La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo - CUATRO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO CUATRO
LA MONTAÑA EMBRUJADA

Esa misma noche, mientras doña Priscila dormía, El grupo Binaroti viajó, a horcajadas sobre el cuello de dos cóndores, hasta la morada andina de la princesa para reunirse con el conde Roy y desarrollar un plan de acción tendiente a enfrentar la amenaza que representaba el nuevo propietario con su intención de talar el bosque. Tras explicar la situación al conde, éste creyó conveniente convocar a Macaturi, el gran chamán, para que ayudase a aportar ideas. Tras un buen rato evaluando opciones, el chamán dijo tener la solución pero pidió siete semanas ― aproximadamente cuarenta y ocho horas, dos días, en tiempo de la tercera dimensión ―, para preparar una sustancia que al ser rociada sobre los troncos de los árboles le daría una capa protectora a la corteza, tornándola más fuerte que el acero. Con esa sustancia, los árboles se volverían totalmente invulnerables a las sierras, que se atrofiarían al intentar cortarlos. El chamán calculó que en una sola noche ― de tiempo terrestre ― con un escuadrón de cincuenta mafuchinos cubrirían todo el sector y quedarían inmunes todos los árboles del Bosque, pero necesitaba el tiempo solicitado para preparar cantidades suficientes del compuesto; sin embargo, podía proporcionarles, para llevar inmediatamente, una pequeña cantidad suficiente para rociar unos cincuenta o sesenta árboles. Finalmente, la propuesta del chamán fue acogida y el grupo Binaroti regresó a la mansión al amanecer, cuando ya el chamán llevaba tres días de tiempo mafuchino preparando la mágica sustancia en enormes recipientes.

***

En su escondite de la mansarda, los cuatro amigos y las ardillas prepararon un plan de acciones de sabotaje contra la empresa de Vergara con el propósito de retrasar el inicio de la tala y ganar tiempo para que Macaturi terminase de preparar la cantidad requerida de la sustancia que volvería impenetrables los troncos de los árboles y salvaría el bosque de su destrucción.

Decidieron que lo más seguro era que se dividiesen en dos grupos y que todo el tiempo actuaran bajo la protección de la invisibilidad. El primer grupo, integrado por Robi, Macacafú y Chirulito, se desplazaría a las instalaciones de la empresa en el aserradero con la misión de causar el mayor caos posible a fin de atrasar la salida de las dos cuadrillas de taladores. El segundo grupo, compuesto por Natalia, Fuchirulí y Chirulita la ardilla pelirroja, esperaría a que llegaran los equipos de taladores y se definiera por donde empezarían el corte, para rociar los árboles más cercanos con la poca cantidad de la mágica sustancia que les había dado el chamán.

Temprano en la mañana, el grupo de Robi, espero que Epaminondas y su gente estuviese dentro de las instalaciones del aserrío para comenzar a actuar. Mientras en el interior de un galpón de madera con techo de zinc, los hombres revisaban las motosierras, alistaban los materiales y ponían a punto el vehículo que los trasladaría al bosque, Robi y Macacafú , desde afuera, valiéndose de una palanca, echaron a rodar sobre la puerta del galpón una inmensa pila de gruesos troncos rollizos que trancaron por fuera el acceso al recinto, obligando a los enfurecidos hombres a salir por la ventana para tratar de mover a mano, los inmensos troncos que bloqueaban la entrada ― el vehículo para halarlos con cadenas y cables había quedado encerrado ―. Cuando Epaminondas y su gente salió por la ventana, nuestros invisibles amiguitos se colaron al interior por el mismo sitio y se dedicaron concienzudamente a echar azúcar en el tanque del camión y en los de las motosierras, en ejercicio de una de las clásicas acciones de sabotaje para inmovilizar motores de combustión.

Culminando la tarde, con diez horas de atraso ― tiempo valiosísimo para nuestros amigos ―, el empresario logró retirar el obstáculo que trancaba la puerta del galpón y decidió dejar para el día siguiente la tarea de comenzar a cortar los árboles. Estaba claro que el grupo Binaroti debería continuar sus labores de sabotaje y hostigamiento, por lo menos hasta las seis de la tarde del día siguiente, a fin de dar tiempo a Macaturi de terminar la preparación de la sustancia mágica, para que los cincuenta enanitos la rociaran en el transcurso de la noche.


***

A la mañana siguiente, Epaminondas Vergara madrugó para organizar las dos cuadrillas de taladores y emprender la marcha rumbo al bosque. Por su parte, Robi, Macacafú y Chirulito madrugaron un poco más y cuando el grupo de taladores se embarcó en el camión, los tres amigos, invisibles, se subieron en los estribos pues no querían perderse el momento en que los pistones del motor se trabasen por causa de la melcochuda y pegajosa argamasa en que se había convertido la gasolina caliente mezclada con el azúcar… A mitad de camino el motor del vehículo tosió, la maquina dio tres trompicones y se detuvo con el motor completamente arruinado; entonces, Epaminondas enardecido y vociferante se bajó para constatar que su camión había sido objeto de un sabotaje; como no era muy querido por sus subalternos y él lo sabía, no dudó en atribuir la acción a un empleado que había despedido injustamente una semana antes.

Media hora tardó el energúmeno en calmar su ira, mientras pateaba y daba inútiles puños contra la carrocería. Felices por el éxito, nuestros amiguitos siguieron a pié hasta el bosque para unirse al equipo de Natalia y apoyarlo en la siguiente fase de su plan, previsto para cuando finalmente pudiesen llegar al bosque Epaminondas y su gente. Mientras caminaban por el casi nunca transitado camino hasta la mansión, Macacafú y Robi se dedicaron a desperdigar clavos que pudiesen ponchar las llantas del nuevo camión alquilado. Como habían escuchado las instrucciones de Vergara para la tala, sabían el lugar exacto por donde comenzaría el corte: la esquina nororiental del bosque diagonal a la mansión. Por ello, una hora después, al unirse a sus compañeritos, los cuatro comenzaron a rociar los primeros troncos de ese sector con la poca sustancia mágica que les había dado el chamán.

Regresar a pié hasta el pueblo, conseguir una grúa para trasladar el camión, almorzar, alquilar un vehículo en la cooperativa de transporte del pueblo, desponchar el vehículo dos veces y llegar al bosque, les tomó a Epaminondas y a su gente hasta las tres de la tarde. Faltaban tres horas para que cayese la noche y comenzara el rociado nocturno por parte de los cincuenta enanitos enviados por el conde Roy con la sustancia mágica.

El grupo Binaroti esperó en el lugar escogido para iniciar la tala en donde previamente habían rociado cerca de treinta árboles que resultarían completamente resistentes a las motosierras; pero el personal de Epaminondas ni siquiera pudo probarlas pues, tras veinticuatro horas de estar obrando el azúcar en la gasolina, los motores se atascaron y las máquinas quedaron atoradas provocando la ira incontenible del empresario y las carcajadas, reprimidas, de los invisibles saboteadores. Derrotados los cortadores no tuvieron más remedio que regresar al pueblo con “el rabo entre las piernas“, y la idea de volver a la mañana siguiente equipados con motosierras de batería que no requerían gasolina.

Al caer la noche llegaron el mismísimo conde Roy, el chamán Macaturi y los cincuenta enanitos, provistos cada uno de un pote con la sustancia mágica y un hisopo para rociar los troncos de los árboles. Cuando amaneció y las hojas se cubrieron de rocío, el equipo Binaroti y los enanitos habían concluido la tarea y esperaban, invisibles, la llegada de Vergara y su gente.

Las nuevas motosierras de batería, con su amenazador zumbido rompieron el silencio sagrado del bosque, pero su aterrador sonido sólo duró un breve instante: las cadenas se rompieron y los motores se pararon cuando las maquinas intentaron cortar la corteza impenetrable de los robles. Inicialmente se oyeron las imprecaciones y blasfemias de los taladores, pero rápidamente fueron acalladas por las risas y las burlas en coro de los casi sesenta invisibles enanos, que en segundos lograron transformar la furia de los hombres en un pánico incontrolable que los hizo huir despavoridos, al tiempo que gritaban:
― Sálvese quien pueda.
― Larguémonos de aquí.
― Esta maldita montaña está embrujada.

Cuando la calma volvió al bosque, las ramas del aliso se estremecieron con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

FIN

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
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CAPÍTULO TRES
LA CATÁSTROFE

Durante la marcha de regreso, los más contentos eran Macacafú y Fuchirulí; a ambos los entusiasmaba la posibilidad de volver a ver a Tomasina, la cocinera de la mansión, a quién habían conocido desde que era una niña. Tomasa, su madre, según contó Macacafú, era amiga de la infancia del viejo Rubén y en sus primeros encuentros con los enanitos del bosque, habían jugado juntos. Años después, cuando Tomasina su única hija, cumplió siete años, los mafuchinos celebraron su cumpleaños, tal como habían hecho con Robi. Cuando creció, Tomasina se convirtió en la cocinera de la mansión y cada vez que los visitaba, al pie del aliso, les llevaba deliciosas viandas. Desde la muerte del abuelo, no habían vuelto a verla. Tomasa, la madre de Tomasina, había trascendido meses antes que el viejo Rubén y su espíritu se había convertido en un frondoso sauce a pocos metros del aliso que habitaba el espíritu del abuelo.

Natalia y Robi opinaron que la mansarda era el mejor escondite para los mafuchinos y las ardillas; además, de su alimentación se encargaría Tomasina ― hasta entonces ellos desconocían su relación con los enanitos ―, quién seguramente, suponían, estaría muy contenta de servir a sus amiguitos y de ser aliada del grupo Binaroti.

Durante el resto del recorrido, las ardillas aprovecharon para darles una erudita explicación sobre el ciclo del agua y mostrarles una gran variedad de árboles nativos del continente americano ― Robles, alisos, sauces llorones, entre otros ―, que crecían en las laderas de la cordillera y poseían excelentes propiedades como proveedores de agua para la tierra, a diferencia de otras especies de origen europeo, como los pinos y los eucaliptos ― creados por la sabia naturaleza para países con estaciones en donde absorben agua de la nieve ―; pues estos, en vez de aportar agua a la capa vegetal, extraen de la tierra más agua de la que aportan. Según ellas, era un gravísimo error reforestar con esas especies en países ecuatoriales.

Finalmente llegaron al aliso, las llamas se despidieron muy afectuosas y los Binaroti ― haciendo uso, por primera vez, del recién adquirido don de la invisibilidad ―, ingresaron, con las primeras luces del amanecer, al que sería su centro de operaciones: la mansarda. Había transcurrido una semana en la tierra de los enanitos del bosque y siete horas en la tercera dimensión.

Tan pronto estuvieron instalados en los aposentos de la mansarda, se desató un violento aguacero, que no amainó en muchas horas y dio paso a una lluvia permanente que no se detuvo, salvo pequeños intervalos, en quince días. Las consecuencias de éste diluvio no se hicieron esperar: el Río Frío se desbordó inundando grandes extensiones de tierras cultivadas en el valle; centenares de familias quedaron sin hogar y hubo enormes pérdidas económicas; sin embargo, lo verdaderamente catastrófico fue el deslizamiento de uno de los cerros orientales que rodeaban el pueblo situado a unos ocho kilómetros de la mansión: Cientos de toneladas de lodo cubrieron más de trescientas casas campesinas en una avalancha cuya cifra exacta de personas sepultadas nunca podrá establecerse.

Para Natalia, la avalancha nunca hubiese sucedido si La compañía Vergara S. A. no hubiese tenido permisos de explotación maderera, en las laderas de la montaña. Epaminondas Vergara, su propietario, era un ambicioso personaje oriundo del pueblo, en donde ejercía un indudable poder económico y político. Gracias a su poder e influencia, en los últimos años se había dedicado a obtener de las autoridades, a cambio de mordidas y prebendas, autorización para explotar grandes latifundios en dos frentes: tala indiscriminada de bosques ― que nunca reforestaba ―, para comercializar las maderas preciosas; y, minería a cielo abierto para extraer gravilla y venderla por volquetadas.

***

Un buen día Robi y Natalia se llevaron una gran sorpresa: Doña Priscila, la madre del niño, recibió la visita ― inesperada para ellos ―, de Epaminondas Vergara. Este hecho ― coincidieron todos en el grupo Binaroti ―, no presagiaba nada bueno. Por ello, aprovechando la ventaja que proporciona la invisibilidad, escucharon la conversación, para enterarse, con horror, de que doña Priscila terminaría aceptando una jugosa propuesta del inescrupuloso empresario, para comprarle el terreno montañoso al oriente de la mansión; allí donde el abuelo Rubén había sembrado el precioso bosque nativo, que le servía de morada a su espíritu, en el aliso, y al de la vieja Tomasa, en el sauce.

A la semana siguiente, el empresario y Doña Priscila firmaron los documentos en la notaría y las seis hectáreas de bosque pasaron a ser propiedad del empresario. El bosque, estaba situado en la ladera oriental de la cordillera a unos quinientos metros de la mansión, frente a un camino veredal que facilitaría el traslado de los árboles talados al aserrío de Vergara situado en las afueras del pueblo. Después de contarlos, supieron que la amenaza se cernía sobre cuatrocientos ochenta árboles ― cuatrocientos robles, sesenta alisos y veinte sauces llorones ―, que convertidos en valiosa madera engrosarían las abultadas cuentas bancarias del voraz empresario. Esto, sin contar con lo que le reportaría la comercialización de miles de toneladas de gravilla que podrían extraerse de las seis hectáreas, despojadas de su hermosa y necesaria capa vegetal.

El proceso de tala a cargo de dos equipos de corte con motosierras de gasolina y el picado posterior de ramas pequeñas, tomaría unas ocho semanas; el transporte en camiones de los troncos desde el cerro hasta el aserrío tardaría un par de semanas adicionales; a partir de ese momento, se podría empezar a descapotar el terreno para remover con maquinaria pesada la capa vegetal y comenzar la explotación de la gravilla en gran escala. Una tragedia inminente…

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Por : kapizan
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CAPÍTULO DOS
EL GRUPO BINAROTI

Al día siguiente, temprano en la mañana, la princesa hizo acudir a su despacho a Robi, a Natalia, a Macacafú, a Fuchirulí y a las dos ardillas. Al lado izquierdo del trono, estaba sentado Roy, el ministro de cultura y protección del medio ambiente. Según les habían contado Macacafú y Fuchirulí, durante su recorrido de la tarde anterior, Roy era el prometido de la princesa y al año siguiente, contraerían matrimonio. Estaba previsto que muy pronto el Rey Macacafú I y su esposa la Reina Ostrá ― quienes dirigían el reino Ma-Fu desde su palacio situado a la altura de la antigua tierra de los aztecas, y los toltecas, en su condición de primeros mestizos mafuchinos y padres de la princesa Dialid ―, trascendieran al país de la séptima dimensión, también conocido como el cielo supremo o el séptimo cielo; Entonces, Dialid y Roy, recién casados, asumirían el trono del reino Ma-Fu.

Tan pronto llegaron los convocados, los hizo acomodar frente a ella en torno a una mesa en forma de media luna que emergió del piso, junto con cuatro sillas ― las ardillitas posaban cómodamente instaladas en el hombro izquierdo de sus amiguitos ―, cuando la princesa activó un mecanismo con la cantonera del cetro.

― Natalia, o mejor Nati ― comenzó sin más preámbulos la princesa ―, me gusta el diminutivo de tu nombre y a partir de ahora lo usaré siempre para llamarte o referirme a ti ―. Su majestad hizo una pausa, tomó la punta de su trenza izquierda en actitud reflexiva, sonrió con cierta picardía y continuó dirigiéndose a todos:
― Si os dais cuenta, las ocho letras de vuestros nombres, cuatro de Nati y cuatro de Robi, nos permiten construir un anagrama: BINAROTI. El nombre del gran Binaroti, mi abuelo europeo, esposo de Ostrá, mi abuela indígena; patriarca de los Mafuchinos quien, apoyado por su esposa Irinia ― hija menor del gran cacique Quemuenchatocha ― dirigió el devenir de nuestra raza desde comienzos del Siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. Estos primeros monarcas, al trascender al séptimo cielo, heredaron el trono a su hijo Macacafú I, mi padre. Éste a su vez, contrajo matrimonio con Ostrá, hija menor del gran Petrochi, el gnomo europeo, compañero de mi abuelo en la aventura de las carabelas, esposo de mi abuelita Odilia, la hija mayor del gran cacique Nemequene.
― Anoche, en sueños ― continuó la princesa, tras una breve pausa y con el tono que se da a las cosas trascendentes ―, el gran Binaroti me indico que había llegado el momento de intervenir en la tercera dimensión, pues los humanos, en forma absurda, motivados en la ambición por el poder y el dinero, estaban destruyendo su propio planeta, contaminando el aire, el mar y los ríos; talando indiscriminadamente los árboles, sin reponer lo cortado y, en consecuencia, acabando con ese recurso vital que es el agua; en síntesis, alterando peligrosamente el equilibrio que debe existir en la naturaleza.
Su majestad recorrió la mirada sobre los presentes y dirigiéndose al conde Roy, le pidió:
― Querido Roy, os encargo de apoyar a estos jóvenes y a las dos ardillas a quienes conoceremos como el grupo BINAROTI, encargado de operaciones especiales de protección de la naturaleza en la tercera dimensión. Macacafú y Fuchirulí, ingresaran con ellos a ese mundo portando la pulsera trebolada, para que puedan adquirir el tamaño de Robi y obtener a voluntad la invisibilidad.
― Considero que el liderazgo del grupo debe estar a cargo de Nati, pues su condición de profesional y educadora le da mayores posibilidades de desempeñarse como una activista eficiente en defensa del equilibrio ambiental ― apuntó con muy buen juicio el conde Roy.

― Es más ― agregó la princesa Dialid ―, el próximo año la madre de Robi, según me contó Nati, está dispuesta a que ingrese al colegio como un niño común y corriente, pero conservándola a ella como institutriz de bellas artes, idiomas y música. Esta circunstancia ― terminó diciendo la princesa con mucha lógica ―, favorece la posibilidad de que al grupo Binaroti puedan incorporarse en el futuro algunos compañeritos del colegio al que acuda Robi.
― ¿Alguna pregunta o inquietud ?―

― Háblame de mi abuelo ― pidió Robi con la confianza y la falta de protocolo que caracterizaban la relación con la princesa.

― ¡Ah el viejo Rubén Martínez! ― exclamó la princesa con un dejo de nostalgia y una primorosa sonrisa iluminada por el brillo evocador de su mirada ―. Era un ser muy especial: merecía ser un roble, pero prefirió ser un aliso desde que, al trascender a la cuarta dimensión, se convirtió en guardián del bosque de árboles nativos; el mismo bosque umbrío que él sembró en los cerros que rodean el valle en que queda la casa donde vives con tu madre. La mansión que Rubén heredó de sus ancestros en el hermoso valle a pocos kilómetros de la capital, cerca del pueblito de campesinos del cual el viejo fue alcalde dos veces hace ya muchos años. Él siempre amó la naturaleza; por ello, empezó a preocuparse cuando la capital creció y las fábricas se fueron estableciendo en la zona rural del pueblito, a lado y lado del Río Frío, en torno a los humedales; entonces, estos se fueron secando, se fueron contaminando y empezaron a agotarse pues los taladores y los empresarios, inconscientes y ambiciosos, compraron enormes extensiones de tierra y obtuvieron, fraudulentamente, absurdos permisos de explotación. Ahí comenzó el desastre: la tala indiscriminada y la violación de la capa vegetal para la minería a cielo abierto, con el fin de negociar con la gravilla y la madera. Tu abuelo ― finalizó la princesa ―, fue un hombre maravilloso y un gran amigo de Macacafú y Fuchirulí. Por Esa razón, quise que ellos fuesen vuestros guías en nuestra dimensión y tus compañeros en el grupo Binaroti. Ellos te pueden contar muchas historias de tu abuelito.

Esa tarde, los miembros del recién creado grupo Binaroti pasaron varias horas reunidos con el conde Roy, recibiendo instrucciones y discutiendo sobre cómo podrían intervenir en la tercera dimensión en la forma más efectiva posible.

Al amanecer del día siguiente, tras despedirse de sus anfitriones, Nati, Robi y sus amigos ensillaron las llamas y emprendieron la marcha de regreso, cargados con la responsabilidad de cumplir la importante misión encomendada por su majestad: “contribuir con todos los medios disponibles a mejorar la deteriorada situación ambiental en el mundo habitado de la tercera dimensión“. En ese sentido, les animaban las últimas palabras del conde, “… en todo momento, ustedes podrán contar con el apoyo necesario por parte de los mafuchinos. Vayan en paz y que el espíritu del gran Binaroti los cuide, los guíe y los proteja”.

Todos, especialmente Natalia, eran conscientes de la magnitud de la tarea y de que resultaría imposible intervenir simultáneamente en todos los frentes; por ello, tomaron la determinación de concentrar sus esfuerzos iniciales en la recuperación de las fuentes de agua. En la mente de la joven, con base en la información proporcionada por Roy, comenzaba a fraguar un plan concreto, que seguramente contaría con la bendición del abuelo Rubén y haría sentir muy satisfecho al gran Binaroti.

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
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CAPÍTULO UNO
LA MORADA ANDINA DE LA PRINCESA DIALID

Desde el primer encuentro con los enanitos del bosque y por invitación de estos, Robi y Natalia, siguieron visitando el Aliso para encontrarse con dos de sus nuevos amiguitos: Fuchirulí y Macacafú quienes, por disposición de la princesa Dialid, a partir de la segunda visita, se convertirían en sus guías y acompañantes en los recorridos que hiciesen al reino fantástico de la quinta dimensión en que habitaban desde tiempos inmemoriales los amigables y diminutos pigmeos, nativos del milenario continente descubierto por los españoles. Estos pigmeos indígenas, al casarse con algunos gnomos provenientes del norte de Europa ― llegados como polizones en las tres carabelas, de Cristóbal Colón en el siglo XV de la Era Cristiana ―, dieron origen, entre otras, a las castas Fuchifú y Maca, de las cuales descendían Fuchirulí y Macacafú, simpáticos y mestizos personajes conocidos como “los enanitos del bosque”, por algunos pocos seres humanos de corazón puro, buenos sentimientos y amoroso comportamiento que habían ganado el privilegio de verlos.

Aquellos que habían tenido la fortuna de conocerlos y de hablar con ellos, reconocían que llamarlos “enanitos” no era exacto; pues su estatura promedio de veintiuna pulgadas, la perfección de sus facciones, la simetría de sus extremidades y su adecuada proporción con el cuerpo, daría base para llamarlos con alguna propiedad: “liliputienses”; es decir versiones diminutas de seres humanos. Físicamente, lucían fino cabello negro recogido en una trenza sobre la espalda, en el caso de los hombres; y suelto sobre los hombros o en dos trenzas, en el caso de las mujeres; poseían además, ojos oscuros muy expresivos, hermosa piel del color de la canela; dentadura perfectamente alineada y sonrisa perenne. En realidad, tanto los Fuchifú como los Macá, eran dos etnias de la nueva raza mestiza surgida de la unión entre los Gnomos europeos y los pigmeos americanos ― el único rasgo que los diferenciaba entre sí era la nariz: recta y respingada en los Fuchifú, aguileña y ligeramente ancha en los Macá ―; sin embargo, desde que el tatarabuelo, del bisabuelo, del abuelo de Robi ― primer humano que los vio, a mediados del siglo XVI ―, y los llamó los “enanitos del bosque”, así se quedaron y así los llamaremos.

En el último año, Robi y Natalia habían visitado seis veces a los enanitos del bosque y permanecido siete horas en cada ocasión. Lo bueno de estas visitas era que el tiempo en la quinta dimensión era diferente pues esas pocas horas nocturnas de la tercera dimensión ― mientras la madre del niño dormía plácidamente ―, equivalían a una semana completa de aventuras y recorridos por exóticos parajes, viajando a lomo de veloces llamas o resistentes caballos; volando sobre el cuello de poderosas águilas o esbeltos cóndores; o, a veces, navegando sobre el espaldar de ágiles delfines o confortables ballenas. Lo mejor era que los animales hablaban y todos tenían tamaños apropiados para el de los enanitos y los visitantes, quienes antes de cruzar el umbral dimensional, encontraban al pie del aliso un exquisito elixir, servido en copas de oro; esta poción, achicaba la estatura de quien la bebiese y le proporcionaba energía suficiente para vivir sin cansancio cada aventura.

La noche anterior al octavo cumpleaños de Robi, tanto él como Natalia recibieron en sueños ― como había sucedido en ocasiones anteriores ―, instrucciones sobre su próxima visita. Ambos amanecieron excitados y no era para menos: ¡La princesa Dialid en su morada de las más altas montañas de la cordillera, los recibiría para festejar su día y darles un regalo muy especial!

Tras beber el elixir y cruzar el umbral, encontraron a Macacafú y a Fuchirulí. A su lado, se alineaban cuatro llamas lujosamente aperadas con sillas de montar. ― Yo soy Ralita, tu montura ― dijo en un tono de voz muy amable una de las llamas ― y seré la guía de la caravana hasta la cima de la cordillera en donde está el palacio de la princesa Dialid. Sin mas explicaciones Macacafú sugirió que montaran y emprendieran la marcha con un alegre trote mientras todos cantaban una tonada que, en la visita anterior, les había enseñado Ostrá, uno de los músicos reconocido como el mejor juglar de las comunidades de enanitos que vivían en las playas del océano pacífico.

***

La princesa Dialid habitaba en el interior de una gigantesca peña que había sido tallada para conformar una serie de salones, habitaciones y lugares de esparcimiento, conectados entre sí como un intrincado laberinto.
Las instrucciones para esta primera visita de Natalia y Robi a la cumbre de la montaña habían sido muy claras: deberían viajar por tierra, a lomo de llama, para que pudiesen apreciar los detalles de la vegetación que iba cambiando a medida que avanzaban, por un serpenteante camino empedrado con lajas milenarias, acomodadas en un espacio de aproximadamente dos metros de ancho, rodeado con una valla protectora de hermosos y floridos arbustos nativos que le daban colorido y una agradable fragancia al sendero. Además, tan pronto llegaran al pico de la montaña deberían recibir el atuendo apropiado ― pantalón de lona, saco de lana, huipil de hilo bordado de múltiples colores con figuras geométricas y un chullo como cubrecabeza ―; a continuación, deberían ser conducidos hasta el salón de visitantes ilustres en donde serían presentados a la princesa y a los demás miembros de la corte.

La princesa Dialid se encontraba al fondo de la estancia sentada en un trono tallado en madera sobre una base de piedra que la elevaba unos cuantos centímetros sobre el nivel del piso, en el que permanecían de pie los ministros, y los principales dignatarios del reino. Llevaba como atuendo una túnica bordada en hilos de colores que la cubría desde los hombros hasta los pies; en su mano derecha portaba un cetro de oro, símbolo de su autoridad; su cabeza estaba cubierta por un chullo tejido en hilos de oro y plata. Las facciones de su rostro eran hermosas y su mirada reflejaba una exquisita combinación de amor y sabiduría. Cuando Robi y Natalia inclinaron la cabeza para saludar a la soberana, ésta en un gesto desprovisto de todo protocolo descendió del trono, se aproximó a ellos y con sencillez les dio un cordial abrazo de bienvenida y sendos besos en ambas mejillas. A continuación, con la cantonera del cetro oprimió el botón de un mecanismo que se activó para elevar sobre el piso una larga mesa con veinticinco sillas a su alrededor. Acto seguido, ingresaron al salón unos criados portando una primorosa vajilla de plata que dispusieron frente a cada uno de los puestos de la mesa alargada. La princesa invitó con un gesto a los presentes para que tomaran asiento alrededor de la mesa, al tiempo que indicó a Robi y a Natalia que se sentaran a su derecha y a su izquierda respectivamente. Los criados sirvieron vino, su majestad levantó la copa y brindó por la salud y la buena permanencia de los visitantes en su morada real. Recalcó su relación con Rubén, el abuelo de Robi a quien había conocido años antes y cuyo espíritu habitaba en la cuarta dimensión.

La cena fue abundante y exquisita. Todos los alimentos eran de origen vegetal pues los enanitos eran vegetarianos y los cocineros conocían deliciosas recetas que preparaban con maestría para satisfacer los paladares más exigentes. Después de los postres, la princesa hizo una señal y frente a cada uno de los dos invitados colocaron una pequeña caja con un presente. Al momento de abrir las cajas, Robi y Natalia se sorprendieron cuando unas vocecitas precedidas de breves carcajadas, se presentaron:
― Yo soy chirulita, acompañaré a Natalia, durante su permanencia en nuestro reino ―, dijo una simpática ardilla de tupida cola de pelos rojos y blancos.
― Y yo soy Chirulito, hermano mellizo de Chirulita… de ahora en adelante, seré la compañía de Robi; la princesa nos ha encargado de contarles todo lo que se refiere a las especies animales y vegetales en esta dimensión y de enseñarles algunos secretos que los humanos desconocen sobre el vínculo que debe existir entre las diferentes especies animales y vegetales, para preservar la pureza del ambiente que debería ser óptima en la tierra, como lo es en nuestro mundo.
― Desde hoy y con la guía de Fuchirulí y Macacafú tendrán acceso a los pergaminos en que se ha escrito la historia del origen de nuestras castas y a la genealogía desde que nacieron los padres de la princesa hace ya quinientos años ― dijo el conde Roy, Ministro de cultura y protección del medio ambiente ―, un hombre de barba y bigote finamente recortados, que aparentaba los trescientos años de edad de la princesa.

En el reino de Ma-Fú ― nombre de los territorios en que surgieron las castas Macá y Fuchifú y que se extienden sobre los países que van desde el Canadá hasta la Patagonia ―, la edad de los mafuchinos y sus dos castas, se medía en tiempos diferentes; así por ejemplo, un enanito de quinientos años, tenía la apariencia de un humano cincuentón; entonces, Roy y la princesa, con trescientos años de edad, parecían contemporáneos de Natalia que ese año, 2011 de la era cristiana, cumpliría sus primeros treinta años.

Esa tarde, Natalia, Robi y las ardillas ― acomodadas en los respectivos hombros de sus futuros discípulos ―, guiados por Macacafú y Fuchifú, recorrieron todos los rincones de la morada de piedra tallada en que habitaban la princesa y toda su corte. Dos salones llamaron la atención de los visitantes: un enorme museo de cera con muñecos que representaban a los gnomos venidos de Europa y a los pigmeos nativos del continente, ataviados los primeros con trajes de colores vívidos y gorros puntiagudos, en tanto que los segundos lucían tocados de plumas, taparrabos, chullos de lana ,ponchos y huipiles de hilos bordados ; y el salón de “caracterizaciones”: un amplísimo recinto repleto de trajes, uniformes, faldas, capas y vestidos de humanos ― hechos a mano a la medida de los mafuchinos ―, según las modas de los últimos cinco siglos; la colección se completaba con los más variados diseños de pelucas, gorras, sombreros, cascos y cubrecabezas. Según explicó Fuchirulí, los cortesanos eran muy amigos de reconstruir su propia historia mediante representaciones teatrales; además su diversión favorita consistía en representar comedias basadas en la vida y costumbres de los humanos con quienes compartían sus buenos sentimientos pero no entendían muchos de sus absurdos comportamientos originados en sentimientos negativos como el odio, los celos, el egoísmo o la avaricia. De hecho, complementó Macacafú, los miembros del grupo de teatro pasaban semanas enteras infiltrados entre los humanos observando y tomando nota, sin intervenir, sobre las situaciones que surgían, para escribirlas y recrearlas después, en forma caricaturesca, en la temporada anual de teatro. Para ese evento, se montaban las obras que un grupo de teatro itinerante ― del cual formaban parte él y Fuchirulí ―, representaba a lo largo y ancho del continente.
― Ustedes siempre nos han hablado en español ¿en que idioma hablan entre ustedes? ― quiso saber Natalia.
― Los mafuchinos, incluidos los animales, somos políglotas y todos hablamos español o portugués en el sur e inglés o francés al norte del río Grande; pero también practicamos las principales lenguas de nuestros antepasados indígenas-pigmeos como quechua, guaraní, quetchí y cachiquel, entre otros ― intervino con un cierto tono de orgullo Chirulita, la pelirroja ardillita ―.

Al atardecer, después de pasar un largo tiempo en la biblioteca y en la sala de juegos, los invitados fueron conducidos a sus habitaciones, en donde les dieron a cada uno el traje de gala que deberían lucir en la noche para asistir a la fiesta ofrecida por la princesa Dialid, con motivo del octavo cumpleaños de Robi. En el festejo, la mesa del salón principal lucía engalanada con festones de flores de múltiples colores entre los cuales, se destacaban enormes fuentes de porcelana repletas de deliciosos pastelillos, figuritas de mazapán, barras de caramelo, helados y pastillas de chocolate; al lado de varios jarrones de vino, agua cristalina y jugos de frutas. Al costado derecho de la mesa estaban dispuestos el trono de la princesa, los dos sillones para los invitados de honor y cerca de trescientos asientos para los cortesanos; al costado izquierdo había otras tantas sillas para acomodar a los pobladores de las montaña vecinas que habían sido invitados a la celebración.

A la siete de la noche, cuando todos estaban acomodados y solo faltaba el ingreso de la princesa y sus doce ministros, entró al salón una banda de músicos marcando el ritmo a un desfile de cuadrúpedos ― caballos, llamas, perros , novillos, gatos, armadillos y conejos ―, de ambos sexos, organizados por tamaños, en siete bloques de siete filas de ancho por veintitrés columnas de profundidad; El desfile dio la vuelta a la mesa y los ciento sesenta y un (161) animales en forma perfectamente ordenada tomaron asiento hacia el fondo del salón en una gradería.

Detrás de los animales hizo su ingreso un grupo de acróbatas, malabaristas, bailarines y actores que desfilaron en son de danza, para tomar asiento al lado derecho del bloque de animales que conformaba el coro de cuadrúpedos, mientras la banda de músicos se situaba, en primera fila , al frente del coro y los artistas.

A una señal del maestro de ceremonias, La banda de músicos interpretó las primeras notas del himno mafuchino, el coro de animales entonó el “Macacafú fuchi fú… fuchilurí macá…” y el resto de los presentes cantó a todo pulmón “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”, mientras la princesa hacia una majestuosa entrada al gran salón seguida por sus ministros.

***

― Tal como sucedió hace ochenta años, medidos en el calendario de los humanos, Robi el nieto de Rubén y su amiga Natalia ― anunció la princesa en tono solemne ―, recibirán la investidura como mafuchinos honorarios y los poderes necesarios para regresar a su tierra y adquirir a voluntad nuestro tamaño y el don de la invisibilidad; siempre y cuando esto sea en beneficio de la humanidad y del medio ambiente terrícola de la tercera dimensión.

Acto seguido, un paje se aproximó al trono portando sendas pulseras de macana labrada con un sello en el centro en el cual se había tallado en alto relieve la figura de un trébol de cuatro hojas. La princesa se puso de pié, le pidió a los invitados que se parasen en frente de ella y les colocó en la respectiva muñeca de la mano izquierda las finas prendas que los acreditaban como miembros de honor de la comunidad mafuchina; al tiempo que les decía:
― Colocad el dedo índice de vuestra mano derecha sobre el sello trebolar de vuestros respectivas pulseras, movedlo en círculos hacia la derecha y pronunciad el primer verso de nuestro himno: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…”. Al punto, Robi y Natalia adquirieron su tamaño natural, sus cabezas quedaron casi rozando el techo del salón; asombrados, los asistentes prorrumpieron en un cerrado y estruendoso aplauso acompañado de vítores.― Para deshacer el ejercicio ― explicó su majestad ―, sólo tenéis que mover el dedo en círculos hacia la izquierda y pronunciar el segundo verso: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá…”.

Hecho esto, Robi y Natalia regresaron al tamaño mafuchino; y ésta fue la señal para dar comienzo a la celebración que se prolongaría hasta primeras horas del amanecer.

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas, Prefacio

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PREFACIO

A LA MEMORIA DE LA MONITA

Sobrecogida por la imponencia de la mansión, con sus tres pisos y su mansarda, Natalia se sintió por un instante como Alicia en el País de las Maravillas. Se sobrepuso, alisó los pliegues de su falda y golpeó tres veces el aldabón de la inmensa puerta de caoba…Una amable empleada, vestida con delantal y cofia, la hizo seguir a la sala principal en donde, antes de reparar en el valioso mobiliario y los objetos que la adornaban, se sintió fascinada por el retrato de un anciano, pintado al óleo, y por la intensidad de la mirada en sus ojos grises que parecían vivos. Completamente absorta la sorprendió la voz de una mujer que a sus espaldas dijo: “Es el abuelo… mi suegro… yo lo pinté. Murió el día en que Robi cumplió seis años; y tú, debes ser Natalia; tu hoja de vida es impresionante y algo me dice que podrás volver a mi hijo a la normalidad – sin esperar que Natalia respondiera agregó -: estoy convencida de que la influencia de mi suegro fue nefasta para el niño… El viejo, estaba un tanto chalado y pasaba horas enteras encerrado con mi hijo en su habitación de la mansarda, llenándole la cabeza de fantasías absurdas sobre enanitos del bosque… Desde que el anciano murió, Robi no ha vuelto a hablar, ni a reír, ni a llorar y sólo repite una estúpida cantinela que le enseñó su abuelo. Se comporta como un autista y lo retiraron del jardín; precisamente la directora nos sugirió tu nombre…”.

Tres meses después, la víspera del séptimo cumpleaños de Robi, Natalia tuvo un extraño sueño en el cual el viejo le enseñaba la cantinela y la instruía sobre dónde encontrar un croquis que la guiaría al mundo mágico; al día siguiente, esperó sentada en el sillón del abuelo a que el niño llegase a la mansarda (con anuencia de la señora había utilizado el lugar para sus terapias y como habitación); siguiendo un impulso, cuando Robi se acercó lo tomó por las manos y comenzó a entonar la canción infantil – único lenguaje del niño -; al escucharla, el rostro de Robi se iluminó y éste comenzó a seguirla en coro… Al final, hablando por primera vez, le dijo: “Con esa canción podremos llamar a los enanitos del bosque… El abuelo me iba a enseñar la puerta del mundo mágico el día de mi cumpleaños… Pero no lo hizo, ¿tú puedes? ”. Sin dudarlo, como poseída por una extraña energía, Natalia respondió: “Sí puedo, vamos…”

Al llegar al lugar indicado, según las instrucciones oníricas que Natalia siguió al pie de la letra, el niño se soltó de su mano y corrió a abrazarse a un enorme y frondoso árbol, un aliso, en cuyo curtido tronco y como un holograma, Natalia pudo ver la figura tridimensional y traslúcida del abuelo abrazando a su nieto. Minutos después, la imagen del anciano desapareció, el niño regresó y juntos comenzaron a cantar: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…” Al punto, un hermoso resplandor transformó el bosque umbrío en un maravilloso paraje y en poco tiempo Natalia y el niño se vieron rodeados por doce enanitos sonrientes que comenzaron a bailar en círculo en torno a ellos, mientras cantaban acompañados de diminutos instrumentos el resto de su himno: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”. Terminada la danza aparecieron otros cuatro enanitos portando un inmenso pastel con siete velitas, que Robi apagó emocionado mientras las ramas del aliso se estremecían con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

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