La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo - CUATRO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

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CAPÍTULO CUATRO
LA MONTAÑA EMBRUJADA

Esa misma noche, mientras doña Priscila dormía, El grupo Binaroti viajó, a horcajadas sobre el cuello de dos cóndores, hasta la morada andina de la princesa para reunirse con el conde Roy y desarrollar un plan de acción tendiente a enfrentar la amenaza que representaba el nuevo propietario con su intención de talar el bosque. Tras explicar la situación al conde, éste creyó conveniente convocar a Macaturi, el gran chamán, para que ayudase a aportar ideas. Tras un buen rato evaluando opciones, el chamán dijo tener la solución pero pidió siete semanas ― aproximadamente cuarenta y ocho horas, dos días, en tiempo de la tercera dimensión ―, para preparar una sustancia que al ser rociada sobre los troncos de los árboles le daría una capa protectora a la corteza, tornándola más fuerte que el acero. Con esa sustancia, los árboles se volverían totalmente invulnerables a las sierras, que se atrofiarían al intentar cortarlos. El chamán calculó que en una sola noche ― de tiempo terrestre ― con un escuadrón de cincuenta mafuchinos cubrirían todo el sector y quedarían inmunes todos los árboles del Bosque, pero necesitaba el tiempo solicitado para preparar cantidades suficientes del compuesto; sin embargo, podía proporcionarles, para llevar inmediatamente, una pequeña cantidad suficiente para rociar unos cincuenta o sesenta árboles. Finalmente, la propuesta del chamán fue acogida y el grupo Binaroti regresó a la mansión al amanecer, cuando ya el chamán llevaba tres días de tiempo mafuchino preparando la mágica sustancia en enormes recipientes.

***

En su escondite de la mansarda, los cuatro amigos y las ardillas prepararon un plan de acciones de sabotaje contra la empresa de Vergara con el propósito de retrasar el inicio de la tala y ganar tiempo para que Macaturi terminase de preparar la cantidad requerida de la sustancia que volvería impenetrables los troncos de los árboles y salvaría el bosque de su destrucción.

Decidieron que lo más seguro era que se dividiesen en dos grupos y que todo el tiempo actuaran bajo la protección de la invisibilidad. El primer grupo, integrado por Robi, Macacafú y Chirulito, se desplazaría a las instalaciones de la empresa en el aserradero con la misión de causar el mayor caos posible a fin de atrasar la salida de las dos cuadrillas de taladores. El segundo grupo, compuesto por Natalia, Fuchirulí y Chirulita la ardilla pelirroja, esperaría a que llegaran los equipos de taladores y se definiera por donde empezarían el corte, para rociar los árboles más cercanos con la poca cantidad de la mágica sustancia que les había dado el chamán.

Temprano en la mañana, el grupo de Robi, espero que Epaminondas y su gente estuviese dentro de las instalaciones del aserrío para comenzar a actuar. Mientras en el interior de un galpón de madera con techo de zinc, los hombres revisaban las motosierras, alistaban los materiales y ponían a punto el vehículo que los trasladaría al bosque, Robi y Macacafú , desde afuera, valiéndose de una palanca, echaron a rodar sobre la puerta del galpón una inmensa pila de gruesos troncos rollizos que trancaron por fuera el acceso al recinto, obligando a los enfurecidos hombres a salir por la ventana para tratar de mover a mano, los inmensos troncos que bloqueaban la entrada ― el vehículo para halarlos con cadenas y cables había quedado encerrado ―. Cuando Epaminondas y su gente salió por la ventana, nuestros invisibles amiguitos se colaron al interior por el mismo sitio y se dedicaron concienzudamente a echar azúcar en el tanque del camión y en los de las motosierras, en ejercicio de una de las clásicas acciones de sabotaje para inmovilizar motores de combustión.

Culminando la tarde, con diez horas de atraso ― tiempo valiosísimo para nuestros amigos ―, el empresario logró retirar el obstáculo que trancaba la puerta del galpón y decidió dejar para el día siguiente la tarea de comenzar a cortar los árboles. Estaba claro que el grupo Binaroti debería continuar sus labores de sabotaje y hostigamiento, por lo menos hasta las seis de la tarde del día siguiente, a fin de dar tiempo a Macaturi de terminar la preparación de la sustancia mágica, para que los cincuenta enanitos la rociaran en el transcurso de la noche.


***

A la mañana siguiente, Epaminondas Vergara madrugó para organizar las dos cuadrillas de taladores y emprender la marcha rumbo al bosque. Por su parte, Robi, Macacafú y Chirulito madrugaron un poco más y cuando el grupo de taladores se embarcó en el camión, los tres amigos, invisibles, se subieron en los estribos pues no querían perderse el momento en que los pistones del motor se trabasen por causa de la melcochuda y pegajosa argamasa en que se había convertido la gasolina caliente mezclada con el azúcar… A mitad de camino el motor del vehículo tosió, la maquina dio tres trompicones y se detuvo con el motor completamente arruinado; entonces, Epaminondas enardecido y vociferante se bajó para constatar que su camión había sido objeto de un sabotaje; como no era muy querido por sus subalternos y él lo sabía, no dudó en atribuir la acción a un empleado que había despedido injustamente una semana antes.

Media hora tardó el energúmeno en calmar su ira, mientras pateaba y daba inútiles puños contra la carrocería. Felices por el éxito, nuestros amiguitos siguieron a pié hasta el bosque para unirse al equipo de Natalia y apoyarlo en la siguiente fase de su plan, previsto para cuando finalmente pudiesen llegar al bosque Epaminondas y su gente. Mientras caminaban por el casi nunca transitado camino hasta la mansión, Macacafú y Robi se dedicaron a desperdigar clavos que pudiesen ponchar las llantas del nuevo camión alquilado. Como habían escuchado las instrucciones de Vergara para la tala, sabían el lugar exacto por donde comenzaría el corte: la esquina nororiental del bosque diagonal a la mansión. Por ello, una hora después, al unirse a sus compañeritos, los cuatro comenzaron a rociar los primeros troncos de ese sector con la poca sustancia mágica que les había dado el chamán.

Regresar a pié hasta el pueblo, conseguir una grúa para trasladar el camión, almorzar, alquilar un vehículo en la cooperativa de transporte del pueblo, desponchar el vehículo dos veces y llegar al bosque, les tomó a Epaminondas y a su gente hasta las tres de la tarde. Faltaban tres horas para que cayese la noche y comenzara el rociado nocturno por parte de los cincuenta enanitos enviados por el conde Roy con la sustancia mágica.

El grupo Binaroti esperó en el lugar escogido para iniciar la tala en donde previamente habían rociado cerca de treinta árboles que resultarían completamente resistentes a las motosierras; pero el personal de Epaminondas ni siquiera pudo probarlas pues, tras veinticuatro horas de estar obrando el azúcar en la gasolina, los motores se atascaron y las máquinas quedaron atoradas provocando la ira incontenible del empresario y las carcajadas, reprimidas, de los invisibles saboteadores. Derrotados los cortadores no tuvieron más remedio que regresar al pueblo con “el rabo entre las piernas“, y la idea de volver a la mañana siguiente equipados con motosierras de batería que no requerían gasolina.

Al caer la noche llegaron el mismísimo conde Roy, el chamán Macaturi y los cincuenta enanitos, provistos cada uno de un pote con la sustancia mágica y un hisopo para rociar los troncos de los árboles. Cuando amaneció y las hojas se cubrieron de rocío, el equipo Binaroti y los enanitos habían concluido la tarea y esperaban, invisibles, la llegada de Vergara y su gente.

Las nuevas motosierras de batería, con su amenazador zumbido rompieron el silencio sagrado del bosque, pero su aterrador sonido sólo duró un breve instante: las cadenas se rompieron y los motores se pararon cuando las maquinas intentaron cortar la corteza impenetrable de los robles. Inicialmente se oyeron las imprecaciones y blasfemias de los taladores, pero rápidamente fueron acalladas por las risas y las burlas en coro de los casi sesenta invisibles enanos, que en segundos lograron transformar la furia de los hombres en un pánico incontrolable que los hizo huir despavoridos, al tiempo que gritaban:
― Sálvese quien pueda.
― Larguémonos de aquí.
― Esta maldita montaña está embrujada.

Cuando la calma volvió al bosque, las ramas del aliso se estremecieron con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

FIN

Policarpo. Capítulo – Seis y Epílogo

Por : kapizan
En : Capítulo – SEIS y Epílogo, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

10

El reencuentro entre Policarpo y Colitas no fue en el pueblo, al cual éste último había llegado a finales de 1995, sino en la cafetería de la clínica en donde habían operado a Egidio. Como todos los encuentros entre amigos que llevan muchos años sin verse, los primeros treinta minutos de conversación sirvieron para hacerse un recuento atropellado de lo que habían sido sus vidas en los últimos 25 años. En lo que respecta a Colitas, éste había permanecido en el ejército gringo cinco años, se había retirado en Europa y había estudiado ingeniería de sistemas en una universidad de la antigua Alemania Occidental; se había convertido en un verdadero virtuoso de las computadoras y había desarrollado una metodología para transmitir sus conocimientos en forma didáctica y muy eficiente; de eso había vivido los últimos quince años y tenía planes de montar una academia en el pueblo sabanero; diez años antes se había casado con Rubiela, una profesora de español que había conocido en Alemania y con la cual formaba una pareja un tanto dispareja, pues ella era veinte años más joven y veinte centímetros más alta que él… La disparidad que años atrás caracterizaba a los dos amigos, la había perpetuado Colitas con su joven consorte, que era flaca y discretamente bonita; en ese momento, Rubiela estaba embarazada y feliz pues el obstetra les acababa de confirmar, en la misma clínica, que por fin después de cuatro hijos varones, la criatura que venía en camino era una niña.

Cuando Polo le contó a Colitas que la semana anterior le habían entregado la escritura del lote que se había ganado en la rifa, a la esposa de su antiguo camarada se le iluminó el rostro e intervino por primera vez en la conversación de los dos amigos para decir: “Créeme Salcedo (Rubiela siempre le dijo a su diminuto marido Salcedo, a secas, sin ninguna entonación y con un leve dejo de autoridad que daba a entender claramente que en ese matrimonio Salcedo era la cabeza, pero ella era la nuca y en consecuencia todo se hacía según sus designios), que nada en la vida es casual… Apenas ayer te quejabas de que no tenías amigos en Colombia y de que te iba a quedar muy difícil conseguir un fiador con finca raíz que hiciera pareja con tu tío, para gestionar el préstamo que necesitamos y poder montar la academia; yo creo que tu amigo Policarpo, que por lo que veo te aprecia mucho y te conoce muy bien, no tendría ningún inconveniente en hacerte ese favor” – dijo Rubiela rubricando sus palabras con una comprometedora sonrisa y formulando una pregunta aún más comprometedora -: “¿verdad que no tienes inconveniente en servir de fiador para tu amigo Salcedo?”… “Por supuesto que no, si al fin de cuentas a Gustavo le debo mi vida desde la guerra de Vietnam y ésta es la oportunidad para devolverle el favor”, se apresuró a responder sinceramente Polo, mientras pensaba para sus adentros que con el lote había adquirido un nuevo estatus como respetable “fiador con finca raíz”, que le permitiría ayudar a sus amigos, como le había ayudado, quince días antes, a su comadre Emilce a quien le había respaldado un préstamo en la Cooperativa Flor del Campo por ocho millones de pesos para surtir la farmacia. Así pues, en menos de un mes Policarpo sembró, con la mejor intención y sin darse cuenta, la semilla de sus desgracias futuras.

Durante los meses que precedieron la muerte de Egidio, la situación financiera de los dos hermanos parecía razonablemente estabilizada debido al hecho de que, como indicamos, el gerente de la cooperativa les había sugerido que suspendiesen los pagos de las cuotas, que hasta esa fecha habían significado una sangría en la precaria economía de nuestros personajes. Era una calma tensa, como la que precede las tormentas. Muerto Egidio, hicieron la reclamación al seguro del que estaban convencidos cubriría el total de la deuda, a pesar de que todavía no habían recibido respuesta del reclamo que habían hecho cuando su padre enfermó. La demora en responderles la primera solicitud, se debió a que la cooperativa entró en graves problemas financieros y se inició su adquisición por parte de un banco con capital extranjero, con lo cual del concepto de economía solidaria se pasó a la fría, cruel y despiadada concepción de banca privada.
En una operación sin precedentes, el banco no aportó dinero para la compra sino que se capitalizó con la mitad de los aportes del más de medio millón de afiliados a la cooperativa, que de la noche a la mañana vieron reducido significativamente el capital que habían aportado como base para sus préstamos; así, por ejemplo Egidio, Polo y Bartolo que con grandes esfuerzos habían reunido doce millones de pesos para que les prestaran los treinta y seis millones que requería la ampliación de la casa paterna, vieron sus aportes reducidos a seis millones; lo que se alegó en esa oportunidad era que los afiliados deberían asumir solidariamente las pérdidas de la cooperativa. La tormenta se desencadenó el día en que Polo y Bartolo recibieron la carta del nuevo banco, y arreció el día en que Polo, ataviado con el “traje del sobregiro” (léase saco y corbata), que se puso por sugerencia de Bartolo que no pudo acompañarlo, se entrevistó con el gerente.

El “Doctor” Benigno Guacaneme, gerente de la sucursal del banco en el pueblo, que llevaba una semana operando en las antiguas instalaciones de la cooperativa, era un orangután de pelo hirsuto, traje marrón, horrenda corbata de colorines, mirada aviesa, mal aliento y sonrisa maligna que contradecía su nombre. Obviamente, no era doctor y el puesto que ocupaba se lo había ganado como eficientísimo cobrador en un escuadrón de “chepitos”, esa perversa organización que se había convertido, en los años 80, en el terror de los pobres deudores morosos, a quienes seguían, ataviados de negro con gabán, maletín de cuero y bombín, para ejercer sobre ellos una presión sicológica irresistible al ponerlos en evidencia, como deudores, ante sus vecinos y conocidos, y que para alivio de muchos había sido declarada ilegal por su carácter atentatorio contra la dignidad humana.

El orangután, fingiendo estar atareadísimo, ni siquiera levantó la vista cuando Polo entró a su oficina, a la cual le hizo pasar una fea secretaria que conocía como antigua empleada de la cooperativa, quien por primera vez pronunció su apellido con ese tonito despectivo que atormentaría a Polo en los años subsiguientes cuando le dijo: “Siga señor Ladrón de Guevara, el gerente lo espera”… Por lo menos dos minutos esperó nuestro amigo, hasta que el simiesco personaje levantó la mirada del arrume de papeles y con un gesto le indicó sentarse para comenzar sin ningún preámbulo: “Lamento comunicarle que su obligación con el banco, que como sabrá adquirió la cooperativa de la cual usted forma parte, incluida su cartera, de la cual usted es cliente moroso, se encuentra con un inexplicable atraso de diez meses, que en otras circunstancias hubiese sido más que suficiente para iniciar una acción jurídica”…

De nada valió que Polo explicara que había dejado de pagar por sugerencia del antiguo gerente de la cooperativa, pues estaba convencido de que el seguro cubriría la deuda; lo cierto era que en ese momento no estaba en condiciones de ponerse al día, pero como persona honorable que era, solicitaba un plazo de tres meses para liquidar una deuda cuyo monto, incluyendo intereses moratorios y honorarios legales, llegaba a los diez y seis millones de pesos… En ese plazo, Polo estaba convencido de que podría vender el lote que se había ganado y con el producto de la venta pagarle al banco.

Tras ojear la escritura del lote y pedir que le sacasen una fotocopia, Guacaneme adoptó un aire falso de magnanimidad, ordenó a la secretaria que archivase la escritura en el expediente de Polo y le dijo: “Acepto su propuesta y le concedo tres meses a partir de hoy, pero le anticipo que si en ese periodo no cubre su obligación, tendríamos que iniciar un proceso legal o renegociar la deuda, para lo cual deberá conseguir un nuevo fiador con finca raíz, pues su hermano y usted, no son sujetos de crédito para el banco, que no puede cometer el error que cometió la cooperativa al prestarle plata a sujetos pensionados en un país en el que las pensiones son inembargables… Esto se lo digo, porque el valor del lote que usted pretende vender es inferior al monto de la deuda… En caso de que renegociemos la deuda el banco aceptaría una hipoteca sobre la propiedad que tenía su difunto padre y en ese caso, su señora madre podría servir como fiadora, es más, sobre esa casa el banco podría prestarle unos quince o veinte millones más”. Los ojos del banquero brillaron con la codicia ante la perspectiva de un préstamo con una buena garantía…
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Policarpo. Capítulo – Cinco

Por : kapizan
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2

Cuando Policarpo llegó a Colombia después de 30 años de ausencia encontró muchas cosas cambiadas. Para comenzar, Egidio estaba pasando por un duro momento debido a la liquidación de su empresa, que había quebrado como consecuencia de una grave enfermedad que mantuvo por dos años a su único socio confinado a una cama y consumiendo el capital en astronómicos gastos médicos, pues Poncho no tenía ningún seguro que lo protegiera; desde la muerte de éste, seis meses antes, Egidio trataba de generar algunos ingresos despachando mercancías y viajando a remotos municipios, mientras Edelmira complementaba los gastos del hogar cosiendo uniformes para colegio en una vieja máquina, que había quedado de la liquidación de la fábrica de muñecos de la abuela Chana.
De todos sus tíos únicamente sobrevivían: Lutgarda, quien mantenía la enigmática sonrisa que la acompañó desde el nueve de abril y permanecía recluida en un hogar geriátrico (Flora había muerto un año antes virgen y martirizada por la amargura de lo que pudo haber sido y nunca fue), y las dos monjas, que en un arranque de iluminación habían colgado los hábitos, ya en su madurez, y emprendido una frenética búsqueda espiritual por caminos diferentes al que habían recorrido como monjas de la Iglesia Católica, pero sin apartarse del todo de ésta; ambas residían en un cómodo apartamento en Medellín y disfrutaban de sendas pensiones del gobierno como educadoras que habían sido; la tía Rosalía, muy parca en el gastar, mantenía unos ahorros significativos de los cuales, sin cobrar ningún interés, le prestaba plata a su hermano Egidio cuando éste la necesitaba.
Teresita había muerto tres años antes de cirrosis, totalmente alcoholizada y fiel al fantasma de su marido; Kevin vivía en Alemania, en donde dictaba clases en una escuela secundaria, se había casado y divorciado tres veces y resultó tan “polvo seco” como el tío Godofredo, pues no tenía descendencia; y Kareth, vital, entusiasta, optimista y muy atractiva, se había convertido en pintora de cuadros abstractos que casi nadie entendía y muy pocos compraban, había sido una activista del feminismo criollo, y se sentía orgullosa, a mitad de los cuarenta, de su soltería bien administrada; y según Bartolo, nunca se atrevió a volverle a proponer que “jugaran groserías” como en su lejana niñez.

Polo y su familia, fueron recibidos en el aeropuerto por Egidio, que en la efusividad del encuentro no pudo ocultar del todo la preocupación que le embargaba. Mientras conducía un desvencijado Renault 4 de color mostaza que tenía un letrero descolorido de “SE VENDE” adherido al vidrio posterior, en el que se apretujaban los recién llegados y sus maletas, el viejo, que manejaba con una lentitud exasperante para los conductores de los demás vehículos que le lanzaban improperios, le contó a su hijo la causa de su angustia: estaban a punto de perder el apartamento en el que vivían, pues llevaban seis meses sin pagar la cuota de un préstamo hipotecario con el cual lo habían adquirido. Edelmira no había podido ir a recibirlos pues, a parte de no caber en el diminuto carro, esa tarde tenía que entregar un pedido de uniformes por cuya venta podría recibir el equivalente a dos cuotas; el problema era que las monjitas que le habían encargado la confección tardaban 30 o 60 días en pagar y el banco no daba espera. Antes de llegar a su destino, el rostro arrugado de Egidio se iluminó con una sonrisa, estacionó a la orilla de la Avenida El Dorado, se abrazó a su hijo y prorrumpió en un emocionado llanto mientras balbuceaba palabras de gratitud: Policarpo había llegado con la solución en el bolsillo: 3000 dólares de su último sueldo y un cheque por 1771 dólares, correspondiente al primer mes de su pensión. La inyección de divisas salvó el apartamento, evitó la venta del Renault, recompuso un tanto la difícil situación económica de Egidio y Edelmira, permitió que León ingresase al jardín infantil y que con la tarjeta de crédito de Egidio se financiasen el mercado y las demás necesidades de la casa que se cubrirían con los futuros cheques en dólares de Policarpo. La tarjeta también sirvió para que Policarpo comprase ropa apropiada para Bogota, pues en su maleta sólo había traído pantalones, camisetas y guayaberas, y necesitaba por lo menos dos trajes para usar con saco y corbata en su nueva vida, que aún no tenía claro cómo enrumbar pero, cualquiera que fuese su actividad futura, era evidente que necesitaba establecer contactos, y para ello la presentación personal era importante. El administrador de los recursos fue Egidio, quien hizo gala de su habilidad contable, manejando los dineros al centavo.
El apartamento, que irónicamente llamaba Egidio “nuestro penthouse”, quedaba en el quinto y último piso de “El Partenón”: un edificio sin ascensor, sin garaje y sin portero, situado frente a un transitadísimo puente vehicular, sobre la calle 53, a dos cuadras de la carrera 30 o Avenida Ciudad de Quito, al noroccidente de Bogotá y muy cerca del estadio Nemesio Camacho “El Campín”… demasiado cerca, en opinión y para disgusto de Egidio, quien desde su época de seminarista en Yarumal detestaba el fútbol y pasaba enfurruñado todos los domingos por las tardes y las noches de los miércoles, a causa de la gritería de los aficionados.

Al día siguiente de su llegada y todavía afectado por el soroche o mal de montaña que suele aquejar a quienes provenientes del nivel de mar llegan al altiplano de Bogotá, Policarpo, vestido con un pantalón y una camisa muy tropicales, y con un saco de su padre que le quedaba corto de mangas, se fue con él, a bordo de un atestado bus urbano rumbo al centro de la capital, en donde podrían adquirir a buen precio un par de trajes completos, dos camisas blancas de cuello duro y unos zapatos negros; no era necesario comprar corbatas pues Egidio le proporcionaría las que necesitase, de una razonable y variada colección que había reunido con los años. En el garaje de un amigo, a seis cuadras de El Partenón, quedó guardada “La amenaza mostaza”, como le decía Bartolo al Renault y el mismo Egidio reconocía, pues él manejando en el congestionado centro de Bogotá era una auténtica amenaza. Al final de la tarde y justo antes de que se desgajara un violento aguacero, los Ladrón de Guevara se dieron el lujo de regresar al Partenón en taxi con el producto de su compra: un traje completo azul oscuro y otro gris claro, con lo cual mediante combinaciones en realidad tendría cuatro, según la recomendación de Egidio; un par de zapatos negros charolados para no gastar en betún y dos camisas blancas. Por la compra les dieron como ñapa cuatro pañuelos.
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Policarpo. Capítulo – Cuatro

Por : kapizan
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2

El cincuentón Godofredo era, entre todos sus hermanos, el más parecido a Belarmino no sólo por su voluminoso corpachón, como por su bondad y su simpatía. Con cerca de 30 años de vida en los Estados Unidos, hablaba un inglés fluido pero marcado por el peculiar acento y la entonación paisa, que sonaban graciosos en sus labios y resultaban exóticos para los gringos. Con mucho esfuerzo e igual dedicación, había logrado un título como ingeniero hidráulico y trabajado la mayor parte de su vida adulta en empresas estatales como contratista especializado en la construcción de represas. Después de graduarse se había casado con Margareth Rakosqui, una joven razonablemente atractiva, de ascendencia polaca y por supuesto con un catolicismo más acentuado que el de la abuela Chana. Lamentablemente a pesar de muchísimos intentos, que fueron desde la medicina tradicional hasta la chamánica, nunca tuvieron hijos pues Godofredo resultó estéril; circunstancia que, cuando se supo, le granjeo entre sus amigos de la cada vez más numerosa colonia latina del Distrito de Queens, el apodo de “polvo seco”. Tal vez por ello el tío Godofredo amó a Policarpo, desde el día en que lo vio por primera vez, como el hijo que nunca tuvo, y lo llevó a compartir su soledad en el modesto apartamento que como única propiedad poseía en el populoso Distrito.

Si Policarpo era de naturaleza calmada y paciente, la experiencia de ser el lazarillo de su tío aumentó su paciencia y su capacidad de aguante. A diferencia de Godofredo y tal vez por su juventud, Polo aprendió el inglés en menos de dos años y antes de cumplir los 20 podría asegurarse que se había convertido en un joven bicultural y bilingüe, que pasaba horas enteras dedicado a leer en voz alta para su tío obras de historia, literatura y biografías, combinadas con la lectura de artículos picantes de una  conocida revista erótica, los favoritos del viejo, cuya sicalipsis se había acentuado a partir de la ceguera, quien aseguraba con picardía: “De mí podrán decir que soy polvo seco pero nunca podrán decir que soy polvo flojo”. Así pues, si los infantiles escarceos amorosos de Polo con su prima Kareth le hicieron desinhibido para el sexo, el doble comando del tío Godofredo y las prácticas con Celina Barrientos (una escultural mulata de 28 años, antigua bailarina de un famoso cabaret en la Habana, que había llegado como refugiada a New York después del triunfo de la Revolución Cubana) lo convirtieron en un excelente latin lover. Celina vivía en un coqueto apartamento adaptado en el basement debajo del que ocupaba Godofredo en el primer piso del edificio, en donde Polo y su maestra de almohada vivieron un largo, apasionado y desinhibido romance.

El mejor amigo de Policarpo durante su juventud en los Estados Unidos fue Gustavo Salcedo, otro colombiano con quien compartió aulas en la Catholic School of Queens, en donde ambos se graduaron en 1962, y con quien se gozó el furor del hippismo y del famoso eslogan “peace and love” hasta que en 1964, al cumplir la mayoría de edad, les concedieron la ciudadanía norteamericana, fueron llamados al servicio militar, recibieron entrenamiento como combatientes y los enviaron a Vietnam, en el primer contingente despachado en 1965, por Lyndon B. Johnson al sudeste asiático para “defender la democracia de la amenaza comunista”. El llamamiento a filas obligó a Polo a eliminar el arete y el pañuelo al estilo pirata que lucía en una comuna hippie que frecuentaba en New Jersey, y a Gustavo a raparse el largo cabello que mantenía atado en una cola de caballo que le había hecho ganar el apodo de Colitas, y le hacía parecer más bajo de lo que en realidad era: 24 centímetros menos que Polo, gracias a lo cual, cuando caminaban juntos mostraban una asimetría corporal similar a la de Benitín y Eneas.

Para despedir a la pareja de futuros combatientes, Celina preparó una exquisita comida cubana y organizó una reunión que programó para el domingo anterior a su partida y sirvió además para festejar el sexagésimo aniversario de Godofredo. A la reunión llegó Colitas acompañado por una joven hippie, veinte centímetros más alta que él, flaca y plana, pero con cara bonita y enormes ojos azules que miraban todo el tiempo a Colitas, a través de unas gafas baratas, con la ternura con que una niña miraría a su osito de peluche; para hacer pareja con el ciego, llegó Julieta, una enfermera de origen salvadoreño que Celina le había presentado a Godofredo un año antes y con quien el viejo había pasado agradables momentos de intimidad acariciando su cuerpo de tersa piel y proporciones perfectas y su rostro de rasgos imperfectos pero agradables.

El último en llegar fue Godofredo, precedido por su bastón gracias al cual se movía en el apartamento de Celina como Pedro por su casa. Por el olfato, captó la presencia de Julieta y se fue directo a su encuentro para abrazarla sonriente y decir con su voz sonora y vibrante pero cargada de ternura: “!Julieta!, qué alegría que hayas venido, tu aroma y tu presencia son la mejor sorpresa en mi cumpleaños…”. Celina, conmovida por las galantes palabras y por el abrazo que el ciego le dio a su amiga, con su típico acento cubano, dijo: “Esa no es la única sorpresa Chico, lo mejor… Ajá, es que Julieta renunció a su puesto en el hospital y se va a quedar cuidándote… Ajá, mientras la preciosura de tu sobrino esté en el ejército”.

El anuncio de Celina fue recibido con aplausos, y marcó la pauta de alegría y jolgorio que caracterizó esa noche como inolvidable para quienes disfrutaron la exquisita comida, los vinos, el ron cubano auténtico, y los relatos de Godofredo, salpicados de anécdotas picantes y tragicómicas, sobre su experiencia en el Pacífico, como oficial de Infantería de Marina durante la Segunda Guerra Mundial, en donde había servido a órdenes del legendario General Douglas McArthur y participado en operaciones tan complejas como el desembarco en Guadalcanal en 1943 y la recuperación de las Filipinas, a partir de la batalla del golfo de Leyte en octubre del 44, en la cual Godofredo, con rango de Teniente, ganó una condecoración por su valor y fue ascendido a Capitán, comandante de una compañía que participó en los cruentos combates que culminaron en julio de 1945.

A media noche, encendieron las 60 velitas de una deliciosa torta que había llevado Julieta, le cantaron el Happy Birthday al emocionado Godofredo, de cuyos apagados ojos brotaron conmovidas lágrimas cuando palpó, tras desenvolver los paquetes con parsimoniosos movimientos, el inconfundible perfil de una pipa con boquilla curva que le obsequió Celina y de otra con boquilla recta que le regaló Julieta. Mientras acariciaba sus dos pipas, el viejo murmuró como para sus adentros: “Ésta es la señal”, permaneció un buen rato en silencio y finalmente tomando de la mano a Julieta dijo: “Acompáñame preciosa”; dio media vuelta y, guiado por su enfermera, anunció para todos: “Ya regreso, no tardamos”…

Pocos minutos después volvió la pareja y todos pudieron apreciar el hermoso cofre rectangular de madera, con guarniciones de plata, que sostenía en sus manos la enfermera. Godofredo y Julieta permanecieron de pie y aquél pidió a los otros cuatro convidados que se levantasen de sus sillas y formaran un círculo alrededor de la pequeña mesa de centro de la acogedora salita. Entonces, carraspeó para aclararse, golpeó tres veces el suelo con su bastón y, con el tono de voz solemne que emplearía un cacique para iniciar un ritual, anunció: “¡Hoy domingo 8 de noviembre de 1964, yo, Godofredo Ladrón de Guevara Misas, Caballero de la Orden de la Pipa y de la Faltriquera, en nombre de Dios y de Jorge de Capadocia, San Jorge, patrono de todas las caballerías del mundo, heredo mi pipa de reflexión y mi pipa de acción, con todos sus implementos, a mi sobrino Policarpo Ladrón de Guevara y Urrutia, a quien revelaré las tradiciones de nuestra orden, teniendo como testigos a los aquí presentes!”.

Según contó esa noche Godofredo, en 1942, el profesor Huber Collins, que había sido su maestro en la universidad y que para esa época, con casi setenta años de edad, lamentaba no tener la juventud de su discípulo para poder participar directamente en la guerra de los Estados Unidos contra las potencias del Eje, había organizado una reunión similar, con el propósito de celebrar el trigésimo aniversario de Godofredo y a la vez despedirle, pues en pocos días se embarcaría con destino a la guerra en el Pacífico. Lo que Godofredo pensaba hacer a continuación era iniciar a su sobrino Policarpo como Caballero de la Orden de la Pipa y de la Faltriquera, en la misma forma en que el profesor Collins le había iniciado a él.

El cofre era una preciosa pieza antigua que había pertenecido a la tatarabuela de Chana y había servido como joyero a las generaciones subsiguientes, hasta que Chana se lo dio a Godofredo para que lo vendiese junto con su joya más preciada: un collar de perlas por el cual le habían pagado a Godofredo el equivalente a 1500 dólares; el producto de esta venta fue suficiente para que Godofredo viajase y pudiese conservar el valioso cofre, por el cual llegaron a ofrecerle en New York, a finales de 1941, 3000 dólares en el elegante almacén de un anticuario en Manhattan. El perito reconoció la soberbia pieza como una muestra de la orfebrería árabe berebere de los moros en España y la situaba en el siglo XIII o XIV  d. C. En esa oportunidad, Godofredo estuvo tentado de vender el cofre para comprar un apartamento, pues tenía planes de casarse con Margareth y formar su propia familia; sin embargo, a los pocos días sucedió el ataque japonés a Pearl Harbor, Godofredo se alistó como voluntario y pospuso su boda, que finalmente se realizaría a comienzos de 1946. Dado que el apartamento fue adquirido con las pagas ahorradas durante el tiempo que estuvo Godofredo en el Pacífico, Margareth se opuso a la venta del cofre y, como hábil artesana que era, elaboró unos compartimentos con tabiques de madera forrados en un fino terciopelo, en los cuales quedaban perfectamente acomodadas las pipas y todos sus implementos: un tarro de picadura inglesa, un humidificador con tapa de madera y esponjilla, un atacador metálico unido a una pequeña argolla circular de la cual pendían un atizador y una delgada varilla para acomodar la picadura en la cazoleta, un juego de escobillones de fieltro, una faltriquera de badana, y un encendedor de oro, especial para pipa. Tal cual y en perfecto estado de conservación, recibió Policarpo la inesperada herencia de su tío.

Nombrando a Celina y a Julieta como madrinas y a Colitas y a su amiga de turno como testigos, Godofredo procedió a entregarle las pipas a Policarpo, al tiempo que le invitaba a seguir cuidadosamente los pasos que él iba ejecutando parsimoniosamente con cada una de las pipas que le habían regalado esa noche e iba dando indicaciones precisas hasta que su sobrino encendió la pipa curva… Casi al amanecer Colitas y su amiga se marcharon, el tío Godofredo conducido por Julieta se dirigió a su apartamento, y Policarpo recibió esa noche la pasión de Celina, que se esforzó para hacer de su despedida una experiencia inolvidable.
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Policarpo. Capítulo – Tres

Por : kapizan
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Los años vividos en Santa Isabel del Lago, fueron aprovechados por Polo y su prima Kareth para gozarse la infancia y la preadolescencia. Como eran los dos mayores, tenían más libertad que sus hermanos y pasaban todo el día juntos jugando en la casa deshabitada y aún sin terminar de Poncho, (cuyo noviazgo se iba prolongando en el tiempo, con la disculpa de que la casa todavía no tenía los lujos y las comodidades que merecía su futura esposa); o explorando el misterioso bosque de eucaliptos que rodeaba la pequeña laguna, en realidad un humedal, que la imaginación del Padre Llorente ofrecía como un lago.
Allí, en las ardientes y soleadas mañanas sabaneras, Policarpo y su prima, con esa ingenuidad y esa inocencia que poseen los niños, tuvieron en medio de la naturaleza sus primeros juegos sexuales de exploración, desprovistos de toda malicia y sin la posibilidad de interrupciones dañinas por parte de adultos que hubiesen ocasionado traumas en las mentes infantiles; a ello se debe que Policarpo haya tenido durante toda su vida una actitud limpia y desinhibida frente al sexo, como la llegó a tener su prima Kareth hasta que años después, influida por las monjas del colegio, suspendió los juegos anunciándole a su primo que “no podemos seguir jugando sin ropa porque eso es pecado”. Sin embargo, según cuenta Bartolo, un día su prima lo invitó, con una mirada maliciosa, a “jugar groserías”. Es evidente que la mentalidad de la niña respecto al sexo sólo cambió en la forma de percibirlo.

La urbanización cooperativa promovida por el Padre Llorente no presentaba, dos años después, la imagen de conjunto residencial con 30 viviendas, que el entusiasta clérigo les había hecho visualizar a sus primeros clientes; por el contrario, las únicas viviendas construidas eran las de los padres de Policarpo, la de la abuela Chana y las tías, la de Poncho y la de Dolores Murcia, una viuda flacuchenta, amargada y regañona que cuidaba todo el día dos enormes vacas lecheras, que llamaba “mis toa toas” y trataba con una ternura que no prodigaba a ninguno de los niños vecinos a los que pellizcaba, con o sin motivo, cada vez que los tenía al alcance de sus alargados y huesudos brazos.
A pesar del aspecto poco próspero del proyecto habitacional, el incansable curita continuaba promoviendo su paraíso, equipado con su maletín de contratos, al cual había agregado unas fotografías de las cuatro viviendas para vender la ilusión a desprevenidos compradores potenciales. Años después Egidio le comentaría a Policarpo, que desde entonces abrigaba la sospecha de que algo turbio se traía entre manos su antiguo compañero de sotana.

Santa Isabel del Lago limitaba en dos de sus costados con sendos barrios obreros, que solían recorrer Policarpo y Kareth para comprar golosinas baratas en las tiendas y para jugar con niños de su edad, cuya pobre apariencia hubiese escandalizado a personas como la tía Rosalba y la fallecida abuela Concepción. La interacción con estos niños, a quienes siempre vio como iguales, fue una de las principales causas de la actitud que ha mantenido Polo respecto a sus semejantes, obrando siempre sin tomar en cuenta los símbolos externos con los cuales la sociedad discrimina a los seres humanos, agudiza las divisiones, genera resentimientos y dificulta la convivencia pacífica. Así pues, “Piolín” y “Chupeta”, los hijos de una viuda campesina que vendía fritanga; las hermanas González: Cristina, Mercedes, Cecilia y Carmen, hijas de un zapatero remendón, cuyo hermano mayor llegaría a ser un conocido actor de televisión; y Carmelita Rojas, hija de padre desconocido y una prostituta de tercera categoría; llegarían a ser los amigos de los descendientes de Belarmino y Chana, Concepción y Celestino… por supuesto, después del descenso en la caprichosa escala social que les impuso el destino.
La posición personal de Policarpo respecto al dinero, seguramente tiene su origen en “la caja de la abuelita Chana” y puede expresarse con algunas frases que acostumbra pronunciar con frecuencia: “Jamás he conocido un problema de dinero… siempre es un problema de ideas”; “la única función del dinero es no necesitarse”; “la plata no es buena, lo bueno es lo que dan por ella”, y otras de cuño parecido. En el interior del inmenso armario de la abuela, protegida como un sagrario por las imágenes de seis o siete Santos, Chana mantenía una vieja caja de madera de tabacos habanos (los preferidos de Belarmino), cuyo contenido brillaba ante los ojos de su nieto, como el baúl del tesoro de un pirata, pues se mantenía repleto de monedas mezcladas con billetes de baja denominación, normalmente un peso o cincuenta centavos. A este “tesoro”, aparte de su propietaria, el único privilegiado que tenía acceso era su nieto preferido. Cada vez que a Polo se le antojaba ir al barrio vecino a comprar golosinas, se limitaba a decirle a su abuelita, con voz melindrosa y mirada que a la vieja le parecía angelical: “Abuelita, yo te quiero mucho… ¿Me das plata para ir a la tienda?”, a lo cual siempre Chana respondía: “Claro que sí mi muchachito, abrí la cajita y sacá la que necesités, pero dejáme alguito”; por supuesto, el mocoso sacaba en cada oportunidad dinero suficiente para comprar golosinas, no sólo para él, sino para todos sus amiguitos. Cuando Polo nos contó lo que hacía con el dinero extraído de la caja de la abuela, encontramos allí el origen de su generosidad.
Hoy en día, “la caja de la abuelita”, que por supuesto heredó nuestro deudor amoroso, se conserva repleta de letras de cambio, tarjetas de la “Banca Lombarda” (de la cual hablaremos a su debido tiempo), y tres o cuatro cuadernos cuadriculados en los cuales anota las exhaustivas listas de sus acreedores. En la actualidad, y con el agua al cuello, Policarpo sostiene que el espíritu de su abuela Chana desde el cielo y la tía Rosalía en la tierra, velan permanentemente por su complejo sistema financiero; pues la abuela le da las ideas y en múltiples ocasiones la tía le proporciona el dinero. “Filosóficamente” hablando, la frase favorita de Policarpo, tomada de Don Simeón Torrente el inolvidable personaje de Salom Becerra, “debo luego existo”, se ha convertido para él en una profunda máxima.
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Policarpo. Capítulo – Dos

Por : kapizan
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La sorpresiva llegada a este mundo del pequeño Policarpo con 45 días de anticipación se debió, indudablemente, a un desliz de Edelmira. Pero no la clase de desliz que maliciosamente supuso la muy chismosa Señora Santander, sino al hecho de que la joven embarazada pisó el jabón mientras se bañaba y cayó aparatosamente al piso… Dos horas después y como consecuencia inmediata del porrazo, el bebé pataleaba y chillaba cual endemoniado en la sala de partos de una modesta clínica del Barrio Chapinero. Reconocemos que aquello de “…hermoso niño de pelo castaño, ojos negros, mentón partido y diminuta pero claramente delineada nariz aguileña…”, es una mentira piadosa, más apropiada para las notas sociales de un periódico que para este relato, cuya pretensión no es otra que ajustarse a la verdad. Y la verdad, monda y lironda, es que como todo recién nacido, excepto para los ojos de sus progenitores, Policarpo era de un feo subido. Esa especie de mamífero bípedo implume, cuyo rostro durante la primera semana de vida semejaba un fríjol puesto en remojo, sufrió en seis meses una transformación favorable que lo dejó parecido a cualquier bebé de esa edad, gracias a los cuidados y los mimos de la abuela Chana que lo salvó de una muerte segura por inanición, pues los senos de Edelmira resultaron tan secos como llegarían a estarlo la cuenta bancaria y la de ahorros del sobreviviente, medio siglo después. La fórmula de la abuela era simple: tres cucharadas diarias de Emulsión de Scoott, reconocido y eficiente, pero detestable para muchos, brebaje del “hombre con el bacalao a cuestas en su etiqueta”.

Dicen los que saben, particularmente los sicólogos modernos, que la infancia y las condiciones que la rodean, así como los eventos especiales que en ella ocurran, son determinantes para formar la personalidad de cualquier adulto. La infancia de Polo fue feliz y estuvo rodeada de amor y mimos por parte de un sexteto femenino, encabezado por su abuela Chana y secundado por su mamá, sus tías monjas, especialmente Rosalía y las dos solteronas que volcaron en la criatura todo el caudal represado de su amor, incluido el maternal.
Gracias al hígado de bacalao cuchareado, en poco tiempo Policarpo se convirtió en un bebé rozagante, regordete y sonriente, pero común y corriente, que la visión exaltada de las seis mujeres percibía como un ángel escapado del cielo a quien se referían como: “el celestial”, “el seráfico” o según decía Fausta – la mayor de las tías monjas -: “Este muchachito, es la viva imagen del Niño Jesús de Praga” (para entonces, el Niño Jesús del 20 de Julio no había alcanzado la proyección internacional de su homólogo Checo).
Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que la característica predominante en la personalidad de Policarpo, la bondad, se formó entre las caricias de la abuela, los cuentos que le contaba su madre, la veneración un tanto melosa de las solteronas y el alegre revoloteo de los hábitos de las novicias contemporáneas de sus tías; porque si algo podemos decir de Policarpo, es que es un hombre exageradamente bueno, hasta el punto de que en muchas de sus acciones bordea los límites de la pendejada; sin atrevernos a decir por ello que nuestro personaje es un pendejo, como en múltiples oportunidades se lo han enrostrado su mamá, su hermana menor o como lo comentan, a espaldas suyas, algunos de sus amigos.

Edelmira no fue tan prolífica como su suegra, y su quinteto familiar se completó a un ritmo más lento y espaciado: al nacimiento de Policarpo siguió, en agosto de 1946, el de Bartolomé, a quien le sucedió, dos años después, Isabel, la única hija de la pareja. En ambos casos, los nombres también fueron asignados por la dupleta Chana-Egidio sin consultarle a Edelmira y, por supuesto, con base en el Bristol, a pesar de que nunca estuvo totalmente de acuerdo con el nombre de su primogénito, a quien hubiese preferido bautizar con el nombre de alguno de los galanes de las radionovelas que escuchaba diariamente como la única distracción que su condición económica le permitía; pero como era una mujer conciliadora y enemiga de la polémica, se resignó sin mayores aspavientos y se alegró de que los Santos, que según Chana la habían ayudado en los respectivos alumbramientos, llevasen unos nombres más normalitos que los de algunos de los hermanos de su marido, incluido el de este último, que en verdad nunca la había convencido del todo.

Reconstruir la infancia, la niñez y la preadolescencia de Policarpo es, poco más o menos, como intentar hacer una colcha de retazos con anécdotas dispersas que él nos ha contado y nos sirven como referencia para mostrar los rasgos determinantes de su personalidad y de la de su hermano, con quien sólo comparte la generosidad y la nobleza de corazón, pues en el resto de inclinaciones, dones, defectos y atributos, así como en el aspecto físico, no parecen ni siquiera prójimos. Sin embargo es importante puntualizar que, a pesar de sus diferencias, Bartolomé y Policarpo se aman entrañablemente y han sido siempre el uno apoyo del otro. Polo y Bartolo construyeron su amistad fraternal, compartiendo travesuras en las cuales el autor intelectual y material siempre era Bartolo, a quien el buen Polo seguía con la misma lealtad con que Robin sigue a Batman, para terminar siempre, por ser el mayor, asumiendo sin chistar la responsabilidad de los hechos y el correspondiente castigo. Desde entonces, Isabel creció convencida de que su hermano mayor, a pesar de que no tenía cara de, era un güevón.
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Policarpo. Capítulo – Uno

Por : kapizan
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San Policarpo, Obispo y Mártir, se alegró en el paraíso celestial al saber que el martes 23 de febrero de 1943, a las ocho de la noche y en luna menguante, en Santa Fé de Bogotá, nació un hermoso niño de pelo castaño, ojos negros, mentón partido y diminuta pero claramente delineada nariz aguileña, como correspondía al linaje de los hidalgos caballeros que, en 1595, habían traído al Nuevo Reino de Granada el muy noble y linajudo apellido Ladrón de Guevara. Pues bien, amigo lector, lo que queda de ese niño, la totalidad de su nombre: Policarpo Ladrón de Guevara y Urrutia, y su cuerpo de sesentón, se agitan, por ahora, en el mar tormentoso de las deudas, con la circunstancia agravante de que el orgullo de su apellido ha quedado por el suelo, cada vez que lo pronuncian con sarcasmo los funcionarios bancarios o los abogados especializados en cobranzas. Emerenciana Misas de Ladrón de Guevara, su adorada abuela paterna, que en paz descansa, no hubiese soportado tan cruel como sutil insulto al abolengo de su venerado esposo y al ilustre apellido de sus doce hijos – ocho varones que incluían tres curas, dos militares, un abogado, un ingeniero y un contador autodidacto y comerciante, padre de Policarpo; y cuatro mujeres, dos monjas y dos solteronas -, sus ocho nietos y sus doce bisnietos. ¡Alabado sea el Señor por librarla de tan humillante oprobio!.

Emerenciana Misas Posada (Chana o Chanita Misas como la conocían todos en la alta sociedad de Yarumal) era la más bella, la más inteligente, la más piadosa y la más rica de todas las jóvenes de su época en edad de merecer. Ante la frustración de doce pretendientes que ambicionaban poseer no sólo la belleza sino la fortuna de Chanita, el beneficiario vino siendo un joven flaco, de mirada perdida y perfil aguileño, que había llegado a la cordillera antioqueña en busca de aventuras, procedente de la Costa Atlántica. Su extraño acento, su desparpajo y su simpatía lo diferenciaban por completo de los galanes paisas y desde el primer momento cautivó el corazón de Chana y obtuvo el beneplácito de sus padres, muy interesados en que su fortuna se acrecentase y su linaje se ennobleciese con el ilustre apellido del joven costeño: Ladrón de Guevara. Don Saturnino Misas se frotaba las manos mientras comentaba con sus amigos: “Los Ladrón de Guevara son hidalgos de la más pura estirpe española, la Costa Atlántica debe en gran parte su desarrollo a los antepasados de este muchacho que quiere emparentar con nosotros, y Chanita no ha sido indiferente a los simpáticos requiebros del joven Belarmino; pronto tendremos boda y pienso echar la casa por la ventana… ¡Ah! y lo mejor que tiene es que es godo hasta los tuétanos y ahora que los liberales se están alborotando necesitamos fortalecer estas alianzas”.

Para entonces, soplaban vientos de guerra que echarían al olvido el ingenuo verso de Don Rafael Núñez, otro costeño flaco y de mirada perdida: “Cesó la horrible noche”, pues la horrible noche duraría mil días y, sin que pudiese amanecer del todo, los enfrentamientos entre godos y cachiporros durarían hasta nuestros días… Pero bien amigo lector, ésta no es una obra de historia patria, sino la historia de nuestro amigo Policarpo, en la cual lo importante es cómo esa fortuna acrecentada de los Misas y los Ladrón de Guevara, se esfumó con la misma rapidez con que se diluyen las ilusiones de nuestro actual deudor amoroso.
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Policarpo. Historia de un Deudor Amoroso – Prefacio

Por : kapizan
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“El dinero es el excremento del diablo
Pero resulta excelente para abonar
Las buenas obras en nombre del Señor”.
Párroco Anónimo

“No podemos decir a los acreedores que nos perdonen,
como perdonamos nosotros a nuestros deudores,
Porque un acreedor no es perfecto
Como nuestro Padre que está en los cielos”.
Miguel de Unamuno


En el año 171 de publicación continua del pintoresco almanaque de Bristol (2003, para las personas poco interesadas en las fases de la luna o en el Santoral), el martes 10 de septiembre, a las cuatro de la tarde para ser exactos, Policarpo se sirvió la vigésima taza de café negro del día, encendió su trigésimo cigarrillo y se arrellanó en el sillón de su estudio, dispuesto a despachar la poco agradable tarea de elaborar la lista de todos sus acreedores, a quienes esperaba calmar al día siguiente con la distribución, hasta el último centavo, de su mesada pensional: 1.771 dólares exactos. Cantidad que al tipo de cambio de la fecha (2990 pesos colombianos por dólar) representaba 5.295.290 pesos, ingreso que muchos asalariados envidiaban, pero que para Policarpo estaba siendo cada vez más insuficiente. Cuando iba por mitad de la lista, que elaboraba en un cuaderno cuadriculado, le interrumpió Luz Angélica, su esposa, para anunciarle mientras le entregaba el teléfono inalámbrico: “Polo, te llama Olga del Banco Nacional, dice que es muy urgente…”

El que la llamada fuese de carácter urgente preocupó a Policarpo, y su preocupación se aproximó al pánico cuando la voz sensual de la funcionaria se dirigió a él, con el tono que suelen emplear las maestras escolares para reprender a sus estudiantes, llamándolo, por primera vez en varios años, por su apellido, en vez de llamarlo don Policarpo como acostumbraba hacerlo regular y amablemente.

Con un nudo en la garganta y una extraña sensación en el estómago, el pobre hombre escuchó las palabras burlonas y despectivas de Olga que lo pusieron en guardia pues, aún después de colgar, retumbaban en sus oídos: “Señor Ladrón de Guevara, lamento notificarle que su cuenta ha sido castigada y por eso no podremos efectuar la transacción en dólares con su cheque, pues la auditoria interna y las regulaciones del banco lo imposibilitan a usted como sujeto de crédito o como sujeto comercial…En este momento usted, como codeudor del Señor Gustavo Salcedo, tiene una obligación pendiente con el banco por ocho millones quinientos treinta mil pesos…”.

Como dicen que les pasa a quienes han tenido una experiencia en el umbral de la muerte y han cruzado el túnel hasta llegar a la luz para efectuar un recuento instantáneo de sus vidas antes de retornar, en la mayoría de los casos a regañadientes, con el propósito de concluir su ciclo vital en este valle de lágrimas, la azarosa relación de Policarpo con el dinero, y con las deudas, se proyectó en su mente con la nitidez de una película grabada en el más sofisticado equipo de DVD.

Después de la “película”, el acosado deudor pensó que lo mejor para calmarse sería encender su pipa curva “de reflexión”; para el efecto, inició el ritual de pasar un escobillón a lo largo de la boquilla para limpiarla, raspar la bien curada cazoleta con la patinada cucharilla del atacador, y quitar la tapa de madera, con esponjilla en el centro, del humidificador de porcelana inglesa que había pertenecido a su tío Godofredo y guardaba en un cofre que también había heredado del viejo… Para comprobar, con cierta amargura, que en el fondo sólo quedaba un ripio de picadura reseca y sin aroma, que no alcanzaría para una tacada de su cachimba. Sin más opción, terminó recurriendo a otra taza doble de café negro y a un cigarrillo adicional… “Ya vendrán tiempos mejores – pensó con optimismo -, y podré darme otra vez el lujo de comprarme un buen tarro de picadura fina… por ahora, hay otras prioridades”.

Superado el impacto inicial, después de tres o cuatro procacidades justificadas y con la mente un tanto más serena, consultó su inseparable Bristol, verificó que esa noche sería plenilunio (tiempo propicio para la reflexión), se encomendó a San Nicolás de Tolentino siguiendo la pía costumbre, inculcada por su abuela, de invocar en todo trance la protección del Santo del día, cuya lista también aparecía en el Bristol, y se dijo mentalmente algo que aprendió en la conferencia televisiva de un gurú oriental y repetía con frecuencia: “Toda situación, por adversa y terrible que parezca, tiene escondido un bien oculto”. Leer más »

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