Policarpo. Capítulo – Cinco

Por : kapizan
En : Capítulo - CINCO, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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Cuando Policarpo llegó a Colombia después de 30 años de ausencia encontró muchas cosas cambiadas. Para comenzar, Egidio estaba pasando por un duro momento debido a la liquidación de su empresa, que había quebrado como consecuencia de una grave enfermedad que mantuvo por dos años a su único socio confinado a una cama y consumiendo el capital en astronómicos gastos médicos, pues Poncho no tenía ningún seguro que lo protegiera; desde la muerte de éste, seis meses antes, Egidio trataba de generar algunos ingresos despachando mercancías y viajando a remotos municipios, mientras Edelmira complementaba los gastos del hogar cosiendo uniformes para colegio en una vieja máquina, que había quedado de la liquidación de la fábrica de muñecos de la abuela Chana.
De todos sus tíos únicamente sobrevivían: Lutgarda, quien mantenía la enigmática sonrisa que la acompañó desde el nueve de abril y permanecía recluida en un hogar geriátrico (Flora había muerto un año antes virgen y martirizada por la amargura de lo que pudo haber sido y nunca fue), y las dos monjas, que en un arranque de iluminación habían colgado los hábitos, ya en su madurez, y emprendido una frenética búsqueda espiritual por caminos diferentes al que habían recorrido como monjas de la Iglesia Católica, pero sin apartarse del todo de ésta; ambas residían en un cómodo apartamento en Medellín y disfrutaban de sendas pensiones del gobierno como educadoras que habían sido; la tía Rosalía, muy parca en el gastar, mantenía unos ahorros significativos de los cuales, sin cobrar ningún interés, le prestaba plata a su hermano Egidio cuando éste la necesitaba.
Teresita había muerto tres años antes de cirrosis, totalmente alcoholizada y fiel al fantasma de su marido; Kevin vivía en Alemania, en donde dictaba clases en una escuela secundaria, se había casado y divorciado tres veces y resultó tan “polvo seco” como el tío Godofredo, pues no tenía descendencia; y Kareth, vital, entusiasta, optimista y muy atractiva, se había convertido en pintora de cuadros abstractos que casi nadie entendía y muy pocos compraban, había sido una activista del feminismo criollo, y se sentía orgullosa, a mitad de los cuarenta, de su soltería bien administrada; y según Bartolo, nunca se atrevió a volverle a proponer que “jugaran groserías” como en su lejana niñez.

Polo y su familia, fueron recibidos en el aeropuerto por Egidio, que en la efusividad del encuentro no pudo ocultar del todo la preocupación que le embargaba. Mientras conducía un desvencijado Renault 4 de color mostaza que tenía un letrero descolorido de “SE VENDE” adherido al vidrio posterior, en el que se apretujaban los recién llegados y sus maletas, el viejo, que manejaba con una lentitud exasperante para los conductores de los demás vehículos que le lanzaban improperios, le contó a su hijo la causa de su angustia: estaban a punto de perder el apartamento en el que vivían, pues llevaban seis meses sin pagar la cuota de un préstamo hipotecario con el cual lo habían adquirido. Edelmira no había podido ir a recibirlos pues, a parte de no caber en el diminuto carro, esa tarde tenía que entregar un pedido de uniformes por cuya venta podría recibir el equivalente a dos cuotas; el problema era que las monjitas que le habían encargado la confección tardaban 30 o 60 días en pagar y el banco no daba espera. Antes de llegar a su destino, el rostro arrugado de Egidio se iluminó con una sonrisa, estacionó a la orilla de la Avenida El Dorado, se abrazó a su hijo y prorrumpió en un emocionado llanto mientras balbuceaba palabras de gratitud: Policarpo había llegado con la solución en el bolsillo: 3000 dólares de su último sueldo y un cheque por 1771 dólares, correspondiente al primer mes de su pensión. La inyección de divisas salvó el apartamento, evitó la venta del Renault, recompuso un tanto la difícil situación económica de Egidio y Edelmira, permitió que León ingresase al jardín infantil y que con la tarjeta de crédito de Egidio se financiasen el mercado y las demás necesidades de la casa que se cubrirían con los futuros cheques en dólares de Policarpo. La tarjeta también sirvió para que Policarpo comprase ropa apropiada para Bogota, pues en su maleta sólo había traído pantalones, camisetas y guayaberas, y necesitaba por lo menos dos trajes para usar con saco y corbata en su nueva vida, que aún no tenía claro cómo enrumbar pero, cualquiera que fuese su actividad futura, era evidente que necesitaba establecer contactos, y para ello la presentación personal era importante. El administrador de los recursos fue Egidio, quien hizo gala de su habilidad contable, manejando los dineros al centavo.
El apartamento, que irónicamente llamaba Egidio “nuestro penthouse”, quedaba en el quinto y último piso de “El Partenón”: un edificio sin ascensor, sin garaje y sin portero, situado frente a un transitadísimo puente vehicular, sobre la calle 53, a dos cuadras de la carrera 30 o Avenida Ciudad de Quito, al noroccidente de Bogotá y muy cerca del estadio Nemesio Camacho “El Campín”… demasiado cerca, en opinión y para disgusto de Egidio, quien desde su época de seminarista en Yarumal detestaba el fútbol y pasaba enfurruñado todos los domingos por las tardes y las noches de los miércoles, a causa de la gritería de los aficionados.

Al día siguiente de su llegada y todavía afectado por el soroche o mal de montaña que suele aquejar a quienes provenientes del nivel de mar llegan al altiplano de Bogotá, Policarpo, vestido con un pantalón y una camisa muy tropicales, y con un saco de su padre que le quedaba corto de mangas, se fue con él, a bordo de un atestado bus urbano rumbo al centro de la capital, en donde podrían adquirir a buen precio un par de trajes completos, dos camisas blancas de cuello duro y unos zapatos negros; no era necesario comprar corbatas pues Egidio le proporcionaría las que necesitase, de una razonable y variada colección que había reunido con los años. En el garaje de un amigo, a seis cuadras de El Partenón, quedó guardada “La amenaza mostaza”, como le decía Bartolo al Renault y el mismo Egidio reconocía, pues él manejando en el congestionado centro de Bogotá era una auténtica amenaza. Al final de la tarde y justo antes de que se desgajara un violento aguacero, los Ladrón de Guevara se dieron el lujo de regresar al Partenón en taxi con el producto de su compra: un traje completo azul oscuro y otro gris claro, con lo cual mediante combinaciones en realidad tendría cuatro, según la recomendación de Egidio; un par de zapatos negros charolados para no gastar en betún y dos camisas blancas. Por la compra les dieron como ñapa cuatro pañuelos.
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