Binaroti y Petrochi, los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

Por : kapizan
En : A manera de prólogo, Binaroti y Petrochi, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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A MANERA DE PRÓLOGO

Querido amigo lector:

Antes de que empieces este relato sobre las aventuras de Binaroti y Petrochi, es bueno que sepas que en este planeta hay varias dimensiones paralelas que se mueven en el mismo espacio pero en diferentes tiempos y con distintas velocidades. Una de ellas la habitamos nosotros, los humanos, y la compartimos con seres de los reinos animal, vegetal y mineral. Se le conoce como tercera dimensión. Otra, es la llamada quinta dimensión, o mundo mágico, en donde viven los gnomos, los pigmeos, las sirenas, las hadas, los magos, los unicornios y otros bellísimos seres, todos plenos de amor y de sabiduría. Entre ellos viven animales nobles como los caballos, los perros, los gatos, las águilas, las palomas y los búhos que pueden pasar de un mundo al otro para cumplir misiones específicas. Al cruzar el portal para ingresar a la quinta dimensión, los animales que provienen de la tercera, adquieren inmediatamente un tamaño proporcional al de los gnomos; no así los humanos, que deben beber un elíxir especial que les ofrecen los gnomos antes de ingresar, para que puedan disminuir su tamaño. Al regresar unos y otros a la tercera dimensión, recuperan su tamaño original.

En esta dimensión todos los animales y las plantas hablan el lenguaje de los animales y las plantas, pero además dominan el idioma de los gnomos que es igual al de los habitantes humanos del mismo territorio. Así por ejemplo: los gnomos españoles hablan castellano, los italianos hablan italiano, los franceses hablan francés y los ingleses hablan inglés.

Quiero contarte además que la tercera dimensión está protegida por los cuatro elementales de la naturaleza, conocidos como: Salamandras en el elemento fuego; Ondinas en el agua; Silfos en el aire; y Gnomos en la tierra. Estos últimos tienen forma humana pero son muy pequeños pues apenas miden veintiún centímetros de estatura. Además, poseen características culturales, morfológicas y fisiológicas similares a las de las personas que viven en los territorios de Europa o Asia. En África y en los pueblos indígenas originarios de América recibían el nombre de pigmeos. A raíz de la llegada de los españoles al nuevo continente, como veremos en este relato, los pigmeos indígenas se mezclaron con gnomos provenientes de Europa y con pigmeos africanos, con lo cual dieron origen a los mafuchinos: una nueva raza mestiza de seres diminutos cariñosamente conocidos como enanitos del bosque.

Los humanos de la tercera dimensión no pueden ver ni escuchar a los gnomos. Solo pueden hacerlo y hablar con ellos los niños que tienen amigos “imaginarios”, al igual que los ancianos de corazón puro. Ellos están conectados con esta hermosa dimensión pues la bondad de su corazón y la pureza de su espíritu les dan ojos y oídos para ver y escuchar lo que ocurre en ese mundo extraordinario. También, suelen ser invitados por los gnomos a vivir experiencias fantásticas como disminuir su tamaño al de sus pequeños amigos, volar sobre el cuello de un águila, navegar sobre el lomo de un pez, galopar sobre un perro, o saltar a horcajadas en el espinazo de un gato, como si de un caballo se tratase.

Entre estos mundos paralelos se encuentra la cuarta dimensión que tiene dos planos: uno luminoso y bellísimo conocido como plano etérico y otro oscuro y maligno conocido como plano astral. En el plano luminoso están los espíritus de los seres que en vida fueron bondadosos y que suelen tener como morada frondosos árboles, mientras esperan el momento de volver a encarnar en la tierra. Por su lado, en el plano astral están atrapados los espíritus malignos de quienes fueron perversos en su vida e hicieron mucho daño. Estos seres deambulan eternamente sin rumbo y solo se comunican con animales rastreros como las serpientes, los animales ponzoñosos y las aves carroñeras como los buitres y los zopilotes o de gran maldad como los cuervos.

También es bueno que sepas, joven lector, que la vida en la quinta dimensión no siempre ha sido armoniosa y pacífica. Hace setecientos años los gnomos de Europa se dividieron en dos grupos y hubo una terrible guerra que finalmente ganaron los Gnomos kardianos, o verdes, que lograron desterrar a los perversos Gnomos burkinos, o morados, y expulsarlos hacia la cuarta dimensión. Allá viven en cuevas en el plano astral al lado de los espíritus malignos. Después de la expulsión, a los morados les era imposible ingresar a la quinta dimensión. Sin embargo, Vangar, el jefe de los morados expulsados que era un químico notable, logró preparar un bebedizo que les permitió infiltrarse disfrazados de verdes y permanecer unas horas en la quinta dimensión, con el ánimo de secuestrar gnómidas y llevarlas a la cuarta dimensión como esclavas.

El cuerpo físico de estos pequeños, envejece mucho más lento que el de los humanos y pueden vivir entre quinientos y seiscientos años. La edad adulta la alcanzan a los cincuenta años cuando están aptos para reproducirse. Al final de su vida, los gnomos y los pigmeos, abandonan su cuerpo físico y trascienden al séptimo cielo en donde permanecen sus espíritus por toda la eternidad. Cuando un Gnomo muere por accidente o por cualquier otro motivo, su espíritu va al plano etérico de la cuarta dimensión, en donde espera, el momento para volver a encarnar, teniendo como morada un matorral o un arbusto lleno de flores de hermosos colores.

Para terminar, antes de que comiences a meterte en esta historia que sucede entre la tercera, la cuarta y la quinta dimensión, quiero revelarte el coro del himno mafuchino que debes cantar para poder ingresar al mundo mágico de la quinta dimensión:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…
Fuchilurí macá.
Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá.
Ostra chirulí macá, Ostra chirulí macá,
Túa cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá
Espero que disfrutes esta visita al mundo mágico de los gnomos, los pigmeos y los enanitos del bosque.

Amorosamente,
Princesa Dialid


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Capítulo I – “El regreso del Almirante

Binarotti y Petrochi – Capítulo I – El regreso del Almirante

Por : kapizan
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Bosques de Sevilla, España, 1493

Arita, la paloma mensajera, planeó con elegancia y en círculos amplios sobre los techos del puerto y los mástiles de las embarcaciones ancladas cerca al muelle de Sevilla. Faltaban diez minutos para que el tenue resplandor de lo que los navegantes llaman el “crepúsculo náutico matutino”, abriese por un breve espacio de media hora, el portal dimensional que le daría acceso al mundo mágico de la quinta dimensión. Entraría entonces a la tierra habitada desde siempre por los pacíficos y alegres gnomos verdes, como los llamaban las hadas y los unicornios para distinguirlos de sus antiguos enemigos, los malvados gnomos morados. Tanto los unos como los otros tenían la piel blanca y las facciones de los europeos, pero lo que marcaba la diferencia física entre ambos, era el color de sus gorros puntiagudos.

Después de cruzar el portal, la paloma rendiría su informe verbal a su majestad Ergonio III. Una semana antes, el monarca de los gnomos verdes la había enviado como observadora al puerto de Palos de Moguer a donde acababan de llegar, en enero de 1493, dos de las tres naves ―La Pinta y La Niña― que habían zarpado cinco meses antes. Volvían con dos tercios de la tripulación original y una exótica carga de humanos semidesnudos, aves y frutos, nunca antes vistos en el viejo continente. Días después de la llegada al puerto de Palos, Arita se desplazó en vuelo rasante hasta la corte española en Barcelona, donde los reyes católicos recibirían a Cristóbal Colón, que retornaba de su primer viaje de exploración en busca de una nueva ruta hacia las Indias.

Al regreso de Barcelona, sobre los techos de Sevilla, la paloma aprovechó el plácido vuelo para ordenar sus ideas y calmar la excitación que le había producido la charla con Guayo el papagayo, exótica ave parlanchina de vivos y hermosos colores que ella no sabía que existía.

***

Su majestad el rey Ergonio y su esposa la reina Betunia, habitaban un sobrio pero elegante palacio labrado en el interior de una formación rocosa. El portalón del palacio estaba oculto por una cristalina cascada y el palacio estaba rodeado por una cerca de acebos que se cargaban de flores blancas en primavera y había sido sembrada entre frondosos abedules, abetos y otros árboles nativos de las tierras españolas. El agua de la cascada se apozaba en un pequeño lago en donde retozaban bellísimos peces de múltiples colores que sacaban la cabeza del agua cuando la pareja real se paseaba por la orilla y entonaban para ellos alegres canciones.

Todas las mañanas, después de un frugal desayuno, la pareja real salía de sus aposentos, se acomodaba en sendos tronos de madera tallada con el escudo del reino kardiano, recibía de frente la energía del sol naciente, escuchaba un concierto matutino ofrecido por los peces y una miríada de pajarillos. Una vez terminado el concierto, sus majestades atendían las audiencias programadas para cada día. Esa fría mañana, Arita se aproximó a los monarcas después del concierto y el rey le tendió la empuñadura del cetro para que se posase allí e iniciara su reporte.

― ¡Bienvenida! ―dijo el rey Ergonio con una acogedora sonrisa, mientras acariciaba con la mano derecha la blanca cabeza de la paloma, y agregó: ―Contadme mi leal y valerosa Arita qué lograsteis saber sobre el viaje del almirante Colón.

Con voz suave pero clara y muy bien modulada, la paloma dio su reporte:

― Os digo, su Majestad, que lo que más me llamó la atención fueron las exóticas personas, aves y frutos que vinieron de vuelta con los expedicionarios: se trataba de seis muchachos.

― ¿Qué aspecto tenían? ―Quiso saber el monarca.

― Eran de piel cobriza, pelo largo y lacio, ojos oscuros y sólo se cubrían con un trozo de tela; iban descalzos, lucían collares en el cuello y tocados de plumas de colores en la cabeza.

― Y ¿Cómo eran las aves? ― preguntó la reina

― Las tres aves ― contestó Arita ― tenían grandes picos curvos, plumaje de vistosos colores rojo, amarillo, verde y azul, nunca las había visto, pero escuché que los marinos las llamaron papagayos― la paloma hizo una pausa y agregó: ― precisamente, esa tarde logré hablar con uno de los papagayos, que dijo llamarse Guayo y me contó cosas muy interesantes sobre la tierra a la que llegó Colón… Pero lo más interesante que él me contó cuando le hablé de vuestro reino, es que me dijo haber servido como enlace entre unos pigmeos de piel cobriza, habitantes de la quinta dimensión y los humanos que vivían en chozas de paja a la orilla del mar que rodea una isla muy grande…

La paloma habló más de una hora contando con lujo de detalles tanto lo que vio, como lo que le contó su nuevo amigo Guayo. Cuando terminó, el rey ordenó a un lacayo que le sirviese una porción doble de gazpachos dorados que Arita comió con delicada elegancia, acompañando cada tres picotazos con un trago generoso de jugo de uvas moradas. Terminado su banquete, la paloma hizo una venia a sus majestades, les agradeció sus atenciones y emprendió vuelo de regreso a la tercera dimensión.

Arita residía en un palomar en casa de Juan, un labriego viudo de treinta años que vivía en los bosques cercanos al puerto de Sevilla, con su hijo Felipe de nueve años. Padre e hijo mantenían contacto con los gnomos verdes y los visitaban con frecuencia. Cuando querían ingresar al mundo de sus amiguitos, se dirigían al bosque y cantaban el himno de los gnomos que años atrás le había enseñado el abuelo Salustiano a su hijo Juan cuando cumplió siete años. Juan, que siempre fue bueno, mantuvo este privilegio a través de los años y cuando su hijo Felipe cumplió los siete años le enseñó a su vez el himno y la forma de acceder a la quinta dimensión. Para entonces, el abuelo Salustiano había muerto y su espíritu moraba, en el plano etérico de la cuarta dimensión, en un frondoso abedul que él mismo había sembrado. Con las últimas notas del himno, el bosque se iluminaba con un enorme resplandor y frente al abedul con el espíritu del viejo Salustiano, aparecía Binaroti el gnomo, que les ofrecía, en copa de oro, un elixir delicioso. Al beberlo, el tamaño de ambos visitantes se reducía a los veintiún centímetros de estatura de los gnomos.

En la quinta dimensión, una semana equivale a un día o a una noche de la tercera dimensión. Esta diferencia la aprovechaban al máximo el labriego y su hijo que visitaban los dominios del rey Ergonio al menos una noche cada mes. En cada viaje, Felipe y su padre pasaban alegres y fascinantes aventuras de una semana en el maravilloso mundo mágico. Para entonces, Binaroti tenía doscientos años y por su aspecto, aparentaba la misma edad del treintañero Juan.

***

Esa noche en su recamara, a espaldas de la reina que peinaba su lustroso cabello rubio frente a un espejo de cristal de roca, el rey retomó el tema del reporte de la paloma. La miró a los ojos a través de la bruñida superficie y comentó:

― Querida, me pareció muy completo e interesante el reporte de Arita con base en lo que le contó Guayo el papagayo― dijo el rey Ergonio tomando entre sus manos la mano derecha de la reina Betunia ― ¿Qué opinas de la información que nos dio sobre los pigmeos de piel cobriza, similares a los seis humanos que trajeron los marinos de Colón?

― Creo que al ser descubierto un nuevo mundo con una raza diferente de pigmeos, se corre el riesgo de que vuelva a repetirse la historia y los gnomos morados que logramos expulsar a la cuarta dimensión busquen la forma de cruzar el mar e infiltrarse en el nuevo territorio para hacer mucho daño a los humanos; y ni qué decir, si logran engañar a los pigmeos, como sucedió en el África―. La reina hizo una pausa, se volvió hacia su esposo y con tono de preocupación concluyó:

― Sería fatal, si consiguen colarse nuevamente en la quinta dimensión. Me estremezco al recordar cuando secuestraron a dos de nuestras más bellas gnómidas.

― Tienes razón querida ― replicó el rey Ergonio. Meditó unos segundos mesándose las barbas y agregó: ― Creo que debemos aprovechar el próximo viaje que seguramente hará

Colón a estas tierras, para enviar un emisario nuestro como embajador de buena voluntad ante el rey de los pigmeos, con el fin de advertirle sobre el riesgo de que los morados traten de infiltrarse en su mundo y de enseñarles los conjuros y los trucos que hemos aprendido para neutralizarlos.


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Capítulo II – “Los polizones se separan

Binarotti y Petrochi – Capítulo II. Los polizones se preparan

Por : kapizan
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La llegada de Colón con dos tercios de los hombres y los navíos que habían zarpado en agosto del año anterior causó gran revuelo en las tres dimensiones: inicialmente sorprendió a las autoridades de Sevilla y a sus habitantes en la tercera; después impresionó a la paloma Arita y a los reyes Ergonio y Betunia, en la quinta; y por último, llamó la atención de Oroc, el cuervo espía de los gnomos morados de la cuarta dimensión, enviado por Vangar el jefe de la tribu de los gnomos de las cuevas de Sevilla para obtener información sobre los expedicionarios.

Todos se preguntaban: ¿Por qué llegaron menos barcos, menos marineros y seis exóticos personajes cubiertos con taparrabo? En realidad, cuarenta de los ciento veinte hombres de las tripulaciones originales, habían quedado en la isla que el almirante bautizó “la Española” ―Hoy Haití y República Dominicana ―, cuidando un fuerte construido con los restos de la carraca Santa María que había naufragado estrellada contra los arrecifes.

Siguiendo a la paloma y ocultándose en las sombras con el oído atento y el ojo despierto, Oroc, el malvado cuervo que servía como espía de Vangar obtuvo toda la información que requería para proporcionársela esa misma noche al jefe de los gnomos morados que habitaba en lo más profundo de las cuevas en la cuarta dimensión, desde que fueron desterrados del mundo mágico.

El cuervo esperó la llegada de la media noche, que es la hora en que se puede acceder al tenebroso mundo del plano astral, cruzó el portal dimensional, avanzó por entre filas interminables de almas en pena y bestias aterradoras hasta la cueva del jefe de los gnomos morados, que esperaba impaciente el reporte de su espía. Cuando el cuervo llegó, Vangar, cuyas facciones se habían deformado con los años de destierro en el mundo de las sombras y exhibía un rictus de maldad en la boca torcida, se acomodó en una roca y con voz áspera le dijo:

―Habla pajarraco. Cuéntame todo lo que viste y escuchaste desde el día que regresaron los marinos de Colón. Sin omitir detalle.

El relato del cuervo fue, en esencia, el mismo que la paloma rindió a la pareja real de gnomos verdes. Tanto para Vangar y los morados como para el rey Ergonio y los verdes, la información más valiosa fue la proporcionada por el papagayo sobre la existencia de una nueva raza de pigmeos con rasgos similares a los de los seis indígenas que llegaron con Colón.

De otra parte, el rey Ergonio pensó en aprovechar el siguiente viaje del almirante Colón al nuevo mundo para enviar una pareja de emisarios de buena voluntad ocultos a bordo de una de las naves; en tanto que Vangar decidió usar similar procedimiento para viajar él mismo al frente de veinte gnomos morados ― los últimos que quedaban atrapados en la cuarta dimensión en las cuevas de Sevilla―, provistos de una buena ración del bebedizo, que les permitiría ingresar durante tres horas a la quinta dimensión. Ese tiempo era más que suficiente para secuestrar por lo menos a tres pigmeas. El plan de Vangar contemplaba infiltrarse en territorio del cacique pigmeo que habitaba en la isla La Española y secuestrar tantas pigmeas como fuera posible, para crear una nueva raza mixta de enanos con los que en menos de cien años podría dominar, en la quinta dimensión, los territorios descubiertos por Colón.

***

Binaroti era un valiente e ingenioso gnomo verde que se había distinguido luchando contra los rebeldes morados cuando apenas tenía cien años de edad. Con doscientos años cumplidos, se había convertido en un gran químico trabajando como asistente del mago Abdulá. Tiempo atrás, con ayuda de su primo Petrochi, gracias a un error de este, había logrado desarrollar un líquido verde, al que llamaron Petrobin; por dos razones: petrificaba, literalmente hablando, al adversario y formaba un anagrama con las primeras sílabas de los nombres de sus inventores. Al ser rociado sobre cualquier gnomo morado que lograse infiltrarse en la quinta dimensión, el Petrobin lo neutralizaba, convirtiéndolo en piedra para siempre. Además, Binaroti había diseñado un aparato aspersor, en forma de mosquete que al ser disparado, lanzaba un chorrito de Petrobin suficiente para neutralizar a un gnomo adversario.

Como lo difícil era detectar a un gnomo morado disfrazado de verde, el mago Abdulá le había proporcionado un medallón con una piedra azul que se tornaba roja como un rubí y caliente como una braza, ante la presencia de un gnomo infiltrado. Con posterioridad al episodio del secuestro de tres gnómidas ―ocurrido a comienzos del año 1400 del calendario humano―, sólo una vez los morados volvieron a infiltrarse, fueron detectados por el medallón de Binaroti y convertidos en piedra. En esa ocasión el rey permitió que uno de los atacantes fuera expulsado vivo de la quinta dimensión para que regresase a contar lo sucedido. A raíz de esto, cesaron las incursiones y la paz regresó al reino.

Cuando se supo que la siguiente expedición zarparía del puerto de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, el rey Ergonio llamó a su presencia a Binaroti, le contó lo que le había dicho meses antes Arita, la paloma, y cuando terminó le dijo:

―Mí querido Binaroti, la próxima semana zarpará del puerto de Cádiz, el almirante Colón con diecisiete naves y mil doscientos hombres, con rumbo a las Indias que descubrió el año pasado. Según contó Guayo el papagayo, al rey humano de esas tierras de la tercera dimensión le dicen cacique, se llama Guarionex y vive en una isla muy grande. La conocerás porque allí fue capturado Guayo y es la misma que Colón bautizó como La Española. En ella, los españoles construyeron un fuerte con los restos de la nave que se hundió. El cacique de los pigmeos se llama Guarú. Ante él quiero que te presentes como mi embajador de buena voluntad, lo prevengas contra los morados y lo apoyes con lo que sabemos para neutralizar las incursiones enemigas ―El rey hizo una pausa, se mesó las barbas como era su costumbre y preguntó:

― ¿Está Claro? ―Ante la respuesta afirmativa de Binaroti, su majestad agregó:

―Entonces, mi querido Binaroti, escoged un compañero de viaje, preparaos para que un águila os lleve en vuelo directo hasta el puerto de Cádiz y no olvidéis llevar el medallón detector y una buena cantidad de aquel maravilloso líquido verde ― ¿Quién será vuestro compañero? ―preguntó el monarca poniéndose de pié.

―Petrochi, mi primo ―contestó con determinación Binaroti y agregó, en tono de respetuosa pregunta: ―Majestad ¿Cómo os parece mi elección?

― Perfecta ―replicó el monarca con una amplia sonrisa.

***

Los días previos al viaje los emplearon Binaroti y Petrochi en alistar una buena provisión de Petrobin y en aprender el lenguaje de los indígenas para poder comunicarse con el cacique Guarú. Te preguntarás querido lector cómo hicieron nuestros amigos para aprender esa lengua hasta entonces desconocida en Sevilla.

Al respecto te recordaré, joven lector, que las aves tienen un lenguaje único que les permite comunicarse entre sí con miembros de otras especies. En esa forma, Arita pudo entenderse con Guayo cuando lo conoció en Barcelona después de la llegada de Colón de su primer viaje. Como quedó dicho, las aves hablan además el lenguaje de los humanos y los gnomos que es el mismo. Por ello, antes del viaje, Binaroti y Petrochi pasaron largas jornadas con el papagayo intentando aprender las palabras más importantes de la lengua de los indígenas tainos pobladores de La Española.


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Capítulo III – “¡Alerta! ¡Peligro! ¡Morados a la vista!

Binarotti y Petrochi – Capítulo III. ¡Alerta! ¡Peligro! ¡Morados a la vista!

Por : kapizan
En : Binaroti y Petrochi, Capítulo III. ¡Alerta! ¡Peligro! ¡Morados a la vista!, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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En la noche del 22 de septiembre de 1493, Vangar y sus gnomos nadaron desde el muelle y se colaron, divididos en grupos de a tres, en seis de las quince carabelas que estaban ancladas frente al puerto de Cádiz y que junto con dos carracas esperaban la orden de zarpar, tres días después, hacia el Nuevo Mundo. Un séptimo trío de gnomos morados, se trepó a la carraca Marigalante y se ocultó en el castillo de popa.

En la madrugada del 25 de septiembre, poco antes de que la flota zarpara, Binaroti y su primo Petrochi, volando a horcajadas en el cuello de Pilón ― un águila macho que los había traído desde los bosques de Sevilla―, aterrizaron en el castillo de Proa. No se imaginaban que en esa misma carraca, pero en el castillo de popa, se habían ocultado los tres gnomos morados. El enemigo estaba cerca y ellos lo ignoraban. Sin saberlo, se encontraban a poco menos de cincuenta metros de distancia. El medallón detector se calentaba a partir de los cinco metros de proximidad del enemigo, por lo que Binaroti y Petrochi, acomodados como polizones en la proa de la nave, no se percataron de la presencia de los gnomos morados sino al final de la travesía, como veremos más adelante.

En su recorrido, después de cuarenta días de navegación, la flota divisó nuevas tierras y se descubrieron lo que hoy son las Antillas, Cuba y Puerto Rico. Durante el viaje, Binaroti y Petrochi mataban el tiempo jugando a las cartas, leyendo relatos de sus antepasados en un par de libros que la reina les había regalado antes de partir, o tocando sus instrumentos favoritos: Binaroti, el violín y su primo la flauta traversa. Finalmente divisaron las costas de la Isabella y anclaron a cien varas de la playa. Según narraron posteriormente los viajeros: parece ser que los gnomos morados se dirigieron hacia la proa de la carraca para ver la costa. Fue en ese instante, cuando Binaroti al sentir el calor en su dedo anular, le gritó a su primo:

― ¡Alerta Petrochi! ¡Peligro! ¡Morados a bordo! ¡Trae tu mosquete! ¡Pronto! ¡Apúrate!

Cuando los gnomos morados vieron a Binaroti y a Petrochi, con sendos mosquetes cargados de Petrobin, retrocedieron aterrados, Binaroti disparó y logró petrificar a su oponente. Petrochi erró el tiro y mientras recargaba su arma el morado saltó por la borda de estribor y empezó a nadar las pocas brazas que separaban la carraca Marigalante de la carabela Quintera. Por fortuna, Petrochi logró recargar su arma, apuntar y disparar en el preciso instante en que el tercer enemigo se disponía a saltar por la borda de babor para nadar hacia la carabela Gallarda y trepar por el cable del ancla como lo alcanzó a hacer su compañero. El chorrito de Petrobin dio de lleno en el cuerpo del gnomo que cayó al mar transformado en piedra de colores con figura de gnomo. Desde entonces, hace más de quinientos años, reposa en el fondo de la bahía que se convirtió en su tumba.

***

Isla La Española, 1493

Después del enfrentamiento con los gnomos enemigos a bordo de la carraca Marigalante, Binaroti y su primo consideraron que lo más importante era advertir al cacique de los pigmeos sobre el peligro inminente que representaba para su raza la presencia de gnomos morados en la isla. Así pues, decidieron bajar a tierra, en la misma chalupa en que desembarcó el almirante Colón, y dirigirse a toda prisa hacia la colina en la que, según les había explicado Guayo, se encontraba el portal para ingresar a la quinta dimensión, por entre dos enormes palmeras cargadas de cocos.

Al llegar frente a las palmeras Binaroti y Petrochi se llevaron una gran sorpresa: volando con elegancia sobre sus cabezas, Arita la paloma dio dos vueltas para llamar la atención de los gnomos, se detuvo en el antebrazo de Binaroti y dirigiéndose a los sorprendidos primos, con su bien modulada voz y en perfecto castellano les dijo:

― ¡Bienvenidos a la Española!

― ¿Qué hacéis aquí?― preguntaron al unísono los dos gnomos.

― El rey Ergonio me mandó para que os sirva de intérprete con el Cacique Guarú. Guayo le contó a su majestad que vuestro taino no era muy bueno, que él había hecho un gran esfuerzo para enseñaros pero que podríais tener dificultades para hablar con el cacique. Entonces, sugirió que yo viniese y me pusiera en contacto con Maya, una guacamaya prima suya que se comunica con los tainos de la quinta dimensión como él lo hacía antes de que lo llevaran a España. Eso mejoraría la comunicación entre las dos culturas. El rey aprobó la idea y heme aquí.

― ¿Y vinisteis volando desde España?

― ¡No! ¿Cómo se os ocurre? En realidad vine en el palo mayor de la Gallarda, la otra carraca de la flota. Pero me entretenía volando entre las carabelas. Por eso me di cuenta de que había varios gnomos morados viajando de polizones, como vosotros. Alcancé a contar dieciocho. También vi vuestra valerosa acción. Ahora tenemos dos enemigos menos.

***

La bienvenida que les dieron los pigmeos a los emisarios del rey Ergonio fue muy cálida. Para esa tarde, el cacique les ofreció un agasajo, en el que participaron todos los nobles de la tribu ataviados con sus mejores galas. Hubo una presentación de danzas al son de tambores y otros instrumentos desconocidos para los gnomos, en especial uno llamado marimba, desconocido para ellos, que producía notas melodiosas al golpear con un bolillo una hilera de tablitas de madera alineadas sobre una base de la cual pendían tubos huecos, también de madera. Para no quedarse atrás, Binaroti, que siempre llevaba terciado su violín a la espalda, aprovechó para interpretar bellas canciones de gnomos acompañado por Petrochi.

Cuando terminaban la última canción, el medallón detector de Binaroti, comenzó a calentarse y a tornarse rojo. Al volver la cabeza, alcanzó a ver a un gnomo enemigo agazapado tras un arbusto, presto a saltar sobre una doncella que escuchaba el violín embelesada.

Sin dudarlo un instante, nuestro héroe soltó el violín, desenfundó el arcabuz y disparo un chorrito del líquido verde, que petrificó al atacante. Un segundo intruso que intentó huir fue alcanzado por Petrochi. Un minuto más tarde yacía petrificado a la vista de los pigmeos.

― ¡Bravo mis valientes!― Gritó entusiasmada Arita la paloma en castellano y agregó:

―Ya llevamos cuatro enemigos menos.

― ¡Viva Binaroti! ¡Viva Petrochi!― Añadió Maya la guacamaya en taino, logrando que el cacique y todos los presentes vitorearan a los gnomos gritando en su lengua:

― ¡Aracatay punay Binaroti! ¡Aracatay punay Petrochi!

Esa misma noche, aprovechando que los pigmeos y sus huéspedes estaban de jolgorio, los morados volvieron a infiltrarse y lograron raptar a Yali, una joven doncella de cuarenta y cuatro años, que había salido de madrugada a recoger agua dulce requerida para cocinar, a la orilla de la quebrada que abastecía a la tribu.

El rapto causó pánico entre los pigmeos que por orden de Guarú iniciaron patrullajes de vigilancia armados con flechas envenenadas y lanzas, a lo largo y ancho de su territorio. A los tres días, en tiempo de la quinta dimensión, los guerreros de la tribu que iban acompañados por Binaroti, llegaron a una pequeña laguna en donde cinco doncellas lavaban ropa. En ese momento el medallón comenzó a calentarse y nuestro héroe pudo advertir sobre el peligro:

― ¡Alerta! ¡Peligro! ¡Morados a la vista!

Los pigmeos reaccionaron: lanzaron sus flechas y seis morados cayeron abatidos. Binaroti alcanzó a ver a un gnomo enemigo que huía con una doncella al hombro seguido por dos de sus compañeros. Entonces, apuntó el arcabuz, disparó y petríficó al más rezagado, pero no alcanzó a repetir el disparo. Cuando recargó el arcabuz, alcanzó a ver como uno de ellos, con su preciosa carga cruzó el portal hacia el astral de la cuarta dimensión a donde no podía perseguirlo. Afortunadamente el otro esbirro no alcanzó a seguir a su compañero pues cayó atravesado por una lanza que arrojó Giral, el primogénito del cacique que dirigía al grupo de patrulleros de la tribu.

Para la siguiente incursión, Vangar dispuso que atacaran en parejas en las que un gnomo caería sobre la presa y el otro cubriría su espalda con flechas envenenadas. Para entonces, ya había descubierto que en la isla la quinta dimensión tenía un portal de acceso marcado por palmeras en cada uno de los cuatro puntos cardinales y que los lugares más apropiados para atacar eran: el río que cruzaba el portal oriental y la laguna cercana al portal sur, donde habían caído seis de sus gnomos. Esos lugares eran los más frecuentados por las doncellas y facilitaban el regreso con la presa a la cuarta dimensión a donde Binaroti no podría seguirlo. Así pues, el campo de batalla tendría que ser en la tercera dimensión, como sucedió en la carraca o en la quinta dimensión a la que, gracias al bebedizo, podía acceder durante tres horas.

Pensando con la misma lógica Binaroti y Giral, decidieron dividirse en dos grupos de veinte guerreros cada uno, para proteger esos dos puntos vulnerables. En la laguna se apostaría Binaroti al frente de un grupo, armado con un mosquete; y en el río del sector oriental, se situaría Giral con el otro grupo, acompañado por Petrochi con su mosquete.

A la semana de estar ensayando la nueva estrategia, Vangar organizó una incursión simultánea en los dos frentes. Al amanecer, en el sector occidental, el medallón detector le permitió a Binaroti neutralizar a un morado en el momento en que se aproximaba a una lavandera; sin embargo, el gnomo que cubría a su compañero disparó una flecha envenenada que atravesó el brazo derecho de nuestro héroe. Los pigmeos reaccionaron: un guerrero tomó el arcabuz y petrificó al gnomo que había lanzado la flecha contra Binaroti. Al final de la batalla, había tres pigmeos muertos y dos heridos. En cuanto al enemigo: en el campo de batalla quedaban un morado petrificado y dos atravesados por flechas de los pigmeos.

Después del combate, Binaroti fue evacuado y atendido por Catamarí, el chamán de los pigmeos taínos, quien preparó un potaje con el cual eliminó los efectos del veneno. El herido permaneció un mes de convalecencia bajo los cuidados del chamán, hasta su recuperación total.

***

Binaroti y su primo Petrochi permanecieron en la quinta dimensión, como huéspedes del cacique pigmeo Guarú, los casi tres años del tiempo, de la tercera dimensión, que estuvo Colón navegando entre las islas del Mar Caribe en búsqueda de nuevas tierras y tesoros. En ese lapso, nuestros amiguitos perfeccionaron el taino, conocieron extrañas especies de animales como el colibrí, la iguana, el armadillo, el oso hormiguero y otros muchos que no se habían visto antes en España; pero lo más importante, lograron detectar y neutralizar a otros dos gnomos morados. Por desgracia, creyeron que habían eliminado la amenaza, pues en todo ese tiempo no volvieron a tener incursiones enemigas. Además, según las cuentas de Arita no eran más de dieciocho los que habían venido en las carabelas. Lamentablemente, la paloma no había contabilizado a Vangar y a dos de sus secuaces que viajaron ocultos en la misma carraca en cuyo palo mayor llegó a la isla la paloma.

Ante, la aniquilación de casi todos sus gnomos, Vangar, astuto como era, cambió de estrategia: decidió quedarse quieto en la cuarta dimensión y no hacer más incursiones al mundo de los pigmeos, mientras Binaroti estuviera en la isla con el mosquete y el letal líquido verde. Así pues, una noche reunió a Octox y Nonex, los dos últimos gnomos de su pandilla, les contó su nueva estrategia y finalizó con estas palabras:

― Tarde o temprano, esos malditos verdes regresarán a España y llegará nuestro tiempo para ejecutar el plan― Vangar hizo una pausa, miro a los ojos a sus esbirros, y agregó con una torva sonrisa: ― Me derrotaron, pero no estoy vencido.

Un buen día, Arita anunció que la flota se estaba preparando para regresar a España. Binaroti y su primo decidieron volver a su mundo, se despidieron del cacique Guarú y su tribu de pigmeos que salieron hasta la playa a despedirlos.


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Capítulo IV – “La iniciación de Antonio

Binarotti y Petrochi – Capítulo IV. La iniciación de Antonio

Por : kapizan
En : Binaroti y Petrochi, Capítulo IV. La iniciación de Antonio, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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Bosques de Sevilla, 1596

Durante un siglo en la quinta dimensión, pasan menos cosas que en la tercera. Por ejemplo, Binaroti había cumplido sus primeros trescientos años y en los dominios del rey Ergonio no se habían producido mayores cambios. Por el contrario, en el mundo de la tercera dimensión, el palomar de Arita era ahora ocupado por Malú su tataranieto y en la casa de al lado vivía Tomás el biznieto de Juan junto con su hijo Antonio que pronto cumpliría siete años y estaría listo para ser presentado ante el rey Ergonio en su palacio de la quinta dimensión.

Para esa época el rey de España era Felipe II que había sucedido a Carlos I de España, V de Austria, en el gobierno de un imperio en cuyos dominios nunca se ocultaba el sol. El Nuevo Mundo había sido conquistado a sangre y fuego, los indígenas fueron sojuzgados y se inició un proceso de colonización con la fundación de ciudades en las islas descubiertas tanto en el Caribe, como en territorio continental.

En Colombia, ese proceso comenzó en la costa norte, con la fundación de Santa Marta en 1525 y de Cartagena en 1533. En la época de este relato, ambos puertos eran muy importantes para el tráfico de mercaderías desde el nuevo mundo hacia Europa y viceversa. Eran además, la puerta de entrada al tráfico de negros traídos de África como esclavos, negocio que se había vuelto muy lucrativo.

Cuando comenzó el secuestro de negros para traficarlos como esclavos en el Nuevo Mundo algunos pigmeos africanos decidieron, voluntariamente, viajar como polizones en los barcos de los esclavistas para apoyar a los humanos de color en lo que fuera posible. Con el tiempo, Kinte, el rey de los pigmeos africanos organizó un sistema de comunicación con el Viejo Mundo mediante pigmeos que viajaban como correos entre los dos lados del océano, llevando y trayendo noticias.

Ya para entonces comenzaban los ataques piratas a los navíos españoles, para robar el oro, la plata y las joyas que los colonizadores enviaban al viejo mundo.

***

El día de su séptimo cumpleaños, Antonio madrugó y se encaminó con su padre hacia el interior del bosque a esperar el momento en que, con las primeras luces del alba, se abriría el portal dimensional que le daría entrada por primera vez al mundo mágico de los gnomos verdes, del que tanto le habían hablado su abuelo y su padre. Una mezcla de ansiedad, curiosidad y alegría invadió el espíritu del niño cuando su papá entonó la primera estrofa del himno de los gnomos y ambos cantaron:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…

Fuchilurí macá.

Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá…

Tal como le habían contado que sucedería, el bosque se iluminó con un bello resplandor y apareció Binaroti con su violín encabezando un grupo de gnomos que portaban flautas e instrumentos de cuerda y de viento con los que acompañaron el resto del himno, cantando en coro con sus melodiosas voces:

Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá,
Túa cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá.

Terminado el himno, Binaroti les ofreció en copa de oro el delicioso elixir que reduciría su tamaño al de los gnomos. Antonio sintió una leve sacudida en el cuerpo en el momento en que su estatura se redujo a veintiún centímetros. Una extraña sensación le produjo ver a su padre a la misma altura de todos.

― Bienvenidos al reino de su majestad Ergonio III― Dijo Binaroti en tono solemne, después de terciarse el violín a la espalda y quitarse el gorro puntiagudo al tiempo que hacía una elegante venia y movía el gorro de izquierda a derecha en un gesto teatral de saludo. Hecho esto, se colocó nuevamente el gorro y en tono invitador les dijo:

― Seguidme, la ceremonia está por comenzar.

Antonio y su padre, emprendieron la marcha por el sendero que conducía al estanque frente al palacio, seguidos por los gnomos que entonaron alegres canciones para animar el recorrido de media legua que separaba el portal dimensional de la morada real. Al llegar, fueron guiados a una tribuna cubierta por toldillos y Binaroti los acomodó a lado y lado ―Antonio a la derecha― de los tronos reales que en ese momento estaban desocupados.

Sin más espera unos heraldos hicieron sonar las trompetas y el chambelán de la corte anunció la entrada de los monarcas:

― ¡Sus majestades el rey Ergonio III y la reina Betunia, monarcas del reino kardiano!

Los reyes salieron por detrás de la cascada y avanzaron con elegancia a lo largo de la orilla del estanque. Al llegar a la tribuna, saludaron con un beso en la mejilla a los dos invitados y tomaron asiento en sus respectivos tronos, con lo cual se dio comienzo a una espectacular demostración de perros bailarines, ardillas saltimbanquis y monos malabaristas que desfilaron frente a la tribuna luciendo sus destrezas en honor a los monarcas y sus invitados. Vino después un precioso desfile de caballos, novillos, burros y lobos organizados en columnas de siete hileras de ancho y doce filas de profundidad, que marchaban al son de una banda de músicos integrada por gnomos que interpretaban himnos marciales de la época de la guerra con los morados.

Terminado el desfile el rey le impuso a Antonio un collar que lo acreditaba como ciudadano kardiano con todos los derechos y privilegios de los gnomos. Por su parte, Antonio se comprometía a acudir en apoyo del reino cuando fuesen requeridos sus servicios para cumplir misiones en la tercera dimensión. Acto seguido se sirvió un gran banquete después del cual Antonio y su padre fueron invitados por Binaroti y Petrochi a recorrer el reino a caballo para visitar todas sus comarcas, tarea que les tomó un semana, equivalente a un día de la tercera dimensión.

Mientras Antonio y su padre asistían a los festejos de la iniciación del niño en el mundo de los gnomos españoles, a cientos de kilómetros de allí, en el reino de los pigmeos africanos que gobernaba su majestad el rey Kinte, Ciro el búho cruzó el portal desde la tercera hasta la quinta dimensión, para contarle al monarca que en horas de la madrugada, cuando se disponía a reposar, vio con sus propios ojos cómo unos traficantes portugueses secuestraron al rey Benkos de Biohó para venderlo en el Nuevo Reino de Granada como esclavo.

Esa noticia, como veremos más adelante, evolucionaría en los tres años siguientes hasta crear una situación que transformó para siempre la vida de Antonio, de su padre y de sus amigos Binaroti y Petrochi.


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Capítulo V – “La misión

Binarotti y Petrochi – Capítulo V. La misión

Por : kapizan
En : Binaroti y Petrochi, Capítulo V. La misión, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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Bosques de Sevilla, 1599

A comienzos de la primavera del último año del siglo, Malú el palomo mensajero llegó a casa de Tomás y su hijo Antonio con una invitación de su majestad Ergonio III para asistir al día siguiente a primera hora a una reunión en el palacio real.

Como siempre, Binaroti acudió al portal, les dio a beber el elixir y los condujo al salón en donde esperaba el rey Ergonio en compañía del rey Kinte, monarca de los pigmeos africanos, acompañado por un pigmeo negro que presentaron como el príncipe Karlo, sobrino del rey africano. El joven príncipe era un pigmeo negro de ciento setenta años, fuerte musculatura y finas facciones, que saludó a Binaroti con muestras de auténtica admiración. En torno a la mesa que presidía el rey Ergonio, también estaban presentes el mago Abdulá, Petrochi y Ciro, el búho que actuaba como consejero del rey Kinte y reposaba en su hombro derecho. Después de las presentaciones, el rey Ergonio fue directamente al grano:

― Mis queridos Tomás y Antonio, hace algún tiempo me comentasteis que os gustaría conocer el Nuevo Mundo en donde Binaroti y Petrochi vivieron grandes aventuras en la isla de los pigmeos tainos. Incluso me dijisteis que os gustaría embarcaros, Tomás como marinero y Antonio como grumete, en una nave de las muchas que están cruzando el mar hacia esas tierras. ¿Estoy en lo correcto? ―Preguntó el monarca mirando alternativamente a los ojos de sus interlocutores.

―Así es majestad ― dijo Tomás contestando por ambos ― en verdad son tantas las historias que hemos oído de esas tierras, que queremos conocerlas y si nos gustan quedarnos a vivir allí. De hecho, lo único que esperamos es que Antonio cumpla los doce años requeridos para que lo acepten como grumete.

― En verdad no tendríais que esperar los dos años que faltan, si aceptáis el plan que pensamos proponeros. El rey Kinte os explicará de qué se trata…

― Perdón majestad ― interrumpió Tomás, se puso de pié y en tono respetuoso agregó:

― Antes de que hable su majestad el rey Kinte, quiero que sepáis que mi hijo y yo estamos a vuestra entera disposición y si es vuestra voluntad que viajemos al fin del mundo iremos gustosos.

― Sabía que podía contar con vosotros ―replicó el rey Ergonio antes de ceder la palabra al rey Kinte, que comenzó diciendo:

― Hace tres años el rey Benkos de Biohó, uno de los más valerosos guerreros africanos, fue capturado por traficantes portugueses, en las inmediaciones de su aldea en África Occidental y fue vendido en Cartagena de Indias como esclavo. Este año me llegaron noticias de que había logrado fugarse y esconderse en una serranía a pocas leguas de Cartagena en donde ha construido un palenque con ayuda de otros negros escapados a los que llaman cimarrones. Allí está organizando un ejército que lucha por la libertad de los esclavos en contra de las tropas del gobernador de Cartagena y ha formado una red para ayudar a otros esclavos a huir y unirse a su causa. Esa, a grandes rasgos, es la situación ―El rey Kinte hizo una pausa y prosiguió:

― Ahora bien, se trata de enviar un grupo mixto de humanos y pigmeos, para que cumpla dos misiones: la primera es tomar contacto con el rey de los cimarrones y entregarle una prenda cuya forma de uso explicará el mago Abdulá. Esta prenda puede ayudarle mucho al rey rebelde, en su labor de propiciar la fuga de esclavos para que se vuelvan cimarrones y huyan hacia su palenque. En realidad esa tarea es sencilla. La segunda misión os la explicará el príncipe Karlo quién viajará con vosotros ― El rey Kinte tomó asiento y le dio la palabra al príncipe Karlo que carraspeó para aclarar la voz y comenzó en tono pausado su intervención:

― Crecí con la leyenda del gran Binaroti y su primo Petrochi, aquí presentes, escuchando los relatos de su viaje al Nuevo Mundo y de la forma en que lograron aniquilar a los morados desterrados que atacaron a los tainos en la Española. A los dos debo decirles que me siento honrado al conocerlos y al tener la oportunidad de formar el mismo equipo para cumplir la misión que tenemos entre manos. Antes de proseguir, quiero que todos sepan algo con lo que no contábamos hace menos de un mes: Vangar está vivo y tanto o más activo que hace cien años ―El príncipe Karlo hizo una pausa para medir el impacto de su anuncio y ante la expresión de sorpresa de Binaroti y su primo, continuó:

― Todos recordarán que las tres doncellas tainas secuestradas por Vangar y sus gnomos a fines del siglo pasado, nunca aparecieron. Pues bien, el mes pasado, Halil el correo del rey Kinte que llegó de Cartagena me contó que los pigmeos del grupo Tayrona que habitan esas costas fueron atacados por gnomos morados y secuestraron seis pigmeas. Es bueno que sepáis que una de ellas era mi hermana la princesa Marli que había viajado un año antes al Nuevo Mundo, en busca de aventuras y atraída por las historias que le contó Halil. Mi hermana era huésped de Kátaro, el cacique de los tayrona que habitan en la sierra nevada de Santa Marta ―El príncipe tomó un respiro y se preguntó:

― ¿Qué pasó? No lo sé. Pero entre los pigmeos del Nuevo Mundo, según me contó Halil, existe la suposición de que después de la derrota que Binaroti y Petrochi les infligieron, Vangar y dos de sus secuaces sobrevivientes, junto con las tainas secuestradas esperaron otro navío que atracase en La Española y los sacase de allí hacia otro lugar en donde no se supiera de su existencia y pudieran tomar a los pigmeos por sorpresa. Los tainos suponen que en 1501 se embarcaron de polizones en una de las carabelas de la expedición de Don Rodrigo de Bastidas, que los llevó a Tierra Firme en inmediaciones de una sierra nevada cercana al ahora famoso puerto de Santa Marta.

― O sea, majestad ― dijo Binaroti dirigiéndose al príncipe Karlo, con el ceño fruncido y un gesto de preocupación ―, que nos enfrentamos a un nuevo enemigo: los descendientes de Vangar y su grupo de secuestradores. Unos mestizos cuyas características desconocemos…

Karlo movió la cabeza afirmativamente:

― Así es, Binaroti ―respondió el príncipe y añadió en tono amable:

― Ah, y podéis llamarme Karlo, al fin de cuentas seremos compañeros de aventuras.

El Rey Ergonio intervino entonces para decir:

― Contamos con la astucia y las habilidades de Binaroti y Petrochi y con el hecho de que Tomás y Antonio serán dotados con sendas pulseras que les permitirán aumentar o disminuir a voluntad su tamaño para hacerse invisibles en la tercera dimensión. Una pulsera similar será la prenda que debeis entregar de nuestra parte al rey Benkos de Biohó.

― ¿Cómo es eso? Preguntó Antonio.

― Muy sencillo ― dijo el Mago Abdulá que se puso de pié para entregar a cada uno una pulsera de macana con un sello giratorio en forma de trébol de cuatro hojas, labrado en la parte superior de la prenda y explicó:

― Para recuperar vuestro tamaño natural y haceros visibles para los humanos en la tercera dimensión, debéis girar el trébol hacia la derecha y pronunciar el primer verso de nuestro himno: Macacafú, fuchi fú, fuchi fú… Para recuperar el tamaño y la invisibilidad de un gnomo en la tercera dimensión, debéis girar el trébol hacia la izquierda y pronunciar el segundo verso del himno: Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá… En otras palabras, podréis actuar en la tercera dimensión con el tamaño y la invisibilidad de los gnomos o haceros visibles y actuar como humanos. Eso representa una gran ventaja.

Cuando el mago terminó su explicación, el rey Ergonio tomó nuevamente la palabra para decir:

― Con el rey Kinte hemos creído conveniente que además de Binaroti, Petrochi, Karlo, Tomás y Antonio, se unan a la expedición Halil, para que sirva como guía en las tierras que bien conoce, y Malú el palomo para que sea un rápido mensajero y observador.

Al día siguiente de la reunión en palacio, los expedicionarios zarparon en la Nao Santa Librada, una enorme carraca que transportaba carga y pasajeros a bordo de la cual llegarían en poco menos de un mes a Cartagena de Indias. Al embarcar, Binaroti, y los demás miembros de su grupo llevaban al cinto sendos mosquetes y una cartuchera con suficientes cápsulas de Petrobin. Los mosquetes habían sido perfeccionados y ahora usaban un cargador de seis cápsulas que podían disparase en forma continua sin necesidad de la lenta recarga de antes.


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Capítulo VI – “Ondinas al rescate

Binarotti y Petrochi – Capítulo VI. Ondinas al rescate

Por : kapizan
En : Binaroti y Petrochi, Capítulo VI. Ondinas al rescate, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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A bordo de la nao Santa Librada, los expedicionarios se acomodaron en una bodega debajo del castillo de popa, en tanto que Malú se instaló en el palo mayor para poder observar el panorama y alternar el reposo con cortos vuelos entre la nave principal y las carabelas artilladas que le servían de escolta como protección contra eventuales ataques piratas.

La travesía transcurría apacible. Los diminutos polizones se entretenían escuchando los fascinantes relatos que hacía el príncipe Karlo sobre la vida en África, oyendo las trovas que Binaroti y Petrochi habían escrito sobre sus aventuras contra los gnomos morados y cantaban acompañándose con el violín, o paseando sobre la cubierta para tomar el viento fresco en las noches en que el calor de la bodega se hacía insoportable. Al amanecer del decimo octavo día, cuando la flota navegaba más cerca de Cartagena que de Sevilla, tronó la voz del capitán que gritó a voz en cuello:

― ¡Alerta! ¡Buque pirata a la vista! ¡Artilleros a sus puestos!

La batalla naval fue encarnizada y finalmente las naves de la escolta lograron hundir al buque enemigo; sin embargo, los cañonazos del buque pirata hicieron una enorme tronera en el casco de La Santa Librada, que comenzó a hacer agua y lentamente se fue hundiendo entre las olas.

En medio del caos, Tomás activó la pulsera, recuperó su tamaño de humano, metió a su hijo y a sus diminutos compañeros en una mochila, se la terció a la espalda, agarró una mesa que encontró en la bodega, la tiró por la borda y se lanzó al agua.

Minutos más tarde, nuestros amigos flotaban a la deriva en alta mar, agarrados de la mesa, que intentaban empujar Tomás y su hijo Antonio, que también recuperó el tamaño humano, y juntos comenzaron a patalear con fuerza y a remar con un brazo, mientras los gnomos y los pigmeos se agarraban con ambas manos del borde de la mesa. ¡La rápida reacción de Tomás los había salvado!

Después de un buen rato empujando la mesa sobre el agua, Tomás y Antonio dejaron de chapalear para descansar. Entonces Malú, que los seguía desde el aire, anunció con tono de pesadumbre:

― Estamos perdidos. No se ve la costa.

―No, no estamos perdidos. Podemos acudir a las ondinas para que nos guíen hasta las playas de Cartagena ―Sugirió Binaroti con un tono que infundió tranquilidad y optimismo a sus compañeros.

― ¿Cómo las llamamos? ―Preguntó Antonio un tanto incrédulo.

― Muy fácil ―Respondió Binaroti y agregó:

― Para empezar, tú y tu padre deben disminuir nuevamente su tamaño. Después, los seis nos subiremos a la mesa y comenzamos a cantar nuestro himno. Ellas acudirán en nuestra ayuda. Esa es la ley de la quinta dimensión.

Los náufragos siguieron las indicaciones de su jefe natural y de pié sobre la mesa que flotaba en medio de un mar en calma, comenzaron a cantar a voz en cuello:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…
Fuchilurí macá.
Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá…

De repente, el océano a su alrededor se tornó transparente y aparecieron siete hermosas ondinas con cuerpo esbelto de mujer, bellísimas facciones y un tamaño tres veces superior al de los gnomos. La ondina que estaba a cargo del grupo, sacó medio cuerpo del agua, sacudió la cabeza de larga cabellera y con voz melodiosa anunció:

― Bienvenidos al reino de Neptuno. Mi nombre es Odalia y junto con mis compañeras estamos listas para llevaros a donde dispongáis.

Binaroti respondió el saludo y pidió a Odalia que los condujesen a la costa de Cartagena, lo más cerca posible al palenque en donde se refugiaba el rey Benkos de Biohó con sus Cimarrones.

Acto seguido, cada una de las ondinas tomó en brazos a uno de los náufragos y guiadas por Odalia se sumergieron y nadaron a gran velocidad hasta que en menos de lo que dura un suspiro, emergieron con su carga frente a una playa a pocas millas de Cartagena, al inicio de un sendero que Halil reconoció como el camino hacia el palenque a donde podrían llegar caminando en menos de media hora, ver al rey cimarrón y cumplir el encargo de entregarle la pulsera.

Sin demora, emprendieron la marcha guiados por Halil quien al llegar a un recodo del camino se detuvo, se volvió hacia el jefe natural del grupo y le dijo:

― Binaroti, estamos a pocos metros del palenque. Propongo que Tomás y Antonio recuperen su tamaño como humanos para que sean ellos los que hablen con el rey Benkos.

― De acuerdo, que sean ellos los que hablen con el rey Benkos ― replicó Binaroti y agregó:

― Pero el resto los acompañaremos. Al comienzo, él solo los verá a ellos y no nos verá a nosotros; pero cuando se pruebe la pulsera y reduzca su tamaño, no sólo podrá vernos y hablar con nosotros sino que podrá entrar a la quinta dimensión y al mundo de los pigmeos tayronas del cacique Kátaro, que podrán ayudarle en su causa.

Mientras Tomás y su hijo hacían girar el trébol de sus pulseras y regresaban a su tamaño natural, ninguno, con excepción de Malú, se percató de la presencia de Guarox, un gigantesco gavilán negro, del tamaño de un águila, que por pura casualidad estaba en un árbol cercano y cuando vio avanzar a los seis pequeños personajes, se agazapó tras el follaje para ver y escuchar lo que sucedía.

Intrigado por la sospechosa actitud del enorme gavilán, Malú simuló no haberlo visto, pero cuando sus amigos iniciaron la marcha hacia el palenque y el gavilán emprendió vuelo, decidió volar tras él a prudente distancia…
Una gran sorpresa se llevó cuando se dio cuenta de que había seguido al gavilán hasta el mismísimo campamento de Vangar y los gnomos morados. Tal como lo hizo el gavilán espía, Malú observó y escuchó atentamente lo que allí sucedió.

***

Benkos, el rey de los cimarrones del palenque, recibió con cierto recelo pero con curiosidad a los dos blancos, padre e hijo, que dijeron traerle un recado del rey Kinte. La sola mención del nombre del rey de los pigmeos removió, en el corazón y en la mente del joven rey, hermosos recuerdos de su infancia en África que lo retrocedieron al día en que se había extraviado en la selva y unos pigmeos al mando del rey Kinte lo guiaron hasta su choza, pero antes, visitaron un mágico mundo de seres en miniatura que hablaban su misma lengua y en el que los animales y las plantas hablaban entre sí. Después creció y nunca más volvió a ver a los pigmeos, pero el recuerdo quedó grabado en su memoria para siempre.

Tomás le dio el mensaje del rey Kinte, señor de los pigmeos de África occidental y los saludos del rey Ergonio III, señor de los gnomos de los bosques de Sevilla. A continuación le entregó la pulsera, y le pidió que la ciñera en la muñeca derecha, tal como la tenían él y su hijo. Cuando el rey negro se puso la pulsera, Antonio les pidió a él y a su padre que hicieran girar el trébol hacia la derecha y repitieran el primer verso del himno: Macacafú, fuchi fú, fuchi fú

La sorpresa del rey Benkos fue notoria con la sensación de reducción del tamaño que Tomás y Antonio conocían muy bien; pero no daba crédito a sus ojos y a sus oídos al ver que los tres habían reducido su tamaño al mismo de los dos gnomos verdes y los dos pigmeos africanos que le sonreían amistosamente y cuya apariencia conservaba en sus lejanos recuerdos de infancia. En ese momento pasaron por su lado dos negros del palenque, que obviamente no los vieron. Sólo entonces, Benkos tomó conciencia por primera vez de que al reducir su tamaño también se había vuelto invisible. Captó entonces el verdadero valor del presente que le había enviado el rey Kinte y las innumerables posibilidades que estos nuevos poderes le ofrecían para mejorar su lucha a favor de la libertad de los esclavos negros en el Nuevo Mundo.

Después de las presentaciones, Binaroti sugirió que cruzaran el portal dimensional y fuesen a visitar al cacique Kátaro para que conociese al rey Benkos y establecieran una forma de comunicación entre sí que le permitiera a los cimarrones acudir al jefe de los pigmeos tayronas cuando requiriesen ayuda. Por su parte, Karlo y Halil deseaban obtener información sobre las circunstancias en que había sido secuestrada la princesa Marli.

Al cruzar el portal, guiado por Halil, el grupo emprendió la marcha por un sendero que los condujo, tras dos horas de camino, hasta la aldea en que vivía el cacique Kátaro. El encuentro entre Benkos y el jefe de los pigmeos fue muy emotivo, toda vez que Kátaro manifestó que su lucha por la libertad de los esclavos negros era una causa que él y su pueblo estaban dispuestos a apoyar con determinación. Unas pocas palabras y un abrazo fraterno sellaron una alianza interdimensional, que seguramente daría buenos frutos. Satisfecho por los resultados de su encuentro con Kátaro, el rey Benkos se despidió, hizo girar el trébol de su pulsera, recuperó su tamaño y regresó al palenque.


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Capítulo VII – “El ejército de Vangar

Binarotti y Petrochi – Capítulo VII. El ejército de Vangar

Por : kapizan
En : Binaroti y Petrochi, Capítulo VII. El ejército de Vangar, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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A lo largo de casi un siglo, el plan de Vangar para crear una nueva raza de gnomos mestizos, mezclándose con las pigmeas secuestradas en el Nuevo Mundo, se había convertido en realidad. Tras su salida de La Española se había dedicado por décadas a secuestrar pigmeas a lo largo del litoral y esto le había permitido a él y a sus gnomos morados traer al mundo cerca de doscientos mestizos de ambos sexos a los que había entrenado como guerreros, adiestrándolos en el uso de la lanza y el arco de flechas. Sus mestizos vestían pantalón blanco de algodón enrollado por debajo de la rodilla, camisa del mismo material, y se cubrían con un sombrero de paja teñido de morado. Por su parte, él y sus secuaces conservaban el tradicional gorro puntiagudo de color morado oscuro.

Las secuestradas, normalmente jóvenes de menos de cincuenta años, la edad en que ya podían tener hijos, permanecían en una cueva, atadas y vigiladas hasta que llegaba su tiempo. En esas condiciones se encontraba la princesa Marli y otras seis doncellas tayrona. Te preguntarás, amigo lector: ¿Qué suerte corrían las doncellas secuestradas después del nacimiento de sus mestizos? La respuesta es cruel pero simple: Vangar las estrangulaba con sus propias manos.

Para la época de este relato, Vangar había logrado perfeccionar el bebedizo utilizando la sangre pura de las doncellas sacrificadas, hasta el punto de que con una ración en la mañana y otra en la noche, tanto él como Octox y Nonex pudieron abandonar para siempre la cuarta dimensión y permanecer todo el tiempo en un campamento que construyó a la orilla del mar en la tercera dimensión, cerca al portal que daba acceso al territorio de los pigmeos tayronas en la quinta dimensión. Ahora, podía ingresar al mundo de los pigmeos las veces que quisiera y permanecer allí todo el tiempo que fuese necesario para cumplir sus malvados propósitos.

Esos avances lo llevaron a pensar que era posible invadir con sus huestes el territorio Tayrona, dar un golpe definitivo y destronar al cacique Kátaro, jefe de los pigmeos que habitaban en inmediaciones de Cartagena y de la sierra nevada de Santa Marta.

Vangar estaba muy orgulloso de su nuevo ejército, al que creía haberle inculcado la esencia de su perversidad, de su astucia y de su capacidad para hacer el mal. Lo que Vangar desconocía era que al mezclarse la sangre de los gnomos con la de las inocentes doncellas pigmeas, no podría predecir el comportamiento de sus descendientes por muy bien que los hubiese entrenado. De hecho, a raíz del secuestro de Marli, la pigmea africana, uno de sus mestizos llamado Gandul se había comportado con ella en una forma particularmente amable. Esta actitud era, desde todo punto de vista, inapropiada y demostraba una debilidad que no se compadecía con el ideal del guerrero que Vangar proyectaba para su ejército. Cuando el jefe de los gnomos morados se enteró de la debilidad de Gandul, lo mandó azotar y prohibió que lo volviesen a enviar como vigilante de las doncellas.

Cada día los planes de los gnomos morados para atacar a los pigmeos tayrona iban cobrando forma y Vangar pensaba que sus guerreros estarían listos en tres meses, es decir, antes del nuevo año. Todo parecía marchar bien, hasta que cierta mañana Guarox, el gavilán que Vangar había reclutado como espía en el Nuevo Mundo, le trajo un inquietante mensaje:

― Amo, traigo una noticia que no os va a gustar ― comenzó a decir con cautela el gavilán, temeroso de la reacción de su dueño.

― Desembucha de una vez, ave de mal agüero ―urgió al gavilán el impaciente Vangar.

― Binaroti, vuestro enemigo, ha vuelto―acto seguido, el gavilán le relató de un tirón lo que había visto y oído cerca al palenque del rey Benkos.

Ante la noticia, el malvado Vangar se despachó en maldiciones e improperios, arrojando al suelo lo que había cerca y pateando con furia lo que encontraba a su paso mientras daba grandes zancadas. Finalmente se detuvo, mandó llamar a Octox y a Nonex y cuando los tuvo al frente les dijo:

― Binaroti ha regresado con Petrochi y cuatro pigmeos más: dos negros y dos blancos. Seguramente intentarán rescatar a la princesa Marli. Debemos adelantarnos, anticipar nuestros planes y atacar antes de que él lo haga.

― ¿Cuándo crees que debemos atacar? ―Preguntó Octox

― Mañana que es noche de luna negra ― contestó Vangar y agregó:

― La idea es que avancemos en la oscuridad organizados en tres unidades de mestizos cada una: dos de lanceros al mando de ustedes y una de arqueros bajo mi mando. Los lanceros irán en primera línea y yo los seguiré con los arqueros en la retaguardia. A cien metros de la aldea nos dividimos para rodearla y al amanecer lanzamos el ataque. Empiecen los preparativos en forma inmediata. Las doncellas deberán quedar amarradas en la cueva hasta nuestro regreso.

Malú, que como recordarás había seguido al gavilán hasta la guarida de Vangar, escuchó aterrado los planes del malvado gnomo, remontó vuelo y se dirigió sin pérdida de tiempo a comunicar la información a Binaroti.

***

Después de que Benkos hubo partido, el cacique Kátaro organizó un banquete en honor de sus visitantes. El festejo estuvo animado por una representación artística de un grupo mixto de pigmeos que interpretaron canciones y bailes al son de la marimba. En la charla de sobremesa Kátaro, hablando en castellano ― idioma que desde la llegada de los españoles habían adoptado los indígenas que habitaban en ambas dimensiones ―, se mostró muy contento con la presencia de Binaroti y su primo, cuyas hazañas combatiendo a los gnomos morados en la isla de sus hermanos tainos eran legendarias y se contaban de boca en boca a lo largo del litoral. El cacique estaba convencido de que su llegada, armados con los famosos mosquetes que petrificaban a sus adversarios, marcaría el comienzo del fin del terror que habían implantado en sus tierras los gnomos morados del bandido Vangar y su ejército de mestizos.

De repente Malú apareció en la aldea, sin respetar el protocolo, se plantó en mitad de la mesa que presidía el Cacique al lado de Binaroti, y en forma atropellada pero sin omitir detalle les contó lo que había visto y oído en el campamento de Vangar. Terminado el informe de Malú, el primero que habló fue el cacique para señalar:

― La situación es grave y el riesgo es inminente, pero tenemos dos ventajas: la primera, que Malú les arruinó la sorpresa y la segunda, que Vangar estaba hablando de mañana en términos de la tercera dimensión. O sea que tenemos una semana de nuestro tiempo para preparar la defensa ― dijo con voz calmada. Después dirigiéndose a sus invitados preguntó:

― ¿Qué opináis vosotros?

― ¿Con cuántos guerreros armados podemos contar?― quiso saber Petrochi.

― En el tiempo que tenemos disponible, puedo reunir unos trescientos guerreros armados con lanzas― respondió con prontitud Kátaro.

― Entonces, debemos alistar nuestros mosquetes y ponernos en acción cuanto antes. Tengo algunas ideas que quiero compartir con vosotros ― opinó Binaroti.

Después de deliberar por un rato, Kátaro y sus seis invitados concibieron un ingenioso plan de defensa. Cuando estuvieron todos de acuerdo en sus detalles, el cacique impartió instrucciones precisas para alistar el dispositivo que debería estar listo en una semana, en tiempo de la quinta dimensión.

A partir de ese momento comenzó una febril actividad para organizar la defensa de la aldea: los pigmeos cavaron un foso profundo alrededor del conjunto de chozas lo suficientemente ancho para que los atacantes no pudieran saltar por encima de él y tan profundo que sólo era posible salir del fondo con ayuda de sogas lanzadas desde el borde exterior. Construyeron también un puente levadizo e instalaron seis barricadas protegidas por sacos llenos de arena y espaciadas en torno al foso: tres en el hemisferio norte y tres en el hemisferio sur.

La víspera del anunciado ataque, Binaroti y el cacique pasaron revista de las obras y se mostraron satisfechos. Entonces Kátaro, al frente de los trescientos lanceros, cruzó el puente levadizo y ordenó a sus pigmeos que cubriesen la abertura del foso con ramas para disimularlo. Cuando el foso quedó cubierto, impartió instrucciones a sus guerreros para que se internaran en los bosques aledaños y permanecieran ocultos, formando un círculo alrededor de la aldea a unos trescientos metros de distancia del foso. A partir de ese momento, la suerte estaba echada…

***

Poco antes de iniciar el avance nocturno hacia el territorio de los pigmeos tayrona, Gandul, en un arranque impulsivo, aprovechó que su jefe estaba ocupado revisando sus tropas y se escabulló hasta la cueva de las doncellas prisioneras. Se acercó a la princesa Marli, le aflojó las ligaduras y le susurró al oído:

― Tan pronto amanezca, desata a las prisioneras y huye con todas.

Acto seguido, sin esperar la natural expresión de gratitud de la sorprendida princesa, se alejó de la cueva y se unió a la unidad de vanguardia que comandaba Octox. Tenía miedo de caer en combate por una causa que no entendía y, a su juicio, sólo obedecía a la ambición de Vangar y sus secuaces cuya crueldad le repugnaba.


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Capítulo VIII – “La batalla final

Binarotti y Petrochi – Capítulo VIII. La batalla final

Por : kapizan
En : Binaroti y Petrochi, Capítulo VIII. La batalla final, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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Una vez instalado el dispositivo defensivo, las chozas quedaron desocupadas, pues las pigmeas y sus hijos menores fueron evacuados a un lugar seguro detrás de una formación rocosa en las primeras alturas de la sierra. Kátaro había destinado una guardia de cincuenta lanceros para protegerlos. La aldea de los pigmeos tayrona estaba situada en una planicie en las estribaciones de la ladera occidental de la sierra nevada de Santa Marta a unas cuatro leguas del campamento de Vangar en la tercera dimensión.

Con las primeras luces del crepúsculo matutino, Binaroti, Tomás y Halil, atrincherados detrás de las barricadas del hemisferio sur del dispositivo, alcanzaron a ver las figuras difusas de los lanceros enemigos que se dividían en dos hileras, cien metros antes de llegar al foso que circundaba las chozas evacuadas. A espaldas suyas, Petrochi, Antonio y Karlo también comenzaron a distinguir las siluetas de los morados que avanzaban con cautela para rodear la aldea por el sector norte del foso.

A esa hora Vangar encaramado en una roca, a pocos metros del portal dimensional, dirigía el despliegue de sus arqueros y observaba a la distancia el movimiento envolvente del resto de su tropa. El jefe morado ignoraba que a sus espaldas Kátaro, con cerca de doscientos cincuenta guerreros agazapados entre el follaje, había tendido un cerco a su ejército.

Cuando la noche dio paso a las primeras luces del alba, Vangar hizo sonar un cuerno para dar la señal a sus mestizos de lanzarse al ataque y para que los arqueros dispararan sus flechas contra el poblado de pigmeos.

Lanza en ristre y gritando enardecidas consignas de asalto aprendidas de sus entrenadores, los primeros mestizos corrieron hacia la aldea, pisaron las ramas que cubrían la abertura del foso y cayeron al fondo en medio de alaridos y ayes de dolor. Ante tamaña sorpresa, los que venían detrás frenaron en seco y fueron alcanzados por los disparos de cápsulas de Petrobin que disparaban sin cesar los seis defensores apostados en las barricadas. En minutos, el campo quedó cubierto por los cuerpos de quienes fueron alcanzados por el letal líquido encapsulado. Antonio alcanzó a disparar su mosquete contra la figura inconfundible de uno de los gnomos que cayó petrificado frente al foso. Se trataba de Nonex y con su caída, cundió el pánico entre sus huestes que arrojaron las lanzas, dieron media vuelta y emprendieron una desordenada huida hacia el camino que los había conducido a la aldea tayrona desde la tercera dimensión…

Ante la evidencia de su derrota, Vangar descendió de la roca, cruzó el portal hacia la tercera dimensión y dio un prolongado silbido. Señal previamente convenida para que Guarox con su gigantesco corpachón, acudiese en su ayuda portando en sus garras una canastilla de mimbre. Cuando el gavilán acudió a su llamado, el cobarde jefe de los gnomos se trepó en la canastilla y le dio la orden de emprender la fuga. Comenzaban a elevarse, cuando apareció Octox que huía despavorido, alcanzó a aferrarse del borde de la canasta y logró meterse a bordo, antes de que el gavilán emprendiese vuelo.

Binaroti y Tomás alcanzaron a ver el intento de fuga de los gnomos, apuntaron sus mosquetes y dispararon pero por la distancia erraron el tiro. Por ventura, cuando el gavilán levantaba vuelo, el rey Benkos que acudía en ayuda de sus amigos y aún no había disminuido su tamaño para cruzar el portal, apuntó su lanza, la arrojó con fuerza y atravesó de parte a parte al gavilán que soltó el tiesto con los fugitivos adentro y se desplomó herido de muerte. Al estrellarse la canastilla contra el suelo, Vangar y Octox salieron de ella completamente aturdidos e intentaron correr, pero cayeron abatidos por una andanada de flechas que lanzaron sus propios arqueros enfurecidos por la cobarde actitud de los gnomos. El resto de los mestizos, completamente desmoralizados al ver cómo sus jefes pretendían abandonarlos en el campo de batalla y aterrados por el efecto del Petrobin, se entregaron sin oponer resistencia.

Se rindieron cien combatientes completamente ilesos, que fueron conducidos a un corral de guadua mientras el cacique decidía su suerte. Varias horas tardaron en rescatar a sesenta mestizos que habían caído en el foso y presentaban heridas leves, moretones y contusiones, pero todos estaban vivos.

Hacia el medio día, sucedió algo inesperado: los restantes cuarenta combatientes que habían caído abatidos por las cápsulas de Petrobin, recuperaron el sentido y comenzaron a ponerse de pie como si se levantaran de un profundo sueño. Binaroti y Petrochi comprobaron entonces que el líquido verde paralizaba temporalmente a los mestizos en vez de petrificarlos para siempre, como sucedía con los gnomos morados. Esa reacción sólo era explicable por el hecho de que poseían un cincuenta por ciento de sangre pigmea.

Al anochecer, regresaron sanas y salvas las doncellas que estaban cautivas y la princesa Marli reveló la forma en que Gandul les había ayudado a escapar. Este comportamiento noble del mestizo conmovió al cacique Kátaro, que esa misma noche reunió a los nobles de su tribu y en presencia de Binaroti y su equipo de valerosos defensores anunció:

― Creo que la bondad y la nobleza de la sangre tayrona está latente en el corazón de los mestizos que formaban el ejército que acabamos de derrotar. También creo que sin la influencia maligna de los gnomos morados, esos guerreros pueden incorporarse al pueblo de sus madres y recuperar en la paz, el tiempo que perdieron preparándose para la guerra. Por ello, he decidido conceder amnistía total a los prisioneros que tendrán la oportunidad de emprender una nueva vida como miembros de la tribu, hermanos de sangre de los pigmeos tayrona.

Así pues, tras esa contundente victoria de Kátaro con el apoyo de Binaroti y su equipo, la paz y la tranquilidad, transitoriamente alteradas por la ambición y la maldad de los gnomos morados, volvieron al territorio de los pigmeos tayrona y se quedaron para siempre. Además, gracias a la generosidad y a la sabiduría del cacique Kátaro, la incorporación de los mestizos a la vida pacífica y placentera de la quinta dimensión se convirtió pronto en una realidad.


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Binarotti y Petrochi – A manera de epílogo

Por : kapizan
En : A manera de epílogo, Binaroti y Petrochi, Los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón

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Querido amigo lector:

Para satisfacer tu natural curiosidad quiero terminar este relato contándote cual fue el destino de los protagonistas. Para mí es importante que lo sepas, pues Binaroti fue mi abuelo paterno y Petrochi mi abuelo materno. Veamos pues lo que sucedió:

Después de la derrota definitiva de los gnomos morados, Binaroti y su grupo de expedicionarios permaneció en las tierras del cacique Kátaro en cercanías del portal que conducía al palenque del rey Benkos de Biohó, apoyándolo en su causa en favor de la libertad de los negros. Durante doce años Benkos logró consolidar un ejército de cimarrones, tan poderoso y bien armado que el gobernador español de Cartagena prefirió ofrecerle la amnistía y firmar un tratado de paz reconociendo la autonomía del palenque. Lamentablemente, en 1621, el jefe de los cimarrones fue traicionado y ejecutado en la horca… Lo que nunca supieron los humanos es que el día de su ejecución Benkos llevaba oculta bajo el grillete una pulsera de macana con un sello en forma de trébol. Hoy en día, en San Basilio de Palenque, los turistas pueden visitar el monumento a la libertad en el que se aprecia una estatua de cuerpo entero del rey Benkos, que levanta en la mano unas cadenas rotas.

Tras la firma del tratado, el grupo de Binaroti se dispersó y sus integrantes tomaron diferentes rumbos:

La princesa Marli y Halil se casaron y volvieron al África en donde vivieron hasta hace menos de cien años, cuando trascendieron al séptimo cielo dejando varios herederos.

El príncipe Karlo prefirió quedarse en territorio de los pigmeos tayrona, en donde contrajo matrimonio con una hija del cacique Kátaro. Su descendencia, contribuyó a una nueva forma de mestizaje entre los pigmeos, en la que se mezclaron la sangre africana y la sangre tayrona, y se fue diluyendo la sangre morada.

Tomás y su hijo Antonio emprendieron marcha hacia el interior del país a bordo de una embarcación que los llevó, aguas arriba del río de La Magdalena, hasta el puerto de Honda. Después continuaron a lomo de mula, por el camino real, hasta inmediaciones de la ciudad de Santa Fe de Bogotá. Allí, construyeron una cabaña en cercanías de la peña de Huaica, al pie de una fuente de aguas termales y frente al portal de la quinta dimensión en donde habitaban los pigmeos muiscas.

Tomás murió a la avanzada edad de noventa años, rodeado del amor de su familia compuesta por Antonio, su esposa Yulda, una hermosa indígena chibcha, y dos preciosos nietos: Josefina y Carlos.

Convertido en amoroso abuelo, Tomás alcanzó a enseñarles a sus nietos el himno para ingresar al mundo mágico de los pigmeos muiscas y estuvo presente en la ceremonia de recepción que les hizo el cacique Nemequéne cuando cumplieron siete años.

Los nombres de Binaroti, Petrochi y los relatos de sus aventuras fueron conocidos por los pueblos pigmeos de la quinta dimensión a lo largo y ancho del continente, desde la tierra de los aztecas y los toltecas en el norte hasta las escarpadas montañas de los incas en las cordilleras del sur. Ambos primos recibieron invitaciones de los caciques y por varios años recorrieron esos territorios contando sus historias y recibiendo el reconocimiento de los pigmeos de diferentes etnias, por haber eliminado la amenaza de los gnomos morados.

Finalmente, cuando Binaroti y Petrochi frisaban los trescientos cincuenta años, sentaron cabeza y contrajeron matrimonio: Petrochi con la princesa Ostrá, de origen azteca, y Binaroti con la princesa Irinia, de origen muisca. La prole de estas parejas fue numerosa, y después de varios años ambos primos fundaron el reino de Ma-Fu, con Binaroti como monarca y Petrochi como canciller. Los descendientes mestizos de Binaroti y Petrochi, por ser súbditos del reino de Ma-Fu, recibimos en la quinta dimensión el gentilicio de mafuchinos.

Actualmente en América no se habla de gnomos ni de pigmeos, pues desde que nacieron mis antepasados mestizos, los humanos nos llaman enanitos del bosque y así se nos conoce en todo el mundo de la tercera dimensión.

Amorosamente,

Princesa Dialid

Heredera del reino Ma-Fu

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