La leyenda de los Mafuchinos

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

I. MENSAJE DE LA PRINCESA DIALID

II. EL REGRESO DEL ALMIRANTE

III. LOS POLIZONES SE PREPARAN

IV. ¡ALERTA! ¡PELIGRO! ¡MORADOS A LA VISTA!

V. LA INICIACIÓN DE ANTONIO

VI. LA MISIÓN

VII. ONDINAS AL RESCATE

VIII. EL EJÉRCITO DE VANGAR

IX. LA BATALLA FINAL

X. MENSAJE FINAL DE LA PRINCESA DIALID

SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XI. EL SECRETO DEL ABUELO RUBÉN

XII. LA MORADA ANDINA DE LA PRINCESA DIALID

XIII. EL GRUPO BINAROTI

XIV.LA CATÁSTROFE

XV. LA MONTAÑA EMBRUJADA

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XV

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XV. La montaña embrujada

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XV
LA MONTAÑA EMBRUJADA

Esa misma noche, mientras doña Priscila dormía, el grupo Binaroti viajó, a horcajadas sobre el cuello de dos cóndores, hasta la morada andina de la princesa para reunirse con el conde Roy y desarrollar un plan de acción tendiente a enfrentar la amenaza que representaba el nuevo propietario con su intención de talar el bosque. Tras explicar la situación al conde, éste creyó conveniente convocar a Macaturí, el gran chamán, para que ayudase a aportar ideas. Tras un buen rato evaluando opciones, el chamán dijo tener la solución pero pidió siete semanas ― aproximadamente cuarenta y ocho horas, dos días, en tiempo de la tercera dimensión ―, para preparar una sustancia mágica que al ser rociada sobre los troncos de los árboles le daría una capa protectora a la corteza, tornándola más fuerte que el acero. Con esa sustancia, los árboles se volverían totalmente invulnerables a las sierras, que se atrofiarían al intentar cortarlos. El chamán calculó que en una sola noche ― de tiempo terrestre ― con un escuadrón de cincuenta mafuchinos cubrirían todo el sector y quedarían inmunes todos los árboles del Bosque, pero necesitaba el tiempo solicitado para preparar cantidades suficientes del compuesto; sin embargo, podía proporcionarles, para llevar inmediatamente, una pequeña cantidad suficiente para rociar unos cincuenta o sesenta árboles. Finalmente, la propuesta del chamán fue acogida y el grupo Binaroti regresó a la mansión al amanecer, cuando ya el chamán llevaba tres días de tiempo mafuchino preparando la mágica sustancia en enormes recipientes.

***

En su escondite de la mansarda, los cuatro amigos y las ardillas prepararon un plan de acciones de sabotaje contra la empresa de Vergara con el propósito de retrasar el inicio de la tala y ganar tiempo para que Macaturí terminase de preparar la cantidad requerida de la sustancia que volvería impenetrables los troncos de los árboles y salvaría el bosque de su destrucción.

Decidieron que lo más seguro era que se dividiesen en dos grupos y que todo el tiempo actuaran con el tamaño mafuchino. El primer grupo, integrado por Robi, Macacafú y Chirulito, se desplazaría a las instalaciones de la empresa en el aserradero con la misión de causar el mayor caos posible a fin de atrasar la salida de las dos cuadrillas de taladores. El segundo grupo, compuesto por Natalia, Fuchirulí y Chirulita la ardilla pelirroja, esperaría a que llegaran los equipos de taladores y se definiera por donde empezarían el corte, para rociar los árboles más cercanos con la poca cantidad de la mágica sustancia que les había dado el chamán.

Temprano en la mañana, el grupo de Robi, esperó que Epaminondas estuviese con su gente dentro de las instalaciones del aserrío para comenzar a actuar. Mientras en el interior de un galpón de madera con techo de zinc, los hombres revisaban las motosierras, alistaban los materiales y ponían a punto el vehículo que los trasladaría al bosque, Robi y Macacafú, desde afuera, valiéndose de una palanca, echaron a rodar sobre la puerta del galpón una inmensa pila de gruesos troncos rollizos que trancaron por fuera el acceso al recinto, obligando a los enfurecidos hombres a salir por la ventana para tratar de mover a mano, los inmensos troncos que bloqueaban la entrada ― el vehículo para halarlos con cadenas y cables había quedado encerrado ―. Cuando Epaminondas y su gente salió por la ventana, nuestros invisibles amiguitos se colaron al interior por el mismo sitio y se dedicaron concienzudamente a echar azúcar en el tanque del camión y en los de las motosierras, en ejercicio de una de las clásicas acciones de sabotaje para inmovilizar motores de combustión.

Culminando la tarde, con diez horas de atraso ― tiempo valiosísimo para nuestros amigos ―, el empresario logró retirar el obstáculo que trancaba la puerta del galpón y decidió dejar para el día siguiente la tarea de comenzar a cortar los árboles. Estaba claro que el grupo Binaroti debería continuar sus labores de sabotaje y hostigamiento, por lo menos hasta las seis de la tarde del día siguiente, a fin de dar tiempo a Macaturí de terminar la preparación de la sustancia mágica, para que los cincuenta mafuchinos la rociaran en el transcurso de la noche.

***

A la mañana siguiente, Epaminondas Vergara madrugó para organizar las dos cuadrillas de taladores y emprender la marcha rumbo al bosque. Por su parte, Robi, Macacafú y Chirulito madrugaron un poco más y cuando el grupo de taladores se embarcó en el camión, los tres amigos, invisibles, se subieron en los estribos pues no querían perderse el momento en que los pistones del motor se trabasen por causa de la melcochuda y pegajosa argamasa en que se había convertido la gasolina caliente mezclada con el azúcar… A mitad de camino el motor del vehículo tosió, la máquina dio tres trompicones y se detuvo con el motor completamente arruinado; entonces, Epaminondas enardecido y vociferante se bajó para constatar que su camión había sido objeto de un sabotaje; como no era muy querido por sus subalternos y él lo sabía, no dudó en atribuir la acción a un empleado que había despedido injustamente una semana antes.

Media hora tardó el energúmeno en calmar su ira, mientras pateaba y daba inútiles puños contra la carrocería. Felices por el éxito, nuestros amiguitos siguieron a pie hasta el bosque para unirse al equipo de Natalia y apoyarlo en la siguiente fase de su plan, previsto para cuando finalmente pudiesen llegar al bosque Epaminondas y su gente. Mientras caminaban por el casi nunca transitado camino hasta la mansión, Macacafú y Robi se dedicaron a desperdigar clavos que pudiesen ponchar las llantas del nuevo camión alquilado. Como habían escuchado las instrucciones de Vergara para la tala, sabían el lugar exacto por donde comenzaría el corte: la esquina nororiental del bosque diagonal a la mansión. Por ello, una hora después, al unirse a sus compañeritos, los cuatro comenzaron a rociar los primeros troncos de ese sector con la poca sustancia mágica que les había dado el chamán.

Regresar a pie hasta el pueblo, conseguir una grúa para trasladar el camión, almorzar, alquilar un vehículo en la cooperativa de transporte del pueblo, despinchar el vehículo dos veces y llegar al bosque, les tomó a Epaminondas y a su gente hasta las tres de la tarde. Faltaban tres horas para que cayese la noche y comenzara el rociado nocturno por parte de los cincuenta mafuchinos enviados por el conde Roy con la sustancia mágica.

El grupo Binaroti esperó en el lugar escogido para iniciar la tala en donde previamente habían rociado cerca de treinta árboles que resultarían completamente resistentes a las motosierras; pero el personal de Epaminondas ni siquiera pudo probarlas pues, tras veinticuatro horas de estar obrando el azúcar en la gasolina, los motores se atascaron y las máquinas quedaron atoradas provocando la ira incontenible del empresario y las carcajadas, reprimidas, de los invisibles saboteadores. Derrotados los cortadores no tuvieron más remedio que regresar al pueblo con “el rabo entre las piernas“, y la idea de volver a la mañana siguiente equipados con motosierras de batería que no requerían gasolina.

Al caer la noche llegaron el mismísimo conde Roy, el chamán Macaturí y los cincuenta mafuchinos, provistos cada uno de un pote con la sustancia mágica y un hisopo para rociar los troncos de los árboles. Cuando amaneció y las hojas se cubrieron de rocío, el equipo Binaroti y los enanitos habían concluido la tarea y esperaban, agazapados, la llegada de Vergara y su gente.

Las nuevas motosierras de batería, con su amenazador zumbido rompieron el silencio sagrado del bosque, pero su aterrador sonido sólo duró un breve instante: las cadenas se rompieron y los motores se pararon cuando las máquinas intentaron talar la corteza impenetrable de los robles. Inicialmente se oyeron las imprecaciones y blasfemias de los taladores, pero rápidamente fueron acalladas por las risas y las burlas en coro de los casi sesenta mafuchinos, agazapados entre el follaje, que en segundos lograron transformar la furia de los hombres en un pánico incontrolable que los hizo huir despavoridos, al tiempo que gritaban:

― Sálvese quien pueda.

― Larguémonos de aquí.

― Esta maldita montaña está embrujada.

Cuando la calma volvió al bosque, las ramas del aliso se estremecieron con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

FIN

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XIV

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XIV. La catástrofe

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XIV
LA CATÁSTROFE

Durante la marcha de regreso, los más contentos eran Macacafú y Fuchirulí; a ambos los entusiasmaba la posibilidad de volver a ver a Tomasina, la cocinera de la mansión, a quién habían conocido desde que era una niña. Tomasa, su madre, según contó Macacafú, era amiga de la infancia del viejo Rubén y en sus primeros encuentros con los mafuchinos, habían jugado juntos. Años después, cuando Tomasina su única hija, cumplió siete años, los mafuchinos celebraron su cumpleaños, tal como habían hecho con Robi. Cuando creció, Tomasina se convirtió en la cocinera de la mansión y cada vez que los visitaba, al pie del aliso, les llevaba deliciosas viandas. Desde la muerte del abuelo, no habían vuelto a verla. Tomasa, la madre de Tomasina, había trascendido meses antes que el viejo Rubén y su espíritu se había convertido en un frondoso sauce a pocos metros del aliso que habitaba el espíritu del abuelo.

Natalia y Robi opinaron que la mansarda era el mejor escondite para los mafuchinos y las ardillas; además, de su alimentación se encargaría Tomasina ― hasta entonces ellos desconocían su relación con los mafuchinos ―, quién seguramente, suponían, estaría muy contenta de servir a sus amiguitos y de ser aliada del grupo Binaroti.

Durante el resto del recorrido, las ardillas aprovecharon para darles una erudita explicación sobre el ciclo del agua y mostrarles una gran variedad de árboles nativos del continente americano ― Robles, alisos, sauces llorones, entre otros ―, que crecían en las laderas de la cordillera y poseían excelentes propiedades como proveedores de agua para la tierra, a diferencia de otras especies de origen europeo, como los pinos y los eucaliptos ― creados por la sabia naturaleza para países con estaciones en donde absorben agua de la nieve ―; pues estos, en vez de aportar agua a la capa vegetal, extraen de la tierra más agua de la que aportan. Según ellas, era un gravísimo error reforestar con esas especies en países ecuatoriales.

Finalmente llegaron al aliso, las llamas se despidieron muy afectuosas y los Binaroti ingresaron, con las primeras luces del amanecer, al que sería su centro de operaciones: la mansarda. Había transcurrido una semana en la tierra de los mafuchinos y siete horas en la tercera dimensión.

Tan pronto estuvieron instalados en los aposentos de la mansarda, se desató un violento aguacero, que no amainó en muchas horas y dio paso a una lluvia permanente que no se detuvo, salvo pequeños intervalos, en quince días. Las consecuencias de éste diluvio no se hicieron esperar: el Río Frío se desbordó inundando grandes extensiones de tierras cultivadas en el valle; centenares de familias quedaron sin hogar y hubo enormes pérdidas económicas; sin embargo, lo verdaderamente catastrófico fue el deslizamiento de uno de los cerros orientales que rodeaban el pueblo situado a unos ocho kilómetros de la mansión: cientos de toneladas de lodo cubrieron más de trescientas casas campesinas en una avalancha cuya cifra exacta de personas sepultadas nunca podrá establecerse.

Para Natalia, la avalancha nunca hubiese sucedido si la compañía Vergara S. A. no hubiese tenido permisos de explotación maderera, en las laderas de la montaña. Epaminondas Vergara, su propietario, era un ambicioso personaje oriundo del pueblo, en donde ejercía un indudable poder económico y político. Gracias a su poder e influencia, en los últimos años se había dedicado a obtener de las autoridades, a cambio de mordidas y prebendas, autorización para explotar grandes latifundios en dos frentes: tala indiscriminada de bosques ― que nunca reforestaba ―, para comercializar las maderas preciosas; y, minería a cielo abierto para extraer gravilla y venderla por volquetadas.

***

Un buen día Robi y Natalia se llevaron una gran sorpresa: Doña Priscila, la madre del niño, recibió la visita ― inesperada para ellos ―, de Epaminondas Vergara. Este hecho ― coincidieron todos en el grupo Binaroti ―, no presagiaba nada bueno. Por ello al usar las pulseras, pudieron aprovechar la ventaja que proporciona el reducido tamaño de los mafuchinos, y escucharon la conversación, para enterarse, con horror, de que doña Priscila terminaría aceptando una jugosa propuesta del inescrupuloso empresario, para comprarle el terreno montañoso al oriente de la mansión; allí donde el abuelo Rubén había sembrado el precioso bosque nativo, que le servía de morada a su espíritu, en el aliso, y al de la vieja Tomasa, en el sauce.

A la semana siguiente, el empresario y Doña Priscila firmaron los documentos en la notaría y las seis hectáreas de bosque pasaron a ser propiedad del empresario. El bosque, estaba situado en la ladera oriental de la cordillera a unos quinientos metros de la mansión, frente a un camino veredal que facilitaría el traslado de los árboles talados al aserrío de Vergara situado en las afueras del pueblo. Después de contarlos, supieron que la amenaza se cernía sobre cuatrocientos ochenta árboles ― cuatrocientos robles, sesenta alisos y veinte sauces llorones ―, que convertidos en valiosa madera engrosarían las abultadas cuentas bancarias del voraz empresario. Esto, sin contar con lo que le reportaría la comercialización de miles de toneladas de gravilla que podrían extraerse de las seis hectáreas, despojadas de su hermosa y necesaria capa vegetal.

El proceso de tala a cargo de dos equipos de corte con motosierras de gasolina y el picado posterior de ramas pequeñas, tomaría unas ocho semanas; el transporte en camiones de los troncos desde el cerro hasta el aserrío tardaría un par de semanas adicionales; a partir de ese momento, se podría empezar a descapotar el terreno para remover con maquinaria pesada la capa vegetal y comenzar la explotación de la gravilla en gran escala. Una tragedia inminente…

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XIII

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XIII. El grupo Binaroti

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XIII
EL GRUPO BINAROTI

Al día siguiente, temprano en la mañana, la princesa hizo acudir a su despacho a Robi, a Natalia, a Macacafú, a Fuchilurí y a las dos ardillas. Al lado izquierdo del trono, estaba sentado Roy, el ministro de cultura y protección del medio ambiente. Según les habían contado Macacafú y Fuchirulí, durante su recorrido de la tarde anterior, Roy era el prometido de la princesa y al año siguiente, contraerían matrimonio. Estaba previsto que muy pronto el Rey Macacafú I y su esposa la Reina Ostrá ― quienes dirigían el reino Ma-Fú desde su palacio situado a la altura de la antigua tierra de los aztecas, y los toltecas, en su condición de primeros mestizos mafuchinos y padres de la princesa Dialid ―, trascendieran al país de la séptima dimensión, también conocido como el cielo supremo o el séptimo cielo; entonces, Dialid y Roy, recién casados, asumirían el trono del reino Ma-Fú.

Tan pronto llegaron los convocados, los hizo acomodar frente a ella en torno a una mesa en forma de media luna que emergió del piso, junto con cuatro sillas (las ardillitas posaban cómodamente instaladas en el hombro izquierdo de sus amiguitos), cuando la princesa activó un mecanismo con la cantonera del cetro.

― Natalia, o mejor Nati ― comenzó sin más preámbulos la princesa ―, me gusta el diminutivo de tu nombre y a partir de ahora lo usaré siempre para llamarte o referirme a ti ―. Su majestad hizo una pausa, tomó la punta de su trenza izquierda en actitud reflexiva, sonrió con cierta picardía y continuó dirigiéndose a todos:

― Si os dais cuenta, las ocho letras de vuestros nombres, cuatro de Nati y cuatro de Robi, nos permiten construir un anagrama: BINAROTI. El nombre del gran Binaroti, mi abuelo europeo, esposo de Irinia, mi abuela indígena; patriarca de los Mafuchinos quien, apoyado por su esposa ― hija menor del gran cacique Quemuenchatocha ― dirigió el devenir de nuestra raza desde comienzos del Siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. Estos primeros monarcas, al trascender al séptimo cielo, heredaron el trono a su hijo Macacafú I, mi padre. Éste a su vez, contrajo matrimonio con Ostrá, hija menor del gran Petrochi, el gnomo europeo, compañero de mi abuelo en la aventura de las carabelas, esposo de mi abuelita Odilia, la hija mayor del gran cacique Nemequene.

― Anoche, en sueños ― continuó la princesa, tras una breve pausa y con el tono que se da a las cosas trascendentes ―, el gran Binaroti me indicó que había llegado el momento de intervenir en la tercera dimensión, pues los humanos, en forma absurda, motivados en la ambición por el poder y el dinero, estaban destruyendo su propio planeta, contaminando el aire, el mar y los ríos; talando indiscriminadamente los árboles, sin reponer lo cortado y, en consecuencia, acabando con ese recurso vital que es el agua; en síntesis, alterando peligrosamente el equilibrio que debe existir en la naturaleza.

Su majestad recorrió la mirada sobre los presentes y dirigiéndose al conde Roy, le pidió:

― Querido Roy, os encargo de apoyar a estos jóvenes y a las dos ardillas a quienes conoceremos como el grupo BINAROTI, encargado de operaciones especiales de protección de la naturaleza en la tercera dimensión.

― Considero que el liderazgo del grupo debe estar a cargo de Nati, pues su condición de profesional y educadora le da mayores posibilidades de desempeñarse como una activista eficiente en defensa del equilibrio ambiental ― apuntó con muy buen juicio el conde Roy.

― Es más ― agregó la princesa Dialid ―, el próximo año la madre de Robi, según me contó Nati, está dispuesta a que ingrese al colegio como un niño común y corriente, pero conservándola a ella como institutriz de bellas artes, idiomas y música. Esta circunstancia ― terminó diciendo la princesa con mucha lógica ―, favorece la posibilidad de que al grupo Binaroti puedan incorporarse en el futuro algunos compañeritos del colegio al que acuda Robi.

― ¿Alguna pregunta o inquietud?―

― Háblame de mi abuelo ― pidió Robi con la confianza y la falta de protocolo que caracterizaban la relación con la princesa.

― ¡Ah el viejo Rubén Martínez! ― exclamó la princesa con un dejo de nostalgia y una primorosa sonrisa iluminada por el brillo evocador de su mirada ―. Era un ser muy especial: merecía ser un roble, pero prefirió ser un aliso desde que, al trascender a la cuarta dimensión, se convirtió en guardián del bosque de árboles nativos; el mismo bosque umbrío que él sembró en los cerros que rodean el valle en que queda la casa donde vives con tu madre. La mansión que Rubén heredó de sus ancestros en el hermoso valle a pocos kilómetros de la capital, cerca del pueblito de campesinos del cual el viejo fue alcalde dos veces hace ya muchos años. Él siempre amó la naturaleza; por ello, empezó a preocuparse cuando la capital creció y las fábricas se fueron estableciendo en la zona rural del pueblito, a lado y lado del Río Frío, en torno a los humedales; entonces, estos se fueron secando, se fueron contaminando y empezaron a agotarse pues los taladores y los empresarios, inconscientes y ambiciosos, compraron enormes extensiones de tierra y obtuvieron, fraudulentamente, absurdos permisos de explotación. Ahí comenzó el desastre: la tala indiscriminada y la violación de la capa vegetal para la minería a cielo abierto, con el fin de negociar con la gravilla y la madera. Tu abuelo ― finalizó la princesa ―, fue un hombre maravilloso y un gran amigo de Macacafú y Fuchirulí. Por esa razón, quise que ellos fuesen vuestros guías en nuestra dimensión y tus compañeros en el grupo Binaroti. Ellos te pueden contar muchas historias de tu abuelito.

Esa tarde, los miembros del recién creado grupo Binaroti pasaron varias horas reunidos con el conde Roy, recibiendo instrucciones y discutiendo sobre cómo podrían intervenir en la tercera dimensión en la forma más efectiva posible.

Al amanecer del día siguiente, tras despedirse de sus anfitriones, Nati, Robi y sus amigos ensillaron las llamas y emprendieron la marcha de regreso, cargados con la responsabilidad de cumplir la importante misión encomendada por su majestad: “contribuir con todos los medios disponibles a mejorar la deteriorada situación ambiental en el mundo habitado por humanos de la tercera dimensión“. En ese sentido, les animaban las últimas palabras del conde, “… en todo momento, ustedes podrán contar con el apoyo necesario por parte de los mafuchinos. Vayan en paz y que el espíritu del gran Binaroti los cuide, los guíe y los proteja”.

Todos, especialmente Natalia, eran conscientes de la magnitud de la tarea y de que resultaría imposible intervenir simultáneamente en todos los frentes; por ello, tomaron la determinación de concentrar sus esfuerzos iniciales en la recuperación de las fuentes de agua. En la mente de la joven, con base en la información proporcionada por Roy, comenzaba a fraguar un plan concreto, que seguramente contaría con la bendición del abuelo Rubén y haría sentir muy satisfecho al gran Binaroti.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XII

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XII. La morada andina de la princesa Dialid

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XII
LA MORADA ANDINA DE LA PRINCESA DIALID

Desde el primer encuentro con los mafuchinos y por invitación de estos, Robi y Natalia, siguieron visitando el Aliso para encontrarse con dos de sus nuevos amiguitos: Fuchirulí y Macacafú quienes, por disposición de la princesa Dialid, a partir de la segunda visita, se convertirían en sus guías y acompañantes en los recorridos que hiciesen al reino fantástico de la quinta dimensión en que habitaban desde tiempos inmemoriales los amigables y diminutos pigmeos, nativos del milenario continente a cuyas costas llegaron los españoles durante el reinado de Isabel la católica. Estos pigmeos indígenas, al casarse con algunos gnomos provenientes del norte de Europa ― llegados como polizones en las carabelas, de Cristóbal Colón en el siglo XV de la Era Cristiana ―, dieron origen, entre otras, a las castas Fuchifú y Macá, de las cuales descendían Fuchirulí y Macacafú, simpáticos y mestizos personajes conocidos como “los mafuchinos”, por algunos pocos seres humanos de corazón puro, buenos sentimientos y amoroso comportamiento que habían ganado el privilegio de verlos.

Aquellos que habían tenido la fortuna de conocerlos y de hablar con ellos, reconocían que los mafuchinos parecían humanos diminutos con una estatura promedio de treinta y tres centímetros, facciones perfectas, extremidades simétricas y proporcionales con lo cual adquirían el perfil correspondiente a su estatura; la simetría de sus extremidades y su adecuada proporción con el cuerpo, les daba el aspecto de “liliputienses”; es decir versiones diminutas de seres humanos. Físicamente, lucían fino cabello negro recogido en una trenza sobre la espalda, en el caso de los hombres; y suelto sobre los hombros o en dos trenzas, en el caso de las mujeres; poseían además, ojos oscuros muy expresivos, hermosa piel del color de la canela; dentadura perfectamente alineada y sonrisa perenne. Los mafuchinos, tanto los Fuchifú como los Macá, eran dos etnias de la nueva raza mestiza surgida de la unión entre los gnomos europeos y los pigmeos americanos, que poblaban en la quinta dimensión los territorios paralelos al Continente Americano de la tercera dimensión; el único rasgo que los diferenciaba entre sí era la nariz: recta y respingada en los Fuchifú, aguileña y ligeramente ancha en los Macá.

En el último año, Robi y Natalia habían visitado seis veces a los mafuchinos y permanecido en el reino Ma-Fú siete horas en cada ocasión. Lo bueno de estas visitas era que el tiempo en la quinta dimensión era diferente pues esas pocas horas nocturnas de la tercera dimensión ― mientras la madre del niño dormía plácidamente ―, equivalían a una semana completa de aventuras y recorridos por exóticos parajes, viajando a lomo de veloces llamas o resistentes caballos; volando sobre el cuello de poderosas águilas o esbeltos cóndores; o, a veces, navegando sobre el espaldar de ágiles delfines o confortables ballenas. Lo mejor era que los animales hablaban y todos tenían tamaños apropiados para el de los enanitos y los visitantes, quienes antes de cruzar el umbral dimensional, encontraban al pie del aliso un exquisito elixir, servido en copas de oro; esta poción achicaba la estatura de quien la bebiese y le proporcionaba energía suficiente para vivir sin cansancio cada aventura.

La noche anterior al octavo cumpleaños de Robi, tanto él como Natalia recibieron en sueños ― como había sucedido en ocasiones anteriores ―, instrucciones sobre su próxima visita. Ambos amanecieron excitados y no era para menos: ¡La princesa Dialid en su morada de las más altas montañas de la cordillera, los recibiría para festejar su día y darles un regalo muy especial!

Tras beber el elixir y cruzar el umbral, encontraron a Macacafú y a Fuchirulí. A su lado, se alineaban cuatro llamas lujosamente aperadas con sillas de montar. ― Yo soy Ralita, tu montura ― dijo en un tono de voz muy amable una de las llamas ― y seré la guía de la caravana hasta la cima de la cordillera pues la idea es que os familiaricéis con la flora, la fauna y las fuentes de agua que brotan en las montañas en donde tiene su palacio la princesa Dialid. Sin más explicaciones Macacafú sugirió que montaran y emprendieran la marcha con un alegre trote mientras todos cantaban una tonada que, en la visita anterior, les había enseñado Ostrá, uno de los músicos reconocido como el mejor juglar de las comunidades de enanitos que vivían en las playas del océano pacífico.

***

La princesa Dialid habitaba en el interior de una gigantesca peña que había sido tallada para conformar una serie de salones, habitaciones y lugares de esparcimiento, conectados entre sí como un intrincado laberinto.

Las instrucciones para esta primera visita de Natalia y Robi a la cumbre de la montaña habían sido muy claras: deberían viajar por tierra, a lomo de llama, para que pudiesen apreciar los detalles de la vegetación que iba cambiando a medida que avanzaban, por un serpenteante camino empedrado con lajas milenarias, acomodadas en un espacio de aproximadamente dos metros de ancho, rodeado con una valla protectora de hermosos y floridos arbustos nativos que le daban colorido y una agradable fragancia al sendero. Además, tan pronto llegaran al pico de la montaña deberían recibir el atuendo apropiado ― pantalón de lona, saco de lana, huipil de hilo bordado de múltiples colores con figuras geométricas, poncho de lana teñida y un chullo como cubrecabezas ―; a continuación, deberían ser conducidos hasta el salón de visitantes ilustres en donde serían presentados a la princesa y a los demás miembros de la corte.

La princesa Dialid se encontraba al fondo de la estancia sentada en un trono tallado en madera sobre una base de piedra que la elevaba unos cuantos centímetros sobre el nivel del piso, en el que permanecían de pie los ministros, y los principales dignatarios del reino. Llevaba como atuendo una túnica bordada en hilos de colores que la cubría desde los hombros hasta los pies; en su mano derecha portaba un cetro de oro, símbolo de su autoridad; su cabeza estaba cubierta por un chullo tejido en hilos de oro y plata. Las facciones de su rostro eran hermosas y su mirada reflejaba una exquisita combinación de amor y sabiduría. Cuando Robi y Natalia inclinaron la cabeza para saludar a la soberana, ésta en un gesto desprovisto de todo protocolo descendió del trono, se aproximó a ellos y con sencillez les dio un cordial abrazo de bienvenida y sendos besos en ambas mejillas. A continuación, con la cantonera del cetro oprimió el botón de un mecanismo que se activó para elevar sobre el piso una larga mesa con veinticinco sillas a su alrededor. Acto seguido, ingresaron al salón unos criados portando una primorosa vajilla de plata que dispusieron frente a cada uno de los puestos de la mesa alargada. La princesa invitó con un gesto a los presentes para que tomaran asiento alrededor de la mesa, al tiempo que indicó a Robi y a Natalia que se sentaran a su derecha y a su izquierda respectivamente. Los criados sirvieron vino, su majestad levantó la copa y brindó por la salud y la buena permanencia de los visitantes en su morada real. Recalcó su relación con Rubén, el abuelo de Robi a quien había conocido años antes y cuyo espíritu habitaba en la cuarta dimensión.

La cena fue abundante y exquisita. Todos los alimentos eran de origen vegetal pues los mafuchinos eran vegetarianos y los cocineros conocían deliciosas recetas que preparaban con maestría para satisfacer los paladares más exigentes. Después de los postres, la princesa hizo una señal y frente a cada uno de los dos invitados colocaron una pequeña caja con un presente. Al momento de abrir las cajas, Robi y Natalia se sorprendieron cuando unas vocecitas precedidas de breves carcajadas, se presentaron:

― Yo soy Chirulita, acompañaré a Natalia, durante su permanencia en nuestro reino ―, dijo una simpática ardilla de tupida cola de pelos rojos y blancos.

― Y yo soy Chirulito, hermano mellizo de Chirulita… de ahora en adelante, seré la compañía de Robi; la princesa nos ha encargado de contarles todo lo que se refiere a las especies animales y vegetales en esta dimensión y de enseñarles algunos secretos que los humanos desconocen sobre el vínculo que debe existir entre las diferentes especies animales y vegetales, para preservar la pureza del ambiente que debería ser óptima en la tierra, como lo es en nuestro mundo.

― Desde hoy y con la guía de Fuchirulí y Macacafú tendrán acceso a los pergaminos en que se ha escrito la historia del origen de nuestras castas y a la genealogía desde que nacieron los padres de la princesa hace ya quinientos años ― dijo el conde Roy, Ministro de cultura y protección del medio ambiente ―, un hombre de barba y bigote finamente recortados, que aparentaba los trescientos años de edad de la princesa.

En el reino de Ma-Fú ― nombre de los territorios en que surgieron las castas Macá y Fuchifú y que se extienden sobre los países que van desde el Canadá hasta la Patagonia ―, la edad de los mafuchinos y sus dos castas, se medía en tiempos diferentes; así por ejemplo, un mafuchino de quinientos años, tenía la apariencia de un humano cincuentón; entonces, Roy y la princesa, con trescientos años de edad, parecían contemporáneos de Natalia que ese año, 2018 de la era cristiana, cumpliría sus primeros treinta años.

Esa tarde, Natalia, Robi y las ardillas ― acomodadas en los respectivos hombros de sus futuros discípulos ―, guiados por Macacafú y Fuchifú, recorrieron todos los rincones de la morada de piedra tallada en que habitaban la princesa y toda su corte. Dos salones llamaron la atención de los visitantes: un enorme museo de cera con muñecos que representaban a los gnomos venidos de Europa y a los pigmeos nativos del continente, ataviados los primeros con trajes de colores vívidos y gorros puntiagudos, en tanto que los segundos lucían tocados de plumas, taparrabos, chullos de lana, ponchos y huipiles de hilos bordados; y el salón de “caracterizaciones”: un amplísimo recinto repleto de trajes, uniformes, faldas, capas y vestidos de humanos ― hechos a mano a la medida de los mafuchinos ―, según las modas de los últimos cinco siglos; la colección se completaba con los más variados diseños de pelucas, gorras, sombreros, cascos y cubrecabezas. Según explicó Fuchirulí, los cortesanos eran muy amigos de reconstruir su propia historia mediante representaciones teatrales; además su diversión favorita consistía en representar comedias basadas en la vida y costumbres de los humanos con quienes compartían sus buenos sentimientos pero no entendían muchos de sus absurdos comportamientos originados en sentimientos negativos como el odio, los celos, el egoísmo o la avaricia. De hecho, complementó Macacafú, los miembros del grupo de teatro pasaban semanas enteras infiltrados entre los humanos observando y tomando nota, sin intervenir, sobre las situaciones que surgían, para escribirlas y recrearlas después, en forma caricaturesca, en la temporada anual de teatro. Para ese evento, se montaban las obras que un grupo de teatro itinerante ― del cual formaban parte él y Fuchirulí ―, representaba a lo largo y ancho del continente.

― Ustedes siempre nos han hablado en español; ¿en qué idioma hablan entre ustedes? ― quiso saber Natalia.

― Los mafuchinos, incluidos los animales, somos políglotas y todos hablamos español o portugués en el sur e inglés o francés al norte del río Grande; pero también practicamos las principales lenguas de nuestros antepasados indígenas-pigmeos como quechua, guaraní, quetchí y cachiquel, entre otros ― intervino con un cierto tono de orgullo Chirulita, la pelirroja ardillita ―.

Al atardecer, después de pasar un largo tiempo en la biblioteca y en la sala de juegos, los invitados fueron conducidos a sus habitaciones, en donde les dieron a cada uno el traje de gala que deberían lucir en la noche para asistir a la fiesta ofrecida por la princesa Dialid, con motivo del octavo cumpleaños de Robi. En el festejo, la mesa del salón principal lucía engalanada con festones de flores de múltiples colores entre los cuales, se destacaban enormes fuentes de porcelana repletas de deliciosos pastelillos, figuritas de mazapán, barras de caramelo, helados y pastillas de chocolate; al lado de varios jarrones de vino, agua cristalina y jugos de frutas. Al costado derecho de la mesa estaban dispuestos el trono de la princesa, los dos sillones para los invitados de honor y cerca de trescientos asientos para los cortesanos; al costado izquierdo había otras tantas sillas para acomodar a los pobladores de las montañas vecinas que habían sido invitados a la celebración.

A la siete de la noche, cuando todos estaban acomodados y solo faltaba el ingreso de la princesa y sus doce ministros, entró al salón una banda de músicos marcando el ritmo a un desfile de cuadrúpedos ― caballos, llamas, perros, novillos, gatos, armadillos y conejos ―, de ambos sexos, organizados por tamaños, en siete bloques de siete filas de ancho por veintitrés columnas de profundidad; el desfile dio la vuelta a la mesa y los ciento sesenta y un (161) animales en forma perfectamente ordenada tomaron asiento hacia el fondo del salón en una gradería.

Detrás de los animales hizo su ingreso un grupo de acróbatas, malabaristas, bailarines y actores que desfilaron en son de danza, para tomar asiento al lado derecho del bloque de animales que conformaba el coro de cuadrúpedos, mientras la banda de músicos se situaba, en primera fila , al frente del coro y los artistas.

A una señal del maestro de ceremonias, la banda de músicos interpretó las primeras notas del himno mafuchino, el coro de animales entonó el “Macacafú fuchi fú… fuchilurí macá…” y el resto de los presentes cantó a todo pulmón “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”, mientras la princesa hacia una majestuosa entrada al gran salón seguida por sus ministros.

***

― Tal como sucedió hace ochenta años, medidos en el calendario de los humanos, Rubén el abuelo de Robi recibió la investidura de mafuchino honorario que hoy le estoy otorgando a su nieto Robi y a su amiga Natalia ― anunció la princesa en tono solemne ―, igualmente recibirán los poderes necesarios para regresar a su tierra y adquirir a voluntad el tamaño de los mafuchinos, fácilmente mimetizables; siempre y cuando esto sea en beneficio de la humanidad y del medio ambiente terrícola de la tercera dimensión.

Acto seguido, un paje se aproximó al trono portando sendas pulseras de plata con un sello en el centro en el cual se había agregado la figura, en alto relieve, de un trébol de metal verde con cuatro hojas. La princesa se puso de pie, le pidió a los invitados que se parasen en frente de ella y les colocó en la respectiva muñeca de la mano izquierda las finas prendas que los acreditaban como miembros de honor de la comunidad mafuchina; al tiempo que les decía:

― Colocad el dedo índice de vuestra mano derecha sobre el sello trebolar de vuestras respectivas pulseras, movedlo en círculos hacia la derecha y pronunciad el primer verso de nuestro himno: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…”. Al punto, Robi y Natalia adquirieron su tamaño natural, sus cabezas quedaron casi rozando el techo del salón; asombrados, los asistentes prorrumpieron en un cerrado y estruendoso aplauso acompañado de vítores.― Para deshacer el ejercicio ― explicó su majestad ―, sólo tenéis que mover el dedo en círculos hacia la izquierda y pronunciar el segundo verso: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá…”.

Hecho esto, Robi y Natalia regresaron al tamaño mafuchino; y ésta fue la señal para dar comienzo a la celebración que se prolongaría hasta primeras horas del amanecer.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XI

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XI. El secreto del abuelo Rubén

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XI
EL SECRETO DEL ABUELO RUBÉN

Cordillera Central de los Andes Colombianos, febrero de 2017

Sobrecogida por la imponencia de la mansión, con sus tres pisos y su mansarda, Natalia se sintió por un instante como Alicia en el País de las Maravillas. Se sobrepuso, alisó los pliegues de su falda y golpeó tres veces el aldabón de la inmensa puerta de caoba…Una amable empleada, vestida con delantal y cofia, la hizo seguir a la sala principal en donde, antes de reparar en el valioso mobiliario y los objetos que la adornaban, se sintió fascinada por el retrato de un anciano, pintado al óleo, y por la intensidad de la mirada en sus ojos grises que parecían vivos. Completamente absorta la sorprendió la voz de una mujer que a sus espaldas dijo: “Es el abuelo… mi suegro… yo lo pinté. Murió el día en que mi hijo cumplió seis años; y tú, debes ser Natalia la sicóloga; yo soy Priscila González la madre de Robi; tu hoja de vida es impresionante y algo me dice que podrás volver a mi hijo a la normalidad – sin esperar que Natalia respondiera agregó -: estoy convencida de que la influencia de mi suegro fue nefasta para el niño… El viejo, estaba un tanto chalado y pasaba horas enteras encerradas con mi hijo en su habitación de la mansarda, llenándole la cabeza de fantasías absurdas sobre un mundo mágico habitado por seres diminutos que él llamaba mafuchinos… Desde que el anciano murió, Robi no ha vuelto a hablar, ni a reír, ni a llorar y sólo repite una estúpida cantinela que le enseñó su abuelo. Se comporta como un alelado y lo retiraron del jardín; precisamente la directora nos sugirió tu nombre…”.

Tres meses después, la víspera del séptimo cumpleaños de Robi, Natalia tuvo un extraño sueño en el cual el viejo le enseñaba la cantinela y la instruía sobre dónde encontrar un croquis que la guiaría al mundo mágico; al día siguiente, esperó sentada en el sillón del abuelo a que el niño llegase a la mansarda (con anuencia de la señora había utilizado el lugar para sus terapias y como habitación); siguiendo un impulso, cuando Robi se acercó lo tomó por las manos y comenzó a entonar la canción infantil – único lenguaje del niño -; al escucharla, el rostro de Robi se iluminó y éste comenzó a seguirla en coro… Al final, hablando por primera vez, le dijo: “Con esa canción podremos llamar a los mafuchinos… El abuelo me iba a enseñar la puerta del mundo mágico el día de mi cumpleaños… Pero no lo hizo, ¿tú puedes? ”. Sin dudarlo, como poseída por una extraña energía, Natalia respondió: “Sí puedo, vamos…”

Al llegar al lugar indicado, según las instrucciones oníricas que Natalia siguió al pie de la letra, el niño se soltó de su mano y corrió a abrazarse a un enorme y frondoso árbol, un aliso, en cuyo curtido tronco y como un holograma, Natalia pudo ver la figura tridimensional y traslúcida del abuelo Rubén abrazando a su nieto; Entre tanto, la joven de acuerdo a las instrucciones recibidas, encontró detrás del aliso una copa de oro cuyo contenido deberían beber antes de cantar el himno para poder ingresar al mundo mágico de los mafuchinos… Después de beber el elixir, juntos comenzaron a cantar la primera estrofa del himno: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…” Minutos después, la imagen del anciano desapareció, el niño regresó y Natalia le dio a beber un sorbo del elixir, ella hizo lo mismo, inmediatamente ambos sintieron un leve temblor al reducirse su tamaño, se percataron de un hermoso resplandor que transformó el bosque umbrío en un maravilloso paraje y en poco tiempo Natalia y el niño se vieron rodeados por doce mafuchinos sonrientes que comenzaron a bailar en círculo en torno a ellos, mientras cantaban acompañados de diminutos instrumentos el resto de su himno: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”. Terminada la danza aparecieron otros cuatro mafuchinos portando un apetitoso pastel con siete velitas, que Robi apagó emocionado mientras las ramas del aliso se estremecían con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo X

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, X. Mensaje de la princesa Dialid

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

X
MENSAJE FINAL DE LA PRINCESA DIALID

Montañas de los Andes, 2018

Para satisfacer la natural curiosidad de quienes siguieron de cerca estas aventuras que tuvieron lugar en los siglos XV y XVI quiero contarles cuál fue el destino de los protagonistas. Para mí es importante que lo sepan, pues Binaroti fue mi abuelo paterno y Petrochi mi abuelo materno. Veamos pues lo que sucedió:

Después de la derrota definitiva de los gnomos morados, Binaroti y su grupo de expedicionarios permaneció en las tierras del cacique Kátaro en cercanías del portal que conducía al palenque del rey Benkos de Biohó, apoyándolo en su causa en favor de la libertad de los negros. Durante doce años Benkos logró consolidar un ejército de cimarrones, tan poderoso y bien armado que el gobernador español de Cartagena prefirió ofrecerle la amnistía y firmar un tratado de paz reconociendo la autonomía del palenque. Lamentablemente, en 1621, el jefe de los cimarrones fue traicionado y ejecutado en la horca… Lo que nunca supieron los humanos es que el día de su ejecución Benkos llevaba oculta bajo el grillete la pulsera mágica de los mafuchinos con el sello trebolar… Hoy en día, en San Basilio de Palenque, los turistas pueden visitar el monumento a la libertad en el que se aprecia una estatua de cuerpo entero del rey Benkos, que levanta en la mano unas cadenas rotas.

Tras la firma del tratado, el grupo de Binaroti se dispersó y sus integrantes tomaron diferentes rumbos:

La princesa Marli y Halil se casaron y volvieron al África en donde vivieron hasta hace menos de cien años, cuando trascendieron al séptimo cielo dejando varios herederos.

El príncipe Karlo prefirió quedarse en territorio de los pigmeos tayrona, en donde contrajo matrimonio con una hija del cacique Kátaro. Su descendencia contribuyó a una nueva forma de mestizaje entre los pigmeos, en la que se mezclaron la sangre africana y la sangre tayrona, y se fue diluyendo la sangre morada.

Tomás y su hijo Antonio emprendieron marcha hacia el interior del país a bordo de una embarcación que los llevó, aguas arriba del río de La Magdalena, hasta el puerto de Honda. Después continuaron a lomo de mula, por el camino real, hasta inmediaciones de la ciudad de Santa Fe de Bogotá. Allí, construyeron una cabaña en cercanías de la peña de Huaica, al pie de una fuente de aguas termales y frente al portal de la quinta dimensión en donde habitaban los pigmeos muiscas.

Tomás murió a la avanzada edad de noventa años, rodeado del amor de su familia compuesta por Antonio, su esposa Yulda, una hermosa indígena chibcha, y dos preciosos nietos: Josefina y Carlos. Convertido en amoroso abuelo, Tomás alcanzó a enseñarles a sus nietos el himno para ingresar al mundo mágico de los pigmeos muiscas y estuvo presente en la ceremonia de recepción que les hizo el cacique Nemequéne cuando cumplieron siete años. El último descendiente de Tomás y su hijo Antonio, se llamaba Rubén, falleció este año, pero su nieto se llama Robi y está por celebrar sus primeros siete años e ingresar al mundo mágico de la quinta dimensión.

Los nombres de Binaroti, Petrochi y los relatos de sus aventuras fueron conocidos por los pueblos pigmeos de la quinta dimensión a lo largo y ancho del continente, desde la tierra de los aztecas y los toltecas en el norte hasta las escarpadas montañas de los incas en las cordilleras del sur. Ambos primos recibieron invitaciones de los caciques y por varios años recorrieron esos territorios contando sus historias y recibiendo el reconocimiento de los pigmeos de diferentes etnias, por haber eliminado la amenaza de los gnomos morados.

Finalmente, cuando Binaroti y Petrochi frisaban los trescientos cincuenta años, sentaron cabeza y contrajeron matrimonio: Petrochi con la princesa Ostrá, de origen azteca, y Binaroti con la princesa Irinia, de origen muisca. La prole de estas parejas fue numerosa, y después de varios años ambos primos fundaron el reino de Ma-Fú, con Binaroti como monarca y Petrochi como canciller. Los descendientes mestizos de Binaroti y Petrochi, por ser súbditos del reino de Ma-Fú, recibimos en la quinta dimensión el gentilicio de mafuchinos.

Actualmente en América no se habla de gnomos ni de pigmeos, pues desde que nacieron mis antepasados mestizos, durante el reinado de Binaroti, los humanos nos llaman mafuchinos y así se nos conoce en todo el mundo de la tercera dimensión.

Amorosamente,

Princesa Dialid
Heredera del reino Ma-Fú

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo IX

Por : kapizan
En : IX. La batalla final, La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

IX
LA BATALLA FINAL

Una vez instalado el dispositivo defensivo, las chozas quedaron desocupadas, pues las pigmeas y sus hijos menores fueron evacuados a un lugar seguro detrás de una formación rocosa en las primeras alturas de la sierra. Kátaro había destinado una guardia de cincuenta lanceros para protegerlos. La aldea de los pigmeos tayrona estaba situada en una planicie en las estribaciones de la ladera occidental de la sierra nevada de Santa Marta, a unas cuatro leguas del campamento de Vangar en la tercera dimensión.

Con las primeras luces del crepúsculo matutino, Binaroti, Tomás y Halil, atrincherados detrás de las barricadas del hemisferio sur del dispositivo, alcanzaron a ver las figuras difusas de los lanceros enemigos que se dividían en dos hileras, cien metros antes de llegar al foso que circundaba las chozas evacuadas. A espaldas suyas, Petrochi, Antonio y Karlo también comenzaron a distinguir las siluetas de los morados que avanzaban con cautela para rodear la aldea por el sector norte del foso.

A esa hora Vangar encaramado en una roca, a pocos metros del portal dimensional, dirigía el despliegue de sus arqueros y observaba a la distancia el movimiento envolvente del resto de su tropa. El jefe morado ignoraba que a sus espaldas Kátaro, con cerca de doscientos cincuenta guerreros agazapados entre el follaje, había tendido un cerco a su ejército.

Cuando la noche dio paso a las primeras luces del alba, Vangar hizo sonar un cuerno para dar la señal a sus mestizos de lanzarse al ataque y para que los arqueros dispararan sus flechas contra el poblado de pigmeos.

Lanza en ristre y gritando enardecidas consignas de asalto aprendidas de sus entrenadores, los primeros mestizos corrieron hacia la aldea, pisaron las ramas que cubrían la abertura del foso y cayeron al fondo en medio de alaridos y ayes de dolor. Ante tamaña sorpresa, los que venían detrás frenaron en seco y fueron alcanzados por los disparos de cápsulas de Petrobin que disparaban sin cesar los seis defensores apostados en las barricadas. En minutos, el campo quedó cubierto por los cuerpos de quienes fueron alcanzados por el letal líquido encapsulado. Antonio alcanzó a disparar su mosquete contra la figura inconfundible de uno de los gnomos que cayó petrificado frente al foso. Se trataba de Nonex y con su caída, cundió el pánico entre sus huestes que arrojaron las lanzas, dieron media vuelta y emprendieron una desordenada huida hacia el camino que los había conducido a la aldea tayrona desde la tercera dimensión…

Ante la evidencia de su derrota, Vangar descendió de la roca, cruzó el portal hacia la tercera dimensión y dio un prolongado silbido. Señal previamente convenida para que Guarox con su gigantesco corpachón, acudiese en su ayuda portando en sus garras una canastilla de mimbre. Cuando el gavilán acudió a su llamado, el cobarde jefe de los gnomos se trepó en la canastilla y le dio la orden de emprender la fuga. Comenzaban a elevarse, cuando apareció Octox que huía despavorido, alcanzó a aferrarse del borde de la canasta y logró meterse a bordo, antes de que el gavilán emprendiese vuelo.

Binaroti y Tomás alcanzaron a ver el intento de fuga de los gnomos, apuntaron sus mosquetes y dispararon pero por la distancia erraron el tiro. Por ventura, cuando el gavilán levantaba vuelo, el rey Benkos que acudía en ayuda de sus amigos y aún no había disminuido su tamaño para cruzar el portal, apuntó su lanza, la arrojó con fuerza y atravesó de parte a parte al gavilán que soltó el tiesto con los fugitivos adentro y se desplomó herido de muerte. Al estrellarse la canastilla contra el suelo, Vangar y Octox salieron de ella completamente aturdidos e intentaron correr, pero cayeron abatidos por una andanada de flechas que lanzaron sus propios arqueros enfurecidos por la cobarde actitud de los gnomos. El resto de los mestizos, completamente desmoralizados al ver cómo sus jefes pretendían abandonarlos en el campo de batalla y aterrados por el efecto del Petrobin, se entregaron sin oponer resistencia.

Se rindieron cien combatientes completamente ilesos, que fueron conducidos a un corral de guadua mientras el cacique decidía su suerte. Varias horas tardaron en rescatar a sesenta mestizos que habían caído en el foso y presentaban heridas leves, moretones y contusiones, pero todos estaban vivos.

Hacia el medio día, sucedió algo inesperado: los restantes cuarenta combatientes que habían caído abatidos por las cápsulas de Petrobin, recuperaron el sentido y comenzaron a ponerse de pie como si se levantaran de un profundo sueño. Binaroti y Petrochi comprobaron entonces que el líquido verde paralizaba temporalmente a los mestizos en vez de petrificarlos para siempre, como sucedía con los gnomos morados. Esa reacción sólo era explicable por el hecho de que poseían un cincuenta por ciento de sangre pigmea.

Al anochecer, regresaron sanas y salvas las doncellas que estaban cautivas y la princesa Marli reveló la forma en que Gandul les había ayudado a escapar. Este comportamiento noble del mestizo conmovió al cacique Kátaro, que esa misma noche reunió a los nobles de su tribu y en presencia de Binaroti y su equipo de valerosos defensores anunció:

― Creo que la bondad y la nobleza de la sangre tayrona está latente en el corazón de los mestizos que formaban el ejército que acabamos de derrotar. También creo que sin la influencia maligna de los gnomos morados, esos guerreros pueden incorporarse al pueblo de sus madres y recuperar en la paz, el tiempo que perdieron preparándose para la guerra. Por ello, he decidido conceder amnistía total a los prisioneros que tendrán la oportunidad de emprender una nueva vida como miembros de la tribu, hermanos de sangre de los pigmeos tayrona.

Así pues, tras esa contundente victoria de Kátaro con el apoyo de Binaroti y su equipo, la paz y la tranquilidad, transitoriamente alteradas por la ambición y la maldad de los gnomos morados, volvieron al territorio de los pigmeos tayrona y se quedaron para siempre. Además, gracias a la generosidad y a la sabiduría del cacique Kátaro, la incorporación de los mestizos a la vida pacífica y placentera de la quinta dimensión se convirtió pronto en una realidad.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo VIII

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, VIII. El ejército de Vangar

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

VIII
EL EJÉRCITO DE VANGAR

A lo largo de casi un siglo, el plan de Vangar para crear una nueva raza de gnomos mestizos, mezclándose con las pigmeas secuestradas en el Nuevo Mundo, se había convertido en realidad. Tras su salida de La Española se había dedicado por décadas a secuestrar pigmeas a lo largo del litoral y esto le había permitido a él y a sus gnomos morados traer al mundo cerca de doscientos mestizos de ambos sexos a los que había entrenado como guerreros, adiestrándolos en el uso de la lanza y el arco de flechas. Sus mestizos vestían pantalón blanco de algodón enrollado por debajo de la rodilla, camisa del mismo material, y se cubrían con un sombrero de paja teñido de morado. Por su parte, él y sus secuaces conservaban el tradicional gorro puntiagudo de color morado oscuro.

Las secuestradas, normalmente jóvenes de menos de cincuenta años, la edad en que ya podían tener hijos, permanecían en una cueva, atadas y vigiladas hasta que llegaba su tiempo. En esas condiciones se encontraba la princesa Marli y otras seis doncellas tayrona. Te preguntarás, amigo lector: ¿Qué suerte corrían las doncellas secuestradas después del nacimiento de sus mestizos? La respuesta es cruel pero simple: Vangar las estrangulaba con sus propias manos.

Para la época de este relato, Vangar había logrado perfeccionar el bebedizo utilizando la sangre pura de las doncellas sacrificadas, hasta el punto de que con una ración en la mañana y otra en la noche, tanto él como Octox y Nonex pudieron abandonar para siempre la cuarta dimensión y permanecer todo el tiempo en un campamento que construyó a la orilla del mar en la tercera dimensión, cerca al portal que daba acceso al territorio de los pigmeos tayronas en la quinta dimensión. Ahora, podía ingresar al mundo de los pigmeos las veces que quisiera y permanecer allí todo el tiempo que fuese necesario para cumplir sus malvados propósitos.

Esos avances lo llevaron a pensar que era posible invadir con sus huestes el territorio Tayrona, dar un golpe definitivo y destronar al cacique Kátaro, jefe de los pigmeos que habitaban en inmediaciones de Cartagena y de la sierra nevada de Santa Marta.

Vangar estaba muy orgulloso de su nuevo ejército, al que creía haberle inculcado la esencia de su perversidad, de su astucia y de su capacidad para hacer el mal. Lo que Vangar desconocía era que al mezclarse la sangre de los gnomos con la de las inocentes doncellas pigmeas, no podría predecir el comportamiento de sus descendientes por muy bien que los hubiese entrenado. De hecho, a raíz del secuestro de Marli, la pigmea africana, uno de sus mestizos llamado Gandul se había comportado con ella en una forma particularmente amable. Esta actitud era, desde todo punto de vista, inapropiada y demostraba una debilidad que no se compadecía con el ideal del guerrero que Vangar proyectaba para su ejército. Cuando el jefe de los gnomos morados se enteró de la debilidad de Gandul, lo mandó azotar y prohibió que lo volviesen a enviar como vigilante de las doncellas.

Cada día los planes de los gnomos morados para atacar a los pigmeos tayrona iban cobrando forma y Vangar pensaba que sus guerreros estarían listos en tres meses, es decir, antes del nuevo año. Todo parecía marchar bien, hasta que cierta mañana Guarox, el gavilán que Vangar había reclutado como espía en el Nuevo Mundo, le trajo un inquietante mensaje:

― Amo, traigo una noticia que no os va a gustar ― comenzó a decir con cautela el gavilán, temeroso de la reacción de su dueño.

― Desembucha de una vez, ave de mal agüero ―urgió al gavilán el impaciente Vangar.

― Binaroti, vuestro enemigo, ha vuelto―acto seguido, el gavilán le relató de un tirón lo que había visto y oído cerca al palenque del rey Benkos.

Ante la noticia, el malvado Vangar se despachó en maldiciones e improperios, arrojando al suelo lo que había cerca y pateando con furia lo que encontraba a su paso mientras daba grandes zancadas. Finalmente se detuvo, mandó llamar a Octox y a Nonex y cuando los tuvo al frente les dijo:

―Binaroti ha regresado con Petrochi y cuatro pigmeos más: dos negros y dos blancos. Seguramente intentarán rescatar a la princesa Marli. Debemos adelantarnos, anticipar nuestros planes y atacar antes de que él lo haga.

― ¿Cuándo crees que debemos atacar? ―Preguntó Octox

― Mañana que es noche de luna negra ― contestó Vangar y agregó:

― La idea es que avancemos en la oscuridad organizados en tres unidades de mestizos cada una: dos de lanceros al mando de ustedes y una de arqueros bajo mi mando. Los lanceros irán en primera línea y yo los seguiré con los arqueros en la retaguardia. A cien metros de la aldea nos dividimos para rodearla y al amanecer lanzamos el ataque. Empiecen los preparativos en forma inmediata. Las doncellas deberán quedar amarradas en la cueva hasta nuestro regreso.

Malú, que como recordarás había seguido al gavilán hasta la guarida de Vangar, escuchó aterrado los planes del malvado gnomo, remontó vuelo y se dirigió sin pérdida de tiempo a comunicar la información a Binaroti.

***

Después de que Benkos hubo partido, el cacique Kátaro organizó un banquete en honor de sus visitantes. El festejo estuvo animado por una representación artística de un grupo mixto de pigmeos que interpretaron canciones y bailes al son de la marimba. En la charla de sobremesa Kátaro, hablando en castellano ― idioma que desde la llegada de los españoles habían adoptado los indígenas que habitaban en ambas dimensiones ―, se mostró muy contento con la presencia de Binaroti y su primo, cuyas hazañas combatiendo a los gnomos morados en la isla de sus hermanos tainos eran legendarias y se contaban de boca en boca a lo largo del litoral. El cacique estaba convencido de que su llegada, armados con los famosos mosquetes que petrificaban a sus adversarios, marcaría el comienzo del fin del terror que habían implantado en sus tierras los gnomos morados del bandido Vangar y su ejército de mestizos.

De repente Malú apareció en la aldea, sin respetar el protocolo, se plantó en mitad de la mesa que presidía el Cacique al lado de Binaroti, y en forma atropellada pero sin omitir detalle les contó lo que había visto y oído en el campamento de Vangar. Terminado el informe de Malú, el primero que habló fue el cacique para señalar:

― La situación es grave y el riesgo es inminente, pero tenemos dos ventajas: la primera, que Malú les arruinó la sorpresa y la segunda, que Vangar estaba hablando de mañana en términos de la tercera dimensión. O sea que tenemos una semana de nuestro tiempo para preparar la defensa ― dijo con voz calmada. Después dirigiéndose a sus invitados preguntó:

― ¿Qué opináis vosotros?

― ¿Con cuántos guerreros armados podemos contar?― quiso saber Petrochi.

― En el tiempo que tenemos disponible, puedo reunir unos trescientos guerreros armados con lanzas― respondió con prontitud Kátaro.

― Entonces, debemos alistar nuestros mosquetes y ponernos en acción cuanto antes. Tengo algunas ideas que quiero compartir con vosotros ― opinó Binaroti.

Después de deliberar por un rato, Kátaro y sus seis invitados concibieron un ingenioso plan de defensa. Cuando estuvieron todos de acuerdo en sus detalles, el cacique impartió instrucciones precisas para alistar el dispositivo que debería estar listo en una semana, en tiempo de la quinta dimensión.

A partir de ese momento comenzó una febril actividad para organizar la defensa de la aldea: los pigmeos cavaron un foso profundo alrededor del conjunto de chozas lo suficientemente ancho para que los atacantes no pudieran saltar por encima de él y tan profundo que sólo era posible salir del fondo con ayuda de sogas lanzadas desde el borde exterior. Construyeron también un puente levadizo e instalaron seis barricadas protegidas por sacos llenos de arena y espaciadas en torno al foso: tres en el hemisferio norte y tres en el hemisferio sur.

La víspera del anunciado ataque, Binaroti y el cacique pasaron revista de las obras y se mostraron satisfechos. Entonces Kátaro, al frente de los trescientos lanceros, cruzó el puente levadizo y ordenó a sus pigmeos que cubriesen la abertura del foso con ramas para disimularlo. Cuando el foso quedó cubierto, impartió instrucciones a sus guerreros para que se internaran en los bosques aledaños y permanecieran ocultos, formando un círculo alrededor de la aldea a unos trescientos metros de distancia del foso. A partir de ese momento, la suerte estaba echada…

***

Poco antes de iniciar el avance nocturno hacia el territorio de los pigmeos tayrona, Gandul, en un arranque impulsivo, aprovechó que su jefe estaba ocupado revisando sus tropas y se escabulló hasta la cueva de las doncellas prisioneras. Se acercó a la princesa Marli, le aflojó las ligaduras y le susurró al oído:

― Tan pronto amanezca, desata a las prisioneras y huye con todas.

Acto seguido, sin esperar la natural expresión de gratitud de la sorprendida princesa, se alejó de la cueva y se unió a la unidad de vanguardia que comandaba Octox. Tenía miedo de caer en combate por una causa que no entendía y, a su juicio, sólo obedecía a la ambición de Vangar y sus secuaces cuya crueldad le repugnaba.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo VII

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, VII. Ondinas al rescate

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

VII
ONDINAS AL RESCATE

A bordo de la nao Santa Librada, los expedicionarios se acomodaron en una bodega debajo del castillo de popa, en tanto que Malú se instaló en el palo mayor para poder observar el panorama y alternar el reposo con cortos vuelos entre la nave principal y las carabelas artilladas que le servían de escolta como protección contra eventuales ataques piratas.

La travesía transcurría apacible. Los diminutos polizones se entretenían escuchando los fascinantes relatos que hacía el príncipe Karlo sobre la vida en África, oyendo las trovas que Binaroti y Petrochi habían escrito sobre sus aventuras contra los gnomos morados y cantaban acompañándose con la guitarra, o paseando sobre la cubierta para tomar el viento fresco en las noches en que el calor de la bodega se hacía insoportable. Al amanecer del décimo octavo día, cuando la flota navegaba más cerca de Cartagena que de Sevilla, tronó la voz del capitán que gritó a voz en cuello:

― ¡Alerta! ¡Buque pirata a la vista! ¡Artilleros a sus puestos!

La batalla naval fue encarnizada y finalmente las naves de la escolta lograron hundir al buque enemigo; sin embargo, los cañonazos del buque pirata hicieron una enorme tronera en el casco de La Santa Librada, que comenzó a hacer agua y lentamente se fue hundiendo entre las olas.

En medio del caos, Tomás activó la pulsera, recuperó su tamaño de humano, metió a su hijo y a sus diminutos compañeros en una mochila, se la terció a la espalda, agarró una mesa que encontró en la bodega, la tiró por la borda y se lanzó al agua.

Minutos más tarde, nuestros amigos flotaban a la deriva en alta mar, agarrados de la mesa, que intentaban empujar Tomás y su hijo Antonio, que también recuperó el tamaño humano, y juntos comenzaron a patalear con fuerza y a remar con un brazo, mientras los gnomos y los pigmeos se agarraban con ambas manos del borde de la mesa. ¡La rápida reacción de Tomás los había salvado!

Después de un buen rato empujando la mesa sobre el agua, Tomás y Antonio dejaron de chapalear para descansar. Entonces Malú, que los seguía desde el aire, anunció con tono de pesadumbre:

― Estamos perdidos. No se ve la costa.

―No, no estamos perdidos. Podemos acudir a las ondinas para que nos guíen hasta las playas de Cartagena ―Sugirió Binaroti con un tono que infundió tranquilidad y optimismo a sus compañeros.

― ¿Cómo las llamamos? ―Preguntó Antonio un tanto incrédulo.

― Muy fácil ―Respondió Binaroti y agregó:

― Para empezar, tú y tu padre deben disminuir nuevamente su tamaño. Después, los seis nos subiremos a la mesa y comenzamos a cantar nuestro himno. Ellas acudirán en nuestra ayuda. Esa es la ley de la quinta dimensión.

Los náufragos siguieron las indicaciones de su jefe natural y de pie sobre la mesa que flotaba en medio de un mar en calma, comenzaron a cantar a voz en cuello:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…
Fuchilurí macá.
Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá…

De repente, el océano a su alrededor se tornó transparente y aparecieron siete hermosas ondinas con cuerpo esbelto de mujer, bellísimas facciones y un tamaño tres veces superior al de los gnomos. La ondina que estaba a cargo del grupo, sacó medio cuerpo del agua, sacudió la cabeza de larga cabellera y con voz melodiosa anunció:

― Bienvenidos al reino de Neptuno. Mi nombre es Odalia y junto con mis compañeras estamos listas para llevaros a donde dispongáis.

Binaroti respondió el saludo y pidió a Odalia que los condujesen a la costa de Cartagena, lo más cerca posible al palenque en donde se refugiaba el rey Benkos de Biohó con sus Cimarrones.

Acto seguido, cada una de las ondinas tomó en brazos a uno de los náufragos y guiadas por Odalia se sumergieron y nadaron a gran velocidad hasta que en menos de lo que dura un suspiro, emergieron con su carga frente a una playa a pocas millas de Cartagena, al inicio de un sendero que Halil reconoció como el camino hacia el palenque a donde podrían llegar caminando en menos de media hora, ver al rey cimarrón y cumplir el encargo de entregarle la pulsera.

Sin demora, emprendieron la marcha guiados por Halil quien al llegar a un recodo del camino se detuvo, se volvió hacia el jefe natural del grupo y le dijo:

― Binaroti, estamos a pocos metros del palenque. Propongo que Tomás y Antonio recuperen su tamaño como humanos para que sean ellos los que hablen con el rey Benkos.

― De acuerdo, que sean ellos los que hablen con el rey Benkos el resto los acompañaremos ― replicó Binaroti y agregó ―: Al comienzo, él únicamente los verá a ellos y no nos verá a nosotros; pero cuando se ponga la pulsera y reduzca su tamaño, no sólo podrá vernos y hablar con nosotros sino que podrá entrar a la quinta dimensión y al mundo de los pigmeos Tayronas del cacique Kátaro, que podrán ayudarle en su causa.

Mientras Tomás y su hijo hacían girar el trébol de sus pulseras y regresaban a su tamaño natural, ninguno, con excepción de Malú, se percató de la presencia de Guarox, un gigantesco gavilán negro, del tamaño de un águila, que por pura casualidad estaba en un árbol cercano y cuando vio avanzar a los seis pequeños personajes, se agazapó tras el follaje para ver y escuchar lo que sucedía.

Intrigado por la sospechosa actitud del enorme gavilán, Malú simuló no haberlo visto, pero cuando sus amigos iniciaron la marcha hacia el palenque y el gavilán emprendió vuelo, decidió volar tras él a prudente distancia…

Una gran sorpresa se llevó cuando se dio cuenta de que había seguido al gavilán hasta el mismísimo campamento de Vangar y los gnomos morados. Tal como lo hizo el gavilán espía, Malú observó y escuchó atentamente lo que allí sucedía.

***

Benkos, el rey de los cimarrones del palenque, recibió con cierto recelo pero con curiosidad a los dos blancos, padre e hijo, que dijeron traerle un recado del rey Kinte. La sola mención del nombre del monarca de los pigmeos removió, en el corazón y en la mente del joven rey, hermosos recuerdos de su infancia en África que lo retrocedieron al día en que se había extraviado en la selva y unos pigmeos al mando del rey Kinte lo guiaron hasta su choza, pero antes, visitaron un mágico mundo de seres en miniatura que hablaban su misma lengua y en el que los animales y las plantas hablaban entre sí. Después creció y nunca más volvió a ver a los pigmeos, pero el recuerdo quedó grabado en su memoria para siempre.

Tomás le dio el mensaje del rey Kinte, señor de los pigmeos de África occidental y los saludos del rey Ergonio III, señor de los gnomos de los bosques de Sevilla. A continuación le entregó la pulsera, y le pidió que la ciñera en la muñeca derecha, tal como la tenían él y su hijo. Cuando el rey negro ciñó la pulsera, Antonio les pidió a él y a su padre que hicieran girar el trébol hacia la derecha y repitieran el primer verso del himno: Macacafú, fuchi fú, fuchi fú…

La sorpresa del rey Benkos fue notoria con la sensación de reducción del tamaño que Tomás y Antonio conocían muy bien; pero no daba crédito a sus ojos y a sus oídos al ver que los tres habían reducido su tamaño al mismo de los dos gnomos verdes y los dos pigmeos africanos que le sonreían amistosamente y cuya apariencia conservaba en sus lejanos recuerdos de infancia. En ese momento pasaron por su lado dos negros del palenque, que obviamente no los vieron. Sólo entonces, Benkos tomó conciencia por primera vez de que al reducir su tamaño también se había vuelto prácticamente invisible. Captó entonces el verdadero valor del presente que le había enviado el rey Kinte y las innumerables posibilidades que estos nuevos poderes le ofrecían para mejorar su lucha a favor de la libertad de los esclavos negros en el Nuevo Mundo.

Después de las presentaciones, Binaroti sugirió que cruzaran el portal dimensional y fuesen a visitar al cacique Kátaro para que conociese al rey Benkos y establecieran una forma de comunicación entre sí que le permitiera a los cimarrones acudir al jefe de los pigmeos tayronas cuando requiriesen ayuda. Por su parte, Karlo y Halil deseaban obtener información sobre las circunstancias en que había sido secuestrada la princesa Marli.

Al cruzar el portal, guiado por Halil, el grupo emprendió la marcha por un sendero que los condujo, tras dos horas de camino, hasta la aldea en que vivía el cacique Kátaro. El encuentro entre Benkos y el jefe de los pigmeos fue muy emotivo, toda vez que Kátaro manifestó que su lucha por la libertad de los esclavos negros era una causa que él y su pueblo estaban dispuestos a apoyar con determinación. Unas pocas palabras y un abrazo fraterno sellaron una alianza interdimensional, que seguramente daría buenos frutos. Satisfecho por los resultados de su encuentro con Kátaro, el rey Benkos se despidió, hizo girar el trébol de su pulsera, recuperó su tamaño y regresó al palenque.

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