Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo VII

Por : kapizan
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Tercer Cuaderno 1922 – 1931

La tercera década de mi existencia transcurrió casi completa en París, con frecuentes viajes a España cruzando los Pirineos por la ruta de los contrabandistas, convertido en uno de ellos como socio de una lucrativa empresa ilegal que creamos, poco después de la guerra, Gastón Tissot y yo. Inicialmente llevábamos a España perfumes y esencias francesas de excelente calidad que revendíamos en Andorra con una ganancia hasta del 200%, a Joao Moreira, un comprador de origen portugués, quien a su vez los exportaba a los Estados Unidos, en donde el mercado le pagaba hasta cuatro veces el valor que nos reconocía a nosotros. Posteriormente, y por sugerencia de Moreira, comenzamos a llevar obras de arte y joyas, la mayoría robadas o adquiridas en el mercado negro (nunca tuve muy claro su origen), suministradas por un argelino misterioso y reservado a quien simplemente llamábamos por su apodo, “Gogol”. Las ganancias con esta mercancía eran muy superiores a las obtenidas con los perfumes, pero los envíos eran esporádicos. El viaje desde París hasta Toulouse lo hacíamos en un pequeño camión y desde allí hasta Andorra continuábamos a caballo, llevando de cabestro una mula cargada con nuestra mercancía. El regreso casi siempre lo hacíamos por mar, desde Barcelona hasta Marsella, embarcándonos en el primer transporte disponible, de carga o pasajeros, los jamelgos eran conducidos de vuelta, a una finca en las afueras de Toulouse, por un primo de Gastón que los llevaba cargados de aceitunas españolas para venderlas, a muy buen precio, con destino a los restaurantes parisinos.
En 1922, la sociedad europea comenzaba a sumirse en una desenfrenada, alegre y refinada forma de vida que pretendía borrar los horrores de la guerra y disfrutar al máximo las ventajas que ofrecía la tecnología, especialmente el teléfono, que acortaba las distancias, y la radio, que proporcionaba entretenimiento y noticias inmediatas; de hecho, en noviembre de ese año, la agencia de noticias Reuter emitió el primer noticiero radiofónico desde el edificio Marconi en Londres. Los grandes y fastuosos espectáculos musicales como el can-can, el gramófono y los discos, la producción masiva de automóviles y las carreras de vehículos, el transporte aéreo de pasajeros, y el cine, mudo en sus inicios, sonoro e impactante en los años posteriores, fueron en conjunto el motor que impulsó cambios significativos en la sociedad y en la cultura. En este período que, mirado retrospectivamente por la Historia, se extendería hasta el comienzo de la segunda guerra mundial y llegaría a ser conocido con pragmatismo como “el periodo entre guerras” o recordado con nostalgia como “los años locos”, surgieron o se consolidaron, grandes figuras de la pintura como Pablo Picasso, Salvador Dalí, Juan Gris, Giorgio de Chirico o André Bretón, de la literatura como James Joyce, Franz Kafka, Marcel Proust o Tomás Mann.
En la moda, particularmente en la moda femenina, como consecuencia del alistamiento de las mujeres para cumplir labores administrativas en los ejércitos combatientes durante la gran guerra, el sentido práctico eliminó los corsés, los miriñaques, las colas y los postizos, para acortar las faldas, soltar y alargar el talle, suprimir los sombreros de ala ancha y cortar las largas cabelleras, en una revolución orquestada desde París por Cocó Chanel en el vestuario femenino, complementado con largos collares de vueltas y cabellos al estilo “garçon”, casi masculino, cortos a la altura de la nuca y con capúl sobre la frente, o cubiertos con pequeños cascos de lentejuelas y pedrería, inspirados en la cultura egipcia, puesta de moda por el descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón.
En la música, los salones de baile se llenaron de ritmos alegres y desenfadados como el fox–trot, el charleston, el booguie-booguie, el jazz y en especial el tango, que había hecho furor a comienzos de la década anterior y fue revitalizado en los años veinte gracias a la voz y a la atrayente personalidad de Carlos Gardel, su inigualable intérprete, que cautivó a la sociedad parisina. De esa época conservo una fotografía en la que aparecemos, en compañía de Gardel, monsieur y madame Martell, Ulrika, una hermosa mujer sueca que llegaría a ser (nada es casual) bisabuela materna de nuestra amiga Elsa Berggren, de quien aprendí en ese entonces los pasos básicos del tango, su esposo Armando, mis amigos Otto, Gastón, Honoré, de quien hablaré más adelante, su novia Jacquelíne y yo.
En esa época de locura y desenfreno, veinte años de edad y dinero abundante en la bolsa fácilmente ganado, pues al año sólo realizábamos seis viajes, en los cuales no invertíamos más de veinte días por viaje, eran suficiente motivo para llevar una vida bohemia de placeres eróticos, baile, juego y mucho vino. Andorra no sólo era un punto de encuentro de aventureros y contrabandistas, sino que además ofrecía numerosas casas de juego y lujosos prostíbulos, en los cuales Gastón y yo desquitábamos las penurias de la arriesgada travesía, que remataba siempre con dos o tres días orgiásticos en la casa de citas que regentaba Elga, sofisticada prostituta danesa de veintiocho años, quien me inició en las artes amatorias convirtiéndome, sin pedirle permiso a nadie, en su amante favorito. Cuando nos hastiaba la parranda en la casa de Elga, viajábamos en un coche de alquiler hasta Barcelona para terminar de calmar la resaca con sendas jarras de cerveza fría en “La Sirena Encantada”, una agradable posada marinera en donde casi siempre encontrábamos el transporte apropiado para navegar hasta Marsella. Algunas veces me daba el salto hasta Granada para visitar a mi madre y pasar algunos días, nunca más de cuatro, en la casona de las tías.
A fines de julio de ese año, después del tercer viaje con el cargamento de contrabando, Gastón había regresado solo a París pues yo quise visitar a mi madre y felicitar a Lulita en su quincuagésimo aniversario. Llegué al atardecer de un viernes a “La Sirena Encantada”, para vivir la experiencia más grata de los últimos años: en la barra de la taberna, solo, frente a una botella de vino y fumando displicente y abatido, encontré, después de trece años, a Otto Spengler, mi amigo de la infancia. Como sucede siempre en el encuentro de dos amigos que llevan muchos años sin verse, en la primera media hora ambos se cuentan, con palabras atropelladas, los aspectos esenciales de lo que han sido sus vidas en ese lapso; entonces la relación se reanuda fortalecida y se le imprime un nuevo rumbo de cara al futuro. El aspecto físico de Otto era envidiable, pero no podía decirse lo mismo de su estado anímico. La causa de su evidente abatimiento era una honda depresión, cuyo motivo me explicó en pocas palabras cargadas de amargura: “…mi padre se suicidó en el 19 pues no soportó, al regresar a Berlín después de la humillante derrota, descubrir que mi madre se había convertido en la amante de un miserable burócrata comunista, y ser recibido con la solicitud de divorcio… tu padre al menos murió como un héroe, pero el mío no soportó el fracaso en los dos grandes frentes en los que lucha un hombre a lo largo de la vida: el amor y la guerra… Ante esta desgracia mi vida perdió su rumbo y su destino, quedé totalmente solo, la bebida ya me está cogiendo ventaja y he andado errando como un sonámbulo tratando de mantenerme vivo, haciendo lo único que sé hacer: navegar, pero no en la forma en que soñé, como oficial naval de la armada alemana, sino como simple marinero en cualquier barco, de cualquier bandera, que me dé trabajo. No soporto las humillaciones, los vejámenes y el desprecio a los cuales me ha hecho acreedor el simple hecho de ser alemán y recibir el epíteto insultante de “boche”. Más de una vez he sido expulsado de una tripulación por defender a golpes y navajazos mi dignidad y mi orgullo de ser alemán… ayer, sin ir más lejos, el capitán del barco en que llegué me echó como un perro porque le partí la nariz de un puñetazo al primer oficial, un belga despreciable y engreído, que me trató como una basura desde que me embarqué en Kalamata, en el golfo de Mesenia, hasta que llegamos a Barcelona. Como puedes ver mi estimado Andy, estoy botado en España, sin trabajo, con dinero apenas suficiente para pagarme ésta y otra botella de vino, dormir la borrachera en el muelle y esperar que algún carguero necesite marineros. En realidad lo único bueno que me ha sucedido desde que terminó la maldita guerra es haberme encontrado hoy contigo”.
A medida que Otto iba desgranando el sartal de sus desgracias, una idea comenzó a tomar forma en mi mente. Cuando hubo terminado entre sollozos su triste relato, lo abracé estrechamente palmeándole la espalda para calmarlo, y ordené para los dos una abundante cena, que él devoró en minutos. Entonces, cuando lo vi más sosegado, le propuse: “Entiendo que has pasado unas pruebas muy duras, pero como dice mi tía Lulita, “nada es casual en la vida, todo es causal y todo lo que nos sucede, bueno o malo, tiene un propósito, y este normalmente es de aprendizaje…”. Lo importante es que aceptemos y superemos esas pruebas, para crecer y fortalecernos. Esto me lleva a pensar, además, que nuestro encuentro se dio con el propósito de que yo pudiese ayudarte. Ya te expliqué, a grandes rasgos, cuál es mi negocio; mi propuesta es que dejes el mar por un tiempo y te unas a nosotros. Estoy seguro de que a Gastón le va a gustar la idea de contar con un nuevo socio, para que nuestro negocio crezca… hay algo que no te he contado – agregué, al ver que había logrado despertar su interés -: puedes unirte al grupo de monsieur y madame Martell, al cual estoy vinculado desde hace cuatro años. Este grupo cumplió una labor muy eficiente de espionaje durante toda la guerra, y desde la derrota decidió mantenerse activo, recolectando discretamente información sobre las fuerzas armadas enemigas, para cuando llegue el momento de la revancha. Los Martell están convencidos de que si bien el espíritu nacionalista del pueblo alemán fue humillado, y nuestra dignidad como nación fue ultrajada con el tratado de Versalles, que cercenó nuestro territorio, ese espíritu está adormecido, atolondrado pero continúa latente… todo es cuestión de tiempo para cicatrizar las heridas, para que se den las circunstancias apropiadas para el surgimiento de un líder capaz de guiarnos hacia la recuperación de nuestra dignidad como pueblo y como nación.
El interés de Otto iba creciendo mientras me escuchaba y se hizo más notorio cuando le mencioné las actividades de nuestro grupo de espionaje y cómo él podría prestar un valioso aporte a la causa alemana: sus conocimientos navales, unidos a su experiencia en combate, podrían ser muy útiles en la obtención de información sobre las características de los buques de guerra enemigos, -pues para nosotros seguían siendo enemigos acérrimos, los franceses, los ingleses, los italianos, los rusos y los norteamericanos-. Entonces quiso saber más sobre los Martell y le di la siguiente explicación: “Madame Martell es alemana, nacida en Munich, de padre alemán y madre austriaca, nunca me ha dicho su edad, pero yo creo que puede tener unos cuarenta o cuarenta y cinco años. Es una mujer que sin ser bella es atractiva, supremamente inteligente, culta, domina perfectamente el francés y posee unas aptitudes excepcionales para el mando; es además increíblemente metódica, posee una memoria de elefante y una mirada penetrante que infunde respeto. Monsieur Martell es uno de los chef más famosos de París, su restaurante es frecuentado por la alta sociedad, lo que lo hace un lugar muy apropiado para establecer contactos. Su nacionalidad es francesa, pues nació en París en 1870 de padres franceses; sin embargo, su madre era hija de un alemán y una francesa; cuando monsieur Martell cumplió catorce años fue enviado a Munich para servir como lazarillo de un tío de su madre, que había quedado ciego como consecuencia de una herida que recibió en la cabeza combatiendo en la guerra franco prusiana. Este tío poseía un restaurante en Munich que administraba Werner Kraft, el padre de Brigitte, joven que cautivó a monsieur Martell y con quien se casó en 1900. Al comenzar la primera guerra mundial, la familia de Jean Jaques Martell emigró a Sudamérica y él regresó a Francia, con Brigitte convertida en su esposa, para hacerse cargo del restaurante que sus padres habían fundado. Como podrás imaginar, monsieur Martell es francés de nacimiento pero alemán de corazón, por formación y por convicción, gracias al nacionalismo que le inculcó su tío ciego; prácticamente es bicultural y bilingüe. Con estos antecedentes entenderás que la pareja Martell estaba en el lugar preciso y en el momento oportuno, para ser reclutados por el alto mando alemán con la misión de crear una red de espionaje, en territorio enemigo y con una excelente fachada durante la guerra… lo demás ya lo conoces; ahora lo único que necesito es tu respuesta…”.
Otto se sirvió una generosa copa de vino, encendió un cigarrillo, lo aspiró profundamente mirando hacia el techo, expulsó lentamente el humo formando rosquitas en el aire, bajó la cabeza, me miró a los ojos, levantó la copa en señal de brindis y con voz firme, simplemente dijo: “Acepto. Me voy contigo”. Entrechocamos las copas y apuramos su contenido de un trago… “¿Cuándo partimos?”, fué lo primero que dijo claramente entusiasmado. “Ahora mismo” contesté, urgido por la necesidad de ver a mi amigo alejado de sus desdichas, y agregué, “me parece que lo mejor es regresar por los Pirineos, para que te familiarices con la ruta, y cruzarlos a pie como hice la primera vez; en esta forma, matamos varios pájaros de una sola pedrada, uno, te alejo del mar que no te está sentando muy bien, dos, el ejercicio físico nos conviene a ambos y necesitamos mantenernos en forma: monsieur Martell sostiene que los espías necesitamos un estado físico superior al del mejor combatiente de infantería; tres, a mí me sirve como entrenamiento para las competencias de pentatlón y decatlón en las que pienso participar en los Juegos Olímpicos de verano del próximo año en París, y cuatro, quiero celebrar en grande este encuentro con una gran fiesta privada en la casa de Elga en Andorra, en donde te sentirás en el walhalla atendido por hermosas walkirias de carne y hueso que, como cuenta la leyenda, mantendrán tu copa llena de vino, de hidromiel o de cerveza y te complacerán en todos tus deseos”.
Tres semanas después, un sábado en la noche, llegamos al restaurante de monsieur Martell para encontrarnos con la sorpresa de que todos los miembros de la red estaban reunidos en un salón reservado, como si nos estuviesen esperando para dar la bienvenida a mi amigo Otto, alrededor de una enorme mesa redonda que acostumbrábamos usar para eventos sociales, como el de esa noche en que celebraban los veintidós años de matrimonio de los Martell, o para sesiones de trabajo, en las cuales madame Martell o su esposo nos mantenían informados sobre los últimos acontecimientos políticos de Alemania y Europa, nos daban entrenamiento sobre estrategias, técnicas de inteligencia y contrainteligencia, pero talvez lo más importante, procuraban preservar y aumentar nuestro nacionalismo y nuestro amor por Alemania. Cuando presenté a Otto, de quien todos me habían oído hablar, los Martell lo abrazaron mientras los demás aplaudieron entusiasmados y con las muestras de admiración a las que se hacen merecedores los héroes, máxime cuando fueron heridos en combate. Vale mencionar que a los pocos minutos de su llegada el semblante de Otto irradiaba la misma felicidad que años antes, cuando éramos niños, le había conocido a bordo del “Sigfrid”.
Honoré, un joven de veinticuatro años oriundo de Baviera y a quien habíamos apodado “el genio” por su habilidad en el manejo de todos los artefactos mecánicos, eléctricos o electrónicos que caían en sus manos y era el radio operador de la red, había asistido a la celebración en compañía de Jacqueline, su novia de diecinueve años y de Adriana, su hermana gemela; dos hermosas jovencitas, hijas de padre alemán muerto en la guerra y de madre norteamericana que había regresado a su país dejándolas al cuidado de su abuela paterna en Munich. Ambas trabajaban en el restaurante desde 1920, cuando madame Martell, que conocía a su familia, las trajo a vivir a París y las entrenó para que se incorporaran a la red. La única forma de diferenciarlas era un diminuto lunar en la barbilla que lucía Adriana… pero cuando Jacqueline se pintaba con lápiz de maquillaje un lunar idéntico era imposible distinguirlas. Esa misma noche, me contaría Otto meses después, se inició un apasionado romance entre mi amigo y Adriana, que duraría hasta su trágica muerte en un ataque de la resistencia francesa a la sede de la red en 1944, durante la ocupación alemana de París, en circunstancias que narraré más adelante, mientras Otto servía como oficial en un submarino alemán.
El año 22 terminó con dos hechos políticos que tendrían repercusiones en Europa y el mundo occidental durante un lapso significativo del siglo XX: el primero en Italia, en donde el líder del partido fascista Benito Mussolini se convirtió en “Duce”, el 30 de octubre, tras la llegada a Roma de una marcha de protesta realizada por más de treinta mil de sus seguidores, luciendo las camisas negras del movimiento fascista, que estaba inspirado en un nacionalismo profundo y en una posición radicalmente anticomunista que rápidamente ganaron el apoyo de las masas. Mussolini, que no participó personalmente en la protesta, pues permaneció en Milán a la espera de los acontecimientos, fue convocado por el rey Vittorio Emanuele para pedirle que asumiera el gobierno, temiendo el estallido de una guerra civil. El segundo sucedió en Rusia, cuyo gobierno encabezado por Lenin creó en diciembre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (U.R.S.S.) conformada por Rusia, Ucrania, la Región Transcaucásica y Rusia Blanca.
Otto resultó ser una excelente adquisición para la red por la amplitud de sus conocimientos navales. A finales de 1923, nuestros archivos contaban con un completo expediente del orden de batalla naval de las fuerzas armadas enemigas, que incluía características de los diferentes tipos de buques de guerra, submarinos con fotografías y, en algunos casos, planos minuciosamente elaborados, así como perfiles detallados de los oficiales de insignia, entre los cuales los más completos correspondían al almirantazgo británico. Su relación con Adriana era muy sólida; hacía un año que compartían un pequeño departamento en el centro de París, en el cual vivían como una feliz pareja de amantes. Nunca se casaron, pero en agosto de ese año Adriana dio a luz un robusto niño a quien llamaron Rudolf. El día de su bautizo, en el cual fuimos padrinos madame Martell y yo, hubiera sido imposible soñar siquiera con el papel determinante que jugaría, más de medio siglo después, Rudolf Spengler en el giro de ciento ochenta grados que daría mi vida en 1976. La alegría de la celebración en el reservado del restaurante de monsieur Martell se vio empañada por las noticias provenientes de Alemania que obligaron a Otto a tomar, esa misma noche, una decisión que paradójicamente un mes después me proporcionaría una gran felicidad, pues me llevaría a conocer al gran amor de mi vida.
La situación económica en Alemania era muy grave, según nos explicó monsieur Martell en francés, pues por razones de seguridad la norma interna de la red era abstenerse de hablar en alemán mientras estuviéramos en territorio francés: “Las consecuencias del infame tratado de Versalles en lo que respecta al futuro económico de Alemania se hicieron sentir ayer como la explosión de una bomba gigantesca –comenzó diciendo con el ceño fruncido y en un tono que denotaba simultáneamente indignación y preocupación–, que ocasionó el desplome del marco alemán. Escuchen –dijo mientras leía la traducción al francés de un artículo del New York Times fechado el 20 de noviembre-: El marco alemán no vale ni el papel en el que está impreso. Con la espiral inflacionaria, una barra de pan cuesta más de 200 millones de marcos. El colapso de la economía comenzó en agosto del año pasado como resultante de la negativa de los aliados a posponer el pago de las reparaciones de guerra, exigidas a Alemania en el Tratado de Versalles. En esa oportunidad, el marco alemán sufrió una espectacular devaluación, cayendo de 162 a 7.000 marcos por dólar. La situación se agravó después de que las tropas francesas y belgas invadieron la región carbonífera del Ruhr y le arrebataron a los germanos esta fuente vital de abastecimientos para su industria. En Alemania, la situación política se complica; el pasado 6 de noviembre Adolf Hitler, dirigente del partido Nacionalsocialista, y el general Erich Von Ludendorff irrumpieron en una cervecería en Munich, donde se celebraba una asamblea derechista, apoyados por un grupo paramilitar armado y declararon el comienzo de la revolución nacional. Hitler se tomó el gobierno de la región de Baviera, pero al día siguiente se vio forzado a huir ante la intervención del ejército…”.
El artículo original, que aún conservo, estaba ilustrado con una fotografía de una bella joven que observaba con rostro compungido a un grupo de niños que jugaban intentando construir una pirámide inmensa con fajos de billetes inservibles. Cuando monsieur Martell nos enseñó la fotografía, Otto dio un respingo y comentó sorprendido: “¡No puede ser! esa joven es mi prima Erika y el niño de la derecha es su hermanito de nueve años. Ellos son los únicos familiares que tengo en Alemania, –explicó– son hijos del único hermano de mi padre, que enviudó muy joven, y al morir en combate en 1917, mi prima, que tenía trece años y trabajaba en una fábrica de municiones, quedó a cargo de Gustav, su hermanito de dos años; me imagino que esta situación debe ser muy dura para ellos. Seguramente están pasando hambre y siento la obligación moral de velar por mis primos –hizo una pausa para decir unas palabras al oído de Adriana, sonrió complacido con la respuesta que ella le dio y anunció su determinación: “Mañana mismo viajaré a Berlín para traerlos a París; el único inconveniente es que ninguno de los dos habla francés”. Entonces intervino madame Martell para proponer: “no es necesario que por ahora vivan en tu departamento. Es más seguro que los alojes en mi casa. Allí podría darle trabajo a Erika y encargaríamos a Andy de que les enseñe francés; no creo que le disguste la tarea pues vi sus ojos mientras observaba la foto de tu prima y me pareció ver en ellos un cierto brillo que nunca antes le había visto… Andy, ¿te gustó la chica verdad?”. Creo recordar que me sonrojé, pero reconocí desde ese momento que Erika me había atraído muchísimo -. Dos semanas después regresó Otto acompañado únicamente por Erika. Su hermanito había muerto de inanición un mes antes.

En septiembre de ese mismo año, el general Miguel Primo de Rivera, el esposo de doña Casilda, asumió el gobierno de España y disolvió las Cortes, después de un pronunciamiento del Directorio Militar, del cual era presidente. Este hecho cambió desde entonces la vida de mi madre, que fue nombrada como una de sus secretarias privadas y tuvo que viajar a Madrid para atender las responsabilidades de su nuevo cargo.
En enero de 1924 murió Lenin y se inició en la URSS una lucha por el poder que culminaría, cuatro años más tarde, con la consolidación de Stalin como líder único de la Unión Soviética, después de la eliminación sangrienta y sistemática de todos sus opositores. En 1925 Hitler publicó “Mi Lucha”, obra que estudiaríamos detalladamente bajo la orientación de los Martell y cuyo contenido sacudiría la conciencia del pueblo alemán, despertando la admiración hacia la figura y las ideas de este hombre que comenzó a ser percibido como el único capaz de restituir la dignidad alemana atropellada en Versalles. En octubre de 1929 colapsó la bolsa de New York como consecuencia del desordenado crecimiento económico de la posguerra. El 28 de enero de 1930 el rey Alfonso XIII de España, presionado por la oposición política de los socialistas, le pidió al general Primo de Rivera que entregara el poder al general Berenguer. Primo de Rivera se exiló en París, en donde falleció pocos meses después.
Mi madre viajó a París para asistir a los funerales del general, después de los cuales se quedó unos meses para tomar unas merecidas vacaciones y acompañarme al altar el 11 de julio de 1930, fecha escogida para mi matrimonio con Erika, por ser el día de su cumpleaños. Al día siguiente, mi madre regresó a Granada y nosotros viajamos a la Costa Azul en un maravilloso viaje de bodas. Nueve meses después, el 14 de Abril, mientras nacía en París nuestro único hijo, la monarquía española fue abolida por un gobierno republicano que asumió el poder basándose en el triunfo obtenido en unas elecciones municipales efectuadas dos días antes, en las cuales los socialistas obtuvieron mayoría en las principales ciudades. El Rey abdicó y se fue al exilio. Posteriormente, cuando se conocieron los resultados de las provincias, se comprobó que la mayoría no estaba realmente en manos de los republicanos, pero ya era demasiado tarde. Esta, mi tercera década terminó con la felicidad de haber encontrado el amor y su proyección a través de mi hijo, a quien bautizamos Karl en memoria de mi padre, y con una gran preocupación sobre la situación política en los dos países que mis padres me habían enseñado a amar.

Espera la próxima semana el capítulo VIII
Tabio. Martes 26 de febrero

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