La canasta

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

8

Hace miles de años, en tiempos en que existían los dragones, había una diminuta isla en lo que hoy conocemos como la Polinesia. Sus pobladores, conformaban una pequeña comunidad de pescadores famosa por la belleza de sus mujeres. Cuenta la leyenda que Garacoy, un enorme y perverso dragón marino con dos inmensas cabezas de serpiente, patas de antílope, rematadas por afiladas garras de águila y dos pares de alas que brotaban de su columna vertebral, atacó el poblado y raptó a la hija mayor de Baruk, el pescador más fuerte y sabio de la isla, apreciado y admirado por todos los aldeanos que lo consideraban como su jefe natural.

Ante la desgracia, Baruk acudió al chamán quien le preparó un bebedizo para que pudiese comunicarse con los delfines, únicos seres que por su bondad y su inteligencia tenían la capacidad de llegar hasta el escondite del monstruo. Cuentan que a bordo de una barcaza, Baruk compartió la poción con los seis pescadores más fuertes de la isla, los siete se lanzaron al mar y a la vista de todos se transformaron, en poderosos delfines. Por un buen rato los testigos pudieron observar una columna cada vez más grande de delfines que avanzaban sobre las olas hasta perderse en el horizonte. Al día siguiente, tres de los siete retornaron agotados y tras regresar a su condición humana, contaron lo sucedido: en una cueva en las profundidades del océano a doscientas leguas de la isla, Garacoy tenía su escondite vigilado por tres monstruos similares; se requirió el apoyo de cuarenta delfines para destruirlos en feroz combate, en el que Baruk y tres pescadores murieron. Desgraciadamente la doncella había sido devorada por Garacoy y la única buena nueva era que la amenaza de los dragones había desaparecido para siempre.

Las noticias, tuvieron un efecto devastador en las cuatro viudas pues no tenían otra fuente de alimentación diferente a los peces que diariamente traían a la mesa sus esposos. La única que permanecía serena era la viuda de Baruk quien creía firmemente que su esposo tenía un pacto con el mar y nunca les faltaría la comida. Esa noche, cuando la luna se escondió, llegó a la playa un delfín, se irguió en la orilla, tomó la forma humana de Baruk portando una canasta con una docena de pescados de muy buen tamaño, se dirigió a su cabaña y la depositó sigilosamente frente a la puerta. Con las primeras luces del amanecer Kurak, el hijo menor de Baruk, encontró la canasta y siguiendo un impulso dejó tres pescados en la alacena de su madre, tomó la canasta e hizo un recorrido por las casas de las viudas depositando tres pescados a la entrada de cada una. Por muchos años, todos los días, al filo de la media noche, emergió de la playa la figura etérea del espíritu de Baruk. Las viudas murieron, muchos años después, sin encontrar una explicación a la misteriosa aparición diaria de los pescados en las puertas de sus casas, pues Kurak siempre repitió la tarea matutina y nunca dijo nada.

La lección del abuelo

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

11

Cuando el gallo cantó por primera vez, faltaban casi dos horas para que la luna diera paso al sol invernal; el anciano ajustó a sus pies las raquetas para caminar en la nieve y ayudó a su nieto a colocarse las suyas. Las dos figuras, cuyas sombras se proyectaban sobre la espesa capa blanca, emprendieron a paso lento las tres leguas de camino que les separaban de la aldea.

En un recodo del camino, guarneciéndose del viento helado, encontraron a una pobre mujer harapienta, que abrazaba contra su pecho dos pequeñas criaturas, tiritando con la intensidad del frío y llorando de hambre. Sin pensarlo dos veces, el abuelo se despojó de su chaqueta de piel, de su bufanda de lana y los tendió a la mujer, al tiempo que depositaba en sus manos la bolsa con las monedas de plata que tenía destinadas para sus compras en la aldea. El anciano y el niño continuaron su lenta marcha y al llegar al poblado el mozalbete dijo:
— No entiendo abuelo.
— ¿Qué es lo que no entiendes hijo?
— ¿Por qué le entregaste todo nuestro dinero a esa mujer, si sabes que lo necesitamos para las compras?
— Por dos razones ― respondió el anciano convencido, mientras en su curtido rostro se dibujaba una sonrisa y le daba a su nieto una lección que jamás olvidaría ―: la primera, esa mujer y sus hijos necesitan el dinero más que nosotros; y la segunda, el dinero no puede amarte, la gente sí.

El cristo con ruana

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

4

En un remoto paraje de la cordillera, rodeado por la agreste flora paramuna y cubierto por un tenue velo de neblina, se yergue con altiva sencillez una rústica capilla de madera y techo de paja, primorosamente engalanada con flores frescas de múltiples colores que los aldeanos ofrendan con fé y con amor a su patrono: el Cristo con ruana.

Cuentan los vecinos, que el Cristo llegó desnudo a la casa de doña Filomena en brazos de Martín, su sobrino de siete años, sobreviviente de la avalancha que arrasó el pueblo calentano en que vivía con sus padres y sus hermanos, que perecieron sepultados por un mar de lodo que lo cubrió todo. El niño se salvó, porque su padre, Agustín el artesano, que había tallado el Cristo por encargo de las monjitas del convento, lo tendió a su hijo como tabla de salvación, para rescatarlo del torrente que lo arrastraba.

La historia del milagroso salvamento de Martín y su Cristo de madera, llegó a oídos del párroco del pueblo que decidió emprender, a lomo de mula, las cuatro leguas de escarpado camino hasta la vereda, con el ánimo de conocer a Martín y bendecir la imagen. La visita del cura fue motivo para que se reuniera una veintena de familias campesinas; entonces, alguien propuso que se construyera un cobertizo con un altar, en donde colocarían el Cristo para que protegiera la Comarca. El cura acogió con entusiasmo la idea y se comprometió a oficiar una misa el día en que la obra estuviera concluida.

La víspera de la inauguración, el Cristo fue llevado para colocarlo en el altar… Martín se sintió muy solo, pues desde la catástrofe no se había separado ni un minuto de la bella imagen que lo confortaba y a la cual le pedía todas las noches que se lo llevara al cielo para reunirse con los suyos. Esa noche, un torrencial aguacero cubrió la montaña con un manto de granizo y la temperatura descendió en forma impresionante.

Martín se despertó mucho antes del amanecer tiritando de frío, se levantó, se puso la ruana de lana que le servía de cobija y furtivamente salió de la casa rumbo a la capilla… Cuando el sol remontó el picacho más alto y llegaron los primeros parroquianos, aseguran que del interior del recinto, iluminado por un extraño resplandor, salían notas de una bellísima melodía que inundaba el ambiente…Al pié del Cristo, que lucía la ruana, encontraron postrado y sin vida el cuerpo del niño con una expresión angelical en el rostro, que evidenciaba la felicidad del anhelado encuentro.

El susurro de la paloma

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

6

Nací desnudo, dueño de la verdad, me vistieron, me mimaron, me malcriaron, me arrebataron la verdad que traje al mundo. Hoy al cumplir 40 años, desnudo, derrotado, en medio de la naturaleza, imploré, supliqué, exigí a Dios que me devolviera la verdad que me habían arrebatado… Repentinamente una hermosa paloma blanca se posó en mi hombro, me picoteó con dulzura el lóbulo de la oreja y me susurró al oído: ¡Tu verdad es el Amor! A continuación, emprendió majestuoso vuelo sobre las montañas iluminadas por la luna de Xelajú.

Quetzaltenango, Guatemala, 20 de julio de un año que no recuerdo, como tampoco recuerdo mi nombre en esa época.

El limonar de Misiá Rosarito

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

13

A comienzos del siglo pasado en un pueblo del oriente antioqueño en el marco de la plaza principal, en una casona solariega, contigua a la casa cural, que ocupaba un cuarto de la manzana, vivía con seis de sus diecisiete hijos misiá Rosarito viuda de Ramírez, que en estado preagónico se aprestaba, rodeada por sus seres queridos, para unirse al alma de su difunto esposo fallecido tres años antes. La casona, construida en el siglo XVII, como todas las viejas construcciones de la arquitectura española, era de un sólo piso, con un amplio corredor al cual desembocaban las habitaciones, que se unían entre sí por puertas interiores de madera, pintadas de color azul brillante como los marcos de los ventanales y las ventanas arrodilladas que daban al exterior y contrastaban con el blanquísimo color de los gruesos muros. En el corredor fuertes vigas, también azules, sostenían primorosas materas de geranios, novios, pensamientos y gran variedad de flores que daban un vistoso colorido al empedrado patio central. En éste, se destacaban una pileta de piedra tallada con un surtidor que graciosamente arrojaba agua por la boca de un serafín alado; y un inmenso y fructífero limonar que proporcionaba alguna sombra en los días calurosos. La matrona había soportado una penosa enfermedad que la tenía confinada en cama desde hacía seis meses. Con una gran paciencia cristiana y una dignidad propia de su rancia estirpe, sin perder su lucidez, pero con voz un tanto apagada, atendía amablemente las visitas de los vecinos que acudían interesados y preocupados por su estado de salud.

Sebastián era un mozalbete de unos doce años, sobrino del cura párroco que vivía con su madre, hermana menor del sacerdote, y era monaguillo y mandadero de la casa cural. Era frecuente que su madre le enviara a llevar colaciones o pastelillos a misiá Rosarito a cambio de que ésta permitiese al muchacho tomar algunos limones siempre jugosos y de muy buen color. Un buen día, después de entregar en la cocina un canasto con pastelillos, Sebastián entró a la habitación de misiá Rosarito y después de saludarla respetuosamente le dijo: “Mi mamá le manda preguntar que cómo sigue y que si por favor le puede enviar unos limoncitos”. Con una sonrisa la señora le respondió: “Decíle que sigo igual, que no se preocupe, y cogé los limones que necesités”
Cuando estiraba la mano para agarrar el último limón, el muchacho quedó petrificado del susto: sobre la copa del limonar, sonriente y vital pudo ver con claridad a misia Rosarito, sentada sobre las ramas mientras balanceaba las piernas en el aire y reía alegremente. Dando un alarido, Sebastián se precipitó, huyendo de la aparición, hacia la primera puerta que encontró abierta. En su huída atravesó cuatro habitaciones hasta llegar, despavorido y sin darse cuenta, al cuarto de la matrona que dormitaba con una camándula en las manos. Cuando el joven ingresó, la anciana abrió los ojos, le agarró con fuerza un brazo y le dijo: “¿Lo asusté mucho mijo?” Esas fueron sus últimas palabras pues enseguida, tras un prolongado suspiro, cerró los ojos para siempre.

El anillo de los Dioses

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

11

Cuando el Jumbo de Air France se niveló en las alturas, a los pocos minutos de haber despegado del aeropuerto parisino de Orly, rumbo a New York, y se apagaron las luces que ordenaban abrocharse los cinturones de seguridad y abstenerse de fumar, Brenda soltó su cinturón y extrajo de su bolso un paquete de cigarrillos, sacó uno y, antes de encenderlo, tuvo el impulso de ofrecer otro a su compañero circunstancial de vuelo: un hombre de edad avanzada, cabello blanco y ojos azules, que compartía con ella la misma fila de asientos en la sección de fumadores. El caballero aceptó el ofrecimiento con una simpática sonrisa y se apresuró a encender los dos pitillos. En silencio, ambos pasajeros aspiraron con deleite el humo del tabaco. Las primeras palabras de su vecino, sorprendieron a la joven:
— Qué hermoso anillo ― dijo refiriéndose a una fina pieza de orfebrería, que adornaba el dedo anular derecho de Brenda y en cuya sencillez radicaba su elegancia, pues era una perla negra engastada en un anillo de oro de 18 quilates, de contorno liso pero sólido y pesado ―, ¿lo compraste o te lo obsequiaron?

Antes de que la joven respondiera, el anciano le explicó que esa era una pieza clásica, conocida como El Anillo de los Dioses y que lo llevaba en la mano correcta; pues, según la leyenda, cuando un dios o una diosa se prendaba de algún mortal, descendía del Olimpo para cortejarlo y, cuando conquistaba su amor, ofrecerle como prenda un anillo idéntico al que ella lucía, con una perla blanca si su intención era engendrar un semidiós o con una perla negra si lo que anhelaban era engendrar una semidiosa; en el caso de las diosas, lo que ofrendaban era un broche, para sujetar el manto del elegido, en forma de mano femenina que sostenía entre el dedo índice y el pulgar una perla negra o una perla blanca, con el mismo propósito. Ante la expresión de estupor de Brenda, el anciano la acabó de sorprender al preguntarle con un brillo picaresco en la mirada “¿Estás embarazada?”
― Creo que sí pero no estoy segura, este anillo me lo regaló Ziar, un hombre maravilloso que conocí en las Islas Griegas.

El viejo la interrumpió con un gesto de la mano y con misteriosa convicción sentenció:
— No necesitas visitar al médico para comprobarlo. Puedo asegurarte que Ziar es el padre de la criatura que se está formando en tu vientre y que ésta será una niña.

El Sombrero

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

10

Colocado en una pequeña percha de carey, un metro por encima del sillón de su dueño, el sombrero era la pieza más conspicua en la única pared que no estaba cubierta por anaqueles repletos de libros. Se destacaba, a pesar de su mísero aspecto, en medio de cuatro placas de reconocimiento a la labor académica del profesor retirado y dos óleos originales de un famoso pintor colombiano. Quienes no conocían la forma en que el sombrero había llegado a ocupar tan prominente lugar, opinaban que era un fetiche o una excentricidad de su dueño; sin embargo Jimena, única hija del profesor, creía que los Seres de Luz podían ocupar transitoriamente cualquier cuerpo humano para cumplir una misión o transmitir un mensaje, lo había bautizado, cuando su padre le contó la forma en que un misterioso indigente se lo regaló, “El Sombrero del Ángel”. Desde entonces, en su mente se gestó el embrión de una película, inspirada en el indigente, en cuyo guión se puso a trabajar, desde que murió su padre, dos años antes de graduarse como directora de cine y televisión. Basándose en la minuciosa descripción que éste le hiciera, elaboró, a todo color, un retrato idealizado del personaje, en el cual se destacaba la mirada serena, amorosa y profunda de unos ojos azules, en un rostro de facciones varoniles y perfectas.
Cierta mañana, Jimena se había sorprendido al ver a su padre en mangas de camisa escribiendo frenéticamente, en una pequeña máquina portátil, lo que con el tiempo llegaría a ser su primera y única novela; murió una semana después de concluirla. Lo sorprendente era el extraño sombrero que cubría su melena plateada. Con una sonrisa y visiblemente excitado, le contó que el sombrero se lo había regalado la noche anterior un indigente que al abordarle llamándole por su nombre, a la salida de un bar cercano a su casa, le sorprendió con la límpida mirada de sus ojos azules, la perfección de sus facciones y la erudición de la que hizo gala, durante una charla de casi dos horas, que remataron cuando su padre le invitó a comer una hamburguesa en un puesto callejero. Al despedirse, en señal de gratitud, el indigente le regaló su sombrero tras asegurarse de que lo llevaría puesto y lo usaría. Mientras caminaba de regreso a casa, al viejo le llegó la inspiración y en su mente se formó la idea de una novela, en la que pensaba ocupar el tiempo de ocio que el retiro le había regalado. El joven, que dijo llamarse Jorge y parecía conocer muy bien el sector, no pudo ser localizado ni por el profesor, ni por los vendedores callejeros, ni por el mismo portero del bar; ninguno le había visto esa noche, ni le conocía. La novela que tuvo publicación póstuma, fue un éxito editorial que en poco tiempo proporcionó a Jimena el dinero para producir su película.
“El Sombrero del Ángel” se hizo merecedor al premio “Mejor Película” en el prestigioso festival internacional de cine celebrado en una ciudad Mediterránea. La noche de la premiación, la emoción de Jimena al recibir el galardón fue superada por el impacto que le produjo distinguir entre el público la figura de un joven ataviado con un blanquísimo liquilique y cubierto con un sombrero, idéntico al de su padre, que daba sombra al rostro, para ella inconfundible, de mirada azul que había idealizado en su dibujo. Terminado el acto salió a buscarlo, pero se había esfumado tan misteriosamente como había aparecido.

El capote de Vladimir

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

9

Al amanecer del jueves 30 de noviembre de 1939, el Ejército Soviético, que había partido de Leningrado, invadió Finlandia convencido de que en pocos días lograría una victoria tan rápida como la de los alemanes en Polonia, se sorprendió ante la feroz resistencia del ejército finlandés y sus tácticas de hostigamiento con pequeñas unidades de excelentes esquiadores que camuflados con uniformes blancos, atacaban a las tropas invasoras causándoles innumerables bajas y haciendo gala de una puntería fuera de serie, perfeccionada por muchos años de experiencia en la cacería de montaña. Al tercer día de campaña, tras bordear el lago Ladoga, la división de infantería blindada a la cual pertenecía el joven teniente Vladimir Rostov, se detuvo para reabastecer el combustible.

El joven oficial fue enviado hacia el noroeste para efectuar un reconocimiento de ruta en busca de posibles campos minados en las estribaciones de una zona montañosa, para entonces completamente blanca por las primeras nevadas del invierno. La patrulla rusa reconocible a la distancia por el marrón de sus capotes militares, resultó objetivo fácil para los esquiadores enemigos que desde el filo de la montaña abrieron fuego causando la muerte casi inmediata de Vladimir, de siete soldados más y heridas graves a otros nueve hombres.

Durante los seis años que duró la Segunda Guerra Mundial, Olenka, la joven viuda de Vladimir estuvo trabajando en una fábrica de municiones en las afueras de Moscú. Todas las noches regresaba al diminuto apartamento que sólo pudo disfrutar un año en compañía de su amado, cuyo recuerdo llenaba su mente reviviendo los momentos felices que pasaron juntos y soñando con el día en que pudiese viajar a Finlandia para desenterrar los restos de Vladimir y darles cristiana sepultura en su ciudad natal. Un ajado croquis que había elaborado uno de los soldados que enterró el cuerpo “con el capote puesto para que no sienta frío en su viaje al más allá y bajo siete piedras redondas que forman una cruz marcada con su nombre y colocadas sobre la fosa”, eran las únicas pistas del lugar, que según el soldado, quedaba sobre las montañas cercanas al lago 150 kilómetros al noroeste de Viborg.

La última noche de su largo recorrido de casi mil kilómetros desde Moscú hasta un granero semiderruido que aparecía como primer punto de referencia en el croquis, la pasó Olenka en su interior, insomne, aterida y ansiosa por emprender, colina arriba, la marcha a pie hasta el lugar en que se encontraban los restos de Vladimir. Al atardecer y cuando tenía a la vista las rocas que identificaban el sitio, dio un traspié y rodó hasta que un tronco detuvo su caída. Aterrada, intentó levantarse y comprobó que tenía una pierna fracturada. Se arrastró como pudo buscando refugio en una cueva cercana, pero en su esfuerzo el dolor le hizo perder el sentido. Al recuperarlo, comenzó a nevar y Olenka se resignó a morir congelada. De repente, vio con claridad la imagen de Vladimir que se aproximaba sonriente, se despojaba del capote, la envolvía en él y la levantaba en sus fuertes brazos. Aferrada al cuerpo de su amado se quedó dormida mientras éste avanzaba ladera abajo. Tiempo después, al abrir los ojos, se sorprendió acostada en una mullida cama en medio de una cabaña, en cuyo interior crepitaba el fuego de una chimenea y se percibía el aroma de una cafetera hirviendo. Intentó levantarse y con sorpresa se percató de que estaba completamente sola y tenía puesto el capote marrón de Vladimir.

La leyenda de la Walhalla

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

9

Hace más de cuatro mil años, en el territorio europeo de los celtas, habitaba una raza de intrépidos guerreros, altos, atléticos, fornidos, de cabello rubio, nariz recta y límpida mirada azul en ojos penetrantes y hermosos. Cuando iban a la guerra por amor a su tierra, a su cultura y a sus tradiciones, anhelaban morir en combate para obtener el premio prometido por los dioses de encontrar el walhalla, paraíso reservado a los valientes. Allí, hermosas deidades ― las Walquirias ― restañarían sus heridas y atenderían todos sus deseos, manteniendo siempre en sus manos una walhalla primorosamente moldeada en arcilla, llena de hidromiel, de vino o de cerveza.
En ardoroso combate, luchando por sus ideales, pereció Sigar el amante de Nélyda. Al llegar al paraíso, el héroe fue triunfalmente recibido por la Walquirias que curaron sus heridas y tranquilizaron su espíritu, pero no pudieron borrar de su valiente corazón el recuerdo de su amada.
Conmovidas las Walquirias por la pureza del amor del paladín, acordaron pedir a los dioses siete años más de vida para éste valeroso soldado, en el mundo de las formas, los sentimientos y las pasiones. Decidieron entonces los dioses, que Sigar reviviese y retornase a su patria, brindándole la oportunidad de disfrutar del dulce amor que le ofrecería su amada. Por aparte, las Walquirias conspiraron para que el guerrero llevara al mundo un presente del más allá: una hermosa copa de arcilla, una walhalla, e instruyeron al valiente sobre como habría de entregar el presente a la hermosa Nélyda.
El campo de batalla, cubierto de cuerpos inertes, se agitó, se estremeció, cuando Sigar se irguió en sus poderosas piernas, elevó la mirada al cielo empuñando la walhalla, expresó su gratitud a los dioses, montó a caballo y partió al galope al encuentro con la realidad de su amor. Al llegar, se dirigió a los aposentos de su amada que dormía plácidamente; la despertó con cálido y tierno beso y sin dejarla pronunciar palabra, con voz entrecortada por la emoción del encuentro, le dijo:
— He traído para ti desde el más allá una walhalla, recíbela como símbolo de mi amor y como emblema de la felicidad, la paz y la armonía. A partir de hoy ― agregó mientras la depositaba con delicadeza en sus níveas manos y la miraba intensamente a los ojos ― la usarás para recoger todas tus lágrimas, pero sólo aquellas, que como ahora, brotan provocadas por la felicidad. Cuando la copa se encuentre a medio llenar, completarás su contenido con vino blanco, lo beberás y saborearás entonces el elixir de la eterna juventud, que te llevará a comprender el significado del misterio de un lugar, que no es un lugar, de un tiempo que no es un tiempo. Comprenderás también, que las arenas se mueven porque permanecen inmóviles, que las rocas hablan porque guardan silencio y que las aves vuelan porque no oponen resistencia. Por último descubrirás, amada mía, que la vida es eterna, como eterno es el amor que me inspiras.

La princesa Yara y Napoleón el corsario

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

20

La encarnizada batalla naval que tuvo lugar el último día de mayo de 1804, en alta mar frente a las costas de Nueva Guinea, entre un barco norteamericano y un buque corsario con patente otorgada por el Bajá de Trípoli, no dejó vencedores ni vencidos; únicamente supervivientes. Transcurridos veinte días, en una chalupa y en mitad del Mar de Salomón, el veterano capitán francés Jacques Troudou, más conocido como “Napoleón el corsario”, y un joven grumete, después de haber entregado a las profundidades del mar los cuerpos de tres marineros que les habían acompañado siete, doce y catorce días respectivamente hasta que la muerte los sorprendió exhaustos y se los llevó, veían cada vez más lejana la posibilidad de encontrar tierra firme, y más cercana la de perecer como sus camaradas.
La misma noche en que se hundieron los dos barcos, en una pequeña isla a 3.500 kilómetros de distancia se celebraba un exótico ritual: en torno a una fogata, el gran cacique y los ancianos de la tribu observaban las danzas que siete jóvenes guerreros, pretendientes de la princesa Yara, efectuaban al ritmo de los tambores para demostrar su fortaleza y ganarse la admiración de la princesa. La joven, cuya hermosura no tenía parangón, disimulaba su ansiedad adoptando una expresión de dignidad acorde con su noble estirpe. A medianoche, cuando la luna llena se encontraba en la mitad del cielo, siete toques de caracol anunciaron la llegada del chaman, que cubierto con una lustrosa piel de tigre de bengala y con un collar de colmillos de tiburón, descendió, altivo y majestuoso, de la montaña donde tenía su cabaña. Apoyado en su bastón ceremonial, el anciano profirió una orden y una doncella se aproximó para ofrecerle un amargo brebaje en el caparazón de una tortuga, cuyo contenido apuró con breves y espaciados tragos, mientras los presentes observaban expectantes y en respetuoso silencio. Minutos después, en pleno trance, la voz del chaman se elevó potente y clara para anunciar: “Ninguno de los guerreros de la tribu desposará a la princesa Yara. El gran espíritu ha dispuesto que su esposo sea un guerrero blanco del mar, que viene de las tierras del sol poniente y llegará a las costas al atardecer del día más largo del año. La princesa Yara deberá esperarlo en un bohío en la playa, dietando y en comunicación con el espíritu de las aguas, durante veinte puestas de sol, acompañada solamente por Duna, la doncella blanca que nos trajo el mar”
Al atardecer del 21 de junio, solsticio de verano, el joven grumete despertó a su capitán con emocionados gritos: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Con renovada fuerza, los dos náufragos remaron hacia la orilla… Lejos estaba “Napoleón el corsario” de imaginar que el destino le deparaba no sólo una bella esposa, sino el reencuentro con su hija a quien daba por muerta, junto con su madre, en un naufragio, acaecido cuatro años antes en los arrecifes del Mar del Coral.

Gathacol.net