La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo VIII

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, VIII. El ejército de Vangar

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

VIII
EL EJÉRCITO DE VANGAR

A lo largo de casi un siglo, el plan de Vangar para crear una nueva raza de gnomos mestizos, mezclándose con las pigmeas secuestradas en el Nuevo Mundo, se había convertido en realidad. Tras su salida de La Española se había dedicado por décadas a secuestrar pigmeas a lo largo del litoral y esto le había permitido a él y a sus gnomos morados traer al mundo cerca de doscientos mestizos de ambos sexos a los que había entrenado como guerreros, adiestrándolos en el uso de la lanza y el arco de flechas. Sus mestizos vestían pantalón blanco de algodón enrollado por debajo de la rodilla, camisa del mismo material, y se cubrían con un sombrero de paja teñido de morado. Por su parte, él y sus secuaces conservaban el tradicional gorro puntiagudo de color morado oscuro.

Las secuestradas, normalmente jóvenes de menos de cincuenta años, la edad en que ya podían tener hijos, permanecían en una cueva, atadas y vigiladas hasta que llegaba su tiempo. En esas condiciones se encontraba la princesa Marli y otras seis doncellas tayrona. Te preguntarás, amigo lector: ¿Qué suerte corrían las doncellas secuestradas después del nacimiento de sus mestizos? La respuesta es cruel pero simple: Vangar las estrangulaba con sus propias manos.

Para la época de este relato, Vangar había logrado perfeccionar el bebedizo utilizando la sangre pura de las doncellas sacrificadas, hasta el punto de que con una ración en la mañana y otra en la noche, tanto él como Octox y Nonex pudieron abandonar para siempre la cuarta dimensión y permanecer todo el tiempo en un campamento que construyó a la orilla del mar en la tercera dimensión, cerca al portal que daba acceso al territorio de los pigmeos tayronas en la quinta dimensión. Ahora, podía ingresar al mundo de los pigmeos las veces que quisiera y permanecer allí todo el tiempo que fuese necesario para cumplir sus malvados propósitos.

Esos avances lo llevaron a pensar que era posible invadir con sus huestes el territorio Tayrona, dar un golpe definitivo y destronar al cacique Kátaro, jefe de los pigmeos que habitaban en inmediaciones de Cartagena y de la sierra nevada de Santa Marta.

Vangar estaba muy orgulloso de su nuevo ejército, al que creía haberle inculcado la esencia de su perversidad, de su astucia y de su capacidad para hacer el mal. Lo que Vangar desconocía era que al mezclarse la sangre de los gnomos con la de las inocentes doncellas pigmeas, no podría predecir el comportamiento de sus descendientes por muy bien que los hubiese entrenado. De hecho, a raíz del secuestro de Marli, la pigmea africana, uno de sus mestizos llamado Gandul se había comportado con ella en una forma particularmente amable. Esta actitud era, desde todo punto de vista, inapropiada y demostraba una debilidad que no se compadecía con el ideal del guerrero que Vangar proyectaba para su ejército. Cuando el jefe de los gnomos morados se enteró de la debilidad de Gandul, lo mandó azotar y prohibió que lo volviesen a enviar como vigilante de las doncellas.

Cada día los planes de los gnomos morados para atacar a los pigmeos tayrona iban cobrando forma y Vangar pensaba que sus guerreros estarían listos en tres meses, es decir, antes del nuevo año. Todo parecía marchar bien, hasta que cierta mañana Guarox, el gavilán que Vangar había reclutado como espía en el Nuevo Mundo, le trajo un inquietante mensaje:

― Amo, traigo una noticia que no os va a gustar ― comenzó a decir con cautela el gavilán, temeroso de la reacción de su dueño.

― Desembucha de una vez, ave de mal agüero ―urgió al gavilán el impaciente Vangar.

― Binaroti, vuestro enemigo, ha vuelto―acto seguido, el gavilán le relató de un tirón lo que había visto y oído cerca al palenque del rey Benkos.

Ante la noticia, el malvado Vangar se despachó en maldiciones e improperios, arrojando al suelo lo que había cerca y pateando con furia lo que encontraba a su paso mientras daba grandes zancadas. Finalmente se detuvo, mandó llamar a Octox y a Nonex y cuando los tuvo al frente les dijo:

―Binaroti ha regresado con Petrochi y cuatro pigmeos más: dos negros y dos blancos. Seguramente intentarán rescatar a la princesa Marli. Debemos adelantarnos, anticipar nuestros planes y atacar antes de que él lo haga.

― ¿Cuándo crees que debemos atacar? ―Preguntó Octox

― Mañana que es noche de luna negra ― contestó Vangar y agregó:

― La idea es que avancemos en la oscuridad organizados en tres unidades de mestizos cada una: dos de lanceros al mando de ustedes y una de arqueros bajo mi mando. Los lanceros irán en primera línea y yo los seguiré con los arqueros en la retaguardia. A cien metros de la aldea nos dividimos para rodearla y al amanecer lanzamos el ataque. Empiecen los preparativos en forma inmediata. Las doncellas deberán quedar amarradas en la cueva hasta nuestro regreso.

Malú, que como recordarás había seguido al gavilán hasta la guarida de Vangar, escuchó aterrado los planes del malvado gnomo, remontó vuelo y se dirigió sin pérdida de tiempo a comunicar la información a Binaroti.

***

Después de que Benkos hubo partido, el cacique Kátaro organizó un banquete en honor de sus visitantes. El festejo estuvo animado por una representación artística de un grupo mixto de pigmeos que interpretaron canciones y bailes al son de la marimba. En la charla de sobremesa Kátaro, hablando en castellano ― idioma que desde la llegada de los españoles habían adoptado los indígenas que habitaban en ambas dimensiones ―, se mostró muy contento con la presencia de Binaroti y su primo, cuyas hazañas combatiendo a los gnomos morados en la isla de sus hermanos tainos eran legendarias y se contaban de boca en boca a lo largo del litoral. El cacique estaba convencido de que su llegada, armados con los famosos mosquetes que petrificaban a sus adversarios, marcaría el comienzo del fin del terror que habían implantado en sus tierras los gnomos morados del bandido Vangar y su ejército de mestizos.

De repente Malú apareció en la aldea, sin respetar el protocolo, se plantó en mitad de la mesa que presidía el Cacique al lado de Binaroti, y en forma atropellada pero sin omitir detalle les contó lo que había visto y oído en el campamento de Vangar. Terminado el informe de Malú, el primero que habló fue el cacique para señalar:

― La situación es grave y el riesgo es inminente, pero tenemos dos ventajas: la primera, que Malú les arruinó la sorpresa y la segunda, que Vangar estaba hablando de mañana en términos de la tercera dimensión. O sea que tenemos una semana de nuestro tiempo para preparar la defensa ― dijo con voz calmada. Después dirigiéndose a sus invitados preguntó:

― ¿Qué opináis vosotros?

― ¿Con cuántos guerreros armados podemos contar?― quiso saber Petrochi.

― En el tiempo que tenemos disponible, puedo reunir unos trescientos guerreros armados con lanzas― respondió con prontitud Kátaro.

― Entonces, debemos alistar nuestros mosquetes y ponernos en acción cuanto antes. Tengo algunas ideas que quiero compartir con vosotros ― opinó Binaroti.

Después de deliberar por un rato, Kátaro y sus seis invitados concibieron un ingenioso plan de defensa. Cuando estuvieron todos de acuerdo en sus detalles, el cacique impartió instrucciones precisas para alistar el dispositivo que debería estar listo en una semana, en tiempo de la quinta dimensión.

A partir de ese momento comenzó una febril actividad para organizar la defensa de la aldea: los pigmeos cavaron un foso profundo alrededor del conjunto de chozas lo suficientemente ancho para que los atacantes no pudieran saltar por encima de él y tan profundo que sólo era posible salir del fondo con ayuda de sogas lanzadas desde el borde exterior. Construyeron también un puente levadizo e instalaron seis barricadas protegidas por sacos llenos de arena y espaciadas en torno al foso: tres en el hemisferio norte y tres en el hemisferio sur.

La víspera del anunciado ataque, Binaroti y el cacique pasaron revista de las obras y se mostraron satisfechos. Entonces Kátaro, al frente de los trescientos lanceros, cruzó el puente levadizo y ordenó a sus pigmeos que cubriesen la abertura del foso con ramas para disimularlo. Cuando el foso quedó cubierto, impartió instrucciones a sus guerreros para que se internaran en los bosques aledaños y permanecieran ocultos, formando un círculo alrededor de la aldea a unos trescientos metros de distancia del foso. A partir de ese momento, la suerte estaba echada…

***

Poco antes de iniciar el avance nocturno hacia el territorio de los pigmeos tayrona, Gandul, en un arranque impulsivo, aprovechó que su jefe estaba ocupado revisando sus tropas y se escabulló hasta la cueva de las doncellas prisioneras. Se acercó a la princesa Marli, le aflojó las ligaduras y le susurró al oído:

― Tan pronto amanezca, desata a las prisioneras y huye con todas.

Acto seguido, sin esperar la natural expresión de gratitud de la sorprendida princesa, se alejó de la cueva y se unió a la unidad de vanguardia que comandaba Octox. Tenía miedo de caer en combate por una causa que no entendía y, a su juicio, sólo obedecía a la ambición de Vangar y sus secuaces cuya crueldad le repugnaba.

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