Policarpo. Historia de un Deudor Amoroso – Prefacio

Por : kapizan
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“El dinero es el excremento del diablo
Pero resulta excelente para abonar
Las buenas obras en nombre del Señor”.
Párroco Anónimo

“No podemos decir a los acreedores que nos perdonen,
como perdonamos nosotros a nuestros deudores,
Porque un acreedor no es perfecto
Como nuestro Padre que está en los cielos”.
Miguel de Unamuno


En el año 171 de publicación continua del pintoresco almanaque de Bristol (2003, para las personas poco interesadas en las fases de la luna o en el Santoral), el martes 10 de septiembre, a las cuatro de la tarde para ser exactos, Policarpo se sirvió la vigésima taza de café negro del día, encendió su trigésimo cigarrillo y se arrellanó en el sillón de su estudio, dispuesto a despachar la poco agradable tarea de elaborar la lista de todos sus acreedores, a quienes esperaba calmar al día siguiente con la distribución, hasta el último centavo, de su mesada pensional: 1.771 dólares exactos. Cantidad que al tipo de cambio de la fecha (2990 pesos colombianos por dólar) representaba 5.295.290 pesos, ingreso que muchos asalariados envidiaban, pero que para Policarpo estaba siendo cada vez más insuficiente. Cuando iba por mitad de la lista, que elaboraba en un cuaderno cuadriculado, le interrumpió Luz Angélica, su esposa, para anunciarle mientras le entregaba el teléfono inalámbrico: “Polo, te llama Olga del Banco Nacional, dice que es muy urgente…”

El que la llamada fuese de carácter urgente preocupó a Policarpo, y su preocupación se aproximó al pánico cuando la voz sensual de la funcionaria se dirigió a él, con el tono que suelen emplear las maestras escolares para reprender a sus estudiantes, llamándolo, por primera vez en varios años, por su apellido, en vez de llamarlo don Policarpo como acostumbraba hacerlo regular y amablemente.

Con un nudo en la garganta y una extraña sensación en el estómago, el pobre hombre escuchó las palabras burlonas y despectivas de Olga que lo pusieron en guardia pues, aún después de colgar, retumbaban en sus oídos: “Señor Ladrón de Guevara, lamento notificarle que su cuenta ha sido castigada y por eso no podremos efectuar la transacción en dólares con su cheque, pues la auditoria interna y las regulaciones del banco lo imposibilitan a usted como sujeto de crédito o como sujeto comercial…En este momento usted, como codeudor del Señor Gustavo Salcedo, tiene una obligación pendiente con el banco por ocho millones quinientos treinta mil pesos…”.

Como dicen que les pasa a quienes han tenido una experiencia en el umbral de la muerte y han cruzado el túnel hasta llegar a la luz para efectuar un recuento instantáneo de sus vidas antes de retornar, en la mayoría de los casos a regañadientes, con el propósito de concluir su ciclo vital en este valle de lágrimas, la azarosa relación de Policarpo con el dinero, y con las deudas, se proyectó en su mente con la nitidez de una película grabada en el más sofisticado equipo de DVD.

Después de la “película”, el acosado deudor pensó que lo mejor para calmarse sería encender su pipa curva “de reflexión”; para el efecto, inició el ritual de pasar un escobillón a lo largo de la boquilla para limpiarla, raspar la bien curada cazoleta con la patinada cucharilla del atacador, y quitar la tapa de madera, con esponjilla en el centro, del humidificador de porcelana inglesa que había pertenecido a su tío Godofredo y guardaba en un cofre que también había heredado del viejo… Para comprobar, con cierta amargura, que en el fondo sólo quedaba un ripio de picadura reseca y sin aroma, que no alcanzaría para una tacada de su cachimba. Sin más opción, terminó recurriendo a otra taza doble de café negro y a un cigarrillo adicional… “Ya vendrán tiempos mejores – pensó con optimismo -, y podré darme otra vez el lujo de comprarme un buen tarro de picadura fina… por ahora, hay otras prioridades”.

Superado el impacto inicial, después de tres o cuatro procacidades justificadas y con la mente un tanto más serena, consultó su inseparable Bristol, verificó que esa noche sería plenilunio (tiempo propicio para la reflexión), se encomendó a San Nicolás de Tolentino siguiendo la pía costumbre, inculcada por su abuela, de invocar en todo trance la protección del Santo del día, cuya lista también aparecía en el Bristol, y se dijo mentalmente algo que aprendió en la conferencia televisiva de un gurú oriental y repetía con frecuencia: “Toda situación, por adversa y terrible que parezca, tiene escondido un bien oculto”. Leer más »

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