Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo III

Por : kapizan
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Tabio. Viernes 22 de febrero

Los funerales de Andy fueron sencillos pero solemnes y muy concurridos. Además de los clientes consuetudinarios de Carambola, la Iglesia parroquial de Tabio colmó sus tres naves con la presencia de centenares de sus habitantes. Campesinos provenientes de las nueve veredas, que habían conocido al viejo en sus recorridos a caballo, querían despedirlo para demostrarle el amor y la confianza que logró inspirarles a lo largo de los diez años que había vivido entre ellos, dispuesto siempre a brindar su ayuda a quien la requiriese, a dar sabios y sensatos consejos, manteniendo siempre en los labios una sonrisa y ofreciendo la limpia y cálida mirada de sus ojos azules y profundos. Todos recordaban su amor por los niños y cómo en las Navidades hacía las delicias de éstos, vistiéndose de Papá Noel para repartir dulces y regalos o divirtiendo a los pequeños con sus bromas, sus juegos y sus cuentos. Nadie sabía el nombre completo, ni los antecedentes, ni siquiera la edad o el lugar de nacimiento del viejo; pero su figura noble y distinguida, su porte elegante, su elevada estatura, muy por encima del metro con ochenta, sus blancos cabellos, su simpatía, su comportamiento amoroso con todos y su evidente sabiduría eran credenciales suficientes para aceptarlo como un gran señor.

* * *

Entre la multitud se confundía un hombre vestido con clergyman gris oscuro que a mitad de la ceremonia avanzó por uno de los pasillos laterales, extrajo de un pequeño maletín una cámara fotográfica y se encaminó a una esquina de la nave lateral derecha, desde donde comenzó a tomar, oculto por unas columnas, una serie de fotografías de las personas que ocupaban las primeras bancas, entre quienes se encontraba la mayoría de los amigos de Andy.

Toya, sentada en primera fila junto con los contertulios de Carambola que se habían convertido en los últimos años en lo más parecido a una familia para el viejo Andy, apretaba entre sus manos la pequeña libreta que había encontrado a los pies del anciano y cuyo contenido, después de leerlo con sorpresa pues iba destinado a ella, no se había atrevido a compartir ni siquiera con su esposo, a quien no pensaba decirle nada hasta no cumplir la última voluntad del viejo, que realizaría esa tarde y tenía que ver con la distribución de sus pertenencias entre sus amigos más cercanos; talvez lo más importante para ella eran seis cuadernos que encontraría en un baúl marinero, en la cabaña de Juaica, en los cuales Andy hacía un relato de su vida. El mensaje de la libreta era tan sorprendente, que su ansiedad por leer los cuadernos aumentaba a cada instante. ¡No era para menos!, desde que conoció al viejo, cuatro años antes, le inspiró no sólo una gran ternura, sino una confianza absoluta; sin embargo, reconocía que le había molestado un poco que Andy hubiera eludido siempre sus preguntas en forma hábil, amable y simpática, pero rodeada de un sutil velo de misterio.
Recordaba por ejemplo, cuando le había preguntado a quemarropa, “Dime una cosa Andy, ¿cuántos años tienes?” y el viejo, evasivo, había contestado: “¿Que cuántos años tengo? La verdad, la pura verdad mi muchachita… ¡muchos!… ¡muchos!… ¡muchos!”; ella un tanto molesta le había replicado: “¿Y se puede saber ¿cuántos años son muchos?” “¡Suficientes! – había respondido Andy sonriente y misterioso –, suficientes para comprender las verdades del cielo…, pero ten paciencia que algún día, más temprano que tarde, lo sabrás”.
Ese día había llegado. Las respuestas estaban todas en la libreta que cayó a los pies de Andy en el momento de su muerte. Lo más sorprendente era su edad, pues las especulaciones al respecto entre sus amigos fluctuaban entre 65 y 75 años. El dato exacto era increíble. Por enésima vez, Toya abrió disimuladamente la libreta y leyó las palabras del viejo escritas con su clásico estilógrafo Parker–21, en tinta verde y con una elegante letra, de rasgos firmes, grandes y perfectamente legibles:

“Mi amada Toya:
Siempre quisiste, con tu adorable curiosidad femenina, saber muchas cosas sobre este viejo y su vida; y siempre eludí las respuestas, diciéndote que tuvieras paciencia. A partir de hoy, sabrás todo sobre mí…”.
Los datos proporcionados por Andy sobre su origen noble, su avanzada edad, su nacionalidad y su lugar de nacimiento en un paraje “…muy similar al que rodea tu casa y en un entorno muy parecido a los paisajes de Tabio. Talvez por eso escogí estas tierras para vivir el reposo del guerrero, en la última década de mi vida, y para abandonar mi cuerpo físico hoy, 20-02 del 2002 a las dos de la tarde, al cumplir exactamente 101 años de edad…”, impresionaron profundamente a Toya y estimularon una curiosa ansiedad por leer el relato completo. Por el momento se contentó con repasar a hurtadillas el resto de la carta.
“Podrás imaginar que un siglo en la vida de un hombre es tiempo suficiente, como te lo dije en una oportunidad, para llegar a comprender lo que el maestro Kung-Fu-Sze (Confucio), llamaba “las verdades del cielo”; también lo es, sobre todo si se ha vivido intensamente, para conocer a profundidad la naturaleza humana; pero por sobre todas las cosas, para enmendar los errores cometidos y rectificar el rumbo de la existencia a partir del auto perdón y del perdón total y sincero a todos aquellos que en alguna oportunidad nos hubiesen herido u ofendido.
Personalmente desperté a la verdad a los 75 años de edad, en circunstancias que conocerás cuando leas el relato de mi vida. Esto no quiere decir que tengamos que esperar tanto tiempo. Los niños vienen al mundo con esa verdad, pero a partir de un amor mal entendido, aunque no mal intencionado, sus mismos padres, sus profesores y la sociedad, comienzan a bloquear su capacidad de amar, infundiéndoles una serie de miedos y despojándolos de la inocencia que trajeron al mundo. Al respecto quiero contarte que Zacarías, a quien conocí como capitán del Ejército colombiano en Maicao a finales de 1975, y no en Carambola como todos ustedes suponen, despertó a la verdad a una edad más temprana; tal vez por eso, abandonó el cuerpo físico a los 55 años de edad.
Ana Martell, quien llegó a ser la mejor amiga y confidente de Zacarías, no sólo conoce en detalle la vida de nuestro amigo sino que, con su autorización, grabó los relatos que él le hiciera. Si Ana decidiese compartirlos, comprobarás cómo su relativamente corta existencia fue turbulenta e intensa como la mía. Yo creo que los dos vivimos sendas historias de amores, de guerras y de muertes; curiosamente, a ambos nos emocionaba la conocida canción de Frank Sinatra, “My way”, pues vivimos, cada uno a su manera, vidas paralelas que se cruzaron en determinado momento para beneficio de los dos, cuando descubrimos que la mejor forma de crecer espiritualmente es a través del servicio amoroso y desinteresado a los demás. Un relato de mi existencia lo encontrarás en seis cuadernos que he dejado junto con mis pertenencias en un baúl a los pies de mi cama. Después de conocer estos dos relatos, descarnados y sinceros, tal vez comprendas a cabalidad que los seres humanos no sólo no deben juzgar sino que no pueden juzgar a los demás. En nuestros respectivos casos, tanto Zacarías como yo ya nos juzgamos, ya nos absolvimos, ya perdonamos a quienes en múltiples oportunidades consideramos nuestros enemigos o agresores, y con base en nuestra voluntad decidimos cambiar, no el mundo sino nuestra forma de ver el mundo, a través del perdón”.

En este punto de su lectura Toya cerró la libreta, pues conocía de memoria la asignación que había hecho Andy de sus pertenencias y la repasó mentalmente mientras miraba de reojo a cada uno de los herederos. Para haber vivido más de cien años, pensaba, el viejo realmente se fue de este mundo ligero de equipaje.

Concluida la ceremonia religiosa el hombre del clergyman gris tomó unas fotos finales del féretro de Andy y sus portadores; guardó la cámara, descendió del atrio por el costado sur y se encaminó por la calle de San Antonio hacia mitad de la cuadra en donde abordó un lujoso Mercedes Benz negro, que emprendió una rauda marcha por la vía a Tenjo, rumbo a Bogotá.

* * *

Carambola, el acogedor café-tertulia–restaurante fundado por Ana Martell a mediados de los años noventa, en la calle de la cajita de música a pocos metros del parque principal de Tabio, era un pequeño local que formaba parte de una casona antigua y se había convertido en el lugar preferido por un grupo de intelectuales, pintores, escultores, poetas, escritores y, entre otros, artesanos que en los últimos años habían huido del atafago de la capital, buscando la tranquilidad que ofrecía este pequeño y apacible municipio, bendecido por una fuente de aguas termales medicinales y cargado de historias y leyendas en torno a la peña de Juaica, imponente mole rocosa que domina el valle de Tabio y Tenjo, antiguo lugar de descanso para los pobladores Muiscas y santuario en el cual habían enterrado a los nobles de sus tribus con todas sus pertenencias.
Desde enero de ese año Ana había alquilado el local contiguo, que había constituido el patio interior de la vieja casona, y lo había convertido en salón de baile, con mesas alrededor y cubierto por una marquesina. Con ello había ganado un excelente espacio para organizar milongas durante los fines de semana.
Entre los clientes de Carambola podían identificarse claramente varias categorías: los turistas, provenientes en gran parte de Bogotá, que acudían los fines de semana en grupos familiares a deleitarse con las exquisitas variedades de comida argentina y uruguaya, preparadas con base en recetas exclusivas de Ana Martell o para apreciar los shows de tango escénico interpretados por bailarines profesionales; las parejas de enamorados o grupos de amigos que se reunían por las tardes a departir mientras degustaban un vino caliente, una cerveza, una taza de té o un café negro; los tangueros, grupo entusiasta del baile del dos por cuatro, que tomaba clases de tango con Elsa Berggren y Uldarico Medina, una pareja de bailarines que, desde su llegada al pueblo dos años antes, había contagiado la fiebre por el tango a casi todos los inmigrantes y a la juventud tabiuna, e improvisaba entretenidas milongas practicando los pasos aprendidos en cada clase; y los clientes consuetudinarios, la mayoría de los cuales, incluyendo al viejo Andy, también se habían integrado al grupo de tangueros, y tenían por costumbre reunirse a tertuliar todas las tardes desde las seis hasta la hora del cierre.

Después de los funerales, Toya le pidió a Anita que convocara al grupo de amigos más cercanos para una reunión en Carambola, con el propósito de leer la última voluntad del viejo Andy. Por su parte, invitó a la reunión a doña Amanda, la madre de Zacarías y a Tamara, única hija del matrimonio de éste con Natasha, que había quedado bajo el cuidado de la abuela desde que aquélla, poco después de la muerte de su esposo, había viajado a Nicaragua para visitar a su familia. Hecho esto, contrató un campero en la cooperativa de transporte local y se dirigió, con cierta ansiedad, a la cabaña del viejo. La tarea fue más fácil de lo que ella creía pues Andy, meticuloso y organizado como siempre, lo había previsto todo para su partida definitiva; los seis cuadernos estaban en el interior del baúl cuidadosamente atados con una cinta y una etiqueta dirigida a su amiga; el resto del contenido del baúl lo conformaban varios paquetes de diversos tamaños, marcados todos con el nombre de sus respectivos destinatarios. Toya decidió que lo mejor era trasladar el baúl a Carambola; entonces con la ayuda del chofer del campero lo embarcó y emprendió la marcha de regreso. A medida que se acercaban al pueblo, Toya comenzó a sentir una extraña sensación de desasosiego que no podía definir. Trató de serenarse visualizando la imagen de Andy, respiró profundo, y de repente se escuchó diciéndose a sí misma: “Lo que pasa, Victoria, es que te crees incapaz de leer en voz alta la libreta del viejo sin que te dé un soponcio; entonces, más bien tranquilízate, ándate primero para tu casa, le cuentas todo a León y le pides que más bien la lea él”. Más tranquila, le indicó al chofer que la llevara a San Sebastián del Bosque.
León, con la calma que lo caracterizaba, leyó detenidamente el contenido de la libreta y sólo dio un respingo cuando llegó a la edad de Andy. Jamás se hubiera imaginando que el viejo fuera tan viejo; le parecía que ciento un años en realidad no eran muchos sino muchísimos. También consideró que no tenía sentido llevar el baúl completo hasta Carambola y que era mejor trasladar únicamente los paquetes que se iban a entregar esa noche. Ante la preocupación de su esposa, la calmó diciéndole que él leería los mensajes. A ella le pareció estupenda la idea, y sacando del baúl el paquete con los seis cuadernos opinó que era mejor leerlos juntos antes de compartirlos con los demás. León estuvo de acuerdo y propuso que al día siguiente llamaran a Renata – hermana menor de Zacarías –, para que recogiese el baúl que Andy le había heredado y el paquete que le había dejado a Ricardo, su esposo.
Mientras León metía los paquetes en una tula de lona, le comentó a su esposa que una de las cosas que más le había sorprendido de la muerte de Andy era la forma en que lo había preparado todo sin que se le hubiese pasado detalle: los regalos perfectamente empacados y seleccionados; la hora de la muerte en plena siesta como para no molestar a nadie; el lugar, la casita de los juguetes, precisamente esa semana en que Oliver estaba de vacaciones en casa de la abuela; y lo más importante para él, la fecha: 20-02-2002, una cifra perfectamente capicúa, como los ciento un años de edad; y lo curioso era que Zacarías, quien tanto hablaba de los capicúas, también había muerto el día 11 del mes 11 del año 1 del tercer milenio, a los cincuenta y cinco años, y la cripta que había comprado para enterrar sus cenizas era la número 44. Los esposos coincidieron en que eran demasiados capicúas juntos.

Ana Martell convocó la reunión para las ocho de la noche, regresó a su casa para alistarse, y a las siete y media ya estaba de vuelta en Carambola, que no abrió ese día sus puertas al público en señal de duelo.
El primero en llegar fue Gabriel Martínez, un enigmático y polifacético médico ortopedista; hombre de pocas palabras y muchos conocimientos, poseedor de una envidiable y enciclopédica erudición, que tímidamente ponía en evidencia resolviendo con pasmosa rapidez cuanto crucigrama, por complejo que fuera, caía en sus manos. Se quitó el casco blanco de motociclista, al tiempo que saludaba a Ana con una de sus escasas pero bien dosificadas sonrisas, ella lo besó levemente en la mejilla y él aceptó de buen agrado su abrazo de bienvenida. Musitó dos o tres palabras ininteligibles, extrajo un bolígrafo del bolsillo superior de su overol, se caló las gafas, tomó el último ejemplar de la revista Semana y sin mediar palabra se concentró en el crucigrama. Diez minutos después, cuando Gabriel tenía pendientes por completar una vertical y dos horizontales, llegaron doña Amanda, viuda de don Lucas Zuluaga, el padre de Zacarías, que llegó en compañía de Tamara única hija de éste.
El tintineo del móvil metálico ubicado frente a la puerta interior de madera y vidrio anunció la llegada de la dueña de El Portal, almacén de antigüedades situado frente a Carambola, Luz Amada Triana, seguida de Juliana Herrera, la hija menor de Ana Martell. Luz Amada vivía en Tabio desde hacía quince años, la mayor parte de los cuales había trabajado para una cooperativa de ahorro y crédito, de la cual llegó a ser gerente local, habiéndose granjeado el aprecio de la comunidad gracias a su sencillez, su don de gentes y su cordialidad. Juliana, hija menor del primer matrimonio de Ana Martell, era una joven actriz de televisión que no pudo asistir a los funerales de Andy a quien amaba como un abuelo, por estar en la grabación de una telenovela en la cual interpretaba, un difícil papel de carácter antagónico.
Pocos minutos después llegó Zocco Battiani, acompañado por dos de sus alumnas en la escuela de teatro que estaba organizando en Tabio, y que habían sido muy cercanas a Zacarías con quien trabajaron como amanuenses en la preparación de una novela y un libro de cuentos que habían quedado sin terminar cuando éste murió. Las dos jóvenes, Martina Leliushenko y Malena Rolz, rondaban los veinte años y eran además discípulas de Elsa y Uldarico en las clases de tango. Zocco Battiani era un veterano actor de teatro y televisión que en su juventud había pertenecido a la guerrilla izquierdista, pero con los años había llegado a la conclusión de que era mejor la tolerancia que el enfrentamiento con ideologías opuestas. Detrás de ellos ingresaron Uldarico Medina y Elsa Berggren.

Cuando la pareja de pintores entró a Carambola, Anita los recibió con un efusivo saludo que diluyó las disculpas por el atraso. Una vez acomodados, León pidió la atención del grupo y con voz pausada les contó que el viejo Andy al momento de morir tenía en sus manos una libreta, empastada en cuero, con hojas amarillas de papel ecológico y un texto escrito a mano, dividido en tres partes: la primera dirigida a Toya; la segunda con mensajes individualizados para sus amigos, en los cuales señalaba el origen de algunas de sus pertenencias como herencia; y la tercera con instrucciones para que León y su esposa entregaran personalmente el resto de sus bártulos a otros amigos, todos residentes en Tabio, algunos que ellos conocían, como Renata y Ricardo, pero otros no, como Carlos Augusto Correa y los hermanos Bawer. En ese punto le interrumpió Martina para explicar que Carlos Correa había sido muy buen amigo de su antiguo jefe, que todos lo conocían como Chacho, que no había acudido al entierro pues estaba fuera del país, y, que talvez regresaría el domingo. Por su parte, Luz Amada Triana manifestó conocer muy bien a los Bawer y se ofreció para acompañarlos cuando decidieran entregarles sus paquetes.
León agradeció a las dos mujeres y prosiguió a leer el mensaje que Andy le había dejado a Toya, pues en su opinión contenía revelaciones sorprendentes. Ana Martell corroboró lo relativo a las grabaciones y a la antigua condición militar de su difunto amigo. León terminó de leer el mensaje para Toya y sin ningún preámbulo comenzó el mensaje del viejo para los amigos congregados esa noche en Carambola:

“Queridos amigos:
Ante todo, debo expresarles mi eterna gratitud por el amor, la confianza y el aprecio que me brindaron en los últimos años de mi larga existencia. Desde la muerte de mi madre, en 1938 durante la Guerra Civil Española, decidí conservar algunas de sus pertenencias valiosas, no tanto por su valor económico como por su valor histórico o sentimental, en un baúl que permaneció guardado en un convento en la ciudad de Granada y en el cual fui agregando con el tiempo algunos objetos de mi propiedad.
En 1991, cuando decidí trasladarme a Tabio por el resto de mis días, lo traje conmigo. Hace dos semanas, que tuve la certidumbre de que mi partida definitiva estaba próxima, pensando en cada uno de ustedes, preparé, para evitar confusiones, paquetes cuyo contenido y origen detallo a continuación: Para Anita Martell, un libro manuscrito de Jean Jacques Martell, famoso cocinero francés, con sus mejores recetas de alta cocina, elaborado entre 1922 y 1926. Sé que en este momento te estarás preguntando si el mismo apellido es una coincidencia. No, no lo es, Jean Jacques Martell era tío paterno de tu abuelo Alfredo Martell y fué el único de la familia que no emigró a sur América en 1914, al estallar la primera guerra mundial. Cuando leas los cuadernos que le dejé a Toya, conocerás detalles de mi relación con tu tío bisabuelo…”.
“…Como sé que a ti te interesan tanto las “runas vikingas”, te dejo además, mi juego personal con una tablilla que contiene el nombre de cada runa en Islandés y su traducción al inglés, con la codificación de las 24 runas de acuerdo al futhark antiguo y la runa 25 conocida como la runa del dios Odin”.
El libro de recetas, de aproximadamente doscientas páginas, estaba empastado en cuero de color azul oscuro y marcado con letras doradas en el lomo y en la portada: La Bonne Cuisine- Recettes, par Jean Jacques Martell. En total contenía 150 recetas numeradas, escritas en tinta verde con una caligrafía de rasgos firmes que llamó la atención de Anita por el parecido con la letra de su abuelo Alfredo; y no pudo evitar que una oleada de emoción la invadiera y se despertara su curiosidad por conocer detalles de la relación del viejo Andy con este tío de su abuelo, cuya existencia hasta ese momento ignoraba. Las 25 runas eran unas pequeñas lajas cuadradas de mármol blanco, de dos centímetros de lado por medio de espesor, con cada símbolo rúnico grabado en bajorrelieve. El juego de runas estaba guardado en una faltriquera de piel de napa de color natural y en su interior había una pequeña tablilla en madera con los nombres de cada runa en islandés y en inglés, debajo del correspondiente dibujo.
El siguiente paquete era para doña Amanda. Se trataba de un estuche en terciopelo negro acompañado del siguiente mensaje:

“Querida Amanda, tú y Lucas fueron mis primeros amigos en Tabio. Gracias a él conocí a los hermanos Bawer y en su compañía hice mis primeras visitas a las veredas antes de comprar la yegua; siempre me sorprendió la profundidad y la claridad de sus conceptos filosóficos, estoy seguro de que nuestras prolongadas e interesantes charlas continuarán en el más allá. Tus ojos tienen un extraordinario parecido con los ojos de mi madre; por eso no dudé un instante en dejarte un collar de perlas de tres vueltas que ella lucía con garbo en los años veinte…”.

A medida que León iba leyendo y Toya distribuía los paquetes, la presencia intangible y amorosa del anciano se sentía en la atmósfera de la sala, distensionada y agradable, casi alegre, como seguramente le hubiera gustado al viejo.
La repartición terminó pasada la media noche y todos coincidieron en la acertada asignación de sus valiosas pertenencias, que demostraba lo bien que Andy conocía los gustos y las preferencias de sus amigos: Zocco Battiani recibió un estuche de cuero que contenía un serrucho con un arco de violín y el viejo explicaba en la libreta: “…Cuando cumplí once años, mi abuelo me regaló este serrucho con sus filos romos, para que lo usara como instrumento musical, que estoy seguro tu sensibilidad artística hará resonar en melodiosos acordes para deleite de todos…”; a Toya, aparte de los cuadernos, le dejó la cabaña de Juaica y a su hijo Oliver un libro de cuentos escritos por él; a Juliana le dejó una estola de armiño que había pertenecido a su abuela; a Luz Amada le dejó su ejemplar de Un Curso de Milagros; Gabriel Martínez recibió un estuche con instrumental médico de campaña usado por el ejército Alemán en la Primera Guerra Mundial, una navaja del ejército suizo y el estuche de ganzúas que él mismo había elaborado durante la segunda guerra mundial; a Tamara le dejó la yegua con todos sus aperos; a Natasha le heredó un aderezo de esmeraldas que había pertenecido a la Condesa de von Post y que su hija recibió por ella; a Uldarico y a su esposa les dejó un gramófono antiguo; además, a Elsa le dejó una preciosa estola de piel de marta cebellina, que había pertenecido a su profesora de tango en los años veinte; a Martina le dejó un aderezo de plata mexicana y un estuche que contenía las piezas de un juego para la escritura china e incluía un pincel con mango de marfil, una pieza de pedernal negro, una escudilla de porcelana blanca y una barra de tinta china con unos ideogramas grabados en dorado; a Malena le dejó siete angelitos de orfebrería en plata y oro. El último paquete correspondía a León y era un estuche de madera, que contenía un juego de ajedrez con fichas talladas en marfil y de un tamaño dos veces superior al tamaño común de un ajedrez de mesa.

Espera la próxima semana el capítulo IV
Segundo Cuaderno 1912 – 1921

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