Walú

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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― ¿Cuánto tiempo crees que me falta para alcanzar la iluminación? ― preguntó con voz ansiosa el joven Walú al sabio maestro Zen.

― Quince años ― contestó amablemente el maestro.

― ¿Tanto? ― volvió a preguntar Walú con un dejo de frustración en su voz.

― Ahora que lo pienso creo que va a tomar por lo menos veinticinco años ― respondió el maestro con una sonrisa.

― ¡Veinticinco años es mucho! Se quejó Walú.

― Ahora no me cabe duda de que tardarás cincuenta años en alcanzar la iluminación ― Y agregó: la paciencia consiste en ser pacientes hasta con la paciencia misma.

El mantel bordado

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral, Leyendas urbanas

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En el otoño de 1968 el recién ordenado padre Robert Reid fue enviado por Monseñor Mugavero, obispo de Brooklyn, a una pequeña parroquia cuya deteriorada iglesia estaba pidiendo a gritos ― en palabras de su Eminencia ―, una reparación del mobiliario y de las desconchadas y maltrechas paredes del modesto templo, que debería estar concluida antes de las celebraciones navideñas. El entusiasta curita se puso manos a la obra y para el 18 de diciembre, tenía concluida su tarea: las paredes fueron resanadas en su totalidad; el púlpito fue apuntalado, retocado en su talla, barnizado y en el muro a sus espaldas un artesano había diseñado una cruz en cerámica que daba realce a este importante lugar dentro del templo; las bancas fueron restauradas, lijadas y pintadas; el tapiz de los reclinatorios fue cambiado y en general el joven párroco no cabía en sí de satisfacción al ver su obra concluida y a tiempo. Infortunadamente, en la noche del 19 un vendaval inusitado, arrancó de cuajo un árbol que cayó sobre el techo de la iglesia, abrió un boquete con sus ramas y destruyó la cruz de cerámica, dejando una horrible hendidura en la recién estucada pared, exactamente a espaldas del púlpito.

Pasada la emergencia invernal, dos días antes de navidad, el acongojado curita se puso, con ayuda de algunos feligreses, en la tarea de arreglar el estropicio; al anochecer, habían reparado el boquete del techo, pero era evidente que en dos días no alcanzaría a ser restaurada la cruz de cerámica situada detrás del púlpito. Pensando en posponer la celebración para dar tiempo a la reparación de ese muro, el padre Reid se marchó a cenar pero camino hacia su apartamento, encontró una venta de garaje promovida por un grupo de parroquianos con fines benéficos; allí, su atención la capturó de inmediato un hermoso mantel blanco de lino con una preciosa cruz bordada en el centro en una filigrana de hilos de oro y plata de una exquisitez propia de un palacio. Sin dudarlo un instante el curita pagó el valor que figuraba en el tiquete y regresó corriendo a la iglesia con una idea fija: tapar la hendidura con el mantel, usándolo como un tapiz. Al bajarse de su auto, comenzó a nevar y pudo ver a una mujer de edad mediana que corría tras el bus de las ocho sin lograr alcanzarlo. Se aproximó a ella y amablemente la invitó a guarecerse del frío en el cálido ambiente de la iglesia, mientras esperaba el próximo bus hasta las nueve de la noche. Ya en el interior del templo, el curita desdobló el mantel y sin pérdida de tiempo lo extendió sobre el muro deteriorado y sonrió complacido: El diámetro del lino era ligeramente superior al área dañada.

La dama que observaba desde una banca, se puso de pié con una expresión de asombro reflejada en el rostro, se acercó al padre y con voz quebrada por la emoción le dijo:

― Ese mantel lo bordé yo en Viena en 1935 y con él se cubrió el altar el día de mi boda con Isaac.

Estupefacto, el curita escuchó el relato de la señora, cuyas iniciales ESG correspondían a su nombre de casada, Elsa Sofía Goldberg, y aparecían bordadas en una esquina del mantel: Ella y su esposo provenían de sendas familias de judíos cristianos, comerciantes, ricos e influyentes nativos de Austria. Con la anexión (Anschluss) emprendida por Hitler en 1938, ella e Isaac fueron detenidos, interrogados, maltratados, separados y, desde entonces, no sabían el uno del otro. Elsa había logrado, tras una novelesca odisea, huir a Estados Unidos y creía que su esposo había muerto en un campo de concentración. El padre, conmovido con la historia, intentó devolver el mantel, pero ella rechazó amablemente el ofrecimiento, entonces el curita decidió llevarla en su auto hasta su modesta residencia en Staten Island.

Cuando los fieles abandonaron la iglesia después de la misa de gallo, el padre Reid notó que un parroquiano a quien ya había visto varias veces en los meses anteriores, no apartaba la vista del mantel. Una vez desocupada la iglesia desde su sitio el hombre alzó la voz y dijo con un fuerte acento alemán:

― Padre: ese mantel lo bordó mi esposa, hace más de treinta años, para el altar de nuestra boda ―.

El amigo del diablo

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Conocí al gran maestro Anthony de Mello ― Sacerdote Jesuita nacido en Bombay, India en 1931 y fallecido de un infarto fulminante en New York en 1987 ―, durante una conferencia televisiva en los Estados Unidos que tuve oportunidad de escuchar en Boston en el otoño de 1981, mientras asistía a la Escuela de Negocios de Harvard; desde el primer momento, quedé cautivado por la profundidad de sus planteamientos espirituales, por la maestría con que combinaba las enseñanzas de Jesús de Nazaret con las de Buda y las del gurú Osho Rajneesh con las de Santo Tomás o con las del Piro Murshid de los sufíes Hazrat Inayat Khan. Sus conferencias y sus libros son una maravillosa combinación de eclecticismo religioso y sentido ecuménico, que las altas jerarquías de la Iglesia católica no supieron entender y mucho menos aceptar. De ese primer encuentro con Anthony de Mello, a quién desde entonces considero mi maestro y cuyas obras he leído con deleite, me quedó grabada una enseñanza simple pero profunda: “Los tres enemigos de la felicidad son los miedos, los apegos y las creencias, incluso las religiosas”; esto último explica en gran parte el rechazo de los jerarcas de Roma hacia la producción literaria y pastoral de este gran hombre. Recuerdo que en esa conferencia, ilustró lo pertinente a las creencias con un pequeño relato que trataré de parafrasear a continuación:

En una ocasión, el diablo paseaba con un amigo cuando, frente a ellos, vieron a un hombre que se agachaba en el suelo tratando de recoger algo.

― ¿Qué busca ese hombre? ― preguntó el amigo a Satanás.

― Un trozo de verdad ― respondió el diablo con una torva sonrisa.

― Y eso ¿No te preocupa? ― volvió a preguntar el amigo del diablo.

― En lo más mínimo ― Contestó Lucifer, y agregó:

― Le permitiré que convierta esa verdad incompleta en una creencia religiosa.

A la anterior parábola Anthony de Mello agregaba, palabra más palabra menos:”Una creencia religiosa es como un poste con un letrero que señala el camino hacia la Verdad. Pero las personas que se obstinan en aferrarse al poste indicador, se ven impedidas de avanzar hacia la Verdad, porque tienen la falsa sensación de que ya la poseen”.

La leyenda urbana de Tess y su hermano

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral, Leyendas urbanas

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Con ocho años de edad recién cumplidos, la pequeña Tess era la mayor de los tres hijos de una pareja de inmigrantes irlandeses, fervorosos creyentes católicos, residentes en Chicago durante los dolorosos años que siguieron al colapso financiero del año 29 del siglo pasado; período que la historia registraría como “La gran Depresión”. Con una frondosa cabellera del color del fuego, ojos azules expresivos,
mejillas tachonadas de pecas y un mentón partido por un diminuto hoyuelo que se acentuaba cuando su rostro y su mirada reflejaban una gran determinación, pero se distendía con la sonrisa cuando miraba con amorosa ternura a sus dos hermanitos: Andy de seis años y Jeremy de apenas cuatro meses.

Una fría noche de febrero del año 32 Tess, tras escuchar a sus padres hablando en voz baja para no despertar a los niños, esperó que estos se hubiesen dormido, se puso un raído abrigo de pana, se caló un gorro de lana, sacó de debajo de su cama un pequeño tarro de latón, repleto de monedas de dólar de diez, de cinco, de dos y de un, centavo; se enrollo la bufanda de su madre, se puso los guantes con perforaciones en los dedos, salió furtivamente del modesto apartamento, se enfrentó con un respingo al gélido viento de la noche y emprendió camino, por la acera cubierta de nieve que se iba acumulando pausadamente sobre el rastro de su pequeños botines, en dirección a la farmacia de Mr. Armstrong situada a diez largas cuadras de distancia.

Al trasponer la puerta de vidrio se sintió reconfortada por el agradable calor de la calefacción, Sacó las monedas y esperó pacientemente a que el farmacéutico, enfrascado en una charla muy jovial con un elegante señor, se dignara atenderla… Al cabo de quince minutos, ninguno de los dos hombres había reparado en su presencia;
entonces, Tess comenzó a carraspear para hacerse notar, pero no tuvo éxito; ante esto sacó una moneda y golpeó con ella la vitrina del mostrador.

― ¿Qué deseas a estas horas pequeña? Preguntó el farmacéutico en tono de disgusto, y agregó: ― Estoy muy ocupado hablando con mi hermano que vino desde muy lejos y tenía tiempo sin verle, así que dime pronto lo que necesitas.

― Se trata de Andy, mi hermano, está muy enfermo, tiene una bola en la cabeza y mi papá dice que sólo un milagro puede salvarlo; por eso quiero comprar un milagro dime: ¿cuánto cuesta un milagro? Tengo dinero para comprarlo ―.Respondió Tess apresuradamente.

― Lo siento pequeña pero yo no vendo milagros―, respondió en voz baja el farmacéutico. Entonces intervino el hombre elegante y preguntó:

― ¿Cuánto dinero tienes?

― Un dólar con ochenta y cinco centavos, y si hace falta puedo conseguir más ―. Contestó Tess con voz esperanzada.

― ¡Justo lo que vale un milagro! ―, dijo con una amplia sonrisa el hombre elegante y agregó ―: llévame a tu casa quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres.

Cuenta la leyenda, que el hermano del farmacéutico resultó ser el Doctor Karl Armstrong, eminente neurocirujano que operó un tumor maligno en el cerebro de Andy, no cobró nada por la operación y cubrió los costos de hospitalización del niño.

Los padres de Andy comentaban, después de la operación, que todo había sido un milagro y se preguntaban cuánto hubiera podido costar una cirugía como esa, mientras Tess, que los escuchaba en silencio, sonreía satisfecha, ella sabía exactamente cuánto había costado ese milagro.

Una mano a tiempo

Por : kapizan
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A comienzos de abril del año de 1992, Genaro Murcia recibió una agradable e inesperada invitación de Bernardo Reyes Barrera, su mejor amigo: un pasaje de ida y regreso a Madrid, con todos los gastos pagados, para asistir al lanzamiento de “Purgatorio Tropical” su primera novela, que recientemente había ganado trescientos mil dólares en un prestigioso concurso literario, promovido por la editorial más antigua y reconocida de España.

El alcalde de la capital española presidía la ceremonia de entrega de premios en una sala del Instituto Cervantes atestada de público; en primera fila y al lado de Doña Bertha, la madre de Bernardo, se sentaba Genaro quien el día anterior se había devorado el manuscrito de la novela autografiado por su amigo. Era la historia de un adolescente cartagenero, que vivía en el seno de una familia conflictiva, cuya madre al ser abandonada por un esposo maltratador, machista y alcohólico, se había visto forzada a emigrar a la capital del país para vivir arrimada con sus tres hijos en casa de una pariente pobre en un barrio popular del centro de la ciudad. La obra describía en forma magistral la crisis existencial del protagonista, quien sufrió un choque cultural muy fuerte en su nuevo colegio en donde a su problema familiar se agregó el rechazo de sus compañeros de curso; la trama culminaba con el suicidio del muchacho, y el impacto que esta decisión había tenido en la salud mental de la madre y en la estabilidad emocional de sus dos hermanos menores.

Bernardo comenzó su intervención ante el público diciendo:

― Agradezco a Dios y a la mano que un momento crucial de mi vida me tendió un joven dos años mayor que yo, hoy en día mí mejor amigo, Genaro Murcia aquí presente. Él sin conocerme, pero actuando como el hermano mayor que nunca tuve, intervino para ahuyentar a una gavilla de crueles compañeros que se burlaban de mi miopía y de mi acento costeño, mientras me golpeaban y me vejaban a las afueras del colegio público al que me había visto forzado a ingresar después de haber estado en el mejor colegio privado de Cartagena. Genaro me ofreció desde ese día una amistad que siempre ha sido incondicional y sincera; lo que él no sabe es que esa ya lejana mañana de febrero, había tomado la decisión de acabar con mi vida pero su sonrisa franca, su apoyo, y el ofrecimiento de su amistad fueron el catalizador de mis penurias y me salvaron del triste fin con secuelas familiares que he querido mostrar en la ficción de mi novela. Desde ese día aprendí que no se deben adoptar medidas definitivas para problemas transitorios y que como dijo el Libertador Simón Bolívar: “la amistad es preferible a la gloria”.

Sin más palabras, Bernardo bajó del escenario avanzó hacia su amigo y se fundió con él en un estrecho abrazo, mientras las lágrimas de emoción rodaban por el rostro de ambos, Doña Bertha los abrazaba a ambos mientras el público se ponía de pié para ovacionar ese inesperado testimonio de vida.

Akito Sai

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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A comienzos del siglo XIX en el shogunato de Matsudaira en la antigua provincia japonesa de Mikawa, el gobierno había promulgado un edicto que prohibía a sus samuráis involucrarse en peleas fútiles y derramar sangre de otros vasallos. Cuentan que en cierta ocasión Akito Sai, un joven samurái al servicio del Shogun, se encontraba en Kyoto cumpliendo una encomienda, cuando oyó comentar a un transeúnte que en ese preciso momento, los hombres de su señor estaban enzarzados en un combate. Ante esto, Akito Sai averiguó el lugar de la refriega y acudió presuroso en auxilio de sus hermanos de divisa. Al llegar, jadeante y sudoroso, encontró que dos compañeros yacían heridos y sus adversarios se disponían a darles el golpe de gracia. Acompañando su ataque de un grito prolongado, decapitó a uno de los atacantes y atravesó el pecho de otro, en tanto que un último asaltante, que se puso a la fuga, corrió diez pasos y cayó fulminado con la daga lanzada por Akito Sai, enterrada entre los omoplatos. El samurái, guardó su daga, recogió a los heridos, los acomodó en la carreta de un labriego y regresó a Kioto.

Este asunto llegó a oídos del oficial del Shogun que mandó llamar a Akito Sai y le dijo en tono severo:

― Habéis ayudado a vuestros compañeros desobedeciendo con ello el edicto del Gobierno ¿Cómo es esto?

― Vengo de la provincia y me es difícil entender lo que su señoría me dice. ¿Podría volver a repetirlo?

El oficial montó en cólera:

― ¿Acaso estáis sordo? Le gritó ―. ¡Habéis estado implicado en una pelea, derramado sangre y desobedecido el decreto gubernativo! ¿Sí o no?

― Ya había comprendido todo eso ― respondió calmada y respetuosamente el samurái.

Hizo una venia profunda y agregó:

―Aunque lo afirméis, yo no he desobedecido voluntariamente a las leyes y no he tenido intención de desobedecer al gobierno. La razón de ello es que todo ser viviente concede a la vida cierto precio y desde luego lo mismo ocurre con los seres humanos. Por mi parte, doy un gran valor a la vida humana. Pero he oído que mis compañeros estaban en peligro y hacer ver que uno no se ha enterado de nada no es digno de la Vía del Samurái. Por ello he corrido para socorrer a mis compañeros. Volver a mi casa con la vergüenza en el corazón, de no haber actuado en defensa de mis amigos, habría prolongado desde luego mi vida, pero hubiese desobedecido a la Vía. Es debido a esto, a respetar la Vía del Samurái y no por despreciar las leyes, que decidí acudir allí. Os ruego ahora, señoría, que procedáis a mi ejecución ―. Concluyó el samurái al tiempo que hacía una reverencia y entregaba sus armas al oficial del Shogun.

Narran los cronistas que el oficial quedó impresionado con la actitud y las palabras de Akito Sai, archivó el asunto y escribió al señor Matsudaira: “Tenéis un valiente samurái a vuestro servicio. Espero que lo sabréis cuidar como se merece”.

Miyamoto

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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El señor Soma, Shogun del Imperio del Sol Naciente, conocido también con el sobrenombre de Chiken Marokoshi tenía su feudo al norte de Osaka en el Japón a mediados del siglo XVI; entre los Samuráis que servían a su divisa, se encontraba Miyamoto, un guerrero de mediana edad, de pocas palabras y mucho valor en combate, quien soñaba con la oportunidad de ofrendar su vida al servicio de su señor por una causa noble que justificase su encarnación en la tierra. Cuenta la leyenda que una tarde de un verano particularmente caluroso, la casa de su Señor fue presa de las llamas y estaba a punto de ser destruida. Impotente ante los hechos el Shogun dijo:

― Incluso si la casa, los muebles y todo el resto es destruido, no lo lamentaré porque son cosas que se pueden reemplazar ― y con voz apesadumbrada expresó: ― Lo único que lamentaré es no haber podido salvar mi árbol genealógico, que es un tesoro de familia de lo más precioso.

Ante las palabras de su señor, Miyamoto ajustó el cinturón de su kimono, respiró profundamente y anunció:

― Voy a entrar en la casa y lo traeré.

Al escuchar a Miyamoto el señor Soma y los otros samuráis se echaron a reír diciendo:

― La casa ya es pasto de las llamas, ¿Cómo lo conseguiréis?

Con la determinación marcada en sus facciones Miyamoto dijo:

― Hasta ahora no he sido de gran utilidad a mi amo, porque no he sido muy cuidadoso pero he vivido con la idea de que algún día mi vida podría ser útil; me parece que este momento ha llegado ―. Lanzó un grito de guerra y corrió hacia el interior de la vivienda en llamas.

Cuando el incendio fue sofocado el señor Soma ordenó: ― ¡Que se encuentre su cadáver! ― y con voz entristecida agregó: ¡Qué gran pérdida!.

Después de haber buscado por todas partes, se descubrió su cuerpo en el jardín aledaño a los apartamentos; cuando se le dio la vuelta salió sangre de su vientre. Miyamoto, haciendo honor a la Vía del Guerrero Samurái, se había abierto el vientre y en su interior había colocado el rollo de pergaminos para protegerlos. A partir de ese día, se sobrenombró este documento “La genealogía de la sangre”.

Hagakure

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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El bushido o código guerrero de los samuráis, transmitido por centurias de maestro a discípulo entre los guerreros japoneses, como un severo régimen y una filosofía de vida y muerte para los hombres y mujeres de armas en el Imperio del Sol Naciente, llegó a occidente a través del Hagakure, que podría traducirse como “escondido entre las hojas”, gracias a la iniciativa de Yamamoto Tsunetomo (1659-1719), un samurái que en el siglo XVIII se retiró a las montañas para escribir las reglas del bushido, con la intención de que fueran útiles a las generaciones venideras. Se trata de un compendio de los ideales de los bushi tradicionalistas. En los años de Tsunetomo muchos bushi despreciaban las viejas usanzas de los de su clase y se enriquecían con ardides considerados innobles por las personas civilizadas del Japón de la era Tokugawa muy propios de los comerciantes que en aquella época conformaban el último eslabón en la pirámide social del imperio. De ellos, Tsunetomo decía:

― Tienen la mirada furtiva de los ladrones, la mayoría sólo busca su interés personal o hacer gala de su inteligencia u otros atributos menos nobles, por decir algo ―; y agregaba: ―Es por esto que un samurái debe conocer sus debilidades y pasar la vida corrigiéndolas sin jamás tener el sentimiento de haber hecho ya lo suficiente ―.

Algunos de los preceptos que permiten formarse un criterio sobre la llamada “Vía del Samurái” rezan:

«Hay pocos problemas realmente importantes, sólo se presentan dos o tres en toda una existencia».

«Es porque uno espera la victoria por lo que esta se nos escapa».
«Un samurái valiente no piensa en términos de victoria o derrota, combate siempre hasta la muerte».

«No es bueno tener fuertes convicciones personales».

«El samurái debe obrar sin dudar, sin confesar el más mínimo cansancio ni el más mínimo desánimo hasta concluir su tarea».

«Para ciertas cosas más vale no tener que contar con los demás».

«Es necesario saber concentrarse en una sola cosa, todos los oficios deben ser realizados con concentración».

«No se pueden llevar a cabo grandes hazañas cuando se está en una disposición anímica normal».

«Si uno lanza sin vigor, siete de cada diez acciones no llegan a término».
«Un samurái debe siempre evitar quejarse».

«Hacer una cosa sólo en el propio beneficio es superficial y se vuelve negativo».

«No aceptar sufrir es malo».

«La inteligencia no es más que saber conversar de unas cosas u otras con los demás».

«Cuando se domina bien algo, no se detecta en nuestro comportamiento: una persona así es educada».

«Un samurái no debe ni beber demasiado ni estar demasiado seguro de sí mismo, ni darse a la lujuria».

«En cuanto se empieza a palpar el triunfo, se vuelven proclives a estar satisfechos de sí mismos».

«Es bueno encontrarse con dificultades en la juventud, porque el que no ha sufrido jamás, no ha templado plenamente su carácter»

«Es capital actuar siempre con dignidad y sinceridad».

«La mejor actitud respecto a las palabras es no usarlas».

Hagakure está cargado de relatos breves y anécdotas que Anónima-Aminona y yo escogeremos e iremos publicando en las próximas semanas.

¿Dónde estabas?

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Cuentan que en febrero de 1956 en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, el día en que Nikita Khrushchev, Primer Secretario de la poderosa colectividad, pronunció el llamado “Discurso Secreto” cuyo nombre oficial es “Acerca del culto a la personalidad”, a través del cual denunció los crímenes de Stalin y la represión durante la llamada Gran Purga en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, uno de los presentes, alzó la voz y desde su asiento en las últimas filas del salón, le increpó:

― ¿Dónde estabas tú, camarada Khrushchev, cuando fueron asesinadas todas esas personas inocentes?

Khrushchev interrumpió su discurso, recorrió el salón con la mirada y en tono suave pidió:

― Agradecería que quien ha hablado tenga la bondad de ponerse en pie.
El ambiente en la sala se puso tenso, el silencio se tornó ominoso y se prolongó durante dos minutos eternos, pero nadie se levantó.

Entonces Khrushchev, con voz sonora que retumbó en el recinto, dijo:

― Muy bien, ya tienes la respuesta, seas quien seas. Yo me encontraba en el mismo lugar en que tú estás ahora.

“El Silencio”

Por : kapizan
En : Cuentos, Desde la Tradición Oral

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Entre los relatos que han llegado hasta nosotros sobre la Guerra Civil norteamericana de mediados del siglo XIX, hay un episodio que trascendió el tiempo convertido en tradición militar, de uso generalizado en los ejércitos de occidente al momento de rendir honores fúnebres a un combatiente.

Relatan los cronistas que un jueves de octubre, en el otoño de 1862, en inmediaciones de Landing, estado de Virginia, hubo un cruento y feroz combate entre un escuadrón de vanguardia del Ejército de La Unión y una unidad de infantería del Ejército Confederado. Con el ocaso, el fragor del combate comenzó a menguar y los dos bandos iniciaron la recuperación de los heridos para brindarles atención medica, y de los cadáveres para darles cristiana sepultura. La ausencia de luna acentuaba la oscuridad de la noche y magnificaba el miedo de los combatientes de La Unión que abrazados a sus fusiles, reclinaban la cabeza en las monturas e intentaban conciliar el sueño en medio de los ruidos naturales de la agreste campiña, para ellos completamente desconocida, y de esporádicos disparos de nerviosos centinelas, de ambos bandos. Avanzada la noche, Robert Elly, capitán del ejército de La Unión y comandante de la vanguardia, alcanzó a escuchar los quejidos de un hombre herido que pedía auxilio a pocos metros del lugar en que acababa de recostarse. Sin dudarlo un instante, avanzó impulsándose con los codos en dirección al herido, lo agarró por debajo de los hombros y lo arrastró hasta el lugar en que descansaban sus hombres, con intención de que el médico de su unidad lo atendiese en el galpón de una granja que habían improvisado como hospital de campaña.

Al llegar con el herido al galpón, bajo la tenue luz de un candíl, el capitán Elly comprobó que el herido, para entonces agonizante, portaba el uniforme enemigo; y, entró en shock al observar el rostro del soldado: era su hijo mayor, a quien no veía desde que tres años antes se había marchado a estudiar música en el Sur y al estallar la guerra se había alistado en el Ejército Confederado. Elly se sobrepuso, tomó al muchacho entre sus brazos, lo besó con ternura en la frente y lo encomendó a Dios…a los pocos minutos el soldado exhaló su último suspiro.

Al día siguiente, el atribulado padre solicitó al comandante del regimiento que le permitiese enterrar a su hijo con honores militares pese a que portaba el uniforme enemigo. Por consideración con el capitán, el comandante del regimiento accedió parcialmente a la petición pues solo autorizó un músico para que rindiera honores. Elly escogió a un soldado que tocaba la trompeta y le pidió que interpretase una partitura que habían encontrado en el bolsillo de la guerrera del joven músico. Nació entonces el famoso toque fúnebre conocido como “El Silencio”.

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