Despedida de un soldado

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos Breves

16

El joven oficial se deslizó del tibio lecho, procurando no despertar a Maritza que yacía de costado, al parecer, profundamente dormida, después de la intensa noche de amor, de pasión desbordada, de llanto y de ternura, que habían vivido, como una despedida de dos amantes que se enfrentan a su primera separación impuesta por la vida.

Julián, teniente especializado en operaciones de contraguerrilla, había concluido recientemente su entrenamiento como combatiente de las tropas de élite del Ejército; y su unidad, había sido incorporada a una brigada móvil que saldría ese frío y lluvioso lunes de abril, rumbo al sur del país para adelantar operaciones contrainsurgentes, por tiempo indefinido.

Sin bañarse, para conservar su piel impregnada con el embriagador aroma del cuerpo de su amada, vistió su uniforme camuflado, calzó sus botas de combate, ajustó el cinturón de reata con su arma de dotación, se caló la boina negra y sacó del bolsillo superior de la camisa, la carta que había escrito desde el  día que le notificaron su nuevo destino; la depositó en la mesita de noche al lado de ella, se inclinó para besarla levemente en la frente , en forma silenciosa, salió a la oscuridad que precede al amanecer y en medio de la llovizna, emprendió un trote acompasado para recorrer los tres kilómetros que separaban el apartamento que compartían, de las fortificadas instalaciones del cuartel militar. Con el rítmico movimiento, su mente evocó los mejores momentos compartidos con su amante; y, a sus labios afloró una sonrisa al recordar su primer encuentro cuatro años antes:

Era un domingo, día de visitas para la tropa. El soldado Gutiérrez, un joven de 18 años, avispado y simpático, que cumplía las funciones de radio operador en el pelotón que Julián comandaba, se le aproximó y le dijo:

— Mi teniente, allí viene mi vieja, ella lo quiere conocer, vamos y se la presento.

La vieja resultó ser una viuda, morena, de pelo negro, corto y lacio; ojos grises, serenos, sensuales y profundos; agradable sonrisa, y cuerpo esbelto muy bien formado. La dama, que le doblaba la edad, despertó desde el comienzo, la curiosidad, la admiración, y esa misma noche, la pasión del recién graduado oficial que aún no cumplía los veinte años.

* * *

Maritza, que fingía dormir para soportar, según creía, el dolor de verlo partir, rompió en llanto silencioso aferrada al calor de la almohada vacía. Ya era de día, cuando se atrevió a incorporarse sobre los codos, tomó la carta con manos temblorosas, la leyó con la vista nublada por el llanto y la apretó contra el corazón. Repentinamente, sintió que le faltaba el aire, un dolor intenso le taladró el pecho, intentó gritar para pedir ayuda pero las palabras se negaron a salir de su boca. Con gran esfuerzo se puso de pié y avanzó, tambaleante, tres pasos para caer fulminada, sin aliento, sin vida.

Cuatro días después, cuando la policía alertada por los vecinos forzó la puerta, encontró al pié de su cuerpo inerte una carta arrugada en la cual se podía leer en letra firme y clara:

Mi amor:

Hoy parto hacía la guerra. Voy al encuentro con lo desconocido. Tengo miedo, no lo puedo mostrar pero lo siento. Espero regresar vivo, sano y completo.

¿Pero, si regreso vivo y sano aunque incompleto?

No te preocupes, que la fuente inagotable de mi amor, mi corazón, continuará latiendo, mientras Dios, mi Señor, otra cosa no disponga.

¿Entonces que me preocupa? En realidad nada serio. Puedo perder un ojo ¿y qué? Taparé la cuenca vacía con elegante badana y me queda el otro… También lo pierdo ¿y qué?, taparé los dos con regias y oscuras monturas. La ruta tú la marcarás y yo te seguiré, ya ciego en permanente caricia con las yemas de mis dedos. ¿y si pierdo los dedos?, tampoco importa, pues dos muñones se deslizarán lenta, suave, tierna, delicadamente por tu cuerpo como queriendo recordar el tiempo en que nos amábamos completos. Sigue así, amándome con lo que quede de mi  muy dulcemente.

Tuyo,

Julián

Kyrón

Por : kapizan
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14

Repentinamente, sin previo aviso, tal como había comenzado, cesó la tormenta. Las olas se aquietaron y los vientos del Este soplaron empujando las últimas nubes que cubrían el firmamento. El joven grumete se acercó preocupado, para indicarle al capitán que la brújula se había averiado. Con una sonrisa de veterano curtido en los siete mares, el viejo capitán le dijo con voz tranquilizadora: “No te preocupes, aprovecharemos este hecho para enseñarte la utilidad práctica de las estrellas”.

Provisto de un planisferio celeste y un mapamundi, ayudándose con un compás y una escuadra, tomó una serie de medidas y en un ábaco, que había comprado en la china, efectuó algunos cálculos, al final de los cuales anunció que en cuatro días su velero arribaría a las costas de una isla. La tierra más cercana en dirección al sur.

La precisión en el cálculo del experimentado marinero se fundamentaba en la posición de Kyrón, una estrella que sólo era visible una semana antes de los solsticios de invierno y de verano y permanecía en el firmamento, a la vista de cualquier observador, siete días después del correspondiente solsticio. Con claridad sobre   su próximo destino, el capitán explicó al grumete que esta estrella marcaba el comienzo del verano, lo cual implicaba vientos que soplarían a estribor de la nave, y esto lo demostraba la posición de Kyrón respecto a la constelación del Tauro. Por tanto, deberían corregir el rumbo 12 grados a babor del velero y racionar el agua dulce, pues debido al clima seco no podrían recoger las aguas lluvias, hasta que llegara el otoño o hasta que encontrasen agua en la isla. Asimismo, los vientos favorables le habían permitido fijar en cuatro días el tiempo límite para llegar a tierra firme, navegando hacia el sur, única dirección en que aparecía la estrella que les serviría como guía.

***

En torno a la fogata, que daba fantasmales formas a las máscaras rituales, que lucían los ancianos y los guerreros de la tribu, las mujeres y los niños danzaban en círculo entonando exóticos cánticos, mientras esperaban la llegada del chamán encargado de iniciar  el rito anual que señalaba la llegada del verano y la época del periodo seco. Lapso en que serían instruidos los jóvenes varones en el arte de la guerra y las jovencitas en el manejo de las labores domésticas.

En punto de media noche, tres toques prolongados de caracol anunciaron la llegada del chamán, que cubierto con una lustrosa piel de leopardo descendió, imponente y majestuoso, de la colina donde tenía su bohío, para anunciar que el Dios de las lluvias se había despedido y dejado en su reemplazo a Gualí. Ésta era la única hija del Dios del verano, que se mostraba como la estrella que les acompañaría durante las catorce noches, destinadas para festejar el comienzo de la nueva temporada. Concluido el primer anuncio, una doncella se acercó al chamán y en un cuenco de madera le dio a beber un brebaje agridulce con el cual el anciano entró en trance; de su boca salieron, en forma coherente, las instrucciones que por su conducto impartía Gualí, respecto a las tareas de recolección de las cosechas, almacenamiento de alimentos y preparación de la tierra para la siembra, que se haría tres meses después cuando cayesen las hojas de los árboles. En el clímax de su trance, la voz del anciano se magnificó para anunciar que Gualí se manifestaría al cuarto día de iniciado el ritual, con un hecho inusitado…

Al amanecer del cuarto día, impulsado por los vientos del Este y con un mar en calma, el velero guiado por el viejo capitán ancló a media legua de la isla.

Por una cabeza

Por : kapizan
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16

Agazapado en el cafetal en medio de la noche oscura Roberto, hijo único del fallecido Saúl Pérez, esperaba el regreso de Elpidio, su odiado padrastro, a quien había jurado matar desde el primer día que, embrutecido por el alcohol, golpeó a su madre… Sabía que nadie sospecharía de él pues un año antes había ingresado al cuartel a prestar su servicio militar obligatorio y esa noche, aprovechando que su unidad estaba en un poblado cercano, se había escapado para cumplir su fatídico propósito. Minutos más tarde Elpidio, tambaleante por la borrachera, fue presa fácil del joven vengador que con dos certeros golpes de machete lo decapitó. Presuroso, arrastró los despojos hacia el cercano río, los arrojó y observó, como hipnotizado, hasta que la corriente los alejó de su vista. La fecha quedó grabada en la mente del joven: viernes 12 de marzo de 1993.

El cadáver de Elpidio nunca apareció y su nombre entró a formar parte de las abultadas listas de desaparecidos en Colombia. Seis años después, Roberto se había convertido en soldado profesional y estaba asignado a una unidad móvil de élite que realizaba operaciones contrainsurgentes. Una noche la compañía a la cual pertenecía Roberto, se encontraba en un escarpado sitio de las montañas de Santander conocido como “La Mugrosa”; la misión consistía en montar una emboscada en una posible ruta de escape de la guerrilla, que estaba siendo acosada por otras tropas, para presionarla a salir de lo que hasta entonces había sido su santuario.

La oscuridad, la proximidad de un cafetal y la inmovilidad forzada por las circunstancias trajeron, como muchas veces en los años anteriores, a la mente del joven soldado los macabros recuerdos de la noche en que a sangre fría, con premeditación y alevosía, como diría cualquier fiscal, decapitó a su padrastro. Al séptimo día, una extraña desazón interior en la que se mezclaban vívidos recuerdos del momento del crimen, punzantes sentimientos de culpa y rescoldos de remordimiento que el joven intentaba aplacar, sin lograrlo del todo, con pensamientos de satisfacción por haber hecho justicia, cedieron un poco cuando el comandante ordenó desplazarse cien metros a la izquierda del lugar que habían ocupado, con el ánimo de introducir alguna variedad que rompiese el tenso tedio en que sus hombres habían permanecido durante toda la semana.

Al contrario de sus compañeros que se alegraron por el cambio, Roberto sintió que su corazón se aceleraba, su nerviosismo aumentaba y un miedo inexplicable se apoderaba de su corazón. Recordó que esa noche del viernes 12 de marzo se cumplían seis años de la ejecución de su venganza y atribuyó su nerviosismo a ese hecho; tratando de calmarse mordió un trozo de panela, apuró dos tragos de su cantimplora, se cubrió con el poncho plástico e intentó acomodarse para dormir. Fue entonces cuando su mano derecha se enredó con algo extraño, y tanteando pensó que se trataba de un animal muerto, lo agarró firmemente para alejarlo de su lado y quiso mirar de qué se trataba; cuando lo tuvo frente a sí, un rayo de luna iluminó con claridad su presa: la cabeza de Elpidio, en perfecto estado de conservación y con los ojos abiertos. Su alarido infrahumano sorprendió a sus compañeros que esa noche conocieron los efectos del pánico: el aterrorizado soldado se aferraba irracionalmente a su macabro hallazgo hasta el punto de que el sargento tuvo que cortar con una navaja el mechón de cabellos enredados en la engarrotada mano del pobre Roberto. Fue tal el alboroto, entre los hombres emboscados que arruinó el secreto de la operación.

Dos meses más tarde, en el pabellón de psiquiatría del Hospital Militar, la madre del soldado acompañada por un oficial, visitó al muchacho que había enloquecido.

La carrera

Por : kapizan
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19

Los colores distintivos de los competidores brillaban con la intensa luz. Era un vistoso espectáculo multicolor en el cual se mezclaban diferentes tonalidades de rojo, verde, azul, blanco y amarillo, pintados en un solo fondo o con rayas combinadas. Sobre la línea de partida, nerviosos y listos para iniciar la competencia, se alineaban en posición de apresto los corredores. A través del cristal, en la sala de apuestas, a grandes gritos, los apostadores hacían rodar el dinero de mano en mano, anunciando el corredor por el cual estaban dispuestos a jugarse sumas considerables. El ambiente era tenso, el humo de los cigarrillos lo hacía denso y el ruido de la música de fondo le daba el aspecto de feria, de celebración y de jolgorio, pues los hombres acompañaban sus apuestas y sus comentarios con frecuentes libaciones de bebidas embriagantes.

Ese domingo se corría la penúltima competencia de la temporada y sus resultados marcarían la posición definitiva, con la cual se consolidarían las posiciones en la clasificación general para definir los tres primeros puestos, en la última carrera programada que se correría el domingo siguiente, para los cuales existía un jugoso premio en efectivo que se repartiría entre los propietarios de las diferentes divisas. El primer puesto lo ocupaba desde las dos carreras anteriores el corredor con la divisa roja y blanca, seguido por el corredor que hacía honor al verde esmeralda y disputaba su posición con el llamativo corredor que lucía el amarillo ocre con rayas negras.

Cuando se dio la señal de partida, Tritón, el corredor amarillo ocre, se lanzó con ímpetu por su carril, el último de la derecha, para aventajar a Proteo, identificado por la divisa verde esmeralda; en tanto que Mercurio, el corredor rojo con rayas blancas, quedaba un tanto rezagado y era sobrepasado, desde el carril del extremo izquierdo de la pista, por el hasta entonces poco destacado Orfeo, corredor que lucía la pinta azul celeste. A mitad de la carrera y en forma inesperada, que ocasionó una gritería entre los apostadores, Mercurio sufrió un aparatoso accidente que lo dejó fuera de la competencia, con lo cual perdía puntos valiosos y le daba la oportunidad a Orfeo de disputar uno cualquiera de los tres primeros lugares. Cuando llegaban a la meta, para sorpresa de todos, Tritón se detuvo. El corredor azul celeste cruzó la meta en primer lugar ganando, en esta forma y por amplio margen, la primera posición para la última carrera y aumentando significativamente sus posibilidades de convertirse en campeón.

El propietario de la divisa azul celeste no cabía en sí del gozo y la emoción que le había proporcionado su corredor; sin embargo, cuando los competidores eran subidos al podio, para asombro de todos los espectadores, el pobre Orfeo tropezó, cayó de la mesa y Pandora, la perra pastor alemán del Coronel, se lo tragó de un solo bocado.

Una luz al final del túnel

Por : kapizan
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19

Para quienes dedicamos gran parte de la vida a volar, la visibilidad, la lluvia o la falta de ella, las tormentas o la calma, la velocidad del viento, la niebla, las turbulencias y en general las condiciones atmosféricas, son definitivas en todo vuelo y nos enfrentan al riesgo, siempre latente, de caer precipitados a tierra. Lo que pase después de una caída es incierto; todo depende de la consistencia de la superficie en que caigamos, que puede ser lodo, grama, arena, concreto o agua; depende también de la velocidad de la caída y de la posición en que uno caiga; sin embargo, esa incertidumbre, en cierta forma, le da un toque de aventura a cada uno de nuestros vuelos…

Esa noche invernal, gélida y oscura, volaba con precaución en medio de un fuerte aguacero que golpeaba con inclemencia las alas y hacía que destilaran. La visibilidad era nula y el rumbo incierto; repentinamente salí de la zona lluviosa, para entrar en un área seca pero azotada por corrientes de vientos encontrados. La visibilidad mejoró un poco pero en forma inesperada una turbulencia me avasalló, perdí el control y me precipité a tierra.

Aturdido por el golpe, de improviso, tuve la sensación de que una fuerza desconocida me elevaba del suelo y me trasportaba al interior de un túnel largo, muy largo, frío y estrecho, al final del cual resplandecía una luz brillante. Sentí la imperiosa necesidad de avanzar hacia la luz; mi avance era liviano pero rápido; cada paso que daba, era como si diera seis pasos. Escuchaba voces y ruidos desconocidos para mí, era como una extraña algarabía que se filtraba a través de las paredes. Se escuchaba una música como fondo de las voces. Mi avance hacia la luz se hacía cada vez más lento y pesado. Todo mi ser anhelaba salir de allí y fundirse con la luz. En un momento tuve la impresión de no ser el único y de que en paralelo, al mismo tiempo y en el mismo lugar, otros congéneres caídos avanzaban por sus respectivos túneles. Todo era extraño para mí, las voces se escuchaban cada vez con mayor nitidez, pero seguía sin comprender lo que decían y la música se percibía cada vez más fuerte. A mitad de camino, el ambiente se fue haciendo menos frío y un delicioso calor envolvente se hacía más agradable y más intenso, hasta que a pocos pasos de la luz el calor se volvió insoportable. Intenté retroceder a una zona menos cálida pero la estrechez me lo impedía. Sólo tenía una opción: seguir avanzando hasta el final, hacia la luz, hacia el calor insoportable…

Al fin logré salir, intenté volar para eludir la zona ardiente… Un buen rato después, agobiado por el calor, casi a ciegas y con trabajo, pude emprender vuelo pero me estrellé contra un obstáculo que me arrojó nuevamente a tierra. Desde allí, alcancé a ver un letrero, en gruesas letras rojas, encima de una tabla azul repleta de bombillos encendidos, que decía: cucarronódromo.

Matilde

Por : kapizan
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40

Ese día, Matilde amaneció malhumorada y tensa. Le molestaba sobremanera, el ritual diario en que se había convertido su presentación en el exótico escenario y le fastidiaba la mirada de cuarenta pares de ojos masculinos, que no apartaban la vista ni un instante de su cuerpo sinuoso y ondulante, mientras la voz cansona y atiplada del instructor, repetía siempre la misma cantinela: “Ésta es una serpiente de cascabel diamantada del oeste de los Estados Unidos y tiene diez cascabeles, lo que significa que es una hembra adulta que ha tenido diez mudas de piel… bla, bla, bla. Hoy veremos dos técnicas para atrapar una serpiente: la primera con ayuda de una horqueta y la segunda con la mano limpia…”

El “escenario”, era un rectángulo de tres metros de lado, construido en ladrillo, con sus paredes de metro y medio de altura inclinadas hacía el centro, para impedir que los ofidios se saliesen del serpentario, en cuyo centro se erguía un pequeño árbol, único elemento de la naturaleza en medio del piso arenoso en el cual, cada vez más incómoda, comenzó a enroscarse sobre su cuerpo la malhumorada Matilde. Los cuarenta oficiales que hacían un curso especializado de combate en la selva y en el desierto, se recostaban sobre las paredes del serpentario, mientras escuchaban la adormecedora voz del instructor, bajo un sol canicular que reverberaba en la arena, mantenía sus rostros sudorosos y reafirmaba el cansancio de sus cuerpos, más necesitados de una siesta que de la tediosa pero útil instrucción.

Leonardo, quien además de las catorce horas de instrucción del día anterior había tenido que hacer tres horas extra de gimnasia, como castigo por haber dejado su cama mal tendida, no soportó la intensidad del momento y se quedó dormido recostado como sus compañeros a una de las paredes del cuadrilátero. Por desgracia, sólo alcanzó a escuchar la explicación sobre la forma de capturar la serpiente con una horqueta y sus párpados se cerraron en el preciso instante en que el instructor, con su adormecedora voz, explicaba la técnica para capturar la serpiente con la mano limpia: “Como la serpiente tiene los ojos a los lados, no ataca una mano que se mueve rápido frente a ella. Entonces, el combatiente debe mover su mano frente a la cabeza de la culebra que permanecerá inmóvil y en rápido movimiento debe tomarla del cuello colocando su dedo pulgar debajo de la mandíbula para inmovilizarla… bla, bla, bla”

La voz de mando del instructor, estentórea y potente, en un tono muy diferente al dulce y tierno que empleaba para hablar de sus amadas serpientes, arrancó a Leonardo de su extemporáneo sueño cuando dirigiéndose a él le ordenó: “Salte al centro del serpentario y según lo explicado atrape esa cascabel que está enroscada frente al árbol. Se llama Matilde. Trátela con amor”. Leonardo dominando el miedo natural que lo embargaba, saltó al serpentario y tomó la horqueta con el ánimo de aplicar el único método que había escuchado antes de dormirse. Entonces, el instructor le gritó desde afuera: “Suelte la horqueta y utilice el método de la mano limpia ¡a Matilde no le gusta el palo!”. Leonardo que se había quedado dormido cuando el instructor movía la mano en forma rápida, ensayó temeroso y le funcionó. Su intención era mover la mano izquierda para inmovilizarla y atraparla con la mano derecha; pero cuando la acercó lentamente, Matilde reaccionó y en forma rápida hincó sus colmillos en el dedo índice del joven.

Mientras era conducido a la enfermería, alcanzó a escuchar la voz del instructor, bastante sarcástica, que le decía: “Recuerde dos cosas combatiente: primera, la mano que se mueve es la misma que atrapa; y segunda, el que parpadea pierde”

Una vez a solas, el instructor saltó al centro del serpentario, lanzó un silbido y Matilde en respuesta avanzó sinuosa, comenzó a trepar por su pierna, se enredó acariciadora en el brazo derecho del uniformado y siguió subiendo hasta enroscarse en su cuello, irguió la cabeza y con una vocecita más atiplada que la del hombre y con un dejo de reproche le dijo al oído:

— ¡Te lo advertí! Tu voz a mí me excita pero a ellos los duerme.

El fabricante de aviones

Por : kapizan
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15

El calor sofocante y espeso, casi sólido, que hacía opresivo el interior del vagón de tercera clase, el bullicio de los vendedores ambulantes, el apresuramiento alborotado de los viajeros, y el ruido que con forma de ranchera salía de una rockola desde el bar de la estación de Girardot sacaron a Venancio, el enfermero, del profundo sueño en que se había sumido pocas horas antes cuando el tren salió de Honda. Verificar que la silla de al lado estaba desocupada produjo un terrorífico vacío en el estómago del enfermero, que comenzó a sudar profusamente con las glándulas activadas por el calor y el miedo. Una vieja que arrastraba una maleta por el pasillo del vagón le confirmó la cruda realidad: “Su amigo se bajó en la estación anterior y me dijo que lo dejara dormir tranquilo porque estaba muy cansado”.

Tenía que encontrar una solución y pronto, pues del éxito de su misión dependía su trabajo en el Hospital de Barranquilla de donde había salido con miles de recomendaciones de su jefe para entregar sano y salvo al bendito loco, cuya huída estaba a punto de enloquecerlo a él. Convencido de que debía calmarse para pensar serenamente, enjugó el sudor con una bayetilla, se aproximó al bar para calmar la sed con una cerveza y comenzó a barajar en su mente posibles soluciones a su problema. En esas se encontraba, cuando atinó a pasar por su lado un hombre que ofrecía avioncitos hechos artesanalmente en balso… la vista de los aviones echó a volar la imaginación de Venancio; entonces, con voz meliflua se acercó y le dijo:
— ¿A cómo vendes los aviones?
— Los pequeños a dos pesos y los grandes a cinco; yo mismo los hago en mi fábrica de aviones ¿Cuántos quiere patrón?
— En realidad sólo quiero uno pero te lo compro mañana ― dijo Venancio con una sonrisa ―; por ahora lo que quiero es proponerte un negocio. Verás ― agregó, colocándole una mano sobre el hombro ―, te propongo que me acompañes hasta Sibaté para que me ayudes a traer un loco que tengo que recoger para llevarlo en tren hasta Barranquilla. Creo que entre los dos lo podremos controlar hasta meterlo en el vagón. Una vez embarcado, yo me las puedo arreglar solo. Si salimos hoy mismo, estaremos de regreso mañana y tú te habrás ganado por el mandado 50 pesos. Lo que valen diez de tus aviones grandes. ¿Cómo te parece, aceptas?

El muchacho se dijo para sus adentros que nada perdía y más bien se ganaba la plata que necesitaba para comprar un radio de tubos. Sin mucho dudarlo aceptó la propuesta.
Al día siguiente Venancio tomaba el tren hacia Barranquilla plenamente satisfecho, mientras en el manicomio de Sibaté el pobre fabricante de aviones intentaba, infructuosamente, convencer a los siquiatras de que no estaba loco y de que tenía una fábrica de aviones en Girardot

La Prisión

Por : kapizan
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5

En mitad del fértil y apacible valle, a dos kilómetros del pueblo y a uno de la línea férrea se erguía, como un monstruo de hormigón colocado en el lugar equivocado, la Prisión Estatal. Era un adefesio arquitectónico de gruesos y opacos muros, que contrastaba en el paisaje con el colorido y el pintoresco diseño de las casitas pueblerinas. Su interior era lúgubre como el alma de sus pobladores: 1353 condenados por delitos graves que purgaban penas que iban desde los quince años, hasta la cadena perpetua. En su interior, al prisionero 1347 condenado a pasar en la cárcel el resto de su vida, los barrotes se le hacían cada vez más gruesos, el tiempo cada vez más lento, el ambiente cada vez más opresivo, el mundo exterior cada vez más lejano y la hora de sol que disfrutaba una vez al día en el patio interior, cada vez más corta.

Apenas llevaba 9 meses y 12 días; es decir 6768 horas y algo más de 400.000 minutos y ya le parecía conocer la eternidad del infierno. Su mente, desde el momento en que cruzó la formidable puerta de acero, estuvo dominada por un pensamiento obsesivo: escapar.

La brevísima hora de sol era aprovechada con avidez por el condenado, quien con los ojos entrecerrados escrutaba hasta el último rincón de la fortaleza inexpugnable buscando un punto débil, observando los movimientos de los guardias, la posición de las garitas y la ubicación de los reflectores; de regreso a su celda procesaba la información, escuchaba queriendo conocer en detalle el lugar, el momento y la hora de cada movimiento de la mecánica organización que regía, con milimétrica exactitud, su atormentada existencia y la de sus compañeros de cautiverio. Su cerebro no paraba de formular hipotéticos planes y de barajar posibilidades. Algo en su interior le decía que algún día tendría el plan perfecto… En el día 936 de su cuenta progresiva hacia la muerte, un destello de esperanza, una oportunidad tangible de aprovechar la única posibilidad de escape que había descubierto, se convirtió en un plan concreto, que sin vacilación puso en práctica a la media noche del día 941…

A las 12:49, el pito estridente de la locomotora que se aproximaba a la estación, señaló el momento decisivo para el fugitivo que, agazapado en unos matorrales, observó en posición de apresto el paso de los vagones hasta que el tren se detuvo. La oportunidad era providencial: el penúltimo vagón tenía la compuerta abierta. Sin dudarlo un instante, de un ágil salto se introdujo en la caja cuadrangular de madera y se ocultó tras un bulto de sacos vacíos… El tren reinició la marcha pero, segundos antes, el jefe de estación cerró la compuerta y la trancó por fuera. A medida que la locomotora avanzaba, a la mente del prisionero regresó la conocida sensación opresiva y el tiempo volvió nuevamente a ser lento, muy pero muy lento. Al cambiar de posición, vio un letrero que le hizo entrar en pánico: “Vagón Refrigerador”. Desde entonces, el frío se hizo cada vez más intenso, cada vez más penetrante, cada vez más paralizante… 36 horas después, al medio día, cuando el tren llegó a su destino y abrieron la compuerta, encontraron el cadáver congelado del prisionero 1347. Dos cosas sorprendieron al inspector de aduanas: se encontraban en mitad del verano más caluroso de los últimos años; y el Vagón Refrigerador estaba y estuvo todo el tiempo apagado.

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