Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo I

Posted on : 08-11-2010 | By : kapizan | In : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo I- Primer Cuaderno

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La historia nunca comienza
Donde se cree que comienza
Y nunca termina
Donde se cree que termina

NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA


PRIMER CUADERNO 1901 – 1911

Hoy, martes 20 de febrero del año 2001, he cumplido cien años de edad y el tiempo que me queda en esta vida lo dedicaré a organizar mis asuntos y a escribir este relato que resume los aspectos más importantes de mi existencia. Esto lo hago con el propósito de que mis amigos en Tabio sepan quién fue en realidad este viejo, al cual le brindaron su aceptación y su amor, sin conocer su procedencia y sus antecedentes, y como testimonio para probar que, independientemente de quién hubieses sido y de lo que hubieses hecho en el pasado, siempre es posible enderezar el rumbo de la existencia para alcanzar la paz interior y la felicidad. A esta edad he comprendido que los ancianos somos como los niños y por eso, tal vez, nos vamos de este mundo sin sentir los rigores de la vida y sin miedo ante la muerte.

Karlstad, situada al centro de Suecia, más cerca de Oslo en Noruega que de Estocolmo, a comienzos del siglo XX era una localidad de aproximadamente treinta mil habitantes dedicada a la explotación de la madera, a la producción de papel y a la exportación de hierro. La ciudad, construida a orillas del lago Vanern, está atravesada por el río Klaralven y rodeada de bosques madereros y pequeñas elevaciones; en las afueras se levanta el castillo de Karlsborg que perteneció a su fundador, en 1584, el conde Karl quien posteriormente llegaría a ser rey de Suecia con el nombre de Karl IX.
En cercanías del pueblo, a unos dos kilómetros en dirección al área boscosa y con una apacible vista sobre el lago, se encuentra el castillo Grimsborg que perteneció a mi padre, el conde Karl von Post. El área urbana de Karlstad, conformada en su mayoría por pequeñas casas de uno y dos pisos en madera, fue destruida cuatro veces a lo largo de su historia, presa de las llamas. El último incendio ocurrió en 1865. Milagrosamente la catedral, construida en 1730, siempre se ha salvado de estas conflagraciones. A comienzos de siglo, el canal artificial de Trollhattan, un moderno puerto, y la vía férrea que comunicaba la localidad con Estocolmo, Oslo y Göteborg, marcaron el comienzo de un auge industrial y comercial que se ha mantenido hasta nuestros días, gracias a la neutralidad sueca durante las dos guerras mundiales.

Mi abuelo, el conde prusiano Anders von Post, en cuya memoria fui bautizado con el mismo nombre, fue un brillante y valeroso militar que combatió con las tropas de von Moltke en la guerra Franco-Prusiana entre 1870 y 1871, en la cual el ejército de Napoleón III fue derrotado y se rindió, con el emperador a la cabeza, en Sedan. El éxito en esta eficiente y rápida campaña dio paso a la creación del Imperio Alemán y al comienzo del nacionalismo que se arraigó con mucha fuerza en su pueblo. Tanto mi padre como mi abuelo fueron católicos creyentes y practicantes, lo cual favoreció el matrimonio de mi padre con la condesa Karolina Grims, una de las pocas damas católicas de la nobleza sueca, que representaba la excepción en un país de abrumadora mayoría Luterana, debido a su parentesco con la reina Kristina, famosa por su conversión al catolicismo, que la llevó a abdicar a la corona, y por haber sido familiar de Santa Birgitta de Vadstena, única mujer de origen sueco, según tengo entendido, que fue llevada a los altares por el Vaticano.
Mi padre contrajo matrimonio con Karolina en Estocolmo en el verano de 1893, y la nueva pareja, después de un viaje de bodas de tres meses por Egipto, los países del cercano Oriente, Grecia, Italia y Francia, se instaló en el castillo de Grimsborg en donde mi padre se dedicó a la explotación maderera y a la exportación de papel. La felicidad de los condes sólo había de durar cinco años, pues en 1898 Karolina tuvo un parto difícil que le ocasionó la muerte después de dar a luz una niña, que falleció dos días después, bautizada con el nombre de su madre. Tras la funesta pérdida, el conde von Post se aisló del mundo social y se dedicó con ahínco a sus negocios.

En diciembre de 1899, Europa se preparaba para despedir el siglo XIX y recibir con entusiasmo la llegada del siglo XX que, gracias a los avances en la comunicación y la industria, se vislumbraba como una centuria propicia para el desarrollo de las naciones y la convivencia pacífica entre los pueblos. Sin embargo, la historia demostraría que el desarrollo de algunas naciones sería abrumador mientras otras se quedarían rezagadas, que la ciencia y la tecnología alcanzarían logros insospechados, pero la guerra, con dos conflagraciones mundiales e innumerables conflictos nacionales e internacionales, mantendría en zozobra permanente al planeta entero, poniendo incluso en riesgo la supervivencia de la especie humana.
Ese mes, la cotidianidad de Karlstad se vio alterada por un accidente, sin cuya ocurrencia posiblemente yo jamás hubiese venido al mundo. Un tren de pasajeros con destino a Oslo, proveniente de Estocolmo y que haría escala en la estación del pueblo, se descarriló y se volcó en cercanías del castillo de Grimsborg. Rápidamente el conde von Post acudió encabezando un grupo de leñadores y vecinos de su propiedad para atender la emergencia y rescatar a los heridos, que fueron evacuados y llevados al pueblo para proporcionarles atención médica. En el convoy viajaba una compañía española de variedades, que había sido contratada por un teatro en Oslo para hacer una serie de presentaciones durante las festividades de fin de siglo.
En el accidente murieron quince personas, entre ellas el empresario de la compañía y cinco artistas, ochenta resultaron heridas y el resto de los doscientos cincuenta pasajeros salió ileso o con pequeñas contusiones. Cuando el conde llegó al sitio de la catástrofe para apersonarse del rescate, le impactó ver a una joven que intentaba, inútilmente, remover los hierros retorcidos que aprisionaban las dos piernas de una mujer un tanto mayor, mientras gritaba en español “¡por favor ayúdenme a sacar a mi madre!”. El conde acudió en ayuda de las dos mujeres, seguido por Ingvar, un gigante pelirrojo de fuerza descomunal que trabajaba en su propiedad como leñador, y entre los dos, valiéndose de una palanca improvisada y con la colaboración de cuatro voluntarios, lograron después de una hora rescatar a la madre de la muchacha. La señora presentaba una profunda herida en la pantorrilla izquierda, de la cual sobresalían las puntas fracturadas de la tibia. El dolor era tan fuerte que la mujer perdió el sentido. Cuando lo recuperó, doce horas después, se encontraba tendida en la confortable cama de una amplia cabaña de madera, situada en la propiedad del conde, a la cual los dos hombres habían decidido llevarla por sugerencia de Ingvar quien experto en el manejo de fracturas similares sufridas por los leñadores, había considerado que podrían brindarle mejor atención en vez de llevarla al hospital que a esa hora estaría congestionado atendiendo el resto de los heridos. Antes de trasladarla, le colocó un torniquete de cuero a la altura del muslo para detener la hemorragia y cubrió la herida con nieve limpia para que el frío entumeciera la pierna y mitigara el dolor. Al llegar a la cabaña se concentró en lavar cuidadosamente la lesión con agua hervida e inmovilizarla con unas tablillas de madera, procurando unir los labios de la herida sin suturar, en parte porque no tenían con qué y en parte porque ambos coincidían en que tal vez era mejor dejar que cicatrizara naturalmente, manteniéndola limpia para evitar infecciones, y dejar que los huesos inmovilizados soldaran.
Estas dos mujeres, que como pueden imaginar llegarían a ser mi madre y mi abuela, se encontraron de repente sin empleo, pues formaban parte del elenco del teatro español, con muy poco dinero en la bolsa, muy lejos de su nativa España, en un pueblo totalmente desconocido, pero favorecidas por la hospitalidad, los cuidados y las atenciones de estos dos hombres: tosco, campechano y tierno el uno; culto, refinado y galante el otro… El amor, que todo lo puede y obra milagros, no podía fallar en esta ocasión. En el verano de 1900 la amistad entre Ingvar y Josefina, totalmente recuperada de su herida y con apenas una leve cojera, se había ya consolidado: ambos lograban comunicarse con una curiosa mezcla de español y sueco, mientras avanzaban en el conocimiento de los dos idiomas con ayuda del conde, que era políglota. Comenzado el otoño, la amistad se había transformado en una serena y madura relación amorosa que perduraría hasta la muerte de ambos, con un mes de diferencia y por causas naturales, acaecida en 1933. Un amor más juvenil, más apasionado y más intenso surgió desde el día del accidente, entre el conde y la joven Lucia del Pilar. Mi llegada al mundo el miércoles 20 de febrero a las dos de la tarde, en la misma cabaña en que atendieron a mi abuela, fue “un premio de Dios a nuestro amor”, como diría siempre mi padre.
En 1901, año del Buey de acuerdo al calendario Chino, que según mi madre explicaba mi espíritu noble, mi fortaleza física y mi paciencia, sucedieron cronológicamente tres acontecimientos que tendrían profundas implicaciones en la geopolítica mundial y en el desenvolvimiento histórico del siglo XX: el primero de enero, las seis colonias Británicas de Australia se unieron en un sólo país independiente, que recibió el nombre de Commonwelth of Australia; el veintidós del mismo mes falleció la Reina Victoria de Inglaterra y Emperatriz de la India, a los ochenta y un años de edad, muerte que puso fin a un largo reinado de sesenta y cuatro años durante los cuales el imperio colonial Británico se había expandido por todo el mundo; y el 14 de septiembre, tras el asesinato de William Mc Kinley, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, asumió el poder Theodore Roosevelt, quien hizo famosa la política exterior del Big stick. Los dos primeros hechos marcaron el comienzo del fin del Imperio colonial Británico, y el tercero representó el inicio de la consolidación de los Estados Unidos de Norteamérica como una potencia política, económica y militar de primer orden, cuyas actuaciones en el plano internacional serían determinantes, para bien o para mal, en el desarrollo histórico de la centuria.

Mientras escribo estas líneas los olores del bosque que rodea mi cabaña en Juaica llegan impulsados por la brisa, penetran mis sentidos, invaden la estancia y mi mente vuela evocadora hacía los primeros años de mi vida en Karlstad. Las imágenes, impresionantemente nítidas, se suceden unas a otras cargadas de colores, de sonidos, de voces, de relinchos y piafares, de alegres trinos, de aromas, de sabores, de emociones, de amor y de ternura. En mis más lejanas remembranzas ocupan lugar de privilegio Ingvar, por siempre mi farfar y Brunte su gigantesco caballo percherón de pelo castaño grueso y brillante, crines negras y largas, estrella blanca de cuatro puntas en la frente y ojos negros, reflejo de su espíritu noble. Conmigo sobre sus lomos, avanzábamos con rítmico paso, mientras mi farfar[1] lo llevaba de cabestro con la mano izquierda, al tiempo que con la derecha acariciaba su grupa y con leves palmadas le marcaba un paso más o menos ligero. Al final del recorrido, después de bordear el lago, congelado en invierno o rizado por la brisa en verano, encontrábamos el lugar de la tala en medio del bosque espeso, enmarañado, misterioso… Allí, mientras la cuadrilla de leñadores alistaba la carga de madera y preparaba la carreta que Brunte tiraría de regreso a Grimsborg, mi farfar sacaba de una alforja de cuero una deliciosa merienda de pan de centeno, que él mismo horneaba todas las mañanas, miel, mermelada de frutas y quesos que él acompañaba con vino blanco y yo con zumo de frutas.
Al atardecer regresábamos a un paso muy lento para no forzar a Brunte y el gigante pelirrojo aprovechaba para narrarme historias y leyendas de viejos guerreros vikingos, de walkirias, de bosques encantados, de pequeños y traviesos gnomos, de brujas, de hadas y de ensueños. Ese paseo de día entero, que era mi favorito, se repetía tres veces a la semana durante casi todo el año y sólo se suspendía cuando la nieve acumulada únicamente permitía los desplazamientos en esquís, entonces llegaba otra temporada maravillosa: el lago totalmente congelado se convertía en pista de hielo, las horas de luz eran escasas y las aprovechábamos para patinar. En ese deleite participábamos todos, incluido mi padre que a los dieciocho años había ganado una competencia de patinaje y era nuestro maestro.

La cabaña se había convertido en el hogar de los abuelos desde mi llegada al mundo, cuando mi padre nos llevó a vivir al castillo. En invierno los abuelos se trasladaban a Grimsborg y por las noches organizaban amenas veladas en las que mi padre nos contaba la historia de sus antepasados prusianos y del “invencible Imperio Alemán que tu abuelo el conde Von Post ayudó a construir”; la abuela interpretaba hermosas melodías en su guitarra clásica y se acompañaba para cantar, a dúo con mi madre, canciones populares españolas; el abuelo sacaba de su colección de leyendas las mejores y alternaba con mi abuela interpretando piezas populares suecas, de las cuales recuerdo: Ack Värmeland du sköna, preciosa melodía cuya poética letra habla de la región, de sus parajes y de la belleza de sus mujeres, el vals Sjösala valsen, y Du gamla du fria, himno nacional sueco que el abuelo entonaba emocionado con su vozarrón, acompañándose siempre con su serrucho de carpintero al cual arrancaba melodiosos acordes con el arco de un violín[2] ; pero sin duda alguna, el espectáculo central lo daba mi madre bailando flamenco con un vestido blanco de amplio vuelo con lunares rojos, zapatos igualmente rojos de tacón relativamente grueso, dos flores también rojas de seda, sujetas a los lados, adornando su enorme mata de pelo brillante, negro, lustroso, al tiempo que sus manos con gráciles y sincronizados movimientos aleteaban haciendo sonar un par de castañuelas, con una gracia y un salero que daban fe de su rutilante pasado artístico.

La circunstancia de haber nacido hijo único y el hecho de haber crecido rodeado de adultos influyeron significativamente en mi carácter, en mi personalidad y en mi formación académica, pues nunca asistí a una escuela y de mi enseñanza se encargaron mis padres, los abuelos y Lorenz Kreutzberger, un erudito profesor berlinés que mi padre trajo a vivir al castillo cuando cumplí siete años para que fuese mi tutor. Herr Proffesor, como trataba con respeto mi padre a Lorenz, había servido bajo las órdenes de mi abuelo en la guerra Franco-Prusiana y posteriormente había completado sus estudios de filosofía en la Universidad de Berlín hasta alcanzar el grado terminal de Doctor. Cuando el conde lo llamó para encargarlo de mi enseñanza, dictaba clases en la Universidad, había enviudado recientemente y su único hijo era oficial del ejército Alemán; por lo tanto, la invitación de mi padre significó para él la oportunidad de alejarse de los recuerdos dolorosos y emprender una nueva vida al servicio de la familia Von Post. Cuando conocí a Lorenz, me impresionaron sobremanera su porte erguido de militar prusiano, la autoridad que imponía con su sola presencia y la simplicidad a la cual lograba reducir los temas más complejos. Era un hombre alto y delgado, de ojos azules, espesa cabellera totalmente blanca y mostachos al estilo de Von Bismarck; nunca supe su edad pero calculo que cuando llegó a Grimsborg andaba rondando los sesenta años. Mi aprendizaje con este sabio maestro duró hasta 1914, pues cuando estalló la primera guerra mundial tanto él como mi padre se apresuraron a alistarse en el ejército Alemán.
De papá aprendí historia y geografía de Alemania y del resto del mundo, pues su afición por estos temas y los conocimientos que demostraba eran enciclopédicos. Más de una vez me repitió el viejo aforismo según el cual, “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. Como podrán suponer el énfasis siempre fue Alemania desde sus orígenes tribales hasta la consolidación del nacionalismo alemán, que consideraba “la energía vital que hará de nuestro pueblo un símbolo para la humanidad entera”. Como dije anteriormente, mi padre era políglota y propició las circunstancias para que yo también lo fuera: Ingvar se encargó de enseñarme el sueco y de darme las bases para dominar las demás lenguas nórdicas, Lorenz me enseñó el griego y el latín, con lo cual tuve acceso a todas las lenguas románicas, especialmente italiano, portugués y español, idioma en el cual me hablaban mi madre y mi abuela; este último llegué a dominarlo a la perfección, gracias a un don especial e innato que siempre supe aprovechar, incluso imitando acentos tan diferentes como el andaluz, el gallego, el costeño colombiano, el nicaragüense, el argentino, el peruano y prácticamente todos los acentos de América Latina; el alemán lo aprendí en su esencia de mi padre, posteriormente lo profundicé con Lorenz, quien me hizo leer todos los clásicos de la literatura y la filosofía alemanas; además mi padre me enseñó el francés que, en su opinión, era el idioma indispensable para moverse en el mundo de la diplomacia, del arte y la cultura, y el inglés que, según su acertado pronóstico, llegaría a ser “el idioma de la ciencia, la tecnología y los negocios”. Matemáticas, física, química y astronomía completaron mi formación académica.
Reflexionando hoy sobre las enseñanzas de estos tres formidables maestros que puso Dios en mi camino, recuerdo las palabras de Lorenz: “La erudición y la sabiduría no son sinónimos. La erudición la alcanzarás leyendo libros, pero la sabiduría la puede tener un campesino analfabeta. Dios no ha escrito libros, los libros los ha escrito el hombre. La naturaleza, que contiene la esencia de la sabiduría, es el libro que Dios puso al alcance de todos los mortales”. Mi padre era un guerrero y un erudito; Lorenz era un erudito, un guerrero y un sabio; pero mi farfar era un guerrero del espíritu, un poeta y un sabio.

Al cumplir los ocho años, se desencadenaron en mi mundo una serie de hechos que llegarían a tener repercusiones por el resto de mi existencia. Ese día papá me dio como regalo un uniforme de grumete y un catalejo; esa noche anunció que en la primavera iniciaríamos un viaje por mar bordeando la costa desde Göteborg hasta Cádiz en España con destino final Granada. Recuerdo casi textualmente sus palabras: “El 22 de Abril tomaremos el tren de Karlstad a Göteborg, en donde nos embarcaremos en el yate de vela de un gran amigo, el almirante Bernhard Spengler, quien nos estará esperando en compañía de su esposa Roswitha y su hijo Otto, que tiene tu misma edad. A partir de mañana quiero que la abuela y tu madre inicien tu preparación para recibir la primera comunión”. En ese momento, que quedó grabado para siempre en mi memoria, mi padre e Ingvar, con una cierta solemnidad, como si lo hubiesen planeado y ensayado previamente, dieron media vuelta, se colocaron frente a las dos mujeres, las tomaron de las manos y simultáneamente, mi padre en español y mi farfar en sueco, les anunciaron: “Ha llegado el momento de que santifiquemos ante Dios nuestra unión con el sagrado vínculo del matrimonio y esto se hará el mismo día en que Andy comulgue por primera vez en la Iglesia de Nuestra Señora de las Angustias, patrona de Granada”. Jamás olvidaré la expresión de felicidad y las lágrimas de emoción que brotaron de los ojos de mamá y de la abuela.
Lorenz me regaló un antiguo reloj de agua, “para que puedas calcular exactamente tus horas de estudio… este instrumento que se llama clepsidra, espero te sea útil a lo largo de tu vida”; la abuela me regaló Corazón, diario de un niño, de Edmundo de Amicis; mi madre me regaló la imitación de Cristo de Tomás de Kempis, un misal con pastas de nácar, una camándula de perlas cultivadas, y un crucifijo de oro; pero en realidad, después del catalejo que me dio papá, lo mejor fue la colección completa de las obras de Julio Verne, que me obsequió mi farfar.

La noche anterior al viaje, la excitación me impidió dormir y sólo pude hacerlo a la media hora de haber salido, arrullado por el rítmico bamboleo del tren y cómodamente recostado en el cálido regazo de la abuela, que rezaba, en coro con mi madre y en voz baja, un rosario ofrecido a la Virgen de las Angustias, con el ánimo de que la Madre Santa les ayudase a superar la angustia que les proporcionaba transportarse en tren después de la trágica experiencia que diez años antes había transformado sus vidas. Al despertar, muchas horas después, las que dormían eran las dos mujeres, mientras mi farfar y Lorenz jugaban una partida de ajedrez, papá les comentaba con entusiasmo sobre la maravilla de vehículo que había sacado a la venta la fábrica alemana de automóviles Gottlieb Daimler que desde su presentación al mercado en 1901, con el nombre de Mercedes en homenaje a la hija del cónsul del Imperio Austro-Húngaro en Niza, había ido ganando prestigio y reconocimiento como vehículo de alto rendimiento: “alcanza la increíble velocidad de 80 kilómetros por hora con un motor de casi 6 litros, con 4 cilindros y un diseño sobrio y elegante que ha hecho de este coche el preferido por la nobleza europea. En la primera semana de junio nos estará esperando en Cádiz un representante de la Daimler para entregarnos y enseñarnos el manejo del coche; lo encargué como regalo de bodas para Lucía del Pilar García y Saenz de Heredia, condesa de von Post… ¿suena bien, verdad?”.
“EL SIGFRID” era un imponente yate de recreo blanco ribeteado de azul, con un mástil y cuatro velas, 33 metros de eslora, 7 de manga y bandera alemana, en el cual prácticamente vivía el almirante Bernard Spengler con su familia desde abril hasta diciembre, surcando el mar Báltico o bordeando las costas europeas del Océano Atlántico o del mar Mediterráneo. Llegamos al muelle en las primeras horas de la mañana directamente de la estación, después de viajar toda la noche. Era la primera vez que veía el mar… desde entonces no he dejado de asociarlo con el yate, el almirante luciendo una guerrera marinera azul oscura de botones dorados, gorra, pantalones y zapatos blancos como la imagen misma de la autoridad, ni con su hijo Otto, un muchacho de mi edad de ojos verdes, rebelde cabellera rubia y agilidad impresionante para trepar como un simio por el mástil de la embarcación. Otto y yo simpatizamos desde el primer instante y nuestra amistad, que se inició esa fresca mañana de verano, había de durar inquebrantable hasta el final de sus días en las costas de la Guajira colombiana, en circunstancias que narraré más adelante, después de haber vivido juntos innumerables aventuras en el agitado siglo que nos correspondió como marco temporal para nuestras vidas.

Zarpamos alrededor del medio día después de instalarnos, mis padres en un camarote similar al que ocupaba el almirante con su esposa, los abuelos en un tercer camarote ligeramente más pequeño, en tanto que Lorenz, Otto y yo fuimos alojados en un cuarto camarote situado hacia la proa del yate. Aparte de nosotros, la tripulación estaba conformada por dos marineros austriacos y un cocinero tailandés que manejaba un reducido vocabulario alemán, apenas suficiente para comunicarse con sus patronos, pero que preparaba unas comidas exquisitas. Nuestra primera escala para reaprovisionarnos fue Ámsterdam; cuando llegamos al puerto yo me consideraba un experto en el manejo del velamen, dominaba el arte marinero de hacer nudos como el ballestrinque, conocía el uso de las banderolas para señales y estaba aprendiendo el alfabeto morse. Después de cruzar el Canal de la Mancha frente a las costas francesas, con una breve escala en Caláis, pasamos frente a Brest y navegamos en línea recta hacia el sur, por el mar Cantábrico, hasta llegar al puerto español de Bilbao, en donde papá y el almirante querían visitar a Hans Bawer, amigo mutuo desde su primera juventud, cuyo hijo mayor, Carlos, fue el abuelo de los Bawer que viven en Tabio. Después de una semana en Bilbao, reemprendimos la travesía haciendo un amplio arco en aguas del Océano Atlántico hasta atracar varios días después en Lisboa, en donde aprovechamos para reparar una vela que se había rasgado y conocer esta hermosa ciudad, que años más tarde sería escenario de mis actividades de espionaje durante la segunda guerra mundial. El último tramo bordeando la costa sur-occidental de la Península Ibérica lo recorrimos en medio de una tormenta que le puso algo de emoción a la travesía que culminó en el puerto de Cádiz en donde, como lo tenía previsto mi padre, nos esperaba el automóvil Mercedes para hacer el último tramo hasta Granada.

El marqués don Alfonso Saenz de Heredia, mi bisabuelo, tuvo cuatro hijas: Elvira, Eulalia, Josefina mi abuela y Jacinta la menor, que era monja en un convento de clausura, el mismo en el cual, años después, guardaría el baúl con mis pertenencias. El bisabuelo era un hombre muy adinerado que había sido funcionario de la corona en la isla de Cuba y había logrado regresar a la península poco antes de la derrota de España en la guerra con los Estados Unidos de Norteamérica. Años antes estando en Cuba, en 1875, había desheredado a su hija Josefina por haberse casado con Julián García, un músico mestizo y aventurero que emigró con mi abuela a Europa a probar fortuna en 1880 cuando mamá tenía apenas dos años de edad. Mi abuelo materno murió en París, de cólico miserere, en 1890 siendo socio de la empresa española de teatro y variedades. Las tías Elvira y Eulalia, que nunca se casaron, heredaron en 1904 la fortuna del marqués, que murió en Granada y se pusieron a la tarea de buscar a su hermana, propósito que lograron dos años después y desde entonces mantenían una correspondencia frecuente con mi abuela.

Al día siguiente de nuestra llegada a Cádiz, el almirante y su familia partieron en ‘EL SIGFRID” rumbo a Grecia, y al despedirme de Otto nunca imaginé que tardaríamos más de trece años para encontrarnos en Barcelona, en circunstancias muy diferentes. Dos días duró el entrenamiento de mis padres para aprender a conducir el Mercedes y conocer todos los detalles de su funcionamiento mecánico. Finalmente iniciamos el viaje hacia Granada… La emoción del encuentro de mi abuela con sus hermanas es difícil de describir. El instinto maternal de mis tías abuelas solteronas se volcó hacia mí, llenándome de atenciones, de mimos y de regalos. La casona de las tías quedaba en la plaza de San Miguel el Bajo: era una inmensa construcción de dos pisos, altas paredes, jardín interior y pórticos de estilo morisco. En los preparativos de la doble celebración colaboró activamente doña Casilda, prima de mi abuela y mis tías, a quien mi madre llamaba tía Casilda, simpática mujer casada con Don Miguel Primo de Rivera, oficial de alto rango del ejército español, y madre de Miguel, José Antonio, Carmen, Pilar y Fernando, únicos parientes contemporáneos que tuve como compañeros de alegres juegos infantiles; lejos estábamos de imaginar la importante participación que la familia Primo de Rivera habría de tener en la historia de España.

La ceremonia religiosa en la Iglesia de La Virgen de las Angustias fue sobria pero elegante. Recuerdo a papá con su uniforme de coronel del ejército prusiano, a mi farfar vestido de frac hecho a la medida de su inmensa anatomía, a la abuela con vestido azul celeste y a mamá con vestido blanco, ambos largos, con media cola y miriñaque, y yo con vestido de paño azul oscuro portando un lazo blanco en la manga izquierda y un cirio encendido en la mano derecha. Recibí muchos regalos pero aún conservo el más valioso de todos: siete angelitos de orfebrería en plata y oro que me regaló mi abuela. Al día siguiente las dos parejas iniciaron un viaje de bodas de quince días a la costa mediterránea mientras yo permanecí con las tías, en mi rutina de clases con Lorenz y disfrutando la compañía de los hijos de doña Casilda.
A finales de Agosto viajamos por tierra hasta Barcelona en donde embarcamos en un carguero, junto con el Mercedes, con destino a Marsella en Francia, pues mi padre consideró que esto era más seguro que aventurarnos a cruzar los Pirineos en el vehículo, para el cual seguramente las rutas no serían apropiadas. Empleamos dos meses y medio en recorrer el sur de Francia, el norte de Italia, Suiza, Alemania y el sur de Dinamarca hasta que finalmente llegamos a Karlstad en los primeros días de noviembre. Ese año, para mí maravilloso, pleno de nuevas experiencias, concluyó alegremente con las celebraciones navideñas en Grimsborg.
1910 fue un año apacible y tranquilo, exceptuando el alboroto causado por el paso del cometa Halley, el furor del tango en Europa, que habría de contagiar a mi madre y a mi abuela, y la caída de la monarquía portuguesa, en cabeza del joven rey Manuel II, que se refugió en Gibraltar. Mi décimo cumpleaños, en febrero de 1911, se vio entristecido por un hecho lamentable que me afectó profundamente: Brunte sufrió un accidente y se fracturó el miembro anterior derecho. Para evitarle todo sufrimiento, mi farfar se vio obligado con tremendo pesar y lágrimas en los ojos, a darle un tiro en mitad de su estrella blanca. Éste, mi primer encuentro con la muerte, fue como un presagio de los tormentosos años que habría de vivir en mi adolescencia durante la mayor parte de la década siguiente.

NOTAS

[1] Nota del autor: Abuelito en sueco.

[2] Nota del Autor: instrumento improvisado por los leñadores del norte de Europa, que se usaba colocando el mango de la herramienta debajo de la rodilla derecha mientras el intérprete, sentado, sostenía con la mano izquierda la punta de la hoja, arqueándola para variar su altura y su longitud de onda, en tanto que con la derecha deslizaba el arco sobre el filo romo con movimientos similares a los de un violinista. En la actualidad es posible encargar, a fabricantes suecos de herramientas, un serrucho con los dos filos romos, detalle este que mejora significativamente la calidad musical.

Espera la próxima semana el capítulo II
Tabio. Miércoles 20 de febrero…

4 Comentarios

Pancho,fascinante la historia y me trasporto mentalmente al estilo de vida de mis antepasados holandeses,espero si,no te atrevas a enterrar a un miembro de la realeza sueca en Tabio…seria inconcebible..Un fuerte abrazo del conde de lumylaba.

Mi querido Lumylama: gracias por la visita y el comentario. Por ahora tienes el record de fidelidad como lector. Respecto a lo de nterrar a un miembro de la realeza sueca en Tabio, no se me había ocurrido pero no es mala idea.tambien podríamos armar una historia con base en las peripecias de tus antepasados holandeses. ¿ Eran por ventura piratas y por eso se asentaron en la costa caribe?

Don Capi: ha sido agradabilísmo leer este primer capítulo. Impresionaba como largo; pero me lo leí en un santiamén. ¡Tus descripciones parecen estar escritas por un sueco nativo! Por otra parte, me trajo a la memoria la historia de Priebke (no recuerdo su primer nombre), un nazi refugiado en Argentina que tuvo un protagonismo de primer nivel en la masacre de las cuevas Ardeatinas, cerca de Roma. Seguiré esperando el resto del material que, como dice el tango Cambalache, se refiere al “Siglo Veinte, problemático y febril”. Un abrazo, Don G.

Mil gracias por tu comentario mi querido Don Guillermo; ciertamente en esta novela se hace un buen repaso de los eventos más importantes de ese ” Siglo veinte problemático y febril”.Un abrazo

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