Punto de Quiebre – Capítulo VI

Por : kapizan
En : Capítulo VI - Entre Nicaragua y los Estados Unidos, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VI
ENTRE NICARAGUA Y LOS ESTADOS UNIDOS

Managua, lunes 12 de junio de 1978

A primera hora de la mañana, con tiempo suficiente para llegar a su primera clase, Braulio al volante del Audi deshacía el camino entre Jiloá e INCAE, mientras rehacía mentalmente los asombrosos acontecimientos de las últimas horas a orillas de la exótica laguna.
Las circunstancias de su encuentro con Adriana en la casa de Aníbal, le habían llevado a reconocer que lo que para él había sido desde el viernes la búsqueda de una aventura amorosa, sin mayor trascendencia como muchas otras que había tenido en el pasado, se había transformado en muy pocas horas en algo totalmente diferente, que había empezado a moverle el piso en su ya de por sí deteriorada relación conyugal con Elizabeth.
Una cosa era ver en el escenario a la hermosa, sofisticada e inalcanzable vedette y otra muy distinta conocer en persona y en un ambiente familiar a la sensible, simpática y agradable mujer que era Adriana. El estupor, cargado de molestia, cuando reconoció a Adriana en compañía de un apuesto joven, había cedido el paso a un verdadero alivio cuando supo que éste era su hermano, y la forma en que ella le miró con un brillo sugestivo de sus ojos grises, había borrado en un instante la frustración que experimentó la noche anterior al verla en compañía de Baltodano.
El almuerzo había estado delicioso y Aníbal se había mostrado amable y cordial, pero un tanto preocupado por la información que le proporcionaron Vicente y su esposa, corroborada por Adriana, sobre la misión encomendada por Somoza al general Baltodano para su viaje a Washington; pues ello implicaba la necesidad de una acción inmediata por parte de los empresarios privados, que ya habían sido citados por los comandantes terceristas y Alfonso Robelo a una reunión de emergencia en San José de Costa Rica a primeras horas del día siguiente. Así pues, Aníbal y sus amigos habían decidido viajar esa misma tarde por tierra a San José conscientes de la urgencia que requería la situación.
Los empresarios partieron alrededor de las cuatro de la tarde, Maribel que no había superado su molestia por la ausencia de Max se encerró en su cuarto y María José propuso que aparejaran el bote de vela para aprovechar las últimas horas de sol y la agradable brisa que había comenzado a soplar, y fuesen a navegar en las tranquilas aguas de la laguna. Los cuatro estuvieron de acuerdo y Adriana sugirió que un buen plan para la noche sería encender una fogata en la playa y después cenar juntos en su cabaña. Roberto que conocía muy bien a su hermana, y había captado desde el primer instante la atracción que sentía por Braulio, se alegró de que ésta mostrase interés por un hombre y adoptase una actitud seductora que no le había visto desde la muerte de Lissandro, a pesar de los esfuerzos que habían hecho los gemelos para presentarle jóvenes de su edad que le ayudasen a olvidar su pena. Entonces, después de la travesía, con la complicidad de María José y convencido de que a su hermana y a Braulio no les molestaría cenar solos, fingió recordar que le había prometido a su novia llevarla a ver una película que al día siguiente saldría de cartelera.
Una vez a solas en la cabaña de Adriana, ésta sacó una botella de vino blanco que Braulio se apresuró a destapar y sirvió dos generosas copas que bebieron con gusto, y en el fondo agradecidos por la idea de Roberto, que les brindaba la oportunidad de estar juntos. Para cenar Adriana se dispuso a preparar unos espaguetis a la carbonara y Braulio se ofreció a preparar la ensalada. Tras la cena, Adriana en su plan de exorcizar fantasmas, decidió complacer a Braulio colocando un disco L.P. de tangos, pues éste le había hablado de su madre argentina y de su afición por el tango y la milonga, y había elogiado su interpretación durante el show de la noche anterior. Gran sorpresa se llevó Adriana cuando con una exagerada reverencia, Braulio extendió la mano derecha y la invitó a bailar. La firmeza en el abrazo, la seguridad y el ritmo en el estilo de su pareja, revivieron en Adriana un deseo que no había sentido desde la última vez que bailó con Lissandro. La magia del momento les llevó a culminar su bien acoplado baile con la intensidad de un prolongado beso que despertó en ambos una pasión incontenible.

Las primeras luces del amanecer fueron desplazando gradualmente la tibia oscuridad, al filtrarse por el ventanal del dormitorio de Adriana en el segundo piso de su acogedora cabaña y despertaron a Braulio que tardó unos instantes en componer las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que había amanecido. Con un movimiento maquinal rozó el dedo anular de su mano derecha y pensó entonces que había sido una estupidez infantil despojarse de su argolla matrimonial; pues a pesar de que Adriana en ningún momento le había preguntado si era casado, lo cierto era que al rememorar la forma tierna y un tanto ingenua en que ésta se había entregado a él, se sintió despreciable pues había mentido por omisión.
Pensó que lo peor era que cuando Adriana se enterase, difícilmente perdonaría su engaño; pero ¿cómo y cuándo decírselo? En ese momento y antes de partir le parecía cruel. Confesarle que su matrimonio con Elizabeth estaba pasando por una crisis, podría ser interpretado como la típica explicación de los hombres casados en busca de aventuras. Sin embargo, las pocas horas que había pasado en compañía de Adriana y mucho más la forma en que habían hecho el amor, le habían llevado al convencimiento de que la hermosa mujer empezaba a despertar en él un sentimiento de amor que trascendía lo físico y era muy diferente a lo que había sentido por otras mujeres con las que había mantenido relaciones esporádicas y sin ningún compromiso. Talvez su cuñado tenía razón en aquello de la polidimensionalidad del amor y era factible amar simultáneamente a dos o más mujeres… Era obvio que su matrimonio con Elizabeth pasaba por un mal momento, que entre los dos tenían muy pocos puntos de interés común, y que a él le había decepcionado enormemente el no haber podido, en siete años, tener un hijo; pero a pesar de todo, seguía amándola y abrigaba la esperanza de poder salvar su matrimonio.
Finalmente, y con plena conciencia de que estaba actuando como un cobarde, Braulio había optado por no decir nada respecto a su matrimonio y tomar una decisión después de escuchar la opinión de Nando, cuyo consejo talvez podría ayudarle a clarificar la tremenda confusión que en ese momento sentía. Se levantó procurando no despertar a Adriana que dormía profundamente, garrapateó una nota de agradecimiento en la cual le indicaba que regresaba a INCAE y en la tarde, que tendría libre, se comunicaría telefónicamente con ella.
Braulio con un torbellino de pensamientos y emociones encontradas llegó a INCAE apenas con tiempo para cambiarse y asistir a la sesión inaugural del programa académico, después de la cual debutaría con el análisis del primer caso sobre una empresa productora de salsas de tomate, previsto para introducir a sus alumnos en los conceptos básicos de un plan de mercadeo; por tanto, tuvo que esperar hasta la hora de almuerzo para contarle a Nando, sin omitir detalles, su experiencia del día anterior en la laguna. Éste le escuchó sin interrumpirle hasta el final y entonces francamente le dijo:
― Me queda claro – comenzó Nando con un tono tan neutro como pudo para que sus palabras no fuesen interpretadas como un reproche ―, que lo que para ti comenzó como una aventura más de hombre casado en vacaciones, se convirtió en algo más serio que te está llevando a confrontar tus sentimientos por mi hermana y te colocó frente a un dilema. En este momento, lo más adecuado que puedes hacer es buscar la mejor oportunidad para decirle la verdad a ambas en la forma más honesta posible y procurando no herir los sentimientos de ninguna; pero lo cierto es que vas a tener que decidir entre salvar tu matrimonio e impedir que florezca una relación más seria con Adriana o divorciarte y emprender una nueva vida con tu nuevo amor. Cualquiera que sea tu decisión, puedes estar seguro de que no afectará mi amistad contigo; pero si decides construir una nueva relación con Adriana, valdría la pena que desde un comienzo te quites la máscara que ayer te pusiste para que ella pueda conocerte tal como eres.

***

Boston, lunes 12 de Junio de 1978

Mucho antes del amanecer, en la semipenumbra de la suite de Reinaldo en el Hyatt Regency, Elizabeth abrió los ojos y recorrió con la vista la elegante estancia que había servido como escenario para su entrega amorosa al apuesto cubano, que dormía plácidamente a su lado. Con cuidado, para no despertarlo, se levantó y se encaminó desnuda al cuarto de baño con una sensación de malestar que le era familiar pues la había experimentado anteriormente al comienzo de sus frustrados embarazos. Recordó entonces las náuseas que había sentido el sábado en la mañana, mentalmente hizo sus cuentas y se percató de que ese día completaría tres de retraso; para ella cuyo periodo era estrictamente puntual, la demora era signo inequívoco de que por tercera vez en su vida estaba embarazada. Por supuesto, cumpliría la formalidad del examen médico, pero en su fuero interno no le cabía la menor duda. Aturdida por la certeza, Elizabeth que escasamente había dormido dos horas, se sintió incapaz de regresar al lecho. Cubrió su desnudez con un albornoz de algodón que encontró en el baño, se sirvió un vaso de agua helada y se sentó en la pequeña salita de la suite para tratar de poner en orden sus ideas. Tres horas después, cuando Reinaldo despertó, la joven ya había tomado una decisión: ese mismo día después de la confirmación médica, comunicaría el resultado a su esposo, convencida de que este nuevo embarazo sería la oportunidad para salvar su matrimonio. Respecto al cubano, creía que éste comprendería su situación y no le cabía la menor duda de que podrían llegar a ser excelentes amigos.

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Jiloá, lunes 12 de junio de 1978

Al rememorar con todo detalle el desenvolvimiento de los hechos a partir del inesperado encuentro con el profesor de INCAE en casa de Aníbal, Adriana no pudo menos que reconocer lo sucedido con una mezcla confusa de sentimientos. Por un lado, se alegraba de haber superado el trauma que le había producido la muerte de Lissandro y de haber recuperado su capacidad de amar en una forma que no se había creído capaz de volver a experimentar; por el otro, la nota un tanto formal y poco romántica que le había dejado Braulio al partir, le hizo pensar que en realidad era muy poco lo que conocía del apuesto ecuatoriano que había encendido su pasión la noche anterior.
Quizá, pensó, su vulnerabilidad la había llevado a precipitarse en su entrega, cuando en realidad hubiese preferido el romance con un cariz más tradicional y acorde con la esencia conservadora de su formación y de lo que había sido su primera y única relación con Lissandro. Reconoció que por el momento y dadas las circunstancias, el episodio con Braulio apenas podía catalogarse como una aventura, fascinante si, perturbadora también, pero en el fondo no era más que eso, una aventura, más propia del carácter liberal y desinhibido de Lorena que del suyo… Inmersa en sus cavilaciones la sorprendió el timbre del teléfono.
Era Braulio para anunciarle que a las tres de la tarde llegaría a visitarla. Decidió entonces que no dejaría pasar esa oportunidad para conocer más al ecuatoriano y establecer, por lo menos y de una vez por todas si era un hombre soltero, casado o divorciado; pues comprendía que había sido un error de su parte no haber preguntado desde el principio sobre algo tan elemental pero clave para establecer el tipo de relación que iban a tener. Por un momento pensó en como actuaría en el caso de que Braulio estuviese comprometido o casado. El sólo pensar en esa posibilidad la aterró y reconoció muy a su pesar que no tenía claro, dado lo que habían vivido la noche anterior, como reaccionaría.
Braulio llegó puntual conduciendo el Chevrolet de INCAE y cuando Adriana abrió la puerta captó de inmediato una expresión preocupada en su rostro, y una forzada sonrisa que le dio el aspecto de un hombre confundido. Apenas se atrevió a darle un breve beso en la mejilla, incapaz de actuar con la pasión y la ternura de que había hecho gala la víspera. Adriana comprendió que algo había roto el encantamiento de la noche anterior y adoptó el tono y la actitud formal de quien recibe en su casa a una persona apenas conocida; en consecuencia, le invitó a seguir a la pequeña sala, le ofreció una taza de té y se sentó frente a él en espera de que tomase la iniciativa.
Después de un embarazoso silencio, Braulio se enderezó en su silla, la miró directamente a los ojos y le dijo:
― Esta mañana, cuando me desperté, me sentí incapaz de hablar contigo y por eso prácticamente huí de tu lado. Quiero pedirte que me disculpes por no haberte dicho la verdad. Soy un hombre casado y mi esposa que está en Boston es la hermana de mi mejor amigo…
― ¿Qué pretendes con esa revelación tardía? – Le interrumpió con mal disimulada indignación Adriana – ¿qué entienda y acepte que lo de ayer no fue más que una aventura? o me vas a salir con el cuento de que eres desdichado en tu matrimonio y que tienes pensado divorciarte. Ese cuento está muy trillado. Si lo que buscabas conmigo era una aventura, dilo de una vez por todas; preferiría eso a la mentira.
― Sí, reconozco que desde que te ví por primera vez en el Atlantis tuve la ilusión de vivir contigo una aventura – respondió Braulio y agregó antes de que ella reaccionara y con un tono de auténtica sinceridad – pero creo que ese deseo es el mismo que sienten la mayoría de los hombres cuando ven actuar a la vedette del Atlantis; lo cierto es que esa intención inicial cambió por completo cuando comencé a descubrir a la verdadera Adriana y eso apenas sucedió ayer… La verdad, es que estoy muy confundido pues si bien es cierto que amo a mi esposa, también lo es que nuestro matrimonio está pasando por una crisis, y ninguno de los dos sabe si podremos superarla; es más, de común acuerdo nos hemos tomado este verano para aclarar nuestros sentimientos.
― Entonces debo entender que apenas ayer descubriste que yo puedo ser la candidata para ayudarte a resolver tu problema. ¿O me equivoco? Porque si es así – enfatizó Adriana con tono claramente indignado ―, te equivocaste, yo no estoy dispuesta a ser el consolador de ningún marido insatisfecho. ¿Te quedó claro?
Antes de que el compungido Braulio pudiese encajar la contundencia del golpe, Adriana lo matizó con un toque de diplomacia al agregar:
― Entiendo perfectamente tu situación como consultor de Aníbal y el compromiso que tienes con María José de apoyarla en su tesis. Eso implica que tendremos muchas oportunidades de encontrarnos en Jiloá. También debo reconocer que has actuado con franqueza; por esto puedes tener la seguridad de que no te haré ningún desplante y me comportaré en todo momento como lo que he debido ser desde el principio contigo, una simple amiga.

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Washington, lunes 12 de junio de 1978

A las nueve de la noche Aníbal Argϋello, Vicente Arce, y otros cuatro empresarios nicaragüenses, aterrizaron en el aeropuerto internacional de Washington, a bordo de un avión privado proporcionado por un rico ganadero costarricense, con instrucciones muy precisas de iniciar conversaciones a primera hora del día siguiente, con los senadores norteamericanos que aparecían en la lista de contactos sugeridos por el presidente del Banco Central al general Baltodano, y que Adriana oportunamente había hecho llegar a su amigo. La agenda era muy clara: demostrar a esos y a otros personajes influyentes que apoyar militarmente a Somoza, implicaba un debilitamiento para la empresa privada, de la cual un sector cada vez más amplio se oponía a la dictadura y estaría dispuesto a sacar sus capitales del país en caso de que Somoza recibiese un claro espaldarazo del gobierno de Carter. El punto era sensible pues entre estos empresarios se encontraban los más importantes exportadores de materias primas e insumos con destino a la industria norteamericana. Desde el lunes en la mañana, la oficina de Robelo en Costa Rica se había encargado de coordinar las correspondientes citas que no fue difícil conseguir, pues para esas fechas el tema de Nicaragua era prioritario en la agenda legislativa, toda vez que estaba por decidirse sobre la conveniencia de seguir apoyando militarmente al régimen de Somoza, dadas las nuevas prioridades que en materia de política exterior había planteado la administración Carter.
Por fortuna para Aníbal y sus compañeros de comisión, el general Baltodano no pudo viajar el lunes a Washington pues un problema técnico en el avión oficial le obligó a una escala forzada en Guatemala, de donde apenas pudo partir el miércoles al medio día. A pesar de que la embajada nicaragϋense en Washington logró recomponer la agenda de visitas del general; éste desde su primer encuentro con el senador que consideraba como su mejor amigo en los Estados Unidos, comprendió bien pronto que para entonces, a causa del revuelo internacional por el asesinato de Chamorro, los aliados de Somoza en los Estados Unidos eran muy pocos, casi inexistentes.
Los empresarios permanecieron una semana dedicados por completo a sus labores de cabildeo y regresaron a Centroamérica convencidos de que las posibilidades para Somoza de recibir apoyo militar eran completamente nulas y de que para esas fechas, una propuesta de Carlos Andrés Pérez, Presidente de Venezuela, en el sentido de presionar la dimisión de Somoza y buscar la organización de un gobierno de unidad nacional en Nicaragua, estaba cobrando cada vez más fuerza entre los políticos norteamericanos. Se hablaba de que por el momento sería conveniente “un somocismo sin Somoza”. Durante su permanencia en Washington, se habían enterado de que Carter y Torrijos habían estado discutiendo esta posibilidad, durante una reunión en Panamá y que el gobernante istmeño se había mostrado partidario de presionar el retiro de Somoza.

Después de analizar la situación que le reportó Baltodano sobre la imposibilidad de recibir apoyo militar norteamericano y de la fuerza que estaba adquiriendo la propuesta de presionar su dimisión, Somoza decidió anunciar una amnistía para varios presos políticos; autorizar el regreso a Nicaragua de los miembros del Grupo de los Doce; plantear algunas reformas al sistema electoral; e invitar a la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA para que realizaran un viaje de inspección a Nicaragua. Con ello pretendía dar muestra pública de su interés por efectuar cambios en la situación de los derechos humanos en su país y aplacar a los partidarios de su dimisión. Como resultado de esta decisión, Somoza apenas recibió una tibia carta de reconocimiento por parte de Carter, que le resultó de poca utilidad pues el embajador norteamericano le había indicado que no podía ser difundida; pero el bumerán se le devolvió pues el regreso del Grupo de los Doce a Nicaragua, en julio de ese año, fue la base para que surgiera con mucha fuerza el Frente Amplio de Oposición con partidarios de la oposición política y las principales confederaciones laborales del país.
El infructuoso resultado de su misión, convenció al general Baltodano de que ese momento no era el más adecuado para convertirse en embajador de Somoza en los Estados Unidos; entonces, en su mente maquiavélica comenzó a cobrar forma una perspectiva mucho más halagϋeña: convertirse en el abanderado, a espaldas de su jefe, del proyecto etiquetado “somocismo sin Somoza”.
Su ambición exacerbada le llevaba a imaginarse como el nuevo hombre fuerte de Nicaragua; posición que seguramente resultaría irresistible para Adriana. No es lo mismo, pensaba, ser la esposa del embajador que primera dama de la nación. Ocupó entonces las siguientes semanas en buscar entre los políticos norteamericanos a los partidarios de esta propuesta e iniciar una sutil campaña para mejorar su imagen y venderse como el candidato ideal para suceder a Somoza. Lo curioso es que logró convencer a más de un incauto y a mediados de agosto se disponía a regresar a su país con un plan muy estructurado para hacer realidad su sueño.

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Managua, agosto de 1978

El programa de alta gerencia de INCAE concluyó el jueves diez de agosto y a la ceremonia de clausura, prevista para el día siguiente, no asistieron Braulio y Nando, que terminadas sus respectivas clases viajaron en la tarde del jueves a los Estados Unidos con itinerarios diferentes. Nando voló a Boston para asistir al cumpleaños de la mayor de sus hijas y el sábado en la tarde viajaría a New York para acompañar a su hermana en la inauguración de su primera exposición individual. Por su parte Braulio viajó directamente a New York para encontrarse con su esposa y ayudarle en los preparativos de la exposición.
En la tarde del domingo 13 de agosto reclinado en una cómoda silla de primera clase del vuelo de Braniff, Braulio regresaba a Nicaragua, al tiempo que saboreaba un whisky y rememoraba los acontecimientos desde su primera llegada a Managua dos meses antes.
Profesionalmente la temporada había sido un éxito pues no sólo obtuvo una evaluación muy alta como profesor de mercadeo en el PAG, sino que se ganó el respeto y la amistad de Aníbal Argϋello quien había aprobado y elogiado sus recomendaciones preliminares sobre la estrategia de la Casa Comercial; su intención al regresar a Nicaragua era concluir su reporte de consultoría y dedicar el resto de la semana para revisar, tal como lo había prometido, la tesis de grado que estaba terminando María José, actividad que realizarían desde el miércoles siguiente en la tarde en una quinta que unos parientes de la joven poseían en las Isletas de Granada.
Por más que intentaba apartar de su mente el episodio amoroso que había vivido con Adriana en Jiloá, las imágenes de esa noche volvían repetidamente con una nitidez y una frecuencia que empezaba a resultarle dolorosa. Una y otra vez regresaba el recuerdo de las indignadas palabras de Adriana cuando se atrevió a contarle la verdad sobre su matrimonio y el pesar de esa pérdida era apenas mitigado por la felicidad de saber que Elizabeth estaba embarazada y al parecer, según el ginecólogo, el embarazo transcurría normalmente.
Para la salud de su relación con Liz había resultado muy positiva la franqueza con que ambos se habían contado sus respectivos encuentros: ella con el cubano, a quien Braulio tuvo la oportunidad de conocer en New York durante el fin de semana siguiente a la revelación de su esposa; y él con Adriana con quien se había visto en múltiples oportunidades durante las cuales ambos habían hecho esfuerzos para que su relación se transformase en una verdadera amistad.
La confusión inicial de Braulio, posterior a su noche de amor con Adriana, había dado paso a una certeza: amaba a las dos mujeres pero al no poder tenerlas a ambas, había optado por su esposa. Cada vez que pensaba en ello, entendía mejor la filosofía de Nando sobre el amor pero se decía a si mismo que él era incapaz de manejar dos relaciones serias en forma simultánea como lo hacía su cuñado. En realidad, el embarazo de Liz había caído como un salvavidas en su matrimonio y de no haberse presentado era muy probable que él se hubiese decidido a reconquistar a Adriana y Liz tendría como pareja a Reinaldo. A veces se le ocurría que entre Liz y Reinaldo había tantas afinidades como las que había entre Adriana y él y pensaba que a pesar de que la indignación inicial de Adriana había cedido bastante, ésta seguía amándolo pues siempre se las arreglaba para evitar quedarse a solas con él como temiendo que la pasión volviese para envolverlos.

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Managua, domingo 13 de agosto de 1978

Al atardecer Maribel y Max, que conducía a toda velocidad la motocicleta, regresaban a Jiloá desde el centro clandestino de entrenamiento que utilizaban los terceristas en Tipitapa. Allí, habían permanecido toda la semana en prácticas de tiro e instrucción básica sobre el manejo de explosivos. La excitación que le había producido a la joven la asignación de “Kasandra” como su nombre clave, se magnificó ante la inminencia de una aventura que había soñado por mucho tiempo: ella, bajo el mando de Vigorón, junto con Max, Bernardo, y otros seis guerrilleros, a quienes conoció en el centro de entrenamiento, efectuarían una acción de “recuperación económica”. ¡Por fin tendría la oportunidad de participar junto a Max en un operativo de verdad!

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