Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo II

Por : kapizan
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Tabio. Miércoles 20 de febrero

Faltaban exactamente once minutos para las dos de la tarde. El viejo Andy se levantó de su silla con movimientos parsimoniosos, extrajo del bolsillo de su chaquetón de pana un paquete de cigarrillos mentolados, un antiguo mechero zippo, y con la calma de quien realiza un ritual tomó un cigarrillo, lo tacó cinco veces contra el vidrio de su reloj Omega, lo encendió, aspiró profundamente y salió del taller de Victoria, envuelto en una nube de humo, encaminándose a la cercana casita de los juguetes con el propósito de despuntar un sueño, conforme a su ya conocida costumbre de echar una siesta cuya duración el viejo calculaba dejando consumir el cigarrillo entre sus dedos, con pulso firme, hasta que el calor de la colilla encendida lo despertaba. Doce minutos después, la ceniza se sostenía como por arte de magia.

Pasados cinco minutos, Toya, como cariñosamente todos llamaban a Victoria, colocó sobre una pequeña mesa la paleta con óleos y los pinceles, retrocedió tres pasos para mirar apreciativamente el enorme paisaje de montaña al cual estaba dando los últimos toques, sonrió satisfecha, y dando media vuelta se dispuso a salir del taller para ir a espiar al viejo Andy, como lo venía haciendo desde que éste había decidido, meses antes, pasar con ellos no sólo los miércoles sino también los sábados y los domingos.
Para su esposo León, también pintor, y para su único hijo Oliver, que a los seis años de edad ya exhibía un trazo firme y una aptitud natural para la creación artística, las visitas del viejo eran todo un acontecimiento. Para empezar, la presencia de Andy había impuesto, sin proponérselo, una rutina y un horario que introducían un cierto ritmo a las actividades del grupo familiar, muy diferente al despreocupado transcurrir de los demás días de la semana; empero, la familia de artistas se preparaba para recibir al viejo y aceptaba amorosamente sus excentricidades.
A las siete en punto de la mañana, tanto miércoles como sábados, con una leve presión de su mano izquierda el viejo detenía el trote de Misty, la yegua alazana a lomo de la cual recorría los siete kilómetros desde su cabaña, en la ladera oriental de la peña de Juaica, hasta San Sebastián del Bosque, en las estribaciones de la serranía de Sué, a cuyos pies se extiende el fértil valle de Tabio y Tenjo. El viejo desmontaba, desatalajaba la yegua, desenrollaba un ronzal, se lo anudaba alrededor del cuello y la conducía a la quebrada, a pocos metros del taller de León, para que abrevara. Después la soltaba en los verdes prados que se extendían al pie de los cerros. A las siete y media se reunía con León, que le tenía preparada una humeante taza de café negro con una cucharadita de azúcar, y se sentaban sobre dos troncos de madera, en la parte posterior de la casa, a charlar mientras fumaban. Toya, que los escuchaba desde la cocina, se ocupaba en preparar un delicioso desayuno con arepas antioqueñas, chocolate, queso campesino y huevos revueltos, que servía a las ocho y cuarto.
Después del desayuno, hacían charla de sobremesa hasta las nueve y a esa hora León y el viejo salían a dar una caminata por los alrededores de la finca hasta las diez de la mañana, en que los dos regresaban y se encerraban en el taller del pintor en donde se enfrascaban en alguna charla en torno al arte. El almuerzo se servía a las doce en punto, y a la una de la tarde Andy se acomodaba en una poltrona en el taller de Toya y le declamaba poemas de autores hispanoamericanos de todas las épocas, mientras ella pintaba sus paisajes.
Poco antes de las dos de la tarde, el viejo se ausentaba para hacer la siesta, regresaba al taller y dedicaba el resto del tiempo a especular sobre temas o preguntas filosóficas que Toya le planteaba, hasta la hora de la comida, que preparaba y servía León, a las siete de la noche. A las cuatro de la tarde se les unía Oliver, que hacía sus tareas escolares con la ayuda de su madre y después se instalaba a pintar en un cuaderno de dibujo con lápices de colores o a moldear pequeñas figuras de animales en plastilina o en arcilla. Los sábados, después de cenar, Andy jugaba un rato con Oliver, le contaba historias o inventaba para él cuentos fantásticos que le narraba sentado en el borde de su cama, hasta que el sueño vencía al niño y el viejo regresaba para conversar con la pareja al calor de la chimenea, hasta la media noche. Los miércoles y los domingos después de cenar, el viejo se despedía, salía de la casa, llamaba con un silbido a la yegua, que acudía presurosa; la ensillaba, montaba y emprendía un ligero trote rumbo a su cabaña.
Esa tarde hacía frío. Un viento helado mecía las copas de los árboles. Las nubes cargadas presagiaban un fuerte aguacero… Toya se puso un ajado chaquetón de cuero y con paso rápido recorrió los treinta metros que separaban su taller de la casita de juguetes, en cuyo interior el viejo había instalado una cómoda poltrona que usaba para sus breves siestas. Frente a la puerta de la casita, echado con indolente pose, dormitaba Gris, el perro sin linaje que se había unido a la familia desde su llegada a San Sebastián; sobre el techo revoloteaba en círculos Da Vinci, el colibrí que había convertido el jardín de León en su paraíso; y embelleciendo el cuadro, cual delicadas pinceladas sobre el alero, una pareja de pájaros cardenales, con sus rojos penachos enhiestos y sus alitas plegadas, entonaba su triste melodía. La escena en el interior de la casita era apacible: Andy reposaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha y el cigarrillo entre los dedos, casi completamente consumido, pero con la ceniza intacta. A los costados del sillón Dalí y Picasso, dos enormes y vigorosos perros labradores, montaban guardia en posición de esfinge.
La escena, que a través de la ventana le pareció a Toya conmovedora y tierna, la completaba Linaza la gata, enroscada en el cuello de Andy, lamiéndole con delicadeza las blancas barbas. “Esto está como para una foto”, se dijo a sí misma y sin pensarlo dos veces, regresó al taller por la cámara. De vuelta en la casita, abrió la puerta sigilosamente, pero no alcanzó a hacer ningún movimiento pues Gris aprovechó el momento, se abalanzó sobre el viejo y le puso las patas delanteras sobre el pecho. El cuerpo de Andy, se movió ligeramente hacia atrás, la ceniza cayó sobre sus piernas, una pequeña libreta, empastada en cuero, rodó de su mano derecha y quedó abierta a sus pies.

Espera la próxima semana el capítulo III
Tabio. Viernes 22 de febrero…

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