La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo VII

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, VII. Ondinas al rescate

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

VII
ONDINAS AL RESCATE

A bordo de la nao Santa Librada, los expedicionarios se acomodaron en una bodega debajo del castillo de popa, en tanto que Malú se instaló en el palo mayor para poder observar el panorama y alternar el reposo con cortos vuelos entre la nave principal y las carabelas artilladas que le servían de escolta como protección contra eventuales ataques piratas.

La travesía transcurría apacible. Los diminutos polizones se entretenían escuchando los fascinantes relatos que hacía el príncipe Karlo sobre la vida en África, oyendo las trovas que Binaroti y Petrochi habían escrito sobre sus aventuras contra los gnomos morados y cantaban acompañándose con la guitarra, o paseando sobre la cubierta para tomar el viento fresco en las noches en que el calor de la bodega se hacía insoportable. Al amanecer del décimo octavo día, cuando la flota navegaba más cerca de Cartagena que de Sevilla, tronó la voz del capitán que gritó a voz en cuello:

― ¡Alerta! ¡Buque pirata a la vista! ¡Artilleros a sus puestos!

La batalla naval fue encarnizada y finalmente las naves de la escolta lograron hundir al buque enemigo; sin embargo, los cañonazos del buque pirata hicieron una enorme tronera en el casco de La Santa Librada, que comenzó a hacer agua y lentamente se fue hundiendo entre las olas.

En medio del caos, Tomás activó la pulsera, recuperó su tamaño de humano, metió a su hijo y a sus diminutos compañeros en una mochila, se la terció a la espalda, agarró una mesa que encontró en la bodega, la tiró por la borda y se lanzó al agua.

Minutos más tarde, nuestros amigos flotaban a la deriva en alta mar, agarrados de la mesa, que intentaban empujar Tomás y su hijo Antonio, que también recuperó el tamaño humano, y juntos comenzaron a patalear con fuerza y a remar con un brazo, mientras los gnomos y los pigmeos se agarraban con ambas manos del borde de la mesa. ¡La rápida reacción de Tomás los había salvado!

Después de un buen rato empujando la mesa sobre el agua, Tomás y Antonio dejaron de chapalear para descansar. Entonces Malú, que los seguía desde el aire, anunció con tono de pesadumbre:

― Estamos perdidos. No se ve la costa.

―No, no estamos perdidos. Podemos acudir a las ondinas para que nos guíen hasta las playas de Cartagena ―Sugirió Binaroti con un tono que infundió tranquilidad y optimismo a sus compañeros.

― ¿Cómo las llamamos? ―Preguntó Antonio un tanto incrédulo.

― Muy fácil ―Respondió Binaroti y agregó:

― Para empezar, tú y tu padre deben disminuir nuevamente su tamaño. Después, los seis nos subiremos a la mesa y comenzamos a cantar nuestro himno. Ellas acudirán en nuestra ayuda. Esa es la ley de la quinta dimensión.

Los náufragos siguieron las indicaciones de su jefe natural y de pie sobre la mesa que flotaba en medio de un mar en calma, comenzaron a cantar a voz en cuello:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…
Fuchilurí macá.
Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá…

De repente, el océano a su alrededor se tornó transparente y aparecieron siete hermosas ondinas con cuerpo esbelto de mujer, bellísimas facciones y un tamaño tres veces superior al de los gnomos. La ondina que estaba a cargo del grupo, sacó medio cuerpo del agua, sacudió la cabeza de larga cabellera y con voz melodiosa anunció:

― Bienvenidos al reino de Neptuno. Mi nombre es Odalia y junto con mis compañeras estamos listas para llevaros a donde dispongáis.

Binaroti respondió el saludo y pidió a Odalia que los condujesen a la costa de Cartagena, lo más cerca posible al palenque en donde se refugiaba el rey Benkos de Biohó con sus Cimarrones.

Acto seguido, cada una de las ondinas tomó en brazos a uno de los náufragos y guiadas por Odalia se sumergieron y nadaron a gran velocidad hasta que en menos de lo que dura un suspiro, emergieron con su carga frente a una playa a pocas millas de Cartagena, al inicio de un sendero que Halil reconoció como el camino hacia el palenque a donde podrían llegar caminando en menos de media hora, ver al rey cimarrón y cumplir el encargo de entregarle la pulsera.

Sin demora, emprendieron la marcha guiados por Halil quien al llegar a un recodo del camino se detuvo, se volvió hacia el jefe natural del grupo y le dijo:

― Binaroti, estamos a pocos metros del palenque. Propongo que Tomás y Antonio recuperen su tamaño como humanos para que sean ellos los que hablen con el rey Benkos.

― De acuerdo, que sean ellos los que hablen con el rey Benkos el resto los acompañaremos ― replicó Binaroti y agregó ―: Al comienzo, él únicamente los verá a ellos y no nos verá a nosotros; pero cuando se ponga la pulsera y reduzca su tamaño, no sólo podrá vernos y hablar con nosotros sino que podrá entrar a la quinta dimensión y al mundo de los pigmeos Tayronas del cacique Kátaro, que podrán ayudarle en su causa.

Mientras Tomás y su hijo hacían girar el trébol de sus pulseras y regresaban a su tamaño natural, ninguno, con excepción de Malú, se percató de la presencia de Guarox, un gigantesco gavilán negro, del tamaño de un águila, que por pura casualidad estaba en un árbol cercano y cuando vio avanzar a los seis pequeños personajes, se agazapó tras el follaje para ver y escuchar lo que sucedía.

Intrigado por la sospechosa actitud del enorme gavilán, Malú simuló no haberlo visto, pero cuando sus amigos iniciaron la marcha hacia el palenque y el gavilán emprendió vuelo, decidió volar tras él a prudente distancia…

Una gran sorpresa se llevó cuando se dio cuenta de que había seguido al gavilán hasta el mismísimo campamento de Vangar y los gnomos morados. Tal como lo hizo el gavilán espía, Malú observó y escuchó atentamente lo que allí sucedía.

***

Benkos, el rey de los cimarrones del palenque, recibió con cierto recelo pero con curiosidad a los dos blancos, padre e hijo, que dijeron traerle un recado del rey Kinte. La sola mención del nombre del monarca de los pigmeos removió, en el corazón y en la mente del joven rey, hermosos recuerdos de su infancia en África que lo retrocedieron al día en que se había extraviado en la selva y unos pigmeos al mando del rey Kinte lo guiaron hasta su choza, pero antes, visitaron un mágico mundo de seres en miniatura que hablaban su misma lengua y en el que los animales y las plantas hablaban entre sí. Después creció y nunca más volvió a ver a los pigmeos, pero el recuerdo quedó grabado en su memoria para siempre.

Tomás le dio el mensaje del rey Kinte, señor de los pigmeos de África occidental y los saludos del rey Ergonio III, señor de los gnomos de los bosques de Sevilla. A continuación le entregó la pulsera, y le pidió que la ciñera en la muñeca derecha, tal como la tenían él y su hijo. Cuando el rey negro ciñó la pulsera, Antonio les pidió a él y a su padre que hicieran girar el trébol hacia la derecha y repitieran el primer verso del himno: Macacafú, fuchi fú, fuchi fú…

La sorpresa del rey Benkos fue notoria con la sensación de reducción del tamaño que Tomás y Antonio conocían muy bien; pero no daba crédito a sus ojos y a sus oídos al ver que los tres habían reducido su tamaño al mismo de los dos gnomos verdes y los dos pigmeos africanos que le sonreían amistosamente y cuya apariencia conservaba en sus lejanos recuerdos de infancia. En ese momento pasaron por su lado dos negros del palenque, que obviamente no los vieron. Sólo entonces, Benkos tomó conciencia por primera vez de que al reducir su tamaño también se había vuelto prácticamente invisible. Captó entonces el verdadero valor del presente que le había enviado el rey Kinte y las innumerables posibilidades que estos nuevos poderes le ofrecían para mejorar su lucha a favor de la libertad de los esclavos negros en el Nuevo Mundo.

Después de las presentaciones, Binaroti sugirió que cruzaran el portal dimensional y fuesen a visitar al cacique Kátaro para que conociese al rey Benkos y establecieran una forma de comunicación entre sí que le permitiera a los cimarrones acudir al jefe de los pigmeos tayronas cuando requiriesen ayuda. Por su parte, Karlo y Halil deseaban obtener información sobre las circunstancias en que había sido secuestrada la princesa Marli.

Al cruzar el portal, guiado por Halil, el grupo emprendió la marcha por un sendero que los condujo, tras dos horas de camino, hasta la aldea en que vivía el cacique Kátaro. El encuentro entre Benkos y el jefe de los pigmeos fue muy emotivo, toda vez que Kátaro manifestó que su lucha por la libertad de los esclavos negros era una causa que él y su pueblo estaban dispuestos a apoyar con determinación. Unas pocas palabras y un abrazo fraterno sellaron una alianza interdimensional, que seguramente daría buenos frutos. Satisfecho por los resultados de su encuentro con Kátaro, el rey Benkos se despidió, hizo girar el trébol de su pulsera, recuperó su tamaño y regresó al palenque.

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