Operación Capicúa Capítulo XXIII

Por : kapizan
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Kasak deja a Lorena sumida en profunda relajación y sale nuevamente de la cabaña para recoger la valija de la periodista y un maletín mediano de cuero crudo; regresa al poco rato, ingresa al cuarto principal, abre el maletín y saca algunas ropas masculinas, una cédula de ciudadanía colombiana, un pasaporte a nombre de Alfredo Muñoz Acosta, consultor empresarial, nacido en Bogotá el 21 de junio de 1948. Las fotografías de ambos documentos muestran el rostro de un hombre de edad mediana, tez blanca, ojos azules y cabello castaño oscuro. Es Alfredo, el enigmático y respetuoso chofer y guardaespaldas de Lorena durante los últimos años. Tras revisar los documentos, el joven Indio comienza a desempacar los equipajes para acomodarlos en un sólido mueble de madera frente a una cama matrimonial, que junto con las respectivas mesitas de noche y dos mecedoras de mimbre constituían el sobrio pero agradable ambiente de la alcoba. En la sala, entretanto, Lorena continúa en estado de trance.
― Lo logramos Anayana ― dice en voz baja Kasak, sale al frío de la noche, se para de frente a la Peña de Juaica oprime el botón que activa el rayo violeta y es tele transportado al laboratorio Intraterreno, en el interior de la mole de piedra.

Allí le reciben Rondek, Rakar e Idanadi, completamente restablecida de dos impactos de bala que no lograron quitarle la vida.

― Por nuestra parte ― dice el maestro Rondek dirigiéndose al trío ―, la tercera fase de la operación capicúa se concluyó exitosamente: los encuentros entre las parejas elegidas, tendrán lugar esta noche; los riguelianos fueron diezmados y en la prisión intergaláctica tenemos a buen recaudo a la mayoría de los soldados de Dimag, quien por ahora, tardará muchos años en recuperarse pues para fortuna de todos, el maestro Zastov descubrió que su ayudante, el general Ragur, era el informante reclutado por los riguelianos para proporcionar información clasificada sobre los movimientos de los ganimedianos, Lorena y las mujeres elegidas. No veo porqué los niños y niñas que sean engendrados entre hoy y el 2 de febrero, no puedan nacer en la fecha prevista; y creo que en la fase de crianza no tendremos mayores interferencias. Felicitaciones a todos. Pueden regresar a sus lugares de trabajo.

Rakar es teletransportado al interior de su habitación de la cabaña; en la sala, Anayana permanece aletargada, en trance. El comandante, rápidamente se despoja de su uniforme, envuelve su cuerpo desnudo en una bata de seda blanca; empuja la puerta y se para frente a la joven que en ese momento abre los ojos, lo mira con ternura, se pone de pie y avanza hacia él para besarlo en los labios y fundirse en un estrecho abrazo; sin pronunciar palabra, Rakar la levanta en sus brazos e ingresa con ella, la deposita con delicadeza sobre la cama, la besa con ternura en la frente, da media vuelta y, mientras una sonrisa de felicidad ilumina su rostro, cierra la pesada puerta.

FIN

Operación Capicúa Capítulo XXII

Por : kapizan
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3

Ladera oriental de la Peña de Juaica Tabio, noche del 2 de febrero de 1991

Relato de Lorena Montes:

La noche era cerrada pero el cielo estaba despejado, lucía pletórico de estrellas y luceros que parecían danzar en la oscuridad. Al traspasar el grueso portón de caoba que daba acceso al interior de la cabaña, Kasak oprimió un interruptor para iluminar una acogedora sala con cuatro poltronas, tapizadas en cuero, en torno a una alfombra de lana virgen en cuyo centro había una mesa redonda de madera labrada, adornada por un solitario de cristal que lucía una orquídea fresca de color violeta.

Kasak me pidió tomar asiento en una de las poltronas, me indicó que cerrase los ojos e iniciara la serie de ejercicios respiratorios que tiempo atrás me había enseñado Idanadi cuando comenzó su instrucción para la comunicación telepática.
En un estado de completa relajación, mi mente comenzó a escuchar la voz de Kasak, que en tono monocorde me decía:
― Tu nombre cósmico es Anayana, tu origen es pleyadino y a partir de este momento tendrás conciencia de tu verdadero ser trascendente. A continuación tu espíritu viajará en el tiempo y en el espacio hasta el lugar y las circunstancias en que tú y Rakar, que es tu complemento masculino, fueron aceptados por el Supremo Consejo Intergaláctico como una de las parejas que formarían parte, en representación de las Pléyades, de la Operación Capicúa .

Con la nitidez y la tridimensionalidad de un sueño, consciente de mi verdadera identidad, me vi a mi misma al lado de Rakar en medio de un grupo, que con nosotros completaba ciento noventa y una parejas, conformadas por pleyadinos, kordelianos, orphirianos, damarkinos y representantes de otras razas anatómica y fisiológicamente similares a los pobladores de la Tierra. Todos cómodamente instalados en sillas reclinables en una especie de foro, al frente del cual había un podio desde donde se dirigía al grupo el gran Maestro Rondek, presidente del Consejo Supremo, para darnos la bienvenida y felicitarnos por haber sido escogidos entre más de diez mil parejas de voluntarios que se habían ofrecido para participar en la Operación Capicúa. A continuación, el Maestro Rondek nos explicó lo que en ese momento estaba ocurriendo en el Planeta Azul: un rudimentario aparato sobrevolaba una ciudad. De repente, de su vientre fue arrojado un objeto cilíndrico que hizo impacto en el centro de la ciudad levantando una enorme nube que cubrió por completo la pantalla.

Operación Capicúa Capítulo XXI

Por : kapizan
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Autopista Norte, Bogotá, atardecer del 2 de febrero de 1991

Relato de Lorena Montes

El vehículo tomó la avenida Caracas hacia el norte, hasta el comienzo de la autopista en el monumento a los héroes de la independencia. Más adelante a la altura de la calle 85, pude ver a través del espejo retrovisor del lado derecho, el mostacho inconfundible de Alfredo que nos seguía al volante de una camioneta Blazer. Su presencia contribuyó a calmar el temor natural que me producía la advertencia hecha por Kasak de que los riguelianos podrían tendernos una emboscada.

Al llegar al peaje de la autopista norte, miré por el espejo retrovisor y pude ver el momento en que el tronco de un árbol caía entre el parachoques de la camioneta que conducía Alfredo y la parte posterior de nuestro campero que en ese momento paraba al lado de la taquilla de cuyo interior salió un ráfaga de la subametralladora Uzi que empuñaba un rigueliano. Alcancé a distinguir los pies de la cobradora que yacía, en el suelo, en medio de un charco de sangre. Idanadi fue alcanzada por las balas, perdió el control del vehículo y su cabeza cayó reclinada en el hombro de Kasak. Éste tomo el timón con la mano izquierda, frenó el vehículo con el pié del mismo lado y tuvo tiempo para lanzar el rayo verde y neutralizar a otro rigueliano que se aproximó disparando por el lado derecho.

Alfredo, descendió de la camioneta y saltó por encima del tronco, corrió hasta la cabina del campero tomó en sus brazos a Idanadi, activó el rayo violeta que los cubrió y ambos se esfumaron ante mis ojos.

En segundos, Kasak ocupó el asiento del conductor y lanzó el vehículo a toda velocidad en dirección al Puente del Común; en ese momento nos percatamos de que dos motocicletas, cada una con dos riguelianos a bordo venían siguiéndonos y estaban a punto de sobrepasarnos; entonces, Kasak frenó en seco, el campero se desplazó hacia la izquierda y golpeó de lado a una de las motocicletas que se precipitó, con sus dos ocupantes, al mal oliente Río Bogotá, justo antes de cruzar el puente. En una fracción de segundo Kasak alcanzó a dirigir el rayo verde para neutralizarlos antes de que sus cuerpos tocaran el agua. Ante la maniobra la otra motocicleta nos sobrepasó, alcanzó a cruzar el puente y entonces fue ahora el campero el que los siguió hasta alcanzarlos a la altura de Cajicá. Kasak maniobrando el volante para esquivar las balas del parrillero, dos de las cuales hicieron impacto en el parabrisas, pudo apuntarle a los dos hombres y disparar sendos rayos verdes. Finalmente el camino hacia Tabio estaba despejado.

Operación Capicúa Capítulo XX

Por : kapizan
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Hotel Tequendama de Bogotá, 2 de febrero de 1991

Relato de Lorena Montes:
Alrededor de las cuatro y media de esa tarde, me bajé de un taxi frente a la entrada principal del Hotel Tequendama; al traspasar el umbral de la puerta nuevamente resonó en mi mente la misma voz, que me había dado el mensaje telepático en la mañana. En tono alegre me decía:
― Bienvenida a Bogotá, como verás yo he cambiado mucho en el aspecto físico pero tú sigues siendo tan hermosa como el día en que te conocí. Je, Je, Je ―. No pude evitar una carcajada mientras buscaba con la vista a mi interlocutor telepático. No tardé en identificar a Kasak, que en ese momento se levantaba de una poltrona, seguido por la bella mujer de 22 años en que se había convertido Idanadi.

Kasak iba elegantemente vestido con un traje gris claro de tres piezas, camisa blanca de algodón y corbata de seda azul oscura; su rostro moreno lucía una bien cortada barba y estaba tocado por un turbante también azul oscuro, que le daban la apariencia de un elegante diplomático indio. Después de los correspondientes abrazos, Kasak nos invitó a seguirle hasta la suite que compartía, desde el día anterior, con Idanadi, en el último piso del hotel.

Una vez allí, Idanadi ordenó por teléfono un servicio de té y galletas, indicándome, esta vez en lenguaje verbal, que después de tomar el té deberíamos ponernos ropas cómodas: a las seis de la tarde emprenderíamos camino hacia el vecino municipio de Tabio, en donde mi alojamiento estaría en una cabaña a los pies de la conocida Peña de Juaica, y que allí sería preparada para mi encuentro con Rakar, esa misma noche.

A las seis de la tarde un botones golpeó a la puerta, que Kasak se apresuró a abrir:
― Señor Bahadur, el campero que ordenó está disponible en el área de parqueo del hotel ―. Quince minutos después Idanadi tomaría el volante con Kasak en el asiento del copiloto y yo en la parte posterior del vehículo, giraría hacia el norte para tomar la Avenida Caracas rumbo a la Autopista Norte y al encuentro más importante de mi existencia.

Operación Capicúa Capítulo XIX

Por : kapizan
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TABAT

El último ganimediano de mi lista respondía al nombre cósmico de Tabat y al mundano de Gamal Hassan, nacido en El Cairo. El viaje a la isla se realizó a mediados de agosto de 1990, igual que en los años anteriores, sólo que en esta ocasión el piloto fue Gamal y el copiloto Alfredo, quien como la primera vez, fue teletransportado desde la pista de aterrizaje de la isla hasta la nave de la confederación. Tabat, un hombre de contextura atlética, estaba ataviado con traje color caqui de dril de dos piezas tipo safari y sombrero australiano, cuya amplia ala le daba sombra a su rostro de tez cobriza, nariz aquilina, bigote delgado, ojos negros y pelo castaño oscuro.

El área de entrenamiento a cargo de Tabat era la nueva tecnología extraterrestre que se estaba preparando en un laboratorio intraterreno en la Peña de Juaica. Con el aprendí que la confederación había desarrollado un aparato denominado “separador molecular” para ser usado en combinación con un “rayo antigravitacional”; según su versión, esos dos aparatos serían utilizados para movilizar objetos o construcciones entre un lugar y otro; en sus palabras:
― El separador molecular, desprende la masa de su base y con el rayo antigravitacional, se desplaza para situarlo en otro lugar; es la misma metodología que mis antepasados extraterrestres utilizaron en la construcción de las pirámides en Egipto y en tierra de los Mayas.

Resultaba obvio que la humanidad no estaba preparada para utilizar ésta tecnología; basta imaginar que podría hacer un criminal con el separador molecular y el rayo antigravitacional. Cosas tan locas como mover el edificio de la Casa Blanca a un punto indeterminado en mitad del desierto de Arizona.

Otro de los avances científicos disponible en el laboratorio intraterreno, era un “restaurador molecular”, con el cual en cuestión de segundos se pueden reconstruir tejidos humanos destruidos, como en el caso de la joven elegida que resultó herida de bala. Con el también aprendí que para la teletransportación se usa un pequeño aparato, similar al control de un televisor que emite dos rayos: uno de color verde que paraliza a cualquier agresor antes de teletransportarlo a la nave prisión de la Confederación; y otro de color violeta que utilizamos para teletransportarnos desde cualquier sitio, a la nave que sobrevuela la tierra o al laboratorio intraterreno.

Terminado mi entrenamiento con Tabat, regresé a Cali con la sensación del estudiante que termina las materias y debe esperar un tiempo para su graduación.

Operación Capicúa Capítulo XVIII

Por : kapizan
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ASSA

Al año siguiente, 1989, se repitió en igualdad de condiciones el vuelo hasta la isla para mi encuentro con la uruguaya Rosalía Fernández, una atractiva joven de veinte años que respondía al nombre cósmico de Assa. En esta ocasión los pilotos volvieron a ser Otto y Alfredo; sólo que regresaron ambos en el avión y me dejaron en compañía de mi nueva anfitriona. Assa resultó ser una encantadora jovencita de tez blanca, nariz recta y pequeña, pelo castaño oscuro, ojos cafés, y cuerpo muy bien formado; vestida con shorts, camiseta sin mangas y sandalias de cuero. Su área era la sexualidad y el control de la energía vital.

Con ella aprendí la importancia que se le debe dar al manejo de la energía sexual que, según me explicó, es indispensable para la salud física y mental del ser humano. El propósito de su entrenamiento, era darle al acto sexual el carácter de ritual, mediante el cual un hombre y una mujer se complementan espiritualmente a través de la unión física de sus cuerpos. Ella me enseñó una serie de técnicas amatorias en que se combinaban diferentes posiciones eróticas con el uso de la respiración rítmica y profunda. Para el efecto utilizó una serie de proyecciones tridimensionales y holográficas de diferentes parejas en distintas formas de practicar rituales de amor.

La principal conclusión que obtuve de mis sesiones con Assa es que las técnicas sexuales sobre las cuales me ilustró tienen como componente sustancial lo que en oriente se conoce como sexo tántrico, en el cual el control de la eyaculación es muy importante por parte de los hombres.

Operación Capicúa Capítulo XVII

Por : kapizan
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OTTO

A comienzos de julio del año 88, casi un año después de mi encuentro con Besseb en Lisboa, recibí instrucciones telepáticas pero un tanto diferentes: se me anunciaba que en dos horas Alfredo me recogería en mi casa de Cali y me trasladaría al lugar del encuentro con el ganimediano que continuaba en mi lista; se me pedía que llevase equipaje con ropas apropiadas para el trópico. Ese detalle me sorprendió pues según me había informado Kennek, sobre el lugar de los futuros encuentros, a esa altura estaban pendientes Otto en Atenas; Assa en Montevideo, y Gamal en El Cairo, antes de mi encuentro final con el comandante Rakar, cuando se me daría la última información sobre mi nombre cósmico y el origen de mi preexistencia extra terrestre; además, despertaría por completo a mi conciencia trascendente.
― Buenos días señorita Arango ― fue lo primero que me dijo Alfredo por entre el poblado mostacho, que ocultaba su sonrisa, en el tono amable y respetuoso que solía utilizar haciéndome sentir ligeramente incómoda; era como si quisiese guardar cierta distancia entre nosotros; por eso me atreví a preguntarle:
― ¿Por qué no me llamas Lorena, como hacen todos?
― No lo sé señorita, no me sale ― respondió con naturalidad y sin más explicaciones, mientras tomaba mi equipaje y se encaminaba hacia el taxi que nos esperaba frente a mi casa. Abrió la puerta de atrás, me invitó a seguir, guardó la valija en el portaequipajes, se acomodo al lado del chofer y le ordenó:
― Al aeropuerto, por favor.
Media hora después, me encontraba como única pasajera, a bordo de un avión privado Lear jet 35, con capacidad para nueve pasajeros, piloteado por un joven desconocido y con Alfredo como copiloto. Al tomar altura, el aparato enrumbó hacia el océano pacifico, al oriente de Cali. Cuando sobrevolábamos el mar y la costa había quedado a nuestras espaldas, Alfredo, se levantó de su silla, se sentó a mi lado y me explicó:
― Nos dirigimos a una isla privada en el pacífico, en donde, desde diciembre del año pasado, funciona la sede de la Operación Capicúa y reside Hermes Mackarious, tu próximo contacto que responde al nombre cósmico de Otto. Precisamente él pilotea la nave que perteneció a su padre, un magnate griego que falleció en un accidente automovilístico, junto con su esposa, a fines del año pasado ―… en ese momento el aparato entró en área de turbulencias y Alfredo regresó a su puesto de mando al lado del piloto.

Minutos más tarde, al volver la normalidad a la cabina, quien se sentó a mi lado fue Otto: un apuesto joven de tez blanca, nariz recta, pelo castaño claro, ojos cafés, barba incipiente y mediana estatura que lucía guayabera bordada de lino, pantalón de dril blanco, zapatos del mismo color y se cubría con un sombrero ecuatoriano de paja toquilla blanca con cinta negra. Su área de actividad, según me explicó, giraba en torno a ciencia, especialmente física cuántica, radiestesia y telekinesia, como áreas de entrenamiento para mí y de posterior capacitación para los niños capicúas a partir del año 2002, cuando se iniciara su preparación académica por parte de él y sus nueve compañeros ganimedianos.

Otto, permaneció a mi lado un buen rato mientras Alfredo mantenía el rumbo de la nave; en ese tiempo me contó que al morir sus padres él había heredado su fortuna y la propiedad de esa isla. Sabiendo que el comando de la Operación tenía previsto construir una sede de operaciones y disponer de un lugar apropiado para entrenar a los niños capicúas, había propuesto, y le habían aceptado, adaptar la casa y las demás instalaciones existentes en la isla, para tal fin; además, el comando había considerado que por razones de seguridad la isla era más apropiada para mis últimos encuentros preparatorios con los ganimedianos pendientes en mi lista.

Al llegar a la isla, Alfredo se despidió de Otto, se volvió hacia mí, y me dijo:
― Voy a la nave de la confederación en dos meses regreso por usted, que disfrute su permanencia; hasta luego señorita Arango ― dicho esto tomó un pequeño aparato en la mano, oprimió un botón, su cuerpo fue cubierto por un rayo violeta y desapareció de nuestra vista.

La mansión que había pertenecido al padre de Otto, era una enorme propiedad de un solo piso, pintada con cal blanca y con terrazas de estilo griego en lugar de techo. La casa era atendida por un mayordomo filipino, su esposa y sus dos hijas, quienes habían servido por espacio de dos décadas a los padres de Otto. Según me explicó mi anfitrión, en los próximos años pensaban construir cabañas con capacidad para ocho personas, en número suficiente para albergar a los niños capicúa; además se construiría un gran salón de conferencias cubierto por un domo transparente que sirviese como observatorio astronómico.

A partir del día siguiente, en las mañanas tenía interesantes conversaciones en las cuales, en forma sencilla, Otto me transmitía los fundamentos de la física cuántica; en las tardes alternábamos prácticas de radiestesia y telequinesia. La primera mediante manipulaciones con el péndulo, las varillas y la horquilla; con esto aprendí como ampliar la capacidad de mi cuerpo para la magnetorecepción, especialmente en la búsqueda de minerales subterráneos. La segunda para desarrollar mi habilidad de mover a distancia objetos con el poder de la concentración mental.

Un buen día, terminado mi período de entrenamiento, conversaba con Otto cuando en nuestra presencia se materializó la figura sonriente de Alfredo. Media hora mas tarde sobrevolábamos el pacífico de regreso a Cali.

Operación Capicúa Capítulo XVI

Por : kapizan
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BESSEB

A comienzos del verano de 1987 recibí, como en las ocasiones anteriores, la orden telepática de llegar a la casa de playa de la familia Pereira en las afueras de Lisboa, a pocos kilómetros de la capital. Me disponía a abordar un taxi que me llevara a mi destino, cuando el conocido pero enigmático Alfredo, luciendo el mostacho y la gorra que le conocí años atrás en Delhi, me abordó:
― Buenos días señorita Arango ― saludó en tono respetuoso y agregó ―: desde la persecución que tuvimos por parte de los Riguelianos en Alemania, el comando de la Operación Capicúa ha dispuesto que la acompañe en sus siguientes encuentros para reforzar su seguridad; así que a partir de hoy seré su chofer y guardaespaldas ―. Dijo mientras abría la puerta de una camioneta Blazer y me invitaba a subir en la silla del copiloto.

La voz de Alfredo era agradable y hablaba en tono pausado con buena entonación. Pese a que esas eran las primeras palabras que cruzábamos, me inspiraba confianza, y por ello me atreví a preguntarle:
― ¿Tu también eres ganimediano?
― No señorita mi origen es extraterrestre, pero vengo de otro planeta de la Confederación. En realidad soy uno de los 191 varones que permanecemos a bordo de la nave y eventualmente bajamos a la tierra para cumplir misiones específicas ― contestó con naturalidad, se volvió hacia mi , me ofreció una amplia sonrisa y agregó con un gracioso gesto de la mano derecha ―: como ésta ¡Ja, ja, ja, ja!
― ¿Han logrado los riguelianos, eliminar a alguna de las elegidas?― Pregunté para satisfacer una inquietud que me atormentaba desde hacía algún tiempo.
― Lamentablemente sí ― Respondió con un dejo de amargura. Dudó un instante y agregó ―: hasta ahora, han muerto tres que fueron brutalmente asesinadas; por fortuna otras tres que recibieron graves heridas de bala, lograron ser teletransportadas oportunamente a una base intraterrena que mantiene la Confederación en la Peña de Juaica. Allí disponemos de tecnología médica muy avanzada. Gracias a ello y a la prontitud en la evacuación, lograron ser atendidas y sanadas en forma rápida. Ante la muerte por supuesto, no podemos hacer nada. Además, los jóvenes ganimedianos han mantenido contacto con las elegidas, a razón de diecinueve para cada uno. Esto significa que al igual que tú las elegidas han logrado avanzar en aspectos como el desarrollo de la telepatía que ha sido muy útil para comunicar a sus instructores, el momento en que están siendo atacadas y se ha podido reaccionar a tiempo. El caso más reciente ― me dijo en tono de confidencia ―, es el de Idalia, una joven nacida en Moscú, bailarina de ballet que fue seducida por Kirog, el más eficiente de los asesinos de Dimag el jefe riguelianos. ― Alfredo hizo una pausa como si hubiese cambiado su pensamiento y me dijo:
― Prefiero que esta historia se la cuente su anfitriona, Olivia Pereira, que aparece en su lista como Besseb; su casa de playa está a menos de cinco minutos de aquí.
― Y en cuanto a los riguelianos ― insistí con mi curiosidad para aprovechar la buena disposición de Alfredo ―, ¿Cuántos han logrado tele transportar a la prisión, como hizo Kasak en Delhi?
― La semana pasada completamos treinta. Están muy debilitados, pero lejos de ser neutralizados por completo. Concluyó Alfredo, en forma contundente, al tiempo que detenía la camioneta frente a una preciosa cabaña de ladrillo y teja de barro a pocos metros de una playa privada, sobre la cual golpeaban rítmicamente las suaves y refrescantes olas estivales ―. Hizo otra pausa y agregó ―: De hecho, seis de ellos fueron neutralizados desde la nave de la Confederación, al ser detectados merodeando su casa en Cali, con intención de ingresar.

Tan pronto nos detuvimos, salió a recibirnos Olivia con una sonrisa de bienvenida y me dijo:
― Pasa adelante Lorena, o ¿Prefieres que te llame Milena?, estás en tu casa.
― Gracias Olivia, a pesar de que ya no hago periodismo me acostumbré al seudónimo; prefiero que me digas Lorena. En ese momento escuché el ruido del motor y al volverme vi el rostro sonriente de Alfredo que se despedía con un gesto de la mano derecha.

Besseb era una joven atractiva de pelo rojizo, tez bronceada por el sol de la playa, nariz breve, cuerpo muy bien formado y ojos de un azul cobalto con un destello de picardía en la mirada; vestía minifalda de algodón, camiseta sin mangas y sandalias de cuero. Cuando ingresé a la acogedora sala de la cabaña, me ofreció una cómoda mecedora de mimbre y un exquisito jugo de frutas. Una vez acomodada, y calmada la sed, la chica se sentó frente a mí y me dijo:
― Leo en tu mente que quieres conocer la aventura de Idalia, una de mis alumnas en la operación capicúa ¿Me equivoco?
― Para nada. ― contesté con naturalidad pues ya me había acostumbrado a que los chicos ganimedianos leyesen mi pensamiento. La joven sonrió e inició su relato:
― Idalia baila en el ballet de Moscú y un día al término de una función fue abordada por Jack Tsi, un apuesto taiwanés que le ofreció un papel como bailarina en una película de la cual era productor. De esa farsa se valió, para seducirla y llevarla a la cama. Las circunstancias se dieron en tal forma que el hombre la llevó a su habitación; mientras la besaba, ella le quitó la camisa y se sorprendió al percatarse de que él no tenía ombligo. Como había sido advertida sobre esta característica fisiológica de los riguelianos, actuó impulsivamente separándose del hombre y arrojándose por una ventana del primer piso en que se encontraban. Intentó huir, pero, Kirog disparó una pistola con silenciador y ella recibió dos impactos de bala en la espalda. Cayó herida pero me envió un mensaje telepático de auxilio. Lo retransmití a la nave de la Confederación e inmediatamente fue tele transportada para ser atendida en el laboratorio intraterreno de la Peña de Juaica.

En total permanecí dos meses en la casa de la playa, hasta que las aguas comenzaron a enfriarse anunciando el final del verano. En ese período Besseb me enseñó como en las civilizaciones que han logrado vivir en fraternidad con un cuarto o quinto grado de organización social, son muy importantes la música, el canto y las danzas sagradas. En ese sentido mi aprendizaje durante ese tiempo fue muy placentero y relajante. Unas auténticas vacaciones.

Operación Capicúa Capítulo XV

Por : kapizan
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2

KENNEK

En el invierno de 1986 recibí otro mensaje telepático en el que se me ordenaba viajar a la histórica ciudad de Dresde en Alemania, tomara un taxi y me apeara frente a un restaurante cuya dirección me indicó mi interlocutor. A las diez de la mañana con un hermoso cielo invernal en que brillaba el sol, llegué al restaurante de mi cita y me sorprendí pues en la calle del frente había un Mercedes Benz con el colombiano Alfredo, que permanecía a bordo en actitud vigilante. Cuando el taxi arrancó se detuvo frente a mí una motocicleta de alto cilindraje con side car, conducida por un joven fornido de elevada estatura, de tez rubicunda, incipiente barba rubia y ojos azules, luciendo traje de cuero y casco protector.
― Nos están siguiendo, sube al side car ― me ordenó en español mientras tomaba mi pequeña valija de mano, la colocaba en el porta equipaje de su motocicleta y me entregaba un casco protector. Inmediatamente arrancó su moto y en menos de cinco minutos iniciábamos un ascenso por una carretera que se adentraba en un bosque de pinos.

De repente, por el espejo retrovisor, observé que, unos cien metros detrás de nosotros, una pareja de motociclistas nos perseguía; pero detrás de ellos el Mercedes conducido por Alfredo, a su vez los seguía.
― No te preocupes, Alfredo se encargará de ellos, dijo el joven mientras aceleraba la motocicleta antes de dar una curva que sacó de mi vista a nuestros perseguidores.

Media horas después, llegábamos frente a una casa de ladrillo con tejas de barro, rodeada por una cerca de piedra. Dos enormes perros pastores alemanes nos recibieron alborozados y se tragaron dos pedazos de salchichón que les ofreció el joven que en ese momento me tendió la mano y me dijo:
― Yo soy Franz Reichardt, mi nombre cósmico es Kennek. Bienvenida a mi país.
Kennek me contó que su función como instructor de los niños capicúas giraba en torno a la computación, al complejo tema de los sistemas y a la cibernética cuyo avance sería impresionante en las dos siguientes décadas. Para entonces yo manejaba un ordenador que en menos de dos años sería obsoleto; por esta razón, mi entrenamiento se hizo en aparatos similares a los que saldrían al mercado en los años siguientes.

En total, estuve dos meses y medio, hasta los primeros días de la primavera, viviendo en las montañas cercanas a Dresde, sometida a una especie de repaso sobre todos los tópicos que mis jóvenes maestros me habían enseñando en los encuentros precedentes; al final, antes de que Alfredo nos recogiera en el Mercedes, para trasladarnos al aeropuerto, Kennek me dijo durante el trayecto:
― Vamos por la mitad del entrenamiento que te preparará para despertar a tu conciencia trascendente; conocer el origen de tu preexistencia en otro planeta; y encontrarte con tu complemento espiritual. Esto sucederá exactamente el 11 de enero de 1991. En esa fecha las otras mujeres, elegidas junto contigo para encarnar en la tierra, se encontrarán con sus complementos, que actualmente sobrevuelan la tierra con su apariencia física normal. En los días subsiguientes, las parejas escogidas, engendrarán a los futuros líderes de sus respectivos países, que nacerán el 11 de noviembre de ese año capicúa.

Operación Capicúa Capítulo XIV

Por : kapizan
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6

AYA

En octubre de 1985 y bajo un aguacero torrencial llegué a Quito invitada por Augusto Otálora, un editor que había mostrado interés en publicar mi obra. En el aeropuerto me esperaban el señor Otálora en compañía de su esposa Violeta y de su única hija Inés. Habíamos hablado por teléfono y el me había ofrecido alojamiento en su residencia, una casa de corte moderno frente al parque de la Carolina a una cuadra de la Avenida Amazonas con Mariana de Jesús.

Al día siguiente, Inés golpeó a mi puerta en la mañana para ofrecerme un jugo de naranja y un café bien cargado.

― Sé que tu cuerpo y tu mente estaban pidiendo exactamente esto ― soltó una breve carcajada y agregó ―: En realidad lo leí en tu mente; ya conoces mi nombre mundano y a mis padres; mi nombre cósmico es Aya, soy la siguiente en tu lista y la encargada de desarrollar la espiritualidad en los niños capicúa y de reforzar ese aspecto en tu proceso de preparación.

Yo llevaba más de un año sin tener contacto con ninguno de los miembros de la Operación Capicúa y para ser sincera todavía me costaba entender que venía de otro planeta. Inés con su dulce aspecto de cholita, era una joven de tez cobriza, nariz pequeña, pelo lacio de un negro azabache que le llegaba a la mitad de la espalda y unos ojos negros que inspiraban confianza; tal vez por ello, le pedí que me explicara lo relativo a mi origen.

Aya permaneció en silencio por un buen rato y finalmente, para mi decepción, respondió:

― Todavía no estás lista; en su momento, lo sabrás. Por ahora, después de que cierres el negocio con mi padre, viajarás a Cuenca en donde poseemos una casa de montaña en las afueras de la ciudad. Allí iremos juntas y permanecerás un mes conmigo dedicada a desarrollar tus capacidades para manejar la respiración, aprender yoga y algunas técnicas que te ayudarán a encontrar el equilibrio entre mente, cuerpo y espíritu.

Al finalizar el mes que permanecí en la casa de montaña, reconocí que en mi interior y gracias a las enseñanzas de Aya se había efectuado un cambio que no podía definir. La ansiedad que eventualmente me llevaba a fumar había desaparecido. Abandoné para siempre el tabaco. Lo más curioso de ese período, es que durante las noches y en forma recurrente, regresaron unos extraños pero agradables sueños eróticos: me veía en compañía de un apuesto joven cuyo rostro no lograba ver. Cuando le pregunté a mi instructora por el significado de esas imágenes con las cuales había soñado años atrás en mi adolescencia, me contestó:

― A su debido tiempo comprenderás estos sueños que forman parte de tu realidad cósmica.― me dijo en forma enigmática.

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