Policarpo. Capítulo – Tres

Por : kapizan
En : Capítulo - TRES, Novelas, Policarpo Historia de Un Deudor Amoroso

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Los años vividos en Santa Isabel del Lago, fueron aprovechados por Polo y su prima Kareth para gozarse la infancia y la preadolescencia. Como eran los dos mayores, tenían más libertad que sus hermanos y pasaban todo el día juntos jugando en la casa deshabitada y aún sin terminar de Poncho, (cuyo noviazgo se iba prolongando en el tiempo, con la disculpa de que la casa todavía no tenía los lujos y las comodidades que merecía su futura esposa); o explorando el misterioso bosque de eucaliptos que rodeaba la pequeña laguna, en realidad un humedal, que la imaginación del Padre Llorente ofrecía como un lago.
Allí, en las ardientes y soleadas mañanas sabaneras, Policarpo y su prima, con esa ingenuidad y esa inocencia que poseen los niños, tuvieron en medio de la naturaleza sus primeros juegos sexuales de exploración, desprovistos de toda malicia y sin la posibilidad de interrupciones dañinas por parte de adultos que hubiesen ocasionado traumas en las mentes infantiles; a ello se debe que Policarpo haya tenido durante toda su vida una actitud limpia y desinhibida frente al sexo, como la llegó a tener su prima Kareth hasta que años después, influida por las monjas del colegio, suspendió los juegos anunciándole a su primo que “no podemos seguir jugando sin ropa porque eso es pecado”. Sin embargo, según cuenta Bartolo, un día su prima lo invitó, con una mirada maliciosa, a “jugar groserías”. Es evidente que la mentalidad de la niña respecto al sexo sólo cambió en la forma de percibirlo.

La urbanización cooperativa promovida por el Padre Llorente no presentaba, dos años después, la imagen de conjunto residencial con 30 viviendas, que el entusiasta clérigo les había hecho visualizar a sus primeros clientes; por el contrario, las únicas viviendas construidas eran las de los padres de Policarpo, la de la abuela Chana y las tías, la de Poncho y la de Dolores Murcia, una viuda flacuchenta, amargada y regañona que cuidaba todo el día dos enormes vacas lecheras, que llamaba “mis toa toas” y trataba con una ternura que no prodigaba a ninguno de los niños vecinos a los que pellizcaba, con o sin motivo, cada vez que los tenía al alcance de sus alargados y huesudos brazos.
A pesar del aspecto poco próspero del proyecto habitacional, el incansable curita continuaba promoviendo su paraíso, equipado con su maletín de contratos, al cual había agregado unas fotografías de las cuatro viviendas para vender la ilusión a desprevenidos compradores potenciales. Años después Egidio le comentaría a Policarpo, que desde entonces abrigaba la sospecha de que algo turbio se traía entre manos su antiguo compañero de sotana.

Santa Isabel del Lago limitaba en dos de sus costados con sendos barrios obreros, que solían recorrer Policarpo y Kareth para comprar golosinas baratas en las tiendas y para jugar con niños de su edad, cuya pobre apariencia hubiese escandalizado a personas como la tía Rosalba y la fallecida abuela Concepción. La interacción con estos niños, a quienes siempre vio como iguales, fue una de las principales causas de la actitud que ha mantenido Polo respecto a sus semejantes, obrando siempre sin tomar en cuenta los símbolos externos con los cuales la sociedad discrimina a los seres humanos, agudiza las divisiones, genera resentimientos y dificulta la convivencia pacífica. Así pues, “Piolín” y “Chupeta”, los hijos de una viuda campesina que vendía fritanga; las hermanas González: Cristina, Mercedes, Cecilia y Carmen, hijas de un zapatero remendón, cuyo hermano mayor llegaría a ser un conocido actor de televisión; y Carmelita Rojas, hija de padre desconocido y una prostituta de tercera categoría; llegarían a ser los amigos de los descendientes de Belarmino y Chana, Concepción y Celestino… por supuesto, después del descenso en la caprichosa escala social que les impuso el destino.
La posición personal de Policarpo respecto al dinero, seguramente tiene su origen en “la caja de la abuelita Chana” y puede expresarse con algunas frases que acostumbra pronunciar con frecuencia: “Jamás he conocido un problema de dinero… siempre es un problema de ideas”; “la única función del dinero es no necesitarse”; “la plata no es buena, lo bueno es lo que dan por ella”, y otras de cuño parecido. En el interior del inmenso armario de la abuela, protegida como un sagrario por las imágenes de seis o siete Santos, Chana mantenía una vieja caja de madera de tabacos habanos (los preferidos de Belarmino), cuyo contenido brillaba ante los ojos de su nieto, como el baúl del tesoro de un pirata, pues se mantenía repleto de monedas mezcladas con billetes de baja denominación, normalmente un peso o cincuenta centavos. A este “tesoro”, aparte de su propietaria, el único privilegiado que tenía acceso era su nieto preferido. Cada vez que a Polo se le antojaba ir al barrio vecino a comprar golosinas, se limitaba a decirle a su abuelita, con voz melindrosa y mirada que a la vieja le parecía angelical: “Abuelita, yo te quiero mucho… ¿Me das plata para ir a la tienda?”, a lo cual siempre Chana respondía: “Claro que sí mi muchachito, abrí la cajita y sacá la que necesités, pero dejáme alguito”; por supuesto, el mocoso sacaba en cada oportunidad dinero suficiente para comprar golosinas, no sólo para él, sino para todos sus amiguitos. Cuando Polo nos contó lo que hacía con el dinero extraído de la caja de la abuela, encontramos allí el origen de su generosidad.
Hoy en día, “la caja de la abuelita”, que por supuesto heredó nuestro deudor amoroso, se conserva repleta de letras de cambio, tarjetas de la “Banca Lombarda” (de la cual hablaremos a su debido tiempo), y tres o cuatro cuadernos cuadriculados en los cuales anota las exhaustivas listas de sus acreedores. En la actualidad, y con el agua al cuello, Policarpo sostiene que el espíritu de su abuela Chana desde el cielo y la tía Rosalía en la tierra, velan permanentemente por su complejo sistema financiero; pues la abuela le da las ideas y en múltiples ocasiones la tía le proporciona el dinero. “Filosóficamente” hablando, la frase favorita de Policarpo, tomada de Don Simeón Torrente el inolvidable personaje de Salom Becerra, “debo luego existo”, se ha convertido para él en una profunda máxima.
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