Idolos de Ceniza. Capítulo I

Por : kapizan
En : Capítulo I- Bruno Donetti, Idolos de Ceniza, Novelas

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Memento homo quia pulvis es
et in pulvere reverteris
Génesis, 3, 19

BRUNO DONETTI

Desde la cabina de mando del jet Lear ejecutivo que pilotearía hasta la India, Bruno agitó la mano para despedirse de George. Al responder el gesto, el joven ejecutivo no sospechaba que su permanencia temporal al frente de “Donetti Chemical Inc.” se tornaría definitiva. Transcurridos noventa días se vio forzado a suspender la infructuosa búsqueda del avión, desaparecido el viernes 23 de septiembre de 1994 durante el vuelo de retorno, después de hacer una última escala en Milán desde donde se disponía viajar a Ginebra disfrutando el soberbio paisaje de los Alpes, sobre cuya rugosa capa blanca se había esfumado sin dejar rastro.
“A Bruno lo mató su maldita afición por los vejestorios que piloteaba y se gozaba como un niño con sus juguetes; si la aversión que sentía por conducir automóviles la hubiese tenido como yo por volar, no estaríamos en este problema”, se lamentaba el afligido George, desde que supo la última excentricidad de su jefe: tras una escala en El Cairo, había comprado un avión clásico del año 47 a un mercader marroquí que en el pasado le había proporcionado otras rarezas de la aviación. Su propósito, según contó el marroquí, era sobrevolar el Mediterráneo hasta Milán, con escalas en el aeropuerto de Andravidha en Grecia y en el de Lecce en Italia a fin de reabastecer combustible, y trasmontar los Alpes con la intención de “hacer de ese vuelo una experiencia inolvidable para la hermosa joven que lo acompañaba y a la que vi muy impresionada con el avión… era una pieza estupenda, un Beech Bonanza V35 con cola de mariposa, motor de seis cilindros opuestos y una velocidad máxima de crucero de 338 kilómetros por hora… yo certificaba su origen en el primer lote que salió al mercado después de la guerra mundial. Lástima que se hubiera perdido”. Por desgracia para los equipos de rescate, con esa pieza de museo, sin caja negra y sin dispositivos que facilitaran el seguimiento satelital, hallar el avión era virtualmente imposible, a menos que ocurriese un milagro, que nunca se dio.

Donetti Chemical Inc. era un emporio empresarial ampliamente diversificado, con más de un millón trescientos mil empleados en todo el mundo, del cual formaban parte cuatro concesiones a largo plazo para la explotación de petróleo y gas natural en países emergentes; tres refinerías de crudo en los Estados Unidos; una cadena de dos mil estaciones de gasolina en varios países de América, Europa y Asia; una fábrica de pinturas de alta calidad para vehículos en Detroit; una red de estaciones de radio y televisión en los Estados Unidos y Canadá; una hacienda vinícola en California y otra en Chile; una fábrica de perfumes exclusivos y cosméticos femeninos en Francia; una procesadora de cárnicos en Uruguay; tres laboratorios farmacéuticos en América Latina y dos en Europa; una compañía líder en la producción y comercialización de video juegos y software para negocios; una cadena de supermercados con más de quinientas tiendas en cuatro continentes; un astillero naval en las costas de Terranova; y una aerolínea de carga internacional.
En la consolidación y manejo del gigantesco conglomerado, el joven le había ayudado a Bruno con el mismo entusiasmo con que un hijo ayuda a su padre; por supuesto éste, que permanecía soltero por simple aversión al matrimonio, no era su progenitor, ni siquiera su pariente. Sin embargo, desde que lo tomó bajo su custodia el día en que sus padres murieron, se convirtió en su tutor, su guía y su mejor amigo, a pesar de que los separaban veinte años de edad. George Stevenson era un negro norteamericano de no muy lejanas raíces africanas y facciones que, según su benefactor, denotaban una “indudable alcurnia y una estirpe principesca”.
La amistad de Bruno con Roger y Perla Stevenson, los padres de George, se remontaba a los años de secundaria en una escuela pública del Bronx, y se había fortalecido en el laboratorio de química durante los meses de preparación de un concurso escolar de inventiva en el que los tres jóvenes habían participado como equipo. El desarrollo de una fórmula para producir betún líquido les hizo merecedores del primer premio: una beca para estudiar ingeniería química en N.Y.U. y tres mil dólares en efectivo. Este resultado trazaría el derrotero de sus vidas. Por iniciativa de Bruno, invirtieron el dinero del premio en un “lucrativo negocio” manejado por Vittorio, un joven italiano vinculado con la mafia de las apuestas y los juegos de azar. Después de graduarse en el verano de 1958, su dinero se había cuadruplicado, y los tres amigos decidieron montar una pequeña industria dedicada a la fabricación de betún líquido, pinturas y disolventes. En diciembre de ese mismo año, nació George y los socios consiguieron su primer contrato importante con un proveedor del Ejército para la producción de pinturas destinadas a vehículos y aeronaves militares.
Cinco años después, la empresa mostraba una estimulante utilidad de seis cifras, pero la fatalidad literalmente redujo a cenizas el sueño de los tres socios: un viernes en la tarde mientras Roger y su esposa trabajaban en el laboratorio estalló en la bodega un incendio que en menos de una hora consumió la totalidad del inventario y se propagó a la manzana entera de edificaciones en madera. A las diez de la noche los bomberos lograron extinguir el fuego; en la catástrofe murieron quince personas y seis más sufrieron graves quemaduras. Por fortuna, a esa hora Bruno se encontraba efectuando diligencias bancarias, y George no había regresado de la guardería infantil.

En la época en que el millonario desapareció, su fortuna estaba considerada como uno de los diez más grandes capitales individuales en el mundo. Al igual que la mayoría de los magnates, lo había logrado gracias a una mezcla de inteligencia (incluida la concepción militar del término, en forma de espionaje industrial), adicción obsesiva por el trabajo, desconfianza natural, perfeccionismo, mando centralizado, olfato para los negocios, audacia, sudor y un poco de sangre derramada discreta y selectivamente.
En materia de negocios, el joven negro fue un digno aprendiz de su maestro. No sólo consiguió capotear, como un manolete empresarial, el impacto causado por la repentina desaparición del líder, sino que en el transcurso de los tres siguientes años logró que la fortuna nominal del magnate ascendiera cuatro puestos en la lista de millonarios.
Cuando se cumplió el término legal para reconocer a Bruno oficialmente fallecido, Mike Nolan, su jefe de abogados, le notificó al sorprendido George que en su testamento él le había heredado la totalidad de su fortuna. Así pues, de la noche a la mañana se convirtió en propietario de Donetti Chemical Inc. y de todos los bienes que poseía su mentor, incluyendo un lujoso apartamento en New York, un Chateau al sur de Francia, una casa en Buenos Aires, una hacienda ganadera en Venezuela y una isla privada en los mares del Sur. En el fondo, y a pesar de lo poco probable que consideraba su regreso, George frecuentemente soñaba que Bruno volvía para darle la oportunidad de retornarle, considerablemente aumentado, lo que había quedado bajo su cuidado, como hizo el buen criado en el conocido ejemplo bíblico.

En junio del año 2001, casi siete años después de la desaparición, un viernes a media noche George recibió una llamada que lo dejó estupefacto: al otro lado de la línea, con la voz pausada, pero rica en matices, que caracterizaba a su jefe, y como si se hubiesen visto la semana anterior, Bruno le daba instrucciones muy precisas y le pedía que lo recogiese antes del amanecer, en uno de los muelles neoyorquinos. Lo más importante de sus indicaciones era que debía mantener el más absoluto secreto respecto a su regreso y prepararse para pasar con él el fin de semana a bordo del “Andrea”, un yate mediano con motor “Rolls Royce”, su propiedad más preciada. En él solían navegar sin rumbo fijo cuando su mente estaba fraguando algún negocio importante; en esas ocasiones, el joven actuaba como su único confidente y, por petición suya, como abogado del diablo.
A los 56 años, celebrados un mes antes de su viaje a la India, Donetti era un hombre con la autosuficiencia de quien se ha hecho a pulso superando una infancia de orfanato desde que su padre, un inmigrante italiano, mató a su madre, una actriz argentina, durante un episodio esquizofrénico antes de suicidarse. Físicamente era robusto, de elevada estatura y cuerpo bien proporcionado, alrededor de cuya cintura comenzaban a apreciarse unos kilos de más; su cabello a esa edad era escaso, de color castaño claro, cuidadosamente peinado con canas en las sienes que imprimían a su rostro una autoridad natural y le presentaban ante sus múltiples conquistas como un hombre maduro, no muy apuesto pero rodeado por el halo del poder que, como siempre sucede, aumenta el atractivo. Era además elegante en el vestir, refinado, culto, de pasiones intensas pero bien controladas, charla fascinante y una galantería natural que prodigaba sin distingos a todas las mujeres.
La misteriosa llamada de Bruno y sus últimas palabras: “George, te veo entonces en el muelle a las cuatro”, surtieron el efecto de evaporar el sueño y el cansancio propios de un viernes al finalizar una agotadora semana. Mientras hacía los preparativos para poner a punto el yate, recordó que el motivo del viaje a la India se debía a que Felissa Montini, la actriz italiana de moda con quien mantenía un apasionado y, seguramente como todos los anteriores, breve romance, había convencido a Bruno de que la acompañase a un retiro de tres semanas en la sede de un gurú que tenía muchos adeptos entre las luminarias del cine. Rondando los 34 años, Felisa se encontraba en el esplendor de su belleza y convertida en símbolo sexual tan reconocido a nivel mundial como lo había sido Marilyn Monroe en los años 50. El día que George vio por primera vez el rostro de la actriz en la portada de Idol’s Magazine, pensó que esos ojos cafés, esa nariz levemente respingada y esos labios sensuales, combinados con el rojizo intenso de su ondulada melena, serían la imagen perfecta para promover la nueva línea de perfumería que tenían previsto lanzar en el verano del 94. Por ello se sorprendió cuando Bruno, a quien todavía no le había hecho la propuesta, llegó después de pasar las navidades en Italia, exhibiendo un contrato firmado por la diva, para que fuese el símbolo femenino de la filial francesa.
Al regreso de la India, el avión nunca efectuó la proyectada escala en Ginebra en donde al parecer se quedaría la Montini, que al día siguiente no se presentó en el estudio cinematográfico en donde debería filmar las últimas escenas de una película que a raíz de su desaparición nunca se terminó.
Calmar en el mundo financiero los catastróficos efectos que produjo la desaparición de su jefe le costó a George una buena cantidad de dinero y arduas gestiones diplomáticas; pero fue mucho más fácil que acallar el escándalo posterior a la supuesta muerte de la actriz. Aun hoy las revistas especializadas en los chismes del jet set se regodean recordándole a sus lectores la suculenta historia que salió a la luz cuando la asistente personal de Felissa vendió por una cifra millonaria una especie de diario que la diva mantenía en su mansión de Roma y que llamaba “Mi Bitácora”. En total eran siete libretas empastadas en cuero a razón de una por año. Diez meses después, bajo el mismo nombre apareció en el mercado un libro con la transcripción textual de las crudas anotaciones que había hecho Felissa sobre su vida privada, escritas con la franqueza con que redacta quien se sabe protegido por la intimidad. En este diario narraba los detalles de su actividad amorosa y sexual a lo largo de los siete años transcurridos desde que obtuvo el Oscar a mejor actriz de reparto en 1987, como culminación de seis años de presencia actoral en la pantalla; ni qué decir de lo que especularon los periodistas respecto al suicidio de Robert Stellabatti, el productor italiano de la película protagonizada por Felissa, con quien había anunciado que contraería matrimonio en el verano del año siguiente. Según las revistas, Stellabatti no soportó las revelaciones del diario de su prometida, en particular, los escabrosos detalles de su romance paralelo con Vicente, el mayor de sus hijos.
A las cinco y quince de la madrugada la oscuridad en el horizonte era total, en el muelle las lámparas arrojaban espaciados rayos de luz que perforaban la neblina y dejaban ver el contorno de las embarcaciones atracadas. Una ansiedad creciente se apoderaba de George, que presentía un encuentro en el cual habría muchas cosas que contar de parte y parte. Sin poder controlar su nerviosismo, no apartaba la vista del callejón por donde esperaba ver aparecer un vehículo del cual se apearía el viejo… Su sorpresa fue total cuando éste pronunció con claridad y a sus espaldas el diminutivo que acostumbraba usar en privado: “Hola Georgy”, con una entonación tan natural que no parecía diferenciarse de la última vez, cuando agitó la mano antes de subir al helicóptero para decirle “Chao Georgy”. Cuando el joven se giró para abrazarlo, quedó aterrado: la voz era la misma, pero su aspecto físico lo hacía irreconocible. Ante el estupor que congeló la intención de su pupilo, Bruno soltó una sonora e inconfundible carcajada que disipó toda sombra de duda.
Tal como lo había ordenado, el yate estaba listo para zarpar; esto implicaba que la tripulación, compuesta por Pepe el cocinero y Jacinto el piloto maquinista, tenía todo previsto para navegar en cualquier dirección que se le ordenase y con provisiones de alimentos y combustible para una travesía de por lo menos una semana. Los marineros eran dos portorriqueños, hermanos gemelos, que habían estado al servicio de Donetti desde que éste adquiriese el yate quince años antes. Siempre gozaron del aprecio de su patrón por su eficiencia, su lealtad y su discreción. Ninguno de los dos hombres reconoció a su patrón en el anciano flaco, desgarbado y calvo, con una franja de mechones blancos alrededor del brillante cráneo, que subió a bordo enfundado en un anodino traje gris de corte ordinario. Tampoco captaron la mirada penetrante de su antiguo jefe, escondida tras unas gafas con grueso marco de carey que tapaban las cejas y descansaban sobre una nariz recta que había sustituido a la antaño aguileña.
Rumbo al sur bordeando la costa, cómodamente instalados en la sala-bar, testigo de múltiples veladas que en el pasado habían disfrutado, casi siempre con agradable y complaciente compañía femenina, George puso al tanto a Bruno sobre todo lo acontecido en la empresa desde su desaparición. Terminado el reporte, éste comenzó a relatar la increíble experiencia que había vivido en ese período y cómo su existencia había dado un giro sustancial.

Después de navegar a toda máquina, el Andrea atracó a primeras horas del lunes en el puerto mexicano de Veracruz. George, siguiendo las instrucciones de su antiguo jefe, descendió del yate y tomó un lujoso vehículo que le esperaba en el muelle para llevarlo al edificio de Donetti Chemical en esta ciudad. Allí le esperaba un helicóptero, lo abordó y emprendió vuelo rumbo a Guadalajara… Al caer la tarde, tras recorrer el país casi de costa a costa, el joven regresó a bordo del Andrea portando un pequeño maletín de mano. La ansiedad de Bruno se calmó al recibir la valija que traía su pupilo. Después de revisarla y escuchar algunas recomendaciones de George sobre el uso de su contenido, convencido de que no volvería a verlo nunca más, abrazó estrechamente al negro, se despidió de él con lágrimas en los ojos, le recomendó por última vez la necesidad de mantener ese encuentro en secreto y descendió del yate con su valiosa carga para perderse entre la multitud.

Espera la próxima semana el Capítulo II. “El Túmulo de Ceniza”

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