Casablanca

Posted on : 12-06-2010 | By : kapizan | In : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

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Boston, Massachussets, noviembre de 1981

El interior del bar era cálido y contrastaba con el frío de la lluviosa noche otoñal. La decoración evocaba los años cuarenta con enormes fotografías de los protagonistas de Casablanca, el gran clásico del cine que traía a la memoria de los parroquianos la intensidad del amor en tiempos de guerra. Ilse pidió un vino blanco con soda y se acomodó en el asiento que habitualmente ocupaba los viernes, en un extremo de la pulida barra, atendida por un simpático negro cuarentón de inmaculada camisa blanca y corbatín negro que, con amable sonrisa y ágil eficiencia, se apresuró a servirle una generosa copa de Blanc du Blanc, sin soda, mientras agregaba ampliando la sonrisa:
— El primero de hoy, es cortesía de la casa y por tanto va sin mezcla. Salud Madame.
— Gracias Roger ― respondió Ilse pensando para sus adentros que talvez el vino puro la tonificaría mejor, y tomando un sorbo se adentró en lo más profundo de sus pensamientos.
Desde su divorcio, seis meses antes, había incorporado a su rutina las visitas al bar Casablanca, después de que Joao el hombre con el que había compartido doce años de matrimonio (en verdad no fueron más que un año aburrido y gris repetido doce veces), se hacía cargo de los niños para pasar con ellos el fin de semana.
Sus visitas a Casablanca, el bar de solteros más concurrido de Harvard Square, eran para ella como una ratificación de libertad. En realidad no iba allí en busca de compañía como muchas otras mujeres en circunstancias similares. Iba en busca de un encuentro consigo misma, o al menos eso era lo que creía. Sabía que a pesar de sus cuarenta años, su cuerpo continuaba esbelto y flexible y sus facciones nórdicas eran atractivas para cualquier hombre; pero también, era consciente de que estos sólo buscarían en ella un entretenimiento pasajero y una satisfacción meramente sexual, sin ningún compromiso. Temía cometer por segunda vez el error de enamorarse y esperaba encontrar algún día lo que consideraba el verdadero amor; pero no hacía ningún esfuerzo para lograrlo.
Con movimientos seguros abrió el bolso y de una pitillera de oro marcada con su nombre de soltera Ilse W. Ketelhon ― Viena septiembre 16 1961, extrajo un cigarrillo mentolado, que el negro se apresuró a encender con gesto rápido y amable. Envuelta en una delicada nube de humo, dejó libre el caudal de sus pensamientos, entrecerró los ojos y trató de visualizar la imagen sin nombre que, en forma recurrente, aparecía en sus sueños desde hacía más de diez años. La imagen correspondía a un hombre maduro, de cabellos negros entrecanos, ojos cafés y mágica sonrisa. Los sueños eran tan reales y tan intensos que llegó a sentir el complejo de la infidelidad conyugal. Como ya era libre, decidió que era el momento de bautizarlo y el nombre apropiado surgió con naturalidad. Levantó la copa y mentalmente brindó por un próximo encuentro, en Casablanca o en donde fuera, menos en el mundo de los sueños. Besó la copa con delicadeza, humedeció los labios con el vino y sencillamente dijo: por ti Frank.

Al otro lado del río Charles, el estudiante colombiano que asistía al programa doctoral en la escuela de negocios de Harvard, apuró el último sorbo de café, cerró el libro de estrategia empresarial, organizó las fichas de apuntes, sacó del bolsillo una moneda y mentalmente apostó: si sale cara me voy a tomar un trago, y si sale sello sigo estudiando… ¡salió cara! Sin pensarlo dos veces se puso el gabán, la bufanda y los guantes y se encaminó con paso seguro por entre la lluvia, rumbo a Casablanca, el mejor lugar para un encuentro amoroso, según le había recomendado su vecino de cuarto, un economista filipino de enigmática sonrisa que solía llamarlo con afecto viejo Frank.

* * *

El Cuzco Perú, siete años después.

Lentamente, mirándose a los ojos resplandecientes de pasión, Ilse y Frank fueron desplazando sus manos hacia el centro del cuerpo y elevaron los pulgares con las palmas de las manos unidas al frente hasta colocarlas debajo de sus fosas nasales. A continuación, comenzaron a inhalar, retener y exhalar el aire en forma alternada, empezando por la fosa izquierda, mientras mentalmente pronunciaban rítmicos mantras, haciéndolo alternativamente por espacio de diez minutos. Terminado el ejercicio de control respiratorio, ella salió del círculo y metió sus manos en un hermoso cuenco de cobre colocado sobre un pebetero que mantenía caliente su contenido de aceite de almendras.
Ilse, con las manos cubiertas por el agradable líquido, comenzó a recorrer en forma suave, firme y tierna el cuerpo de él desde los hombros hasta la cintura. Allí, complacida al observar la natural erección de su compañero, suspendió el acariciador masaje, señalándole con la mirada el cuenco como diciéndole es tu turno.
Él salió del círculo, llenó sus manos de aceite y regresó para efectuar el mismo recorrido sobre el torso femenino. El endurecimiento de los pezones y la dulce e intensa mirada de ella, le indicaron que era hora de pasar a caricias más íntimas: se tendió de espaldas escurriendo sus piernas cerradas por entre las piernas de ella, aún de pie y tomando su cintura con las dos manos la hizo descender lentamente hasta que su erección rozó la abertura vaginal húmeda y cálida. Suavemente deslizó su virilidad a lo largo del terso recipiente, sin penetrarla, y mantuvo un movimiento pendular por espacio de varios minutos hasta que, seguro de poder controlar una eyaculación inoportuna, dobló su lengua hacia atrás y lentamente la penetró, permitiendo que ella iniciara con su cuerpo una secuencia de movimientos lentos y constrictores que se prolongaron, produciendo una indescriptible sensación de plenitud a la pareja. Minutos después, ella lo miró intensamente a los ojos como señalando que estaba lista para manejar su fuerza sagrada. Él asintió con un leve movimiento de cabeza, entrelazó sus manos con las de ella, tensó los músculos de las piernas, cerró los ojos, concentró su mente en su zona lumbar y dejó que la potencia incontenible fluyera hacia atrás, por los conductos ganglionares, como una explosión que ascendió por su columna vertebral hasta llegar al cerebro con una energía tan fuerte que sin retirarse del cuerpo de ella, que experimentaba igual sensación, le permitió ponerse de pie abrazándola como epílogo de la perfecta comunión entre dos espíritus que se funden a través de sus cuerpos en la más pura expresión de amor.

6 Comentarios

Capi: Dejarse llevar por tu narración es una experiencia grata creo que viví el masaje y mi cuerpo en asocio con mis pensamientos gozaron lo que tu alguna vez hiciste en ese viaje, en ese sueño que terminó en tierra peruana. Haces diana cada vez que uno de tus cuentos sale a la luz. JUAN

Querido Juancho: tu lealtad de lector compromete mi espíritu para seguir creando. Gracias mil por tu elogioso comentario.

Don Capi: en mis años mozos fui muchas veces a Harvard Square y un par de veces al Cuzco; pero en esas ocasiones no me pasó algo parecido a tu bella descripción. No pude dejar de sentirme algo frustrado ante la maravilla y, como siempre, la magia de tu cuento. Esae es el riesgo que uno corre
ante una narración tan bien escrita. ¿El apellido Ketelhon tiene algún significado?

Me alegra contribuir a la evocación de tus años mozos. Gracias por la lectura y el comentario mi querido Don Guillermo. El apellido Ketelhon es pura coincidencia como dicen algunas novelas. Un abrazo

Fabulosa tu descripción maquiavélica de este erotismo puro,casto y bello,como lo describiria Procopio..pero me dañaste la santa comunión del domingo..definitivamente tu eres un escritor perverso pero ameno.Toca leerte acudiendo a mi ingenua morbosidad.FELICITACIONES

Gracias mi querido Lumilaba. Lamento que tu morbosa ingenuidad te hubiese dañado la comunión del domingo. En realidad se trataba de describir la sagrada comunión de dos espíritus a través de sus cuerpos. Un abrazo.

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