Policarpo. Capítulo – Dos

Por : kapizan
En : Capítulo - DOS, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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La sorpresiva llegada a este mundo del pequeño Policarpo con 45 días de anticipación se debió, indudablemente, a un desliz de Edelmira. Pero no la clase de desliz que maliciosamente supuso la muy chismosa Señora Santander, sino al hecho de que la joven embarazada pisó el jabón mientras se bañaba y cayó aparatosamente al piso… Dos horas después y como consecuencia inmediata del porrazo, el bebé pataleaba y chillaba cual endemoniado en la sala de partos de una modesta clínica del Barrio Chapinero. Reconocemos que aquello de “…hermoso niño de pelo castaño, ojos negros, mentón partido y diminuta pero claramente delineada nariz aguileña…”, es una mentira piadosa, más apropiada para las notas sociales de un periódico que para este relato, cuya pretensión no es otra que ajustarse a la verdad. Y la verdad, monda y lironda, es que como todo recién nacido, excepto para los ojos de sus progenitores, Policarpo era de un feo subido. Esa especie de mamífero bípedo implume, cuyo rostro durante la primera semana de vida semejaba un fríjol puesto en remojo, sufrió en seis meses una transformación favorable que lo dejó parecido a cualquier bebé de esa edad, gracias a los cuidados y los mimos de la abuela Chana que lo salvó de una muerte segura por inanición, pues los senos de Edelmira resultaron tan secos como llegarían a estarlo la cuenta bancaria y la de ahorros del sobreviviente, medio siglo después. La fórmula de la abuela era simple: tres cucharadas diarias de Emulsión de Scoott, reconocido y eficiente, pero detestable para muchos, brebaje del “hombre con el bacalao a cuestas en su etiqueta”.

Dicen los que saben, particularmente los sicólogos modernos, que la infancia y las condiciones que la rodean, así como los eventos especiales que en ella ocurran, son determinantes para formar la personalidad de cualquier adulto. La infancia de Polo fue feliz y estuvo rodeada de amor y mimos por parte de un sexteto femenino, encabezado por su abuela Chana y secundado por su mamá, sus tías monjas, especialmente Rosalía y las dos solteronas que volcaron en la criatura todo el caudal represado de su amor, incluido el maternal.
Gracias al hígado de bacalao cuchareado, en poco tiempo Policarpo se convirtió en un bebé rozagante, regordete y sonriente, pero común y corriente, que la visión exaltada de las seis mujeres percibía como un ángel escapado del cielo a quien se referían como: “el celestial”, “el seráfico” o según decía Fausta – la mayor de las tías monjas -: “Este muchachito, es la viva imagen del Niño Jesús de Praga” (para entonces, el Niño Jesús del 20 de Julio no había alcanzado la proyección internacional de su homólogo Checo).
Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que la característica predominante en la personalidad de Policarpo, la bondad, se formó entre las caricias de la abuela, los cuentos que le contaba su madre, la veneración un tanto melosa de las solteronas y el alegre revoloteo de los hábitos de las novicias contemporáneas de sus tías; porque si algo podemos decir de Policarpo, es que es un hombre exageradamente bueno, hasta el punto de que en muchas de sus acciones bordea los límites de la pendejada; sin atrevernos a decir por ello que nuestro personaje es un pendejo, como en múltiples oportunidades se lo han enrostrado su mamá, su hermana menor o como lo comentan, a espaldas suyas, algunos de sus amigos.

Edelmira no fue tan prolífica como su suegra, y su quinteto familiar se completó a un ritmo más lento y espaciado: al nacimiento de Policarpo siguió, en agosto de 1946, el de Bartolomé, a quien le sucedió, dos años después, Isabel, la única hija de la pareja. En ambos casos, los nombres también fueron asignados por la dupleta Chana-Egidio sin consultarle a Edelmira y, por supuesto, con base en el Bristol, a pesar de que nunca estuvo totalmente de acuerdo con el nombre de su primogénito, a quien hubiese preferido bautizar con el nombre de alguno de los galanes de las radionovelas que escuchaba diariamente como la única distracción que su condición económica le permitía; pero como era una mujer conciliadora y enemiga de la polémica, se resignó sin mayores aspavientos y se alegró de que los Santos, que según Chana la habían ayudado en los respectivos alumbramientos, llevasen unos nombres más normalitos que los de algunos de los hermanos de su marido, incluido el de este último, que en verdad nunca la había convencido del todo.

Reconstruir la infancia, la niñez y la preadolescencia de Policarpo es, poco más o menos, como intentar hacer una colcha de retazos con anécdotas dispersas que él nos ha contado y nos sirven como referencia para mostrar los rasgos determinantes de su personalidad y de la de su hermano, con quien sólo comparte la generosidad y la nobleza de corazón, pues en el resto de inclinaciones, dones, defectos y atributos, así como en el aspecto físico, no parecen ni siquiera prójimos. Sin embargo es importante puntualizar que, a pesar de sus diferencias, Bartolomé y Policarpo se aman entrañablemente y han sido siempre el uno apoyo del otro. Polo y Bartolo construyeron su amistad fraternal, compartiendo travesuras en las cuales el autor intelectual y material siempre era Bartolo, a quien el buen Polo seguía con la misma lealtad con que Robin sigue a Batman, para terminar siempre, por ser el mayor, asumiendo sin chistar la responsabilidad de los hechos y el correspondiente castigo. Desde entonces, Isabel creció convencida de que su hermano mayor, a pesar de que no tenía cara de, era un güevón.
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