Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo IV

Posted on : 29-11-2010 | By : kapizan | In : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo IV - Segundo Cuaderno, Novelas

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Segundo Cuaderno 1912 – 1921

La primera década de mi existencia terminó con el traumático sacrificio de Brunte; la segunda, prácticamente comenzó con un trágico suceso que en su época tuvo resonancia mundial y su triste evocación, recreada varias veces en la pantalla grande, aún hoy, conmueve a todas las generaciones del siglo pasado: el hundimiento del trasatlántico ‘Titanic’ en la madrugada del 15 de abril de 1912. Traigo a cuento este episodio porque afectó directamente a mi farfar. A mediados de febrero, poco antes de mi cumpleaños número once, viajamos a Göteborg los abuelos, mi madre y yo, con el propósito de visitar a Ebba, la única hermana de mi farfar que vivía en el puerto con Göran, su esposo, y sus dos hijas menores, Marianne y Anna Lena, hermosas pelirrojas de nueve y seis años. Durante el viaje por tierra en el Mercedes conducido por mi madre, el abuelo, en contraste con su habitual espíritu alegre y extrovertido, iba callado y taciturno. “Ingvar, explicó la abuela a mi madre, está triste porque ésta será la última vez que verá a su única hermana y a su familia, que tiene planeado irse para siempre a los Estados Unidos a probar suerte. Yo lo comprendo; son los únicos familiares de sangre que le quedan”.

Las dos semanas que pasamos con la familia de mi farfar fueron alegres y divertidas, la expectativa del viaje en trasatlántico y de una nueva vida en América entusiasmaba a los futuros viajeros y su entusiasmo nos contagió a todos, incluso al abuelo, que volvió a comportarse como siempre; y también como siempre, su regalo para mi cumpleaños que celebramos en Göteborg fue estupendo: un serrucho, en su estuche de cuero, con sus dos filos romos y un arco de violín para tocarlo. El 22 de febrero despedimos en el muelle a Marianne y su familia, que se embarcaron en un carguero rumbo Southampton, en donde abordarían el Titanic con destino al nuevo mundo.

En los últimos años del siglo XIX y en los primeros del siglo XX, millones de europeos acosados por la pobreza y el desarraigo del campo que produjo la Revolución Industrial, emprendieron un viaje sin retorno hacia el continente americano, pleno de oportunidades y ávido de recibir inmigrantes que ayudasen a los nativos, emancipados de sus colonizadores Inglaterra, España, Francia y Portugal, a construir sus incipientes naciones y fortalecer sus jóvenes democracias con los aportes laboral, cultural y social de los europeos. La masa de inmigrantes provenía en su mayoría de Italia e Irlanda y se completaba con grupos de los demás países europeos, incluido Suecia que, en un periodo de aproximadamente veinte años, completó una cifra cercana al millón de emigrantes. Los destinos más comunes eran los Estados Unidos de Norte América y los países del Cono Sur, en la desembocadura del Río de la Plata. La navegación marítima, especialmente en el Océano Atlántico, tuvo un auge sin precedentes en la historia pues los astilleros competían por botar los barcos de mayor calado, mayor capacidad, mayor sofisticación y mayor velocidad.

De todos estos inmensos edificios flotantes, el Titanic, construido en los astilleros irlandeses de Belfast por encargo de la naviera norteamericana “White Star Line”, era el más soberbio, el más lujoso, el más veloz y según sus dueños, el más seguro del mundo: “ni Dios podrá hundirlo”, aseguraron henchidos de orgullo frente a su imponente figura. Según la abuela, esta exaltación de la soberbia humana fue duramente castigada por Dios, pues en el cuarto día de su travesía inaugural entre Southampton y New York, chocó frente a las costas de Terranova contra un inmenso iceberg que abrió una brecha de 91 metros en el costado de estribor, y se hundió de proa en menos de tres horas. De las dos mil doscientas cuarenta y cuatro personas que viajaban a bordo, solamente se salvaron poco más de setecientas. Se estima que en las heladas aguas quedaron sepultados para siempre mil quinientos veintidós cuerpos de tripulantes y pasajeros, en su mayoría inmigrantes, que viajaban apiñados en los compartimentos de tercera clase. La hermana menor de mi farfar, su esposo y sus dos pequeñas hijas, perecieron en esta catástrofe.

En el verano de 1912 viajé a Estocolmo en compañía de Lorenz, quien sugirió la conveniencia, para mi educación, de asistir a los Juegos Olímpicos que se realizaron ese año en la capital, con la novedad de que por primera vez se cronometraron las carreras en forma electrónica. Hace un par de años, hojeando La Enciclopedia Visual del Siglo XX, publicada por la Casa Editorial El Tiempo de Bogotá, que resultó muy útil para refrescar mi memoria en el proceso de redactar estos cuadernos, encontré la siguiente nota periodística de la época: “El atleta estadounidense Jim Thorpe, que se ha alzado con dos medallas de oro, ha sido este año el gran triunfador de los Juegos Olímpicos de Estocolmo. Ganó el pentatlón, pero causó sensación en el decatlón, con un récord mundial de 8.412,955 puntos. El rey de Suecia, admirado, le dijo: ‘Señor es usted el atleta más grande del mundo’. Thorpe respondió: ‘Gracias, rey’…”. Esta experiencia me marcó a tal punto, que años después en Alemania, convertido en oficial de las S.S., participé como decatlonista en las Olimpiadas Militares de 1934 y 1935, habiendo obtenido en una oportunidad la medalla de plata y, en la otra, la medalla de oro.

El resto del año 12, el año 13 y la primera mitad del año 14 fue un período en el cual Europa vivió la calma que suele preceder a las tormentas. El 28 de junio de 1914 Gavrilo Princip, un anarquista serbio–bosnio asesinó en Sarajevo con dos certeros disparos, al archiduque Francisco Fernando, heredero del trono de Austria y a su esposa, quienes efectuaban una visita oficial a la capital de Bosnia. Este magnicidio fue el detonante de la Primera Guerra Mundial, que en poco más de cuatro años transformaría la faz de Europa, cobraría más de diez millones de vidas, arruinaría la economía de muchos países y virtualmente desaparecería a una generación completa de jóvenes. En mi caso, marcaría un dramático cambio en el curso de mi existencia.

Cuando la noticia del asesinato del archiduque y su esposa llegó a oídos de mi padre, que en ese momento me estaba dando una clase sobre el período de la República Romana, la dictadura de Sila y la juventud de Julio Cesar, la expresión de su rostro se endureció, guardó silencio por espacio de varios minutos, finalmente se puso de pié, y me miró fijamente a los ojos: “Creo que este acto infame traerá gravísimas repercusiones; estoy casi seguro de que Austria le declarará la guerra a Serbia y Alemania está obligada a respaldarla, eso podría significar que los rusos acudan en apoyo de los serbios. El ajedrez de la geopolítica europea se juega una vez más y el resultado final es por ahora impredecible. Si estalla la guerra la situación de la familia cambiará, pues Lorenz y yo tenemos la obligación moral de luchar al lado de Alemania… ve a buscarlo y dile que lo espero en la biblioteca”. Al ver la sorpresa, el desconcierto y el miedo que seguramente reflejaban mis ojos, suavizó la expresión, me miró con ternura, me abrazó y me dijo: “No te preocupes Andy, ustedes estarán a salvo. Después de hablar con Lorenz, les diré exactamente lo que tenemos que hacer”. En verdad, sus palabras no me tranquilizaron, mi mente de adolescente bullía en un mar de confusión. Por un lado, mi espíritu aventurero y el nacionalismo Alemán que me habían inculcado me hacía pensar que ojalá la guerra durase lo suficiente para tener la oportunidad de participar en ella y cubrirme de gloria como mi abuelo paterno y como seguramente se cubrirían mi padre y mi tutor; y por el otro, la brusca interrupción de mis estudios y el desajuste familiar que implicaría la partida de mi padre me desconcertaba, y mi desconcierto me llenaba a la vez de miedo ante lo desconocido y ante la posible muerte de mi padre o de Lorenz. Conocí la incertidumbre del futuro.

Mi padre y Lorenz pasaron el resto de la tarde encerrados en la biblioteca. A las siete de la noche mi madre se reunió con ellos, les llevó un refrigerio y me pidió que fuese a la cabaña a cenar con los abuelos y que me quedase esa noche a dormir con ellos. Al día siguiente, muy temprano, mi padre nos mandó decir que nos esperaba en la biblioteca para una reunión familiar. Al entrar, los abuelos y yo nos sorprendimos, pues mi padre se había ataviado con su uniforme militar, como queriendo decir “estamos en pie de guerra” y tal vez, esto lo pienso ahora, para no dejar dudas de que las instrucciones que nos iba a impartir eran órdenes inapelables; el que iba a hablar no era el padre afectuoso y complaciente que había conocido, era el coronel de infantería Karl von Post, que pretendía imprimir a la reunión un aire de solemnidad y trascendencia, un tanto teatral, pero que a mí por lo menos logró sobrecogerme.

Gracias al telégrafo, las noticias se propagaban en forma casi instantánea. El archiduque fue asesinado el domingo 28 de junio y tres días después, el miércoles primero de julio al amanecer, la familia completa viajaba rumbo a Göteborg en la misma forma en que habíamos viajado desde España tres años antes, en el Mercedes y en una carroza. Al llegar al puerto, mi padre y Lorenz, después de despedirnos, se embarcarían en el primer transporte marítimo que encontrasen rumbo al puerto de Greifswald, en el golfo de Pomerania, para continuar por tierra con destino final Berlín. Nosotros embarcaríamos en un carguero rumbo a Bilbao, en España, desde donde viajaríamos en el Mercedes hasta Granada y según las instrucciones de mi padre, “hasta nueva orden”. Los abuelos deberían regresar, antes de finalizar el verano, para quedar a cargo de Grimsborg y del negocio maderero.

El 2 de julio de 1914, fecha que recordaré mientras viva, después de embarcar seis baúles con las pertenencias que mi madre decidió llevar a España, cuatro maletas y el Mercedes Benz en un barco mediano de carga y pasajeros con bandera portuguesa, nos despedimos de mi padre y de Lorenz. Fue uno de esos momentos en que las palabras difícilmente brotan de nuestros labios, pues la emoción y los sentimientos las aprisionan para manifestarse en lágrimas apenas contenidas, en besos breves y en estrechos abrazos. La imagen de los dos hombres parados en el muelle agitando los brazos en señal de despedida, mientras la distancia y la bruma mañanera desdibujaban sus siluetas, quedó grabada para siempre en mi retina. Ésa fue la última vez que vi a mi padre; a Lorenz tendría la oportunidad de despedirlo en su lecho de muerte, veinte años más tarde en Berlín.

Después de pasar algunos días en Bilbao en casa de los Bawer, continuamos nuestro viaje por tierra y llegamos a casa de las tías el 30 de julio para enterarnos de que la guerra había estallado. Dos días antes, Austria, ante la negativa de Serbia a colaborar para descubrir a los responsables del atentado que cobró la vida de los herederos al trono, le había declarado la guerra e invadió su territorio. Rusia acudió en apoyo de Serbia y Alemania hizo lo propio en apoyo de Austria. A partir de ahí, las alianzas militares previamente acordadas entre las principales naciones europeas se hicieron efectivas y en cuestión de días se generalizó la guerra que transformaría el mapa político de Europa por unos cuantos años.

Rusia atacó la frontera polaco-germana; Alemania declaró la guerra a Francia e invadió Bélgica, en una fulgurante ofensiva a través de su territorio que pretendía eludir la sólida defensa fronteriza de Francia y rodear París por el norte. Inglaterra, comprometida con la neutralidad belga, declaró la guerra a Alemania y envió una fuerza expedicionaria al continente; quedaron entonces definidos los dos bloques que se enfrentarían en la contienda: Alemania, Austria, Hungría y Turquía contra Inglaterra, Francia, Rusia, Serbia, Japón e Italia, país este último que decidió en mayo de 1915 abandonar la triple alianza que mantenía con Alemania y Austria, para unirse a los aliados en contra de los germanos.

Dos semanas después de habernos instalado en casa de las tías, mi farfar y la abuela regresaron a Suecia, siguiendo las instrucciones de mi padre. A partir de entonces, se establecieron nuevas rutinas familiares y comenzó una nueva e interesante fase en mi educación, a cargo de la tía Eulalia, mujer erudita y muy inteligente que dominaba el Francés, pertenecía a la sociedad Teosófica de Elena Blavatsky y había leído las obras completas de Allan Kardec, fundador del Movimiento Espiritista. Lulita, como me acostumbré a decirle a la tía Eulalia, puso a mi disposición la inmensa biblioteca que había pertenecido a su padre y guió mis lecturas hacia el estudio de la literatura francesa, con lo cual mi conocimiento de esta lengua se fortaleció significativamente; y por las tardes, en un tono de voz con sabor a cosa oculta, me iniciaba en los temas metafísicos advirtiéndome: “No comentes lo que te digo en estas charlas con nadie, muchísimo menos con tu abuela o con tu tía Sor Jacinta, pues por sus ideas religiosas no entenderían por qué te hablo de esoterismo. Algún día entenderás que lo esotérico no es más que la verdad revelada a muy pocos”. Esos conocimientos que para mí, un adolescente de trece años, resultaban interesantes más por el halo prohibido y de misterio que les infundía Lulita que por un auténtico interés en el tema, quedaron como semilla adormecida en mi mente, hasta que finalmente fructificaron, muchos años después, más de sesenta, ayudándome a comprender las principales verdades de la existencia.

El curso de la guerra lo seguíamos con ansiedad a través de noticias y crónicas en los diarios españoles, de recortes de los diarios suecos que enviaba mi abuela a mi madre, y de exposiciones analíticas que escuchaba doña Casilda de boca de su esposo militar y transcribía en extensas cartas que frecuentemente enviaba a mi madre. Pero lo más importante para nosotros eran las versiones, de primera mano, que nos enviaban mi padre y Lorenz, el primero desde el frente oriental en donde comandaba una unidad de infantería que luchaba por contener el avance de los Rusos en la frontera con Polonia, y el segundo desde los cuarteles del alto mando en Berlín, en donde dirigía una sección encargada de coordinar operaciones encubiertas y de espionaje en París. Las cartas de Lorenz eran más prolijas que las de mi padre, cuya redacción dejaba traslucir las emociones y las penurias de la primera línea de combate. De ese primer año recuerdo, por haberla leído cientos de veces, casi textualmente sus palabras, que reflejaban el entusiasmo después de la victoria más significativa contra los rusos invasores. La carta, fechada el primero de septiembre en Tannenberg, decía:

“Querido hijo:

Mi mente exaltada y eufórica por la victoria contra el invasor Ruso no permite que mi cuerpo agotado descanse del esfuerzo físico impuesto por el fragor del combate. Ayer nuestras tropas le infligieron una gran derrota al ejército comandado por el general Samsonov en las afueras de esta ciudad fronteriza. Su caballería nada pudo contra el ímpetu de nuestra infantería, fuertemente armada, bien disciplinada y con la moral muy alta. Es increíble la potencia de fuego que se logra con ese maravilloso invento que es la ametralladora. Aún no tenemos un balance de las bajas enemigas, pero el Estado Mayor nos ha informado que logramos capturar cerca de cien mil prisioneros y considera que el resultado de esta batalla representa un equilibrio de fuerzas en el frente oriental que compensa los reveses que habíamos sufrido en los primeros meses de campaña. La moral de nuestras tropas está muy alta y nuestro espíritu combativo se siente exaltado.

Tu madre me ha contado que la tía Eulalia se ha convertido en tu maestra y que le está dando mucha importancia a pulir tu francés. Esto me parece magnífico pues cuando derrotemos a los franceses necesitaremos muy buenos intérpretes y espero que tú seas uno de ellos. El jefe de las tropas enemigas británicas, sir John French, ha declarado a la prensa que la guerra habrá terminado antes de Navidad con la derrota de Alemania; yo estoy de acuerdo con lo primero, pero puedo asegurarte que el vencedor será nuestro ejército.

Recibe un amoroso abrazo y la bendición del padre que tanto te ama,

Karl.

P.D. : Escríbeme pronto. Tus cartas y las de tu madre son el mejor aliciente para seguir luchando.

La historia demostraría que tanto mi padre como el general inglés se equivocaron en sus predicciones respecto a la duración del conflicto. El diez de septiembre se frenó la ofensiva alemana concebida por el general Von Schlieffen, que intentaba llegar a París por el norte a través de Bélgica, debido a una contraofensiva francesa, con tropas frescas, que obligó al ejército alemán a retirarse para establecer una línea defensiva de trincheras, cuarenta kilómetros al norte del río Aisne, en territorio francés. En esa cruenta batalla el número de bajas estuvo cercano al medio millón de combatientes de ambos bandos. A partir de este combate, el teatro de operaciones se convirtió en una ratonera de trincheras, de lado y lado, que eliminó la brillantez de las estrategias y redujo la táctica a un desgastador esfuerzo por la disputa de posiciones, que se perdían un día y se reconquistaban al siguiente.

La Navidad del año 14, primera que pasaba fuera de Grimsborg sin mi padre y sin los abuelos, tuvo para mi gusto un carácter religioso y aburrido, comparado con las mundanas y alegres veladas en el castillo, que desde ese día he añorado pues nunca volvieron a repetirse. La guerra volvió a su crudeza en el mes de enero después de una tregua Navideña en la que, según la prensa, en el frente occidental, al sur de Messines, Bélgica, “los soldados de ambos bandos han celebrado la Navidad juntos, intercambiándose puros y mermelada. Según rumores, incluso han jugado un partido de fútbol…”. Los Zeppelines o dirigibles, sorprendente invento desarrollado por el alemán Fernando conde de Zeppelín, efectuaron los primeros bombardeos aéreos sobre los principales puertos de la costa este de Gran Bretaña.

En ese año se intensificaron en Francia la guerra de posiciones y los ataques aéreos en los primeros aviones de combate que conoció la historia, el 7 de Mayo. Un submarino alemán hundió con dos torpedos el trasatlántico británico “Lusitania” frente a la costa irlandesa; la muerte de ciento veintiocho ciudadanos norteamericanos tuvo un fuerte impacto en la opinión pública de ese país y posteriormente significó el punto de partida de una campaña anti-germana, que a la postre se materializó con la entrada de los Estados Unidos a la guerra, dos años después. En una carta de mi padre sobre las novedades en el frente, fechada a finales de septiembre de 1915, me narraba: “…Hemos golpeado tan fuerte a los rusos, que el Zar en persona decidió trasladarse a la línea de combate para tomar directamente el mando de su ejército, bastante desmoralizado después de que logramos arrebatarles la plaza fuerte de Brest-Livotsk…”. En otra, enviada desde Berlín a finales de diciembre, Lorenz hacía un balance de la guerra en todos los frentes y mencionaba con entusiasmo el fracaso y la humillación sufridas por una fuerza combinada de unidades británicas, australianas y neozelandesas que a comienzos de la primavera había invadido la península de Gallípoli al oeste de Turquía, para verse obligada a retirarse furtivamente, en la noche de Navidad, después de reconocer su estrepitoso fracaso ante la férrea defensa de los turcos.

En enero de 1916, las tropas austrohúngaras invadieron Montenegro, pequeño país balcánico, sometiéndolo rápidamente. En febrero, el ejército alemán atacó, precedido por una ofensiva de artillería sin antecedentes, el fuerte de Verdún, causando un serio revés a las fuerzas francesas comandadas por el general Joffre; y en mayo las flotas británica y alemana se enfrentaron en la batalla naval de Jutlandia, frente a las costas danesas: según la prensa, “aunque la flota alemana fue la primera en retirarse, la británica sufrió mayores pérdidas de naves y hombres”. Años después, me enteré de que mi amigo Otto participó en esa batalla como grumete y recibió, el día que cumplía 16 años, una herida de gravedad que lo mantuvo nueve meses alejado del combate, recuperándose en un hospital militar en Berlín. La última carta enviada por mi padre, el 14 de mayo de ese año, estaba escrita en un tono eufórico y entusiasta por su nuevo destino. La unidad que comandaba había sido trasladada al frente occidental, para reforzar las defensas alemanas, pues el servicio de inteligencia había detectado que el enemigo planeaba, para ese verano, una gran ofensiva, que más tarde sería conocida como la campaña del río Somme. “Después de los éxitos obtenidos por mi batallón combatiendo a los rusos en el frente oriental – escribió mi padre – el alto mando ha honrado a nuestro regimiento, asignándolo a las trincheras por la veteranía y la eficiencia que mis hombres han demostrado para generar un volumen de fuego combinado de fusileros y apuntadores de ametralladora”. El primero de julio, cerca del río Somme al norte de Francia, a las siete y treinta de la mañana, se acallaron los cañones de la artillería franco-británica, que llevaban una semana castigando las líneas alemanas. Cinco minutos después, comenzó el avance de miles de soldados contra las posiciones germanas, pero se estrellaron contra la barrera de fuego de los defensores. “Por la tarde – informaría la prensa – 57.470 entre franceses y británicos y 8.000 alemanes yacían sin vida o heridos en tierra de nadie”. El cadáver del coronel de infantería Karl von Post, fue retirado del campo de batalla por la Cruz Roja, para ser enterrado al día siguiente, con todos los honores correspondientes a su rango.

Mes y medio después, un funcionario de la embajada alemana en Madrid (España permaneció neutral durante la guerra) viajó hasta Granada para notificarnos la muerte en combate de mi padre y entregarle a mi madre las condecoraciones que éste había merecido por su heroica participación en la guerra y una elegante nota luctuosa, con el sello imperial y la firma del Káiser, que exaltaba las virtudes militares del coronel von Post y lo ponía como ejemplo de un heroísmo digno de imitar por las generaciones futuras. La serena y estoica reacción de mi madre, que no derramó ni una sola lágrima, me sorprendió. Su dolor quedó reflejado en un rictus que endureció su expresión para el resto de su vida. En cambio yo, en medio del impacto que me produjo la noticia y con los ojos anegados en llanto, me sentí dominado por una extraña mezcla de intenso dolor, orgullo filial y odio hacia los franceses, los británicos, los rusos y los traidores italianos, al tiempo que mentalmente me juré a mí mismo encontrar la forma de participar en esa guerra, animado por la sed de venganza y la idea de honrar la memoria de mi padre, de cuyo heroísmo me proponía ser digno heredero.

En noviembre de 1916 concluyó la campaña del Somme, que había visto dos meses antes la aparición de los vehículos blindados, invento británico que se experimentó por primera vez en el campo de batalla y que produjo un impacto significativo pero no decisivo en el resultado de la guerra, de los cuales se utilizaron 32 en apoyo de las tropas de infantería franco-británicas. Los cronistas estiman que en el Somme perdieron la vida un millón de combatientes.

Noviembre dio paso a las terceras Navidades en el frente de batalla, que seguramente fueron, a juzgar por mi propio caso, las más tristes para los familiares, madres, esposas, novias, amantes, hijas e hijos de los soldados muertos de ambos bandos. Obviamente, este pensamiento no lo tuve en esa época, pues la ceguera del odio que creía justificado me lo impidió. Hoy en día estoy convencido de que mientras el ser humano no alcance individualmente la paz interior, a través del amor y el perdón, la humanidad seguirá propiciando guerras y matanzas absurdas, motivadas en el odio, la sed de venganza o por conceptos como “la defensa de la democracia”, “el bien de la patria”, “los principios religiosos”, etc.

En abril de 1917 recibimos la sorpresiva visita de Hanz Schiebel, el funcionario de la embajada alemana en Madrid que nos había notificado la muerte de mi padre, quien al llegar pidió hablar a solas con mi madre y cortésmente me solicitó esperar, mientras sostenían una charla privada, pues tenía algo muy importante que decirme. Media hora después de hablar con mi madre en la biblioteca, me mandaron llamar y, sin más rodeos, ella me dijo: “Mañana debes viajar a Francia para unirte a un grupo especial de espionaje que opera en París. Ha llegado la hora, hijo mío, de que cumplas el deber con la patria de tu padre, que como España, también es tu patria por sangre… Siempre hay un momento en la vida de un hombre, en que éste debe asumir sus responsabilidades frente al destino que Dios le deparó. El señor Schiebel te dará las instrucciones necesarias. Tienes mi respaldo total y mi bendición”, concluyó con la voz ligeramente alterada por la emoción. A continuación trazó en el aire, frente a mi rostro, el signo de la cruz, dio media vuelta y salió de la habitación. En ese preciso instante descubrí en ella una faceta que jamás había sospechado. Comprendí que era una auténtica guerrera. Veinte años después, la vida me daría la oportunidad de luchar hombro a hombro con ella, defendiendo la supervivencia de la nación española, durante la guerra civil que asoló a ésta, mi segunda patria, entre 1936 y 1939.

Hanz Schiebel me explicó que, según informaciones de inteligencia estratégica, los analistas del Estado Mayor alemán preveían cambios sustanciales en los teatros de operaciones. Por una parte, la abdicación del Zar Nicolás II, un mes antes, era un síntoma de que la Revolución Bolchevique estaba a punto de llegar al poder en Rusia, lo que podría significar que los comunistas intentaran negociar, unilateralmente, la paz con Alemania, para dedicarse a consolidar su revolución; por la otra, parecía bastante probable que los Estados Unidos de Norteamérica decidieran declararle la guerra a Alemania, con el propósito de equilibrar las fuerzas ante una eventual retirada del conflicto por parte de los rusos. A la vez, el gobierno norteamericano pretendía calmar a la opinión pública de su país, cuya animosidad en contra de Alemania, a raíz del hundimiento del Lusitania, era estimulada por la prensa y por la ambición desmedida de algunos empresarios influyentes, interesados en los beneficios económicos que seguramente obtendrían con la producción industrial de material bélico a gran escala.

Los acontecimientos de ese año demostrarían lo acertado del pronóstico alemán: el 6 de abril, el presidente Woodrow Wilson declaró la guerra a Alemania, para “salvar la democracia”, y el 27 de junio desembarcaron las primeras tropas norteamericanas en territorio francés, al mando del general de división John Pershing. En julio, Lenin huyó de Rusia al ser derrotado el levantamiento Bolchevique, por parte del gobierno de Alexander Kerensky, pero regresó en octubre para encabezar la revolución popular y arrebatarle el poder.

Las instrucciones del señor Schiebel fueron muy claras: “Mañana a primera hora vendrá por ti, en un vehículo de servicio público, Gastón Tissot, un miembro de la red del servicio secreto alemán en territorio enemigo, quien te entregará un pasaporte español a nombre de Andrés García, nacido en Barcelona en 1897, creo que perfectamente puedes pasar por un joven de 21 años, pues tu estatura y tu apariencia te hacen parecer mayor de lo que en realidad eres. Figurarás como comerciante y con esa fachada deberás operar en París. El vehículo los llevará hasta Andorra, desde donde saldrán por la noche, a pie, rumbo a la frontera francesa cruzando los Pirineos por la ruta de los contrabandistas, que Gastón conoce muy bien. Al llegar a Francia se dirigirán a París, viajando siempre de noche. Allí te presentarás, en el restaurante de monsieur Jean Jacques Martell, ante madame Brigitte Martell, su esposa, quien dirige una importante operación encubierta en la retaguardia enemiga. Ella será tu jefe directa, te entrenará y te asignará misiones específicas. Tu nombre ha sido recomendado por el coronel Lorenz Kreutzberger, miembro del Estado Mayor alemán en Berlín y coordinador de las operaciones de inteligencia y contrainteligencia en territorio francés”.

El viaje a través de los Pirineos se efectuó sin ningún contratiempo. Gastón resultó ser un verdadero conocedor de la región y un hombre muy recursivo, que a sus treinta años había cruzado cientos de veces la red laberíntica de trochas, caminos de herradura y atajos utilizados por mercaderes, aventureros y contrabandistas, que desde la época medieval han aprovechado las ventajas, especialmente para el trasiego de armas y el contrabando de mercancías, de este pequeño principado, que nunca ha tenido un departamento de aduanas ni reglamentación alguna para el registro de mercaderías. El 2 de mayo de 1917, dos semanas después de haberme despedido de mi madre en Granada, llegamos al restaurante de monsieur y madame Martell, quienes desde un principio me recibieron y me trataron como el hijo que nunca habían tenido.

Las primeras tareas que me asignó madame Martell, no resultaron ser las arriesgadas misiones que mi mente juvenil había imaginado, llenas de aventuras, de situaciones peligrosas o de infiltraciones en las filas enemigas para obtener información. Por el contrario, el “espionaje” resultó ser un trabajo monótono y rutinario en el que alternaba mi tiempo entre traducción de extensos documentos del francés al alemán y prácticas para aprender a dominar los códigos criptográficos, con los cuales descifrábamos mensajes provenientes de Berlín, transmitidos por el telégrafo o entregados personalmente por estafetas especializados. Eventualmente salía de nuestra sede operativa, situada en el sótano de la casa de campo de los Martell en las afueras de París, con el fin de cumplir misiones de observación y seguimiento de funcionarios franceses, británicos o italianos, sobre cuyos movimientos y contactos debía elaborar reportes detallados. En esas actividades viví el resto del año 17, cuyos sucesos comenzaron a ratificar el pronóstico alemán sobre la entrada de los Estados Unidos a la guerra -las tropas norteamericanas desembarcaron en las costas francesas el 27 de junio-, y el triunfo definitivo de la revolución rusa, encabezada por Lenin, quien protagonizó un golpe de estado en Petrogrado, el 7 de noviembre.

El año 18 comenzó con la organización en Rusia del Ejército Rojo por parte de los bolcheviques, para enfrentar la contrarrevolución conducida por el Ejército Blanco conformado por tropas zaristas. Los bolcheviques tardarían tres años en derrotar a los zaristas y consolidar su revolución. A fin de evitar el desgaste que significaba para las tropas rusas continuar combatiendo contra Alemania y Austro-Hungría, el gobierno de Lenin firmó el tratado de paz de Brest-Litovsk con los dos gobiernos, en marzo de ese año.

Los rusos firmaron el tratado de paz con Alemania, pero se fijaron como objetivo estratégico expandir su revolución en este país fronterizo al que consideraban clave, por su posición geográfica, en su lucha por conquistar Europa para el comunismo. Comenzó entonces una tarea hábilmente planeada con el fin de adoctrinar y subvertir a los obreros de las fábricas, los astilleros, los arsenales y los medios de transporte para que sembraran el caos en las principales ciudades alemanas. En agosto, la situación ya era insostenible y la solidez de la retaguardia estratégica alemana comenzaba a resquebrajarse, a causa de las huelgas en empresas clave para el abastecimiento de las tropas de primera línea, cuya moral comenzó a deteriorarse. El 9 de noviembre, el emperador Guillermo II, acosado por la revolución interna, abdicó a los tronos de Alemania y Prusia, dejando un vacío de liderazgo en el frente de batalla que fue llenado por el socialdemócrata Friedrich Ebert, quien asumió el gobierno de Alemania como presidente de la que llegó a conocerse como República de Weimar.

El colapso total de la retaguardia estratégica como resultado de la acción de los comunistas, apoyados subrepticiamente por los demás países enemigos de Alemania, significó la rendición del ejército alemán durante la batalla de Amiens y la firma de un armisticio que se formalizó al amanecer, en un vagón de ferrocarril, en el bosque de Compiègne al norte de Francia, poniendo fin a la primera guerra mundial. Alemania perdió la guerra, sin haber sido vencida en combate.

Siete meses después de la firma del armisticio, dos delegados alemanes firmaron, en el palacio de Versalles, un tratado de paz con unas condiciones tan duras y tan humillantes para el orgullo nacional alemán, que el propio primer ministro británico expresó sus temores de que con este tratado “se esté abonando el terreno para una nueva guerra mundial”. La humanidad podría comprobar, dos décadas más tarde, la verdad que encerraba la aseveración del ministro inglés.

Al finalizar la guerra, el aparato de inteligencia que dirigían los Martell no fue descubierto y la pareja decidió entrar en un receso provisional para estar listos cuando “llegue la hora de la revancha”, según lo expresaba constantemente madame Martell. Por mi parte, después de un viaje a Granada para visitar a mi madre y otro a Karlstad para visitar a los abuelos, esa dolorosa década concluyó en 1921, trabajando y viviendo en París, para mantenerme cerca de los Martell, pues nadie anhelaba como yo el placer de la revancha.

Espera la próxima semana el capítulo V
Tabio. Sábado 23 de febrero

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