El fantasma y el puñado de lentejas

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Cuentan los ancianos que en un pequeño poblado de la china septentrional vivía un joven que no podía dormir casi nunca puesto que un fantasma espectral se le aparecía casi todas las noches durante el sueño y le revelaba hasta los secretos más íntimos que albergaba, demostrándole así que lo sabía todo acerca de él.

El joven estaba desesperado, hasta el punto que llegó a detestar el momento de acostarse pese al cansancio acumulado. Había visitado doctores y psicólogos, había confesado su problema a varios amigos, lo había intentado todo, pero sin resultados: el espectro seguía presentándose cada noche y le recordaba todos los rincones más íntimos y dolorosos de su alma.

Finalmente, al borde de un colapso nervioso, decidió pedir auxilio a un célebre maestro zen que practicaba en la misma provincia y fue a visitarlo. Tras haberle explicado su problema, el joven añadió: ” Ese fantasma lo sabe todo, absolutamente todo acerca de mí, ¡incluso conoce mis pensamientos! No puedo sustraerme a su dominio”.

El maestro pensó que la solución estaba al alcance del muchacho y le sugirió que hiciera un trato con el fantasma. “Esta noche, antes de acostarte ―le dijo ―coge un puñado de lentejas al azar y no las sueltes. Luego acuéstate y espera. Cuando el espectro se presente proponle un trato. Dile que si adivina cuántas lentejas tienes en la mano será para siempre tu dueño y que si no lo adivina deberá desaparecer para siempre. Vamos a ver qué pasa”.

El chico procedió del modo que le aconsejo el maestro. Poco después de acostarse el fantasma apareció y le dijo:

― Sé que intentas librarte de mí. También sé que te has ido a ver al tontarrón del monje zen para que te ayude a echarme, pero tus esfuerzos no te servirán para nada.

― Ya sabía que me ibas a descubrir ― comenzó diciendo el muchacho, hizo una pausa y agregó ―: así como supongo que indudablemente sabrás cuantas lentejas tengo en el puño. Por ello me temo que si lo adivinas serás por siempre mi dueño pero si no lo haces deberás dejarme en paz.

El fantasma desapareció para no volver nunca jamás. Lo que no sabía el chico no lo podía saber su fantasma.

El león sediento

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Un viejo cuento de la tradición Sufí nos relata la historia de un joven león que llegó un día caluroso a la orilla de un lago de aguas apacibles con el ánimo de calmar su sed. Al aproximarse a la orilla vio su imagen reflejada en el agua y pensó: “este lago debe pertenecer a este león; debo tener mucho cuidado con él”. Entonces se retiró atemorizado a esperar que el león dueño del lago se alejase. Tras esperar un buen rato, acuciado por la sed, buscó otro lago pero no lo encontró y decidió regresar. Lamentablemente al asomarse volvió a ver al león cuya presencia le obligó a retroceder.

Unos minutos después volvió a intentarlo y, al ver al león, abrió sus fauces de forma amenazadora, pero al comprobar que el otro león hacía lo mismo, sintió terror y nuevamente salió corriendo; como la sed persistía, lo intentó varias veces, pero siempre ante la imagen del león, huía espantado.

La sed, cada vez más intensa, lo llevó a tomar la decisión de beber agua del lago sucediera lo que sucediera. Así lo hizo. Y al meter la cabeza en las aguas, comprobó que el león había desaparecido.

La vasija del Maestro Ankon San

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Cuenta una vieja leyenda japonesa, que a mediados del siglo XVI en la provincia de Hida bajo el control del shogunado de Tokugawa, en el castillo de Takayama, impartía sus enseñanzas de Artes Marciales a los futuros samuráis el gran maestro Ankon San; y que un buen día, efectuó a sus discípulos una curiosa prueba:

Señaló una enorme vasija de barro al pie de una mesa sobre la cual se apilaba una buena cantidad de piedras de diversos tamaños; entonces pidió a uno de los estudiantes que llenara el recipiente hasta el borde. Cuando éste hubo terminado de acomodar hasta la última piedra de la pila, preguntó:

― ¿Está llena la vasija? ― Los alumnos asintieron y respondieron en coro:

― ¡Está llena maestro!

Entonces, ante su sorpresa, Ancón San sacó de debajo de la mesa otra vasija más pequeña repleta con piedrecitas de gravilla, la vertió sobre el recipiente más grande y lo agitó para hacer que las diminutas piedras se filtrasen por entre los espacios sin cubrir.

― Ahora, ¿Está llena la vasija? ― Preguntó nuevamente Ankon San, mientras en sus labios se dibujaba una irónica sonrisa.

En ese momento, los alumnos dudaron. Entonces, ampliando la sonrisa y con aire divertido Ankon San dijo:

― ¡Tal vez no! ― Acto seguido, cogió otra vasija con arena de playa y la volcó en la vasija grande, haciendo que la arena se filtrase por entre los más pequeños recovecos.

― ¿Está llena? ―Preguntó.

Los alumnos ante el fundado temor a equivocarse, dijeron al unísono:

― ¡No!

― ¡Muy bien! ― Exclamó el Maestro. A continuación sacó una vasija con agua y comenzó a echarla en la vasija grande llenándola aún más, pero la dejó ligeramente sin llenar. A continuación, seguro de que sus palabras calarían en la mente de los jóvenes, en tono pausado les explicó:

― La vasija grande es nuestra persona en la cual introducimos las piedras grandes, éstas son el Arte Marcial que practicamos asiduamente, pero debemos llenarla con otras vasijas, con otros contenidos, es decir; con otras Artes Marciales para intentar llenarla lo máximo a fin de que podamos asimilar las más diversas enseñanzas; pero aún así, aunque le dediquemos toda nuestra existencia, siempre quedará ligeramente sin llenar; pese a esto, debemos intentar que llegue hasta el borde, que rebose. Nuestra meta es que nuestra vasija llegue a rebosar.

NOTA DEL AUTOR: Esta colección de cuentos breves es mi versión literaria de algunos relatos, anécdotas y chistes que he escuchado a lo largo de los años y he utilizado para generar debate o ilustrar conceptos en conferencias, clases y conversatorios. Por su origen tradicional corresponden al patrimonio cultural de la humanidad y por ello pueden ser usados, enriquecidos o modificados libremente por quien desee aprovecharlos. En casi todos los cuentos, me he tomado la licencia de cambiar el contexto histórico o cultural y los nombres de los personajes. Agradeceré colaboraciones con envío de relatos que contengan alguna enseñanza. Favor enviarlas al correo kapizan@gmail.com

El anciano, el niño y el burro

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Hace muchos años en una aldea al Noreste de Siria, en la frontera con Turquía, a orillas del río Tigris, vivía un anciano llamado Caleb en compañía de su nieto Amir, un huérfano de doce años demasiado delgado y pequeño para su edad. La única propiedad de la pareja era un burro que había pertenecido a los padres del niño, fallecidos por causa de la peste negra que asoló la región un año antes. Un buen día decidieron viajar hacia Damasco y emprendieron la marcha a pié caminando junto al asno. Al llegar al primer poblado, un grupo de mozalbetes se rió de ellos, gritando:

― ¡Mirad qué par de tontos! Tienen un burro y, en vez de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podía subirse al burro.

Entonces el anciano Caleb se subió al jumento y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al pasar por la calle principal, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al anciano sobre el burro y al niño caminando al lado. Dijeron:

― ¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y el pobre niño caminando.

Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos. Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando las gentes los vieron, exclamaron escandalizadas:

― ¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Habéis visto alguna vez algo semejante? El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado. ¡Qué vergüenza!

―Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre sus lomos. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y estos comenzaron a vociferar:

― ¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tenéis corazón? ¡Vais a reventar al pobre animal!

El anciano y el niño optaron entonces por cargar el animal sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre carcajadas de burla, los pueblerinos se mofaban gritando:

―Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos!

Y cuenta la leyenda que, de repente, el burro se revolvió indignado, corrió como enloquecido, se precipitó por un despeñadero y murió estrellado contra las rocas.

La cita

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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El bus repleto de pasajeros completaba más de veinte minutos detenido en mitad de un embotellamiento de tráfico causado por un accidente. La preocupación era cada vez más notoria en el rostro surcado de arrugas y en los ojos vivaces del anciano, que apretaba en sus curtidas manos un manojo de rosas rojas y echaba angustiosas miradas al antiguo reloj de oro que guardaba en un bolsillo del chaleco, pendiente de una gruesa leontina, como testimonio de épocas mejores diluidas en el tiempo pero celosamente guardadas en la mente lúcida y nostálgica del viejo. Tras la enésima mirada al reloj, movió la cabeza con desesperanza y murmuró en voz baja:

― ¡Dios mío llegaré tarde!

La joven desconocida que se sentaba a su lado, quiso entablar conversación para alejar al anciano de su notoria angustia y en tono amable le preguntó:

― ¿Vas muy lejos abuelo?

― Voy al hogar geriátrico de la Avenida Roosevelt, pero no llegaré a tiempo para almorzar con mi esposa como hago todos los días; lo que pasa es que hoy es su cumpleaños y con este tráfico no alcanzaré a llegar a tiempo ―. Respondió el anciano con tono de frustración.

― No se preocupe abuelo, con esas rosas tan bellas que le lleva, no creo que se moleste si usted llega un poco tarde ―. Replicó la chica.
El anciano sonrió con tristeza, miró a los ojos de la joven y le contó:

― Hace diez años que Liz sufre de alzhéimer; sin embargo, desde que está en el geriátrico todos los días la visito y almorzamos juntos, pero ya hace cinco años que no me reconoce, no sabe quién soy.

― Y a pesar de que ella no sabe quién es usted ¿sigue visitándola a diario?
El anciano suspiró profundamente, volvió a ver a su acompañante, nuevamente sonrió y con una lógica contundente, que conmovió a la chica, respondió:

― Ella no sabe quién soy yo, pero yo aún se quién es ella.

La disputa de los cuatro peregrinos

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Un viejo cuento sufí nos narra que en cierta ocasión llegaron a una ciudad de oriente cuatro peregrinos de distintos países, que viajaban juntos y vivían de la caridad pública. Una persona piadosa les dio algunas monedas y decidieron comprar algo para comer.

― Compremos augur―. Se apresuró a decir el persa.

― A mi no me parece pues yo lo que quiero es inab―. Protestó el árabe.

― Ni hablar ― replicó indignado el turco―, lo que yo quiero es uzum

Entonces el griego en tono amenazante vociferó:

― Lo que yo quiero es stafil.

El cariz de la discusión se fue deteriorando, comenzaron a gritar insultándose violentamente y estaban a punto de irse a las manos, cuando pasó por allí un hombre que entendía todas las lenguas, pidió el dinero para ir a comprar lo que todos deseaban y al poco rato regresó con cuatro racimos de uvas que era lo que cada uno había solicitado en su lengua.

Lin Yu Po el consejero del rey

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Cuentan los narradores de Oriente que hace muchos años, en un pequeño reino del sur de Asia, gobernaba un joven monarca con la ayuda de Lin Yu Po, un viejo consejero que había servido al difunto rey quien, poco antes de morir, le había encomendado que con su sabiduría guiase al inexperto rey por la senda de la sobriedad, la sencillez y la justicia con las que él había gobernado a su amado pueblo.

Así pues, en sus primeros años de mandato el joven rey, bajo la orientación de Lin Yu Po, se ocupaba del bienestar de sus súbditos; los impuestos que cobraba eran los imprescindibles para cubrir eficazmente las necesidades generales; recorría con frecuencia las comarcas para conocer las necesidades de sus vasallos; repartía generosas limosnas entre los más necesitados; y, normalmente, dedicaba su jornada a atender puntualmente los asuntos de estado. En el reino había paz, bonanza, prosperidad, armonía y los súbditos amaban al rey al tiempo que reconocían la sabiduría de su consejero… Sin embargo, un buen día, durante una comida, el joven rey dijo a su mayordomo:

― Estoy cansado de comer con estos palillos de madera, soy el rey, así que da orden al orfebre de palacio para que me fabrique unos palillos de marfil y jade.

Al escuchar esta orden el viejo Lin Yu Po, se levantó de su silla, se inclinó con reverencia ante el soberano y con voz firme pero en tono bajo para que sólo el rey entendiese sus palabras, le dijo:

― Majestad, os pido que me relevéis lo antes posible de mi cargo. No puedo serviros por más tiempo.

Extrañado el monarca, preguntó cuál era el motivo de aquella repentina decisión.

― Es por los palillos, señor ―respondió el consejero y añadió con voz apenas audible pero muy clara ―: Ahora habéis pedido unos palillos de jade y marfil; mañana querréis sustituir los platos de barro por una vajilla de oro. Más adelante desearéis que vuestros vestidos de tela sean reemplazados por otros de seda. Otro día, en vez de conformaros con comer verduras y puerco, solicitaréis lenguas de alondra y huevos de tortuga. De este modo, llegará el momento en que vuestros caprichos y el mal uso del poder os harán ser injusto con vuestro pueblo. Entonces, yo me rebelaré contra vuestra majestad y, por nada del mundo deseo ver amanecer ese día.

Cuentan que el rey canceló la orden dada al orfebre, que siguió comiendo con sus palillos de madera y que conservó al viejo Lin Yu Po a su lado hasta que murió a una edad muy avanzada, cuando el rey, ya maduro, era amado, respetado y considerado por todos como un sabio.

Takashi el picapedrero

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Takashi era un humilde picapedrero japonés que si bien vivía resignado con su pobreza, en su fuero interno anhelaba convertirse en un hombre rico y poderoso. Cuenta la leyenda que un buen día, expresó su deseo en voz alta y cuál no sería su sorpresa, al ver su petición hecha realidad: en un santiamén se convirtió en un rico mercader. Su felicidad duró hasta que conoció a un hombre mucho más rico y poderoso que él; entonces nuevamente expresó su deseo a viva voz y al punto le fue concedido; sin embargo, su dicha no duró mucho tiempo pues pronto despertó envidias y se ganó muchos enemigos. Cuando vio cómo un feroz samurái resolvía las divergencias con sus enemigos, pensó que el manejo magistral de las artes marciales le garantizaría la paz y la indestructibilidad. Quiso entonces convertirse en un respetado samurái, lo expreso en voz alta y así fue.

Con el tiempo notó que aún siendo un temido guerrero, sus enemigos habían aumentado en número y peligrosidad. Una mañana se sorprendió mirando al sol desde la seguridad de la ventana de su casa y pensó: “él sí que es superior, ya que nadie puede hacerle daño y siempre está por encima de todas las cosas. ¡Quiero ser el sol!” Gritó entusiasmado. Una vez convertido en astro rey, tuvo la mala suerte de que una nube se interpuso en su camino entorpeciendo su visión y pensó que la nube era realmente poderosa y así era como realmente le gustaría ser. Lo dijo en voz alta y se convirtió en nube, pero al ver cómo el viento le arrastraba con su fuerza, la desilusión fue insoportable.

Entonces decidió que quería ser viento. Cuando fue viento, observó que aunque soplaba con gran fuerza a una roca, ésta no se movía y pensó: ¡ella sí que es realmente fuerte: quiero ser una roca! Al convertirse en roca se sintió invencible porque creía que no existía nada más fuerte que él en todo el universo. Pero cuál fue su sorpresa al ver que apareció un picador de piedra que tallaba la roca y empezaba a darle la forma que quería pese a su contraria voluntad. Esto le hizo reflexionar y le llevó a pensar que, en definitiva, su condición inicial no era tan mala y que deseaba de nuevo volver a ser el picapedrero que era en un principio.

Tsu Lu

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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― ¿Cómo reconocer a un hombre de talento para ascenderle de categoría? Preguntó a Confucio el joven Tsu Lu, durante una charla educativa sobre el buen gobierno.

― Asciende a los que no reconozcas. ¿Acaso piensas que permitirán otros que pasen inadvertidos aquellos a quienes no reconozcas? Respondió el sabio maestro.

― ¿Y qué me recomiendas para ser un buen gobernante? ― Volvió a preguntar Tsu Lu.

― Debes tener siempre fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano.

La princesa enamorada

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Un viejo cuento de la tradición oral sufí nos narra la historia de Irene, la hija menor del viejo y sabio monarca de un pequeño reino del oriente cercano, hermosa joven impulsiva y caprichosa que se enamoró perdidamente de un apuesto capitán de la guardia palaciega y pidió el beneplácito de su padre para casarse con el gallardo joven. El rey que conocía muy bien a su primogénita trató de disuadirla diciéndole:

― Querida hija, eres muy joven y aún no estás preparada para recorrer la senda del amor. Debes comprender que el amor no sólo es pasión; también es renuncia, entrega y aceptación. No creo que éste sea el momento de casarte.

―Pero, padre ―, Insistió la princesa con el ardor de la pasión reflejado en sus ojos negros: ― Sería tan feliz junto a él, que no me separaría ni un solo instante de su lado; compartiríamos hasta el más profundo de nuestros sueños.

Convencido el rey de que las prohibiciones exacerban el deseo y de que si lo prohibía a su hija la relación con el capitán de la guardia sólo lograría que la pasión de su hija aumentara ciegamente, reflexionó por un momento y finalmente dijo:

―Hija mía, voy a someter a prueba tu amor por ese joven. Van a ser encerrados juntos cuarenta días y cuarenta noches. Si al final, sigues queriéndote casar con él, señal será de que habrás comprendido la diferencia entre amar y estar enamorada y por tanto estarás preparada para el matrimonio; entonces, tendrás mi consentimiento. 

La princesa, loca de alegría, aceptó la prueba y abrazó a su padre. Todo marchó perfectamente los primeros días, pero tras la excitación y la euforia iniciales, no tardaron en aparecer la rutina y el aburrimiento. Lo que al principio era música celestial para la princesa se fue tornando en ruido y así comenzó a vivir un extraño vaivén entre el dolor y el placer, la alegría y la tristeza. Así pues, antes de que pasaran dos semanas ya estaba suspirando por otro tipo de compañía, llegando a repudiar todo lo que dijera o hiciese su amante. A las tres semanas estaba tan harta de aquel hombre que chillaba y aporreaba la puerta de su recinto. Una semana antes de cumplirse el plazo, el rey en persona abrió la puerta a la desesperada princesa, que se echó en sus brazos agradecida de que la hubiese librado de la presencia de aquel hombre a quien había llegado a aborrecer.

Al tiempo, cuando la princesa recobró la serenidad perdida, le dijo a su padre: 

― Padre, háblame del matrimonio ―.Y su majestad con amorosa voz y comprensiva mirada le dijo:

― Escucha lo que dicen sobre el matrimonio los poetas de nuestro reino:

“Dejad que en vuestra unión crezcan los espacios. Amaos el uno al otro más no hagáis del amor una prisión. Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis de la misma copa. Compartid vuestro pan más no comáis del mismo trozo. Y permaneced juntos, más no demasiado juntos, pues ni el roble ni el ciprés crecen uno a la sombra del otro”.

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