Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo V

Por : kapizan
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Tabio. Sábado 23 de febrero

Poco antes de las dos de la madrugada, ya en casa, León, en cuya mente seguían dando vueltas las curiosas cifras relacionadas con la muerte de Andy, recordó el comportamiento casi maniático del viejo por medir las dimensiones de todo objeto que caía en sus manos. Sintió entonces el impulso de medir las dimensiones del baúl. El resultado lo impresionó sobremanera: 77 centímetros de largo, 44 de ancho y 33 de alto. Inmediatamente tomó el teléfono y llamó a Ana Martell. Tras disculparse por lo inusitado de la hora, le pidió que se reuniesen temprano en la mañana, pues quería obtener de ella más información sobre el tema de los capicúas. Tal vez en su relación con Zacarías éste le hubiese mencionado algo al respecto. Acordaron que León llegase a las ocho y media de la mañana para discutir juntos el tema.
Después de colgar el aparato, León no pudo reprimir un nuevo impulso que lo hizo sentir un tanto ridículo. Tomó el juego de ajedrez y lo midió. Para su asombro las medidas exactas del estuche cerrado eran: 44 centímetros de largo por 22 de ancho y 11 de alto. Entonces abrió la tapa: medía 3.3 centímetros, es decir que las fichas estaban acomodadas en un fondo de 7.7 centímetros. “¿Esto qué querrá decir?, ¿tendrá algún significado?, ¿me estaré obsesionando con el tema?”, se preguntaba el desconcertado León, pero aún así se dirigió a la biblioteca, sacó el Diccionario de la Real Academia, buscó la palabra capicúa, la encontró y leyó: “Capicúa: Número que es igual leído de izquierda a derecha que de derecha a izquierda; p. ej., el 1331. Billete, boleto, etc., cuyo número es capicúa. En el juego del dominó, modo de ganar con una ficha que puede colocarse en cualquiera de los dos extremos”.
Las definiciones que leyó no agregaron nada a la noción que tenía del término. Entonces, decidió que lo más sensato era irse a dormir y esperar que amaneciera para conocer la información que le daría Anita, con la cual aspiraba obtener algunas luces sobre el inquietante asunto.

* * *

Ana Martell poseía una simpatía y un encanto natural que cautivaban, desde el primer momento, tanto a hombres como a mujeres; su elegancia, sustentada en la sencillez y el buen gusto, denotaba una gran sensibilidad y un claro sentido de lo estético. Era una mujer culta que dominaba el inglés y el francés con excelente pronunciación en ambos. A su edad, cincuenta y dos años, conservaba la silueta y la apariencia de una mujer diez años menor y su rostro de delicadas facciones, adornado por una fina y bien cuidada cabellera de color castaño claro, se iluminaba fácilmente con el brillo de sus ojos cafés y la espontaneidad de su sonrisa. Había nacido en Montevideo y descendía por línea paterna de un inmigrante francés adinerado que pudo escapar con su familia de los horrores de la primera guerra mundial y radicarse definitivamente en El Uruguay. Su abuelo Alfredo, que se autodefinía como “un servidor público”, llegó a ocupar elevadas posiciones en el gobierno, y cuando Ana cumplió dieciocho años la llevó a trabajar como su asistente personal durante su ejercicio como ministro de gobierno. Años después el abuelo fue nombrado embajador ante el gobierno colombiano, y viajó con Ana como su secretaria privada. En esta forma, la joven llegó a Colombia a comienzos de los años 70.
León llegó a las 8:30 de la mañana y Anita lo condujo a la sala de estar, desde la cual, a través de unos enormes ventanales, se apreciaban una buena porción del valle de Tabio y el ondulado perfil de la serranía de Chía. Después de servir café, Anita mencionó que esa mañana al despertarse recordó algo que le había dicho Zacarías días antes de morir y que ahora a ella se le ocurría que tenía que ver con la muerte de Andy. En resumen, su amigo le había explicado que el año siguiente era capicúa y que el 20-02-2002 era una fecha de ocho números en la que sólo se repetían dos dígitos: el dos y el cero. Le había explicado que desde el establecimiento del calendario gregoriano ésa sería la segunda vez en que se presentaría una confluencia similar. La anterior había sido el 10-01-1001, mil años antes, la próxima se daría el 30-03-3003 comenzando el cuarto milenio y ésta sería la tercera y la última, pues no hay meses de cuarenta días. Anita recordó que en esa oportunidad le había dicho a su amigo que, si bien lo que le había contado era una interesante curiosidad matemática, no entendía por qué él aseguraba que esa era la fecha más importante del año; y él le había argumentado que marcaría el comienzo en firme de la Era de Acuario. Lo que llamaba la atención de Ana era la afirmación de Zacarías: “Quienes estén vivos para esa fecha serán guiados y recibirán recursos para efectuar importantes cambios…”, en vez de los que estemos vivos para esa fecha. Era como si Zacarías, al igual que el viejo, también presintiese el momento de su muerte.
León convino en que era curiosa la forma en que Zacarías se refirió al 20-02-2002, fecha en que había muerto Andy; pero quiso saber por qué eran tan importantes los capicúas para él. Anita le contó que su amigo se había enterado de su existencia en 1991 cuando su padre le había dicho que ese año era capicúa y que, según los abuelos, en estos años a la gente buena le iba muy bien y a la gente mala le iba muy mal. En esa oportunidad su papá le había enseñado que capicúas son frases o cifras que se leen igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, como 1991 – ANITA LAVA LA TINA o DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD. Según Zacarías, desde entonces el tema le había llamado la atención y reflexionando al respecto había descubierto que el mandato universal: “AMA a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”, es capicúa igual que el nombre de Dios según la Biblia, YO SOY, y según el Corán: ALÁ. Para él, en alguna forma éste era símbolo de perfección y de equilibrio. Lo anterior había sido reforzado por un amigo uruguayo de origen catalán, quien le había explicado que en lengua catalana CAPI significaba cabeza y CÚA significaba cola; para Zacarías, era otra forma de expresar el principio cósmico de la polaridad: ALFA-OMEGA; A-Z; YIN-YANG; PRINCIPIO-FIN; CAPI-CÚA. Este descubrimiento le había parecido fascinante. En este punto León interrumpió el relato de Ana para decir:
— La explicación está clara. Sin embargo me parece bastante esotérica, y eso era típico de él. ¿Para ti cuál es el uso práctico de los capicúas?, ¿cómo y para qué los usaba?
— Zacarías sostenía – comenzó diciendo Ana – que todos tenemos un lenguaje propio para comunicarnos con el más allá; que ese lenguaje no es el mismo para todo el mundo: algunos se comunican a través de la música, otros de las plantas, o de los animales, o de las matemáticas. Afirmaba que el problema de la gente es que por escuchar el ruido que hacen sus egos no captan esos mensajes sutiles. Él estaba convencido de que al enseñarle lo que eran los capicúas, su padre le había transmitido la clave de su propio lenguaje para esa comunicación. Además, no sé si vos lo sabrás, pero Zacarías tenía una lista en la que anotaba a quienes él llamaba “Espíritus Aliados”, en la cual incluía los nombres de los antepasados fallecidos de toda persona que lo visitaba para una consulta; acordáte que su estudio era un consultorio en el cual, según su hermana Renata: “Se hacían desde nudos de corbata para los choferes de la flota Águila, hasta tesis de postgrado, pasando por traducciones del inglés para estudiantes de bachillerato, lecturas del I Ching o interpretaciones de las Runas Vikingas”. Por estas consultas no cobraba, pues se consideraba muy bien pagado con que los consultantes le permitieran anotar en su carpeta los nombres de sus padres o abuelos fallecidos…
— Eso es cierto – interrumpió León riendo -. Recuerdo que él mismo se refería a esa lista como “el cartel del más allá”. A mí personalmente esa extraña devoción de Zacarías por los espíritus de los muertos siempre me llamó la atención, pero sigo sin ver la conexión con los capicúas. ¿O tú ves alguna?
— Zacarías me acompañó muchas veces a Bogotá y constantemente se presentaban situaciones, en las cuales él definía lo que había que hacer con base en cifras capicúa. Por ejemplo, yo expresaba mi temor porque íbamos a llegar tarde a algún lugar, entonces él miraba hacia los lados y contestaba: “Tranquila que llegamos a tiempo”; yo le preguntaba por la razón de su seguridad, y él me contestaba: “Mira la placa de ese carro JTJ 373, capicúa por lado y lado, don Lucas nos quiere decir que no nos preocupemos, que todo va bien”. En una oportunidad en que me sentí perdida en la ciudad, sin dudarlo me dijo: “Sigue la camioneta verde que va adelante”… así lo hice y en menos de cinco minutos encontré la ruta. A veces, la respuesta no era tan obvia y Zacarías se preguntaba qué le querrían decir con esa cifra?, se sumía largas reflexiones y finalmente se respondía a sí mismo en voz baja: “Creo que ya lo sé”. Pero en esos casos nunca satisfizo mi curiosidad, cambiaba el tema o simplemente no respondía. Sobre esto que podríamos considerar un uso práctico de los capicúas, tengo infinidad de ejemplos que, como los anteriores, no dejan de ser un tanto pueriles; sin embargo, creo que en este asunto hay algo más trascendente de lo que parece – terminó diciendo Anita.
— Yo tengo la misma impresión – dijo León poniéndose de pié para despedirse mientras agregaba -, pero también me parece que Andy, o Zacarías, o los dos, tienen un mensaje específico para nosotros, que debemos descifrar a partir de los capicúas. Ya debo irme, pero cualquier cosa que recuerdes que te haya dicho, coméntamela por favor.
Al llegar al pueblo, exactamente frente al cementerio, León se sobresaltó. El vehículo que lo precedía, un Mercedes Benz último modelo de color negro y vidrios polarizados que impedían ver a sus ocupantes, exhibía un número de placa que atrajo poderosamente su mirada y lo dejó perplejo: AMA–111.

* * *

Renata Zuluaga, la hermana menor de Zacarías, era una cuarentona atractiva, creativa e hiperactiva que había heredado la simpatía, la habilidad manual y los ojos de su madre. Era además una estupenda vendedora y esta destreza le había resultado particularmente útil a lo largo de su vida profesional, sobre todo en los últimos años, desde que concentró toda su actividad en la producción de piezas moldeadas en arcilla y en el diseño de programas infantiles para incentivar el amor por la naturaleza y la creación artística en niños de preescolar y primaria de colegios capitalinos, que asistían en grupos a entretenidas y didácticas jornadas de un día organizadas y dirigidas por ella. Su centro de actividades era el taller que montó con el apoyo de Ricardo Berrío, su esposo, a escasos metros de la enorme y acogedora casa que poco a poco fueron construyendo a partir de ampliaciones sucesivas y modificaciones de una diminuta casa prefabricada que habían instalado en la tercera parte de una fanegada adquirida por ellos un año antes de casarse, en la ladera oriental de la peña de Juaica. En 1991 Renata se enteró de que en la misma vereda y relativamente cerca de su casa, estaba en venta una pequeña quinta y convenció a sus padres de que vendieran su apartamento en Bogotá y compraran esa propiedad, que don Lucas amplió y modificó a su gusto para pasar allí los últimos años de su vida, convirtiéndola en una agradable casona de abuelos.
Ricardo poseía una actitud reflexiva hacia la vida, una gran capacidad analítica y un talante sereno y sensato para enfrentar dificultades y tomar decisiones. Las inquietudes espirituales de Ricardo, y por ley de vasos comunicantes, las de Renata, se habían canalizado desde mediados de los años noventa a través del movimiento Sufi. A la edad de cuarenta y cuatro años, cuando la empresa en la cual trabajaba cambió de dueños, Ricardo se retiró con una experiencia y un prestigio envidiables e inició una nueva etapa de su vida distribuyendo su tiempo entre la cátedra universitaria, las consultorías, el apoyo gerencial al taller de Renata y sus actividades con el movimiento Sufi.

Ese sábado era el primero que la familia de pintores pasaría sin la visita de Andy. León había madrugado para visitar a Ana y salió de San Sebastián del Bosque poco antes de las ocho de la mañana; Toya, que lo despidió acostada después de que sintió el golpe de la puerta al cerrarse, se quedó profundamente dormida… El canto de Frida y de Rivera en el marco de su ventana y el cálido peso de Linaza que saltó sobre su pecho la despertaron de su profundo sueño. Se dio una ducha caliente, se vistió con una cómoda sudadera de algodón, se sirvió un desayuno liviano, se encaminó a su taller y marcó el número telefónico de Renata. Después del intercambio de saludos, Toya le contó a su amiga, quien no pudo asistir a la repartición de la noche anterior pues había tenido que acompañar a Ricardo a una reunión Sufi, que el viejo Andy, como seguramente ya se habría enterado por doña Amanda, les había dejado como herencia tanto a ella como a Ricardo un par de pertenencias, y le sugirió que subieran con la camioneta a recogerlas y aprovecharan para almorzar juntos en San Sebastián del Bosque. Renata no podía controlar su curiosidad:
— ¿No puedes anticiparme de qué se trata?
— Lo tuyo sí – contestó Toya –. Es un baúl antiguo muy bonito y una nota entre un sobre; en cambio, lo de Ricardo está empacado y parece un libro, pero no estoy segura. ¿Entonces en qué quedamos, los esperamos para almorzar? – preguntó finalmente –.
— De acuerdo, allá estaremos – respondió Renata, que después de colgar el teléfono se sintió un poco desilusionada por el baúl, en comparación con el collar de perlas que había recibido su madre.
Lo primero que vio Renata fue el baúl, y mirándolo apreciativa se dijo para sus adentros: “Es una pieza magnifica, no me la imaginaba tan bien conservada”, al tiempo que lo visualizaba adornando un rincón de la sala de su casa, como soporte de una escultura con la figura de una mujer negra que estaba moldeando en su taller.
El baúl era un mueble de madera liviana pero fuerte, de un tono oscuro natural, provisto de bisagras, guarniciones esquineras y porta-candado en cobre, tapa lisa y agarraderas de cuero crudo remachadas a la madera por placas metálicas. El interior estaba forrado en papel grueso, decorado con figuras de pequeños veleros en los costados, en la tapa un planisferio celeste en color azul oscuro con las constelaciones en dorado, y en el fondo un planisferio terrestre en color sepia, réplica litográfica de un dibujo original de Henr:Hondio fechado en 1630, con la siguiente inscripción latina en el borde superior: NOVA TOTIVS TERRARVM ORBIS GEOGRAPHICA AC HIDROGRAPHICA TABVLA, y en el borde inferior un dibujo de la reina Isabel de Castilla, sentada en un trono, dispuesta a recibir ofrendas presentadas por los nativos del nuevo mundo. En los costados de la litografía aparecían dibujos de deidades y animales mitológicos en medio de cuatro medallones dibujados en las esquinas con retratos de personajes de la época. Por último, en la base del trono real se veía un letrero borroso e ininteligible. Si bien es cierto que todos los nombres de lugares geográficos estaban en latín, no podía asegurarse lo mismo respecto al letrero que aparecía borroso.
Como lo había intuido Toya, la herencia de Ricardo era un libro empastado en cuero. Se trataba de una compilación de doscientos cuentos breves de la filosofía Sufi en Francés, idioma que Ricardo dominaba, correspondiente a una primera edición fechada en París en 1912, con la siguiente dedicatoria de puño y letra de Andy:

“Apreciado Ricardo:
Como bien sabes los caminos para encontrar la verdad son innumerables; pues como dice Un Curso de Milagros: ‘una teología universal es imposible, mientras que una experiencia universal no sólo es posible sino necesaria….’. El camino del Sufismo, que con tanto entusiasmo has emprendido, será cada vez más llano a medida que los mensajes de paz y amor que difundas lleguen a más y más personas. En Tabio, están dadas las circunstancias para vivir esa experiencia espiritual universal, que crecerá en la medida en que personas como tú se pongan al servicio desinteresado de sus semejantes y entiendan que, como te lo escuché decir en una oportunidad, ¡La palabra convence.., el ejemplo arrastra!
Amorosamente,
Andy”.

Después de que Ricardo leyó su mensaje, Toya le entregó a Renata el sobre dirigido a ella, quien lo abrió con cierto nerviosismo que se transformó en desconcierto con lo que leyó: la hoja de papel ecológico amarillo tenía una sola palabra, escrita en el centro: MAKTUB.

* * *

Cuando el Mercedes Benz negro con placas capicúa viró a la derecha, para tomar la vía hacia Cajicá, León tuvo el impulso de seguirlo, pero en ese preciso instante se atravesó un hombre a pie impulsando una carreta cargada de frutas. Cuando finalmente pudo reanudar la marcha, el Mercedes había desaparecido. Inconscientemente miró el reloj, que marcaba las once, y pensó: “Tengo por lo menos dos horas para reflexionar tranquilo y poner en orden mis ideas…”.
Entonces encaminó su Volkswagen escarabajo hacia un sitio que tanto a él como a Toya les había parecido mágico desde el día que lo conocieron ocho años antes, la primera vez que llegaron a Tabio después de recorrer casi todos los municipios de la Sabana de Bogotá buscando un lugar apropiado para realizar el ritual mediante el cual unirían para siempre sus vidas. Allí lo encontraron: la Capilla de Lourdes.
Mientras conducía el vehículo por el sendero adoquinado, a muy baja velocidad, como queriendo imponer el mismo ritmo lento al flujo de sus pensamientos, repentinamente tuvo conciencia de un detalle que nunca antes se había tomado la molestia de considerar: su primer encuentro con Victoria había tenido lugar en abril del muy capicúa año de 1991. Este descubrimiento lo hizo sonreír, llevándolo a exclamar en voz baja: “Si lo que querían Zacarías y el viejo Andy era que le pusiera atención al tema de los capicúas, pueden darse por bien servidos. ¡Lo lograron! En fin, si como decía don Lucas en los años capicúa a la gente buena le va muy bien y a la gente mala le va muy mal, a mí por lo menos me fue muy bien ese año”.
A los pies del cerro, como a ochenta metros de la capilla, León estacionó el vehículo frente a la gruta de la Virgen, emprendió a pie el ascenso a campo traviesa hasta las escalinatas que daban acceso al atrio, se sentó en el último escalón, estiró la piernas, aspiró a profundidad una bocanada de aire puro, cerró los ojos y a medida que exhalaba muy despacio se fue adentrando en las reconditeces de su memoria tratando de reconstruir sus relaciones con Zacarías y con Andy, en busca de cualquier dato que pudiera servir para armar un rompecabezas cuyas piezas al parecer habían dejado dispersas sus dos amigos, con un enigmático mensaje que se proponía descifrar… Minutos después, abrió los ojos, encendió un cigarrillo, lo aspiró con fruición y poniéndose de pie inició el descenso para buscar el vehículo.

* * *

A comienzos del año anterior, Uldarico y Elsa, los profesores de tango, habían promovido la creación de un movimiento cultural que llamaron “Locos por la Paz”. La idea era fomentar, especialmente entre los jóvenes, una mentalidad de paz a partir del estímulo a las potencialidades creativas y artísticas latentes en todo ser humano, bajo la convicción de que éste sería un excelente mecanismo para neutralizar las tendencias violentas del ambiente de guerra que se vivía en el país. Para el efecto habían organizado en Tabio una jornada de un día, en la cual se desarrollaron en forma simultánea veinticinco talleres que fueron conducidos por artistas y artesanos de la localidad y algunos instructores que vinieron de Bogotá. La experiencia, que resultó exitosa, se realizó con un modesto apoyo financiero del gobierno municipal y de algunas empresas privadas y con el aporte solidario de los instructores, que no cobraron honorarios. Hubo talleres de pintura, música, teatro, poesía, cuento, creatividad, danza y moldeado en arcilla, con una participación de más de quinientos jóvenes que pagaron un precio simbólico de mil pesos.
De regreso a San Sebastián del Bosque, León recordaba que pocos días antes de la realización de los talleres de “Locos por la Paz” Zacarías le había comentado que el tema central del taller de creatividad que había ofrecido dictar sería la Sinéctica, pero no le había dado mayores detalles. Talvez Renata o Ricardo podrían proporcionarle alguna información al respecto. Al llegar a su casa se alegró al ver la camioneta de la pareja en el parqueadero, pues tendría oportunidad de abordar con ellos el tema de la Sinéctica, pero al entrar captó las expresiones de intriga en los rostros de Toya y la pareja de amigos, que no habían superado del todo su sorpresa por el críptico mensaje de Andy. El relato de lo sucedido le reafirmó en su sospecha de que tanto Andy como Zacarías les habían dejado un mensaje muy importante, pero habían preferido no transmitirlo abiertamente, sino que habían optado por dejar una serie de datos dispersos de cifras, palabras y frases capicúa y términos como Maktub, cuyo significado deberían descubrir y enlazar o utilizar en alguna forma.
— A mí me parece – intervino Renata –, que esto puede estar relacionado con la sinéctica, al menos en la forma en que podríamos, entre todos, tratar de resolverlo.
— ¿Qué es la sinéctica? – preguntaron al unísono León y Toya.
Para satisfacer la curiosidad de los presentes sobre la sinéctica, Renata les contó que su hermano Zacarías le había enseñado que el término venía de las palabras griegas SINE que significaba unir y EKTOS que significaba disperso y lo había definido como: ‘‘La unión de elementos distintos, dispersos, inconexos y aparentemente irrelevantes en la solución creativa de problemas, aprovechando la sinergia o unión de la energía de varias personas trabajando en equipo, que para ser eficiente no debe tener menos de cuatro ni más de doce integrantes’’. Propuso que los cuatro formaran la base de un grupo sinéctico para resolver el enigma y que invitaran a otros de los herederos a una primera sesión. Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta de Renata y decidieron programar la reunión sinéctica para el siguiente sábado e invitar a formar parte del grupo a Anita Martell, a Gabriel Martínez, y a Zocco Battiani. También recomendó que se invitara a Genaro Reyes para que dirigiera la reunión pues él había realizado con Zacarías varios seminarios sobre sinéctica y tenía un buen dominio del tema. En vista de que Renata y Ricardo viajarían a Bogotá el próximo lunes, León decidió que le pediría a Luz Amada Triana que les acompañase a visitar a los Bawer.

Esa noche, en “La Chichigua”, Renata no contuvo las ganas de ver cómo lucía el baúl en la esquina de la sala cerca de la chimenea y lo acomodó con ayuda de Ricardo, pues a pesar de estar vacío su peso y sus dimensiones requerían el esfuerzo de dos personas para moverlo. Su sentido práctico la llevó a utilizar el interior del baúl para guardar unos pequeños guacales de madera de diferentes dimensiones, que usaba para proteger las piezas de cerámica cuando viajaba con el fin de participar en ferias dentro o fuera del país. Al acomodar uno de los guacales de forma rectangular que medía 32 centímetros de alto por 12 de lado, se sorprendió pues la tapa no cerraba; entonces lo sacó y midió la altura del baúl cerrado. En efecto, medía los 33 centímetros que había dicho León. Sin embargo, la porción vertical de la tapa medía 5 centímetros y el fondo del baúl medía 25 centímetros en cada una de sus paredes y no 28, como debería ser para completar los 33 centímetros de altura. Si exteriormente medía 33 centímetros y el interior sólo medía 30, la única explicación que encontró Renata era simple, pero intrigante… el baúl tenía un doble fondo.

Espera la próxima semana el capítulo VI
Tabio. Lunes 25 de febrero

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