Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo IX

Por : kapizan
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Tabio. Miércoles 27 de febrero

Eufórica por el descubrimiento que creía haber hecho a partir del sueño que tuvo con su abuela, Renata se levantó de un salto, buscó un cofre que le servía como costurero, seleccionó la más larga de las agujas que pudo encontrar y se dirigió a la sala donde reposaba el baúl, mientras pensaba: “creo que el mensaje está claro. Lo único que tengo que hacer es probar si puedo introducir la aguja en uno o en los dos ojos de todas las figuras del planisferio, hasta que encuentre en cuál entra, pues se me ocurre que ocultan un orificio; pero ¿por donde empezar…? ¡ya sé!… voy a empezar por los ojos de Su Majestad…”. El corazón le dio un vuelco, se le aceleró el pulso y la aguja sujeta por los dedos índice y pulgar de la mano derecha casi se le suelta y cae por entre el ojo derecho de la reina, que como lo había supuesto era un orificio diminuto, de diámetro milimétrico, prácticamente invisible. Emocionada por su hallazgo se levantó y fue a la cocina por un vaso de agua para calmar su excitación. Minutos después, más tranquila, pensó en el siguiente paso: verificar si los ojos de los demás personajes y los animales grabados en el mapa también eran orificios; repitió la operación en el ojo izquierdo de la reina para descubrir que era idéntico al derecho. Los otros veintidós pares de ojos no tenían ningún orificio: los ojos de su graciosa y serena majestad Isabel de Castilla eran la puerta de acceso al contenido, cualquiera que éste fuese, escondido por el viejo en el doble fondo del baúl.
Lo primero que hizo Renata fue llamar a su mamá, a quien había mantenido al tanto de todo lo sucedido, y pedirle que bajara hasta su casa lo más pronto posible con todas las agujas que pudiese encontrar; lo segundo, llamar a Ricardo y a Toya para contarles su descubrimiento y decirles que intentaría abrir el doble fondo utilizando agujas de distintas dimensiones; además, siguiendo su intuición, elaboró una lista de todas las personas que habían recibido hasta el momento herencias de Andy, pues consideraba conveniente reunirlos cuanto antes, ojalá ese mismo día, para que todos compartiesen la misma información y pudieran aportar ideas para resolver el misterio. Luego de efectuar las llamadas necesarias para convocar una reunión al medio día en Carambola, Renata se puso a la tarea de introducir agujas por entre los ojos de la imagen de la reina Isabel, manipulándolas con la esperanza de que se activara algún mecanismo que permitiera destapar el doble fondo del baúl; ensayó más de diez agujas de diferentes longitudes, que tuvieran más de cinco centímetros de largo, pues las más pequeñas no permitían llegar hasta el fondo y ser sostenidas al mismo tiempo con los dedos. Después de un rato en que no sucedió nada, llegó a la conclusión de que los diminutos orificios en los ojos de la reina eran la boca de dos cilindros paralelos a lo largo de los cuales se deslizaban las agujas u otro tipo de varillas muy delgadas para evitar que se movieran hacia los lados y facilitar su penetración en alguna especie de guarda, que se imaginaba debería estar instalada al final de los tubitos.
El timbre del teléfono sacó a Renata de su inmersión; era Genaro quien quería pedirle una copia de los textos sobre sinéctica que había escrito Zacarías, para actualizarse antes de la reunión del sábado. Renata aprovechó para contarle la conclusión a la cual había llegado después de hurgar los ojos con las agujas.
— Me parece – terminó diciendo Renata – que tendríamos que encontrar unos alambres rígidos para introducirlos por los orificios de los ojos y presionar hacia abajo para ver si se activa algún mecanismo…
— Lo que debemos buscar no son alambres sino ganzúas, porque si no, ¿para qué crees que los personajes de los Mercedes Benz se tomaron la molestia de pegar en sus parachoques los letreros reflectivos en alemán de los cuales me habló Ricardo? Recuerda que uno significaba pista y el otro ganzúa. A mí me parece que por ahí es la cosa…
— Excelente idea Genaro, nada de raro tendría que en el estuche de ganzúas que el viejo le dejó a Gabriel encontremos las varillitas. Ahora mismo lo llamo para que lleve el estuche a Carambola.

Los convocados a la reunión llegaron puntualmente, sólo faltaron Tamara la hija de Zacarías que estaba estudiando y los hermanos Bawer, que estaban en Bogotá. A las dos en punto, cuando todos se habían puesto al día sobre los últimos acontecimientos, León se levantó y comenzó con estas palabras:
— Hace una semana a esta misma hora, el viejo Andy se fue de este mundo dejando un extraño legado del cual nosotros, y algunas otras personas que todavía no hemos tenido tiempo de localizar, somos herederos; inicialmente parecía que se trataba de la repartición de algunos objetos y efectos personales que el viejo había decidido dejarnos, tomando en cuenta en casi todos los casos nuestros gustos y preferencias; sin embargo, los hechos sucedidos en la última semana nos han llevado a concluir que su herencia posiblemente no está completa pues nos está llevando, en una forma un tanto tortuosa, al encuentro de algo que todavía no puedo precisar…
Terminada la intervención de León, Renata le preguntó a Gabriel por las ganzúas y ante su respuesta le propuso que se tomasen un café y aprovecharan para verlas. El estuche elaborado en piel de napa negra tenía el tamaño y la forma de una portachequera que al abrirse permitía ver en su interior catorce ganzúas de diferentes calibres muy similares a los instrumentos metálicos y delgados, con terminaciones achatadas en la punta, que utilizan los odontólogos. Con sólo verlas Renata identificó una extremadamente delgada, de un milímetro aproximadamente, con su punta aún más angosta y con un cabezote en forma de piñón que no debería de tener más de tres milímetros de diámetro. Gabriel mencionó que en el maletín con instrumental médico heredado de Andy había encontrado una varilla idéntica a la que había llamado la atención de Renata, y a la cual no le encontraba ninguna utilidad, y una pieza metálica rarísima en forma de ocho con un pequeño botón giratorio como el de un radio en la parte superior y dos orificios en los cuales encajaba perfectamente el cabezote de la varilla… Entonces se le ocurrió que si introducían los cabezotes en los dos orificios de la pieza metálica, era probable que al girar el botón se movieran los cabezotes como un engranaje y posiblemente ésa fuese la clave para abrir el doble fondo del baúl. Lo único que faltaba era traer el maletín médico de su casa e intentar abrir el baúl.
Una hora después en La Chichigua Gabriel, ante la mirada ansiosa de Renata, introducía simultáneamente las ganzúas por entre los ojos de la reina, encajaba los cabezotes en los orificios del aparato metálico en forma de ocho y hacía girar el botón hacía la derecha… Un leve “click” fue la señal de que al interior del baúl se había activado algún mecanismo. Lentamente el planisferio, adherido a una delgada placa de aluminio, comenzó a levantarse por sus dos extremos hasta que pudieron ver el interior del doble fondo. Éste era de madera pulida y, aparte de un tablero de ajedrez pirograbado en el centro, estaba vacío.

Espera la próxima semana el capítulo X
Cuarto Cuaderno 1932 – 1941

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