Aisim de Morelia y Alia de Kordelia

Posted on : 11-04-2010 | By : kapizan | In : Encuentros de Almas Gemelas

2

I

LOS TEMPLOS DEL AMOR

Atlántida, año 11.013  a. C.

La pesada puerta metálica se cerró sin ningún ruido a espaldas del joven Aisim que se sintió, en medio de su turbación natural, sobrecogido por el ambiente de la estancia cuadrangular iluminada por una luz tenue de tonalidades violeta que resaltaba unas estilizadas figuras humanas, en posiciones eróticas, pintadas al fresco en los gruesos muros circundantes. Un fragante aroma de esencias florales y una delicada música de arpa ayudaban a crear una atmósfera de paz, que tranquilizó al joven haciendo que su turbación se transformara en una agradable expectativa.

Súbitamente se intensificó la luz y a espaldas del joven brotó un rayo dorado que se enfocó en una cortina de pesada tela que él no había percibido antes y que comenzó a descorrerse suavemente, dejando ver un corredor de unos seis metros de profundidad por el que avanzaba majestuosamente la esbelta figura de una mujer, cubierta por una túnica blanca de seda ceñida a su cintura con una cadena cordal de oro; sobre sus hombros caía elegantemente una cascada de cabellos negros lustrosos, que contrastaban con el color blanco de su piel y el tono castaño de sus ojos serenos y enmarcaba la dulce sonrisa de unos labios perfectos.

—Yo soy Adida, la sacerdotisa que te iniciará en el uso de tu fuerza sagrada –dijo la mujer al aproximarse al joven con los brazos extendidos y ampliando la sonrisa, que brilló con el reflejo de sus aperlados dientes.

Con natural delicadeza la mujer tomó el rostro del muchacho entre sus manos, se inclinó con gracia para besarlo levemente en la frente, las mejillas y los labios como formando una cruz en actitud que al adolescente le pareció sacramental y pura. Acto seguido lo tomó con firmeza de la mano y lo condujo a lo largo del pasadizo al interior de una cámara circular adornada con una jardinera de mármol, de la cual brotaban  fragantes rosas de múltiples colores que daban al ambiente una frescura natural que impresionó al joven. El único mobiliario estaba compuesto por una mesa labrada en bronce, en cuyo centro había colocado un cáliz con vino rojo y un cirio encendido. A lado y lado de la mesa había dos cómodos sillones de cuero repujado con extraños grabados jeroglíficos.

Adida invitó con un gesto al muchacho para que tomara asiento, mientras se acomodaba con elegancia en el sillón opuesto.

—A partir de hoy –comenzó diciendo con una voz de extraordinarios matices – iniciarás bajo mi orientación un proceso de un año, a lo largo del cual conocerás todos los secretos relativos al uso y disfrute de la fuerza sagrada; al final te habrás convertido en un hombre capaz de transformar a voluntad su energía sexual en energía vital.

—Tú, Aisim de Morelia –prosiguió la sacerdotisa imprimiendo un tono solemne a su voz– eres uno de los pocos hombres que sobrevivirá a la catástrofe que se avecina y que hundirá a la Atlántida para siempre. Este cataclismo – agregó la maestra con voz apesadumbrada – es la consecuencia inevitable del choque de energías producido por una humanidad que desvirtuó el sentido auténtico del amor, permitiendo que los rituales sagrados se convirtiesen en simple fornicación en busca del placer por el placer y dando rienda suelta a la lujuria, los celos, la envidia, el egoísmo y la satisfacción de los sentidos, abandonando por completo la espiritualidad, que es la esencia del ser humano. Adida hizo una pausa para beber del cáliz un sorbo de vino y miró fijamente a su discípulo que se sintió invitado a preguntar tímidamente:

—Si he de sobrevivir, ¿hay alguna misión o encomienda que deba cumplir?

—Por lo pronto –respondió la maestra – deberás seguir fielmente mis instrucciones y prácticas, haciendo con dedicación y esmero todos los ejercicios que te sean indicados. Terminada tu iniciación, regresarás a tu casa. Cuando comience el periodo de lluvias y se haya prolongado por siete días con sus noches, emprenderás camino hacia lo alto del monte Galiat. Allí estarás a salvo y te reunirás con un grupo de jóvenes puros que han recibido instrucción similar; en total doce hombres y doce mujeres que se encargarán de preservar los sagrados principios y de garantizar la continuidad del género humano. Desde ahora debes saber que toda la avanzada tecnología de la Atlántida desaparecerá con sus corrompidos creadores y habréis de repoblar la tierra a partir de vuestros limitados conocimientos y de la sabiduría que se encuentra latente en la naturaleza.

* * *

—Maestro –preguntó Alia con delicada voz – ¿cómo he de saber la fecha apropiada y la mejor forma de concebir un hijo sano y vigoroso?

—Muy fácil –replicó el maestro–: toma en cuenta las fases de la luna. En cada cuarto, coincidiendo con tu ovulación, debes hacer un ritual de amor con tu pareja durante siete días previos a la fase. En esas uniones no habrá expulsión seminal hasta el séptimo día en que el varón permitirá que su líquido fluya libre dentro de ti. Puede ser en cuarto creciente o en cuarto menguante, para engendrar hijos sanos. Pero has de saber que para engendrar hijos de luz, es menester que el ritual sagrado se realice en luna llena. ¿Tienes alguna otra pregunta?, pues de lo contrario daremos por terminada tu iniciación y serás declarada apta para usar tú fuerza sagrada y concebir hijos.

—En verdad sí –contestó Alia levemente sonrojada-. ¿Crees que he de encontrar a mi alma gemela durante esta encarnación?

—Sí lo creo –respondió el maestro–, sin embargo, el encuentro que se dará en esta encarnación tiene como fin que puedas concebir un hijo. En este momento tu alma gemela también está concluyendo su iniciación al amor y su maestra es Adida…

Después de pronunciar estas palabras, el maestro se irguió en su imponente figura resaltada por la túnica blanca, besó levemente a la joven en la frente, la bendijo y se marchó.

II

LA UNIÓN

Atlántida, año 11.011 a.C.

Los arreboles del atardecer se filtraban en variados tonos violeta, por entre los gruesos cristales de la claraboya de la base de la pirámide. Los dos cuerpos desnudos mantenían un íntimo contacto a través de sus miradas y un leve roce de los dedos de sus pies sumergidos en las tibias aguas del estanque. Una música suave matizaba el ambiente aromatizado con esencia de Sándalo. Siete campanadas señalaron la hora a los dos amantes, que sin mediar palabra irguieron los cuerpos sin perder el contacto visual que los unía.

De una mesita, tomaron cada uno una copa y él sirvió un licor ambarino de una licorera de cristal. Lentamente apuraron su contenido sintiendo cómo el calor iba invadiendo sus cuerpos. Cuando terminaron, se colocaron uno al lado del otro frente a la chimenea y permanecieron en silencio por un buen rato, hasta que el calor de las llamas hubo secado sus cuerpos. En el centro de la estancia, cubierto con un afelpado tapiz y marcado por un círculo rojo de dos metros de diámetro, debajo de la cúspide, se pararon frente a frente a cierta distancia, extendieron los brazos a los costados con las palmas de las manos hacia arriba y elevaron sus miradas hacia la bóveda celeste, visible a través de los cristales que descendían medio metro por debajo del ápice en los cuatro costados, iniciando en esta forma los preámbulos del ritual sagrado del amor…

El éxtasis de amor se mantuvo toda la noche. Cuando las luces violáceas del amanecer, similares a las del atardecer, hubieron aparecido, unieron sus labios en tierno beso, descendieron a la base de la pirámide y se sumergieron, llenos de vitalidad, sin asomo de cansancio y plenos de energía en las tibias aguas del pequeño estanque. Al culminar esa noche de íntimo contacto y mirarse directamente a los ojos, Alia de Kordelia y Aisim de Morelia tuvieron la certidumbre de que sus plegarias habían sido escuchadas: eran, sin asomo de duda, almas gemelas.

III

ENTRE COIMBRA Y LISBOA

Portugal, año 1919 d. C.

La bruma del amanecer, mezclada con los vapores de la locomotora, se fue disipando a medida que el tren tomaba velocidad y se alejaba de la estación de Estocolmo, rumbo al sur en dirección al puerto de Malmö, primera escala en el recorrido de la joven Ulrika, que iba al encuentro de un sueño sembrado diez años antes en su mente infantil. Don Ramón, el abuelo español de Ilse su mejor amiga, era un viejo amable, encantador y un tanto chalado, que en un sueco precario había llevado a las dos niñas por un maravilloso recorrido a través del mundo de las aventuras de Don Quijote de la Mancha. Desde entonces, la obsesión de la joven había sido leer a Cervantes en su lengua original; por ello no dudó un instante cuando su padre adinerado y complaciente le preguntó, a finales del año anterior, qué regalo deseaba para su decimoctavo cumpleaños: viajar a Salamanca, en España, para aprender castellano en la famosa universidad y tener la oportunidad de recorrer los mismos parajes y vivir en su mente las mismas aventuras del Caballero de la Triste Figura.

A bordo de un pequeño barco de pasajeros, la joven cruzó el Báltico desde Malmö hasta Copenhague, desde donde continuó su recorrido en tren a lo largo de Alemania y Francia, aún convalecientes de la gran guerra, hasta llegar finalmente, después de recorrer el norte de España, a la centenaria ciudad de Salamanca, sede de la antiquísima y prestigiosa universidad, su destino anhelado. El mismo día en que los alemanes firmaron el tratado de Versalles después de siete meses de armisticio, la hermosa sueca firmó los documentos de su inscripción en la facultad de letras de la universidad. Feliz por la inminencia de ver convertido en realidad su sueño, con la deliciosa sensación de libertad que proporciona el estar lejos de la tutela paterna, con una buena provisión de dinero y dueña de sus propias decisiones, optó por emplear los dos meses que tenía disponibles antes de iniciar las clases, embarcándose nuevamente con destino a Lisboa para visitar a su amiga Ilse que vivía en el puerto en compañía de su madre y el abuelo Ramón…

Poco después de cruzar la frontera, y mientras intentaba leer un libro, el sopor la venció, a pesar de que la temperatura del vagón de primera clase en que viajaba era fresca gracias al viento estival que penetraba por las ventanillas abiertas, y se quedó profundamente dormida… Cuando el tren se detuvo frente a la estación de Coimbra, se despertó con la imagen vívida de un maravilloso sueño erótico que había tenido, en el cual un joven la llamaba por un nombre que nunca antes había escuchado.

El tren permaneció una hora en la estación, que ella aprovechó para estirar las piernas y tomar un refresco… Calmada la sed y con estudiados movimientos, con los que pretendía darse un aire de sofisticación y seguridad que le ayudara a superar el temor propio de su recién adquirida libertad, sacó de su pequeño bolso una pitillera de plata y un encendedor del mismo material que había comprado el día anterior en Salamanca; introdujo un cigarrillo de tabaco rubio en la boquilla, y cuando se disponía a encenderlo una mano morena y fuerte se le adelantó con galantería, para ofrecerle la llama encendida de un mechero de oro… Ulrika levantó la vista sorprendida, ligeramente sonrojada y sus ojos azules enfrentaron, con timidez disimulada, la mirada serena y a la vez risueña de un hombre de aproximadamente 40 años, impecablemente vestido con un traje blanco de lino, camisa de algodón con cuello almidonado y corbata de seda azul oscura sobre la cual brillaba una enorme perla a guisa de pisacorbata. Cuando las miradas se cruzaron, Ulrika se sintió absorbida por el magnetismo y la seguridad que irradiaba la figura del desconocido que encendió el cigarrillo, cerró la tapa del mechero con un golpe seco de su dedo pulgar, inclinó la cabeza quitándose por un instante el sombrero panamá que cubría su negra y ensortijada cabellera, y sin darle tiempo para agradecerle el amable gesto dio media vuelta, avanzó dos pasos, recogió un pequeño maletín de cuero con la mano izquierda y el estuche de una guitarra con la mano derecha, y se dirigió con paso firme y calmado para abordar el tren, que acababa de pitar por primera vez anunciando la reanudación de la última etapa de su itinerario, con destino final Lisboa.

La llegada del tren a la estación de Lisboa estaba prevista para las once de la noche. Alrededor de las siete, Ulrika pensó que era una buena idea tomar un aperitivo y comer algo antes de la llegada al puerto, en donde suponía que su amiga Ilse la estaría esperando, pues había enviado un telegrama anunciando su visita. Después de arreglar su maquillaje y cubrir sus hombros con un chal de lana, pues comenzaba a hacer frío, se encaminó por el estrecho pasadizo del tren hasta el vagón restaurante. A esa hora, el restaurante estaba repleto y la joven lo recorrió con su vista tratando de encontrar una mesa desocupada; después de un rato, un mesero la acomodó al fondo del vagón  en una pequeña mesa  que acababa de desocupar una pareja de mediana edad, y tomó su pedido: una copa de vino blanco… cuando la copa de vino estaba a medio consumir, el hombre del traje de lino blanco entró al restaurante y se detuvo en la puerta buscando con la vista dónde acomodarse; Ulrika, al percatarse de su presencia, sintió el impulso de invitarlo a su mesa, con la mano le hizo un gesto al que el hombre respondió con una sonrisa y en pocos segundos  lo tuvo sentado frente a sí. Como suele suceder cuando dos personas comparten el mismo medio de transporte y se juntan para entablar una conversación, en pocos minutos se contaron el resumen de sus vidas e incluso se hicieron confidencias con la confianza que les daba la remota posibilidad de volver a encontrarse.

Armando Santos Soares era un argentino nacido en Buenos Aires en 1878, hijo único de una familia de inmigrantes portugueses de segunda generación, que había acumulado una considerable fortuna generada por su abuelo paterno, quien había regresado a Lisboa a pasar sus últimos años en compañía de Armando, su nieto preferido, al que había educado en la Sorbona y pretendía heredar el manejo de su próspera empresa de comercio entre el viejo y el nuevo continente; sin embargo, para el joven el mundo de los negocios no era su mundo, su verdadera pasión eran la música, la danza y la poesía; de hecho, delegaba las funciones administrativas de la empresa del abuelo a la cual dedicaba poco tiempo y el restante lo empleaba en practicar la guitarra clásica y en dar clases privadas de tango a pequeños grupos de jóvenes en Lisboa y en Coimbra, a donde viajaba dos veces por semana.

Cuando conoció el propósito del viaje de Ulrika, le dijo en un tono que para ella resultó muy convincente: “no tienes porqué ir a la universidad para aprender castellano, yo podría enseñártelo y quizá juntos escribamos hermosos poemas en mi lengua materna…”. Mientras Armando contaba su historia en francés, idioma que dominaba a la perfección y que Ulrika había aprendido de su difunta madre francesa, sucedió algo que impresionó a la joven: en el centro de la mesa que ocupaban, el camarero había encendido una vela, al igual que en el resto de las mesas, que le dio un cierto aire de intimidad al ambiente del restaurante; repentinamente el rostro de Armando, iluminado por la vacilante luz, se transfiguró y por un instante, mirándole fijamente a los ojos, identificó en él las facciones hermosas del joven que había ocupado su sueño horas antes y en su mente resonó con nitidez un nombre: Aisim.

Las dos horas que tardó el tren para llegar a Lisboa resultaron suficientes para que al desembarcar la joven hubiese cambiado por completo sus planes originales de estudiar en Salamanca, por la estimulante posibilidad de aprender no sólo español, sino a bailar la danza de moda, el tango, en compañía de Armando a quien la unió desde ese mismo día un amor que se prolongaría en el tiempo y el espacio con la intensidad, la profundidad y la ternura que sólo están reservadas en el universo a quienes han merecido el privilegio de encontrar en esta dimensión a su otra mitad, a su complemento.

2 Comentarios

Este cuento me ha maravillado Don Capi. Además, me ha gustado sobremanera saber que los ante-
pasados de un compatriota mío se remontan hasta los elegidos de la Atlántida. Y si a esto le sumás el
protagonismo del tango…

Como siempre, muy buenas las escenas románticas… y eróticas. Una vez más… ¡congratulations! Don G.

Mil gracias por tus elogiosos comentarios mi querido Don Guillermo. Me alegra que te hubiese gustado esta saga milenaria que como bien lo anotas termina a ritmo de tango

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