Operación Capicúa Capítulo XVII

Por : kapizan
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OTTO

A comienzos de julio del año 88, casi un año después de mi encuentro con Besseb en Lisboa, recibí instrucciones telepáticas pero un tanto diferentes: se me anunciaba que en dos horas Alfredo me recogería en mi casa de Cali y me trasladaría al lugar del encuentro con el ganimediano que continuaba en mi lista; se me pedía que llevase equipaje con ropas apropiadas para el trópico. Ese detalle me sorprendió pues según me había informado Kennek, sobre el lugar de los futuros encuentros, a esa altura estaban pendientes Otto en Atenas; Assa en Montevideo, y Gamal en El Cairo, antes de mi encuentro final con el comandante Rakar, cuando se me daría la última información sobre mi nombre cósmico y el origen de mi preexistencia extra terrestre; además, despertaría por completo a mi conciencia trascendente.
― Buenos días señorita Arango ― fue lo primero que me dijo Alfredo por entre el poblado mostacho, que ocultaba su sonrisa, en el tono amable y respetuoso que solía utilizar haciéndome sentir ligeramente incómoda; era como si quisiese guardar cierta distancia entre nosotros; por eso me atreví a preguntarle:
― ¿Por qué no me llamas Lorena, como hacen todos?
― No lo sé señorita, no me sale ― respondió con naturalidad y sin más explicaciones, mientras tomaba mi equipaje y se encaminaba hacia el taxi que nos esperaba frente a mi casa. Abrió la puerta de atrás, me invitó a seguir, guardó la valija en el portaequipajes, se acomodo al lado del chofer y le ordenó:
― Al aeropuerto, por favor.
Media hora después, me encontraba como única pasajera, a bordo de un avión privado Lear jet 35, con capacidad para nueve pasajeros, piloteado por un joven desconocido y con Alfredo como copiloto. Al tomar altura, el aparato enrumbó hacia el océano pacifico, al oriente de Cali. Cuando sobrevolábamos el mar y la costa había quedado a nuestras espaldas, Alfredo, se levantó de su silla, se sentó a mi lado y me explicó:
― Nos dirigimos a una isla privada en el pacífico, en donde, desde diciembre del año pasado, funciona la sede de la Operación Capicúa y reside Hermes Mackarious, tu próximo contacto que responde al nombre cósmico de Otto. Precisamente él pilotea la nave que perteneció a su padre, un magnate griego que falleció en un accidente automovilístico, junto con su esposa, a fines del año pasado ―… en ese momento el aparato entró en área de turbulencias y Alfredo regresó a su puesto de mando al lado del piloto.

Minutos más tarde, al volver la normalidad a la cabina, quien se sentó a mi lado fue Otto: un apuesto joven de tez blanca, nariz recta, pelo castaño claro, ojos cafés, barba incipiente y mediana estatura que lucía guayabera bordada de lino, pantalón de dril blanco, zapatos del mismo color y se cubría con un sombrero ecuatoriano de paja toquilla blanca con cinta negra. Su área de actividad, según me explicó, giraba en torno a ciencia, especialmente física cuántica, radiestesia y telekinesia, como áreas de entrenamiento para mí y de posterior capacitación para los niños capicúas a partir del año 2002, cuando se iniciara su preparación académica por parte de él y sus nueve compañeros ganimedianos.

Otto, permaneció a mi lado un buen rato mientras Alfredo mantenía el rumbo de la nave; en ese tiempo me contó que al morir sus padres él había heredado su fortuna y la propiedad de esa isla. Sabiendo que el comando de la Operación tenía previsto construir una sede de operaciones y disponer de un lugar apropiado para entrenar a los niños capicúas, había propuesto, y le habían aceptado, adaptar la casa y las demás instalaciones existentes en la isla, para tal fin; además, el comando había considerado que por razones de seguridad la isla era más apropiada para mis últimos encuentros preparatorios con los ganimedianos pendientes en mi lista.

Al llegar a la isla, Alfredo se despidió de Otto, se volvió hacia mí, y me dijo:
― Voy a la nave de la confederación en dos meses regreso por usted, que disfrute su permanencia; hasta luego señorita Arango ― dicho esto tomó un pequeño aparato en la mano, oprimió un botón, su cuerpo fue cubierto por un rayo violeta y desapareció de nuestra vista.

La mansión que había pertenecido al padre de Otto, era una enorme propiedad de un solo piso, pintada con cal blanca y con terrazas de estilo griego en lugar de techo. La casa era atendida por un mayordomo filipino, su esposa y sus dos hijas, quienes habían servido por espacio de dos décadas a los padres de Otto. Según me explicó mi anfitrión, en los próximos años pensaban construir cabañas con capacidad para ocho personas, en número suficiente para albergar a los niños capicúa; además se construiría un gran salón de conferencias cubierto por un domo transparente que sirviese como observatorio astronómico.

A partir del día siguiente, en las mañanas tenía interesantes conversaciones en las cuales, en forma sencilla, Otto me transmitía los fundamentos de la física cuántica; en las tardes alternábamos prácticas de radiestesia y telequinesia. La primera mediante manipulaciones con el péndulo, las varillas y la horquilla; con esto aprendí como ampliar la capacidad de mi cuerpo para la magnetorecepción, especialmente en la búsqueda de minerales subterráneos. La segunda para desarrollar mi habilidad de mover a distancia objetos con el poder de la concentración mental.

Un buen día, terminado mi período de entrenamiento, conversaba con Otto cuando en nuestra presencia se materializó la figura sonriente de Alfredo. Media hora mas tarde sobrevolábamos el pacífico de regreso a Cali.

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