Idolos de Ceniza. Capítulo IV

Por : kapizan
En : Capítulo IV. Nicolás, Idolos de Ceniza

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NICOLÁS

En un piadoso intento por darle un viso de solemnidad al último tramo del fúnebre recorrido, Rómulo aminoró la marcha y a velocidad de cortejo atravesó la calle principal de Bojacá para encaminarse a su destino final: la antigua casa de la señorita Iriarte, que en los últimos cuatro años había sido ocupada por la extraña pareja de argentinos. Un crepúsculo lechoso, sin brillo por causa de un sol que había permanecido oculto todo el día en un cielo encapotado y gris, daba paso a esa noche abrileña que seguramente transcurriría en medio de aguaceros tan intensos como intermitentes. Cuando detuvo la camioneta frente al portal de la vieja casona, miró de reojo a don Nicolás que ocupaba el otro extremo de la cabina trasera, inmóvil, ataviado de negro de la cabeza a los pies, sosteniendo en sus crispados dedos el cofre con las cenizas de doña Gabriella, mientras por sus magras mejillas se deslizaban sin ningún recato las lágrimas. Tras apagar el motor, esperó prudentemente las instrucciones de don Nicolás, pero en vista de que transcurrido un buen tiempo no le dio ninguna, tomó la iniciativa, descendió del vehículo, lo rodeó para abrir la puerta a su pasajero en el preciso instante en que un trueno restalló en la distancia y sacó de su marasmo al acongojado hombre, que se bajó con el cofre en las manos para ingresar al interior de la vivienda y colocar la urna funeraria sobre una mesita de la sala. Regresó para indicarle a Rómulo que bajase las cajas que habían retirado esa misma tarde en una bodega de licores del norte de Bogotá, antes de recoger en el cementerio Jardines de Paz las cenizas de la difunta. Cuando Rómulo terminó la tarea, Nicolás, que le observaba en silencio, habló por primera vez desde que llegaron: “Muchas gracias por acompañarme. Tengo pensado irme de Bojacá por un buen tiempo, por favor dígale a Soledad que se encargue de pagar las cuentas de los servicios públicos de la casa…”. Acto seguido sacó del bolsillo un fajo de billetes de cincuenta mil pesos y se lo entregó como señal de agradecimiento por sus servicios.

Nicolás, que desde la trágica muerte de sus padres había expulsado a Dios de su mundo, no dedicó ni siquiera un Padrenuestro a las cenizas de Gabriella; se limitó a destapar en su honor una botella de Old Parr y a rememorar los años que habían pasado juntos hasta su traumática llegada a Colombia. Permaneció con el traje de luto bebiendo y escuchando melancólicos tangos hasta que el reloj de péndulo de la sala marcó la media noche. Entonces, con calculada precisión, se encaminó a la alcoba principal, cerró los postigos de las ventanas, tendió cuidadosamente las dos camas gemelas y con movimientos parsimoniosos sacó de los armarios la ropa de ambos, la empacó con esmero en las maletas, excepto una sudadera de algodón, que dobló en dos cuadros pequeños, un par de pantuflas de lana y la libreta de cuero con manuscritos de Gabriella. Terminada esta labor, dejó las prendas sobre su cama y regresó desnudo a la sala con el traje negro en sus manos, adquirido dos días antes en Facatativá para realizar las diligencias preparatorias del solitario funeral, lo metió en un balde metálico, lo roció con whisky y le prendió fuego hasta que se convirtió en un montón de cenizas. Mientras las llamas consumían las prendas, él hizo lo propio con la segunda botella hasta que lo venció el sueño.

Luis Carlos Romero, más conocido en el pueblo como “Lucho, el hijo de la Marucha”, era un mozalbete inteligente, precoz, curioso y sicalíptico que desde sus años de preadolescente solía merodear la casona de la señorita Iriarte y se solazaba observando la flácida desnudez de la anciana por entre las rendijas de las ventanas. Desde que los Angueira compraron la vivienda Lucho había incorporado a su rutina una sesión matinal de fisgoneo a primeras horas de la mañana, después de ordeñar las cuatro vacas de Marucha, antes de irse para la escuela. Los fines de semana se apostaba horas enteras para observar las bien formadas curvas de la argentina que estimulaban sus frecuentes desahogos juveniles. Por supuesto, el panorama cambió cuando se supo que la extranjera había muerto, y más por costumbre que por la expectativa de observar algo que valiese la pena, se asomó esa mañana atraído por el olor de paño quemado, para encontrarse con el patético cuadro de un viejo borracho, desnudo, repantigado en una poltrona, frente a un ennegrecido y humeante balde metálico. Lucho compartía sus observaciones con Mincho, su mejor amigo y compinche, que con su espíritu innato de cuentero había transformado con febril imaginación los relatos de su compañero en la misteriosa leyenda de los dos hermanos, que corría de boca en boca, de vereda en vereda, corregida, distorsionada y aumentada.

Al sonar la séptima campanada del viejo reloj, Nicolás abrió los ojos con un amargo sabor en la boca, completamente aterido. En medio de la resaca se encaminó con paso torpe hacia el baño, se dio una ducha con agua helada, se rasuró cuidadosamente, entró por última vez a la habitación, se puso la sudadera y las pantuflas, regresó a la cocina en donde Rómulo había depositado las cajas, extrajo una botella de Old Parr, preparó un café negro que regó generosamente con whisky, abrió una lata de salchichas, se sentó en una butaca frente al mesón para dedicarse a cortar, con el filo de la lata, cada salchicha antes de consumirlas en pequeñas tiritas que pasaba con largos tragos de la oscura y tibia bebida.
En esta forma quedaría establecido el programa matutino que se repetiría durante los siguientes días, bajo la mirada oculta de Lucho, que se marchaba para la escuela después de que el argentino encendía un cigarrillo, prendía el equipo de sonido para escuchar tangos y se sentaba en el sillón a ver, sin observar, el monótono pendular del reloj, sumido en la amargura hasta que las doce campanadas del medio día marcaban un cambio en el mecánico comportamiento de Nicolás.
A esta hora, se ponía de pie, iba a la cocina, se preparaba un café con whisky, comía cuatro galletas saladas, encendía un cigarrillo antes de regresar a la sala en donde abría la libreta de cuero que leía y releía hasta las seis de la tarde, hora en que se encerraba con la botella de whisky por mitad, se recostaba en el jergón, en cuyo costado derecho había colocado desde la segunda noche el cofre de las cenizas de Gabriella, sobre el cual dejaba caer las cenizas del tabaco, y en el izquierdo un cajón de madera en donde arrojaba las colillas que iba consumiendo noche tras noche.
El comportamiento de Nicolás era tan predecible que Lucho terminó por aburrirse fisgoneando; sólo echaba una rápida ojeada por entre las rendijas una vez a la semana, para comprobar si el maniático personaje continuaba vivo y evocar fantasiosamente la desnudez de Gabriella las veces que la había visto sola o mientras Nicolás la bañaba en forma meticulosa con una ponchera de agua tibia. Así, con la pereza con que transcurren los días, las semanas y los meses en el campo, llegó el plenilunio de octubre. Esa noche, sucedió algo que en la versión de Mincho transformó al argentino en un sacerdote de las tinieblas que convocaba demonios en un aquelarre de espíritus al cual acudían las almas podridas de las brujas muertas.
El viernes 6 de octubre la luna entera se asomaba como un plato de oro blanco sobre la temprana oscuridad crepuscular de la Sabana, señalando el fin del cuarto de luna llena, el comienzo de la fase de menguante y el principio de los cada vez más frecuentes delirios oníricos, auditivos, visuales, a cual más aterradores, inducidos por el alcohol y por la lenta autodestrucción del cuerpo y la mente del atormentado Nicolás. A las seis en punto de la tarde, la última campanada programada en la absurda cotidianidad del enfermo fue seguida por un graznido espeluznante que retumbó en su cerebro, secundado por escalofriantes carcajadas humanas que provenían del interior de la biblioteca. Nicolás, presa del pánico, corrió a la cocina en busca de un cuchillo, que no lograba sostener con fuerza en sus manos, para defenderse del ataque de un gigantesco cuervo negro y otros cuatro de tamaño superior al normal que comenzaron a revolotear por toda la casa persiguiéndolo, mientras le picoteaban con saña la espalda, los brazos y las piernas. Cuatro días con sus noches duró el suplicio del enloquecido Nicolás, completamente desconectado de su rutina, corriendo o escondiéndose por todos los rincones de la casa, en medio de alaridos que no lograban alejar de su mente las imágenes monstruosas, ni calmar el quemante ardor de las heridas propinadas por las filosas garras de sus perseguidores. Al atardecer del martes su cuerpo se desplomó sobre el jergón de su refugio, vencido por el miedo y el cansancio. Durmió como un fardo hasta que, el jueves siguiente al amanecer, lo despertó una voz que retumbaba en su mente con imperiosas órdenes: ¡Levántate y lucha guerrero! ¡Los cuervos descansan! ¡Corta sus cabezas y ofréndamelas! ¡A su jefe arráncale las alas, vacíale los ojos y déjalo vivir! ¡Ataca ya, ya, ya!
En medio de un trance, actuando como un autómata hipnotizado, Nicolás se quitó la sudadera, se tiznó la cara, el pecho y los brazos con ceniza humedecida en whisky, empuñó con fuerza asesina el cuchillo que días antes temblaba en sus manos, se dirigió a la biblioteca y con golpes certeros cortó las alas del cóndor, le sacó los ojos de vidrio, y decapitó a los cuatro halcones. Acto seguido, se colocó un tocado con plumas de Quetzal, tomó un bastón con sonajeros en la mano derecha, depositó el cuchillo en la mitad del aposento, recogió las cabezas rellenas de estopa y las puso en cada uno de los extremos de la sala. Después comenzó a danzar alrededor del cuchillo haciendo sonar las semillas del bastón, mientras marcaba el ritmo con la cantonera, al tiempo que emitía sonidos guturales e ininteligibles.

El ruido de los bastonazos contra el piso de madera, sumado a la estridente cantinela, llamó la atención de Lucho, que miró con ojos desorbitados las extrañas piruetas de su vecino y se quedó observando el terrorífico espectáculo hasta que el enardecido protagonista colocó el bastón y el tocado sobre la alfombra, antes de retirarse de espaldas hasta el patio para cerrar y trancar por fuera las dos hojas de madera que daban acceso a la biblioteca. Más tarde relataría a Mincho con lujo de detalles la escena que se convertiría en la más truculenta narración del creativo muchacho.

Después de cerrar la puerta de la biblioteca con alienada serenidad, Nicolás regresó a su rutina durante un mes más, hasta que las alucinaciones visuales volvieron a transportarlo al paroxismo del terror, tratando de arrancar de su cuerpo miríadas de hormigas que mordisqueaban sus extremidades y se alejaban llevando trocitos de carne ensangrentada en una interminable caravana que se desplazaba desde la sala hasta la rendija inferior de la puerta de la biblioteca para perderse en su interior. En otras ocasiones era la estridencia de un silbato que taladraba sus oídos, o el sonido de una sirena intermitente, lo que le obligaba a esconderse en el cuarto pequeño hasta que su cuerpo debilitado caía en prolongadas horas de sueño inquieto, alternadas con vigilias en medio de temblores y espasmos musculares. Cada episodio daba paso a períodos de serenidad que aprovechaba para beber whisky o café, consumir salchichas o galletas y fumar con ansiedad cigarro tras cigarro.
El viernes 21 de abril, Nicolás se levantó tranquilo, se bañó, se afeitó por última vez, consumió la última lata de salchichas, fue a la sala y programó el equipo de sonido para que sonase en forma repetida el tango Cuesta Abajo, regresó con la libreta al cuarto pequeño, dedicó un buen rato a organizar una pirámide con las latas de salchichas, alineó alrededor de la pared las botellas vacías de whisky, y se echó en el camastro a esperar, con los ojos fijos en el techo, el final de su tormento.

Espera la próxima semana el Capítulo V. “Los Angueira”.

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