Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XII

Por : kapizan
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Tabio. Viernes 1 de marzo

A las siete de la mañana finalmente Mara se quedó profundamente dormida. Tres horas después se despertó completamente despejada y se levantó con una idea fija en la cabeza: llamar a Chacho, a Renata y a Toya para comentarles lo que había descubierto en el dibujo ecuestre que le dejó Andy. En vista de que en el celular de Chacho le respondió el buzón de mensajes, decidió no dejar ninguno y esperar su regreso el domingo en la mañana, para darle personalmente esta nueva pieza de información; llamó entonces a Renata, quien después de escucharla consideró que si el casco de la yegua estaba levantado frente a la puerta de la cabaña, ésa parecía ser una señal para indicarles que el tesoro podría estar en el interior de la misma, pues parecía lógico pensar que ésa fuera la PUERTA que deberían traspasar para encontrar la COSECHA, según la interpretación que Chacho había hecho del mensaje rúnico. Aprovechó la llamada de la joven para invitarla a almorzar en Carambola, en donde podrían reunirse con Toya para alistar la entrega de los paquetes que estaban pendientes y sugerirle que se quedaran para disfrutar por la noche la milonga.
Mientras almorzaban sonó el celular de Mara. Era Chacho desde Barranquilla; ella le contó su último hallazgo: la runa que aparecía en el dibujo de Andy. El joven permaneció un rato en silencio procesando la información. Cuando habló, no dudó al manifestar que el lugar donde deberían pendular era el interior de la cabaña del viejo. Agregó que su regreso estaba previsto para el domingo antes de mediodía; por su parte, creía conveniente que fuesen ellos dos acompañados por Renata y Toya a explorar el interior y los alrededores de la casa. Por último, le pidió a Mara que visitara a Margarita Paz para que le enseñara la barrita de tinta, pues había verificado los ideogramas del cofre Chino heredado a Martina y eran: el 34, que correspondía al Ta Kwang o Gran poder; el 11, que significaba Thai o Prosperidad; y el 43, que era Kwai o Decidir. Recalcó que esos seis dígitos conformaban una cifra capicúa: 341143, y esto le sonaba a pista típica del viejo.
A las cinco de la tarde el grupo, movido por la curiosidad y la expectativa que habían suscitado los acontecimientos relacionados con la herencia de Andy, estaba completo. León golpeó un vaso con una cucharita para llamar la atención, y cuando la hubo obtenido comenzó un recuento de los hechos. Al mencionar los cuadernos que el viejo había dejado destacó: “Toya y yo los hemos leído cuidadosamente y pensamos compartirlos con todos ustedes. Sin embargo, lo más sorprendente ha sido descubrir cómo en diferentes etapas de su vida Andy conoció a muchos de nuestros antepasados; por ejemplo, los bisabuelos de los Bawer en Bilbao España; un tío abuelo de Anita Martell en París durante la primera guerra mundial; la bisabuela de Elsa, una bailarina de tango de origen sueco, con quien tuvo una gran amistad pues fue ella quien le enseñó a bailar tango en los años veinte, en la época en que Carlos Gardel hacía furor con sus interpretaciones en Europa. Esto lo he mencionado porque el recuerdo que ha querido dejarnos a nosotros los tangueros es una copia en CD, para cada uno, de un acetato original de esa época con los mejores tangos de Gardel, y una copia en sepia de una foto tomada en París en 1922, en la cual aparece acompañado por Carlos Gardel, Ulrika Erlander, la bisabuela de Elsa, su esposo Armando, monsieur Martell tío del abuelo de Anita y algunos miembros de la red de espionaje a la cual perteneció Andy, que operó durante la primera y la segunda guerra mundial, pero se mantuvo activa en el período entre las dos guerras…”.
Cuando León terminó de repartir los paquetes, cuidadosamente empacados, a los tangueros, les pidió el favor de que observaran detenidamente las fotografías y escucharan con atención los tangos de Gardel, pues no sería extraño que Andy hubiese escondido algunas pistas en ellos.

* * *

Antonia Cruz, la amiga de Ana Martell, sentía particular inclinación por la pintura; había estudiado en New York manejo del color y figura humana. Talvez, por esto último, el regalo que recibió de Andy: un estuche en madera con una gran variedad de tubitos de óleo, un juego de pinceles de pelo de Marta y una paleta que el viejo había adquirido veinticinco años antes en Belgrado y que apenas había utilizado, la entusiasmó tanto y a todos sus amigos les pareció muy apropiado cuando lo abrió. Contagiada de la ansiedad del grupo por buscar pistas, contó los tubitos, 64, y los pinceles, 8. Entonces comentó: “¿Será casualidad que el viejo haya conseguido el estuche para simbolizar, con cada tubito, los 64 hexagramas del I Ching; y con cada pincel los 8 trigramas básicos?”. León, que como Antonia era un aficionado al libro de las mutaciones, examinó algunos de los tubitos: “Si te fijas bien, Antonia, el estuche pudo haber sido comprado en Belgrado, pero muy claramente dice made in China, y cada tubito está marcado con un ideograma… De todas maneras, esta información me lleva a pensar que en alguna forma, así como Andy nos dejó una pista en sueco, parece empujarnos a buscar una pista en chino”.
A continuación, algunos se acomodaron en las mesas mientras comenzaba la milonga y otros fueron a sus casas y prometieron regresar más tarde.

* * *

Pepe Ortega era un hombre polifacético, que a la sazón trabajaba como profesor universitario dando clases de historia del arte y pintura figurativa; creaba esculturas con materiales acrílicos, metales y madera; tenía una empresa de productos decorativos para el hogar elaborados con diseños propios; estaba organizando un grupo musical que esa noche animaría la milonga; y había sido director de turismo en la casa de la cultura de Tenjo, en donde se había conocido con Zacarías en un seminario dictado por éste, durante el cual comenzó una amistad muy estrecha pues se identificaron, desde su primer encuentro, por su afinidad en dos temas: los caballos y los conocimientos metafísicos que compartían. Por intermedio de Zacarías conoció a Andy, y la misma afinidad hizo que el viejo le tomara particular aprecio.
A las siete de la noche llegó a Carambola Pepe Ortega acompañado por los integrantes del grupo musical. Toya, que estaba pendiente de su llegada, lo llevó aparte, le entregó el reloj y el mechero que Andy le había dejado, junto con una carta cerrada que Pepe prefirió guardar para leerla posteriormente en su casa, y lo puso al tanto de todo lo sucedido.

* * *

Al amanecer, ya en su casa, Pepe Ortega abrió el sobre que le había dejado el viejo y se sobresaltó al encontrar en su interior un cheque de gerencia del Banco de Colombia a su nombre, por ciento cincuenta millones de pesos colombianos, acompañado de la siguiente carta:

Querido Pepe:
Todos en la vida hemos cometido errores, hemos tenido rencores y en algunos casos hemos anidado y cultivado odios. Sé que nunca lo sospechaste, pero hace muchos años se incubó en mi corazón un odio mortal, que en esa época creí justificado, hacia el capitán Baltazar Ortega, tu abuelo paterno. Las razones de este odio las conocerás cuando leas los cuadernos en que he querido resumir mi larga existencia, para que mis amigos de Tabio entendieran un mensaje que quiero reiterar: no importa quién hayas sido, ni lo que hayas hecho en el pasado, ni el daño que hayas infligido a tus semejantes, si en cualquier instante de tu vida tomas la decisión de rectificar, de perdonar y, si es posible, de reparar el daño ocasionado.

Ése es mi caso, ése fue el caso de nuestro común amigo Zacarías, y por esto creo necesario reparar, al menos económicamente, el daño que ocasioné a tu padre al manipular suciamente unos negocios con el propósito de que quedase en la ruina. Hecho éste que en mi ceguera de otra época llegué a ver como la culminación de una venganza de la cual hice objeto al hijo del hombre que más odiaba, tu abuelo, a quien no pude matar con mis propias manos, pues murió repentinamente antes de que mi perversidad lo alcanzara. Con el corazón en la mano, te ruego que me perdones y que hagas llegar esta carta, junto con el dinero, a tu padre.

Sinceramente,

Andy.

Conmocionado, Pepe sólo atinó a servirse un escocés doble que bebió en pequeños sorbos para calmarse, mientras jugueteaba con el reloj Omega, cuyo contacto le transmitía la energía del viejo… Miró la hora, 04:40… En ese instante, su dedo pulgar captó al tacto algo irregular en la tapa posterior del reloj. La miró entonces con detenimiento, la prenda tembló en sus manos, cuando descubrió un mensaje grabado en bajo relieve: ¡Find the diamonds!

Espera la próxima semana el capítulo XIII
Quinto Cuaderno 1942 – 1951

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