no imposible. El miércoles 30 de agosto, viajaría a Managua, sin pedir autorización a su jefe, con un doble propósito: iniciar contactos con otros generales de la guardia, especialmente los inconformes, entre quienes esperaba encontrar algunos aliados para su proyecto político; y, proponer matrimonio a Adriana.
Al día siguiente consiguió que Roger Bradley, senador demócrata por el estado de New York, le recibiese en su despacho. Baltodano, como hábil diplomático, llevó la conversación al tema de los derechos humanos y cínicamente sostuvo ante su interlocutor que esa era la principal falla del gobierno somocista y por ello veía factible la posibilidad de asumir un gobierno de transición en el cual él presidiría una junta de gobierno, con otros dos representantes de la oposición al régimen actual. Aseguró que una junta cívico militar sería el mejor mecanismo para resolver el problema y preparar, en un plazo no mayor de doce meses, la convocatoria a unas elecciones libres que ayudasen al país a retornar a la democracia y continuar como aliado de los Estados Unidos.
El senador Bradley escuchó cortésmente los planteamientos del general y le dijo que efectuaría consultas con algunos colegas. Talvez en quince días podrían volver a reunirse para discutir nuevamente el asunto.
Esa misma tarde el senador llamó por teléfono al empresario Aníbal Argüello a quien había tenido oportunidad de conocer durante la reciente visita de éste último a Washington y con quien había simpatizado desde el primer momento. El concepto de Argüello, de quien se había formado una opinión muy positiva, le resultaría determinante respecto a qué acciones tomar frente a la propuesta de Baltodano. Las últimas palabras de Aníbal fueron contundentes: “…Baltodano es el brazo tenebroso y oculto del régimen. Con un hombre como él al frente del gobierno, la cura sería peor que la enfermedad”.

***

Managua, viernes 25 de agosto de 1978

Superada la crisis del Palacio Nacional, Managua regresó a una aparente calma y el Atlantis abrió sus puertas el viernes en la noche con la presentación habitual de la vedette y el elenco de bailarines, debido a la cancelación de Lucho Bermúdez. Adriana había decidido continuar con sus presentaciones normales en espera de que en cualquier momento apareciese Baltodano a quien, estaba segura, le sería fácil seducir como único medio para rescatar a su hermano. Por sugerencia de Vigorón todos habían acordado continuar sus actividades cotidianas aparentando que no se habían percatado de la desaparición de Max. Ésto con el propósito de no alertar a los hombres del general. En ese momento dependían de la actuación de Adriana frente al militar.

Aníbal, creyó conveniente informarle a Vigorón sobre la llamada del senador y el tipo de gestiones que estaba realizando Baltodano en Washington. Inmediatamente, el guerrillero se reunió con Maribel, Bernardo y Lorena, para analizar esta nueva situación. Pronto llegaron a la misma conclusión: era urgente eliminar al general. Esa misma noche Vigorón se comunicó con Chinto en Costa Rica y éste le dio luz verde para proceder.
Como primer paso, Vigorón se puso en contacto con la secretaria que le proporcionaba información sobre Baltodano y supo que éste había recibido instrucciones del dictador de permanecer en Washington hasta nueva orden. Con ello, ganaban tiempo para preparar un plan detallado que pondrían en ejecución, después de que Adriana hiciese su intento de seducir al general e independientemente del resultado. Por lo pronto, consideraron que no era conveniente compartir con Aníbal, Roberto y Adriana sus intenciones de ejecutar al perro Baltodano.

***

Managua, sábado 26 de agosto de 1978

― ¿Que hiciste con la moto?― le preguntó Lorenzo a Gutiérrez después de que éste, con ayuda del maquillador, había metido el cadáver de Max en el portamaletas del automóvil privado del subteniente.
― No se preocupe mi teniente que la moto ya fué desarmada y la están vendiendo por partes. Tampoco se preocupe por los que me ayudaron en la captura de este cabrón pues ninguno sabe de quien se trata.
― Muy bien Gutiérrez, acordáte que mi papá no puede enterarse de esta operación ―. Y agregó en voz baja: ― Sólo vos y yo podemos saber de que se trata… prestáme tu pistola. Este loco es un riesgo.
Con la pistola de Gutiérrez en la mano, Lorenzo llamó al maquillador que en ese momento se alejaba hacia el galpón de las torturas, y sin mediar palabra le propinó un certero disparo en la cabeza. Con una sangre fría impresionante el joven Baltodano se acercó a su víctima, se inclinó sobre ella, extrajo el revolver de dotación del muerto, se volvió hacia Gutiérrez y disparó, de frente, contra su aliado que cayó abatido con la sorpresa reflejada en la mirada.
Minutos después, Lorenzo al volante de su vehículo, vestido de civil, emprendió marcha hacia la cuesta del plomo, tras colocar las respectivas armas cerca a los cadáveres de sus cómplices para dar la impresión de que se habían eliminado mutuamente. Estaba convencido de que la verdad jamás sería descubierta y podría seguir, sin ningún temor, con el plan que tenía en mente.
Alrededor de las siete de la noche Lorenzo llegó a la casa de su padre, se encerró en la habitación que había ocupado desde su nacimiento y en la cual se alojaba en sus noches de franquicia, se sirvió un trago doble de ron y se sentó a esperar la hora en que Adriana se estaría preparando para el show de media noche.
El joven no dudaba que alcanzaría el objetivo de malograr la proyectada boda de su papá con la vedette. Había sido tan evidente el entusiasmo del general cuando le contó sus planes de matrimonio que Lorenzo imaginaba, con gozo anticipado, la ira, la frustración y el desconcierto de su padre cuando fuese rechazado por Adriana y acusado de un crimen que no había cometido. “Es lo menos que puedo hacer por vos” le dijo al retrato de su madre entronizado, con una veladora y flores frescas, en una repisa sobre la pared principal de su alcoba.
Recordando los acontecimientos de esa tarde, se sentía pleno de satisfacción y muy seguro de sí mismo: había puesto a prueba su temple eliminando a sangre fría, por primera vez en su vida, a dos hombres, sin sentir ningún remordimiento y sin que le temblara la mano. Lo mejor de su plan era que tenía la forma de “echarle el muerto” a Gutiérrez y hacer creer que la captura de Max había sido iniciativa del sargento y que al parecer éste y el maquillador, se habían enfrentado a tiros disputándose el producto de la venta de la moto y las pertenencias del detenido. Creíble, bastante creíble, se decía Lorenzo, casos similares se habían visto.
A las once en punto, con una sonrisa de cruel satisfacción que endurecía sus finas facciones, descolgó el teléfono, marcó el número del Atlantis y pidió que le comunicaran con la vedette, anticipando que se trataba de una emergencia.

***

La llamada de Lorenzo fue recibida en una pequeña central telefónica en la recepción del establecimiento y transmitida a una extensión en el camerino de Adriana. El timbre rompió el silencio apesadumbrado y solidario que había caracterizado el ritual de Juanito en la preparación del maquillaje y el vestuario de la vedette, desde que ésta, haciendo un esfuerzo sobrehumano, había vuelto al escenario aparentando una normalidad que estaba muy lejos de su miedo y su dolor.
Con mano temblorosa Adriana colgó el auricular, se volvió hacia el sorprendido Juanito y se abrazó a él murmurando entre sollozos y con voz entrecortada:
― ¡¡¡Mataron a mi hermano!!!… Fue la gente de Baltodano… Lo botaron en la cuesta del plomo… ¡Hijo de la gran puta…! ― aferrada al joven bailarín prorrumpió en amargo llanto y su mente se fue llenando de una ira dominada por sentimientos de odio y anhelo de venganza.
Un golpe suave en la puerta anunciando la llegada de Simón para verificar los últimos detalles de la presentación, interrumpió el sordo lamento de Adriana que se dejó conducir por Juanito a un sillón en el que permaneció inmóvil y sin pronunciar palabra, mientras escuchaba sin oír y sin entender las palabras que éstos intercambiaban.

Aduciendo una enfermedad de la vedette, el show central fue suspendido. Adriana más calmada, gracias a los cuidados de Juanito que le preparó un agua de valeriana, se comunicó con Roberto y acordaron que esa misma noche recogerían el cadáver de Max para llevarlo a la casa de Aníbal en Jiloá. A su vez, Roberto llamó a Vigorón y quedaron de reunirse con Bernardo en el Atlantis a las dos de la madrugada. Los hombres estuvieron de acuerdo en que no era necesario exponer a las mujeres a la penosa búsqueda ni a lo que seguramente sería un horripilante hallazgo.
No era la primera vez que Vigorón realizaba la dolorosa tarea de recuperar el cuerpo, desfigurado y mutilado, de un camarada torturado por los esbirros de Baltodano. Sabía el traumático impacto que producía en los familiares de la víctima la sola visión de un ser querido en tan denigrante estado; por ello, en su ruta hacia el Atlantis, conduciendo una camioneta de reparto de quesos, hizo una parada en el taller de don Venancio ― viejo carpintero, colaborador de los sandinistas, que fabricaba ataúdes para una funeraria de Managua ―, escogió un ataúd y pidió al viejo que le proporcionase unas sábanas.
La bóveda celeste cual manto de luto riguroso envolvía el oscuro paisaje de Jiloá como queriendo expresar su dolor en esa noche sin luna y sin estrellas. La amargura, la impotencia y la rabia se reflejaban, con diferentes matices en los rostros compungidos de los tres hombres al momento de estacionar el improvisado coche mortuorio frente a la capilla de los Argüello. Tan pronto se apearon, Roberto habló por primera vez y con voz enronquecida por la ira, se volvió hacia Vigorón y le dijo:
― Necesito que me entrenes. A partir de este momento me uno a tu grupo como combatiente.
Horas más tarde, Vigorón abordó a Roberto y Adriana para contarles sus planes de ejecutar al general. En medio de su dolor, ambos se comprometieron a participar activamente en el complot.

***

Matagalpa, lunes 28 de agosto de 1978

Al medio día, Lorenzo se tomó un respiro para almorzar con una ración de campaña empacada en una caja de cartón y marcada U.S. Army, idéntica a la que habían usado los combatientes norteamericanos en Vietnam. Tras despachar los insípidos enlatados encendió un cigarrillo y se acomodó, recostado en un árbol, para limpiar la lugger satisfecho del resultado de su primer día como combatiente de primera línea.
Todo iba bien: antes de salir de Managua había reportado la ausencia de Gutiérrez, de quien nadie daba noticia. Estaba seguro de haber causado por lo menos tres bajas a los insurgentes y comprobado como la reliquia nazi que le había regalado su papá, funcionaba a la perfección. Matar enemigos amotinados había resultado más estimulante que disparar contra sus subalternos para proteger su secreto; sin embargo, no sentía el más mínimo remordimiento. Lo único que lamentaba era que muy posiblemente no vería la reacción de su padre cuando se enterase de que era considerado por la vedette como el asesino de Maximiliano Harrison. En ese momento ignoraba que jamás volvería a ver el rostro de su detestado progenitor.

***

Washington, martes 29 de agosto de 1978

El teléfono sonó en el momento en que el General Baltodano guardaba en el estuche la navaja grabada con la palabra dienstag (martes). Era el capitán Burgos con el reporte diario: el levantamiento popular en Matagalpa ― ciudad de la zona cafetera al norte del país ― había requerido el envío de tropas de refuerzo desde Managua y en ese momento la Guardia Nacional luchaba en las calles para recuperar el control de la ciudad, que permanecía en poder de los sublevados, en su mayoría civiles estimulados por el éxito de Pastora con su asalto al Palacio Nacional; según los últimos informes, el levantamiento sería doblegado, a sangre y fuego antes de que terminase el día, gracias a las tropas enviadas como refuerzo al área de combate. Un auténtico orgullo filial le produjo el saber que su hijo Lorenzo, formaba parte de las tropas enviadas al norte del país; por último, y ante la pregunta que le hizo, Burgos le respondió que la pistola enviada como regalo para su hijo, había llegado el viernes anterior en la valija diplomática y él la había entregado personalmente a Lorenzo el domingo, en el cuartel del BECAT, poco antes de que éste saliese, al mando de un pelotón mecanizado, hacia su nuevo destino.

El resto del día lo empleó Baltodano en realizar dos entrevistas con senadores demócratas y en ambos casos percibió una amable pero fría y distante actitud que denotaba el poco entusiasmo de los políticos hacia su proyecto. “Es urgente que consiga apoyo de otros oficiales de la Guardia, pensaba el conspirador, pero lo más importante para convencer a estos liberales de mierda es buscar respaldo entre algunos empresarios de buen calibre, inconformes con Somoza pero aterrados ante la posibilidad de que ganen los comunistas”.
Al anochecer regresó a su apartamento satisfecho con su compra: un espléndido diamante engastado en platino que entregaría como anillo de compromiso el jueves, en el Atlantis, a su futura esposa. En su mente engreída no cabía la posibilidad de ser rechazado. ¿Cómo podría rechazar cualquier mujer hermosa y sofisticada la oferta concreta de convertirse en la esposa del embajador de Nicaragua en Washington con la perspectiva de convertirse, a corto plazo, en primera dama de la nación?
“Sólo falta un detalle, se dijo a sí mismo, preparar a Simón para que no lo tome por sorpresa el anuncio de que va a perder a su Vedette”. Descolgó el teléfono y pidió una llamada a Managua, persona a persona, con Simón García.

***

Miami, sábado 2 de septiembre de 1978

― Buenas noticias mi niña ― le dijo el doctor Sergio Mendoza a María José, acompañando su anuncio con una franca sonrisa y un brillo de entusiasmo en sus expresivos ojos castaños, que bastaron para tranquilizar a la angustiada joven ―, la operación fue todo un éxito y Aníbal deberá pasar una larga convalecencia en Miami. Acabo de hablar con el cirujano y en una hora podremos visitarlo en la unidad de cuidados intensivos.
Minutos después, el médico y la joven, salieron del lujoso hotel Fontainebleau en donde se alojaban desde su llegada a Miami el domingo anterior, abordaron un taxi rumbo al General Hospital at outh Miami y Sergio aprovechó para pintarle, en términos sencillos, el cuadro clínico del paciente: la causa del infarto había sido una obstrucción masiva del flujo sanguíneo, casi un 80%, que requirió una operación a corazón abierto para colocar, en tres vasos de las arterias coronarias taponadas, sendos by passes. Aníbal se encontraba en la unidad de cuidados intensivos y ya había recuperado el sentido, su reacción era positiva, lo habían desentubado y podían visitarlo, pero evitando cualquier referencia a los hechos que habían precipitado el infarto. Según le había dicho el doctor Petterson, director de cardiología del hospital, el proceso de recuperación tomaría aproximadamente noventa días, de los cuales pasaría cuarenta y cinco en una unidad de cuidados intermedios. Podía estar tranquila pues su padre estaría atendido por expertos cardiocirujanos que contaban con los últimos adelantos tecnológicos de su especialidad.
Aníbal Argüello y Sergio Mendoza se conocían desde su época de colegio y con los años habían consolidado una amistad sincera pese a que discrepaban en sus posiciones políticas e ideológicas; ambos compartían una gran afición por la historia y por la lectura de los clásicos griegos. Aníbal era un próspero empresario de derecha, que como muchos de sus contemporáneos del gremio se había unido a la oposición contra Somoza y deseaba que el régimen cayese, siempre y cuando se mantuvieran la democracia y el sistema de libre empresa; creía que la facción tercerista del F.S.L.N. prevalecería, en caso de triunfo, sobre las otras dos tendencias de corte marxista. En cambio, Sergio era un médico vinculado al Frente Sandinista desde su fundación por la época en que el viejo Anastasio Somoza García cayera abatido por las balas del poeta revolucionario Rigoberto López Pérez en 1954. Su rebeldía sandinista se había transformado en comunismo dogmático, bajo la influencia de profesores e intelectuales franceses, durante su especialización como cardiólogo en el convulsionado París de finales de los años 60; de regreso a Nicaragua se había reincorporado al grupo de la GPP que dirigían Tomás Borge y Henry Ruiz; desde entonces, era el médico responsable de la atención clandestina de los camaradas enfermos o heridos en acción. En una pequeña clínica privada contigua a su residencia de la capital, mantenía un bien dotado consultorio provisto de un electrocardiógrafo e instrumentos para practicar cirugías menores.
Al llegar al hospital, Sergio se dirigió al pabellón de cuidados intensivos con el propósito de participar en una junta médica, a la que había sido invitado por el doctor Petterson, en su calidad de médico tratante del paciente desde su primer infarto, dos años antes, en Managua. El cardiólogo sandinista le pidió a María José que permaneciera en una sala de espera mientras autorizaban su ingreso para ver al paciente. El esperanzador anuncio sobre la recuperación de su padre, le proporcionó a la muchacha la tranquilidad suficiente para repasar mentalmente el torbellino de acontecimientos que culminaron con el colapso de Aníbal: al amanecer del domingo, éste había ayudado a descargar el ataúd con los restos de Max y dispuso que lo colocaran sobre una mesa en el interior de la capilla. Vigorón sugirió que llamasen al padre Arnulfo ― un cura español simpatizante del frente y comprometido con el movimiento de sacerdotes rebeldes vinculados a la llamada “Teología de la Liberación” ― para que oficiase el sepelio. Roberto y Adriana propusieron que se buscase la manera de traer a su madre desde Bluefields y Aníbal consiguió que su primo Vicente Arce proporcionara el avión privado de su empresa para que volara esa misma mañana hasta la costa atlántica.
Afortunadamente Maribel no estaba presente cuando llegaron con el cadáver. A raíz de la captura de Max, la apasionada muchacha había tomado una decisión irrevocable: participar como combatiente en el siguiente ataque que se planeara contra un cuartel militar; en consecuencia y con la autorización de Vigorón, se encontraba desde el día anterior, recibiendo instrucción avanzada de combate en Tipitapa.
Vicente Arce y Charlotte habían llegado alrededor de las cuatro de la tarde y poco después apareció Maribel, vistiendo las mismas ropas de algodón holgadas y sucias que usaba en el entrenamiento, una cachucha de beisbolista, un par de botas de combate y una pistola en la pretina del pantalón, mal disimulada por la camisa. La expresión de su rostro denotaba una mezcla de dolor, ira y determinación. Su mirada antaño alegre y despreocupada había dado paso a un brillo intenso que reflejaba el odio y el fanatismo que se habían apoderado de sus sentimientos. La extroversión y la locuacidad de la pelirroja habían desaparecido.
Mientras esperaban la llegada del padre Arnulfo, Maribel caminaba de un lado para otro con la cabeza gacha, sin pronunciar palabra y solo respondía con monosílabos. El cambio en la personalidad de la muchacha era evidente y Aníbal lo captó de inmediato pero no se atrevió a decirle nada. María José impresionada por la transformación de su hermana y al ver la preocupación de su padre le había comentado a éste, sin mucha convicción, que talvez, era una reacción natural ante la brutalidad del asesinato de su novio y con el tiempo se le pasaría.
El oficio religioso había sido breve. Tras inhumar el cuerpo de Max en la cripta familiar, las dos mujeres que más le amaban tuvieron reacciones distintas: Charlotte, prorrumpió en un llanto sordo en medio de estremecedores sollozos recostada en el hombro de Vicente; en tanto que Maribel, sin derramar una sola lágrima, había desenfundado la pistola y jurado ante Dios, poniendo por testigos a todos los presentes, que no descansaría hasta vengar la muerte de Max y ver la caída del maldito régimen. Acto seguido, había salido de la capilla y plantándose frente al sorprendido grupo, había levantado el arma, disparando al aire hasta desocupar el proveedor y gritando a voz en cuello:
― Soy guerrillera sandinista papá y desde hoy me entrego en cuerpo y alma a la lucha armada. Con o sin tu bendición. ¡Patria libre o morir!
El débil corazón de Aníbal que hasta ese momento ignoraba las actividades clandestinas de su hija, no resistió la crudeza del anuncio. Intentó hablar pero no pudo y en segundos se había desplomado víctima de su segundo infarto.

***

Managua, septiembre de 1978

El plan original concebido por Vigorón para ejecutar a Baltodano consideraba dos opciones en términos del sitio apropiado: el Atlantis o el burdel que frecuentaba el general en sus noches de jolgorio. A todas luces resultaba más fácil y seguro hacer la encerrona a su víctima en el night club, siempre y cuando contasen con la anuencia y la complicidad de Simón. Convencerlo fue más fácil de lo que todos pensaban; al fin de cuentas el peruano ya había decidido vender su negocio para trasladarse a Costa Rica y le pareció que al aceptar la propuesta, Adriana quedaría en deuda con él y aceptaría acompañarle como vedette en el vecino país; además, detestaba al general y creía que con su muerte se le hacía un bien a Nicaragua. Era lo menos que podía hacer por un país que le había recibido como una segunda patria y permitido acumular una considerable fortuna.
La inesperada llamada de Baltodano para informarle al desconcertado Simón sus intenciones de viajar a Managua y proponerle matrimonio a Adriana, comenzó a despejar algunos interrogantes en torno al cuándo y al cómo ejecutar al general; quien, según le había dicho era importante que la boda se realizara antes de una semana pues debía regresar a Washington y pensaba hacerlo en compañía de su nueva esposa. Esa misma noche el peruano se reunió con Adriana, Roberto y Vigorón para ponerlos al tanto de su conversación con el militar. Entre todos, definieron la forma en que la joven se comportaría ante la propuesta, para que su actuación fuera creíble y pudiera inducir al general a aceptar los aspectos de la boda que consideraban cruciales para el éxito del operativo.

El jueves en la noche, Simón recibió al general y le propuso que se reunieran con Adriana en el salón reservado en donde tendrían la privacidad necesaria para la importante ocasión. Baltodano estuvo de acuerdo. Minutos después apareció la joven luciendo el traje de lamé verde y el aderezo de plata que le proporcionaban la seguridad y la confianza en sí misma, indispensables para jugar el peligroso rol que la vida le obligaba a representar.
La actuación de Adriana fue magistral: las expresiones de su rostro, el tono de voz, los gestos y las palabras, fueron dosificadas entre el desconcierto, la duda razonable, el halago y la aceptación ante la oferta de un futuro que si bien la apartaba de sus proyectos artísticos, la acercaba a compartir el poder político con un hombre tan importante como el general; incluso pudo fingir una emoción, que pareció genuina, al momento de recibir el valioso anillo de compromiso. Baltodano no cabía en sí de satisfacción y orgullo por haber logrado su objetivo. Manifestó que para él era muy importante que la ceremonia civil se realizase el miércoles siguiente en la noche, en forma totalmente privada y le parecía que ese salón era apropiado; prefería un acto discreto sin ninguna celebración; por su parte la única persona que había pensado invitar era su hijo Lorenzo pero creía que no podría asistir pues estaba participando en importantes operaciones militares en el norte del país; explicó que tenía proyectado viajar a Washington, en compañía de Adriana, al día siguiente de la boda para atender compromisos urgentes en esa ciudad; finalmente, les confió que seguramente, a partir de octubre, sería nombrado embajador en los Estados Unidos y, una vez posesionado, se tomaría dos semanas de vacaciones para realizar su viaje de bodas hacia el destino que ella escogiese.
Simón que había asumido con sincera satisfacción el papel como padre putativo de Adriana, no escatimó palabras para expresar el dolor que le producía la partida de la joven y asegurar que éste sería mitigado por la convicción de que al lado de un hombre tan célebre e inteligente como el general, alcanzaría un sitial de honor en la alta sociedad nicaragüense y no le cabía duda de que serían muy felices. Agregó que entendía al general en su intención de que no hubiese ningún tipo de celebración pero, respetuosamente, le solicitaba que aceptase por lo menos un brindis, una torta de bodas, que él personalmente prepararía, y una reunión breve que sería a la vez una despedida para Adriana por parte de sus mejores amigos en el elenco. Adriana propuso que su hermano Roberto en su condición de abogado y notario, condujese la ceremonia civil y sentara el acta correspondiente. Definieron que los testigos serían Simón y Lorena. Baltodano no puso ninguna objeción. Lejos estaba de imaginar que con lo acordado acababa de completar las circunstancias de tiempo, modo y lugar requeridas por los complotados para su ajusticiamiento.

***

― General Ulises Baltodano Garcés ― dijo Roberto en tono solemne que enmascaraba el miedo natural que le producía la inminencia de una acción preparada y ensayada muchas veces en las noches anteriores ―. ¿Acepta usted por esposa a Adriana Harrison, aquí presente?
El sonoro “si acepto” de Baltodano fué rematado por dos disparos casi simultáneos: el primero, hecho por Bernardo, vestido como mesero y armado con una pistola Beretta, dio de lleno en la cabeza del general que se desplomó sin tiempo para un gemido; y el segundo, hecho por Vigorón, que había permanecido oculto en el zaguán detrás de una cortina a pocos pasos de la silla en que descansaba el guardaespaldas, fue menos certero, pues requirió un tiro de gracia para rematar al esbirro.

Con las primeras luces del alba Simón, Adriana y Juanito llegaron al puesto aduanero de Peñas Blancas y cruzaron sin ningún inconveniente la frontera con Costa Rica. A esa hora los hombres de Vigorón desguazaban, en un oscuro taller del barrio Open 3, el Mercedes Benz del general para venderlo por partes en el mercado negro; y el jefe guerrillero, Lorena, Maribel, Roberto y Bernardo, celebraban en Jiloá el éxito del operativo mientras saboreaban un suculento desayuno preparado por Ninfa.

La bruma mañanera que cubría el paisaje no se había disipado por completo, cuando los primeros zopilotes se abalanzaron ávidos y en picada sobre el cuerpo desnudo del general. Epílogo justiciero en la vida de un hombre nefasto que a lo largo de los años convirtió la yerma colina en el macabro paraje, registrado en los anales del terror como la Cuesta del Plomo.

Punto de Quiebre – Capítulo VII

Por : kapizan
En : CapÍtulo VII - La Toma, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VII
LA TOMA

Managua, lunes 14 de agosto de 1978

“Hasta siempre” fueron las únicas palabras que sin pensar pronunció Adriana, al momento de despedir en el aeropuerto a Braulio, que regresaba a New York una vez cumplido el propósito de su viaje a Managua, y después de haber pasado juntos el fin de semana en las Isletas de Granada. Para ella había sido una sorpresa encontrar allí al profesor, en un ambiente en el cual era difícil mantener la distancia, tal como se lo había propuesto desde el primer encuentro con el ecuatoriano que le había dejado una dolorosa sensación de engaño; a su pesar, las cosas no habían sucedido como racionalmente las hubiese preferido y en la noche del viernes el rescoldo de su pasión fue avivado por el encanto del lugar, las bebidas y la música. Fueron tres noches de frenesí que como las tormentas terminó súbitamente, a primera hora del lunes, ante la inminente separación de una pareja que sin decírselo había llegado a la conclusión de que el suyo era un amor sin futuro.

***

A la misma hora, al otro lado de la ciudad Max y Maribel eufóricos por el éxito en el operativo, se separaban como medida de seguridad con la intención de reunirse esa noche en Jiloá para “celebrar tu graduación como guerrillera”, según le había dicho el joven con una mirada que anticipaba lo que, sin saberlo, sería la última noche de pasión en la vida de los dos amantes.

***

“Lo que pasó anoche, nunca pasó. ¿Me entendiste?”. El tono perentorio y la actitud fría y distante de Maribel al pronunciar estas palabras retumbó, una vez más, en el cerebro de Bernardo cuando la vio abrazada a Max haciendo gala de la misma voluptuosidad con que lo había arrastrado a él ese domingo de junio hacia el torbellino de una exultante y furiosa sexualidad, estimulada por la frustración y los efectos de la botella de ron que había bebido, furiosa, al enterarse de que Max no había llegado con sus hermanos el día que conocieron a Braulio.
Hasta ese día Maribel había sido para Bernardo un amor idealizado e inalcanzable, pero la pelirroja se había encargado de hacerlo primero real y tangible para después convertirlo en lacerante herida que le atormentaría por mucho tiempo, especialmente por el afecto, la admiración y el respeto que Max le inspiraban. Lo más doloroso había sido la facilidad con que ella siguió tratándolo sin perder nunca la picardía y sin dejar de dedicarle la misma sonrisa que le había enamorado perdidamente de la alocada muchacha; en cambio a él le costaba ingentes esfuerzos borrar de su mente y apartar de su corazón ese recuerdo único e irrepetible.

Con el ánimo de distraer sus sentimientos, el mulato hizo un esfuerzo por regresar en su memoria a los días de entrenamiento en Tipitapa, durante los cuales él se había encargado, bajo la orientación de Vigorón, de instruir a Maribel en uso de armas cortas y técnicas de combate cuerpo a cuerpo; por ello no dejaba de sentir cierto orgullo por la forma serena y precisa en que había desempeñado su papel esa mañana durante el operativo, que se cumplió milimétricamente. Seguramente Maribel nunca sería para él, pero la causa podía estar segura de que ella sería una excepcional combatiente.
Un rato después, cuando Bernardo se percató de que la pareja se disponía a regresar a la casa, evitó un encuentro para él embarazoso, dio media vuelta y se fue a dormir. Poco antes de las cinco de la madrugada, lo despertó el ruido de la motocicleta de Max que partió rauda hacia Managua, rumbo a su casa de Bolonia, apenas con tiempo para cambiarse y acudir a una cita que tenía a las siete de la mañana con Vigorón para recibir las instrucciones que el día anterior había impartido personalmente Edén Pastora.

***

Washington, martes 22 de agosto de 1978

El general Baltodano no se inmutó cuando el teléfono de su apartamento en Washington sonó por primera vez, lo dejó sonar durante los dos minutos que le tomó limpiar y guardar la barbera marcada con la palabra Dienstag (martes), enjuagarse la cara y aplicarse la acostumbrada sobredosis de loción. Cuando levantó el auricular, la voz conocida y marcial del capitán Burgos, uno de sus ayudantes, lo saludó desde Managua:
— ¡Buenos días mi general! Me reporto para comunicarle las novedades del día. Pero antes, me permito recordarle, con todo respeto, que hoy es 22 de agosto y el señor subteniente Lorenzo Baltodano cumple veintitrés años. Mi general, en este momento puede localizar a su hijo en el comando del BECAT, pues tiene asignada la investigación de un asalto bancario que cometieron ayer en la mañana los sandinistas…
Diez minutos después cuando terminó la rutinaria llamada que le mantenía informado hasta del más mínimo detalle sobre lo sucedido en Managua en las últimas veinticuatro horas, Baltodano se sirvió una taza doble de café negro y se sentó a preparar mentalmente lo que tenía pensado decirle a su hijo. Como regalo de cumpleaños le daría una pistola Lugger alemana que había usado durante la Segunda Guerra Mundial el mariscal Karl Rudolf von Runsted, y había comprado a un coleccionista con problemas financieros; quería además, compartir con él la decisión que había tomado de regresar a Managua a fines de agosto para proponerle matrimonio a Adriana Harrison, la vedette del Atlantis; de lo que no estaba muy seguro era cómo decirle lo de su matrimonio, pues no podía imaginar cual sería la reacción de su hijo. Estaba seguro de que éste lo admiraba y lo respetaba, pero desde la llegada del muchacho, después de su graduación en Saint Cyr, lo había notado sutilmente distante y muy interesado en conocer detalles sobre los años de convivencia con su difunta esposa. Obviamente no le diría, al menos por ahora, nada sobre sus planes derivados del proyecto “somocismo sin Somoza”. Miró el reloj, comprobó la hora: 05:15, y llamó a su hijo.

***

Managua, martes 22 de agosto de 1978

Con ira controlada Lorenzo Baltodano colgó el teléfono tras agradecer, en un tono tan normal como pudo, la llamada de su padre. A pesar de que hacía grandes esfuerzos para aparentar que la relación con éste, a quien había mantenido idealizado por muchos años, continuaba igual a como había sido desde la muerte de su madre: respetuosa, afectuosa y de mucha confianza, lo cierto era que durante la semana posterior a su graduación le fueron hechas unas revelaciones, de cuya veracidad no le quedaron dudas, respecto a las circunstancias que habían propiciado el suicidio de su madre.
Por aquellas misteriosas coincidencias de la vida, el general Baltodano no había podido viajar a Francia y entregarle las insignias de su rango como subteniente, debido a una operación quirúrgica para extraerle unos cálculos renales. Durante la ceremonia conoció a Susana Rodríguez de Rivera, la madre de Federico Rivera, un joven dominicano que se graduó en su misma promoción, y con la cual compartió la mesa durante la fiesta posterior a la ceremonia. Esa misma noche Susana, quien lo había identificado fácilmente por su apellido y el notorio parecido con su madre, le reveló que Federico y él eran primos hermanos pues ella era la hermana mayor de Alcira. La semana siguiente la pasó Lorenzo en Marsella en casa de sus nuevos parientes.
Dos días antes de su regreso a Nicaragua, Susana le había contado sórdidos detalles de la relación entre Ulises y su hermana. Para demostrarle la veracidad de su versión, le entregó una gran cantidad de cartas que Alcira le había escrito y en las cuales se evidenciaban facetas del general Baltodano, que sorprendieron a Lorenzo y sembraron en él un resentimiento hacia su padre de quien no le cupo la menor duda, era el responsable de haber enloquecido a su madre hasta llevarla a su fatal determinación. El joven, ambicioso como era, sabía que a su carrera profesional no le convenía un enfrentamiento con el poder que representaba el general; decidió entonces callar, disimular y esperar la ocasión propicia para encontrar la mejor forma de vengar a su madre.

Miró el reloj: faltaban cuarenta minutos para las seis de la mañana, hora en que debería comenzar el operativo de seguimiento al guerrillero cuya descripción, nombre y dirección exacta, le había proporcionado el día anterior uno de los testigos del asalto a la sede del First National City Bank en la colonia Los Robles. Por fortuna para el joven inquisidor, el informante era un estudiante de derecho de la UNAN, hijo de un diputado somocista que no dudó al señalar a uno de los guerrilleros asaltantes a quien conocía de tiempo atrás como estudiante de la facultad de ingeniería, que se desplazaba siempre en una motocicleta Honda de alto cilindraje y color rojo.
Lorenzo comprobó que tenía tiempo suficiente para hacer algunos ajustes importantes al plan, que por fortuna aún no había comunicado a los encargados de ejecutarlo. Mandó llamar al sargento Gutiérrez, un veterano a quien conocía desde su niñez, pues había sido el conductor y guardaespaldas de su madre. Al ser destinado como oficial del BECAT, el joven subteniente se había alegrado al encontrar al viejo como miembro de su unidad, pues sabía que éste podría proporcionarle mucha información sobre el pasado de sus padres.
— Gutiérrez, vos sos el único que me podés ayudar – le dijo en un tono afectuoso – mi papá decidió reemplazar a mi mamá por una puta fina ¿cómo te parece? Tenemos que impedir ese matrimonio. La buena noticia es que tengo en mis manos la forma de hacerlo… Necesito que te encargués personalmente de capturar al cabrón que estamos buscando, no voy a ordenar el seguimiento que tenía previsto. Oíme bien, es muy importante que esa captura no se haga oficial. Ni siquiera, y en esto me la juego toda, mi papá debe saber que lo agarramos. Ya sabés la dirección, es cuestión de que le caigan hoy mismo y cuando lo tengás lo llevés a un sitio seguro, para yo ocuparme personalmente de él. ¿Te quedó claro?

***

Poco después del amanecer Vigorón, en su casa del barrio Don Bosco al suroccidente de Managua, degustaba una taza de café negro mientras especulaba sobre cual sería el objetivo escogido por Pastora para ejecutar el operativo que se realizaría al medio día de ese martes y que según le había dicho el mismo Edén “si funciona como lo tengo previsto, le dará un giro determinante a la revolución. Vos sabés que llevo años preparando este golpe, por seguridad no revelaré ningún detalle… Si el golpe fracasa, había agregado Pastora, estaré muerto y Chinto quedará al mando de mis hombres desde Costa Rica”.
Gran sorpresa se llevó el guerrillero cuando alrededor de las siete de la mañana en vez de Max llegó Roberto, profundamente alterado, para informarle atropelladamente que a su hermano se lo habían llevado seis hombres armados, vestidos de civil, lo habían inmovilizado al descender de la moto frente a su casa y embarcado en una furgoneta. Él pudo ver la acción desde la ventana del segundo piso a la cual se había asomado al escuchar el alboroto. A su hermano lo metieron junto con la moto en la furgoneta, de color azul oscuro, sin placas. Todo había sucedido tan rápido que cuando salió a la calle, ya se habían perdido de vista.

***

Manágua, agosto 22 DE 1978

¡ÚLTIMA HORA!… ¡URGENTE!… ¡ÚLTIMA HORA!… ¡URGENTE! ¡SE TOMAN EL PALACIO NACIONAL!… Hoy a las 12:15 a.m. guerrilleros sandinistas al mando del autoproclamado Comandante Cero, se tomaron por asalto el Palacio Nacional de Nicaragua mientras sesionaba la cámara de diputados presidida por Luis Pallais Debayle, primo hermano del general Anastasio Somoza, presidente de la República. Hasta el momento no se han divulgado las exigencias del comando sandinista y crece el temor ante un posible contraataque de la Guardia Nacional nicaragüense, con consecuencias impredecibles…

La noticia fue transmitida en los principales idiomas y causó gran revuelo en las salas de redacción de los más importantes medios de comunicación del mundo occidental: las emisoras suspendieron su programación habitual para transmitir los despachos, los noticieros del medio día destacaron el hecho, las principales cadenas de televisión y los diarios alertaron a sus corresponsales en Managua o se aprestaron para enviar periodistas especializados a cubrir el desarrollo de los acontecimientos. En cuestión de horas el Comandante Cero cobró un protagonismo mundial, comparable al que en su época logró Fidel Castro con su revolución cubana, y comenzó a ser identificado como uno de los más destacados líderes del FSLN.

El Palacio Nacional de Nicaragua era “una vieja casona insípida y pretenciosa, con muchas ventanas y una fachada con columnas de Partenón bananero” según descripción de Gabriel García Márquez. El edificio se erguía aislado en el costado sur de una enorme plaza frente al lago de Managua, pues las edificaciones circundantes habían sido destruidas durante el terremoto de 1972. En sus oficinas funcionaban el Congreso Nacional, que ese día concluía su período de sesiones, y los ministerios de Finanzas y del Interior.
Meses antes, después del exitoso ataque a Rivas, Fidel Castro había invitado a Pastora y a otros líderes sandinistas a la Habana. En esa oportunidad el mandatario cubano intentó disuadir a Edén de su proyecto para asaltar el Palacio Nacional:
― La toma del Palacio es una locura ― le advirtió Castro con ánimo disuasivo y agregó ―: Recuerda que todos los atacantes murieron cuando intentamos algo similar en la época de Batista. Olvida esta idea. Nicaragua necesita hombres como tú.
Edén insistió, pero el líder cubano era tan terco y obstinado como él:
― Vas al suicidio. No tienes una posibilidad en mil.

De regreso a Nicaragua Pastora se reunió con los hermanos Ortega y los convenció para que le apoyasen en la ejecución del plan que venía fraguando desde hacía varios años. Días después, reunido en Panamá con los líderes de las tres facciones sandinistas e inducido por Daniel Ortega, les expuso su proyecto. Acordaron entonces, que el ataque al Palacio sería una operación conjunta que serviría para consolidar la unión de las tres tendencias del Frente Sandinista.
Desde Panamá Pastora viajó a Honduras y adquirió en el mercado negro una ametralladora, el fusil G3 que usaría como arma personal y una carabina M2 con la que dotaría a Dora María Téllez, joven guerrillera proveniente de la aristocracia criolla, que actuaría como negociadora del grupo insurgente durante la toma. En los días subsiguientes se dedicó a escoger a los integrantes del grupo y a entrenarlos en una plantación de café en territorio nicaragüense. Por esas fechas Jaime Wheelock anunció que se retiraba de la operación y Pastora se enteró de que el grupo de la GPP tenía planeado hacer el ataque por cuenta propia para canjear a los rehenes por Tomás Borge, su jefe, que permanecía detenido. Tras consultar con los Ortega y recibir su apoyo en armas y pertrechos, Edén decidió actuar solo. Posteriormente se enteraría de que su operativo se había adelantado dos horas al planeado por los hombres de la GPP y que la frustración de estos unida a su envidia por el protagonismo de Pastora serían determinantes en su futuro político al momento de repartir las cuotas de poder después del triunfo de la revolución.
El éxito del plan, sencillo pero temerario y arriesgado, dependía de la actuación de Pastora y sus hombres que, uniformados como tropas de élite de la guardia personal del dictador, deberían convencer a los soldados custodios del palacio de que venían precediendo a Somoza quien llegaría en minutos, y por consiguiente entregar sus armas en cumplimiento de una vieja disposición según la cual, con excepción de su escolta personal, nadie, ni siquiera los soldados regulares, podían portar armas en un recinto al que éste acudiese. La representación de los atacantes resultó creíble y en un santiamén desarmaron a quince hombres por ese procedimiento, iniciado por el propio Edén desde su ingreso al Palacio por la puerta principal. Hugo Torres, identificado como comandante uno, único veterano del grupo en éstas lides pues había participado en el “ataque de la fiesta de navidad”, se vio obligado a eliminar a unos guardaespaldas del Ministro del Interior que se acercaron demasiado cuando se aprestaba a entrar por la puerta trasera del edificio.
En menos de veinte minutos Pastora, desde entonces conocido como Comandante Cero, al mando de veinticinco guerrilleros, asumió el control total de la situación después de atar a un grupo de cerca de cincuenta diputados y tomar como rehenes a cerca de mil quinientas personas, incluidos el Ministro del Interior y José Somoza, sobrino del dictador. Ante un grupo de aterrados y temblorosos legisladores, Edén exigió a Luis Pallais Debayle, Presidente del congreso y primo hermano de Somoza por línea materna, que notificara a éste sus exigencias: liberación de ochenta y tres prisioneros sandinistas, publicación de una serie de comunicados del F.S.L.N. y diez millones de dólares en metálico. Además, exigió la integración de una comisión de mediadores integrada por Monseñor Obando y Bravo, arzobispo de Managua; los obispos de León y Granada; y los embajadores de Panamá y Costa Rica.

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Obcecado por el odio que venía acumulando desde que supo la verdad sobre su padre, Lorenzo incurrió en un error que no pueden permitirse los interrogadores eficientes: dar rienda suelta a sus sentimientos personales respecto al interrogado. Por ello, desde que se había quedado a solas con él se había dedicado a golpear con furia el cuerpo desnudo de Max, que pendía de una cuerda con las manos unidas sobre la cabeza y se bamboleaba como un saco de boxeo al ritmo frenético de los golpes, con los pies a diez centímetros del suelo. La mente embotada del joven guerrillero se aferraba al recuerdo de Maribel que le daba fuerzas para resistir mientras se repetía mentalmente la versión distorsionada que todos habían preparado para desinformar al enemigo en caso de ser capturados.
Pronto había captado que el enloquecido oficial tenía más interés en la relación de su hermana con el general Baltodano, que en obtener información sobre el asalto al banco. “Te vas a morir gran cabrón y con eso veremos si a tu puta hermana le van quedar ganas de casarse con mi papá” y esas palabras repetidas una y otra vez resonaban en el cerebro de Max llevándole a la convicción de que debería resistir hasta el final.
Más de cuatro horas de flagelación inmisericorde cesaron cuando el sargento Gutiérrez abrió la puerta del fétido cubículo para transmitir la orden que acababa de recibir del comando del BECAT: todas las unidades debían concentrarse en el cuartel general, listos para actuar bajo órdenes directas de Somoza, ante la grave situación creada por el comando sandinista que al medio día se había tomado las instalaciones del palacio nacional con cerca de mil quinientos rehenes.
— Lo del palacio esta muy grave mi teniente – le dijo Gutiérrez a Lorenzo mientras éste se cambiaba el ensangrentado uniforme y limpiaba con antiséptico sus heridos nudillos –, lo mejor es que dejemos al detenido por cuenta del “maquillador” que lo va a terminar de ablandar. Ese loco, es capaz de hacer cantar un mudo. No se le olvide mi teniente que todavía no le hemos sacado información a este cabrón sobre sus compinches.

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Al medio día, en casa de Aníbal en Jiloá Vigorón que, para sorpresa de todos había acudido con Lorena, presidía una reunión convocada de urgencia para decidir un curso de acción ante la captura de Max. Estaban presentes además del guerrillero y la bailarina, Roberto, Adriana, Bernardo, Aníbal y sus dos hijas. Maribel y Vigorón coincidían en que por las circunstancias de la captura era lógico presumir que se trataba de una desaparición forzada ejecutada por los esbirros del perro Baltodano, que nunca figuraría en los registros oficiales y por ello sería inútil acudir a los cuarteles de la Guardia Nacional a denunciar el hecho como lo había sugerido Roberto.
Haciendo alarde de una serenidad no esperada, Adriana planteó con claridad que si los responsables de la captura de su hermano eran los hombres de Baltodano, ella estaría dispuesta a ser muy amable con el general a cambio de la vida de Max… En esas estaban cuando la radio emitió el primer comunicado sobre el asalto al palacio.

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La primera reacción del general Baltodano al enterarse de los acontecimientos fue regresar a Nicaragua para ponerse al frente de sus funciones como jefe de seguridad nacional, pero esa noche recibió un telex con instrucciones de Somoza que le ordenaba permanecer en Washington hasta nueva orden y atento a las reacciones del gobierno norteamericano frente al desarrollo que pudiesen tener los hechos.

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Esa mañana en Washington, el Mayor Alexander Jefferson se encontraba en su oficina del pentágono impartiendo instrucciones a Nando que regresaría a Nicaragua el jueves. El colombiano retomaría sus actividades en INCAE para cumplir el compromiso de dictar una serie de seminarios ejecutivos sobre manejo financiero de empresas industriales, que se realizarían entre la última semana de agosto y el mes de septiembre en los países centroamericanos. Su idea era reunirse antes con Lorena para disfrutar juntos el fin de semana de “vacaciones dosificadas” que tendría la joven por cuenta de la presentación en el Atlantis de la orquesta de Lucho Bermúdez.
Mientras ultimaban detalles, los dos amigos fueron interrumpidos por la secretaria de Jefferson quien les informó lo que acaba de escuchar en el noticiero sobre la toma guerrillera… Una hora después, Nando decidió anticipar su viaje a Managua y logró conseguir cupo en el vuelo de Braniff para el miércoles a primera hora. Antes de partir se comunicó con Lorena, a quien había dejado el Audi, y le pidió que le recogiese en el aeropuerto de Managua, pues suponía que la ciudad estaría totalmente militarizada y en esos casos las placas de misión internacional siempre facilitaban las cosas.

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Reinaldo García escuchó la noticia de la toma, en su apartamento de Manhattan, mientras ultimaba los detalles para recibir a sus invitados: Marietta, Elizabeth, Braulio que había llegado la noche anterior y vendría en compañía de Amélie, su madre, y Ofelia, su hermana. El propósito del cubano era doble: por un lado, celebrar el éxito rotundo de la exposición, pues en sólo diez días se había vendido la totalidad de la muestra; y Por otro, anunciar que una prestigiosa galería francesa había propuesto realizar la segunda exposición individual de Elizabeth en diciembre de ese año.
La charla de sobremesa estuvo centrada en la situación Nicaragüense y en las implicaciones que podría tener para el gobierno somocista la toma del Palacio Nacional. Marietta pasional y flexible en el amor, demostró que en política era igualmente pasional pero inflexible. Sus comentarios rápidamente dividieron a los comensales en dos grupos: los radicales como ella, Reinaldo y Amélie, visceralmente anticomunistas, críticos del gobierno demócrata de Carter y convencidos de que si triunfaban los sandinistas Nicaragua sería un bastión comunista en Centroamérica apoyado por Cuba y financiado por la Unión Soviética. Aseguraban que ello conduciría a la región a un desastre muy riesgoso para la seguridad de los Estados Unidos y el resto de América Latina; y que, en última instancia, sería responsabilidad de la timorata actitud del presidente Carter. Los moderados, encabezados por Braulio, que traía información reciente e influida por Aníbal Argüello y sus hijas, secundado por Elizabeth y Ofelia, argumentaban que la facción a la cual pertenecía Pastora era claramente nacionalista, pluralista, no comunista y estaba recibiendo un amplio apoyo de los gremios de la empresa privada, la iglesia y los intelectuales. Según ellos, los días de Somoza estaban contados y el apoyo internacional a los sandinistas era cada día más notorio.

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A las seis de la tarde de ese martes, Simón Camargo recibió una llamada del manager de la orquesta de Lucho Bermúdez cancelando el contrato de presentación en el Atlantis por razones de seguridad. Esto precipitó una decisión que el empresario venía considerando desde la muerte de Pedro Joaquín Chamorro: vender el night club y trasladarse a Costa Rica. Su olfato político le llevaba a concluir que pronto soplarían agitados vientos de guerra en Nicaragua. Talvez podría convencer a su elenco de bailarines para que se fuesen tras él. Estaba seguro de que Juanito lo acompañaría, pero tenía sus dudas respecto a Adriana y aún más sobre Lorena dada su vinculación al frente sandinista, que él entendía y apoyaba. De todas maneras, con o sin ellos, un cambio de escenario era no solo urgente sino saludable. Por ahora lo único que podía hacer era transferir sus cuentas al vecino país, reactivar contactos con dos posibles clientes que con anterioridad le habían propuesto compra del Atlantis “a puerta cerrada” y esperar el desenvolvimiento de los hechos originados con la audaz toma del Palacio Nacional.

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Las placas MI del Audi facilitaron, como lo había previsto Nando, un desplazamiento sin contratiempos entre el aeropuerto y la casa de éste último en INCAE. Desde el primer momento el colombiano captó en el rostro taciturno de Lorena, una expresión que iba mucho más allá de la preocupación natural de cualquier nicaragüense ante la gravedad de los hechos. Con mucho tacto Nando evitó cualquier comentario al respecto y se comportó con la naturalidad acostumbrada. Esa misma noche, después de hacer el amor, Lorena con algo de alivio en el peso de la tensión producida por la incertidumbre ante la desaparición de Max y en medio de la seguridad protectora que le ofrecían los brazos de Nando, se atrevió a contarle lo sucedido, incluido el plan de Adriana para seducir a Baltodano como único medio de conseguir la libertad y preservar la vida de su hermano. Estuvo a punto de confesarle su vinculación activa al frente sandinista pero decidió abstenerse y consultar antes con Vigorón. Al fin de cuentas el profesor era ciudadano norteamericano y a pesar de que se había mostrado crítico del régimen, ella no tenía ninguna evidencia sobre su posición frente a la insurgencia.

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El operativo de Pastora fue un éxito contundente: el jueves 24 de agosto cuarenta y cinco horas después de haberse tomado el Palacio Nacional, Somoza, presionado por su familia, desistió de un contraataque propuesto por sus generales y accedió a cumplir las exigencias del grupo insurgente. Esa misma tarde los sandinistas llegaron a Panamá en donde fueron recibidos como héroes por el presidente Omar Torrijos que acudió en compañía de dos famosos escritores: Graham Greene y Gabriel García Márquez.
Entre los liberados se encontraba Tomás Borge, cuya molestia al no haber sido rescatado por cuenta de los hombres del GPP, era tan evidente que Graham Greene, percibió la semilla de la frustración posterior de Pastora y de su ruptura con los sandinistas. Años después en su obra Getting to know the General escribiría, refiriéndose al rol protagónico del Comandante Cero adquirido a raíz del espectacular asalto, en clara alusión al cargo secundario que asignaron los sandinistas a Pastora después del triunfo de la revolución: “un actor que representó a Enrique V, aplaudido por el mundo entero, ¿Puede acaso contentarse luego con el papel de Pistol?

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El acuartelamiento de las unidades militares en la guarnición de Managua fue suspendido al medio día del sábado y sólo al anochecer Lorenzo y el sargento Gutiérrez pudieron regresar al sórdido lugar, a medio camino entre la capital y Masaya, en donde habían dejado a su prisionero a cargo del maquillador. La expresión frustrada en la turbia mirada del psicópata carcelero y su anuncio: “este hijo de la gran puta no aguantó el segundo corrientazo y se murió esta mañana sin decir ni mierda” le indicaron al joven oficial cual sería el siguiente paso en su plan de venganza contra su padre.

Punto de Quiebre – Capítulo VI

Por : kapizan
En : Capítulo VI - Entre Nicaragua y los Estados Unidos, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VI
ENTRE NICARAGUA Y LOS ESTADOS UNIDOS

Managua, lunes 12 de junio de 1978

A primera hora de la mañana, con tiempo suficiente para llegar a su primera clase, Braulio al volante del Audi deshacía el camino entre Jiloá e INCAE, mientras rehacía mentalmente los asombrosos acontecimientos de las últimas horas a orillas de la exótica laguna.
Las circunstancias de su encuentro con Adriana en la casa de Aníbal, le habían llevado a reconocer que lo que para él había sido desde el viernes la búsqueda de una aventura amorosa, sin mayor trascendencia como muchas otras que había tenido en el pasado, se había transformado en muy pocas horas en algo totalmente diferente, que había empezado a moverle el piso en su ya de por sí deteriorada relación conyugal con Elizabeth.
Una cosa era ver en el escenario a la hermosa, sofisticada e inalcanzable vedette y otra muy distinta conocer en persona y en un ambiente familiar a la sensible, simpática y agradable mujer que era Adriana. El estupor, cargado de molestia, cuando reconoció a Adriana en compañía de un apuesto joven, había cedido el paso a un verdadero alivio cuando supo que éste era su hermano, y la forma en que ella le miró con un brillo sugestivo de sus ojos grises, había borrado en un instante la frustración que experimentó la noche anterior al verla en compañía de Baltodano.
El almuerzo había estado delicioso y Aníbal se había mostrado amable y cordial, pero un tanto preocupado por la información que le proporcionaron Vicente y su esposa, corroborada por Adriana, sobre la misión encomendada por Somoza al general Baltodano para su viaje a Washington; pues ello implicaba la necesidad de una acción inmediata por parte de los empresarios privados, que ya habían sido citados por los comandantes terceristas y Alfonso Robelo a una reunión de emergencia en San José de Costa Rica a primeras horas del día siguiente. Así pues, Aníbal y sus amigos habían decidido viajar esa misma tarde por tierra a San José conscientes de la urgencia que requería la situación.
Los empresarios partieron alrededor de las cuatro de la tarde, Maribel que no había superado su molestia por la ausencia de Max se encerró en su cuarto y María José propuso que aparejaran el bote de vela para aprovechar las últimas horas de sol y la agradable brisa que había comenzado a soplar, y fuesen a navegar en las tranquilas aguas de la laguna. Los cuatro estuvieron de acuerdo y Adriana sugirió que un buen plan para la noche sería encender una fogata en la playa y después cenar juntos en su cabaña. Roberto que conocía muy bien a su hermana, y había captado desde el primer instante la atracción que sentía por Braulio, se alegró de que ésta mostrase interés por un hombre y adoptase una actitud seductora que no le había visto desde la muerte de Lissandro, a pesar de los esfuerzos que habían hecho los gemelos para presentarle jóvenes de su edad que le ayudasen a olvidar su pena. Entonces, después de la travesía, con la complicidad de María José y convencido de que a su hermana y a Braulio no les molestaría cenar solos, fingió recordar que le había prometido a su novia llevarla a ver una película que al día siguiente saldría de cartelera.
Una vez a solas en la cabaña de Adriana, ésta sacó una botella de vino blanco que Braulio se apresuró a destapar y sirvió dos generosas copas que bebieron con gusto, y en el fondo agradecidos por la idea de Roberto, que les brindaba la oportunidad de estar juntos. Para cenar Adriana se dispuso a preparar unos espaguetis a la carbonara y Braulio se ofreció a preparar la ensalada. Tras la cena, Adriana en su plan de exorcizar fantasmas, decidió complacer a Braulio colocando un disco L.P. de tangos, pues éste le había hablado de su madre argentina y de su afición por el tango y la milonga, y había elogiado su interpretación durante el show de la noche anterior. Gran sorpresa se llevó Adriana cuando con una exagerada reverencia, Braulio extendió la mano derecha y la invitó a bailar. La firmeza en el abrazo, la seguridad y el ritmo en el estilo de su pareja, revivieron en Adriana un deseo que no había sentido desde la última vez que bailó con Lissandro. La magia del momento les llevó a culminar su bien acoplado baile con la intensidad de un prolongado beso que despertó en ambos una pasión incontenible.

Las primeras luces del amanecer fueron desplazando gradualmente la tibia oscuridad, al filtrarse por el ventanal del dormitorio de Adriana en el segundo piso de su acogedora cabaña y despertaron a Braulio que tardó unos instantes en componer las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que había amanecido. Con un movimiento maquinal rozó el dedo anular de su mano derecha y pensó entonces que había sido una estupidez infantil despojarse de su argolla matrimonial; pues a pesar de que Adriana en ningún momento le había preguntado si era casado, lo cierto era que al rememorar la forma tierna y un tanto ingenua en que ésta se había entregado a él, se sintió despreciable pues había mentido por omisión.
Pensó que lo peor era que cuando Adriana se enterase, difícilmente perdonaría su engaño; pero ¿cómo y cuándo decírselo? En ese momento y antes de partir le parecía cruel. Confesarle que su matrimonio con Elizabeth estaba pasando por una crisis, podría ser interpretado como la típica explicación de los hombres casados en busca de aventuras. Sin embargo, las pocas horas que había pasado en compañía de Adriana y mucho más la forma en que habían hecho el amor, le habían llevado al convencimiento de que la hermosa mujer empezaba a despertar en él un sentimiento de amor que trascendía lo físico y era muy diferente a lo que había sentido por otras mujeres con las que había mantenido relaciones esporádicas y sin ningún compromiso. Talvez su cuñado tenía razón en aquello de la polidimensionalidad del amor y era factible amar simultáneamente a dos o más mujeres… Era obvio que su matrimonio con Elizabeth pasaba por un mal momento, que entre los dos tenían muy pocos puntos de interés común, y que a él le había decepcionado enormemente el no haber podido, en siete años, tener un hijo; pero a pesar de todo, seguía amándola y abrigaba la esperanza de poder salvar su matrimonio.
Finalmente, y con plena conciencia de que estaba actuando como un cobarde, Braulio había optado por no decir nada respecto a su matrimonio y tomar una decisión después de escuchar la opinión de Nando, cuyo consejo talvez podría ayudarle a clarificar la tremenda confusión que en ese momento sentía. Se levantó procurando no despertar a Adriana que dormía profundamente, garrapateó una nota de agradecimiento en la cual le indicaba que regresaba a INCAE y en la tarde, que tendría libre, se comunicaría telefónicamente con ella.
Braulio con un torbellino de pensamientos y emociones encontradas llegó a INCAE apenas con tiempo para cambiarse y asistir a la sesión inaugural del programa académico, después de la cual debutaría con el análisis del primer caso sobre una empresa productora de salsas de tomate, previsto para introducir a sus alumnos en los conceptos básicos de un plan de mercadeo; por tanto, tuvo que esperar hasta la hora de almuerzo para contarle a Nando, sin omitir detalles, su experiencia del día anterior en la laguna. Éste le escuchó sin interrumpirle hasta el final y entonces francamente le dijo:
― Me queda claro – comenzó Nando con un tono tan neutro como pudo para que sus palabras no fuesen interpretadas como un reproche ―, que lo que para ti comenzó como una aventura más de hombre casado en vacaciones, se convirtió en algo más serio que te está llevando a confrontar tus sentimientos por mi hermana y te colocó frente a un dilema. En este momento, lo más adecuado que puedes hacer es buscar la mejor oportunidad para decirle la verdad a ambas en la forma más honesta posible y procurando no herir los sentimientos de ninguna; pero lo cierto es que vas a tener que decidir entre salvar tu matrimonio e impedir que florezca una relación más seria con Adriana o divorciarte y emprender una nueva vida con tu nuevo amor. Cualquiera que sea tu decisión, puedes estar seguro de que no afectará mi amistad contigo; pero si decides construir una nueva relación con Adriana, valdría la pena que desde un comienzo te quites la máscara que ayer te pusiste para que ella pueda conocerte tal como eres.

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Boston, lunes 12 de Junio de 1978

Mucho antes del amanecer, en la semipenumbra de la suite de Reinaldo en el Hyatt Regency, Elizabeth abrió los ojos y recorrió con la vista la elegante estancia que había servido como escenario para su entrega amorosa al apuesto cubano, que dormía plácidamente a su lado. Con cuidado, para no despertarlo, se levantó y se encaminó desnuda al cuarto de baño con una sensación de malestar que le era familiar pues la había experimentado anteriormente al comienzo de sus frustrados embarazos. Recordó entonces las náuseas que había sentido el sábado en la mañana, mentalmente hizo sus cuentas y se percató de que ese día completaría tres de retraso; para ella cuyo periodo era estrictamente puntual, la demora era signo inequívoco de que por tercera vez en su vida estaba embarazada. Por supuesto, cumpliría la formalidad del examen médico, pero en su fuero interno no le cabía la menor duda. Aturdida por la certeza, Elizabeth que escasamente había dormido dos horas, se sintió incapaz de regresar al lecho. Cubrió su desnudez con un albornoz de algodón que encontró en el baño, se sirvió un vaso de agua helada y se sentó en la pequeña salita de la suite para tratar de poner en orden sus ideas. Tres horas después, cuando Reinaldo despertó, la joven ya había tomado una decisión: ese mismo día después de la confirmación médica, comunicaría el resultado a su esposo, convencida de que este nuevo embarazo sería la oportunidad para salvar su matrimonio. Respecto al cubano, creía que éste comprendería su situación y no le cabía la menor duda de que podrían llegar a ser excelentes amigos.

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Jiloá, lunes 12 de junio de 1978

Al rememorar con todo detalle el desenvolvimiento de los hechos a partir del inesperado encuentro con el profesor de INCAE en casa de Aníbal, Adriana no pudo menos que reconocer lo sucedido con una mezcla confusa de sentimientos. Por un lado, se alegraba de haber superado el trauma que le había producido la muerte de Lissandro y de haber recuperado su capacidad de amar en una forma que no se había creído capaz de volver a experimentar; por el otro, la nota un tanto formal y poco romántica que le había dejado Braulio al partir, le hizo pensar que en realidad era muy poco lo que conocía del apuesto ecuatoriano que había encendido su pasión la noche anterior.
Quizá, pensó, su vulnerabilidad la había llevado a precipitarse en su entrega, cuando en realidad hubiese preferido el romance con un cariz más tradicional y acorde con la esencia conservadora de su formación y de lo que había sido su primera y única relación con Lissandro. Reconoció que por el momento y dadas las circunstancias, el episodio con Braulio apenas podía catalogarse como una aventura, fascinante si, perturbadora también, pero en el fondo no era más que eso, una aventura, más propia del carácter liberal y desinhibido de Lorena que del suyo… Inmersa en sus cavilaciones la sorprendió el timbre del teléfono.
Era Braulio para anunciarle que a las tres de la tarde llegaría a visitarla. Decidió entonces que no dejaría pasar esa oportunidad para conocer más al ecuatoriano y establecer, por lo menos y de una vez por todas si era un hombre soltero, casado o divorciado; pues comprendía que había sido un error de su parte no haber preguntado desde el principio sobre algo tan elemental pero clave para establecer el tipo de relación que iban a tener. Por un momento pensó en como actuaría en el caso de que Braulio estuviese comprometido o casado. El sólo pensar en esa posibilidad la aterró y reconoció muy a su pesar que no tenía claro, dado lo que habían vivido la noche anterior, como reaccionaría.
Braulio llegó puntual conduciendo el Chevrolet de INCAE y cuando Adriana abrió la puerta captó de inmediato una expresión preocupada en su rostro, y una forzada sonrisa que le dio el aspecto de un hombre confundido. Apenas se atrevió a darle un breve beso en la mejilla, incapaz de actuar con la pasión y la ternura de que había hecho gala la víspera. Adriana comprendió que algo había roto el encantamiento de la noche anterior y adoptó el tono y la actitud formal de quien recibe en su casa a una persona apenas conocida; en consecuencia, le invitó a seguir a la pequeña sala, le ofreció una taza de té y se sentó frente a él en espera de que tomase la iniciativa.
Después de un embarazoso silencio, Braulio se enderezó en su silla, la miró directamente a los ojos y le dijo:
― Esta mañana, cuando me desperté, me sentí incapaz de hablar contigo y por eso prácticamente huí de tu lado. Quiero pedirte que me disculpes por no haberte dicho la verdad. Soy un hombre casado y mi esposa que está en Boston es la hermana de mi mejor amigo…
― ¿Qué pretendes con esa revelación tardía? – Le interrumpió con mal disimulada indignación Adriana – ¿qué entienda y acepte que lo de ayer no fue más que una aventura? o me vas a salir con el cuento de que eres desdichado en tu matrimonio y que tienes pensado divorciarte. Ese cuento está muy trillado. Si lo que buscabas conmigo era una aventura, dilo de una vez por todas; preferiría eso a la mentira.
― Sí, reconozco que desde que te ví por primera vez en el Atlantis tuve la ilusión de vivir contigo una aventura – respondió Braulio y agregó antes de que ella reaccionara y con un tono de auténtica sinceridad – pero creo que ese deseo es el mismo que sienten la mayoría de los hombres cuando ven actuar a la vedette del Atlantis; lo cierto es que esa intención inicial cambió por completo cuando comencé a descubrir a la verdadera Adriana y eso apenas sucedió ayer… La verdad, es que estoy muy confundido pues si bien es cierto que amo a mi esposa, también lo es que nuestro matrimonio está pasando por una crisis, y ninguno de los dos sabe si podremos superarla; es más, de común acuerdo nos hemos tomado este verano para aclarar nuestros sentimientos.
― Entonces debo entender que apenas ayer descubriste que yo puedo ser la candidata para ayudarte a resolver tu problema. ¿O me equivoco? Porque si es así – enfatizó Adriana con tono claramente indignado ―, te equivocaste, yo no estoy dispuesta a ser el consolador de ningún marido insatisfecho. ¿Te quedó claro?
Antes de que el compungido Braulio pudiese encajar la contundencia del golpe, Adriana lo matizó con un toque de diplomacia al agregar:
― Entiendo perfectamente tu situación como consultor de Aníbal y el compromiso que tienes con María José de apoyarla en su tesis. Eso implica que tendremos muchas oportunidades de encontrarnos en Jiloá. También debo reconocer que has actuado con franqueza; por esto puedes tener la seguridad de que no te haré ningún desplante y me comportaré en todo momento como lo que he debido ser desde el principio contigo, una simple amiga.

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Washington, lunes 12 de junio de 1978

A las nueve de la noche Aníbal Argϋello, Vicente Arce, y otros cuatro empresarios nicaragüenses, aterrizaron en el aeropuerto internacional de Washington, a bordo de un avión privado proporcionado por un rico ganadero costarricense, con instrucciones muy precisas de iniciar conversaciones a primera hora del día siguiente, con los senadores norteamericanos que aparecían en la lista de contactos sugeridos por el presidente del Banco Central al general Baltodano, y que Adriana oportunamente había hecho llegar a su amigo. La agenda era muy clara: demostrar a esos y a otros personajes influyentes que apoyar militarmente a Somoza, implicaba un debilitamiento para la empresa privada, de la cual un sector cada vez más amplio se oponía a la dictadura y estaría dispuesto a sacar sus capitales del país en caso de que Somoza recibiese un claro espaldarazo del gobierno de Carter. El punto era sensible pues entre estos empresarios se encontraban los más importantes exportadores de materias primas e insumos con destino a la industria norteamericana. Desde el lunes en la mañana, la oficina de Robelo en Costa Rica se había encargado de coordinar las correspondientes citas que no fue difícil conseguir, pues para esas fechas el tema de Nicaragua era prioritario en la agenda legislativa, toda vez que estaba por decidirse sobre la conveniencia de seguir apoyando militarmente al régimen de Somoza, dadas las nuevas prioridades que en materia de política exterior había planteado la administración Carter.
Por fortuna para Aníbal y sus compañeros de comisión, el general Baltodano no pudo viajar el lunes a Washington pues un problema técnico en el avión oficial le obligó a una escala forzada en Guatemala, de donde apenas pudo partir el miércoles al medio día. A pesar de que la embajada nicaragϋense en Washington logró recomponer la agenda de visitas del general; éste desde su primer encuentro con el senador que consideraba como su mejor amigo en los Estados Unidos, comprendió bien pronto que para entonces, a causa del revuelo internacional por el asesinato de Chamorro, los aliados de Somoza en los Estados Unidos eran muy pocos, casi inexistentes.
Los empresarios permanecieron una semana dedicados por completo a sus labores de cabildeo y regresaron a Centroamérica convencidos de que las posibilidades para Somoza de recibir apoyo militar eran completamente nulas y de que para esas fechas, una propuesta de Carlos Andrés Pérez, Presidente de Venezuela, en el sentido de presionar la dimisión de Somoza y buscar la organización de un gobierno de unidad nacional en Nicaragua, estaba cobrando cada vez más fuerza entre los políticos norteamericanos. Se hablaba de que por el momento sería conveniente “un somocismo sin Somoza”. Durante su permanencia en Washington, se habían enterado de que Carter y Torrijos habían estado discutiendo esta posibilidad, durante una reunión en Panamá y que el gobernante istmeño se había mostrado partidario de presionar el retiro de Somoza.

Después de analizar la situación que le reportó Baltodano sobre la imposibilidad de recibir apoyo militar norteamericano y de la fuerza que estaba adquiriendo la propuesta de presionar su dimisión, Somoza decidió anunciar una amnistía para varios presos políticos; autorizar el regreso a Nicaragua de los miembros del Grupo de los Doce; plantear algunas reformas al sistema electoral; e invitar a la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA para que realizaran un viaje de inspección a Nicaragua. Con ello pretendía dar muestra pública de su interés por efectuar cambios en la situación de los derechos humanos en su país y aplacar a los partidarios de su dimisión. Como resultado de esta decisión, Somoza apenas recibió una tibia carta de reconocimiento por parte de Carter, que le resultó de poca utilidad pues el embajador norteamericano le había indicado que no podía ser difundida; pero el bumerán se le devolvió pues el regreso del Grupo de los Doce a Nicaragua, en julio de ese año, fue la base para que surgiera con mucha fuerza el Frente Amplio de Oposición con partidarios de la oposición política y las principales confederaciones laborales del país.
El infructuoso resultado de su misión, convenció al general Baltodano de que ese momento no era el más adecuado para convertirse en embajador de Somoza en los Estados Unidos; entonces, en su mente maquiavélica comenzó a cobrar forma una perspectiva mucho más halagϋeña: convertirse en el abanderado, a espaldas de su jefe, del proyecto etiquetado “somocismo sin Somoza”.
Su ambición exacerbada le llevaba a imaginarse como el nuevo hombre fuerte de Nicaragua; posición que seguramente resultaría irresistible para Adriana. No es lo mismo, pensaba, ser la esposa del embajador que primera dama de la nación. Ocupó entonces las siguientes semanas en buscar entre los políticos norteamericanos a los partidarios de esta propuesta e iniciar una sutil campaña para mejorar su imagen y venderse como el candidato ideal para suceder a Somoza. Lo curioso es que logró convencer a más de un incauto y a mediados de agosto se disponía a regresar a su país con un plan muy estructurado para hacer realidad su sueño.

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Managua, agosto de 1978

El programa de alta gerencia de INCAE concluyó el jueves diez de agosto y a la ceremonia de clausura, prevista para el día siguiente, no asistieron Braulio y Nando, que terminadas sus respectivas clases viajaron en la tarde del jueves a los Estados Unidos con itinerarios diferentes. Nando voló a Boston para asistir al cumpleaños de la mayor de sus hijas y el sábado en la tarde viajaría a New York para acompañar a su hermana en la inauguración de su primera exposición individual. Por su parte Braulio viajó directamente a New York para encontrarse con su esposa y ayudarle en los preparativos de la exposición.
En la tarde del domingo 13 de agosto reclinado en una cómoda silla de primera clase del vuelo de Braniff, Braulio regresaba a Nicaragua, al tiempo que saboreaba un whisky y rememoraba los acontecimientos desde su primera llegada a Managua dos meses antes.
Profesionalmente la temporada había sido un éxito pues no sólo obtuvo una evaluación muy alta como profesor de mercadeo en el PAG, sino que se ganó el respeto y la amistad de Aníbal Argϋello quien había aprobado y elogiado sus recomendaciones preliminares sobre la estrategia de la Casa Comercial; su intención al regresar a Nicaragua era concluir su reporte de consultoría y dedicar el resto de la semana para revisar, tal como lo había prometido, la tesis de grado que estaba terminando María José, actividad que realizarían desde el miércoles siguiente en la tarde en una quinta que unos parientes de la joven poseían en las Isletas de Granada.
Por más que intentaba apartar de su mente el episodio amoroso que había vivido con Adriana en Jiloá, las imágenes de esa noche volvían repetidamente con una nitidez y una frecuencia que empezaba a resultarle dolorosa. Una y otra vez regresaba el recuerdo de las indignadas palabras de Adriana cuando se atrevió a contarle la verdad sobre su matrimonio y el pesar de esa pérdida era apenas mitigado por la felicidad de saber que Elizabeth estaba embarazada y al parecer, según el ginecólogo, el embarazo transcurría normalmente.
Para la salud de su relación con Liz había resultado muy positiva la franqueza con que ambos se habían contado sus respectivos encuentros: ella con el cubano, a quien Braulio tuvo la oportunidad de conocer en New York durante el fin de semana siguiente a la revelación de su esposa; y él con Adriana con quien se había visto en múltiples oportunidades durante las cuales ambos habían hecho esfuerzos para que su relación se transformase en una verdadera amistad.
La confusión inicial de Braulio, posterior a su noche de amor con Adriana, había dado paso a una certeza: amaba a las dos mujeres pero al no poder tenerlas a ambas, había optado por su esposa. Cada vez que pensaba en ello, entendía mejor la filosofía de Nando sobre el amor pero se decía a si mismo que él era incapaz de manejar dos relaciones serias en forma simultánea como lo hacía su cuñado. En realidad, el embarazo de Liz había caído como un salvavidas en su matrimonio y de no haberse presentado era muy probable que él se hubiese decidido a reconquistar a Adriana y Liz tendría como pareja a Reinaldo. A veces se le ocurría que entre Liz y Reinaldo había tantas afinidades como las que había entre Adriana y él y pensaba que a pesar de que la indignación inicial de Adriana había cedido bastante, ésta seguía amándolo pues siempre se las arreglaba para evitar quedarse a solas con él como temiendo que la pasión volviese para envolverlos.

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Managua, domingo 13 de agosto de 1978

Al atardecer Maribel y Max, que conducía a toda velocidad la motocicleta, regresaban a Jiloá desde el centro clandestino de entrenamiento que utilizaban los terceristas en Tipitapa. Allí, habían permanecido toda la semana en prácticas de tiro e instrucción básica sobre el manejo de explosivos. La excitación que le había producido a la joven la asignación de “Kasandra” como su nombre clave, se magnificó ante la inminencia de una aventura que había soñado por mucho tiempo: ella, bajo el mando de Vigorón, junto con Max, Bernardo, y otros seis guerrilleros, a quienes conoció en el centro de entrenamiento, efectuarían una acción de “recuperación económica”. ¡Por fin tendría la oportunidad de participar junto a Max en un operativo de verdad!

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