La montaña embrujada y los Enanitos del Bosque

Por : kapizan
En : Capítulo - CUATRO, La Montaña Embrujada y los Enanitos del Bosque, Novela Infantil, Novelas

4

CAPÍTULO CUATRO
LA MONTAÑA EMBRUJADA

Esa misma noche, mientras doña Priscila dormía, El grupo Binaroti viajó, a horcajadas sobre el cuello de dos cóndores, hasta la morada andina de la princesa para reunirse con el conde Roy y desarrollar un plan de acción tendiente a enfrentar la amenaza que representaba el nuevo propietario con su intención de talar el bosque. Tras explicar la situación al conde, éste creyó conveniente convocar a Macaturi, el gran chamán, para que ayudase a aportar ideas. Tras un buen rato evaluando opciones, el chamán dijo tener la solución pero pidió siete semanas ― aproximadamente cuarenta y ocho horas, dos días, en tiempo de la tercera dimensión ―, para preparar una sustancia que al ser rociada sobre los troncos de los árboles le daría una capa protectora a la corteza, tornándola más fuerte que el acero. Con esa sustancia, los árboles se volverían totalmente invulnerables a las sierras, que se atrofiarían al intentar cortarlos. El chamán calculó que en una sola noche ― de tiempo terrestre ― con un escuadrón de cincuenta mafuchinos cubrirían todo el sector y quedarían inmunes todos los árboles del Bosque, pero necesitaba el tiempo solicitado para preparar cantidades suficientes del compuesto; sin embargo, podía proporcionarles, para llevar inmediatamente, una pequeña cantidad suficiente para rociar unos cincuenta o sesenta árboles. Finalmente, la propuesta del chamán fue acogida y el grupo Binaroti regresó a la mansión al amanecer, cuando ya el chamán llevaba tres días de tiempo mafuchino preparando la mágica sustancia en enormes recipientes.

***

En su escondite de la mansarda, los cuatro amigos y las ardillas prepararon un plan de acciones de sabotaje contra la empresa de Vergara con el propósito de retrasar el inicio de la tala y ganar tiempo para que Macaturi terminase de preparar la cantidad requerida de la sustancia que volvería impenetrables los troncos de los árboles y salvaría el bosque de su destrucción.

Decidieron que lo más seguro era que se dividiesen en dos grupos y que todo el tiempo actuaran bajo la protección de la invisibilidad. El primer grupo, integrado por Robi, Macacafú y Chirulito, se desplazaría a las instalaciones de la empresa en el aserradero con la misión de causar el mayor caos posible a fin de atrasar la salida de las dos cuadrillas de taladores. El segundo grupo, compuesto por Natalia, Fuchirulí y Chirulita la ardilla pelirroja, esperaría a que llegaran los equipos de taladores y se definiera por donde empezarían el corte, para rociar los árboles más cercanos con la poca cantidad de la mágica sustancia que les había dado el chamán.

Temprano en la mañana, el grupo de Robi, espero que Epaminondas y su gente estuviese dentro de las instalaciones del aserrío para comenzar a actuar. Mientras en el interior de un galpón de madera con techo de zinc, los hombres revisaban las motosierras, alistaban los materiales y ponían a punto el vehículo que los trasladaría al bosque, Robi y Macacafú , desde afuera, valiéndose de una palanca, echaron a rodar sobre la puerta del galpón una inmensa pila de gruesos troncos rollizos que trancaron por fuera el acceso al recinto, obligando a los enfurecidos hombres a salir por la ventana para tratar de mover a mano, los inmensos troncos que bloqueaban la entrada ― el vehículo para halarlos con cadenas y cables había quedado encerrado ―. Cuando Epaminondas y su gente salió por la ventana, nuestros invisibles amiguitos se colaron al interior por el mismo sitio y se dedicaron concienzudamente a echar azúcar en el tanque del camión y en los de las motosierras, en ejercicio de una de las clásicas acciones de sabotaje para inmovilizar motores de combustión.

Culminando la tarde, con diez horas de atraso ― tiempo valiosísimo para nuestros amigos ―, el empresario logró retirar el obstáculo que trancaba la puerta del galpón y decidió dejar para el día siguiente la tarea de comenzar a cortar los árboles. Estaba claro que el grupo Binaroti debería continuar sus labores de sabotaje y hostigamiento, por lo menos hasta las seis de la tarde del día siguiente, a fin de dar tiempo a Macaturi de terminar la preparación de la sustancia mágica, para que los cincuenta enanitos la rociaran en el transcurso de la noche.


***

A la mañana siguiente, Epaminondas Vergara madrugó para organizar las dos cuadrillas de taladores y emprender la marcha rumbo al bosque. Por su parte, Robi, Macacafú y Chirulito madrugaron un poco más y cuando el grupo de taladores se embarcó en el camión, los tres amigos, invisibles, se subieron en los estribos pues no querían perderse el momento en que los pistones del motor se trabasen por causa de la melcochuda y pegajosa argamasa en que se había convertido la gasolina caliente mezclada con el azúcar… A mitad de camino el motor del vehículo tosió, la maquina dio tres trompicones y se detuvo con el motor completamente arruinado; entonces, Epaminondas enardecido y vociferante se bajó para constatar que su camión había sido objeto de un sabotaje; como no era muy querido por sus subalternos y él lo sabía, no dudó en atribuir la acción a un empleado que había despedido injustamente una semana antes.

Media hora tardó el energúmeno en calmar su ira, mientras pateaba y daba inútiles puños contra la carrocería. Felices por el éxito, nuestros amiguitos siguieron a pié hasta el bosque para unirse al equipo de Natalia y apoyarlo en la siguiente fase de su plan, previsto para cuando finalmente pudiesen llegar al bosque Epaminondas y su gente. Mientras caminaban por el casi nunca transitado camino hasta la mansión, Macacafú y Robi se dedicaron a desperdigar clavos que pudiesen ponchar las llantas del nuevo camión alquilado. Como habían escuchado las instrucciones de Vergara para la tala, sabían el lugar exacto por donde comenzaría el corte: la esquina nororiental del bosque diagonal a la mansión. Por ello, una hora después, al unirse a sus compañeritos, los cuatro comenzaron a rociar los primeros troncos de ese sector con la poca sustancia mágica que les había dado el chamán.

Regresar a pié hasta el pueblo, conseguir una grúa para trasladar el camión, almorzar, alquilar un vehículo en la cooperativa de transporte del pueblo, desponchar el vehículo dos veces y llegar al bosque, les tomó a Epaminondas y a su gente hasta las tres de la tarde. Faltaban tres horas para que cayese la noche y comenzara el rociado nocturno por parte de los cincuenta enanitos enviados por el conde Roy con la sustancia mágica.

El grupo Binaroti esperó en el lugar escogido para iniciar la tala en donde previamente habían rociado cerca de treinta árboles que resultarían completamente resistentes a las motosierras; pero el personal de Epaminondas ni siquiera pudo probarlas pues, tras veinticuatro horas de estar obrando el azúcar en la gasolina, los motores se atascaron y las máquinas quedaron atoradas provocando la ira incontenible del empresario y las carcajadas, reprimidas, de los invisibles saboteadores. Derrotados los cortadores no tuvieron más remedio que regresar al pueblo con “el rabo entre las piernas“, y la idea de volver a la mañana siguiente equipados con motosierras de batería que no requerían gasolina.

Al caer la noche llegaron el mismísimo conde Roy, el chamán Macaturi y los cincuenta enanitos, provistos cada uno de un pote con la sustancia mágica y un hisopo para rociar los troncos de los árboles. Cuando amaneció y las hojas se cubrieron de rocío, el equipo Binaroti y los enanitos habían concluido la tarea y esperaban, invisibles, la llegada de Vergara y su gente.

Las nuevas motosierras de batería, con su amenazador zumbido rompieron el silencio sagrado del bosque, pero su aterrador sonido sólo duró un breve instante: las cadenas se rompieron y los motores se pararon cuando las maquinas intentaron cortar la corteza impenetrable de los robles. Inicialmente se oyeron las imprecaciones y blasfemias de los taladores, pero rápidamente fueron acalladas por las risas y las burlas en coro de los casi sesenta invisibles enanos, que en segundos lograron transformar la furia de los hombres en un pánico incontrolable que los hizo huir despavoridos, al tiempo que gritaban:
― Sálvese quien pueda.
― Larguémonos de aquí.
― Esta maldita montaña está embrujada.

Cuando la calma volvió al bosque, las ramas del aliso se estremecieron con la sonora carcajada de felicidad que siempre caracterizó al abuelo.

FIN

Policarpo. Capítulo – Cuatro

Por : kapizan
En : Capítulo - CUATRO, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

2

El cincuentón Godofredo era, entre todos sus hermanos, el más parecido a Belarmino no sólo por su voluminoso corpachón, como por su bondad y su simpatía. Con cerca de 30 años de vida en los Estados Unidos, hablaba un inglés fluido pero marcado por el peculiar acento y la entonación paisa, que sonaban graciosos en sus labios y resultaban exóticos para los gringos. Con mucho esfuerzo e igual dedicación, había logrado un título como ingeniero hidráulico y trabajado la mayor parte de su vida adulta en empresas estatales como contratista especializado en la construcción de represas. Después de graduarse se había casado con Margareth Rakosqui, una joven razonablemente atractiva, de ascendencia polaca y por supuesto con un catolicismo más acentuado que el de la abuela Chana. Lamentablemente a pesar de muchísimos intentos, que fueron desde la medicina tradicional hasta la chamánica, nunca tuvieron hijos pues Godofredo resultó estéril; circunstancia que, cuando se supo, le granjeo entre sus amigos de la cada vez más numerosa colonia latina del Distrito de Queens, el apodo de “polvo seco”. Tal vez por ello el tío Godofredo amó a Policarpo, desde el día en que lo vio por primera vez, como el hijo que nunca tuvo, y lo llevó a compartir su soledad en el modesto apartamento que como única propiedad poseía en el populoso Distrito.

Si Policarpo era de naturaleza calmada y paciente, la experiencia de ser el lazarillo de su tío aumentó su paciencia y su capacidad de aguante. A diferencia de Godofredo y tal vez por su juventud, Polo aprendió el inglés en menos de dos años y antes de cumplir los 20 podría asegurarse que se había convertido en un joven bicultural y bilingüe, que pasaba horas enteras dedicado a leer en voz alta para su tío obras de historia, literatura y biografías, combinadas con la lectura de artículos picantes de una  conocida revista erótica, los favoritos del viejo, cuya sicalipsis se había acentuado a partir de la ceguera, quien aseguraba con picardía: “De mí podrán decir que soy polvo seco pero nunca podrán decir que soy polvo flojo”. Así pues, si los infantiles escarceos amorosos de Polo con su prima Kareth le hicieron desinhibido para el sexo, el doble comando del tío Godofredo y las prácticas con Celina Barrientos (una escultural mulata de 28 años, antigua bailarina de un famoso cabaret en la Habana, que había llegado como refugiada a New York después del triunfo de la Revolución Cubana) lo convirtieron en un excelente latin lover. Celina vivía en un coqueto apartamento adaptado en el basement debajo del que ocupaba Godofredo en el primer piso del edificio, en donde Polo y su maestra de almohada vivieron un largo, apasionado y desinhibido romance.

El mejor amigo de Policarpo durante su juventud en los Estados Unidos fue Gustavo Salcedo, otro colombiano con quien compartió aulas en la Catholic School of Queens, en donde ambos se graduaron en 1962, y con quien se gozó el furor del hippismo y del famoso eslogan “peace and love” hasta que en 1964, al cumplir la mayoría de edad, les concedieron la ciudadanía norteamericana, fueron llamados al servicio militar, recibieron entrenamiento como combatientes y los enviaron a Vietnam, en el primer contingente despachado en 1965, por Lyndon B. Johnson al sudeste asiático para “defender la democracia de la amenaza comunista”. El llamamiento a filas obligó a Polo a eliminar el arete y el pañuelo al estilo pirata que lucía en una comuna hippie que frecuentaba en New Jersey, y a Gustavo a raparse el largo cabello que mantenía atado en una cola de caballo que le había hecho ganar el apodo de Colitas, y le hacía parecer más bajo de lo que en realidad era: 24 centímetros menos que Polo, gracias a lo cual, cuando caminaban juntos mostraban una asimetría corporal similar a la de Benitín y Eneas.

Para despedir a la pareja de futuros combatientes, Celina preparó una exquisita comida cubana y organizó una reunión que programó para el domingo anterior a su partida y sirvió además para festejar el sexagésimo aniversario de Godofredo. A la reunión llegó Colitas acompañado por una joven hippie, veinte centímetros más alta que él, flaca y plana, pero con cara bonita y enormes ojos azules que miraban todo el tiempo a Colitas, a través de unas gafas baratas, con la ternura con que una niña miraría a su osito de peluche; para hacer pareja con el ciego, llegó Julieta, una enfermera de origen salvadoreño que Celina le había presentado a Godofredo un año antes y con quien el viejo había pasado agradables momentos de intimidad acariciando su cuerpo de tersa piel y proporciones perfectas y su rostro de rasgos imperfectos pero agradables.

El último en llegar fue Godofredo, precedido por su bastón gracias al cual se movía en el apartamento de Celina como Pedro por su casa. Por el olfato, captó la presencia de Julieta y se fue directo a su encuentro para abrazarla sonriente y decir con su voz sonora y vibrante pero cargada de ternura: “!Julieta!, qué alegría que hayas venido, tu aroma y tu presencia son la mejor sorpresa en mi cumpleaños…”. Celina, conmovida por las galantes palabras y por el abrazo que el ciego le dio a su amiga, con su típico acento cubano, dijo: “Esa no es la única sorpresa Chico, lo mejor… Ajá, es que Julieta renunció a su puesto en el hospital y se va a quedar cuidándote… Ajá, mientras la preciosura de tu sobrino esté en el ejército”.

El anuncio de Celina fue recibido con aplausos, y marcó la pauta de alegría y jolgorio que caracterizó esa noche como inolvidable para quienes disfrutaron la exquisita comida, los vinos, el ron cubano auténtico, y los relatos de Godofredo, salpicados de anécdotas picantes y tragicómicas, sobre su experiencia en el Pacífico, como oficial de Infantería de Marina durante la Segunda Guerra Mundial, en donde había servido a órdenes del legendario General Douglas McArthur y participado en operaciones tan complejas como el desembarco en Guadalcanal en 1943 y la recuperación de las Filipinas, a partir de la batalla del golfo de Leyte en octubre del 44, en la cual Godofredo, con rango de Teniente, ganó una condecoración por su valor y fue ascendido a Capitán, comandante de una compañía que participó en los cruentos combates que culminaron en julio de 1945.

A media noche, encendieron las 60 velitas de una deliciosa torta que había llevado Julieta, le cantaron el Happy Birthday al emocionado Godofredo, de cuyos apagados ojos brotaron conmovidas lágrimas cuando palpó, tras desenvolver los paquetes con parsimoniosos movimientos, el inconfundible perfil de una pipa con boquilla curva que le obsequió Celina y de otra con boquilla recta que le regaló Julieta. Mientras acariciaba sus dos pipas, el viejo murmuró como para sus adentros: “Ésta es la señal”, permaneció un buen rato en silencio y finalmente tomando de la mano a Julieta dijo: “Acompáñame preciosa”; dio media vuelta y, guiado por su enfermera, anunció para todos: “Ya regreso, no tardamos”…

Pocos minutos después volvió la pareja y todos pudieron apreciar el hermoso cofre rectangular de madera, con guarniciones de plata, que sostenía en sus manos la enfermera. Godofredo y Julieta permanecieron de pie y aquél pidió a los otros cuatro convidados que se levantasen de sus sillas y formaran un círculo alrededor de la pequeña mesa de centro de la acogedora salita. Entonces, carraspeó para aclararse, golpeó tres veces el suelo con su bastón y, con el tono de voz solemne que emplearía un cacique para iniciar un ritual, anunció: “¡Hoy domingo 8 de noviembre de 1964, yo, Godofredo Ladrón de Guevara Misas, Caballero de la Orden de la Pipa y de la Faltriquera, en nombre de Dios y de Jorge de Capadocia, San Jorge, patrono de todas las caballerías del mundo, heredo mi pipa de reflexión y mi pipa de acción, con todos sus implementos, a mi sobrino Policarpo Ladrón de Guevara y Urrutia, a quien revelaré las tradiciones de nuestra orden, teniendo como testigos a los aquí presentes!”.

Según contó esa noche Godofredo, en 1942, el profesor Huber Collins, que había sido su maestro en la universidad y que para esa época, con casi setenta años de edad, lamentaba no tener la juventud de su discípulo para poder participar directamente en la guerra de los Estados Unidos contra las potencias del Eje, había organizado una reunión similar, con el propósito de celebrar el trigésimo aniversario de Godofredo y a la vez despedirle, pues en pocos días se embarcaría con destino a la guerra en el Pacífico. Lo que Godofredo pensaba hacer a continuación era iniciar a su sobrino Policarpo como Caballero de la Orden de la Pipa y de la Faltriquera, en la misma forma en que el profesor Collins le había iniciado a él.

El cofre era una preciosa pieza antigua que había pertenecido a la tatarabuela de Chana y había servido como joyero a las generaciones subsiguientes, hasta que Chana se lo dio a Godofredo para que lo vendiese junto con su joya más preciada: un collar de perlas por el cual le habían pagado a Godofredo el equivalente a 1500 dólares; el producto de esta venta fue suficiente para que Godofredo viajase y pudiese conservar el valioso cofre, por el cual llegaron a ofrecerle en New York, a finales de 1941, 3000 dólares en el elegante almacén de un anticuario en Manhattan. El perito reconoció la soberbia pieza como una muestra de la orfebrería árabe berebere de los moros en España y la situaba en el siglo XIII o XIV  d. C. En esa oportunidad, Godofredo estuvo tentado de vender el cofre para comprar un apartamento, pues tenía planes de casarse con Margareth y formar su propia familia; sin embargo, a los pocos días sucedió el ataque japonés a Pearl Harbor, Godofredo se alistó como voluntario y pospuso su boda, que finalmente se realizaría a comienzos de 1946. Dado que el apartamento fue adquirido con las pagas ahorradas durante el tiempo que estuvo Godofredo en el Pacífico, Margareth se opuso a la venta del cofre y, como hábil artesana que era, elaboró unos compartimentos con tabiques de madera forrados en un fino terciopelo, en los cuales quedaban perfectamente acomodadas las pipas y todos sus implementos: un tarro de picadura inglesa, un humidificador con tapa de madera y esponjilla, un atacador metálico unido a una pequeña argolla circular de la cual pendían un atizador y una delgada varilla para acomodar la picadura en la cazoleta, un juego de escobillones de fieltro, una faltriquera de badana, y un encendedor de oro, especial para pipa. Tal cual y en perfecto estado de conservación, recibió Policarpo la inesperada herencia de su tío.

Nombrando a Celina y a Julieta como madrinas y a Colitas y a su amiga de turno como testigos, Godofredo procedió a entregarle las pipas a Policarpo, al tiempo que le invitaba a seguir cuidadosamente los pasos que él iba ejecutando parsimoniosamente con cada una de las pipas que le habían regalado esa noche e iba dando indicaciones precisas hasta que su sobrino encendió la pipa curva… Casi al amanecer Colitas y su amiga se marcharon, el tío Godofredo conducido por Julieta se dirigió a su apartamento, y Policarpo recibió esa noche la pasión de Celina, que se esforzó para hacer de su despedida una experiencia inolvidable.
Leer más »

Gathacol.net