La vírgen de arcilla

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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La luz de la luna parpadeaba, de tanto en tanto, por entre las nubes que plácidamente se movían al soplo del vientecillo veranero, y se filtraba por el ventanal iluminando el viejo rostro sereno de hermosos rasgos, que las arrugas y la nívea cabellera destacaban, dándole un aire majestuoso e imponente, pero dulce y tierno, a Mamá María, que se balanceaba apaciblemente en su antigua mecedora de mimbre.

A sus pies, se agrupaban doce de sus nietos y María Valentina, su bisnieta, hija menor de la hija menor de la menor de sus nietas. Los chiquillos esperaban ansiosos e inquietos que la abuela bebiera su tazón de chocolate e iniciara otra de sus fascinantes historias…

—Hace más de trescientos años –comenzó diciendo la Mamá María, con un tono de voz evocador que transportaba las mentes de los niños al lugar siempre maravilloso de sus relatos – por allá en el año de mil seiscientos y pico, vivía una hermosa princesa quimbaya en tierras de lo que hoy es el departamento del Quindío, que para esa época se había convertido en encomienda del nuevo reino de Granada. Las encomiendas –explicó la abuela, anticipando la pregunta de los niños – eran unos territorios que el Rey de España entregaba a los conquistadores como premio por sus hazañas, con la misión de convertir al cristianismo a los indígenas que desde siempre habían vivido en esos hermosos parajes.

La anciana tomó un respiro, sonrió complacida por el brillo de emoción e interés que veía en los ojos infantiles y prosiguió:

—Nuestra princesita, que fue bautizada María de los Ángeles a la edad de diez y siete años, era tan bella, tan vivaz, tan dulce, tan inteligente y se volvió tan piadosa que todos en la encomienda, indígenas y españoles, la querían y la respetaban. El mismo día en que la conoció don Pedro José Arias y Fernández, el encomendero, quedó prendado de su hermosura y la amó intensamente. María de los Ángeles no fue esquiva a los requiebros de su hidalgo pretendiente y al poco tiempo se casaron por el rito de la iglesia, tuvieron muchos hijos y una sola hija, María de Lourdes, que les dio una nieta que fue la abuela de la tatarabuela de la tatarabuela de mi bisnieta.

La Mamá María hizo una pausa, se volvió hacía la primorosa mesita, en cuyo centro como en un altar, sobre una base de madera y alumbrada por una vela de color rosa, había una efigie con el rostro de la Virgen María enmarcado por un manto. La tomó con devoción en sus manos y continuó el relato:

—Esta Virgen la moldeó en arcilla con sus hábiles manos María de los Ángeles y un domingo de mayo la hizo bendecir por Fray Benito, que en nombre de Dios la llamó protectora de todas las madres. La muerte de don Pedro José y de cuatro de sus hijos, como consecuencia de una peste que casi acaba con todos los habitantes de la encomienda, sumió en un profundo dolor a María de los Ángeles, quien después de enterrar al último de sus hijos, se encerró en su habitación a pedirle a la Virgen que le aliviara su terrible pena.

La Mamá María se detuvo en la narración y mirando a María Valentina con infinita ternura le dijo:

—Esta Virgen te pertenece, pues la heredarás de tu madre y algún día deberás heredarla a la menor de tus hijas. Por eso quiero que pongas mucha atención a esta parte de la historia para que puedas seguir la tradición familiar… Cuentan los abuelos que durante su encierro, la Virgen se apareció en sueños a María de los Ángeles y le transmitió un mensaje muy hermoso. Al día siguiente, al despertar, la viuda se sintió reconfortada y la alegría volvió a su vida. Cuentan también que escribió en un pergamino el mensaje de la Virgen, lo enrolló y lo guardó en una urna de arcilla convertida, desde ese entonces, en base de la imagen. La reliquia se traspasó de madres a hijas y permaneció intacta hasta principios del siglo pasado, cuando un terremoto destruyó la casa en que vivía mi bisabuela, quien perdió en el desastre todos sus bienes; al remover los escombros encontraron la Virgen de arcilla en perfecto estado, la base rota y el rollo en el cual se podía leer con claridad:

“¡ESTO TAMBIÉN PASARÁ! NO TEMÁIS, LA MADRE DE DIOS VELARÁ SIEMPRE POR VOS QUE TAMBIÉN SOIS MADRE… TENED FE, VENCED EL DOLOR, ANIMAOS, LLENAOS DE AMOR Y SIMPLEMENTE… ¡VOLVED A EMPEZAR!”

Expedición Boreal

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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En tiempos muy lejanos, tan lejanos que su recuerdo se perdió en la memoria de los pueblos, había un reino casi blanco con sus montañas cubiertas de nieve y sus praderas tapizadas de hielo. Sus habitantes eran animales blancos, de todas las especies, que vivían en completa armonía al servicio de su soberana, la reina Yulda, elegante mamut de piel afelpada, finísimos colmillos de marfil, serenos ojos azules, noble corazón y gran sabiduría.

Desde que el esposo de la reina, Lugo el explorador, había partido a otras tierras en busca de aventuras, la reina Yulda vivía en el iglú real con sus dos hijos: Nivor, el mayor, inteligente, aventurero como su padre, juguetón, bromista y muy travieso; y Albor, el pequeño, que secundaba con entusiasmo cuanta pilatuna o travesura su hermano emprendía.

Las picardías de los principitos eran un verdadero dolor de cabeza para la marquesa Yaya, tierna y complaciente osa polar, encargada de educar a los dos pilluelos, cuyas trastadas procuraba ocultar a los ojos de la reina para no distraerla de sus importantes funciones de gobierno. Los hijos de Yayita, como todos llamaban cariñosamente a la marquesa, eran los mejores amiguitos de los reales pilluelos, y la pobre osa sufría cuando sus pequeños, Otiz y Gotiz, se involucraban en las travesuras promovidas por los inquietos trompuditos.

Las principales funciones de la corte estaban asignadas a los miembros más distinguidos de la nobleza y los cargos se heredaban de padres a hijos. Así, por ejemplo, la canciller y consejera real era la duquesa Yira, pecosa y esbelta jirafa, de gran habilidad diplomática, y notable sensatez. Yira, en virtud de su elevado rango y su amistad con la reina, había sido escogida, seis años antes, como madrina del príncipe Nivor; a su vez, la reina Yulda acababa de aceptar la petición de ser la madrina del primogénito de Yira, de manera que éste ocuparía el cargo de la duquesa cuando Nivor fuese coronado como rey.

En este apacible y níveo país era tradición bautizar a todos los bebés del reino nacidos durante el año, en una solemne ceremonia seguida por una semana completa de alegres y variados festejos. El comienzo se hacía coincidir con la última aurora boreal del invierno que con su policromía de efectos luminosos realzaba la celebración con un toque de mágica hermosura.

La fecha y la hora exacta eran determinadas con base en complicados cálculos que efectuaba, en un ábaco de cristal, Mara la lechuza, astróloga real y mensajera de la corte. Para ella, esta ocasión era muy especial: bautizaba a sus mellizos y no cabía en sí de orgullo, pues Gardiel, el maestro de los magos blancos, se haría presente para apadrinar a sus criaturas. Como es bien sabido, los mejores aliados de los magos blancos son los animales blancos; y entre ellos, las lechuzas son sus discípulas predilectas en cuestiones de astrología y numerología.

Todos en la corte trabajaron febrilmente en los preparativos del esperado evento: Mara voló de un extremo a otro del reino repartiendo invitaciones, con muy breves visitas al nido para atender a sus pequeños; Lera, la leona, sus seis cachorros y todos los felinos de la Guardia de Honor, se encargaron de armar las tribunas, tallar las graderías en bloques de hielo, organizar las mesas y acomodar las sillas para el banquete; y Dago, el perro lobo jefe de cocheros, tuvo a su cargo el alistamiento de los trineos para transportar, hasta el lugar de la ceremonia, a los bebés que aún no caminaban.

La víspera del día señalado, la reina Yulda y el conde Rigo, parsimonioso pingüino de edad madura que ocupaba los cargos de chambelán y jefe de protocolo, se encaminaron a la Plaza de los Ritos, con el propósito de inspeccionar el área de festejos y ultimar detalles. El lugar era un pequeño valle rectangular, enmarcado por tres colinas acolchadas en nieve y una enorme pirámide de mármol esculpida sobre una meseta de hielo, a los pies de la cual, a ras del suelo, había una cueva cuyo interior nadie conocía, pues su acceso estaba prohibido. La tribuna se había levantado de espaldas a la colina oriental, dando frente a la pirámide y a la cueva. En verdad, la Plaza estaba impecable; su majestad felicitó a Rigo por su eficiente labor y destacó la activa participación de todos los pingüinos de su equipo: Roel, mayordomo del iglú real, Rita, ama de llaves, y los ocho pingüinos del grupo de pajes y camareros. Todo estaba a punto.

El firmamento se iluminó con los danzantes rayos de la aurora boreal. Las trompetas de los heraldos anunciaron la llegada de la reina Yulda que avanzaba, con pisadas majestuosas, hacia la tribuna principal, seguida por los dignatarios de la corte, para recibir la aclamación de su pueblo. Con un gracioso movimiento de la trompa, la soberana impuso silencio a la multitud…

Repentinamente un resplandor de tonos violáceos brilló en la entrada de la cueva por donde emergió la imponente figura del mago Gardiel caminando con paso firme hacia el centro de la tribuna. En presencia de la reina, el mago hizo una venia y pasó a ocupar su puesto como invitado de honor.

Hacia el final del ultimo día, poco antes de la clausura, los pequeños retozaban alegremente en la plaza; los mayores reunidos en pequeños grupos charlaban amigablemente; el mago Gardiel enseñaba algunos trucos a Mara mientras paseaban sin afanes sobre el blanco tapiz de nieve; la reina Yulda recibía el reporte de Rigo su fiel chambelán, y tomaba notas para el discurso de cierre; Yayita, agotada por el ajetreo despuntaba una siesta y Nivor, aprovechando que su nana dormía, propuso a los dos oseznos y a su hermano un plan que Otiz y Gotiz, a diferencia de Albor, no se atrevieron a secundar. Minutos después, los dos principitos se escabulleron por detrás de las graderías.

El torpe disimulo de los dos picarones avanzando hacia la pirámide, fue suficiente para alertar a Lali, joven leona de la guardia real que, intuyendo el peligro, tomó a su propio bebé entre los colmillos y se fue tras los príncipes, no sin antes hacer una seña a Toti, tigresa y escolta de la reina, que se apresuró a seguirla, acompañada por sus cuatro cachorros…Todo sucedió en un instante ante la mirada estupefacta de los felinos que no alcanzaron a llegar a tiempo y rugieron impotentes, desde el umbral de la cueva, al ver como el resplandor violáceo absorbió a los dos pequeños intrusos y se apagó dejando la misteriosa gruta sumida en una insondable oscuridad.

Tras un momento de vacilación, los aterrados felinos optaron por correr en busca de la reina para informarle lo sucedido; sin embargo, a mitad de camino se toparon con el mago Gardiel y la lechuza, a quienes contaron lo ocurrido a los inquietos pilluelos. El mago las escuchó con el ceño fruncido hasta que terminaron el atropellado relato; entonces, sin modular palabra, extrajo un brillante cuarzo del bolsillo interior de su capa, lo observó al trasluz por unos instantes, susurró unas palabras al oído de Mara, tranquilizó a los felinos con un ademán, esbozó una sonrisa, dio media vuelta y se encaminó hacía la carpa de la reina, para explicarle la situación y proponerle el plan que había urdido.

Por su parte Mara, siguiendo instrucciones de su maestro, regresó al nido para recoger a los mellizos, y juntos emprendieron vuelo hacia la cueva, se adentraron en ella y desaparecieron por entre el resplandor violeta.

La serena intervención de Gardiel y la sencillez de su plan, apaciguaron el impacto de la noticia en el ánimo de la reina quien, sobreponiéndose al dolor, puso de inmediato en movimiento a toda su corte para organizar una expedición hacia el futuro con el propósito de encontrar a los pequeños y traerlos de vuelta al reino. Según las explicaciones del mago, la insensatez de Nivor y su hermano los había transportado 20.000 años en el tiempo desde el umbral de la cueva hasta Bogotá, una ciudad situada en una zona en la que nunca caía la nieve.

Los expedicionarios se transportarían al futuro ingresando por la cueva. Al llegar a Bogotá, Mara estaría esperándolos para conducirlos al Centro Comercial Andino, el lugar que el mago había considerado apropiado para el encuentro con Nivor y su hermano, toda vez que el edificio con sus cuatro niveles ofrecía un espacio similar al del iglú real. La razón por la cual deberían viajar todos los animales de la corte en la singular travesía era simple: entre todos tendrían que apresurarse para construir, en el interior del centro comercial, un iglú del cual debería salir un tobogán que los transportaría de vuelta al reino y a su época, pues en este lugar y en esa época los portales dimensionales como la cueva prohibida, no existían.

Lo primero que hizo Mara al llegar a su destino fue volar al polo norte para entrevistarse con Papá Noel quien, según le había indicado Gardiel, le colaboraría para dar el mejor recibimiento posible a la reina y a su comitiva.

Para esas fechas, Papá Noel se encontraba muy atareado con los preparativos navideños, una festividad que, según le explicó a la lechuza, era similar en importancia a la que los animales del reino blanco celebraban en la última aurora boreal del invierno. En consecuencia, extendería una invitación a la reina y a su comitiva para que se uniesen al festejo. Además, ofreció reunir una orquesta de animales blancos para que diesen la bienvenida al cortejo y amenizaran su estadía en el Centro Comercial Andino; coordinó con los encargados del clima para que al menos, durante esos días, cayesen nieve y granizo en Bogotá; y por último, para estar a tono con sus invitados, ordenó para sí mismo la confección de un traje blanco…

Blanco, blancuzco, blanquecino, con estas palabras, la historia termino.

NOTA DEL AUTOR: Este cuento está inspirado en el concepto “Navidad Blanca”, desarrollado por el Centro Comercial Andino de Bogotá, en diciembre de 2007. Fue publicado por el CCA y obtuvo un premio de la Cámara de Comercio de Bogotá, como parte del citado concepto.

La Virgen de Arcilla

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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La luz de la luna parpadeaba, de tanto en tanto, por entre las nubes que plácidamente se movían al soplo del vientecillo veranero, y se filtraba por el ventanal iluminando el viejo rostro sereno de hermosos rasgos, que las arrugas y la nívea cabellera destacaban, dándole un aire majestuoso e imponente, pero dulce y tierno, a Mamá María, que se balanceaba apaciblemente en su antigua mecedora de mimbre.

A sus pies, se agrupaban doce de sus nietos y María Valentina, su bisnieta, hija menor de la hija menor de la menor de sus nietas. Los chiquillos esperaban ansiosos e inquietos que la abuela bebiera su tazón de chocolate e iniciara otra de sus fascinantes historias…
—Hace más de trescientos años –comenzó diciendo la Mamá María, con un tono de voz evocador que transportaba las mentes de los niños al lugar siempre maravilloso de sus relatos – por allá en el año de mil seiscientos y pico, vivía una hermosa princesa quimbaya en tierras de lo que hoy es el departamento del Quindío, que para esa época se había convertido en encomienda del nuevo reino de Granada. Las encomiendas –explicó la abuela, anticipando la pregunta de los niños – eran unos territorios que el Rey de España entregaba a los conquistadores como premio por sus hazañas, con la misión de convertir al cristianismo a los indígenas que desde siempre habían vivido en esos hermosos parajes.

La anciana tomó un respiro, sonrió complacida por el brillo de emoción e interés que veía en los ojos infantiles y prosiguió:
—Nuestra princesita, que fue bautizada María de los Ángeles a la edad de diez y siete años, era tan bella, tan vivaz, tan dulce, tan inteligente y se volvió tan piadosa que todos en la encomienda, indígenas y españoles, la querían y la respetaban. El mismo día en que la conoció don Pedro José Arias y Fernández, el encomendero, quedó prendado de su hermosura y la amó intensamente. María de los Ángeles no fue esquiva a los requiebros de su hidalgo pretendiente y al poco tiempo se casaron por el rito de la iglesia, tuvieron muchos hijos y una sola hija, María de Lourdes, que les dio una nieta que fue la abuela de la tatarabuela de la tatarabuela de mi bisnieta.

La Mamá María hizo una pausa, se volvió hacía la primorosa mesita, en cuyo centro como en un altar, sobre una base de madera y alumbrada por una vela de color rosa, había una efigie con el rostro de la Virgen María enmarcado por un manto. La tomó con devoción en sus manos y continuó el relato:
—Esta Virgen la moldeó en arcilla con sus hábiles manos María de los Ángeles y un domingo de mayo la hizo bendecir por Fray Benito, que en nombre de Dios la llamó protectora de todas las madres. La muerte de don Pedro José y de cuatro de sus hijos, como consecuencia de una peste que casi acaba con todos los habitantes de la encomienda, sumió en un profundo dolor a María de los Ángeles, quien después de enterrar al último de sus hijos, se encerró en su habitación a pedirle a la Virgen que le aliviara su terrible pena.

La Mamá María se detuvo en la narración y mirando a María Valentina con infinita ternura le dijo:
—Esta Virgen te pertenece, pues la heredarás de tu madre y algún día deberás heredarla a la menor de tus hijas. Por eso quiero que pongas mucha atención a esta parte de la historia para que puedas seguir la tradición familiar… Cuentan los abuelos que durante su encierro, la Virgen se apareció en sueños a María de los Ángeles y le transmitió un mensaje muy hermoso. Al día siguiente, al despertar, la viuda se sintió reconfortada y la alegría volvió a su vida. Cuentan también que escribió en un pergamino el mensaje de la Virgen, lo enrolló y lo guardó en una urna de arcilla convertida, desde ese entonces, en base de la imagen. La reliquia se traspasó de madres a hijas y permaneció intacta hasta principios del siglo pasado, cuando un terremoto destruyó la casa en que vivía mi bisabuela, quien perdió en el desastre todos sus bienes; al remover los escombros encontraron la Virgen de arcilla en perfecto estado, la base rota y el rollo en el cual se podía leer con claridad:

“¡ESTO TAMBIÉN PASARÁ! NO TEMÁIS, LA MADRE DE DIOS VELARÁ SIEMPRE POR VOS QUE TAMBIÉN SOIS MADRE… TENED FE, VENCED EL DOLOR, ANIMAOS, LLENAOS DE AMOR Y SIMPLEMENTE… ¡VOLVED A EMPEZAR!”

La Doncella y el Unicornio

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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A primera hora de una mañana primaveral y fresca, mientras el rocío acariciaba la vegetación del bosque, Hilda salió de su casa con intención de recoger unas flores silvestres para su madre que ese día celebraba su cumpleaños; entonando una dulce melodía, se fue adentrando en la espesura con el corazón rebosante de alegría y el extraño presentimiento de que iba al encuentro de algo para ella desconocido. Después de recorrer un largo trecho sin rumbo definido, se encontró de repente en un claro del bosque que nunca antes en sus frecuentes paseos matinales había visto. Una extraña luminosidad daba un brillo inusitado al paraje y una paz interior inundó el espíritu de la doncella que se detuvo para sentarse a la sombra de un frondoso árbol, a contemplar extasiada la belleza del paisaje…

El roce de unas hojas, que sintió a sus espaldas, le llevó a experimentar la sensación de que no estaba sola. Lentamente se giró apoyándose en la mano y su mirada quedó prendida en la profunda expresión que se reflejaba en los ojos de un hermoso y grácil unicornio. Emocionada, comprendió que éste era un encuentro inesperado y reservado sólo para las almas buenas. La niña se incorporó para aproximarse a la criatura, que en un lenguaje sin palabras, que entendió desde el principio, le daba la bienvenida a la dimensión que habitan los unicornios, las hadas, los duendes y los gnomos…

Desde entonces, Hilda comenzó a visitar todos los días a su nuevo amigo en el claro del bosque y a nutrir su espíritu con las enseñanzas que en el lenguaje mudo del amor y la ternura le transmitía el unicornio. Aprendió entonces los secretos de la magia y los misterios de la alquimia…

Un día, después de varios encuentros con el unicornio, Hilda llegó al claro del bosque y le pareció sombrío, mustio y desprovisto de la luminosidad que alegraba su espíritu. Su primer presentimiento, se confirmó después de un rato: el unicornio no acudió a la acostumbrada cita, y la niña tuvo la impresión de que la ausencia de su amigo presagiaba algo terrible. En efecto, una horda de bárbaros guerreros había invadido el pequeño reino y en su avance había sembrado desolación y muerte.

Desconsolada por la ausencia de su amigo, regresó a su casa y encontró a su madre y a sus dos hermanas mayores, tristes y abatidas, pues los reclutadores del rey se habían llevado a su único hermano para que formara parte de un ejército improvisado, con el cual pretendían oponer resistencia a los invasores… En los días siguientes, Hilda regresó cada mañana con la esperanza de volver a encontrar al unicornio; pero siempre regresaba frustrada. Un día, se sorprendió, pues en el mismo sitio de su primer encuentro, en vez de su amada criatura, encontró a un monje de aspecto sereno y apacible, que se presentó a sí mismo como miembro de una comunidad, que tenía bajo su cuidado la preservación del cuerno de un unicornio y los escritos del Abate Gambino, fundador de su orden religiosa y hombre de gran sabiduría y bondad que había tenido el privilegio, doscientos años antes, de mantener contacto directo con un unicornio. Entre muchas otras enseñanzas sobre la convivencia de los unicornios con los hombres en una época dorada de la humanidad que se había perdido tres mil años antes, por la ambición desmedida y el mal uso de las energías vitales, el Abate había profetizado la invasión del pequeño reino por parte de una horda de bárbaros extranjeros, y había escrito que la única forma de vencer a este enemigo, era mediante el poder de los unicornios. Para el efecto, era menester que una doncella de grandes virtudes y que mantenía contacto directo con un uno de ellos, que se ausentaría ante la invasión, pues estas criaturas no conviven con la violencia, buscase comunicación mental con el unicornio, sosteniendo en sus manos el auténtico cuerno que preservaban los monjes, pues en ésta forma recibiría el código de un conjuro para salvar el reino. Finalmente, el monje le contó que en sueños, el Abate se le había manifestado para darle las indicaciones de cómo encontrarla.

Sin dudarlo un instante, Hilda decidió acompañar al monje hasta su convento, y allí, al sostener en sus manos el hermoso cuerno engastado en plata, y sentir la potencia de su energía, entró en trance y tuvo la visión de su amigo, el unicornio, que le dio indicaciones precisas para hacer el conjuro.

Al día siguiente, situada en lo alto del torreón del castillo real, a cuyos pies, dispuesta a enfrentar la carga de los jinetes que avanzaban al galope por el valle circundante, se alineaba la exigua tropa de infantería que habían logrado organizar; Hilda pronunció las palabras del conjuro, e inmediatamente cayó sobre el enemigo una densa nube y los jinetes tuvieron la aterrorizante visión de una formación de unicornios, de la casta Karkadam – los más grandes y poderosos, con cuerpo de corcel, que trocaban con facilidad su semblante apacible por una centelleante mirada, cuando se enfrentaban al mal en cualquier forma –, que avanzaban velozmente, con las cabezas bajas y los cuernos en ristre en dirección al agresor, que entró en pánico, y en masa, sin esperar ninguna orden de su jefe, volvió grupas y emprendió una desaforada huida hasta cruzar la frontera…

La paz y la calma volvieron al reino y su majestad quiso premiar a la doncella ofreciéndole tierras y un título nobiliario; pero la joven declinó amablemente el ofrecimiento y prefirió regresar al bosque en donde tenía la certeza de volver a encontrar a su amado unicornio.

La princesa Colomba y el Capitán Faltriquera

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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En un pequeño reino del centro de Europa llamado Murevia, nació una hermosa princesa a quien su madre de origen italiano bautizó Colomba, que en su lengua significa Paloma. A los pocos días de nacida la princesita, su madre murió de una extraña enfermedad y su padre, el rey Rolando, no tomó nueva esposa pero encomendó el cuidado de su hija a una leal sierva nacida en los Montes Urales, que se convirtió en su tutora, amiga y consejera. Olenka era su nombre.

Al cumplir la niña siete años, los magos del reino la agasajaron con hermosos presentes y en conjunto hicieron sus vaticinios: en el día 363 de sus catorce años, la princesa sería mordida por una serpiente venenosa y moriría, a menos que el caballero más valiente del reino encontrase un ánfora enterrada por ellos, en inmediaciones del palacio y que contenía instrucciones precisas para salvar la vida de Colomba, las siguiera al pie de la letra y lograra con esto conjurar el maleficio que amenazaba su vida.

El reino de Murevia vivía en paz bajo el sabio y justo gobierno de su soberano y veía crecer con orgullo a su futura reina, la princesa Colomba, cuya gracia, sencillez y donaire tenían cautivados a nobles y vasallos. Pero un día, las huestes del rey Ergonio, del vecino país de Ornelia, atacaron el pacífico reino y llegaron con su caballería a cuatro leguas de las puertas del palacio.

Rápidamente, el rey Rolando armó un ejército inferior en número y en armas al de su adversario y lo envió al encuentro de las tropas Ornelianas. En el primer combate, la caballería del rey Rolando fue diezmada… murieron novecientos soldados, entre estos tres generales. Al caer la tarde sólo quedaban sobre su cabalgadura el capitán Francesco Gamío – primo lejano de la difunta reina – y cien jinetes armados con sables de guerra y protegidos con escudos de hierro pintados de múltiples colores.

Francesco reagrupó a sus hombres y les dio una orden, que a todos pareció extraña: “Raspad vuestros escudos para que amanezcan brillantes y bruñidos como el níquel”. Obedientes los soldados, siguieron la instrucción de su capitán y al despuntar el alba comprendieron la sabiduría de su estrategia: el enemigo alineaba de espaldas al sol naciente, es decir frente al resplandor de sus pulidos escudos que los cegaba y los dejaba a merced de su empuje y su coraje. Sólo necesitaron la orden de su capitán para lanzarse en violenta y arrolladora carga, que acabó en menos de tres horas con el ejército enemigo, dejando mil muertos, quinientos heridos y mil quinientos prisioneros.

La noche anterior al combate, Colomba estuvo encerrada en la torre del palacio bordando sobre fina y delicada badana una faltriquera, orlada de perlas, zafiros, esmeraldas y rubíes; prometiéndose a sí misma que el merecedor de tal artesanía, habría de ser el héroe que salvase su reino de la derrota y soñando que si tal caballero fuese de su agrado, le ofrecería su mano, aún sin el consentimiento de su padre el rey. Faltaban quince días para su décimo quinto aniversario y trece para que se cumpliese el vaticinio de los magos.

Francesco, sudoroso y cansado pero orgulloso del deber cumplido, llegó a las puertas del palacio a dar el parte de victoria a su señor; el pueblo emocionado lo vitoreaba:
¡Viva Francesco nuestro héroe¡
¡Viva Francesco el astuto vencedor¡
¡Dios salve a nuestro capitán¡

En el portalón del palacio apareció el rey Rolando acompañado de su hija la princesa Colomba y despojándose del sable real, lo tendió por la empuñadura a Francesco diciéndole:
— Os entrego mi sable asegurándoos que la empuñadura pertenece a Murevia, pero el filo os pertenece, gran capitán, paladín de nuestros ejércitos. A continuación, la princesa Colomba, levantó su delicada mano para imponer silencio a la multitud y con voz suave pero firme dijo:
— Gran capitán, he bordado con amor a mi país esta faltriquera para entregarla al campeón que derrotase al adversario. Vos lo habéis sido. Pedid además cualquier deseo que esté en mano de mi padre concederos…Pedidlo capitán.

Francesco, lentamente desmontó, hincó una rodilla en tierra y con voz grave y sonora dijo:
— Pido humildemente al señor mi rey, la mano de su hermosa hija, la princesa Colomba.

Su majestad sonrió. Con un gesto le ordenó levantarse y sencillamente dijo:
— ¡Sea! … Que Dios bendiga vuestra unión y que se inicien los preparativos para la boda que habrá de realizase el día que mi hija cumpla quince años.

Ante las palabras del monarca el pueblo estalló en vítores gritando:
¡Viva la pareja real¡
¡Viva la princesa Colomba!
¡Viva Murevia¡
¡Viva el gran capitán Faltriquera¡

Desde entonces, Francesco fue conocido por todos como el capitán Faltriquera; y él, orgulloso, llevaba al cinto su preciosa faltriquera de badana y pedrería que había bordado para el mejor soldado, con amor, la princesa Colomba.
Los preparativos de la boda se venían realizando según las instrucciones del rey y la supervisión de Olenka, pero dos días antes, mientras la princesa recibía instrucciones de su nana en el jardín del palacio, una diminuta pero traicionera serpiente mordió a Colomba en un dedo. La princesa palideció de inmediato y perdió el sentido entrando en grave estado.
Esta tragedia trajo al punto a la memoria de todos, el vaticinio de los magos. El rey mando llamar a su presencia al capitán Faltriquera urgiéndole a buscar y encontrar el ánfora enterrada con las instrucciones para salvar a Colomba.

Nuestro héroe llamó a sus cien valientes y dividiendo el jardín en cien pedazos iguales le ordenó a cada uno, cavar en un sector diferente. Al cabo de una hora encontraron el recipiente con un mensaje que decía:
“Si sois valiente, debéis seguir estas instrucciones y completarlas antes de que transcurran cuarenta y cuatro horas: Partiréis al galope, sin armadura, sin yelmo, sin sable, sin lanza y sin escudo, rumbo al monte del oso blanco, llevando por únicas armas un puñal de siete pulgadas y un crucifijo. Encontraréis al oso blanco y lo enfrentaréis hasta derrotarlo, con la fuerza de vuestra astucia y vuestras propias manos, arrancándole el corazón, que habréis de guardar en vuestra faltriquera, habiendo de regresar a tiempo para colocarlo sobre el corazón de la princesa Colomba, antes de que en la catedral se dé la séptima campanada anunciando su décimo quinto aniversario. Si lográis vuestro cometido, la princesa vivirá por treinta años más, será vuestra amante esposa, os dará una hermosa hija y os hará feliz hasta el día de su muerte en que viajará por el astral convertida en luminosa estrella que será visible eternamente, muy cerca de la luna en las noches de plenilunio”… Al día siguiente, poco antes de sonar la séptima campanada, el héroe caía desfallecido, uniendo el corazón sangrante del oso al adormecido corazón de su amada, salvando así su vida por treinta años que fueron plenos de amor, de dicha y de ternura.

La boda se cumplió en medio de la felicidad de todo el reino que amaba a su soberano. Faltriquera y Colomba, según el designio, tuvieron una hija a la que llamaron Colombina y cuenta la leyenda que al morir la princesa, fue al cielo en forma de estrella luminosa y que en las noches de luna llena el capitán Faltriquera salía al jardín a cantar dulces canciones y poemas de amor a la estrella de su amada… Hasta que ya viejo y cansado, a la edad de cien años, abandonó este mundo y se fue galopando al encuentro de su princesa.

Campana

Por : kapizan
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14

Cuando el sol ya mostraba su radiante cara sobre el filo de la montaña y los pájaros saludaban la mañana con su alegre trino dando vida al plácido paraje, Campana, asesando y notoriamente excitada, empujó con el hocico la puerta de la cabaña de la abuela Carmen que esperó, sentada en su butaca, para recibir complacida las impetuosas manifestaciones de afecto de la enorme perra pastor alemán y acariciar con ternura su lomo, cubierto por un espeso pelambre negro con visos amarillos, hasta apaciguarla. Con calma, la abuela se levantó y tanteando en la pared, encontró una correa que colgaba de una percha y la enganchó en el collar metálico de la perra. Guiada por el inteligente animal la anciana ciega emprendió el recorrido de doscientos metros hasta la casa de su compadre Vicente.
Al llegar a la casa del viejo, éste acomodó a su comadre en una poltrona y esperó que la perra se sentara frente a él, estirando el cuello para facilitarle la tarea de quitarle el collar del cual pendían una pequeña campana de bronce y un tubito metálico con tapa de rosca en uno de sus extremos. Con movimientos parsimoniosos de sus arrugadas manos, Vicente desenroscó la tapa, extrajo una hoja de cuaderno, la desenrolló y leyó: “Abuelita mi papá te manda decir que el domingo va a recogerte para llevarte a misa. Mi hermano y yo vamos a subir mañana, mándanos la lista de lo que necesites. Te quiero mucho, Lucerito”…

Después de copiar con su angulosa caligrafía la respuesta de la abuela al respaldo de la hoja de cuaderno, Vicente la introdujo en el tubito, ató el collar al pescuezo de Campana, le dio una cariñosa palmada en el lomo y el animal emprendió veloz carrera cuesta abajo, haciendo tintinear su campana como si estuviese consciente de su importante función como mensajera.
Cuando la abuela quedó ciega tres años antes, se negó a trasladarse al pueblo como le había sugerido su hijo y estableció a través de Campana un sistema de comunicación, que había funcionado sin problemas, incluso en las emergencias. Para el efecto, tanto la vieja como su compadre mantenían cada uno en su casa una campana de bronce con mango de madera que hacían sonar cuando necesitaban que la perra acudiese. En una ocasión en que la anciana se enfermó, su compadre hizo sonar la campana y la perra movida por el instinto o talvez por su entrenado oído, se presentó de inmediato.
Ese sábado en la tarde, en medio de una violenta tormenta, un alud de rocas se precipitó sobre la cabaña de Vicente, en donde los dos viejos solían pasar las tardes conversando, dejándola casi sepultada; la abuela quedó inconsciente atrapada por una viga del techo y su compadre herido en una pierna intentó buscar la campana pero ésta había quedado aplastada por una roca. En ese preciso instante, abajo en el pueblo, a una legua de distancia, Campana irguió las orejas, olfateó en dirección a la montaña y emprendió veloz carrera cuesta arriba…

Al llegar a la cabaña de Vicente y encontrar a los viejos tendidos, heridos y sin sentido, regresó a la casita de la abuela, agarró con los dientes la empuñadura de la campana y descendió velozmente la cuesta hasta llegar a la casa. El oportuno aviso de la perra permitió que los ancianos fuesen rescatados con vida. Desde entonces Campana es la heroína del pueblo.

El misterio de la mansarda

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

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Sobrecogida por la imponencia de la mansión, con sus tres pisos y su mansarda, Natalia se sintió por un instante como Alicia en el País de las Maravillas. Se sobrepuso, alisó los pliegues de su falda y golpeó tres veces el aldabón de la inmensa puerta de caoba. Una amable empleada, vestida con delantal y cofia, la hizo seguir a la sala principal en donde, antes de reparar en el valioso mobiliario y los objetos que la adornaban, se sintió fascinada por el retrato de un anciano, pintado al óleo, y por la intensidad de la mirada en sus ojos grises que parecían vivos. Completamente absorta la sorprendió la voz de una mujer que a sus espaldas dijo: “Es el abuelo, mi suegro; yo lo pinté. Murió el día en que Robi cumplió seis años; y tú, debes ser Natalia; tu hoja de vida es impresionante y algo me dice que podrás volver a mi hijo a la normalidad – sin esperar que Natalia respondiera agregó -: estoy convencida de que la influencia de mi suegro fue nefasta para el niño… El viejo, estaba un tanto chalado y pasaba horas enteras encerrado con mi hijo en la habitación de la mansarda, llenándole la cabeza de fantasías absurdas sobre enanitos del bosque. Desde que el anciano murió, Robi no ha vuelto a hablar, ni a reír, ni a llorar y sólo repite una estúpida cantinela que le enseñó su abuelo. Se comporta como un autista y lo retiraron del jardín; precisamente la directora nos sugirió tu nombre”.

Tres meses después, la víspera del séptimo cumpleaños de Robi, Natalia tuvo un extraño sueño en el cual el viejo le enseñaba la cantinela y la instruía sobre dónde encontrar un croquis que la guiaría al mundo mágico; al día siguiente,  esperó sentada en el sillón del abuelo a que el niño llegase a la mansarda (con anuencia de la señora había utilizado el lugar para sus terapias y como habitación); siguiendo un impulso, cuando Robi se acercó lo tomó por las manos y comenzó a entonar la canción infantil ― único lenguaje del niño ―; al escucharla,  el rostro de Robi se iluminó y éste comenzó a seguirla en coro… Al final,  hablando por primera vez, le dijo: “Con esa canción podremos llamar a los enanitos del bosque. El abuelo me iba a enseñar la puerta del mundo mágico el día de mi cumpleaños, pero no lo hizo, ¿tú puedes? ”. Sin dudarlo, como poseída por una extraña energía, Natalia respondió: “Sí puedo, vamos”.

Al llegar al lugar indicado, según las instrucciones oníricas que Natalia siguió al pie de la letra, el niño se soltó de su mano y corrió a abrazarse a un enorme y frondoso árbol, un aliso, en cuyo curtido tronco y como un holograma, Natalia pudo ver la figura tridimensional y traslúcida del abuelo abrazando a su nieto. Minutos después, la imagen del anciano desapareció, el niño regresó  y juntos comenzaron a cantar: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…” Al punto, un hermoso resplandor transformó el bosque umbrío en un maravilloso paraje y en poco tiempo Natalia y el niño se vieron rodeados por doce enanitos sonrientes que comenzaron a bailar en círculo en torno a ellos, mientras cantaban acompañados de diminutos instrumentos el resto de su himno: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”. Terminada la danza aparecieron otros cuatro enanitos portando un inmenso pastel con siete velitas, que Robi apagó emocionado mientras las ramas del aliso se estremecían con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

El árbol del amor

Por : kapizan
En : Cuentos, Cuentos para Niños

8

I

ELISA

Ibarra Ecuador. Navidad del año 2001

El día después de Navidad, como todos los años, los niños del pueblo salieron al parque a mostrar los regalos navideños que habían recibido. Elisa estaba muy orgullosa de la bella plantita que había encontrado a los pies de su cama, como único regalo de sus padres que eran muy pobres; pero pronto, su orgullo se transformó en tristeza y su tristeza en llanto, causado por las burlas de sus amiguitos:

- ¡Que planta más horrible! – dijo Julián.

- ¿Sólo eso te dieron? – Mira mi hermosa bicicleta –apuntó Mariela.

- Definitivamente puro regalo de pobres –comentó sarcásticamente Paulina.

Elisa no pudo soportar más y regresó corriendo a su casa. Se encerró en su cuarto y todavía llorando le dijo amorosamente a su plantita:

- No lloro por mí, lloro por ti, porque te ofendieron, y porque mis amiguitos no saben que a ti, te hizo Dios; en cambio, sus patines, sus bicicletas y sus muñecos, los hicieron los hombres en una fábrica; por eso te amo como lo que eres, un hermoso regalo de Dios. Además eres única en el mundo.

Habiendo pronunciado estas palabras, de repente, se iluminó su habitación y poco a poco se fue materializando la figura de un ser bellísimo y resplandeciente que la envolvió en una dulce mirada y con vos tierna le dijo:

- Elisa yo soy tu ángel guardián y he visto derramar tus lagrimas de amor por tu plantita. A partir de hoy, por cada obra que tú hagas con amor o para que reine el amor en la tierra, la planta crecerá un centímetro. Tu misión entonces, consistirá en hacer que crezca, hasta convertirse en un inmenso árbol, que será el símbolo del amor.

Cada vez que caiga una hoja de tu planta –continuó el ángel con su melodiosa voz-  será la señal de que vendré para llevarte a conocer otros rincones de este mundo, para que tú aprendas lo que debes hacer en bien de la humanidad, que está por destruirse, a menos que las personas y en particular los niños como tú, que saben amar con pureza e inocencia, inculquen en la gente el verdadero significado del amor.

En la noche del año nuevo –agregó el ángel -, cuando estés dormida vendré por ti y viajaremos a través del tiempo y el espacio, porque quiero que conozcas  a otros niños que también recibieron una planta similar a la tuya; juntos serán instruidos sobre como, cuando y donde deberán sembrar la plantita para que crezca y se convierta en un frondoso árbol. La maravillosa sonrisa que rubricó las palabras del ángel le dio a Elisa la suficiente confianza para preguntarle:

- ¿Cómo te llamas?

- Me llamo Misha y trabajo por la unión mundial para que reine el amor – contestó enigmáticamente el ángel- Hasta pronto Elisa. Diciendo esto, se esfumó.

El primer impulso de la niña, fue salir corriendo a contarle la extraña visita a su mamá; pero una vocecita en su interior le recomendó callar. No supo por qué, pero decidió seguir el consejo interno. El resto del día lo pasó soñando despierta, imaginando como serían los niños que conocería en otros países y pensando en la hermosa imagen del ángel.

Al caer la tarde, fue hasta el pequeño taller de su padre y se equipó con pintura roja, blanca y pinceles. Regresó a su cuarto, pintó de color blanco la matera de su plantita, mezcló pintura roja y blanca hasta lograr un bello tono rosado y con este último escribió sobre la matera, con su mejor letra, las palabras ¡te amo!

Cuando Elisa terminó de escribir la última letra, notó que la plantita se movía y tuvo la impresión de que había crecido un poquito… en efecto Elisa –escucho decir a la voz interior- tu planta ha crecido un centímetro, gracias a tu expresión de amor.

La noche de año nuevo era hermosa, Dios había extendido sobre el firmamento su precioso collar de estrellas. Un rayo de luna iluminaba la carita de Elisa, que dormía plácidamente.

El ángel se detuvo cubriendo con su amorosa mirada la figura infantil: ven conmigo, le dijo con voz suave, extendió su mano y tomó la de Elisa; la niña, sin ningún sobresalto sintió como que se salía del cuerpo y comenzaba a elevarse, tomada de la mano de Misha. Al salir por la ventana, su figura etérea, similar a la del ángel, tenía plena conciencia y podía ver con claridad a su doble durmiendo en la cama.

Ibarra la señorial ciudad ecuatoriana, donde vivía Elisa, se fue haciendo cada vez más diminuta desde la altura, hasta que desapareció por completo.

— ¿Qué son esa luces tan lindas que se ven abajo? – preguntó Elisa mientras flotaban en el espacio tomados de la mano y con el firmamento estrellado como telón de fondo.

— Esa es Bogotá, la capital de Colombia – respondió el ángel sin hablar, comunicándose mentalmente con la niña, quien se percató de inmediato de que ella también había hablado mentalmente -; allí vive Duván el primer niño que conocerás esta noche.

— Yo pensaba que Bogotá quedaba muy lejos.

— Para nosotros los ángeles el tiempo y la distancia no existen. En realidad no viajamos, nos situamos. ¿Comprendes?

— No mucho – dijo la niña -, pero te creo.

Un instante después, las dos figuras se introdujeron a través de las paredes de una hermosa casa, bellamente amoblada y muy acogedora. Duván debe ser rico – pensó Elisa -, cuando llegaron a un cuarto medianamente grande en el cual dormía plácidamente un niño de cabello rubio y facciones perfectas. Elisa calculó que tendría unos nueve años, dos más que ella.

El ángel extendió una mano y el espíritu del niño se unió a ellos plenamente conciente y con una amplia sonrisa que daba a su rostro y a su mirada una bella expresión que inundó el corazón de Elisa, en una tierna e indescriptible sensación de amor puro.

— Yo soy Elisa – dijo la niña sonriendo.

— Lo sé – contestó el niño – y yo soy Duván.

— También lo sé, Misha me lo dijo – comentó la niña, tomándole cariñosamente una mano y aproximándose para besarlo con candor en la mejilla.

Repentinamente, Elisa sintió el impulso de levantar la vista y al hacerlo se sorprendió, al ver sobre la repisa una planta idéntica a la suya. Además, también tenía las palabras TE AMO, sólo que pintadas en color azul sobre fondo amarillo.

— ¿Esa planta te la regalaron tus padres de navidad?

— Si – contestó Duván – mis padres que son ricos, me la regalaron. Yo les había pedido una bicicleta nueva, pero mi papá me dijo que me iba a dar un regalo superior, un ser vivo de la naturaleza: esta bella planta. También compró una  bicicleta y me pidió que lo acompañara a un orfanato para regalársela a los niños que allí viven. La felicidad de los niños con ese regalo me hizo sentir muy bien, y comprendí que uno no debe ser egoísta. Además, si me hubieran regalado la bicicleta, no hubiera conocido a Misha, ni te hubiera conocido a ti – agregó con una tímida sonrisa.

A la mañana siguiente Elisa se despertó alegre y trató de recordar el sueño que había tenido la noche anterior: Misha la había llevado en un maravilloso viaje alrededor del mundo para conocer niños y niñas no mayores de diez años, unos pobres, otros ricos, unos blancos, otros negritos y otros muy tiernos con sus miradas de ojitos rasgados. Aparte de su condición infantil lo único que tenían  en común era que en la noche de navidad habían recibido como regalo una plantita idéntica a la suya y todos en sus respectivos idiomas habían pintado las palabras: TE AMO Leer más »

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