Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XV

Posted on : 13-02-2011 | By : kapizan | In : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo XV - Tabio. Domingo 3 de marzo, Novelas

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Tabio. Domingo 3 de marzo

En contraste con el día anterior, el domingo amaneció coronado por un sol esplendoroso, en medio de un cielo completamente despejado que resaltaba el translúcido blanco de la luna, visible en el horizonte como anunciando las vísperas de plenilunio. Mara, al volante del campero de Chacho, con las ventanillas abiertas para permitir que el aire matutino refrescara su rostro, repasaba los acontecimientos y trataba de hacer una lista mental con las pistas que Chacho había descubierto el jueves anterior. En la mañana, Renata la había llamado para contarle el descubrimiento de los diamantes, la conclusión a la cual habían llegado en la reunión sinéctica, en el sentido de que posiblemente había una parte adicional del tesoro que debería buscarse con el péndulo de su amigo, y la advertencia de ser cautelosos en el manejo de la información.
El vuelo de Avianca llegó puntual al aeropuerto El Dorado de Bogotá. Lo primero que hizo Mara fue mostrarle a Chacho el papel con los dos ideogramas del I Ching que habían encontrado en la barrita de tinta de la hija de Margarita Paz: inmediatamente Chacho los identificó como el 34, Ta Kwang: Gran poder; y el 43, Kwâi: Decidir.
“Qué interesante. Estos dos hexagramas siguen formando una cifra capicúa, pero sin el 11 que aparece en la barrita de Martina; -comentó el joven, mientras mentalmente se preguntaba -, ‘¿qué significan estas cifras?, ¿por qué están apareciendo en forma recurrente?…’ ”.
Media hora después, Chacho conducía con la intención de virar hacia el norte en la avenida Ciudad de Cali, para tomar la avenida ochenta hasta Siberia y de allí por la estrecha pero pintoresca y ondulante carretera hacia Tenjo y Tabio; sin embargo, cuando intentaba tomar el carril de la derecha, su vista se posó en el carro que los precedía: una camioneta tipo Blazer de color blanco, con vidrios oscuros, en cuyo interior se podía identificar la forma inconfundible de un redondeado sombrero cardenalicio. El impulso que llevaba su campero lo obligó a sobrepasarla, mas le permitió apreciar el escudo pontificio pintado en la puerta izquierda de la camioneta, con un letrero en negro: Nunciatura Apostólica. Pero lo que verdaderamente le sorprendió, al mirar la placa de color azul oscuro, fueron sus letras blancas, CD (Cuerpo Diplomático), y sus cuatro dígitos, 4334. ¡Los mismos de los ideogramas de la barrita de tinta de Ana María Zapata Paz, pero al revés!
Cuando Chacho se percató, el cruce para tomar la avenida Ciudad de Cali quedó atrás y la camioneta de la Nunciatura había sobrepasado su campero; entonces, intuitivamente optó por seguirla… Veinte minutos después habían recorrido la avenida circunvalar hacia el norte y desembocaban en la carrera séptima, a la altura de la calle 92. Sobre la carrera séptima el tráfico a esa hora era fluido y no hubo ninguna dificultad para seguir la camioneta a una prudente distancia, hasta la calle 127, en donde ésta puso luces direccionales para adentrarse en el barrio residencial que Renata le había descrito al referirle su encuentro con el Mercedes de placas capicúa el lunes anterior. La escena vivida por Ricardo y Renata se repitió con Chacho y Mara. La camioneta giró a mitad de la cuadra para enfrentar el portalón de entrada y desde su interior activó el control para que la pesada puerta se deslizara hacia los lados permitiendo su entrada al parqueadero de la misteriosa mansión… Chacho continuó sin detener la marcha para bordear el pequeño parque y tomar la ruta hacia Tabio por la carretera central del norte. Recorrido un buen trecho, el joven detuvo el campero para llamar desde su celular a Toya. Ésta escuchó el relato de Chacho y aprovechó para leerle el criptográfico mensaje que había descifrado León al amanecer. Ambos estuvieron de acuerdo en que indudablemente la mansión a la cual se refería el mensaje era la misma que habían visto Ricardo y Renata el lunes y ellos esa mañana. En igual forma, la coincidencia entre las placas de los Mercedes, las tapas de plomo en las fichas de ajedrez y las palabras capicúa AMA y ALA que aparecían en el mensaje eran para ambos una señal inequívoca de que estaban bien orientados y eso lo ratificaba el hallazgo de los diamantes… Lo que resultaba incomprensible para ellos eran las palabras “OCTO” y “PAZ”. Al respecto Chacho, bastante aficionado a las novelas de espionaje, opinó que podría ser el nombre de una organización ultrasecreta tipo ODESSA y reiteró su sospecha de que cualquiera que fuese el motivo de su presencia y de la estrecha vigilancia a la cual los tenían sometidos, eran amistosos. Finalmente acordaron que se encontrarían después de las cuatro de la tarde en la cabaña del viejo, para comenzar la búsqueda con el péndulo.

* * *

El Cardenal Francesco Petrelli había nacido en Milán en 1918 en el seno de una familia aristocrática; desde muy joven ingresó al seminario y a los veintitrés años se ordenó sacerdote. Durante la Segunda Guerra Mundial fue capellán del Ejército Italiano con el rango de capitán; después de la guerra ejerció el sacerdocio y por muchos años fue párroco de Pont Canavese al norte del país, en donde estableció una excelente amistad con Guissepe, el abuelo de Zocco Battiani. Petrelli era un hombre de baja estatura, apuesto, pero sus facciones quedaron endurecidas para siempre con una profunda cicatriz, resultado de una herida durante la invasión a Grecia, que le atravesaba el rostro de rasgos finos y le daba un extraño aspecto de inquisidor del siglo XVI que contrastaba con la grandeza de su corazón, su sencillez y su natural sentido del humor. Durante el pontificado de Juan XXIII, el Papa del Aggiornamento, fue escogido por su destacada inteligencia y su condición de políglota, como uno de los secretarios del Pontífice. A partir de esa época hizo una brillante carrera en el Servicio Diplomático del Vaticano. Su Santidad lo inició en la esotérica Orden Rosacruz, de la cual era Gran Maestre. A mediados de los años setenta, fue designado por Paulo VI como arzobispo de Milán, cargo que ejerció por cuatro años; en 1980 fue llamado por el nuevo Papa polaco para dirigir un proyecto vaticano tendiente a promover un movimiento ecuménico orientado a buscar el acercamiento con las otras iglesias cristianas, especialmente la Ortodoxa Rusa y la Anglicana, así como cultos orientales, que incluían el Budismo Tibetano y el Islamismo. En 1981 Petrelli propició un encuentro de Jerarcas Católicos, Anglicanos, Ortodoxos, Musulmanes y Judíos, entre otros, al cual también asistieron algunos seglares con intereses de desarrollo espiritual, entre los cuales se destacaban un Murshid de la Orden Sufi y un representante del Cuerpo Continental de Consejeros de la Fe Bahá`í; como resultado de esa reunión Petrelli y el representante del sufismo, junto con otros seis jerarcas de diferentes credos, constituyeron un comité especial para promover la realización de proyectos concretos y factibles encaminados a buscar la paz. A sus ochenta y cuatro años, el Cardenal Petrelli conservaba el vigor, la energía y la vitalidad de un hombre quince o veinte años menor y dirigía el Consejo Supremo de OCTO PAX, nombre que finalmente adoptó el comité, organización ultra secreta que operaba a nivel mundial con un presupuesto millonario que se nutría de una red internacional de negocios y de aportes de personas que en algún momento de su existencia habían decidido donar sus abultadas fortunas a la causa trascendental de propiciar la paz del mundo.

Cuando la puerta del garaje de la mansión estuvo cerrada, del interior de la camioneta descendió un hombre relativamente joven, ágil y esbelto, vestido con un clergyman gris oscuro, que ocupaba el asiento delantero al lado del conductor, quien se apresuró a abrir la puerta trasera a un hombre menudo, con rostro hierático y ademanes de quien está acostumbrado a ejercer el poder, ataviado con la sotana y el capelo, símbolos de su investidura cardenalicia…
La puerta principal de la mansión se abrió silenciosamente para dar paso a un hombre de mediana edad, con aspecto de monje budista, que se aproximó al cardenal y tras una leve reverencia le dijo en tono amable y en inglés con acento oriental: “Bienvenido a Bogotá, Su Eminencia, permítame le acompaño a sus habitaciones. El maestro Amín se reunirá con usted en la sala de operaciones a las cuatro…”.
Tres minutos antes de la hora fijada el cardenal, desprovisto de todos los símbolos de su investidura, que había cambiado por una cómoda sotana negra, descendió por una escalera con barandas en madera labrada, desde la recámara que le habían asignado en la mansarda hasta el segundo piso del edificio, y se encaminó a la sala de operaciones, ubicada al fondo de un pasillo alfombrado, en cuyo costado se alineaban en la pared ocho cuadros con imágenes de Santos y Maestros de diversos credos. Una puerta corrediza, también en madera, con símbolos tallados en alto relieve en la cubierta del portón, se abrió y se cerró silenciosamente a sus espaldas.
El interior de la sala circular, con un diámetro de cuatro metros, estaba presidido por una enorme mesa redonda, en cuyo centro aparecía un escudo idéntico al que había hecho tallar Zacarías, con la diferencia de que a su alrededor, dentro de un círculo adicional, aparecían grabadas en letras de oro, las palabras en latín OCTO PAX. En torno a la mesa se alineaban ocho puestos, frente a cada uno de los cuales había una silla forrada en cuero negro, con el mismo escudo repujado sobre la oscura piel. Frente a la puerta se encontraba un hombre de rasgos caucásicos, elevada estatura, complexión atlética, a pesar de que su edad sobrepasaba los setenta años, piel bronceada en la que resaltaban unas finas arrugas alrededor de sus ojos y en las comisuras de sus labios, escaso pero fino cabello blanco y serenos ojos azules. Lucía con gran porte una túnica carmelita y sobre su pecho se destacaba, pendiente de una cadena dorada, el símbolo del corazón alado adoptado por los Sufíes a nivel mundial.
Los dos hombres se saludaron con un estrecho abrazo, y el anfitrión con una amistosa sonrisa le dijo al cardenal, en un inglés fluido marcado por un ligero acento gutural:
“Es un gran gusto volver a verte – comenzó, mientras invitaba al cardenal a tomar asiento en su puesto, frente a la mesa redonda y hacía lo propio en el lado opuesto al ocupado por su interlocutor -. Estoy muy satisfecho pues los herederos de Andy están demostrando creatividad y paciencia para encontrar su legado. El jefe de seguridad me informó que tu vehículo fue seguido por el joven que nos recomendó Zacarías. En ese sentido el trabajo del sacerdote que me sugeriste ha sido muy eficiente y discreto. Durante el sepelio de Andy captó las fotografías de casi todos los herederos. En pocos minutos me traerán las fotografías de él y la joven que lo acompañaba y tendremos completo el dossier con información biográfica de todos los amigos de Andy”.

* * *

La cabaña de Andy estaba ubicada a 200 metros del final del carreteable, hasta donde alcanzaban a llegar los vehículos y comenzaba el estrecho sendero que serpenteaba en medio de árboles nativos hasta la cima de la Peña de Juaica. El viejo la había comprado en enero de 1991, después de haber pasado las últimas semanas del año anterior usándola como refugio, en su primera visita a Tabio. La rústica construcción había sido el alojamiento de los mayordomos de una inmensa finca que los herederos del último propietario habían dividido en siete lotes el más pequeño de los cuales, de tres hectáreas, fue adquirido por el viejo.
Durante los primeros meses de su nueva vida en las faldas de la Peña, Andy se dedicó a remodelar la cabaña, pero conservando las paredes en bahareque y las vigas en madera rolliza curtida, que sostenían el techo original cubierto por tejas de barro cocido; a construir una chimenea y a sustituir el piso de cemento por baldosas de cerámica esmaltada, elaboradas manualmente por una ceramista local. El encargo había extrañado un tanto a la ceramista por la meticulosidad en las especificaciones: 161 baldosas cuadradas; 80 negras con una Cruz de Lorena blanca en el centro; 80 blancas con una Cruz de Malta negra también en el centro; y una única baldosa, del mismo tamaño de las anteriores, pero con la mitad superior en blanco, la inferior en negro y en el centro una cruz ansada, en plata de ley 900, que el viejo le entregó y le pidió incrustar en mitad de la baldosa.
El exterior de la cabaña estaba bordeado por un surco sembrado de agapandos de color violeta, margaritas blancas y en cada extremo frontal una buganvilla con flores fucsia que se enredaba caprichosamente en sendas vigas de madera, colocadas por el viejo con ese propósito. La puerta principal, de una sola hoja, era en madera rústica, curada por el tiempo y asegurada por un cerrojo de hierro forjado con un enorme candado antiguo. En la fachada y a cada lado de la puerta había una ventana: la de la derecha, rectangular, correspondía al espacio de la cocina y la de la izquierda, cuadrada, al área de la sala; desde ambas se tenía una magnífica vista del valle. En el costado sur occidental, que formaba la pared de la alcoba de Andy, había un ventanal desde el cual se perfilaba la Peña de Juaica. Por detrás de la casa y como a veinte metros, el viejo había construido un cobertizo en guadua con techo de paja, que cumplía la doble función de servir como pesebrera a la yegua y depósito de leña, herramientas e implementos de labranza.
Las únicas personas que habían visitado la cabaña de Andy eran Zacarías, que la frecuentaba, y Toya, quien el día que recogió el baúl no tuvo tiempo de apreciar el interior de la vivienda. Tal vez por esto, la sensación que tuvo ese domingo al abrir la puerta en compañía de Renata fue diferente. Por primera vez reparó en las características del piso ajedrezado, en las cruces y en la decoración sobria y sencilla, casi espartana: en la sala, tres poltronas de cuero, una pequeña mesa cuadrada con un cenicero de bronce, una alfombra en lana virgen y dos materas grandes de barro cocido con plantas de redondeadas y brillantes hojas verdes, que ninguna de las dos mujeres pudo identificar, pero se apresuraron a regar copiosamente. Sobre la chimenea, y en un marco de plata labrada, había una fotografía en sepia de una hermosa mujer y un niño…
— Éstos son Erika, la esposa de Andy, y su hijo Karl – le comentó Toya a Renata y le explicó: – Erika fue el gran amor de Andy, era prima de Otto, su mejor amigo, que según cuenta el viejo en sus cuadernos se quedó viviendo en la Guajira colombiana… La historia de la muerte de Erika y el niño durante la guerra es muy triste, a mí me conmovió cuando la leímos. Anoche terminamos de leer los cuadernos y pensamos reproducirlos para todos los amigos, pero León me recomendó que se los entregase hoy mismo a Chacho para ver qué conexiones puede encontrar él con las pistas.
En ese preciso instante llegó Chacho en compañía de Mara, y Toya le entregó los cuadernos.
— Empecemos por pendular en la sala – dijo Chacho, que había sacado el péndulo de su estuche… Mientras éste se alistaba, Renata sorprendida por el piso ajedrezado de la estancia comentó:
— Definitivamente creo que estamos muy cerca, pues para mí resulta muy sugerente que estas baldosas tengan las mismas cruces que aparecen en la panoplia que heredó Jorge de Roux. Además se ve que fueron cocidas a muy alta temperatura y creo que conozco a la ceramista que las hizo. Son costosísimas.
Las tres mujeres decidieron correr las poltronas y la mesa hacia los extremos de la estancia para facilitar la tarea del joven; se sentaron, y Toya aprovechó para contarles lo que había leído sobre Vicente de Roux, su origen francés y cómo esa panoplia había pertenecido a su madre. Después de diez minutos de pendular infructuosamente, Chacho sugirió que pasaran a la habitación de Andy, cuyo piso era igualmente ajedrezado. La habitación, como el resto de la casa, se distinguía por su sobriedad en la decoración: una cama sencilla con patas y cabecera en cobre, una pequeña mesita de noche al lado izquierdo y una lámpara de pie al costado derecho, una mecedora vienesa con espaldar en esterilla de mimbre desde la cual se podía ver la peña de Juaica a través de la ventana, un escaparate de dos puertas que servía como ropero, dos alfombras pequeñas en lana virgen a los costados de la cama, y otra al pie de la misma, sobre la cual aún se notaba la marca del baúl que había contenido las pertenencias del viejo. El único adorno lo constituía un calendario lunar del año 2002.
Chacho, totalmente concentrado en su tarea, se paró sobre la alfombra del pie de cama y de repente el péndulo comenzó a girar lentamente con movimientos dextrógiros; entonces, de un jalón corrió la alfombra… Para sorpresa de todos, apareció una baldosa marcada con la cruz ansada, que había estado oculta debajo del tapete. Nuevamente en posición, con las piernas ligeramente separadas y con la cadena del péndulo sostenida entre sus dedos, dejó que éste tomara su impulso giratorio hacia la derecha, hasta que no le cupo la menor duda: ¡debajo de la baldosa encontrarían oro!
Valiéndose de un destornillador que halló Renata en la cocina, Chacho removió con cuidado la baldosa, debajo de la cual encontró una tapa de madera que al parecer se extendía debajo de las baldosas circundantes. Con la ayuda de las tres mujeres, cuya excitación iba en aumento, en menos de 10 minutos quitaron 8 baldosas, con lo cual quedó perfectamente despejada una tapa cuadrangular de 60 cm. de lado. En dos extremos de la tapa había unas agarraderas que facilitaron su remoción; con ello, quedó despejado el acceso a unas escaleras de madera que descendían hasta perderse de vista. Del interior de su chaquetón, el joven sacó una pequeña linterna y sin dudarlo un instante inició el descenso seguido por sus tres amigas… Cuando Chacho llegó al final de la escalera y sus pies tocaron el piso, se activó un mecanismo que encendió automáticamente una serie de lámparas de neón que le dieron una claridad inesperada al subterráneo, y un reflector proyectó su luz sobre un cuadro al óleo, enmarcado en oro puro de 18 quilates, que estaba colocado en un trípode de madera sobre un mueble del mismo material en el centro del recinto. El subterráneo era circular, con aproximadamente 4 metros de diámetro y paredes de 2 metros de altura forradas en concreto, pintadas de blanco y desprovistas de cualquier adorno. En el techo se apreciaban cuatro rejillas que correspondían al sistema de ventilación.
— ¡Esto sí es increíble! – exclamó profundamente impresionada Toya y aclaró: – hace dos años, le pregunté al viejo qué quería que le regalara el día de Navidad y él me contestó: “Quiero que me pintes un paisaje en el cual aparezca un unicornio blanco…”. Como ustedes saben, nunca me quiso decir su edad, pero en esa ocasión se la volví a preguntar y recuerdo que me contestó con una sonrisa traviesa: “Yo soy un hombre sin tiempo, como los unicornios”.
— Ahora entiendo – dijo Chacho –. Si tú no mencionas lo del unicornio, no hubiera podido comprender un mensaje a mano que dejó el viejo en el libro del I Ching que estaba señalado con la cinta separadora, en la página correspondiente al hexagrama 50, y decía: “La cornucopia de la abundancia está protegida por el unicornio con marco dorado”. Definitivamente Andy era el gran maestro de los enigmas.
En efecto, el cuadro cuyas dimensiones eran de 44 x 55 cm. había sido pintado en óleo sobre una tabla de madera, como casi todas las obras de la joven pintora; era una composición, en la cual se apreciaba a la derecha, en primer plano, la figura de un unicornio en medio de un paisaje silvestre con frondosa vegetación; la imagen se equilibraba a la izquierda con una cascada de agua cristalina, y se completaba con un cielo brumoso y crepuscular como apacible fondo. El marco de oro, sobrio y macizo, tenía 11 cm. de lado y 4.4 cm. de espesor.
La impresión que les produjo este sorprendente hallazgo los entretuvo por un buen rato, hasta que Renata se percató de que el mueble sobre el cual descansaba el trípode, tenía una puerta de dos hojas, sin cerradura, que procedió a abrir. En su interior había una caja fuerte, no muy pesada, que Chacho extrajo sin ninguna dificultad. Era similar a las que se empotran en las paredes para guardar documentos, joyas o dinero. Medía 40 centímetros por cada uno de sus cuatro lados y tenía una profundidad de 25 centímetros. La puerta difería de los modelos conocidos en que traía incorporada, encima de la perilla, una pequeña pantalla con un teclado alfabético y un botón de encendido que Chacho se apresuró a oprimir. En la pantalla apareció: ingrese la contraseña “Sospecho – comentó Chacho después de examinar la caja – que este modelo fue diseñado por Andy y nunca sabremos quien la construyó pues no tiene ninguna marca de fábrica…”. La sospecha del joven se basaba en el hecho de que en la perilla giratoria, que descansaba en un disco fijo con cuatro muescas, en vez de números aparecían grabados en bajo relieve los 64 hexagramas del I Ching. “…El problema – se lamentó Chacho – es que la perilla está bloqueada y aunque supiéramos los hexagramas correspondientes a la clave para abrirla, no podemos usarlos hasta descubrir la bendita contraseña. Lo que sí puedo garantizarles es que adentro no vamos a encontrar más oro, pues como pueden ver – dijo uniendo las palabras a la acción -, el péndulo no se inmuta frente a esta caja. Sólo falta que esté vacía como el baúl de Renata”.
Esa noche, en la privacidad de su taller, Antonia Cruz cogió el estuche de los tubitos de óleo con el ánimo de examinarlos en busca de posibles pistas y encontró una cartilla con ideogramas chinos, que no había visto anteriormente, sostenida por un caucho a la tapa superior del estuche. Al abrirla, cayó al suelo una tarjeta de presentación en la cual se leía:

Angélica María Acosta
Profesora de Matemáticas
Cra. 28B No. 53A – 26 Bogotá D.C.
Tel: 4311134

Espera la próxima semana el capítulo XVI
Sexto Cuaderno 1952 – 2001

2 Comentarios

Pancho,Definitivamente estoy convencido que eres vos con tu pluma y no Andy el gran maestro de los enigmas…sigue asi que la vaina está poniéndose buena!!Un fuerte abrazo costeño

Mi querido Lumylaba me alegra que te esté interesando el enigma de la herencia de Andy.

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