Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XVI

Posted on : 20-02-2011 | By : kapizan | In : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo XVI - Sexto Cuaderno 1952 – 2001, Novelas

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Sexto Cuaderno 1952 – 2001

Intencionalmente fui exhaustivo y me detuve en detalles históricos al hacer el recuento de mis primeros cincuenta años, tal vez porque cuando se es viejo entre más lejano es el recuerdo con mayor claridad acuden a la memoria los detalles de lugares, fechas y circunstancias, sin embargo, en mi caso tuve la intención de que ustedes, en Tabio, conocieran una versión de las dos grandes guerras del siglo pasado, desde la poco conocida orilla de los derrotados, y de la guerra civil española desde la perspectiva de los vencedores. Quise también que ustedes entendieran las causas que motivaron el odio y los deseos de venganza que fueron el motor de casi todas mis acciones en los años de posguerra hasta 1976. En el ocaso de mi vida, con el corazón en paz y en la tranquilidad de Tabio, he reflexionado serenamente sobre mi pasado, hasta llegar al convencimiento absoluto de lo absurdo que fue mi odio y de lo nocivas que fueron sus consecuencias.

Por ello, quiero enfatizar la importancia del perdón, como punto de partida para encontrar el camino del amor, la paz y la concordia. Veo con claridad que el amor patriótico y el amor filial mal entendidos pueden conducirnos por el tortuoso camino de la guerra. Es cierto que el amor a España inculcado por mi madre y el amor por Alemania inculcado por mi padre y mi tutor, me llevaron, convencido de que obraba bien, a involucrarme de todo corazón en defensa de lo que creía más sagrado. Me he preguntado, ¿si mi padre, por ejemplo, hubiera sido francés o ruso y mi madre norteamericana o judía, cuál hubiera sido mi suerte?… Seguramente el enemigo habría sido otro y el devenir de mi existencia hubiese sido diferente.

Empero, he llegado al convencimiento de que el amor patriótico es un noble sentimiento del ser humano; el problema, a lo largo de la historia conocida, ha radicado en la manipulación del patriotismo por parte de líderes ambiciosos de poder, de dinero o de gloria, que han movilizado pueblos y naciones impulsados por motivos, muchas veces oscuros, que suelen enmascarar hábilmente con palabras y argumentos, ingenuamente aceptados por sus seguidores, dividiendo el mundo entre agresores y agredidos. Otro será el mundo cuando aceptemos que la única patria es el planeta que habitamos, y aprendamos a amarlo con la misma intensidad con que los más patriotas han amado sus naciones.

Creo firmemente que al comenzar el tercer milenio de nuestra era no tiene sentido que sigamos heredando odios y rencores. Es insensato que padres y educadores continúen transmitiendo a las nuevas generaciones razones ideológicas, religiosas o de cualquier otra índole para seguir justificando enfrentamientos entre judíos y musulmanes, comunistas y capitalistas, católicos y protestantes, blancos y negros, o como en Colombia, entre liberales y conservadores. Entendamos que, como las personas, los países, las sociedades y las culturas también poseen un ego que por ser colectivo es muy poderoso y puede llegar a causar daños irreparables. Es importante entonces que a partir de la familia, de la tribu, de la casta, de la nación o de la etnia, hagamos un esfuerzo por trascender ese ego colectivo y aprendamos a aceptarnos y tolerarnos en nuestras diferencias. ¿Utópico? Sí, pero como dijo Ernesto Sábato: “Sólo aquellos que estén dispuestos a sostener la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.”

El haber dedicado tantos años de mi vida a las actividades de espionaje y contraespionaje, y el haber dirigido la red clandestina a la que hice referencia en el cuaderno anterior, me convirtieron en un hombre extremadamente receloso respecto a compartir información o revelar mis fuentes de inteligencia. Quizá por esto fui, hasta ahora que escribo estas líneas, supremamente cauteloso al referirme a mi pasado o al compartir con ustedes mis amigos de Tabio detalles sobre personas que conocí o episodios que viví en años anteriores. Seguramente se sorprendieron al saber, por ejemplo, que monsieur Martell era tío bisabuelo de Anita, que Giussepe Battiani, el abuelo de Zocco, había trabajado conmigo durante la guerra, que conocí a los antepasados de los Bawer en mi niñez cuando viajé por primera vez a España, que Jorge de Roux era sobrino de mi colaborador en la red de operaciones anticomunistas, o que Ulrika Erlander era la bisabuela de nuestra maestra de tango.

Pues bien, esas no son las únicas sorpresas que tengo para ustedes. En la segunda mitad del siglo pasado, gran parte de mi actividad se desenvolvió en el continente americano y fueron muchas las experiencias que viví en Colombia, en Uruguay y en otros países del área, y gracias a ellas conocí, entre otros, al abuelo de Ana Martell, al abuelo y al padre de Toya, a los padres del maestro León, e incluso al abuelo de Malena Rolz y a los padres de Martina Leliushenko, las jóvenes amanuenses de Zacarías. Daré entonces un giro a este relato, me abstendré de contar episodios de lo que para ustedes es historia contemporánea y me concentraré en narrar la forma en que conocí a todas estas personas, cuyos descendientes vine a encontrar en este remanso de paz que es Tabio, para comprobar una vez más que la vida va tejiendo una misteriosa urdimbre en la cual nuestros destinos se entrecruzan brindándonos la oportunidad de que aprendamos a amarnos los unos a los otros, a pesar de que en muchas ocasiones nuestro libre albedrío, gobernado por el ego, nos enfrente unos a otros olvidando que en esencia todos somos hijos del mismo Dios y por consiguiente hermanos… Ésa fue la buena nueva que trajo Jesús de Nazareth y lo crucificaron, como dijo Anthony de Mello “no porque fuera buena, sino porque era nueva”.

Dedicaré entonces la parte final de estos cuadernos a relatar, en el orden en que acudan a mi memoria, las circunstancias y el tipo de relación que mantuve con estos antepasados de algunos de ustedes, y a contar los hechos traumáticos que pusieron freno a la desbocada carrera de odios y venganzas que había emprendido desde la muerte de mi madre, forzándome a enderezar el rumbo de mi existencia.

Getulio Moreira era un brasileño de sesenta años que había sido voluntario en la Legión Extranjera y, a raíz de una herida sufrida en combate, había dejado las armas y se había especializado en el negocio de exportación de carne, desde el Uruguay hacía Europa, como propietario de una pequeña empresa que había fundado cinco años antes. En 1948, fue reclutado por Vicente de Roux para dirigir nuestras operaciones en Montevideo. En poco tiempo demostró sus habilidades comerciales y la empresa exportadora de carne llegó a ser uno de los negocios legales más prósperos y sólidos de nuestra organización en América Latina. Después de mi encuentro con Otto Spengler en la Guajira colombiana, yo había decidido, por sugerencia de Vicente, hacer una visita a todas nuestras empresas en el área; opté entonces por iniciar el recorrido en compañía de mi colaborador desde el sur, con la esperanza de encontrar en el Uruguay a los descendientes de monsieur Martell, de los cuales éste hablaba con nostalgia, pues nunca llegó a conocerlos. Por aquellas curiosas coincidencias de la vida, resultó que uno de los mejores amigos de Getulio en el Uruguay era Alfredo Martell, sobrino de mi antiguo jefe, quien para esa época dirigía el periódico “El Heraldo” que él mismo había fundado años antes; obviamente estas circunstancias facilitaron nuestro encuentro a comienzos de 1952.

El parecido físico entre Alfredo y su tío monsieur Martell era asombroso; a tal punto, que cuando lo ví por primera vez tuve una extraña regresión a mis épocas de París en los primeros años de la Segunda Guerra, y sin darme cuenta lo saludé e iniciamos nuestra conversación en francés. Desde el primer instante hubo una empatía natural entre nosotros, y Alfredo se mostró muy interesado en conocer detalles de la vida y la forma en que había muerto su tío.

Alfredo Martell era un hombre de estatura mediana, complexión robusta, rostro ancho de facciones firmes y frente despejada, que encantaba a quienes le conocían por su sencillez, su fino sentido del humor, su simpatía y su charla amena salpicada de anécdotas. Era un hombre de claras convicciones y sólidos principios, para quien la amistad y la familia eran algo sagrado. Con el tiempo, llegó a ser un prominente político de su país, que alcanzó elevadas posiciones en el gobierno, del cual fue secretario privado de la Presidencia y ministro.

La actividad de nuestra red en el Uruguay, que estuvo concentrada exclusivamente en operaciones mercantiles durante mucho tiempo, tuvo un giro hacia la lucha anticomunista a raíz del surgimiento de las guerrillas urbanas del Movimiento de Liberación Nacional (M.L.N. o Tupamaros), en 1967. A mediados de 1970, mi amigo Alfredo ocupaba el cargo de ministro en el gobierno que presidía Jorge Pacheco Areco, y sucedió algo inesperado que repercutió en el viaje de Alfredo Martell a Colombia en compañía de Anita, su nieta predilecta, quien se había convertido en su secretaria privada.

La aparición del movimiento Tupamaro fue una oportunidad para que Getulio pusiese en evidencia sus capacidades como líder de una red de inteligencia. En pocos meses logró infiltrar en el movimiento guerrillero dos agentes que nunca fueron descubiertos, y me atrevería a asegurar que de ese hecho dependió en gran medida el desmantelamiento del movimiento subversivo en la década de los setenta, durante el gobierno militar de facto. Gracias a esta infiltración, Getulio pudo detectar un complot para asesinar al ministro Martell, para lo cual habían logrado que uno de sus hombres estableciese una relación sentimental con su nieta: un joven y apuesto intelectual de izquierda, cuyo oscuro propósito era obtener información sobre el ministro que les permitiese ejecutar sus nefastos planes. La oportuna advertencia, sirvió para que se adoptaran medidas preventivas, y el Presidente de la República tomase la decisión de nombrar a su amigo Alfredo como embajador ante el gobierno colombiano. Desde entonces, Anita ha vivido en Colombia y fue para mí maravilloso conocerla posteriormente en Tabio.

Nuestro recorrido por los puertos en los cuales habíamos establecido oficinas culminó en Bogotá en casa del hermano de Vicente, en donde pasamos una semana elaborando planes a partir de nuestras impresiones durante el viaje. Este tiempo fue suficiente para que mi amigo de Roux se enamorase perdidamente de Daniella Monsalve, una prima de la esposa de su hermano con quien terminaría casándose tres años después. Ambos quedamos encantados con Colombia. Lo veíamos como un país con una excelente ubicación geográfica y con un inmenso potencial económico. En esa ocasión, surgió por primera vez la idea de establecer un centro de operaciones de nuestra organización con sede en Bogotá, Medellín o Cali, ciudades, estas últimas, que visitamos con el ánimo de identificar negocios potenciales tanto para la importación de productos europeos como para la exportación de productos agrícolas de origen colombiano, especialmente café, algodón, azúcar y arroz.

En Cali adquirimos una plantación de caña de azúcar, con el propósito de lograr una integración que favoreciera nuestro negocio de exportación de azúcar refinada con destino a los mercados europeos. En el proceso de legalizar los documentos, tuve la oportunidad de establecer una relación de amistad con Alfonso Villa, quien para esa época se desempeñaba como notario en la capital del Valle del Cauca. El notario era un hombre que podría tener mi edad y una gran erudición que raras veces salía a flote, pues por naturaleza era un hombre callado, que vivía en un rico mundo interior y amaba el silencio. Al respecto, el primer día que visité su despacho me llamó la atención un poema Zen, enmarcado y escrito con letras dibujadas, que decía: “Silencio es el roce de dos pétalos de rosa al caer”. Alfonso era padre de cuatro hijos: dos mellizos, Alfonso y Marianella, los mayores; Alberto y Teresa, los menores. Así fue, mi querida Toya, como conocí a tu abuelo y a tu padre, para entonces un adolescente, cuya inteligencia y creatividad anticipaban dos de las principales características del gran hombre que llegaría a ser. Ese mismo año y por causa de la violencia política que había enfrentado a los colombianos, desde los orígenes de la República, entre liberales y conservadores, tu abuelo debió trasladarse con su familia a Bogotá, pues su filiación partidista le hizo objeto de amenazas de muerte por parte de sus adversarios políticos.

A comienzos de los años sesenta, después del triunfo de la Revolución Cubana, tuvimos claro en nuestra organización que el comunismo trataría de ganar fuerza en América Latina mediante el apoyo a movimientos insurgentes con orientación política proveniente de la Unión Soviética, de China o de Cuba. Este cambio geopolítico aceleró el establecimiento de una sede para coordinar operaciones en el continente, desde Bogotá, y sirvió para que Vicente de Roux, ya casado con Daniella y padre de Duván, su único hijo, regresase de Lisboa y se estableciese definitivamente en Colombia con su familia. En esa década, con el joven Alfonso convertido en gran productor de arroz en los llanos orientales y de algodón en el departamento del Cesar, establecimos una eficiente cadena de exportaciones de estos productos en una alianza comercial que se prolongó por muchos años, hasta que decidió, en uso de su libre albedrío y por razones que no conocemos, y por tanto ni debemos ni podemos juzgar, poner fin a su existencia, en circunstancias que tú, Toya, conoces muy bien, pues es un tema que tratamos juntos muchas veces, y estoy seguro de que para esta fecha ya has entendido y aceptado como parte de tu vida. De lo que sí puedes estar segura es que el espíritu de tu padre te cobija con su sombra protectora desde esa dimensión en la que pronto estaré reunido con él.

En nuestro primer viaje a Medellín a mediados de 1952, tanto Vicente como yo quedamos sorprendidos con la pujanza, la creatividad y la habilidad para los negocios de casi todos los antioqueños. En el bar del hotel Nutibara, mientras tomábamos un aperitivo, se nos acercó un hombre de edad mediana, ojos oscuros, nariz aguileña, tez bronceada y cuerpo delgado, cuyas facciones hubiesen podido confundirse con las de un beduino; en realidad, con sus primeras palabras supimos, por su acento inconfundible, que era un comerciante antioqueño que seguramente olfateó en nuestra clara apariencia europea una posibilidad de hacer negocios y nos abordó, con natural desparpajo, para darnos la bienvenida a Medellín. Desde el primer instante me inspiró confianza y lo invité para que nos acompañara en la mesa… Esa misma noche, después de haber compartido una agradable cena en que saboreamos por primera vez las delicias de la comida paisa y de haber departido en torno a una botella de aguardiente antioqueño, Iván Rojas se había convertido en distribuidor para Colombia, Centro y Suramérica, de un variado portafolio de productos que Vicente de Roux había preparado con el fin de ampliar nuestras exportaciones desde Francia, España, Italia y Portugal, con destino al continente americano. Al día siguiente, tuvimos la oportunidad de conocer a Ligia, su esposa, una mujer encantadora, amable y maravillosa cocinera, poseedora de un gran don de gentes y una peculiar habilidad para narrar con gracia cautivadora toda clase de historias y anécdotas. Así fue, mi querida Toya, como conocí a los padres del maestro León. Con la muerte de Iván, a mediados de los años sesenta, terminó nuestra relación comercial. En esa época me encontré con Ligia en una exposición del maestro Obregón en Bogotá, y en esa ocasión me contó que su hijo estudiaba bellas artes en la Universidad Nacional.

Wolfgang Rolz era un antiguo camarada de las S.S. a quien conocí en Berlín en la época de las olimpiadas militares. Durante la contienda se había especializado como ingeniero químico para trabajar en una sección de guerra con gases. En 1955 volvimos a encontrarnos en uno de mis viajes a Barranquilla. Su situación económica era precaria, pues trabajaba como profesor en un colegio del Estado; se había casado con una colombiana y tenía cuatro hijos. A raíz de nuestro encuentro, se me ocurrió proponerle que me acompañara a la Guajira para visitar a mi amigo Otto. Wolfgang, que se encontraba en vacaciones, accedió encantado y juntos pasamos dos semanas deliciosas de jolgorio y remembranzas. Allí, en la tranquilidad de El Pájaro, surgió la idea de vincular a Wolfgang a la red. Entonces le propuse que elaborara un proyecto para establecer en Bogotá un laboratorio farmacéutico que estábamos en condiciones de apoyar financieramente. En 1976, cuando decidí eliminar las operaciones clandestinas y mantener funcionando algunas de las empresas más rentables, Wolfgang decidió retirarse y dejar la gerencia del laboratorio a Sebastián, su hijo mayor, el padre de Malena Rolz.

Durante el tercer cuarto del siglo, mi vida se alternaba con temporadas de tres y a veces cuatro meses entre América y Europa, procurando celebrar mis cumpleaños en Lisboa en compañía de Ulrika, quien siempre me recibía amorosa y tierna sin hacer preguntas sobre mis actividades clandestinas, y haciéndome sentir como el guerrero que regresa al hogar para un descanso entre batallas.

En 1972, llegó a Colombia un personaje que tres años después se convertiría en el instrumento que el destino puso en mi vida para que, enfrentado a la muerte, tomase la decisión de cambiar radicalmente mi forma de pensar y de ver el mundo: Dimitri Leliushenko. Lo conocí por sugerencia de Vicente y de Wolfgang, quienes vieron en él la posibilidad de reclutarlo para nuestra red, pues el hecho de ser un desertor de la Unión Soviética que había pedido asilo político en Colombia resultaba bastante atractivo para convertirlo en agente propio. El joven de veintidós años tenía una historia simple. Desde su niñez, sus profesores en Moscú habían detectado su inmenso potencial como bailarín de ballet, y desde los doce años su vida transcurrió en los escenarios, hasta que a los diecinueve años llegó a convertirse en una de las figuras más destacadas de la compañía de ballet ruso, que recorría el mundo haciendo presentaciones en los principales teatros de las capitales de Europa, sometido siempre a la férrea disciplina del partido. Según su propia versión, en 1971, después de presentarse en el Metropolitan Opera House de New York y de hacer una gira por las principales ciudades de los Estados Unidos, había quedado fascinado con la libertad que veía en los jóvenes de su edad y con las costumbres occidentales, muy diferentes a la versión que le habían presentado en las conferencias sobre la vida en Occidente. Desde entonces, tenía el propósito de aprovechar la primera oportunidad para desertar y solicitar asilo político. Esa oportunidad se había dado en Bogotá durante una presentación del ballet en el teatro Colón.

Reconozco que Dimitri, por su apellido, el mismo del general que habíamos convertido en objetivo de nuestra persecución, despertó nuestra suspicacia. Efectuamos entonces una investigación exhaustiva, y logramos comprobar que no tenía ninguna relación de parentesco con el militar soviético. Por su parte, el muchacho me convenció con su aparente ingenuidad, su inteligencia y su simpatía, gracias a lo cual en breve tiempo llegué a cobrarle gran aprecio. Incluso acepté gustoso ser su padrino de boda, cuando un año después decidió casarse con Guadalupe Infante, una bella joven que se iniciaba en el mundo artístico como cantante.

En octubre de 1975 recibí un mensaje cifrado y urgente de nuestro agente en Moscú: “Para Sigfrid de Moscovita. Segunda semana noviembre arribará vía marítima cargamento armas explosivos destino FARC Colombia. STOP. Posiblemente Puerto López o Puerto Estrella Guajira. STOP. Dimitri Leliushenko agente infiltrado coordinador abastecimientos guerrilla colombiana. STOP. Fuente: “el monje”. STOP”. “El monje” era un agente propio, que habíamos logrado infiltrar desde 1949 en la K.G.B., y había llegado a ser miembro del alto mando de esta organización. Sus informaciones siempre habían sido exactas.

Enfurecido por el engaño del cual habíamos sido víctimas por parte del bailarín, aproveché mis contactos con los servicios de inteligencia colombianos y obtuve una carta de presentación dirigida al comando militar de la zona. Decidí entonces viajar a la costa pues quería, como lo había hecho en otras oportunidades y en otros países, participar directamente en esa operación, con la esperanza de encontrar a Leliushenko para cobrarle lo que consideraba en ese momento una miserable traición…

Maicao, ciudad fronteriza de la Guajira colombiana a 14 kilómetros de Paraguaipoa en Venezuela, era un centro comercial de gran importancia, en cuyos centenares de almacenes se vendían electrodomésticos, licores, cigarrillos y todo tipo de productos de contrabando, que ingresaban al país por vía marítima, procedentes en su mayoría de Panamá. En este sentido, funcionaba como una especie de puerto libre ilegal, pero tolerado por las autoridades gubernamentales, talvez porque en muchos de sus almacenes se vendían textiles y productos manufacturados en Colombia, para una inmensa cantidad de compradores venezolanos que acudían atraídos por la calidad y la ganancia que representaba el diferencial cambiario. En esa época, la situación de orden público en la zona era compleja, pues su ubicación geográfica y las características idiosincrásicas de los guajiros facilitaban el surgimiento de delitos mucho más graves que el contrabando de mercancías, tales como la trata de blancas, el robo de vehículos en Venezuela, que eran convertidos en piezas y vendidos en el mercado negro, el trasiego de armas para la guerrilla, el contrabando de ganado y café colombiano hacia el vecino país, a lo cual se sumaban los constantes y sangrientos enfrentamientos entre miembros de diferentes castas indígenas de la región, sin contar con la delincuencia común propia de una ciudad que mantenía una población flotante de sesenta o setenta mil personas. El panorama anterior se complicaba por la tensa situación diplomática entre Colombia y Venezuela, a raíz de un centenario litigio en torno a límites marítimos en el golfo de Maracaibo reconocido, geológicamente, como uno de los mayores yacimientos submarinos de crudo.

La responsabilidad por el control militar del área recaía en el comando de la segunda brigada en Barranquilla, con jurisdicción sobre los departamentos de la Costa Atlántica que incluían, si bien recuerdo, Córdoba, Bolívar, Atlántico, Magdalena, Cesar y la Guajira. Por esta razón, volé a Barranquilla para transmitir personalmente la información al general comandante de la brigada. Durante el período en que nuestra organización estuvo concentrada en operaciones anticomunistas en América Latina, tanto Vicente como yo logramos establecer una estrecha vinculación con los mandos militares, y con los servicios de inteligencia de los países del área. Mi nombre clave, Sigfrid, llegó a ser sinónimo de alta credibilidad como fuente de información. A partir de ese momento, y en coordinación con el comando naval del Atlántico, se montó una operación cuyo objetivo principal era interceptar el cargamento de armas para la guerrilla.

Ansioso por estar en el lugar de la acción, decidí desplazarme a Maicao, provisto de una nota de presentación firmada por el comandante de la brigada y dirigida al comandante militar de esa guarnición: capitán Zacarías Abel Zuluaga. El 24 de noviembre, acompañado por Duván de Roux, joven de diecinueve años, hijo único de Vicente, en quien tanto su padre como yo veíamos un excelente sucesor al cual estábamos entrenando, nos encontrábamos en el puesto de mando de la agrupación militar, desde la cual el capitán Zuluaga coordinaba las actividades de patrullaje de un escuadrón de caballería mecanizada, apoyado por ciento cincuenta unidades de la Policía Nacional, doce agentes del DAS y la totalidad de los integrantes de la Defensa Civil, Zona Especial de Maicao, organización esta última que se había convertido por decisión del gobierno en una fuerza paramilitar, entrenada por el ejército para apoyar eventuales operaciones en caso de un conflicto armado con Venezuela y como red especial de inteligencia cuya mayor cantidad de integrantes eran indígenas que habían sido entrenados en la unidad militar. El comandante de la Defensa Civil en Maicao era Fernando Guzmán, un santandereano que había participado como soldado voluntario del Batallón Colombia en la guerra de Corea y trabajaba en estrecha coordinación con el ejército, al cual apoyaba en el control del orden público. Desde esa época Fernando y Zacarías, que compartían muchos intereses e inquietudes intelectuales, llegarían a ser grandes amigos. Guzmán era un hombre inteligente y culto, con una capacidad de liderazgo fuera de lo común gracias a la cual se había ganado el respeto y la admiración de todos sus subalternos en la Defensa Civil, y con gran ascendencia sobre los indígenas, que lo llamaban con cariño “El Cacique Blanco”.

A las diez de la noche, Zacarías recibió por radio un mensaje que daba cuenta del éxito de la operación: sus tropas, destacadas en Uribia, habían interceptado el cargamento de armas que era transportado en un camión F-600, y venía escoltado por dos vehículos tipo Pick–up con hombres armados. Dimitri Leliushenko y ocho hombres más habían sido detenidos junto con el camión y uno de los vehículos de escolta. El segundo vehículo había logrado evadir el cerco, y las características de los vehículos de la unidad militar, jeep CJ5 provistos de ametralladoras punto 30, no eran aptas para efectuar una persecución, pues el Pick-up estaba en capacidad de desarrollar velocidades inalcanzables por los vehículos propios. Con esta información, el capitán decidió establecer un retén en la vía que de Maicao conduce a Valledupar, a la altura de una localidad llamada Carraipía, y sugerir al comandante de la agrupación militar de Riohacha que hiciese lo mismo sobre la carretera que de esta ciudad conduce a Santa Marta. Una hora después, el retén estaba operando, según las normas establecidas para el efecto, con tropas emboscadas a lado y lado de la vía.

Eufórico por los resultados y queriendo participar de su desenlace, decidí acompañar a Zacarías, al comandante de la Defensa Civil y al capitán comandante de la policía local, quienes también participaban, pues la operación incluía hombres de las tres instituciones. Duván de Roux, excitado por la aventura, también quiso participar del evento. Poco después de media noche, vimos a lo lejos las luces de un vehículo que se aproximaba, proveniente de Maicao… Advertido por las señales del retén, aminoró la velocidad mostrando intención de detenerse; cuando estuvo frente al grupo de soldados encargados de la requisa, repentinamente aceleró con la clara intención de sobrepasar las tropas y huir, al tiempo que del platón posterior se irguieron tres o cuatro hombres, que empezaron a disparar ráfagas de sub -ametralladora contra quienes estábamos al otro lado de la vía. De ese momento recuerdo haber visto caer a Fernando y al hijo de Vicente. Cuando me lancé hacia el muchacho sentí un impacto en el estómago, se me nubló la vista y perdí el sentido…

Tres días después, desperté en una habitación del Hospital Militar de Bogotá y un coronel médico me informó los resultados del ataque: Duván, un soldado y un patrullero de la Defensa Civil, habían muerto; Fernando había recibido un impacto en el hígado y se debatía entre la vida y la muerte; y yo había recibido tres impactos de bala, que por fortuna no afectaron órganos vitales, y después de una operación me encontraba fuera de peligro. Desde la época de mi niñez, en que pasé una semana en cama por culpa del sarampión, nunca antes había estado confinado a las cuatro paredes de un hospital. Sesenta y tres días exactos duró mi hospitalización en Bogotá desde que supe el fatal desenlace del episodio en Maicao; hasta que llegué convaleciente a mi refugio en Lisboa y sentí la ternura y el amor en los brazos de Ulrika, no pude encontrar respuesta a una pregunta que martirizaba mi mente: ¿cuál es el propósito de mi existencia?… Cuando la planteé por primera vez en voz alta, mi amiga, desde ese momento mi maestra, me dio la lección más valiosa que ser humano alguno pueda recibir: “Comienza por perdonarte y por perdonar, aleja el odio de tu corazón y con certeza encontrarás todas las respuestas, a partir del amor…”.

Entonces, al final de mis guerras, aprendí que para llegar al perdón auténtico es necesario hacer un examen retrospectivo de nuestros actos, nuestras experiencias y nuestras motivaciones, tratando de entender las razones que pudieron tener para herirnos quienes llegaron a ser objeto de nuestros odios… En ese proceso comprendí, por ejemplo, que el amor que yo sentía por Alemania era comparable al amor que los generales rusos sentían por su patria, y que el amor que sentíamos mi madre y yo por España, convencidos de que la causa nacionalista era la mejor opción para el país, no era inferior al amor que podía sentir Baltasar Ortega por su patria, convencido de que la causa republicana era necesario defenderla. A partir de estas reflexiones, comprendí que los odios genéricos son producto, en cierta forma, de los egos colectivos.

Mi convalecencia en Lisboa sirvió no sólo para curar definitivamente mis heridas, sino para consolidar mi relación con Ulrika a quien llegué a amar con todas las fuerzas de mi corazón. Introduje entonces un cambio importante en mi vida: suspender en forma definitiva las actividades clandestinas de mi organización. A finales de ese año, viajé a Colombia y me encontré con un Vicente de Roux totalmente cambiado. La muerte de su hijo Duván le había afectado seriamente; el hombre entusiasta, creativo y eficiente se había convertido en un hombre deprimido, desilusionado y triste; su relación con Daniella había hecho crisis y se habían separado, y el hombre sobrio que rara vez probaba el licor se estaba alcoholizando. No hizo ningún reparo a mi decisión, pero decidió retirarse de los negocios. En diciembre nos despedimos y esa fue la última vez que supe de él.

Liberado de la pesada carga del odio, me sentí rejuvenecido y con una nueva visión del mundo. En la primavera de 1977 hicimos un enriquecedor viaje por las principales capitales de Europa occidental, y de la mano de Ulrika me fui metiendo poco a poco en el estudio de la historia del arte, visitando museos y galerías; comenzamos a comprar obras de arte pictóricas y algunas esculturas que adquiríamos en subastas y exposiciones en las mejores galerías de Europa. Al año siguiente, visitamos la India y los monasterios del Tibet, en donde pasamos varios meses nutriendo nuestro espíritu con las sabias enseñanzas del budismo que tanto habían ayudado al cambio de mi ahijado Rudolf, a quien no había vuelto a ver desde nuestro encuentro a bordo del Rose Mary. Los años siguientes los dedicamos a viajar por el mundo entero, a leer, a reflexionar y a disfrutar de la compañía mutua, en un proceso de enriquecimiento espiritual en el cual descubrí que ella me llevaba años de ventaja, y que tenía un conocimiento, vasto y muy claro, sobre temas esotéricos y metafísicos que revivieron en mi memoria las lejanas enseñanzas de mi tía Lulita.

En 1980, nos encontrábamos en Frankfurt y Ulrika me sugirió que asistiésemos a una conferencia sobre el movimiento Sufi, dictada por Hidayat Inayat – Khan, hijo y sucesor del gran Maestro Hazrat Inayat Khan, quien a comienzos del siglo XX había difundido la esencia del pensamiento Sufi en Occidente y había creado el Movimiento Sufi Internacional, uno de cuyos principales propósitos era demostrar que el misticismo y la vida espiritual estaban al alcance de cualquier persona, independientemente de su actividad, y que no era necesario llevar una vida ascética, aislados de la cotidianidad, para fortalecer el espíritu a partir del amor. La gran sorpresa para mí fue distinguir en el estrado, y como presentador del conferencista Piro Murshid de la orden Sufi, al Murshid Rudolf Spengler, mi ahijado, quien según me relataría esa misma noche había dejado la túnica budista y se había radicado definitivamente en Frankfurt, meses después de que el Tibet, invadido por China, viviese el exilio del Dalai Lama. Al llegar a Europa, conoció al Maestro Sufi y atraído por esta filosofía de vida, en la cual encontró un alto contenido ecuménico y de conciliación entre los diferentes credos religiosos, y mucho de lo que había aprendido con su Maestro tibetano, se había incorporado activamente a la orden Sufi, para apoyar la incipiente organización en Alemania, en la cual había llegado a alcanzar el nombramiento como Murshid o guía espiritual del Sufismo en su país. En esa oportunidad, Rudolf me contó que mi amigo Otto había fallecido un año antes en La Guajira, en brazos de su esposa indígena.

En 1987, estando en Italia con Ulrika, asistimos a una galería en la cual se realizaba el concurso internacional de pintura, Las 7 Colinas de Roma; para nuestra sorpresa, el primer premio lo obtuvo el pintor colombiano Horacio Gómez Orduz, quien a los 47 años había logrado impresionar a los conocedores del arte en Europa con “El Polidimiensionismo”, escuela pictórica que había creado, y ya le había merecido, en 1981, el Gran Prix durante otro concurso internacional en el Principado de Mónaco, con la obra Le origin de la multiplicité. En esa oportunidad adquirimos dos pinturas de Horacio: La Alcancía de los Pajaritos y Transitando por el Astral, que Ulrika colgó en su academia y al año siguiente, cuando ella murió en las circunstancias que antes narré, recibí como herencia de mi amiga. En los años subsiguientes, llegué a desarrollar una buena amistad con Horacio, a quien compré otras obras muy valiosas. Lamentablemente, su temprana muerte a los 55 años de edad truncó la brillante trayectoria de este gran maestro colombiano.

Como ya sabes, Toya, en 1991 llegué a Tabio y dediqué los primeros meses a adquirir y remodelar la cabaña, compré la yegua y me dediqué a recorrer la hermosa campiña en los alrededores de la peña de Juaica. Aparte de los Bawer, mis primeros amigos en Tabio fueron don Lucas y doña Amanda, podrás imaginar la sorpresa que me llevé al saber que eran los padres del capitán Zacarías Zuluaga, a quien encontré, ya retirado del ejército y de la universidad centroamericana en la cual había sido profesor, viviendo en compañía de Natasha y su hija Tamara. El capitán Zuluaga estaba muy cambiado, tanto física como espiritualmente. Me contó que cinco años antes había vivido una experiencia traumática que lo había llevado a plantearse cuestionamientos similares a los que yo me hice en el 76, después del episodio que habíamos vivido juntos en la Guajira. Ambos pues, habíamos emprendido por causas similares el camino del amor y la paz interior. A esta última, contribuyó significativamente el acto de perdón que tuvimos oportunidad de vivir a comienzos de 1992.

Recuerdo que era un domingo en la mañana, y todos los dueños de predio que nos beneficiábamos del acueducto rural asistíamos a una asamblea general de usuarios en la Casa de la Cultura de Tabio. Zacarías y yo habíamos llegado al lugar en el momento en que Enrique Bawer, secretario de la junta directiva de la asociación de usuarios, comenzaba el llamado a lista… Ambos, nos erguimos en nuestras sillas, sorprendidos, cuando Enrique pronunció en voz alta un nombre que tenía para nosotros un claro recuerdo del pasado: Dimitri Leliushenko. El ruso conservaba su apariencia juvenil y el paso de los años apenas se notaba en una incipiente calvicie, y en las sienes ligeramente encanecidas. En ese momento, estoy seguro de que Dimitri no se percató de nuestra presencia, pues en la lista que leyó Enrique se refirió a mí como “Señor Andy” y a Zacarías como “Señor Abel Zuluaga”… Al término de la asamblea, ambos nos aproximamos a Dimitri, que estaba en compañía de Guadalupe, su esposa, y Martina, su pequeña hija de nueve años. Al reconocerme, palideció, pero segundos después por sus mejillas rodaron lágrimas de felicidad, cuando le ofrecí mis brazos abiertos en clara manifestación de perdón y olvido. En los meses que siguieron, Zacarías y yo compartimos ratos muy agradables con Dimitri, quien nos contó que después de haber sido detenido en la Guajira, fue juzgado y condenado por tráfico de armas, y que después de pagar una condena de siete años, había decidido pasar el resto de su vida en Tabio, en compañía de Guadalupe y de su pequeña hija, que había nacido en 1983. A finales del 92, la familia sufrió un accidente automovilístico, en el cual Dimitri murió, su hija sufrió graves heridas, y su esposa resultó ilesa.

El cambio más importante en mis rutinas campestres se dio cuando Ana Martell inauguró Carambola, nuestro agradable lugar de encuentro, en donde volví a sentir el calor familiar rodeado por todos mis amigos de Tabio. El resto de la historia ustedes lo conocen; tal vez, ahora que has leído este relato, tendrá para ti más significado el escolio de Nicolás Gómez Dávila que solía repetir nuestro amigo Zacarías: “La historia nunca comienza donde se cree que comienza y nunca termina donde se cree que termina”… Aquí termina mi historia. A ustedes corresponde ahora ser los protagonistas de la historia que está por escribirse… Los resultados de lo que hagan en los años venideros se proyectarán en el tiempo y en el espacio, con resonancias si actúan de corazón, según lo sugirió el filósofo colombiano Cayetano Betancur, al expresar: “La única opción que no ha ensayado la humanidad para resolver sus agobiantes problemas: es el amor”.

Espera la próxima semana el capítulo XVII
Tabio. Lunes 4 de marzo

2 Comentarios

Interesante la historia,relato lleno de contrastes y enseñanzas de vida que nos llevan a la reflección dejando a un lado el egoismo y dejarnos llevar más bien por los dictados de nuestro noble corazón.Cordial saludo

Mi querido Lumilaba tus comentarios semanales son además de acertados muy estimulantes en mi oficio de escritor.Gracias.

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