En tiempos muy lejanos, tan lejanos que su recuerdo se perdió en la memoria de los pueblos, había un reino casi blanco con sus montañas cubiertas de nieve y sus praderas tapizadas de hielo. Sus habitantes eran animales blancos, de todas las especies, que vivían en completa armonía al servicio de su soberana, la reina Yulda, elegante mamut de piel afelpada, finísimos colmillos de marfil, serenos ojos azules, noble corazón y gran sabiduría.
Desde que el esposo de la reina, Lugo el explorador, había partido a otras tierras en busca de aventuras, la reina Yulda vivía en el iglú real con sus dos hijos: Nivor, el mayor, inteligente, aventurero como su padre, juguetón, bromista y muy travieso; y Albor, el pequeño, que secundaba con entusiasmo cuanta pilatuna o travesura su hermano emprendía.
Las picardías de los principitos eran un verdadero dolor de cabeza para la marquesa Yaya, tierna y complaciente osa polar, encargada de educar a los dos pilluelos, cuyas trastadas procuraba ocultar a los ojos de la reina para no distraerla de sus importantes funciones de gobierno. Los hijos de Yayita, como todos llamaban cariñosamente a la marquesa, eran los mejores amiguitos de los reales pilluelos, y la pobre osa sufría cuando sus pequeños, Otiz y Gotiz, se involucraban en las travesuras promovidas por los inquietos trompuditos.
Las principales funciones de la corte estaban asignadas a los miembros más distinguidos de la nobleza y los cargos se heredaban de padres a hijos. Así, por ejemplo, la canciller y consejera real era la duquesa Yira, pecosa y esbelta jirafa, de gran habilidad diplomática, y notable sensatez. Yira, en virtud de su elevado rango y su amistad con la reina, había sido escogida, seis años antes, como madrina del príncipe Nivor; a su vez, la reina Yulda acababa de aceptar la petición de ser la madrina del primogénito de Yira, de manera que éste ocuparía el cargo de la duquesa cuando Nivor fuese coronado como rey.
En este apacible y níveo país era tradición bautizar a todos los bebés del reino nacidos durante el año, en una solemne ceremonia seguida por una semana completa de alegres y variados festejos. El comienzo se hacía coincidir con la última aurora boreal del invierno que con su policromía de efectos luminosos realzaba la celebración con un toque de mágica hermosura.
La fecha y la hora exacta eran determinadas con base en complicados cálculos que efectuaba, en un ábaco de cristal, Mara la lechuza, astróloga real y mensajera de la corte. Para ella, esta ocasión era muy especial: bautizaba a sus mellizos y no cabía en sí de orgullo, pues Gardiel, el maestro de los magos blancos, se haría presente para apadrinar a sus criaturas. Como es bien sabido, los mejores aliados de los magos blancos son los animales blancos; y entre ellos, las lechuzas son sus discípulas predilectas en cuestiones de astrología y numerología.
Todos en la corte trabajaron febrilmente en los preparativos del esperado evento: Mara voló de un extremo a otro del reino repartiendo invitaciones, con muy breves visitas al nido para atender a sus pequeños; Lera, la leona, sus seis cachorros y todos los felinos de la Guardia de Honor, se encargaron de armar las tribunas, tallar las graderías en bloques de hielo, organizar las mesas y acomodar las sillas para el banquete; y Dago, el perro lobo jefe de cocheros, tuvo a su cargo el alistamiento de los trineos para transportar, hasta el lugar de la ceremonia, a los bebés que aún no caminaban.
La víspera del día señalado, la reina Yulda y el conde Rigo, parsimonioso pingüino de edad madura que ocupaba los cargos de chambelán y jefe de protocolo, se encaminaron a la Plaza de los Ritos, con el propósito de inspeccionar el área de festejos y ultimar detalles. El lugar era un pequeño valle rectangular, enmarcado por tres colinas acolchadas en nieve y una enorme pirámide de mármol esculpida sobre una meseta de hielo, a los pies de la cual, a ras del suelo, había una cueva cuyo interior nadie conocía, pues su acceso estaba prohibido. La tribuna se había levantado de espaldas a la colina oriental, dando frente a la pirámide y a la cueva. En verdad, la Plaza estaba impecable; su majestad felicitó a Rigo por su eficiente labor y destacó la activa participación de todos los pingüinos de su equipo: Roel, mayordomo del iglú real, Rita, ama de llaves, y los ocho pingüinos del grupo de pajes y camareros. Todo estaba a punto.
El firmamento se iluminó con los danzantes rayos de la aurora boreal. Las trompetas de los heraldos anunciaron la llegada de la reina Yulda que avanzaba, con pisadas majestuosas, hacia la tribuna principal, seguida por los dignatarios de la corte, para recibir la aclamación de su pueblo. Con un gracioso movimiento de la trompa, la soberana impuso silencio a la multitud…
Repentinamente un resplandor de tonos violáceos brilló en la entrada de la cueva por donde emergió la imponente figura del mago Gardiel caminando con paso firme hacia el centro de la tribuna. En presencia de la reina, el mago hizo una venia y pasó a ocupar su puesto como invitado de honor.
Hacia el final del ultimo día, poco antes de la clausura, los pequeños retozaban alegremente en la plaza; los mayores reunidos en pequeños grupos charlaban amigablemente; el mago Gardiel enseñaba algunos trucos a Mara mientras paseaban sin afanes sobre el blanco tapiz de nieve; la reina Yulda recibía el reporte de Rigo su fiel chambelán, y tomaba notas para el discurso de cierre; Yayita, agotada por el ajetreo despuntaba una siesta y Nivor, aprovechando que su nana dormía, propuso a los dos oseznos y a su hermano un plan que Otiz y Gotiz, a diferencia de Albor, no se atrevieron a secundar. Minutos después, los dos principitos se escabulleron por detrás de las graderías.
El torpe disimulo de los dos picarones avanzando hacia la pirámide, fue suficiente para alertar a Lali, joven leona de la guardia real que, intuyendo el peligro, tomó a su propio bebé entre los colmillos y se fue tras los príncipes, no sin antes hacer una seña a Toti, tigresa y escolta de la reina, que se apresuró a seguirla, acompañada por sus cuatro cachorros…Todo sucedió en un instante ante la mirada estupefacta de los felinos que no alcanzaron a llegar a tiempo y rugieron impotentes, desde el umbral de la cueva, al ver como el resplandor violáceo absorbió a los dos pequeños intrusos y se apagó dejando la misteriosa gruta sumida en una insondable oscuridad.
Tras un momento de vacilación, los aterrados felinos optaron por correr en busca de la reina para informarle lo sucedido; sin embargo, a mitad de camino se toparon con el mago Gardiel y la lechuza, a quienes contaron lo ocurrido a los inquietos pilluelos. El mago las escuchó con el ceño fruncido hasta que terminaron el atropellado relato; entonces, sin modular palabra, extrajo un brillante cuarzo del bolsillo interior de su capa, lo observó al trasluz por unos instantes, susurró unas palabras al oído de Mara, tranquilizó a los felinos con un ademán, esbozó una sonrisa, dio media vuelta y se encaminó hacía la carpa de la reina, para explicarle la situación y proponerle el plan que había urdido.
Por su parte Mara, siguiendo instrucciones de su maestro, regresó al nido para recoger a los mellizos, y juntos emprendieron vuelo hacia la cueva, se adentraron en ella y desaparecieron por entre el resplandor violeta.
La serena intervención de Gardiel y la sencillez de su plan, apaciguaron el impacto de la noticia en el ánimo de la reina quien, sobreponiéndose al dolor, puso de inmediato en movimiento a toda su corte para organizar una expedición hacia el futuro con el propósito de encontrar a los pequeños y traerlos de vuelta al reino. Según las explicaciones del mago, la insensatez de Nivor y su hermano los había transportado 20.000 años en el tiempo desde el umbral de la cueva hasta Bogotá, una ciudad situada en una zona en la que nunca caía la nieve.
Los expedicionarios se transportarían al futuro ingresando por la cueva. Al llegar a Bogotá, Mara estaría esperándolos para conducirlos al Centro Comercial Andino, el lugar que el mago había considerado apropiado para el encuentro con Nivor y su hermano, toda vez que el edificio con sus cuatro niveles ofrecía un espacio similar al del iglú real. La razón por la cual deberían viajar todos los animales de la corte en la singular travesía era simple: entre todos tendrían que apresurarse para construir, en el interior del centro comercial, un iglú del cual debería salir un tobogán que los transportaría de vuelta al reino y a su época, pues en este lugar y en esa época los portales dimensionales como la cueva prohibida, no existían.
Lo primero que hizo Mara al llegar a su destino fue volar al polo norte para entrevistarse con Papá Noel quien, según le había indicado Gardiel, le colaboraría para dar el mejor recibimiento posible a la reina y a su comitiva.
Para esas fechas, Papá Noel se encontraba muy atareado con los preparativos navideños, una festividad que, según le explicó a la lechuza, era similar en importancia a la que los animales del reino blanco celebraban en la última aurora boreal del invierno. En consecuencia, extendería una invitación a la reina y a su comitiva para que se uniesen al festejo. Además, ofreció reunir una orquesta de animales blancos para que diesen la bienvenida al cortejo y amenizaran su estadía en el Centro Comercial Andino; coordinó con los encargados del clima para que al menos, durante esos días, cayesen nieve y granizo en Bogotá; y por último, para estar a tono con sus invitados, ordenó para sí mismo la confección de un traje blanco…
Blanco, blancuzco, blanquecino, con estas palabras, la historia termino.
NOTA DEL AUTOR: Este cuento está inspirado en el concepto “Navidad Blanca”, desarrollado por el Centro Comercial Andino de Bogotá, en diciembre de 2007. Fue publicado por el CCA y obtuvo un premio de la Cámara de Comercio de Bogotá, como parte del citado concepto.






