Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo X

Posted on : 10-01-2011 | By : kapizan | In : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo X - Cuarto Cuaderno 1932 – 1941, Novelas

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Cuarto Cuaderno 1932 – 1941

La celebración en abril de 1932 del primer cumpleaños de nuestro hijo Karl fue todo un acontecimiento. Mi farfar y la abuela viajaron desde Karlstad con la ilusión de conocer a su único bisnieto mi madre y la tía Lulita hicieron lo propio desde Granada; y todos, incluidos Erika y yo, que para esa época vivíamos en un departamento en el centro de París, nos alojamos durante tres semanas en la casa campestre de los Martell, quienes se esmeraron por hacer lo más placentera posible la estancia de mis parientes en Francia. La felicidad de ese encuentro, el orgullo de ver a mi hijo dando sus primeros pasos y balbuceando sus primeras palabras, el amor y la ternura de Erika, me hacían sentir la plenitud de la vida con un presente maravilloso, que me permitía soñar un futuro promisorio para la familia que Erika y yo estábamos formando. Lejos estaba de imaginar las duras pruebas que había de soportar y superar en ésta, mi cuarta década.

A finales de agosto de ese año, en una de sus acostumbradas reuniones para poner al día a los miembros de la red sobre la situación en Alemania, monsieur Martell nos comentó: “…La nación está prácticamente sumida en una guerra civil, con fuertes enfrentamientos armados entre fuerzas paramilitares nacionalistas, como las Secciones de Asalto del Partido Nazi y los Cascos de Acero de los Nacionalistas Alemanes, y fuerzas paramilitares comunistas o de izquierda, como la Liga Roja de Combatientes Comunistas y la Bandera de la República Socialdemócrata. El panorama económico es desolador: la mano de obra, el tesoro más valioso de un pueblo, está virtualmente improductiva con un 30% de desempleados, más de seis millones de personas, y con un 15% de subempleados que trabajan en jornadas reducidas. Los campesinos están prácticamente hipotecados y acorralados por los acreedores y el fisco. La producción bruta ha descendido desde 1929 en un 50%, la producción industrial en un 40%, y los sueldos y salarios en un 25%. El denominador común entre nuestra gente parece ser la pérdida de la fé y la confianza en el futuro de la nación…”.
El tono sombrío en que nos habló monsieur Martell fue matizado por la intervención de su esposa con las siguientes palabras: “Para muchos de nuestros compatriotas, la única luz de esperanza está en el surgimiento del Partido Nacional Socialista, que ha venido ganando espacio político con Adolfo Hitler a la cabeza. Recuerden ustedes que en las elecciones de 1930 el partido Nazi pasó de doce a ciento seis escaños en el Reichstag, y que en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de comienzos de año Hitler obtuvo la segunda más alta votación con un 30% frente al 49.6% de Hindemburg, quien finalmente ganó en la segunda vuelta… y lo más importante – continuó madame Martell con evidente entusiasmo – es que en las elecciones del mes pasado el partido Nazi se convirtió en la fuerza política mayoritaria de Alemania al obtener trece millones de votos que le representaron doscientos tres escaños en el Reichstag. Ante esto, Hindemburg le ofreció la vicepresidencia a Hitler. Pero él no la aceptó. Yo creo que Alemania necesita, en esta época, un líder como él, que ha sabido interpretar el momento histórico actual y proponer un pensamiento político que nuestro pueblo entiende; por ello cada vez lo apoya con más fuerza. A mí me gusta la claridad con que Hitler se refiere al socialismo: ‘¿Para qué necesitamos molestarnos en socializar bancos y fábricas?, socialicemos a los seres humanos. El trabajador alemán quiere una fuerte nación alemana dentro de la cual él tenga un lugar honroso, pero subordinado’. Definitivamente, Hitler es la solución…”. Tal era el ambiente político que percibíamos lo alemanes en esa época.
En las Navidades de 1932, Erika, el niño y yo viajamos a Granada, pues las otras hermanas de mi madre querían conocer a mi esposa y a su sobrino nieto. Para entonces, mi madre estaba colaborando estrechamente con José Antonio Primo de Rivera, el hijo del general que había gobernado el país, cuyo nombre había sido mancillado por los izquierdistas que le habían sucedido en el poder. El joven Primo de Rivera, a quien no había visto desde la época de mi primera comunión, se había convertido en un brillante abogado y se había dedicado a recorrer el país pidiendo el voto de sus compatriotas, con el fin de llegar por la vía de las urnas a ocupar una curul como diputado en las Cortes Españolas, con el propósito de, según sus propias palabras: “Transformarlas desde adentro y limpiar la honra mancillada de mi padre”. La víspera de Navidad, mi madre, que se había trasladado nuevamente a Madrid para apoyar en su campaña al hijo de su antiguo jefe, viajó a Granada en compañía de Primo de Rivera, que pasaría con nosotros las festividades. Pero éstas, a pesar de haber sido muy agradables, tuvieron un triste final: el 2 de enero de 1933, durante la noche, la tía Lulita, mi amada maestra, sufrió un paro respiratorio y amaneció muerta.

Cuando regresamos a París, a comienzos de febrero, nos encontramos con una noticia que tenía muy entusiasmados a los Martell y a todos los miembros de la red: el 30 de enero de 1933, después de sucesivos cambios de canciller, el presidente Hindemburg había nombrado a Hitler como canciller de Alemania. Dos días después había disuelto el parlamento. Una semana más tarde, al calor de unos vinos, Otto y yo consideramos por primera vez la posibilidad de trasladarnos con nuestras familias a Berlín, convencidos de que con Hitler en el poder se iniciaría una nueva etapa de crecimiento y desarrollo para la nación.
En junio de ese año, recibí una carta de mi madre en la cual me comentaba que tenía planeado viajar a Suecia con el fin de pasar el verano en Grimsborg en compañía de los abuelos; además, me sugería que me uniese a ellos, para que el pequeño Karl conociese el maravilloso lugar en el cual yo había pasado mis primeros años, y mis padres la realidad de su amor. Erika, que se entusiasmó con la idea, propuso que invitáramos a Otto con su esposa y su hijo Rudolf. Mi amigo tuvo la feliz ocurrencia de que hiciéramos el recorrido por mar, desde Marsella hasta Göteborg, y desde allí en tren hasta Karlstad. La travesía, en un yate alquilado de bandera griega, fue maravillosa. Muchos años después Rudolf, que a la sazón tenía poco más de tres años, me contaría que ese viaje en barco representaba el recuerdo más claro de su infancia.
Mas la alegría de las vacaciones apenas duró dos semanas. Una tarde de agosto, mientras tomábamos el té, mi farfar se puso repentinamente pálido, intentó ponerse de pié, se llevó la mano derecha al pecho, lanzó un gemido y se desplomó, fulminado por un infarto. La muerte del abuelo fue un golpe devastador para toda la familia, especialmente para la abuela, que desde ese momento entró en profunda depresión, prácticamente dejó de comer y un mes después, sin aspavientos, se extinguió como una lámpara a la cual se le agota el aceite.
Dos semanas después del entierro de la abuela, la víspera de nuestro regreso a Francia, que se efectuaría por la misma ruta marítima, mi madre me llamó aparte y me comunicó su decisión de vender tanto el castillo como la industria maderera, de los cuales éramos herederos legítimos desde la muerte de mi padre. En su opinión, faltando los abuelos, no había quién se encargase de estas propiedades pues consideraba que ni ella desde España, ni yo desde Francia, podríamos atender adecuadamente el castillo y mucho menos el negocio de la madera. Yo estuve de acuerdo.
Durante nuestra permanencia en Karlstad, la situación política en Alemania dio un giro sustancial, pues a raíz de la muerte de Hindemburg el 2 de agosto de ese año, Adolfo Hitler se proclamó Jefe Supremo del Estado Alemán. Ese mismo día, el ejército de la nación le juró obediencia. Sus palabras en esa ocasión marcaron el derrotero que habrían de seguir las tropas alemanas bajo su mando: “…No hay ejército alguno cuyo fin pueda ser él mismo; la finalidad de un ejército se llama servicio a la nación…”. A partir de ese momento, se inició un proceso de modernización del ejército alemán. El pie de fuerza que había sido limitado por el tratado de Versalles a cien mil hombres llegó a representar en la realidad un selecto y muy bien entrenado ejército, en el cual cada soldado raso era equivalente a un suboficial bien capacitado de cualquier otro ejército europeo. Las antiguas secciones de asalto, SA (Sturm Abteirfung), que se habían hecho famosas en las luchas callejeras de los años anteriores, recibieron un entrenamiento especial, y los grupos de protección del partido, SS (Schutz Staffel), originalmente dedicados a la protección de jefes, reuniones y locales, fueron transformadas hasta constituirse en una organización militar, un verdadero ejército paralelo que bajo el nombre de Waffen SS, con un riguroso entrenamiento como tropas de élite, pasaría, en julio de 1934 a órdenes directas de Hitler, reforzado por las S.A. que fueron incorporadas a sus filas como cuerpo subordinado, y convertidas en una fuerza armada, destinada como punta de lanza para la protección del Estado.
Para esa fecha Otto y yo con nuestras respectivas familias ya estábamos viviendo en Berlín, a donde habíamos decidido trasladarnos poco después del triste final de nuestras vacaciones en Suecia; al llegar a la capital, la pena por la pérdida de mi farfar fue atenuada por el gusto de reencontrarme con Lorenz. Una semana después de instalarnos en dos pequeñas casas vecinas en un suburbio de Berlín, Otto se incorporó a la fuerza naval alemana, en donde le reconocieron su rango y fue trasladado a una recién formada unidad de submarinos, en tanto que yo solicité el ingreso a las SS e inicié un despiadado entrenamiento para convertirme en oficial de este selecto cuerpo militar, en el cual fueron muy bien valoradas mi experiencia en la red de espionaje, la facilidad que tenía para los idiomas y mi condición de atleta en óptimas condiciones físicas. Gracias a ello y especialmente a una extensa y muy bien argumentada carta de recomendación de Lorenz, dirigida al coronel Gruber director de la escuela, quien había sido subalterno de mi tutor en el cuartel general alemán durante la guerra, éste hizo una excepción en mi caso, pues sobrepasaba en varios años la edad límite para ser aceptado.
Recién llegado a Berlín, recibí una carta de mi madre en la cual me informaba que un magnate sudafricano, residente en Suiza, había hecho una oferta muy interesante por la compra del castillo y la empresa maderera: dos millones y medio de dólares, representados en diamantes naife certificados, y medio millón adicional en dinero contante y sonante. Su intención era depositar el dinero en una cuenta numerada, y los diamantes en una cajilla de seguridad en un banco suizo. También me contaba que la tía Elvira, la mayor de sus hermanas que en julio de ese año había cumplido ochenta años, estaba gravemente enferma, prácticamente desahuciada por los médicos y posiblemente no llegaría al año siguiente. Con el sentido práctico que siempre exhibió mi madre, me confiaba que al morir su hermana la comunidad a la cual pertenecía Sor Jacinta heredaría la mitad de la fortuna que habían recibido de su padre, el Marqués Saenz de Heredia, y ella la otra mitad. Esto, según sus palabras, significaba que “…cuando yo muera te convertirás en un millonario joven y el futuro de tu familia estará asegurado de por vida, pues al monto de la herencia que recibí de tu padre se le agregará por lo menos el equivalente a un millón y medio de dólares, cifra en la cual calculo que pueden liquidarse los bienes que heredaré de mi hermana…”. Debo reconocer que en ese momento la perspectiva de convertirme en millonario me sedujo. Al fin de cuentas, los años dedicados al contrabando y a la vida disoluta me habían llevado a tener una perspectiva distorsionada respecto al sentido del dinero.
Tanto Otto como yo habíamos asumido nuestras responsabilidades familiares con seriedad, dejando de lado el despilfarro en los placeres mundanos, con lo cual en poco tiempo logramos acumular una pequeña fortuna que nos permitió instalarnos cómodamente en Berlín y tener acceso a muchos lujos que no estaban al alcance del alemán corriente, agobiado por la situación económica del país. Pasarían varias décadas para que la vida me llevase a comprender una gran verdad: ¡es más importante ser que tener! o como decía nuestro amigo Zacarías: “El dinero no puede amarte, la gente sí”.
El pronóstico médico fue acertado y la tía Elvira falleció el primer viernes de noviembre de 1933, después de recibir la comunión y los Santos Óleos en su lecho de enferma en la casona de Granada. Mi madre, que había viajado desde Madrid para pasar los últimos días con su hermana, regresó una semana después de su muerte para apoyar, en la etapa final de su campaña política, al candidato Primo de Rivera, quien finalmente obtuvo en las votaciones del 16 de noviembre una curul como diputado en las Cortes Españolas. “Este trajín –escribiría mi madre- me ayudó enormemente a soportar la pérdida de mi hermana mayor. Ahora estoy dedicada por completo a mecanografiar los contenidos del semanario F.E. (Falange Española), que José Antonio piensa publicar a partir del próximo 7 de diciembre. Estoy verdaderamente admirada con la capacidad intelectual, la claridad política y el valor de este joven para llamar las cosas por su nombre y proponer soluciones a los graves problemas que afronta España bajo este régimen republicano, anticlerical y ateo…”.

Durante el primer semestre de 1934, estuve dedicado al duro entrenamiento militar en la escuela de formación de oficiales de las S.S. En las pocas oportunidades de franquicia, aprovechaba hasta el último momento para disfrutar la amorosa compañía de Erika y gozar, como todo padre, las gracias y las inocentes travesuras de mi hijo. Estos descansos, que nunca se prolongaron más de tres días, concluían siempre con una reconfortante visita a Lorenz, que vivía en un pequeño departamento, a pocas millas de mi casa, en compañía de Hildegard, una robusta y simpática cincuentona que había sido su secretaria en el cuartel general alemán durante la guerra y se había convertido, desde 1920, en su amante, su mejor amiga y últimamente en su enfermera, desde que serios problemas renales y una artritis degenerativa le tenían prácticamente confinado a un sillón; sin embargo, su mente se mantenía lúcida como siempre.
El 20 de julio de ese año tuve el orgullo y la satisfacción de graduarme, con todos los honores, como subteniente de las S.S., en una imponente ceremonia presidida por el Führer, quien personalmente me impuso las insignias de mi rango. En esa fecha, Hitler anunció que, como lo indiqué antes, las Waffen S.S. pasaban directamente bajo sus órdenes, convertidas en un ejército para la defensa del Estado. Dos semanas después de mi graduación, al término de unas relajantes vacaciones que aproveché para viajar a Munich con mi familia, regresé con el objetivo de entrenarme a conciencia para tener una destacada participación en las Olimpiadas Militares previstas para la última semana de agosto. En esas competencias tuve la satisfacción de ganar la medalla de plata en decatlón y de establecer una sólida amistad con el teniente Otto Skorzeny, un gigante simpático, excelente camarada y brillante militar, que obtuvo la medalla de oro en la misma competencia. Años después, a mediados de la guerra, tendría la oportunidad de participar bajo su mando, en la más espectacular operación de comandos de la historia militar moderna: el rescate de Mussolini.
Terminadas las Olimpiadas, quise compartir el orgullo de mi triunfo con Lorenz, pero al llegar a su casa la expresión de tristeza reflejada en los ojos de Hildegard me indicó que algo andaba mal; de tres zancadas subí las escaleras y me precipité en su dormitorio para encontrarme con la imagen demacrada, prácticamente cadavérica, de mi amado maestro. Cuando me senté a su lado, tomé entre mis manos su mano derecha rígida y deformada por la artritis; él abrió sus ojos azules serenos, me miró largamente y con una voz apenas audible me dijo: “Me voy pronto… pero me voy tranquilo y feliz pues veo en ti la realización del sueño de todo maestro: su pupilo habiéndolo superado en todo… Llegarás muy lejos Andy… Que Dios te bendiga…”. Ésas fueron literalmente sus últimas palabras. Minutos después, murió apaciblemente con su mano derecha apretada entre las mías.

Después de mi graduación, fui destinado como oficial instructor en la misma escuela de formación de las S.S. Esto significó que pude dedicar más tiempo a mi familia. Mi hijo Karl y mi ahijado Rudolf asistían al mismo colegio y eran, a pesar de la diferencia de edad, inseparables. Recuerdo que el resto del año 34, todo el 35 y los primeros meses del 36 fueron quizá el periodo más grato y tranquilo de toda mi vida adulta. La situación económica en Alemania comenzaba a recuperarse. El optimismo y la esperanza iban desplazando la falta de fe y la desesperación del pueblo alemán características de los años precedentes. En los Juegos Olímpicos Militares de 1935 gané la medalla de oro, con lo cual obtuve un gran prestigio a nivel nacional, acompañado del reconocimiento y la admiración de mis camaradas.
Durante el mismo periodo, la situación política en España se iba deteriorando paulatinamente y cada vez era más beligerante la polarización ideológica entre izquierdas y derechas. Poco después de su llegada a las Cortes, el diputado Primo de Rivera encabezó la formación de la Falange Española, un movimiento político de derecha con raigambre Católica y con una estructura jerárquica de milicia, por lo pronto desarmada, fundamentada en una concepción ideológica que buscaba revivir las antiguas glorias de España y reformar el Estado de forma tal que estuviese acorde con la historia y la grandeza de la patria. En su postulado filosófico más importante sostenía que: “El hombre tiene una misión de entrega y servicio a la nación que es irrenunciable y sólo puede estar supeditada a Dios”. La Falange fue creciendo aceleradamente gracias al empuje, al entusiasmo y a la claridad conceptual de su fundador, que desde la tribuna pública con una oratoria brillante, o desde las páginas del semanario F.E. con una pluma elegante, movilizó grandes masas de españoles descontentos con el régimen republicano. En febrero de 1934, la Falange se fusionó con las J.O.N.S. (Juntas Ofensivas Nacional Sindicalistas), una organización cuya afinidad política e ideológica, aunque con un enfoque más militar, la convertía en aliada natural de la causa emprendida por Primo de Rivera. En octubre de ese año, en una convención nacional de los dos movimientos políticos, se adoptó para esta alianza el nombre de Falange Española de las J.O.N.S. y se acordó crear ¡ARRIBA!, un semanario que se publicó por primera vez el 21 de marzo de 1935. A partir de este momento la situación interna de España se agravó: pues los movimientos de izquierda crearon frentes populares que se dedicaron a efectuar ataques incendiarios contra iglesias y conventos, a perpetrar atentados y a cometer asesinatos políticos.
En febrero de 1936 Manuel Azaña, candidato del “Frente Popular”, ganó las elecciones presidenciales de la República Española. Un mes después, la Falange fue declarada ilegal por su gobierno, que ordenó la detención en Madrid de su líder José Antonio Primo de Rivera. Desde entonces mi madre, junto con otros dirigentes y miembros de la F.E., pasaron a operar en la clandestinidad, pero manteniendo la comunicación y recibiendo instrucciones de su jefe natural desde la cárcel. José Antonio sería trasladado el 5 de junio a la prisión provincial de Alicante.
Mientras la situación en España se deterioraba a pasos agigantados, Alemania hacía su primera demostración de poderío militar, como un abierto desafío al Tratado de Versalles: al amanecer del 7 de marzo, tropas alemanas ocuparon Renania, región controlada por Francia que aparecía en el mapa, mutilado de Alemania desde el final de la guerra, como “zona prohibida a toda actividad militar alemana”, en una osada acción ordenada por Hitler; nadie sabía cuál podría ser la reacción de Francia e Inglaterra. En 1999, documentándome para poder precisar lugares, fechas y opiniones, encontré la siguiente versión de una nota periodística de la época respecto a la actitud de franceses e ingleses frente a la ocupación de Renania: “…Los políticos franceses desean emprender acciones militares, pero el Estado Mayor pide moderación. Inglaterra ha rogado a Francia que no haga nada hasta que la acción de Hitler no haya sido ‘debidamente estudiada’. Nadie ha respondido por ahora a la provocación. El dictador nazi ha propuesto un nuevo tratado que garantice la paz durante los próximos 25 años; los británicos ven en ello una prueba de sus intenciones pacíficas. Según la prensa, Hitler ‘sólo ha vuelto a ocupar lo que era suyo’…”. El efecto psicológico que esta demostración de audacia tuvo en la moral del pueblo alemán fue inmenso; la credibilidad de Hitler y el apoyo de las masas crecieron como espuma. En mi opinión, desde ese momento los alemanes nos entregamos con entusiasmo, con fe renovada y con disciplina a nuestro Führer.

Bajo el mandato de Azaña, la escalada terrorista en España alcanzó niveles impresionantes; al respecto una nota del semanario ¡ARRIBA! presentaba, en la primera semana de julio, el siguiente balance: “…Desde febrero hasta la fecha, los llamados frentes populares de las izquierdas, actuando como hordas de salvajes, han perpetrado 1287 atentados, 269 asesinatos políticos y han llegado al extremo de su intolerancia y su anticlericalismo al incendiar y destruir, en menos de cuatro meses, 160 lugares sagrados para la fé Católica, como son las iglesias y los conventos (…) Lo más grave en estas inaceptables y desde todo punto de vista repudiables acciones, es que cuentan con el apoyo velado de potencias como los Estados Unidos de Norteamérica, Francia e Inglaterra, que pretenden impedir el fortalecimiento del nacionalismo, pues temen que países como España puedan seguir el ejemplo de Italia con su gobierno fascista o de Alemania con su gobierno nacionalsocialista. Estas potencias, en su miopía, no se han percatado de que el verdadero enemigo de la democracia y el mundo está en el régimen comunista de la Unión Soviética, que actúa tras bambalinas promoviendo en Europa y en los otros continentes la lucha de clases para engendrar el caos y hacer prevalecer su ideología perversa…”.
El 18 de julio de 1936, un grupo de oficiales del ejército español, al mando del general Emilio Mola, se levantó en armas contra el gobierno republicano, presidido por Azaña. ¡La guerra civil española había estallado! Una minoría de las fuerzas militares y la mayoría de la Guardia Civil permanecieron leales al gobierno, pero el resto inició operaciones ofensivas a todo lo largo y ancho del país. La Falange Española de las J.O.N.S, siguiendo instrucciones impartidas desde la cárcel por Primo de Rivera, se unió a los rebeldes e ingresó a los cuarteles para recibir armamento. El general Francisco Franco había volado desde las Islas Canarias hasta Marruecos, en donde asumió el mando de la famosa Legión Extranjera, también conocida como Tercio Español, y recibió el apoyo de los principales jefes marroquíes que le proporcionaron unidades bien equipadas y muy bien entrenadas de combatientes. Alemania e Italia, por solicitud expresa de Franco, suministraron transporte aéreo para la movilización de sus tropas hacia la península, y protección marítima con buques de guerra para facilitar el cruce del estrecho de Gibraltar, ahuyentando los buques republicanos que intentaban interceptar el paso del ejército de Franco.
Los primeros legionarios, a órdenes del comandante Castejón, desembarcaron en Algeciras el 19 de julio y se unieron al general Queipo del Llano, quien con este apoyo conquistó, el 6 de agosto, la importante plaza de Sevilla; ese mismo día, Franco voló hasta allí desde Tetuan. A partir de ese momento comenzaron a llegar a la ciudad, por vía aérea, fuertes contingentes de la legión, soldados del ejército de África y soldados moros nativos. El 7 de agosto, fuerzas de legionarios al mando de los generales Varela y Yagüe tomaron las plazas de Mérida y Almendralejo en la provincia de Badajoz. Cuatro días después, tropas moras y de la Legión traspasaron la Sierra de San Pedro, en un impetuoso avance hacia el Norte, y lograron unirse con las unidades del general Mola que venían descendiendo desde el Norte, después de haber proclamado, el 24 de julio, un gobierno provisional en la ciudad de Burgos, capital de la provincia del mismo nombre, a lo largo de la frontera con Portugal cuyo gobierno, presidido por el dictador civil Antonio de Oliveira Salazar, simpatizaba con la causa rebelde de los generales españoles. En esa forma, quedó conformado el escenario de la guerra: los rebeldes operando en el norte y en el sur del país bajo un comando unificado, con el control de importantes bases como Cádiz, Sevilla y Córdoba, entre otras, en tanto que los republicanos conservaban el dominio de la España central y la costa del Mar Mediterráneo.
A finales de agosto Mola y Franco establecieron su cuartel general en Cáceres. El 4 de septiembre cayó Irún, punto neurálgico en las estribaciones de los Pirineos, en el extremo nororiental de España, encuadrado entre las estribaciones de los Pirineos y el Golfo de Vizcaya en el Mar Cantábrico, en una brillante ofensiva conducida por Varela y Yagüe. Con la toma de Irún se logró cortar el paso de voluntarios internacionalistas de izquierda y de abastecimientos provenientes de Francia a través de los Pirineos con destino a los republicanos. Al día siguiente, las tropas de Varela ocuparon Oropesa y luego Talavera de la Reina en las Riveras del río Tajo, en su avance hacía Madrid; esto produjo la renuncia del gabinete de Azaña, en tanto que los nacionalistas detuvieron el avance para organizar la línea de suministros y Franco tomó la decisión de abandonar la ofensiva sobre Madrid para desviarse y rescatar el Alcázar de Toledo, bajo el mando del coronel Moscardó, quien resistía el asedio de los republicanos y había preferido aceptar que fusilaran a su hijo antes que rendirse. El 20 de septiembre, Varela inició su avance hacia Toledo, que cayó ocho días después tras la liberación del Alcázar. El 6 de octubre se reanudó la marcha hacia Madrid y las tropas de Franco llegaron en noviembre a la ciudad universitaria en las afueras de la capital. Así concluyó la primera fase de la guerra civil, pues con la llegada del invierno debieron suspenderse las operaciones.
El día en que estalló la guerra española, yo me encontraba en Berlín cumpliendo mis funciones como instructor en la escuela de las S.S. y preparándome para las olimpíadas militares de ese año. Intenté comunicarme telefónicamente con mi madre pero fue imposible, y esa misma noche, después de escuchar las noticias que transmitían los despachos internacionales respecto a la situación en la península, fragüé con el apoyo incondicional de Erika un plan para solicitar a mis jefes autorización de viajar a España y unirme a la Falange Española, que apoyaba a los militares sublevados. Obtener permiso del alto mando resultó más fácil de lo que esperaba, pues Alemania no sólo veía con simpatía la sublevación de los militares españoles sino que estaba dispuesta a enviar el apoyo aéreo y naval que el general Franco había solicitado a través de emisarios enviados desde Marruecos el 20 de julio. Así pues, el 5 de agosto volé, en un avión militar alemán, de Berlín a Marruecos, en donde me puse a órdenes del líder nacionalista, quien me recibió muy cordialmente, dado que conocía a mi madre y nuestro parentesco con la familia Primo de Rivera. Al día siguiente viajé a Sevilla, en donde fui asignado a una unidad de la Falange que estaba apoyando al general Queipo del Llano.
En los meses siguientes, tuve oportunidad de participar en múltiples operaciones militares, incluyendo la conquista de Irún y el rescate del Alcázar de Toledo; pude entonces establecer comunicación con mi madre, quien desde la clandestinidad en Madrid y sus alrededores había organizado en compañía de otros lideres de la Falange una “Quinta columna” que ejecutaba operaciones de inteligencia y sabotaje en territorio enemigo. Por esta razón, en noviembre, cuando nuestras tropas llegaron a las afueras de la ciudad universitaria y se suspendieron, el 18 de ese mismo mes, las acciones ofensivas de gran envergadura, solicité y me fue concedida autorización para infiltrarme a través de las líneas republicanas y unirme a la “Quinta columna” nacionalista en Madrid. Dos días después en Alicante fue fusilado José Antonio Primo de Rivera, tras un juicio en el cual asumió su propia defensa. Al respecto mi madre comentaría posteriormente: “La defensa que hizo José Antonio de sí mismo fue brillante, su alegato constituye una verdadera pieza de antología en la oratoria penal y política. De todas maneras fue condenado por un tribunal Ad-Hoc, pese a su apelación que nunca llegó a una segunda instancia, en donde en justicia se hubiese reconocido la contraevidencia del fallo. Al fin de cuentas, la orden del Gobierno Republicano era eliminarlo con visos de legalidad…”.
A comienzos de 1937 ya estaba yo completamente integrado a las operaciones clandestinas de la “Quinta columna”, muchas de las cuales planeamos conjuntamente mi madre y yo desde la sacristía de una iglesia católica abandonada en los suburbios de Madrid, que había sido parcialmente destruida en un incendio perpetrado por los republicanos el año anterior y nos servía como escondite y eventual puesto de mando. En enero, Manuel Azaña trasladó a Valencia la sede del Gobierno Republicano, en un intento por evadir el cerco de los rebeldes sobre la capital; en febrero, los nacionalistas se apoderaron de Málaga y ganaron la batalla del Jarama; en marzo, la de Guadalajara; en abril, la aviación alemana bombardeó la villa Vasca de Guernica; en mayo, con ayuda de los comunistas, el doctor Juan Negrin asumió el gobierno de la república española; el 3 de junio, el general Mola murió en un accidente aéreo, el general Franco asumió el mando de las tropas nacionalistas, y a los pocos días cayó Bilbao en poder de los rebeldes; en julio, se libró la batalla de Brunete; entre agosto y septiembre, los nacionalistas se tomaron Santander y se efectuaron las sangrientas batallas de Belchite y Quinto; en noviembre, seis mil republicanos se rindieron en Gijon; y en diciembre se inició la ofensiva de Teruel. Mientras todo esto sucedía, la “Quinta columna” se había fortalecido y cada vez era mayor la cantidad de operativos exitosos, especialmente en contra de instalaciones y unidades de la guardia civil que apoyaban al régimen republicano. Mi madre resultó ser una excelente coordinadora logística y administradora financiera, que además demostró una gran capacidad para identificar objetivos tácticos y planear con sorprendente habilidad operaciones sencillas pero muy eficaces para destruirlos.
Estoy casi seguro de que para esas fechas, doña Lucia del Pilar García y Saenz de Heredia figuraba en los archivos de inteligencia de la guardia civil, clasificada como enemiga del régimen, y se había convertido en objetivo militar. Recuerdo sus palabras, el día de mi trigésimo séptimo cumpleaños, cuando le sugerí la conveniencia de viajar a París por un tiempo, pues temía seriamente por su seguridad: “Mis prioridades han sido siempre tres – me contestó en un tono que no permitía réplica y con un brillo de orgullosa convicción en la mirada de sus ojos negros -: ¡Dios, Patria y Familia! En ese orden. Por tanto – agregó, dulcificando la mirada y el tono -, mi seguridad la provee Dios, y si he de morir, ¡pues que sea! En ese caso, su voluntad tal vez sería que mi espíritu se uniese al de tu padre y la aceptaré gustosa, con el orgullo de haber entregado la vida por mi Patria, tal como él la entregó por la suya…”.
Que mis temores tenían fundamento quedó trágicamente demostrado el domingo 6 de marzo. Poco después de asistir a una misa celebrada por el padre Fermín Gutiérrez, nuestro capellán, en su residencia (el culto católico había sido prohibido por el gobierno republicano desde su llegada al poder, pero a partir de agosto del 37 autorizó su práctica privada), dos hombres en traje de civil se aproximaron a mi madre por la espalda y descargaron sobre ella seis disparos de revolver calibre 38, causándole la muerte en forma instantánea. Al dolor que me produjo el vil asesinato, se sumó el incontenible deseo de venganza. Dos días después, valiéndome de un informante que la “Quinta columna” había logrado infiltrar en el cuartel general de la Guardia Civil Española, pude establecer el nombre y la descripción de los autores materiales del crimen: dos suboficiales de nombre Jesús Velandia y Gregorio Daza, así como el autor intelectual, el capitán Baltasar Ortega, jefe de inteligencia de la Guardia Civil. Reconozco que a partir de entonces el único sentimiento que mantuvo mi espíritu de lucha fue el odio, y ya no un odio genérico como el que había experimentado antes por los franceses, los ingleses o los italianos, sino un odio individualizado, con nombres y apellidos, que exigía venganza a cualquier precio. Velandia y Daza cayeron en nuestro poder, capturados por una unidad de la “Quinta columna”, y después de un juicio sumario, que yo mismo presidí, fueron fusilados. A Baltazar Ortega, que estaba muy protegido, no fue posible localizarlo pese a mis esfuerzos por hacerlo. Días antes de la caída de Madrid, según me enteraría años después, logró huir a México como exilado político. De hecho, mi llegada a América Latina, finalizada la Segunda Guerra Mundial, estaría motivada por el deseo de encontrar a Baltazar Ortega para eliminarlo con mis propias manos.

Por esas fechas me enteré de que el 14 de marzo Hitler había convertido su Austria natal en una provincia alemana, después de ingresar a Viena, encabezando un imponente desfile militar con gran despliegue de tanques y piezas de artillería, vistiendo el uniforme marrón de sus tropas de asalto. Ante una multitud de entusiastas austriacos, congregada frente al balcón de su hotel, anunció con orgullo: “La nación alemana jamás volverá a desgarrarse”.
La guerra civil española continuó con las operaciones ofensivas de los nacionalistas. En el resto del año 38 se libró la famosa Batalla del Ebro y se inició la ofensiva nacionalista en Cataluña. Entre enero y febrero de 1939 los nacionalistas se apoderaron de Tarragona, ocuparon Barcelona y Gerona antes de entrar a Madrid el 28 de marzo. El primero de abril, el Ejército Republicano se rindió y Franco asumió el poder en Madrid como jefe único del nuevo Gobierno Español. La Guerra Civil Española había concluido con el triunfo total de los nacionalistas, que tres años antes se habían sublevado.

Una semana después, tras recoger los principales recuerdos de mi madre en un baúl marinero que todavía conservo, visité a mi tía Sor Jacinta en su convento de Granada, en donde la madre superiora accedió a guardarlo, regresé a Berlín y recibí órdenes precisas para viajar a París e incorporarme, en mi condición de oficial de las Waffen S.S., a la red de inteligencia de los Martell, que estaba siendo reforzada pues el alto mando alemán necesitaba con urgencia información precisa sobre la capacidad militar francesa, toda vez que se estaban preparando planes para una eventual invasión alemana al territorio francés. Después de unas cortas vacaciones en Berlín en compañía de Erika y Karl, viajé a París en la primera semana de mayo. El reencuentro con monsieur y madame Martell, con Gastón, Honoré y los demás compañeros fue verdaderamente emocionante, la moral del grupo estaba más alta que nunca. El 1 de septiembre de ese año unidades blindadas alemanas, con apoyo de bombarderos Junkers 52 de la Luftwaffe, invadieron Polonia en una exitosa operación de la llamada blitzkrieg o guerra relámpago, y el 3 de septiembre Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania. Comenzaría entonces la Segunda Guerra Mundial, que convertiría en campo de batalla inmensos territorios de Europa, África, Asia y las islas del pacifico, arrasaría ciudades enteras, sepultaría en los océanos miles de buques con sus tripulaciones completas, cobraría cincuenta y dos millones de vidas humanas, y culminaría, 6 años después, con el primer holocausto atómico en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

El 10 de mayo de 1940 Alemania invadió Holanda y Bélgica, continuó su avance hacía el Norte, y tras cruzar el río Mosa logró aislar a las tropas expedicionarias británicas de sus aliados franceses, que se vieron forzadas a emprender la retirada por mar para cruzar el Canal de la Mancha desde Dunquerque, operación en la cual, pese al hostigamiento de la aviación alemana, naves británicas militares y civiles lograron rescatar cerca de trescientos mil soldados entre británicos, franceses y belgas. Con la retirada de los aliados en Dunquerque la resistencia francesa se desplomó, las tropas alemanas entraron victoriosas a París el 14 de junio, y el 22 del mismo mes Francia capituló ante Alemania y la delegación francesa fue obligada a firmar el armisticio en el mismo vagón de tren en el que Alemania había firmado su rendición en noviembre de 1918, al finalizar la Primera Guerra Mundial.
En los meses subsiguientes del año 40 el poderío militar, especialmente las divisiones blindadas y la supremacía aérea de Alemania, se hizo sentir en Europa. En ese período la Luftwaffe ejecutó el bombardeo masivo más impresionante de la historia hasta ese momento, sobre territorio inglés, en lo que más adelante se llamaría “La batalla de Inglaterra”. En septiembre, Japón firmó una alianza militar con Alemania, y junto con Italia, que había declarado la guerra a Francia el 10 de junio, conformaron el eje “Roma–Tokio–Berlín”, al cual se enfrentarían los ejércitos aliados. En febrero de 1941, un cuerpo de ejército al mando del General Erwin Rommel desembarcó en el norte de África para reforzar a sus aliados italianos, dando comienzo a una de las más brillantes operaciones militares en el desierto. El 27 de abril, con la caída de Yugoslavia y la capitulación de Grecia, la región de los Balcanes quedó en poder de Alemania. El 22 de junio, Hitler rompió el tratado secreto de no agresión que había firmado con Stalin en 1939, antes de la invasión a Polonia, e inició la operación “Barba Roja”, una gran ofensiva contra la Unión Soviética que comenzó a frenarse en su avance hacia Moscú con la llegada del crudo invierno a finales de noviembre. Sin lugar a dudas, esta primera fase de la guerra concluyó, el 7 de diciembre de ese año, con el ataque aéreo japonés sobre la flota naval Norteamericana en la bahía de Pearl Harbor; hecho éste que, unido a la invasión de la Unión Soviética, significó un punto de quiebre en el equilibrio estratégico de fuerzas y definió el curso posterior de la guerra.

A comienzos de 1941, poco después de mi cumpleaños, Otto fue destinado con su unidad de submarinos a patrullar las costas del Caribe con misiones de interceptación; su hijo Rudolf, con 17 años, fue aceptado en la Escuela de formación de las S.S., Adriana viajó a Francia para reintegrarse a la red de los Martell, Erika ingresó como enfermera a un hospital militar en Berlín y quedó al cuidado de Karl, en tanto que yo, con 40 años de edad, alejado de mi esposa y de mi hijo, con heridas en el alma por la muerte de mi madre, mis abuelos, mis tías y mi maestro, con el corazón lleno de odio hacia el infame que había ordenado el asesinato de mi madre y con la convicción de que Alemania ganaría la guerra, me encontraba en París diseñando, por orden del alto mando, un plan para crear una red de espionaje y contraespionaje en Lisboa, a donde debería desplazarme en los primeros días del año siguiente.

Espera la próxima semana el capítulo XI
Tabio. Jueves 28 de febrero

4 Comentarios

Hola, tocayo. Acabo de leer el capítulo x de tu obra sobre las memorias de un nazi. Se lee con agrado e interés; espero sigas adelante. Echo de menos un punto de vista un poco menos triunfalista en cuanto a la guerra civil española. Claro que novela es novela. Solo un detalle: sin querer dejas un poco mal parado al ejército de Franco, al suponer que la mayoría de los españoles estaba con los sublevados y la minoría componía el ejército republicano. ¿Cómo fue entonces que resistieron 3 años? Un abrazo. Francisco Tostón

Gracias por la lectura y el comentario mi querido Tocayo. Como tu dices novela es novela y en este sentido quise presentar la versión desde el punto de vista de un alemán, Nazi, hijo de española franquista y antigua secretaria de Primo de Rivera. Tu opinión por venir de un español es muy valiosa.

Pancho,me late que el protagonista heroico de esta historia fascinante es el mismo pancho lopez que tuve la fortuna de conocer en la escuela militar prusiana made in colombia…está buenisima!!!FELICITACIONES BROTHER

Gracias por el comentario mi querido Lumylaba. Todos los personajes protágonicos tienen algunos rasgos del autor; pero en última instancia son producto de la imaginación del mismo y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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