Idolos de Ceniza. Capítulo VI

Por : kapizan
En : Capítulo VI - Bruno y Felissa, Idolos de Ceniza

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BRUNO Y FELISSA

La sombra del Beech Bonanza se proyectó por un instante sobre las rocas que delineaban las estribaciones en la ladera noroccidental de Los Alpes italianos, cuando Bruno, tomando como referencia el curso del río Bacchiglione, viró para enfilar la nave e iniciar el descenso hacia su destino final: un campo de golf, a mitad de camino entre Thiene y Grantorto, en el cual hallaría un área demarcada con antorchas para guiar el aterrizaje. La noche otoñal era clara, con una luna cuyos pálidos reflejos daban un toque de mágico romanticismo a la primera etapa del plan que minuciosamente habían urdido durante varios meses Felissa y él, con el apoyo y la complicidad de Don Carlo Montini. Tras apagar los motores, descendieron de la aeronave y se encaminaron hacia el final de la improvisada pista en donde, según lo planeado, un Mercedes Benz negro del año 42 estaba dispuesto con las llaves de encendido listas. Ella ocupó el asiento del conductor, él se acomodó a su lado y emprendieron rauda marcha por un carreteable adoquinado hacia la pequeña casa situada a cien metros de una imponente mansión de estilo renacentista. En el interior de la enorme casa el nonagenario Don Carlo esperaba la muerte con la serena actitud de quien todo lo ha visto y lo ha vivido. La travesura de su sobrina había reanimado su espíritu y apoyarla daba sentido a los últimos meses de su agitada existencia.

Diez minutos después de que el Mercedes se hubiese marchado, el avión fue rodeado por una docena de hombres que en menos de una hora lo desarmaron en piezas, lo empacaron en guacales y lo embarcaron en un furgón que tomó la ruta hacia Vicenza para dirigirse posteriormente a Padua, en donde las cajas fueron guardadas en una inmensa bodega.

Los sentimientos de Felissa hacia su tío Carlo habían recorrido el sendero del afecto en toda su extensión. De un odio visceral por un hombre perverso a quien no conocía y que, según le habían inculcado en la niñez, era el causante de la muerte violenta de sus padres, pasó a los 18 años de edad, a un amor profundo cuando conoció al simpático viejo que desde ese momento se convirtió en su consejero, cómplice y amigo. Para esa época acababa de hacer su primer papel de reparto en una película italiana de razonable éxito, sin saber que había sido financiada con dineros proporcionados por Don Carlo a un productor que se encontraba al borde de la quiebra. Conoció a su tío en la fiesta de celebración posterior a la premier de gala. La espontaneidad, la franqueza y el carisma del viejo diluyeron la imagen que de él le habían forjado sus parientes maternos, en especial su tía Agnes, con quien se había criado tras la muerte de Vittorio Montini, su padre, y de Rose Mary Williamson, su madre norteamericana.

La infancia de Felissa desde los cuatro años, cuando pasó al cuidado de su tía Agnes, transcurrió como la de cualquier niño norteamericano de la clase media, en una modesta casa a las afueras de New Jersey, en compañía de sus cuatro primos, asistiendo a una escuela estatal. De sus padres guardaba un vago recuerdo sobre el cual la tía había armado una historia aterradora de sangre y violencia, en la que el protagonista principal era su tío Carlo: “Un pistolero de la mafia que no sólo se conformó con arrastrar a la perdición a tu padre, sino que acabó con la tranquilidad y la vida de tu madre, que cometió el error de enamorarse de un bandido”. Las habilidades histriónicas de Felissa salieron a flote en la secundaria como integrante de un grupo juvenil de teatro. Su salto a la pantalla grande lo había dado gracias a que un joven director de cine la vio actuando y le propuso un papel secundario en una película sobre los Borgia que se rodaría en Italia. Pronto descubriría que su belleza y su sensualidad eran armas poderosas para escalar posiciones en el mundo del celuloide; la aparición del tío Carlo en escena le proporcionaría el complemento perfecto para escalar a la cima.

Carlo Montini y su hermano menor Vittorio eran hijos de inmigrantes italianos llegados en 1914 a Norteamérica huyendo de la guerra europea. El mayor tenía diez años cuando desembarcaron en Ellis Island y su hermano nació ocho años después en New York. El padre murió apuñalado en una reyerta entre los estibadores de los muelles que se disputaban las pocas plazas de trabajo durante la depresión del 29. Para entonces el joven Carlo consiguió trabajo como guardaespaldas de un mafioso del Bronx que manejaba el negocio clandestino de los juegos de azar y las apuestas; pero su verdadero auge en el crimen organizado llegó con los años de la prohibición y el contrabando de licores. A comienzos de 1960, cuando nació Felissa, los hermanos Montini eran las cabezas visibles de una organización que controlaba el vicio en un amplio territorio de la ciudad. Vittorio y su esposa sucumbieron, en 1964, ante las balas de la mafia italo-americana en las calles de New York en una vendetta entre familias rivales. El asesinato de Vittorio fue como una señal para su hermano mayor, que tomó la decisión de retirarse del trabajo en las calles y regresar a su tierra natal para dar desde allí un giro a su negocio invirtiendo todo su capital en actividades legales que, como fachada, le permitían ejercer un control político apoyando a líderes de la derecha italiana para que accediesen a diferentes posiciones de poder. Felissa nunca olvidaría las palabras de su tío el día que lo conoció: “Tienes mucho talento, figura y belleza mi pequeña, pero en este retorcido mundo del cine eso no es suficiente. Para llegar lejos necesitas un empujón y el tío Carlo te lo va a dar…”.

La primera noche de amor en el refugio proporcionado por el viejo fue quizá la más intensa, apasionada y relajante después de los meses de preparación para lograr lo que Felissa llamaba “la liberación total”. Al día siguiente alrededor de las diez de la mañana un golpe de aldaba anunció la llegada del anciano. Con una pícara sonrisa que le daba a su rostro la expresión de un niño haciendo pilatunas, el viejo activó el control de su silla de ruedas, que se desplazó silenciosa hasta la pequeña sala. Con un gesto de la mano indicó a la pareja que tomaran asiento, mientras él se erguía con calma para avanzar cuatro pasos y acomodarse en una poltrona. “Todavía puedo caminar, la silla me la dieron para reducir el esfuerzo. La verdad es que me siento como un piloto carreteando para decolar… el vuelo final según el médico puede ser en navidad. Ya veremos. Por ahora lo importante son los preparativos para que ustedes puedan pasar desapercibidos. Estos cambios tienen un costo elevado, pero ése es mi regalo de despedida. Sobre los detalles no deben preocuparse pues nunca nadie los sabrá. Éste es un secreto de Omertá”.

Felissa preparó café y sirvió galletas, mientras su amante le contaba al viejo las peripecias del viaje. Finalmente Bruno sacó una bolsita de cuero que llevaba alrededor del cuello atada con una cadena, extrajo de su interior cinco diamantes de alta pureza que había retirado un mes antes de una cajilla de seguridad en un banco parisiense y se las entregó a Don Carlo. Éste miró los diamantes apreciativamente: “Magníficas joyas, tengo el comprador y creo poder conseguir por estas piedras los cinco millones de dólares que decidiste conservar como único capital. Es una reserva más que suficiente para que se den la gran vida y puedan gozar la vejez, pues por lo que veo va a ser mucho más alegre y entretenida que la mía…”.

Esa noche septembrina los amantes se divirtieron jugando con un computador en el que alteraban sus respectivas imágenes hasta encontrar las facciones con las cuales les gustaría pasar el resto de su nueva vida. La excitación por la aventura los mantuvo insomnes rememorando su primer encuentro amoroso y la forma en que habían planeado hasta el último detalle. Para ambos la casa que les había proporcionado el viejo como escondite provisional traía gratas remembranzas, pues era la misma en que ocho meses antes habían hecho por primera vez el amor sin vislumbrar el inusitado curso que tomarían sus vidas.

Todo había comenzado durante las celebraciones de año nuevo que ese primero de enero habían coincidido con la fiesta exclusiva y fastuosa que Don Carlo había organizado para conmemorar “mis primeros noventa años”. El viejo se las había apañado para que Donetti asistiese como invitado pues pensaba que esa sería una buena oportunidad para que su sobrina consiguiese un contrato como imagen de la nueva línea de perfumes que lanzaría al mercado la filial francesa de la multinacional. En realidad el magnate no podía negarle un favor a Don Carlo pues no sólo le debía a los hermanos Montini el apoyo brindado para multiplicar el capital con que había establecido su primera industria, sino que a los contactos políticos del viejo debía muchos contratos con el gobierno italiano.

Tanto Bruno como Felissa reconocieron el impacto que el uno había producido en el otro: en esos días invernales con sus noches descubrieron al calor de la chimenea un amor que ninguno de los dos había experimentado. Para ella, antes de Bruno, el amor de pareja no existía y se atrevió a confesarle que todas sus relaciones anteriores no habían sido más que un medio astutamente manipulado, muchas veces con el apoyo de su tío, a fin de escalar posiciones en su carrera como actriz. Para él, antes de Felissa, las mujeres eran importantes como tales, pues su belleza le daba colorido y variedad a la ardua tarea de mantener un imperio empresarial, que hasta entonces había sido el único amor de su vida. En la intimidad de esa cabaña, aislados del mundo por una cómplice tormenta de nieve, estrechamente abrazados en la placidez que proporciona una relación sexual plena, Felissa con lágrimas en los ojos le confió a su amante el hastío y la desesperante sensación de vacuidad que le proporcionaba la artificial condición de símbolo sexual como ídolo de la pantalla; incluso había pensado en el suicidio para poner fin a esa ilusión que la había deslumbrado y que una vez alcanzada estaba destruyendo su vida y corroyendo su alma. Tras confesar sus temores íntimos, que sólo había confiado a su bitácora, Felissa reclinó la cabeza sobre el torso desnudo de Bruno y se quedó profundamente dormida, mientras él acariciaba suavemente su sedosa cabellera roja. Conmovido por la revelación, Bruno pasó el resto de la noche inmerso en serios cuestionamientos sobre su propósito de vida, para llegar a interiorizar la importancia relativa del poder. Nunca antes le habían faltado las palabras para expresar sus sentimientos a las mujeres, pero con Felissa tomó sentido para él una frase de Petrarca que alguna vez había leído: “Quien puede decir cuanto ama, pequeño amor siente”. Comprendió entonces que por ella sentía un amor tan grande que no podía expresarlo con el límite de las palabras. Por eso al día siguiente respondió, sin dudar un instante, a la pregunta que ella con ansiosa mirada le había formulado: “¿Qué pasaría con tu empresa si te desapareces por un año?”. “En realidad no pasaría nada pues George se encargaría de todo… Es más, un año me parece poco. Contigo estaría dispuesto a desaparecer para siempre”.

Tres meses después de la llegada de Bruno y Felissa a Vicenza, Don Carlo irrumpió en la cabaña con la expresión de felicidad de un niño al concluir con éxito una tarea por la que espera gran recompensa. Con un brillo de felicidad en sus ojillos negros y una sonrisa que iluminaba su curtido rostro, sacó un sobre y con voz temblorosa por la emoción lo exhibió agitándolo en la mano: “¡Lo logramos! ¡Todo listo!”. A continuación se puso de pie como impulsado por una nueva energía y comenzó a dar vueltas mientras reía y lloraba de felicidad. Al día siguiente, como si sólo hubiese estado robándole tiempo al tiempo para alcanzar a cumplir una misión, el viejo murió apaciblemente mientras dormía.

Un mes antes de su muerte don Carlo le había expresado a Felissa su última voluntad: un funeral sobrio en el que únicamente quería que le acompañasen ella y Bruno, a quien había llegado a querer como el hijo que nunca tuvo. Como católico deseaba que se oficiase una misa de cuerpo presente y sus restos fuesen sepultados en el cementerio de Vicenza, en el mismo mausoleo donde se encontraban enterrados sus padres y su hermano menor Vittorio. Dada la decisión de su sobrina, en quien admiraba el valor demostrado al renunciar a los privilegios de la fama, optó por modificar el testamento a favor de los hijos de su concuñada Agnes, fallecida diez años antes, únicos parientes de Felissa. Al día siguiente de la ceremonia religiosa, la pareja viajó a Roma en donde tomó un vuelo comercial con destino a Sydney, lugar escogido al azar como punto de partida para esa nueva etapa de sus vidas. Al pasar sin ningún contratiempo los trámites de migración en Australia, se sintieron pletóricos de felicidad y con la liviandad de espíritu que les proporcionaba el anonimato.

De Australia volaron a Sur África, segunda etapa de lo que Felissa llamaba “un viaje de bodas sin rumbo fijo, hasta que la muerte nos separe”. En el verano del 95, estando en Mónaco, los sorprendió el despliegue que en todos los medios se dio a la publicación de “Mi Bitácora”, el libro con los secretos íntimos de la desaparecida estrella del cine. Felissa sintió el amargo sabor de la traición por parte de su asistente y lamentó el suicidio de su antiguo prometido, pero se repuso rápidamente gracias a la comprensión y al pragmatismo de Bruno, que le restó importancia al hecho. Esa misma noche Felissa sorprendió a su amado al entregarle una libreta en cuero con anotaciones en italiano, marcada como “LA MIA BITACOLA – 1994”, y lo emocionó con sus palabras: “Amore mio, ésta es mi octava y última bitácora. No pienso continuarla, no es necesario. La comencé en Vicenza cuando te conocí, describe la sinceridad de mis sentimientos hacia ti y expresa las emociones que he vivido a tu lado desde que estamos juntos. Consérvala como testimonio del amor y la pasión que me inspiras”.

Para finales de 1998 habían terminado de recorrer las principales ciudades y centros turísticos de Australia, Europa, Asia y África. En diciembre de ese año llegaron a Miami, adquirieron una camioneta Blazer y equipo de camping e iniciaron una travesía a lo largo y ancho del territorio norteamericano hasta el Canadá. Por acuerdo mutuo Felissa conducía, pues Bruno detestaba manejar. El recorrido por Norteamérica les tomó algo más de un año.

En febrero del 2000 decidieron trocar el invierno norteño por el verano austral; entonces, vendieron la camioneta, empacaron sus escasas pertenencias en un juego de maletas Samsonite que habían adquirido en Roma antes de emprender su primer viaje y tomaron un vuelo de Aerolíneas Argentinas rumbo a Buenos Aires. Desde allí comenzaron un recorrido similar por Suramérica hasta las costas del Caribe.

En noviembre del año 2000, después de dos meses de permanencia en Buenos Aires y de recorrer Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y el sur del Perú, se aproximaban a Lima en donde habían previsto quedarse un mes, conocer la ciudad y tomar vuelos locales para visitar El Cuzco u otros sitios de interés en la Cordillera Andina. Rumbo a la capital peruana, se detuvieron para almorzar en un restaurante de carretera. Poco antes de abordar el vehículo, a Felissa le sorprendió ver su antiguo rostro en el recuadro de la portada de Idol’s Magazine en su versión en castellano. El título hacía referencia al escandaloso pasado de la famosa actriz. Intentó comprarla pero Bruno se lo impidió con un gesto de la mano al tiempo que le tendía una licorera metálica de bolsillo forrada en cuero y le decía: “Un buen trago siempre ayuda… No te tortures amore mio, no vale la pena sufrir por el pasado. Convéncete de que Bruno Donetti y Felissa Montini no son más que un par de ídolos de ceniza…”.

Al caer la tarde, Felissa estacionó el campero frente al hotel que habían previsto como base para su estancia en Lima. En la recepción una amable empleada les dio la bienvenida, les preguntó si tenían reservación, y Bruno en un claro español con mal disimulado acento gringo contestó:

―Sí señorita, tenemos una reservación a nombre de Nicolás y Gabriella Angueira.

FIN

Idolos de Ceniza. Capítulo V

Por : kapizan
En : Capítulo V - Los Angueira, Idolos de Ceniza

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LOS ANGUEIRA

La noticia del día fue la llegada de Argemiro Pulido conduciendo su camioneta a bordo de la cual aparecieron por primera vez en Bojacá los Angueira. El vehículo ingresó por el costado occidental del parque principal, dobló a la izquierda frente al Convento de Nuestra Señora de Gracia, sobrepasó el Santuario de Nuestra Señora de la Salud, avanzó una cuadra más, giró a la izquierda, se detuvo frente a la Notaría, situada en un pequeño local a espaldas del parque, y sus tres ocupantes se apearon e ingresaron a la oficina. Media hora después, los recién llegados se marcharon rumbo a la salida del pueblo por el Camino Real, y los mirones pudieron apreciar dos juegos de maletas Samsonite pasadas de moda como único equipaje de la conspicua pareja. Cuando las viejas del pueblo se agruparon para especular al respecto, quedó como un hecho irrebatible la primera opinión, emitida con convencimiento absoluto por doña Gertrudis: “El viejo Pulido consiguió a ese par para venderles la casa de la difunta señorita Iriarte”. Desde ese momento los parroquianos, haciendo gala de la malicia, la suspicacia y la doblez heredadas de sus ancestros muiscas, empezaron a tejer una sutil red de vigilancia sobre los dos extranjeros, que seguramente traerían costumbres disolutas y perniciosas que podrían afectar la vida puritana de su pueblo.
El antiguo curato de Bojacá era un pueblo conventual de día y fantasmal de noche. Así había sido desde los albores del siglo XVII y así continuaba siendo en los albores del siglo XXI. Si algún director de cine decidiera rodar allí una película de época, sólo tendría que disimular un gallardete amarillo que desentonaba en el marco de la antigua plaza de armas, hoy parque principal, anunciando un asadero de pollos. Bojacá era el punto de partida del Camino Real, construido por los españoles sobre los antiguos senderos indígenas, cerca al borde occidental del altiplano, que descendía serpenteando desde los casi tres mil metros de altura hasta los 1700, en medio de una exótica variedad de flora y fauna. Aun hoy en día los amantes de las caminatas pueden pasar de un clima paramuno, gélido y brumoso a un agradable clima templado en menos de seis horas de marcha.
Al aire conventual del pueblo contribuía la proliferación de pequeños almacenes dedicados a la venta de velas, imágenes de la Virgen en cerámica, novenarios, camándulas y toda suerte de objetos de gran demanda entre los fieles católicos que acudían con fe al Santuario de la Virgen de la Salud. Las tiendas religiosas se encontraban alrededor del parque principal o en casi todas las estrechas calles del área urbana, conformada por una mezcla de casas viejas de estilo español con paredes de adobe y tejas de barro que se alternaban anacrónicamente con edificaciones más recientes de ladrillo y cemento con tejas de asbesto. En el costado oriental del sector habitado, un muro de piedra de dos metros de altura señalaba el lindero de un inmenso prado en donde pastaban con desgano varias docenas de vacas lecheras. El muro se extendía hacia el sur hasta la última calle del pueblo, y allí doblaba hacia oriente en una extensión de dos kilómetros sobre un carreteable que desembocaba en “Las Piedras del Chivonegro”, conjunto de enormes rocas de caprichosas formas, apiladas en un montículo. Según las crónicas de la época de la conquista española, los sacerdotes muiscas efectuaban desde allí ofrendas a Sué, el dios sol, y a Chía, la diosa luna.

“El predio que le estoy ofreciendo es ideal para sus necesidades, señor Angueira…”, había dicho el Doctor Pulido a su cliente potencial dos meses antes, “…no sólo le ofrece la tranquilidad que requiere el estado de salud de su hermana, sino que está a menos de una hora de la Capital por excelente carretera, y a veinte minutos de Facatativá, que tiene un bien dotado hospital, en caso de emergencia…”. Tras describirle los detalles de la vivienda, situada al costado norte del Camino Real a sólo cinco minutos a pie del parque principal, el vendedor se había extendido contando anécdotas históricas sobre la milagrosa Virgen de la Salud cuya imagen, una reproducción de la Virgen de las Angustias de Granada, había sido traída al Nuevo Reino por un español de apellido Pérez. La última anécdota la había contado precedida de este comentario: “Bojacá es ideal para esconderse del mundanal ruido. El mismísimo Libertador Simón Bolívar se refugió en la hacienda de Cortés, después de la conspiración de septiembre de 1828… la casa que le ofrezco queda al lado de esa hacienda. Como verá, señor Angueira, esa es una tierra con mucha tradición, buenas fincas de ganado y cultivos”. A Nicolás las historias sobre la vida religiosa del pueblo no le interesaron y se limitó a escucharlas con muda cortesía, pero no pudo evitar una sonrisa maliciosa con el relato de Bolívar escondido en ese pueblo.

La nobilísima estirpe fundada, a finales del siglo XVII en un latifundio cercano a Facatativá, por el hidalgo caballero don Jeremías Iriarte Vengoechea, se vino a menos después de la Guerra de los Mil Días y se extinguió con la muerte de Amadeo Iriarte Pérez, último vástago fallecido en 1983 sin dejar descendencia. Como un vestigio depreciado de la antaño poderosa familia sobrevivió, reducida a una casona y diez fanegadas de tierras en Bojacá, la virginal señorita Magdalena Iriarte, única hermana de Amadeo que se murió de melancolía a los 76 años de edad en la solitaria navidad del 99. Por fortuna para el Dr. Argemiro Pulido, abogado de la familia, la solterona murió sin testar a favor de una comunidad religiosa como era su intención, y por ello el astuto litigante acogiéndose a la ley colombiana, informó al ICBF la existencia de esa propiedad, que pasó a dominio de la entidad. Esta notificación le confería a Pulido el derecho a quedarse con el veinte por ciento de los bienes intestados. Éste, en una hábil negociación con el organismo, logró que fuese representado por la casona con todos sus enseres en un predio de mil metros cuadrados.

Rumbo a la casa recién adquirida por los Angueira, el Doctor Pulido les contó la historia de los antiguos dueños, que habían sido sus clientes desde que había representado al padre de los dos hermanos en un litigio por salvar de los acreedores la última porción de tierra que le había pertenecido: las diez fanegadas con la casona y su solar. Infortunadamente, en un accidente automovilístico en Londres a mediados de los años sesenta, murieron el señor Iriarte, su esposa y su nuera embarazada. El pobre viejo había muerto convencido de que la esposa de su primogénito, le daría un heredero al ilustre apellido. Amadeo, que conducía el vehículo, resultó ileso pero con un grave trastorno psicológico que le obligó a abandonar su cátedra universitaria de etnología y regresar a Colombia a vivir con su hermana, convencido de ser un Conde del Renacimiento que regresaba al nuevo mundo, en compañía de cuatro halcones “para enseñar a los nativos la cetrería, que es arte de nobles”. La falta de conocimientos sobre el cuidado de los halcones europeos en los climas andinos hizo que a los pocos meses de su llegada a Facatativá muriesen tres; al otro lo mató un cóndor en desigual pelea, pero pagó cara su osadía pues Amadeo lo eliminó de un escopetazo. Para calmar el dolor de su chalado hermano, Magdalena consiguió un taxidermista que disecó las aves, incluyendo el cóndor asesino. Desde entonces, los exóticos plumíferos adornaron la abigarrada biblioteca, sobre un estante con piezas indígenas que el antiguo profesor había recogido como etnólogo especializado en las culturas indígenas de Centro y Suramérica.

Una vez instalados los Angueira en su nueva propiedad, Nicolás había establecido una rutina en la que él se hacía cargo de todos los trabajos domésticos bajo la mirada entre complacida y triste de Gabriella, que permanecía la mayor parte del tiempo en una mecedora de mimbre de la que sólo se paraba con la ayuda de él para efectuar la serie de ejercicios y masajes musculares recomendados por los terapeutas para reducir al mínimo el dolor de la rigidez muscular. Lo que más torturaba a Nicolás era la imposibilidad de Gabriella para pronunciar frases completas debido a la falta de fuerza en los músculos de la lengua que además le hacía difícil la ingestión de alimentos sólidos. Por ello su dieta era a base de líquidos, papillas y compotas infantiles suministradas pacientemente con una dedicación que le merecía miradas de gratitud de la enferma. Todas las noches después de ayudarla a desvestirse, Nicolás le aplicaba una inyección subcutánea en el cuello con la esperanza de que el medicamento experimental diera resultados, o al menos recuperase el habla y la facilidad para deglutir alimentos sólidos. Hecho esto, le proporcionaba una pastilla para dormir, la arropaba y le hablaba como a una niña hasta que la vencía el sueño; entonces salía en puntillas de la habitación para encaminarse al cuarto pequeño con una botella de whisky que bebía mientras rumiaba, casi hasta el amanecer, su impotencia para revertir la dolorosa situación en que les había colocado la vida. A las siete de la mañana, después de tres o cuatro horas de sueño intranquilo, el reloj interno de la responsabilidad lo despertaba, se daba una ducha rápida, se afeitaba, regresaba al cuarto principal a esperar que ella abriese los ojos, casi siempre a las ocho, procedía a ayudarle con el baño, a escoger la ropa que usaría en el día, y a vestirla. Después del desayuno Nicolás dedicaba un buen rato a cepillarle la negra y corta cabellera, y a maquillarla con la delicadeza con que un pintor daría los toques finales a un retrato; y cada veinte días se tomaba la molestia de tinturarle el pelo, pues sabía que ella detestaba las raíces de su color original y se aterraba ante la aparición de las canas. Por recomendación del Doctor Koppel Gabriella debería caminar al menos media hora diaria para fortalecer los músculos de las piernas. A media mañana, si el clima lo permitía, efectuaban una caminata hasta el pueblo y recorrían las escasas calles. Antes de regresar, descansaban una media hora en el parque, de espaldas al busto de Bolívar, de cara al Santuario de la Virgen y al Convento de los Agustinos, sentados en dos sillitas plegables que Nicolás portaba colgadas a la espalda.

Dos días después de la llegada de los forasteros al pueblo, doña Gertrudis y otras tres señoras suspendieron el cotilleo que disfrutaban a la salida de la misa de nueve cuando desde el atrio del santuario los vieron venir: avanzaban erguidos con paso lento. Ella ataviada con un largo abrigo de paño, tocada con un gorro de lana y con el rostro parcialmente envuelto en una bufanda de alpaca, cogida del brazo izquierdo de él, que lucía un grueso chaquetón de pana y un sombrero tirolés. La neblina, que aún permanecía flotando a sus anchas en el parque, los envolvía hasta la cintura y les daba un aire de espíritus aparecidos. Después de que pasaron frente a las viejas, doña Encarnación, la partera, se volvió hacia sus amigas, se persignó ampulosamente y con un gesto de repulsión en su arrugado rostro dijo con tono de premonición: “Esos dos huelen a muerto”. Doña Gertrudis a su vez sentenció: “Son ateos”. “Tienen que serlo”, apuntó otra y agregó su justificación: “ni siquiera se santiguaron, ni él se quitó el sombrero, pasaron por aquí como si la Santísima Virgen no existiera”. Desde ese día nadie les dirigió la palabra, las mujeres embarazadas o las madres con niños de brazos evitaban cruzarse con ellos, pero todos los observaban y especulaban sobre los motivos de su presencia en el pueblo y su actitud claramente impía.

Los martes a las ocho de la mañana llegaba a la casona un automóvil Mazda 626 de color cereza conducido por Rómulo, recogía a la pareja y la llevaba a Bogotá para que Gabriella asistiese a su terapia semanal en la clínica Koppel. Rómulo Garzón era un Sargento retirado del Ejército que vivía en Facatativá con su esposa y su única hija, Soledad, recién graduada como contadora pública en la Universidad Nacional. Rómulo poseía además del Mazda una camioneta Chevrolet de doble cabina y modelo reciente destinada al transporte de insumos para dos pequeñas industrias locales. El Doctor Pulido los había puesto en contacto con Nicolás, para que Soledad le manejase los asuntos tributarios y él les sirviese como conductor en todos los desplazamientos que requiriesen. Nicolás quedó encantado con la seriedad, la responsabilidad y la respetuosa actitud del chofer y con la eficiencia de su hija en el manejo de su declaración de impuestos; por esta razón abrió una cuenta de ahorros a nombre de Soledad para que se encargase de pagar puntualmente todos los servicios públicos de la casona.

Dos meses después de la llegada de los Angueira, la medicina experimental hizo efecto: por primera vez Gabriella articuló una frase completa para sugerirle a él que arreglaran el antejardín de la casona. A partir de ese momento, con un entusiasmo inusitado Nicolás empezó a ocupar buena parte de la mañana en sembrar flores nuevas y plantas ornamentales, abonar la tierra, podar y embellecer el jardín mientras ella le observaba sonriente desde su mecedora en el corredor frontal de la casa, que empezó a recobrar el aire alegre que no había tenido en años. En esos momentos de efímera felicidad Nicolás recuperaba la esperanza, sentía que valía la pena continuar con el empeño de proporcionarle amor, tranquilidad y sosiego a la enferma. Lo único que ensombrecía la paz y la calma en la rutinaria, casi agradable, vida de los Angueira, eran las palabras del Doctor Koppel el día que examinó a Gabriella después de que hubiese recuperado el habla: “Es un hecho que las terapias y la aplicación del tratamiento con la medicina experimental han dado resultados que superan mis expectativas. En este sentido me atrevo a asegurar que su hermana ha recuperado sensiblemente la motricidad y el habla. Eso le ha permitido llevar una vida más normal. El problema radica en que el medicamento no ha logrado reactivar los movimientos musculares de los órganos internos… El riesgo entonces estaría en el caso de que contrajese una neumonía o una bronconeumonía, pues la capacidad mínima de movimientos musculares en el tórax y el diafragma le inducirían graves fallas respiratorias e incluso un paro cardiorrespiratorio…”.
Así, con esa espada de Damocles gravitando sobre su cabeza, Gabriella vio pasar cuatro años rodeada de los cuidados, el afecto y la ternura de su solícito enfermero… Un lunes la neblina mañanera se había esfumado muy temprano bajo los rayos implacables y picantes del caprichoso sol sabanero. Los Angueira salieron a su caminata sin la acostumbrada protección de abrigos y bufandas, pues la ausencia de nubes y el ardiente sol matutino permitían suponer que sólo llovería en horas de la tarde. Mientras descansaban a la sombra del busto del Libertador, una brisa traicionera empujó un cúmulo de nubarrones que sin previo aviso se desgajó sobre el pueblo en torrencial aguacero. Maldiciendo para sus adentros su imprevisión por no llevar paraguas, Nicolás intentó cubrir con su cuerpo a Gabriella y como pudo corrió a buscar refugio en el alero de la casa más cercana. Fueron tres o cuatro minutos, tiempo suficiente para que sus ropas se empaparan y ella comenzara a temblar completamente aterida y no dejara de hacerlo hasta que una hora después Nicolás friccionara su cuerpo con alcohol y le preparase una bebida caliente de panela con limón…
Al amanecer del día siguiente el ulular de una ambulancia rompió el silencio sepulcral de Bojacá al emprender rauda marcha hacia el Hospital San Rafael de Facatativá, conduciendo a la enferma delirante acompañada por el desolado Nicolás.

Espera la próxima semana el último Capítulo. “Bruno y Felissa”.

Idolos de Ceniza. Capítulo IV

Por : kapizan
En : Capítulo IV. Nicolás, Idolos de Ceniza

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NICOLÁS

En un piadoso intento por darle un viso de solemnidad al último tramo del fúnebre recorrido, Rómulo aminoró la marcha y a velocidad de cortejo atravesó la calle principal de Bojacá para encaminarse a su destino final: la antigua casa de la señorita Iriarte, que en los últimos cuatro años había sido ocupada por la extraña pareja de argentinos. Un crepúsculo lechoso, sin brillo por causa de un sol que había permanecido oculto todo el día en un cielo encapotado y gris, daba paso a esa noche abrileña que seguramente transcurriría en medio de aguaceros tan intensos como intermitentes. Cuando detuvo la camioneta frente al portal de la vieja casona, miró de reojo a don Nicolás que ocupaba el otro extremo de la cabina trasera, inmóvil, ataviado de negro de la cabeza a los pies, sosteniendo en sus crispados dedos el cofre con las cenizas de doña Gabriella, mientras por sus magras mejillas se deslizaban sin ningún recato las lágrimas. Tras apagar el motor, esperó prudentemente las instrucciones de don Nicolás, pero en vista de que transcurrido un buen tiempo no le dio ninguna, tomó la iniciativa, descendió del vehículo, lo rodeó para abrir la puerta a su pasajero en el preciso instante en que un trueno restalló en la distancia y sacó de su marasmo al acongojado hombre, que se bajó con el cofre en las manos para ingresar al interior de la vivienda y colocar la urna funeraria sobre una mesita de la sala. Regresó para indicarle a Rómulo que bajase las cajas que habían retirado esa misma tarde en una bodega de licores del norte de Bogotá, antes de recoger en el cementerio Jardines de Paz las cenizas de la difunta. Cuando Rómulo terminó la tarea, Nicolás, que le observaba en silencio, habló por primera vez desde que llegaron: “Muchas gracias por acompañarme. Tengo pensado irme de Bojacá por un buen tiempo, por favor dígale a Soledad que se encargue de pagar las cuentas de los servicios públicos de la casa…”. Acto seguido sacó del bolsillo un fajo de billetes de cincuenta mil pesos y se lo entregó como señal de agradecimiento por sus servicios.

Nicolás, que desde la trágica muerte de sus padres había expulsado a Dios de su mundo, no dedicó ni siquiera un Padrenuestro a las cenizas de Gabriella; se limitó a destapar en su honor una botella de Old Parr y a rememorar los años que habían pasado juntos hasta su traumática llegada a Colombia. Permaneció con el traje de luto bebiendo y escuchando melancólicos tangos hasta que el reloj de péndulo de la sala marcó la media noche. Entonces, con calculada precisión, se encaminó a la alcoba principal, cerró los postigos de las ventanas, tendió cuidadosamente las dos camas gemelas y con movimientos parsimoniosos sacó de los armarios la ropa de ambos, la empacó con esmero en las maletas, excepto una sudadera de algodón, que dobló en dos cuadros pequeños, un par de pantuflas de lana y la libreta de cuero con manuscritos de Gabriella. Terminada esta labor, dejó las prendas sobre su cama y regresó desnudo a la sala con el traje negro en sus manos, adquirido dos días antes en Facatativá para realizar las diligencias preparatorias del solitario funeral, lo metió en un balde metálico, lo roció con whisky y le prendió fuego hasta que se convirtió en un montón de cenizas. Mientras las llamas consumían las prendas, él hizo lo propio con la segunda botella hasta que lo venció el sueño.

Luis Carlos Romero, más conocido en el pueblo como “Lucho, el hijo de la Marucha”, era un mozalbete inteligente, precoz, curioso y sicalíptico que desde sus años de preadolescente solía merodear la casona de la señorita Iriarte y se solazaba observando la flácida desnudez de la anciana por entre las rendijas de las ventanas. Desde que los Angueira compraron la vivienda Lucho había incorporado a su rutina una sesión matinal de fisgoneo a primeras horas de la mañana, después de ordeñar las cuatro vacas de Marucha, antes de irse para la escuela. Los fines de semana se apostaba horas enteras para observar las bien formadas curvas de la argentina que estimulaban sus frecuentes desahogos juveniles. Por supuesto, el panorama cambió cuando se supo que la extranjera había muerto, y más por costumbre que por la expectativa de observar algo que valiese la pena, se asomó esa mañana atraído por el olor de paño quemado, para encontrarse con el patético cuadro de un viejo borracho, desnudo, repantigado en una poltrona, frente a un ennegrecido y humeante balde metálico. Lucho compartía sus observaciones con Mincho, su mejor amigo y compinche, que con su espíritu innato de cuentero había transformado con febril imaginación los relatos de su compañero en la misteriosa leyenda de los dos hermanos, que corría de boca en boca, de vereda en vereda, corregida, distorsionada y aumentada.

Al sonar la séptima campanada del viejo reloj, Nicolás abrió los ojos con un amargo sabor en la boca, completamente aterido. En medio de la resaca se encaminó con paso torpe hacia el baño, se dio una ducha con agua helada, se rasuró cuidadosamente, entró por última vez a la habitación, se puso la sudadera y las pantuflas, regresó a la cocina en donde Rómulo había depositado las cajas, extrajo una botella de Old Parr, preparó un café negro que regó generosamente con whisky, abrió una lata de salchichas, se sentó en una butaca frente al mesón para dedicarse a cortar, con el filo de la lata, cada salchicha antes de consumirlas en pequeñas tiritas que pasaba con largos tragos de la oscura y tibia bebida.
En esta forma quedaría establecido el programa matutino que se repetiría durante los siguientes días, bajo la mirada oculta de Lucho, que se marchaba para la escuela después de que el argentino encendía un cigarrillo, prendía el equipo de sonido para escuchar tangos y se sentaba en el sillón a ver, sin observar, el monótono pendular del reloj, sumido en la amargura hasta que las doce campanadas del medio día marcaban un cambio en el mecánico comportamiento de Nicolás.
A esta hora, se ponía de pie, iba a la cocina, se preparaba un café con whisky, comía cuatro galletas saladas, encendía un cigarrillo antes de regresar a la sala en donde abría la libreta de cuero que leía y releía hasta las seis de la tarde, hora en que se encerraba con la botella de whisky por mitad, se recostaba en el jergón, en cuyo costado derecho había colocado desde la segunda noche el cofre de las cenizas de Gabriella, sobre el cual dejaba caer las cenizas del tabaco, y en el izquierdo un cajón de madera en donde arrojaba las colillas que iba consumiendo noche tras noche.
El comportamiento de Nicolás era tan predecible que Lucho terminó por aburrirse fisgoneando; sólo echaba una rápida ojeada por entre las rendijas una vez a la semana, para comprobar si el maniático personaje continuaba vivo y evocar fantasiosamente la desnudez de Gabriella las veces que la había visto sola o mientras Nicolás la bañaba en forma meticulosa con una ponchera de agua tibia. Así, con la pereza con que transcurren los días, las semanas y los meses en el campo, llegó el plenilunio de octubre. Esa noche, sucedió algo que en la versión de Mincho transformó al argentino en un sacerdote de las tinieblas que convocaba demonios en un aquelarre de espíritus al cual acudían las almas podridas de las brujas muertas.
El viernes 6 de octubre la luna entera se asomaba como un plato de oro blanco sobre la temprana oscuridad crepuscular de la Sabana, señalando el fin del cuarto de luna llena, el comienzo de la fase de menguante y el principio de los cada vez más frecuentes delirios oníricos, auditivos, visuales, a cual más aterradores, inducidos por el alcohol y por la lenta autodestrucción del cuerpo y la mente del atormentado Nicolás. A las seis en punto de la tarde, la última campanada programada en la absurda cotidianidad del enfermo fue seguida por un graznido espeluznante que retumbó en su cerebro, secundado por escalofriantes carcajadas humanas que provenían del interior de la biblioteca. Nicolás, presa del pánico, corrió a la cocina en busca de un cuchillo, que no lograba sostener con fuerza en sus manos, para defenderse del ataque de un gigantesco cuervo negro y otros cuatro de tamaño superior al normal que comenzaron a revolotear por toda la casa persiguiéndolo, mientras le picoteaban con saña la espalda, los brazos y las piernas. Cuatro días con sus noches duró el suplicio del enloquecido Nicolás, completamente desconectado de su rutina, corriendo o escondiéndose por todos los rincones de la casa, en medio de alaridos que no lograban alejar de su mente las imágenes monstruosas, ni calmar el quemante ardor de las heridas propinadas por las filosas garras de sus perseguidores. Al atardecer del martes su cuerpo se desplomó sobre el jergón de su refugio, vencido por el miedo y el cansancio. Durmió como un fardo hasta que, el jueves siguiente al amanecer, lo despertó una voz que retumbaba en su mente con imperiosas órdenes: ¡Levántate y lucha guerrero! ¡Los cuervos descansan! ¡Corta sus cabezas y ofréndamelas! ¡A su jefe arráncale las alas, vacíale los ojos y déjalo vivir! ¡Ataca ya, ya, ya!
En medio de un trance, actuando como un autómata hipnotizado, Nicolás se quitó la sudadera, se tiznó la cara, el pecho y los brazos con ceniza humedecida en whisky, empuñó con fuerza asesina el cuchillo que días antes temblaba en sus manos, se dirigió a la biblioteca y con golpes certeros cortó las alas del cóndor, le sacó los ojos de vidrio, y decapitó a los cuatro halcones. Acto seguido, se colocó un tocado con plumas de Quetzal, tomó un bastón con sonajeros en la mano derecha, depositó el cuchillo en la mitad del aposento, recogió las cabezas rellenas de estopa y las puso en cada uno de los extremos de la sala. Después comenzó a danzar alrededor del cuchillo haciendo sonar las semillas del bastón, mientras marcaba el ritmo con la cantonera, al tiempo que emitía sonidos guturales e ininteligibles.

El ruido de los bastonazos contra el piso de madera, sumado a la estridente cantinela, llamó la atención de Lucho, que miró con ojos desorbitados las extrañas piruetas de su vecino y se quedó observando el terrorífico espectáculo hasta que el enardecido protagonista colocó el bastón y el tocado sobre la alfombra, antes de retirarse de espaldas hasta el patio para cerrar y trancar por fuera las dos hojas de madera que daban acceso a la biblioteca. Más tarde relataría a Mincho con lujo de detalles la escena que se convertiría en la más truculenta narración del creativo muchacho.

Después de cerrar la puerta de la biblioteca con alienada serenidad, Nicolás regresó a su rutina durante un mes más, hasta que las alucinaciones visuales volvieron a transportarlo al paroxismo del terror, tratando de arrancar de su cuerpo miríadas de hormigas que mordisqueaban sus extremidades y se alejaban llevando trocitos de carne ensangrentada en una interminable caravana que se desplazaba desde la sala hasta la rendija inferior de la puerta de la biblioteca para perderse en su interior. En otras ocasiones era la estridencia de un silbato que taladraba sus oídos, o el sonido de una sirena intermitente, lo que le obligaba a esconderse en el cuarto pequeño hasta que su cuerpo debilitado caía en prolongadas horas de sueño inquieto, alternadas con vigilias en medio de temblores y espasmos musculares. Cada episodio daba paso a períodos de serenidad que aprovechaba para beber whisky o café, consumir salchichas o galletas y fumar con ansiedad cigarro tras cigarro.
El viernes 21 de abril, Nicolás se levantó tranquilo, se bañó, se afeitó por última vez, consumió la última lata de salchichas, fue a la sala y programó el equipo de sonido para que sonase en forma repetida el tango Cuesta Abajo, regresó con la libreta al cuarto pequeño, dedicó un buen rato a organizar una pirámide con las latas de salchichas, alineó alrededor de la pared las botellas vacías de whisky, y se echó en el camastro a esperar, con los ojos fijos en el techo, el final de su tormento.

Espera la próxima semana el Capítulo V. “Los Angueira”.

Idolos de Ceniza. Capítulo III

Por : kapizan
En : Capítulo III. Gabriela, Idolos de Ceniza

6

GABRIELLA

El viernes 6 de abril del año 2001, alrededor de las diez de la mañana, Gabriella temió que el cansancio y la debilidad que sentía en los brazos fuesen los síntomas de algo mucho más delicado. Sin embargo, no se atrevió a contarle a Nicolás lo que le venía ocultando desde que seis meses antes en Lima había empezado a sentir una molestia pasajera, que pocas semanas después de su llegada a Colombia se revelaría como un hecho grave, obligándoles a modificar sus planes de pasar una temporada en Bogotá conociendo la ciudad, sus alrededores y asistiendo al reconocido Festival de Teatro que anualmente se realizaba por esas fechas en la capital colombiana. Ésta era la etapa final de su recorrido por las carreteras suramericanas a bordo de un Land Rover adquirido un año antes en Buenos Aires, cuando diseñaron la travesía con la meticulosidad con que venían haciéndolo desde que tiempo atrás decidieron recorrer el mundo sin afanes, con la apacible calma que caracteriza a los viajeros de mediana edad.
Esa mañana habían salido del tradicional Hotel Tocarema en Girardot con la mira de llegar a la Capital en donde tenían reservaciones en el Tequendama. Tras remontar la pronunciada cuesta del Boquerón el Land Rover, conducido por Gabriella pues a Nicolás no le gustaba hacerlo, se lanzó a 120 kilómetros por hora sobre la amplia carretera hacia Fusagasugá, mientras una pertinaz llovizna mojaba el asfalto. Más adelante, cuando ella frenó para salvar la vida de un perro imprudente, se vio obligada a dar un golpe de timón que los sacó a la orilla para terminar atascados en una enlodada cuneta. La brusca maniobra no logró despertar a su acompañante del profundo sueño producido por media botella de whisky que había bebido, en menos de dos horas, de una licorera metálica de bolsillo forrada en cuero. La sensación de impotencia de Gabriella cuando los músculos de sus brazos no le respondieron en su intento por activar la palanca de doble transmisión para salir del atolladero, le desató un amargo llanto en medio de fuertes sollozos, lamentaciones e improperios que finalmente espabilaron al sorprendido Nicolás. El resto del recorrido fue una verdadera tortura para éste, pues al disgusto por conducir el campero, en medio de una lluvia que no cesó hasta llegar al hotel, se sumaban la ansiedad por un buen trago de Old Parr y la preocupación que le producía ver a Gabriella sumida en una depresión que él nunca le había visto. Ella intentaba disipar sus miedos fumando en silencio mientras escuchaba tangos en el walkman, con unos audífonos que la alejaban de la realidad.
Al día siguiente Gabriella, que había dormido sosegadamente ayudándose con un par de tragos de la botellita que Nicolás le ofreció, se despertó más tranquila reconociendo que el cansancio era la causa de su debilidad. Acordaron entonces no utilizar el campero sino contratar un taxi de turismo al servicio exclusivo de los clientes del Tequendama, conducido por un sesentón amable, discreto y buen conocedor de la ciudad que resultó ser un inigualable cicerone para recorrer Bogotá, engalanada en abril para recibir a los visitantes que acudían al Festival Iberoamericano de Teatro, del cual disfrutaron asistiendo a cuanta representación alcanzaban a llegar gracias a la pericia del taxista. Al terminar la tercera semana de placenteros recorridos por Monserrate, los principales museos, en especial el Museo del Oro con su valiosa colección de piezas precolombinas, el centro colonial, los mejores restaurantes de comida típica, la impresionante Catedral de Sal de Zipaquirá tallada a pico en los socavones de una mina, y de visitar los municipios del altiplano, Gabriella nuevamente mostró síntomas de cansancio, pesadez en los brazos y debilidad, por lo que decidieron permanecer en el hotel.
Al medio día de ese domingo el temor de Gabriella se confirmó haciendo inocultables los síntomas de una enfermedad que se venía agazapando en su bien delineado cuerpo, que a los 42 años conservaba la silueta y la flexibilidad propias de una mujer diez o quince años menor. Después de recorrer el bien surtido despliegue de viandas frías y calientes que conformaban el brunch dominical en el restaurante El Virrey del Tequendama, el estrépito de platos al estrellarse contra el piso sobresaltó a Nicolás, pues a Gabriella se le cayeron de las manos como si no pudiese sostenerlos. Poco después lo invadió el pánico, cuando ella con lágrimas en los ojos intentó hablar y no pudo. Los músculos de la lengua no respondían las órdenes cerebrales de su dueña.
Las palabras del médico del hotel, después de practicar un exhaustivo examen a la asustada Gabriella, aterraron a Nicolás: “No me atrevo a dar un diagnóstico definitivo sobre lo que pueda tener su hermana, señor Angueira, pero tengo la impresión de que es un serio trastorno neurológico y por ello le recomiendo que sea internada cuanto antes en una clínica especializada…”

El doctor Mauricio Koppel Iregui era un neurólogo colombiano de origen alemán, que en el cenit de su brillante carrera había fundado la Clínica Neurológica Rudolf Koppel como un homenaje a su padre, un eminente cirujano que había servido en el Ejército Alemán durante la primera guerra mundial. Terminada la conflagración Rudolf emigró a Colombia, donde contrajo matrimonio con Catalina Iregui, hija menor de un distinguido médico colombiano, fallecido a comienzos de los años sesenta por causa de una enfermedad neurológica. La muerte de su abuelo materno motivó al entonces estudiante de medicina de la Universidad de Harvard a escoger la neurología como su campo de especialización, y a esta enigmática rama de la medicina se había dedicado con pasión absorbente, hasta el punto de que a los 67 años permanecía soltero, acompañado por una impresionante trayectoria de logros académicos y profesionales, tales como la publicación de cuatro libros de texto y más de cien artículos en revistas especializadas, la dirección del departamento de neurología de la clínica Mayo en Rochester en el estado de Minnesota, la presidencia, en dos ocasiones, de la Sociedad Americana de Neurología, y la distinción con tres premios internacionales por sus aportes a la ciencia, entre otros.
La muerte en 1986 de la octogenaria señora Catalina Iregui viuda de Koppel representó un cambio en la vida de su hijo Mauricio, quien decidió radicarse en Colombia para cumplir con la última voluntad de su madre. Dos semanas antes de morir, la anciana lo había comprometido haciéndole el traspaso de un lote de seis hectáreas situadas en el sector de los cerros nororientales de Bogotá arriba de la carrera séptima, y haciéndole jurar que en ese terreno haría realidad el sueño de su padre de construir una clínica neurológica dotada con un pabellón para atender a personas de escasos recursos. En agosto de 1995, con asistencia del Presidente de la República, se inauguró la Clínica Neurológica Rudolf Koppel que en pocos años se colocó a la vanguardia de los centros clínicos más avanzados de América Latina, con tres salas de cirugía, un laboratorio dotado con instrumental de alta tecnología, capacidad para atender doscientos cincuenta pacientes hospitalizados con la comodidad y los servicios de un hotel de cinco estrellas. Indudablemente sus costos eran cubiertos con los elevados precios que pagaban los pacientes adinerados y alcanzaban para subsidiar una atención similar a los pobres en el pabellón que con el nombre de la caritativa señora Iregui mantenía un lleno completo de otras tantas camas.
A las cinco de la tarde de ese domingo, a bordo de una ambulancia, bajo una lluvia torrencial que como un mal augurio entristecía el panorama y ensombrecía los pensamientos del atribulado Nicolás, llegaron a la sala de urgencias de la prestigiosa clínica en donde fue internada Gabriella para ser sometida durante toda la noche a una agotadora secuencia de exámenes. Los resultados fueron entregados a la mañana siguiente al doctor Koppel para que emitiese un diagnóstico sobre la ciudadana argentina, remitida por el médico del Hotel Tequendama.
El diagnóstico del reconocido neurólogo, matizado por su amabilidad y su agradable tono de voz que inspiraba confianza, fue para Nicolás como el veredicto de un juez implacable: Gabriella se encontraba en un estado bastante avanzado de una enfermedad mortal para la que no se había descubierto hasta la fecha ningún tipo de cura. En el mejor de los casos le quedaban dos, máximo tres años de vida pues la Esclerosis Lateral Amiotrófica era una enfermedad neurológica degenerativa que se caracterizaba por pérdida progresiva de la fuerza muscular inicialmente en las extremidades superiores comenzando por los hombros, extendiéndose hacia la periferia y los músculos faciales, con posterior pérdida de la función motora, para luego dificultar los movimientos de los músculos en el tronco e impedir la actividad visceral del esófago, el estómago y los intestinos. Ante un cuadro clínico de esa naturaleza lo único posible era tratar de brindarle a la paciente la mayor tranquilidad en un ambiente rodeado de afecto, con sesiones semanales e intensivas de terapia física para retardar el avance de la rigidez muscular y mejorar hasta donde fuera posible su calidad de vida. La única luz de esperanza era la perspectiva de que en ese lapso los laboratorios farmacéuticos, que según Koppel llevaban varios años dedicados a la investigación para producir algún medicamento que frenase la progresión de este tipo de esclerosis o lograra revertir sus efectos, fuese finalmente desarrollada y comercializada. Según el galeno, su clínica contaba con un excelente equipo de terapeutas que podrían garantizarle en el corto plazo dos importantes paliativos: recuperar significativamente la motricidad e impedir que se viese confinada a pasar los últimos meses de su existencia en una silla de ruedas.
Ante el explicable interés de Nicolás por conocer más detalles sobre las investigaciones farmacéuticas, el doctor Koppel le había indicado que mantenía correspondencia con un colega norteamericano que desde 1996 dirigía un equipo de investigación en los laboratorios Morantes de México, una filial de la poderosa Donetti Chemical Inc. con sede en Guadalajara. Según el neurólogo, su colega, con quien le unía una vieja amistad desde sus años universitarios, le había escrito una carta reciente en la que mostraba su optimismo por los resultados de un medicamento experimental para prevenir con una vacuna la aparición de la Esclerosis Lateral Amiotrófica y de una sustancia que podría eventualmente revertir la enfermedad desde sus etapas más avanzadas; el investigador, que hasta la fecha había realizado pruebas en cobayos con resultados alentadores, estimaba que para finales de ese año podría ensayar los efectos con seres humanos. Por supuesto, ésta era una información confidencial y le pedía a Nicolás que guardase reserva absoluta al respecto, al tiempo que le garantizaba la participación de su hermana tan pronto como se iniciase la fase del tratamiento con el nuevo medicamento, en pruebas con seres humanos. Por lo pronto, recomendaba que la pareja buscase su estabilidad permaneciendo en un lugar tranquilo, cerca a un centro especializado que pudiese proporcionarle el tratamiento terapéutico que ayudaría significativamente a mejorar su calidad de vida. Como acción inmediata sugería la conveniencia de internar en su clínica a Gabriella durante un periodo de dos meses, al final de los cuales seguramente lograrían demorar el proceso degenerativo en forma significativa.

Espera la próxima semana el Capítulo IV. “Nicolás”

Idolos de Ceniza. Capítulo II

Por : kapizan
En : Capítulo II. El Túmulo de Ceniza, Idolos de Ceniza

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EL TÚMULO DE CENIZA

El caso fue cerrado cuando oficialmente se declaró que Nicolás Angueira había fallecido de hambre. En su cuerpo fueron halladas altas concentraciones de alcohol y en opinión del forense, que había establecido la hora del deceso entre las dos y las tres de la madrugada del 25 de abril del año 2006, si el sujeto hubiese estado mejor alimentado finalmente habría muerto por causa de una cirrosis alcohólica. Ese mismo día Cristina, la investigadora del Equipo de Criminalística de Campo que había efectuado el levantamiento del cadáver del ciudadano argentino residente en Colombia, cumplió con los trámites de reportar el deceso al consulado del país austral.
A pesar de las extrañas circunstancias en que fue hallado el cuerpo en el caso Angueira, los funcionarios de la Fiscalía de Facatativá lo archivaron en sus recuerdos y siguieron absorbidos por la macabra e interminable tarea de recoger cadáveres en un país signado por la violencia. Por su parte, Cristina no podía ahuyentar de su mente la imagen del viejo famélico, de facciones angulosas en cuyas arrugas se escondían el dolor y la angustia, magnificadas por el gris inerte de unos ojos sin brillo que ella misma había cubierto con unos párpados fríos. Sin poder evitarlo las imágenes acudían a su mente, acompañadas siempre del acre olor a muerte que esa mañana había traspasado el tapabocas de tela con los efluvios mezclados de whisky, tabaco y café rancio.
A los treinta y cuatro años de edad y con seis como funcionaria de la Fiscalía, Cristina, que no compartía la apatía de los forenses, daba rienda suelta a su espíritu sensible al pensar más de la cuenta e incluso sufrir por la historia oculta detrás de cada caso. En éste, lo más curioso para ella era que no había historia, ni parientes que contasen quién había sido Nicolás Angueira, o pudiesen explicar los motivos por los cuales se había encerrado en el cuarto más pequeño de la casa a dejarse morir, esperando la llegada del fin mientras bebía y fumaba con una sorprendente meticulosidad, a juzgar por las trescientas sesenta botellas de licor vacías alineadas simétricamente alrededor de las cuatro paredes; las casi quince mil colillas de cigarrillos consumidos hasta el filtro, depositadas en un cajón de madera al lado izquierdo del catre; y los trescientos sesenta tarritos de salchichas, al parecer el único alimento que había consumido durante el último año de su atormentada existencia, formando una pirámide de latón sobre una mesa de madera.

El descuidado exterior de la centenaria casona de estilo español, con gruesos muros de adobe cubiertos por tejas de barro cocido, sugería desde la oxidada verja de hierro la visión desoladora de lo que se encontraría al interior… Un sombrío zaguán daba acceso al patio empedrado en cuyo centro se destacaba una pileta de cemento con aguas estancadas y putrefactas; alrededor ocho columnas de madera con varias capas de pintura descascarada sostenían las materas de barro repletas de terrones resecos con vestigios de tallos muertos. Un corredor cuadrangular embaldosado daba acceso a todas las estancias de la vivienda: en el ala derecha: sala, comedor y cocina; en el fondo: alacena y una alcoba pequeña en la que fue encontrado el cadáver; y en el ala izquierda: una biblioteca, la habitación principal con baño privado y una tercera habitación, separada del cuarto pequeño del fondo por un baño. Todas las habitaciones tenían ventanales con postigos de madera desvencijados, cerrados y con rendijas que permitían ver el interior.
El equipo de la Fiscalía había inspeccionado cuidadosamente todas las habitaciones con los muebles cubiertos por una gruesa capa de polvo: en la sala principal rompía el entorno señorial un moderno equipo de sonido del que salían las sentidas notas de un tango programado para sonar indefinidamente; en la biblioteca, repleta de libros antiguos, se destacaba una repisa de varios estantes con tocados de plumas, collares, y bastones ceremoniales, propios de la parafernalia de los rituales indígenas; sobre la repisa, había cinco aves de rapiña disecadas: un cóndor al cual le habían sacado los ojos de vidrio y cortado las alas, dejando un reguero de plumas alrededor del mueble en que tenía hincadas las filosas garras, y cuatro halcones cuyas cabezas habían sido arrancadas y colocadas en cada una de las esquinas de la estancia con los picos apuntando hacia el centro como si su decapitación hubiese formado parte de un siniestro ritual, a juzgar por un tocado de plumas de Quetzal, un bastón ceremonial con sonajeros en uno de sus extremos y un cuchillo, colocados en el centro de la raída alfombra. En la cocina habían encontrado varias bolsas plásticas de basura repletas de cajetillas vacías, colillas de cigarrillos, envolturas de celofán para galletas y bolsas desocupadas de café molido. Llamaba la atención la forma en que las cajetillas, los empaques de café y de galletas estaban dispuestas: no habían sido arrojadas a las bolsas sino que estaban depositadas en su interior, cuidadosamente seleccionadas, dobladas y encarradas como si se tratase de algo que valía la pena acomodar con cuidado. En el cuarto pequeño hallaron además una caja de cartón con sesenta ampolletas vacías de un medicamento desconocido. Pero indudablemente, aparte de una libreta con anotaciones manuscritas aferrada a la mano derecha del cadáver, el detalle que más había llamado la atención de la joven investigadora era un túmulo de ceniza de tabaco, de casi veinte centímetros de altura, formado sobre el piso al costado derecho del camastro y que al ser removido dejó al descubierto un cofre funerario con las cenizas de un cuerpo incinerado.
En sus indagaciones Cristina había establecido que los restos humanos calcinados correspondían a la única pariente del difunto: su hermana menor, Gabriella, fallecida un año antes en el hospital San Rafael de Facatativá. La anterior información fue proporcionada por el abogado que cinco años antes había vendido la casa a los dos hermanos. Según éste, los Angueira no tenían familiares; cuando falleció Gabriella, su hermano dispuso que fuese incinerada y le entregasen sus cenizas; además, aclaró que su relación con ellos había sido inicialmente comercial y posteriormente profesional pues les había ayudado a constituir un fideicomiso en la sucursal del Banco de Colombia en Facatativá. También les había colaborado para gestionar ante las autoridades de migración su cédula de extranjería y su visa como residentes en el país, que les concedieron en junio del año 2003; desde entonces no había vuelto a tener contacto con la pareja de argentinos.
Un comentario malicioso de doña Encarnación, la partera del pueblo: “…ese par de hermanos nunca me gustaron, a mí me daba mala espina la forma sucia y pecaminosa en que se miraban…” había inducido a Cristina a verificar el parentesco de los Angueira. El requerimiento a la Policía Federal Argentina, a la cual remitió huellas dactilares de los hermanos fallecidos, fue respondido con una nota en la que claramente se indicaba: “(…) los ciudadanos argentinos Nicolás y Gabriella Angueira figuran en el registro como hijos legítimos de Bernardo Angueira y Violeta Ortega, ambos fallecidos en un accidente aéreo en 1967(…). Cotejadas las huellas dactilares remitidas por la Fiscalía de Colombia, se estableció que corresponden a los ciudadanos en mención”. Antes de cerrar el caso, Cristina notificó al ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) que podía iniciar un juicio de sucesión sobre los bienes intestados que figuraban a nombre de la pareja: una propiedad en el municipio de Bojacá y un fideicomiso en el Banco de Colombia por cinco mil cuatrocientos cuarenta millones seiscientos mil pesos colombianos ($5.440.600.000), equivalentes a dos millones cuatrocientos setenta y cinco mil dólares norteamericanos (U.S $2.475.000), al tipo de cambio de la fecha.
De acuerdo con la versión del abogado, que se había hecho presente en la Fiscalía dos días después del levantamiento, la casa había sido comprada por los Angueira, a mediados del año 2001, completamente amueblada, pues ellos habían llegado con sus pertenencias empacadas en dos juegos de maletas de viaje. Por la casa Nicolás Angueira había pagado doscientos millones de pesos; previamente había entregado como arras del negocio un campero Land Rover. Ante el comentario de las valijas, Cristina recordó que el cadáver estaba vestido con una sudadera de algodón, sus pies iban cubiertos por unas viejas pantuflas de lana tejida y en el cuarto principal, con camas gemelas muy bien tendidas, habían hallado las maletas cuidadosamente empacadas, listas como para emprender un viaje.

Espera la próxima semana el Capítulo III. “Gabriella”

Idolos de Ceniza. Capítulo I

Por : kapizan
En : Capítulo I- Bruno Donetti, Idolos de Ceniza, Novelas

6

Memento homo quia pulvis es
et in pulvere reverteris
Génesis, 3, 19

BRUNO DONETTI

Desde la cabina de mando del jet Lear ejecutivo que pilotearía hasta la India, Bruno agitó la mano para despedirse de George. Al responder el gesto, el joven ejecutivo no sospechaba que su permanencia temporal al frente de “Donetti Chemical Inc.” se tornaría definitiva. Transcurridos noventa días se vio forzado a suspender la infructuosa búsqueda del avión, desaparecido el viernes 23 de septiembre de 1994 durante el vuelo de retorno, después de hacer una última escala en Milán desde donde se disponía viajar a Ginebra disfrutando el soberbio paisaje de los Alpes, sobre cuya rugosa capa blanca se había esfumado sin dejar rastro.
“A Bruno lo mató su maldita afición por los vejestorios que piloteaba y se gozaba como un niño con sus juguetes; si la aversión que sentía por conducir automóviles la hubiese tenido como yo por volar, no estaríamos en este problema”, se lamentaba el afligido George, desde que supo la última excentricidad de su jefe: tras una escala en El Cairo, había comprado un avión clásico del año 47 a un mercader marroquí que en el pasado le había proporcionado otras rarezas de la aviación. Su propósito, según contó el marroquí, era sobrevolar el Mediterráneo hasta Milán, con escalas en el aeropuerto de Andravidha en Grecia y en el de Lecce en Italia a fin de reabastecer combustible, y trasmontar los Alpes con la intención de “hacer de ese vuelo una experiencia inolvidable para la hermosa joven que lo acompañaba y a la que vi muy impresionada con el avión… era una pieza estupenda, un Beech Bonanza V35 con cola de mariposa, motor de seis cilindros opuestos y una velocidad máxima de crucero de 338 kilómetros por hora… yo certificaba su origen en el primer lote que salió al mercado después de la guerra mundial. Lástima que se hubiera perdido”. Por desgracia para los equipos de rescate, con esa pieza de museo, sin caja negra y sin dispositivos que facilitaran el seguimiento satelital, hallar el avión era virtualmente imposible, a menos que ocurriese un milagro, que nunca se dio.

Donetti Chemical Inc. era un emporio empresarial ampliamente diversificado, con más de un millón trescientos mil empleados en todo el mundo, del cual formaban parte cuatro concesiones a largo plazo para la explotación de petróleo y gas natural en países emergentes; tres refinerías de crudo en los Estados Unidos; una cadena de dos mil estaciones de gasolina en varios países de América, Europa y Asia; una fábrica de pinturas de alta calidad para vehículos en Detroit; una red de estaciones de radio y televisión en los Estados Unidos y Canadá; una hacienda vinícola en California y otra en Chile; una fábrica de perfumes exclusivos y cosméticos femeninos en Francia; una procesadora de cárnicos en Uruguay; tres laboratorios farmacéuticos en América Latina y dos en Europa; una compañía líder en la producción y comercialización de video juegos y software para negocios; una cadena de supermercados con más de quinientas tiendas en cuatro continentes; un astillero naval en las costas de Terranova; y una aerolínea de carga internacional.
En la consolidación y manejo del gigantesco conglomerado, el joven le había ayudado a Bruno con el mismo entusiasmo con que un hijo ayuda a su padre; por supuesto éste, que permanecía soltero por simple aversión al matrimonio, no era su progenitor, ni siquiera su pariente. Sin embargo, desde que lo tomó bajo su custodia el día en que sus padres murieron, se convirtió en su tutor, su guía y su mejor amigo, a pesar de que los separaban veinte años de edad. George Stevenson era un negro norteamericano de no muy lejanas raíces africanas y facciones que, según su benefactor, denotaban una “indudable alcurnia y una estirpe principesca”.
La amistad de Bruno con Roger y Perla Stevenson, los padres de George, se remontaba a los años de secundaria en una escuela pública del Bronx, y se había fortalecido en el laboratorio de química durante los meses de preparación de un concurso escolar de inventiva en el que los tres jóvenes habían participado como equipo. El desarrollo de una fórmula para producir betún líquido les hizo merecedores del primer premio: una beca para estudiar ingeniería química en N.Y.U. y tres mil dólares en efectivo. Este resultado trazaría el derrotero de sus vidas. Por iniciativa de Bruno, invirtieron el dinero del premio en un “lucrativo negocio” manejado por Vittorio, un joven italiano vinculado con la mafia de las apuestas y los juegos de azar. Después de graduarse en el verano de 1958, su dinero se había cuadruplicado, y los tres amigos decidieron montar una pequeña industria dedicada a la fabricación de betún líquido, pinturas y disolventes. En diciembre de ese mismo año, nació George y los socios consiguieron su primer contrato importante con un proveedor del Ejército para la producción de pinturas destinadas a vehículos y aeronaves militares.
Cinco años después, la empresa mostraba una estimulante utilidad de seis cifras, pero la fatalidad literalmente redujo a cenizas el sueño de los tres socios: un viernes en la tarde mientras Roger y su esposa trabajaban en el laboratorio estalló en la bodega un incendio que en menos de una hora consumió la totalidad del inventario y se propagó a la manzana entera de edificaciones en madera. A las diez de la noche los bomberos lograron extinguir el fuego; en la catástrofe murieron quince personas y seis más sufrieron graves quemaduras. Por fortuna, a esa hora Bruno se encontraba efectuando diligencias bancarias, y George no había regresado de la guardería infantil.

En la época en que el millonario desapareció, su fortuna estaba considerada como uno de los diez más grandes capitales individuales en el mundo. Al igual que la mayoría de los magnates, lo había logrado gracias a una mezcla de inteligencia (incluida la concepción militar del término, en forma de espionaje industrial), adicción obsesiva por el trabajo, desconfianza natural, perfeccionismo, mando centralizado, olfato para los negocios, audacia, sudor y un poco de sangre derramada discreta y selectivamente.
En materia de negocios, el joven negro fue un digno aprendiz de su maestro. No sólo consiguió capotear, como un manolete empresarial, el impacto causado por la repentina desaparición del líder, sino que en el transcurso de los tres siguientes años logró que la fortuna nominal del magnate ascendiera cuatro puestos en la lista de millonarios.
Cuando se cumplió el término legal para reconocer a Bruno oficialmente fallecido, Mike Nolan, su jefe de abogados, le notificó al sorprendido George que en su testamento él le había heredado la totalidad de su fortuna. Así pues, de la noche a la mañana se convirtió en propietario de Donetti Chemical Inc. y de todos los bienes que poseía su mentor, incluyendo un lujoso apartamento en New York, un Chateau al sur de Francia, una casa en Buenos Aires, una hacienda ganadera en Venezuela y una isla privada en los mares del Sur. En el fondo, y a pesar de lo poco probable que consideraba su regreso, George frecuentemente soñaba que Bruno volvía para darle la oportunidad de retornarle, considerablemente aumentado, lo que había quedado bajo su cuidado, como hizo el buen criado en el conocido ejemplo bíblico.

En junio del año 2001, casi siete años después de la desaparición, un viernes a media noche George recibió una llamada que lo dejó estupefacto: al otro lado de la línea, con la voz pausada, pero rica en matices, que caracterizaba a su jefe, y como si se hubiesen visto la semana anterior, Bruno le daba instrucciones muy precisas y le pedía que lo recogiese antes del amanecer, en uno de los muelles neoyorquinos. Lo más importante de sus indicaciones era que debía mantener el más absoluto secreto respecto a su regreso y prepararse para pasar con él el fin de semana a bordo del “Andrea”, un yate mediano con motor “Rolls Royce”, su propiedad más preciada. En él solían navegar sin rumbo fijo cuando su mente estaba fraguando algún negocio importante; en esas ocasiones, el joven actuaba como su único confidente y, por petición suya, como abogado del diablo.
A los 56 años, celebrados un mes antes de su viaje a la India, Donetti era un hombre con la autosuficiencia de quien se ha hecho a pulso superando una infancia de orfanato desde que su padre, un inmigrante italiano, mató a su madre, una actriz argentina, durante un episodio esquizofrénico antes de suicidarse. Físicamente era robusto, de elevada estatura y cuerpo bien proporcionado, alrededor de cuya cintura comenzaban a apreciarse unos kilos de más; su cabello a esa edad era escaso, de color castaño claro, cuidadosamente peinado con canas en las sienes que imprimían a su rostro una autoridad natural y le presentaban ante sus múltiples conquistas como un hombre maduro, no muy apuesto pero rodeado por el halo del poder que, como siempre sucede, aumenta el atractivo. Era además elegante en el vestir, refinado, culto, de pasiones intensas pero bien controladas, charla fascinante y una galantería natural que prodigaba sin distingos a todas las mujeres.
La misteriosa llamada de Bruno y sus últimas palabras: “George, te veo entonces en el muelle a las cuatro”, surtieron el efecto de evaporar el sueño y el cansancio propios de un viernes al finalizar una agotadora semana. Mientras hacía los preparativos para poner a punto el yate, recordó que el motivo del viaje a la India se debía a que Felissa Montini, la actriz italiana de moda con quien mantenía un apasionado y, seguramente como todos los anteriores, breve romance, había convencido a Bruno de que la acompañase a un retiro de tres semanas en la sede de un gurú que tenía muchos adeptos entre las luminarias del cine. Rondando los 34 años, Felisa se encontraba en el esplendor de su belleza y convertida en símbolo sexual tan reconocido a nivel mundial como lo había sido Marilyn Monroe en los años 50. El día que George vio por primera vez el rostro de la actriz en la portada de Idol’s Magazine, pensó que esos ojos cafés, esa nariz levemente respingada y esos labios sensuales, combinados con el rojizo intenso de su ondulada melena, serían la imagen perfecta para promover la nueva línea de perfumería que tenían previsto lanzar en el verano del 94. Por ello se sorprendió cuando Bruno, a quien todavía no le había hecho la propuesta, llegó después de pasar las navidades en Italia, exhibiendo un contrato firmado por la diva, para que fuese el símbolo femenino de la filial francesa.
Al regreso de la India, el avión nunca efectuó la proyectada escala en Ginebra en donde al parecer se quedaría la Montini, que al día siguiente no se presentó en el estudio cinematográfico en donde debería filmar las últimas escenas de una película que a raíz de su desaparición nunca se terminó.
Calmar en el mundo financiero los catastróficos efectos que produjo la desaparición de su jefe le costó a George una buena cantidad de dinero y arduas gestiones diplomáticas; pero fue mucho más fácil que acallar el escándalo posterior a la supuesta muerte de la actriz. Aun hoy las revistas especializadas en los chismes del jet set se regodean recordándole a sus lectores la suculenta historia que salió a la luz cuando la asistente personal de Felissa vendió por una cifra millonaria una especie de diario que la diva mantenía en su mansión de Roma y que llamaba “Mi Bitácora”. En total eran siete libretas empastadas en cuero a razón de una por año. Diez meses después, bajo el mismo nombre apareció en el mercado un libro con la transcripción textual de las crudas anotaciones que había hecho Felissa sobre su vida privada, escritas con la franqueza con que redacta quien se sabe protegido por la intimidad. En este diario narraba los detalles de su actividad amorosa y sexual a lo largo de los siete años transcurridos desde que obtuvo el Oscar a mejor actriz de reparto en 1987, como culminación de seis años de presencia actoral en la pantalla; ni qué decir de lo que especularon los periodistas respecto al suicidio de Robert Stellabatti, el productor italiano de la película protagonizada por Felissa, con quien había anunciado que contraería matrimonio en el verano del año siguiente. Según las revistas, Stellabatti no soportó las revelaciones del diario de su prometida, en particular, los escabrosos detalles de su romance paralelo con Vicente, el mayor de sus hijos.
A las cinco y quince de la madrugada la oscuridad en el horizonte era total, en el muelle las lámparas arrojaban espaciados rayos de luz que perforaban la neblina y dejaban ver el contorno de las embarcaciones atracadas. Una ansiedad creciente se apoderaba de George, que presentía un encuentro en el cual habría muchas cosas que contar de parte y parte. Sin poder controlar su nerviosismo, no apartaba la vista del callejón por donde esperaba ver aparecer un vehículo del cual se apearía el viejo… Su sorpresa fue total cuando éste pronunció con claridad y a sus espaldas el diminutivo que acostumbraba usar en privado: “Hola Georgy”, con una entonación tan natural que no parecía diferenciarse de la última vez, cuando agitó la mano antes de subir al helicóptero para decirle “Chao Georgy”. Cuando el joven se giró para abrazarlo, quedó aterrado: la voz era la misma, pero su aspecto físico lo hacía irreconocible. Ante el estupor que congeló la intención de su pupilo, Bruno soltó una sonora e inconfundible carcajada que disipó toda sombra de duda.
Tal como lo había ordenado, el yate estaba listo para zarpar; esto implicaba que la tripulación, compuesta por Pepe el cocinero y Jacinto el piloto maquinista, tenía todo previsto para navegar en cualquier dirección que se le ordenase y con provisiones de alimentos y combustible para una travesía de por lo menos una semana. Los marineros eran dos portorriqueños, hermanos gemelos, que habían estado al servicio de Donetti desde que éste adquiriese el yate quince años antes. Siempre gozaron del aprecio de su patrón por su eficiencia, su lealtad y su discreción. Ninguno de los dos hombres reconoció a su patrón en el anciano flaco, desgarbado y calvo, con una franja de mechones blancos alrededor del brillante cráneo, que subió a bordo enfundado en un anodino traje gris de corte ordinario. Tampoco captaron la mirada penetrante de su antiguo jefe, escondida tras unas gafas con grueso marco de carey que tapaban las cejas y descansaban sobre una nariz recta que había sustituido a la antaño aguileña.
Rumbo al sur bordeando la costa, cómodamente instalados en la sala-bar, testigo de múltiples veladas que en el pasado habían disfrutado, casi siempre con agradable y complaciente compañía femenina, George puso al tanto a Bruno sobre todo lo acontecido en la empresa desde su desaparición. Terminado el reporte, éste comenzó a relatar la increíble experiencia que había vivido en ese período y cómo su existencia había dado un giro sustancial.

Después de navegar a toda máquina, el Andrea atracó a primeras horas del lunes en el puerto mexicano de Veracruz. George, siguiendo las instrucciones de su antiguo jefe, descendió del yate y tomó un lujoso vehículo que le esperaba en el muelle para llevarlo al edificio de Donetti Chemical en esta ciudad. Allí le esperaba un helicóptero, lo abordó y emprendió vuelo rumbo a Guadalajara… Al caer la tarde, tras recorrer el país casi de costa a costa, el joven regresó a bordo del Andrea portando un pequeño maletín de mano. La ansiedad de Bruno se calmó al recibir la valija que traía su pupilo. Después de revisarla y escuchar algunas recomendaciones de George sobre el uso de su contenido, convencido de que no volvería a verlo nunca más, abrazó estrechamente al negro, se despidió de él con lágrimas en los ojos, le recomendó por última vez la necesidad de mantener ese encuentro en secreto y descendió del yate con su valiosa carga para perderse entre la multitud.

Espera la próxima semana el Capítulo II. “El Túmulo de Ceniza”

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