Al Final de Mis Guerras. Memorias de un Nazi – Capítulo XIII

Por : kapizan
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Quinto Cuaderno 1942 – 1951

Los años cuarenta, tanto los míos como los de la historia contemporánea, marcaron un giro sustancial en el desenvolvimiento de la segunda mitad del siglo XX y en el de mi propia vida. En lo que a mí respecta, en esa década viví la traumática experiencia de perder a mi esposa y a mi hijo, conocí una nueva dimensión del odio y volqué toda mi energía hacia la venganza, tuve un reencuentro con Ulrika Erlander mi antigua profesora de tango, viajé por primera vez al continente americano, perseguí a Baltasar Ortega hasta México, estuve en Colombia, me encontré con Rudolf Spengler y juntos buscamos a mi amigo Otto, a quien todos dábamos por muerto, y lo hallamos con otra identidad en la Guajira colombiana.
En lo que respecta al mundo en ese lapso, Alemania, después de haber perdido a los italianos como aliados, fue derrotada y dividida entre los vencedores como un botín de guerra; Japón conoció la devastación atómica y no tuvo más opción que rendirse incondicionalmente; la revolución comunista de Mao triunfó en la China continental; la India logró su emancipación del Reino Unido; el Mahatma Gandhi, gestor de la independencia de la India, fue asesinado por un fanático; el 21 de junio, con el solsticio de verano de 1948, inició, según los astrólogos, la Era de Acuario. Desde entonces, comenzó la disputa por el predominio mundial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, en un largo período que llegó a conocerse como la “Guerra Fría”. Éste resultó ser un escenario ideal para continuar por mi cuenta actividades clandestinas financiadas con mi propio dinero y destinadas a satisfacer mis ansias de retaliación contra todo aquello que sonara o pareciera comunista, por razones que conocerán ustedes mis amigos de Tabio en este relato.
Según lo previsto, en la primera semana de enero del 42 viajé a Lisboa usando mi pasaporte español y me ocupé de inmediato en la tarea encomendada de crear una red de espionaje y contraespionaje que el alto mando consideraba vital, especialmente a partir del ataque japonés a Pearl Harbor que despertó la indignación del pueblo norteamericano, hasta ese entonces indiferente a la guerra europea y reticente a repetir la experiencia de involucrarse en un conflicto al parecer más complejo que la primera guerra mundial, e implicó su participación en la guerra, precisamente en el momento en que Alemania se había comprometido a fondo con la campaña del frente oriental en territorio ruso. El 26 de enero desembarcaron en Belfast, Irlanda del Norte, los primeros soldados norteamericanos que llegaron al Reino Unido, en tanto que los japoneses tomaron, pocos días después, la importante base naval británica en Singapur, capturaron cerca de ciento cuarenta mil prisioneros y dieron un duro golpe estratégico a los aliados, al privarlos de su única escala naval entre Sudáfrica y Hawai. Para marzo, ya habían ocupado Indochina y conquistado además Tailandia, Birmania, Malasia e Indonesia, en una admirable sucesión de victorias militares.
En el resto del año los hechos más importantes que la red de espionaje en Lisboa, para entonces totalmente estructurada, comenzó a registrar con cierta preocupación fueron: el nombramiento en junio del general Eisenhower como comandante en jefe de las fuerzas norteamericanas en Europa, con base en el Reino Unido; la primera derrota importante sufrida por los japoneses en una batalla naval, cerca a las costas de Midway, en la cual fueron hundidos cuatro de sus portaaviones; y la derrota en el Alamein del África Corps, Unidad blindada de élite comandada por Rommel, conocido por amigos, enemigos y neutrales como el “Zorro del desierto”, por parte del octavo ejército británico al mando del general Montgomery.

El estreno de “Casablanca”, película de amor y guerra protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, que llegaría a convertirse en un clásico del cine, coincidió, en enero del 43, con una conferencia en la ciudad marroquí del mismo nombre, en la cual Churchill y Roosevelt acordaron aplazar la invasión a Europa hasta 1944, pero desembarcar tropas conjuntas en Sicilia en el verano de ese año. El 31 de enero, el ejército rojo recuperó gran parte del territorio soviético que habían ocupado las tropas alemanas durante la ofensiva iniciada en el año anterior. El titular del diario colombiano El Tiempo de esa fecha: LOS NAZIS NO SON INVENCIBLES, resume la magnitud del impacto real y psicológico que tuvieron la derrota de los alemanes en Stalingrado, la recuperación de Orel, Belgorod y Jarkov, así como la ruptura del cerco nazi sobre Leningrado, que permitió restablecer las comunicaciones ferroviarias con el interior del país, y la recuperación de Jorosten y Zhitomir en Ucrania, con lo cual en conjunto los soviéticos retomaron las dos terceras partes de su territorio, victoria que significó no sólo un cambio de rumbo en la guerra patria de los rusos, sino en el curso definitivo de la segunda guerra mundial.
El 25 de julio de ese año hubo un cambio dramático en Italia que abrió paso a una guerra civil entre fascistas y comunistas, cuando el Rey Víctor Manuel depuso a Benito Mussolini, como una consecuencia directa del desembarco aliado en Sicilia y del cruento bombardeo sobre Roma que dejó alrededor de dos mil muertos; el general Pietro Badoglio encabezó el nuevo gobierno y Mussolini fue detenido, conducido a la Escuela de Carabineros, y tras un largo recorrido por Gaeta, La Isla de Ponza, La Magdalena, Vigna di Valle y Asergi, frente al funicular del Gran Sasso fue recluido, el 6 de septiembre, en el Gran Hotel del Campo Imperatore situado en la cumbre de la montaña a 2.112 metros de altura.
Esa misma noche redacté y cifré personalmente, debido a la importancia de la información sobre el destino final del depuesto Duce, un mensaje para el alto mando alemán. Posteriormente supe que Hitler había ordenado a Otto Skorzeny, mi amigo de la época de las olimpiadas militares en Berlín, que preparara una operación especial de comandos para rescatar a Mussolini. Para mi sorpresa, el 8 de septiembre un avión privado enviado por el servicio de inteligencia alemán me trasladó a Berlín con órdenes expresas de presentarme ante el comandante Skorzeny. Mi amigo tuvo a bien escogerme como miembro de su unidad especial, en condición de combatiente e intérprete. Cuatro días después de un intenso entrenamiento, participé en esta brillante operación militar que me hizo acreedor a la condecoración “Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro”, con la cual únicamente fuimos distinguidos 463 combatientes durante los seis años que duró la guerra.
Después del rescate, tuve una semana de licencia en Berlín en compañía de Erika y mi hijo, fui condecorado y regresé a Lisboa con la instrucción de dar prioridad, en las labores de inteligencia, a la situación en Italia, especialmente al crecimiento del comunismo y la guerra interna en este país. Al despedirme de Erika y de Karl, tuve el presentimiento de que no volveríamos a vernos nunca más. Entretanto, el nuevo gobierno italiano negoció la paz con Inglaterra y Estados Unidos y el 13 de octubre le declaró la guerra a Alemania. Ante la rendición italiana, las tropas alemanas invadieron el norte y el centro del país; poco después, proclamaron la República de Saló, en la que Mussolini estableció un gobierno fascista, integrado por los hombres que habían votado a su favor la noche en que fue derrocado. Entre el 28 de noviembre y el primero de diciembre de ese año se reunieron en Teherán Stalin, Roosevelt y Churchill, primera vez que los líderes de las potencias aliadas conferenciaban juntos, y acordaron abrir el segundo frente en Europa Occidental a partir del primero de mayo del año siguiente, así como la futura desmembración del territorio alemán y las nuevas fronteras polacas. Confieso que en esa oportunidad, tras analizar la información de inteligencia, consideré por primera vez la posibilidad de que Alemania fuera derrotada; sin embargo, no me atreví a comunicar esta apreciación a mis superiores. Poco antes de la reunión en Teherán, el 26 de noviembre, el gobierno colombiano, presidido por el doctor Alfonso López Pumarejo, declaró el estado de beligerancia con Alemania como consecuencia del hundimiento, diez días antes, de tres goletas inermes con bandera colombiana: la “Resolute”, la “Roamar” y la “Ruby”, que transportaban mercancía y pasajeros, por parte de un submarino alemán, el cual fue hundido por el buque de guerra colombiano A. R. C. Caldas, al mando del Capitán de Fragata Federico Diago. Si menciono este episodio, de relativa poca importancia en el contexto mundial, es debido a que mi amigo Otto formaba parte, como oficial, de la tripulación de este submarino que tenía como misión patrullar las costas del Caribe para interceptar y torpedear las líneas de comunicación marítima de los aliados, teniendo como base Bahía Portete, en la península Guajira. El Teniente de Navío Otto Spengler, junto con los demás miembros de la tripulación, fue registrado como muerto en combate y condecorado póstumamente.
La situaciòn en el norte de Italia era bastante compleja a principios de 1944, especialmente al norte en las estribaciones de los Alpes, debido a la intensa y agresiva acción de los partisanos (guerrilleros comunistas) en contra de las tropas alemanas y de las tropas fascistas del gobierno de Saló, que como mencioné presidía Benito Mussolini. Siguiendo instrucciones de mis superiores, viajé con pasaporte sueco y con una fachada como exportador de maderas a Milán, desde donde me desplacé a Pont Canavese, pequeña población alpina que se había convertido, con el apoyo de sus habitantes, en refugio del “Diablo Rojo”, hábil y escurridizo jefe de un peligroso grupo de partisanos que estaba causando estragos a nuestras tropas en la zona. Los detalles de la operación de inteligencia que realicé en esa época no tienen ninguna importancia hoy en día; lo verdaderamente importante para mí fue, y de esto sólo me percaté cuando llegué a vivir a Tabio cuarenta y ocho años después, haber conocido a Giussepe Battiani, el abuelo paterno de nuestro gran amigo Zocco. Vuelvo y repito, mis amigos, nada es casual… pues las relaciones, breves o prolongadas que tenemos con otros seres humanos, se remontan a la urdimbre de nuestra preexistencia. Giuseppe era un hombre bonachón, de baja estatura, complexión robusta y ojos azules vivarachos e inquietos, que podría tener cuarenta o cuarenta y cinco años. Había nacido en Pont Canavese en medio de una familia de comunistas convencidos y beligerantes que, o eran partisanos, o apoyaban a éstos en todo sentido; sin embargo, la política le fue indiferente a Giuseppe, quien sólo tenía dos pasiones en la vida: los motores de pistón, vibrando entre sus manos al volante de cualquier vehículo, y el vino rojo que bebía en cantidades navegables, mientras dialogaba con quien estuviese dispuesto a compartir su mesa y a escuchar sus historias. En una oportunidad, cuando nos extraviamos en la vía, no tuvo ningún inconveniente en virar hacía la derecha para continuar a campo traviesa y responder, ante mi sorpresa, mientras sonreía y se golpeaba el pecho con su mano derecha: “No se preocupe, que los caminos parten de mi corazón”. Esa frase resume la simplicidad filosófica del buen Giuseppe. Reconozco que desde mi primer encuentro con este pintoresco as del volante, lo convertí en mi conductor en todas las oportunidades en que alquilé su vehículo, pulido siempre con amoroso esmero, no sólo durante la guerra, sino en las ocasiones posteriores en que visité Italia como parte de mis operaciones clandestinas en contra del comunismo; si bien es cierto que me aproveché de su ingenuidad para obtener información valiosa, también lo es que siempre le guardé un sincero y profundo cariño que se renovó y multiplicó después de 1991, cuando lo volví a encontrar en Colombia, dos años antes de que sus restos fuesen enterrados en el cementerio de Fusagasuga.
El miércoles 6 de junio de 1944, que pasaría a la historia en versión cinematográfica como “El día más largo del siglo”, desembarcaron en las costas de Normandía las tropas aliadas que habían cruzado el canal de la mancha en 6.697 navíos, apoyados por 14.600 bombarderos, e integradas por 86 divisiones, con más de 100.000 soldados, precedidos por tropas de paracaidistas que realizaron un ataque vertical en la retaguardia alemana, dando comienzo a la operación ofensiva de mayor envergadura en la historia militar de la humanidad. Nuestros servicios de inteligencia fueron hábilmente engañados por los aliados, que habían efectuado durante varias semanas ataques aéreos contra las comunicaciones alemanas en el norte de Francia y nos convencieron de que el ataque principal se produciría en el paso de Caláis y no en Normandía.
El 20 de julio, mientras los aliados avanzaban sobre París enfrentando una encarnizada defensa de las tropas alemanas, un grupo de oficiales encabezado por Claus Von Stauffenberg y del cual formaba parte el mariscal Rommel perpetró un atentado contra Hitler, colocando un maletín con explosivos en la sala de conferencias de la cancillería, que mató a tres importantes miembros del Estado Mayor. El Führer resultó ileso y los conspiradores fueron ejecutados, excepto Rommel, quien se suicidó meses después, en vez de enfrentarse a un juicio sumario. El 22 de julio, tres días antes de que las fuerzas aliadas recuperaran París, los Maquis (Fuerzas de la resistencia Francesa en territorio ocupado) habían descubierto la sede de la red de inteligencia de monsieur Martell y la dinamitaron durante la noche, dejándola totalmente destruida, con todos sus ocupantes muertos. Quienes no murieron en la explosión fueron rematados a tiros. A la masacre sobrevivieron mi amigo Gastón Tissot y Vicente de Roux, un joven, hijo de padre alemán y madre francesa, que se había incorporado a la red de los Martell desde 1940 y se había destacado por su habilidad como líder creativo, leal y entusiasta. Gastón y Vicente lograron salvarse, pues se encontraban cumpliendo una misión fuera de París, cerca al frente de combate. Por sugerencia de Gastón, decidieron huir hacia España usando la ruta de los contrabandistas, que éste conocía muy bien desde la época de nuestras aventuras, veinte años antes. En Madrid decidieron separarse, Gastón con intenciones de regresar a Berlín para luchar como voluntario, y Vicente, por sugerencia del veterano, viajó a Lisboa provisto de una carta en la cual Gastón me ponía al tanto de la situación: me contaba cómo personalmente había dado sepultura a los esposos Martell, a Adriana la esposa de Otto, a Jacqueline, hermana de esta última, a Honoré y a otros cuatro miembros de la red que nunca llegué a conocer. Por último, me recomendaba a Vicente como un hombre inteligente, sagaz y muy bien entrenado, que en su opinión podría jugar un gran papel como miembro de la red que yo había creado en Lisboa. El tiempo demostraría las capacidades y la lealtad del joven de Roux, quien pronto se convirtió en mi brazo derecho y en mi principal colaborador, en todas las actividades clandestinas que realicé después de la guerra; de hecho, mi primer contacto en Colombia, al llegar a Bogotá a comienzos de 1951, fue Antoine de Roux, su hermano mayor, que se había radicado en Colombia desde 1930, se había casado con una colombiana y como ya habrán podido adivinar, era el padre de mi amigo, el profesor Jorge de Roux, a quién heredé una panoplia que Vicente había logrado llevar a Lisboa como su única pertenencia valiosa, pues representaba el escudo de armas de la familia de su madre francesa.
La liberación de París el 25 de agosto representó, desde mi óptica, el comienzo del fin de la segunda guerra mundial. A partir de entonces en los mapas de situación de inteligencia que a diario revisábamos y actualizábamos cuidadosamente entre Vicente de Roux y yo, era cada vez más claro el cerco que se iba cerrando en torno a Alemania con los norteamericanos y los británicos avanzando desde París hacía la frontera occidental y los rusos hacia la frontera oriental. La situación comenzaba a ser desesperada y las derrotas de los japoneses en el pacífico y de nuestras tropas en los territorios ocupados se sufrían día a día. Una luz de esperanza surgida de la contraofensiva de Las Ardenas ordenada por Hitler como un recurso desesperado por revertir el rumbo de los acontecimientos, se extinguió en enero de 1945 al ser derrotadas nuestras tropas por la superioridad numérica y el eficiente apoyo logístico de los norteamericanos. El efecto demoledor del fracaso en las Ardenas, se acrecentó con el bombardeo indiscriminado de la R. A. F. (Royal Air Force) contra la histórica ciudad de Dresde, antigua capital del reino de Sajonia y a la sazón verdadero símbolo cultural de Alemania por sus excepcionales y valiosos monumentos, que fue arrasada y reducida a escombros con un saldo de más de cien mil civiles muertos y trescientos mil heridos, con lo cual el mariscal británico Arthur Harris quiso probar su doctrina respecto a los ataques contra la población civil: “para anular la voluntad de lucha del enemigo”.
Paradójicamente, en su última carta desde Berlín fechada el 14 de abril, decimocuarto aniversario de mi hijo, Erika me escribió: “…Nuestro amor por Alemania y nuestra voluntad de lucha son ahora más sólidos que nunca. Puedes estar orgulloso de tu hijo Karl, que se incorporó a las Volkssturm para participar en la defensa de Berlín hasta las últimas consecuencias. Por mi parte, continúo como enfermera en el mismo hospital, muy deteriorado por los bombardeos, y al igual que mi hijo estoy dispuesta a entregar la vida por mi patria…”. En efecto, la operación ofensiva estratégica Vístula–Oder, iniciada por la Unión Soviética el 12 de enero del 45 y comandada por el mariscal Iván Konev, avanzaba agresivamente hacia el corazón de Alemania; para el 21 de abril los generales Ribalko y Leliushenko se encontraban a las puertas de Berlín y enfrentaban la heroica resistencia que le oponían los batallones de la Volkssturm… Años más tarde, el propio mariscal Konev escribiría: “…la defensa de Berlín fue encarnizada… allí, chocamos con los batallones de la Volkssturm, compuestos por soldados regulares, viejos y adolescentes, que lloraban, pero que luchaban y quemaban nuestros carros con las granadas faust…”. Para entonces, la situación era caótica, las líneas de comunicación entre Berlín y Lisboa se habían interrumpido, y para mí resultaba evidente que habíamos sido derrotados. Una extraña sensación de impotencia, unida a la incertidumbre por la suerte de mi esposa y mi hijo, fue superada por un odio, que ahora reconozco irracional, contra todos los generales rusos que aparecían en mis archivos de orden de batalla: Konev, Leliushenko, Ribalko, Kúrochkin, Gúsev y muchos más, de quienes juré vengarme. Posteriormente, supe que Erika y mi hijo habían muerto defendiendo Berlín y sus cuerpos fueron enterrados en una fosa común. Destino poco honroso para aquellos valientes que lucharon y perdieron.
En las postrimerías de la guerra, el presidente Roosevelt falleció, el 12 de abril, a causa de una hemorragia cerebral, y fue reemplazado por Harry Truman; Benito Mussolini y su amante Clara Petacci fueron fusilados por un grupo de partisanos al amanecer del 28 de abril; dos días después Adolfo Hitler, su esposa Eva Braun y su ministro de propaganda Joseph Goebbels, se suicidaron en el bunker instalado bajo los jardines de la cancillería; una semana después, el 7 de mayo, Alemania, representada por el Alto Mando, se rindió incondicionalmente a los aliados en una pequeña escuela de Reims en Francia; sin embargo, la guerra continúo en las islas del pacífico, ocupadas por los japoneses, pero terminó catastróficamente con el holocausto atómico de Hiroshima y Nagasaki, ordenado por el presidente Truman, y con la rendición de los nipones a bordo del acorazado Missouri, en la mañana del sábado 5 de septiembre de 1945.

¡El arte de vencer se aprende en las derrotas! Esta frase de Simón Bolívar sólo vine a comprenderla en su profundo significado treinta años después, a pesar de que ya para los años veinte, además de haberla escuchado en boca de monsieur Martell, quien la usó después de la primera guerra mundial y su desastroso resultado para Alemania, con el fin de infundirnos ánimo, la había apuntado en una libreta que pomposamente había titulado “Frases Célebres de Hombres Célebres”. Terminada la guerra, derrotado, desesperado y completamente solo en el mundo, me aferré a la única posibilidad que veía mi mente perturbada: ¡seguir luchando para seguir viviendo! Tal vez por esto, permití que el odio se convirtiera en el motor de mis acciones y mi mente creara una causa justa y un enemigo al cual destruir. Mi entrenamiento, unido a mi veteranía como experto en espionaje y operaciones especiales, me permitieron mantener la oficina que había servido como sede en Lisboa, camuflada como una empresa exportadora, y preservar minuciosos archivos, cuya posesión fue factor clave para emprender mi nueva lucha, con un objetivo claramente definido: “Contribuir con todos los medios disponibles a enfrentar y neutralizar la amenaza comunista a nivel mundial”. Esta definición me condujo a plantear objetivos específicos: el seguimiento y la eliminación de agentes comunistas, entre los cuales encabezaban la lista el Capitán Baltasar Ortega y los generales rusos que antes mencioné.
Los últimos meses del año 45 y la mitad del 46 los dediqué, con el diligente apoyo de Vicente de Roux, a organizar y clasificar los archivos, con especial énfasis en el kárdex de QUIÉN ES QUIEN, con carpeta individual para cada uno de mis nuevos enemigos; y como segundo paso, a reclutar un equipo de veinticuatro agentes mercenarios, entre los antiguos miembros de los servicios de inteligencia, tanto alemanes como italianos e incluso franceses, británicos y norteamericanos. Su origen y su pasado, al mejor estilo de la legión extranjera, no importaban. Lo valioso para nosotros era su entrenamiento, su experiencia y su posición ideológica en contra del comunismo. El concepto estratégico era muy simple: infiltrar en territorio comunista parejas de agentes, con la misión de conformar pequeños grupos de asalto para ejecutar operaciones especiales y crear una red celular de inteligencia y contrainteligencia. Todo bajo un mando único: ¡Yo! Ahora me suena prepotente, pero en esa época era mi realidad y tenía el suficiente poder económico para hacerlo. No me extenderé narrando los detalles de las innumerables operaciones que realizamos en Europa a lo largo de los siguientes veinte años; sin embargo, fueron muchos los atentados, los secuestros y los asesinatos a sangre fría que se ejecutaron en Rusia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia y otros países de “La Cortina de Hierro” por órdenes mías y en muchos de lo­s cuales participé personalmente. Me horroriza recordarlo, pero siento la necesidad de mencionarlo en este relato como una muestra de los extremos de perversidad e ignominia a los cuales llegué impulsado por el odio: a mediados de 1957 montamos una operación en la cual actué como ejecutor en el asesinato de un general ruso en Budapest; todo iba saliendo según lo planeado, cuando uno de mis hombres encontró debajo de una escalera a una mujer embarazada y a dos niños de nueve y seis años… no tuve ningún reato de conciencia para disparar contra la indefensa familia; mi único interés era preservar la seguridad de la operación sin dejar testigos. Posteriormente supe que se trataba de una joven judía que hacía las veces de ama de llaves del general. Mi nombre clave, “SIGFRID”, llegó a convertirse en el terror de políticos, generales soviéticos retirados, para mí verdaderos criminales de guerra, y en el dolor de cabeza de los servicios de inteligencia en los países comunistas. Jamás fui descubierto. Mi protección y la de la organización clandestina se fundamentaba en una eficiente labor de contrainteligencia en la que se destacaba un complejo sistema criptográfico que usaba como libro de código una versión en alemán del I Ching con cuyo texto habíamos alimentado las máquinas cifradoras que usaban nuestros agentes. Cada una de estas máquinas estaba dotada de un mecanismo electrónico, diseñado por Vicente, para permitir el acceso al sistema mediante la digitación de una contraseña que variaba cada veinticuatro horas; así pues, la contraseña diaria correspondía al nombre de una runa, según el Futhark antiguo, en su versión islandesa. Mi pequeño ejército operó hasta que voluntariamente decidí desmantelarlo en 1976. ¿Por qué?, si no lo han intuido, mis amigos, lo explicaré más adelante. ¿Para qué? Eso ustedes mismos tienen que descubrirlo.

El viernes 26 de julio de 1946 es una fecha que jamás olvidaré. A las diez de la mañana, mientras saboreaba un café en un agradable sitio cercano a la oficina en Lisboa, un pelafustanillo que recorría el sector voceando periódicos y repartiendo volantes con propaganda me entregó uno que me dejó sin aliento cuando leí: “Academia de Danza Argentina. Tango y Milonga. Maestra ULRIKA ERLANDER…”
Media hora después, había recorrido las diez cuadras que separaban mi oficina de la dirección anotada en el volante, había alcanzado a comprar unas flores frescas y una caja de chocolates finos que decidí llevar como presente improvisado para mi amiga Ulrika y me encontraba frente a una enorme puerta de madera pulida, en la cual se leía ACADEMIA ERLANDER – DANZA ARGENTINA. El nombre de la Academia me indujo a preguntarme mentalmente por Armando, pues sus apellidos Santos Soares no aparecían en la placa de bronce bruñido. Una amable recepcionista abrió la puerta y me indicó que la maestra dictaba clase en ese momento, pero se desocuparía en breve. Al presentarme como amigo personal de Ulrika, me permitió observar y escuchar el final de la clase, cómodamente instalado en una poltrona con vista al salón de baile, cuya puerta estaba abierta… La voz grave y sensual de Ulrika se escuchaba en un portugués bastante claro, matizado por su acento extranjero, mientras le hablaba a un grupo de veinte o veintidós estudiantes que formaban un semicírculo y la escuchaban con atención reverencial: “…entonces, deben tener muy claro – decía acompañando sus palabras con ademanes que daban fuerza a sus palabras – que en el tango es fundamental que ninguno en la pareja trate de sobresalir en su interpretación para destacarse con respecto al otro. Para que una danza se vea hermosa y transmita a quien la observa no sólo la estética, sino la profundidad emocional que deben estar experimentando los bailarines en todo momento, es indispensable que exista una auténtica comunicación entre dos espíritus que se funden en un abrazo y se miran directamente a los ojos como una expresión de amor. Y no me refiero al amor pasional exclusivamente, me refiero al amor fraternal cuya carencia ha sido, en mi opinión, la causa de la absurda e irracional guerra que todos nosotros hemos sufrido…”.
Las palabras de Ulrika quedaron grabadas en un rincón de mi mente y salieron a flote cuando escuché, muchos años después en Tabio, una explicación similar por parte de Elsa. En ese momento, mientras ella se dirigía al gramófono para colocar un disco, me embargó una profunda emoción y sentí el irrefrenable impulso de ir a su encuentro y fundirme con su espíritu, como ella lo acababa de explicar, para bailar al compás de Volver, el inolvidable tango inmortalizado por Carlos Gardel que comenzó a sonar cuando Ulrika indicó a sus bailarines: “…hoy para terminar bailemos este tango. Pero pónganle por favor todo el sentimiento…”.
No encuentro palabras para describir lo que significó para ambos ese mágico encuentro… lo cierto es que esa misma noche, poco antes del amanecer, continuábamos hablando, bailando y riendo, como ninguno de los dos lo había hecho en mucho tiempo. En resumen, Armando había fallecido como consecuencia de un cáncer que “se lo llevó de mi lado en dos meses”, de su unión había quedado Ophir, su única hija, para entonces con 18 años y embarazada de su primer hijo… Seis meses después, nació en Estocolmo una hermosa niña a quien llamarían Birguita, la madre de nuestra profesora de tango, Elsa Berggren; a propósito de Ophir, Ulrika expresó su preocupación pues había recibido una carta de su hija indicándole que su gran amor, un violinista ruso de nombre Fedor Belov, había huido de la Unión Soviética y se había refugiado, desde 1940, en Suecia, pues era un pacifista convencido que se negaba a participar en la guerra. El problema era que desde la mañana del 16 de mayo Fedor había salido de su casa y hasta la fecha se desconocía su paradero. Ulrika, que conocía mi experiencia en labores de inteligencia desde la época de los Martell, consideró providencial nuestro encuentro, pues creía que yo era la persona apropiada para ayudarle a localizar a su yerno… Como ustedes supondrán, aproveché la infraestructura de mi nueva organización para buscar a Fedor. Un año después, mis agentes rindieron un reporte definitivo: “Fedor Belov fue capturado en Estocolmo por agentes soviéticos, el 16 de mayo de 1946, al parecer con la anuencia de funcionarios del gobierno sueco, como parte de una operación ordenada por el Kremlin con la misión de perseguir, capturar y detener a todos los ‘traidores que eludieron su responsabilidad de luchar en defensa de la madre patria’… Se pudo comprobar que Fedor Belov fue trasladado a un campo de trabajos forzados en Siberia, en donde falleció el 3 de febrero de 1947…”.
La casona en la cual funcionaba la academia era una sólida construcción de imponente diseño arquitectónico, al estilo francés, de la última década del siglo XIX que había sido heredada por Armando de su abuelo portugués. Al morir su esposo, la casona había quedado en manos de Ulrika, quien desde el final de la guerra la había convertido no sólo en su residencia permanente, sino en la academia de danza que comenzaba a tener una gran aceptación entre los jóvenes de la sociedad portuguesa. A partir de nuestro encuentro, la amistad entre los dos adquirió una dimensión maravillosa. Por esto puedo asegurar hoy en día que el sentimiento más hermoso entre un hombre y una mujer es la amistad sincera y desinteresada, en la cual no existen secretos y se crea un ambiente de complicidad y de aceptación mutua difíciles de lograr y preservar en otro tipo de relación. La confianza que llegamos a sentir el uno con respecto a la lealtad del otro me hizo romper sin temor la regla de oro del espionaje: “Los seres que amas nunca se deben enterar de las actividades que realizas”. Ulrika, a pesar de que no compartía la razón de mis odios, respetó siempre mi autonomía y mantuvo la más absoluta discreción.
El tercer piso de la casona, cómodo, acogedor y cálido, se convirtió para mí en un oasis al cual llegaba siempre al final de alguna operación compleja y peligrosa hubo muchas en los años subsiguientes, en busca de paz, sosiego, mimos y ternura. Desde el comienzo de nuestra relación, me referí siempre a mis breves estadas como el necesario “reposo del guerrero”. En 1976, después de haber sobrevivido a una grave herida, sufrida en circunstancias que detallaré posteriormente, viajé desde Colombia a mi refugio en Lisboa, buscando recuperarme física y moralmente con la ayuda de Ulrika…
Mi amiga no murió. Simplemente en una tibia tarde primaveral, después de compartir una torta y una copa de vino con Ophir y su nieta, cerró sus ojos azules y se quedó dormida para siempre. Era el domingo 13 de mayo de 1988 y Ulrika celebraba su octogésimo-octavo cumpleaños, el mismo que completaba el siglo XX. Diez años después, el miércoles 13 de mayo de 1998, el espíritu de Ulrika seguía vivo como nunca en Lisboa; tengo la certeza del gozo infinito que experimentó su ser eterno desde el Nirvana, ese lugar que no es un lugar, al ver a sus antiguos discípulos participando en la inauguración de la IV Cumbre Mundial del Tango, en la capital portuguesa. Para que vean mis amigos una vez más la prueba de que nada es casual, les contaré que a ese evento asistieron Uldarico Medina y Martha Mejía en representación de la escuela colombiana de tango Piazzolla. Un año después, en España y a través del tango, se conocieron Elsa Berggren y Uldarico, que se quedó por un tiempo aventurando en Europa; el resto de la historia, ustedes ya la conocen…
Vicente de Roux era una caja de sorpresas. No sólo exhibía una gran habilidad como coordinador y planificador de las operaciones clandestinas, realizadas por mis mercenarios detrás de “La Cortina de Hierro”, sino que demostró una impresionante capacidad como hombre de negocios. Nuestra empresa de fachada se convirtió en una próspera y muy rentable multinacional, dedicada a la importación de materias primas y productos agrícolas, café, algodón, arroz y azúcar, entre otros, provenientes de Centro y Sudamérica, y a la exportación hacia el continente americano de productos europeos de diversa índole. Su ejecutoria financiera, perfectamente legal, era impresionante. En cinco años, desde el final de la guerra hasta mediados de 1950, mi capital se había incrementado en más de un 150%. De nuestra empresa omitiré su nombre pues continúa operando igual que antes con un doble propósito, sólo que el propósito encubierto está motivado hoy en día en el amor y no en el odio. La multinacional había logrado un efecto sinérgico muy favorable a nuestras operaciones clandestinas, puesto que nos permitía obtener información y realizar operativos en un marco de completa respetabilidad empresarial. Vicente había establecido empresas filiales en algunos puertos importantes del Atlántico, como Veracruz en México, Colón en Panamá, Barranquilla en Colombia, Maracaibo en Venezuela, Río de Janeiro en Brasil, y Montevideo en Uruguay. En la gestión empresarial de cada sede operaban dos miembros de nuestro grupo mercenario, cuidadosamente seleccionados y entrenados por nosotros, encubiertos siempre como ejecutivos con cargos gerenciales, que en paralelo desempañaban actividades anticomunistas ordenadas por nosotros.
Como recordarán, me había jurado a mí mismo perseguir, encontrar y eliminar con mis propias manos a Baltasar Ortega, el asesino de mi madre. Pues bien, en diciembre de 195O nuestro agente en México envió un mensaje cifrado que me llenó de malévola emoción: “Para Sigfrid de Azteca. Confirmo presencia Baltasar Ortega Ciudad de México. STOP. Encuéntrase bajo vigilancia permanente. STOP. Solicito instrucciones. STOP”.
Cuarenta y ocho horas después, tras cruzar el Atlántico en un vuelo chárter, me encontraba con mi agente en nuestra oficina de Ciudad de México, revisando el minucioso expediente que mis hombres habían completado con toda la información disponible sobre Baltasar Ortega. En síntesis, éste se había exilado en el país, al igual que centenares de españoles republicanos que veían en México un refugio político apropiado, por su afinidad con la ideología del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI), para rumiar su derrota y despotricar contra la dictadura del general Francisco Franco. Baltasar se había casado con una colombiana y tenía un hijo de once años, estaba dedicado a administrar una taberna restaurante, propiedad de un general republicano y un viejo diputado, también españoles y exilados, vivía en una casa de alquiler, cuyo teléfono habían logrado interceptar mis agentes. Satisfecho al comprobar que mi presa estaba cercada, decidí viajar a las playas de Acapulco y tomarme unos días para descansar, mientras elaboraba mentalmente un retorcido plan de venganza.
Al cuarto día, una sorpresiva llamada de mi agente desbarató todos mis planes. Ortega iba camino al puerto de Veracruz en compañía de su familia, en donde al parecer se embarcarían en un buque de pasajeros con destino Barranquilla. Según la información obtenida mediante interceptación telefónica, Ortega viajaba a Colombia con el propósito de visitar a la familia de su esposa. Ordené que me reservaran un pasaje en el mismo barco, y a las 7 de la mañana me encontraba a bordo de un pequeño avión cruzando el territorio mexicano rumbo a Veracruz.
La travesía a bordo del “Rose Mary”, un barco de pasajeros de mediano tamaño y bandera panameña, estaba prevista para tres semanas, desde Veracruz bordeando la península de Yucatán y con escalas en Belice, Panamá y Cartagena antes de llegar a Barranquilla, desde donde el barco regresaría a Europa cruzando el Atlántico. Esto me daba suficiente tiempo para organizar un plan perfecto; sin embargo, el destino me deparaba dos extrañas sorpresas: una frustró mis ansias de venganza personal, pues Baltasar Ortega sufrió un infarto fulminante y falleció mientras dormía en su camarote. La otra, además de inesperada, resultó enormemente grata y me alejó por un tiempo de los planes perversos que había estado fraguando desde mi llegada a México.
Al atracar en Panamá, subieron a bordo algunos pasajeros con destino a Barranquilla; entre ellos, me llamó la atención un joven con el aspecto inconfundible de los monjes Budistas del Tibet: esbelto, cabeza totalmente rapada y ataviado con una túnica azafrán. Lo atípico era su fisonomía caucásica: piel blanca, ojos azules, elevada estatura y complexión atlética. Cuando subió a cubierta, desde donde yo observaba, me miró con cierto sobresalto; enfocó su visión para verificar si era cierto lo que sus ojos veían; al comprobarlo, su expresión mostró regocijo, avanzó hacia mí con andar pausado y cuando estuvimos frente a frente unió sus manos a la altura del pecho, elevó por un instante la mirada al cielo, murmuró unas palabras en un lenguaje exótico, y finalmente, ante mi notorio desconcierto, me habló en Alemán, con acento berlinés.
Rudolf Spengler, el hijo único de mi entrañable amigo Otto, mi ahijado, a quien no veía desde hacía siete años, ciertamente había cambiado mucho. La historia de su transformación era fascinante. En pocas palabras intentaré resumir los hechos más importantes del relato que me hizo en los días que pasamos juntos, a bordo del “Rose Mary” hasta llegar a Barranquilla, en donde decidí desembarcar y unirme al propósito de su viaje a Colombia.
Con la rendición de las tropas alemanas, en Febrero del 43 en Stalingrado, comenzó para el teniente de las S.S., Rudolf Spengler, una verdadera odisea que, como dije, no contaré en detalle, pues sus episodios bien podrían servir para escribir una novela o un guión cinematográfico. Cuando era trasladado como prisionero a un campo de concentración ruso en Siberia, logró huir y llegar a Bombay en la India, tras ocho meses de arduas y dramáticas peripecias para cruzar gran parte del continente asiático. Su intención era embarcarse en algún transporte marítimo que le permitiera alcanzar las costas del Norte de África para buscar alguna unidad alemana a la cual pudiera integrarse, con el propósito de seguir combatiendo. En Bombay, se vio envuelto en una riña callejera, intervino la policía británica, fue detenido y de la noche a la mañana se convirtió en prisionero de guerra por segunda vez, a causa de una cruz gamada que años antes se había hecho tatuar en el pecho a la altura del corazón. Fue conducido al Dehra Dum Pow Camp, frente a las cumbres del Himalaya, de donde nuevamente logró huir hasta llegar completamente exhausto y casi congelado a un Lamasterio en las afueras de la ciudad de Shigatse, en donde los monjes curaron su cuerpo y, según me dijo, purificaron su alma. Allí bajo la orientación de un monje de nombre impronunciable, a quien se refería con admiración y respeto como “Mi Maestro”, abrazó el budismo y se convirtió en el monje que encontré a bordo. En octubre de 1950, tras la invasión China al Tibet, decidió junto con otros monjes huir del país rumbo a la India, desde donde emprendió un viaje a Europa en busca de sus padres. En diciembre de ese año llegó a Berlín y logró establecer la muerte de ambos, en las circunstancias que antes expliqué. Más interesado en el relato de sus aventuras que en sus profundas reflexiones filosóficas, no caí en cuenta de que muchos de sus planteamientos eran en el fondo muy similares a los que en mi niñez me hacía la tía Lulita.
Lo que verdaderamente me sorprendió fue el motivo de su viaje: localizar a su padre, quien, según información proporcionada un mes antes en Berlín por Mathias Pichler, un marinero que había servido con Otto en el mismo submarino, había logrado salvarse milagrosamente del hundimiento, pues se encontraba en tierra, junto con otros cuatro hombres, con la misión de recoger los tambores de combustible y los víveres que unidades logísticas alemanas transportaban periódicamente por vía aérea, para depositarlos en cercanías a Puerto Estrella, con destino a la flota de submarinos alemanes que patrullaban las costas del Caribe.
El marinero le había contado a Rudolf que al final de la guerra él y otros dos marineros rasos habían decidido regresar a Alemania, en tanto que el teniente Spengler y otro miembro de la tripulación, el suboficial Helmut Schenk, habían decidido quedarse en la Guajira colombiana y emprender una nueva vida en el exótico paraje. Pichler, por encargo de Otto, regresó a Europa con una carta y sendas fotografías de Rudolf y Adriana, a quienes no pudo encontrar por las razones que expliqué antes; entonces, envió una carta indicándole a su antiguo jefe que su esposa había muerto en Francia durante la ocupación, según le había informado un tal Gastón Tissot, con quien había trabajado en la remoción de escombros en Berlín, y que su hijo, según informes de la Cruz Roja Internacional, había sido capturado en Rusia, había escapado y se desconocía su paradero.
El encuentro entre Rudolf y Pichler se dio “por esos inescrutables misterios de la vida”, según lo expresara Rudolf con el tono pausado y místico del monje tibetano en que se había convertido: “el 21 de diciembre, en el solsticio de invierno, gracias a una conjunción favorable de los astros y a la buena memoria del veterano marinero que reconoció mis rasgos a pesar de mi túnica y se atrevió a abordarme…”. La carta que le había enviado su padre daba las señas para encontrarlo con la ayuda de los sacerdotes capuchinos que tenían una misión en Nazareth, en la alta Guajira, pequeño poblado cerca a Puerto Estrella…
Después de convencer a Rudolf de que cambiara su túnica por ropas occidentales, pues formábamos una pareja muy conspicua, y con la ayuda de mi agente en Barranquilla, alquilé un pequeño bimotor y volamos directamente a Puerto Estrella. Dos horas después, éramos cordialmente recibidos por el padre Carlo, un viejo soldado italiano de la primera guerra mundial que había encontrado el reposo del guerrero trocando las armas por la cruz y el uniforme por el hábito carmelita de los capuchinos franciscanos. El clérigo dirigía una misión de su comunidad encargada de alfabetizar y evangelizar a los indígenas de la península.
El Padre Carlo, además de conocer personalmente a Otto, lo había casado un año antes con una joven nativa, y nos contó que la pareja vivía en una ranchería en las afueras de El Pájaro, un pequeño pueblo de pescadores a orillas del mar y relativamente cerca a las salinas de Manaure. Fascinados por el embrujo del desierto guajiro, aceptamos la invitación del sacerdote para hacer el recorrido, atravesando la península por una maraña de trochas bordeadas por pequeños arbustos, cactus y cardones que formaban una vegetación escasa pero hermosa, con dirección a la costa, viajando en un pequeño camión de un cuarto de tonelada, que los capuchinos habían recibido como donación del gobierno colombiano, y con la imprescindible guía de un indígena epiayú que había crecido bajo la tutela del padre Carlo.
Así pues, esta tormentosa década terminó para mí con dos semanas inolvidables en compañía de Otto, su hijo, su joven esposa y sus innumerables parientes simpáticos, alegres y parranderos, que hicieron de mi quincuagésimo aniversario una celebración en la que abundaron la música, el whisky de contrabando y la carne de chivo en diferentes variedades de preparación. El encuentro con mi amigo de la infancia fue un verdadero paliativo para las heridas del alma y una refrescante evocación de nuestras aventuras de infancia y juventud con el sabor agridulce de la nostalgia.

Espera la próxima semana el capítulo XIV
Tabio. Sábado 2 de marzo

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