La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo VI

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, VI. La misión

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

VI
LA MISIÓN

Bosques de Sevilla, 1599

A comienzos de la primavera del último año del siglo, Malú el palomo mensajero llegó a casa de Tomás y su hijo Antonio ― tanto Malú como Tomás y su hijo eran descendientes directos de Arita, la paloma y de Juan el labriego y su hijo Felipe; los tres vivían en la misma casa con palomar en las afueras de Sevilla y cerca al portal de la quinta dimensión ―, con una invitación de su majestad Ergonio III para asistir al día siguiente a primera hora a una reunión en el palacio real.

Como siempre, Binaroti acudió al portal, les dio a beber el elixir y los condujo al salón en donde esperaba el rey Ergonio en compañía del rey Kinte, monarca de los pigmeos africanos, acompañado por un pigmeo negro que presentaron como el príncipe Karlo, sobrino del rey africano. El joven príncipe era un pigmeo negro de ciento setenta años, fuerte musculatura y finas facciones, que saludó a Binaroti con muestras de auténtica admiración. En torno a la mesa que presidía el rey Ergonio, también estaban presentes el mago Abdulá, Petrochi y Ciro, el búho que actuaba como consejero del rey Kinte y reposaba en su hombro derecho. Después de las presentaciones, el rey Ergonio fue directamente al grano:

― Mis queridos Tomás y Antonio, hace algún tiempo me comentasteis que os gustaría conocer el Nuevo Mundo en donde Binaroti y Petrochi vivieron grandes aventuras en la isla de los pigmeos tainos. Incluso me dijisteis que os gustaría embarcaros, Tomás como marinero y Antonio como grumete, en una nave de las muchas que están cruzando el mar hacia esas tierras. ¿Estoy en lo correcto? ―Preguntó el monarca mirando alternativamente a los ojos de sus interlocutores.

―Así es majestad ― dijo Tomás contestando por ambos ― en verdad son tantas las historias que hemos oído de esas tierras, que queremos conocerlas y si nos gustan quedarnos a vivir allí. De hecho, lo único que esperamos es que Antonio cumpla los doce años requeridos para que lo acepten como grumete.

― En verdad no tendríais que esperar los dos años que faltan, si aceptáis el plan que pensamos proponeros. El rey Kinte os explicará de qué se trata…

― Perdón majestad ― interrumpió Tomás, se puso de pié y en tono respetuoso agregó:

― Antes de que hable su majestad el rey Kinte, quiero que sepáis que mi hijo y yo estamos a vuestra entera disposición y si es vuestra voluntad que viajemos al fin del mundo iremos gustosos.

― Sabía que podía contar con vosotros ―replicó el rey Ergonio antes de ceder la palabra al rey Kinte, que comenzó diciendo:

― Hace tres años el rey Benkos de Biohó, uno de los más valerosos guerreros africanos, fue capturado por traficantes portugueses, en las inmediaciones de su aldea en África Occidental y fue vendido en Cartagena de Indias como esclavo. Este año me llegaron noticias de que había logrado fugarse y esconderse en una serranía a pocas leguas de Cartagena en donde ha construido un palenque con ayuda de otros negros escapados a los que llaman cimarrones. Allí está organizando un ejército que lucha por la libertad de los esclavos en contra de las tropas del gobernador de Cartagena y ha formado una red para ayudar a otros esclavos a huir y unirse a su causa. Esa, a grandes rasgos, es la situación ―El rey Kinte hizo una pausa y prosiguió:

― Ahora bien, se trata de enviar un grupo mixto de humanos y pigmeos, para que cumpla dos misiones: la primera es tomar contacto con el rey de los cimarrones y entregarle una prenda cuya forma de uso explicará el mago Abdulá. Esta prenda puede ayudarle mucho al rey rebelde, en su labor de propiciar la fuga de esclavos para que se vuelvan cimarrones y huyan hacia su palenque. En realidad esa tarea es sencilla. La segunda misión os la explicará el príncipe Karlo quién viajará con vosotros ― El rey Kinte tomó asiento y le dio la palabra al príncipe Karlo que carraspeó para aclarar la voz y comenzó en tono pausado su intervención:

― Crecí con la leyenda del gran Binaroti y su primo Petrochi, aquí presentes, escuchando los relatos de su viaje al Nuevo Mundo y de la forma en que lograron aniquilar a los morados desterrados que atacaron a los tainos en la Española. A los dos debo decirles que me siento honrado al conocerlos y al tener la oportunidad de formar el mismo equipo para cumplir la misión que tenemos entre manos. Antes de proseguir, quiero que todos sepan algo con lo que no contábamos hace menos de un mes: Vangar está vivo y tanto o más activo que hace cien años ―El príncipe Karlo hizo una pausa para medir el impacto de su anuncio y ante la expresión de sorpresa de Binaroti y su primo, continuó:

― Todos recordarán que las tres doncellas tainas secuestradas por Vangar y sus gnomos a fines del siglo pasado, nunca aparecieron. Pues bien, el mes pasado, Halil el correo del rey Kinte que llegó de Cartagena me contó que los pigmeos del grupo Tayrona que habitan esas costas fueron atacados por gnomos morados y secuestraron seis pigmeas. Es bueno que sepáis que una de ellas era mi hermana la princesa Marli que había viajado un año antes al Nuevo Mundo, en busca de aventuras y atraída por las historias que le contó Halil. Mi hermana era huésped de Kátaro, el cacique de los tayrona que habitan en la sierra nevada de Santa Marta

―El príncipe tomó un respiro y se preguntó:

― ¿Qué pasó? No lo sé. Pero entre los pigmeos del Nuevo Mundo, según me contó Halil, existe la suposición de que después de la derrota que Binaroti y Petrochi les infligieron, Vangar y dos de sus secuaces sobrevivientes, junto con las tainas secuestradas esperaron otro navío que atracase en La Española y los sacase de allí hacia otro lugar en donde no se supiera de su existencia y pudieran tomar a los pigmeos por sorpresa. Los tainos suponen que en 1501 se embarcaron de polizones en una de las carabelas de la expedición de Don Rodrigo de Bastidas, que los llevó a Tierra Firme en inmediaciones de una sierra nevada cercana al ahora famoso puerto de Santa Marta.

― O sea, majestad ― dijo Binaroti dirigiéndose al príncipe Karlo, con el ceño fruncido y un gesto de preocupación ―, que nos enfrentamos a un nuevo enemigo: los descendientes de Vangar y su grupo de secuestradores. Unos mestizos cuyas características desconocemos…

Karlo movió la cabeza afirmativamente:

― Así es, Binaroti ―respondió el príncipe y añadió en tono amable:

― Ah, y podéis llamarme Karlo, al fin de cuentas seremos compañeros de aventuras.

El Rey Ergonio intervino entonces para decir:

― Contamos con la astucia y las habilidades de Binaroti y Petrochi y con el hecho de que Tomás y Antonio serán dotados con sendas pulseras que les permitirán a los humanos que las usen, aumentar o disminuir a voluntad su tamaño con el fin de que puedan hacerse mimetizables en la tercera dimensión, pues adquirirán la estatura de un gnomo. Una pulsera similar será la prenda que debéis entregar de nuestra parte al rey Benkos de Biohó.

― ¿Cómo es eso? Preguntó Antonio.

― Muy sencillo ― dijo el Mago Abdulá que se puso de pie para entregar a cada uno una pulsera de plata con un sello superpuesto de metal verde en forma de trébol de cuatro hojas, labrado en la parte superior de la prenda y explicó:

― Para recuperar vuestro tamaño natural y haceros visibles para los humanos en la tercera dimensión, debéis colocar vuestro dedo índice sobre el sello trebolar, moviéndolo en círculos hacia la derecha y pronunciar el primer verso de nuestro himno: Macacafú, fuchi fú, fuchi fú… Para retornar al tamaño de un gnomo en la tercera dimensión, debéis hacer lo mismo pero hacia la izquierda y pronunciar el segundo verso del himno: Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá… En otras palabras, podréis actuar en la tercera dimensión con el tamaño y la facilidad de mimetismo de los gnomos o haceros visibles y actuar como humanos. Eso representa una gran ventaja.

Cuando el mago terminó su explicación, el rey Ergonio tomó nuevamente la palabra para decir:

― Con el rey Kinte hemos creído conveniente que además de Binaroti, Petrochi, Karlo, Tomás y Antonio, se unan a la expedición Halil, para que sirva como guía en las tierras que bien conoce, y Malú el palomo para que sea un rápido mensajero y observador.

Al día siguiente de la reunión en palacio, los expedicionarios zarparon en la Nao Santa Librada, una enorme carraca que transportaba carga y pasajeros a bordo de la cual llegarían en poco menos de un mes a Cartagena de Indias. Al embarcar, Binaroti, y los demás miembros de su grupo llevaban al cinto sendos mosquetes y una cartuchera con suficientes cápsulas de Petrobin. Los mosquetes habían sido perfeccionados y ahora usaban un cargador de seis cápsulas que podían disparase en forma continua sin necesidad de la lenta recarga de antes.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo V

Por : kapizan
En : La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil, V. La iniciación de Antonio

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

V
LA INICIACIÓN DE ANTONIO

Bosques de Sevilla, 1596

Durante un siglo en la quinta dimensión, pasan menos cosas que en la tercera. Por ejemplo, Binaroti había cumplido sus primeros trescientos años y en los dominios del rey Ergonio no se habían producido mayores cambios. Por el contrario, en el mundo de la tercera dimensión, el palomar de Arita era ahora ocupado por Malú su tataranieto y en la casa de al lado vivía Tomás el biznieto de Juan junto con su hijo Antonio que pronto cumpliría siete años y estaría listo para ser presentado ante el rey Ergonio en su palacio de la quinta dimensión.

Para esa época el rey de España era Felipe II que había sucedido a Carlos I de España, V de Austria, en el gobierno de un imperio en cuyos dominios nunca se ocultaba el sol. El Nuevo Mundo había sido conquistado a sangre y fuego, los indígenas fueron sojuzgados y se inició un proceso de colonización con la fundación de ciudades en las islas descubiertas tanto en el Caribe, como en territorio continental.

En Colombia, ese proceso comenzó en la costa norte, con la fundación de Santa Marta en 1525 y de Cartagena en 1533. En la época de este relato, ambos puertos eran muy importantes para el tráfico de mercaderías desde el nuevo mundo hacia Europa y viceversa. Eran además, la puerta de entrada al tráfico de negros traídos de África como esclavos, negocio que se había vuelto muy lucrativo.

Cuando comenzó el secuestro de negros para traficarlos como esclavos en el Nuevo Mundo algunos pigmeos africanos decidieron, voluntariamente, viajar como polizones en los barcos de los esclavistas para apoyar a los humanos de color en lo que fuera posible. Con el tiempo, Kinte, el rey de los pigmeos africanos organizó un sistema de comunicación con el Viejo Mundo mediante pigmeos que viajaban como correos entre los dos lados del océano, llevando y trayendo noticias.

Ya para entonces comenzaban los ataques piratas a los navíos españoles, para robar el oro, la plata y las joyas que los colonizadores enviaban al viejo mundo.

***

El día de su séptimo cumpleaños, Antonio madrugó y se encaminó con su padre hacia el interior del bosque a esperar el momento en que, con las primeras luces del alba, se abriría el portal dimensional que le daría entrada por primera vez al mundo mágico de los gnomos verdes, del que tanto le habían hablado su abuelo y su padre. Una mezcla de ansiedad, curiosidad y alegría invadió el espíritu del niño cuando su papá entonó la primera estrofa del himno de los gnomos y ambos cantaron:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…
Fuchilurí macá.
Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá…

Tal como le habían contado que sucedería, el bosque se iluminó con un bello resplandor y apareció Binaroti con su guitarra encabezando un grupo de gnomos que portaban flautas e instrumentos de cuerda y de viento con los que acompañaron el resto del himno, cantando en coro con sus melodiosas voces:

Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá,
Túa cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá.

Terminado el himno, Binaroti les ofreció en copa de oro el delicioso elixir que reduciría su tamaño al de los gnomos. Antonio sintió una leve sacudida en el cuerpo en el momento en que su estatura se redujo a treinta y tres centímetros. Una extraña sensación le produjo ver a su padre a la misma altura de todos.

― Bienvenidos al reino de su majestad Ergonio III― Dijo Binaroti en tono solemne, después de terciarse la guitarra a la espalda y quitarse el gorro puntiagudo al tiempo que hacía una elegante venia y movía el gorro de izquierda a derecha en un gesto teatral de saludo. Hecho esto, se colocó nuevamente el gorro y en tono invitador les dijo:

― Seguidme, la ceremonia está por comenzar.

Antonio y su padre, emprendieron la marcha por el sendero que conducía al estanque frente al palacio, seguidos por los gnomos que entonaron alegres canciones para animar el recorrido de media legua que separaba el portal dimensional de la morada real. Al llegar, fueron guiados a una tribuna cubierta por toldillos y Binaroti los acomodó a lado y lado ―Antonio a la derecha― de los tronos reales que en ese momento estaban desocupados.

Sin más espera unos heraldos hicieron sonar las trompetas y el chambelán de la corte anunció la entrada de los monarcas:

― ¡Sus majestades el rey Ergonio III y la reina Betunia, monarcas del reino kardiano!

Los reyes salieron por detrás de la cascada y avanzaron con elegancia a lo largo de la orilla del estanque. Al llegar a la tribuna, saludaron con un beso en la mejilla a los dos invitados y tomaron asiento en sus respectivos tronos, con lo cual se dio comienzo a una espectacular demostración de perros bailarines, ardillas saltimbanquis y monos malabaristas que desfilaron frente a la tribuna luciendo sus destrezas en honor a los monarcas y sus invitados. Vino después un precioso desfile de caballos, novillos, burros y lobos organizados en columnas de siete hileras de ancho y doce filas de profundidad, que marchaban al son de una banda de músicos integrada por gnomos que interpretaban himnos marciales de la época de la guerra con los morados.

Terminado el desfile el rey le impuso a Antonio un collar que lo acreditaba como ciudadano kardiano con todos los derechos y privilegios de los gnomos. Por su parte, Antonio se comprometía a acudir en apoyo del reino cuando fuesen requeridos sus servicios para cumplir misiones en la tercera dimensión. Acto seguido se sirvió un gran banquete después del cual Antonio y su padre fueron invitados por Binaroti y Petrochi a recorrer el reino a caballo para visitar todas sus comarcas, tarea que les tomó un semana, equivalente a un día de la tercera dimensión.

Mientras Antonio y su padre asistían a los festejos de la iniciación del niño en el mundo de los gnomos españoles, a cientos de kilómetros de allí, en el reino de los pigmeos africanos que gobernaba su majestad el rey Kinte, Ciro el búho cruzó el portal desde la tercera hasta la quinta dimensión, para contarle al monarca que en horas de la madrugada, cuando se disponía a reposar, vio con sus propios ojos cómo unos traficantes portugueses secuestraron al rey Benkos de Biohó para venderlo en el Nuevo Reino de Granada como esclavo.

Esa noticia, como veremos más adelante, evolucionaría en los tres años siguientes hasta crear una situación que transformó para siempre la vida de Antonio, de su padre y de sus amigos Binaroti y Petrochi.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo IV

Por : kapizan
En : IV. ¡Alerta! ¡Peligro! ¡Morados a la vista!, La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

IV
¡ALERTA! ¡PELIGRO! ¡MORADOS A LA VISTA!

En la noche del 22 de septiembre de 1493, Vangar y sus gnomos nadaron desde el muelle y se colaron, divididos en grupos de a tres, en seis de las quince carabelas que estaban ancladas frente al puerto de Cádiz y que junto con dos carracas esperaban la orden de zarpar, tres días después, hacia el Nuevo Mundo. Un séptimo trío de gnomos morados, se trepó a la carraca Marigalante y se ocultó en el castillo de popa.

En la madrugada del 25 de septiembre, poco antes de que la flota zarpara, Binaroti y su primo Petrochi, volando a horcajadas en el cuello de Pilón ― un águila macho que los había traído desde los bosques de Sevilla―, aterrizaron en el castillo de Proa. No se imaginaban que en esa misma carraca, pero en el castillo de popa, se habían ocultado los tres gnomos morados. El enemigo estaba cerca y ellos lo ignoraban. Sin saberlo, se encontraban a poco menos de cincuenta metros de distancia. El medallón detector se calentaba a partir de los cinco metros de proximidad del enemigo, por lo que Binaroti y Petrochi, acomodados como polizones en la proa de la nave, no se percataron de la presencia de los gnomos morados sino al final de la travesía, como veremos más adelante.

En su recorrido, después de cuarenta días de navegación, la flota divisó nuevas tierras y se descubrieron lo que hoy son las Antillas, Cuba y Puerto Rico. Durante el viaje, Binaroti y Petrochi mataban el tiempo jugando a las cartas, leyendo relatos de sus antepasados en un par de libros que la reina les había regalado antes de partir, o tocando sus instrumentos favoritos: Binaroti, la guitarra y su primo la flauta traversa. Finalmente divisaron las costas de la Isabela y anclaron a cien varas de la playa. Según narraron posteriormente los viajeros, parece ser que los gnomos morados se dirigieron hacia la proa de la carraca para ver la costa. Fue en ese instante, cuando Binaroti al sentir el calor en el medallón y captar su cambio de color, le gritó a su primo:

― ¡Alerta Petrochi! ¡Peligro! ¡Morados a bordo! ¡Trae tu mosquete! ¡Pronto! ¡Apúrate!

Cuando los gnomos morados vieron a Binaroti y a Petrochi, con sendos mosquetes cargados de Petrobin, retrocedieron aterrados, Binaroti disparó y logró petrificar a su oponente. Petrochi erró el tiro y mientras recargaba su arma el morado saltó por la borda de estribor y empezó a nadar las pocas brazas que separaban la carraca Marigalante de la carabela Quintera. Por fortuna, Petrochi logró recargar su arma, apuntar y disparar en el preciso instante en que el tercer enemigo se disponía a saltar por la borda de babor para nadar hacia la carabela Gallarda y trepar por el cable del ancla como lo alcanzó a hacer su compañero. El chorrito de Petrobin dio de lleno en el cuerpo del gnomo que cayó al mar transformado en piedra de colores con figura de gnomo. Desde entonces, hace más de quinientos años, reposa en el fondo de la bahía que se convirtió en su tumba.

***

Isla La Española, 1493

Después del enfrentamiento con los gnomos enemigos a bordo de la carraca Marigalante, Binaroti y su primo consideraron que lo más importante era advertir al cacique de los pigmeos sobre el peligro inminente que representaba para su raza la presencia de gnomos morados en la isla. Así pues, decidieron bajar a tierra, en la misma chalupa en que desembarcó el almirante Colón, y dirigirse a toda prisa hacia la colina en la que, según les había explicado Guayo, se encontraba el portal para ingresar a la quinta dimensión, por entre dos enormes palmeras cargadas de cocos.

Al llegar frente a las palmeras Binaroti y Petrochi se llevaron una gran sorpresa: volando con elegancia sobre sus cabezas, Arita la paloma dio dos vueltas para llamar la atención de los gnomos, se detuvo en el antebrazo de Binaroti y dirigiéndose a los sorprendidos primos, con su bien modulada voz y en perfecto castellano les dijo:

― ¡Bienvenidos a la Española!

― ¿Qué hacéis aquí?― preguntaron al unísono los dos gnomos.

― El rey Ergonio me mandó para que os sirva de intérprete con el Cacique Guarú. Guayo le contó a su majestad que vuestro taino no era muy bueno, que él había hecho un gran esfuerzo para enseñaros pero que podríais tener dificultades para hablar con el cacique. Entonces, sugirió que yo viniese y me pusiera en contacto con Maya, una guacamaya prima suya que se comunica con los tainos de la quinta dimensión como él lo hacía antes de que lo llevaran a España. Eso mejoraría la comunicación entre las dos culturas. El rey aprobó la idea y heme aquí.

― ¿Y vinisteis volando desde España?

― ¡No! ¿Cómo se os ocurre? En realidad vine en el palo mayor de la Gallarda, la otra carraca de la flota. Pero me entretenía volando entre las carabelas. Por eso me di cuenta de que había varios gnomos morados viajando de polizones, como vosotros. Alcancé a contar dieciocho. También vi vuestra valerosa acción. Ahora tenemos dos enemigos menos.

***

La bienvenida que les dieron los pigmeos a los emisarios del rey Ergonio fue muy cálida. Para esa tarde, el cacique les ofreció un agasajo, en el que participaron todos los nobles de la tribu ataviados con sus mejores galas. Hubo una presentación de danzas al son de tambores y otros instrumentos desconocidos para los gnomos, en especial uno llamado marimba, que producía notas melodiosas al golpear con un bolillo una hilera de tablitas de madera alineadas sobre una base de la cual pendían tubos huecos, también de madera. Para no quedarse atrás, Binaroti, que siempre llevaba terciado su guitarra a la espalda, aprovechó para interpretar bellas canciones de gnomos acompañado por Petrochi.

Cuando terminaban la última canción, el medallón detector de Binaroti, comenzó a calentarse y a tornarse rojo. Al volver la cabeza, alcanzó a ver a un gnomo enemigo agazapado tras un arbusto, presto a saltar sobre una doncella que escuchaba la guitarra completamente embelesada.

Sin dudarlo un instante, nuestro héroe soltó la guitarra, desenfundó el arcabuz y disparó un chorrito del líquido verde, que petrificó al atacante. Un segundo intruso que intentó huir fue alcanzado por Petrochi. Un minuto más tarde yacía petrificado a la vista de los pigmeos.

― ¡Bravo mis valientes!― Gritó entusiasmada Arita la paloma en castellano y agregó: ―Ya llevamos cuatro enemigos menos.

― ¡Viva Binaroti! ¡Viva Petrochi!― Añadió Maya la guacamaya en taino, logrando que el cacique y todos los presentes vitorearan a los gnomos gritando en su lengua:

― ¡Aracatay punay Binaroti! ¡Aracatay punay Petrochi!

Esa misma noche, aprovechando que los pigmeos y sus huéspedes estaban de jolgorio, los morados volvieron a infiltrarse y lograron raptar a Yali, una joven doncella de cuarenta y cuatro años, que había salido de madrugada a recoger agua dulce requerida para cocinar, a la orilla de la quebrada que abastecía a la tribu.

El rapto causó pánico entre los pigmeos que por orden de Guarú iniciaron patrullajes de vigilancia armados con flechas envenenadas y lanzas, a lo largo y ancho de su territorio. A los tres días, en tiempo de la quinta dimensión, los guerreros de la tribu que iban acompañados por Binaroti, llegaron a una pequeña laguna en donde cinco doncellas lavaban ropa. En ese momento el medallón comenzó a calentarse y nuestro héroe pudo advertir sobre el peligro:

― ¡Alerta! ¡Peligro! ¡Morados a la vista!

Los pigmeos reaccionaron: lanzaron sus flechas y seis morados cayeron abatidos. Binaroti alcanzó a ver a un gnomo enemigo que huía con una doncella al hombro seguido por dos de sus compañeros. Entonces, apuntó el arcabuz, disparó y petrificó al más rezagado, pero no alcanzó a repetir el disparo. Cuando recargó el arcabuz, alcanzó a ver cómo uno de ellos, con su preciosa carga cruzó el portal hacia el astral de la cuarta dimensión a donde no podía perseguirlo. Afortunadamente el otro esbirro no alcanzó a seguir a su compañero pues cayó atravesado por una lanza que arrojó Giral, el primogénito del cacique que dirigía al grupo de patrulleros de la tribu.

Para la siguiente incursión, Vangar dispuso que atacaran en parejas en las que un gnomo caería sobre la presa y el otro cubriría su espalda con flechas envenenadas. Para entonces, ya había descubierto que en la isla la quinta dimensión tenía un portal de acceso marcado por palmeras en cada uno de los cuatro puntos cardinales y que los lugares más apropiados para atacar eran: el río que cruzaba el portal oriental y la laguna cercana al portal sur, donde habían caído seis de sus gnomos. Esos lugares eran los más frecuentados por las doncellas y facilitaban el regreso con la presa a la cuarta dimensión a donde Binaroti no podría seguirlo. Así pues, el campo de batalla tendría que ser en la tercera dimensión, como sucedió en la carraca o en la quinta dimensión a la que, gracias al bebedizo, podía acceder durante tres horas.

Pensando con la misma lógica Binaroti y Giral, decidieron dividirse en dos grupos de veinte guerreros cada uno, para proteger esos dos puntos vulnerables. En la laguna se apostaría Binaroti al frente de un grupo, armado con un mosquete; y en el río del sector oriental, se situaría Giral con el otro grupo, acompañado por Petrochi con su mosquete.

A la semana de estar ensayando la nueva estrategia, Vangar organizó una incursión simultánea en los dos frentes. Al amanecer, en el sector occidental, el medallón detector le permitió a Binaroti neutralizar a un morado en el momento en que se aproximaba a una lavandera; sin embargo, el gnomo que cubría a su compañero disparó una flecha envenenada que atravesó el brazo derecho de nuestro héroe. Los pigmeos reaccionaron: un guerrero tomó el arcabuz y petrificó al gnomo que había lanzado la flecha contra Binaroti. Al final de la batalla, había tres pigmeos muertos y dos heridos. En cuanto al enemigo: en el campo de batalla quedaban un morado petrificado y dos atravesados por flechas de los pigmeos.

Después del combate, Binaroti fue evacuado y atendido por Catamarí, el chamán de los pigmeos taínos, quien preparó un potaje con el cual eliminó los efectos del veneno. El herido permaneció un mes de convalecencia bajo los cuidados del chamán, hasta su recuperación total.

***

Binaroti y su primo Petrochi permanecieron en la quinta dimensión, como huéspedes del cacique pigmeo Guarú, los casi tres años del tiempo, de la tercera dimensión, que estuvo Colón navegando entre las islas del Mar Caribe en búsqueda de nuevas tierras y tesoros. En ese lapso, nuestros amiguitos perfeccionaron el taino, conocieron extrañas especies de animales como el colibrí, la iguana, el armadillo, el oso hormiguero y otros muchos que no se habían visto antes en España; pero lo más importante, lograron detectar y neutralizar a otros dos gnomos morados. Por desgracia, creyeron que habían eliminado la amenaza, pues en todo ese tiempo no volvieron a tener incursiones enemigas. Además, según las cuentas de Arita no eran más de dieciocho los que habían venido en las carabelas. Lamentablemente, la paloma no había contabilizado a Vangar y a dos de sus secuaces que viajaron ocultos en la misma carraca en cuyo palo mayor llegó a la isla la paloma.

Ante, la aniquilación de casi todos sus gnomos, Vangar, astuto como era, cambió de estrategia: decidió quedarse quieto en la cuarta dimensión y no hacer más incursiones al mundo de los pigmeos, mientras Binaroti estuviera en la isla con el mosquete y el letal líquido verde. Así pues, una noche reunió a Octox y Nonex, los dos últimos gnomos de su pandilla, les contó su nueva estrategia y finalizó con estas palabras:

― Tarde o temprano, esos malditos verdes regresarán a España y llegará nuestro tiempo para ejecutar el plan― Vangar hizo una pausa, miro a los ojos a sus esbirros, y agregó con una torva sonrisa: ― Me derrotaron, pero no estoy vencido.

Un buen día, Arita anunció que la flota se estaba preparando para regresar a España. Binaroti y su primo decidieron volver a su mundo, se despidieron del cacique Guarú y su tribu de pigmeos que salieron hasta la playa a despedirlos.

La leyenda de los Mafuchinos – Capítulo III

Por : kapizan
En : III. Los polizones se preparan, La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

III
LOS POLIZONES SE PREPARAN

La llegada de Colón con dos tercios de los hombres y los navíos que habían zarpado en agosto del año anterior causó gran revuelo en las tres dimensiones: inicialmente sorprendió a las autoridades de Sevilla y a sus habitantes en la tercera; después impresionó a la paloma Arita y a los reyes Ergonio y Betunia, en la quinta; y por último, llamó la atención de Oroc, el cuervo espía de los gnomos morados de la cuarta dimensión, enviado por Vangar el jefe de la tribu de los gnomos de las cuevas de Sevilla para obtener información sobre los expedicionarios.

Todos se preguntaban: ¿Por qué llegaron menos barcos, menos marineros y seis exóticos personajes cubiertos con taparrabo? En realidad, cuarenta de los ciento veinte hombres de las tripulaciones originales, habían quedado en la isla que el almirante bautizó “la Española” ―Hoy Haití y República Dominicana ―, cuidando un fuerte construido con los restos de la carraca Santa María que había naufragado estrellada contra los arrecifes.

Siguiendo a la paloma y ocultándose en las sombras con el oído atento y el ojo despierto, Oroc, el malvado cuervo que servía como espía de Vangar obtuvo toda la información que requería para proporcionársela esa misma noche al jefe de los gnomos morados que habitaba en lo más profundo de las cuevas en la cuarta dimensión, desde que fueron desterrados del mundo mágico.

El cuervo esperó la llegada de la media noche, que es la hora en que se puede acceder al tenebroso mundo del plano astral, cruzó el portal dimensional, avanzó por entre filas interminables de almas en pena y bestias aterradoras hasta la cueva del jefe de los gnomos morados, que esperaba impaciente el reporte de su espía. Cuando el cuervo llegó, Vangar, cuyas facciones se habían deformado con los años de destierro en el mundo de las sombras y exhibía un rictus de maldad en la boca torcida, se acomodó en una roca y con voz áspera le dijo:
―Habla pajarraco. Cuéntame todo lo que viste y escuchaste desde el día que regresaron los marinos de Colón. Sin omitir detalle.

El relato del cuervo fue, en esencia, el mismo que la paloma rindió a la pareja real de gnomos verdes. Tanto para Vangar y los morados como para el rey Ergonio y los verdes, la información más valiosa fue la proporcionada por el papagayo sobre la existencia de una nueva raza de pigmeos con rasgos similares a los de los seis indígenas que llegaron con Colón.

De otra parte, el rey Ergonio pensó en aprovechar el siguiente viaje del almirante Colón al nuevo mundo para enviar una pareja de emisarios de buena voluntad ocultos a bordo de una de las naves; en tanto que Vangar decidió usar similar procedimiento para viajar él mismo al frente de veinte gnomos morados ― los últimos que quedaban atrapados en la cuarta dimensión en las cuevas de Sevilla―, provistos de una buena ración del bebedizo, que les permitiría ingresar durante tres horas a la quinta dimensión. Ese tiempo era más que suficiente para secuestrar por lo menos a tres pigmeas. El plan de Vangar contemplaba infiltrarse en territorio del cacique pigmeo que habitaba en la isla La Española y secuestrar tantas pigmeas como fuera posible, para crear una nueva raza mixta con los que en menos de cien años podría dominar, en la quinta dimensión, los territorios descubiertos por Colón.

***

Binaroti era un valiente e ingenioso gnomo verde que se había distinguido luchando contra los rebeldes morados cuando apenas tenía cien años de edad. Con doscientos años cumplidos, se había convertido en un gran químico trabajando como asistente del mago Abdulá. Tiempo atrás, con ayuda de su primo Petrochi, gracias a un error de éste, había logrado desarrollar un líquido verde, al que llamaron Petrobin; por dos razones: petrificaba, literalmente hablando, al adversario y formaba un anagrama con las primeras sílabas de los nombres de sus inventores. Al ser rociado sobre cualquier gnomo morado que lograse infiltrarse en la quinta dimensión, el Petrobin lo neutralizaba, convirtiéndolo en piedra para siempre. Además, Binaroti había diseñado un aparato aspersor, en forma de mosquete que al ser disparado, lanzaba un chorrito de Petrobin suficiente para neutralizar a un gnomo adversario. Los primos eran hijos de padre italiano y madre española y a esa temprana edad gozaban del reconocimiento y aprecio de todos los súbditos del reino kardiano.

Como lo difícil era detectar a un gnomo morado disfrazado de verde, el mago Abdulá le había proporcionado un medallón con una piedra azul que se tornaba roja como un rubí y caliente como una brasa, ante la presencia de un gnomo infiltrado. Con posterioridad al episodio del secuestro de tres gnómidas ―ocurrido a comienzos del año 1400 del calendario humano―, sólo una vez los morados volvieron a infiltrarse, fueron detectados por el medallón de Binaroti y convertidos en piedra. En esa ocasión el rey permitió que uno de los atacantes fuera expulsado vivo de la quinta dimensión para que regresase a contar lo sucedido. A raíz de esto, cesaron las incursiones y la paz regresó al reino.

Cuando se supo que la siguiente expedición zarparía del puerto de Cádiz el 25 de septiembre de 1493, el rey Ergonio llamó a su presencia a Binaroti ― un gnomo, le contó lo que le había dicho meses antes Arita, la paloma, y cuando terminó le dijo:

―Mi querido Binaroti, la próxima semana zarpará del puerto de Cádiz, el almirante Colón con diecisiete naves y mil doscientos hombres, con rumbo a las costas que descubrió el año pasado. Según contó Guayo el papagayo, al rey humano de esas tierras de la tercera dimensión le dicen cacique, se llama Guarú y vive en una isla muy grande. La conocerás porque allí fue capturado Guayo y es la misma que Colón bautizó como La Española. En ella, los españoles construyeron un fuerte con los restos de la nave que se hundió. El cacique de los pigmeos se llama Guarú. Ante él quiero que te presentes como mi embajador de buena voluntad, lo prevengas contra los morados y lo apoyes con lo que sabemos para neutralizar las incursiones enemigas ―El rey hizo una pausa, se mesó las barbas como era su costumbre y preguntó:

― ¿Está Claro? ―Ante la respuesta afirmativa de Binaroti, su majestad agregó:

―Entonces, mi querido Binaroti, escoged un compañero de viaje, preparaos para que un águila os lleve en vuelo directo hasta el puerto de Cádiz y no olvidéis llevar el medallón detector y una buena cantidad de aquel maravilloso líquido verde ― ¿Quién será vuestro compañero? ―preguntó el monarca poniéndose de pie.

―Petrochi, mi primo ―contestó con determinación Binaroti y agregó, en tono de respetuosa pregunta:

―Majestad ¿Cómo os parece mi elección?

― Perfecta ―replicó el monarca con una amplia sonrisa.

***

Los días previos al viaje los emplearon Binaroti y Petrochi en alistar una buena provisión de Petrobin y en aprender el lenguaje de los indígenas para poder comunicarse con el cacique Guarú. Te preguntarás cómo hicieron nuestros amigos para aprender esa lengua hasta entonces desconocida en Sevilla.

Al respecto te recordaré, que las aves tienen un lenguaje único que les permite comunicarse entre sí con miembros de otras especies. En esa forma, Arita pudo entenderse con Guayo cuando lo conoció en Barcelona después de la llegada de Colón de su primer viaje. Como quedó dicho, las aves hablan además el lenguaje de los humanos y los gnomos que es el mismo. Por ello, antes del viaje, Binaroti y Petrochi pasaron largas jornadas con el papagayo intentando aprender las palabras más importantes de la lengua de los indígenas tainos pobladores de La Española.

La Leyenda de los Mafuchinos – Capítulo II

Por : kapizan
En : II. El regreso del Almirante, La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN


II
EL REGRESO DEL ALMIRANTE

Bosques de Sevilla, España, 1493

Arita, la paloma mensajera, planeó con elegancia y en círculos amplios sobre los techos del puerto y los mástiles de las embarcaciones ancladas cerca al muelle de Sevilla. Faltaban diez minutos para que el tenue resplandor de lo que los navegantes llaman el “crepúsculo náutico matutino”, abriese por un breve espacio de media hora, el portal dimensional que le daría acceso al mundo mágico de la quinta dimensión. Entraría entonces a la tierra habitada desde siempre por los pacíficos y alegres gnomos verdes, como los llamaban las hadas y los unicornios para distinguirlos de sus antiguos enemigos, los malvados gnomos morados. Tanto los unos como los otros tenían la piel blanca y las facciones de los europeos, pero lo que marcaba la diferencia física entre ambos, era el color de sus gorros puntiagudos.

Después de cruzar el portal, la paloma rendiría su informe verbal a su majestad Ergonio III. Una semana antes, el monarca de los gnomos verdes la había enviado como observadora al puerto de Palos de Moguer a donde acababan de llegar, en enero de 1493, dos de las tres naves ―La Pinta y La Niña― que habían zarpado cinco meses antes. Volvían con dos tercios de la tripulación original y una exótica carga de humanos semidesnudos, aves y frutos, nunca antes vistos en el viejo continente. Días después de la llegada al puerto de Palos, Arita se desplazó en vuelo rasante hasta la corte española en Barcelona, donde los reyes católicos recibirían a Cristóbal Colón, que retornaba de su primer viaje de exploración en busca de una nueva ruta hacia las Indias.
Al regreso de Barcelona, sobre los techos de Sevilla, la paloma aprovechó el plácido vuelo para ordenar sus ideas y calmar la excitación que le había producido la charla con Guayo el papagayo, exótica ave parlanchina de vivos y hermosos colores que ella no sabía que existía.

***

Su majestad el rey Ergonio y su esposa la reina Betunia, habitaban un sobrio pero elegante palacio labrado en el interior de una formación rocosa. El portalón del palacio estaba oculto por una cristalina cascada y el palacio estaba rodeado por una cerca de acebos que se cargaban de flores blancas en primavera y había sido sembrada entre frondosos abedules, abetos y otros árboles nativos de las tierras españolas. El agua de la cascada se apozaba en un pequeño lago en donde retozaban bellísimos peces de múltiples colores que sacaban la cabeza del agua cuando la pareja real se paseaba por la orilla y entonaban para ellos alegres canciones.

Todas las mañanas, después de un frugal desayuno, la pareja real salía de sus aposentos, se acomodaba en sendos tronos de madera tallada con el escudo del reino kardiano, recibía de frente la energía del sol naciente, escuchaba un concierto matutino ofrecido por los peces y una miríada de pajarillos. Una vez terminado el concierto, sus majestades atendían las audiencias programadas para cada día. Esa fría mañana, Arita se aproximó a los monarcas después del concierto y el rey le tendió la empuñadura del cetro para que se posase allí e iniciara su reporte.

― ¡Bienvenida! ―dijo el rey Ergonio con una acogedora sonrisa, mientras acariciaba con la mano derecha la blanca cabeza de la paloma, y agregó: ―Contadme mi leal y valerosa Arita qué lograsteis saber sobre el viaje del almirante Colón.

Con voz suave pero clara y muy bien modulada, la paloma dio su reporte:

― Os digo, su Majestad, que lo que más me llamó la atención fueron las exóticas personas, aves y frutos que vinieron de vuelta con los expedicionarios: se trataba de seis mozos.

― ¿Qué aspecto tenían? ―Quiso saber el monarca.

― Eran de piel cobriza, pelo largo y lacio, ojos oscuros y sólo se cubrían con un trozo de tela; iban descalzos, lucían collares en el cuello y tocados de plumas de colores en la cabeza.

― Y ¿Cómo eran las aves? ― preguntó la reina

― Las tres aves ― contestó Arita ― tenían grandes picos curvos, plumaje de vistosos colores rojo, amarillo, verde y azul, nunca las había visto, pero escuché que los marinos las llamaron papagayos― la paloma hizo una pausa y agregó: ― precisamente, esa tarde logré hablar con uno de los papagayos, que dijo llamarse Guayo y me contó cosas muy interesantes sobre la tierra a la que llegó Colón… Pero lo más interesante que él me contó cuando le hablé de vuestro reino, es que me dijo haber servido como enlace entre unos pigmeos de piel cobriza, habitantes de la quinta dimensión y los humanos que vivían en chozas de paja a la orilla del mar que rodea una isla muy grande…

La paloma habló más de una hora contando con lujo de detalles tanto lo que vio, como lo que le contó su nuevo amigo Guayo. Cuando terminó, el rey ordenó a un lacayo que le sirviese una porción doble de gazpachos dorados que Arita comió con delicada elegancia, acompañando cada tres picotazos con un trago generoso de jugo de uvas moradas. Terminado su banquete, la paloma hizo una venia a sus majestades, les agradeció sus atenciones y emprendió vuelo de regreso a la tercera dimensión.

Arita residía en un palomar en casa de Juan, un labriego viudo de treinta años que vivía en los bosques cercanos al puerto de Sevilla, con su hijo Felipe de nueve años. Padre e hijo mantenían contacto con los gnomos verdes y los visitaban con frecuencia. Cuando querían ingresar al mundo de sus amiguitos, se dirigían al bosque y cantaban el himno de los gnomos que años atrás le había enseñado el abuelo Salustiano a su hijo Juan cuando cumplió siete años. Juan, que siempre fue bueno, mantuvo este privilegio a través de los años y cuando su hijo Felipe cumplió los siete años le enseñó a su vez el himno y la forma de acceder a la quinta dimensión. Para entonces, el abuelo Salustiano había muerto y su espíritu moraba, en el plano etérico de la cuarta dimensión, en un frondoso abedul que él mismo había sembrado. Con las últimas notas del himno, el bosque se iluminaba con un enorme resplandor y frente al abedul con el espíritu del viejo Salustiano, aparecía Binaroti el gnomo, que les ofrecía, en copa de oro, un elixir delicioso. Al beberlo, el tamaño de ambos visitantes se reducía a los treinta y tres centímetros de estatura de los gnomos.

En la quinta dimensión, una semana equivale a un día o a una noche de la tercera dimensión. Esta diferencia la aprovechaban al máximo el labriego y su hijo que visitaban los dominios del rey Ergonio al menos una noche cada mes. En cada viaje, Felipe y su padre pasaban alegres y fascinantes aventuras de una semana en el maravilloso mundo mágico. Para entonces, Binaroti tenía doscientos años y por su aspecto, aparentaba casi la misma edad de Juan que acababa de cumplir veinticinco años.

***

Esa noche en su recamara, a espaldas de la reina que peinaba su lustroso cabello rubio frente a un espejo de cristal de roca, el rey retomó el tema del reporte de la paloma. La miró a los ojos a través de la bruñida superficie y comentó:

― Querida, me pareció muy completo e interesante el reporte de Arita con base en lo que le contó Guayo el papagayo― dijo el rey Ergonio tomando entre sus manos la mano derecha de la reina Betunia ― ¿Qué opinas de la información que nos dio sobre los pigmeos de piel cobriza, similares a los seis humanos que trajeron los marinos de Colón?

― Creo que al ser descubierto un nuevo mundo con una raza diferente de pigmeos, se corre el riesgo de que vuelva a repetirse la historia y los gnomos morados que logramos expulsar a la cuarta dimensión busquen la forma de cruzar el mar e infiltrarse en el nuevo territorio para hacer mucho daño a los humanos; y ni qué decir, si logran engañar a los pigmeos, como sucedió en el África―. La reina hizo una pausa, se volvió hacia su esposo y con tono de preocupación concluyó:

― Sería fatal, si consiguen colarse nuevamente en la quinta dimensión. Me estremezco al recordar cuando secuestraron a dos de nuestras más bellas gnómidas.

― Tienes razón querida ― replicó el rey Ergonio. Meditó unos segundos mesándose las barbas y agregó: ― Creo que debemos aprovechar el próximo viaje que seguramente hará Colón a estas tierras, para enviar un emisario nuestro como embajador de buena voluntad ante el rey de los pigmeos, con el fin de advertirle sobre el riesgo de que los morados traten de infiltrarse en su mundo y de enseñarles los conjuros y los trucos que hemos aprendido para neutralizarlos.

La Leyenda de los Mafuchinos – Capítulo I

Por : kapizan
En : I - Mensaje de la princesa Dialid, La leyenda de los Mafuchinos, Novela Infantil

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PRIMERA PARTE
LOS GNOMOS QUE LLEGARON CON COLÓN

I
MENSAJE DE LA PRINCESA DIALID

Montañas de los Andes, año 2018.

Antes de que empieces a conocer las aventuras de Binaroti y Petrochi, los gnomos que llegaron con Cristóbal Colón, es bueno que sepas que en este planeta hay varias dimensiones paralelas que se mueven en el mismo espacio pero en diferentes tiempos y con distintas velocidades. Una de ellas la habitamos nosotros, los humanos, y la compartimos con seres de los reinos animal, vegetal y mineral. Se le conoce como tercera dimensión. Otra, es la llamada quinta dimensión, o mundo mágico, en donde viven los gnomos, los pigmeos, las sirenas, las hadas, los magos, los unicornios y otros bellísimos seres, todos plenos de amor y de sabiduría. Entre ellos viven animales nobles como los caballos, los perros, los gatos, las águilas, las palomas y los búhos que pueden pasar de un mundo al otro para cumplir misiones específicas. Al cruzar el portal para ingresar a la quinta dimensión, los animales que provienen de la tercera adquieren inmediatamente un tamaño proporcional al de los gnomos; no así los humanos, que deben beber un elíxir especial que les ofrecen los gnomos antes de ingresar, para que puedan disminuir su tamaño. Al regresar unos y otros a la tercera dimensión, recuperan su tamaño original.

En la quinta dimensión todos los animales y las plantas hablan el lenguaje de los animales y las plantas, pero además dominan el idioma de los gnomos que es igual al de los habitantes humanos del mismo territorio. Así por ejemplo: los gnomos españoles hablan castellano, los italianos hablan italiano, los franceses hablan francés y los ingleses hablan inglés.

Quiero contarte además que la tercera dimensión está protegida por los cuatro elementales de la naturaleza, conocidos como: Salamandras en el elemento fuego; Ondinas en el agua; Silfos en el aire; y Gnomos en la tierra. Estos últimos tienen forma humana pero son muy pequeños pues apenas miden treinta y tres centímetros de estatura ― tan bajos que pueden pasar sin agacharse por debajo de un taburete―. Los gnomos poseen características culturales, morfológicas y fisiológicas similares a las de las personas que viven en los territorios de Europa o Asia. En África y en los pueblos indígenas originarios de América recibían el nombre de pigmeos. A raíz de la llegada de los españoles al nuevo continente, como veremos en este relato, los pigmeos indígenas se mezclaron con gnomos provenientes de Europa y con pigmeos africanos, con lo cual dieron origen a los mafuchinos: una nueva raza mestiza de seres diminutos.

Los humanos de la tercera dimensión no pueden ver ni escuchar a los gnomos. Solo pueden hacerlo y hablar con ellos los niños que tienen amigos “imaginarios”, al igual que los ancianos de corazón puro. Ellos están conectados con esta hermosa dimensión pues la bondad de su corazón y la pureza de su espíritu les dan ojos y oídos para ver y escuchar lo que ocurre en ese mundo extraordinario. También, suelen ser invitados por los gnomos a vivir experiencias fantásticas como disminuir su tamaño al de sus pequeños amigos, volar sobre el cuello de un águila, navegar sobre el lomo de un pez, galopar sobre un perro, o saltar a horcajadas en el espinazo de un gato, como si de un caballo se tratase.

Entre estos mundos paralelos se encuentra la cuarta dimensión que tiene dos planos: uno luminoso y bellísimo conocido como plano etérico y otro oscuro y maligno conocido como plano astral. En el plano luminoso están los espíritus de los seres que en vida fueron bondadosos y que suelen tener como morada frondosos árboles, mientras esperan el momento de volver a encarnar en la tierra. Por su lado, en el plano astral están atrapados los espíritus malignos de quienes fueron perversos en su vida e hicieron mucho daño. Estos seres deambulan eternamente sin rumbo y solo se comunican con animales rastreros como las serpientes, los animales ponzoñosos y las aves carroñeras como los buitres y los zopilotes o de gran maldad como los cuervos.

También es bueno que sepas que la vida en la quinta dimensión no siempre ha sido armoniosa y pacífica. Hace setecientos años, a la altura del año 1200 de la Era Cristiana, los gnomos de Europa se dividieron en dos grupos y hubo una terrible guerra que finalmente ganaron los Gnomos kardianos, o verdes, que lograron desterrar a los perversos Gnomos burkinos, o morados, y expulsarlos hacia la cuarta dimensión. Allá viven en cuevas en el plano astral al lado de los espíritus malignos. Después de la expulsión, a los morados les era imposible ingresar a la quinta dimensión. Sin embargo, Vangar, el jefe de los morados expulsados que era un químico notable, logró preparar un bebedizo que les permitió infiltrarse disfrazados de verdes y permanecer unas horas en la quinta dimensión, con el ánimo de secuestrar gnómidas y llevarlas a la cuarta dimensión como esclavas.

El cuerpo físico de estos pequeños envejece mucho más lento que el de los humanos y pueden vivir entre quinientos y seiscientos años. La edad adulta la alcanzan a los cincuenta años cuando están aptos para reproducirse. Al final de su vida, los gnomos y los pigmeos abandonan su cuerpo físico y trascienden al séptimo cielo en donde permanecen sus espíritus por toda la eternidad. Cuando un Gnomo muere por accidente o por cualquier otro motivo, su espíritu va al plano etérico de la cuarta dimensión, en donde espera el momento para volver a encarnar, teniendo como morada un frondoso árbol o un arbusto lleno de flores de hermosos colores.

Para terminar, quiero revelarte el coro del himno mafuchino que debes cantar para poder ingresar al mundo mágico de la quinta dimensión:

Macacafú, fuchi fú fuchi fú…
Fuchilurí macá.
Túa, cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá.
Ostra chirulí macá, Ostra chirulí macá,
Túa cuacuatúa, cuacuatúa Túa tuá.

Espero que disfrutes esta visita al mundo mágico de los gnomos, los pigmeos y los mafuchinos.

Amorosamente,
Princesa Dialid

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo - CUATRO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO CUATRO
LA MONTAÑA EMBRUJADA

Esa misma noche, mientras doña Priscila dormía, El grupo Binaroti viajó, a horcajadas sobre el cuello de dos cóndores, hasta la morada andina de la princesa para reunirse con el conde Roy y desarrollar un plan de acción tendiente a enfrentar la amenaza que representaba el nuevo propietario con su intención de talar el bosque. Tras explicar la situación al conde, éste creyó conveniente convocar a Macaturi, el gran chamán, para que ayudase a aportar ideas. Tras un buen rato evaluando opciones, el chamán dijo tener la solución pero pidió siete semanas ― aproximadamente cuarenta y ocho horas, dos días, en tiempo de la tercera dimensión ―, para preparar una sustancia que al ser rociada sobre los troncos de los árboles le daría una capa protectora a la corteza, tornándola más fuerte que el acero. Con esa sustancia, los árboles se volverían totalmente invulnerables a las sierras, que se atrofiarían al intentar cortarlos. El chamán calculó que en una sola noche ― de tiempo terrestre ― con un escuadrón de cincuenta mafuchinos cubrirían todo el sector y quedarían inmunes todos los árboles del Bosque, pero necesitaba el tiempo solicitado para preparar cantidades suficientes del compuesto; sin embargo, podía proporcionarles, para llevar inmediatamente, una pequeña cantidad suficiente para rociar unos cincuenta o sesenta árboles. Finalmente, la propuesta del chamán fue acogida y el grupo Binaroti regresó a la mansión al amanecer, cuando ya el chamán llevaba tres días de tiempo mafuchino preparando la mágica sustancia en enormes recipientes.

***

En su escondite de la mansarda, los cuatro amigos y las ardillas prepararon un plan de acciones de sabotaje contra la empresa de Vergara con el propósito de retrasar el inicio de la tala y ganar tiempo para que Macaturi terminase de preparar la cantidad requerida de la sustancia que volvería impenetrables los troncos de los árboles y salvaría el bosque de su destrucción.

Decidieron que lo más seguro era que se dividiesen en dos grupos y que todo el tiempo actuaran bajo la protección de la invisibilidad. El primer grupo, integrado por Robi, Macacafú y Chirulito, se desplazaría a las instalaciones de la empresa en el aserradero con la misión de causar el mayor caos posible a fin de atrasar la salida de las dos cuadrillas de taladores. El segundo grupo, compuesto por Natalia, Fuchirulí y Chirulita la ardilla pelirroja, esperaría a que llegaran los equipos de taladores y se definiera por donde empezarían el corte, para rociar los árboles más cercanos con la poca cantidad de la mágica sustancia que les había dado el chamán.

Temprano en la mañana, el grupo de Robi, espero que Epaminondas y su gente estuviese dentro de las instalaciones del aserrío para comenzar a actuar. Mientras en el interior de un galpón de madera con techo de zinc, los hombres revisaban las motosierras, alistaban los materiales y ponían a punto el vehículo que los trasladaría al bosque, Robi y Macacafú , desde afuera, valiéndose de una palanca, echaron a rodar sobre la puerta del galpón una inmensa pila de gruesos troncos rollizos que trancaron por fuera el acceso al recinto, obligando a los enfurecidos hombres a salir por la ventana para tratar de mover a mano, los inmensos troncos que bloqueaban la entrada ― el vehículo para halarlos con cadenas y cables había quedado encerrado ―. Cuando Epaminondas y su gente salió por la ventana, nuestros invisibles amiguitos se colaron al interior por el mismo sitio y se dedicaron concienzudamente a echar azúcar en el tanque del camión y en los de las motosierras, en ejercicio de una de las clásicas acciones de sabotaje para inmovilizar motores de combustión.

Culminando la tarde, con diez horas de atraso ― tiempo valiosísimo para nuestros amigos ―, el empresario logró retirar el obstáculo que trancaba la puerta del galpón y decidió dejar para el día siguiente la tarea de comenzar a cortar los árboles. Estaba claro que el grupo Binaroti debería continuar sus labores de sabotaje y hostigamiento, por lo menos hasta las seis de la tarde del día siguiente, a fin de dar tiempo a Macaturi de terminar la preparación de la sustancia mágica, para que los cincuenta enanitos la rociaran en el transcurso de la noche.


***

A la mañana siguiente, Epaminondas Vergara madrugó para organizar las dos cuadrillas de taladores y emprender la marcha rumbo al bosque. Por su parte, Robi, Macacafú y Chirulito madrugaron un poco más y cuando el grupo de taladores se embarcó en el camión, los tres amigos, invisibles, se subieron en los estribos pues no querían perderse el momento en que los pistones del motor se trabasen por causa de la melcochuda y pegajosa argamasa en que se había convertido la gasolina caliente mezclada con el azúcar… A mitad de camino el motor del vehículo tosió, la maquina dio tres trompicones y se detuvo con el motor completamente arruinado; entonces, Epaminondas enardecido y vociferante se bajó para constatar que su camión había sido objeto de un sabotaje; como no era muy querido por sus subalternos y él lo sabía, no dudó en atribuir la acción a un empleado que había despedido injustamente una semana antes.

Media hora tardó el energúmeno en calmar su ira, mientras pateaba y daba inútiles puños contra la carrocería. Felices por el éxito, nuestros amiguitos siguieron a pié hasta el bosque para unirse al equipo de Natalia y apoyarlo en la siguiente fase de su plan, previsto para cuando finalmente pudiesen llegar al bosque Epaminondas y su gente. Mientras caminaban por el casi nunca transitado camino hasta la mansión, Macacafú y Robi se dedicaron a desperdigar clavos que pudiesen ponchar las llantas del nuevo camión alquilado. Como habían escuchado las instrucciones de Vergara para la tala, sabían el lugar exacto por donde comenzaría el corte: la esquina nororiental del bosque diagonal a la mansión. Por ello, una hora después, al unirse a sus compañeritos, los cuatro comenzaron a rociar los primeros troncos de ese sector con la poca sustancia mágica que les había dado el chamán.

Regresar a pié hasta el pueblo, conseguir una grúa para trasladar el camión, almorzar, alquilar un vehículo en la cooperativa de transporte del pueblo, desponchar el vehículo dos veces y llegar al bosque, les tomó a Epaminondas y a su gente hasta las tres de la tarde. Faltaban tres horas para que cayese la noche y comenzara el rociado nocturno por parte de los cincuenta enanitos enviados por el conde Roy con la sustancia mágica.

El grupo Binaroti esperó en el lugar escogido para iniciar la tala en donde previamente habían rociado cerca de treinta árboles que resultarían completamente resistentes a las motosierras; pero el personal de Epaminondas ni siquiera pudo probarlas pues, tras veinticuatro horas de estar obrando el azúcar en la gasolina, los motores se atascaron y las máquinas quedaron atoradas provocando la ira incontenible del empresario y las carcajadas, reprimidas, de los invisibles saboteadores. Derrotados los cortadores no tuvieron más remedio que regresar al pueblo con “el rabo entre las piernas“, y la idea de volver a la mañana siguiente equipados con motosierras de batería que no requerían gasolina.

Al caer la noche llegaron el mismísimo conde Roy, el chamán Macaturi y los cincuenta enanitos, provistos cada uno de un pote con la sustancia mágica y un hisopo para rociar los troncos de los árboles. Cuando amaneció y las hojas se cubrieron de rocío, el equipo Binaroti y los enanitos habían concluido la tarea y esperaban, invisibles, la llegada de Vergara y su gente.

Las nuevas motosierras de batería, con su amenazador zumbido rompieron el silencio sagrado del bosque, pero su aterrador sonido sólo duró un breve instante: las cadenas se rompieron y los motores se pararon cuando las maquinas intentaron cortar la corteza impenetrable de los robles. Inicialmente se oyeron las imprecaciones y blasfemias de los taladores, pero rápidamente fueron acalladas por las risas y las burlas en coro de los casi sesenta invisibles enanos, que en segundos lograron transformar la furia de los hombres en un pánico incontrolable que los hizo huir despavoridos, al tiempo que gritaban:
― Sálvese quien pueda.
― Larguémonos de aquí.
― Esta maldita montaña está embrujada.

Cuando la calma volvió al bosque, las ramas del aliso se estremecieron con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

FIN

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo TRES, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO TRES
LA CATÁSTROFE

Durante la marcha de regreso, los más contentos eran Macacafú y Fuchirulí; a ambos los entusiasmaba la posibilidad de volver a ver a Tomasina, la cocinera de la mansión, a quién habían conocido desde que era una niña. Tomasa, su madre, según contó Macacafú, era amiga de la infancia del viejo Rubén y en sus primeros encuentros con los enanitos del bosque, habían jugado juntos. Años después, cuando Tomasina su única hija, cumplió siete años, los mafuchinos celebraron su cumpleaños, tal como habían hecho con Robi. Cuando creció, Tomasina se convirtió en la cocinera de la mansión y cada vez que los visitaba, al pie del aliso, les llevaba deliciosas viandas. Desde la muerte del abuelo, no habían vuelto a verla. Tomasa, la madre de Tomasina, había trascendido meses antes que el viejo Rubén y su espíritu se había convertido en un frondoso sauce a pocos metros del aliso que habitaba el espíritu del abuelo.

Natalia y Robi opinaron que la mansarda era el mejor escondite para los mafuchinos y las ardillas; además, de su alimentación se encargaría Tomasina ― hasta entonces ellos desconocían su relación con los enanitos ―, quién seguramente, suponían, estaría muy contenta de servir a sus amiguitos y de ser aliada del grupo Binaroti.

Durante el resto del recorrido, las ardillas aprovecharon para darles una erudita explicación sobre el ciclo del agua y mostrarles una gran variedad de árboles nativos del continente americano ― Robles, alisos, sauces llorones, entre otros ―, que crecían en las laderas de la cordillera y poseían excelentes propiedades como proveedores de agua para la tierra, a diferencia de otras especies de origen europeo, como los pinos y los eucaliptos ― creados por la sabia naturaleza para países con estaciones en donde absorben agua de la nieve ―; pues estos, en vez de aportar agua a la capa vegetal, extraen de la tierra más agua de la que aportan. Según ellas, era un gravísimo error reforestar con esas especies en países ecuatoriales.

Finalmente llegaron al aliso, las llamas se despidieron muy afectuosas y los Binaroti ― haciendo uso, por primera vez, del recién adquirido don de la invisibilidad ―, ingresaron, con las primeras luces del amanecer, al que sería su centro de operaciones: la mansarda. Había transcurrido una semana en la tierra de los enanitos del bosque y siete horas en la tercera dimensión.

Tan pronto estuvieron instalados en los aposentos de la mansarda, se desató un violento aguacero, que no amainó en muchas horas y dio paso a una lluvia permanente que no se detuvo, salvo pequeños intervalos, en quince días. Las consecuencias de éste diluvio no se hicieron esperar: el Río Frío se desbordó inundando grandes extensiones de tierras cultivadas en el valle; centenares de familias quedaron sin hogar y hubo enormes pérdidas económicas; sin embargo, lo verdaderamente catastrófico fue el deslizamiento de uno de los cerros orientales que rodeaban el pueblo situado a unos ocho kilómetros de la mansión: Cientos de toneladas de lodo cubrieron más de trescientas casas campesinas en una avalancha cuya cifra exacta de personas sepultadas nunca podrá establecerse.

Para Natalia, la avalancha nunca hubiese sucedido si La compañía Vergara S. A. no hubiese tenido permisos de explotación maderera, en las laderas de la montaña. Epaminondas Vergara, su propietario, era un ambicioso personaje oriundo del pueblo, en donde ejercía un indudable poder económico y político. Gracias a su poder e influencia, en los últimos años se había dedicado a obtener de las autoridades, a cambio de mordidas y prebendas, autorización para explotar grandes latifundios en dos frentes: tala indiscriminada de bosques ― que nunca reforestaba ―, para comercializar las maderas preciosas; y, minería a cielo abierto para extraer gravilla y venderla por volquetadas.

***

Un buen día Robi y Natalia se llevaron una gran sorpresa: Doña Priscila, la madre del niño, recibió la visita ― inesperada para ellos ―, de Epaminondas Vergara. Este hecho ― coincidieron todos en el grupo Binaroti ―, no presagiaba nada bueno. Por ello, aprovechando la ventaja que proporciona la invisibilidad, escucharon la conversación, para enterarse, con horror, de que doña Priscila terminaría aceptando una jugosa propuesta del inescrupuloso empresario, para comprarle el terreno montañoso al oriente de la mansión; allí donde el abuelo Rubén había sembrado el precioso bosque nativo, que le servía de morada a su espíritu, en el aliso, y al de la vieja Tomasa, en el sauce.

A la semana siguiente, el empresario y Doña Priscila firmaron los documentos en la notaría y las seis hectáreas de bosque pasaron a ser propiedad del empresario. El bosque, estaba situado en la ladera oriental de la cordillera a unos quinientos metros de la mansión, frente a un camino veredal que facilitaría el traslado de los árboles talados al aserrío de Vergara situado en las afueras del pueblo. Después de contarlos, supieron que la amenaza se cernía sobre cuatrocientos ochenta árboles ― cuatrocientos robles, sesenta alisos y veinte sauces llorones ―, que convertidos en valiosa madera engrosarían las abultadas cuentas bancarias del voraz empresario. Esto, sin contar con lo que le reportaría la comercialización de miles de toneladas de gravilla que podrían extraerse de las seis hectáreas, despojadas de su hermosa y necesaria capa vegetal.

El proceso de tala a cargo de dos equipos de corte con motosierras de gasolina y el picado posterior de ramas pequeñas, tomaría unas ocho semanas; el transporte en camiones de los troncos desde el cerro hasta el aserrío tardaría un par de semanas adicionales; a partir de ese momento, se podría empezar a descapotar el terreno para remover con maquinaria pesada la capa vegetal y comenzar la explotación de la gravilla en gran escala. Una tragedia inminente…

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo DOS, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO DOS
EL GRUPO BINAROTI

Al día siguiente, temprano en la mañana, la princesa hizo acudir a su despacho a Robi, a Natalia, a Macacafú, a Fuchirulí y a las dos ardillas. Al lado izquierdo del trono, estaba sentado Roy, el ministro de cultura y protección del medio ambiente. Según les habían contado Macacafú y Fuchirulí, durante su recorrido de la tarde anterior, Roy era el prometido de la princesa y al año siguiente, contraerían matrimonio. Estaba previsto que muy pronto el Rey Macacafú I y su esposa la Reina Ostrá ― quienes dirigían el reino Ma-Fu desde su palacio situado a la altura de la antigua tierra de los aztecas, y los toltecas, en su condición de primeros mestizos mafuchinos y padres de la princesa Dialid ―, trascendieran al país de la séptima dimensión, también conocido como el cielo supremo o el séptimo cielo; Entonces, Dialid y Roy, recién casados, asumirían el trono del reino Ma-Fu.

Tan pronto llegaron los convocados, los hizo acomodar frente a ella en torno a una mesa en forma de media luna que emergió del piso, junto con cuatro sillas ― las ardillitas posaban cómodamente instaladas en el hombro izquierdo de sus amiguitos ―, cuando la princesa activó un mecanismo con la cantonera del cetro.

― Natalia, o mejor Nati ― comenzó sin más preámbulos la princesa ―, me gusta el diminutivo de tu nombre y a partir de ahora lo usaré siempre para llamarte o referirme a ti ―. Su majestad hizo una pausa, tomó la punta de su trenza izquierda en actitud reflexiva, sonrió con cierta picardía y continuó dirigiéndose a todos:
― Si os dais cuenta, las ocho letras de vuestros nombres, cuatro de Nati y cuatro de Robi, nos permiten construir un anagrama: BINAROTI. El nombre del gran Binaroti, mi abuelo europeo, esposo de Ostrá, mi abuela indígena; patriarca de los Mafuchinos quien, apoyado por su esposa Irinia ― hija menor del gran cacique Quemuenchatocha ― dirigió el devenir de nuestra raza desde comienzos del Siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. Estos primeros monarcas, al trascender al séptimo cielo, heredaron el trono a su hijo Macacafú I, mi padre. Éste a su vez, contrajo matrimonio con Ostrá, hija menor del gran Petrochi, el gnomo europeo, compañero de mi abuelo en la aventura de las carabelas, esposo de mi abuelita Odilia, la hija mayor del gran cacique Nemequene.
― Anoche, en sueños ― continuó la princesa, tras una breve pausa y con el tono que se da a las cosas trascendentes ―, el gran Binaroti me indico que había llegado el momento de intervenir en la tercera dimensión, pues los humanos, en forma absurda, motivados en la ambición por el poder y el dinero, estaban destruyendo su propio planeta, contaminando el aire, el mar y los ríos; talando indiscriminadamente los árboles, sin reponer lo cortado y, en consecuencia, acabando con ese recurso vital que es el agua; en síntesis, alterando peligrosamente el equilibrio que debe existir en la naturaleza.
Su majestad recorrió la mirada sobre los presentes y dirigiéndose al conde Roy, le pidió:
― Querido Roy, os encargo de apoyar a estos jóvenes y a las dos ardillas a quienes conoceremos como el grupo BINAROTI, encargado de operaciones especiales de protección de la naturaleza en la tercera dimensión. Macacafú y Fuchirulí, ingresaran con ellos a ese mundo portando la pulsera trebolada, para que puedan adquirir el tamaño de Robi y obtener a voluntad la invisibilidad.
― Considero que el liderazgo del grupo debe estar a cargo de Nati, pues su condición de profesional y educadora le da mayores posibilidades de desempeñarse como una activista eficiente en defensa del equilibrio ambiental ― apuntó con muy buen juicio el conde Roy.

― Es más ― agregó la princesa Dialid ―, el próximo año la madre de Robi, según me contó Nati, está dispuesta a que ingrese al colegio como un niño común y corriente, pero conservándola a ella como institutriz de bellas artes, idiomas y música. Esta circunstancia ― terminó diciendo la princesa con mucha lógica ―, favorece la posibilidad de que al grupo Binaroti puedan incorporarse en el futuro algunos compañeritos del colegio al que acuda Robi.
― ¿Alguna pregunta o inquietud ?―

― Háblame de mi abuelo ― pidió Robi con la confianza y la falta de protocolo que caracterizaban la relación con la princesa.

― ¡Ah el viejo Rubén Martínez! ― exclamó la princesa con un dejo de nostalgia y una primorosa sonrisa iluminada por el brillo evocador de su mirada ―. Era un ser muy especial: merecía ser un roble, pero prefirió ser un aliso desde que, al trascender a la cuarta dimensión, se convirtió en guardián del bosque de árboles nativos; el mismo bosque umbrío que él sembró en los cerros que rodean el valle en que queda la casa donde vives con tu madre. La mansión que Rubén heredó de sus ancestros en el hermoso valle a pocos kilómetros de la capital, cerca del pueblito de campesinos del cual el viejo fue alcalde dos veces hace ya muchos años. Él siempre amó la naturaleza; por ello, empezó a preocuparse cuando la capital creció y las fábricas se fueron estableciendo en la zona rural del pueblito, a lado y lado del Río Frío, en torno a los humedales; entonces, estos se fueron secando, se fueron contaminando y empezaron a agotarse pues los taladores y los empresarios, inconscientes y ambiciosos, compraron enormes extensiones de tierra y obtuvieron, fraudulentamente, absurdos permisos de explotación. Ahí comenzó el desastre: la tala indiscriminada y la violación de la capa vegetal para la minería a cielo abierto, con el fin de negociar con la gravilla y la madera. Tu abuelo ― finalizó la princesa ―, fue un hombre maravilloso y un gran amigo de Macacafú y Fuchirulí. Por Esa razón, quise que ellos fuesen vuestros guías en nuestra dimensión y tus compañeros en el grupo Binaroti. Ellos te pueden contar muchas historias de tu abuelito.

Esa tarde, los miembros del recién creado grupo Binaroti pasaron varias horas reunidos con el conde Roy, recibiendo instrucciones y discutiendo sobre cómo podrían intervenir en la tercera dimensión en la forma más efectiva posible.

Al amanecer del día siguiente, tras despedirse de sus anfitriones, Nati, Robi y sus amigos ensillaron las llamas y emprendieron la marcha de regreso, cargados con la responsabilidad de cumplir la importante misión encomendada por su majestad: “contribuir con todos los medios disponibles a mejorar la deteriorada situación ambiental en el mundo habitado de la tercera dimensión“. En ese sentido, les animaban las últimas palabras del conde, “… en todo momento, ustedes podrán contar con el apoyo necesario por parte de los mafuchinos. Vayan en paz y que el espíritu del gran Binaroti los cuide, los guíe y los proteja”.

Todos, especialmente Natalia, eran conscientes de la magnitud de la tarea y de que resultaría imposible intervenir simultáneamente en todos los frentes; por ello, tomaron la determinación de concentrar sus esfuerzos iniciales en la recuperación de las fuentes de agua. En la mente de la joven, con base en la información proporcionada por Roy, comenzaba a fraguar un plan concreto, que seguramente contaría con la bendición del abuelo Rubén y haría sentir muy satisfecho al gran Binaroti.

La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo UNO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO UNO
LA MORADA ANDINA DE LA PRINCESA DIALID

Desde el primer encuentro con los enanitos del bosque y por invitación de estos, Robi y Natalia, siguieron visitando el Aliso para encontrarse con dos de sus nuevos amiguitos: Fuchirulí y Macacafú quienes, por disposición de la princesa Dialid, a partir de la segunda visita, se convertirían en sus guías y acompañantes en los recorridos que hiciesen al reino fantástico de la quinta dimensión en que habitaban desde tiempos inmemoriales los amigables y diminutos pigmeos, nativos del milenario continente descubierto por los españoles. Estos pigmeos indígenas, al casarse con algunos gnomos provenientes del norte de Europa ― llegados como polizones en las tres carabelas, de Cristóbal Colón en el siglo XV de la Era Cristiana ―, dieron origen, entre otras, a las castas Fuchifú y Maca, de las cuales descendían Fuchirulí y Macacafú, simpáticos y mestizos personajes conocidos como “los enanitos del bosque”, por algunos pocos seres humanos de corazón puro, buenos sentimientos y amoroso comportamiento que habían ganado el privilegio de verlos.

Aquellos que habían tenido la fortuna de conocerlos y de hablar con ellos, reconocían que llamarlos “enanitos” no era exacto; pues su estatura promedio de veintiuna pulgadas, la perfección de sus facciones, la simetría de sus extremidades y su adecuada proporción con el cuerpo, daría base para llamarlos con alguna propiedad: “liliputienses”; es decir versiones diminutas de seres humanos. Físicamente, lucían fino cabello negro recogido en una trenza sobre la espalda, en el caso de los hombres; y suelto sobre los hombros o en dos trenzas, en el caso de las mujeres; poseían además, ojos oscuros muy expresivos, hermosa piel del color de la canela; dentadura perfectamente alineada y sonrisa perenne. En realidad, tanto los Fuchifú como los Macá, eran dos etnias de la nueva raza mestiza surgida de la unión entre los Gnomos europeos y los pigmeos americanos ― el único rasgo que los diferenciaba entre sí era la nariz: recta y respingada en los Fuchifú, aguileña y ligeramente ancha en los Macá ―; sin embargo, desde que el tatarabuelo, del bisabuelo, del abuelo de Robi ― primer humano que los vio, a mediados del siglo XVI ―, y los llamó los “enanitos del bosque”, así se quedaron y así los llamaremos.

En el último año, Robi y Natalia habían visitado seis veces a los enanitos del bosque y permanecido siete horas en cada ocasión. Lo bueno de estas visitas era que el tiempo en la quinta dimensión era diferente pues esas pocas horas nocturnas de la tercera dimensión ― mientras la madre del niño dormía plácidamente ―, equivalían a una semana completa de aventuras y recorridos por exóticos parajes, viajando a lomo de veloces llamas o resistentes caballos; volando sobre el cuello de poderosas águilas o esbeltos cóndores; o, a veces, navegando sobre el espaldar de ágiles delfines o confortables ballenas. Lo mejor era que los animales hablaban y todos tenían tamaños apropiados para el de los enanitos y los visitantes, quienes antes de cruzar el umbral dimensional, encontraban al pie del aliso un exquisito elixir, servido en copas de oro; esta poción, achicaba la estatura de quien la bebiese y le proporcionaba energía suficiente para vivir sin cansancio cada aventura.

La noche anterior al octavo cumpleaños de Robi, tanto él como Natalia recibieron en sueños ― como había sucedido en ocasiones anteriores ―, instrucciones sobre su próxima visita. Ambos amanecieron excitados y no era para menos: ¡La princesa Dialid en su morada de las más altas montañas de la cordillera, los recibiría para festejar su día y darles un regalo muy especial!

Tras beber el elixir y cruzar el umbral, encontraron a Macacafú y a Fuchirulí. A su lado, se alineaban cuatro llamas lujosamente aperadas con sillas de montar. ― Yo soy Ralita, tu montura ― dijo en un tono de voz muy amable una de las llamas ― y seré la guía de la caravana hasta la cima de la cordillera en donde está el palacio de la princesa Dialid. Sin mas explicaciones Macacafú sugirió que montaran y emprendieran la marcha con un alegre trote mientras todos cantaban una tonada que, en la visita anterior, les había enseñado Ostrá, uno de los músicos reconocido como el mejor juglar de las comunidades de enanitos que vivían en las playas del océano pacífico.

***

La princesa Dialid habitaba en el interior de una gigantesca peña que había sido tallada para conformar una serie de salones, habitaciones y lugares de esparcimiento, conectados entre sí como un intrincado laberinto.
Las instrucciones para esta primera visita de Natalia y Robi a la cumbre de la montaña habían sido muy claras: deberían viajar por tierra, a lomo de llama, para que pudiesen apreciar los detalles de la vegetación que iba cambiando a medida que avanzaban, por un serpenteante camino empedrado con lajas milenarias, acomodadas en un espacio de aproximadamente dos metros de ancho, rodeado con una valla protectora de hermosos y floridos arbustos nativos que le daban colorido y una agradable fragancia al sendero. Además, tan pronto llegaran al pico de la montaña deberían recibir el atuendo apropiado ― pantalón de lona, saco de lana, huipil de hilo bordado de múltiples colores con figuras geométricas y un chullo como cubrecabeza ―; a continuación, deberían ser conducidos hasta el salón de visitantes ilustres en donde serían presentados a la princesa y a los demás miembros de la corte.

La princesa Dialid se encontraba al fondo de la estancia sentada en un trono tallado en madera sobre una base de piedra que la elevaba unos cuantos centímetros sobre el nivel del piso, en el que permanecían de pie los ministros, y los principales dignatarios del reino. Llevaba como atuendo una túnica bordada en hilos de colores que la cubría desde los hombros hasta los pies; en su mano derecha portaba un cetro de oro, símbolo de su autoridad; su cabeza estaba cubierta por un chullo tejido en hilos de oro y plata. Las facciones de su rostro eran hermosas y su mirada reflejaba una exquisita combinación de amor y sabiduría. Cuando Robi y Natalia inclinaron la cabeza para saludar a la soberana, ésta en un gesto desprovisto de todo protocolo descendió del trono, se aproximó a ellos y con sencillez les dio un cordial abrazo de bienvenida y sendos besos en ambas mejillas. A continuación, con la cantonera del cetro oprimió el botón de un mecanismo que se activó para elevar sobre el piso una larga mesa con veinticinco sillas a su alrededor. Acto seguido, ingresaron al salón unos criados portando una primorosa vajilla de plata que dispusieron frente a cada uno de los puestos de la mesa alargada. La princesa invitó con un gesto a los presentes para que tomaran asiento alrededor de la mesa, al tiempo que indicó a Robi y a Natalia que se sentaran a su derecha y a su izquierda respectivamente. Los criados sirvieron vino, su majestad levantó la copa y brindó por la salud y la buena permanencia de los visitantes en su morada real. Recalcó su relación con Rubén, el abuelo de Robi a quien había conocido años antes y cuyo espíritu habitaba en la cuarta dimensión.

La cena fue abundante y exquisita. Todos los alimentos eran de origen vegetal pues los enanitos eran vegetarianos y los cocineros conocían deliciosas recetas que preparaban con maestría para satisfacer los paladares más exigentes. Después de los postres, la princesa hizo una señal y frente a cada uno de los dos invitados colocaron una pequeña caja con un presente. Al momento de abrir las cajas, Robi y Natalia se sorprendieron cuando unas vocecitas precedidas de breves carcajadas, se presentaron:
― Yo soy chirulita, acompañaré a Natalia, durante su permanencia en nuestro reino ―, dijo una simpática ardilla de tupida cola de pelos rojos y blancos.
― Y yo soy Chirulito, hermano mellizo de Chirulita… de ahora en adelante, seré la compañía de Robi; la princesa nos ha encargado de contarles todo lo que se refiere a las especies animales y vegetales en esta dimensión y de enseñarles algunos secretos que los humanos desconocen sobre el vínculo que debe existir entre las diferentes especies animales y vegetales, para preservar la pureza del ambiente que debería ser óptima en la tierra, como lo es en nuestro mundo.
― Desde hoy y con la guía de Fuchirulí y Macacafú tendrán acceso a los pergaminos en que se ha escrito la historia del origen de nuestras castas y a la genealogía desde que nacieron los padres de la princesa hace ya quinientos años ― dijo el conde Roy, Ministro de cultura y protección del medio ambiente ―, un hombre de barba y bigote finamente recortados, que aparentaba los trescientos años de edad de la princesa.

En el reino de Ma-Fú ― nombre de los territorios en que surgieron las castas Macá y Fuchifú y que se extienden sobre los países que van desde el Canadá hasta la Patagonia ―, la edad de los mafuchinos y sus dos castas, se medía en tiempos diferentes; así por ejemplo, un enanito de quinientos años, tenía la apariencia de un humano cincuentón; entonces, Roy y la princesa, con trescientos años de edad, parecían contemporáneos de Natalia que ese año, 2011 de la era cristiana, cumpliría sus primeros treinta años.

Esa tarde, Natalia, Robi y las ardillas ― acomodadas en los respectivos hombros de sus futuros discípulos ―, guiados por Macacafú y Fuchifú, recorrieron todos los rincones de la morada de piedra tallada en que habitaban la princesa y toda su corte. Dos salones llamaron la atención de los visitantes: un enorme museo de cera con muñecos que representaban a los gnomos venidos de Europa y a los pigmeos nativos del continente, ataviados los primeros con trajes de colores vívidos y gorros puntiagudos, en tanto que los segundos lucían tocados de plumas, taparrabos, chullos de lana ,ponchos y huipiles de hilos bordados ; y el salón de “caracterizaciones”: un amplísimo recinto repleto de trajes, uniformes, faldas, capas y vestidos de humanos ― hechos a mano a la medida de los mafuchinos ―, según las modas de los últimos cinco siglos; la colección se completaba con los más variados diseños de pelucas, gorras, sombreros, cascos y cubrecabezas. Según explicó Fuchirulí, los cortesanos eran muy amigos de reconstruir su propia historia mediante representaciones teatrales; además su diversión favorita consistía en representar comedias basadas en la vida y costumbres de los humanos con quienes compartían sus buenos sentimientos pero no entendían muchos de sus absurdos comportamientos originados en sentimientos negativos como el odio, los celos, el egoísmo o la avaricia. De hecho, complementó Macacafú, los miembros del grupo de teatro pasaban semanas enteras infiltrados entre los humanos observando y tomando nota, sin intervenir, sobre las situaciones que surgían, para escribirlas y recrearlas después, en forma caricaturesca, en la temporada anual de teatro. Para ese evento, se montaban las obras que un grupo de teatro itinerante ― del cual formaban parte él y Fuchirulí ―, representaba a lo largo y ancho del continente.
― Ustedes siempre nos han hablado en español ¿en que idioma hablan entre ustedes? ― quiso saber Natalia.
― Los mafuchinos, incluidos los animales, somos políglotas y todos hablamos español o portugués en el sur e inglés o francés al norte del río Grande; pero también practicamos las principales lenguas de nuestros antepasados indígenas-pigmeos como quechua, guaraní, quetchí y cachiquel, entre otros ― intervino con un cierto tono de orgullo Chirulita, la pelirroja ardillita ―.

Al atardecer, después de pasar un largo tiempo en la biblioteca y en la sala de juegos, los invitados fueron conducidos a sus habitaciones, en donde les dieron a cada uno el traje de gala que deberían lucir en la noche para asistir a la fiesta ofrecida por la princesa Dialid, con motivo del octavo cumpleaños de Robi. En el festejo, la mesa del salón principal lucía engalanada con festones de flores de múltiples colores entre los cuales, se destacaban enormes fuentes de porcelana repletas de deliciosos pastelillos, figuritas de mazapán, barras de caramelo, helados y pastillas de chocolate; al lado de varios jarrones de vino, agua cristalina y jugos de frutas. Al costado derecho de la mesa estaban dispuestos el trono de la princesa, los dos sillones para los invitados de honor y cerca de trescientos asientos para los cortesanos; al costado izquierdo había otras tantas sillas para acomodar a los pobladores de las montaña vecinas que habían sido invitados a la celebración.

A la siete de la noche, cuando todos estaban acomodados y solo faltaba el ingreso de la princesa y sus doce ministros, entró al salón una banda de músicos marcando el ritmo a un desfile de cuadrúpedos ― caballos, llamas, perros , novillos, gatos, armadillos y conejos ―, de ambos sexos, organizados por tamaños, en siete bloques de siete filas de ancho por veintitrés columnas de profundidad; El desfile dio la vuelta a la mesa y los ciento sesenta y un (161) animales en forma perfectamente ordenada tomaron asiento hacia el fondo del salón en una gradería.

Detrás de los animales hizo su ingreso un grupo de acróbatas, malabaristas, bailarines y actores que desfilaron en son de danza, para tomar asiento al lado derecho del bloque de animales que conformaba el coro de cuadrúpedos, mientras la banda de músicos se situaba, en primera fila , al frente del coro y los artistas.

A una señal del maestro de ceremonias, La banda de músicos interpretó las primeras notas del himno mafuchino, el coro de animales entonó el “Macacafú fuchi fú… fuchilurí macá…” y el resto de los presentes cantó a todo pulmón “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá. Ostrá chirulí macá, Ostrá chirulí macá, túa cuacuatúa cuacuatúa túa tuá”, mientras la princesa hacia una majestuosa entrada al gran salón seguida por sus ministros.

***

― Tal como sucedió hace ochenta años, medidos en el calendario de los humanos, Robi el nieto de Rubén y su amiga Natalia ― anunció la princesa en tono solemne ―, recibirán la investidura como mafuchinos honorarios y los poderes necesarios para regresar a su tierra y adquirir a voluntad nuestro tamaño y el don de la invisibilidad; siempre y cuando esto sea en beneficio de la humanidad y del medio ambiente terrícola de la tercera dimensión.

Acto seguido, un paje se aproximó al trono portando sendas pulseras de macana labrada con un sello en el centro en el cual se había tallado en alto relieve la figura de un trébol de cuatro hojas. La princesa se puso de pié, le pidió a los invitados que se parasen en frente de ella y les colocó en la respectiva muñeca de la mano izquierda las finas prendas que los acreditaban como miembros de honor de la comunidad mafuchina; al tiempo que les decía:
― Colocad el dedo índice de vuestra mano derecha sobre el sello trebolar de vuestros respectivas pulseras, movedlo en círculos hacia la derecha y pronunciad el primer verso de nuestro himno: “Macacafú, fuchi fú fuchi fú… fuchilurí macá…”. Al punto, Robi y Natalia adquirieron su tamaño natural, sus cabezas quedaron casi rozando el techo del salón; asombrados, los asistentes prorrumpieron en un cerrado y estruendoso aplauso acompañado de vítores.― Para deshacer el ejercicio ― explicó su majestad ―, sólo tenéis que mover el dedo en círculos hacia la izquierda y pronunciar el segundo verso: “Túa, cuacuatúa, cuacuatúa túa tuá…”.

Hecho esto, Robi y Natalia regresaron al tamaño mafuchino; y ésta fue la señal para dar comienzo a la celebración que se prolongaría hasta primeras horas del amanecer.

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