Preludio de amor

Por : kapizan
En : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

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Ocaris, la tercera luna de Kayak, iluminó con su resplandor violáceo la silueta de los amantes estrechamente abrazados, cuyos cuerpos desnudos brillaron sobre la fina arena a orillas del apacible lago volcánico de Verdox. Los movimientos eróticos, cual mágica coreografía de amor y de ternura culminaron en un sincrónico éxtasis, que los dejó pletoricos de energía y fundidos en adormecedor abrazo que se prolongó hasta que Ocaris y las otras dos lunas que iluminaban las noches de Kayak, cedieron el espacio celeste a los soles de Oriente y Occidente; los astros gemelos ocuparon lentamente su sitio en los extremos del cielo, envueltos en arreboles de múltiples colores que, cual magistrales pinceladas, decoraban el idílico paraje escogido por estas dos almas gemelas como tálamo para reafirmar, con un ritual de amor, su condición de almas gemelas. Su íntima comunión era además el preludio de la Operación Capicúa, para la cual se habían ofrecido como voluntarios.

A poca distancia de la playa, se erguía el imponente edificio metálico del Instituto de Estudios Humanísticos del Planeta Loga a donde al atardecer del día siguiente ingresarían, por separado, a la cámara de desintegración molecular, como parte del complejo proceso de plantar su esencia vital en el vientre de sendas mujeres que serían sus madres biológicas en Urantia, el lejano planeta de mares azules, áridos desiertos y fértiles tierras. Allí, Idanadi, crecería como una niña mexicana, en tanto que Kennek lo haría como un niño alemán. Ambos formaban parte de un grupo integrado por diez voluntarios ganimedianos y un maestro pleyadino que los lideraba. Todos habían sido capacitados para cumplir diferentes funciones en el proceso de preparar a la Tierra para una transición gradual hacia una era dorada, en la cual reinen el amor, la paz, la belleza, la armonía y la opulencia, entendida esta última como la satisfacción plena de todas las necesidades, para todos los pobladores del planeta azul. Su nueva encarnación, conservando su conciencia trascendente, estaba programada para el día 1 del mes 1 del año 969 del segundo milenio de la Era Cristiana, a fin de dar comienzo a su misión al cumplir treinta y tres años en el año capicúa 2002.

Por los vitrales del gigantesco domo que cubría el salón circular de la cámara de desintegración molecular, se filtraban los rayos de Ocaris que en ese momento había alcanzado el cenit de plenilunio y cubría con su luz a los tres últimos voluntarios de la Operación Capicúa; los jóvenes se habían despedido de sus compañeros con la serenidad que les proporcionaban la relatividad del tiempo y el espacio; la convicción de que compartirían muchas aventuras encarnados como terrícolas; y la certeza de que al final de la Operación, tendrían un encuentro con sus almas gemelas y alcanzarían la Maestría como etapa final de su proceso evolutivo. Cuando llegó el turno de Kennek, miró por última vez la figura de su amada e ingresó al interior del equipo que disolvería el aspecto ganimediano de su ser, para dar paso a su renacimiento en el seno de una familia alemana. Mientras esperaban su turno, Idanadi que sería la siguiente, miró la luna llena y le comentó a su compañera: “Cada vez que miro una luna en plenilunio viene a mi memoria la enseñanza del Maestro Rondek: todo planeta da siete razas con siete subrazas; al final de la séptima subraza de la séptima raza, los habitantes trascienden al plano superior, el planeta muere y se transforma en luna preservando la energía de quienes lo poblaron. En el planeta azul ustedes serán los guías de los niños pertenecientes a la primera subraza de la sexta raza que se conocerá como Koradia” En ese momento llegó el turno de la joven que ingresó a la máquina con la imagen de su amado en la mente y con la esperanza de su futuro encuentro, lejano, muy lejano pero seguro, en las playas de Kayak, el hermoso planeta de los soles gemelos y las tres lunas.

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Luces de amor en Jiloá

Por : kapizan
En : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

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El viento de agosto acariciaba suavemente la superficie del lago, rizando las aguas y dándoles vida. El olor peculiar de la vegetación tropical estimulaba los sentidos, imprimiendo sensualidad al idílico paisaje que se iba sumiendo lentamente en la penumbra, en medio de los rojizos trazos con que el sol poniente se despedía, bordeando las nubes con un tono dorado que se desvanecía en preciosos arreboles de color violeta.

Al caer la noche, el azul oscuro del cielo se confundía con el azul oscuro del agua, como si fueran dos láminas: una plana y rizada; cóncava, lisa y bruñida la otra. El joven Adrián elevó su mirada a la bóveda celeste, aproximó a su pecho el tibio cuerpo de Mariana y le dijo:
— Pronto saldrá la luna y tendremos luz y viento suficientes para recorrer el lago en el bote de vela, voy a prepararlo ― agregó besándola en los labios y alejándose hacia la orilla con paso seguro, seguido por la amorosa mirada de ella.

A media noche, el bote se encontraba en la mitad del lago y la luna llena en la mitad del cielo. Adrián había plegado la vela y la embarcación navegaba a la deriva. Los dos cuerpos desnudos se unieron lentamente, sintiéndose transportados a un mundo diferente, sin tiempo y sin espacio.

La comunión de los dos cuerpos se prolongó por el resto de la noche. Al rayar el alba, se separaron, izaron la vela y regresaron a la orilla sumidos en un profundo pero comunicativo silencio. No necesitaban decirse que se amaban, lo sentían, lo habían vivido y sabían que la hermosa expresión de amor, con la naturaleza y la luna como testigos, era más que suficiente para confirmar su condición de almas gemelas. No era enamoramiento, pues ambos lo habían experimentado con anterioridad, ni era amor terreno. Era un amor indestructible, imperecedero, sublime; era el amor que como premio, Dios otorga a los seres que se acercan a El.

Al aproximarse a la orilla los dos cuerpos se proyectaban contra el firmamento, envueltos en un halo, en un aura luminosa, visible a los sencillos ojos de los lugareños que los saludaron con reverencia.
Desde entonces, el lago volcánico de Jiloá, en las afueras de Managua, fue testigo de los encuentros de amor de esta pareja; y aún hoy, cincuenta años después de su desaparición misteriosa, se asegura que en las noches de plenilunio en el centro del lago, se escucha el palpitar de sus corazones, y se puede ver el resplandeciente fulgor de sus siluetas entrelazadas.

El secreto de las águilas

Por : kapizan
En : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

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I

La ley ancestral era inexorable. La primogénita del gran cacique, por haber nacido mujer, debería ser sacrificada como una ofrenda al dios Sol para conjurar las desgracias que, por esa desafortunada circunstancia, sobrevendrían a la tribu, y para congraciarse con la deidad a fin de que bendijese a la noble pareja de gobernantes con un heredero varón.
El día señalado para el sacrificio, la inocente criatura completaría siete lunas alejada de su madre, alimentada por una nodriza y sin haber recibido, a diferencia de las demás niñas de la tribu, un nombre. Al amanecer y en presencia de la comunidad en pleno, el gran chamán tomó a la niña en brazos e inició un lento y ceremonioso ascenso, de espaldas al sol naciente, hasta el tope de la imponente peña en cuyo costado oriental se habían tallado trescientos sesenta y cinco escalones. Cuando el astro alcanzó el cenit la ceremonia llegó al clímax, los asistentes se postraron de rodillas y elevaron los brazos extendidos hacia el cielo, en tanto que el chamán levantó a la niña, y la arrojó al vacío envuelta en la manta ritual. Repentinamente, un águila descendió en picada, atrapó el pequeño bulto con sus poderosas garras y, para sorpresa de todos, transmontó la cordillera hasta perderse en la lejanía.
Al atardecer de ese mismo día, doscientas leguas al norte de la peña ritual y en territorio de otra tribu, el abuelo Wegshi y su nieto Segchi, que regresaban de cacería, observaron estupefactos el descenso del águila que depositó el cuerpo de la niña envuelto en la manta a pocos metros de donde se encontraban. Desde esa noche la niña fue adoptada por la tribu y la llamaron Wayra, hija del viento.

II

— Abuelo ― pregunta Segchi ¿las águilas duermen?
— ¡Jamás! ― Contesta con determinación el anciano ―. Las águilas nunca duermen. Las águilas reposan con los ojos abiertos y las alas plegadas, en el más alto picacho de la más alta montaña de la cordillera. Cuando tenía tu edad ― agregó el abuelo imprimiendo a su voz el tono de solemne confidencia con que se transmiten las verdades reveladas a muy pocos ―, mi padre me enseñó que en las águilas habitan los espíritus de los antepasados que le dieron gloria y esplendor a nuestra raza.

III

Según la milenaria tradición de la tribu, cuando un joven había vivido tres veces siete años y completaba doscientas cincuenta y dos lunas, en su preparación física y espiritual para ser declarado hombre o mujer adulto, se celebraba una gran ceremonia con participación de la tribu en pleno. En la última noche de luna entera, previa a su cumpleaños y en presencia del Gran Cacique y sus progenitores, se le imponía a los varones el collar de veintiún colmillos y el tocado multicolor que denotaba su estirpe. Esa noche Segchi, el joven primogénito del Cacique, ascendió con paso firme y majestuoso a la cúspide plana de la pirámide de granito; se paro con las piernas entreabiertas y los brazos extendidos de cara a la luna y con voz potente y sonora magnificada por el eco, expresó un deseo salido de lo más íntimo de su corazón:
– Quiero ser un águila de amplias y poderosas alas, de mirada firme, limpia y penetrante, de ancho y poderoso pecho, de afiladas garras e inmensa capacidad de amor y de ternura. Quiero alcanzar los picachos más altos de la cordillera y desde allí remontarme hasta el cielo para descender con mucha elegancia, mientras observo en la distancia la hermosa pequeñez de la tierra. Quiero volar y retozar en las alturas con mi águila hembra, picotear con dulzura su cabeza y sus costados, acariciar con mis plumas su figura y engendrar en el cielo un aguilucho, que herede todo lo bueno que yo tengo, mezclado con lo mejor que tenga su madre, para que nos supere hasta convertirse en un águila de luz, que guíe a la humanidad por el sendero de la paz, el amor y la armonía. Eso es lo que quiero y tengo la certidumbre de lograrlo, pues me inspira la presencia del Gran Espíritu y me anima la fuerza que me infunde el ejemplo de mis antepasados.

IV

― Gran chamán ― dijo Segchi soltando la mano de Wayra, que permaneció a su lado en actitud expectante ―. Wayra y yo nos amamos y queremos casarnos, pero tenemos miedo de que nuestro amor termine.
— Queremos saber ― intervino la joven ― si existe algún talismán, algún bebedizo o algún conjuro para garantizar que nuestro amor perdure.
— Hay una prueba que deben superar para lograr lo que desean, pero no es fácil ― respondió en tono grave el chamán ―.
— Haremos lo que sea ― contestaron al unísono los jóvenes ―.
— Entonces tú, Segchi, emprenderás camino hacia el sol naciente y después de cruzar a nado el gran río, escalarás el picacho más alto que verás a la distancia desde la orilla. Una vez allí, con tus propias manos y con ayuda de una red capturarás un águila hembra y la traerás a mi presencia en la tercera noche de luna llena a partir de hoy. Y tú, Wayra, harás lo mismo y en el mismo plazo pero en la dirección opuesta y con un águila macho.
Al amanecer del día siguiente Wayra y Segchi emprendieron la marcha… Al cumplirse el plazo fijado por el chamán, los jóvenes amantes regresaron exhaustos pero llenos de ilusión portando cada uno en su red el águila correspondiente. Con una sonrisa de complacencia, el gran chamán les entregó una tira de cuero y les ordenó:
— Átenlas por las patas y échenlas a volar.
Al poco tiempo de estar atadas las águilas, impedidas para volar, comenzaron a revolcarse entre el lodo. Desesperadas se agredieron a picotazos; entonces, antes de que se hiriesen mutuamente, el anciano dijo:
— Ahora suéltenlas y déjenlas volar.
Liberadas, las dos aves emprendieron majestuoso vuelo sobre la cordillera y el gran chamán volviéndose a los jóvenes les enseñó:
— Aprendan el secreto de las águilas: vuelen siempre juntos y tan alto como puedan, pero jamás atados.

V

Desde tiempos inmemoriales, año tras año, lustro tras lustro, centuria tras centuria, los pueblos que han habitado las inmediaciones de la cordillera, acuden en peregrinación al valle de las ofrendas, para rendir culto a las dos águilas que según la leyenda, encarnan los espíritus del gran cacique Segchi y de la princesa Wayra su amada esposa. Las águilas sagradas, son visibles para todos los mortales desde el amanecer del día mas largo del año, que señala el comienzo del verano, hasta que al caer la noche se remontan al picacho mas alto desde donde vigilan, con los ojos abiertos y las alas plegadas, el regreso seguro de los peregrinos a sus casas.

Operación Capicúa

Por : kapizan
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15

La prestigiosa periodista colombiana especializada en temas paranormales conoció a Kasak en el verano de 1981 en Nueva Delhi, al término de una conferencia organizada por el Indian Institute of Parasichology. Tres cosas le sorprendieron sobremanera cuando él la abordó: la primera, que le llamara por su nombre, Ana Milena, pues con excepción de sus padres, sus familiares más cercanos y muy pocos amigos, todos la conocían por su seudónimo periodístico: Lorena Montes; la segunda, que le hablara en perfecto español sin acento, a pesar de que su indumentaria, sus facciones, el color de su piel y su cabeza rapada denotaban un origen claramente hindú; y la tercera, que Kasak era un niño de 12 años.
Al oír su nombre, pronunciado con tanta claridad en español, en labios de un niño indio, Lorena se desconcertó y sólo atinó a preguntarle cómo era posible que supiera su nombre. Sin darse cuenta, formuló la pregunta en inglés sobrecogida por un repentino nerviosismo.
— Conozco tu nombre y sé muchas cosas de ti ― contestó el niño en español impecable, con una amplia sonrisa que no logró tranquilizarla ―: Sé, por ejemplo, que naciste en Medellín, Colombia, el 21 de junio de 1948, a las dos de la mañana. Justo el día en que comenzó, astrológicamente hablando, la Era de Acuario; que tu nombre completo es Ana Milena Arango; que eres periodista independiente, corresponsal de varias revistas americanas y europeas; que escribes sobre temas científicos y que últimamente estás muy interesada en todos los temas relacionados con la percepción extrasensorial.
El Sol comenzaba a ponerse y en ese momento su luz oblicua iluminaba un majestuoso templo Hindú, visible como a unos 600 metros de donde estaban, a espaldas del niño, quien en ese momento adquirió un perfil de contornos dorados, que a Lorena le pareció místico y le infundió respeto. Después de una breve pausa, el muchacho la miró directamente con sus ojos oscuros, penetrantes, limpios, y dando énfasis a sus palabras añadió:
— Para mí, lo más importante es que tú eres “capicúa” y por tanto estás vinculada, en alguna forma, al cumplimiento de mi misión ― esto último lo dijo en un tono más pausado y sin perder la sonrisa, que en ese momento a la periodista le pareció enigmática.
— Explícame por favor. ¿Tú quién eres? ¿Qué es eso del capicúa? ¿Quién te envía? ¿Por qué me abordaste? ― fue lo único que se le ocurrió preguntar atropelladamente, mientras encendía su grabadora y un cigarrillo para calmar los nervios, francamente alterados por la serenidad y la seguridad que irradiaba este niño, que de pronto le pareció como un interlocutor no sólo adulto, sino poderoso…
— Aguarda un momento ― dijo, mientras salía corriendo detrás de un carrito de helados que pasaba en ese momento por la avenida. ¡Primer gesto infantil que mostraba su comportamiento! En pocos minutos regresó saboreando un cono y exclamó — ¡dátiles con yogur, mi favorito!
Se sentó en una banca a la orilla de la alameda y se concentró en consumir lentamente su helado, con delectación, como cualquier niño de cualquier lugar del mundo. Cuando hubo terminado, se levantó, se limpió los labios con un pañuelo rojo, y tomándola de la mano, la miró directamente a los ojos, permaneció en silencio por un buen rato, soltó su mano y empezó a caminar lentamente por la alameda, bordeada de frondosos árboles, a los cuales acudían decenas de pajarillos como buscando sus nidos para pasar la noche que se aproximaba.
Lorena le siguió en silencio. El paisaje era hermoso, apacible, la luz crepuscular le confería un ambiente tranquilizador, especialmente para sus ojos y para su mente que no lograba captar lo que le estaba sucediendo, si bien gradualmente se iba calmando, mientras experimentaba la sensación de que se encontraba próxima a vivir una experiencia inolvidable. Después de un buen rato, llegaron al centro del parque identificable por una glorieta con un jardín de flores rojas, en medio de unos arbustos podados por un hábil jardinero que les había dado formas geométricas de rombos, triángulos y esferas. En mitad de la plazoleta, como a cuarenta centímetros del suelo, una pila de mármol contenía una fuente de agua iluminada por focos interiores. Las luces giratorias daban al entorno un toque fantasmagórico en medio de esa noche que comenzaba para Lorena en tan extrañas circunstancias.
Con un gesto amable, el misterioso niño la invitó a sentarse en una de las bancas de madera simétricamente colocadas en el borde exterior de la plazoleta, y permaneció de pie frente a ella. Sus facciones, dulcificadas por una sonrisa, resplandecieron con un brillo picaresco de sus ojos, cuando comenzó a explicarle:
— Mi nombre terrestre es Jawaharbal Bahadur, pero mi nombre cósmico es Kasak y así deberás llamarme. Soy telépata, por eso leo en tu mente la pregunta, “¿Qué significa eso de nombre cósmico?”.
La sonrisa del niño se transformó en una breve y ruidosa carcajada cuando vio la cara de asombro de la periodista, al advertir que por su mente acababa de pasar exactamente esa pregunta; su comentario la asustó un poco y le dio la sensación de que la privacidad de su mente podía ser invadida por la mente poderosa del mozalbete.
— No tienes de qué preocuparte por mi condición de telépata ― dijo Kasak, colocándole una mano sobre el hombro derecho, como para calmarla ―. Quienes hemos desarrollado este don, y tú algún día no muy lejano lo desarrollarás, somos respetuosos en la comunicación telepática, pues no penetramos una mente sin pedir autorización a su dueño, en la misma forma en que tú no entras a un cuarto ajeno sin golpear antes la puerta. Si lo hice, fue para darte una demostración y no con el ánimo de asustarte. De todas maneras ― agregó en tono cortés ― discúlpame.
— De acuerdo ― dijo cada vez más intrigada ―. Te disculpo, pero me debes muchas explicaciones, ¿no te parece?
— Por supuesto ― dijo Kasak sentándose a su lado ―, comenzaremos por tu última pregunta, la que no te dejé formular.
Diciendo esto, se acomodó en el asiento y levantó la mirada al despejado cielo de verano, embellecido por una miríada de titilantes estrellas que daban una pálida claridad a la noche y producían, en conjunto con los olores silvestres, un ambiente de sosiego. Kasak permaneció en silencio por unos segundos y, luego de aspirar el fresco aire nocturno, comenzó:
— Todos los seres humanos tenemos un nombre único, cósmico, universal, el cual nos es revelado cuando alcanzamos un nivel adecuado de evolución. Oportunamente conocerás el tuyo. ¿Quién soy? ― Prosiguió Kasak ― Lo podrás averiguar tú misma, visitando mi casa, conociendo a mi madre y dialogando con ella o acompañándome a la escuela y hablando con mis profesores. Descubrirás que, en mi medio, me desenvuelvo como un niño normal. Pero eso es sólo apariencia. En realidad, yo soy uno de los muchos seres que han encarnado en la Era de Acuario para conducir a la humanidad hacia una era dorada, en la cual reinen el amor, la paz, la belleza, la armonía y la opulencia, entendida esta última como la satisfacción plena de todas las necesidades, para todos los seres humanos.
Kasak hizo una pausa, como para observar el efecto que sus palabras habían producido en su interlocutora, la miró fijamente a los ojos y prosiguió:
— Puedo revelarte que formo parte de un grupo integrado por diez niños y un maestro que nos dirige. Todos los niños tenemos exactamente la misma edad, pues nacimos el primero de enero de 1969. Estamos destinados a cumplir diferentes funciones en el proceso de preparar a la Tierra, a partir del año 2002, para una transición gradual orientada a la conformación de un gobierno mundial unificado, de carácter espiritual y teocrático, que surgirá después de la fusión de todas las iglesias mayores de Oriente y Occidente. Se nos conoce como los líderes, actualmente en formación, de la Operación Capicúa. Provenimos de una civilización más avanzada, que habita en el planeta Ganímedes de nuestro sistema solar. Decidimos voluntariamente abandonar nuestros cuerpos físicos, de edad muy avanzada, para encarnar en este planeta sin perder nuestro conocimiento y participar en esta misión, con el propósito de avanzar en nuestro proceso evolutivo individual. Aparte de nosotros, nacerán en la tierra, después de 1991, ciento noventa y un niños de ambos sexos, uno por cada país, que serán preparados a comienzos del próximo milenio con el fin de ayudar a la humanidad a construir una nueva civilización…
— ¡Un momento! ― exclamó Lorena interrumpiendo a Kasak, con expresión perpleja por su extraña revelación —. ¿Quieres decir que eres un extraterrestre?
— ¡Je, je, je, je! ― Se rió el muchacho y contestó: — Sí y no, je, je, je. Es difícil de explicar, pero lo intentaré.
— Cuanto antes mejor ― dijo Lorena, un tanto molesta al sentirse completamente confundida ―.
—Verás ― dijo Kasak, al tiempo que se sentaba a su lado y echaba la cabeza hacia atrás para mirar las estrellas ―. Ganímedes es el satélite más grande de Júpiter y está habitado por nuestra civilización, desde que hace miles de años nuestros antepasados lograron evacuar Maldek, nuestro planeta original, que se desintegró en una violenta explosión nuclear en la cual perecieron millones de personas. En Ganímedes, conocido en la galaxia como el reino de Mu, los habitantes han logrado convivir armónicamente, y por milenios.
Kasak guardó silencio por un momento, que la periodista aprovechó para intervenir con algunas preguntas:
— ¿Cómo es esto de que abandonaste tu cuerpo físico en edad muy avanzada?, ¿quiere decir que estoy hablando con un anciano y no con un niño? He oído hablar de Ganímedes, pero no sabía que estaba habitada y nuestros científicos no creen que haya vida en ese satélite.
Kasak sonrió levemente, y con una parsimonia que parecía natural en él retomó la palabra:
— Muchos interrogantes adicionales seguirán dándote vueltas en la mente. Por lo pronto… El estruendo producido por los motores de un avión de pasajeros que descendió sobre sus cabezas, rumbo a la pista de aterrizaje en el aeropuerto de Nueva Delhi, interrumpió a Kasak, quien respiró profundo y esperó hasta que el silencio total los cubriera nuevamente. Lorena estaba fascinada, esperando la explicación del niño viejo que retomó la palabra después de algunos minutos.
— Los ganimedianos alcanzamos un nivel evolutivo, conocido como Fraternidad, que corresponde a un período en el cual la totalidad de los habitantes de un planeta fundamentan todas sus actividades en el amor. Es una era en la que reinan la paz y la armonía, pues conceptos egoístas de los niveles anteriores han sido superados y muchas de las instituciones, que antes eran consideradas indispensables, desaparecen para dar paso a un sistema de convivencia social, hasta ahora desconocido en este planeta. Una vez la humanidad esté lista para convivir en fraternidad, progresivamente irá avanzando en siete grados de organización social hasta lograr su perfeccionamiento como especie. Oportunamente conocerás estos grados; en las Pléyades, por ejemplo, ya han alcanzado un sexto grado, pues los pleyadinos manejan en forma perfectamente armónica las fuerzas naturales y espirituales; los ganimedianos vivimos en un quinto grado de organización comunitaria en el cual han desaparecido totalmente los conceptos de posesión, los complejos y se han eliminado las barreras de la intimidad, con lo cual el ser deja al descubierto su verdadera esencia y comienza a regirse por la conciencia pura y no por el ego conceptualizado.
— Entonces ― intervino la periodista ― ¿Esto quiere decir que los niños de la que tú llamas “Operación Capicúa” han venido a trasplantar el sistema de vida de Ganímedes en la tierra?
— Yo no diría trasplantar ― respondió Kasak ―, sino adaptar lo esencial de nuestro sistema a este mundo pluricultural y multiétnico. Actualmente hay en la Tierra un grupo de personas que han alcanzado lo que podríamos llamar un despertar espiritual hacia la ley universal del Amor; se cuentan por millones, y con la ayuda de numerosas obras literarias, conferencias, seminarios y proliferación de movimientos espirituales están preparados sicológicamente para iniciar un cambio de actitud frente a la vida, frente a los demás seres humanos y frente a su planeta. Además, están listos para ser guiados hacia la generación de cambios fundamentales en el sistema de gobierno y en las formas de convivencia social.
Kasak miró a Lorena con una sonrisa, misteriosa para ella, y dijo, como en respuesta a su pensamiento:
— Sé que tienes infinidad de preguntas respecto a la revelación que te he hecho; sin embargo, por hoy es suficiente… ya es tarde y no quiero que mi madre se preocupe. Faltan tres días para que termine tu conferencia, toma este tiempo para decantar la información que te he proporcionado y el lunes, cuando el sol se ponga, te espero en la fuente luminosa. Sin mediar palabra, se empinó un poco para darle un beso en la frente, dio media vuelta y se marchó, dejándola con un torbellino de inquietudes en la mente.
El lunes al atardecer, equipada con la grabadora, una cámara fotográfica y una lista interminable de preguntas que le habían surgido durante el fin de semana, se encontraba en el mismo banco en el cual Kasak le había hecho las sorprendentes revelaciones. Sin poder controlar totalmente el nerviosismo y la ansiedad, esperó por espacio de una hora la llegada del muchacho… Comenzaba a impacientarse, cuando una mano se posó sobre su hombro y la voz de Kasak, hablando en inglés a sus espaldas, le susurró: “Permanece quieta, no te voltees y recibe esta nota ― dijo, mientras deslizaba un sobre en sus manos y agregaba. He recibido instrucciones de mi maestro, en el sentido de que toda la información que te he proporcionado debe mantenerse oculta hasta el año 2002. En este sobre encontrarás los nombres cósmicos del resto de mis compañeros en la operación capicúa y los lugares en donde serás contactada por ellos durante los próximos años. Como te dije, tú eres capicúa y estás vinculada al cumplimiento de nuestra misión”.
Lorena sintió que el muchacho retiraba la mano de su hombro, hablaba en tono ligeramente más alto que los susurros iniciales, y anticipaba su pregunta diciéndole:
— Por definición semántica, capicúa es toda palabra, frase o cifra que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, como por ejemplo 1881, ANITA LAVA LA TINA, mi nombre y el de todos los integrantes de la misión o tu primer nombre ANA, que al complementarse con las iniciales de tu nombre Ana Milena Arango, nos da otra palabra capicúa: AMA. A propósito de tu primer nombre, te anticipo que forma parte del nombre cósmico que te será revelado oportunamente. Por ahora debes continuar tu vida profesional sin ningún cambio y limitarte a seguir las instrucciones que te serán proporcionadas telepáticamente, tal como lo estoy haciendo ahora…
En ese momento, Lorena se volvió intrigada para llevarse la gran sorpresa de que Kasak había desaparecido; sin embargo, en su mente escuchaba la conocida risa del muchacho y su voz, que sonaban como si estuviese hablando a sus espaldas, cuando en realidad desde trescientos metros de distancia mentalmente le decía: “Hasta pronto y buena suerte”.

* * *

El 11 de enero de 1991, casi diez años después del encuentro con Kasak, que había significado un cambio dramático en la mentalidad y en la vida de Lorena, a las once de la mañana captó ella en su interior, como ya le había sucedido en oportunidades diferentes, una voz masculina y armoniosa que amablemente le ordenaba viajar ese mismo día de Cali, en donde acababa de atender un compromiso profesional, hasta Bogotá y acudir, antes de las cinco de la tarde, al lobby del Hotel Tequendama, en donde recibiría nuevas instrucciones que la prepararían para su primer encuentro con Rakar, el Jefe Supremo de la Operación Capicúa.
A pesar de que este encuentro le había sido anunciado a Lorena cinco años antes cuando fue contactada por Franz Reichardt, para entonces un joven de 17 años que la había abordado durante una visita a la histórica ciudad de Dresde, en Alemania, y que respondía al nombre cósmico de Kenek, la notificación telepática le produjo una sensación de logro similar, pero muy aumentada, a la que había experimentado el día de su graduación como periodista. Comprendía que el despertar a la conciencia trascendente, anunciado por sus instructores, estaba próximo. Con una calma y una serenidad que a ella misma le sorprendieron, alistó con eficiencia su equipaje y se dirigió al aeropuerto para tomar el próximo vuelo hacia Bogotá, mientras su mente evocaba los encuentros con los jóvenes, hombres y mujeres de la Operación, que para entonces deberían de tener 22 años.
Mientras revisaba frente al espejo los últimos detalles de su atuendo, Lorena no pudo menos que sonreír a su propia imagen, que se había detenido en el tiempo con la apariencia física que tenía a los 33 años cuando conoció a Kasak. Recordó que después de su experiencia en la India durante el resto del año ningún hecho extraordinario había sucedido, ni había sido contactada, como le anunciara Kasak, sino hasta el 20 de junio de 1982, víspera de su cumpleaños número 34. En esa ocasión, encontrándose en Ciudad de México, había sido abordada por una hermosa adolescente a la salida de un cine. La jovencita, que respondía al nombre terrestre de Laura Lopera y al cósmico de Idanadi, no sólo había sido su primera instructora para el desarrollo de sus facultades telepáticas, primero como receptora y después como transmisora, sino que le había hecho un inusitado y sorprendente regalo de cumpleaños: un pequeño cofre de oro que contenía once pastillas que debería ingerir diariamente por igual número de días. “Con ello lograrás mantener tu cuerpo con la salud, la vitalidad y la apariencia de los 33 años; pues ésta es la edad de la madurez física y biológica del ser humano, que puede preservar por centurias si se mantiene en armonía con sus semejantes y con la naturaleza, como sucede en Ganímedes, en Las Pléyades y sucederá a comienzos del próximo milenio en la tierra…”.
A partir de este segundo contacto se estableció una secuencia de encuentros con el resto de integrantes de la Operación: en Kabul, Afganistán, con Tesset en 1983; en Toulouse, Francia, con Ailia en 1984; en el Cusco, Perú, con Aya en 1985; en Dresde, Alemania, con Kenek en 1986; en Moscú, Rusia, con Besseb en 1987; en Praga, Checoslovaquia, con Otto en 1988; en Haifa, Jerusalén, con Assa en 1989; y en El Cairo, Egipto, con Tabat en 1990.
A lo largo de estas vivencias, Lorena se iba sintiendo cada vez más fortalecida espiritualmente, convencida de que por alguna razón, que aún no comprendía, ella había sido escogida para jugar un rol muy importante en los acontecimientos que marcarían, para la humanidad en la tierra, un paso definitivo hacia el nivel de fraternidad y convivencia pacífica. Tenía también más claro el concepto de la Operación Capicúa, cuya primera fase, según le había indicado Kenek, terminaría en 1991, cuando tendría contacto con el jefe Supremo de la operación. Según le habían explicado los jóvenes, a quienes aprendió a respetar y reconocer como maestros, a partir del año 2002 ellos conformarían una especie de grupo instructor que tendría la responsabilidad de capacitar y preparar espiritualmente a los 191 niños concebidos y nacidos en 1991. La formación de estos niños iniciaría a la edad de 11 años y se prolongaría hasta el año 2022 para que, al cumplir los 33 años de edad, asumieran los gobiernos de sus respectivos países y comenzaran una transición acelerada hacia la integración mundial, borrando las fronteras divisorias y depurando las instituciones para la nueva etapa en que el Planeta Tierra se constituiría en reino unificado y miembro de la Fraternidad Cósmica Universal. Kenek le había explicado que Rakar, el maestro que les dirigía, no era ganimediano, como ellos, sino pleyadino, y que como su civilización vivía en Las Pléyades bajo un sexto grado de organización social, poseía la sabiduría suficiente para orientarlos como asesor de quienes conducirán este planeta hacia ese cambio, que estaría precedido por una serie de catástrofes naturales, epidemias y guerras, que se extenderían hasta el año 2012. Desde el año 2009, cuando los 191 jóvenes alcanzarían la mayoría de edad, se iniciaría para ellos la etapa en que comenzarían a escalar prominentes posiciones en sus respectivos países, hasta llegar a ocupar, en el año 2022, la primera magistratura en sus naciones; en esa etapa estarían asesorados permanentemente por los instructores ganimedianos.
Alrededor de las cuatro y media de esa tarde, Lorena se apeó del taxi frente a la entrada principal del Hotel Tequendama, y al traspasar el umbral de la puerta nuevamente escuchó en su mente una voz, la misma que le había dado el mensaje telepático en la mañana, que le decía: “Bienvenida a Bogotá, como verás yo he cambiado mucho en el aspecto físico pero tú sigues siendo tan hermosa como el día en que te conocí. Je, Je, Je”. Lorena no pudo evitar una carcajada mientras buscaba con la vista a su interlocutor telepático. No tardó en identificar a Kasak, que en ese momento se levantaba de una poltrona, seguido por la bella mujer de 22 años en que se había convertido Idanadi. Kasak iba elegantemente vestido con un traje gris claro de tres piezas, camisa blanca de algodón y corbata de seda azul oscura; su rostro moreno lucía una bien cortada barba y estaba tocado por un turbante también azul oscuro, que le daban la apariencia de un elegante diplomático indio. Después de los correspondientes abrazos, Kasak invitó a las dos mujeres a seguirle hasta la suite que compartía, desde el día anterior, con Idanadi, en el último piso del hotel. Una vez allí, Idanadi ordenó por teléfono un servicio de té y galletas, indicándole a Lorena, esta vez en lenguaje verbal, que después de tomar el té deberían ponerse ropas cómodas: a las seis de la tarde emprenderían camino hacia el vecino municipio de Tabio, en donde su alojamiento estaría en una cabaña a los pies de la conocida Peña de Juaica, y que allí sería preparada para su encuentro con Rakar, esa misma noche.
A las seis de la tarde un botones golpeó a la puerta, que Kasak se apresuró a abrir, y le dijo: “Señor Bahadur, el campero que ordenó está disponible en el área de parqueo del hotel”. Hora y media después Kasak estacionaba el vehículo frente a una amplia cabaña de ladrillo a la vista y tejado de barro, situada a unos doscientos metros del carreteable que conducía desde la vía entre Tabio y Tenjo hasta el pie de la Peña de Juaica. La noche era cerrada pero el cielo estaba despejado, lucía pletórico de estrellas y luceros que parecían danzar en la oscuridad. Al traspasar el grueso portón de caoba que daba acceso al interior de la cabaña, Idanadi oprimió un interruptor para iluminar una acogedora sala con cuatro poltronas, tapizadas en cuero, en torno a una alfombra de lana virgen en cuyo centro había una mesa redonda de madera labrada, adornada por un solitario de cristal que lucía una orquídea fresca de color violeta.
Kasak le indicó a Lorena que se sentase en una de las poltronas, mientras él hacía lo propio frente a ella e Idanadi salía nuevamente de la cabaña para recoger la valija de la periodista y una maleta mediana en cuyo interior había algunas ropas masculinas, una cédula de ciudadanía colombiana, un pasaporte a nombre de Alfredo Muñoz Acosta, consultor empresarial, nacido en Bogotá el 21 de junio de 1948. Las fotografías de ambos documentos mostraban el rostro de un hombre de edad mediana, tez blanca, ojos azules y cabello castaño oscuro. Poco después Idanadi ingresó al cuarto principal de la cabaña, cerró la puerta a sus espaldas y comenzó a desempacar los equipajes para acomodarlos en un sólido mueble de madera frente a una cama matrimonial, que junto con las respectivas mesitas de noche y dos mecedoras de mimbre constituían el sobrio pero agradable ambiente de la alcoba. En la sala, entretanto, Kasak le pedía a Lorena que cerrase los ojos e iniciara una serie de ejercicios respiratorios que tiempo atrás le había enseñado Idanadi cuando comenzó su instrucción para la comunicación telepática.
En un estado de completa relajación, la mente de Lorena comenzó a escuchar la voz de Kasak, que en tono monocorde le decía: “Tu nombre cósmico es Anayana, tu origen es pleyadino y a partir de este momento tendrás conciencia de tu verdadero ser trascendente. A continuación tu espíritu viajará en el tiempo y en el espacio hasta el lugar y las circunstancias en que tú y Rakar, que es tu complemento masculino, fueron aceptados por el Supremo Consejo Intergaláctico como una de las parejas que formarían parte, en representación de las Pléyades, de la Operación Capicúa”.
Con la nitidez y la tridimensionalidad de un sueño, Anayana, conciente de su verdadera identidad, se vio a sí misma al lado de Rakar en medio de un grupo, que con ellos completaba ciento noventa y una parejas, conformados por pleyadinos, kordelianos, orphirianos, damarkinos y representantes de otras razas anatómica y fisiológicamente similares a los pobladores de la Tierra. Todos cómodamente instalados en sillas reclinables en una especie de foro, al frente del cual había un podio desde donde se dirigía a ellos el gran Maestro Rondek, presidente del Consejo Supremo, para darles la bienvenida y felicitarlos por haber sido escogidos entre más de diez mil parejas de voluntarios que se habían ofrecido para participar en la Operación Capicúa. A continuación, el Maestro Rondek les ordenaba que colocasen sus respectivas sillas en posición horizontal, para que pudiesen apreciar lo que en ese momento estaba ocurriendo en el Planeta Azul. La cúpula transparente que cubría el recinto como un inmenso domo se convirtió en una enorme pantalla, en cuyo centro se fue acercando la imagen de la Tierra hasta que se pudo apreciar una ciudad sobre la cual volaba un rudimentario aparato aéreo, de cuyo vientre fue arrojado un objeto cilíndrico que hizo impacto en el centro de la ciudad levantando una enorme nube que cubrió por completo la pantalla. En ese momento el maestro Rondek explicó:
— En este instante, según el calendario y el huso horario de los terrícolas, son las 08:15 de la mañana del lunes 6 de agosto de 1945, y el aparato que ustedes acaban de ver es un bombardero estadounidense que acaba de lanzar sobre la cuidad de Hiroshima la primera bomba atómica construida por el hombre, causando más de ochenta mil muertes en un minuto. A ésta seguirá otra bomba, que pondrá fin a una guerra mundial, la segunda que ha ocurrido en ese planeta en menos de treinta años. Se espera que a este suceso le siga un período de tensiones bélicas, entre naciones que vivirán los próximos años bajo la amenaza de una conflagración atómica que podría destruir el planeta azul, tal como ha sucedido en otros planetas en ésta y otras galaxias. El Consejo Supremo sabe que el próximo 21 de junio de 1948 comenzará en la Tierra la era zodiacal de acuario, hecho éste que marcará la transición de ese planeta hacia un nivel evolutivo superior que permitirá a los sobrevivientes de múltiples eventos, que sucederán desde ahora hasta el año 2012, iniciar una convivencia armónica como fraternidad apta para formar parte de la Confederación Intergaláctica de planetas habitados. Ahora bien, continuó Rondek, las 191 mujeres, de este grupo deberán abandonar sus cuerpos físicos para encarnar de padre y madre terrícolas, y nacer como tales el 21 de junio de 1948, cada una en la ciudad que escogieron en cada uno en los respectivos países que han venido estudiando.
Por su parte, los hombres permanecerán conformando un grupo especial de apoyo que sobrevolará durante los próximos años el planeta azul para cumplir misiones específicas que les serán comunicadas oportunamente, con excepción de Rakar, que también encarnará al tiempo con las mujeres, pues tendrá a su cargo, a partir de 1969, la coordinación de un grupo de 10 ganimedianos que también nacerán en ese planeta como parte del plan general. Por razones de seguridad, las mujeres que nacerán en la Tierra mantendrán durante 44 años su conciencia trascendente adormecida; no así los ganimedianos, quienes junto con Rakar conservarán la totalidad de su conciencia y sus capacidades mentales. Por último, debo advertirles que con ocasión del descubrimiento de la energía atómica en la Tierra, la otra fuerza, encabezada por los riguelianos, intensificará sus esfuerzos por apoderarse de este planeta que ofrece una variedad de especies animales y vegetales que no existen en Riguel; de hecho, tenemos información de que ellos comenzarán en los próximos años una serie de incursiones sobre el planeta azul para realizar experimentos genéticos con humanos y animales; además, sabemos que ya han logrado producir en el laboratorio riguelianos muy similares, al menos en apariencia, a los pobladores de la Tierra; también se ha sabido que la otra fuerza tiene previsto hacer pactos secretos con algunos líderes terrícolas, ofreciéndoles tecnología a cambio de facilidades para sus propios experimentos.
Para finalizar quiero indicarles que ustedes, como individuos genéticamente complementarios, volverán a encontrarse en la Tierra en enero de 1991, según el tiempo de este planeta, y en cada uno de los países asignados, pues tendrán la misión de procrear los niños que guiarán a esa humanidad hacia el cambio; para ello deberán vivir y comportarse como padres biológicos, según las costumbres y la cultura de cada país, hasta el final de la segunda fase en el año 2002. A partir de este momento y hasta la fecha en que comienza la Operación, ustedes dispondrán de un periodo de descanso disfrutando la mutua compañía en Kayak, el planeta de los dos soles y las tres lunas, a donde serán conducidos al término de esta reunión.
Al abrir lo ojos, Anayana, totalmente conciente de su preexistencia, de la importancia de continuar viviendo como Lorena Montes y de la proximidad de su encuentro con Rakar, se percató de algunos cambios: Kasak e Idanadi habían desaparecido, la chimenea crepitaba alegremente, y en el comedor de la cabaña había una botella de vino con dos copas. Con su espíritu invadido por una sensación de plenitud, se levantó en el preciso instante en que un pequeño reloj de péndulo marcaba las once de la noche y se abría la puerta de la alcoba principal para dar paso a Rakar, que ataviado con una sencilla bata casera de algodón avanzó sonriente para tomarla en sus brazos y fundirse con ella en un idílico abrazo y en un apasionado beso que selló el anhelado encuentro, vaticinado muchos años antes en su lejano pasado.

Casablanca

Por : kapizan
En : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

6

Boston, Massachussets, noviembre de 1981

El interior del bar era cálido y contrastaba con el frío de la lluviosa noche otoñal. La decoración evocaba los años cuarenta con enormes fotografías de los protagonistas de Casablanca, el gran clásico del cine que traía a la memoria de los parroquianos la intensidad del amor en tiempos de guerra. Ilse pidió un vino blanco con soda y se acomodó en el asiento que habitualmente ocupaba los viernes, en un extremo de la pulida barra, atendida por un simpático negro cuarentón de inmaculada camisa blanca y corbatín negro que, con amable sonrisa y ágil eficiencia, se apresuró a servirle una generosa copa de Blanc du Blanc, sin soda, mientras agregaba ampliando la sonrisa:
— El primero de hoy, es cortesía de la casa y por tanto va sin mezcla. Salud Madame.
— Gracias Roger ― respondió Ilse pensando para sus adentros que talvez el vino puro la tonificaría mejor, y tomando un sorbo se adentró en lo más profundo de sus pensamientos.
Desde su divorcio, seis meses antes, había incorporado a su rutina las visitas al bar Casablanca, después de que Joao el hombre con el que había compartido doce años de matrimonio (en verdad no fueron más que un año aburrido y gris repetido doce veces), se hacía cargo de los niños para pasar con ellos el fin de semana.
Sus visitas a Casablanca, el bar de solteros más concurrido de Harvard Square, eran para ella como una ratificación de libertad. En realidad no iba allí en busca de compañía como muchas otras mujeres en circunstancias similares. Iba en busca de un encuentro consigo misma, o al menos eso era lo que creía. Sabía que a pesar de sus cuarenta años, su cuerpo continuaba esbelto y flexible y sus facciones nórdicas eran atractivas para cualquier hombre; pero también, era consciente de que estos sólo buscarían en ella un entretenimiento pasajero y una satisfacción meramente sexual, sin ningún compromiso. Temía cometer por segunda vez el error de enamorarse y esperaba encontrar algún día lo que consideraba el verdadero amor; pero no hacía ningún esfuerzo para lograrlo.
Con movimientos seguros abrió el bolso y de una pitillera de oro marcada con su nombre de soltera Ilse W. Ketelhon ― Viena septiembre 16 1961, extrajo un cigarrillo mentolado, que el negro se apresuró a encender con gesto rápido y amable. Envuelta en una delicada nube de humo, dejó libre el caudal de sus pensamientos, entrecerró los ojos y trató de visualizar la imagen sin nombre que, en forma recurrente, aparecía en sus sueños desde hacía más de diez años. La imagen correspondía a un hombre maduro, de cabellos negros entrecanos, ojos cafés y mágica sonrisa. Los sueños eran tan reales y tan intensos que llegó a sentir el complejo de la infidelidad conyugal. Como ya era libre, decidió que era el momento de bautizarlo y el nombre apropiado surgió con naturalidad. Levantó la copa y mentalmente brindó por un próximo encuentro, en Casablanca o en donde fuera, menos en el mundo de los sueños. Besó la copa con delicadeza, humedeció los labios con el vino y sencillamente dijo: por ti Frank.

Al otro lado del río Charles, el estudiante colombiano que asistía al programa doctoral en la escuela de negocios de Harvard, apuró el último sorbo de café, cerró el libro de estrategia empresarial, organizó las fichas de apuntes, sacó del bolsillo una moneda y mentalmente apostó: si sale cara me voy a tomar un trago, y si sale sello sigo estudiando… ¡salió cara! Sin pensarlo dos veces se puso el gabán, la bufanda y los guantes y se encaminó con paso seguro por entre la lluvia, rumbo a Casablanca, el mejor lugar para un encuentro amoroso, según le había recomendado su vecino de cuarto, un economista filipino de enigmática sonrisa que solía llamarlo con afecto viejo Frank.

* * *

El Cuzco Perú, siete años después.

Lentamente, mirándose a los ojos resplandecientes de pasión, Ilse y Frank fueron desplazando sus manos hacia el centro del cuerpo y elevaron los pulgares con las palmas de las manos unidas al frente hasta colocarlas debajo de sus fosas nasales. A continuación, comenzaron a inhalar, retener y exhalar el aire en forma alternada, empezando por la fosa izquierda, mientras mentalmente pronunciaban rítmicos mantras, haciéndolo alternativamente por espacio de diez minutos. Terminado el ejercicio de control respiratorio, ella salió del círculo y metió sus manos en un hermoso cuenco de cobre colocado sobre un pebetero que mantenía caliente su contenido de aceite de almendras.
Ilse, con las manos cubiertas por el agradable líquido, comenzó a recorrer en forma suave, firme y tierna el cuerpo de él desde los hombros hasta la cintura. Allí, complacida al observar la natural erección de su compañero, suspendió el acariciador masaje, señalándole con la mirada el cuenco como diciéndole es tu turno.
Él salió del círculo, llenó sus manos de aceite y regresó para efectuar el mismo recorrido sobre el torso femenino. El endurecimiento de los pezones y la dulce e intensa mirada de ella, le indicaron que era hora de pasar a caricias más íntimas: se tendió de espaldas escurriendo sus piernas cerradas por entre las piernas de ella, aún de pie y tomando su cintura con las dos manos la hizo descender lentamente hasta que su erección rozó la abertura vaginal húmeda y cálida. Suavemente deslizó su virilidad a lo largo del terso recipiente, sin penetrarla, y mantuvo un movimiento pendular por espacio de varios minutos hasta que, seguro de poder controlar una eyaculación inoportuna, dobló su lengua hacia atrás y lentamente la penetró, permitiendo que ella iniciara con su cuerpo una secuencia de movimientos lentos y constrictores que se prolongaron, produciendo una indescriptible sensación de plenitud a la pareja. Minutos después, ella lo miró intensamente a los ojos como señalando que estaba lista para manejar su fuerza sagrada. Él asintió con un leve movimiento de cabeza, entrelazó sus manos con las de ella, tensó los músculos de las piernas, cerró los ojos, concentró su mente en su zona lumbar y dejó que la potencia incontenible fluyera hacia atrás, por los conductos ganglionares, como una explosión que ascendió por su columna vertebral hasta llegar al cerebro con una energía tan fuerte que sin retirarse del cuerpo de ella, que experimentaba igual sensación, le permitió ponerse de pie abrazándola como epílogo de la perfecta comunión entre dos espíritus que se funden a través de sus cuerpos en la más pura expresión de amor.

Vientos del Este

Por : kapizan
En : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

12

Jamaica, año 1646 D.C.

Las velas del bergantín se hinchan, las olas se encrespan presurosas, se deslizan, se adormecen y de sus crestas brotan, alentadas por los vientos del este, danzantes figuras de inteligentes delfines.En el negro azuloso de los cielos callados, dos gaviotas amorosas retozan, suspendidas en el tiempo, al suave influjo de los vientos del este y cuatro nubes se escurren silenciosas con su soplo. La luna, Selene, la hermosa diosa de las sombras, aumenta con su luz la grácil silueta del bergantín.
La inmensidad azul oscura comulga con la vida y se siente de Dios la sinfonía de este mundo finito e infinito que habitamos. Todo es paz, todo es amor y todo es calma… sentimientos que gobiernan la mente, el corazón y el alma del viejo capitán, hombre sereno que eleva a Dios sus alabanzas por el simple hecho de permitirle disfrutar sus añoranzas. El humo de su curva pipa asciende hasta hacerse invisible en las alturas; su mirada se pierde en lontananza. El navío suave y veloz sobre la mar avanza, impulsado por los vientos del este, que en la insondable soledad alegremente anuncian el nacer de un nuevo día, pleno de amor, de fe y de esperanza.

El gallo cantó por primera vez, Diana abrió los ojos, se irguió en la cama apoyándose en los codos y enfocó su mirada a través de los cristales de su ventana, hacia el mar que amaba, el mismo que era depositario de los cuerpos de su esposo y su hijo que habían perecido once años atrás en una naufragio. Como todos los días, dio gracias a Dios por mantenerla viva y musitó una oración por sus difuntos. Se levantó lentamente, calzó las sandalias y salió a la playa a observar la majestuosa salida del sol sobre la línea del horizonte. Cuarenta y cinco años de vida a la orilla del mar Caribe, le proporcionaban la capacidad suficiente para detectar la dirección del viento: soplaban vientos del este. Caminó lentamente por la playa hasta llegar al tronco en donde diariamente depositaba sus sandalias para avanzar de cara al mar y sentir el lamido de las olas que morían en sus tobillos para retroceder y regresar en espumosa caricia que le proporcionaba un placer indescriptible.

Días antes había tenido un sueño que se repetía cada tres o cuatro noches con una frecuencia y una intensidad cuyo significado no entendía. Soñaba que a su playa llegaba un bergantín, que anclaba a media legua de la orilla y por su borda descendían en un bote de remos doce hombres encabezados por un viejo capitán, que siempre hablaba por entre el humo de una pipa curva y transmitía en su mirada azul una inmensa capacidad de amor, de comprensión y de ternura. Diana ya amaba la imagen del viejo capitán de barba blanca, de enérgicos y pausados movimientos, de gran seguridad y de mirada dulce.

Dos semanas antes había consultado con Ana, la vidente del pueblo, quien después de verificar los mensajes de los cuatro elementos había dicho: “Todavía no es un hecho, pero lo será. El marino de tus sueños es tu alma gemela. Espéralo porque vendrá y será tu complemento.

El sol antes de mostrarse anunció su llegada tiñendo el cielo con tonalidades entre amarillo, naranja y violeta. El azul del mar reforzó la intensidad de su color con las primeras luces del alba. Diana levantó la vista y su corazón saltó de emoción; a lo lejos galopando suavemente sobre las ondas, se deslizaba hacia su playa un bergantín. Tranquilizó su mente, serenó sus sentimientos y esperó pacientemente.
Dos horas después, observó que el navío se detenía mecido por las olas a doscientos metros de la orilla y se emocionó al observar que una chalupa se desprendía de la nave madre, con el viejo capitán de sus sueños encabezando un puñado de hombres que comenzaron a remar rítmicamente hacia la orilla.

Diana se mantuvo inmóvil y serena esperando el arribo del bote, hasta que la embarcación se detuvo en la arena a tres metros de ella. En movimiento demasiado ágil para sus sesenta años el capitán saltó a tierra y se dirigió a Diana con los brazos abiertos, una mirada limpia, una amplia sonrisa y le dijo:
― No sé quien eres pero tú eres. Aquí termina mi travesía, he sufrido, he amado, he vivido y tú simbolizas el amor que siempre he buscado. Contigo me quedo, pues una fuerza superior a mí me lo indica. Se aproximó a ella tomó su rostro entre las manos y la besó tiernamente en los labios.

Takumara y Kundemaro

Por : kapizan
En : Encuentros de Almas Gemelas

13

Islas del Pacífico año 3.113 A.C.

La suave brisa matutina, un rayo de sol que se filtró por entre el follaje que la cubría y el cálido aliento de un venado sobre su rostro, despertaron a Takumara de su profundo y reparador sueño, después de una larga jornada a pie desde su aldea. Lentamente para no asustar al animal se incorporó sonriente y le acarició con ternura la cabeza y el lomo; salió de su improvisado refugio, se dirigió al lago cercano, bebió agua en el cuenco de la mano y se enjuagó el rostro. El agua fría le proporcionó una agradable sensación de frescura que la hizo sentir tonificada y optimista.

A este ritmo, pensó, llegaré en tres días a la tierra de los hermanos que viven en la montaña. A continuación, de cara al sol, con sus ojos color caramelo completamente abiertos, oró al gran espíritu agradeciéndole el estar viva y el permitirle disfrutar de la belleza y la armonía de la naturaleza. Extendió sus brazos con las palmas de las manos hacia arriba y lentamente, tensionando los músculos, desplazó las manos hasta colocarlas unidas por las yemas de los dedos frente a su cara de pómulos ligeramente destacados y facciones hermosamente delineadas. Colocó los dedos pulgares tapando las fosas nasales, haciendo inhalaciones alternadas de aire en forma rítmica y pausada, mientras repetía mentalmente, las invocaciones que Jadkim, el sacerdote que la había iniciado tres lunas antes en el arte del amor y le había enseñado a controlar el uso de su fuerza sagrada, al declararla ante el resto de la tribu mujer sana y apta para procrear.
El ejercicio anterior energizó su cuerpo, despejó su mente y le produjo una dulce sensación de plenitud que recorrió su piel desnuda desde la planta de los pies hasta la coronilla. Durante las inhalaciones, que se prolongaron por espacio de diez minutos, su mente estuvo centrada en la visualización de una blanca y delicada flor de ayuro, una planta reconocida por todos en la tribu como el símbolo de la pureza y el amor.

Takumara, acostumbrada desde su primera infancia a bañarse en el mar, no resistió la tentación de hacerlo en las dulces y cristalinas aguas del sereno lago que veía por primera vez a la luz del día, misterioso en su quietud pero invitador. Entusiasmada como una niña, desanudó el cintillo multicolor que rodeaba su cabeza a la altura de la frente como único símbolo de su noble estirpe; con manos ágiles trenzó su larga y espesa cabellera negra; descolgó de su hombro la mochila terciada, con las viandas de pescado seco y maíz; estiró sus brazos al frente y sin pensarlo dos veces, zambulló su cuerpo en las frías aguas que la acogieron formando perfectas ondas concéntricas en torno a su figura. Retozó un largo rato, nadando con sincrónicas brazadas o remando boca arriba con los brazos extendidos a los lados, mientras flotaba en las apacibles aguas y contemplaba extasiada el vuelo de las aves que planeaban con elegancia en un cielo sin nubes. De repente tuvo la impresión de que la observaban; entonces, al girar la cabeza hacia la orilla opuesta del lago, lo vio: sonriente, con los brazos cruzados sobre su ancho y formidable pecho, el cuerpo broncíneo, bien proporcionado, varonil, para sus ojos: ¡hermoso! Nadó hacia él, que galantemente hincó una rodilla en tierra y le extendió la mano derecha para ayudarla a salir del lago.

Una vez en la orilla, la muchacha se volvió de espaldas a él, soltó la trenza, alisó su cabello con los dedos, desenrolló el cintillo que había envuelto en la muñeca izquierda, lo estiró, lo colocó sobre la frente, lo anudó por detrás de la cabeza con rápido movimiento de sus manos y giro en redondo para mirarlo, sin asomo de pudor mientras le ofrecía una cálida sonrisa y la visión de su cuerpo escultural completamente desnudo.
El joven sostuvo su mirada por un largo rato, como escudriñando su alma, retrocedió dos pasos sin dejar de mirarla, se detuvo, recorrió con los ojos el contorno femenino y en tono admirativo, con voz clara le dijo:
— ¡Eres hermosa Takumara!
Ella que se había sentido complacida con la acariciadora mirada del mancebo, se sobresaltó un poco al escuchar su nombre y un tanto nerviosa, pero sin perder la dignidad y la compostura, sólo atinó a preguntar:
— ¿Acaso eres Kundemaro el nieto del Taita Kunde?
— En efecto princesa, yo soy Kundemaro. El Taita ― agregó con una amplia sonrisa y un resplandor en sus ojos negros ―, no me habló del brillo mágico de tu mirada y le faltaron palabras para expresar lo que yo iba a sentir en tu presencia.
— En cambio de tí no me anticiparon ningún detalle ― explicó Takumara mientras experimentaba una extraña sensación de alegría que no podía definir ― la abuela Yaya, sólo me dio tu nombre, me dijo que eras el primogénito de Kundegaro y nieto del Taita Kunde y sin más aclaraciones, me ordenó emprender camino hacia las montañas, diciéndome que al encontrarte, me indicarías lo que debo hacer.
— Eso haré ― replicó él con un tono de voz que a Takumara le gustó.
— Ven, vamos a sentarnos a la sombra de aquel árbol ― dijo el joven tomándola de la mano y dirigiéndose hacia un frondoso sicomoro, que sobresalía de la exuberante vegetación que rodeaba el lago a unas trescientas varas de la orilla.
— No te preocupes por tu mochila, yo tengo suficientes viandas para los dos ― dijo mientras apresuraba ligeramente el paso y agregó ― caminé toda la noche cruzando el valle que se extiende al pie de las montañas y al rayar el alba descansé debajo del árbol, dormí un rato, me desperté con la luz del sol y me levanté con intención de bañarme en el lago; entonces te ví y no me atreví a interrumpir tu deleite; me pareció que nunca habías disfrutado un baño en aguas dulces.
— Es cierto, nunca. En nuestra aldea solamente utilizamos el agua lluvia para beber, para preparar los alimentos y para lavar nuestros cuerpos ― contestó Takumara que sentía la curiosa sensación de haber conocido a Kundemaro desde siempre. El contacto con sus manos le proporcionaba una dulce sensación de tranquilidad, seguridad y confianza a la vez que sentía la transmisión de su potente energía.

Al llegar al sicomoro, Kundemaro se adelantó unos pasos, apartó con la mano unos arbustos y arrastró hacia el árbol un enorme y pesado fardo de cuero crudo, amarrado con tiras delgadas del mismo material. Con movimientos rápidos desanudó el paquete, lo abrió y de su interior extrajo una especie de machete de cobre, dentado como una sierra por uno de sus filos y cuidadosamente afilado por el otro; un enorme mazo de piedra; un cuchillo de plata con mango de hueso; una estera de hoja de palma entretejida, que venía enrollada; siete vasijas de cobre de diferentes tamaños; dos copas de plata con inscripciones rúnicas en bajo relieve; una bolsa de cuero curtido, repleta de carne de venado, magra, seca, salada, y cortada en lonjas pequeñas; y un cesto cilíndrico de mimbre con tapa del mismo material y con abundante provisión de tortillas de maíz cocido.
Cuando hubo terminado de extender sobre el envoltorio de cuero todos los elementos del menaje, tomó la vasija de cobre más grande y emprendió un ligero trote hacia un pequeño arroyo que corría paralelo al borde del lago, como a quinientas varas del árbol; llenó la vasija de agua pura y regresó al lado de la muchacha que lo observaba recostada en el tronco del sicomoro; se agachó, escogió dos lonjas de carne seca, dos tortillas y llenó las dos copas con agua, se sentó al lado de ella y le dijo:
— Lo que tengo que indicarte es breve, pero muy importante; sin embargo, creo que es mejor comer antes.
— Como prefieras ― respondió Takumara que sentía una gran curiosidad pero estaba muy hambrienta.
— Toma ― dijo el joven, tendiéndole un trozo de carne, una tortilla y una copa de agua. Comieron lentamente y en silencio, disfrutando cada bocado y la compañía mutua en medio del paradisíaco paisaje. Al terminar, él se colocó de rodillas frente a ella, apoyando el cuerpo sobre los talones y mirándola intensamente a los ojos, le dijo con voz que denotaba una profunda emoción:
— El Taita Kunde me hizo una revelación; me dijo antes de partir a tu encuentro que había recibido un mensaje en sueños, del gran espíritu, quién le indicaba que yo su nieto y único heredero desde la muerte de mi padre, debería tomar por esposa a la princesa Takumara nieta de la abuela Yaya, la mayor y la más sabia del consejo de ancianas, que gobiernan la tribu que habita más allá del lago a orillas del mar que circunda nuestra isla, ― Kundemaro hizo una pausa para observar la reacción de la princesa. Takumara, sin pronunciar una sola palabra, se levantó para situarse de rodillas frente a él tomó sus manos y en un susurro le dijo:
— Continúa por favor.
El joven se sintió reconfortado por la suave pero firme presión de las manos de ella sobre las suyas y prosiguió:
— También me dijo el Taita, que tú y yo tenemos asignada una misión muy importante: una vez consumada nuestra unión, habremos de convivir solos a la orilla del lago por espacio de siete años criando el fruto de nuestro amor, que será un par de mellizos, a quienes llamaremos Brendamaro y Brendamara, pues serán un niño y una niña; y que al término de ese periodo, nos traslademos a las montañas, en donde viviremos otros siete años en medio de mi tribu, para conocer a fondo nuestras costumbres y nuestro sistema patriarcal de gobierno; concluido lo cual, descenderemos a la orilla del mar para convivir siete años más con tú tribu y en igual forma aprender sus costumbres, sus tradiciones y su sistema matriarcal de gobierno; y que en este último lapso, construiremos una gran embarcación que llevará a nuestros hijos y a todos los jóvenes de ambos sexos de las dos tribus, menores que ellos, hasta un continente de grandes cordilleras que queda a cien leguas de nuestra isla, en dirección al sol poniente; y que allí se asentarán y fundarán un gran imperio que preservará lo mejor de nuestras tradiciones y será gobernado por nuestros hijos con una forma de gobierno que combine nuestros sistemas actuales, procurando una convivencia armónica y pacífica. Eso es todo lo que me comunicó el Taita Kunde ― concluyó Kundemaro y se quedó en silencio, mientras oprimía con fuerza las manos de la joven ―.

Permanecieron sumidos en sus propias reflexiones y con las manos entrelazadas más de dos horas, hasta que movidos por un súbito impulso, se pusieron de pie, se abrazaron y se unieron en un prolongado beso que selló su unión por el resto de sus días. Al atardecer, se hizo visible en el firmamento la mitad de la luna anunciando el comienzo de la fase de luna llena. Los dos jóvenes tomados de la mano, percibieron la señal del astro nocturno y comprendieron que la hermosa misión de procrear los anunciados mellizos, se completaría en siete noches.

Aisim de Morelia y Alia de Kordelia

Por : kapizan
En : Encuentros de Almas Gemelas

2

I

LOS TEMPLOS DEL AMOR

Atlántida, año 11.013  a. C.

La pesada puerta metálica se cerró sin ningún ruido a espaldas del joven Aisim que se sintió, en medio de su turbación natural, sobrecogido por el ambiente de la estancia cuadrangular iluminada por una luz tenue de tonalidades violeta que resaltaba unas estilizadas figuras humanas, en posiciones eróticas, pintadas al fresco en los gruesos muros circundantes. Un fragante aroma de esencias florales y una delicada música de arpa ayudaban a crear una atmósfera de paz, que tranquilizó al joven haciendo que su turbación se transformara en una agradable expectativa.

Súbitamente se intensificó la luz y a espaldas del joven brotó un rayo dorado que se enfocó en una cortina de pesada tela que él no había percibido antes y que comenzó a descorrerse suavemente, dejando ver un corredor de unos seis metros de profundidad por el que avanzaba majestuosamente la esbelta figura de una mujer, cubierta por una túnica blanca de seda ceñida a su cintura con una cadena cordal de oro; sobre sus hombros caía elegantemente una cascada de cabellos negros lustrosos, que contrastaban con el color blanco de su piel y el tono castaño de sus ojos serenos y enmarcaba la dulce sonrisa de unos labios perfectos.

—Yo soy Adida, la sacerdotisa que te iniciará en el uso de tu fuerza sagrada –dijo la mujer al aproximarse al joven con los brazos extendidos y ampliando la sonrisa, que brilló con el reflejo de sus aperlados dientes.

Con natural delicadeza la mujer tomó el rostro del muchacho entre sus manos, se inclinó con gracia para besarlo levemente en la frente, las mejillas y los labios como formando una cruz en actitud que al adolescente le pareció sacramental y pura. Acto seguido lo tomó con firmeza de la mano y lo condujo a lo largo del pasadizo al interior de una cámara circular adornada con una jardinera de mármol, de la cual brotaban  fragantes rosas de múltiples colores que daban al ambiente una frescura natural que impresionó al joven. El único mobiliario estaba compuesto por una mesa labrada en bronce, en cuyo centro había colocado un cáliz con vino rojo y un cirio encendido. A lado y lado de la mesa había dos cómodos sillones de cuero repujado con extraños grabados jeroglíficos.

Adida invitó con un gesto al muchacho para que tomara asiento, mientras se acomodaba con elegancia en el sillón opuesto.

—A partir de hoy –comenzó diciendo con una voz de extraordinarios matices – iniciarás bajo mi orientación un proceso de un año, a lo largo del cual conocerás todos los secretos relativos al uso y disfrute de la fuerza sagrada; al final te habrás convertido en un hombre capaz de transformar a voluntad su energía sexual en energía vital.

—Tú, Aisim de Morelia –prosiguió la sacerdotisa imprimiendo un tono solemne a su voz– eres uno de los pocos hombres que sobrevivirá a la catástrofe que se avecina y que hundirá a la Atlántida para siempre. Este cataclismo – agregó la maestra con voz apesadumbrada – es la consecuencia inevitable del choque de energías producido por una humanidad que desvirtuó el sentido auténtico del amor, permitiendo que los rituales sagrados se convirtiesen en simple fornicación en busca del placer por el placer y dando rienda suelta a la lujuria, los celos, la envidia, el egoísmo y la satisfacción de los sentidos, abandonando por completo la espiritualidad, que es la esencia del ser humano. Adida hizo una pausa para beber del cáliz un sorbo de vino y miró fijamente a su discípulo que se sintió invitado a preguntar tímidamente:

—Si he de sobrevivir, ¿hay alguna misión o encomienda que deba cumplir?

—Por lo pronto –respondió la maestra – deberás seguir fielmente mis instrucciones y prácticas, haciendo con dedicación y esmero todos los ejercicios que te sean indicados. Terminada tu iniciación, regresarás a tu casa. Cuando comience el periodo de lluvias y se haya prolongado por siete días con sus noches, emprenderás camino hacia lo alto del monte Galiat. Allí estarás a salvo y te reunirás con un grupo de jóvenes puros que han recibido instrucción similar; en total doce hombres y doce mujeres que se encargarán de preservar los sagrados principios y de garantizar la continuidad del género humano. Desde ahora debes saber que toda la avanzada tecnología de la Atlántida desaparecerá con sus corrompidos creadores y habréis de repoblar la tierra a partir de vuestros limitados conocimientos y de la sabiduría que se encuentra latente en la naturaleza.

* * *

—Maestro –preguntó Alia con delicada voz – ¿cómo he de saber la fecha apropiada y la mejor forma de concebir un hijo sano y vigoroso?

—Muy fácil –replicó el maestro–: toma en cuenta las fases de la luna. En cada cuarto, coincidiendo con tu ovulación, debes hacer un ritual de amor con tu pareja durante siete días previos a la fase. En esas uniones no habrá expulsión seminal hasta el séptimo día en que el varón permitirá que su líquido fluya libre dentro de ti. Puede ser en cuarto creciente o en cuarto menguante, para engendrar hijos sanos. Pero has de saber que para engendrar hijos de luz, es menester que el ritual sagrado se realice en luna llena. ¿Tienes alguna otra pregunta?, pues de lo contrario daremos por terminada tu iniciación y serás declarada apta para usar tú fuerza sagrada y concebir hijos.

—En verdad sí –contestó Alia levemente sonrojada-. ¿Crees que he de encontrar a mi alma gemela durante esta encarnación?

—Sí lo creo –respondió el maestro–, sin embargo, el encuentro que se dará en esta encarnación tiene como fin que puedas concebir un hijo. En este momento tu alma gemela también está concluyendo su iniciación al amor y su maestra es Adida…

Después de pronunciar estas palabras, el maestro se irguió en su imponente figura resaltada por la túnica blanca, besó levemente a la joven en la frente, la bendijo y se marchó.

II

LA UNIÓN

Atlántida, año 11.011 a.C.

Los arreboles del atardecer se filtraban en variados tonos violeta, por entre los gruesos cristales de la claraboya de la base de la pirámide. Los dos cuerpos desnudos mantenían un íntimo contacto a través de sus miradas y un leve roce de los dedos de sus pies sumergidos en las tibias aguas del estanque. Una música suave matizaba el ambiente aromatizado con esencia de Sándalo. Siete campanadas señalaron la hora a los dos amantes, que sin mediar palabra irguieron los cuerpos sin perder el contacto visual que los unía.

De una mesita, tomaron cada uno una copa y él sirvió un licor ambarino de una licorera de cristal. Lentamente apuraron su contenido sintiendo cómo el calor iba invadiendo sus cuerpos. Cuando terminaron, se colocaron uno al lado del otro frente a la chimenea y permanecieron en silencio por un buen rato, hasta que el calor de las llamas hubo secado sus cuerpos. En el centro de la estancia, cubierto con un afelpado tapiz y marcado por un círculo rojo de dos metros de diámetro, debajo de la cúspide, se pararon frente a frente a cierta distancia, extendieron los brazos a los costados con las palmas de las manos hacia arriba y elevaron sus miradas hacia la bóveda celeste, visible a través de los cristales que descendían medio metro por debajo del ápice en los cuatro costados, iniciando en esta forma los preámbulos del ritual sagrado del amor…

El éxtasis de amor se mantuvo toda la noche. Cuando las luces violáceas del amanecer, similares a las del atardecer, hubieron aparecido, unieron sus labios en tierno beso, descendieron a la base de la pirámide y se sumergieron, llenos de vitalidad, sin asomo de cansancio y plenos de energía en las tibias aguas del pequeño estanque. Al culminar esa noche de íntimo contacto y mirarse directamente a los ojos, Alia de Kordelia y Aisim de Morelia tuvieron la certidumbre de que sus plegarias habían sido escuchadas: eran, sin asomo de duda, almas gemelas.

III

ENTRE COIMBRA Y LISBOA

Portugal, año 1919 d. C.

La bruma del amanecer, mezclada con los vapores de la locomotora, se fue disipando a medida que el tren tomaba velocidad y se alejaba de la estación de Estocolmo, rumbo al sur en dirección al puerto de Malmö, primera escala en el recorrido de la joven Ulrika, que iba al encuentro de un sueño sembrado diez años antes en su mente infantil. Don Ramón, el abuelo español de Ilse su mejor amiga, era un viejo amable, encantador y un tanto chalado, que en un sueco precario había llevado a las dos niñas por un maravilloso recorrido a través del mundo de las aventuras de Don Quijote de la Mancha. Desde entonces, la obsesión de la joven había sido leer a Cervantes en su lengua original; por ello no dudó un instante cuando su padre adinerado y complaciente le preguntó, a finales del año anterior, qué regalo deseaba para su decimoctavo cumpleaños: viajar a Salamanca, en España, para aprender castellano en la famosa universidad y tener la oportunidad de recorrer los mismos parajes y vivir en su mente las mismas aventuras del Caballero de la Triste Figura.

A bordo de un pequeño barco de pasajeros, la joven cruzó el Báltico desde Malmö hasta Copenhague, desde donde continuó su recorrido en tren a lo largo de Alemania y Francia, aún convalecientes de la gran guerra, hasta llegar finalmente, después de recorrer el norte de España, a la centenaria ciudad de Salamanca, sede de la antiquísima y prestigiosa universidad, su destino anhelado. El mismo día en que los alemanes firmaron el tratado de Versalles después de siete meses de armisticio, la hermosa sueca firmó los documentos de su inscripción en la facultad de letras de la universidad. Feliz por la inminencia de ver convertido en realidad su sueño, con la deliciosa sensación de libertad que proporciona el estar lejos de la tutela paterna, con una buena provisión de dinero y dueña de sus propias decisiones, optó por emplear los dos meses que tenía disponibles antes de iniciar las clases, embarcándose nuevamente con destino a Lisboa para visitar a su amiga Ilse que vivía en el puerto en compañía de su madre y el abuelo Ramón…

Poco después de cruzar la frontera, y mientras intentaba leer un libro, el sopor la venció, a pesar de que la temperatura del vagón de primera clase en que viajaba era fresca gracias al viento estival que penetraba por las ventanillas abiertas, y se quedó profundamente dormida… Cuando el tren se detuvo frente a la estación de Coimbra, se despertó con la imagen vívida de un maravilloso sueño erótico que había tenido, en el cual un joven la llamaba por un nombre que nunca antes había escuchado.

El tren permaneció una hora en la estación, que ella aprovechó para estirar las piernas y tomar un refresco… Calmada la sed y con estudiados movimientos, con los que pretendía darse un aire de sofisticación y seguridad que le ayudara a superar el temor propio de su recién adquirida libertad, sacó de su pequeño bolso una pitillera de plata y un encendedor del mismo material que había comprado el día anterior en Salamanca; introdujo un cigarrillo de tabaco rubio en la boquilla, y cuando se disponía a encenderlo una mano morena y fuerte se le adelantó con galantería, para ofrecerle la llama encendida de un mechero de oro… Ulrika levantó la vista sorprendida, ligeramente sonrojada y sus ojos azules enfrentaron, con timidez disimulada, la mirada serena y a la vez risueña de un hombre de aproximadamente 40 años, impecablemente vestido con un traje blanco de lino, camisa de algodón con cuello almidonado y corbata de seda azul oscura sobre la cual brillaba una enorme perla a guisa de pisacorbata. Cuando las miradas se cruzaron, Ulrika se sintió absorbida por el magnetismo y la seguridad que irradiaba la figura del desconocido que encendió el cigarrillo, cerró la tapa del mechero con un golpe seco de su dedo pulgar, inclinó la cabeza quitándose por un instante el sombrero panamá que cubría su negra y ensortijada cabellera, y sin darle tiempo para agradecerle el amable gesto dio media vuelta, avanzó dos pasos, recogió un pequeño maletín de cuero con la mano izquierda y el estuche de una guitarra con la mano derecha, y se dirigió con paso firme y calmado para abordar el tren, que acababa de pitar por primera vez anunciando la reanudación de la última etapa de su itinerario, con destino final Lisboa.

La llegada del tren a la estación de Lisboa estaba prevista para las once de la noche. Alrededor de las siete, Ulrika pensó que era una buena idea tomar un aperitivo y comer algo antes de la llegada al puerto, en donde suponía que su amiga Ilse la estaría esperando, pues había enviado un telegrama anunciando su visita. Después de arreglar su maquillaje y cubrir sus hombros con un chal de lana, pues comenzaba a hacer frío, se encaminó por el estrecho pasadizo del tren hasta el vagón restaurante. A esa hora, el restaurante estaba repleto y la joven lo recorrió con su vista tratando de encontrar una mesa desocupada; después de un rato, un mesero la acomodó al fondo del vagón  en una pequeña mesa  que acababa de desocupar una pareja de mediana edad, y tomó su pedido: una copa de vino blanco… cuando la copa de vino estaba a medio consumir, el hombre del traje de lino blanco entró al restaurante y se detuvo en la puerta buscando con la vista dónde acomodarse; Ulrika, al percatarse de su presencia, sintió el impulso de invitarlo a su mesa, con la mano le hizo un gesto al que el hombre respondió con una sonrisa y en pocos segundos  lo tuvo sentado frente a sí. Como suele suceder cuando dos personas comparten el mismo medio de transporte y se juntan para entablar una conversación, en pocos minutos se contaron el resumen de sus vidas e incluso se hicieron confidencias con la confianza que les daba la remota posibilidad de volver a encontrarse.

Armando Santos Soares era un argentino nacido en Buenos Aires en 1878, hijo único de una familia de inmigrantes portugueses de segunda generación, que había acumulado una considerable fortuna generada por su abuelo paterno, quien había regresado a Lisboa a pasar sus últimos años en compañía de Armando, su nieto preferido, al que había educado en la Sorbona y pretendía heredar el manejo de su próspera empresa de comercio entre el viejo y el nuevo continente; sin embargo, para el joven el mundo de los negocios no era su mundo, su verdadera pasión eran la música, la danza y la poesía; de hecho, delegaba las funciones administrativas de la empresa del abuelo a la cual dedicaba poco tiempo y el restante lo empleaba en practicar la guitarra clásica y en dar clases privadas de tango a pequeños grupos de jóvenes en Lisboa y en Coimbra, a donde viajaba dos veces por semana.

Cuando conoció el propósito del viaje de Ulrika, le dijo en un tono que para ella resultó muy convincente: “no tienes porqué ir a la universidad para aprender castellano, yo podría enseñártelo y quizá juntos escribamos hermosos poemas en mi lengua materna…”. Mientras Armando contaba su historia en francés, idioma que dominaba a la perfección y que Ulrika había aprendido de su difunta madre francesa, sucedió algo que impresionó a la joven: en el centro de la mesa que ocupaban, el camarero había encendido una vela, al igual que en el resto de las mesas, que le dio un cierto aire de intimidad al ambiente del restaurante; repentinamente el rostro de Armando, iluminado por la vacilante luz, se transfiguró y por un instante, mirándole fijamente a los ojos, identificó en él las facciones hermosas del joven que había ocupado su sueño horas antes y en su mente resonó con nitidez un nombre: Aisim.

Las dos horas que tardó el tren para llegar a Lisboa resultaron suficientes para que al desembarcar la joven hubiese cambiado por completo sus planes originales de estudiar en Salamanca, por la estimulante posibilidad de aprender no sólo español, sino a bailar la danza de moda, el tango, en compañía de Armando a quien la unió desde ese mismo día un amor que se prolongaría en el tiempo y el espacio con la intensidad, la profundidad y la ternura que sólo están reservadas en el universo a quienes han merecido el privilegio de encontrar en esta dimensión a su otra mitad, a su complemento.

La Dama de la Capa de Pieles

Por : kapizan
En : Cuentos, Encuentros de Almas Gemelas

8

I
IGOR


Estepas Rusas.

La tormenta de nieve había concluido seis horas antes, dejando cubierta la estepa por una blanquísima capa que contrastaba con la oscuridad de la noche siberiana, proporcionando a las escasas formas vegetales fantasmagóricos y alucinantes contornos.

Igor encendió su pipa y dejó que el humo ascendiera lentamente para comprobar la dirección del viento. En la entrada de su improvisado refugio tomó las pieles apiladas que había cobrado tras un mes de caza y las sujetó concienzudamente, con tiras de cuero crudo, a la parte superior del trineo. Sus siete perros siberianos, tres negros y cuatro blancos, jóvenes, fuertes y robustos, se alborotaron presintiendo la partida. Del fondo de una alforja, fue tomando pequeños trozos de carne seca y salada que ofreció en la mano a sus mastines.

Caminó veinte pasos para verificar la consistencia de la nieve y la encontró lo suficientemente sólida como para garantizar un rápido regreso a su cabaña; la misma que había sido el hogar de sus padres y la misma que compartió con Pavlova hasta que la muerte, veinte años antes, la arrebató de su lado.

Nadie lo esperaba, pero ansiaba regresar al calor de la chimenea y al agradable rincón en que vivía, solo, con sus recuerdos y su nostalgia. El viento helado pero reconfortante agitaba la gruesa pelambrera de los perros, los finos pelos del abrigo y la manta de Igor, que sentía, a medida que avanzaba hacia su casa, una expectativa de felicidad que no atinaba a descifrar. Cuando el trineo, dibujando sobre el níveo paisaje sus trazos paralelos, que repisaban las huellas de los perros formando un surco definido que le aproximaba a su destino, remontó una pequeña colina, pudo ver al fondo las luces de la aldea y el humo caprichoso de las chimeneas confundido en la altura con el negro insondable de la noche.

Con un firme tirón de la mano derecha, Igor detuvo los perros, sacó de la alforja una garrafa de vodka, se irguió, apuró un trago generoso, y un estremecimiento de calor recorrió su cuerpo. Reconfortado, sus ojos experimentados escudriñaban el paisaje tratando de distinguir la silueta de su cabaña. De pronto el corazón le dio un vuelco; no daba crédito a lo que veía: la chimenea de su casa estaba encendida, señal inequívoca de que tenía un visitante inesperado.

Formulándose mil interrogantes urgió a los perros a reemprender una marcha más rápida, haciendo restallar sobre sus cabezas un fino látigo, que casi nunca usaba. Cuando faltaban cien metros para llegar a la casa se detuvo, soltó los perros y se encaminó a su hogar rodeándolo para entrar por la puerta trasera.

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