La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo XI

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, XI. El secreto del abuelo Rubén

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SEGUNDA PARTE
LA MONTAÑA EMBRUJADA

XI
EL SECRETO DEL ABUELO RUBÉN

Cordillera Central de los Andes Colombianos, febrero de 2017

Sobrecogida por la imponencia de la mansión, con sus tres pisos y su mansarda, Natalia se sintió por un instante como Alicia en el País de las Maravillas. Se sobrepuso, alisó los pliegues de su falda y golpeó tres veces el aldabón de la inmensa puerta de caoba…Una amable empleada, vestida con delantal y cofia, la hizo seguir a la sala principal en donde, antes de reparar en el valioso mobiliario y los objetos que la adornaban, se sintió fascinada por el retrato de un anciano, pintado al óleo, y por la intensidad de la mirada en sus ojos grises que parecían vivos. Completamente absorta la sorprendió la voz de una mujer que a sus espaldas dijo: “Es el abuelo… mi suegro… yo lo pinté. Murió el día en que mi hijo cumplió seis años; y tú, debes ser Natalia la sicóloga; yo soy Priscila González la madre de Robi; tu hoja de vida es impresionante y algo me dice que podrás volver a mi hijo a la normalidad – sin esperar que Natalia respondiera agregó -: estoy convencida de que la influencia de mi suegro fue nefasta para el niño… El viejo, estaba un tanto chalado y pasaba horas enteras encerradas con mi hijo en su habitación de la mansarda, llenándole la cabeza de fantasías absurdas sobre un mundo mágico habitado por seres diminutos que él llamaba mafuchinos… Desde que el anciano murió, Robi no ha vuelto a hablar, ni a reír, ni a llorar y sólo repite una estúpida cantinela que le enseñó su abuelo. Se comporta como un alelado y lo retiraron del jardín; precisamente la directora nos sugirió tu nombre…”.

Tres meses después, la víspera del séptimo cumpleaños de Robi, Natalia tuvo un extraño sueño en el cual el viejo le enseñaba la cantinela y la instruía sobre dónde encontrar un croquis que la guiaría al mundo mágico; al día siguiente, esperó sentada en el sillón del abuelo a que el niño llegase a la mansarda (con anuencia de la señora había utilizado el lugar para sus terapias y como habitación); siguiendo un impulso, cuando Robi se acercó lo tomó por las manos y comenzó a entonar la canción infantil – único lenguaje del niño -; al escucharla, el rostro de Robi se iluminó y éste comenzó a seguirla en coro… Al final, hablando por primera vez, le dijo: “Con esa canción podremos llamar a los mafuchinos… El abuelo me iba a enseñar la puerta del mundo mágico el día de mi cumpleaños… Pero no lo hizo, ¿tú puedes? ”. Sin dudarlo, como poseída por una extraña energía, Natalia respondió: “Sí puedo, vamos…”

Al llegar al lugar indicado, según las instrucciones oníricas que Natalia siguió al pie de la letra, el niño se soltó de su mano y corrió a abrazarse a un enorme y frondoso árbol, un aliso, en cuyo curtido tronco y como un holograma, Natalia pudo ver la figura tridimensional y traslúcida del abuelo Rubén abrazando a su nieto; Entre tanto, la joven de acuerdo a las instrucciones recibidas, encontró detrás del aliso una copa de oro cuyo contenido deberían beber antes de cantar el himno para poder ingresar al mundo mágico de los mafuchinos… Después de beber el elixir, juntos comenzaron a cantar la primera estrofa del himno: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…” Minutos después, la imagen del anciano desapareció, el niño regresó y Natalia le dio a beber un sorbo del elixir, ella hizo lo mismo, inmediatamente ambos sintieron un leve temblor al reducirse su tamaño, se percataron de un hermoso resplandor que transformó el bosque umbrío en un maravilloso paraje y en poco tiempo Natalia y el niño se vieron rodeados por doce mafuchinos sonrientes que comenzaron a bailar en círculo en torno a ellos, mientras cantaban acompañados de diminutos instrumentos el resto de su himno: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”. Terminada la danza aparecieron otros cuatro mafuchinos portando un apetitoso pastel con siete velitas, que Robi apagó emocionado mientras las ramas del aliso se estremecían con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

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