Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XVIII

Por : kapizan
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Tabio. Martes 5 de marzo

Al amanecer del martes y en la intimidad de su pequeña cabaña, después de meditar por espacio de media hora, Chacho se preparó una taza de té inglés, se acomodó en el sillón que había pertenecido a Zacarías, encendió la pipa curva y con movimientos lentos y cuidadosos abrió el sobre de lona dirigido a él. De su interior extrajo una carta manuscrita con la letra del viejo, regresó al sobre de lona y una vez más leyó el rótulo marcado en el anverso: “CESAR AUGUSTO CORREA. C.A.C.”, con letras negras que destacaban en el color caqui de la lona, debajo de las cuales había una advertencia en inglés, en letras de molde, con tinta indeleble de color rojo escarlata:

TOP SECRET
ONLY FOR YOUR EYES

Cuando Chacho tuvo el contenido en sus manos lo miró detenidamente, respiró profundo, lo colocó sobre una pequeña mesa circular que había pertenecido a Zacarías quien la usaba para arrojar las tres “sapecas” (monedas chinas) o manipular las varitas de milenrama cada vez que consultaba el libro de las mutaciones. Sonrió satisfecho, bebió un sorbo de té y se dispuso a leer el mensaje que el viejo le había dejado:

Querido Chacho:

¡Felicitaciones! El hecho de que tengas este mensaje a la vista significa que has interpretado cabalmente todas las pistas y las claves que hemos dejado. Seguramente recordarás las prolongadas sesiones en que Zacarías, tú y yo nos dedicábamos a resolver enigmas; con estas prácticas te fuimos entrenando para que lograras resolver el embrollo que organizamos, entre otros propósitos, para probar tu capacidad de llegar al fondo de este asunto y convertir esta búsqueda en tu proceso iniciático para que seas el sucesor de Zacarías como miembro, permanente y vitalicio, de OCTO PAX. Obviamente, hay dos cosas que no sabes aún: las circunstancias reales de nuestras muertes y el significado de OCTO PAX.
Desde hace tres años, a nuestro amigo le fue detectada una enfermedad terminal; por decisión propia, no quiso llegar a la dolorosa fase final de su enfermedad y con la ayuda de Gabriel Martínez, que expidió el certificado de defunción por infarto del miocardio, ocultó el último acto de su vida que tuvo lugar, en la tranquilidad de su estudio, a la una de la tarde del primero de noviembre del año 2001, por el simple procedimiento de ingerir una cápsula de cianuro.
En esa época ya teníamos listo el montaje para dejar la serie de pistas que los han conducido hasta este punto. Por mi parte, seguí el ejemplo de Zacarías para abandonar este mundo, el veinte de febrero a las dos de la tarde en San Sebastián del Bosque. Escogí esta fecha capicúa como una pista adicional para despertar la atención de mis amigos de Tabio, cosa que seguramente se logró pues de lo contrario no estarías leyendo esta carta. Mi motivo fue diferente al de Zacarías, pues a pesar de que me encuentro en perfecto uso de mis facultades físicas y mentales, creo que he vivido lo suficiente y no quisiera que el inevitable deterioro de mi cuerpo y de mi mente, con algunos años más de vida, pudiere atrasar la ejecución de mi última voluntad o alterar la claridad de propósito que al respecto tengo; por otro lado, OCTO PAX me advirtió que una organización mercenaria dedicada a cazar nazis ha descubierto mi paradero, conocen la existencia de mi fortuna y quieren apoderarse de ella, para lo cual es muy posible que hagan daño a algunos de los seres que más amo en Tabio, con el fin de presionarme a tomar decisiones que no estoy dispuesto a asumir. Así pues, en paz conmigo mismo y reconciliado con los espíritus de todos aquellos a quienes hice daño, opté por buscar en esa fecha el merecido regreso a la morada de mis antepasados y de seres como Erika, Karl, Ulrika y mi madre, en cuya compañía, estoy seguro, el Creador no me privará del auténtico reposo del guerrero.
Imagino tu sorpresa y tu pregunta lógica: ¿qué pasaría si no hubiesen logrado resolver el enigma? Nada, pues el plan alterno estaba a cargo de Gerardo Bawer, a quien dejé instrucciones precisas para distribuir la fortuna en diamantes y otros valores que he legado; en ese caso, sencillamente no hubieses pasado la prueba para ingresar a OCTO PAX.
Nuestra organización recibe el nombre en latín de OCTO PAX, pues sus fundadores eran ocho; a medida que la organización fue creciendo bajo un esquema de células, se estableció que cada célula, incluido el Consejo de Gobierno, debería estar conformada por ocho personas, provenientes de diferentes credos religiosos o corrientes filosóficas, cuyo mayor interés en la vida fuese propender por la paz en sus países y en el mundo entero. OCTO PAX tiene un carácter ultra secreto por razones de seguridad, pues muchas de sus operaciones desbordan la legislación vigente en diferentes países.
Zacarías, que te llegó a conocer muy bien como un hombre amante de la paz, te nominó como candidato a sucederle en el Consejo Directivo de OCTO PAX en Colombia. Juntos, esbozamos un proyecto específico para el cual creímos que tú estás muy bien calificado y estuvimos seguros de que podrás llevarlo a la práctica en su fase de ejecución, a partir del momento en que se difunda entre los albaceas el contenido completo de mi testamento y tú hayas cumplido el ritual de aceptación, en el cual participarán como nuevos adeptos Gerardo Bawer que será mi reemplazo, y Angélica María Acosta, que reemplazará a Eva Guevara que pereció el pasado 31 de enero.
Lo primero que debes hacer es comunicarte con Angélica María al teléfono que ya descubriste y seguir sus instrucciones para que puedas ponerte en contacto con el maestro Amín, que dirige las operaciones de OCTO PAX en Colombia y aclarará cualquier duda que puedas tener respecto a la organización.
La caja fuerte, cuya clave lograste descifrar, es para tu uso en la preservación de los documentos que estimes conveniente; y el óleo de Toya con el unicornio deberá ser colgado en Carambola como patrimonio colectivo, excepto el marco de oro y los dos diamantes, que forman parte de los recursos que he legado y sobre cuyo uso serán instruidos, posteriormente, los albaceas.

Amorosamente,

Andy”.
P.D. Respecto a las placas capicúa te diré, para que no te queden cabos sueltos, que la única auténtica es la de la Nunciatura, las de los Mercedes eran falsas.

Chacho, conmocionado y nervioso, decidió servirse un whisky doble para serenarse antes de marcar el número telefónico de Angélica María Acosta. Nuevamente le contestó una grabación, que en este caso iba dirigida a él… Una voz femenina le pedía que se comunicara con un número de teléfono celular, que se apresuró a digitar. Al otro lado de la línea, una voz amable y clara, en español con marcado acento alemán, le dijo:
— Buenas noches César Augusto, hablas con Rudolf Spengler. Mi nombre Sufi es Amín. No tengo el gusto de conocerte personalmente, pero seguramente sabes de mi existencia a través de los cuadernos de Anders von Post. En dos horas un Mercedes Benz negro, cuyas placas conoces, te recogerá en Tabio para traerte a la sede de la organización que, como puedes suponer, es la misma mansión hasta la cual seguiste el domingo al vehículo de la Nunciatura Apostólica. Te agradecería que avises a los albaceas para que se reúnan esta tarde a las seis, en Carambola; allí los recogerá un vehículo para traerlos a la mansión, en donde les haremos conocer el legado completo de Andy…
Alrededor del medio día, en la sala de operaciones, el Cardenal, Rudolf y los otros dos adeptos atendían las inquietudes que planteó Chacho respecto a las actividades de OCTO PAX. Al final de la reunión Rudolf le indicó a Chacho que la totalidad de la fortuna de Andy en diamantes, joyas, piezas de oro, efectivo y títulos valores era cercana a los trescientos millones de euros; que, con excepción de una porción mínima que dejaba a todos aquellos de sus herederos, y de quinientos mil euros con los cuales se constituiría un fondo educativo destinado a financiar estudios superiores de jóvenes tabiunos, a fortalecer el alcance del proyecto “Locos por la Paz” ideado por los profesores de tango, y a construir una planta de tratamiento de agua con el fin de mejorar éste servicio en el municipio; el resto entraría a engrosar el patrimonio de OCTO PAX, el fondo de medio millón de euros sería administrado por los doce albaceas.

Le explicó también que el proyecto que estaría bajo su responsabilidad era conceptualmente muy simple pero costoso, y en alguna forma arriesgado, pues era poco ortodoxo pero podía contribuir a la paz mediante la adquisición de armas en el mercado negro y, eventualmente, la interceptación para capturar cargamentos de esa naturaleza, con el propósito de transformar las armas en herramientas de labranza o maquinaria agrícola, en las instalaciones de una planta que para el efecto sería construida en una isla privada que la organización poseía en el Pacífico. Enfatizó la importancia de mantener el secreto incluso con los albaceas, a quienes OCTO PAX se les presentaría como una fundación sin ánimo de lucro que ante los organismos fiscales figuraba como Fundación para la Investigación Científica en América Latina.

* * *

Guiados por el oriental y asombrados por la sobria y elegante decoración, los albaceas recorrieron un pasillo de aproximadamente treinta metros de longitud, a cuyos costados pudieron apreciar un amplio comedor con una mesa de estilo victoriano apropiada para atender un banquete con veinticuatro comensales, un salón de conferencias con sillones de cuero dispuestos en forma de foro, un estrado con una mesa y un podium para panelistas. Al fondo del pasillo, una sólida puerta de madera labrada se abrió para mostrar la imponente figura de un hombre maduro, coronado por una escasa pero bien cuidada cabellera blanca, vestido con un cómodo pantalón de pana gris y un saco azul oscuro de lana que cubría una camisa blanca de algodón y una bufanda de seda; el atuendo le daba un aspecto informal que les hizo sentir cómodos. Se presentó como Rudolf Spengler, hijo del mejor amigo de Andy, quien había sido su padrino en la pila bautismal. Les explicó que éste le había hecho depositario de su testamento y, en su nombre, les pidió disculpas por la enredada forma en que el viejo había querido jugar con todos, sin pensar en las molestias que eso podría haberles ocasionado. “De todas maneras, – les dijo con una amable sonrisa -, así fue el viejo toda su vida y ya no podemos hacer nada al respecto”.
El interior del salón era una impresionante biblioteca con anaqueles circundantes repletos de libros de innegables antigüedad y valor. La iluminación era proporcionada por una gigantesca araña de cristal veneciano con lágrimas de murano. Acomodados en mullidos sillones, se sintieron relajados; incluso en algunos surgió la idea de estar protagonizando una escena cinematográfica en un escenario del siglo XIX, en el cual lo único anacrónico era el vestuario informal que solían usar en Tabio. Completamente relajados mientras comentaban, en voz baja entre ellos, sobre la magnificencia del lugar y la gentileza del alemán, fueron atendidos por dos jóvenes con facciones y kimonos orientales, que les sirvieron vino blanco deliciosamente frío en copas de cristal de Baccarat.
La simpatía, el ingenio y la amenidad en la charla que exhibió Rudolf, regadas generosamente con vino, lograron el efecto de calmar la ansiedad de los albaceas quienes, por momentos, olvidaban que el propósito de su visita a la mansión era conocer, finalmente, la verdadera última voluntad del viejo. Rudolf los entretuvo contándoles fascinantes anécdotas sobre el pasado que había compartido con su padrino y de los cuales Andy no había dejado mayores detalles en sus cuadernos… Poco antes de la media noche, Rudolf se puso de pie, como una indicación de que quería dar por terminada la reunión:
“Por esta noche es suficiente. Considérense como nuestros huéspedes. Hemos dispuesto habitaciones para todos ustedes, espero que se sientan cómodos y confortables. Para mañana a las ocho de la mañana están citados en el salón de conferencias, que seguramente vieron a pocos metros sobre el pasillo. Sus desayunos serán servidos en sus habitaciones después de las siete de la mañana. Buenas noches, que descansen y una vez más bienvenidos a la sede de nuestra fundación”.
Los albaceas pasaron la noche disfrutando la comodidad de los aposentos de la mansión, similares a los que puede ofrecer un hostal de cinco estrellas, incluidos implementos de aseo personal. El desayuno fue solicitado al gusto y servido por los jóvenes orientales. A la hora indicada y con una creciente expectativa, acudieron al salón de conferencias en donde les esperaban Rudolf y el Cardenal frente a una mesa dispuesta en el estrado. Rudolf les pidió tomar asiento en unos sillones colocados en forma de media luna frente al estrado y comenzó por presentar al Cardenal, quien daría comienzo a la reunión, como en efecto lo hizo en un tono jovial:
“La alegría me invade al verlos reunidos en esta memorable ocasión y se amplía al ver entre ustedes al nieto de Guissepe Battiani, un hombre bueno y generoso que me honró con su amistad hace ya muchos años… Antes de que Rudolf les informe la última voluntad de Anders Von Post, permítanme bendecirlos en el nombre de Dios, a quien pido les dé sabiduría para administrar el fondo de medio millón de euros, que nuestro amigo destinó para la educación superior de los jóvenes tabiunos y la construcción de la planta de tratamiento de agua, al igual que el dinero en efectivo que Andy dejó para cada uno de ustedes. Como sé que están ansiosos por saberlo, antes de que Rudolf lea la lista de las personas a quienes dejó cien mil euros, que los incluye a todos ustedes y al resto de personas que recibieron alguna de sus pertenencias, creo que es importante que lea personalmente un documento que forma parte del testamento de nuestro querido amigo…”.
El Cardenal hizo una pausa para permitir que los albaceas asimilaran el impacto de sus palabras, y a continuación dio lectura al siguiente texto:

LEGADO ESPIRITUAL DE ANDERS VON POST

“Todas las cosas tienen su tiempo, y todo lo que hay debajo del cielo pasa en el término que se le ha prescrito”
… tiempo de amor, y tiempo de odio; tiempo de guerra, y tiempo de paz.”
ECLESIASTÉS 3:1 y 3:8

El tiempo del amor y el tiempo de la paz han llegado. El periplo de mi existencia centenaria me ha permitido entender que todos los seres humanos somos energía, somos vida, somos efecto de una causa y esa causa es la fuerza omnipotente, omnipresente y omnisciente de Dios, que es el amor, que es el Universo.
Podemos imaginar el Universo como el verso único que constituye una hermosa sinfonía magistralmente orquestada por Dios. En consecuencia, debemos mantenernos conectados con su armonía, permitiendo que la presencia del Amor irradie en nosotros toda su energía, que la visualicemos y la percibamos en todas las formas animales, vegetales y minerales que nos rodean.
Para lograrlo, es necesario que nos desprendamos de todas las ataduras, que como un lastre nos impiden elevar el espíritu. Estas ataduras o apegos suelen ser de carácter egoísta o posesivo. Apegos por las personas, por los objetos, y entre ellos en particular, por el dinero; por las exigencias del mundo actual, que condicionan nuestros pensamientos y los gobiernan impidiendo nuestra libertad de acción. Apego es amor mal entendido. Ap-ego es egoísmo.
Si queremos alcanzar plenitud en nuestras vidas y una felicidad armónica y sostenida, permitamos que nuestros pensamientos positivos, es decir nuestros pensamientos amorosos, fluyan libremente como fluye el aire. En la medida en que logremos desprendernos de esas ataduras, nuestra conexión con Dios y con el universo será más próxima, más íntima, más intensa, y la abundancia nos colmará, precisamente porque ya no estaremos aferrados al angustioso proceso de buscarla. Jesús, el Cristo, anunció: “Encontrad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”.
En la etapa final de mi existencia, llegué a comprender que el reino de Dios y su justicia se encuentran en lo más profundo de nuestra alma; es equivalente a encontrar y preservar la paz interior. Una vez alcanzada la paz del espíritu, podremos percibir con absoluta nitidez que el cielo y el infierno, como lo reconoció hace algunos años el Papa Juan Pablo II, son estados del alma; por consiguiente, el cielo está a nuestro alcance, aquí, no existe otro lugar, y ahora, no existe otro tiempo. También entendí que la clave para abrir las puertas del cielo es el perdón. Mientras anidemos en nuestro corazón odios, rencores e incluso pequeños resentimientos, nos alejaremos cada vez más de la bienaventuranza y el júbilo que proporciona el vivir liberados de las nefastas cadenas que nuestro ego ha construido, con aparentes justificaciones, para que en vez de amar a nuestros semejantes busquemos la forma de perjudicarlos.

Logré interiorizar que el único pecado que existe es la falta de amor. Cuando comprendemos esta gran verdad, aprendemos a perdonarnos y a perdonar, con lo cual nos liberamos de culpas, originalmente creadas por patrones y creencias de origen cultural, dogmático, eclesiástico, o derivado de un mal entendimiento de nuestras experiencias. Olvidamos entonces el principio de oro: “No hagas a nadie lo que no te gustaría que hiciesen contigo”. A partir de esta comprensión se allana el camino, se facilita la transformación de nuestros pensamientos negativos dictados por el ego, y aprendemos a escuchar la dulce y amorosa voz de nuestro Yo Supremo, que es Dios obrando en nuestro interior y guiando nuestros pasos con seguridad, por el sendero que nos llevará a fundirnos con su esencia infinita.
Aprendí que el desarrollo espiritual es una fascinante aventura, que los seres humanos con frecuencia lo confundimos con la celebración de rituales, con la práctica de invocaciones, jaculatorias y mantras, que no pasan de ser expresiones casi mecánicas y momentáneas, que pierden su efecto al ser suplantadas en nuestra mente por pensamientos poco amorosos y de juicio hacía nuestros semejantes. Como aventura maravillosa, el desarrollo espiritual no tiene nada que ver con símbolos y códigos o con manifestaciones externas, tiene que ver con la aceptación y el disfrute del presente, que es un hermoso obsequio que la vida nos da para que lo disfrutemos a plenitud, dejando atrás el pasado que suele generarnos culpas y remordimientos, sin pre-ocuparnos por el futuro que no existe y no sabremos cómo vendrá, pues no tiene sentido que la incertidumbre del porvenir se convierta para nosotros en causa de ansiedad provocada por el miedo, que nos impide el gozo de las cosas hermosas y simples que rodean el ahora. Vivir el aquí y el ahora fue la mejor forma que encontré para lograr una comprensión de la eternidad, para llegar a entender que si mantenemos nuestra conciencia en el ahora veremos la muerte como una transición de nuestro espíritu que siempre es y será, está y estará, viviendo en la dimensión que le corresponda a su proceso evolutivo individual.
En los relatos que describen los episodios más importantes de mi vida, he dejado algunas reflexiones que refuerzan éstos, mis pensamientos finales sobre el amor y la existencia; por eso quise compartirlas con ustedes, como quiero compartir ahora lo que para mí representó una guía, una pauta a seguir y un marco de referencia para tratar de ser cada día mejor. Me refiero a lo que un Curso de Milagros llama “Características del Maestro”, partiendo del enunciado de que todos podemos ser maestros de Dios, pues vinimos a este mundo a enseñar lo que tenemos que aprender. Esto que he comprendido quiero transmitirlo; por ello, les encomiendo que cultiven cada una de esas características, auténticas virtudes, tomándolas como un norte hacia el cual orientar sus vidas, tratando siempre de avanzar en su perfeccionamiento consciente, hasta llegar a convertirlas en parte integral de su forma de ser, de pensar y de actuar. Tengan entonces cada día más CONFIANZA, y atrévanse a volar con las alas del águila, en vez de las débiles alas del gorrión. Mantengan en todo momento la HONESTIDAD, procurando que haya siempre congruencia entre lo que piensan, lo que dicen y lo que hacen, con lo cual jamás estarán en conflicto con ustedes mismos en ningún nivel y les será cada vez más difícil, estar en conflicto con algo o con alguien. Aprendan que juzgar es deshonesto y cultiven, frente a todos sus semejantes, la TOLERANCIA que les permitirá aceptarse en las diferencias y alcanzar la armonía en la convivencia. Actúen inspirados en la MANSEDUMBRE, evitando a toda costa la violencia y la agresión mental, verbal o física hacia sus semejantes. Sepan que el ser mansos de corazón es el mejor camino para alcanzar el JÚBILO, que surge cuando el miedo, instrumento del ego, comienza a diluirse. Aprendan a ser sencillos, a no tratar de imponer a otros sus ideas y sus conceptos, con lo cual tampoco tendrán que defender los suyos y disfrutarán el goce de la INDEFENSIÓN. La GENEROSIDAD es algo que deben aprender a experimentar dando siempre lo mejor de ustedes mismos, sin sentido de pérdida y sin esperar nada a cambio. Recuerden que una virtud crucial, reconocida como la madre de todas las virtudes, es la PACIENCIA, y comprendan que “la paciencia infinita es la única que produce resultados inmediatos”. Mantengan siempre la FE interior, como un motor permanentemente encendido que impulse su pensamiento y su acción. Finalmente, obren siempre con MENTALIDAD ABIERTA, que en última instancia es la que habrá de conducirlos a descubrir la magia y la fuerza del perdón.
Amorosamente,
Anders Von Post

* * *

Esa noche, en San Sebastián del Bosque, al calor de la chimenea y con una copa de brandy en sus manos, León y Toya hacían planes sobre cómo invertir los cien mil euros, casi trescientos millones de pesos colombianos, que les había dejado el viejo a cada uno.
Mientras la pareja de pintores y los demás beneficiarios de Andy hacían algo similar con sus respectivos legados, en Bogotá, en el salón de operaciones, el Cardenal Petrelli tomaba el juramento de lealtad hacia OCTO PAX por parte de Murevia, de Emmanuel y de Chacho, que en adelante se conocería con el nombre clave de Sigfrid, como reemplazo de Zacarías Zuluaga quien había sido conocido en la organización con el nombre clave de Capicúa.

FIN

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XVII

Por : kapizan
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Tabio. Lunes 4 de marzo

Chacho había incorporado a su rutina desde hacía varios años un hábito que aprendió de Zacarías: “Procura siempre no irte a dormir sin antes hacer un recuento mental y pormenorizado de todas las experiencias que hayas tenido durante el día… esto es particularmente útil para poder hacer conexiones entre hechos y personas”.
Al terminar su recuento, que incluyó su viaje sin contratiempos desde Barranquilla, el encuentro con Mara y su posterior aventura siguiendo la camioneta de la Nunciatura Apostólica, el regreso a Tabio por la carretera del norte durante el cual Mara le había hecho una muy completa lista de lo que para ella habían sido o podrían ser pistas, su llegada a la cabaña del viejo y el descubrimiento del subterráneo, la sorpresa con el hallazgo del cuadro del unicornio con su marco de oro puro, que decidieron dejar en la recámara oculta, el encuentro con la extraña caja fuerte, la decisión conjunta de que él llevara la caja fuerte a su casa para intentar abrirla, y la sensación que estaba experimentando desde entonces, como un presentimiento de que cada vez se acercaba más al final de su búsqueda, que tendría éxito si conservaba la paciencia y mantenía sus sentidos en alerta roja, como diría Zacarías. Finalmente pudo destacar dos detalles que era necesario revisar: en primer término tenía que examinar el estuche con los 64 hexagramas del I Ching grabados en cada uno de los tubitos de óleo, que había recibido Antonia Cruz; y en segundo lugar, el ábaco que había recibido Felipe Gutiérrez en el cual le había llamado la atención la leyenda inscrita en chino y en inglés que el arquitecto había traducido como “Hecho en Hong Kong. Primer año del dragón. Siglo XIX”. Con estas reflexiones rondando su mente no podía conciliar el sueño; entonces, dedicó el resto de la noche a leer los cuadernos de Andy que le había proporcionado Toya en la cabaña… Concluida la lectura, poco antes del amanecer, se fue a dormir.
Cuando abrió los ojos, el sol de las diez de la mañana se filtraba por la ventana de la pequeña cabaña que había construido un año antes en el predio de sus padres; media hora después decidió llamar a Ana Martell para que le diera el número telefónico de Antonia Cruz… En su conversación con la pintora, se enteró de la tarjeta de Angélica María Acosta, joven de veintiocho años que había sido buena amiga de Zacarías, ejercía como profesora de matemáticas en varias universidades de Bogotá y era una mujer, según opinión de su difunto amigo, “con la belleza, la sabiduría natural y la apariencia de una princesa tribal de las Islas del Pacífico Oriental…”. Respecto a su número telefónico, Chacho inmediatamente captó que no sólo era capicúa sino que tenía en sus extremos las mismas cifras (43 – 34) de las placas de la camioneta del Cardenal. Con relación a los tres unos del medio, pensó que podrían ser otros dos hexagramas del I Ching, el 1 Khien: Cielo; y el 11 Thâi: Prosperidad… Incluso, las iniciales del nombre de la profesora: AMA, le daban el carácter de pista adicional e importante. Finalmente, Antonia se comprometió a llevar esa tarde el estuche a Carambola para que Chacho lo examinara. Después de la conversación con Antonia, Chacho permaneció un buen rato reflexionando sobre las piezas de información que tenía entre manos y decidió anotarlas en su libreta.
Siguiendo una corazonada, marcó el número telefónico de la profesora de matemáticas, pero le respondió una grabación. Dejó un mensaje identificándose y pidiéndole a Angélica María que le devolviese la llamada. Al otro lado de la línea, la joven, siguiendo instrucciones, llamó inmediatamente a un número telefónico en Bogotá: “Ya hizo contacto, su numero de celular es 315 360 3656…”.
Después de almorzar, antes de visitar a Felipe Gutiérrez para revisar el ábaco, Chacho consultó un calendario chino y estableció que el último año del Dragón había sido el año 2000; y el primero, que aparecía en una tabla correspondiente al siglo XX, había sido 1904; entonces, con el simple procedimiento de restar consecutivamente 12 años (cada 12 años se repite un animal en el calendario chino) a partir de 1904, pudo determinar que el primer año del Dragón del siglo XIX había sido 1808. “Muy interesante, pensó, los números romanos también se pueden leer en las dos direcciones: XIX es capicúa, igual que XX, pero este ábaco, como diría Zacarías: ‘Fue construido en el muy capicúa año 808 del segundo milenio de la Era Cristiana’. Veremos qué encuentro en casa de Felipe…”
Judith, la esposa de Felipe, abrió la puerta del edificio en el cual funcionaba la Academia de Informática, saludó a Chacho y le hizo seguir. Al parecer el joven había llegado en el preciso momento en que estaban haciendo una competencia entre Felipe y su hijo Jacobo. Judith explicó que su esposo usando una calculadora se enfrentaba a su hijo que manipulaba el ábaco, que el niño ya dominaba para sumas y restas. Jacobo había desafiado a su papá para ver quién era más rápido. Judith le dijo que hasta ese momento habían hecho cuatro ejercicios de los cinco que había dejado Andy con las instrucciones para manejarlo, pero como iban empatados le gustaría que Chacho les ayudase para dirimir el empate… el joven se prestó gustoso a participar en el juego y dictó las cifras del último ejercicio:
“…6.500 + 12.330 + 4.201 + 10.194 + 918 ¿total?”.
El primero que respondió fue Jacobo quien le entregó, veloz y orgulloso, un papel con el resultado, tal como había venido haciendo con su madre. La cifra dejó perplejo a Chacho…: 34143.

* * *

En torno a la mesa de ocho puestos en la sala de operaciones de la mansión se encontraban el Cardenal, el maestro Amín, Gerardo Bawer y Angélica María Acosta. El maestro Amín tomó la palabra y dijo:
—Con Su Eminencia como testigo, quiero ratificar que ustedes dos han cumplido todas las pruebas iniciáticas para ser aceptados como miembros permanentes de OCTO PAX en Colombia. En este país, que se encuentra bajo mi jurisdicción, los ocho miembros vitalicios y permanentes del Consejo Nacional deben ser identificados por un nombre clave y por tal razón he de hacer la designación correspondiente: tú, Angélica, serás conocida como Murevia; y tú, Gerardo, serás conocido como Emmanuel. Como ustedes saben, al fallecer uno de los ocho miembros de este Consejo su sucesor deberá ser seleccionado para pasar las pruebas correspondientes entre los discípulos que cada uno de ustedes nomine; ahora, les daré las instrucciones pertinentes para el ritual de juramento, que se hará el día en que completemos el último reemplazo que está pendiente por designar, desde que fallecieron nuestros amados hermanos Andy, Zacarías y Eva, que pereció en un accidente de aviación a finales de enero. Tú, Murevia, serás la única mujer en el grupo, y estoy convencido de que tu ejecutoria será tan destacada y eficiente como la de tu predecesora… Reemplazarás a Eva. Y tú Emmanuel reemplazarás a Anders von Post, que usaba Odín como nombre clave.
El maestro Amín prosiguió por un buen rato instruyendo a los dos nuevos adeptos y respondiendo todas sus preguntas. Cuando hubo terminado, el Cardenal se puso de pie y en tono solemne dijo:
— En mi condición de presidente del Consejo Supremo de nuestra organización a nivel mundial, me complace darles la bienvenida a OCTO PAX.

* * *

Una vez en su cabaña, Chacho agregó a la lista la cifra calculada por el hijo de Felipe casi convencido de que la combinación para abrir la caja fuerte estaba en esas cifras, en el supuesto de que correspondiesen a hexagramas del I Ching. Tomó el estuche con los 64 tubitos y procedió a examinarlos minuciosamente, uno por uno; al concluir había separado cuatro que se distinguían del resto por un círculo alrededor del correspondiente ideograma1 y con ayuda del libro de Cordiglia que había pertenecido a Andy estableció que eran: el 1, Khien – Cielo; el 11, Thâi – Prosperidad; el 34, Ta Kwang – Gran Fuerza; y el 43, Kwâi – Decidir. Entonces no le cupo ninguna duda: la combinación para abrir la caja fuerte la encontraría manipulando esas cifras:

34 – 43. Barrita de tinta de Ana María Zapata Paz
34 – 11 – 43. Barrita de tinta de Martina Leliushenko
43 – 34.  Placas diplomáticas de la camioneta
43 – 1 – 11 – 34. Número telefónico de Angélica María Acosta
34 – 1 – 43. Cifra calculada en el ábaco
1 – 11 – 34 – 43 Tubitos de óleo de Antonia Cruz

Chacho recordó que alrededor de la perilla con los hexagramas grabados, había un redondel con cuatro muescas, dos a la izquierda y dos a la derecha. Este detalle indicaba que la combinación debería funcionar haciendo girar el primer número hacia la izquierda, el segundo hacia la derecha, el tercero hacia la izquierda y finalmente el cuarto hacia la derecha. Por supuesto, era imprescindible desbloquear la perilla a partir de la contraseña, antes de comenzar a ensayar diferentes posiciones para los números de los hexagramas. Por lo menos había establecido que la combinación debería tener cuatro números diferentes, lo cual descartaba los números de las dos barritas de tinta, los de la cifra calculada en ábaco, y los de las placas diplomáticas.
A las diez de la noche, Chacho cansado por el esfuerzo mental pero satisfecho de haber reducido el problema a su última dimensión: descubrir la contraseña, decidió tomarse un descanso antes de regresar a sus cavilaciones… Recostado en un sillón se durmió por un buen rato. Al despertar lo primero que vino a su mente fue un comentario de Andy que había leído en el quinto cuaderno, y le había llamado la atención pues le había parecido un dato un tanto fuera de lugar. Regresó al texto y leyó: “Cada una de estas máquinas estaba dotada de un mecanismo electrónico, diseñado por Vicente, para permitir el acceso al sistema mediante la digitación de una contraseña que variaba cada veinticuatro horas; así pues, la contraseña diaria correspondía al nombre de una runa, según el Futhark antiguo, en su versión islandesa”.
Con su propia tabla del Futhark antiguo, el joven se dedicó a ensayar los nombres de las runas tanto en islandés como en inglés y en español. Comenzó por la más obvia: THURISAZ – DOOR – PUERTA; siguió intentando con las otras cuatro runas del mensaje de Mara, y agotó las veinticuatro posibilidades de su tabla, sin ningún resultado positivo. Sin darse por vencido pensó en otras posibilidades: combinación de letras entre dos o más runas, combinaciones del nombre de una runa en los tres idiomas; esto solamente le daba una inmensa gama de posibilidades… “¿Cómo no se me había ocurrido antes?”, se preguntó Chacho: ¡La runa veinticinco! ¡La del dios Odín! Se apresuró o digitar el nombre de la deidad y el sistema aceptó la contraseña y liberó la perilla. Al tercer intento, con la combinación 43 izquierda, 11 derecha, 1 izquierda y 34 derecha, finalmente la caja fuerte de abrió.
En el interior de la caja, solamente había dos sobres de lona de color caqui sellados en el extremo superior por una banda de cuero con ojales de acero por entre los cuales pasaba una cadena, también de acero, asegurada con un candado de clave, réplica de la cerradura de la caja fuerte en tamaño más reducido y sin el sistema electrónico, el cual supuso Chacho que podría abrir, como llegaría a comprobar más tarde, usando la misma combinación de la caja.
El primer sobre estaba dirigido a Chacho e iba marcado con una advertencia que denotaba su carácter secreto. El segundo sobre tenía una leyenda marcada en tinta negra que decía:

LEGADO DE ANDERS VON POST
PARA SER ABIERTO ÚNICAMENTE EN SESIÓN PLENARIA DE LOS DOCE ALBACEAS COMPLETOS, CUYOS NOMBRES DESIGNO A CONTINUACIÓN:

LEÓN ROJAS
VICTORIA VILLA
ANITA MARTELL
ZOCCO BATTIANI
RICARDO BERRÍO
RENATA ZULUAGA
GENARO REYES
LUZ AMADA TRIANA
GABRIEL MARTÍNEZ
MARGARITA PAZ
ELSA BERGGREN
ULDARICO MEDINA

1 En casi todas las versiones escritas del I Ching se incluyen 64 ideogramas del chino mandarín, cada uno de los cuales corresponde a un hexagrama conformado por seis líneas que pueden ser enteras para representar el YANG y partidas para el YIN. Cada hexagrama corresponde a una combinación diferente de trigramas. Un trigrama es un gráfico de tres líneas, enteras o partidas, de cuya combinación surgen los ocho trigramas básicos, a partir de los cuales se conforman los 64 hexagramas. Cada hexagrama consta de dos trigramas que se trazan uno encima del otro y se conocen como trigrama superior e inferior. En todas las versiones del I Ching, cada ideograma aparece con la transliteración del significado correspondiente en chino y su significado en la lengua a la cual ha sido traducido; Ejemplo: ideograma No.1 -

Hexagrama

trigrama superior – transliteración: Khien: Cielo.

trigrama inferior

Espera la próxima semana el capítulo XVIII
Tabio. Lunes 5 de marzo

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XVI

Por : kapizan
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Sexto Cuaderno 1952 – 2001

Intencionalmente fui exhaustivo y me detuve en detalles históricos al hacer el recuento de mis primeros cincuenta años, tal vez porque cuando se es viejo entre más lejano es el recuerdo con mayor claridad acuden a la memoria los detalles de lugares, fechas y circunstancias, sin embargo, en mi caso tuve la intención de que ustedes, en Tabio, conocieran una versión de las dos grandes guerras del siglo pasado, desde la poco conocida orilla de los derrotados, y de la guerra civil española desde la perspectiva de los vencedores. Quise también que ustedes entendieran las causas que motivaron el odio y los deseos de venganza que fueron el motor de casi todas mis acciones en los años de posguerra hasta 1976. En el ocaso de mi vida, con el corazón en paz y en la tranquilidad de Tabio, he reflexionado serenamente sobre mi pasado, hasta llegar al convencimiento absoluto de lo absurdo que fue mi odio y de lo nocivas que fueron sus consecuencias.

Por ello, quiero enfatizar la importancia del perdón, como punto de partida para encontrar el camino del amor, la paz y la concordia. Veo con claridad que el amor patriótico y el amor filial mal entendidos pueden conducirnos por el tortuoso camino de la guerra. Es cierto que el amor a España inculcado por mi madre y el amor por Alemania inculcado por mi padre y mi tutor, me llevaron, convencido de que obraba bien, a involucrarme de todo corazón en defensa de lo que creía más sagrado. Me he preguntado, ¿si mi padre, por ejemplo, hubiera sido francés o ruso y mi madre norteamericana o judía, cuál hubiera sido mi suerte?… Seguramente el enemigo habría sido otro y el devenir de mi existencia hubiese sido diferente.

Empero, he llegado al convencimiento de que el amor patriótico es un noble sentimiento del ser humano; el problema, a lo largo de la historia conocida, ha radicado en la manipulación del patriotismo por parte de líderes ambiciosos de poder, de dinero o de gloria, que han movilizado pueblos y naciones impulsados por motivos, muchas veces oscuros, que suelen enmascarar hábilmente con palabras y argumentos, ingenuamente aceptados por sus seguidores, dividiendo el mundo entre agresores y agredidos. Otro será el mundo cuando aceptemos que la única patria es el planeta que habitamos, y aprendamos a amarlo con la misma intensidad con que los más patriotas han amado sus naciones.

Creo firmemente que al comenzar el tercer milenio de nuestra era no tiene sentido que sigamos heredando odios y rencores. Es insensato que padres y educadores continúen transmitiendo a las nuevas generaciones razones ideológicas, religiosas o de cualquier otra índole para seguir justificando enfrentamientos entre judíos y musulmanes, comunistas y capitalistas, católicos y protestantes, blancos y negros, o como en Colombia, entre liberales y conservadores. Entendamos que, como las personas, los países, las sociedades y las culturas también poseen un ego que por ser colectivo es muy poderoso y puede llegar a causar daños irreparables. Es importante entonces que a partir de la familia, de la tribu, de la casta, de la nación o de la etnia, hagamos un esfuerzo por trascender ese ego colectivo y aprendamos a aceptarnos y tolerarnos en nuestras diferencias. ¿Utópico? Sí, pero como dijo Ernesto Sábato: “Sólo aquellos que estén dispuestos a sostener la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.”

El haber dedicado tantos años de mi vida a las actividades de espionaje y contraespionaje, y el haber dirigido la red clandestina a la que hice referencia en el cuaderno anterior, me convirtieron en un hombre extremadamente receloso respecto a compartir información o revelar mis fuentes de inteligencia. Quizá por esto fui, hasta ahora que escribo estas líneas, supremamente cauteloso al referirme a mi pasado o al compartir con ustedes mis amigos de Tabio detalles sobre personas que conocí o episodios que viví en años anteriores. Seguramente se sorprendieron al saber, por ejemplo, que monsieur Martell era tío bisabuelo de Anita, que Giussepe Battiani, el abuelo de Zocco, había trabajado conmigo durante la guerra, que conocí a los antepasados de los Bawer en mi niñez cuando viajé por primera vez a España, que Jorge de Roux era sobrino de mi colaborador en la red de operaciones anticomunistas, o que Ulrika Erlander era la bisabuela de nuestra maestra de tango.

Pues bien, esas no son las únicas sorpresas que tengo para ustedes. En la segunda mitad del siglo pasado, gran parte de mi actividad se desenvolvió en el continente americano y fueron muchas las experiencias que viví en Colombia, en Uruguay y en otros países del área, y gracias a ellas conocí, entre otros, al abuelo de Ana Martell, al abuelo y al padre de Toya, a los padres del maestro León, e incluso al abuelo de Malena Rolz y a los padres de Martina Leliushenko, las jóvenes amanuenses de Zacarías. Daré entonces un giro a este relato, me abstendré de contar episodios de lo que para ustedes es historia contemporánea y me concentraré en narrar la forma en que conocí a todas estas personas, cuyos descendientes vine a encontrar en este remanso de paz que es Tabio, para comprobar una vez más que la vida va tejiendo una misteriosa urdimbre en la cual nuestros destinos se entrecruzan brindándonos la oportunidad de que aprendamos a amarnos los unos a los otros, a pesar de que en muchas ocasiones nuestro libre albedrío, gobernado por el ego, nos enfrente unos a otros olvidando que en esencia todos somos hijos del mismo Dios y por consiguiente hermanos… Ésa fue la buena nueva que trajo Jesús de Nazareth y lo crucificaron, como dijo Anthony de Mello “no porque fuera buena, sino porque era nueva”.

Dedicaré entonces la parte final de estos cuadernos a relatar, en el orden en que acudan a mi memoria, las circunstancias y el tipo de relación que mantuve con estos antepasados de algunos de ustedes, y a contar los hechos traumáticos que pusieron freno a la desbocada carrera de odios y venganzas que había emprendido desde la muerte de mi madre, forzándome a enderezar el rumbo de mi existencia.

Getulio Moreira era un brasileño de sesenta años que había sido voluntario en la Legión Extranjera y, a raíz de una herida sufrida en combate, había dejado las armas y se había especializado en el negocio de exportación de carne, desde el Uruguay hacía Europa, como propietario de una pequeña empresa que había fundado cinco años antes. En 1948, fue reclutado por Vicente de Roux para dirigir nuestras operaciones en Montevideo. En poco tiempo demostró sus habilidades comerciales y la empresa exportadora de carne llegó a ser uno de los negocios legales más prósperos y sólidos de nuestra organización en América Latina. Después de mi encuentro con Otto Spengler en la Guajira colombiana, yo había decidido, por sugerencia de Vicente, hacer una visita a todas nuestras empresas en el área; opté entonces por iniciar el recorrido en compañía de mi colaborador desde el sur, con la esperanza de encontrar en el Uruguay a los descendientes de monsieur Martell, de los cuales éste hablaba con nostalgia, pues nunca llegó a conocerlos. Por aquellas curiosas coincidencias de la vida, resultó que uno de los mejores amigos de Getulio en el Uruguay era Alfredo Martell, sobrino de mi antiguo jefe, quien para esa época dirigía el periódico “El Heraldo” que él mismo había fundado años antes; obviamente estas circunstancias facilitaron nuestro encuentro a comienzos de 1952.

El parecido físico entre Alfredo y su tío monsieur Martell era asombroso; a tal punto, que cuando lo ví por primera vez tuve una extraña regresión a mis épocas de París en los primeros años de la Segunda Guerra, y sin darme cuenta lo saludé e iniciamos nuestra conversación en francés. Desde el primer instante hubo una empatía natural entre nosotros, y Alfredo se mostró muy interesado en conocer detalles de la vida y la forma en que había muerto su tío.

Alfredo Martell era un hombre de estatura mediana, complexión robusta, rostro ancho de facciones firmes y frente despejada, que encantaba a quienes le conocían por su sencillez, su fino sentido del humor, su simpatía y su charla amena salpicada de anécdotas. Era un hombre de claras convicciones y sólidos principios, para quien la amistad y la familia eran algo sagrado. Con el tiempo, llegó a ser un prominente político de su país, que alcanzó elevadas posiciones en el gobierno, del cual fue secretario privado de la Presidencia y ministro.

La actividad de nuestra red en el Uruguay, que estuvo concentrada exclusivamente en operaciones mercantiles durante mucho tiempo, tuvo un giro hacia la lucha anticomunista a raíz del surgimiento de las guerrillas urbanas del Movimiento de Liberación Nacional (M.L.N. o Tupamaros), en 1967. A mediados de 1970, mi amigo Alfredo ocupaba el cargo de ministro en el gobierno que presidía Jorge Pacheco Areco, y sucedió algo inesperado que repercutió en el viaje de Alfredo Martell a Colombia en compañía de Anita, su nieta predilecta, quien se había convertido en su secretaria privada.

La aparición del movimiento Tupamaro fue una oportunidad para que Getulio pusiese en evidencia sus capacidades como líder de una red de inteligencia. En pocos meses logró infiltrar en el movimiento guerrillero dos agentes que nunca fueron descubiertos, y me atrevería a asegurar que de ese hecho dependió en gran medida el desmantelamiento del movimiento subversivo en la década de los setenta, durante el gobierno militar de facto. Gracias a esta infiltración, Getulio pudo detectar un complot para asesinar al ministro Martell, para lo cual habían logrado que uno de sus hombres estableciese una relación sentimental con su nieta: un joven y apuesto intelectual de izquierda, cuyo oscuro propósito era obtener información sobre el ministro que les permitiese ejecutar sus nefastos planes. La oportuna advertencia, sirvió para que se adoptaran medidas preventivas, y el Presidente de la República tomase la decisión de nombrar a su amigo Alfredo como embajador ante el gobierno colombiano. Desde entonces, Anita ha vivido en Colombia y fue para mí maravilloso conocerla posteriormente en Tabio.

Nuestro recorrido por los puertos en los cuales habíamos establecido oficinas culminó en Bogotá en casa del hermano de Vicente, en donde pasamos una semana elaborando planes a partir de nuestras impresiones durante el viaje. Este tiempo fue suficiente para que mi amigo de Roux se enamorase perdidamente de Daniella Monsalve, una prima de la esposa de su hermano con quien terminaría casándose tres años después. Ambos quedamos encantados con Colombia. Lo veíamos como un país con una excelente ubicación geográfica y con un inmenso potencial económico. En esa ocasión, surgió por primera vez la idea de establecer un centro de operaciones de nuestra organización con sede en Bogotá, Medellín o Cali, ciudades, estas últimas, que visitamos con el ánimo de identificar negocios potenciales tanto para la importación de productos europeos como para la exportación de productos agrícolas de origen colombiano, especialmente café, algodón, azúcar y arroz.

En Cali adquirimos una plantación de caña de azúcar, con el propósito de lograr una integración que favoreciera nuestro negocio de exportación de azúcar refinada con destino a los mercados europeos. En el proceso de legalizar los documentos, tuve la oportunidad de establecer una relación de amistad con Alfonso Villa, quien para esa época se desempeñaba como notario en la capital del Valle del Cauca. El notario era un hombre que podría tener mi edad y una gran erudición que raras veces salía a flote, pues por naturaleza era un hombre callado, que vivía en un rico mundo interior y amaba el silencio. Al respecto, el primer día que visité su despacho me llamó la atención un poema Zen, enmarcado y escrito con letras dibujadas, que decía: “Silencio es el roce de dos pétalos de rosa al caer”. Alfonso era padre de cuatro hijos: dos mellizos, Alfonso y Marianella, los mayores; Alberto y Teresa, los menores. Así fue, mi querida Toya, como conocí a tu abuelo y a tu padre, para entonces un adolescente, cuya inteligencia y creatividad anticipaban dos de las principales características del gran hombre que llegaría a ser. Ese mismo año y por causa de la violencia política que había enfrentado a los colombianos, desde los orígenes de la República, entre liberales y conservadores, tu abuelo debió trasladarse con su familia a Bogotá, pues su filiación partidista le hizo objeto de amenazas de muerte por parte de sus adversarios políticos.

A comienzos de los años sesenta, después del triunfo de la Revolución Cubana, tuvimos claro en nuestra organización que el comunismo trataría de ganar fuerza en América Latina mediante el apoyo a movimientos insurgentes con orientación política proveniente de la Unión Soviética, de China o de Cuba. Este cambio geopolítico aceleró el establecimiento de una sede para coordinar operaciones en el continente, desde Bogotá, y sirvió para que Vicente de Roux, ya casado con Daniella y padre de Duván, su único hijo, regresase de Lisboa y se estableciese definitivamente en Colombia con su familia. En esa década, con el joven Alfonso convertido en gran productor de arroz en los llanos orientales y de algodón en el departamento del Cesar, establecimos una eficiente cadena de exportaciones de estos productos en una alianza comercial que se prolongó por muchos años, hasta que decidió, en uso de su libre albedrío y por razones que no conocemos, y por tanto ni debemos ni podemos juzgar, poner fin a su existencia, en circunstancias que tú, Toya, conoces muy bien, pues es un tema que tratamos juntos muchas veces, y estoy seguro de que para esta fecha ya has entendido y aceptado como parte de tu vida. De lo que sí puedes estar segura es que el espíritu de tu padre te cobija con su sombra protectora desde esa dimensión en la que pronto estaré reunido con él.

En nuestro primer viaje a Medellín a mediados de 1952, tanto Vicente como yo quedamos sorprendidos con la pujanza, la creatividad y la habilidad para los negocios de casi todos los antioqueños. En el bar del hotel Nutibara, mientras tomábamos un aperitivo, se nos acercó un hombre de edad mediana, ojos oscuros, nariz aguileña, tez bronceada y cuerpo delgado, cuyas facciones hubiesen podido confundirse con las de un beduino; en realidad, con sus primeras palabras supimos, por su acento inconfundible, que era un comerciante antioqueño que seguramente olfateó en nuestra clara apariencia europea una posibilidad de hacer negocios y nos abordó, con natural desparpajo, para darnos la bienvenida a Medellín. Desde el primer instante me inspiró confianza y lo invité para que nos acompañara en la mesa… Esa misma noche, después de haber compartido una agradable cena en que saboreamos por primera vez las delicias de la comida paisa y de haber departido en torno a una botella de aguardiente antioqueño, Iván Rojas se había convertido en distribuidor para Colombia, Centro y Suramérica, de un variado portafolio de productos que Vicente de Roux había preparado con el fin de ampliar nuestras exportaciones desde Francia, España, Italia y Portugal, con destino al continente americano. Al día siguiente, tuvimos la oportunidad de conocer a Ligia, su esposa, una mujer encantadora, amable y maravillosa cocinera, poseedora de un gran don de gentes y una peculiar habilidad para narrar con gracia cautivadora toda clase de historias y anécdotas. Así fue, mi querida Toya, como conocí a los padres del maestro León. Con la muerte de Iván, a mediados de los años sesenta, terminó nuestra relación comercial. En esa época me encontré con Ligia en una exposición del maestro Obregón en Bogotá, y en esa ocasión me contó que su hijo estudiaba bellas artes en la Universidad Nacional.

Wolfgang Rolz era un antiguo camarada de las S.S. a quien conocí en Berlín en la época de las olimpiadas militares. Durante la contienda se había especializado como ingeniero químico para trabajar en una sección de guerra con gases. En 1955 volvimos a encontrarnos en uno de mis viajes a Barranquilla. Su situación económica era precaria, pues trabajaba como profesor en un colegio del Estado; se había casado con una colombiana y tenía cuatro hijos. A raíz de nuestro encuentro, se me ocurrió proponerle que me acompañara a la Guajira para visitar a mi amigo Otto. Wolfgang, que se encontraba en vacaciones, accedió encantado y juntos pasamos dos semanas deliciosas de jolgorio y remembranzas. Allí, en la tranquilidad de El Pájaro, surgió la idea de vincular a Wolfgang a la red. Entonces le propuse que elaborara un proyecto para establecer en Bogotá un laboratorio farmacéutico que estábamos en condiciones de apoyar financieramente. En 1976, cuando decidí eliminar las operaciones clandestinas y mantener funcionando algunas de las empresas más rentables, Wolfgang decidió retirarse y dejar la gerencia del laboratorio a Sebastián, su hijo mayor, el padre de Malena Rolz.

Durante el tercer cuarto del siglo, mi vida se alternaba con temporadas de tres y a veces cuatro meses entre América y Europa, procurando celebrar mis cumpleaños en Lisboa en compañía de Ulrika, quien siempre me recibía amorosa y tierna sin hacer preguntas sobre mis actividades clandestinas, y haciéndome sentir como el guerrero que regresa al hogar para un descanso entre batallas.

En 1972, llegó a Colombia un personaje que tres años después se convertiría en el instrumento que el destino puso en mi vida para que, enfrentado a la muerte, tomase la decisión de cambiar radicalmente mi forma de pensar y de ver el mundo: Dimitri Leliushenko. Lo conocí por sugerencia de Vicente y de Wolfgang, quienes vieron en él la posibilidad de reclutarlo para nuestra red, pues el hecho de ser un desertor de la Unión Soviética que había pedido asilo político en Colombia resultaba bastante atractivo para convertirlo en agente propio. El joven de veintidós años tenía una historia simple. Desde su niñez, sus profesores en Moscú habían detectado su inmenso potencial como bailarín de ballet, y desde los doce años su vida transcurrió en los escenarios, hasta que a los diecinueve años llegó a convertirse en una de las figuras más destacadas de la compañía de ballet ruso, que recorría el mundo haciendo presentaciones en los principales teatros de las capitales de Europa, sometido siempre a la férrea disciplina del partido. Según su propia versión, en 1971, después de presentarse en el Metropolitan Opera House de New York y de hacer una gira por las principales ciudades de los Estados Unidos, había quedado fascinado con la libertad que veía en los jóvenes de su edad y con las costumbres occidentales, muy diferentes a la versión que le habían presentado en las conferencias sobre la vida en Occidente. Desde entonces, tenía el propósito de aprovechar la primera oportunidad para desertar y solicitar asilo político. Esa oportunidad se había dado en Bogotá durante una presentación del ballet en el teatro Colón.

Reconozco que Dimitri, por su apellido, el mismo del general que habíamos convertido en objetivo de nuestra persecución, despertó nuestra suspicacia. Efectuamos entonces una investigación exhaustiva, y logramos comprobar que no tenía ninguna relación de parentesco con el militar soviético. Por su parte, el muchacho me convenció con su aparente ingenuidad, su inteligencia y su simpatía, gracias a lo cual en breve tiempo llegué a cobrarle gran aprecio. Incluso acepté gustoso ser su padrino de boda, cuando un año después decidió casarse con Guadalupe Infante, una bella joven que se iniciaba en el mundo artístico como cantante.

En octubre de 1975 recibí un mensaje cifrado y urgente de nuestro agente en Moscú: “Para Sigfrid de Moscovita. Segunda semana noviembre arribará vía marítima cargamento armas explosivos destino FARC Colombia. STOP. Posiblemente Puerto López o Puerto Estrella Guajira. STOP. Dimitri Leliushenko agente infiltrado coordinador abastecimientos guerrilla colombiana. STOP. Fuente: “el monje”. STOP”. “El monje” era un agente propio, que habíamos logrado infiltrar desde 1949 en la K.G.B., y había llegado a ser miembro del alto mando de esta organización. Sus informaciones siempre habían sido exactas.

Enfurecido por el engaño del cual habíamos sido víctimas por parte del bailarín, aproveché mis contactos con los servicios de inteligencia colombianos y obtuve una carta de presentación dirigida al comando militar de la zona. Decidí entonces viajar a la costa pues quería, como lo había hecho en otras oportunidades y en otros países, participar directamente en esa operación, con la esperanza de encontrar a Leliushenko para cobrarle lo que consideraba en ese momento una miserable traición…

Maicao, ciudad fronteriza de la Guajira colombiana a 14 kilómetros de Paraguaipoa en Venezuela, era un centro comercial de gran importancia, en cuyos centenares de almacenes se vendían electrodomésticos, licores, cigarrillos y todo tipo de productos de contrabando, que ingresaban al país por vía marítima, procedentes en su mayoría de Panamá. En este sentido, funcionaba como una especie de puerto libre ilegal, pero tolerado por las autoridades gubernamentales, talvez porque en muchos de sus almacenes se vendían textiles y productos manufacturados en Colombia, para una inmensa cantidad de compradores venezolanos que acudían atraídos por la calidad y la ganancia que representaba el diferencial cambiario. En esa época, la situación de orden público en la zona era compleja, pues su ubicación geográfica y las características idiosincrásicas de los guajiros facilitaban el surgimiento de delitos mucho más graves que el contrabando de mercancías, tales como la trata de blancas, el robo de vehículos en Venezuela, que eran convertidos en piezas y vendidos en el mercado negro, el trasiego de armas para la guerrilla, el contrabando de ganado y café colombiano hacia el vecino país, a lo cual se sumaban los constantes y sangrientos enfrentamientos entre miembros de diferentes castas indígenas de la región, sin contar con la delincuencia común propia de una ciudad que mantenía una población flotante de sesenta o setenta mil personas. El panorama anterior se complicaba por la tensa situación diplomática entre Colombia y Venezuela, a raíz de un centenario litigio en torno a límites marítimos en el golfo de Maracaibo reconocido, geológicamente, como uno de los mayores yacimientos submarinos de crudo.

La responsabilidad por el control militar del área recaía en el comando de la segunda brigada en Barranquilla, con jurisdicción sobre los departamentos de la Costa Atlántica que incluían, si bien recuerdo, Córdoba, Bolívar, Atlántico, Magdalena, Cesar y la Guajira. Por esta razón, volé a Barranquilla para transmitir personalmente la información al general comandante de la brigada. Durante el período en que nuestra organización estuvo concentrada en operaciones anticomunistas en América Latina, tanto Vicente como yo logramos establecer una estrecha vinculación con los mandos militares, y con los servicios de inteligencia de los países del área. Mi nombre clave, Sigfrid, llegó a ser sinónimo de alta credibilidad como fuente de información. A partir de ese momento, y en coordinación con el comando naval del Atlántico, se montó una operación cuyo objetivo principal era interceptar el cargamento de armas para la guerrilla.

Ansioso por estar en el lugar de la acción, decidí desplazarme a Maicao, provisto de una nota de presentación firmada por el comandante de la brigada y dirigida al comandante militar de esa guarnición: capitán Zacarías Abel Zuluaga. El 24 de noviembre, acompañado por Duván de Roux, joven de diecinueve años, hijo único de Vicente, en quien tanto su padre como yo veíamos un excelente sucesor al cual estábamos entrenando, nos encontrábamos en el puesto de mando de la agrupación militar, desde la cual el capitán Zuluaga coordinaba las actividades de patrullaje de un escuadrón de caballería mecanizada, apoyado por ciento cincuenta unidades de la Policía Nacional, doce agentes del DAS y la totalidad de los integrantes de la Defensa Civil, Zona Especial de Maicao, organización esta última que se había convertido por decisión del gobierno en una fuerza paramilitar, entrenada por el ejército para apoyar eventuales operaciones en caso de un conflicto armado con Venezuela y como red especial de inteligencia cuya mayor cantidad de integrantes eran indígenas que habían sido entrenados en la unidad militar. El comandante de la Defensa Civil en Maicao era Fernando Guzmán, un santandereano que había participado como soldado voluntario del Batallón Colombia en la guerra de Corea y trabajaba en estrecha coordinación con el ejército, al cual apoyaba en el control del orden público. Desde esa época Fernando y Zacarías, que compartían muchos intereses e inquietudes intelectuales, llegarían a ser grandes amigos. Guzmán era un hombre inteligente y culto, con una capacidad de liderazgo fuera de lo común gracias a la cual se había ganado el respeto y la admiración de todos sus subalternos en la Defensa Civil, y con gran ascendencia sobre los indígenas, que lo llamaban con cariño “El Cacique Blanco”.

A las diez de la noche, Zacarías recibió por radio un mensaje que daba cuenta del éxito de la operación: sus tropas, destacadas en Uribia, habían interceptado el cargamento de armas que era transportado en un camión F-600, y venía escoltado por dos vehículos tipo Pick–up con hombres armados. Dimitri Leliushenko y ocho hombres más habían sido detenidos junto con el camión y uno de los vehículos de escolta. El segundo vehículo había logrado evadir el cerco, y las características de los vehículos de la unidad militar, jeep CJ5 provistos de ametralladoras punto 30, no eran aptas para efectuar una persecución, pues el Pick-up estaba en capacidad de desarrollar velocidades inalcanzables por los vehículos propios. Con esta información, el capitán decidió establecer un retén en la vía que de Maicao conduce a Valledupar, a la altura de una localidad llamada Carraipía, y sugerir al comandante de la agrupación militar de Riohacha que hiciese lo mismo sobre la carretera que de esta ciudad conduce a Santa Marta. Una hora después, el retén estaba operando, según las normas establecidas para el efecto, con tropas emboscadas a lado y lado de la vía.

Eufórico por los resultados y queriendo participar de su desenlace, decidí acompañar a Zacarías, al comandante de la Defensa Civil y al capitán comandante de la policía local, quienes también participaban, pues la operación incluía hombres de las tres instituciones. Duván de Roux, excitado por la aventura, también quiso participar del evento. Poco después de media noche, vimos a lo lejos las luces de un vehículo que se aproximaba, proveniente de Maicao… Advertido por las señales del retén, aminoró la velocidad mostrando intención de detenerse; cuando estuvo frente al grupo de soldados encargados de la requisa, repentinamente aceleró con la clara intención de sobrepasar las tropas y huir, al tiempo que del platón posterior se irguieron tres o cuatro hombres, que empezaron a disparar ráfagas de sub -ametralladora contra quienes estábamos al otro lado de la vía. De ese momento recuerdo haber visto caer a Fernando y al hijo de Vicente. Cuando me lancé hacia el muchacho sentí un impacto en el estómago, se me nubló la vista y perdí el sentido…

Tres días después, desperté en una habitación del Hospital Militar de Bogotá y un coronel médico me informó los resultados del ataque: Duván, un soldado y un patrullero de la Defensa Civil, habían muerto; Fernando había recibido un impacto en el hígado y se debatía entre la vida y la muerte; y yo había recibido tres impactos de bala, que por fortuna no afectaron órganos vitales, y después de una operación me encontraba fuera de peligro. Desde la época de mi niñez, en que pasé una semana en cama por culpa del sarampión, nunca antes había estado confinado a las cuatro paredes de un hospital. Sesenta y tres días exactos duró mi hospitalización en Bogotá desde que supe el fatal desenlace del episodio en Maicao; hasta que llegué convaleciente a mi refugio en Lisboa y sentí la ternura y el amor en los brazos de Ulrika, no pude encontrar respuesta a una pregunta que martirizaba mi mente: ¿cuál es el propósito de mi existencia?… Cuando la planteé por primera vez en voz alta, mi amiga, desde ese momento mi maestra, me dio la lección más valiosa que ser humano alguno pueda recibir: “Comienza por perdonarte y por perdonar, aleja el odio de tu corazón y con certeza encontrarás todas las respuestas, a partir del amor…”.

Entonces, al final de mis guerras, aprendí que para llegar al perdón auténtico es necesario hacer un examen retrospectivo de nuestros actos, nuestras experiencias y nuestras motivaciones, tratando de entender las razones que pudieron tener para herirnos quienes llegaron a ser objeto de nuestros odios… En ese proceso comprendí, por ejemplo, que el amor que yo sentía por Alemania era comparable al amor que los generales rusos sentían por su patria, y que el amor que sentíamos mi madre y yo por España, convencidos de que la causa nacionalista era la mejor opción para el país, no era inferior al amor que podía sentir Baltasar Ortega por su patria, convencido de que la causa republicana era necesario defenderla. A partir de estas reflexiones, comprendí que los odios genéricos son producto, en cierta forma, de los egos colectivos.

Mi convalecencia en Lisboa sirvió no sólo para curar definitivamente mis heridas, sino para consolidar mi relación con Ulrika a quien llegué a amar con todas las fuerzas de mi corazón. Introduje entonces un cambio importante en mi vida: suspender en forma definitiva las actividades clandestinas de mi organización. A finales de ese año, viajé a Colombia y me encontré con un Vicente de Roux totalmente cambiado. La muerte de su hijo Duván le había afectado seriamente; el hombre entusiasta, creativo y eficiente se había convertido en un hombre deprimido, desilusionado y triste; su relación con Daniella había hecho crisis y se habían separado, y el hombre sobrio que rara vez probaba el licor se estaba alcoholizando. No hizo ningún reparo a mi decisión, pero decidió retirarse de los negocios. En diciembre nos despedimos y esa fue la última vez que supe de él.

Liberado de la pesada carga del odio, me sentí rejuvenecido y con una nueva visión del mundo. En la primavera de 1977 hicimos un enriquecedor viaje por las principales capitales de Europa occidental, y de la mano de Ulrika me fui metiendo poco a poco en el estudio de la historia del arte, visitando museos y galerías; comenzamos a comprar obras de arte pictóricas y algunas esculturas que adquiríamos en subastas y exposiciones en las mejores galerías de Europa. Al año siguiente, visitamos la India y los monasterios del Tibet, en donde pasamos varios meses nutriendo nuestro espíritu con las sabias enseñanzas del budismo que tanto habían ayudado al cambio de mi ahijado Rudolf, a quien no había vuelto a ver desde nuestro encuentro a bordo del Rose Mary. Los años siguientes los dedicamos a viajar por el mundo entero, a leer, a reflexionar y a disfrutar de la compañía mutua, en un proceso de enriquecimiento espiritual en el cual descubrí que ella me llevaba años de ventaja, y que tenía un conocimiento, vasto y muy claro, sobre temas esotéricos y metafísicos que revivieron en mi memoria las lejanas enseñanzas de mi tía Lulita.

En 1980, nos encontrábamos en Frankfurt y Ulrika me sugirió que asistiésemos a una conferencia sobre el movimiento Sufi, dictada por Hidayat Inayat – Khan, hijo y sucesor del gran Maestro Hazrat Inayat Khan, quien a comienzos del siglo XX había difundido la esencia del pensamiento Sufi en Occidente y había creado el Movimiento Sufi Internacional, uno de cuyos principales propósitos era demostrar que el misticismo y la vida espiritual estaban al alcance de cualquier persona, independientemente de su actividad, y que no era necesario llevar una vida ascética, aislados de la cotidianidad, para fortalecer el espíritu a partir del amor. La gran sorpresa para mí fue distinguir en el estrado, y como presentador del conferencista Piro Murshid de la orden Sufi, al Murshid Rudolf Spengler, mi ahijado, quien según me relataría esa misma noche había dejado la túnica budista y se había radicado definitivamente en Frankfurt, meses después de que el Tibet, invadido por China, viviese el exilio del Dalai Lama. Al llegar a Europa, conoció al Maestro Sufi y atraído por esta filosofía de vida, en la cual encontró un alto contenido ecuménico y de conciliación entre los diferentes credos religiosos, y mucho de lo que había aprendido con su Maestro tibetano, se había incorporado activamente a la orden Sufi, para apoyar la incipiente organización en Alemania, en la cual había llegado a alcanzar el nombramiento como Murshid o guía espiritual del Sufismo en su país. En esa oportunidad, Rudolf me contó que mi amigo Otto había fallecido un año antes en La Guajira, en brazos de su esposa indígena.

En 1987, estando en Italia con Ulrika, asistimos a una galería en la cual se realizaba el concurso internacional de pintura, Las 7 Colinas de Roma; para nuestra sorpresa, el primer premio lo obtuvo el pintor colombiano Horacio Gómez Orduz, quien a los 47 años había logrado impresionar a los conocedores del arte en Europa con “El Polidimiensionismo”, escuela pictórica que había creado, y ya le había merecido, en 1981, el Gran Prix durante otro concurso internacional en el Principado de Mónaco, con la obra Le origin de la multiplicité. En esa oportunidad adquirimos dos pinturas de Horacio: La Alcancía de los Pajaritos y Transitando por el Astral, que Ulrika colgó en su academia y al año siguiente, cuando ella murió en las circunstancias que antes narré, recibí como herencia de mi amiga. En los años subsiguientes, llegué a desarrollar una buena amistad con Horacio, a quien compré otras obras muy valiosas. Lamentablemente, su temprana muerte a los 55 años de edad truncó la brillante trayectoria de este gran maestro colombiano.

Como ya sabes, Toya, en 1991 llegué a Tabio y dediqué los primeros meses a adquirir y remodelar la cabaña, compré la yegua y me dediqué a recorrer la hermosa campiña en los alrededores de la peña de Juaica. Aparte de los Bawer, mis primeros amigos en Tabio fueron don Lucas y doña Amanda, podrás imaginar la sorpresa que me llevé al saber que eran los padres del capitán Zacarías Zuluaga, a quien encontré, ya retirado del ejército y de la universidad centroamericana en la cual había sido profesor, viviendo en compañía de Natasha y su hija Tamara. El capitán Zuluaga estaba muy cambiado, tanto física como espiritualmente. Me contó que cinco años antes había vivido una experiencia traumática que lo había llevado a plantearse cuestionamientos similares a los que yo me hice en el 76, después del episodio que habíamos vivido juntos en la Guajira. Ambos pues, habíamos emprendido por causas similares el camino del amor y la paz interior. A esta última, contribuyó significativamente el acto de perdón que tuvimos oportunidad de vivir a comienzos de 1992.

Recuerdo que era un domingo en la mañana, y todos los dueños de predio que nos beneficiábamos del acueducto rural asistíamos a una asamblea general de usuarios en la Casa de la Cultura de Tabio. Zacarías y yo habíamos llegado al lugar en el momento en que Enrique Bawer, secretario de la junta directiva de la asociación de usuarios, comenzaba el llamado a lista… Ambos, nos erguimos en nuestras sillas, sorprendidos, cuando Enrique pronunció en voz alta un nombre que tenía para nosotros un claro recuerdo del pasado: Dimitri Leliushenko. El ruso conservaba su apariencia juvenil y el paso de los años apenas se notaba en una incipiente calvicie, y en las sienes ligeramente encanecidas. En ese momento, estoy seguro de que Dimitri no se percató de nuestra presencia, pues en la lista que leyó Enrique se refirió a mí como “Señor Andy” y a Zacarías como “Señor Abel Zuluaga”… Al término de la asamblea, ambos nos aproximamos a Dimitri, que estaba en compañía de Guadalupe, su esposa, y Martina, su pequeña hija de nueve años. Al reconocerme, palideció, pero segundos después por sus mejillas rodaron lágrimas de felicidad, cuando le ofrecí mis brazos abiertos en clara manifestación de perdón y olvido. En los meses que siguieron, Zacarías y yo compartimos ratos muy agradables con Dimitri, quien nos contó que después de haber sido detenido en la Guajira, fue juzgado y condenado por tráfico de armas, y que después de pagar una condena de siete años, había decidido pasar el resto de su vida en Tabio, en compañía de Guadalupe y de su pequeña hija, que había nacido en 1983. A finales del 92, la familia sufrió un accidente automovilístico, en el cual Dimitri murió, su hija sufrió graves heridas, y su esposa resultó ilesa.

El cambio más importante en mis rutinas campestres se dio cuando Ana Martell inauguró Carambola, nuestro agradable lugar de encuentro, en donde volví a sentir el calor familiar rodeado por todos mis amigos de Tabio. El resto de la historia ustedes lo conocen; tal vez, ahora que has leído este relato, tendrá para ti más significado el escolio de Nicolás Gómez Dávila que solía repetir nuestro amigo Zacarías: “La historia nunca comienza donde se cree que comienza y nunca termina donde se cree que termina”… Aquí termina mi historia. A ustedes corresponde ahora ser los protagonistas de la historia que está por escribirse… Los resultados de lo que hagan en los años venideros se proyectarán en el tiempo y en el espacio, con resonancias si actúan de corazón, según lo sugirió el filósofo colombiano Cayetano Betancur, al expresar: “La única opción que no ha ensayado la humanidad para resolver sus agobiantes problemas: es el amor”.

Espera la próxima semana el capítulo XVII
Tabio. Lunes 4 de marzo

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XV

Por : kapizan
En : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo XV - Tabio. Domingo 3 de marzo, Novelas

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Tabio. Domingo 3 de marzo

En contraste con el día anterior, el domingo amaneció coronado por un sol esplendoroso, en medio de un cielo completamente despejado que resaltaba el translúcido blanco de la luna, visible en el horizonte como anunciando las vísperas de plenilunio. Mara, al volante del campero de Chacho, con las ventanillas abiertas para permitir que el aire matutino refrescara su rostro, repasaba los acontecimientos y trataba de hacer una lista mental con las pistas que Chacho había descubierto el jueves anterior. En la mañana, Renata la había llamado para contarle el descubrimiento de los diamantes, la conclusión a la cual habían llegado en la reunión sinéctica, en el sentido de que posiblemente había una parte adicional del tesoro que debería buscarse con el péndulo de su amigo, y la advertencia de ser cautelosos en el manejo de la información.
El vuelo de Avianca llegó puntual al aeropuerto El Dorado de Bogotá. Lo primero que hizo Mara fue mostrarle a Chacho el papel con los dos ideogramas del I Ching que habían encontrado en la barrita de tinta de la hija de Margarita Paz: inmediatamente Chacho los identificó como el 34, Ta Kwang: Gran poder; y el 43, Kwâi: Decidir.
“Qué interesante. Estos dos hexagramas siguen formando una cifra capicúa, pero sin el 11 que aparece en la barrita de Martina; -comentó el joven, mientras mentalmente se preguntaba -, ‘¿qué significan estas cifras?, ¿por qué están apareciendo en forma recurrente?…’ ”.
Media hora después, Chacho conducía con la intención de virar hacia el norte en la avenida Ciudad de Cali, para tomar la avenida ochenta hasta Siberia y de allí por la estrecha pero pintoresca y ondulante carretera hacia Tenjo y Tabio; sin embargo, cuando intentaba tomar el carril de la derecha, su vista se posó en el carro que los precedía: una camioneta tipo Blazer de color blanco, con vidrios oscuros, en cuyo interior se podía identificar la forma inconfundible de un redondeado sombrero cardenalicio. El impulso que llevaba su campero lo obligó a sobrepasarla, mas le permitió apreciar el escudo pontificio pintado en la puerta izquierda de la camioneta, con un letrero en negro: Nunciatura Apostólica. Pero lo que verdaderamente le sorprendió, al mirar la placa de color azul oscuro, fueron sus letras blancas, CD (Cuerpo Diplomático), y sus cuatro dígitos, 4334. ¡Los mismos de los ideogramas de la barrita de tinta de Ana María Zapata Paz, pero al revés!
Cuando Chacho se percató, el cruce para tomar la avenida Ciudad de Cali quedó atrás y la camioneta de la Nunciatura había sobrepasado su campero; entonces, intuitivamente optó por seguirla… Veinte minutos después habían recorrido la avenida circunvalar hacia el norte y desembocaban en la carrera séptima, a la altura de la calle 92. Sobre la carrera séptima el tráfico a esa hora era fluido y no hubo ninguna dificultad para seguir la camioneta a una prudente distancia, hasta la calle 127, en donde ésta puso luces direccionales para adentrarse en el barrio residencial que Renata le había descrito al referirle su encuentro con el Mercedes de placas capicúa el lunes anterior. La escena vivida por Ricardo y Renata se repitió con Chacho y Mara. La camioneta giró a mitad de la cuadra para enfrentar el portalón de entrada y desde su interior activó el control para que la pesada puerta se deslizara hacia los lados permitiendo su entrada al parqueadero de la misteriosa mansión… Chacho continuó sin detener la marcha para bordear el pequeño parque y tomar la ruta hacia Tabio por la carretera central del norte. Recorrido un buen trecho, el joven detuvo el campero para llamar desde su celular a Toya. Ésta escuchó el relato de Chacho y aprovechó para leerle el criptográfico mensaje que había descifrado León al amanecer. Ambos estuvieron de acuerdo en que indudablemente la mansión a la cual se refería el mensaje era la misma que habían visto Ricardo y Renata el lunes y ellos esa mañana. En igual forma, la coincidencia entre las placas de los Mercedes, las tapas de plomo en las fichas de ajedrez y las palabras capicúa AMA y ALA que aparecían en el mensaje eran para ambos una señal inequívoca de que estaban bien orientados y eso lo ratificaba el hallazgo de los diamantes… Lo que resultaba incomprensible para ellos eran las palabras “OCTO” y “PAZ”. Al respecto Chacho, bastante aficionado a las novelas de espionaje, opinó que podría ser el nombre de una organización ultrasecreta tipo ODESSA y reiteró su sospecha de que cualquiera que fuese el motivo de su presencia y de la estrecha vigilancia a la cual los tenían sometidos, eran amistosos. Finalmente acordaron que se encontrarían después de las cuatro de la tarde en la cabaña del viejo, para comenzar la búsqueda con el péndulo.

* * *

El Cardenal Francesco Petrelli había nacido en Milán en 1918 en el seno de una familia aristocrática; desde muy joven ingresó al seminario y a los veintitrés años se ordenó sacerdote. Durante la Segunda Guerra Mundial fue capellán del Ejército Italiano con el rango de capitán; después de la guerra ejerció el sacerdocio y por muchos años fue párroco de Pont Canavese al norte del país, en donde estableció una excelente amistad con Guissepe, el abuelo de Zocco Battiani. Petrelli era un hombre de baja estatura, apuesto, pero sus facciones quedaron endurecidas para siempre con una profunda cicatriz, resultado de una herida durante la invasión a Grecia, que le atravesaba el rostro de rasgos finos y le daba un extraño aspecto de inquisidor del siglo XVI que contrastaba con la grandeza de su corazón, su sencillez y su natural sentido del humor. Durante el pontificado de Juan XXIII, el Papa del Aggiornamento, fue escogido por su destacada inteligencia y su condición de políglota, como uno de los secretarios del Pontífice. A partir de esa época hizo una brillante carrera en el Servicio Diplomático del Vaticano. Su Santidad lo inició en la esotérica Orden Rosacruz, de la cual era Gran Maestre. A mediados de los años setenta, fue designado por Paulo VI como arzobispo de Milán, cargo que ejerció por cuatro años; en 1980 fue llamado por el nuevo Papa polaco para dirigir un proyecto vaticano tendiente a promover un movimiento ecuménico orientado a buscar el acercamiento con las otras iglesias cristianas, especialmente la Ortodoxa Rusa y la Anglicana, así como cultos orientales, que incluían el Budismo Tibetano y el Islamismo. En 1981 Petrelli propició un encuentro de Jerarcas Católicos, Anglicanos, Ortodoxos, Musulmanes y Judíos, entre otros, al cual también asistieron algunos seglares con intereses de desarrollo espiritual, entre los cuales se destacaban un Murshid de la Orden Sufi y un representante del Cuerpo Continental de Consejeros de la Fe Bahá`í; como resultado de esa reunión Petrelli y el representante del sufismo, junto con otros seis jerarcas de diferentes credos, constituyeron un comité especial para promover la realización de proyectos concretos y factibles encaminados a buscar la paz. A sus ochenta y cuatro años, el Cardenal Petrelli conservaba el vigor, la energía y la vitalidad de un hombre quince o veinte años menor y dirigía el Consejo Supremo de OCTO PAX, nombre que finalmente adoptó el comité, organización ultra secreta que operaba a nivel mundial con un presupuesto millonario que se nutría de una red internacional de negocios y de aportes de personas que en algún momento de su existencia habían decidido donar sus abultadas fortunas a la causa trascendental de propiciar la paz del mundo.

Cuando la puerta del garaje de la mansión estuvo cerrada, del interior de la camioneta descendió un hombre relativamente joven, ágil y esbelto, vestido con un clergyman gris oscuro, que ocupaba el asiento delantero al lado del conductor, quien se apresuró a abrir la puerta trasera a un hombre menudo, con rostro hierático y ademanes de quien está acostumbrado a ejercer el poder, ataviado con la sotana y el capelo, símbolos de su investidura cardenalicia…
La puerta principal de la mansión se abrió silenciosamente para dar paso a un hombre de mediana edad, con aspecto de monje budista, que se aproximó al cardenal y tras una leve reverencia le dijo en tono amable y en inglés con acento oriental: “Bienvenido a Bogotá, Su Eminencia, permítame le acompaño a sus habitaciones. El maestro Amín se reunirá con usted en la sala de operaciones a las cuatro…”.
Tres minutos antes de la hora fijada el cardenal, desprovisto de todos los símbolos de su investidura, que había cambiado por una cómoda sotana negra, descendió por una escalera con barandas en madera labrada, desde la recámara que le habían asignado en la mansarda hasta el segundo piso del edificio, y se encaminó a la sala de operaciones, ubicada al fondo de un pasillo alfombrado, en cuyo costado se alineaban en la pared ocho cuadros con imágenes de Santos y Maestros de diversos credos. Una puerta corrediza, también en madera, con símbolos tallados en alto relieve en la cubierta del portón, se abrió y se cerró silenciosamente a sus espaldas.
El interior de la sala circular, con un diámetro de cuatro metros, estaba presidido por una enorme mesa redonda, en cuyo centro aparecía un escudo idéntico al que había hecho tallar Zacarías, con la diferencia de que a su alrededor, dentro de un círculo adicional, aparecían grabadas en letras de oro, las palabras en latín OCTO PAX. En torno a la mesa se alineaban ocho puestos, frente a cada uno de los cuales había una silla forrada en cuero negro, con el mismo escudo repujado sobre la oscura piel. Frente a la puerta se encontraba un hombre de rasgos caucásicos, elevada estatura, complexión atlética, a pesar de que su edad sobrepasaba los setenta años, piel bronceada en la que resaltaban unas finas arrugas alrededor de sus ojos y en las comisuras de sus labios, escaso pero fino cabello blanco y serenos ojos azules. Lucía con gran porte una túnica carmelita y sobre su pecho se destacaba, pendiente de una cadena dorada, el símbolo del corazón alado adoptado por los Sufíes a nivel mundial.
Los dos hombres se saludaron con un estrecho abrazo, y el anfitrión con una amistosa sonrisa le dijo al cardenal, en un inglés fluido marcado por un ligero acento gutural:
“Es un gran gusto volver a verte – comenzó, mientras invitaba al cardenal a tomar asiento en su puesto, frente a la mesa redonda y hacía lo propio en el lado opuesto al ocupado por su interlocutor -. Estoy muy satisfecho pues los herederos de Andy están demostrando creatividad y paciencia para encontrar su legado. El jefe de seguridad me informó que tu vehículo fue seguido por el joven que nos recomendó Zacarías. En ese sentido el trabajo del sacerdote que me sugeriste ha sido muy eficiente y discreto. Durante el sepelio de Andy captó las fotografías de casi todos los herederos. En pocos minutos me traerán las fotografías de él y la joven que lo acompañaba y tendremos completo el dossier con información biográfica de todos los amigos de Andy”.

* * *

La cabaña de Andy estaba ubicada a 200 metros del final del carreteable, hasta donde alcanzaban a llegar los vehículos y comenzaba el estrecho sendero que serpenteaba en medio de árboles nativos hasta la cima de la Peña de Juaica. El viejo la había comprado en enero de 1991, después de haber pasado las últimas semanas del año anterior usándola como refugio, en su primera visita a Tabio. La rústica construcción había sido el alojamiento de los mayordomos de una inmensa finca que los herederos del último propietario habían dividido en siete lotes el más pequeño de los cuales, de tres hectáreas, fue adquirido por el viejo.
Durante los primeros meses de su nueva vida en las faldas de la Peña, Andy se dedicó a remodelar la cabaña, pero conservando las paredes en bahareque y las vigas en madera rolliza curtida, que sostenían el techo original cubierto por tejas de barro cocido; a construir una chimenea y a sustituir el piso de cemento por baldosas de cerámica esmaltada, elaboradas manualmente por una ceramista local. El encargo había extrañado un tanto a la ceramista por la meticulosidad en las especificaciones: 161 baldosas cuadradas; 80 negras con una Cruz de Lorena blanca en el centro; 80 blancas con una Cruz de Malta negra también en el centro; y una única baldosa, del mismo tamaño de las anteriores, pero con la mitad superior en blanco, la inferior en negro y en el centro una cruz ansada, en plata de ley 900, que el viejo le entregó y le pidió incrustar en mitad de la baldosa.
El exterior de la cabaña estaba bordeado por un surco sembrado de agapandos de color violeta, margaritas blancas y en cada extremo frontal una buganvilla con flores fucsia que se enredaba caprichosamente en sendas vigas de madera, colocadas por el viejo con ese propósito. La puerta principal, de una sola hoja, era en madera rústica, curada por el tiempo y asegurada por un cerrojo de hierro forjado con un enorme candado antiguo. En la fachada y a cada lado de la puerta había una ventana: la de la derecha, rectangular, correspondía al espacio de la cocina y la de la izquierda, cuadrada, al área de la sala; desde ambas se tenía una magnífica vista del valle. En el costado sur occidental, que formaba la pared de la alcoba de Andy, había un ventanal desde el cual se perfilaba la Peña de Juaica. Por detrás de la casa y como a veinte metros, el viejo había construido un cobertizo en guadua con techo de paja, que cumplía la doble función de servir como pesebrera a la yegua y depósito de leña, herramientas e implementos de labranza.
Las únicas personas que habían visitado la cabaña de Andy eran Zacarías, que la frecuentaba, y Toya, quien el día que recogió el baúl no tuvo tiempo de apreciar el interior de la vivienda. Tal vez por esto, la sensación que tuvo ese domingo al abrir la puerta en compañía de Renata fue diferente. Por primera vez reparó en las características del piso ajedrezado, en las cruces y en la decoración sobria y sencilla, casi espartana: en la sala, tres poltronas de cuero, una pequeña mesa cuadrada con un cenicero de bronce, una alfombra en lana virgen y dos materas grandes de barro cocido con plantas de redondeadas y brillantes hojas verdes, que ninguna de las dos mujeres pudo identificar, pero se apresuraron a regar copiosamente. Sobre la chimenea, y en un marco de plata labrada, había una fotografía en sepia de una hermosa mujer y un niño…
— Éstos son Erika, la esposa de Andy, y su hijo Karl – le comentó Toya a Renata y le explicó: – Erika fue el gran amor de Andy, era prima de Otto, su mejor amigo, que según cuenta el viejo en sus cuadernos se quedó viviendo en la Guajira colombiana… La historia de la muerte de Erika y el niño durante la guerra es muy triste, a mí me conmovió cuando la leímos. Anoche terminamos de leer los cuadernos y pensamos reproducirlos para todos los amigos, pero León me recomendó que se los entregase hoy mismo a Chacho para ver qué conexiones puede encontrar él con las pistas.
En ese preciso instante llegó Chacho en compañía de Mara, y Toya le entregó los cuadernos.
— Empecemos por pendular en la sala – dijo Chacho, que había sacado el péndulo de su estuche… Mientras éste se alistaba, Renata sorprendida por el piso ajedrezado de la estancia comentó:
— Definitivamente creo que estamos muy cerca, pues para mí resulta muy sugerente que estas baldosas tengan las mismas cruces que aparecen en la panoplia que heredó Jorge de Roux. Además se ve que fueron cocidas a muy alta temperatura y creo que conozco a la ceramista que las hizo. Son costosísimas.
Las tres mujeres decidieron correr las poltronas y la mesa hacia los extremos de la estancia para facilitar la tarea del joven; se sentaron, y Toya aprovechó para contarles lo que había leído sobre Vicente de Roux, su origen francés y cómo esa panoplia había pertenecido a su madre. Después de diez minutos de pendular infructuosamente, Chacho sugirió que pasaran a la habitación de Andy, cuyo piso era igualmente ajedrezado. La habitación, como el resto de la casa, se distinguía por su sobriedad en la decoración: una cama sencilla con patas y cabecera en cobre, una pequeña mesita de noche al lado izquierdo y una lámpara de pie al costado derecho, una mecedora vienesa con espaldar en esterilla de mimbre desde la cual se podía ver la peña de Juaica a través de la ventana, un escaparate de dos puertas que servía como ropero, dos alfombras pequeñas en lana virgen a los costados de la cama, y otra al pie de la misma, sobre la cual aún se notaba la marca del baúl que había contenido las pertenencias del viejo. El único adorno lo constituía un calendario lunar del año 2002.
Chacho, totalmente concentrado en su tarea, se paró sobre la alfombra del pie de cama y de repente el péndulo comenzó a girar lentamente con movimientos dextrógiros; entonces, de un jalón corrió la alfombra… Para sorpresa de todos, apareció una baldosa marcada con la cruz ansada, que había estado oculta debajo del tapete. Nuevamente en posición, con las piernas ligeramente separadas y con la cadena del péndulo sostenida entre sus dedos, dejó que éste tomara su impulso giratorio hacia la derecha, hasta que no le cupo la menor duda: ¡debajo de la baldosa encontrarían oro!
Valiéndose de un destornillador que halló Renata en la cocina, Chacho removió con cuidado la baldosa, debajo de la cual encontró una tapa de madera que al parecer se extendía debajo de las baldosas circundantes. Con la ayuda de las tres mujeres, cuya excitación iba en aumento, en menos de 10 minutos quitaron 8 baldosas, con lo cual quedó perfectamente despejada una tapa cuadrangular de 60 cm. de lado. En dos extremos de la tapa había unas agarraderas que facilitaron su remoción; con ello, quedó despejado el acceso a unas escaleras de madera que descendían hasta perderse de vista. Del interior de su chaquetón, el joven sacó una pequeña linterna y sin dudarlo un instante inició el descenso seguido por sus tres amigas… Cuando Chacho llegó al final de la escalera y sus pies tocaron el piso, se activó un mecanismo que encendió automáticamente una serie de lámparas de neón que le dieron una claridad inesperada al subterráneo, y un reflector proyectó su luz sobre un cuadro al óleo, enmarcado en oro puro de 18 quilates, que estaba colocado en un trípode de madera sobre un mueble del mismo material en el centro del recinto. El subterráneo era circular, con aproximadamente 4 metros de diámetro y paredes de 2 metros de altura forradas en concreto, pintadas de blanco y desprovistas de cualquier adorno. En el techo se apreciaban cuatro rejillas que correspondían al sistema de ventilación.
— ¡Esto sí es increíble! – exclamó profundamente impresionada Toya y aclaró: – hace dos años, le pregunté al viejo qué quería que le regalara el día de Navidad y él me contestó: “Quiero que me pintes un paisaje en el cual aparezca un unicornio blanco…”. Como ustedes saben, nunca me quiso decir su edad, pero en esa ocasión se la volví a preguntar y recuerdo que me contestó con una sonrisa traviesa: “Yo soy un hombre sin tiempo, como los unicornios”.
— Ahora entiendo – dijo Chacho –. Si tú no mencionas lo del unicornio, no hubiera podido comprender un mensaje a mano que dejó el viejo en el libro del I Ching que estaba señalado con la cinta separadora, en la página correspondiente al hexagrama 50, y decía: “La cornucopia de la abundancia está protegida por el unicornio con marco dorado”. Definitivamente Andy era el gran maestro de los enigmas.
En efecto, el cuadro cuyas dimensiones eran de 44 x 55 cm. había sido pintado en óleo sobre una tabla de madera, como casi todas las obras de la joven pintora; era una composición, en la cual se apreciaba a la derecha, en primer plano, la figura de un unicornio en medio de un paisaje silvestre con frondosa vegetación; la imagen se equilibraba a la izquierda con una cascada de agua cristalina, y se completaba con un cielo brumoso y crepuscular como apacible fondo. El marco de oro, sobrio y macizo, tenía 11 cm. de lado y 4.4 cm. de espesor.
La impresión que les produjo este sorprendente hallazgo los entretuvo por un buen rato, hasta que Renata se percató de que el mueble sobre el cual descansaba el trípode, tenía una puerta de dos hojas, sin cerradura, que procedió a abrir. En su interior había una caja fuerte, no muy pesada, que Chacho extrajo sin ninguna dificultad. Era similar a las que se empotran en las paredes para guardar documentos, joyas o dinero. Medía 40 centímetros por cada uno de sus cuatro lados y tenía una profundidad de 25 centímetros. La puerta difería de los modelos conocidos en que traía incorporada, encima de la perilla, una pequeña pantalla con un teclado alfabético y un botón de encendido que Chacho se apresuró a oprimir. En la pantalla apareció: ingrese la contraseña “Sospecho – comentó Chacho después de examinar la caja – que este modelo fue diseñado por Andy y nunca sabremos quien la construyó pues no tiene ninguna marca de fábrica…”. La sospecha del joven se basaba en el hecho de que en la perilla giratoria, que descansaba en un disco fijo con cuatro muescas, en vez de números aparecían grabados en bajo relieve los 64 hexagramas del I Ching. “…El problema – se lamentó Chacho – es que la perilla está bloqueada y aunque supiéramos los hexagramas correspondientes a la clave para abrirla, no podemos usarlos hasta descubrir la bendita contraseña. Lo que sí puedo garantizarles es que adentro no vamos a encontrar más oro, pues como pueden ver – dijo uniendo las palabras a la acción -, el péndulo no se inmuta frente a esta caja. Sólo falta que esté vacía como el baúl de Renata”.
Esa noche, en la privacidad de su taller, Antonia Cruz cogió el estuche de los tubitos de óleo con el ánimo de examinarlos en busca de posibles pistas y encontró una cartilla con ideogramas chinos, que no había visto anteriormente, sostenida por un caucho a la tapa superior del estuche. Al abrirla, cayó al suelo una tarjeta de presentación en la cual se leía:

Angélica María Acosta
Profesora de Matemáticas
Cra. 28B No. 53A – 26 Bogotá D.C.
Tel: 4311134

Espera la próxima semana el capítulo XVI
Sexto Cuaderno 1952 – 2001

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XIV

Por : kapizan
En : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo XIV - Tabio. Sábado 2 de marzo, Novelas

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Tabio. Sábado 2 de marzo

Lo primero que hizo Pepe, al despertar a media mañana, fue llamar a su madre en Bogotá para contarle emocionado que los problemas económicos de su padre, quien se encontraba en Barcelona intentando vender una propiedad de la familia para salir de deudas, se habían resuelto milagrosamente gracias al generoso arrepentimiento de Andy. Acordaron encontrarse en Bogotá en el Centro Comercial Hacienda Santa Bárbara, con el fin de convertir esa misma tarde la herencia del viejo en Euros, para hacerle una transferencia a su padre. Quedaron citados a las tres de la tarde en una casa de cambio cuya propietaria era amiga de Pepe.
Por su parte Toya, después de alistarse y comer algo ligero, se fue conduciendo el pequeño “escarabajo” blanco a recoger a Renata para que la acompañara a casa de la Tolteca, según habían convenido telefónicamente, a fin de entregarle su paquete que tenía la apariencia de contener uno o dos libros. La Tolteca y Toya vivían en la misma vereda y cuando se cruzaban se saludaban como dos buenas vecinas, pero no habían sido presentadas; el hecho de que ambas hubiesen estudiado arte facilitó el inició de lo que llegaría a ser en poco tiempo una buena amistad.
A las dos de la tarde las tres mujeres saboreaban un té, mientras Renata y Toya ponían a Helia al tanto de todo lo ocurrido, de la expectativa que había creado el supuesto tesoro del viejo y del afán de todos por encontrar pistas. Tal como lo había supuesto Toya, el sobre contenía dos libros y una carta de Andy para Helia, que ésta leyó en voz alta:

Querida Tolteca:
Cariñosamente te llamo por el sobrenombre que te puso Zacarías, pues creo como él que tus ancestros más remotos, e incluso tú misma, vivieron en el continente perdido de la Lemuria y por esto tu conciencia te ha guiado a profundizar en el estudio de las viejas civilizaciones que poblaron el continente americano en la Era Precolombina. Como siempre te has interesado por la simbología esotérica, y porque sé que le darás un uso apropiado, te dejo un libro que contiene los principales símbolos, con el significado que se le ha dado en las más esotéricas comunidades religiosas y en las sociedades secretas de Oriente y Occidente. Este libro perteneció a mi tía Lulita, quien quiso iniciarme en los temas ocultos durante mi ya lejana adolescencia.
El otro libro es más reciente pero estoy convencido de que tiene mucho que aportar para fortalecer tu crecimiento espiritual y por tu conducto el de todos mis amigos de Tabio.
Con amor,

Andy.

Con una mezcla de curiosidad, ansiedad y solemnidad, la Tolteca tomó en sus manos el libro que había pertenecido a la tía Lulita y las tres mujeres lo observaron por un buen rato, sin atreverse a abrirlo… El ejemplar, empastado en cuero fino, era de un color café oscuro, desteñido por cien años de uso, y podría tener unas trescientas páginas. No tenía ningún título, pero en la portada aparecía un símbolo, grabado en hojilla de oro, que ocasionó una expresión de sorpresa de Renata, pues el símbolo de la portada era exactamente el mismo, que la Tolteca había grabado en una tabla por encargo de Zacarías.
Helia aclaró que en el retablo había agregado, por instrucción de Zacarías, dos hexagramas del I Ching, el Ta Kwang o Gran poder y el Kung Fú, o Fe interior. Al escuchar lo anterior Toya, ligeramente excitada, les hizo caer en cuenta sobre lo que Chacho le había dicho a Mara por teléfono respecto a los ideogramas de la barrita de tinta del juego que el viejo le había dejado a Martina, y estaba segura de que uno de ellos era el Ta Kwang, lo que le daba el carácter de pista. Lo que le parecía extraño era el símbolo del libro, pues ella había visto el retablo de Zacarías y nunca se había atrevido a preguntarle porqué había hecho grabar una cruz nazi en medio de una estrella de David. Por lo que sabía de historia, le parecía que esos dos símbolos eran incompatibles.
Ante la inquietud de Toya, la Tolteca manifestó que ella había tenido la misma impresión cuando los había visto por primera vez, pero Zacarías le había explicado que la cruz nazi en realidad era un símbolo esotérico llamado cruz gamada, y que tenía un doble significado, dependiendo de cómo se utilizase: por el anverso o por el reverso. La cruz, tal como la habían usado los nazis, con sus aspas vistas de frente, si tuviesen movimiento giraría en sentido levógiro, es decir, hacía la izquierda, que significaba destrucción o involución; pero vista por su lado opuesto, también con movimiento, giraría en sentido dextrógiro, es decir hacía la derecha, que significaba desarrollo o evolución. La cruz gamada que aparecía en el libro y que ella había grabado en el retablo era dextrógira, y según Zacarías representaba la evolución. Respecto a la estrella de David, él le había explicado que se trataba de dos triángulos equiláteros enfrentados por uno de sus ángulos, y que un triángulo representaba a la triada divina que descendía y el otro a la humanidad que ascendía.
Mientras la Tolteca hablaba, Renata curiosa como siempre había estado ojeando el otro libro que le había dejado el viejo a Helia. Era un ejemplar de Reinos Perdidos y Claves Secretas, de Juan Parellada de Cardellac editado en 1979 por Plaza & Janes, S.A… De pronto, con voz excitada dijo:
— ¡Miren esto! En el índice de este libro están subrayadas dos páginas capicúa, la 111 y la 191… El libro tiene una dedicatoria para Andy firmada por Ulrika E. en Lisboa en febrero de 1981: “Para mi gran amigo Andy: en la seguridad de que las revelaciones de esta obra le serán muy útiles en su proceso de despertar a la conciencia trascendente. Un estrecho abrazo, un beso y mis felicitaciones por su cumpleaños. Con amor imperecedero, Ulrika E.”.
La Tolteca cogió el libro con la dedicatoria y comenzó a revisarlo. Rápidamente captó que sus hojas, un tanto amarillentas, tenían impresa la huella de Andy, con subrayados y notas marginales, escritas en tinta verde de su puño y letra. La primera de estas anotaciones la encontró después del prólogo en la página 17, que solamente contenía el título del capítulo I: El Gobierno Oculto del Mundo. Debajo, con letra perfectamente legible, el viejo había escrito: “La CÁBALA es el CABALLO, emblema de la Atlántida. Es la ciencia reunida por los últimos sabios del continente perdido para perpetuar la tradición”. Cuando la Tolteca leyó en voz alta la anotación anterior, a las tres mujeres les pareció que podría haber otra coincidencia con la pista que Mara había descubierto en el dibujo ecuestre que había pintado Andy.

* * *

Mientras esperaban la llegada del resto de invitados, Toya, León, Ricardo y Renata, por sugerencia de esta última que había participado en sesiones sinécticas dirigidas por su hermano, adecuaron la sala agregando dos poltronas y varios cojines para que los doce participantes estuviesen cómodos, encendieron la chimenea, seleccionaron varios discos con música clásica y tango instrumental, prepararon un cóctel suave y alistaron un papelógrafo, que seguramente utilizaría Genaro como coordinador…
Cuando todo estaba listo llegó Simón Camelo, uno de los tangueros, para pedir el favor de que León le duplicara en el computador el CD con los tangos de Gardel que les había dejado el viejo, pues pensaba llevarlo como regalo a unos colegas de la Universidad Nacional, que habían organizado un grupo de baile. León prometió tenérselos para el domingo por la tarde y Simón se marchó agradecido.
La expectativa y la intriga generadas hasta el momento por el enigma en que se había convertido la herencia del viejo influyeron para que a las cinco en punto el grupo estuviera reunido y cómodamente instalado en las poltronas y los cojines alrededor de la chimenea. Genaro asumió su papel como coordinador y comenzó explicando la definición de sinéctica, su origen etimológico y la forma en que su creador, el psicólogo norteamericano William J.J. Gordon, había planteado el uso de analogías y metáforas, así como la manipulación de la definición del problema, mediante técnicas para hacer “lo extraño conocido y lo conocido extraño”.
Indicó que en todo proceso creativo se cumplen cuatro etapas de las cuales dos son conscientes, preparación y verificación, y dos son inconscientes, incubación e iluminación, y estas últimas las realiza el cerebro que no descansa, pues permanentemente, aún durante el sueño, se mantiene activo. Contó la anécdota histórica del invento de la máquina de coser y cómo en un sueño su creador, Isaac Singer, había resuelto el problema surgido con las agujas y el lado por el cual se enhebraban… Con el ánimo de entrar en materia, aprovechó el ejemplo de Singer para recordar cómo el sueño de Renata con las agujas le había ayudado a encontrar la clave para abrir el baúl…
— A mí me parece –dijo Gabriel – que ustedes se están volviendo exageradamente obsesivos y han creado una fábula respecto a un supuesto tesoro. Sinceramente, no creo que el viejo haya decidido dejarnos una herencia en oro, dinero o joyas. Creo que podemos darnos por muy bien servidos con los objetos valiosos que le dejó a cada uno. Respecto al misterio que ustedes han formado con los capicúas y con todas esas pendejadas, para mí no es más que un juego organizado por su mente para divertirse desde la tumba, si es que uno se puede divertir después de muerto… Con mucho gusto le colaboré a Renata para que abriera el baúl y hasta ahí creí que de pronto podía haber un tesoro. Pero ahora veo que no es más que eso, un juego simpático y entretenido. Nada más… Claro que me gusta, me recuerda el “Damero Maldito”, el famoso crucigrama que sacaba El Espectador los domingos, y por eso estoy aquí y seguiré colaborando con ustedes en lo que pueda, pero que quede claro, no creo en tesoros escondidos.
— Respeto tu opinión Gabriel – intervino Uldarico –, pero se me ocurre en este momento, talvez porque tengo fresco el recuento que me hicieron anoche, que puede haber alguna relación entre el ajedrez pintado en el fondo del baúl y el estuche con las fichas de ajedrez que Andy le dejó a León.
En ese momento intervino Genaro intentando encausar la reunión hacia la metodología sinéctica que acababa de explicar:
— Por qué no tratamos de utilizar lo que Gordon llama “Analogía Personal”. Supongamos, respetando la opinión de Gabriel, que sí hay un tesoro y preguntémonos: si yo fuera un tesoro, ¿cómo me sentiría?, ¿dónde me escondería?, ¿qué sería?… Hagamos una ronda, y tú Begonia, por favor anota las respuestas en el papelógrafo.
— Yo sería morrocotas de oro – dijo Antonia.
— Yo también sería oro pero en lingotes – apuntó Ricardo.
— Yo no sería oro, yo sería alhajas – terció Margarita Paz.
— Yo sería obras de arte – dijo Toya…
Cuando Zocco se disponía a dar su opinión, sucedió algo que cambió dramáticamente el rumbo de la reunión: sonó el celular de León… era Pepe Ortega, quien después de haber hecho su transacción recordó el mensaje que había descubierto al amanecer, al cual no había prestado la suficiente atención ocupado, como estuvo, en resolver el problema económico de su padre, y decidió que era hora de transmitirle la información a sus amigos. La extraña consigna Find The Diamonds, vino a resolver, según creyeron todos los asistentes, la inquietud respecto a las características del tesoro y a despejar las dudas sobre su existencia, expresadas por Gabriel. Cuando el alboroto que causó la nueva pieza de información se hubo aplacado, el mismo Gabriel se puso de píe, pidió silencio y dijo:
— Si yo fuera diamantes, me escondería en un juego de ajedrez; y lo digo, tratando de aplicar la definición que dio Genaro de unir “elementos distintos, dispersos, aparentemente inconexos, etc.” y apuesto diez a uno, que si no están en el juego de ajedrez, entonces están en los 64 tubitos de óleo que le dejó el viejo a Antonia…
— Brillante conclusión – intervino Toya… y le pidió a León -, trae el estuche de ajedrez y salgamos de una vez por todas de dudas. Acuérdate que la caja tenía medidas capicúa… Y tú Antonia ve por los tubitos…
Con exasperante parsimonia León abrió el estuche, sacó una por una las sesenta y cuatro piezas, unió las tapas de la caja que conformaban un tablero y como cualquier jugador avezado colocó las piezas en su lugar correspondiente, como para jugar una partida. Entonces se dirigió a Gabriel:
— ¿Por dónde empezarías?
— Por las negras y por el rey – contestó y sin esperar más cogió en sus manos la figura para examinarla –. Después de una minuciosa inspección, pidió una lupa, que rápidamente buscó y le alcanzó Toya.
El ambiente estaba tenso, el silencio sólo era interrumpido por el crepitar de la leña y todos los ojos estaban fijos en las manos de Gabriel, quien con la habilidad del cirujano, introdujo una pequeña lámina metálica, que había extraído del interior de uno de los múltiples bolsillos de su overol, por entre la base y la figura del rey. Presionó ligeramente hacia abajo la base y un leve chasquido, que todos escucharon con la respiración contenida, fue como una señal para que la hábil mano del médico hiciera girar hacia la izquierda el cuerpo del rey, que estaba unido a su base por una rosca. Al destaparlo, apareció una cubierta interior de plomo con la leyenda “AMA – 111”. Con la misma autoridad con que el cirujano reclama un instrumento en la sala de cirugía, se volvió hacia la desconcertada Toya y exigió con la mano derecha extendida: “¡Taladro…!”.
Diez minutos después de la cuidadosa “intervención quirúrgica”, Gabriel exhibió un enorme diamante que había logrado extraer del “intestino grueso” de su majestad, el rey. Dos horas más tarde, las 63 piezas restantes habían sido “operadas”, pero el resultado frustró un tanto la expectativa que creó el que todas las fichas estuviesen marcadas: las negras con “AMA 111” y las blancas con “ALA 777”. En las únicas piezas que había un diamante era en los dos reyes. Después de que terminó la búsqueda, hicieron una pausa para comer un refrigerio y todos quisieron ver, tocar y admirar las valiosas piedras. Anita, bastante conocedora de joyas, apuntó:
— Me atrevería a asegurar que estos dos diamantes, por su pureza, su talla y sus quilates, son diamantes naife, es decir de calidad superior; su valor podría perfectamente ser de 400 o 500 mil dólares cada uno…
La emoción del grupo con el descubrimiento fue indescriptible, y la reunión continuó por un buen rato. Antes de concluirla, hubo un consenso en el sentido de guardar los diamantes en un lugar seguro, al menos hasta que Chacho terminara su labor, si es que podía, y tuviesen la información suficiente para tomar decisiones. Mientras tanto, quedarían guardados en San Sebastián del Bosque en un escondite seguro que sólo conocerían León y Toya. Poco antes de las diez de la noche, Anita se levantó para despedirse y León aprovechó para hacer, antes de que ella partiera, la siguiente advertencia:
— No lo había mencionado, pero mientras Gabriel buscaba los diamantes me llamó Luz Amada y me pidió que fuéramos cautelosos en la forma en que estamos manejando esta situación…
Todos estuvieron de acuerdo en la necesidad de ser prudentes, convencidos de que los diamantes eran apenas una parte y no la totalidad de la herencia. Era necesario continuar las pesquisas después de la llegada de Chacho y su péndulo con testigo para buscar oro.
Esa noche León y Toya leyeron por segunda vez los cuadernos de Andy en busca de nuevas pistas, pero no encontraron nada importante. Después de la lectura, Toya cayó profundamente dormida pero su esposo, totalmente desvelado, decidió entretenerse grabando los discos que le había dejado su amigo… Algo extraño e indefinible llamó la atención del pintor cuando tuvo en sus manos la copia del disco de Simón. Lo comparó con las copias que ellos habían recibido y tras una cuidadosa observación descubrió la diferencia, pues en las copias heredadas se notaba una tonalidad distinta en los matices del negro respecto a la copia de Simón…

1 – MANO A MANO. Gardel/Razzano/ Flores
2 – ALMA EN PENA. Aieta/García Jiménez
3 – CAMINITO. J. Filiberto/G. Coria
4 – LA CUMPARSITA. Matos/Maroni/Contursi
5 – TOMO Y OBLIGO. Gardel/Romero
6 – POR TUS OJOS NEGROS. Gardel/Le Pera
7 – A MEDIA LUZ. Gardel/ Razzano
8 – MALEVAJE. Filiberto/Discépolo
9 – BANDONEON ARRABALERO. Contursi/Deambroggio
10 – DESDEN. Gardel/Batistella
11 – LA ÚLTIMA COPA. Gardel/ Le Pera
12 – MI BUENOS AIRES QUERIDO. Gardel/Le Pera

Al amanecer León finalmente pudo, gracias a su agudeza visual y a su experiencia en el manejo de los matices, particularmente del color negro con el cual había trabajado muchos años en su obra, descifrar un críptico mensaje, que había dejado el viejo sutilmente grabado en la lista con las letras de los tangos del disco de Gardel que recibieron como herencia los tangueros. Una vez detectado el contenido y con la mente llena de interrogantes, lo escribió en una hoja de papel y lo leyó por lo menos diez veces, sin lograr entender por completo su significado, hasta que vencido por el cansancio se quedó dormido… En el papel se podía leer claramente el enigmático mensaje:

AMA – ALA – OCTO – PAZ – MANSIÓN

Espera la próxima semana el capítulo XV
Tabio. Domingo 3 de marzo

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XIII

Por : kapizan
En : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo XIII - Quinto Cuaderno 1942 – 1951, Novelas

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Quinto Cuaderno 1942 – 1951

Los años cuarenta, tanto los míos como los de la historia contemporánea, marcaron un giro sustancial en el desenvolvimiento de la segunda mitad del siglo XX y en el de mi propia vida. En lo que a mí respecta, en esa década viví la traumática experiencia de perder a mi esposa y a mi hijo, conocí una nueva dimensión del odio y volqué toda mi energía hacia la venganza, tuve un reencuentro con Ulrika Erlander mi antigua profesora de tango, viajé por primera vez al continente americano, perseguí a Baltasar Ortega hasta México, estuve en Colombia, me encontré con Rudolf Spengler y juntos buscamos a mi amigo Otto, a quien todos dábamos por muerto, y lo hallamos con otra identidad en la Guajira colombiana.
En lo que respecta al mundo en ese lapso, Alemania, después de haber perdido a los italianos como aliados, fue derrotada y dividida entre los vencedores como un botín de guerra; Japón conoció la devastación atómica y no tuvo más opción que rendirse incondicionalmente; la revolución comunista de Mao triunfó en la China continental; la India logró su emancipación del Reino Unido; el Mahatma Gandhi, gestor de la independencia de la India, fue asesinado por un fanático; el 21 de junio, con el solsticio de verano de 1948, inició, según los astrólogos, la Era de Acuario. Desde entonces, comenzó la disputa por el predominio mundial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, en un largo período que llegó a conocerse como la “Guerra Fría”. Éste resultó ser un escenario ideal para continuar por mi cuenta actividades clandestinas financiadas con mi propio dinero y destinadas a satisfacer mis ansias de retaliación contra todo aquello que sonara o pareciera comunista, por razones que conocerán ustedes mis amigos de Tabio en este relato.
Según lo previsto, en la primera semana de enero del 42 viajé a Lisboa usando mi pasaporte español y me ocupé de inmediato en la tarea encomendada de crear una red de espionaje y contraespionaje que el alto mando consideraba vital, especialmente a partir del ataque japonés a Pearl Harbor que despertó la indignación del pueblo norteamericano, hasta ese entonces indiferente a la guerra europea y reticente a repetir la experiencia de involucrarse en un conflicto al parecer más complejo que la primera guerra mundial, e implicó su participación en la guerra, precisamente en el momento en que Alemania se había comprometido a fondo con la campaña del frente oriental en territorio ruso. El 26 de enero desembarcaron en Belfast, Irlanda del Norte, los primeros soldados norteamericanos que llegaron al Reino Unido, en tanto que los japoneses tomaron, pocos días después, la importante base naval británica en Singapur, capturaron cerca de ciento cuarenta mil prisioneros y dieron un duro golpe estratégico a los aliados, al privarlos de su única escala naval entre Sudáfrica y Hawai. Para marzo, ya habían ocupado Indochina y conquistado además Tailandia, Birmania, Malasia e Indonesia, en una admirable sucesión de victorias militares.
En el resto del año los hechos más importantes que la red de espionaje en Lisboa, para entonces totalmente estructurada, comenzó a registrar con cierta preocupación fueron: el nombramiento en junio del general Eisenhower como comandante en jefe de las fuerzas norteamericanas en Europa, con base en el Reino Unido; la primera derrota importante sufrida por los japoneses en una batalla naval, cerca a las costas de Midway, en la cual fueron hundidos cuatro de sus portaaviones; y la derrota en el Alamein del África Corps, Unidad blindada de élite comandada por Rommel, conocido por amigos, enemigos y neutrales como el “Zorro del desierto”, por parte del octavo ejército británico al mando del general Montgomery.

El estreno de “Casablanca”, película de amor y guerra protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, que llegaría a convertirse en un clásico del cine, coincidió, en enero del 43, con una conferencia en la ciudad marroquí del mismo nombre, en la cual Churchill y Roosevelt acordaron aplazar la invasión a Europa hasta 1944, pero desembarcar tropas conjuntas en Sicilia en el verano de ese año. El 31 de enero, el ejército rojo recuperó gran parte del territorio soviético que habían ocupado las tropas alemanas durante la ofensiva iniciada en el año anterior. El titular del diario colombiano El Tiempo de esa fecha: LOS NAZIS NO SON INVENCIBLES, resume la magnitud del impacto real y psicológico que tuvieron la derrota de los alemanes en Stalingrado, la recuperación de Orel, Belgorod y Jarkov, así como la ruptura del cerco nazi sobre Leningrado, que permitió restablecer las comunicaciones ferroviarias con el interior del país, y la recuperación de Jorosten y Zhitomir en Ucrania, con lo cual en conjunto los soviéticos retomaron las dos terceras partes de su territorio, victoria que significó no sólo un cambio de rumbo en la guerra patria de los rusos, sino en el curso definitivo de la segunda guerra mundial.
El 25 de julio de ese año hubo un cambio dramático en Italia que abrió paso a una guerra civil entre fascistas y comunistas, cuando el Rey Víctor Manuel depuso a Benito Mussolini, como una consecuencia directa del desembarco aliado en Sicilia y del cruento bombardeo sobre Roma que dejó alrededor de dos mil muertos; el general Pietro Badoglio encabezó el nuevo gobierno y Mussolini fue detenido, conducido a la Escuela de Carabineros, y tras un largo recorrido por Gaeta, La Isla de Ponza, La Magdalena, Vigna di Valle y Asergi, frente al funicular del Gran Sasso fue recluido, el 6 de septiembre, en el Gran Hotel del Campo Imperatore situado en la cumbre de la montaña a 2.112 metros de altura.
Esa misma noche redacté y cifré personalmente, debido a la importancia de la información sobre el destino final del depuesto Duce, un mensaje para el alto mando alemán. Posteriormente supe que Hitler había ordenado a Otto Skorzeny, mi amigo de la época de las olimpiadas militares en Berlín, que preparara una operación especial de comandos para rescatar a Mussolini. Para mi sorpresa, el 8 de septiembre un avión privado enviado por el servicio de inteligencia alemán me trasladó a Berlín con órdenes expresas de presentarme ante el comandante Skorzeny. Mi amigo tuvo a bien escogerme como miembro de su unidad especial, en condición de combatiente e intérprete. Cuatro días después de un intenso entrenamiento, participé en esta brillante operación militar que me hizo acreedor a la condecoración “Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro”, con la cual únicamente fuimos distinguidos 463 combatientes durante los seis años que duró la guerra.
Después del rescate, tuve una semana de licencia en Berlín en compañía de Erika y mi hijo, fui condecorado y regresé a Lisboa con la instrucción de dar prioridad, en las labores de inteligencia, a la situación en Italia, especialmente al crecimiento del comunismo y la guerra interna en este país. Al despedirme de Erika y de Karl, tuve el presentimiento de que no volveríamos a vernos nunca más. Entretanto, el nuevo gobierno italiano negoció la paz con Inglaterra y Estados Unidos y el 13 de octubre le declaró la guerra a Alemania. Ante la rendición italiana, las tropas alemanas invadieron el norte y el centro del país; poco después, proclamaron la República de Saló, en la que Mussolini estableció un gobierno fascista, integrado por los hombres que habían votado a su favor la noche en que fue derrocado. Entre el 28 de noviembre y el primero de diciembre de ese año se reunieron en Teherán Stalin, Roosevelt y Churchill, primera vez que los líderes de las potencias aliadas conferenciaban juntos, y acordaron abrir el segundo frente en Europa Occidental a partir del primero de mayo del año siguiente, así como la futura desmembración del territorio alemán y las nuevas fronteras polacas. Confieso que en esa oportunidad, tras analizar la información de inteligencia, consideré por primera vez la posibilidad de que Alemania fuera derrotada; sin embargo, no me atreví a comunicar esta apreciación a mis superiores. Poco antes de la reunión en Teherán, el 26 de noviembre, el gobierno colombiano, presidido por el doctor Alfonso López Pumarejo, declaró el estado de beligerancia con Alemania como consecuencia del hundimiento, diez días antes, de tres goletas inermes con bandera colombiana: la “Resolute”, la “Roamar” y la “Ruby”, que transportaban mercancía y pasajeros, por parte de un submarino alemán, el cual fue hundido por el buque de guerra colombiano A. R. C. Caldas, al mando del Capitán de Fragata Federico Diago. Si menciono este episodio, de relativa poca importancia en el contexto mundial, es debido a que mi amigo Otto formaba parte, como oficial, de la tripulación de este submarino que tenía como misión patrullar las costas del Caribe para interceptar y torpedear las líneas de comunicación marítima de los aliados, teniendo como base Bahía Portete, en la península Guajira. El Teniente de Navío Otto Spengler, junto con los demás miembros de la tripulación, fue registrado como muerto en combate y condecorado póstumamente.
La situaciòn en el norte de Italia era bastante compleja a principios de 1944, especialmente al norte en las estribaciones de los Alpes, debido a la intensa y agresiva acción de los partisanos (guerrilleros comunistas) en contra de las tropas alemanas y de las tropas fascistas del gobierno de Saló, que como mencioné presidía Benito Mussolini. Siguiendo instrucciones de mis superiores, viajé con pasaporte sueco y con una fachada como exportador de maderas a Milán, desde donde me desplacé a Pont Canavese, pequeña población alpina que se había convertido, con el apoyo de sus habitantes, en refugio del “Diablo Rojo”, hábil y escurridizo jefe de un peligroso grupo de partisanos que estaba causando estragos a nuestras tropas en la zona. Los detalles de la operación de inteligencia que realicé en esa época no tienen ninguna importancia hoy en día; lo verdaderamente importante para mí fue, y de esto sólo me percaté cuando llegué a vivir a Tabio cuarenta y ocho años después, haber conocido a Giussepe Battiani, el abuelo paterno de nuestro gran amigo Zocco. Vuelvo y repito, mis amigos, nada es casual… pues las relaciones, breves o prolongadas que tenemos con otros seres humanos, se remontan a la urdimbre de nuestra preexistencia. Giuseppe era un hombre bonachón, de baja estatura, complexión robusta y ojos azules vivarachos e inquietos, que podría tener cuarenta o cuarenta y cinco años. Había nacido en Pont Canavese en medio de una familia de comunistas convencidos y beligerantes que, o eran partisanos, o apoyaban a éstos en todo sentido; sin embargo, la política le fue indiferente a Giuseppe, quien sólo tenía dos pasiones en la vida: los motores de pistón, vibrando entre sus manos al volante de cualquier vehículo, y el vino rojo que bebía en cantidades navegables, mientras dialogaba con quien estuviese dispuesto a compartir su mesa y a escuchar sus historias. En una oportunidad, cuando nos extraviamos en la vía, no tuvo ningún inconveniente en virar hacía la derecha para continuar a campo traviesa y responder, ante mi sorpresa, mientras sonreía y se golpeaba el pecho con su mano derecha: “No se preocupe, que los caminos parten de mi corazón”. Esa frase resume la simplicidad filosófica del buen Giuseppe. Reconozco que desde mi primer encuentro con este pintoresco as del volante, lo convertí en mi conductor en todas las oportunidades en que alquilé su vehículo, pulido siempre con amoroso esmero, no sólo durante la guerra, sino en las ocasiones posteriores en que visité Italia como parte de mis operaciones clandestinas en contra del comunismo; si bien es cierto que me aproveché de su ingenuidad para obtener información valiosa, también lo es que siempre le guardé un sincero y profundo cariño que se renovó y multiplicó después de 1991, cuando lo volví a encontrar en Colombia, dos años antes de que sus restos fuesen enterrados en el cementerio de Fusagasuga.
El miércoles 6 de junio de 1944, que pasaría a la historia en versión cinematográfica como “El día más largo del siglo”, desembarcaron en las costas de Normandía las tropas aliadas que habían cruzado el canal de la mancha en 6.697 navíos, apoyados por 14.600 bombarderos, e integradas por 86 divisiones, con más de 100.000 soldados, precedidos por tropas de paracaidistas que realizaron un ataque vertical en la retaguardia alemana, dando comienzo a la operación ofensiva de mayor envergadura en la historia militar de la humanidad. Nuestros servicios de inteligencia fueron hábilmente engañados por los aliados, que habían efectuado durante varias semanas ataques aéreos contra las comunicaciones alemanas en el norte de Francia y nos convencieron de que el ataque principal se produciría en el paso de Caláis y no en Normandía.
El 20 de julio, mientras los aliados avanzaban sobre París enfrentando una encarnizada defensa de las tropas alemanas, un grupo de oficiales encabezado por Claus Von Stauffenberg y del cual formaba parte el mariscal Rommel perpetró un atentado contra Hitler, colocando un maletín con explosivos en la sala de conferencias de la cancillería, que mató a tres importantes miembros del Estado Mayor. El Führer resultó ileso y los conspiradores fueron ejecutados, excepto Rommel, quien se suicidó meses después, en vez de enfrentarse a un juicio sumario. El 22 de julio, tres días antes de que las fuerzas aliadas recuperaran París, los Maquis (Fuerzas de la resistencia Francesa en territorio ocupado) habían descubierto la sede de la red de inteligencia de monsieur Martell y la dinamitaron durante la noche, dejándola totalmente destruida, con todos sus ocupantes muertos. Quienes no murieron en la explosión fueron rematados a tiros. A la masacre sobrevivieron mi amigo Gastón Tissot y Vicente de Roux, un joven, hijo de padre alemán y madre francesa, que se había incorporado a la red de los Martell desde 1940 y se había destacado por su habilidad como líder creativo, leal y entusiasta. Gastón y Vicente lograron salvarse, pues se encontraban cumpliendo una misión fuera de París, cerca al frente de combate. Por sugerencia de Gastón, decidieron huir hacia España usando la ruta de los contrabandistas, que éste conocía muy bien desde la época de nuestras aventuras, veinte años antes. En Madrid decidieron separarse, Gastón con intenciones de regresar a Berlín para luchar como voluntario, y Vicente, por sugerencia del veterano, viajó a Lisboa provisto de una carta en la cual Gastón me ponía al tanto de la situación: me contaba cómo personalmente había dado sepultura a los esposos Martell, a Adriana la esposa de Otto, a Jacqueline, hermana de esta última, a Honoré y a otros cuatro miembros de la red que nunca llegué a conocer. Por último, me recomendaba a Vicente como un hombre inteligente, sagaz y muy bien entrenado, que en su opinión podría jugar un gran papel como miembro de la red que yo había creado en Lisboa. El tiempo demostraría las capacidades y la lealtad del joven de Roux, quien pronto se convirtió en mi brazo derecho y en mi principal colaborador, en todas las actividades clandestinas que realicé después de la guerra; de hecho, mi primer contacto en Colombia, al llegar a Bogotá a comienzos de 1951, fue Antoine de Roux, su hermano mayor, que se había radicado en Colombia desde 1930, se había casado con una colombiana y como ya habrán podido adivinar, era el padre de mi amigo, el profesor Jorge de Roux, a quién heredé una panoplia que Vicente había logrado llevar a Lisboa como su única pertenencia valiosa, pues representaba el escudo de armas de la familia de su madre francesa.
La liberación de París el 25 de agosto representó, desde mi óptica, el comienzo del fin de la segunda guerra mundial. A partir de entonces en los mapas de situación de inteligencia que a diario revisábamos y actualizábamos cuidadosamente entre Vicente de Roux y yo, era cada vez más claro el cerco que se iba cerrando en torno a Alemania con los norteamericanos y los británicos avanzando desde París hacía la frontera occidental y los rusos hacia la frontera oriental. La situación comenzaba a ser desesperada y las derrotas de los japoneses en el pacífico y de nuestras tropas en los territorios ocupados se sufrían día a día. Una luz de esperanza surgida de la contraofensiva de Las Ardenas ordenada por Hitler como un recurso desesperado por revertir el rumbo de los acontecimientos, se extinguió en enero de 1945 al ser derrotadas nuestras tropas por la superioridad numérica y el eficiente apoyo logístico de los norteamericanos. El efecto demoledor del fracaso en las Ardenas, se acrecentó con el bombardeo indiscriminado de la R. A. F. (Royal Air Force) contra la histórica ciudad de Dresde, antigua capital del reino de Sajonia y a la sazón verdadero símbolo cultural de Alemania por sus excepcionales y valiosos monumentos, que fue arrasada y reducida a escombros con un saldo de más de cien mil civiles muertos y trescientos mil heridos, con lo cual el mariscal británico Arthur Harris quiso probar su doctrina respecto a los ataques contra la población civil: “para anular la voluntad de lucha del enemigo”.
Paradójicamente, en su última carta desde Berlín fechada el 14 de abril, decimocuarto aniversario de mi hijo, Erika me escribió: “…Nuestro amor por Alemania y nuestra voluntad de lucha son ahora más sólidos que nunca. Puedes estar orgulloso de tu hijo Karl, que se incorporó a las Volkssturm para participar en la defensa de Berlín hasta las últimas consecuencias. Por mi parte, continúo como enfermera en el mismo hospital, muy deteriorado por los bombardeos, y al igual que mi hijo estoy dispuesta a entregar la vida por mi patria…”. En efecto, la operación ofensiva estratégica Vístula–Oder, iniciada por la Unión Soviética el 12 de enero del 45 y comandada por el mariscal Iván Konev, avanzaba agresivamente hacia el corazón de Alemania; para el 21 de abril los generales Ribalko y Leliushenko se encontraban a las puertas de Berlín y enfrentaban la heroica resistencia que le oponían los batallones de la Volkssturm… Años más tarde, el propio mariscal Konev escribiría: “…la defensa de Berlín fue encarnizada… allí, chocamos con los batallones de la Volkssturm, compuestos por soldados regulares, viejos y adolescentes, que lloraban, pero que luchaban y quemaban nuestros carros con las granadas faust…”. Para entonces, la situación era caótica, las líneas de comunicación entre Berlín y Lisboa se habían interrumpido, y para mí resultaba evidente que habíamos sido derrotados. Una extraña sensación de impotencia, unida a la incertidumbre por la suerte de mi esposa y mi hijo, fue superada por un odio, que ahora reconozco irracional, contra todos los generales rusos que aparecían en mis archivos de orden de batalla: Konev, Leliushenko, Ribalko, Kúrochkin, Gúsev y muchos más, de quienes juré vengarme. Posteriormente, supe que Erika y mi hijo habían muerto defendiendo Berlín y sus cuerpos fueron enterrados en una fosa común. Destino poco honroso para aquellos valientes que lucharon y perdieron.
En las postrimerías de la guerra, el presidente Roosevelt falleció, el 12 de abril, a causa de una hemorragia cerebral, y fue reemplazado por Harry Truman; Benito Mussolini y su amante Clara Petacci fueron fusilados por un grupo de partisanos al amanecer del 28 de abril; dos días después Adolfo Hitler, su esposa Eva Braun y su ministro de propaganda Joseph Goebbels, se suicidaron en el bunker instalado bajo los jardines de la cancillería; una semana después, el 7 de mayo, Alemania, representada por el Alto Mando, se rindió incondicionalmente a los aliados en una pequeña escuela de Reims en Francia; sin embargo, la guerra continúo en las islas del pacífico, ocupadas por los japoneses, pero terminó catastróficamente con el holocausto atómico de Hiroshima y Nagasaki, ordenado por el presidente Truman, y con la rendición de los nipones a bordo del acorazado Missouri, en la mañana del sábado 5 de septiembre de 1945.

¡El arte de vencer se aprende en las derrotas! Esta frase de Simón Bolívar sólo vine a comprenderla en su profundo significado treinta años después, a pesar de que ya para los años veinte, además de haberla escuchado en boca de monsieur Martell, quien la usó después de la primera guerra mundial y su desastroso resultado para Alemania, con el fin de infundirnos ánimo, la había apuntado en una libreta que pomposamente había titulado “Frases Célebres de Hombres Célebres”. Terminada la guerra, derrotado, desesperado y completamente solo en el mundo, me aferré a la única posibilidad que veía mi mente perturbada: ¡seguir luchando para seguir viviendo! Tal vez por esto, permití que el odio se convirtiera en el motor de mis acciones y mi mente creara una causa justa y un enemigo al cual destruir. Mi entrenamiento, unido a mi veteranía como experto en espionaje y operaciones especiales, me permitieron mantener la oficina que había servido como sede en Lisboa, camuflada como una empresa exportadora, y preservar minuciosos archivos, cuya posesión fue factor clave para emprender mi nueva lucha, con un objetivo claramente definido: “Contribuir con todos los medios disponibles a enfrentar y neutralizar la amenaza comunista a nivel mundial”. Esta definición me condujo a plantear objetivos específicos: el seguimiento y la eliminación de agentes comunistas, entre los cuales encabezaban la lista el Capitán Baltasar Ortega y los generales rusos que antes mencioné.
Los últimos meses del año 45 y la mitad del 46 los dediqué, con el diligente apoyo de Vicente de Roux, a organizar y clasificar los archivos, con especial énfasis en el kárdex de QUIÉN ES QUIEN, con carpeta individual para cada uno de mis nuevos enemigos; y como segundo paso, a reclutar un equipo de veinticuatro agentes mercenarios, entre los antiguos miembros de los servicios de inteligencia, tanto alemanes como italianos e incluso franceses, británicos y norteamericanos. Su origen y su pasado, al mejor estilo de la legión extranjera, no importaban. Lo valioso para nosotros era su entrenamiento, su experiencia y su posición ideológica en contra del comunismo. El concepto estratégico era muy simple: infiltrar en territorio comunista parejas de agentes, con la misión de conformar pequeños grupos de asalto para ejecutar operaciones especiales y crear una red celular de inteligencia y contrainteligencia. Todo bajo un mando único: ¡Yo! Ahora me suena prepotente, pero en esa época era mi realidad y tenía el suficiente poder económico para hacerlo. No me extenderé narrando los detalles de las innumerables operaciones que realizamos en Europa a lo largo de los siguientes veinte años; sin embargo, fueron muchos los atentados, los secuestros y los asesinatos a sangre fría que se ejecutaron en Rusia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia y otros países de “La Cortina de Hierro” por órdenes mías y en muchos de lo­s cuales participé personalmente. Me horroriza recordarlo, pero siento la necesidad de mencionarlo en este relato como una muestra de los extremos de perversidad e ignominia a los cuales llegué impulsado por el odio: a mediados de 1957 montamos una operación en la cual actué como ejecutor en el asesinato de un general ruso en Budapest; todo iba saliendo según lo planeado, cuando uno de mis hombres encontró debajo de una escalera a una mujer embarazada y a dos niños de nueve y seis años… no tuve ningún reato de conciencia para disparar contra la indefensa familia; mi único interés era preservar la seguridad de la operación sin dejar testigos. Posteriormente supe que se trataba de una joven judía que hacía las veces de ama de llaves del general. Mi nombre clave, “SIGFRID”, llegó a convertirse en el terror de políticos, generales soviéticos retirados, para mí verdaderos criminales de guerra, y en el dolor de cabeza de los servicios de inteligencia en los países comunistas. Jamás fui descubierto. Mi protección y la de la organización clandestina se fundamentaba en una eficiente labor de contrainteligencia en la que se destacaba un complejo sistema criptográfico que usaba como libro de código una versión en alemán del I Ching con cuyo texto habíamos alimentado las máquinas cifradoras que usaban nuestros agentes. Cada una de estas máquinas estaba dotada de un mecanismo electrónico, diseñado por Vicente, para permitir el acceso al sistema mediante la digitación de una contraseña que variaba cada veinticuatro horas; así pues, la contraseña diaria correspondía al nombre de una runa, según el Futhark antiguo, en su versión islandesa. Mi pequeño ejército operó hasta que voluntariamente decidí desmantelarlo en 1976. ¿Por qué?, si no lo han intuido, mis amigos, lo explicaré más adelante. ¿Para qué? Eso ustedes mismos tienen que descubrirlo.

El viernes 26 de julio de 1946 es una fecha que jamás olvidaré. A las diez de la mañana, mientras saboreaba un café en un agradable sitio cercano a la oficina en Lisboa, un pelafustanillo que recorría el sector voceando periódicos y repartiendo volantes con propaganda me entregó uno que me dejó sin aliento cuando leí: “Academia de Danza Argentina. Tango y Milonga. Maestra ULRIKA ERLANDER…”
Media hora después, había recorrido las diez cuadras que separaban mi oficina de la dirección anotada en el volante, había alcanzado a comprar unas flores frescas y una caja de chocolates finos que decidí llevar como presente improvisado para mi amiga Ulrika y me encontraba frente a una enorme puerta de madera pulida, en la cual se leía ACADEMIA ERLANDER – DANZA ARGENTINA. El nombre de la Academia me indujo a preguntarme mentalmente por Armando, pues sus apellidos Santos Soares no aparecían en la placa de bronce bruñido. Una amable recepcionista abrió la puerta y me indicó que la maestra dictaba clase en ese momento, pero se desocuparía en breve. Al presentarme como amigo personal de Ulrika, me permitió observar y escuchar el final de la clase, cómodamente instalado en una poltrona con vista al salón de baile, cuya puerta estaba abierta… La voz grave y sensual de Ulrika se escuchaba en un portugués bastante claro, matizado por su acento extranjero, mientras le hablaba a un grupo de veinte o veintidós estudiantes que formaban un semicírculo y la escuchaban con atención reverencial: “…entonces, deben tener muy claro – decía acompañando sus palabras con ademanes que daban fuerza a sus palabras – que en el tango es fundamental que ninguno en la pareja trate de sobresalir en su interpretación para destacarse con respecto al otro. Para que una danza se vea hermosa y transmita a quien la observa no sólo la estética, sino la profundidad emocional que deben estar experimentando los bailarines en todo momento, es indispensable que exista una auténtica comunicación entre dos espíritus que se funden en un abrazo y se miran directamente a los ojos como una expresión de amor. Y no me refiero al amor pasional exclusivamente, me refiero al amor fraternal cuya carencia ha sido, en mi opinión, la causa de la absurda e irracional guerra que todos nosotros hemos sufrido…”.
Las palabras de Ulrika quedaron grabadas en un rincón de mi mente y salieron a flote cuando escuché, muchos años después en Tabio, una explicación similar por parte de Elsa. En ese momento, mientras ella se dirigía al gramófono para colocar un disco, me embargó una profunda emoción y sentí el irrefrenable impulso de ir a su encuentro y fundirme con su espíritu, como ella lo acababa de explicar, para bailar al compás de Volver, el inolvidable tango inmortalizado por Carlos Gardel que comenzó a sonar cuando Ulrika indicó a sus bailarines: “…hoy para terminar bailemos este tango. Pero pónganle por favor todo el sentimiento…”.
No encuentro palabras para describir lo que significó para ambos ese mágico encuentro… lo cierto es que esa misma noche, poco antes del amanecer, continuábamos hablando, bailando y riendo, como ninguno de los dos lo había hecho en mucho tiempo. En resumen, Armando había fallecido como consecuencia de un cáncer que “se lo llevó de mi lado en dos meses”, de su unión había quedado Ophir, su única hija, para entonces con 18 años y embarazada de su primer hijo… Seis meses después, nació en Estocolmo una hermosa niña a quien llamarían Birguita, la madre de nuestra profesora de tango, Elsa Berggren; a propósito de Ophir, Ulrika expresó su preocupación pues había recibido una carta de su hija indicándole que su gran amor, un violinista ruso de nombre Fedor Belov, había huido de la Unión Soviética y se había refugiado, desde 1940, en Suecia, pues era un pacifista convencido que se negaba a participar en la guerra. El problema era que desde la mañana del 16 de mayo Fedor había salido de su casa y hasta la fecha se desconocía su paradero. Ulrika, que conocía mi experiencia en labores de inteligencia desde la época de los Martell, consideró providencial nuestro encuentro, pues creía que yo era la persona apropiada para ayudarle a localizar a su yerno… Como ustedes supondrán, aproveché la infraestructura de mi nueva organización para buscar a Fedor. Un año después, mis agentes rindieron un reporte definitivo: “Fedor Belov fue capturado en Estocolmo por agentes soviéticos, el 16 de mayo de 1946, al parecer con la anuencia de funcionarios del gobierno sueco, como parte de una operación ordenada por el Kremlin con la misión de perseguir, capturar y detener a todos los ‘traidores que eludieron su responsabilidad de luchar en defensa de la madre patria’… Se pudo comprobar que Fedor Belov fue trasladado a un campo de trabajos forzados en Siberia, en donde falleció el 3 de febrero de 1947…”.
La casona en la cual funcionaba la academia era una sólida construcción de imponente diseño arquitectónico, al estilo francés, de la última década del siglo XIX que había sido heredada por Armando de su abuelo portugués. Al morir su esposo, la casona había quedado en manos de Ulrika, quien desde el final de la guerra la había convertido no sólo en su residencia permanente, sino en la academia de danza que comenzaba a tener una gran aceptación entre los jóvenes de la sociedad portuguesa. A partir de nuestro encuentro, la amistad entre los dos adquirió una dimensión maravillosa. Por esto puedo asegurar hoy en día que el sentimiento más hermoso entre un hombre y una mujer es la amistad sincera y desinteresada, en la cual no existen secretos y se crea un ambiente de complicidad y de aceptación mutua difíciles de lograr y preservar en otro tipo de relación. La confianza que llegamos a sentir el uno con respecto a la lealtad del otro me hizo romper sin temor la regla de oro del espionaje: “Los seres que amas nunca se deben enterar de las actividades que realizas”. Ulrika, a pesar de que no compartía la razón de mis odios, respetó siempre mi autonomía y mantuvo la más absoluta discreción.
El tercer piso de la casona, cómodo, acogedor y cálido, se convirtió para mí en un oasis al cual llegaba siempre al final de alguna operación compleja y peligrosa hubo muchas en los años subsiguientes, en busca de paz, sosiego, mimos y ternura. Desde el comienzo de nuestra relación, me referí siempre a mis breves estadas como el necesario “reposo del guerrero”. En 1976, después de haber sobrevivido a una grave herida, sufrida en circunstancias que detallaré posteriormente, viajé desde Colombia a mi refugio en Lisboa, buscando recuperarme física y moralmente con la ayuda de Ulrika…
Mi amiga no murió. Simplemente en una tibia tarde primaveral, después de compartir una torta y una copa de vino con Ophir y su nieta, cerró sus ojos azules y se quedó dormida para siempre. Era el domingo 13 de mayo de 1988 y Ulrika celebraba su octogésimo-octavo cumpleaños, el mismo que completaba el siglo XX. Diez años después, el miércoles 13 de mayo de 1998, el espíritu de Ulrika seguía vivo como nunca en Lisboa; tengo la certeza del gozo infinito que experimentó su ser eterno desde el Nirvana, ese lugar que no es un lugar, al ver a sus antiguos discípulos participando en la inauguración de la IV Cumbre Mundial del Tango, en la capital portuguesa. Para que vean mis amigos una vez más la prueba de que nada es casual, les contaré que a ese evento asistieron Uldarico Medina y Martha Mejía en representación de la escuela colombiana de tango Piazzolla. Un año después, en España y a través del tango, se conocieron Elsa Berggren y Uldarico, que se quedó por un tiempo aventurando en Europa; el resto de la historia, ustedes ya la conocen…
Vicente de Roux era una caja de sorpresas. No sólo exhibía una gran habilidad como coordinador y planificador de las operaciones clandestinas, realizadas por mis mercenarios detrás de “La Cortina de Hierro”, sino que demostró una impresionante capacidad como hombre de negocios. Nuestra empresa de fachada se convirtió en una próspera y muy rentable multinacional, dedicada a la importación de materias primas y productos agrícolas, café, algodón, arroz y azúcar, entre otros, provenientes de Centro y Sudamérica, y a la exportación hacia el continente americano de productos europeos de diversa índole. Su ejecutoria financiera, perfectamente legal, era impresionante. En cinco años, desde el final de la guerra hasta mediados de 1950, mi capital se había incrementado en más de un 150%. De nuestra empresa omitiré su nombre pues continúa operando igual que antes con un doble propósito, sólo que el propósito encubierto está motivado hoy en día en el amor y no en el odio. La multinacional había logrado un efecto sinérgico muy favorable a nuestras operaciones clandestinas, puesto que nos permitía obtener información y realizar operativos en un marco de completa respetabilidad empresarial. Vicente había establecido empresas filiales en algunos puertos importantes del Atlántico, como Veracruz en México, Colón en Panamá, Barranquilla en Colombia, Maracaibo en Venezuela, Río de Janeiro en Brasil, y Montevideo en Uruguay. En la gestión empresarial de cada sede operaban dos miembros de nuestro grupo mercenario, cuidadosamente seleccionados y entrenados por nosotros, encubiertos siempre como ejecutivos con cargos gerenciales, que en paralelo desempañaban actividades anticomunistas ordenadas por nosotros.
Como recordarán, me había jurado a mí mismo perseguir, encontrar y eliminar con mis propias manos a Baltasar Ortega, el asesino de mi madre. Pues bien, en diciembre de 195O nuestro agente en México envió un mensaje cifrado que me llenó de malévola emoción: “Para Sigfrid de Azteca. Confirmo presencia Baltasar Ortega Ciudad de México. STOP. Encuéntrase bajo vigilancia permanente. STOP. Solicito instrucciones. STOP”.
Cuarenta y ocho horas después, tras cruzar el Atlántico en un vuelo chárter, me encontraba con mi agente en nuestra oficina de Ciudad de México, revisando el minucioso expediente que mis hombres habían completado con toda la información disponible sobre Baltasar Ortega. En síntesis, éste se había exilado en el país, al igual que centenares de españoles republicanos que veían en México un refugio político apropiado, por su afinidad con la ideología del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI), para rumiar su derrota y despotricar contra la dictadura del general Francisco Franco. Baltasar se había casado con una colombiana y tenía un hijo de once años, estaba dedicado a administrar una taberna restaurante, propiedad de un general republicano y un viejo diputado, también españoles y exilados, vivía en una casa de alquiler, cuyo teléfono habían logrado interceptar mis agentes. Satisfecho al comprobar que mi presa estaba cercada, decidí viajar a las playas de Acapulco y tomarme unos días para descansar, mientras elaboraba mentalmente un retorcido plan de venganza.
Al cuarto día, una sorpresiva llamada de mi agente desbarató todos mis planes. Ortega iba camino al puerto de Veracruz en compañía de su familia, en donde al parecer se embarcarían en un buque de pasajeros con destino Barranquilla. Según la información obtenida mediante interceptación telefónica, Ortega viajaba a Colombia con el propósito de visitar a la familia de su esposa. Ordené que me reservaran un pasaje en el mismo barco, y a las 7 de la mañana me encontraba a bordo de un pequeño avión cruzando el territorio mexicano rumbo a Veracruz.
La travesía a bordo del “Rose Mary”, un barco de pasajeros de mediano tamaño y bandera panameña, estaba prevista para tres semanas, desde Veracruz bordeando la península de Yucatán y con escalas en Belice, Panamá y Cartagena antes de llegar a Barranquilla, desde donde el barco regresaría a Europa cruzando el Atlántico. Esto me daba suficiente tiempo para organizar un plan perfecto; sin embargo, el destino me deparaba dos extrañas sorpresas: una frustró mis ansias de venganza personal, pues Baltasar Ortega sufrió un infarto fulminante y falleció mientras dormía en su camarote. La otra, además de inesperada, resultó enormemente grata y me alejó por un tiempo de los planes perversos que había estado fraguando desde mi llegada a México.
Al atracar en Panamá, subieron a bordo algunos pasajeros con destino a Barranquilla; entre ellos, me llamó la atención un joven con el aspecto inconfundible de los monjes Budistas del Tibet: esbelto, cabeza totalmente rapada y ataviado con una túnica azafrán. Lo atípico era su fisonomía caucásica: piel blanca, ojos azules, elevada estatura y complexión atlética. Cuando subió a cubierta, desde donde yo observaba, me miró con cierto sobresalto; enfocó su visión para verificar si era cierto lo que sus ojos veían; al comprobarlo, su expresión mostró regocijo, avanzó hacia mí con andar pausado y cuando estuvimos frente a frente unió sus manos a la altura del pecho, elevó por un instante la mirada al cielo, murmuró unas palabras en un lenguaje exótico, y finalmente, ante mi notorio desconcierto, me habló en Alemán, con acento berlinés.
Rudolf Spengler, el hijo único de mi entrañable amigo Otto, mi ahijado, a quien no veía desde hacía siete años, ciertamente había cambiado mucho. La historia de su transformación era fascinante. En pocas palabras intentaré resumir los hechos más importantes del relato que me hizo en los días que pasamos juntos, a bordo del “Rose Mary” hasta llegar a Barranquilla, en donde decidí desembarcar y unirme al propósito de su viaje a Colombia.
Con la rendición de las tropas alemanas, en Febrero del 43 en Stalingrado, comenzó para el teniente de las S.S., Rudolf Spengler, una verdadera odisea que, como dije, no contaré en detalle, pues sus episodios bien podrían servir para escribir una novela o un guión cinematográfico. Cuando era trasladado como prisionero a un campo de concentración ruso en Siberia, logró huir y llegar a Bombay en la India, tras ocho meses de arduas y dramáticas peripecias para cruzar gran parte del continente asiático. Su intención era embarcarse en algún transporte marítimo que le permitiera alcanzar las costas del Norte de África para buscar alguna unidad alemana a la cual pudiera integrarse, con el propósito de seguir combatiendo. En Bombay, se vio envuelto en una riña callejera, intervino la policía británica, fue detenido y de la noche a la mañana se convirtió en prisionero de guerra por segunda vez, a causa de una cruz gamada que años antes se había hecho tatuar en el pecho a la altura del corazón. Fue conducido al Dehra Dum Pow Camp, frente a las cumbres del Himalaya, de donde nuevamente logró huir hasta llegar completamente exhausto y casi congelado a un Lamasterio en las afueras de la ciudad de Shigatse, en donde los monjes curaron su cuerpo y, según me dijo, purificaron su alma. Allí bajo la orientación de un monje de nombre impronunciable, a quien se refería con admiración y respeto como “Mi Maestro”, abrazó el budismo y se convirtió en el monje que encontré a bordo. En octubre de 1950, tras la invasión China al Tibet, decidió junto con otros monjes huir del país rumbo a la India, desde donde emprendió un viaje a Europa en busca de sus padres. En diciembre de ese año llegó a Berlín y logró establecer la muerte de ambos, en las circunstancias que antes expliqué. Más interesado en el relato de sus aventuras que en sus profundas reflexiones filosóficas, no caí en cuenta de que muchos de sus planteamientos eran en el fondo muy similares a los que en mi niñez me hacía la tía Lulita.
Lo que verdaderamente me sorprendió fue el motivo de su viaje: localizar a su padre, quien, según información proporcionada un mes antes en Berlín por Mathias Pichler, un marinero que había servido con Otto en el mismo submarino, había logrado salvarse milagrosamente del hundimiento, pues se encontraba en tierra, junto con otros cuatro hombres, con la misión de recoger los tambores de combustible y los víveres que unidades logísticas alemanas transportaban periódicamente por vía aérea, para depositarlos en cercanías a Puerto Estrella, con destino a la flota de submarinos alemanes que patrullaban las costas del Caribe.
El marinero le había contado a Rudolf que al final de la guerra él y otros dos marineros rasos habían decidido regresar a Alemania, en tanto que el teniente Spengler y otro miembro de la tripulación, el suboficial Helmut Schenk, habían decidido quedarse en la Guajira colombiana y emprender una nueva vida en el exótico paraje. Pichler, por encargo de Otto, regresó a Europa con una carta y sendas fotografías de Rudolf y Adriana, a quienes no pudo encontrar por las razones que expliqué antes; entonces, envió una carta indicándole a su antiguo jefe que su esposa había muerto en Francia durante la ocupación, según le había informado un tal Gastón Tissot, con quien había trabajado en la remoción de escombros en Berlín, y que su hijo, según informes de la Cruz Roja Internacional, había sido capturado en Rusia, había escapado y se desconocía su paradero.
El encuentro entre Rudolf y Pichler se dio “por esos inescrutables misterios de la vida”, según lo expresara Rudolf con el tono pausado y místico del monje tibetano en que se había convertido: “el 21 de diciembre, en el solsticio de invierno, gracias a una conjunción favorable de los astros y a la buena memoria del veterano marinero que reconoció mis rasgos a pesar de mi túnica y se atrevió a abordarme…”. La carta que le había enviado su padre daba las señas para encontrarlo con la ayuda de los sacerdotes capuchinos que tenían una misión en Nazareth, en la alta Guajira, pequeño poblado cerca a Puerto Estrella…
Después de convencer a Rudolf de que cambiara su túnica por ropas occidentales, pues formábamos una pareja muy conspicua, y con la ayuda de mi agente en Barranquilla, alquilé un pequeño bimotor y volamos directamente a Puerto Estrella. Dos horas después, éramos cordialmente recibidos por el padre Carlo, un viejo soldado italiano de la primera guerra mundial que había encontrado el reposo del guerrero trocando las armas por la cruz y el uniforme por el hábito carmelita de los capuchinos franciscanos. El clérigo dirigía una misión de su comunidad encargada de alfabetizar y evangelizar a los indígenas de la península.
El Padre Carlo, además de conocer personalmente a Otto, lo había casado un año antes con una joven nativa, y nos contó que la pareja vivía en una ranchería en las afueras de El Pájaro, un pequeño pueblo de pescadores a orillas del mar y relativamente cerca a las salinas de Manaure. Fascinados por el embrujo del desierto guajiro, aceptamos la invitación del sacerdote para hacer el recorrido, atravesando la península por una maraña de trochas bordeadas por pequeños arbustos, cactus y cardones que formaban una vegetación escasa pero hermosa, con dirección a la costa, viajando en un pequeño camión de un cuarto de tonelada, que los capuchinos habían recibido como donación del gobierno colombiano, y con la imprescindible guía de un indígena epiayú que había crecido bajo la tutela del padre Carlo.
Así pues, esta tormentosa década terminó para mí con dos semanas inolvidables en compañía de Otto, su hijo, su joven esposa y sus innumerables parientes simpáticos, alegres y parranderos, que hicieron de mi quincuagésimo aniversario una celebración en la que abundaron la música, el whisky de contrabando y la carne de chivo en diferentes variedades de preparación. El encuentro con mi amigo de la infancia fue un verdadero paliativo para las heridas del alma y una refrescante evocación de nuestras aventuras de infancia y juventud con el sabor agridulce de la nostalgia.

Espera la próxima semana el capítulo XIV
Tabio. Sábado 2 de marzo

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XII

Por : kapizan
En : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo XII - Tabio. Viernes 1 de marzo, Novelas

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Tabio. Viernes 1 de marzo

A las siete de la mañana finalmente Mara se quedó profundamente dormida. Tres horas después se despertó completamente despejada y se levantó con una idea fija en la cabeza: llamar a Chacho, a Renata y a Toya para comentarles lo que había descubierto en el dibujo ecuestre que le dejó Andy. En vista de que en el celular de Chacho le respondió el buzón de mensajes, decidió no dejar ninguno y esperar su regreso el domingo en la mañana, para darle personalmente esta nueva pieza de información; llamó entonces a Renata, quien después de escucharla consideró que si el casco de la yegua estaba levantado frente a la puerta de la cabaña, ésa parecía ser una señal para indicarles que el tesoro podría estar en el interior de la misma, pues parecía lógico pensar que ésa fuera la PUERTA que deberían traspasar para encontrar la COSECHA, según la interpretación que Chacho había hecho del mensaje rúnico. Aprovechó la llamada de la joven para invitarla a almorzar en Carambola, en donde podrían reunirse con Toya para alistar la entrega de los paquetes que estaban pendientes y sugerirle que se quedaran para disfrutar por la noche la milonga.
Mientras almorzaban sonó el celular de Mara. Era Chacho desde Barranquilla; ella le contó su último hallazgo: la runa que aparecía en el dibujo de Andy. El joven permaneció un rato en silencio procesando la información. Cuando habló, no dudó al manifestar que el lugar donde deberían pendular era el interior de la cabaña del viejo. Agregó que su regreso estaba previsto para el domingo antes de mediodía; por su parte, creía conveniente que fuesen ellos dos acompañados por Renata y Toya a explorar el interior y los alrededores de la casa. Por último, le pidió a Mara que visitara a Margarita Paz para que le enseñara la barrita de tinta, pues había verificado los ideogramas del cofre Chino heredado a Martina y eran: el 34, que correspondía al Ta Kwang o Gran poder; el 11, que significaba Thai o Prosperidad; y el 43, que era Kwai o Decidir. Recalcó que esos seis dígitos conformaban una cifra capicúa: 341143, y esto le sonaba a pista típica del viejo.
A las cinco de la tarde el grupo, movido por la curiosidad y la expectativa que habían suscitado los acontecimientos relacionados con la herencia de Andy, estaba completo. León golpeó un vaso con una cucharita para llamar la atención, y cuando la hubo obtenido comenzó un recuento de los hechos. Al mencionar los cuadernos que el viejo había dejado destacó: “Toya y yo los hemos leído cuidadosamente y pensamos compartirlos con todos ustedes. Sin embargo, lo más sorprendente ha sido descubrir cómo en diferentes etapas de su vida Andy conoció a muchos de nuestros antepasados; por ejemplo, los bisabuelos de los Bawer en Bilbao España; un tío abuelo de Anita Martell en París durante la primera guerra mundial; la bisabuela de Elsa, una bailarina de tango de origen sueco, con quien tuvo una gran amistad pues fue ella quien le enseñó a bailar tango en los años veinte, en la época en que Carlos Gardel hacía furor con sus interpretaciones en Europa. Esto lo he mencionado porque el recuerdo que ha querido dejarnos a nosotros los tangueros es una copia en CD, para cada uno, de un acetato original de esa época con los mejores tangos de Gardel, y una copia en sepia de una foto tomada en París en 1922, en la cual aparece acompañado por Carlos Gardel, Ulrika Erlander, la bisabuela de Elsa, su esposo Armando, monsieur Martell tío del abuelo de Anita y algunos miembros de la red de espionaje a la cual perteneció Andy, que operó durante la primera y la segunda guerra mundial, pero se mantuvo activa en el período entre las dos guerras…”.
Cuando León terminó de repartir los paquetes, cuidadosamente empacados, a los tangueros, les pidió el favor de que observaran detenidamente las fotografías y escucharan con atención los tangos de Gardel, pues no sería extraño que Andy hubiese escondido algunas pistas en ellos.

* * *

Antonia Cruz, la amiga de Ana Martell, sentía particular inclinación por la pintura; había estudiado en New York manejo del color y figura humana. Talvez, por esto último, el regalo que recibió de Andy: un estuche en madera con una gran variedad de tubitos de óleo, un juego de pinceles de pelo de Marta y una paleta que el viejo había adquirido veinticinco años antes en Belgrado y que apenas había utilizado, la entusiasmó tanto y a todos sus amigos les pareció muy apropiado cuando lo abrió. Contagiada de la ansiedad del grupo por buscar pistas, contó los tubitos, 64, y los pinceles, 8. Entonces comentó: “¿Será casualidad que el viejo haya conseguido el estuche para simbolizar, con cada tubito, los 64 hexagramas del I Ching; y con cada pincel los 8 trigramas básicos?”. León, que como Antonia era un aficionado al libro de las mutaciones, examinó algunos de los tubitos: “Si te fijas bien, Antonia, el estuche pudo haber sido comprado en Belgrado, pero muy claramente dice made in China, y cada tubito está marcado con un ideograma… De todas maneras, esta información me lleva a pensar que en alguna forma, así como Andy nos dejó una pista en sueco, parece empujarnos a buscar una pista en chino”.
A continuación, algunos se acomodaron en las mesas mientras comenzaba la milonga y otros fueron a sus casas y prometieron regresar más tarde.

* * *

Pepe Ortega era un hombre polifacético, que a la sazón trabajaba como profesor universitario dando clases de historia del arte y pintura figurativa; creaba esculturas con materiales acrílicos, metales y madera; tenía una empresa de productos decorativos para el hogar elaborados con diseños propios; estaba organizando un grupo musical que esa noche animaría la milonga; y había sido director de turismo en la casa de la cultura de Tenjo, en donde se había conocido con Zacarías en un seminario dictado por éste, durante el cual comenzó una amistad muy estrecha pues se identificaron, desde su primer encuentro, por su afinidad en dos temas: los caballos y los conocimientos metafísicos que compartían. Por intermedio de Zacarías conoció a Andy, y la misma afinidad hizo que el viejo le tomara particular aprecio.
A las siete de la noche llegó a Carambola Pepe Ortega acompañado por los integrantes del grupo musical. Toya, que estaba pendiente de su llegada, lo llevó aparte, le entregó el reloj y el mechero que Andy le había dejado, junto con una carta cerrada que Pepe prefirió guardar para leerla posteriormente en su casa, y lo puso al tanto de todo lo sucedido.

* * *

Al amanecer, ya en su casa, Pepe Ortega abrió el sobre que le había dejado el viejo y se sobresaltó al encontrar en su interior un cheque de gerencia del Banco de Colombia a su nombre, por ciento cincuenta millones de pesos colombianos, acompañado de la siguiente carta:

Querido Pepe:
Todos en la vida hemos cometido errores, hemos tenido rencores y en algunos casos hemos anidado y cultivado odios. Sé que nunca lo sospechaste, pero hace muchos años se incubó en mi corazón un odio mortal, que en esa época creí justificado, hacia el capitán Baltazar Ortega, tu abuelo paterno. Las razones de este odio las conocerás cuando leas los cuadernos en que he querido resumir mi larga existencia, para que mis amigos de Tabio entendieran un mensaje que quiero reiterar: no importa quién hayas sido, ni lo que hayas hecho en el pasado, ni el daño que hayas infligido a tus semejantes, si en cualquier instante de tu vida tomas la decisión de rectificar, de perdonar y, si es posible, de reparar el daño ocasionado.

Ése es mi caso, ése fue el caso de nuestro común amigo Zacarías, y por esto creo necesario reparar, al menos económicamente, el daño que ocasioné a tu padre al manipular suciamente unos negocios con el propósito de que quedase en la ruina. Hecho éste que en mi ceguera de otra época llegué a ver como la culminación de una venganza de la cual hice objeto al hijo del hombre que más odiaba, tu abuelo, a quien no pude matar con mis propias manos, pues murió repentinamente antes de que mi perversidad lo alcanzara. Con el corazón en la mano, te ruego que me perdones y que hagas llegar esta carta, junto con el dinero, a tu padre.

Sinceramente,

Andy.

Conmocionado, Pepe sólo atinó a servirse un escocés doble que bebió en pequeños sorbos para calmarse, mientras jugueteaba con el reloj Omega, cuyo contacto le transmitía la energía del viejo… Miró la hora, 04:40… En ese instante, su dedo pulgar captó al tacto algo irregular en la tapa posterior del reloj. La miró entonces con detenimiento, la prenda tembló en sus manos, cuando descubrió un mensaje grabado en bajo relieve: ¡Find the diamonds!

Espera la próxima semana el capítulo XIII
Quinto Cuaderno 1942 – 1951

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XI

Por : kapizan
En : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo XI – Tabio. Jueves 28 de febrero, Novelas

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Tabio. Jueves 28 de febrero

El teléfono despertó a Renata, que no había pasado muy buena noche a causa de la frustración de haber encontrado el baúl, contrariando todas las expectativas, completamente vacío. Era Toya, que quería información sobre quiénes eran y cómo localizar algunas de las personas a las cuales debería entregar otras herencias de Andy, pues había decidido tratar de repartir las que pudiese antes de la milonga prevista para el día siguiente, al comienzo de la cual entregarían los paquetes destinados a los tangueros.
Antes de que su amiga le diera los nombres, Renata en tono apesadumbrado le contó los detalles y la decepción que les había producido encontrar el doble fondo vacío con el tablero de ajedrez pirograbado. Toya opinó que el viejo se había propuesto “medirnos la capacidad de aguante”, pero a ella le parecía que el baúl no estaba tan vacío, pues el tablero de ajedrez podría ser una nueva pista. Su conclusión era que tendrían que armarse de paciencia y seguir buscando, pues no dejaba de ser alentador que finalmente hubiesen podido abrir el baúl con las ganzúas y el cabezote en forma de ocho que el viejo le había dejado a Gabriel. Por último, las dos acordaron reunirse a media mañana en casa de Renata.
A las nueve, ambas se sirvieron un café negro, Toya encendió un cigarrillo y Renata un tanto más animada fue directamente al grano:
— Ahora sí, dime los nombres de los que no conoces.
— Tengo a Cesar Augusto (Chacho) Correa. ¿Lo conoces?
— Claro que conozco a Chacho, es todo un personaje – respondió Renata–: tiene veintiocho o veintinueve años y a pesar de la diferencia de edad con Zacarías llegó a ser uno de sus mejores amigos…
Le contó que su hermano lo había conocido cuando el muchacho tenía veintiún años y que desde el primer momento había quedado sorprendido por su inteligencia, su madurez y sus conocimientos sobre temas esotéricos; era soltero, muy simpático, poseía muchas habilidades especialmente en todo lo que tenía que ver con computadoras. Además era excelente jinete, sabía pilotear aviones, volaba helicópteros, poseía un conocimiento muy sólido sobre las tradiciones Celtas y dominaba las Runas Vikingas que le había enseñado a interpretar a Zacarías a cambio de que éste le enseñara a interpretar el I Ching. Chacho había sido la última persona que vio con vida a Zacarías.
Cuando Renata concluyó, Toya le preguntó si sabía como localizar a Mara Serrano para entregarle un sobre de manila que Andy le había dejado. Renata marcó un número en el teléfono inalámbrico, habló por espacio de tres minutos, colgó y se volvió sonriente hacia Toya para decirle que Mara había llegado el día anterior de Cali para pasar sus vacaciones en Tabio y que en ese momento estaba en la casa de Chacho, que había llegado el domingo de España y pasarían a la Chichigua a recoger sus herencias. Continuaron revisando la lista que Toya había preparado, que incluía a Jorge de Roux, Felipe Gutiérrez y Helia Zuluaga.
Renata proporcionó la información que tenía sobre Jorge de Roux, un profesor de ascendencia francesa de cincuenta y cinco o cincuenta y ocho años edad, que había sido muy amigo de Zacarías y llevaba cerca de treinta años dedicado a la docencia; era un pedagogo muy erudito que dictaba clases en varias universidades. Sobre Felipe Gutiérrez, le contó que había creado una fundación educativa para capacitar jóvenes como técnicos en informática. Felipe era un hombre de baja estatura y muy cordial, tenía cuarenta y cinco años y estaba casado con Judith, una mujer quince años más joven que él y especialista en informática; tenían dos hijos, Jacobo y Marcos.
El ruido de un vehículo que estacionó a pocos metros de “La Chichigua” interrumpió a Renata, que se asomó por la ventana para ver quién había llegado. Eran Chacho y Mara. En esta oportunidad fue Toya quien se hizo cargo de relatar a los recién llegados todo lo sucedido, desde la muerte de Andy hasta la decepcionante apertura del baúl. A Chacho le pareció que el tablero de ajedrez era una pista adicional, y tal vez muy importante, para resolver el misterio; también que en las herencias que faltaban por repartir era muy posible que encontrasen nuevas pistas. Opinó que deberían estar muy atentos a los sueños, pues el sueño con la abuela de Renata había dado la clave para encontrar las ganzúas con las que finalmente abrieron el baúl. Pero en realidad, lo que más le tenía intrigado era el asunto de los Mercedes Benz. Parecía como si sus misteriosos ocupantes supieran todo sobre ellos o estuvieran guiados, ¿por Andy?, para aparecer en el momento preciso. No creía que fuesen hostiles, más bien todo lo contrario creía que pretendían ayudarles, guardando cierta distancia, como si estuvieran esperando alguna señal para tomar un contacto más directo con ellos y hacerles algún tipo de planteamiento.
— Lo que me han contado – señaló Mara – es fascinante y precisamente por eso cada vez estoy más curiosa por ver qué nos dejó el viejo a Chacho y a mí.
— A ti te dejó este sobre – dijo Toya mientras lo entregaba a la joven. A continuación, tomó un paquete cuadrado y lo tendió a Chacho.
Mientras Chacho desenvolvía cuidadosamente su paquete, Mara abrió rápidamente el sobre, extrajo una carta y un dibujo hecho con lápiz sobre cartulina dúrex. La composición, que los impresionó a todos por su realismo, mostraba en primer plano a Zacarías en traje de montar con botas altas y cubierto por un sombrero negro de ala ancha, a lomo de Misty, la yegua de Andy, aperada con brida y atalaje de adiestramiento, que aparecía ejecutando un volante con el anterior derecho extendido hacía el frente, la grupa recogida con elegancia y la cabeza completamente en la vertical, gracias al contacto que mantenía su jinete a través de las cuatro riendas, firmemente sostenidas por sus manos enguantadas. Al fondo se apreciaban la cabaña del viejo, el bosque circundante y el majestuoso perfil de la peña de Juaica. Después de que revisaron el dibujo, Mara leyó en voz alta el mensaje que le había dejado el viejo:

“Querida Mara:
Cada año, el día de tu cumpleaños, me pediste que interpretara para ti las Runas Vikingas con recomendaciones para el año siguiente; por esta razón, como no estaré presente en mayo para celebrar tu llegada al cuarto de siglo, decidí sacar cinco runas, una por cada lustro de tu vida, y darte mi interpretación:

THURISAZ – PUERTA:
Te encuentras en la frontera entre el cielo y lo mundano. ¡Atrévete! Despréndete de lo mundano y encontrarás el cielo. Cruza la puerta y conocerás la felicidad. La clave está en tu corazón y es muy simple: AMA.

ANGUZ – SEÑALES:
Percibe las señales de tu proximidad con el infinito. ¡Trasciende! Acepta las señales que Dios despliega a cada instante en tu camino; compréndelas, vívelas, aprende de ellas y descubrirás la verdad que te hará libre.

KANO – APERTURA:
Todo se abre frente a ti. Una luz guía tu camino. ¡La oscuridad quedará atrás! Abre tu corazón al Amor y gozarás la paz, la belleza y la armonía que mereces por ser tal como eres.
WUNJO – ALEGRÍA:
La alegría y la luz gobernarán tu mundo. ¡Regocíjate! Percibe la perfección de tu ser y de la creación. Acepta que eres uno con Dios, uno con tus semejantes y uno con el universo, pues todos somos la misma energía.

JERA – COSECHA:
Recibirás abundante cosecha si decides atender el mensaje de las runas precedentes. ¡Espérala! Pero espérela, con la dulce paciencia que proporciona la certidumbre de haber descubierto el auténtico sendero: EL AMOR.

Amorosamente,

Andy”.
Cuando Mara conmovida terminó de leer su mensaje, el primero que habló fue Chacho para decirles que a él le había dejado su ejemplar personal del I Ching, en una versión en español de Judica Cordiglia, y un péndulo que le había enseñado a usar; pero el texto rúnico de Mara le llevaba a pensar que tenía un mensaje subyacente con algún posible significado en la pesquisa. Expuso tres razones para sustentar su hipótesis: primero, porque ya habían podido comprobar que algunos, no todos, de los objetos heredados habían sido pistas válidas como el baúl de Renata, las ganzúas y el instrumental de Gabriel; segundo, porque lo que acababa de recibir era un péndulo con testigo para buscar oro; y tercero, por el significado que creía haber encontrado en el mensaje que acababa de recibir Mara.
Entonces, estimulado por el creciente interés que denotaba la expresión de las tres mujeres, se atrevió a dar la siguiente interpretación: “En algún sitio hay una PUERTA y debemos estar atentos a las SEÑALES que provendrán de alguna parte… ¿otros objetos heredados?, ¿un sueño? o ¿ayuda de los personajes de los Mercedes Benz? Pienso además que la runa APERTURA podría significar que debemos abrir y traspasar esa puerta para sentir la ALEGRÍA de encontrar por fin la COSECHA; que en este caso sería, como ustedes ya lo han llegado a pensar, un tesoro”.
— Muy interesante – se apresuró a decir Renata – pero ¿en dónde encaja el baúl con el tablero de ajedrez?
En lugar de responderle, Chacho comenzó a medir las dimensiones del cofre que había recibido, valiéndose de un metro metálico que sacó de uno de sus bolsillos. Cuando terminó, soltó una breve carcajada y les dijo bastante eufórico:
— Aquí tenemos otro capicúa: este cofre es perfectamente cuadrado y tiene 11 centímetros por cada lado y 4.4 centímetros de altura; pensando en la pregunta de Renata, encuentro alguna relación entre el tablero de ajedrez, la última runa “COSECHA” y el ideograma del I Ching que aparece tallado en la tapa del cofre con el péndulo. Permítanme les explico – agregó mientras les mostraba el libro del I Ching que había recibido-: acabo de abrir el libro en la página en que Andy dejó la cinta separadora y corresponde al hexagrama 50, que transliterado se lee TING y ha sido denominado “El caldero” en algunas versiones o “La caldera” en otras; en la versión de Cordiglia, el autor explica el significado simbólico de “La caldera” refiriéndose a ella como “símbolo de felicidad y prosperidad, concepto que se une a la cornucopia mediterránea…”. Como pueden ver – continuó Chacho después de cerrar el libro- , las palabras felicidad y prosperidad, son perfectamente congruentes con las palabras alegría y cosecha, que aparecen en el mensaje rúnico que el viejo le dejó a Mara. Por lo tanto, hay una posible relación entre los mensajes y los objetos que recibimos ella y yo. El problema ahora es descubrir dónde debo usar el péndulo para que nos ayude a encontrar “el tesoro” que andamos buscando. Respecto al tablero de ajedrez, recuerdo las palabras de Andy, que en una oportunidad me dijo, poco más o menos, lo siguiente: “Las matemáticas cósmicas son perfectas y la humanidad ha heredado, a través de tradiciones milenarias, una serie de mensajes rúnicos y jeroglíficos, que no todos están en capacidad de identificar e interpretar… Todo en el universo está interconectado y tiene un significado y un propósito definidos; por ejemplo, un tablero de ajedrez tiene 64 cuadrados, 32 blancos y 32 negros, es decir 32 posiciones Yang y 32 posiciones Yin. Lo cual, a mi juicio, muestra una clara relación entre estos dos legados de la tradición ancestral de origen Oriental…”. A donde quiero llegar – completó Chacho- es a la conclusión de que probablemente el tablero de ajedrez pirograbado en el baúl y el hexagrama tallado en el cofre del péndulo son pistas ideadas por el viejo para guiarnos en la solución de este misterio. De todas maneras, esta búsqueda me parece fascinante y me siento motivado por el desafío de llegar hasta el final… Andy, Zacarías y yo dedicamos mucho tiempo a resolver enigmas para los cuales el viejo, como en un juego, nos daba las pistas; él sostenía que en muchas sociedades secretas la solución de enigmas formaba parte de los procesos iniciáticos. Me parece que en alguna forma Andy ha querido ponernos a todos en la tarea de resolver este acertijo.
Cuando Chacho terminó su explicación, Toya propuso que almorzaran en Carambola para continuar la repartición en la tarde. Chacho pidió que antes de almorzar pasaran por la academia de Felipe y Jorge para entregarles sus paquetes, pues estaba ansioso por ver si les proporcionaban nuevas pistas. Comentó que esa noche viajaba a Barranquilla, de donde regresaría el domingo; por ello le gustaría llevar consigo la mayor cantidad posible de pistas para pensar y reflexionar durante el viaje.
Las tres mujeres estuvieron de acuerdo. Toya y Renata se fueron en la camioneta de esta última y Mara se fue con Chacho en el campero de éste. En el camino, Renata comenzó a contarle a Toya lo que sabía respecto a Helia Zuluaga “… Zacarías la llamaba La Princesa Tolteca, debido a su aspecto físico; es una morena broncínea, de pelo lacio y negro, mediana estatura, rasgos aindiados, que sabe mucho sobre las culturas ancestrales de México, Centro y Suramérica; especialmente, en lo que se refiere a la fusión de los Mayas y los Toltecas. Fue muy amiga de mi hermano, en una ocasión le hizo por encargo un retablo tallado con unos símbolos esotéricos y unos hexagramas; que yo heredé cuando él murió”.
Los dos vehículos se detuvieron frente a la academia de informática. Tuvieron la buena fortuna de encontrar a los dos profesores. Medía hora después, Felipe y Jorge estaban completamente enterados de todo y habían recibido sus respectivos paquetes: Jorge una panoplia de madera con dos dagas entrecruzadas debajo de un escudo heráldico dorado, sobre campo de gules con dos leones rampantes, el de la izquierda frente a una Cruz de Malta y el de la derecha frente a una cruz de Lorena. “Otros dos símbolos para tomar en cuenta” se dijo Chacho para sus adentros. Felipe quedó fascinado con su herencia, el ancestro de la informática moderna: un auténtico ábaco, con una inscripción en chino mandarín y en inglés, que tenía grabada en su base una leyenda que denotaba su antigüedad y su origen: “Hecho en Hong Kong. Primer año del dragón. Siglo XIX”. Tradujo en voz alta Felipe, ufanándose de su nueva adquisición. “Tengo que averiguar a qué año corresponde en el calendario gregoriano ese primer año del dragón del siglo XIX… Puede ser otra pista”, pensó Chacho.
Al llegar a Carambola se encontraron con Martina que había recibido el cofre con la barrita de tinta. Chacho, sospechando que podría ser otra pista importante, le pidió a la joven que la trajera para analizarla. Diez minutos después regresó Martina con el pequeño cofre. Era un estuche cuadrado de madera de 11 centímetros de lado, que Chacho verificó con el metro, forrado con un brocado de seda roja que tenía bordadas en toda su extensión pequeñas flores de ocho pétalos primorosamente elaboradas con hilos de oro y plata. En el interior, perfectamente acomodadas en cunas de madera liviana, cubiertas con seda amarilla, venían las piezas de un juego para la escritura china que incluía: un pincel con mango de marfil separado en dos segmentos que se ensamblaban para darle una extensión total de 16 centímetros, desde la punta hasta la cabeza, en la cual había una pequeña cinta roja; una pieza de pedernal negro, en cuyo centro se había tallado un recipiente circular para recoger los restos de tinta escurridos del pincel; una escudilla de porcelana blanca, con el símbolo del Tao dibujado en el fondo y una diminuta cucharilla de cobre para humedecer con agua destilada la barra de tinta y facilitar su dilución en la punta del pincel.
Fue la barra el objeto que atrajo inmediatamente la atención de Chacho, pues sobre su lomo tenía dibujados con trazos dorados cuatro ideogramas del I Ching que se apresuró a dibujar sobre una servilleta de papel con el propósito de verificar posteriormente su significado.
— Estos cuatro ideogramas son del I Ching – dijo Chacho para satisfacer la curiosidad de sus amigos -. Por ahora sólo identifico uno, pues Zacarías lo había mandado tallar en un cuadro de madera que le hizo la Tolteca. Es el hexagrama 34, Ta Kwang, que en algunas versiones del I Ching sus autores han traducido como “Gran poder” o “El poder de lo grande”, y en la versión de Cordiglia aparece como “Gran fuerza”, pero también, según este autor, puede significar “Muy fuerte, Muy robusto, Muy grande, Muy bello, Gran energía…”.
— Espérate un momento Chacho – interrumpió Toya – que se me acaba de ocurrir algo. ¿Se acuerdan ustedes del cofre chino que le regaló Zacarías a la hija de Margarita Paz?, pues en ese cofre venía un juego de caligrafía china y yo recuerdo que la barrita de tinta era muy parecida a ésta, tal vez un poco más grande, pero también tenía unos ideogramas chinos pintados en letras doradas. Valdría la pena compararlos con éstos, para ver qué conclusión puedes sacar tú o de pronto León, que también entiende bastante el I Ching. ¿Te parece?
— ¡Magnífica idea! – respondió Chacho entusiasmado, y mirando su reloj agregó: -pero no creo que alcance a comprobar eso hoy, pues tengo que estar en el aeropuerto a las seis de la tarde.
Cuando salieron del restaurante, Renata sugirió que fueran primero a la casa de la Tolteca. Al llegar a la casa de Helia, las recibió una joven que se presentó como Estela y les dijo que ella había viajado a Ibagué, pero regresaría el sábado en la mañana. Faltaba un cuarto para las cinco de la tarde y Chacho se despidió, pues tenía el tiempo justo para llegar al aeropuerto
Esa noche, Toya le comentó a León sus avances en la repartición de las herencias de Andy. Sólo faltaban, aparte de los tangueros, a quienes se las entregarían al día siguiente en Carambola, Antonia Cruz, la amiga de Anita que vendría a la milonga desde Bogotá, Pepe Ortega, que también asistiría con su grupo musical, y Helia Zuluaga que regresaría de viaje el sábado. Si tenían suerte, todas las herencias de Andy quedarían repartidas antes de la reunión sinéctica. A continuación, Toya le contó lo sucedido en casa de Renata, especialmente las deducciones de Chacho.
Por su parte Mara no podía conciliar el sueño. Una hora antes, completamente relajada después de una ducha caliente, se había puesto a observar con más detenimiento el dibujo ecuestre con la imagen de Zacarías y había descubierto dos cosas: la primera, que debajo de la rúbrica del viejo pudo leer con ayuda de una lupa la palabra SPUR, pista, según el significado encontrado por Ricardo, y la segunda, que en el casco del miembro anterior derecho de Misty, aparecía dibujada una de las runas vikingas que Chacho había identificado como JERA: Cosecha.

Espera la próxima semana el capítulo XII
Tabio. Viernes 1 de marzo

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo X

Por : kapizan
En : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo X - Cuarto Cuaderno 1932 – 1941, Novelas

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Cuarto Cuaderno 1932 – 1941

La celebración en abril de 1932 del primer cumpleaños de nuestro hijo Karl fue todo un acontecimiento. Mi farfar y la abuela viajaron desde Karlstad con la ilusión de conocer a su único bisnieto mi madre y la tía Lulita hicieron lo propio desde Granada; y todos, incluidos Erika y yo, que para esa época vivíamos en un departamento en el centro de París, nos alojamos durante tres semanas en la casa campestre de los Martell, quienes se esmeraron por hacer lo más placentera posible la estancia de mis parientes en Francia. La felicidad de ese encuentro, el orgullo de ver a mi hijo dando sus primeros pasos y balbuceando sus primeras palabras, el amor y la ternura de Erika, me hacían sentir la plenitud de la vida con un presente maravilloso, que me permitía soñar un futuro promisorio para la familia que Erika y yo estábamos formando. Lejos estaba de imaginar las duras pruebas que había de soportar y superar en ésta, mi cuarta década.

A finales de agosto de ese año, en una de sus acostumbradas reuniones para poner al día a los miembros de la red sobre la situación en Alemania, monsieur Martell nos comentó: “…La nación está prácticamente sumida en una guerra civil, con fuertes enfrentamientos armados entre fuerzas paramilitares nacionalistas, como las Secciones de Asalto del Partido Nazi y los Cascos de Acero de los Nacionalistas Alemanes, y fuerzas paramilitares comunistas o de izquierda, como la Liga Roja de Combatientes Comunistas y la Bandera de la República Socialdemócrata. El panorama económico es desolador: la mano de obra, el tesoro más valioso de un pueblo, está virtualmente improductiva con un 30% de desempleados, más de seis millones de personas, y con un 15% de subempleados que trabajan en jornadas reducidas. Los campesinos están prácticamente hipotecados y acorralados por los acreedores y el fisco. La producción bruta ha descendido desde 1929 en un 50%, la producción industrial en un 40%, y los sueldos y salarios en un 25%. El denominador común entre nuestra gente parece ser la pérdida de la fé y la confianza en el futuro de la nación…”.
El tono sombrío en que nos habló monsieur Martell fue matizado por la intervención de su esposa con las siguientes palabras: “Para muchos de nuestros compatriotas, la única luz de esperanza está en el surgimiento del Partido Nacional Socialista, que ha venido ganando espacio político con Adolfo Hitler a la cabeza. Recuerden ustedes que en las elecciones de 1930 el partido Nazi pasó de doce a ciento seis escaños en el Reichstag, y que en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de comienzos de año Hitler obtuvo la segunda más alta votación con un 30% frente al 49.6% de Hindemburg, quien finalmente ganó en la segunda vuelta… y lo más importante – continuó madame Martell con evidente entusiasmo – es que en las elecciones del mes pasado el partido Nazi se convirtió en la fuerza política mayoritaria de Alemania al obtener trece millones de votos que le representaron doscientos tres escaños en el Reichstag. Ante esto, Hindemburg le ofreció la vicepresidencia a Hitler. Pero él no la aceptó. Yo creo que Alemania necesita, en esta época, un líder como él, que ha sabido interpretar el momento histórico actual y proponer un pensamiento político que nuestro pueblo entiende; por ello cada vez lo apoya con más fuerza. A mí me gusta la claridad con que Hitler se refiere al socialismo: ‘¿Para qué necesitamos molestarnos en socializar bancos y fábricas?, socialicemos a los seres humanos. El trabajador alemán quiere una fuerte nación alemana dentro de la cual él tenga un lugar honroso, pero subordinado’. Definitivamente, Hitler es la solución…”. Tal era el ambiente político que percibíamos lo alemanes en esa época.
En las Navidades de 1932, Erika, el niño y yo viajamos a Granada, pues las otras hermanas de mi madre querían conocer a mi esposa y a su sobrino nieto. Para entonces, mi madre estaba colaborando estrechamente con José Antonio Primo de Rivera, el hijo del general que había gobernado el país, cuyo nombre había sido mancillado por los izquierdistas que le habían sucedido en el poder. El joven Primo de Rivera, a quien no había visto desde la época de mi primera comunión, se había convertido en un brillante abogado y se había dedicado a recorrer el país pidiendo el voto de sus compatriotas, con el fin de llegar por la vía de las urnas a ocupar una curul como diputado en las Cortes Españolas, con el propósito de, según sus propias palabras: “Transformarlas desde adentro y limpiar la honra mancillada de mi padre”. La víspera de Navidad, mi madre, que se había trasladado nuevamente a Madrid para apoyar en su campaña al hijo de su antiguo jefe, viajó a Granada en compañía de Primo de Rivera, que pasaría con nosotros las festividades. Pero éstas, a pesar de haber sido muy agradables, tuvieron un triste final: el 2 de enero de 1933, durante la noche, la tía Lulita, mi amada maestra, sufrió un paro respiratorio y amaneció muerta.

Cuando regresamos a París, a comienzos de febrero, nos encontramos con una noticia que tenía muy entusiasmados a los Martell y a todos los miembros de la red: el 30 de enero de 1933, después de sucesivos cambios de canciller, el presidente Hindemburg había nombrado a Hitler como canciller de Alemania. Dos días después había disuelto el parlamento. Una semana más tarde, al calor de unos vinos, Otto y yo consideramos por primera vez la posibilidad de trasladarnos con nuestras familias a Berlín, convencidos de que con Hitler en el poder se iniciaría una nueva etapa de crecimiento y desarrollo para la nación.
En junio de ese año, recibí una carta de mi madre en la cual me comentaba que tenía planeado viajar a Suecia con el fin de pasar el verano en Grimsborg en compañía de los abuelos; además, me sugería que me uniese a ellos, para que el pequeño Karl conociese el maravilloso lugar en el cual yo había pasado mis primeros años, y mis padres la realidad de su amor. Erika, que se entusiasmó con la idea, propuso que invitáramos a Otto con su esposa y su hijo Rudolf. Mi amigo tuvo la feliz ocurrencia de que hiciéramos el recorrido por mar, desde Marsella hasta Göteborg, y desde allí en tren hasta Karlstad. La travesía, en un yate alquilado de bandera griega, fue maravillosa. Muchos años después Rudolf, que a la sazón tenía poco más de tres años, me contaría que ese viaje en barco representaba el recuerdo más claro de su infancia.
Mas la alegría de las vacaciones apenas duró dos semanas. Una tarde de agosto, mientras tomábamos el té, mi farfar se puso repentinamente pálido, intentó ponerse de pié, se llevó la mano derecha al pecho, lanzó un gemido y se desplomó, fulminado por un infarto. La muerte del abuelo fue un golpe devastador para toda la familia, especialmente para la abuela, que desde ese momento entró en profunda depresión, prácticamente dejó de comer y un mes después, sin aspavientos, se extinguió como una lámpara a la cual se le agota el aceite.
Dos semanas después del entierro de la abuela, la víspera de nuestro regreso a Francia, que se efectuaría por la misma ruta marítima, mi madre me llamó aparte y me comunicó su decisión de vender tanto el castillo como la industria maderera, de los cuales éramos herederos legítimos desde la muerte de mi padre. En su opinión, faltando los abuelos, no había quién se encargase de estas propiedades pues consideraba que ni ella desde España, ni yo desde Francia, podríamos atender adecuadamente el castillo y mucho menos el negocio de la madera. Yo estuve de acuerdo.
Durante nuestra permanencia en Karlstad, la situación política en Alemania dio un giro sustancial, pues a raíz de la muerte de Hindemburg el 2 de agosto de ese año, Adolfo Hitler se proclamó Jefe Supremo del Estado Alemán. Ese mismo día, el ejército de la nación le juró obediencia. Sus palabras en esa ocasión marcaron el derrotero que habrían de seguir las tropas alemanas bajo su mando: “…No hay ejército alguno cuyo fin pueda ser él mismo; la finalidad de un ejército se llama servicio a la nación…”. A partir de ese momento, se inició un proceso de modernización del ejército alemán. El pie de fuerza que había sido limitado por el tratado de Versalles a cien mil hombres llegó a representar en la realidad un selecto y muy bien entrenado ejército, en el cual cada soldado raso era equivalente a un suboficial bien capacitado de cualquier otro ejército europeo. Las antiguas secciones de asalto, SA (Sturm Abteirfung), que se habían hecho famosas en las luchas callejeras de los años anteriores, recibieron un entrenamiento especial, y los grupos de protección del partido, SS (Schutz Staffel), originalmente dedicados a la protección de jefes, reuniones y locales, fueron transformadas hasta constituirse en una organización militar, un verdadero ejército paralelo que bajo el nombre de Waffen SS, con un riguroso entrenamiento como tropas de élite, pasaría, en julio de 1934 a órdenes directas de Hitler, reforzado por las S.A. que fueron incorporadas a sus filas como cuerpo subordinado, y convertidas en una fuerza armada, destinada como punta de lanza para la protección del Estado.
Para esa fecha Otto y yo con nuestras respectivas familias ya estábamos viviendo en Berlín, a donde habíamos decidido trasladarnos poco después del triste final de nuestras vacaciones en Suecia; al llegar a la capital, la pena por la pérdida de mi farfar fue atenuada por el gusto de reencontrarme con Lorenz. Una semana después de instalarnos en dos pequeñas casas vecinas en un suburbio de Berlín, Otto se incorporó a la fuerza naval alemana, en donde le reconocieron su rango y fue trasladado a una recién formada unidad de submarinos, en tanto que yo solicité el ingreso a las SS e inicié un despiadado entrenamiento para convertirme en oficial de este selecto cuerpo militar, en el cual fueron muy bien valoradas mi experiencia en la red de espionaje, la facilidad que tenía para los idiomas y mi condición de atleta en óptimas condiciones físicas. Gracias a ello y especialmente a una extensa y muy bien argumentada carta de recomendación de Lorenz, dirigida al coronel Gruber director de la escuela, quien había sido subalterno de mi tutor en el cuartel general alemán durante la guerra, éste hizo una excepción en mi caso, pues sobrepasaba en varios años la edad límite para ser aceptado.
Recién llegado a Berlín, recibí una carta de mi madre en la cual me informaba que un magnate sudafricano, residente en Suiza, había hecho una oferta muy interesante por la compra del castillo y la empresa maderera: dos millones y medio de dólares, representados en diamantes naife certificados, y medio millón adicional en dinero contante y sonante. Su intención era depositar el dinero en una cuenta numerada, y los diamantes en una cajilla de seguridad en un banco suizo. También me contaba que la tía Elvira, la mayor de sus hermanas que en julio de ese año había cumplido ochenta años, estaba gravemente enferma, prácticamente desahuciada por los médicos y posiblemente no llegaría al año siguiente. Con el sentido práctico que siempre exhibió mi madre, me confiaba que al morir su hermana la comunidad a la cual pertenecía Sor Jacinta heredaría la mitad de la fortuna que habían recibido de su padre, el Marqués Saenz de Heredia, y ella la otra mitad. Esto, según sus palabras, significaba que “…cuando yo muera te convertirás en un millonario joven y el futuro de tu familia estará asegurado de por vida, pues al monto de la herencia que recibí de tu padre se le agregará por lo menos el equivalente a un millón y medio de dólares, cifra en la cual calculo que pueden liquidarse los bienes que heredaré de mi hermana…”. Debo reconocer que en ese momento la perspectiva de convertirme en millonario me sedujo. Al fin de cuentas, los años dedicados al contrabando y a la vida disoluta me habían llevado a tener una perspectiva distorsionada respecto al sentido del dinero.
Tanto Otto como yo habíamos asumido nuestras responsabilidades familiares con seriedad, dejando de lado el despilfarro en los placeres mundanos, con lo cual en poco tiempo logramos acumular una pequeña fortuna que nos permitió instalarnos cómodamente en Berlín y tener acceso a muchos lujos que no estaban al alcance del alemán corriente, agobiado por la situación económica del país. Pasarían varias décadas para que la vida me llevase a comprender una gran verdad: ¡es más importante ser que tener! o como decía nuestro amigo Zacarías: “El dinero no puede amarte, la gente sí”.
El pronóstico médico fue acertado y la tía Elvira falleció el primer viernes de noviembre de 1933, después de recibir la comunión y los Santos Óleos en su lecho de enferma en la casona de Granada. Mi madre, que había viajado desde Madrid para pasar los últimos días con su hermana, regresó una semana después de su muerte para apoyar, en la etapa final de su campaña política, al candidato Primo de Rivera, quien finalmente obtuvo en las votaciones del 16 de noviembre una curul como diputado en las Cortes Españolas. “Este trajín –escribiría mi madre- me ayudó enormemente a soportar la pérdida de mi hermana mayor. Ahora estoy dedicada por completo a mecanografiar los contenidos del semanario F.E. (Falange Española), que José Antonio piensa publicar a partir del próximo 7 de diciembre. Estoy verdaderamente admirada con la capacidad intelectual, la claridad política y el valor de este joven para llamar las cosas por su nombre y proponer soluciones a los graves problemas que afronta España bajo este régimen republicano, anticlerical y ateo…”.

Durante el primer semestre de 1934, estuve dedicado al duro entrenamiento militar en la escuela de formación de oficiales de las S.S. En las pocas oportunidades de franquicia, aprovechaba hasta el último momento para disfrutar la amorosa compañía de Erika y gozar, como todo padre, las gracias y las inocentes travesuras de mi hijo. Estos descansos, que nunca se prolongaron más de tres días, concluían siempre con una reconfortante visita a Lorenz, que vivía en un pequeño departamento, a pocas millas de mi casa, en compañía de Hildegard, una robusta y simpática cincuentona que había sido su secretaria en el cuartel general alemán durante la guerra y se había convertido, desde 1920, en su amante, su mejor amiga y últimamente en su enfermera, desde que serios problemas renales y una artritis degenerativa le tenían prácticamente confinado a un sillón; sin embargo, su mente se mantenía lúcida como siempre.
El 20 de julio de ese año tuve el orgullo y la satisfacción de graduarme, con todos los honores, como subteniente de las S.S., en una imponente ceremonia presidida por el Führer, quien personalmente me impuso las insignias de mi rango. En esa fecha, Hitler anunció que, como lo indiqué antes, las Waffen S.S. pasaban directamente bajo sus órdenes, convertidas en un ejército para la defensa del Estado. Dos semanas después de mi graduación, al término de unas relajantes vacaciones que aproveché para viajar a Munich con mi familia, regresé con el objetivo de entrenarme a conciencia para tener una destacada participación en las Olimpiadas Militares previstas para la última semana de agosto. En esas competencias tuve la satisfacción de ganar la medalla de plata en decatlón y de establecer una sólida amistad con el teniente Otto Skorzeny, un gigante simpático, excelente camarada y brillante militar, que obtuvo la medalla de oro en la misma competencia. Años después, a mediados de la guerra, tendría la oportunidad de participar bajo su mando, en la más espectacular operación de comandos de la historia militar moderna: el rescate de Mussolini.
Terminadas las Olimpiadas, quise compartir el orgullo de mi triunfo con Lorenz, pero al llegar a su casa la expresión de tristeza reflejada en los ojos de Hildegard me indicó que algo andaba mal; de tres zancadas subí las escaleras y me precipité en su dormitorio para encontrarme con la imagen demacrada, prácticamente cadavérica, de mi amado maestro. Cuando me senté a su lado, tomé entre mis manos su mano derecha rígida y deformada por la artritis; él abrió sus ojos azules serenos, me miró largamente y con una voz apenas audible me dijo: “Me voy pronto… pero me voy tranquilo y feliz pues veo en ti la realización del sueño de todo maestro: su pupilo habiéndolo superado en todo… Llegarás muy lejos Andy… Que Dios te bendiga…”. Ésas fueron literalmente sus últimas palabras. Minutos después, murió apaciblemente con su mano derecha apretada entre las mías.

Después de mi graduación, fui destinado como oficial instructor en la misma escuela de formación de las S.S. Esto significó que pude dedicar más tiempo a mi familia. Mi hijo Karl y mi ahijado Rudolf asistían al mismo colegio y eran, a pesar de la diferencia de edad, inseparables. Recuerdo que el resto del año 34, todo el 35 y los primeros meses del 36 fueron quizá el periodo más grato y tranquilo de toda mi vida adulta. La situación económica en Alemania comenzaba a recuperarse. El optimismo y la esperanza iban desplazando la falta de fe y la desesperación del pueblo alemán características de los años precedentes. En los Juegos Olímpicos Militares de 1935 gané la medalla de oro, con lo cual obtuve un gran prestigio a nivel nacional, acompañado del reconocimiento y la admiración de mis camaradas.
Durante el mismo periodo, la situación política en España se iba deteriorando paulatinamente y cada vez era más beligerante la polarización ideológica entre izquierdas y derechas. Poco después de su llegada a las Cortes, el diputado Primo de Rivera encabezó la formación de la Falange Española, un movimiento político de derecha con raigambre Católica y con una estructura jerárquica de milicia, por lo pronto desarmada, fundamentada en una concepción ideológica que buscaba revivir las antiguas glorias de España y reformar el Estado de forma tal que estuviese acorde con la historia y la grandeza de la patria. En su postulado filosófico más importante sostenía que: “El hombre tiene una misión de entrega y servicio a la nación que es irrenunciable y sólo puede estar supeditada a Dios”. La Falange fue creciendo aceleradamente gracias al empuje, al entusiasmo y a la claridad conceptual de su fundador, que desde la tribuna pública con una oratoria brillante, o desde las páginas del semanario F.E. con una pluma elegante, movilizó grandes masas de españoles descontentos con el régimen republicano. En febrero de 1934, la Falange se fusionó con las J.O.N.S. (Juntas Ofensivas Nacional Sindicalistas), una organización cuya afinidad política e ideológica, aunque con un enfoque más militar, la convertía en aliada natural de la causa emprendida por Primo de Rivera. En octubre de ese año, en una convención nacional de los dos movimientos políticos, se adoptó para esta alianza el nombre de Falange Española de las J.O.N.S. y se acordó crear ¡ARRIBA!, un semanario que se publicó por primera vez el 21 de marzo de 1935. A partir de este momento la situación interna de España se agravó: pues los movimientos de izquierda crearon frentes populares que se dedicaron a efectuar ataques incendiarios contra iglesias y conventos, a perpetrar atentados y a cometer asesinatos políticos.
En febrero de 1936 Manuel Azaña, candidato del “Frente Popular”, ganó las elecciones presidenciales de la República Española. Un mes después, la Falange fue declarada ilegal por su gobierno, que ordenó la detención en Madrid de su líder José Antonio Primo de Rivera. Desde entonces mi madre, junto con otros dirigentes y miembros de la F.E., pasaron a operar en la clandestinidad, pero manteniendo la comunicación y recibiendo instrucciones de su jefe natural desde la cárcel. José Antonio sería trasladado el 5 de junio a la prisión provincial de Alicante.
Mientras la situación en España se deterioraba a pasos agigantados, Alemania hacía su primera demostración de poderío militar, como un abierto desafío al Tratado de Versalles: al amanecer del 7 de marzo, tropas alemanas ocuparon Renania, región controlada por Francia que aparecía en el mapa, mutilado de Alemania desde el final de la guerra, como “zona prohibida a toda actividad militar alemana”, en una osada acción ordenada por Hitler; nadie sabía cuál podría ser la reacción de Francia e Inglaterra. En 1999, documentándome para poder precisar lugares, fechas y opiniones, encontré la siguiente versión de una nota periodística de la época respecto a la actitud de franceses e ingleses frente a la ocupación de Renania: “…Los políticos franceses desean emprender acciones militares, pero el Estado Mayor pide moderación. Inglaterra ha rogado a Francia que no haga nada hasta que la acción de Hitler no haya sido ‘debidamente estudiada’. Nadie ha respondido por ahora a la provocación. El dictador nazi ha propuesto un nuevo tratado que garantice la paz durante los próximos 25 años; los británicos ven en ello una prueba de sus intenciones pacíficas. Según la prensa, Hitler ‘sólo ha vuelto a ocupar lo que era suyo’…”. El efecto psicológico que esta demostración de audacia tuvo en la moral del pueblo alemán fue inmenso; la credibilidad de Hitler y el apoyo de las masas crecieron como espuma. En mi opinión, desde ese momento los alemanes nos entregamos con entusiasmo, con fe renovada y con disciplina a nuestro Führer.

Bajo el mandato de Azaña, la escalada terrorista en España alcanzó niveles impresionantes; al respecto una nota del semanario ¡ARRIBA! presentaba, en la primera semana de julio, el siguiente balance: “…Desde febrero hasta la fecha, los llamados frentes populares de las izquierdas, actuando como hordas de salvajes, han perpetrado 1287 atentados, 269 asesinatos políticos y han llegado al extremo de su intolerancia y su anticlericalismo al incendiar y destruir, en menos de cuatro meses, 160 lugares sagrados para la fé Católica, como son las iglesias y los conventos (…) Lo más grave en estas inaceptables y desde todo punto de vista repudiables acciones, es que cuentan con el apoyo velado de potencias como los Estados Unidos de Norteamérica, Francia e Inglaterra, que pretenden impedir el fortalecimiento del nacionalismo, pues temen que países como España puedan seguir el ejemplo de Italia con su gobierno fascista o de Alemania con su gobierno nacionalsocialista. Estas potencias, en su miopía, no se han percatado de que el verdadero enemigo de la democracia y el mundo está en el régimen comunista de la Unión Soviética, que actúa tras bambalinas promoviendo en Europa y en los otros continentes la lucha de clases para engendrar el caos y hacer prevalecer su ideología perversa…”.
El 18 de julio de 1936, un grupo de oficiales del ejército español, al mando del general Emilio Mola, se levantó en armas contra el gobierno republicano, presidido por Azaña. ¡La guerra civil española había estallado! Una minoría de las fuerzas militares y la mayoría de la Guardia Civil permanecieron leales al gobierno, pero el resto inició operaciones ofensivas a todo lo largo y ancho del país. La Falange Española de las J.O.N.S, siguiendo instrucciones impartidas desde la cárcel por Primo de Rivera, se unió a los rebeldes e ingresó a los cuarteles para recibir armamento. El general Francisco Franco había volado desde las Islas Canarias hasta Marruecos, en donde asumió el mando de la famosa Legión Extranjera, también conocida como Tercio Español, y recibió el apoyo de los principales jefes marroquíes que le proporcionaron unidades bien equipadas y muy bien entrenadas de combatientes. Alemania e Italia, por solicitud expresa de Franco, suministraron transporte aéreo para la movilización de sus tropas hacia la península, y protección marítima con buques de guerra para facilitar el cruce del estrecho de Gibraltar, ahuyentando los buques republicanos que intentaban interceptar el paso del ejército de Franco.
Los primeros legionarios, a órdenes del comandante Castejón, desembarcaron en Algeciras el 19 de julio y se unieron al general Queipo del Llano, quien con este apoyo conquistó, el 6 de agosto, la importante plaza de Sevilla; ese mismo día, Franco voló hasta allí desde Tetuan. A partir de ese momento comenzaron a llegar a la ciudad, por vía aérea, fuertes contingentes de la legión, soldados del ejército de África y soldados moros nativos. El 7 de agosto, fuerzas de legionarios al mando de los generales Varela y Yagüe tomaron las plazas de Mérida y Almendralejo en la provincia de Badajoz. Cuatro días después, tropas moras y de la Legión traspasaron la Sierra de San Pedro, en un impetuoso avance hacia el Norte, y lograron unirse con las unidades del general Mola que venían descendiendo desde el Norte, después de haber proclamado, el 24 de julio, un gobierno provisional en la ciudad de Burgos, capital de la provincia del mismo nombre, a lo largo de la frontera con Portugal cuyo gobierno, presidido por el dictador civil Antonio de Oliveira Salazar, simpatizaba con la causa rebelde de los generales españoles. En esa forma, quedó conformado el escenario de la guerra: los rebeldes operando en el norte y en el sur del país bajo un comando unificado, con el control de importantes bases como Cádiz, Sevilla y Córdoba, entre otras, en tanto que los republicanos conservaban el dominio de la España central y la costa del Mar Mediterráneo.
A finales de agosto Mola y Franco establecieron su cuartel general en Cáceres. El 4 de septiembre cayó Irún, punto neurálgico en las estribaciones de los Pirineos, en el extremo nororiental de España, encuadrado entre las estribaciones de los Pirineos y el Golfo de Vizcaya en el Mar Cantábrico, en una brillante ofensiva conducida por Varela y Yagüe. Con la toma de Irún se logró cortar el paso de voluntarios internacionalistas de izquierda y de abastecimientos provenientes de Francia a través de los Pirineos con destino a los republicanos. Al día siguiente, las tropas de Varela ocuparon Oropesa y luego Talavera de la Reina en las Riveras del río Tajo, en su avance hacía Madrid; esto produjo la renuncia del gabinete de Azaña, en tanto que los nacionalistas detuvieron el avance para organizar la línea de suministros y Franco tomó la decisión de abandonar la ofensiva sobre Madrid para desviarse y rescatar el Alcázar de Toledo, bajo el mando del coronel Moscardó, quien resistía el asedio de los republicanos y había preferido aceptar que fusilaran a su hijo antes que rendirse. El 20 de septiembre, Varela inició su avance hacia Toledo, que cayó ocho días después tras la liberación del Alcázar. El 6 de octubre se reanudó la marcha hacia Madrid y las tropas de Franco llegaron en noviembre a la ciudad universitaria en las afueras de la capital. Así concluyó la primera fase de la guerra civil, pues con la llegada del invierno debieron suspenderse las operaciones.
El día en que estalló la guerra española, yo me encontraba en Berlín cumpliendo mis funciones como instructor en la escuela de las S.S. y preparándome para las olimpíadas militares de ese año. Intenté comunicarme telefónicamente con mi madre pero fue imposible, y esa misma noche, después de escuchar las noticias que transmitían los despachos internacionales respecto a la situación en la península, fragüé con el apoyo incondicional de Erika un plan para solicitar a mis jefes autorización de viajar a España y unirme a la Falange Española, que apoyaba a los militares sublevados. Obtener permiso del alto mando resultó más fácil de lo que esperaba, pues Alemania no sólo veía con simpatía la sublevación de los militares españoles sino que estaba dispuesta a enviar el apoyo aéreo y naval que el general Franco había solicitado a través de emisarios enviados desde Marruecos el 20 de julio. Así pues, el 5 de agosto volé, en un avión militar alemán, de Berlín a Marruecos, en donde me puse a órdenes del líder nacionalista, quien me recibió muy cordialmente, dado que conocía a mi madre y nuestro parentesco con la familia Primo de Rivera. Al día siguiente viajé a Sevilla, en donde fui asignado a una unidad de la Falange que estaba apoyando al general Queipo del Llano.
En los meses siguientes, tuve oportunidad de participar en múltiples operaciones militares, incluyendo la conquista de Irún y el rescate del Alcázar de Toledo; pude entonces establecer comunicación con mi madre, quien desde la clandestinidad en Madrid y sus alrededores había organizado en compañía de otros lideres de la Falange una “Quinta columna” que ejecutaba operaciones de inteligencia y sabotaje en territorio enemigo. Por esta razón, en noviembre, cuando nuestras tropas llegaron a las afueras de la ciudad universitaria y se suspendieron, el 18 de ese mismo mes, las acciones ofensivas de gran envergadura, solicité y me fue concedida autorización para infiltrarme a través de las líneas republicanas y unirme a la “Quinta columna” nacionalista en Madrid. Dos días después en Alicante fue fusilado José Antonio Primo de Rivera, tras un juicio en el cual asumió su propia defensa. Al respecto mi madre comentaría posteriormente: “La defensa que hizo José Antonio de sí mismo fue brillante, su alegato constituye una verdadera pieza de antología en la oratoria penal y política. De todas maneras fue condenado por un tribunal Ad-Hoc, pese a su apelación que nunca llegó a una segunda instancia, en donde en justicia se hubiese reconocido la contraevidencia del fallo. Al fin de cuentas, la orden del Gobierno Republicano era eliminarlo con visos de legalidad…”.
A comienzos de 1937 ya estaba yo completamente integrado a las operaciones clandestinas de la “Quinta columna”, muchas de las cuales planeamos conjuntamente mi madre y yo desde la sacristía de una iglesia católica abandonada en los suburbios de Madrid, que había sido parcialmente destruida en un incendio perpetrado por los republicanos el año anterior y nos servía como escondite y eventual puesto de mando. En enero, Manuel Azaña trasladó a Valencia la sede del Gobierno Republicano, en un intento por evadir el cerco de los rebeldes sobre la capital; en febrero, los nacionalistas se apoderaron de Málaga y ganaron la batalla del Jarama; en marzo, la de Guadalajara; en abril, la aviación alemana bombardeó la villa Vasca de Guernica; en mayo, con ayuda de los comunistas, el doctor Juan Negrin asumió el gobierno de la república española; el 3 de junio, el general Mola murió en un accidente aéreo, el general Franco asumió el mando de las tropas nacionalistas, y a los pocos días cayó Bilbao en poder de los rebeldes; en julio, se libró la batalla de Brunete; entre agosto y septiembre, los nacionalistas se tomaron Santander y se efectuaron las sangrientas batallas de Belchite y Quinto; en noviembre, seis mil republicanos se rindieron en Gijon; y en diciembre se inició la ofensiva de Teruel. Mientras todo esto sucedía, la “Quinta columna” se había fortalecido y cada vez era mayor la cantidad de operativos exitosos, especialmente en contra de instalaciones y unidades de la guardia civil que apoyaban al régimen republicano. Mi madre resultó ser una excelente coordinadora logística y administradora financiera, que además demostró una gran capacidad para identificar objetivos tácticos y planear con sorprendente habilidad operaciones sencillas pero muy eficaces para destruirlos.
Estoy casi seguro de que para esas fechas, doña Lucia del Pilar García y Saenz de Heredia figuraba en los archivos de inteligencia de la guardia civil, clasificada como enemiga del régimen, y se había convertido en objetivo militar. Recuerdo sus palabras, el día de mi trigésimo séptimo cumpleaños, cuando le sugerí la conveniencia de viajar a París por un tiempo, pues temía seriamente por su seguridad: “Mis prioridades han sido siempre tres – me contestó en un tono que no permitía réplica y con un brillo de orgullosa convicción en la mirada de sus ojos negros -: ¡Dios, Patria y Familia! En ese orden. Por tanto – agregó, dulcificando la mirada y el tono -, mi seguridad la provee Dios, y si he de morir, ¡pues que sea! En ese caso, su voluntad tal vez sería que mi espíritu se uniese al de tu padre y la aceptaré gustosa, con el orgullo de haber entregado la vida por mi Patria, tal como él la entregó por la suya…”.
Que mis temores tenían fundamento quedó trágicamente demostrado el domingo 6 de marzo. Poco después de asistir a una misa celebrada por el padre Fermín Gutiérrez, nuestro capellán, en su residencia (el culto católico había sido prohibido por el gobierno republicano desde su llegada al poder, pero a partir de agosto del 37 autorizó su práctica privada), dos hombres en traje de civil se aproximaron a mi madre por la espalda y descargaron sobre ella seis disparos de revolver calibre 38, causándole la muerte en forma instantánea. Al dolor que me produjo el vil asesinato, se sumó el incontenible deseo de venganza. Dos días después, valiéndome de un informante que la “Quinta columna” había logrado infiltrar en el cuartel general de la Guardia Civil Española, pude establecer el nombre y la descripción de los autores materiales del crimen: dos suboficiales de nombre Jesús Velandia y Gregorio Daza, así como el autor intelectual, el capitán Baltasar Ortega, jefe de inteligencia de la Guardia Civil. Reconozco que a partir de entonces el único sentimiento que mantuvo mi espíritu de lucha fue el odio, y ya no un odio genérico como el que había experimentado antes por los franceses, los ingleses o los italianos, sino un odio individualizado, con nombres y apellidos, que exigía venganza a cualquier precio. Velandia y Daza cayeron en nuestro poder, capturados por una unidad de la “Quinta columna”, y después de un juicio sumario, que yo mismo presidí, fueron fusilados. A Baltazar Ortega, que estaba muy protegido, no fue posible localizarlo pese a mis esfuerzos por hacerlo. Días antes de la caída de Madrid, según me enteraría años después, logró huir a México como exilado político. De hecho, mi llegada a América Latina, finalizada la Segunda Guerra Mundial, estaría motivada por el deseo de encontrar a Baltazar Ortega para eliminarlo con mis propias manos.

Por esas fechas me enteré de que el 14 de marzo Hitler había convertido su Austria natal en una provincia alemana, después de ingresar a Viena, encabezando un imponente desfile militar con gran despliegue de tanques y piezas de artillería, vistiendo el uniforme marrón de sus tropas de asalto. Ante una multitud de entusiastas austriacos, congregada frente al balcón de su hotel, anunció con orgullo: “La nación alemana jamás volverá a desgarrarse”.
La guerra civil española continuó con las operaciones ofensivas de los nacionalistas. En el resto del año 38 se libró la famosa Batalla del Ebro y se inició la ofensiva nacionalista en Cataluña. Entre enero y febrero de 1939 los nacionalistas se apoderaron de Tarragona, ocuparon Barcelona y Gerona antes de entrar a Madrid el 28 de marzo. El primero de abril, el Ejército Republicano se rindió y Franco asumió el poder en Madrid como jefe único del nuevo Gobierno Español. La Guerra Civil Española había concluido con el triunfo total de los nacionalistas, que tres años antes se habían sublevado.

Una semana después, tras recoger los principales recuerdos de mi madre en un baúl marinero que todavía conservo, visité a mi tía Sor Jacinta en su convento de Granada, en donde la madre superiora accedió a guardarlo, regresé a Berlín y recibí órdenes precisas para viajar a París e incorporarme, en mi condición de oficial de las Waffen S.S., a la red de inteligencia de los Martell, que estaba siendo reforzada pues el alto mando alemán necesitaba con urgencia información precisa sobre la capacidad militar francesa, toda vez que se estaban preparando planes para una eventual invasión alemana al territorio francés. Después de unas cortas vacaciones en Berlín en compañía de Erika y Karl, viajé a París en la primera semana de mayo. El reencuentro con monsieur y madame Martell, con Gastón, Honoré y los demás compañeros fue verdaderamente emocionante, la moral del grupo estaba más alta que nunca. El 1 de septiembre de ese año unidades blindadas alemanas, con apoyo de bombarderos Junkers 52 de la Luftwaffe, invadieron Polonia en una exitosa operación de la llamada blitzkrieg o guerra relámpago, y el 3 de septiembre Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania. Comenzaría entonces la Segunda Guerra Mundial, que convertiría en campo de batalla inmensos territorios de Europa, África, Asia y las islas del pacifico, arrasaría ciudades enteras, sepultaría en los océanos miles de buques con sus tripulaciones completas, cobraría cincuenta y dos millones de vidas humanas, y culminaría, 6 años después, con el primer holocausto atómico en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

El 10 de mayo de 1940 Alemania invadió Holanda y Bélgica, continuó su avance hacía el Norte, y tras cruzar el río Mosa logró aislar a las tropas expedicionarias británicas de sus aliados franceses, que se vieron forzadas a emprender la retirada por mar para cruzar el Canal de la Mancha desde Dunquerque, operación en la cual, pese al hostigamiento de la aviación alemana, naves británicas militares y civiles lograron rescatar cerca de trescientos mil soldados entre británicos, franceses y belgas. Con la retirada de los aliados en Dunquerque la resistencia francesa se desplomó, las tropas alemanas entraron victoriosas a París el 14 de junio, y el 22 del mismo mes Francia capituló ante Alemania y la delegación francesa fue obligada a firmar el armisticio en el mismo vagón de tren en el que Alemania había firmado su rendición en noviembre de 1918, al finalizar la Primera Guerra Mundial.
En los meses subsiguientes del año 40 el poderío militar, especialmente las divisiones blindadas y la supremacía aérea de Alemania, se hizo sentir en Europa. En ese período la Luftwaffe ejecutó el bombardeo masivo más impresionante de la historia hasta ese momento, sobre territorio inglés, en lo que más adelante se llamaría “La batalla de Inglaterra”. En septiembre, Japón firmó una alianza militar con Alemania, y junto con Italia, que había declarado la guerra a Francia el 10 de junio, conformaron el eje “Roma–Tokio–Berlín”, al cual se enfrentarían los ejércitos aliados. En febrero de 1941, un cuerpo de ejército al mando del General Erwin Rommel desembarcó en el norte de África para reforzar a sus aliados italianos, dando comienzo a una de las más brillantes operaciones militares en el desierto. El 27 de abril, con la caída de Yugoslavia y la capitulación de Grecia, la región de los Balcanes quedó en poder de Alemania. El 22 de junio, Hitler rompió el tratado secreto de no agresión que había firmado con Stalin en 1939, antes de la invasión a Polonia, e inició la operación “Barba Roja”, una gran ofensiva contra la Unión Soviética que comenzó a frenarse en su avance hacia Moscú con la llegada del crudo invierno a finales de noviembre. Sin lugar a dudas, esta primera fase de la guerra concluyó, el 7 de diciembre de ese año, con el ataque aéreo japonés sobre la flota naval Norteamericana en la bahía de Pearl Harbor; hecho éste que, unido a la invasión de la Unión Soviética, significó un punto de quiebre en el equilibrio estratégico de fuerzas y definió el curso posterior de la guerra.

A comienzos de 1941, poco después de mi cumpleaños, Otto fue destinado con su unidad de submarinos a patrullar las costas del Caribe con misiones de interceptación; su hijo Rudolf, con 17 años, fue aceptado en la Escuela de formación de las S.S., Adriana viajó a Francia para reintegrarse a la red de los Martell, Erika ingresó como enfermera a un hospital militar en Berlín y quedó al cuidado de Karl, en tanto que yo, con 40 años de edad, alejado de mi esposa y de mi hijo, con heridas en el alma por la muerte de mi madre, mis abuelos, mis tías y mi maestro, con el corazón lleno de odio hacia el infame que había ordenado el asesinato de mi madre y con la convicción de que Alemania ganaría la guerra, me encontraba en París diseñando, por orden del alto mando, un plan para crear una red de espionaje y contraespionaje en Lisboa, a donde debería desplazarme en los primeros días del año siguiente.

Espera la próxima semana el capítulo XI
Tabio. Jueves 28 de febrero

Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo IX

Por : kapizan
En : Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi, Capítulo IX - Tabio. Miércoles 27 de febrero, Novelas

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Tabio. Miércoles 27 de febrero

Eufórica por el descubrimiento que creía haber hecho a partir del sueño que tuvo con su abuela, Renata se levantó de un salto, buscó un cofre que le servía como costurero, seleccionó la más larga de las agujas que pudo encontrar y se dirigió a la sala donde reposaba el baúl, mientras pensaba: “creo que el mensaje está claro. Lo único que tengo que hacer es probar si puedo introducir la aguja en uno o en los dos ojos de todas las figuras del planisferio, hasta que encuentre en cuál entra, pues se me ocurre que ocultan un orificio; pero ¿por donde empezar…? ¡ya sé!… voy a empezar por los ojos de Su Majestad…”. El corazón le dio un vuelco, se le aceleró el pulso y la aguja sujeta por los dedos índice y pulgar de la mano derecha casi se le suelta y cae por entre el ojo derecho de la reina, que como lo había supuesto era un orificio diminuto, de diámetro milimétrico, prácticamente invisible. Emocionada por su hallazgo se levantó y fue a la cocina por un vaso de agua para calmar su excitación. Minutos después, más tranquila, pensó en el siguiente paso: verificar si los ojos de los demás personajes y los animales grabados en el mapa también eran orificios; repitió la operación en el ojo izquierdo de la reina para descubrir que era idéntico al derecho. Los otros veintidós pares de ojos no tenían ningún orificio: los ojos de su graciosa y serena majestad Isabel de Castilla eran la puerta de acceso al contenido, cualquiera que éste fuese, escondido por el viejo en el doble fondo del baúl.
Lo primero que hizo Renata fue llamar a su mamá, a quien había mantenido al tanto de todo lo sucedido, y pedirle que bajara hasta su casa lo más pronto posible con todas las agujas que pudiese encontrar; lo segundo, llamar a Ricardo y a Toya para contarles su descubrimiento y decirles que intentaría abrir el doble fondo utilizando agujas de distintas dimensiones; además, siguiendo su intuición, elaboró una lista de todas las personas que habían recibido hasta el momento herencias de Andy, pues consideraba conveniente reunirlos cuanto antes, ojalá ese mismo día, para que todos compartiesen la misma información y pudieran aportar ideas para resolver el misterio. Luego de efectuar las llamadas necesarias para convocar una reunión al medio día en Carambola, Renata se puso a la tarea de introducir agujas por entre los ojos de la imagen de la reina Isabel, manipulándolas con la esperanza de que se activara algún mecanismo que permitiera destapar el doble fondo del baúl; ensayó más de diez agujas de diferentes longitudes, que tuvieran más de cinco centímetros de largo, pues las más pequeñas no permitían llegar hasta el fondo y ser sostenidas al mismo tiempo con los dedos. Después de un rato en que no sucedió nada, llegó a la conclusión de que los diminutos orificios en los ojos de la reina eran la boca de dos cilindros paralelos a lo largo de los cuales se deslizaban las agujas u otro tipo de varillas muy delgadas para evitar que se movieran hacia los lados y facilitar su penetración en alguna especie de guarda, que se imaginaba debería estar instalada al final de los tubitos.
El timbre del teléfono sacó a Renata de su inmersión; era Genaro quien quería pedirle una copia de los textos sobre sinéctica que había escrito Zacarías, para actualizarse antes de la reunión del sábado. Renata aprovechó para contarle la conclusión a la cual había llegado después de hurgar los ojos con las agujas.
— Me parece – terminó diciendo Renata – que tendríamos que encontrar unos alambres rígidos para introducirlos por los orificios de los ojos y presionar hacia abajo para ver si se activa algún mecanismo…
— Lo que debemos buscar no son alambres sino ganzúas, porque si no, ¿para qué crees que los personajes de los Mercedes Benz se tomaron la molestia de pegar en sus parachoques los letreros reflectivos en alemán de los cuales me habló Ricardo? Recuerda que uno significaba pista y el otro ganzúa. A mí me parece que por ahí es la cosa…
— Excelente idea Genaro, nada de raro tendría que en el estuche de ganzúas que el viejo le dejó a Gabriel encontremos las varillitas. Ahora mismo lo llamo para que lleve el estuche a Carambola.

Los convocados a la reunión llegaron puntualmente, sólo faltaron Tamara la hija de Zacarías que estaba estudiando y los hermanos Bawer, que estaban en Bogotá. A las dos en punto, cuando todos se habían puesto al día sobre los últimos acontecimientos, León se levantó y comenzó con estas palabras:
— Hace una semana a esta misma hora, el viejo Andy se fue de este mundo dejando un extraño legado del cual nosotros, y algunas otras personas que todavía no hemos tenido tiempo de localizar, somos herederos; inicialmente parecía que se trataba de la repartición de algunos objetos y efectos personales que el viejo había decidido dejarnos, tomando en cuenta en casi todos los casos nuestros gustos y preferencias; sin embargo, los hechos sucedidos en la última semana nos han llevado a concluir que su herencia posiblemente no está completa pues nos está llevando, en una forma un tanto tortuosa, al encuentro de algo que todavía no puedo precisar…
Terminada la intervención de León, Renata le preguntó a Gabriel por las ganzúas y ante su respuesta le propuso que se tomasen un café y aprovecharan para verlas. El estuche elaborado en piel de napa negra tenía el tamaño y la forma de una portachequera que al abrirse permitía ver en su interior catorce ganzúas de diferentes calibres muy similares a los instrumentos metálicos y delgados, con terminaciones achatadas en la punta, que utilizan los odontólogos. Con sólo verlas Renata identificó una extremadamente delgada, de un milímetro aproximadamente, con su punta aún más angosta y con un cabezote en forma de piñón que no debería de tener más de tres milímetros de diámetro. Gabriel mencionó que en el maletín con instrumental médico heredado de Andy había encontrado una varilla idéntica a la que había llamado la atención de Renata, y a la cual no le encontraba ninguna utilidad, y una pieza metálica rarísima en forma de ocho con un pequeño botón giratorio como el de un radio en la parte superior y dos orificios en los cuales encajaba perfectamente el cabezote de la varilla… Entonces se le ocurrió que si introducían los cabezotes en los dos orificios de la pieza metálica, era probable que al girar el botón se movieran los cabezotes como un engranaje y posiblemente ésa fuese la clave para abrir el doble fondo del baúl. Lo único que faltaba era traer el maletín médico de su casa e intentar abrir el baúl.
Una hora después en La Chichigua Gabriel, ante la mirada ansiosa de Renata, introducía simultáneamente las ganzúas por entre los ojos de la reina, encajaba los cabezotes en los orificios del aparato metálico en forma de ocho y hacía girar el botón hacía la derecha… Un leve “click” fue la señal de que al interior del baúl se había activado algún mecanismo. Lentamente el planisferio, adherido a una delgada placa de aluminio, comenzó a levantarse por sus dos extremos hasta que pudieron ver el interior del doble fondo. Éste era de madera pulida y, aparte de un tablero de ajedrez pirograbado en el centro, estaba vacío.

Espera la próxima semana el capítulo X
Cuarto Cuaderno 1932 – 1941

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