Operación Capicúa Capítulo XIV

Por : kapizan
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AYA

En octubre de 1985 y bajo un aguacero torrencial llegué a Quito invitada por Augusto Otálora, un editor que había mostrado interés en publicar mi obra. En el aeropuerto me esperaban el señor Otálora en compañía de su esposa Violeta y de su única hija Inés. Habíamos hablado por teléfono y el me había ofrecido alojamiento en su residencia, una casa de corte moderno frente al parque de la Carolina a una cuadra de la Avenida Amazonas con Mariana de Jesús.

Al día siguiente, Inés golpeó a mi puerta en la mañana para ofrecerme un jugo de naranja y un café bien cargado.

― Sé que tu cuerpo y tu mente estaban pidiendo exactamente esto ― soltó una breve carcajada y agregó ―: En realidad lo leí en tu mente; ya conoces mi nombre mundano y a mis padres; mi nombre cósmico es Aya, soy la siguiente en tu lista y la encargada de desarrollar la espiritualidad en los niños capicúa y de reforzar ese aspecto en tu proceso de preparación.

Yo llevaba más de un año sin tener contacto con ninguno de los miembros de la Operación Capicúa y para ser sincera todavía me costaba entender que venía de otro planeta. Inés con su dulce aspecto de cholita, era una joven de tez cobriza, nariz pequeña, pelo lacio de un negro azabache que le llegaba a la mitad de la espalda y unos ojos negros que inspiraban confianza; tal vez por ello, le pedí que me explicara lo relativo a mi origen.

Aya permaneció en silencio por un buen rato y finalmente, para mi decepción, respondió:

― Todavía no estás lista; en su momento, lo sabrás. Por ahora, después de que cierres el negocio con mi padre, viajarás a Cuenca en donde poseemos una casa de montaña en las afueras de la ciudad. Allí iremos juntas y permanecerás un mes conmigo dedicada a desarrollar tus capacidades para manejar la respiración, aprender yoga y algunas técnicas que te ayudarán a encontrar el equilibrio entre mente, cuerpo y espíritu.

Al finalizar el mes que permanecí en la casa de montaña, reconocí que en mi interior y gracias a las enseñanzas de Aya se había efectuado un cambio que no podía definir. La ansiedad que eventualmente me llevaba a fumar había desaparecido. Abandoné para siempre el tabaco. Lo más curioso de ese período, es que durante las noches y en forma recurrente, regresaron unos extraños pero agradables sueños eróticos: me veía en compañía de un apuesto joven cuyo rostro no lograba ver. Cuando le pregunté a mi instructora por el significado de esas imágenes con las cuales había soñado años atrás en mi adolescencia, me contestó:

― A su debido tiempo comprenderás estos sueños que forman parte de tu realidad cósmica.― me dijo en forma enigmática.

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