Expedición Boreal

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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En tiempos muy lejanos, tan lejanos que su recuerdo se perdió en la memoria de los pueblos, había un reino casi blanco con sus montañas cubiertas de nieve y sus praderas tapizadas de hielo. Sus habitantes eran animales blancos, de todas las especies, que vivían en completa armonía al servicio de su soberana, la reina Yulda, elegante mamut de piel afelpada, finísimos colmillos de marfil, serenos ojos azules, noble corazón y gran sabiduría.

Desde que el esposo de la reina, Lugo el explorador, había partido a otras tierras en busca de aventuras, la reina Yulda vivía en el iglú real con sus dos hijos: Nivor, el mayor, inteligente, aventurero como su padre, juguetón, bromista y muy travieso; y Albor, el pequeño, que secundaba con entusiasmo cuanta pilatuna o travesura su hermano emprendía.

Las picardías de los principitos eran un verdadero dolor de cabeza para la marquesa Yaya, tierna y complaciente osa polar, encargada de educar a los dos pilluelos, cuyas trastadas procuraba ocultar a los ojos de la reina para no distraerla de sus importantes funciones de gobierno. Los hijos de Yayita, como todos llamaban cariñosamente a la marquesa, eran los mejores amiguitos de los reales pilluelos, y la pobre osa sufría cuando sus pequeños, Otiz y Gotiz, se involucraban en las travesuras promovidas por los inquietos trompuditos.

Las principales funciones de la corte estaban asignadas a los miembros más distinguidos de la nobleza y los cargos se heredaban de padres a hijos. Así, por ejemplo, la canciller y consejera real era la duquesa Yira, pecosa y esbelta jirafa, de gran habilidad diplomática, y notable sensatez. Yira, en virtud de su elevado rango y su amistad con la reina, había sido escogida, seis años antes, como madrina del príncipe Nivor; a su vez, la reina Yulda acababa de aceptar la petición de ser la madrina del primogénito de Yira, de manera que éste ocuparía el cargo de la duquesa cuando Nivor fuese coronado como rey.

En este apacible y níveo país era tradición bautizar a todos los bebés del reino nacidos durante el año, en una solemne ceremonia seguida por una semana completa de alegres y variados festejos. El comienzo se hacía coincidir con la última aurora boreal del invierno que con su policromía de efectos luminosos realzaba la celebración con un toque de mágica hermosura.

La fecha y la hora exacta eran determinadas con base en complicados cálculos que efectuaba, en un ábaco de cristal, Mara la lechuza, astróloga real y mensajera de la corte. Para ella, esta ocasión era muy especial: bautizaba a sus mellizos y no cabía en sí de orgullo, pues Gardiel, el maestro de los magos blancos, se haría presente para apadrinar a sus criaturas. Como es bien sabido, los mejores aliados de los magos blancos son los animales blancos; y entre ellos, las lechuzas son sus discípulas predilectas en cuestiones de astrología y numerología.

Todos en la corte trabajaron febrilmente en los preparativos del esperado evento: Mara voló de un extremo a otro del reino repartiendo invitaciones, con muy breves visitas al nido para atender a sus pequeños; Lera, la leona, sus seis cachorros y todos los felinos de la Guardia de Honor, se encargaron de armar las tribunas, tallar las graderías en bloques de hielo, organizar las mesas y acomodar las sillas para el banquete; y Dago, el perro lobo jefe de cocheros, tuvo a su cargo el alistamiento de los trineos para transportar, hasta el lugar de la ceremonia, a los bebés que aún no caminaban.

La víspera del día señalado, la reina Yulda y el conde Rigo, parsimonioso pingüino de edad madura que ocupaba los cargos de chambelán y jefe de protocolo, se encaminaron a la Plaza de los Ritos, con el propósito de inspeccionar el área de festejos y ultimar detalles. El lugar era un pequeño valle rectangular, enmarcado por tres colinas acolchadas en nieve y una enorme pirámide de mármol esculpida sobre una meseta de hielo, a los pies de la cual, a ras del suelo, había una cueva cuyo interior nadie conocía, pues su acceso estaba prohibido. La tribuna se había levantado de espaldas a la colina oriental, dando frente a la pirámide y a la cueva. En verdad, la Plaza estaba impecable; su majestad felicitó a Rigo por su eficiente labor y destacó la activa participación de todos los pingüinos de su equipo: Roel, mayordomo del iglú real, Rita, ama de llaves, y los ocho pingüinos del grupo de pajes y camareros. Todo estaba a punto.

El firmamento se iluminó con los danzantes rayos de la aurora boreal. Las trompetas de los heraldos anunciaron la llegada de la reina Yulda que avanzaba, con pisadas majestuosas, hacia la tribuna principal, seguida por los dignatarios de la corte, para recibir la aclamación de su pueblo. Con un gracioso movimiento de la trompa, la soberana impuso silencio a la multitud…

Repentinamente un resplandor de tonos violáceos brilló en la entrada de la cueva por donde emergió la imponente figura del mago Gardiel caminando con paso firme hacia el centro de la tribuna. En presencia de la reina, el mago hizo una venia y pasó a ocupar su puesto como invitado de honor.

Hacia el final del ultimo día, poco antes de la clausura, los pequeños retozaban alegremente en la plaza; los mayores reunidos en pequeños grupos charlaban amigablemente; el mago Gardiel enseñaba algunos trucos a Mara mientras paseaban sin afanes sobre el blanco tapiz de nieve; la reina Yulda recibía el reporte de Rigo su fiel chambelán, y tomaba notas para el discurso de cierre; Yayita, agotada por el ajetreo despuntaba una siesta y Nivor, aprovechando que su nana dormía, propuso a los dos oseznos y a su hermano un plan que Otiz y Gotiz, a diferencia de Albor, no se atrevieron a secundar. Minutos después, los dos principitos se escabulleron por detrás de las graderías.

El torpe disimulo de los dos picarones avanzando hacia la pirámide, fue suficiente para alertar a Lali, joven leona de la guardia real que, intuyendo el peligro, tomó a su propio bebé entre los colmillos y se fue tras los príncipes, no sin antes hacer una seña a Toti, tigresa y escolta de la reina, que se apresuró a seguirla, acompañada por sus cuatro cachorros…Todo sucedió en un instante ante la mirada estupefacta de los felinos que no alcanzaron a llegar a tiempo y rugieron impotentes, desde el umbral de la cueva, al ver como el resplandor violáceo absorbió a los dos pequeños intrusos y se apagó dejando la misteriosa gruta sumida en una insondable oscuridad.

Tras un momento de vacilación, los aterrados felinos optaron por correr en busca de la reina para informarle lo sucedido; sin embargo, a mitad de camino se toparon con el mago Gardiel y la lechuza, a quienes contaron lo ocurrido a los inquietos pilluelos. El mago las escuchó con el ceño fruncido hasta que terminaron el atropellado relato; entonces, sin modular palabra, extrajo un brillante cuarzo del bolsillo interior de su capa, lo observó al trasluz por unos instantes, susurró unas palabras al oído de Mara, tranquilizó a los felinos con un ademán, esbozó una sonrisa, dio media vuelta y se encaminó hacía la carpa de la reina, para explicarle la situación y proponerle el plan que había urdido.

Por su parte Mara, siguiendo instrucciones de su maestro, regresó al nido para recoger a los mellizos, y juntos emprendieron vuelo hacia la cueva, se adentraron en ella y desaparecieron por entre el resplandor violeta.

La serena intervención de Gardiel y la sencillez de su plan, apaciguaron el impacto de la noticia en el ánimo de la reina quien, sobreponiéndose al dolor, puso de inmediato en movimiento a toda su corte para organizar una expedición hacia el futuro con el propósito de encontrar a los pequeños y traerlos de vuelta al reino. Según las explicaciones del mago, la insensatez de Nivor y su hermano los había transportado 20.000 años en el tiempo desde el umbral de la cueva hasta Bogotá, una ciudad situada en una zona en la que nunca caía la nieve.

Los expedicionarios se transportarían al futuro ingresando por la cueva. Al llegar a Bogotá, Mara estaría esperándolos para conducirlos al Centro Comercial Andino, el lugar que el mago había considerado apropiado para el encuentro con Nivor y su hermano, toda vez que el edificio con sus cuatro niveles ofrecía un espacio similar al del iglú real. La razón por la cual deberían viajar todos los animales de la corte en la singular travesía era simple: entre todos tendrían que apresurarse para construir, en el interior del centro comercial, un iglú del cual debería salir un tobogán que los transportaría de vuelta al reino y a su época, pues en este lugar y en esa época los portales dimensionales como la cueva prohibida, no existían.

Lo primero que hizo Mara al llegar a su destino fue volar al polo norte para entrevistarse con Papá Noel quien, según le había indicado Gardiel, le colaboraría para dar el mejor recibimiento posible a la reina y a su comitiva.

Para esas fechas, Papá Noel se encontraba muy atareado con los preparativos navideños, una festividad que, según le explicó a la lechuza, era similar en importancia a la que los animales del reino blanco celebraban en la última aurora boreal del invierno. En consecuencia, extendería una invitación a la reina y a su comitiva para que se uniesen al festejo. Además, ofreció reunir una orquesta de animales blancos para que diesen la bienvenida al cortejo y amenizaran su estadía en el Centro Comercial Andino; coordinó con los encargados del clima para que al menos, durante esos días, cayesen nieve y granizo en Bogotá; y por último, para estar a tono con sus invitados, ordenó para sí mismo la confección de un traje blanco…

Blanco, blancuzco, blanquecino, con estas palabras, la historia termino.

NOTA DEL AUTOR: Este cuento está inspirado en el concepto “Navidad Blanca”, desarrollado por el Centro Comercial Andino de Bogotá, en diciembre de 2007. Fue publicado por el CCA y obtuvo un premio de la Cámara de Comercio de Bogotá, como parte del citado concepto.

La Virgen de Arcilla

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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La luz de la luna parpadeaba, de tanto en tanto, por entre las nubes que plácidamente se movían al soplo del vientecillo veranero, y se filtraba por el ventanal iluminando el viejo rostro sereno de hermosos rasgos, que las arrugas y la nívea cabellera destacaban, dándole un aire majestuoso e imponente, pero dulce y tierno, a Mamá María, que se balanceaba apaciblemente en su antigua mecedora de mimbre.

A sus pies, se agrupaban doce de sus nietos y María Valentina, su bisnieta, hija menor de la hija menor de la menor de sus nietas. Los chiquillos esperaban ansiosos e inquietos que la abuela bebiera su tazón de chocolate e iniciara otra de sus fascinantes historias…
—Hace más de trescientos años –comenzó diciendo la Mamá María, con un tono de voz evocador que transportaba las mentes de los niños al lugar siempre maravilloso de sus relatos – por allá en el año de mil seiscientos y pico, vivía una hermosa princesa quimbaya en tierras de lo que hoy es el departamento del Quindío, que para esa época se había convertido en encomienda del nuevo reino de Granada. Las encomiendas –explicó la abuela, anticipando la pregunta de los niños – eran unos territorios que el Rey de España entregaba a los conquistadores como premio por sus hazañas, con la misión de convertir al cristianismo a los indígenas que desde siempre habían vivido en esos hermosos parajes.

La anciana tomó un respiro, sonrió complacida por el brillo de emoción e interés que veía en los ojos infantiles y prosiguió:
—Nuestra princesita, que fue bautizada María de los Ángeles a la edad de diez y siete años, era tan bella, tan vivaz, tan dulce, tan inteligente y se volvió tan piadosa que todos en la encomienda, indígenas y españoles, la querían y la respetaban. El mismo día en que la conoció don Pedro José Arias y Fernández, el encomendero, quedó prendado de su hermosura y la amó intensamente. María de los Ángeles no fue esquiva a los requiebros de su hidalgo pretendiente y al poco tiempo se casaron por el rito de la iglesia, tuvieron muchos hijos y una sola hija, María de Lourdes, que les dio una nieta que fue la abuela de la tatarabuela de la tatarabuela de mi bisnieta.

La Mamá María hizo una pausa, se volvió hacía la primorosa mesita, en cuyo centro como en un altar, sobre una base de madera y alumbrada por una vela de color rosa, había una efigie con el rostro de la Virgen María enmarcado por un manto. La tomó con devoción en sus manos y continuó el relato:
—Esta Virgen la moldeó en arcilla con sus hábiles manos María de los Ángeles y un domingo de mayo la hizo bendecir por Fray Benito, que en nombre de Dios la llamó protectora de todas las madres. La muerte de don Pedro José y de cuatro de sus hijos, como consecuencia de una peste que casi acaba con todos los habitantes de la encomienda, sumió en un profundo dolor a María de los Ángeles, quien después de enterrar al último de sus hijos, se encerró en su habitación a pedirle a la Virgen que le aliviara su terrible pena.

La Mamá María se detuvo en la narración y mirando a María Valentina con infinita ternura le dijo:
—Esta Virgen te pertenece, pues la heredarás de tu madre y algún día deberás heredarla a la menor de tus hijas. Por eso quiero que pongas mucha atención a esta parte de la historia para que puedas seguir la tradición familiar… Cuentan los abuelos que durante su encierro, la Virgen se apareció en sueños a María de los Ángeles y le transmitió un mensaje muy hermoso. Al día siguiente, al despertar, la viuda se sintió reconfortada y la alegría volvió a su vida. Cuentan también que escribió en un pergamino el mensaje de la Virgen, lo enrolló y lo guardó en una urna de arcilla convertida, desde ese entonces, en base de la imagen. La reliquia se traspasó de madres a hijas y permaneció intacta hasta principios del siglo pasado, cuando un terremoto destruyó la casa en que vivía mi bisabuela, quien perdió en el desastre todos sus bienes; al remover los escombros encontraron la Virgen de arcilla en perfecto estado, la base rota y el rollo en el cual se podía leer con claridad:

“¡ESTO TAMBIÉN PASARÁ! NO TEMÁIS, LA MADRE DE DIOS VELARÁ SIEMPRE POR VOS QUE TAMBIÉN SOIS MADRE… TENED FE, VENCED EL DOLOR, ANIMAOS, LLENAOS DE AMOR Y SIMPLEMENTE… ¡VOLVED A EMPEZAR!”

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo - CUATRO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO CUATRO
LA MONTAÑA EMBRUJADA

Esa misma noche, mientras doña Priscila dormía, El grupo Binaroti viajó, a horcajadas sobre el cuello de dos cóndores, hasta la morada andina de la princesa para reunirse con el conde Roy y desarrollar un plan de acción tendiente a enfrentar la amenaza que representaba el nuevo propietario con su intención de talar el bosque. Tras explicar la situación al conde, éste creyó conveniente convocar a Macaturi, el gran chamán, para que ayudase a aportar ideas. Tras un buen rato evaluando opciones, el chamán dijo tener la solución pero pidió siete semanas ― aproximadamente cuarenta y ocho horas, dos días, en tiempo de la tercera dimensión ―, para preparar una sustancia que al ser rociada sobre los troncos de los árboles le daría una capa protectora a la corteza, tornándola más fuerte que el acero. Con esa sustancia, los árboles se volverían totalmente invulnerables a las sierras, que se atrofiarían al intentar cortarlos. El chamán calculó que en una sola noche ― de tiempo terrestre ― con un escuadrón de cincuenta mafuchinos cubrirían todo el sector y quedarían inmunes todos los árboles del Bosque, pero necesitaba el tiempo solicitado para preparar cantidades suficientes del compuesto; sin embargo, podía proporcionarles, para llevar inmediatamente, una pequeña cantidad suficiente para rociar unos cincuenta o sesenta árboles. Finalmente, la propuesta del chamán fue acogida y el grupo Binaroti regresó a la mansión al amanecer, cuando ya el chamán llevaba tres días de tiempo mafuchino preparando la mágica sustancia en enormes recipientes.

***

En su escondite de la mansarda, los cuatro amigos y las ardillas prepararon un plan de acciones de sabotaje contra la empresa de Vergara con el propósito de retrasar el inicio de la tala y ganar tiempo para que Macaturi terminase de preparar la cantidad requerida de la sustancia que volvería impenetrables los troncos de los árboles y salvaría el bosque de su destrucción.

Decidieron que lo más seguro era que se dividiesen en dos grupos y que todo el tiempo actuaran bajo la protección de la invisibilidad. El primer grupo, integrado por Robi, Macacafú y Chirulito, se desplazaría a las instalaciones de la empresa en el aserradero con la misión de causar el mayor caos posible a fin de atrasar la salida de las dos cuadrillas de taladores. El segundo grupo, compuesto por Natalia, Fuchirulí y Chirulita la ardilla pelirroja, esperaría a que llegaran los equipos de taladores y se definiera por donde empezarían el corte, para rociar los árboles más cercanos con la poca cantidad de la mágica sustancia que les había dado el chamán.

Temprano en la mañana, el grupo de Robi, espero que Epaminondas y su gente estuviese dentro de las instalaciones del aserrío para comenzar a actuar. Mientras en el interior de un galpón de madera con techo de zinc, los hombres revisaban las motosierras, alistaban los materiales y ponían a punto el vehículo que los trasladaría al bosque, Robi y Macacafú , desde afuera, valiéndose de una palanca, echaron a rodar sobre la puerta del galpón una inmensa pila de gruesos troncos rollizos que trancaron por fuera el acceso al recinto, obligando a los enfurecidos hombres a salir por la ventana para tratar de mover a mano, los inmensos troncos que bloqueaban la entrada ― el vehículo para halarlos con cadenas y cables había quedado encerrado ―. Cuando Epaminondas y su gente salió por la ventana, nuestros invisibles amiguitos se colaron al interior por el mismo sitio y se dedicaron concienzudamente a echar azúcar en el tanque del camión y en los de las motosierras, en ejercicio de una de las clásicas acciones de sabotaje para inmovilizar motores de combustión.

Culminando la tarde, con diez horas de atraso ― tiempo valiosísimo para nuestros amigos ―, el empresario logró retirar el obstáculo que trancaba la puerta del galpón y decidió dejar para el día siguiente la tarea de comenzar a cortar los árboles. Estaba claro que el grupo Binaroti debería continuar sus labores de sabotaje y hostigamiento, por lo menos hasta las seis de la tarde del día siguiente, a fin de dar tiempo a Macaturi de terminar la preparación de la sustancia mágica, para que los cincuenta enanitos la rociaran en el transcurso de la noche.


***

A la mañana siguiente, Epaminondas Vergara madrugó para organizar las dos cuadrillas de taladores y emprender la marcha rumbo al bosque. Por su parte, Robi, Macacafú y Chirulito madrugaron un poco más y cuando el grupo de taladores se embarcó en el camión, los tres amigos, invisibles, se subieron en los estribos pues no querían perderse el momento en que los pistones del motor se trabasen por causa de la melcochuda y pegajosa argamasa en que se había convertido la gasolina caliente mezclada con el azúcar… A mitad de camino el motor del vehículo tosió, la maquina dio tres trompicones y se detuvo con el motor completamente arruinado; entonces, Epaminondas enardecido y vociferante se bajó para constatar que su camión había sido objeto de un sabotaje; como no era muy querido por sus subalternos y él lo sabía, no dudó en atribuir la acción a un empleado que había despedido injustamente una semana antes.

Media hora tardó el energúmeno en calmar su ira, mientras pateaba y daba inútiles puños contra la carrocería. Felices por el éxito, nuestros amiguitos siguieron a pié hasta el bosque para unirse al equipo de Natalia y apoyarlo en la siguiente fase de su plan, previsto para cuando finalmente pudiesen llegar al bosque Epaminondas y su gente. Mientras caminaban por el casi nunca transitado camino hasta la mansión, Macacafú y Robi se dedicaron a desperdigar clavos que pudiesen ponchar las llantas del nuevo camión alquilado. Como habían escuchado las instrucciones de Vergara para la tala, sabían el lugar exacto por donde comenzaría el corte: la esquina nororiental del bosque diagonal a la mansión. Por ello, una hora después, al unirse a sus compañeritos, los cuatro comenzaron a rociar los primeros troncos de ese sector con la poca sustancia mágica que les había dado el chamán.

Regresar a pié hasta el pueblo, conseguir una grúa para trasladar el camión, almorzar, alquilar un vehículo en la cooperativa de transporte del pueblo, desponchar el vehículo dos veces y llegar al bosque, les tomó a Epaminondas y a su gente hasta las tres de la tarde. Faltaban tres horas para que cayese la noche y comenzara el rociado nocturno por parte de los cincuenta enanitos enviados por el conde Roy con la sustancia mágica.

El grupo Binaroti esperó en el lugar escogido para iniciar la tala en donde previamente habían rociado cerca de treinta árboles que resultarían completamente resistentes a las motosierras; pero el personal de Epaminondas ni siquiera pudo probarlas pues, tras veinticuatro horas de estar obrando el azúcar en la gasolina, los motores se atascaron y las máquinas quedaron atoradas provocando la ira incontenible del empresario y las carcajadas, reprimidas, de los invisibles saboteadores. Derrotados los cortadores no tuvieron más remedio que regresar al pueblo con “el rabo entre las piernas“, y la idea de volver a la mañana siguiente equipados con motosierras de batería que no requerían gasolina.

Al caer la noche llegaron el mismísimo conde Roy, el chamán Macaturi y los cincuenta enanitos, provistos cada uno de un pote con la sustancia mágica y un hisopo para rociar los troncos de los árboles. Cuando amaneció y las hojas se cubrieron de rocío, el equipo Binaroti y los enanitos habían concluido la tarea y esperaban, invisibles, la llegada de Vergara y su gente.

Las nuevas motosierras de batería, con su amenazador zumbido rompieron el silencio sagrado del bosque, pero su aterrador sonido sólo duró un breve instante: las cadenas se rompieron y los motores se pararon cuando las maquinas intentaron cortar la corteza impenetrable de los robles. Inicialmente se oyeron las imprecaciones y blasfemias de los taladores, pero rápidamente fueron acalladas por las risas y las burlas en coro de los casi sesenta invisibles enanos, que en segundos lograron transformar la furia de los hombres en un pánico incontrolable que los hizo huir despavoridos, al tiempo que gritaban:
― Sálvese quien pueda.
― Larguémonos de aquí.
― Esta maldita montaña está embrujada.

Cuando la calma volvió al bosque, las ramas del aliso se estremecieron con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

FIN

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo TRES, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO TRES
LA CATÁSTROFE

Durante la marcha de regreso, los más contentos eran Macacafú y Fuchirulí; a ambos los entusiasmaba la posibilidad de volver a ver a Tomasina, la cocinera de la mansión, a quién habían conocido desde que era una niña. Tomasa, su madre, según contó Macacafú, era amiga de la infancia del viejo Rubén y en sus primeros encuentros con los enanitos del bosque, habían jugado juntos. Años después, cuando Tomasina su única hija, cumplió siete años, los mafuchinos celebraron su cumpleaños, tal como habían hecho con Robi. Cuando creció, Tomasina se convirtió en la cocinera de la mansión y cada vez que los visitaba, al pie del aliso, les llevaba deliciosas viandas. Desde la muerte del abuelo, no habían vuelto a verla. Tomasa, la madre de Tomasina, había trascendido meses antes que el viejo Rubén y su espíritu se había convertido en un frondoso sauce a pocos metros del aliso que habitaba el espíritu del abuelo.

Natalia y Robi opinaron que la mansarda era el mejor escondite para los mafuchinos y las ardillas; además, de su alimentación se encargaría Tomasina ― hasta entonces ellos desconocían su relación con los enanitos ―, quién seguramente, suponían, estaría muy contenta de servir a sus amiguitos y de ser aliada del grupo Binaroti.

Durante el resto del recorrido, las ardillas aprovecharon para darles una erudita explicación sobre el ciclo del agua y mostrarles una gran variedad de árboles nativos del continente americano ― Robles, alisos, sauces llorones, entre otros ―, que crecían en las laderas de la cordillera y poseían excelentes propiedades como proveedores de agua para la tierra, a diferencia de otras especies de origen europeo, como los pinos y los eucaliptos ― creados por la sabia naturaleza para países con estaciones en donde absorben agua de la nieve ―; pues estos, en vez de aportar agua a la capa vegetal, extraen de la tierra más agua de la que aportan. Según ellas, era un gravísimo error reforestar con esas especies en países ecuatoriales.

Finalmente llegaron al aliso, las llamas se despidieron muy afectuosas y los Binaroti ― haciendo uso, por primera vez, del recién adquirido don de la invisibilidad ―, ingresaron, con las primeras luces del amanecer, al que sería su centro de operaciones: la mansarda. Había transcurrido una semana en la tierra de los enanitos del bosque y siete horas en la tercera dimensión.

Tan pronto estuvieron instalados en los aposentos de la mansarda, se desató un violento aguacero, que no amainó en muchas horas y dio paso a una lluvia permanente que no se detuvo, salvo pequeños intervalos, en quince días. Las consecuencias de éste diluvio no se hicieron esperar: el Río Frío se desbordó inundando grandes extensiones de tierras cultivadas en el valle; centenares de familias quedaron sin hogar y hubo enormes pérdidas económicas; sin embargo, lo verdaderamente catastrófico fue el deslizamiento de uno de los cerros orientales que rodeaban el pueblo situado a unos ocho kilómetros de la mansión: Cientos de toneladas de lodo cubrieron más de trescientas casas campesinas en una avalancha cuya cifra exacta de personas sepultadas nunca podrá establecerse.

Para Natalia, la avalancha nunca hubiese sucedido si La compañía Vergara S. A. no hubiese tenido permisos de explotación maderera, en las laderas de la montaña. Epaminondas Vergara, su propietario, era un ambicioso personaje oriundo del pueblo, en donde ejercía un indudable poder económico y político. Gracias a su poder e influencia, en los últimos años se había dedicado a obtener de las autoridades, a cambio de mordidas y prebendas, autorización para explotar grandes latifundios en dos frentes: tala indiscriminada de bosques ― que nunca reforestaba ―, para comercializar las maderas preciosas; y, minería a cielo abierto para extraer gravilla y venderla por volquetadas.

***

Un buen día Robi y Natalia se llevaron una gran sorpresa: Doña Priscila, la madre del niño, recibió la visita ― inesperada para ellos ―, de Epaminondas Vergara. Este hecho ― coincidieron todos en el grupo Binaroti ―, no presagiaba nada bueno. Por ello, aprovechando la ventaja que proporciona la invisibilidad, escucharon la conversación, para enterarse, con horror, de que doña Priscila terminaría aceptando una jugosa propuesta del inescrupuloso empresario, para comprarle el terreno montañoso al oriente de la mansión; allí donde el abuelo Rubén había sembrado el precioso bosque nativo, que le servía de morada a su espíritu, en el aliso, y al de la vieja Tomasa, en el sauce.

A la semana siguiente, el empresario y Doña Priscila firmaron los documentos en la notaría y las seis hectáreas de bosque pasaron a ser propiedad del empresario. El bosque, estaba situado en la ladera oriental de la cordillera a unos quinientos metros de la mansión, frente a un camino veredal que facilitaría el traslado de los árboles talados al aserrío de Vergara situado en las afueras del pueblo. Después de contarlos, supieron que la amenaza se cernía sobre cuatrocientos ochenta árboles ― cuatrocientos robles, sesenta alisos y veinte sauces llorones ―, que convertidos en valiosa madera engrosarían las abultadas cuentas bancarias del voraz empresario. Esto, sin contar con lo que le reportaría la comercialización de miles de toneladas de gravilla que podrían extraerse de las seis hectáreas, despojadas de su hermosa y necesaria capa vegetal.

El proceso de tala a cargo de dos equipos de corte con motosierras de gasolina y el picado posterior de ramas pequeñas, tomaría unas ocho semanas; el transporte en camiones de los troncos desde el cerro hasta el aserrío tardaría un par de semanas adicionales; a partir de ese momento, se podría empezar a descapotar el terreno para remover con maquinaria pesada la capa vegetal y comenzar la explotación de la gravilla en gran escala. Una tragedia inminente…

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo DOS, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO DOS
EL GRUPO BINAROTI

Al día siguiente, temprano en la mañana, la princesa hizo acudir a su despacho a Robi, a Natalia, a Macacafú, a Fuchirulí y a las dos ardillas. Al lado izquierdo del trono, estaba sentado Roy, el ministro de cultura y protección del medio ambiente. Según les habían contado Macacafú y Fuchirulí, durante su recorrido de la tarde anterior, Roy era el prometido de la princesa y al año siguiente, contraerían matrimonio. Estaba previsto que muy pronto el Rey Macacafú I y su esposa la Reina Ostrá ― quienes dirigían el reino Ma-Fu desde su palacio situado a la altura de la antigua tierra de los aztecas, y los toltecas, en su condición de primeros mestizos mafuchinos y padres de la princesa Dialid ―, trascendieran al país de la séptima dimensión, también conocido como el cielo supremo o el séptimo cielo; Entonces, Dialid y Roy, recién casados, asumirían el trono del reino Ma-Fu.

Tan pronto llegaron los convocados, los hizo acomodar frente a ella en torno a una mesa en forma de media luna que emergió del piso, junto con cuatro sillas ― las ardillitas posaban cómodamente instaladas en el hombro izquierdo de sus amiguitos ―, cuando la princesa activó un mecanismo con la cantonera del cetro.

― Natalia, o mejor Nati ― comenzó sin más preámbulos la princesa ―, me gusta el diminutivo de tu nombre y a partir de ahora lo usaré siempre para llamarte o referirme a ti ―. Su majestad hizo una pausa, tomó la punta de su trenza izquierda en actitud reflexiva, sonrió con cierta picardía y continuó dirigiéndose a todos:
― Si os dais cuenta, las ocho letras de vuestros nombres, cuatro de Nati y cuatro de Robi, nos permiten construir un anagrama: BINAROTI. El nombre del gran Binaroti, mi abuelo europeo, esposo de Ostrá, mi abuela indígena; patriarca de los Mafuchinos quien, apoyado por su esposa Irinia ― hija menor del gran cacique Quemuenchatocha ― dirigió el devenir de nuestra raza desde comienzos del Siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. Estos primeros monarcas, al trascender al séptimo cielo, heredaron el trono a su hijo Macacafú I, mi padre. Éste a su vez, contrajo matrimonio con Ostrá, hija menor del gran Petrochi, el gnomo europeo, compañero de mi abuelo en la aventura de las carabelas, esposo de mi abuelita Odilia, la hija mayor del gran cacique Nemequene.
― Anoche, en sueños ― continuó la princesa, tras una breve pausa y con el tono que se da a las cosas trascendentes ―, el gran Binaroti me indico que había llegado el momento de intervenir en la tercera dimensión, pues los humanos, en forma absurda, motivados en la ambición por el poder y el dinero, estaban destruyendo su propio planeta, contaminando el aire, el mar y los ríos; talando indiscriminadamente los árboles, sin reponer lo cortado y, en consecuencia, acabando con ese recurso vital que es el agua; en síntesis, alterando peligrosamente el equilibrio que debe existir en la naturaleza.
Su majestad recorrió la mirada sobre los presentes y dirigiéndose al conde Roy, le pidió:
― Querido Roy, os encargo de apoyar a estos jóvenes y a las dos ardillas a quienes conoceremos como el grupo BINAROTI, encargado de operaciones especiales de protección de la naturaleza en la tercera dimensión. Macacafú y Fuchirulí, ingresaran con ellos a ese mundo portando la pulsera trebolada, para que puedan adquirir el tamaño de Robi y obtener a voluntad la invisibilidad.
― Considero que el liderazgo del grupo debe estar a cargo de Nati, pues su condición de profesional y educadora le da mayores posibilidades de desempeñarse como una activista eficiente en defensa del equilibrio ambiental ― apuntó con muy buen juicio el conde Roy.

― Es más ― agregó la princesa Dialid ―, el próximo año la madre de Robi, según me contó Nati, está dispuesta a que ingrese al colegio como un niño común y corriente, pero conservándola a ella como institutriz de bellas artes, idiomas y música. Esta circunstancia ― terminó diciendo la princesa con mucha lógica ―, favorece la posibilidad de que al grupo Binaroti puedan incorporarse en el futuro algunos compañeritos del colegio al que acuda Robi.
― ¿Alguna pregunta o inquietud ?―

― Háblame de mi abuelo ― pidió Robi con la confianza y la falta de protocolo que caracterizaban la relación con la princesa.

― ¡Ah el viejo Rubén Martínez! ― exclamó la princesa con un dejo de nostalgia y una primorosa sonrisa iluminada por el brillo evocador de su mirada ―. Era un ser muy especial: merecía ser un roble, pero prefirió ser un aliso desde que, al trascender a la cuarta dimensión, se convirtió en guardián del bosque de árboles nativos; el mismo bosque umbrío que él sembró en los cerros que rodean el valle en que queda la casa donde vives con tu madre. La mansión que Rubén heredó de sus ancestros en el hermoso valle a pocos kilómetros de la capital, cerca del pueblito de campesinos del cual el viejo fue alcalde dos veces hace ya muchos años. Él siempre amó la naturaleza; por ello, empezó a preocuparse cuando la capital creció y las fábricas se fueron estableciendo en la zona rural del pueblito, a lado y lado del Río Frío, en torno a los humedales; entonces, estos se fueron secando, se fueron contaminando y empezaron a agotarse pues los taladores y los empresarios, inconscientes y ambiciosos, compraron enormes extensiones de tierra y obtuvieron, fraudulentamente, absurdos permisos de explotación. Ahí comenzó el desastre: la tala indiscriminada y la violación de la capa vegetal para la minería a cielo abierto, con el fin de negociar con la gravilla y la madera. Tu abuelo ― finalizó la princesa ―, fue un hombre maravilloso y un gran amigo de Macacafú y Fuchirulí. Por Esa razón, quise que ellos fuesen vuestros guías en nuestra dimensión y tus compañeros en el grupo Binaroti. Ellos te pueden contar muchas historias de tu abuelito.

Esa tarde, los miembros del recién creado grupo Binaroti pasaron varias horas reunidos con el conde Roy, recibiendo instrucciones y discutiendo sobre cómo podrían intervenir en la tercera dimensión en la forma más efectiva posible.

Al amanecer del día siguiente, tras despedirse de sus anfitriones, Nati, Robi y sus amigos ensillaron las llamas y emprendieron la marcha de regreso, cargados con la responsabilidad de cumplir la importante misión encomendada por su majestad: “contribuir con todos los medios disponibles a mejorar la deteriorada situación ambiental en el mundo habitado de la tercera dimensión“. En ese sentido, les animaban las últimas palabras del conde, “… en todo momento, ustedes podrán contar con el apoyo necesario por parte de los mafuchinos. Vayan en paz y que el espíritu del gran Binaroti los cuide, los guíe y los proteja”.

Todos, especialmente Natalia, eran conscientes de la magnitud de la tarea y de que resultaría imposible intervenir simultáneamente en todos los frentes; por ello, tomaron la determinación de concentrar sus esfuerzos iniciales en la recuperación de las fuentes de agua. En la mente de la joven, con base en la información proporcionada por Roy, comenzaba a fraguar un plan concreto, que seguramente contaría con la bendición del abuelo Rubén y haría sentir muy satisfecho al gran Binaroti.

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo UNO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO UNO
LA MORADA ANDINA DE LA PRINCESA DIALID

Desde el primer encuentro con los enanitos del bosque y por invitación de estos, Robi y Natalia, siguieron visitando el Aliso para encontrarse con dos de sus nuevos amiguitos: Fuchirulí y Macacafú quienes, por disposición de la princesa Dialid, a partir de la segunda visita, se convertirían en sus guías y acompañantes en los recorridos que hiciesen al reino fantástico de la quinta dimensión en que habitaban desde tiempos inmemoriales los amigables y diminutos pigmeos, nativos del milenario continente descubierto por los españoles. Estos pigmeos indígenas, al casarse con algunos gnomos provenientes del norte de Europa ― llegados como polizones en las tres carabelas, de Cristóbal Colón en el siglo XV de la Era Cristiana ―, dieron origen, entre otras, a las castas Fuchifú y Maca, de las cuales descendían Fuchirulí y Macacafú, simpáticos y mestizos personajes conocidos como “los enanitos del bosque”, por algunos pocos seres humanos de corazón puro, buenos sentimientos y amoroso comportamiento que habían ganado el privilegio de verlos.

Aquellos que habían tenido la fortuna de conocerlos y de hablar con ellos, reconocían que llamarlos “enanitos” no era exacto; pues su estatura promedio de veintiuna pulgadas, la perfección de sus facciones, la simetría de sus extremidades y su adecuada proporción con el cuerpo, daría base para llamarlos con alguna propiedad: “liliputienses”; es decir versiones diminutas de seres humanos. Físicamente, lucían fino cabello negro recogido en una trenza sobre la espalda, en el caso de los hombres; y suelto sobre los hombros o en dos trenzas, en el caso de las mujeres; poseían además, ojos oscuros muy expresivos, hermosa piel del color de la canela; dentadura perfectamente alineada y sonrisa perenne. En realidad, tanto los Fuchifú como los Macá, eran dos etnias de la nueva raza mestiza surgida de la unión entre los Gnomos europeos y los pigmeos americanos ― el único rasgo que los diferenciaba entre sí era la nariz: recta y respingada en los Fuchifú, aguileña y ligeramente ancha en los Macá ―; sin embargo, desde que el tatarabuelo, del bisabuelo, del abuelo de Robi ― primer humano que los vio, a mediados del siglo XVI ―, y los llamó los “enanitos del bosque”, así se quedaron y así los llamaremos.

En el último año, Robi y Natalia habían visitado seis veces a los enanitos del bosque y permanecido siete horas en cada ocasión. Lo bueno de estas visitas era que el tiempo en la quinta dimensión era diferente pues esas pocas horas nocturnas de la tercera dimensión ― mientras la madre del niño dormía plácidamente ―, equivalían a una semana completa de aventuras y recorridos por exóticos parajes, viajando a lomo de veloces llamas o resistentes caballos; volando sobre el cuello de poderosas águilas o esbeltos cóndores; o, a veces, navegando sobre el espaldar de ágiles delfines o confortables ballenas. Lo mejor era que los animales hablaban y todos tenían tamaños apropiados para el de los enanitos y los visitantes, quienes antes de cruzar el umbral dimensional, encontraban al pie del aliso un exquisito elixir, servido en copas de oro; esta poción, achicaba la estatura de quien la bebiese y le proporcionaba energía suficiente para vivir sin cansancio cada aventura.

La noche anterior al octavo cumpleaños de Robi, tanto él como Natalia recibieron en sueños ― como había sucedido en ocasiones anteriores ―, instrucciones sobre su próxima visita. Ambos amanecieron excitados y no era para menos: ¡La princesa Dialid en su morada de las más altas montañas de la cordillera, los recibiría para festejar su día y darles un regalo muy especial!

Tras beber el elixir y cruzar el umbral, encontraron a Macacafú y a Fuchirulí. A su lado, se alineaban cuatro llamas lujosamente aperadas con sillas de montar. ― Yo soy Ralita, tu montura ― dijo en un tono de voz muy amable una de las llamas ― y seré la guía de la caravana hasta la cima de la cordillera en donde está el palacio de la princesa Dialid. Sin mas explicaciones Macacafú sugirió que montaran y emprendieran la marcha con un alegre trote mientras todos cantaban una tonada que, en la visita anterior, les había enseñado Ostrá, uno de los músicos reconocido como el mejor juglar de las comunidades de enanitos que vivían en las playas del océano pacífico.

***

La princesa Dialid habitaba en el interior de una gigantesca peña que había sido tallada para conformar una serie de salones, habitaciones y lugares de esparcimiento, conectados entre sí como un intrincado laberinto.
Las instrucciones para esta primera visita de Natalia y Robi a la cumbre de la montaña habían sido muy claras: deberían viajar por tierra, a lomo de llama, para que pudiesen apreciar los detalles de la vegetación que iba cambiando a medida que avanzaban, por un serpenteante camino empedrado con lajas milenarias, acomodadas en un espacio de aproximadamente dos metros de ancho, rodeado con una valla protectora de hermosos y floridos arbustos nativos que le daban colorido y una agradable fragancia al sendero. Además, tan pronto llegaran al pico de la montaña deberían recibir el atuendo apropiado ― pantalón de lona, saco de lana, huipil de hilo bordado de múltiples colores con figuras geométricas y un chullo como cubrecabeza ―; a continuación, deberían ser conducidos hasta el salón de visitantes ilustres en donde serían presentados a la princesa y a los demás miembros de la corte.

La princesa Dialid se encontraba al fondo de la estancia sentada en un trono tallado en madera sobre una base de piedra que la elevaba unos cuantos centímetros sobre el nivel del piso, en el que permanecían de pie los ministros, y los principales dignatarios del reino. Llevaba como atuendo una túnica bordada en hilos de colores que la cubría desde los hombros hasta los pies; en su mano derecha portaba un cetro de oro, símbolo de su autoridad; su cabeza estaba cubierta por un chullo tejido en hilos de oro y plata. Las facciones de su rostro eran hermosas y su mirada reflejaba una exquisita combinación de amor y sabiduría. Cuando Robi y Natalia inclinaron la cabeza para saludar a la soberana, ésta en un gesto desprovisto de todo protocolo descendió del trono, se aproximó a ellos y con sencillez les dio un cordial abrazo de bienvenida y sendos besos en ambas mejillas. A continuación, con la cantonera del cetro oprimió el botón de un mecanismo que se activó para elevar sobre el piso una larga mesa con veinticinco sillas a su alrededor. Acto seguido, ingresaron al salón unos criados portando una primorosa vajilla de plata que dispusieron frente a cada uno de los puestos de la mesa alargada. La princesa invitó con un gesto a los presentes para que tomaran asiento alrededor de la mesa, al tiempo que indicó a Robi y a Natalia que se sentaran a su derecha y a su izquierda respectivamente. Los criados sirvieron vino, su majestad levantó la copa y brindó por la salud y la buena permanencia de los visitantes en su morada real. Recalcó su relación con Rubén, el abuelo de Robi a quien había conocido años antes y cuyo espíritu habitaba en la cuarta dimensión.

La cena fue abundante y exquisita. Todos los alimentos eran de origen vegetal pues los enanitos eran vegetarianos y los cocineros conocían deliciosas recetas que preparaban con maestría para satisfacer los paladares más exigentes. Después de los postres, la princesa hizo una señal y frente a cada uno de los dos invitados colocaron una pequeña caja con un presente. Al momento de abrir las cajas, Robi y Natalia se sorprendieron cuando unas vocecitas precedidas de breves carcajadas, se presentaron:
― Yo soy chirulita, acompañaré a Natalia, durante su permanencia en nuestro reino ―, dijo una simpática ardilla de tupida cola de pelos rojos y blancos.
― Y yo soy Chirulito, hermano mellizo de Chirulita… de ahora en adelante, seré la compañía de Robi; la princesa nos ha encargado de contarles todo lo que se refiere a las especies animales y vegetales en esta dimensión y de enseñarles algunos secretos que los humanos desconocen sobre el vínculo que debe existir entre las diferentes especies animales y vegetales, para preservar la pureza del ambiente que debería ser óptima en la tierra, como lo es en nuestro mundo.
― Desde hoy y con la guía de Fuchirulí y Macacafú tendrán acceso a los pergaminos en que se ha escrito la historia del origen de nuestras castas y a la genealogía desde que nacieron los padres de la princesa hace ya quinientos años ― dijo el conde Roy, Ministro de cultura y protección del medio ambiente ―, un hombre de barba y bigote finamente recortados, que aparentaba los trescientos años de edad de la princesa.

En el reino de Ma-Fú ― nombre de los territorios en que surgieron las castas Macá y Fuchifú y que se extienden sobre los países que van desde el Canadá hasta la Patagonia ―, la edad de los mafuchinos y sus dos castas, se medía en tiempos diferentes; así por ejemplo, un enanito de quinientos años, tenía la apariencia de un humano cincuentón; entonces, Roy y la princesa, con trescientos años de edad, parecían contemporáneos de Natalia que ese año, 2011 de la era cristiana, cumpliría sus primeros treinta años.

Esa tarde, Natalia, Robi y las ardillas ― acomodadas en los respectivos hombros de sus futuros discípulos ―, guiados por Macacafú y Fuchifú, recorrieron todos los rincones de la morada de piedra tallada en que habitaban la princesa y toda su corte. Dos salones llamaron la atención de los visitantes: un enorme museo de cera con muñecos que representaban a los gnomos venidos de Europa y a los pigmeos nativos del continente, ataviados los primeros con trajes de colores vívidos y gorros puntiagudos, en tanto que los segundos lucían tocados de plumas, taparrabos, chullos de lana ,ponchos y huipiles de hilos bordados ; y el salón de “caracterizaciones”: un amplísimo recinto repleto de trajes, uniformes, faldas, capas y vestidos de humanos ― hechos a mano a la medida de los mafuchinos ―, según las modas de los últimos cinco siglos; la colección se completaba con los más variados diseños de pelucas, gorras, sombreros, cascos y cubrecabezas. Según explicó Fuchirulí, los cortesanos eran muy amigos de reconstruir su propia historia mediante representaciones teatrales; además su diversión favorita consistía en representar comedias basadas en la vida y costumbres de los humanos con quienes compartían sus buenos sentimientos pero no entendían muchos de sus absurdos comportamientos originados en sentimientos negativos como el odio, los celos, el egoísmo o la avaricia. De hecho, complementó Macacafú, los miembros del grupo de teatro pasaban semanas enteras infiltrados entre los humanos observando y tomando nota, sin intervenir, sobre las situaciones que surgían, para escribirlas y recrearlas después, en forma caricaturesca, en la temporada anual de teatro. Para ese evento, se montaban las obras que un grupo de teatro itinerante ― del cual formaban parte él y Fuchirulí ―, representaba a lo largo y ancho del continente.
― Ustedes siempre nos han hablado en español ¿en que idioma hablan entre ustedes? ― quiso saber Natalia.
― Los mafuchinos, incluidos los animales, somos políglotas y todos hablamos español o portugués en el sur e inglés o francés al norte del río Grande; pero también practicamos las principales lenguas de nuestros antepasados indígenas-pigmeos como quechua, guaraní, quetchí y cachiquel, entre otros ― intervino con un cierto tono de orgullo Chirulita, la pelirroja ardillita ―.

Al atardecer, después de pasar un largo tiempo en la biblioteca y en la sala de juegos, los invitados fueron conducidos a sus habitaciones, en donde les dieron a cada uno el traje de gala que deberían lucir en la noche para asistir a la fiesta ofrecida por la princesa Dialid, con motivo del octavo cumpleaños de Robi. En el festejo, la mesa del salón principal lucía engalanada con festones de flores de múltiples colores entre los cuales, se destacaban enormes fuentes de porcelana repletas de deliciosos pastelillos, figuritas de mazapán, barras de caramelo, helados y pastillas de chocolate; al lado de varios jarrones de vino, agua cristalina y jugos de frutas. Al costado derecho de la mesa estaban dispuestos el trono de la princesa, los dos sillones para los invitados de honor y cerca de trescientos asientos para los cortesanos; al costado izquierdo había otras tantas sillas para acomodar a los pobladores de las montaña vecinas que habían sido invitados a la celebración.

A la siete de la noche, cuando todos estaban acomodados y solo faltaba el ingreso de la princesa y sus doce ministros, entró al salón una banda de músicos marcando el ritmo a un desfile de cuadrúpedos ― caballos, llamas, perros , novillos, gatos, armadillos y conejos ―, de ambos sexos, organizados por tamaños, en siete bloques de siete filas de ancho por veintitrés columnas de profundidad; El desfile dio la vuelta a la mesa y los ciento sesenta y un (161) animales en forma perfectamente ordenada tomaron asiento hacia el fondo del salón en una gradería.

Detrás de los animales hizo su ingreso un grupo de acróbatas, malabaristas, bailarines y actores que desfilaron en son de danza, para tomar asiento al lado derecho del bloque de animales que conformaba el coro de cuadrúpedos, mientras la banda de músicos se situaba, en primera fila , al frente del coro y los artistas.

A una señal del maestro de ceremonias, La banda de músicos interpretó las primeras notas del himno mafuchino, el coro de animales entonó el “Macacafú fuchi fú… fuchilurí macá…” y el resto de los presentes cantó a todo pulmón “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”, mientras la princesa hacia una majestuosa entrada al gran salón seguida por sus ministros.

***

― Tal como sucedió hace ochenta años, medidos en el calendario de los humanos, Robi el nieto de Rubén y su amiga Natalia ― anunció la princesa en tono solemne ―, recibirán la investidura como mafuchinos honorarios y los poderes necesarios para regresar a su tierra y adquirir a voluntad nuestro tamaño y el don de la invisibilidad; siempre y cuando esto sea en beneficio de la humanidad y del medio ambiente terrícola de la tercera dimensión.

Acto seguido, un paje se aproximó al trono portando sendas pulseras de macana labrada con un sello en el centro en el cual se había tallado en alto relieve la figura de un trébol de cuatro hojas. La princesa se puso de pié, le pidió a los invitados que se parasen en frente de ella y les colocó en la respectiva muñeca de la mano izquierda las finas prendas que los acreditaban como miembros de honor de la comunidad mafuchina; al tiempo que les decía:
― Colocad el dedo índice de vuestra mano derecha sobre el sello trebolar de vuestros respectivas pulseras, movedlo en círculos hacia la derecha y pronunciad el primer verso de nuestro himno: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…”. Al punto, Robi y Natalia adquirieron su tamaño natural, sus cabezas quedaron casi rozando el techo del salón; asombrados, los asistentes prorrumpieron en un cerrado y estruendoso aplauso acompañado de vítores.― Para deshacer el ejercicio ― explicó su majestad ―, sólo tenéis que mover el dedo en círculos hacia la izquierda y pronunciar el segundo verso: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá…”.

Hecho esto, Robi y Natalia regresaron al tamaño mafuchino; y ésta fue la señal para dar comienzo a la celebración que se prolongaría hasta primeras horas del amanecer.

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas, Prefacio

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PREFACIO

A LA MEMORIA DE LA MONITA

Sobrecogida por la imponencia de la mansión, con sus tres pisos y su mansarda, Natalia se sintió por un instante como Alicia en el País de las Maravillas. Se sobrepuso, alisó los pliegues de su falda y golpeó tres veces el aldabón de la inmensa puerta de caoba…Una amable empleada, vestida con delantal y cofia, la hizo seguir a la sala principal en donde, antes de reparar en el valioso mobiliario y los objetos que la adornaban, se sintió fascinada por el retrato de un anciano, pintado al óleo, y por la intensidad de la mirada en sus ojos grises que parecían vivos. Completamente absorta la sorprendió la voz de una mujer que a sus espaldas dijo: “Es el abuelo… mi suegro… yo lo pinté. Murió el día en que Robi cumplió seis años; y tú, debes ser Natalia; tu hoja de vida es impresionante y algo me dice que podrás volver a mi hijo a la normalidad – sin esperar que Natalia respondiera agregó -: estoy convencida de que la influencia de mi suegro fue nefasta para el niño… El viejo, estaba un tanto chalado y pasaba horas enteras encerrado con mi hijo en su habitación de la mansarda, llenándole la cabeza de fantasías absurdas sobre enanitos del bosque… Desde que el anciano murió, Robi no ha vuelto a hablar, ni a reír, ni a llorar y sólo repite una estúpida cantinela que le enseñó su abuelo. Se comporta como un autista y lo retiraron del jardín; precisamente la directora nos sugirió tu nombre…”.

Tres meses después, la víspera del séptimo cumpleaños de Robi, Natalia tuvo un extraño sueño en el cual el viejo le enseñaba la cantinela y la instruía sobre dónde encontrar un croquis que la guiaría al mundo mágico; al día siguiente, esperó sentada en el sillón del abuelo a que el niño llegase a la mansarda (con anuencia de la señora había utilizado el lugar para sus terapias y como habitación); siguiendo un impulso, cuando Robi se acercó lo tomó por las manos y comenzó a entonar la canción infantil – único lenguaje del niño -; al escucharla, el rostro de Robi se iluminó y éste comenzó a seguirla en coro… Al final, hablando por primera vez, le dijo: “Con esa canción podremos llamar a los enanitos del bosque… El abuelo me iba a enseñar la puerta del mundo mágico el día de mi cumpleaños… Pero no lo hizo, ¿tú puedes? ”. Sin dudarlo, como poseída por una extraña energía, Natalia respondió: “Sí puedo, vamos…”

Al llegar al lugar indicado, según las instrucciones oníricas que Natalia siguió al pie de la letra, el niño se soltó de su mano y corrió a abrazarse a un enorme y frondoso árbol, un aliso, en cuyo curtido tronco y como un holograma, Natalia pudo ver la figura tridimensional y traslúcida del abuelo abrazando a su nieto. Minutos después, la imagen del anciano desapareció, el niño regresó y juntos comenzaron a cantar: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…” Al punto, un hermoso resplandor transformó el bosque umbrío en un maravilloso paraje y en poco tiempo Natalia y el niño se vieron rodeados por doce enanitos sonrientes que comenzaron a bailar en círculo en torno a ellos, mientras cantaban acompañados de diminutos instrumentos el resto de su himno: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”. Terminada la danza aparecieron otros cuatro enanitos portando un inmenso pastel con siete velitas, que Robi apagó emocionado mientras las ramas del aliso se estremecían con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

Historias de Muguib

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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MUGUIB

Hace muchos años en la ciudad tibetana de Shitgatse, vivía Muguib un joven de origen humilde, en compañía de sus padres y cuatro hermanos menores. Al cumplir dieciséis años, sintió un fuerte llamado en su interior que le impulsaba a buscar la senda del crecimiento espiritual, como discípulo de Neguyeb el gran Gurú, que impartía sus enseñanzas en un Monasterio de Lamas situado en inmediaciones de la ciudad sagrada de Lhassa. Una mañana, con la anuencia de su padre y con unas pocas provisiones que le preparó su madre para el viaje, emprendió el camino por las escarpadas montañas; al llegar al convento, se presentó ante el maestro y en tono humilde le pidió que le aceptase como uno de sus discípulos. Neguyeb aceptó su petición y le impartió las siguientes instrucciones:
— Todos los días te levantarás dos horas antes de que raye el alba y entrarás en profunda meditación por espacio de una hora, al término de la cual recibirás una escudilla con arroz y un cuenco con leche de cabra. Después te asearás y te dirigirás al corral que queda pocos metros al norte del templo y allí un hermano te entregará una vara de palma con sus hojas, que deberás colocar entre tus piernas y proceder a deshojar de abajo hacia arriba con movimientos sincrónicos y firmes. Cuando termines con esa vara, recibirás otra y así sucesivamente, hasta el ocaso en que regresarás a tu celda…

La tarea rutinaria se repitió desde entonces todos los días por espacio de diez años. En ese tiempo no recibió ninguna instrucción de Neguyeb, pero esto no impidió que Muguib emprendiese todos los días la tarea con entusiasmo y manteniendo siempre una sonrisa en los labios, mientras su mente concentrada en la tarea, lograba mantenerse casi todo el tiempo completamente en blanco…

Una mañana, llegó a su presencia el maestro y le anunció:
— La primera parte de tu formación ha concluido. Hoy mismo deberás partir hacía el norte y después de recorrer siete leguas, encontrarás una cueva que será tu vivienda durante cinco años, que dedicarás a la vida contemplativa. Sin más palabras abrazó a Muguib, se despidió y se marchó…

A mitad de camino, el joven sintió un estruendo sobre su cabeza producido por una avalancha de rocas que estuvo a punto de aplastarlo. Se salvó, pues instintivamente levantó los brazos acostumbrados al movimiento ascendente que utilizaba para deshojar las palmas, y era tanta y tan fuerte la potencia adquirida con el rutinario ejercicio, que sin ningún esfuerzo pulverizó las rocas.

 

MUGUIB Y EL MAESTRO

Muguib: Vengo a ti con nada en las manos
Neguyeb: Entonces suéltalo enseguida
Muguib: Pero ¿cómo voy a soltarlo si es nada?
Neguyeb: Entonces llévatelo contigo… De tu nada puedes hacer una auténtica posesión y llevar contigo tu renuncia como un trofeo. No abandones tus posesiones abandona tu ego.

 

MUGUIB Y LA DONCELLA

De camino hacía su monasterio, Muguib y Bahandur se encontraron con una hermosísima doncella a la orilla de un río. Al igual que ellos, ella quería cruzar el río, pero la creciente bajaba con exagerada fuerza. Viendo el temor de la joven Muguib se la hecho a la espalda y la pasó a la otra orilla.

Bahandur estaba totalmente escandalizado y por espacio de tres horas estuvo censurando a Muguib por su negligencia en la observancia de la santa norma: ¿Había olvidado que era un monje? ¿Cómo se había atrevido a tocar a una mujer y a transportarla hasta el otro lado del río? ¿Qué diría la gente? ¿Qué diría el Maestro Neguyeb? ¿No había desacreditado la sagrada orden religiosa?…

Muguib escuchó con paciencia el interminable juicio. Finalmente replicó:
― Hermano yo he dejado a aquella mujer en el río. Ahora que estamos a punto de llegar a la cima de la montaña ¿Eres tú quien la lleva a cuestas?

El anciano Li Quán

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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En tiempos de la última dinastía imperial de la China continental y milenaria, en la provincia de Hubei vivía el anciano Li Quán, un hombre trabajador y bondadoso, en compañía de su único hijo de veinte años, que le ayudaba en las faenas agrícolas. Sus únicas propiedades eran la modesta vivienda que compartía con su vástago, y un hermoso y veloz caballo salvaje que su hijo había domado y preparaba para participar en las carreras anuales de verano. El corcel era admirado por los vecinos debido a su fina estampa, y constituía el orgullo del anciano que soñaba con el día en que su hijo ganase la competencia para la cual se estaba preparando.
Un día, mientras el joven intentaba ponerle la silla, el caballo se encabritó, se soltó del ronzal y emprendió un raudo y desenfrenado galope en dirección a las montañas, perdiéndose rápidamente ante la mirada desesperada de su jinete… Como todas las noticias, buenas y malas, el suceso corrió de boca en boca entre los vecinos que acudieron a la vivienda del anciano para lamentarse por su mala suerte y darle algún consuelo. Li Quán respondía al pésame con una enigmática sonrisa al tiempo que se encogía de hombros y en un tono de voz sin matices decía:
—Mala suerte… Buena suerte… ¿quién sabe?

Una semana después, el anciano y su hijo se sorprendieron gratamente con la inesperada llegada del caballo fugitivo, encabezando una formidable manada compuesta por catorce caballos y siete yeguas salvajes… Nuevamente los vecinos acudieron a la vivienda de Li Quán, para congratularlo por su buena suerte; y al igual que la vez anterior, el anciano se limitó a responder:
—Buena suerte… Mala suerte… ¿quién sabe?

Una mañana, mientras el joven intentaba montar uno de los caballos recién llegados, fue arrojado por éste al suelo y se fracturó las dos piernas… Cuando llegaron los vecinos con palabras de aliento ante la mala suerte del joven, el anciano como en ocasiones anteriores sólo dijo:
—Mala suerte… Buena suerte… ¿quién sabe?

Un mes después y mientras el joven permanecía inmovilizado por las tablillas que cubrían sus piernas, llegaron los reclutadores del gobierno, pues la guerra con el Japón había estallado. Obviamente el joven no pudo ser llevado a la guerra… Buena suerte… Mala suerte… ¿quién sabe?

La Doncella y el Unicornio

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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A primera hora de una mañana primaveral y fresca, mientras el rocío acariciaba la vegetación del bosque, Hilda salió de su casa con intención de recoger unas flores silvestres para su madre que ese día celebraba su cumpleaños; entonando una dulce melodía, se fue adentrando en la espesura con el corazón rebosante de alegría y el extraño presentimiento de que iba al encuentro de algo para ella desconocido. Después de recorrer un largo trecho sin rumbo definido, se encontró de repente en un claro del bosque que nunca antes en sus frecuentes paseos matinales había visto. Una extraña luminosidad daba un brillo inusitado al paraje y una paz interior inundó el espíritu de la doncella que se detuvo para sentarse a la sombra de un frondoso árbol, a contemplar extasiada la belleza del paisaje…

El roce de unas hojas, que sintió a sus espaldas, le llevó a experimentar la sensación de que no estaba sola. Lentamente se giró apoyándose en la mano y su mirada quedó prendida en la profunda expresión que se reflejaba en los ojos de un hermoso y grácil unicornio. Emocionada, comprendió que éste era un encuentro inesperado y reservado sólo para las almas buenas. La niña se incorporó para aproximarse a la criatura, que en un lenguaje sin palabras, que entendió desde el principio, le daba la bienvenida a la dimensión que habitan los unicornios, las hadas, los duendes y los gnomos…

Desde entonces, Hilda comenzó a visitar todos los días a su nuevo amigo en el claro del bosque y a nutrir su espíritu con las enseñanzas que en el lenguaje mudo del amor y la ternura le transmitía el unicornio. Aprendió entonces los secretos de la magia y los misterios de la alquimia…

Un día, después de varios encuentros con el unicornio, Hilda llegó al claro del bosque y le pareció sombrío, mustio y desprovisto de la luminosidad que alegraba su espíritu. Su primer presentimiento, se confirmó después de un rato: el unicornio no acudió a la acostumbrada cita, y la niña tuvo la impresión de que la ausencia de su amigo presagiaba algo terrible. En efecto, una horda de bárbaros guerreros había invadido el pequeño reino y en su avance había sembrado desolación y muerte.

Desconsolada por la ausencia de su amigo, regresó a su casa y encontró a su madre y a sus dos hermanas mayores, tristes y abatidas, pues los reclutadores del rey se habían llevado a su único hermano para que formara parte de un ejército improvisado, con el cual pretendían oponer resistencia a los invasores… En los días siguientes, Hilda regresó cada mañana con la esperanza de volver a encontrar al unicornio; pero siempre regresaba frustrada. Un día, se sorprendió, pues en el mismo sitio de su primer encuentro, en vez de su amada criatura, encontró a un monje de aspecto sereno y apacible, que se presentó a sí mismo como miembro de una comunidad, que tenía bajo su cuidado la preservación del cuerno de un unicornio y los escritos del Abate Gambino, fundador de su orden religiosa y hombre de gran sabiduría y bondad que había tenido el privilegio, doscientos años antes, de mantener contacto directo con un unicornio. Entre muchas otras enseñanzas sobre la convivencia de los unicornios con los hombres en una época dorada de la humanidad que se había perdido tres mil años antes, por la ambición desmedida y el mal uso de las energías vitales, el Abate había profetizado la invasión del pequeño reino por parte de una horda de bárbaros extranjeros, y había escrito que la única forma de vencer a este enemigo, era mediante el poder de los unicornios. Para el efecto, era menester que una doncella de grandes virtudes y que mantenía contacto directo con un uno de ellos, que se ausentaría ante la invasión, pues estas criaturas no conviven con la violencia, buscase comunicación mental con el unicornio, sosteniendo en sus manos el auténtico cuerno que preservaban los monjes, pues en ésta forma recibiría el código de un conjuro para salvar el reino. Finalmente, el monje le contó que en sueños, el Abate se le había manifestado para darle las indicaciones de cómo encontrarla.

Sin dudarlo un instante, Hilda decidió acompañar al monje hasta su convento, y allí, al sostener en sus manos el hermoso cuerno engastado en plata, y sentir la potencia de su energía, entró en trance y tuvo la visión de su amigo, el unicornio, que le dio indicaciones precisas para hacer el conjuro.

Al día siguiente, situada en lo alto del torreón del castillo real, a cuyos pies, dispuesta a enfrentar la carga de los jinetes que avanzaban al galope por el valle circundante, se alineaba la exigua tropa de infantería que habían logrado organizar; Hilda pronunció las palabras del conjuro, e inmediatamente cayó sobre el enemigo una densa nube y los jinetes tuvieron la aterrorizante visión de una formación de unicornios, de la casta Karkadam – los más grandes y poderosos, con cuerpo de corcel, que trocaban con facilidad su semblante apacible por una centelleante mirada, cuando se enfrentaban al mal en cualquier forma –, que avanzaban velozmente, con las cabezas bajas y los cuernos en ristre en dirección al agresor, que entró en pánico, y en masa, sin esperar ninguna orden de su jefe, volvió grupas y emprendió una desaforada huida hasta cruzar la frontera…

La paz y la calma volvieron al reino y su majestad quiso premiar a la doncella ofreciéndole tierras y un título nobiliario; pero la joven declinó amablemente el ofrecimiento y prefirió regresar al bosque en donde tenía la certeza de volver a encontrar a su amado unicornio.

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