Punto de Quiebre – Capítulo XIX

Por : kapizan
En : Capítulo XIX - Del manuscrito de Aníbal Argüello, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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DEL MANUSCRITO DE ANÍBAL ARGÜELLO

FRAGMENTOS

1987

[...] El 7 de agosto, con la participación de los presidentes Oscar Arias de Costa Rica, José Napoleón Duarte de el Salvador, Vinicio Cerezo de Guatemala, José Simón Ascona de Honduras y Daniel Ortega de Nicaragua, culminó el proceso iniciado el año anterior en Esquipulas para retornar a la paz en Centroamérica. Los cinco mandatarios, reunidos en la misma localidad guatemalteca, firmaron un acuerdo mediante el cual se comprometieron a establecer un alto al fuego, amnistiar a los presos políticos, democratizar a sus respectivos países, no conceder apoyo a fuerzas irregulares o movimientos insurreccionales, y a no usar su territorio para agredir a otros estados [...] El acuerdo de Esquipulas, es un primer gran paso hacia la solución negociada a los conflictos en Nicaragua, El Salvador y Guatemala; y tiene valor en cuanto expresa la voluntad política de los actuales gobernantes para detener el baño de sangre de los últimos años en la región[...] los acercamientos entre las partes para definir un mecanismo de negociación, tomarán algún tiempo, pero resulta claro que el movimiento político va en la dirección correcta[...] aquí debo reconocer que después de ocho años de lucha, sin que se vislumbre la posibilidad de un triunfo militar sobre los sandinistas, me incluyo en el grupo de quienes habiendo apoyado en los últimos años a la contra, creemos que llegó la hora de resolver este conflicto en la mesa de dialogo, con concesiones de ambas partes, en aras de alcanzar la paz que el sufrido pueblo nicaragüense se merece y necesita cuanto antes.

[...] El affaire conocido como Irangate, que salió a la luz a finales de 1986, no alcanzó a frenar el apoyo económico a la contra sino hasta mediados de este año; por ello, en los primeros seis meses la RN (Resistencia Nicaragüense, nuevo nombre adoptado por las fuerzas insurgentes), obtuvo, gracias al cuantioso suministro de municiones y pertrechos algunos triunfos significativos que llevaron a los sandinistas al convencimiento de que debían buscar la ruta de las negociaciones [...] Sin lugar a dudas esta guerra se encuentra empantanada y esa sensación es compartida por ambos bandos.

[...] El 14 de octubre y cómo un reconocimiento a sus esfuerzos políticos y diplomáticos para normalizar la conflictiva situación centroamericana, el presidente de Costa Rica Oscar Arias, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz [...]

1988

[...] Si 1978, pasó a la historia como el año del “Punto de Quiebre” por haber marcado el comienzo del fin de la dictadura de Somoza; una década más tarde, 1988 será recordado como el año de la reconciliación entre los nicaragüenses, toda vez que en marzo en Sapoá, se firmó, entre Humberto Ortega, en representación de los sandinistas, y Adolfo Calero, a nombre de la contra, un acuerdo de cese al fuego que dio comienzo, en firme, a un proceso de paz definitivo, dentro del marco de los acuerdos de Esquipulas y con la posibilidad de convocar a elecciones presidenciales.[...] curiosamente, pocos días antes de la reunión de las dos partes en Sapoá, hubo un inusitado despliegue de más de 3000 soldados de la división 82 de infantería en la frontera de Honduras con Nicaragua. Esta fuerza acudió para repeler una supuesta invasión de tropas sandinista; sin embargo, no fue más que una persecución en caliente de una patrulla sandinista a una de la contra que regresaba a su base. Según los medios de comunicación, se trató de una “cortina de humo”, para distraer a la opinión pública, pues ese mismo día se daban a conocer los procesos contra altos funcionarios de la administración Reagan por cuenta del escándalo Irangate. [...] A mí me parece que esta demostración de fuerza, que fue vista por muchos como el preámbulo de una invasión norteamericana a Nicaragua, buscaba un efecto disuasivo en los sandinistas al momento de negociar [...] Terminando el año, todo pareciera indicar que está próxima a concluir una sangrienta y absurda guerra civil que ha causado cerca de cincuenta mil muertos en ambos bandos; ha dejado exhausta la economía nacional; y ha causado profundas divisiones en la mayoría de las familias nicaragüenses.[...]

1989

[...] A mediados de diciembre, mientras la campaña electoral en Nicaragua avanzaba sin mayores contratiempos y según lo acordado en la mesa de negociaciones, se produjo una invasión norteamericana a Panamá. El presidente George Bush, sucesor de Ronald Reagan en la Casa Blanca, culminó su primer año de gobierno ordenando el envío de 26000 soldados de élite en la operación “Justa Causa”, que tenía como único objetivo capturar y trasladar a Estados Unidos al general Manuel Antonio Noriega, dictador panameño y jefe de sus fuerzas armadas, para que fuese juzgado por delitos relacionados con el narcotráfico. [...] dada la superioridad aplastante de la fuerza invasora, la operación, que dejó un total aproximado de 3000 muertos entre civiles y militares, duró pocos días. Noriega que inicialmente logró refugiarse en La Nunciatura Apostólica, terminó por entregarse y fue trasladado a los Estados Unidos para ser juzgado.

1990

[...] El 25 de febrero, con el triunfo indiscutible de Violeta Barrios de Chamorro en las elecciones presidenciales, los sandinistas hicieron una ejemplar demostración democrática al realizar unas elecciones limpias, vigiladas por la comunidad internacional, y reconocer, con pragmática resignación (¿ temor a una invasión?), la derrota infligida por la UNO (Unión Nacional Opositora) en una histórica jornada que marca un nuevo derrotero a la Nicaragua posterior a la revolución antisomocista, con los sandinistas en la oposición y relevados en los principales puestos de poder político.

Punto de Quiebre – Capítulo XVIII

Por : kapizan
En : Capítulo XVIII - La Red, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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LA RED

Centro América, junio de 1986

Con el paso de los años y a medida que el problema centroamericano se agudizaba, la tarea encomendada a Nando por su amigo el mayor Alexander Jefferson había sufrido una transformación significativa: de redactar acertados reportes analíticos sobre la situación política en los últimos años de la dictadura somocista, el profesor Jaramillo había pasado a reclutar, organizar y dirigir una red de inteligencia con ramificaciones en Nicaragua, Guatemala y El Salvador. Su contacto continuaba siendo Jefferson, recién retirado del ejército con el rango de teniente coronel, pero contratado como asesor de inteligencia por el poderoso Oliver North, hombre de confianza del presidente Reagan y encargado de las operaciones clandestinas de apoyo a la contrarrevolución nicaragüense.
Dado que su fachada como académico de INCAE era real, a Nando le implicaba un enorme esfuerzo llevar esa doble vida y se las apañaba contando con la colaboración de Lorena quien decepcionada, como muchos de los antiguos sandinistas, por el rumbo que estaba tomando la revolución en manos de los nueve comandantes, apoyaba con entusiasmo a Nando y manejaba, con mucha habilidad, a un pequeño grupo de informantes que habían logrado reclutar entre funcionarios de nivel medio en el Ministerio del Interior, el Ejército y el Banco Central.
El prestigio del profesor incaísta que enviaba sus reportes bajo el nombre clave de “Tayacán”, había crecido entre los oficiales de inteligencia del pentágono, de la CIA y, en particular ante los ojos de Oliver North, por su idoneidad como fuente y por la veracidad de sus informes. En la terminología usual en los servicios secretos, cada dato de Tayacán solía clasificarse como A1 (en una escala ascendente de la A hasta la F siendo A lo óptimo en términos de idoneidad de la fuente; y 1 en términos de veracidad del informe, en una escala de 1 a 6, equivalente a “todos sus informes han sido comprobados como verídicos”).

Por las características del conflicto centroamericano, Nando había organizado su red con una base de operaciones en Managua y otra en San Salvador. Hábilmente, había cultivado la amistad de Sergio Mendoza, el médico sandinista que había operado de urgencia a Maribel en su residencia cercana a INCAE. Con el tiempo, Nando se enteró de que Sergio era amigo personal de Aníbal Argüello, a quien había acompañado en su evacuación a Miami después del infarto sufrido por éste en 1978. Gracias a su amistad con el cardiólogo sandinista, que lo suponía políticamente afín al gobierno revolucionario, había logrado desenvolverse en los altos círculos del FSLN cuyos miembros lo consideraban un aliado, y conocer de primera mano información muy valiosa para sus reportes de inteligencia a Washington.
El elemento más útil de la red en Nicaragua era Elías Pichardo, un antiguo combatiente sandinista que había sido integrante del grupo de Vigorón y compañero de Lorena, en los últimos años de la lucha antisomocista. Después del triunfo, Pichardo había ingresado al Ejército Sandinista y en 1983, año en que fue reclutado por la rubia, ocupaba un cargo importante en el departamento de operaciones militares con el rango de coronel. La principal motivación de Pichardo era el dinero. Su intención era acumular el suficiente para largarse de Nicaragua y establecerse con algún negocio independiente en Panamá o Costa Rica. La circunstancia de que Lorena y él hubiesen compartido el lecho en varias oportunidades durante su época de combatientes, había facilitado las cosas desde el principio; la atracción física entre ambos subsistía e incluso, gracias a la libertad mutua que se permitían Lorena y Nando en su relación, los encuentros de ella con Pichardo iban, casi siempre, acompañados de una experiencia erótica. Así pues, las necesidades de información de la red en Nicaragua eran suplidas en parte por la mezcla de amorío y dinero en el caso de Pichardo; y en parte por la ingenua colaboración del doctor Mendoza.
La CIA había mantenido desde 1982, en San Salvador, a una informante muy eficaz. Se trataba de Cecilia Bárcenas, joven nicaragüense viuda de un coronel del ejército salvadoreño que había muerto asesinado por la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).Tras la muerte de su esposo, Cecilia adquirió una casa en San Salvador, en la que se instaló con Simón su único hijo de 6 años, y montó una agencia de cambios de moneda.
Cuando Nando recibió, a principios de 1983, instrucciones de consolidar una red en Centroamérica, su amigo Alexander lo puso en contacto con Cecilia para que fuese la encargada de manejar, a través de la agencia de cambios, los recursos financieros que Washington remitía para cubrir los gastos de operación. La motivación de la joven era quizá la más poderosa: el odio. Detestaba a los guerrilleros salvadoreños verdugos de su esposo con la misma intensidad con que odiaba a los sandinistas que habían obligado a su familia paterna a emigrar a los Estados Unidos, después de que sus bienes fueron confiscados por el gobierno comunista de su país natal.

***

San Salvador, viernes 7 de noviembre de 1986

Simón, el hijo de Cecilia Bárcenas, que ese mes cumpliría 10 años, llegó a su casa después del colegio, muy contento pues desde ese día se iniciaban las vacaciones escolares de final de año, sus calificaciones habían sido excelentes y sería promovido al primer curso de secundaria. Estaba seguro de que con esos resultados, su mamá lo premiaría enviándolo a visitar a sus abuelos en Orlando. La mente infantil anticipaba el gozo de una nueva visita con el abuelo a Disney World e imaginaba la cara de satisfacción de su madre cuando viese la libreta con sus magníficas calificaciones; cuando se disponía a golpear el aldabón de la gruesa portada, se percató de que ésta, contrariando las medidas habituales de seguridad vigentes desde el asesinato de su padre, se encontraba entreabierta.
El silencio en que estaba sumida la vivienda y un desagradable olor acre que descendía del segundo piso, donde su mamá tenía la oficina, hicieron pensar al chico que algo extraño sucedía. Llamándola a gritos subió precipitadamente la escalera para encontrarse con una escena macabra: tendidas en la alfombra, en medio de un enorme charco de sangre, con las manos atadas a la espalda, y con el cuerpo acribillado por ráfagas de subametralladora cuya señal cruzaba los rostros y los torsos, yacían su mamá, Josefina, su asistente en el negocio de divisas y Domitila, la empleada doméstica.
El ajusticiamiento de las tres mujeres había sido efectuado por un comando urbano del FMLN alertado por su aliado, el servicio de inteligencia sandinista, sobre las actividades de espionaje de la viuda del coronel del ejército salvadoreño. Estas eran las primeras “acciones de combate” que resultaban del acucioso seguimiento físico y electrónico que los hombres del comandante Martínez habían estado realizando durante varios meses al profesor Jaramillo y a su hermosa compañera. “Los compas salvadoreños no se andan con babosadas”, fue el comentario que Martínez hizo cuando, ese mismo día, se enteró de la acción ejecutada por el comando guerrillero con base en sus informes. Después, dirigiéndose a Benavides, el subalterno que tenía a su cargo el caso del académico y la rubia, le dijo:

― Compañero, necesito que eliminés a Jaramillo y a la Chela. Esa pareja debe ser neutralizada cuanto antes; pero tiene que ser un trabajo muy bien hecho. Debe parecer un accidente pues no quiero complicaciones diplomáticas. Si hasta el momento lo has estado siguiendo a casi todas partes, es hora de que comencés a respirarle en la nuca.

― Despreocúpese comandante ― dijo Benavides con aires de suficiencia ―, que yo ya tengo el esbozo de un plan para acabar con esa pareja. Los tengo perfectamente calibrados en sus rutinas y lo más seguro para garantizar el éxito y que parezca accidental, es darles el golpe un Domingo. Desde que los estamos siguiendo, siempre hacen lo mismo todos los domingos: salen de la casa a las once de la mañana; bajan por la carretera sur en un jeep descarpado, de esos que se utilizan en las competencias de cross country, hasta el restaurante Los Ranchos; ahí almuerzan y como a las dos de la tarde regresan por la carretera sur hasta el kilómetro 9 y por allí se desvían, unas dos horas a campo traviesa, hasta salir al otro lado en la carretera a León, desde donde se van para el club Náutico Jiloa; se bañan en la laguna y permanecen en el club hasta el anochecer; después regresan a su casa. Por otro lado, logramos averiguar que hace dos años compraron y adaptaron el Jeep y que desde esa época se afiliaron a un club muy burgués de aficionados al cross country. Sabemos también que se están preparando para una competencia en Panamá.

― Veo que estás más preparado de lo que yo suponía, compañero ―. Comentó complacido el comandante Martínez al tiempo que palmeaba la espalda de su subalterno y le ordenaba ―: explicáme en pocas palabras cual es tu plan.

Cinco minutos le tomó a Benavides exponer la simplicidad de su plan, que le gustó a Martínez y dio su aprobación. Sólo restaba que el profesor y su mujer repitieran su rutina el próximo domingo y su descanso temporal pasaría a ser eterno, por causa de un inesperado “accidente” de tránsito orquestado por las fuerzas de la revolución sandinista que se habían atrevido a atacar.

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Miami, viernes 7 de noviembre de 1986

― El ruido que está haciendo la prensa gringa respecto al desvío de fondos para la contra, provenientes de la venta de armas a Irán, tiene en serios problemas a Oliver North ― comentó Aníbal en tono de preocupación. Después, volviéndose hacia Misael, le preguntó ―: ¿vos que sabés de eso?
― El coronel Stanton cree que este escándalo estalló en el peor momento y puede repercutir en una suspensión de la ayuda económica a la contra ―. Respondió el colombiano.
― Si eso sucede ― terció Nando ―, se empiezan a equilibrar las cargas pues a los sandinistas ya les hicieron saber que la ayuda militar soviética a la revolución está próxima a ser suspendida. Las cosas están cambiando en la Unión Soviética con Gorbachov en el poder. Dicho de otra manera ― complementó el profesor ―, sin apoyo de las potencias, a los dos bandos no les queda otra opción que resolver el conflicto en el marco de Esquipulas y el Plan Arias, con apoyo del Grupo de Contadora 2 .

En ese momento, entró Ninfa a la biblioteca empujando un carrito con café y licores, seguida de Maribel, María José y Roberto; pocos minutos más tarde se les unió Marietta. Con los recién llegados continuó la tertulia, sin perder su carácter de análisis político, hasta más allá de la media noche. Para el final, flotaba en el ambiente un consenso: La única salida a la guerra civil nicaragüense, dadas las circunstancias actuales, era la vía negociada. Incluso Marietta, en medio de su anticomunismo recalcitrante, aceptaba que por las armas sería imposible derrocar a los sandinistas.

A raíz del retorno de Maribel a la casa paterna después de la crisis en Tegucigalpa, Misael había tomado como costumbre viajar a Miami cada dos meses a pasar el fin de semana en casa de su novia. Antes de cada viaje, coordinaba un encuentro allí con su primo Nando a quién le gustaba escuchar las apreciaciones sobre la situación del conflicto, tanto de su pariente como de Aníbal, para enriquecer los reportes de análisis político que periódicamente enviaba a Washington.
El amor de Misael había sido, en opinión de Aníbal, la principal motivación de Maribel para superar la crisis. A la vista de todos resultaba evidente que, dos años y medio después del episodio, la muchacha había logrado una sorprendente sanación mental. Ante los hechos, el empresario no dudaba en reconocer y agradecer al colombiano su aporte al proceso de recuperación de su hija. Por eso, cuando éste le manifestó su intención de casarse con Maribel, se alegró muchísimo y le ofreció un cargo ejecutivo como director de seguridad en la cada vez más próspera cadena de almacenes Argüello en la Florida.
Esa noche especularon respecto a lo que sucedería, en caso de que el apoyo de la CIA a la contra se suspendiera por cuenta del escándalo en que se encontraba involucrado Oliver North. Los efectos del affaire Irangate, bautizado así por los periodistas en clara alusión al famoso caso Watergate que una década antes había costado la presidencia a Richard Nixon, eran imprevisibles. Resultaba entonces lógico pensar, que las actividades de Misael como asesor militar de la contra y de Nando como director de la red de inteligencia podrían estar próximas a ser suspendidas por falta de recursos. Terminada la tertulia, Nando, que regresaba al medio día del sábado a Managua, le pidió a Misael que le acompañara un rato más para evaluar la situación particular de ellos dos ante un eventual recorte económico para las actividades de la contra.
Muy pronto los dos primos llegaron al convencimiento de que, tras varios años de actividades riesgosas, ya era hora de retirarse y buscar, no solo el fortalecimiento en sus relaciones de pareja teniendo hijos y creando familia, sino el equilibrio emocional, dedicándose a labores normales como la docencia y la consultoría, en el caso del primero; o el empleo como ejecutivo, en el caso del segundo.
Nando comentó el giro radical que había dado Braulio a su vida en el último año y le contó a su primo los detalles de una oferta de su ex – cuñado para que se fuera a trabajar con él en Ecuador. Para Nando la propuesta era muy atractiva y estaba considerando seriamente la decisión de aceptarla, a partir del año siguiente, independientemente de lo que sucediera con la red.
En septiembre de 1985, el padre de Braulio había fallecido y de la noche a la mañana éste y su hermana Ofelia, habían quedado millonarios y propietarios del Banco de Sucre, una de las instituciones financieras más sólida y prestigiosa del Ecuador. Ofelia que prefirió seguir su vida en Boston al lado de su madre, le dio un poder a su hermano para que administrase sus acciones en el banco cuya presidencia, en Quito, asumió Braulio después de renunciar a su trabajo en INCAE. El ecuatoriano estaba convencido de poder hacer un excelente equipo con Nando que aportaría su experiencia y conocimiento en el área de finanzas, en tanto que él lo haría en el ámbito del mercadeo; concretamente, le estaba pidiendo que asumiese la vicepresidencia del banco y se convirtiese en su segundo de a bordo. Nando había quedado en viajar a Quito, en febrero del 87 para darle una respuesta y asistir a la inauguración de “Cambalache”, un club nocturno especializado en tango y milonga, que volvían a estar de moda en América Latina. En este proyecto se había asociado con Juanito, que montaría un negocio similar en Venezuela; y con una pareja de uruguayos que lo establecerían en Colombia.

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Managua, domingo 9 de noviembre de 1986

Durante el desayuno, Nando le comentó a Lorena los temores expresados por sus amigos en Miami, sobre la posibilidad de que el gobierno americano se viese forzado a suspender la ayuda económica a la contra y los fondos para el mantenimiento de la red, como una consecuencia directa del affaire Irangate; compartió con ella la charla que había sostenido con su primo y la intención que ambos tenían de abandonar las actividades que implicaban riesgo, como el manejo de la red en su caso, y la asesoría militar a la contra en el de Misael; Lorena apoyó decididamente la idea de aceptar la propuesta de Braulio y radicarse en el Ecuador, pues la entusiasmaba mucho la posibilidad de trabajar con Adriana en su nuevo proyecto, sobre el cual le había escrito recientemente dándole detalles.

Alrededor de las once de la mañana Nando recibió una llamada que terminaría por acelerar el proceso de retirada que había discutido con su primo en Miami. Era Basilio, el principal agente reclutado por Cecilia Bárcenas, quién con voz alterada por la emoción y el miedo, le informó sobre la forma brutal en que ella y sus dos empleadas habían sido asesinadas por una célula urbana del FMLN, según habían logrado deducir las autoridades, por el modus operandi y el calibre de las balas. Él y otros dos miembros de la red habían logrado huir hacia Belice.
Ante este hecho, una sola cosa quedaba clara: la red había sido descubierta y todos sus integrantes estaban en serio peligro de ser capturados o eliminados.
Esa misma noche, tras cargar lo indispensable en el Audi y en el Jeep, Nando y Lorena huyeron del país cruzando la frontera con Costa Rica. Nunca supieron lo cerca que habían estado de sufrir un atentado, que no se dio simplemente porque la llamada de Basilio les había hecho cambiar la rutina de almorzar en los Ranchos, como lo habían hecho todos los domingos durante los dos últimos años. Antes de partir llamaron a Efrén quien llevaba un año viviendo en un apartamento alquilado que pensaba amoblar antes de casarse con Xiomara ― los padres de la joven habían accedido al matrimonio de la pareja cuando el embarazo de ella se hizo inocultable ―, y le obsequiaron los muebles y otros enseres, que resultaba imposible llevar en su improvisado escape. Nunca supieron que la red había sido descubierta por cuenta de la ayuda que Efrén, en medio de su ciego fanatismo, le proporcionó al comandante Martínez. A la misma hora en que el profesor y la Chela cruzaban la frontera sur, Pichardo, advertido por Lorena, hacía lo propio en la frontera con Honduras.

2 Nota del Autor: En mayo de 1986, los presidentes centroamericanos reunidos en Esquipulas (Guatemala) por iniciativa del presidente de Costa Rica, Oscar Arias, firmaron un acuerdo en el cual “ Coinciden en que la mejor instancia política con que Centroamérica cuenta hasta ahora para alcanzar la paz y la democracia y reducir las tensiones que se han generado en los países, es el proceso de Contadora creado gracias al esfuerzo de algunos países latinoamericanos reconocidos por la comunidad internacional”.

Punto de Quiebre – Capítulo XVII

Por : kapizan
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EFRÉN GARCÍA

Miami, jueves 6 de diciembre de 1985

― Lo que pasa papá ― dijo Efrén a través del aparato telefónico en un tono y con un gesto tan despectivos que asustaron a Elizabeth, testigo impotente de la agria disputa entre Reinaldo, desde París, y su hijo en la mansión que compartían en Miami ―, es que te convertiste en un patético cubano gusano que no sólo niega la legitimidad de los sandinistas, sino que está aliado con los asesinos de la contra. ¡Tu imperialismo mendicante apesta! Tu ceguera política y tu estupidez…
― ¡A mí me respetas culicagado!― Rugió enfurecido Reinaldo y en tono de resolución inapelable agregó ―: me niego a entregarte un solo centavo hasta que cumplas 25 años. Fue la decisión de tu madre y yo soy el fideicomisario. Después ― agregó con entonación igualmente despectiva ―, puedes regalarle toda tu herencia a esos piricuacos de mierda, que para entonces ya estarán derrocados. La otra semana, después de que cumplas la mayoría de edad, puedes largarte a vivir de tu ingenuo “sandicomunismo” pero ni sueñes que apoyaré esa imbecilidad ― Sin despedirse de su único hijo, Reinaldo tiró el teléfono y se sirvió un vodka doble para calmar la ira consumiendo, paradójicamente, un trago típicamente “ruso-comunista”.

Cuando Reinaldo y Elizabeth se casaron en la primavera de 1979, Efrén, para entonces un niño de 12 años, se fue a vivir con la pareja. Desde el primer momento, el muchacho se encariñó con su madrastra, cuya belleza, amabilidad, ternura y tacto para manejar el rol de madre sustituta, le hicieron vivir, por primera vez, la experiencia de pertenecer a una familia normal, armónica y feliz. La relación entre padre e hijo, se deterioró desde la locura del adolescente al engañar a todos y volarse para Nicaragua como alfabetizador. Cuando el chico regresó, Elizabeth logró que le contara su aventura y le hiciese guardar el secreto: allí, en las montañas de Nueva Segovia, conoció a Xiomara Martínez, una adolescente de su misma edad, hija de un tal comandante Martínez del Ejército Sandinista, y con ella había conocido las mieles del amor apasionado, soñador, aventurero y rebelde de los primeros años juveniles. En el fondo del alma adolescente, y Elizabeth acertadamente lo intuía, el motor del deseo del muchacho era el amor, encubierto por una comprensible ingenuidad política y adornado por una retórica aprendida de memoria durante su experiencia en Nicaragua y mantenida actualizada con las extensas cartas de Xiomara, perfecta mezcla de consignas sandinistas y cursilería amorosa, que el apasionado e impulsivo Efrén devoraba y aprendía de memoria mientras esperaba, cada día más impaciente, su emancipación de la tutela paterna.

Preocupada por la actitud intransigente de ambos, Elizabeth sostuvo una larga conversación con Efrén y se comprometió a apoyarlo con sus propios recursos para que viajara a visitar a su novia en Managua; es más, esa misma noche, sin que el joven se enterara, habló con su hermano Nando, quién se comprometió a recibir como huésped al hijastro de su hermana.
Al día siguiente, Elizabeth viajaba a Francia para firmar contrato con una prestigiosa galería francesa y ultimar los detalles de una exposición de su obra programada para la primavera; el viaje se había adelantado una semana por iniciativa de su esposo que quería rendirle un homenaje al doctor Víctor Calero Reyes, embajador de Colombia en Francia, que regresaba a su país para asumir un ministerio. El diplomático era un admirador de la obra de Elizabeth y había comprado dos telas en una exposición parisina de la artista, a comienzos del verano de 1984. Desde entonces, Reinaldo y Víctor habían cultivado una excelente amistad a partir de sus afinidades políticas y deportivas: todas las mañanas, cuando el cubano permanecía en París, jugaban una partida de tenis y pasaban horas enteras analizando la situación política de América Latina en el contexto de la guerra fría. La idea de Reinaldo era organizar un cóctel de despedida para su amigo colombiano y obsequiarle uno de los cuadros de su esposa. El evento se realizaría en la galería de arte y serviría además para promover la próxima exposición de Elizabeth.

Mientras su hijastro la llevaba al aeropuerto, convencida de tener argumentos válidos para ablandar la posición de Reinaldo, le prometió a Efrén que regresaría con su padre para que celebraran su cumpleaños, unidos y felices como en los viejos tiempos. Su regalo serían los pasajes a Nicaragua y mil dólares para sus gastos, pues el hospedaje sería en casa de Nando.

***

Ciudad de Panamá, sábado 8 de diciembre de 1985

A media mañana de ese sábado, el comandante Martínez abrió los ojos y, al ritmo que se lo permitían las brumas rezagadas del alcohol y la droga consumidas en la orgiástica noche anterior, fue haciendo composición de tiempo modo y lugar: se encontraba en Panamá, como huésped de fin de semana, en la mansión que el general Noriega había puesto a entera disposición de Pablo Escobar Gaviria y los principales capos del cartel de Medellín, desde que a mediados de 1984, el peligroso narcotraficante, asediado por el gobierno colombiano tras el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla ― incorruptible ministro de Justicia en el gobierno de Belisario Betancourt ―, había pedido apoyo a su compinche, el folclórico dictador panameño, para establecer desde allí su base de operaciones del nefasto tráfico e iniciar una guerra demencial y sangrienta contra el gobierno y la fuerza pública colombianas; a su lado yacía desnuda, profundamente dormida e insensible a sus caricias mañaneras, una hermosa mulata, cortesía de don Pablo. En ese momento, en las prioridades del militar sandinista, pudo más la sed de la resaca que el deseo de alborotar y disfrutar a su joven compañera.
Se levantó entonces de la enorme cama de estilo colonial en madera tallada, con dosel labrado en espiral, cortinas de raso, mosquiteros de tafetán, almohadones de pluma y sábanas de seda, que cuatrocientos años atrás había servido de lecho a funcionarios ilustres de la corona que visitaban la ciudad en tránsito hacia Cartagena o Caracas, se puso una pantaloneta de algodón, se dirigió a la nevera que lucía anacrónica en la decoración del aposento, destapó una cerveza alemana de botella verde cubierta de escarcha, se repanchingó en una poltrona, digna de un virrey, y a pico de botella dejó que el líquido le refrescara el gaznate y le calmara la ansiedad que producen los excesos, antes de ocupar la mente en cualquier otro pensamiento.

A raíz de la situación de guerra civil en Nicaragua, Pablo Escobar Gaviria el astuto capo de la mafia colombiana había detectado una oportunidad para su negocio: los sandinistas podrían facilitarle sus pistas aéreas a cambio de una participación directa en los envíos, como socios, por lo cual recibirían una determinada cantidad de coca procesada, que les sería liquidada en efectivo al precio que pagaban por la droga los distribuidores mayoristas en las ciudades gringas. Un acuerdo similar al que mantenía con su amigo Noriega. En varias oportunidades entre 1983 y 1985, Pablo Escobar o alguno de sus principales socios del cartel habían sido huéspedes del gobierno sandinista y habían sido tratados con los protocolos reservados a los visitantes VIP de los países comunistas. El comandante guerrillero Arnulfo Martínez, responsable de operaciones encubiertas de inteligencia del Ejército Sandinista, fue nombrado enlace permanente y contacto oficial entre el gobierno y el cartel de Medellín. En todo lo relacionado con los capos y sus operaciones en Nicaragua, Adelaida, la esposa del comandante Martínez, jugaba un papel importante como relacionista y encargada de la contabilidad del negocio.
Desde el primer momento hubo empatía entre el avezado narcotraficante y el simpático comandante y esta era la cuarta vez que Martínez visitaba al capo en su cuartel general de Panamá; y la primera que lo hacía sin su mujer. La amistad entre los dos hombres se había consolidado en la navidad de 1983 cuando el comandante fue invitado con Adelaida y Xiomara, su hija adolescente, a pasar unas inolvidables vacaciones en la estrafalaria y exageradamente dotada finca Nápoles, en el Magdalena medio colombiano, famosa por el zoológico público más completo y exótico de América Latina y por los conciertos de grupos de renombre internacional que el capo contrataba para entretener a sus invitados.

Por mitad de la segunda cerveza a la mente de Martínez acudió el compromiso adquirido con el capo, al calor de los tragos, para ayudarle en un operativo internacional que representaba mucho para su anfitrión y que estaba en sus manos coordinar dada su relación previa con quien sería el ejecutor, que el mismo había recomendado y don Pablo aceptado: Iscariote. El asesino profesional había demostrado su eficiencia en otros dos casos, posteriores al atentado de Pastora, que el militar sandinista le había encomendado; y respecto a los hechos de La Penca si bien era cierto que Edén Pastora había sobrevivido, también lo era que el Comandante Cero había quedado prácticamente neutralizado. Desde entonces, la comunicación entre el sandinista y el verdugo a sueldo se había vuelto muy fluida y tan cordial como lo permitía la insensible y flemática frialdad de éste último que contrastaba con la extroversión y la simpatía tropical del nicaragüense. A la sazón Iscariote estaba en Francia, Martínez lo sabía y por eso cuando Pablo Escobar comentó que quería eliminar al embajador de Colombia en París, se ofreció a colaborar con el capo.
El doctor Víctor Calero Reyes, embajador de Colombia ante el gobierno francés, había sido uno de los más efectivos colaboradores del asesinado ministro Lara Bonilla en su lucha contra el narcotráfico; por ello, en parte para protegerlo de las amenazas y en parte para premiar su labor, el gobierno le había asignado esa importante misión diplomática. El lunes de esa semana el ministro que había reemplazado a Lara Bonilla renunció y el Presidente decidió nombrar a Calero como su reemplazo. Esa noticia era la que tenía molesto al jefe mafioso y en la noche del viernes quedó “decretada” la sentencia de muerte del nuevo ministro. Una sola condición había puesto Escobar: la ejecución debería hacerse en territorio Francés. Para el criminal colombiano era muy importante demostrar ante la opinión pública que su poder de retaliación no respetaba fronteras y por lo tanto, sus enemigos no estarían seguros en ningún rincón del planeta.

***

París, viernes 14 de diciembre de 1985.

La noticia interrumpió la programación del horario familiar de las 7 de la noche en los canales de la televisión francesa y fue retransmitida al resto del mundo por las agencias noticiosas: El Doctor Víctor Calero Reyes embajador de Colombia ante el gobierno francés acababa de fallecer víctima de un atentado terrorista perpetrado con una bomba de alto poder explosivo. Los hechos habían ocurrido en la galería de arte La Pallette, a pocas cuadras del palacio del Eliseo, durante una despedida organizada por un grupo de amigos del diplomático, que regresaba a Bogotá para asumir el Ministerio de Justicia. En el fatídico suceso, también habían perdido la vida el crítico de arte cubano Reinaldo García y dos empleados de la galería. Aparte de las víctimas fatales, la explosión había causado heridas de consideración a ocho personas presentes en el acto.

Elizabeth que salió ilesa del atentado, se apersonó de la situación con mucha ecuanimidad, efectuó los trámites para la repatriación del cadáver, y tres días después organizó en Miami un solemne y muy concurrido funeral. Finalmente, Reinaldo fue enterrado el 19 de diciembre, el mismo día en que su hijo cumplió la mayoría de edad. Esa misma noche, el joven que no había derramado ni una sola lágrima se derrumbó en brazos de su madrastra y le expresó su amargura por no haber podido construir una buena relación con su padre. Sin embargo, cualquier sentimiento de culpa de Efrén por la forma en que había tratado a su padre la última vez que discutieron, quedó sepultado en lo más profundo de su alma, cubierto por la nueva sensación de libertad y matizado por las palabras consoladoras de Elizabeth, quién le aseguró que su papá, dos días antes de morir, se había mostrado más receptivo respecto al viaje a Managua, como regalo de cumpleaños. En consecuencia, ella como única familia de Efrén ― la abuela había fallecido tres años antes y la tía que lo había cuidado en su niñez, estaba interna en una clínica mental ―, apoyaba su decisión de viajar a Nicaragua e iniciar una nueva vida al lado de Xiomara; le recomendaba que hiciese una carrera universitaria; y le sugería que conociese muy bien a su novia antes de iniciar una convivencia permanente.

***

Managua, lunes 16 de febrero de 1986.

― En menos de media hora se va a desgajar un aguacero espantoso ― sentenció Xiomara, bajando la mirada de sus ojos de caramelo, miopes pero muy expresivos, para concentrarla a través de sus gafas con marco de oro, en los ojos verdes de Efrén que la contemplaba embelesado.
― Deberías estudiar Meteorología en vez de Economía Política. Te verías divina en el noticiero haciendo pronósticos del tiempo ― bromeó el joven al tiempo que pasaba su brazo derecho alrededor del esbelto talle, para sugerir ―: vamos a la cafetería, tenemos tiempo para tomar un refresco y fumarnos un cigarrillo antes de clase.

Los dos jóvenes caminaron con los brazos entrelazados en la espalda como cualquier pareja de enamorados, sin hablar, pero transmitiéndose mutuamente la plenitud del momento, a través de una suave presión de los dedos en sus respectivos costados, y de esporádicas miradas de reojo. Su euforia era exultante. Les parecía increíble la forma como los nubarrones que amenazaban su relación, apenas dos meses antes, se habían diluido con la trágica muerte de Reinaldo, para dar paso a una vida completamente nueva, compartida, acorde con los ideales políticos que venían cultivando desde su adolescencia como alfabetizadores y con los sueños que, como pareja, se habían forjado.

Reinaldo era previsivo y al morir había dejado testamento a favor de Elizabeth y Efrén, que heredarían por partes iguales la totalidad de sus bienes líquidos ― acciones, bonos y títulos ―, valorados en cerca de un millón y medio de dólares. Su esposa quedaría además con el apartamento en París, la mansión que habían compartido en Miami y la valiosa colección de obras de arte. En el testamento se designaba a una firma de abogados como fideicomisaria de un fondo de ochocientos mil dólares que el muchacho había heredado de su madre; se agregaba a ese monto la nueva suma heredada de su padre, y se mantenía la disposición de no entregarle el dinero hasta que el joven cumpliese veinticinco años. Mensualmente, la firma de abogados entregaría al muchacho una asignación de mil quinientos dólares para sus gastos personales y se cubrirían todos los costos de su educación universitaria.

Efrén había llegado a Managua una semana antes; estaba alojado en casa de Nando, el hermano de su madrastra; se había matriculado, junto con su novia en la facultad de ciencias políticas de la UNAN; había invertido mil dólares en la compra de un vehículo Skoda de fabricación checa, único en el mercado con cero kilómetros; el profesor de INCAE, a quien suponía simpatizante de los sandinistas, y Lorena su compañera, eran una pareja simpática y lo habían recibido como si fuese un sobrino, haciéndolo sentir en confianza desde el primer momento; el sueño, largamente acariciado, de vivir cerca a su amada, se había hecho realidad; además, el profesor vivía en la carretera sur a menos de un kilómetro de la casa de su novia, una preciosa quinta confiscada a un antiguo somocista. Por todo esto, se sentía el hombre más feliz sobre la faz de la tierra.

Los padres de Xiomara eran más conservadores de lo que cabría esperar de su condición revolucionaria, especialmente en lo que tenía que ver con las relaciones de su hija. Aceptaban el noviazgo de la pareja, pero exigían un comportamiento “acorde con la decencia y las buenas costumbres” como solía decir Adelaida. En verdad, la condición revolucionaria de los esposos Martínez a raíz de su exagerado enriquecimiento por cuenta del narcotráfico, había dado paso a un grosero capitalismo, mimetizado con una retórica sandinista y antiyanqui. Por supuesto, se cuidaban mucho de dejar ver su “aburguesamiento” dentro de su círculo de amistades y reservaban sus excesos consumistas para sus frecuentes viajes a Colombia, Panamá y los países europeos del bloque soviético. Respecto a sus andanzas y a lo que hacían en sus viajes, el comandante y su esposa se mostraban muy cautelosos y discretos con Xiomara, quien desconocía las actividades criminales de sus padres y preservaba el ingenuo idealismo sandinista de su adolescencia.
En muy poco tiempo Efrén, que admiraba como un héroe de la revolución al padre de Xiomara, se había ganado el aprecio de éste a quién había logrado convencer sobre la sinceridad de sus convicciones comunistas y su convencimiento de que la lucha armada era el único camino para las reivindicaciones sociales en América latina.
Independientemente de la relación que el muchacho tuviese con su hija, al comandante Martínez le convenía cultivar la amistad de Efrén y estimular su fanatismo político, pues pensaba aprovechar la circunstancia de que viviese en casa del académico de INCAE, para que le ayudase a investigarlo pues tenía información de la Embajada Soviética, en el sentido de que un profesor de esa institución era agente de la CIA; y él estaba casi seguro, de que el espía era el colombo-americano Fernando Jaramillo, oficial retirado del ejército gringo y actual compañero sentimental de una antigua guerrillera del disidente grupo de Pastora. Éste profesor mantenía buenas relaciones con personas muy importantes del régimen, desde que había escondido a unos combatientes heridos, pocos días antes de la caída de Somoza; y Martínez intuía, que gracias a ello obtenía información privilegiada. En el fondo, el astuto oficial de inteligencia nunca había creído en las simpatías de Jaramillo por el sandinismo; y ahora, la cercanía de Efrén al sujeto, le daba la doble oportunidad de probar la solidez de las convicciones del muchacho y verificar si era la pareja apropiada para merecer a su hija.
A mediados de junio de ese año, cuando Martínez planteo a Efrén la posibilidad de que el hermano de su madrastra estuviese simulando simpatía por el sandinismo y fuese en realidad un agente de la CIA, el joven no se mostró sorprendido e incluso manifestó sus propias dudas respecto al sandinismo de Nando y se ofreció de buen gusto a colaborar para tratar de desenmascararlo. Como primer paso acordaron que durante el fin de semana siguiente, en que el profesor y su compañera tenían previsto viajar a Honduras para asistir a un seminario, el joven facilitaría el acceso a la residencia de la pareja de un grupo especializado, que se encargaría de instalar dispositivos electrónicos de última generación, suministrados por los rusos, para mantener un seguimiento de escucha las veinticuatro horas. Terminada la charla con su suegro, Efrén se sentía dichoso de poder hacer algo útil por la revolución y en contra del imperialismo yanqui del cual su anfitrión era un despreciable esbirro. De eso ya no le cabía la menor duda.

Punto de Quiebre – Capítulo XVI

Por : kapizan
En : Capítulo XVI - Del manuscrito de Aníbal Argüello, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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DEL MANUSCRITO DE ANIBAL ARGUELLO

FRAGMENTOS

1985


[...]Un año después del atentado en La Penca, Edén Pastora está completamente desdibujado política y militarmente: de dirigir una fuerza contrarrevolucionaria pasó a gerenciar una cooperativa de pescadores en un puerto costarricense; Alfonso Robelo se unió a la contra en Honduras pero su llegada no ha representado ningún cambio significativo en la cúpula de la FDN [...] para mi, es cada vez más claro que la guerra por el poder político en Nicaragua no se ganará en el campo de batalla y los dos contendientes empiezan a acusar los signos del desgaste en una confrontación que ya ha cobrado la vida a cerca de diez mil nicaragüenses; la iniciativa de paz encabezada por el presidente Oscar Arias de Costa Rica, comienza a fortalecerse con el apoyo del denominado Grupo de Contadora ― formado en 1983 por los representantes de México, Panamá, Venezuela y Colombia ―; el objetivo del Grupo: mediar en los conflictos centroamericanos; está apoyado por la Comunidad Económica Europea y la OEA [...]
[...] En medio del bloqueo económico impuesto por la administración Reagan, los jefes sandinistas han demostrado un perverso pragmatismo aliándose con los carteles colombianos de la droga, para poner a disposición de estas mafias los puertos y las pistas aéreas del país, para el trasiego del mortal alcaloide hacia México y los Estados Unidos. [...] En la mentalidad de ciertos comandantes y jerarcas del sandinismo el enriquecimiento ilícito por medio del narcotráfico, ha prevalecido, sin ningún reato de conciencia, sobre los ideales de la revolución que tiempo atrás muchos civiles apoyamos.[...]
[...]De otra parte, la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder en la Unión Soviética, y sus planteamientos políticos de la “Glasnost” y la “Perestroika” seguidos por algunos anuncios diplomáticos han resultado ― según me informa un amigo que es profesor de análisis político en la universidad de Miami ― preocupantes para Cuba, Nicaragua y las fuerzas insurgentes de El Salvador y Guatemala. Mi amigo opina que dichos mensajes, leídos entre líneas, permiten suponer que el apoyo soviético a las revoluciones latinoamericanas está próximo a sufrir un cambio severo o a ser suspendido; y es posible que los grupos insurgentes del continente tomen el camino del narcotráfico, jugoso mecanismo de financiamiento, camuflado, como una más, entre todas “las formas de lucha” [...]

Punto de Quiebre – Capítulo XV

Por : kapizan
En : Capítulo XV - La Penca, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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LA PENCA

Campamento de ARDE, Frontera Sur de Nicaragua, abril de 1984

Los bultos arrojados desde un avión contratado por la CIA cayeron en la zona de señalización, marcada con una fogata en forma de X, en donde Vigorón y una docena de combatientes los esperaban con ansiedad. Al comprobar el contenido de los paquetes, la frustración de los hombres se hizo evidente: los trescientos pares de botas eran talla 12, enorme para los pies de los campesinos nicaragüenses; el pedido de que les enviasen arroz y frijoles lo habían atendido, salvo que los dos granos venían mezclados en los costales; y el colmo, en vez de apósitos para trancar la hemorragia de los heridos, les habían arrojado un bulto de toallas higiénicas femeninas.
― ¿Qué clase de apoyo es éste? ― murmuró Vigorón en tono de disgusto y agregó ― parece que quisieran burlarse de nosotros. Gringos de mierda.
Después de instruir a sus hombres sobre como separar los granos con un cedazo y almacenar el resto del material, se dirigió al puesto de mando de Pastora para informarle la anomalía.
En la casita de madera construida sobre pilotes e iluminada por lámparas Coleman, se encontraban Pastora, Chinto Bermúdez, y otros dos comandantes subalternos, analizando un mapa de situación y discutiendo los detalles de una operación. Para el Comandante Cero se hacía cada vez más urgente la necesidad de efectuar alguna acción militar de envergadura y fuerte impacto, que le ayudase a contrarrestar las presiones de la CIA y a superar sus agrios enfrentamientos con Robelo, el jefe político de ARDE, que en ese momento se encontraba en Londres haciendo gestiones para que el parlamento británico presionase a Ortega a fin de que diese plenas garantías a la candidatura de Arturo Cruz, en las elecciones presidenciales previstas para el fin de ese año. Edén Pastora estaba convencido de que ese no era el camino, pues en su opinión los sandinistas tenían asegurado el triunfo. Dos decretos recientes reforzaban esa presunción: los nicaragüenses no podrían votar en el exterior ― donde se encontraba el grueso de la oposición al régimen ―, a diferencia de lo que sucede en la mayoría de las democracias; y la edad para ejercer el derecho al voto se estableció en los dieciséis años; con lo cual la enorme masa de jóvenes recién indoctrinados, representaría un caudal inmenso de votos. En opinión del guerrero el único camino era el triunfo militar, encabezado por él y sin ninguna alianza con “los somocistas” de la FDN.
― Te estábamos esperando Vigorón ― le dijo Pastora a su leal subalterno ― estamos montando una operación envolvente sobre dos objetivos que ojala podamos capturar simultáneamente: el puesto fronterizo de Peñas Blancas y el puesto militar sandinista de San Juan del Norte. Necesito un éxito contundente. Quiero tenerle esa sorpresa a Robelo cuando regrese. Vos te encargarás del ataque a Peñas Blancas y Chinto del ataque a San Juan del Norte. La idea es evitar desplazamientos por el río para favorecer la sorpresa y hacer un rodeo por tierra hasta alcanzar los dos objetivos. ¿Está claro?
Los dos objetivos, débilmente defendidos por las tropas sandinistas, fueron presa fácil para las columnas de ARDE, hábilmente comandadas por los dos veteranos. El 14 de abril, reportaron el triunfo; solo habían sufrido ocho bajas entre muertos y heridos; la mitad de los prisioneros expresaron su intención de unirse a la fuerza de Pastora. Eufórico por los resultados, el Comandante Cero proclamó “La República Libre de San Juan del Norte”. El éxito fue efímero. Una semana después el Ejército Popular Sandinista, contraatacó con una fuerza cuatro veces mayor a la empleada por ARDE, y logró desalojarlos de ambas posiciones tras un cruento combate en el que los hombres de Cero, lucharon con valentía hasta agotar sus municiones. Una retirada desordenada hacia el campamento, con gran número de bajas y trasladando a sus heridos, fue la única opción que le quedó a los combatientes de Pastora. Dos días después y al mando de Vigorón, la maltrecha fuerza expedicionaria llegó a las instalaciones en las riveras del río San Juan. Entre los heridos se encontraba Chinto que falleció mientras intentaban evacuarlo hacia un hospital en Costa Rica. Subestimar la capacidad de reacción de su enemigo y sobrevalorar el potencial real de sus propias tropas, fueron los dos graves errores que cometió Edén Pastora en ésta, quizá, la operación de más envergadura emprendida por ARDE en la frontera sur de Nicaragua.
La muerte de Chinto fue un duro golpe para Vigorón, su viejo compañero de armas. Mientras cavaban la fosa, el antaño profesor universitario empezaba a tomar conciencia de lo estéril que estaba resultando ésta lucha. Por primera vez comenzó a cuestionarse la capacidad de Edén Pastora para conducir a sus tropas hacia el éxito. La motivación que en los primeros años de la revolución había sido el motor de sus actuaciones en contra de la dictadura de Somoza, se estaba disolviendo por falta de claridad en los objetivos estratégicos, por las disputas que ponían de presente la mezquindad de los líderes y por la terquedad arrogante de su propio jefe.

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La Penca, Frontera Sur de Nicaragua, jueves 30 de mayo de 1984

Al caer la noche, una veintena de periodistas que habían salido en la mañana desde el hotel Irazú en San José de Costa Rica, llegaron por tierra a La Penca, lugar al cual habían sido convocados por Edén Pastora, quien daría una rueda de prensa. El Comandante Cero tenía pensado recurrir a la publicidad que le daría esta entrevista, para denunciar las presiones de la CIA en sus pretensiones de lograr la fusión de ARDE con la FDN. Al mismo tiempo aprovecharía la rueda de prensa para distraer la atención de la opinión pública internacional, sobre el estrepitoso fracaso de las operaciones en San Juan del Norte y Peñas Blancas. Edén recibió al grupo de periodistas muy cordialmente, en una casita de madera situada a orillas del río San Juan y les anunció que la conferencia sería al día siguiente pues ya era muy tarde y no era conveniente cruzar el río a esa hora. De todas maneras los periodistas, impacientes, lo rodearon, encendieron sus equipos y comenzaron con algunas preguntas “preliminares” que el Comandante se mostró dispuesto a responder:
― ¿Alfonso Robelo va a aliarse realmente con los contras del norte? ― preguntó el corresponsal del Tico Times.
― Robelo es libre para hacer lo que el quiera. Puede aliarse con los somocistas o permanecer en el proyecto político que defendió con nosotros. Ustedes…
En ese momento, un estrépito ensordecedor llenó la sala improvisada, se apagaron las luces y segundos después en medio de la confusión que produjo el estallido de una bomba, sólo se escuchaban, en varios idiomas, voces pidiendo ayuda. Edén Pastora perdió el sentido pero lo recuperó minutos después y logró sobrevivir con algunas heridas de consideración. En medio del caos, nadie se percató de un supuesto fotógrafo freelance, de nacionalidad danesa, quien hizo explotar, a control remoto, la bomba que llevaba escondida en su maletín de cámaras. El presunto danés era Iscariote que fingió estar herido y logró ser evacuado hacia San José. Nunca ingresó a un hospital y esa misma noche abandonó el país cruzando la frontera con Panamá.

Punto de Quiebre – Capítulo XIV

Por : kapizan
En : Capítulo XIV - Rumbo al exilio, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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RUMBO AL EXILIO

Miami, sábado 31 de marzo de 1984

Ninfa repartió una segunda ronda de café negro después de que una joven nicaragüense que le colaboraba en las labores de cocina, hubo retirado los platos del apetitoso desayuno, que acababan de consumir los invitados a la reunión convocada por Marietta en casa de Aníbal. En torno a la mesa de hierro forjado, protegida por un enorme parasol, en el jardín posterior de la mansión, a pocos metros de la piscina, se sentaban María José y Roberto, Horacio Gómez ― quien había llegado la víspera para asistir esa noche a la inauguración de la exposición individual de Elizabeth en Gruber´s Gallery ―, Elizabeth y Reinaldo, Aníbal y Marietta.
― En este momento disponemos de setecientos cincuenta mil dólares ― comenzó diciendo Marietta ―, es decir que la meta para la próxima subasta es un cuarto de millón de dólares. Si logramos alcanzarla, tendremos el dinero suficiente para adquirir el helicóptero de segunda, que vale ochocientos mil dólares y destinar el resto para la compra de medicinas y material sanitario.
― Un helicóptero para evacuar heridos y medicinas es un excelente aporte ― comentó Horacio ―, yo estoy dispuesto a donar dos cuadros para la subasta y Elizabeth me ha comentado que piensa destinar la mitad de lo que obtenga con la venta de sus obras para apoyar a la contra. Sinceramente creo que después de la exposición y la subasta habremos completado la cantidad total.
El grupo estaba optimista. La media hora siguiente la dedicaron a evaluar la situación general de la contra que estaba siendo fortalecida por el apoyo abierto de los Estados Unidos a través del gobierno de Reagan; sin embargo, Aníbal mostró su preocupación por las reacciones adversas al reciente minado de los puertos, que se estaban suscitando tanto en el plano internacional como dentro del congreso gringo. Roberto estaba de acuerdo con Aníbal y consideraba que, al sembrar las minas, la CIA se había descarado un poco, pues no parecía creíble que una operación de ésta naturaleza hubiese sido emprendida autónomamente por los mandos de la contra; llegó a afirmar que el verdadero efecto podría ser un rechazo del congreso para suspender la ayuda económica a los insurgentes de derecha. Marietta opinó que si la ayuda llegara a suspenderse, no había porque preocuparse, pues ella se había enterado de muy buena fuente, que el gobierno tenía un plan B: Reagan había encomendado esa tarea en muy buenas manos y no había porque preocuparse. En el grupo, el único preocupado era Reinaldo García. El cubano sabía que si los sandinistas no eran derrocados antes de diciembre de 1985, perdería para siempre a su hijo Efrén, que para entonces cumpliría la mayoría de edad y se emanciparía de la tutela paterna para irse a Nicaragua y unirse a las cada vez más numerosas brigadas de internacionalistas.
Apenas cuatro años antes, el hijo único de Reinaldo, siendo un adolescente imberbe se había fugado, en compañía de un primo lejano, de la casa de unos parientes en Guatemala, en donde pasaba vacaciones, para viajar de mochilero hasta Managua estimulado, como muchos jóvenes de la época, por la propaganda sandinista respecto a la “Cruzada Nacional de Alfabetización”. El mismo Reinaldo había tenido que viajar a Nicaragua para traer de vuelta a Efrén, con quien la relación se había deteriorado sensiblemente desde entonces y tendía a radicalizarse cada vez más, pese a los esfuerzos que hacían los profesores del exclusivo internado en que lo había inscrito, para convencerlo de que esa visión romántica del sandinismo no era real.

Alrededor de las cinco de la tarde, casi todo estaba listo para la inauguración; faltaba reacomodar tres cuadros que Elizabeth, con la guía experta de Horacio, había decidido cambiar de lugar, en forma tal que la iluminación los favoreciese. Sentada en una confortable poltrona, Marietta calmaba la sed con te helado mientras observaba a los dos pintores haciendo los arreglos y se decía para sí misma: “es increíble la atracción que estos dos sienten el uno por el otro. No pueden ocultarlo. ¿Qué pasará mañana cuando Reinaldo viaje a Paris? Seguramente nada pues a pesar de la sexualidad tan fuerte que tiene esta muchacha, no creo que se atreva a serle infiel a Reinaldo; y si lo llegara a hacer, la mataría el remordimiento. El problema es que ella no pertenece, aunque pretenda parecer, al grupo de mujeres que prefieren la monogamia en sus relaciones de pareja. No me cabe duda de que la gente se casa enamorada y cree que el enamoramiento le va a durar toda la vida, por eso se juran una fidelidad que con facilidad rompen física o mentalmente. No tiene sentido mantener esas relaciones a partir del engaño. Ahh, si todos los seres humanos aceptasen que somos poligámicos por naturaleza y monogámicos por elección, se acabarían los divorcios y todos vivirían felices y sin engaños como Nando y Lorena. La clave está en entender que la lealtad es un principio y la fidelidad es un mero concepto cultural”.

Esa noche, el coctel de inauguración estaba muy concurrido y Marietta presentía un éxito total: en las primeras dos horas se habían vendido seis de los veinticuatro cuadros expuestos por Elizabeth. A las nueve de la noche llegó Adolfo Calero, el jefe político de la FDN, en compañía de un apuesto oficial del Cuerpo de Marines que lucía su uniforme con varias filas de condecoraciones obtenidas en Vietnam. Pronto se formó un corrillo alrededor del líder político y su acompañante. El oficial fue presentado como el teniente coronel Oliver North, a quien recientemente había designado Ronald Reagan como oficial de enlace entre la Casa Blanca y los rebeldes nicaragüenses. Según Calero, el coronel North estaba completamente comprometido con la causa y había disipado cualquier temor respecto a la posibilidad de que el ala demócrata del congreso lograra la suspensión de la ayuda en efectivo para la contra. Según North, no había porque preocuparse; lo único cierto era que los paladines por la libertad dispondrían de efectivo suficiente para operar y en el aspecto táctico podrían contar con asesores especializados. Ésa era la misión que le había encargado personalmente el Presidente Reagan y él, como oficial del cuerpo de marines, juraba por su honor que no los abandonaría. La breve pero emotiva perorata de North, fue recibida con nutridos aplausos de los concurrentes.

La charla prosiguió y pronto surgió entre el pequeño grupo un tema candente: Edén Pastora. La lógica reforzaba la conveniencia de que ARDE, el grupo organizado por el Comandante Cero para combatir a los sandinistas desde el frente sur en territorio costarricense, se uniese a la FDN y a los rebeldes miskitos que luchaban en la Costa Atlántica, a fin de que pudiesen ofrecer un frente organizado e integrado bajo un mando central. El problema era la reticencia de Pastora a “luchar al lado de antiguos somocistas corruptos”, unida a los celos que suscitaban, entre los líderes de la contra, su don de mando y su carisma. Para esas fechas Edén Pastora se había convertido en una piedra que tallaba tanto en el zapato izquierdo como en el derecho. El coronel North mencionó que muy pronto la CIA le pondría un ultimátum a Pastora: o se une al mando conjunto o se le retira por completo el apoyo en dinero, armas y pertrechos. Obviamente, el oficial omitió mencionar que en algunos círculos de Washington se estaba considerando como una opción, eliminar a Pastora en caso de que no se plegase a los requerimientos de la CIA.
En medio de la discusión, un mesero se acercó discretamente a la anfitriona y le indicó que tenía una llamada telefónica en su oficina… al otro lado de la línea, la voz de Braulio sorprendió a Marietta: el ecuatoriano acababa de llegar a Miami procedente de Honduras y le urgía hablar con ella para tratar un asunto muy delicado, sin que Aníbal Argüello se enterase.

***

Villa Santa Clara, Honduras, sábado 31 de marzo de 1984

Una semana antes, cuando el doctor Mendieta les anunció a Juanito y a Braulio la imposibilidad de seguir manteniendo en su clínica a Maribel, Juanito consiguió que un antiguo amigo de Simón, les prestase Villa Santa Clara, una cómoda propiedad rural a unos treinta kilómetros de la capital hondureña, en inmediaciones de un bosque de pinos y lo suficientemente alejada de la carretera principal, como para ofrecer un refugio seguro. Allí fue trasladada la joven enferma junto con Lorena y Adriana que habían viajado desde Managua para apersonarse de la situación.
Neutralizado el riesgo que implicaba la presencia de Maribel en la clínica siquiátrica, el doctor Mendieta había accedido a continuar su tratamiento utilizando los procedimientos modernos para manejar ésta enfermedad, conocidos en la comunidad médica como short term therapy. Según explicó el doctor, el Trastorno Afectivo Bipolar no tenía cura, una vez manifestado, pero era controlable con el uso de medicinas ― ansiolíticos para las fases maníacas y antidepresivos para la fase contraria ―; siempre y cuando, el paciente evitase hasta donde fuera posible las condiciones de presión y estrés que habían desencadenado la enfermedad. En el caso de Maribel, recomendaba un período de reposo de un par de meses, dedicados a establecer una nueva forma de vida y a prepararse para reanudar la relación con su padre y su hermana. Él estaría visitándola una o dos veces por semana para verificar los progresos y consideraba que a finales de mayo o comienzos de junio podría viajar al reencuentro con su familia.
En pocos días, los cambios en la conducta y en el ánimo de Maribel eran evidentes; incluso su aspecto físico había mejorado y se le notaba tranquila. La rutina diaria incluía media hora de ejercicios al aire libre, antes del desayuno; dos horas de clase de guitarra con Adriana; trabajo en la huerta situada a espaldas de la casa; almuerzo y breve siesta. En las tardes las tres mujeres se reunían a conversar en la biblioteca y Maribel que había recuperado su sentido del humor, entretenía a sus amigas con simpáticas anécdotas de su permanencia en Cuba y de su actividad como oficial del ejército sandinista. En todo momento, Lorena y Adriana dejaban que Maribel tomase la iniciativa en las conversaciones y habían evitado tratar el doloroso tema de la relación con su padre y su hermana. Por su lado, la joven en ningún momento había hecho referencia a los traumáticos episodios que habían alterado su mente y los alejaba de su pensamiento cada vez que acudían. La narración detallada de lo sucedido con la muerte de Max, la explosión de la bomba y la eliminación de Black Jack, había quedado en el diván del doctor Mendieta y para su propia sanación, era importante que allí permaneciera. De ese pasado tormentoso e incierto sólo quería conservar un grato recuerdo: Misael Luque. Ya se había enterado del parentesco de éste con Nando y de su valerosa actitud al decidir no denunciarla.
El único problema por resolver era de tipo migratorio. Braulio y Nando habían decidido no usar el pasaporte guatemalteco que portaba Maribel pues consideraban que podía ser riesgoso utilizarlo; así pues, la única opción que les quedaba era acudir a Marietta Gruber para que, moviendo sus contactos con las altas esferas de Washington, encontrase la forma de evacuar a la joven hacia Miami con estatus de exiliada política. Con ese objetivo Braulio había viajado esa mañana a los Estados Unidos.

***

Campamento de ARDE, Frontera Sur de Nicaragua, sábado 31 de marzo de 1984

Las aguas del río San Juan se rizaron por efecto del movimiento rotativo en las aspas del helicóptero que se aproximaba. Misael alertado por el ruido de la nave, recogió su equipo y se encaminó al pequeño claro que servía como helipuerto, en la rivera nicaragüense del río a pocos metros del puesto de mando de ARDE (Alianza Revolucionaria Democrática), el frente contrarrevolucionario que había organizado Edén Pastora, como jefe militar, y al cual se había unido Alfonso Robelo como líder político. Allí concluía, para el oficial colombiano, el tercer y último día de la visita de inspección que acababa de realizar siguiendo instrucciones del coronel Stanton.
En ese lapso había podido comprobar varias cosas que pensaba incluir en un corto pero contundente reporte: la cifra de combatientes activos había sido notoriamente exagerada; Pastora recibía de la CIA un dólar diario por cada hombre en armas, pero la cifra de tres mil quinientos dólares era cuatro veces superior a la cantidad real de sus tropas; la fuerza de ARDE, tenía planeado capturar algunos enclaves en la Costa Atlántica, pero Misael dudaba de que pudieran sostenerlos, precisamente por falta de efectivos; la moral de las tropas era normal pero su entrenamiento era deficiente; y lo peor, había serias discrepancias entre Pastora y Robelo pues el primero se oponía rotundamente a una fusión con la contra de Honduras, en tanto que el segundo era partidario de la unión. Misael había llegado al convencimiento de que Edén Pastora era un ególatra que empleaba mas tiempo en recrear sus glorias pasadas que en pensar seriamente en el futuro de su accionar con la tropa que había conformado; anticipaba que en caso de que aceptase unirse a la FDN surgirían serias disputas por el liderazgo que podrían poner en riesgo los objetivos estratégicos de toda la operación.

Esa misma tarde, Misael redactó su informe y viajó por tierra, desde la base militar de El Aguacate hasta Tegucigalpa en donde se entrevistó con el coronel Stanton. Una vez cumplida la formalidad, decidió desplazarse hasta Villa Santa Clara, cuyas señas le había indicado Nando, con el único propósito de volver a ver a Maribel Argüello. Era indudable que el arrebatado gesto de la joven trastornada, había logrado trastornarlo a él. Desde entonces, no lograba alejar de su mente la imagen de la hermosa e impulsiva joven.
El sol poniente dibujaba arreboles en las nubes y pintaba de rojizos tonos las hojas de los árboles, cuando Misael detuvo el campero frente a la casa principal de Villa Santa Clara. La intriga de Lorena y Adriana ante el visitante se despejó con el súbito cambio en la expresión de Maribel que se volvió hacia ellas, les dijo “es mi doctor Zhivago”, y salió a su encuentro para sorprenderlo con una efusividad y un entusiasmo que le recordaron a Adriana los mejores tiempos del romance de la pelirroja con Max.

***

Washington, martes 17 de abril de 1984

― Siempre he dicho que no se trata de tener muchos amigos, sino de tener pocos pero muy bien ubicados en los centros de poder ― le dijo Marietta a Braulio con el rostro iluminado por la satisfacción que produce haber contribuido a la solución de un problema, que para cualquier mortal común y corriente parecería insoluble. Un brillo orgulloso en sus ojos, denotaba que ella no se consideraba así misma ni común, ni corriente.
A Braulio le parecía imposible que con solo dos llamadas telefónicas se hubiese resuelto el problema migratorio de Maribel. Las respuestas a los interrogantes que semanas antes se habían planteado con preocupación los amigos de la joven en Tegucigalpa, sobre cómo, cuándo, y hacia dónde trasladarla, las había encontrado el todo poderoso Senador William Richardson, sin hacer un esfuerzo mayor al requerido para ordenar, telefónicamente, una pizza en un restaurante. En menos de veinte minutos quedó demostrado que el senador Richardson era uno de los hombres con mayor poder en las altas esferas políticas de Washington. También quedó claro que la estrategia de Marietta de esperar los resultados de la exposición y la subasta había funcionado: antes de pedir apoyo para evacuar a Maribel, había presentado al senador su oferta de donar un helicóptero y doscientos mil dólares en medicinas para la contra.

El senador Richardson era el líder del grupo de congresistas de la derecha republicana, conocidos por la opinión como “Los Halcones” en contraste con sus colegas demócratas a quienes llamaban “Las Palomas”. El veterano político tenía gran ascendiente sobre el director de la CIA y por ello le resultó muy sencillo atender el requerimiento de Marietta. Lo acordado implicaba que el avión C130 en que se llevaban dos veces por mes provisiones a la contra en un vuelo hasta la base militar de El Aguacate en Honduras, trasladaría en la última semana de mayo el helicóptero, desarmado y las medicinas adquiridos con los fondos recaudados por Marietta y de regreso traerían a Maribel para que se reuniera con su familia. Maribel ingresaría a los Estados Unidos como asilada política y podría fácilmente obtener sus documentos como residente en los Estados Unidos.
Esa misma tarde Braulio y Marietta regresaron a Miami y la francesa quedó con la responsabilidad de poner al tanto a Aníbal sobre el regreso de su hija. Obviamente se le informaría que Maribel deseaba de todo corazón reencontrarse con su familia, pedir perdón y buscar la forma de iniciar una nueva vida que le ayudase a resarcir el daño que su absurda ruptura, a raíz de la muerte de Max, le había causado a los suyos.

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Ciudad de Panamá, viernes 20 de abril de 1984

El aspecto corriente, inofensivo, casi anodino de Iscariote, encubría a la perfección su oficio: asesino profesional. Su verdadero nombre, su edad y su origen, se escondían en media docena de pasaportes que acreditaban diferentes nacionalidades y profesiones. En realidad era un apátrida cuyo único credo era la eficiencia y la pulcritud en su trabajo por el cual cobraba tarifas de seis cifras a quien pudiese pagarlas. El turbio escenario de la Guerra Fría había propiciado las circunstancias para que Iscariote acumulase una considerable fortuna y un auténtico respeto entre los jefes de los servicios secretos de las dos potencias, que acudían a sus servicios para “resolver problemas” en los cuales no consideraban conveniente involucrar a sus propios efectivos. En años recientes, desde que el enfrentamiento Este-Oeste comenzaba a tener vigencia en Centro América y el Caribe, Iscariote había establecido en Panamá una sede alterna y desde allí, había planificado y ejecutado múltiples operaciones especiales por cuenta de la KGB y de la CIA. Entre sus víctimas, en atentados impecables, se contaban un exministro disidente en Cuba, un obispo católico en El Salvador, un candidato presidencial de izquierda en Guatemala, un antiguo general de la Guardia Nacional nicaragüense y el rector de una universidad hondureña, entre otros.
Para contactar a Iscariote, era necesario ser referido por uno cualquiera de los altos oficiales, en ambos servicios de espionaje, con quien éste hubiese tenido negocios en el pasado. El sistema era simple: el nuevo cliente debería comunicarse con un número telefónico en Lisboa y responder unas cuantas preguntas. En menos de cuarenta y ocho horas recibiría una llamada telefónica del propio Iscariote definiendo el lugar y la hora de la cita.
Dos horas antes de lo acordado con su nuevo cliente, Iscariote se registró en el Hotel Continental de la Vía España en Ciudad de Panamá, bajo el nombre de Alexander Bright, ciudadano australiano, se instaló en una confortable suite y se dispuso a esperar la llegada de un tal comandante Martínez, del Ejército sandinista, que venía recomendado por el coronel Igor Vlasinsky, oficial residente de la KGB en Managua, a quien Iscariote conocía de operaciones anteriores en Europa Oriental.
Media hora duró la reunión entre Iscariote y el comandante Martínez; en resumen: el nicaragüense aceptó el precio de doscientos mil dólares por la operación que debería ejecutarse en menos de sesenta días. Según lo acordado entregó un maletín con el cincuenta por ciento en billetes de banco de baja denominación. Lo verdaderamente interesante para Iscariote era que una semana antes el coronel Stanton, de la CIA, le había anticipado una suma exactamente igual por el mismo objetivo: Edén Pastora.

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Villa Santa Clara, sábado 26 de mayo de 1984

El tratamiento del doctor Mendieta, los cuidados de sus dos amigas y la rutina apacible de Villa Santa Clara, no habían contribuido tanto a la increíble recuperación de Maribel, como las tres visitas que en las últimas semanas le había hecho Misael. Ese día la joven lo esperaba con ansiedad pues sería la última vez que se verían antes de su viaje a Miami, previsto para el lunes de la siguiente semana. Las tres mujeres habían conspirado para que Maribel pudiese pasar su primera noche de amor a solas con su “doctor Zhivago”. Una prueba de que Maribel ya había logrado controlar su enfermedad y su comportamiento era normal, la constituía un cuaderno en que la joven había compuesto, como en su primera juventud y para su primer amor, una serie de hermosos poemas eróticos.
Misael llegó a Villa Santa Clara al caer la tarde trayendo como presente un hermoso ramo de rosas rojas. Bien pronto, el colombiano leyó en los ojos de la apasionada Maribel lo que sucedería esa noche largamente anhelada… Al día siguiente poco antes de partir, Misael le prometió a Maribel que en sus próximas vacaciones iría a visitarla a Miami. Al despedirse, ambos quedaron con la sensación de haberse reencontrado con el amor y llenos de la esperanza y la ilusión que produce en los seres humanos el amor correspondido.

Punto de Quiebre – Capítulo XIII

Por : kapizan
En : Capítulo XIII - Catársis, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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CATÁRSIS

Tegucigalpa, viernes 16 de marzo de 1984

El anhelado y muchas veces soñado “día D”, como llamaba El Turpial, dándose ínfulas de estratega militar, a la fecha escogida para cobrarle cuentas a Black Jack, había llegado. Con un entusiasmo digno de mejor causa y con la mente aguzada como la del más sanguinario de los sicópatas, el vengador concentró toda su energía en la minuciosa preparación de los últimos detalles en el alistamiento del macabro escenario que su mente perturbada había concebido. Semanas antes, gracias a un anuncio de prensa, había encontrado y alquilado por seis meses la vivienda, el depósito, la maquinaria, las herramientas, dos volquetas, y una mezcladora de concreto, a un ingeniero, contratista del gobierno municipal de Tegucigalpa, especialista en reparación de vías, quien pasaría una temporada fuera del país. A ese lugar debería conducir La Leona a su presa, sin que pudiese sospechar que una vez cumplida la tarea, ella también se convertiría en víctima.
Se trataba de unas instalaciones situadas en las goteras de la capital, ochocientos metros adentro de la carretera pavimentada que conectaba la base militar Hondureña de El Aguacate con Tegucigalpa. Era el lugar ideal para perpetrar el crimen, pues su aislamiento daba suficientes garantías de no ser descubierto: el tuerto podría gritar hasta desgañitarse sin que nadie alcanzara a escucharlo. La supuesta casa del tío de María de los Ángeles era una construcción sencilla de una sola planta con dos cuartos, un baño, sala, comedor y cocina. Era confortable, estaba amoblada con buen gusto y había sido decorada por la esposa del ingeniero, en forma tal que le confería un ambiente acogedor que invitaba a la intimidad. Un gozo anticipado le producía al Turpial imaginar que Lorenzo apenas alcanzaría a vislumbrar las posibilidades eróticas que ofrecía el nido de amor del ingeniero y su esposa.
Esa mañana, después de su ritual diario de ejercicios, baño y afeitada, El Turpial había dedicado un buen tiempo a taladrar la placa de concreto del piso en el galpón, contiguo a la casa, en el que se guardaba la maquinaria. Una vez triturado el cemento, comenzó a cavar un hoyo en el que pensaba enterrar los cuerpos de Lorenzo y Maribel, cubriéndolos con una gruesa capa de concreto. Se trataba de no dejar evidencia al atar el último cabo en la intrincada trama de su venganza, para poder refugiarse en Brasil en donde lo esperaba una nueva vida, disfrutando la fortuna de su antiguo jefe, que mantenía a buen recaudo en un banco de Río de Janeiro. Satisfecho con las dimensiones de la fosa, empleó dos horas en cargar una volqueta con los cascotes de cemento y con la tierra extraída, que arrojó a dos kilómetros del lugar. Al volver, alistó la mezcladora de concreto y regresó a la casa.
Hacia el final de la tarde, una hora antes de la llegada de sus víctimas, revisó por última vez la mesita rodante cargada de botellas de licor y escondió en el sitio previsto la mezcla de barbitúricos y escopolamina con la que La Leona debería sedar a Black Jack. Finalmente, apagó las luces y se dispuso a esperar escondido en un lugar desde el que podía vigilar sin ser visto.

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Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, viernes 16 de marzo de 1984

Ese día La Leona se despertó con la conocida sensación de tensión en el vientre que siempre la había acompañado cuando se disponía a participar en un operativo. Era una mezcla de miedo controlado, ansiedad y la vaga impresión de que algo podía fallar. A esos ingredientes se agregaba, en ésta oportunidad, un recóndito deseo de poner fin a la azarosa vida que había llevado desde la muerte de Max.
En su mente se alineaban, como los actores de teatro en espera del aplauso de la platea, sus múltiples personalidades: Maribel, la joven apasionada, soñadora e impulsiva, que componía versos eróticos, y disfrutaba la vida familiar a orillas de la laguna de Jiloa, mientras jugaba a ser correo de los sandinistas; Kasandra, la entusiasta e ingenua discípula de Vigorón convertida en insurgente por ganarse el amor de Max; la teniente Argüello, entrenada e indoctrinada en Cuba y destacada oficial del nuevo ejército sandinista; La Leona, implacable combatiente en las montañas de Nueva Segovia, persiguiendo bandas de antiguos somocistas; Julieta Meneses, en su breve actuación para entrevistarse con El Turpial en Tegucigalpa; y ahora, María de los Ángeles Pérez, interpretando el papel de niña burguesa para infiltrarse en las filas de la contra. ¿Y después qué? No encontraba ninguna respuesta, pero desde que había visto el llavero de Max con su nombre, rondaba en su mente una necesidad de afecto familiar, que no lograba ahuyentar del todo cuando recurría a su racionalismo revolucionario.
Según lo previsto por el comandante Martínez la misión de Maribel, después de interrogar y ejecutar al comandante de la FDN que le indicase El Turpial, concluía y debería regresar a Nicaragua, el lunes por vía aérea, para rendir el informe de interrogatorio y reintegrarse a su unidad en el ejército sandinista. Por primera vez en cinco años, Maribel pensó en la posibilidad de abandonarlo todo y en vez de regresar a Nicaragua huir a Guatemala y desde allí tomar contacto con su familia. Ésta intención, rápidamente desechada por la joven, fue la primera fisura en su fervor sandinista.

Un fuerte aguacero tropical la mantuvo toda la mañana encerrada en la rústica casita de madera que le servía de alojamiento. Mientras su mente se debatía en preguntas existenciales, sus manos se entretenían limpiando y puliendo el revólver Smith & Wesson calibre 38 de cañón corto que la acompañaba desde que se lo había apropiado, como botín de guerra, al final de su primer combate en las montañas al mando de un pelotón de cachorros de Sandino. Desde esa época se había ganado el apodo de Leona y el revólver se había convertido en su arma personal. Al presentarse ante el comandante Renato con su historia de fachada como María de los Ángeles Pérez, le había dicho que el arma pertenecía a su difunto padre y había obtenido su permiso para usarla. Su puntería con el chato revólver era muy certera en distancias de no más de veinte metros.
Cuando la lluvia amainó, guardó en un pequeño maletín de viaje dos mudas de ropa y un bolso con sus cosméticos; escondió en un compartimento oculto del maletín trescientos dólares en efectivo, el revolver y el pasaporte que la acreditaba como Rebeca Quintero, ciudadana Guatemalteca. El nuevo pasaporte se lo había entregado El Turpial en su anterior visita, explicándole: “Con este documento, que es auténtico y me costó unos bueno reales, podrás salir de Honduras y regresar a Managua una vez cumplida la misión”. En ese momento ignoraba que la cuestión del pasaporte era un detalle previsto por el retorcido personaje para darle confianza e impedir que sospechara sobre sus verdaderas intenciones. Finalmente, sintiéndose preparada anímicamente, salió decidida hacia el alojamiento de Black Jack, completamente posesionada de su papel y dispuesta a protagonizar el último acto en la vida de ese miserable.

El contubernio entre las fuerzas contrarrevolucionarias y el gobierno Hondureño era tan evidente, que todos los miembros de la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP) tenían instrucciones de permitir el libre tránsito de los vehículos civiles en que se transportaban los oficiales y la cúpula de la FDN en sus desplazamientos a Tegucigalpa. Su única identificación era la placa del automotor, normalmente camperos o camionetas de 4×4, pues sus ocupantes, se movilizaban sin documentos de identidad, portando armas y en ocasiones transportando explosivos. Por lo anterior, el campero Toyota que conducía Black Jack no solo pasó sin inconvenientes los dos puestos de control de la FUSEP, instalados entre Danlí y El Aguacate, sino que los uniformados hondureños dieron claras muestras de su simpatía y apoyo, tratándolos como aliados en la misma guerra. A las siete de la noche, sin ningún contratiempo, el campero estacionó en el lugar previsto para la encerrona.
Una vez en el interior de la casa, La Leona haciendo gala de una juguetona melosería, se las había arreglado para mantener a raya al impaciente Black Jack y lograr que éste aceptase el trago de ron con la dosis de narcóticos que, según El Turpial, “lo pondrá a dormir por lo menos cuatro horas que nos darán tiempo para preparar su interrogatorio”. Lo que Maribel no sospechaba era que el malévolo personaje tenía otras intenciones: atar al tuerto a una viga, esperar que recuperase el sentido, torturarlo a sus anchas y disfrutar sus reacciones cuando le revelase su verdadera identidad; inicialmente pensaba eliminar a la joven de un balazo, pero su libido alborotada por la excitación que a su mente perturbada e inmisericorde le producía la culminación de su venganza, decidió cambiar a última hora sus planes y calmar sus apetitos sexuales con el hermoso cuerpo de la muchacha. Cuando Lorenzo estuvo completamente drogado, entre ambos lo trasladaron al galpón y lo ataron a una viga. Hecho esto, El Turpial le indicó a Maribel que regresaran a la casa a preparar el interrogatorio. Una vez allí, le ofreció un trago con una dosis similar a la que ella le había suministrado al tuerto.
Sintiéndose dueño de la situación, con sus dos víctimas sedadas e inmovilizadas, se instaló cómodamente en la sala, se sirvió un trago doble de whisky en las rocas, encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar pacientemente a que Lorenzo despertase para llegar al clímax de su retaliación. Su mente retorcida saltaba entre lo que le haría al tuerto con las navajas y lo que le haría a Maribel a quien había dejado atada a la cama del cuarto principal, y se refocilaba de solo pensar en estas, para él, excitantes perspectivas.

El tintineo de unos cubitos de hielo en un vaso de whisky que agitaba El Turpial en la sala de la casa, fue el primer sonido que se abrió paso por entre las brumas que flotaban en la mente de Maribel cuando recobró la conciencia. Al intentar moverse, comprobó que estaba atada, con los pies unidos a la altura de los tobillos por un lazo de mediano grosor y las manos separadas, encima de la cabeza y amarradas a dos bolillos de madera tallada que encajaban en sendos travesaños, como adorno en la cabecera de la cama. Comprendió entonces, la gravedad de su situación. Una descarga de adrenalina producida por el pánico, terminó por despejar su mente y ayudarle a concentrar todas sus energías en un solo propósito: escapar.
Lo primero era conservar la calma y sopesar las posibilidades de salir con vida. Empleó unos cinco minutos en controlar su respiración mientras intentaba recordar las enseñanzas del instructor cubano que la había entrenado en técnicas de escape. Recorrió con la vista el aposento y pudo ver que su maletín reposaba sobre una mesita a pocos metros de la cama junto al de Black Jack. Los dos maletines estaban en la misma posición en que los habían dejado y no tenían señas de haber sido requisados. La posibilidad de que el revólver estuviese en su escondite le infundió nuevos ánimos a la prisionera.
Flexionando las rodillas y apoyándose en los talones empujó el cuerpo hacia atrás para que su cabeza quedara a la altura de una pequeña ventana desde la cual podía observar una parte del interior del galpón. Desde allí, alcanzó a ver la sombra del cuerpo de Black Jack que se proyectaba sobre el piso y permitía apreciar que continuaba colgado de la viga en la misma forma en que lo habían dejado.
El movimiento de los brazos para cambiar su posición inicial le trajo a Maribel un nuevo descubrimiento y una luz de esperanza: el bolillo al cual tenía atada su muñeca derecha estaba flojo. Si lograba desencajarlo, su mano derecha quedaría libre y podría desatarse por completo. ¿De cuánto tiempo disponía? Recordaba que la dosis suministrada al tuerto, según lo dicho por El Turpial, lo mantendría sedado por cuatro horas; si la dosis que le había suministrado a ella era igual, estaba segura de que había despertado en la mitad del tiempo, pues como le había dicho el anestesiólogo que participó en la cirugía que le practicaron en la Habana “tú eres una acetiladora rápida, es decir que tu organismo elimina cualquier sustancia narcótica o tóxica en la mitad del tiempo que le toma a una persona en condiciones normales”. En ese momento, pudo ver la hora en el reloj digital de la mesita de noche: 10:50 PM. Black Jack había quedado inconsciente alrededor de las 07:30 PM y ella media hora después; era de esperarse entonces que El Turpial se ocupase de su víctima cuando despertara, cerca de la media noche. En otras palabras disponía aproximadamente de una hora para intentar aflojar el bolillo con movimientos firmes pero lentos y cuidándose de no hacer ruidos que alertasen a su captor.
En la sala, un reloj de péndulo marcó las doce. El Turpial se levantó de su silla y se encaminó al cuarto en que tenía a Maribel para echarle una ojeada; la joven, advertida por las campanadas del reloj se acomodó en la posición inicial, cerró los ojos, y fingió permaneciendo inmóvil. Satisfecho, el verdugo, se dirigió al galpón en el momento en que Black Jack regresaba aterrado a la realidad.
Al quedar a solas, Maribel redobló sus esfuerzos para aflojar el bolillo en que tenía centrada toda su esperanza, segura de que cualquier ruido que hiciese no sería escuchado. El Turpial en ese momento, revelaba su identidad al desventurado Lorenzo mientras esgrimía una de las barberas y comenzaba la sádica tarea de cortar lonjas de carne del cuerpo del tuerto, produciéndole un dolor indescriptible que le arrancaba horripilantes alaridos y le llevaba a suplicar clemencia, como todos los cobardes, sin ninguna dignidad.
Los estridentes gritos de Lorenzo se habían transformado en roncos estertores cuando Maribel logró desprender el bolillo y liberar su mano derecha. Menos de tres minutos le tomó desatarse por completo, encontrar el revólver y alcanzar la puerta de la cocina desde donde disparó contra El Turpial. El verdugo recibió tres impactos en la cabeza y cayó fulminado. Más por misericordia que por odio, dirigió el arma contra Lorenzo, convertido en una masa sanguinolenta, y descargó sobre él las tres balas restantes. El eco de los disparos rebotó en el silencio de la noche y sacudió el cuerpo y el espíritu de la joven que de repente se sintió vacía, agotada, terriblemente asustada y sin saber que hacer. Completamente aturdida, avanzó unos pasos y se dejó caer sobre un banco de madera, dando la espalda a la dantesca escena. Su mente se negaba a recrear lo sucedido…
Horas después, el canto de un gallo penetró el silencio y sacó a la joven de su ensimismamiento. Como sonámbula y guiada por su entrenamiento militar se puso en la tarea de eliminar todo vestigio de lo sucedido: venciendo su aversión, descolgó los despojos de Lorenzo y arrojó los dos cuerpos, las navajas de Baltodano y el revólver a la fosa; regresó a la casa, se quitó las ropas manchadas de sangre, se duchó, recogió el maletín con su ropa y el pasaporte; comprendiendo que necesitaría dinero para huir, buscó entre las pertenencias del Turpial hasta encontrar el efectivo que este llevaba, y tomó cuatro mil dólares y algo más de quinientos lempiras; hizo lo mismo con cuatrocientos dólares que encontró en el maletín de Black Jack; recogió todas las evidencias en la maleta del Turpial y volvió al galpón para arrojarla en la fosa; encendió el motor de la mezcladora y cuando el concreto estuvo listo lo vertió sobre los cadáveres.
Al amanecer, la gruesa lápida había fraguado y Maribel decidió que era el momento de sellar para siempre ese capítulo en su vida y alejarse del lugar. No tenía claro lo que haría a partir de ese momento, pero su cuerpo exhausto y su conciencia alterada la empujaban a buscar un refugio discreto donde pudiese dormir y recuperar las fuerzas que comenzaban a flaquear. En consecuencia condujo el campero hasta el centro de la ciudad, lo abandonó con las llaves puestas, se alejó dos cuadras del lugar, tomó un taxi y le pidió al conductor que la llevase a un hotel económico.

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Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, Lunes 19 de marzo de 1984

Un misil explotó a menos de dos metros del cobertizo de madera que le servía a Misael como alojamiento. El curtido combatiente reaccionó instintivamente: empuñó su fusil y buscó refugio en las zanjas de protección cavadas para tal fin. A la explosión inicial le siguieron una andanada de misiles Katiuska de trayectoria tierra-tierra, con los cuales el gobierno soviético había dotado al ejército sandinista. En verdad estos ataques, que se repetían aproximadamente cada mes, eran operaciones de hostigamiento que dada la dispersión de las instalaciones de la base militar, no lograban mayor efecto que asustar a los reclutas recién incorporados a la contra. En los últimos seis meses sólo habían muerto dos campesinos que no tuvieron tiempo de protegerse del misil que destruyó su rústica vivienda. Como procedimiento operativo, los contras habían establecido el envío de patrullas para tratar de capturar al soldado sandinista que seguramente estaría situado en alguno de los cerros aledaños como observador adelantado, de las piezas emplazadas en el borde mismo de la frontera a tres kilómetros de distancia. Hasta esa fecha no habían capturado a ninguno.
El ataque de ese día era el tercero que había vivido Misael, desde su llegada a Las Vegas y fue un absurdo comienzo para la celebración de su cuadragésimo cumpleaños. Minutos después, cuando cesaron las explosiones, persistía una molesta llovizna que había convertido las zanjas de arrastre en lodazales y aumentado las molestias de los atacados que poco a poco regresaron a sus cobertizos murmurando maldiciones pero ilesos.
― ¡Que desperdicio de munición! estos imbéciles no le atinan a nada. Los rusos están botando su platica apoyando a estos ineptos ― le comentó Misael al comandante Renato mientras recorrían juntos las instalaciones más vulnerables de la base militar que, como en ocasiones anteriores, salieron incólumes de la chapucera ofensiva. Renato que había sido sargento de artillería opinó:
― Parece que dispararan a ciegas. Una de dos: no usan observadores adelantados para reglar el tiro o éstos son pésimos para guiar a los apuntadores en la noche. Les iría mejor si dispararan con las primeras luces del día. Lo que llamábamos los artilleros el crepúsculo náutico matutino. Lo molesto es que le joden a uno el sueño.
Ese lunes, la rutina del campamento que normalmente se iniciaba a las seis de la mañana con una formación general, se vio alterada por el estropicio producido por un misil que hizo impacto en uno de los fondos en que se preparaba el desayuno de la tropa. Con un atraso de dos horas, el comandante 3-80 recibió el parte diario de los comandantes subalternos y se enteró de la novedad: Black Jack y María de los Ángeles Pérez no habían regresado del permiso de fin de semana. Inicialmente se pensó que era una falta disciplinaria, pues no era la primera vez que el polémico comandante abusaba de sus privilegios y se tomaba uno o dos días extra de permiso. Dos horas después, una llamada del jefe de la FUSEP desvirtuó esa hipótesis: el campero asignado a Black Jack había sido abandonado en una calle de Tegucigalpa, y no había rastro de sus ocupantes. Se empezaron a barajar entonces dos nuevas posibilidades: la pareja había desertado o habían sido secuestrados por un comando sandinista que operaba clandestinamente en Honduras y que en una ocasión anterior había asesinado a un antiguo oficial de la Guardia Nacional.
A media mañana la normalidad volvió al campamento y se reiniciaron las actividades propias de lo que en esencia era: un centro de instrucción militar dedicado a preparar grupos de reclutas que una vez terminado su adiestramiento eran asignados, en grupos de treinta o cuarenta combatientes, a los seis comandos regionales que tenían su puesto de mando en Las Vegas, en donde permanecían casi todo el tiempo los comandantes, mientras las tropas combatían en territorio nicaragüense. En opinión de Misael, esa actitud de los comandantes regionales, similar a la de la cúpula de la FDN que permanecía la mayor parte del tiempo en Tegucigalpa o los Estados Unidos, denotaba una falla estructural grande en el conjunto de las fuerzas contrarrevolucionarias. Era normal que los comandantes regionales mantuvieran a sus amantes en sus refugios del campamento y casi nunca, se internasen en las montañas para dirigir las operaciones en el terreno. Si esa situación no cambiaba, las probabilidades de que la contra triunfase eran cada vez menores. Para Misael no dejaba de ser paradójico que en esta absurda guerra, el ejército regular, los sandinistas, fuera de izquierda y la insurgencia, los contras, fuese de derecha. Curiosidades de la guerra fría: tibia y de baja intensidad en esa región, desde la perspectiva de los bloques enfrentados; ardiente, sangrienta y cruel desde la óptica de los observadores neutrales que veían, las familias divididas, el país en la ruina y los hermanos nicaragüenses matándose entre si.
La noche oscura, calurosa y densa cayó como un pesado manto sobre el ánimo de Misael que se encaminó a su alojamiento a “celebrar” completamente solo su cumpleaños. Destapó una botella de ron, se tomó un buen trago y se sumió en sus pensamientos en torno al rumbo que le daría a su vida ahora que era soltero y estaba comprometido en una aventura con futuro incierto.

El matrimonio de Misael había sido la primera víctima desde su incorporación a la CIA: quince años de convivencia se habían ido al traste. En la última semana de diciembre había viajado a Bogotá para celebrar las fiestas de fin de año con su familia pero Lucía, su esposa y madre de sus cuatro hijos, le anunció su intención de separarse. La causa, expresada con cruda franqueza por Lucía, era un profesor universitario del cual se había enamorado. Misael había encajado el golpe con sentido pragmático consciente de que ante un argumento de esa naturaleza no valía la pena intentar la recuperación de un amor que había perdido su fuerza y su vigencia. Puesto que en Colombia para esas fechas no existía el divorcio entre parejas casadas por lo católico debido a un concordato entre el Gobierno y la Iglesia, sólo se permitía la separación de cuerpos y bienes. Entonces, como muchas otras parejas en situaciones similares, dieron poder a un abogado especializado que efectuó los trámites de divorcio en República Dominicana, sin necesidad de que ellos viajasen. Días antes, Misael había recibido la sentencia de divorcio por incompatibilidad de caracteres. Legalmente era de nuevo un hombre soltero y podría contraer nupcias en cualquier otro país diferente al suyo. ¿Volvería a casarse? No lo creía, pero sin querer, a su mente acudió la imagen de María de los Ángeles.
El sólo pensar que la bella e inteligente joven hubiese podido desertar en compañía de un sujeto tan despreciable como Black Jack, le producía a Misael un malestar cuyas causas intuía pero no se atrevía a reconocer: la joven le había atraído enormemente desde que la vio por primera vez y una sensación parecida a los celos había agregado un ingrediente más a la antipatía que le producía el arrogante tuerto, al enterarse que habían salido juntos a pasar el fin de semana.
Pensó en servirse un segundo trago pero no lo hizo. El sábado siguiente celebraría en forma su cumpleaños en compañía de su primo Nando, con quien había quedado de encontrarse para asistir al show que ofrecía Simon´s Club con un grupo de bailarines de samba.

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Tegucigalpa, sábado 24 de marzo de 1984

Juanito estaba feliz: la totalidad de las mesas del Simon´s Club tenían reservación y había doce personas en lista de espera. La presentación del grupo brasilero de samba había despertado una gran expectativa entre sus clientes y todo parecía augurar que esa sería una estupenda noche. De hecho, las presentaciones del jueves y el viernes habían sido un éxito. Como siempre, salió de su camerino para recorrer el local e inspeccionar que todo estuviese a punto. A pocos metros de la puerta, alcanzó a escuchar una voz femenina con acento nicaragüense que alegaba con el portero e insistía en ver al dueño del local para presentarse como artista. Desde donde estaba alcanzó a ver a una mujer, ataviada con una túnica de algodón, que llevaba una guitarra colgada en bandolera sobre la espalda. Movido por la curiosidad, se aproximó para ver de cerca a la guitarrista, cuya bien modulada voz le resultaba lejanamente familiar. Cuando la joven sintió sus pasos giró la cabeza y Juanito, estupefacto, no daba crédito a lo que veían sus ojos: frente a él, un tanto demacrada pero hermosa, estaba de cuerpo entero, Maribel Argüello.
Al reconocerlo, sin darle tiempo para reponerse de su sorpresa se abalanzó sobre él con una efusividad exagerada que lo hizo trastabillar. La excitación y el brillo en los ojos de la joven le llevaron a pensar que estaba drogada, ebria o al menos muy alterada. Como pudo y con firme delicadeza se soltó de su abrazo y la condujo al interior del local. Mientras avanzaban hacia su apartamento, similar al que antaño compartía con Simón, Maribel no cesaba de hablar y de hacer preguntas como queriendo decirlo todo y saberlo todo de una vez. Con su torrente incontenible de palabras sólo lograba sumir en el desconcierto al atónito Juanito:
― ¿Dónde están mi papá y mi hermana? Ya mi guerra terminó. Quiero ver a Adriana. Max ya está vengado. ¿Dónde está Simón? El Turpial me quería matar pero yo me le adelanté. Este club está mejor que El Atlantis. Me escapé de Las Vegas. El hijo de Baltodano quedó vuelto mierda. ¡Jajaja! Le disparé para que no sufriera como Max. ¿Te gusta mi guitarra? Es española la compré ayer. Vigorón y Lorena traicionaron la revolución. Yo sé donde está la tumba de concreto. ¿Dónde está el mulato Bernardo? Es un hombre muy sexy. No puedo volver a Managua porque me joden. ¿Mi papá está en Managua? ¡Jajaja! Yo canto lo mismo que canta Adriana. Tenés que escucharme. ¿Vos creés que mi papá me perdone? Vós no sabés quien soy. Jajaja. Soy la Leona y soy María de los Ángeles y soy Kasandra y soy la teniente Argüello y soy Julieta Meneses. Ah y el Turpial quería que ahora fuera además Rebeca Quintero. ¿Vos creés que soy Maribel? Jajaja. No soy ninguna pero soy todas. Jajaja. La revolución y la contra me valen verga. Quiero la paz. Quiero bailar. Quiero cantar… ― Maribel que hasta entonces había permanecido de pié y gesticulando, mientras daba pasos cortos en torno a Juanito, se detuvo, descolgó la guitarra de su espalda, la afinó y comenzó a cantar “Hasta Siempre”.
Juanito tuvo un respiro para poner orden a sus ideas. Cuando la joven terminó la canción, tenía el esbozo de un plan para intentar resolver el problema que se le había presentado con la inesperada aparición de Maribel. Sin darle tiempo para reanudar su incoherente perorata, se apresuró a preguntarle:
― ¿Tienes hambre?
― Sí, mucha pero solo quiero frutas, bastantes frutas.
Por el intercomunicador, Juanito dio instrucciones para que le trajesen el pedido y aprovechó para ordenar que tan pronto llegase el señor Jaramillo a cuyo nombre estaba reservada la mesa número dos, lo hicieran pasar de inmediato a su apartamento.
Al rato, Nando y Misael que habían llegado en plan de celebración, se llevaron una sorpresa mayúscula cuando fueron conducidos al apartamento de Juanito y se encontraron a la exaltada joven que en ese momento daba cuenta de una enorme porción de papaya. La doble identidad de Maribel se puso de manifiesto con la pregunta simultánea de los dos hombres:
― ¿Maribel?
― ¿María de los Ángeles?
― Si, si, si yo soy las dos y no soy ninguna. Pero quiero volver a ser Maribel la hija de mi papá y la hermanita menor de María José. ¿Cómo les parece muchachos?― después dirigiéndose a Nando le dijo:
― ¿Por qué me salvaste? Me hubiera ido mejor muerta. ¿O quien sabe? Si no me hubieras escondido en tu casa, jamás hubiera conocido a ésta belleza de hombre ―. Ahora escúchenme todos: esta guerra es una mierda, los sandinistas son una mierda, los contras son una mierda. Todo es una mierda, mejor hagamos el amor y no la puta guerra…
Juanito aprovechó el nuevo y disparatado discurso de Maribel, para escabullirse hasta el teléfono y llamar al doctor Mendieta, un siquiatra con quien mantenía una buena relación, para buscar ayuda. En ese momento no le cabía la menor duda de que su amiga sufría una grave perturbación mental.

A solas con los dos primos, Maribel volvió a repetir la sarta de incoherencias con que había abrumado a Juanito. La remató con una estridente y convulsiva carcajada, se volvió hacia Misael y mirándolo fijamente a los ojos le dijo:
― Yo se que te gusto. Vos a mí me fascinás, te parecés a Omar Sharif el egipcio que hizo el papel de doctor Zhivago. ¿Te gustaría ser mi doctor Zhivago? A vos no te gustaba Black Jack y te ponías celoso porque andaba conmigo. ¡Jajaja! No tenías porque celarme; pero claro, vos no sabías que le estaba preparando una trampa a ese tuerto hijo de la gran puta. ¿Y sabés qué? Gané yo. Black Jack está enterrado en la tumba de concreto. ¿Querés saber donde? ¿Puedo confiar en vos? Tus ojos me dicen que si, que no vas a ir a contarle este secreto a 3-80. Mi doctor Zhivago es noble y se está ganando mi amor.― Como para darle fuerza a su última frase, Maribel se abrazó a Misael y lo besó apasionadamente en la boca.
Mudo de asombro Misael no acertaba a pronunciar palabra. En su mente, algunas de las incoherencias expresadas en el delirio de la joven tenían sentido. Otras no. Algo similar le ocurría a Nando. Ambos necesitaban con urgencia salir de allí, armar el rompecabezas verbal y tratar de entender lo que estaba sucediendo. Afortunadamente, a los pocos minutos regresó Juanito en compañía del doctor Mendieta y los dos primos aprovecharon para dirigirse al bar.
Combinando algunas de las deshilvanadas afirmaciones de Maribel con la información que cada uno tenía sobre su pasado, los dos primos lograron establecer que la situación de la joven era muy delicada: aparte de su clara perturbación mental, seguramente la FUSEP la estaría buscando para entregarla al comando de la contra. Esto último significaba una clara sentencia de muerte. Pues, según Misael, los contras no eran propiamente un dechado de respeto por los derechos humanos; él mismo había sido testigo del fusilamiento de prisioneros sin fórmula de juicio. En su opinión, el asesor gringo en cuestiones de derechos humanos era una figura decorativa.
― ¿En qué piensas Misael? preguntó Nando a su primo para interrumpir el prolongado silencio que siguió al debate sobre los hechos que habían podido dilucidar.
― En una frase que aprendí del abuelo Tobías: “Nunca digas todo lo que sabes porque el que dice todo lo que sabe muchas veces dice lo que no conviene”―. Tras una pausa agregó: ― Por mi parte, no me siento obligado a compartir esto con los contras… Preferiría protegerla con mi silencio. Al fin de cuentas ésta no es mi guerra. Además, creo que en éste momento debo desaparecer de la escena para evitar complicaciones. ¿No te parece primo?

Poco después de media noche, el maître se acercó a Nando y le dijo que Juanito lo esperaba en su apartamento. El joven empresario que estaba solo y se notaba bastante preocupado, le resumió la situación: el doctor Mendieta había decidido internar a Maribel en su clínica privada, para efectuar un diagnóstico, una vez pasara el efecto del fuerte sedante que le había aplicado antes de pedir una ambulancia para trasladarla. El siquiatra consideraba que el lunes en la tarde podría tener un cuadro clínico completo y una propuesta sobre el tratamiento mas indicado. Lo que más preocupaba a Juanito eran algunas de las frases pronunciadas por Maribel, que le llevaban a suponer que la joven estaba metida en un serio y sórdido problema, cuyas implicaciones no alcanzaba a vislumbrar. Lo extraño era que en los bolsillos de la túnica que vestía Maribel habían encontrado cerca de mil dólares en efectivo, algunos cientos de lempiras y un pasaporte guatemalteco, con la foto de la joven pero a nombre de Rebeca Quintero, nacida en Quetzaltenango.
Para Juanito, el único aspecto favorable era que no estaba solo en la búsqueda de soluciones: Nando permanecería dos semanas más en Tegucigalpa y Braulio llegaría el lunes a primera hora, pues ambos estaban participando en un Programa de Alta Gerencia, dirigido a los ejecutiv0os de una importante empresa estatal.

***

El doctor Mendieta había citado a Juanito para las tres de la tarde del lunes. Éste llegó en compañía de Braulio, pues Nando tenía una clase a esa hora. Después de las presentaciones, el siquiatra fue directamente al grano:
― En mi opinión, la paciente sufre un trastorno afectivo bipolar y requiere un período de hospitalización en un centro especializado para iniciar un tratamiento. En éste momento se encuentra tranquila y gracias a los medicamentos que le he proporcionado, ha estado en condiciones de recordar y relatar los hechos más importantes de su vida, hasta un reciente episodio traumático, que obró como desencadenante de la enfermedad. Cuando escuchen mi versión de lo que le ha sucedido a la joven, seguramente comprenderán que no puedo mantenerla interna en mi clínica y que incluso es conveniente, por su propia seguridad, sacarla cuanto antes del país.
En la hora siguiente el siquiatra reconstruyó lo sucedido a Maribel desde que Max había sido torturado y asesinado hasta los sucesos que culminaron con la muerte del Turpial y Lorenzo Baltodano. En opinión del médico, era muy probable que la paciente tuviese una predisposición genética hacia la enfermedad, y que los eventos del viernes 18 hubiesen precipitado su manifestación. Al abandonar el vehículo, había tomado un taxi que la llevó a un hotel de tercera categoría en las inmediaciones de una central de transporte. Entre el sábado y el jueves había estado encerrada en su habitación y sumida en una profunda depresión. Para Mendieta, éste había sido el primer episodio en la fase depresiva de la enfermedad. En la mañana del viernes, sin ninguna razón aparente, el ánimo de la joven había cambiado drásticamente para dar paso al primer episodio maníaco. Por fortuna, esa fase no estaba muy avanzada cuando llegó al Simon´s Club. Sus primeras manifestaciones habían sido de una euforia desbordada pero no agresiva. Gran parte del dinero en efectivo que poseía, lo había gastado en la compra de la túnica, los collares con que se adornaba, y la guitarra por la cual había pagado un precio excesivo.

La negativa del siquiatra a mantener en su clínica a Maribel forzó su traslado al apartamento de Juanito en donde la mantendrían escondida, bajo los efectos del ansiolítico formulado por Mendieta para mantener controlado el episodio maníaco, mientras tomaban una decisión sobre cuando y hacia donde deberían enviarla.

Punto de Quiebre – Capítulo XII

Por : kapizan
En : Capítulo XII - El Turpial, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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XII
EL TURPIAL

Tegucigalpa, diciembre de 1983

El reloj digital marcaba las 05:45 cuando El Turpial, acostado en posición decúbito dorsal, sobre una tabla de ejercicios, inició su sesión diaria de levantamiento de pesas, para fortalecer los músculos del pecho los hombros y los brazos. Terminada la rutina se encaminó al baño, se desnudó y se dio una ducha helada. Sin secarse el cuerpo, se aplicó una generosa porción de espuma de afeitar en las mejillas y el cráneo. Extrajo, de un antiguo estuche de cuero con siete navajas de afeitar, la pieza marcada Mittwoch (miércoles), la afiló con una gruesa tira de cuero, adherida con un gancho a la pared, y comenzó a rasurarse la cabeza y las mejillas, cuidándose de dejar intacto el alargado bigote que cubría el labio superior y terminaba puntiagudo a ambos lados del mentón. Tras comprobar la tersura en la piel recién afeitada, retiró los restos de espuma con una toalla húmeda, y la cubrió con una fina capa de crema humectante. Por último, revisó la parte inferior de sus antaño cejas espesas y valiéndose de unas pinzas las depiló para eliminar algunos pelos diminutos que comenzaban a aflorar. Satisfecho con su aspecto facial, se vistió con el acostumbrado traje safari de color caki y asumió por completo la personalidad de Salomón Escobar.
Mientras consumía un frugal desayuno con café negro y dos tostadas de pan integral, El Turpial se sentía cada vez más eufórico por la proximidad de la operación que llevaba años urdiendo y que terminaría por saciar su obsesiva sed de venganza centrada en un solo objetivo: eliminar para siempre, con una sevicia largamente madurada, a su odiado enemigo Lorenzo Baltodano Rodríguez, conocido en la contrarrevolución nicaragüense con el nombre de Black Jack. La suerte estaba de su lado pues el señuelo que utilizaría para atraer a su presa, seguramente tendría motivos suficientes para hacer de buen gusto lo que, con autorización del comandante Martínez, él le ordenaría.

Salomón Escobar había “nacido” el sábado 26 de agosto de 1978 y había sido “bautizado” en Masaya en noviembre del mismo año, fecha en la que totalmente recuperado de una herida que pudo haber sido mortal y con el pasaporte de un primo hermano suyo fallecido dos días antes, había cruzado la frontera sur de Nicaragua para unirse al frente comandado por Edén Pastora, en los comienzos de la ofensiva final que culminaría con la toma de Managua y la caída del régimen somocista. En los últimos cinco años la transformación física, mental y económica de Salomón había sido total: su antiguo sueldo y eventuales prebendas, como suboficial de la Guardia Nacional nicaragüense fueron reemplazados por los rendimientos mensuales sobre cerca de tres millones de dólares que tenía depositados en bancos panameños, con ocasionales ingresos como agente doble que proporcionaba información de inteligencia, tanto a los sandinistas como a la contra; su mentalidad de sargento leal, razonablemente disciplinado y sin mayores ambiciones dio paso a un hombre independiente, egocéntrico, maniáticamente autodisciplinado y movido por un odio compulsivo y enfermizo hacia su único enemigo; su figura regordeta, con cejas espesas, cabellera encrespada y nariz recta, había adquirido una contextura atlética y musculosa que con la cabeza afeitada, las cejas depiladas y el bigote largo, le hacían completamente irreconocible para quienes lo hubiesen conocido como el sargento Eladio Gutiérrez Escobar, antiguo conductor del general Ulises Baltodano Garcés y posterior subalterno del subteniente Lorenzo Baltodano Rodríguez.
Ese fatídico sábado de agosto en que Lorenzo quiso encubrir su responsabilidad en la muerte de Max, disparando a sangre fría contra el maquillador y Gutiérrez, no contaba con que éste último ni siquiera perdió el sentido. Fingió estar muerto cuando se percató de que la bala se incrustó en su pecho sin afectar el corazón, simplemente porque él era uno de los pocos casos de dextrocardia congénita (corazón al lado derecho). Por fortuna para el sargento, Lorenzo no se molestó en revisar a sus víctimas y huyó del lugar con el cadáver de Max, sin saber que en vez de dar muerte a su subalterno había incubado en él un germen de odio y un anhelo de venganza inconmensurables.
Por suerte, en ningún momento había perdido el sentido y pudo recorrer algo más de un kilómetro hasta la pequeña casa en las afueras de Masaya que compartía con su primo, desde la muerte de la madre de éste último. Salomón, que como él, era suboficial de la Guardia Nacional, estaba de franquicia y pudo prestarle los primeros auxilios mientras acudía un médico de confianza que le hizo una intervención quirúrgica menor para extraer el proyectil y drenar sus pulmones. Días después, en medio de la agitación que produjo en las filas de la Guardia el asalto de Pastora al Palacio Nacional, a Salomón le quedó fácil “encontrar” los cuerpos de Gutiérrez y el maquillador, simular el entierro de los dos cadáveres y rendir un informe que nadie tuvo tiempo de verificar. Así pues, a Lorenzo Baltodano le llegó la noticia de la muerte de Gutiérrez y quedó satisfecho con la forma en que se habían desenvuelto los acontecimientos.
La suerte había seguido del lado de Gutiérrez: una tarde de noviembre, Salomón falleció en su casa de un ataque cardíaco; Gutiérrez lo enterró en el solar, dedicó varios días a prepararse afeitándose la cabeza y depilándose las cejas para parecerse a su primo; tomó el pasaporte de éste, la pistola de dotación y viajando de noche se presentó como desertor en Costa Rica y se unió a las fuerzas sandinistas que comandaba Pastora.
El 19 de julio de 1979 mientras los sandinistas celebraban el triunfo de la revolución en medio de una euforia descontrolada, el nuevo Salomón se las arregló para llegar a la antigua casa del general Baltodano; sustraer el estuche de navajas alemanas y una pequeña caja fuerte que éste mantenía empotrada en una pared de su estudio. Esa misma noche logró violentarla, extraer el dinero, las joyas y los títulos valores que mantuvo escondidos durante tres meses, al final de los cuales decidió huir del país convertido en millonario para dedicarse a buscar a su enemigo.

A las siete en punto, tres golpes en la puerta le indicaron a Salomón que la Leona había llegado. El Turpial la recibió aparentando una cordialidad que desentonaba con su aspecto rudo y no inspiraba ni un átomo de confianza; después de ofrecerle una taza de café amargo y tibio, la invitó a sentarse frente a él en una de las cuatro sillas que formaban la sala de la casa que a la joven le pareció oscura y siniestra. Le ofreció un cigarrillo de tabaco negro que ella declinó, encendió uno para él y tras exhalar la primera bocanada del apestoso humo, sin más preámbulos le dijo:
― Yo mismo te recomendé con el comandante Martínez para ésta misión. Estoy seguro de que participarás en ella con entusiasmo cuando te diga no de que se trata sino de quien se trata; y esto solamente tenés que saberlo vos. Como te dijo el comandante tu responsabilidad una vez infiltrada es obtener la mayor cantidad posible de información sobre la base de la contra en Las Vegas, y sobre todos y cada uno de sus oficiales. Lo que no sabe Martínez, es algo que yo sé y solo a vos debe interesarte. ― El Turpial hizo una pausa para observar la reacción de la joven y al ver la intriga reflejada en su rostro prosiguió ― nuestro primer objetivo tiene nombre propio: Lorenzo Baltodano Rodríguez, el hijo del general Baltodano…
― ¿Quién? ― preguntó desconcertada La Leona.
― Lorenzo Baltodano ― replicó El Turpial con una torcida sonrisa ―. El verdadero asesino de Maximiliano Harrison. Tengo particular interés en acabar con ese cerdo, por razones muy parecidas a las tuyas. Lo que necesito saber es si puedo contar con vos para tenderle una trampa. Te mostraré algo y te contaré la historia para que vos misma juzgués si lo que te digo es cierto o no.
El Turpial metió la mano al bolsillo y sacó un llavero con el nombre Maribel tallado en una pequeña plaqueta de madera. La joven lo reconoció de inmediato como el llavero en el que Max guardaba las llaves de su motocicleta. Muda de asombro experimentó interiormente un huracán de emociones que le costó trabajo controlar para escuchar, tan calmada como pudo, las explicaciones que el extraño personaje le iba dando sobre las circunstancias de tiempo modo y lugar en que Lorenzo había dispuesto la captura y el salvaje interrogatorio a que había sido sometido su novio.
Después de escuchar el relato de El Turpial, un poco más tranquila, Maribel se atrevió a preguntar:
― ¿Vos como te enteraste de eso y de qué querés vengarte?

El Turpial que había preparado una respuesta para no comprometer su verdadera identidad frente a la joven le resumió en pocas palabras el motivo que le impulsaba a eliminar a Lorenzo Baltodano: había hecho un juramento a su primo hermano el sargento Eladio Gutiérrez, que para entonces se desempeñaba como subalterno de Lorenzo, y había fallecido dos días después de que éste le hubiese propinado un disparo para borrar con su muerte todo vestigio de su participación, en un complot que contemplaba la captura de Max Harrison con la intención de impedir la boda del General Baltodano con la vedette del Atlantis. Eladio había logrado sobrevivir hasta llegar a la casa que compartían, pero pese a la atención médica que había logrado conseguirle, su primo sólo vivió el tiempo suficiente para contar en detalle lo sucedido y obtener el juramento de que su único pariente lo vengaría. Desde entonces, El Turpial había estado buscando a Baltodano y al encontrarlo empezó a preparar el plan en el cual le pedía a ella su colaboración.
Cuando La Leona le preguntó como se había enterado de su incorporación al ejército sandinista, El Turpial le contó la verdad sobre su encuentro con Roberto Harrison semanas antes. Ésta última parte produjo en Maribel una extraña emoción de nostalgia y un dejo de remordimiento por la forma en que ella había herido los sentimientos de su padre. Por primera vez en muchos años sintió la carencia del afecto familiar al que, en su desesperación por la muerte de Max, había renunciado. Sin embargo, acudiendo al recurso interno de su “responsabilidad revolucionaria”, aceptó sin titubeos la propuesta de colaborar con el siniestro personaje.

***

Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, diciembre de 1983

El comandante “Renato” llegó a la base de Las Vegas al atardecer del viernes 16 de diciembre, bastante satisfecho con los resultados de su recorrido por los alrededores de Ocotal: había reclutado doce nuevos combatientes entre los pobladores de la región. En realidad, se trataba de un grupo variopinto de campesinos y trabajadores que, desesperados por la escasez alimentaria originada en el bloqueo económico de los Estados Unidos a Nicaragua y en las equivocadas políticas internas de los sandinistas, habían optado por unirse a las fuerzas insurgentes de la FDN. Traía nueve hombres, dos de ellos con sus esposas y una joven que le había impresionado por su belleza, su inteligencia y su determinación de unirse a la lucha. Cuando ésta última mencionó su nombre y se presentó como la hija única del difunto Rogelio Pérez, los otros reclutas aseguraron haber conocido u oído hablar de su padre y comenzaron a tratarla con especial respeto.
Al llegar a la base Renato, separó del grupo a la joven Pérez, encargó a uno de sus subalternos de asignar alojamiento a los nuevos combatientes, y con el orgullo de quien ha conseguido un trofeo se encaminó al puesto de mando para presentarla ante el comandante 3-80. De camino a la rústica casa de madera que servía como centro de operaciones, se cruzó con Black Jack que venía enfurecido murmurando maldiciones. Era tanta su ira que no se percató de la presencia de la joven pero exteriorizó sus sentimientos frente a su compañero:
― Ese cabrón que trajeron los gringos es un hijo de la gran puta. Se cree el dueño de esta mierda. Y lo peor es que 3-80 le hace caso en todo. Éste imbécil lo convenció de que no me autorizara un ataque al nuevo cuartel piricuaco que tengo perfectamente ubicado. Según él, no estamos listos para una operación de ese tamaño. 3-80 ordenó para mañana una reunión de comandantes, dizque para empezar un entrenamiento táctico con ese playo. ¿Vos que pensás?
Sin esperar respuesta, el tuerto siguió su camino, se encerró en su alojamiento, destapó una botella de ron flor de caña y se la bebió a pico de botella, hasta quedarse dormido en medio de su frustración y su rabia.

La intervención de Misael ante un grupo de doce comandantes de la contra reunidos en la sala de operaciones de la base, fue brillante y convincente: comenzó haciendo un balance de la capacidad operativa de la organización que puso de manifiesto las principales debilidades tácticas, las carencias en conocimiento de armamento y las deficiencias en planeamiento de operaciones. Como todos sabían de su experiencia combatiendo en las montañas colombianas, en tono mesurado pero con argumentos contundentes obtuvo la aceptación y el apoyo para iniciar a partir del siguiente lunes un proceso de entrenamiento que había diseñado para suplir las fallas. El único que no participó activamente en la reunión fue Black Jack, que permaneció todo el tiempo en silencio, como invitado de piedra, mientras rumiaba su frustración y se imaginaba formas para sabotear los esfuerzos del asesor.
Al caer la tarde Misael se vistió con ropas civiles y por primera vez desde su llegada se dirigió, conduciendo el campero Toyota que le habían asignado, a Tegucigalpa con el fin de llamar a su familia en Colombia y tomarse el fin de semana de descanso. Una vez en la capital, en vez de alojarse en la casa de seguridad que le habían ofrecido, se instaló en el hotel Honduras Maya. En la noche, antes de cenar, se dirigió a la barra del bar para tomar un aperitivo. De espaldas a la puerta, no vio la figura de un hombre que al distinguir sus facciones reflejadas en el espejo a espaldas del bartender, se encaminó hacia él, y lo abrazó con fuerza por detrás, al tiempo que le preguntaba:
― ¿Qué hace por éstas tierras mi primo?
La expresión en el rostro de Misael, reproducida fielmente en el espejo, fue suficiente para que Nando comprendiera que debía obrar con discreción. Sin pronunciar una palabra más, tomó de un brazo a su primo y lo condujo a una apartada mesa en un extremo del bar.
Al descubrir que ambos estaban comprometidos en operaciones clandestinas patrocinadas por los Estados Unidos para desestabilizar al gobierno sandinista, decidieron destapar sus cartas: Misael como asesor y entrenador de la contra y Nando prácticamente infiltrado en el gobierno sandinista sobre el cual enviaba reportes periódicos a su contacto en Washington y atendía requerimientos de inteligencia; además, desde la llegada de Reagan al poder, le habían asignado la responsabilidad de montar y dirigir una red de inteligencia, para operar en los cinco países centroamericanos y Panamá.
Los dos primos acordaron que ocultarían su parentesco ante sus respectivos controladores gringos y que periódicamente, cuando Nando viajase a Honduras, procurarían encontrarse para compartir experiencias y darse apoyo en sus respectivas, pero solitarias actividades. Por supuesto quien más tenía información e historias para compartir era Nando, cuya vinculación con el Departamento de Estado se remontaba a 1978. Misael concluyó que la labor de Nando, era mucho más riesgosa que la suya y que en cierta forma las buenas relaciones que éste mantenía con los mandos sandinistas, se debían al hecho de haber escondido en su casa a dos guerrilleras que habían resultado heridas en una explosión, meses antes del triunfo revolucionario. La fachada de Nando era perfecta como profesor de INCAE y en tal virtud poseedor del estatus de Misión Internacional, pero si algún día lo descubrían…

***

Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, marzo de 1984

La segunda fase del plan concebido por el comandante Martínez para ser ejecutado por la Leona había sido un éxito. Tres meses antes, la joven se había presentado ante un comandante de la contra en cercanías a Ocotal, mientras éste patrullaba la zona, en plan de reclutar campesinos para incorporarlos a sus filas. La historia que le habían preparado, y los documentos falsos que portaba a nombre de María de los Ángeles Pérez, eran bastante creíbles: tras la muerte de su padre, un rico cafetalero de la zona a quien los sandinistas le habían confiscado sus tierras, había suspendido sus estudios en los Estados Unidos y regresado a Ocotal para reclamar sus propiedades; los infructuosos esfuerzos ante las autoridades sandinistas para lograrlo, la habían convencido de optar por vincularse a la FDN y luchar por recuperar su herencia paterna. Como toda buena fachada, ésta era una verdad a medias: don Rogelio Pérez era un conocido agricultor, que había fallecido de un infarto, y su única hija en realidad se llamaba Maria de los Ángeles, pero se encontraba interna en una clínica siquiátrica en Denver Colorado. Circunstancia, ésta última, que el comandante Martínez había logrado establecer, gracias a un sobrino sandinista de don Rogelio quien le había comentado que éste ocultaba la realidad de su hija mintiendo sobre el motivo de su presencia en los Estados Unidos.
La Leona con su belleza, su simpatía, su determinación y el hecho de ser bilingüe, se había granjeado la aceptación de los comandantes insurgentes y en poco tiempo, después de un corto e intensivo entrenamiento, a cargo de Misael, había pasado a ocupar un puesto de confianza como operadora de radio y eventualmente como traductora de textos y mensajes. Contaba además con todos los privilegios de los oficiales, que incluían un alojamiento especial; una asignación en dólares y permisos de fin de semana para divertirse en Tegucigalpa.

La tercera parte del plan que se ejecutaría bajo la responsabilidad de El Turpial era conceptualmente simple. Llevarla a cabo estaba exigiendo de la joven un enorme esfuerzo para controlar sus emociones y dominar la repugnancia que le producía la sola presencia del asesino de Max. Sin embargo, en el proceso de seducirlo había logrado poner a prueba sus aptitudes histriónicas para esconder con una máscara de coquetería bien dosificada, el odio que sentía por el despreciable sujeto. Sutilmente había logrado eludir el asedio de Black Jack a quien solo le había permitido un fugaz beso, acompañado de un gesto insinuante que podría leerse como “ya te dije que sí pero no ahora”. Esa táctica había funcionado a la perfección pues logró llevar al tuerto a una exaltación de su deseo que le hacía más vulnerable y le daba el control de la relación a ella.
Las franquicias de fin de semana se daban por turnos a la tercera parte de quienes gozaban de éste privilegio, en forma tal que a cada uno le correspondía su permiso de jolgorio cada tres semanas, desde el viernes hasta el domingo en la noche. El viernes 18 de marzo les correspondía a Black Jack y a “María de los Ángeles”, quien durante su permiso anterior había establecido con El Turpial esa fecha para tenderle la trampa que éste había venido fraguando hasta el último detalle.
Gran sorpresa se llevó el tuerto cuando el objeto de su deseo se presentó en su habitación enmascarada con una seductora sonrisa y vistiendo una ajustado jean y una blusa escotada que resaltaban la redondeces de su voluptuoso cuerpo, al tiempo que agitaba frente a sus ojos un juego de llaves y le decía:
― Todo tiene su tiempo comandante. Al fin vas a tener lo que tanto has querido… Ésta es la llave de la casa de un tío mío en Tegucigalpa. Él está de viaje y la tenemos a nuestra disposición. Siempre te dije que los buenos amantes son pacientes y hoy te ganaste el premio a la paciencia.

Punto de Quiebre – Capítulo XI

Por : kapizan
En : Capítulo XI - Una Guerra Sucia, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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XI
UNA GUERRA SUCIA

Frontera Sur de Honduras, noviembre de 1983

Sobre el telón de fondo de un cielo despejado se destacaban, como gigantescos abejorros ronroneantes, tres helicópteros UH-1 de color verde oliva con matrícula hondureña, que avanzaban en formación hacia la frontera con Nicaragua, al sur de Tegucigalpa. Los ocupantes de las tres naves, habían realizado el mismo vuelo por lo menos una docena de veces y sabían perfectamente a dónde y a qué se dirigían; con excepción de Misael Antonio Luque Jaramillo, capitán retirado del ejército colombiano, que había llegado la víspera a la capital hondureña y estaba ansioso por conocer el tipo de trabajo para el cual había sido contratado por Lamb Corporation, una supuesta empresa de seguridad norteamericana, que en realidad era una organización de fachada de la CIA.
Para el capitán Luque esta aventura había comenzado siete meses antes, a mediados de abril de 1983 en Bogotá, con una llamada del coronel Castillo, retirado como él, que había sido su jefe en una unidad de contraguerrillas a la que había pertenecido años antes. En esta oportunidad, su antiguo jefe le preguntó que si estaría dispuesto a iniciar un proceso de selección en una empresa extranjera, que estaba buscando un oficial colombiano para trabajar, como asesor de seguridad, en una organización muy grande que operaba en un país latinoamericano. El coronel lo había recomendado con entusiasmo y además el salario era en dólares.
Dada la respuesta afirmativa de Misael, el coronel le había citado para el día siguiente en un elegante restaurante al norte de Bogotá. Una vez allí, encontró a su antiguo comandante en compañía de un gringo de ascendencia hispana, que le fue presentado como Don Ramón; un amable y elegante ejecutivo que se expresaba en perfecto español con acento puertorriqueño. Tras ordenar el pedido, que por sugerencia de Don Ramón estuvo acompañado por un exquisito borgoña, la conversación fue hábilmente manejada por éste que, mediante la técnica sutil del debriefing, logró que Misael contara sus antecedentes familiares y lo más relevante de su experiencia castrense. Al final de la conversación, el gringo le mencionó que estaba gratamente impresionado con su brillante ejecutoria profesional y que a partir de esa fecha se volverían a reunir para continuar con otras etapas de un riguroso proceso selectivo para escoger, entre varios candidatos colombianos, cual de ellos recibiría una oferta para convertirse en asesor de seguridad en una organización muy importante del Opus Dei en un país centroamericano. Durante cinco meses, las reuniones con el gringo se repitieron cada quince días, en lo que fue para Misael un agradable recorrido por los mejores restaurantes de Bogotá, consumiendo los mejores vinos y las más apetitosas recetas, cuyas facturas estaban muy lejos del modesto ingreso del oficial.
A comienzos de septiembre Don Ramón le informó a Misael que había sido seleccionado para el cargo, le hizo una oferta económica que superaba sus mejores expectativas, y le anunció que a finales de mes deberían viajar a Panamá para formalizar el contrato. Una vez en la capital Panameña, firmó el correspondiente documento que le acreditaba como asesor permanente en la nómina de Lamb Corporation, con una vinculación a término indefinido; un salario mensual de cinco mil dólares, el derecho a visitar a su familia, tres veces al año, con todos los gastos pagados; y una vaga alusión a los servicios profesionales que debería prestar, siguiendo instrucciones del executive officer que le fuese asignado en la sede de la empresa en Washington. Esa misma noche, se reunió con Don Ramón y con Vincent Bruce, otro gringo que se presentó como el responsable de la fase de inducción y entrenamiento especial que debería cumplir durante dos meses en las instalaciones de Lamb a las afueras de Washington D.C.
― Por razones de seguridad ― le había dicho Bruce en un español aceptable ― debemos cambiar tu identidad. A partir de ahora te llamarás Ricardo Albán ―. A continuación, sin mayores explicaciones, le entregó un pasaje Panamá – Washington, para el día siguiente, y un pasaporte ecuatoriano, con visa múltiple, en el cual junto a la foto de Misael, figuraba que había nacido en Ambato en 1944, y era odontólogo de profesión.
La sede de Lamb en Washington, era una casona de estilo victoriano escondida en un bosque a unas treinta millas de la capital, protegida por un muro alrededor de sus tres hectáreas y dotada con los más avanzados instrumentos electrónicos de seguridad. Allí, Misael recibió un curso individual e intensivo sobre armamento liviano de última generación y manejo de explosivos. Dos días antes de partir hacia el país en donde prestaría sus servicios, el colombiano fue sometido, como culminación de su entrenamiento, a la prueba del polígrafo. Un tanto intrigado, pero con la calma y la serenidad que lo caracterizaban, Misael pasó la prueba con un alto puntaje. Para entonces, ya estaba convencido de que su trabajo nada tenía que ver con el Opus Dei y barajaba dos posibilidades: la DEA o la CIA. La duda se despejó al día siguiente cuando le entregaron un pasaje con destino a Tegucigalpa. Para nadie era un secreto que el gobierno del presidente Reagan apoyaba con entusiasmo a las fuerzas contrarrevolucionarias mediante operaciones clandestinas conducidas por la CIA, ni que la frontera sur de Honduras se había convertido en un santuario de la contra, con varias bases militares esparcidas a lo largo del límite con Nicaragua.
Ese viernes, alrededor de medio día, el vuelo comercial en que viajaban Misael y Vincent Bruce, aterrizó en el Aeropuerto Internacional Toncontín de la capital Hondureña. Les esperaba un funcionario de Lamb que se encargó de los trámites migratorios y media hora después los recién llegados se registraban en el Hotel Honduras Maya en el centro de Tegucigalpa. Dos horas más tarde, siguiendo instrucciones, Misael se reunió con Bruce, que le esperaba en la cafetería del hotel, en compañía de William Stanton, quien sería a partir de ese momento su jefe inmediato.
― Bienvenido a Honduras Ricardo ― dijo Stanton poniéndose de pié para darle un fuerte apretón de manos acompañado por una franca sonrisa. Era la primera vez que Misael escuchaba el nombre por el que sería conocido a partir de ese momento. ― Estoy realmente impresionado con tus antecedentes y convencido de que juntos haremos un buen trabajo. Puedes llamarme Bill.
La camisa de tipo hawaiano, el pantalón vaquero y las sandalias de cuero no lograban disimular el porte y los ademanes militares de Stanton, antiguo coronel de los marines norteamericanos, veterano de Vietnam, y vinculado a la CIA desde 1972, en donde había desarrollado una destacada carrera hasta ocupar el cargo de Chieff of Station (COS) responsable de las operaciones clandestinas en Honduras. La conversación, mientras consumían un almuerzo liviano, fue totalmente intrascendente, y Stanton, contrario a lo que esperaba Misael, no hizo ningún comentario relativo al tipo de trabajo que le correspondería realizar en el país; una hora después, al despedirse, le sugirió que descansara pues al día siguiente a las seis de la mañana, un vehículo de la compañía pasaría a recogerlo. Por su parte, Bruce anunció que esa misma tarde tomaría un vuelo con destino a Panamá.
Una vez a solas se dirigió a un puesto de revistas y mientras las ojeaba, escuchó a sus espaldas la voz, para él inconfundible, de su primo hermano Nando Jaramillo, a quien no veía desde hacia por lo menos siete años. Un gran esfuerzo le costó a Misael reprimir el deseo de abrazar a su primo, mientras ocultaba apresuradamente su rostro y tomaba clara conciencia de que con su nueva identidad le sería imposible darle una explicación creíble a Nando.

Al escuchar el ruido de los helicópteros, el coronel Enrique Bermúdez Varela, más conocido como El Comandante 3-80, máximo jefe militar de la Fuerza Democrática Nicaragüense y miembro de su directorio nacional, se ajustó el cinturón de reata del cual pendía la pistola de dotación, se caló la gorra camuflada y se encaminó al helipuerto de la base de la F.D.N. en la vereda Las Vegas, situada a cuatro horas por tierra al sur de Tegucigalpa.
De las naves descendieron Alfonso Calero Portocarrero, presidente y comandante en jefe de la F.D.N.; Indalecio Rodríguez Alaníz, Edgar Chamorro Coronel, Lucía Cardenal Vda. de Salazar, Marco A. Zeledón y Alfonso Callejas Deshon, miembros del Directorio Nacional de la organización; William Stanton, coordinador de las operaciones de la CIA en Honduras; la escolta armada que usualmente acompañaba estos desplazamientos; y el desconcertado Misael Luque, a quien Stanton presentó, sin escatimar elogios sobre su experiencia y capacidades, como Ricardo Albán el nuevo asesor de la contra en operaciones de guerra irregular y en acciones aerotransportadas. El gringo fue muy claro al anunciar que, con la incorporación de éste experto en guerra irregular, la eficiencia en la ejecución de operaciones tácticas marcaría un sensible cambio positivo en el curso de la lucha que estaban librando.
La admiración y el respeto que desde el primer momento le prodigaron oficiales, suboficiales y combatientes rasos, pero sobre todo, la expectativa que creó su presentación ante la cúpula de la F.D.N. le indicaron al abrumado Misael, la magnitud de la tarea para la cual lo tenían destinado sus nuevos jefes gringos. También captó una torva y envidiosa mirada, que le produjo desconfianza, en el único ojo del oficial que le fue presentado como comandante Black Jack.

***

Tegucigalpa, noviembre de 1983

Al día siguiente de la despedida de Adriana en Simon´s Club, Roberto recibió la misteriosa llamada de un hombre que con una sola frase revivió en su mente el atormentador recuerdo de la muerte de Max y el ajusticiamiento de Baltodano. Con voz sin matices, se había presentado como un aliado y le había dicho:
― Yo sé que usted participó en la muerte del general Baltodano. Pero también sé que el asesinato de su hermano no fue responsabilidad del general. El verdadero asesino está vivo y es muy peligroso para su salud y la de su hermana. Yo tengo la forma de neutralizarlo, pero necesito alguna información que usted puede proporcionarme…
Para convencer, al sorprendido Roberto, su interlocutor le mencionó que él personalmente había conocido los detalles sobre el complot del Atlantis, según la versión de Bernardo el mulato, con quien había combatido en el frente sur a órdenes de Edén Pastora. De hecho, sabía que Bernardo se había encargado personalmente de disparar contra Baltodano y que a raíz de ese hecho su hermana, el dueño del Atlantis y el actual propietario del Simon´s Club en Tegucigalpa se habían exiliado en Costa Rica. Finalmente el hombre, que dijo llamarse Salomón Escobar, lo citó para las tres de esa misma tarde en un parque del barrio La Esperanza.
En el aterrado Roberto, pudieron más la curiosidad y la urgente necesidad de cerrar para siempre éste sórdido capítulo en su vida: a la hora convenida, nervioso e intrigado llegó al lugar en donde le esperaba el personaje. Éste, resultó ser el tipo con aspecto de mongol que recordaba haber visto tres días antes a bordo del mismo avión en el último trayecto de su vuelo a la capital Hondureña.
Salomón se mostró cordial y sin mayores preámbulos fue directamente al grano:
― Tengo perfectamente ubicado al asesino de su hermano. Actualmente es oficial de rango medio en el campamento de la contra en Las Vegas. Por razones que a usted no le importan, me he propuesto eliminar a esa escoria. Supongo que ni a usted ni a su hermana les interesa participar en esta ejecución; pero le aseguro que una vez logrado mi objetivo ustedes podrán vivir más tranquilos y seguros de que la muerte de Max fue vengada.
― ¿Y en que cree usted que puedo ayudar? ― preguntó Roberto sorprendido por el curioso giro que estaba tomando la entrevista con el enigmático Salomón.
― Con información ― fue la respuesta del mongol.
Ante el desconcierto de Roberto, Salomón se apresuró a relatarle las circunstancias en que Bernardo le había contado los detalles de la ejecución de Baltodano; en esa ocasión el mulato había hecho alarde de su participación y le había descrito los detalles del operativo; también se había referido a la novia de Max y le había dicho que Vigorón no permitió que ella disparara pues consideraba que estaba muy alterada para hacerlo y podía cometer errores. Salomón suponía que Roberto podría darle información sobre su cuñada, pues Bernardo había muerto en combate al día siguiente de su relato y no tuvo oportunidad sino de saber que él estaba enamorado de la joven y aspiraba casarse con ella. Concretamente, le solicitaba el nombre y el paradero de la muchacha, pues creía que ella no tendría inconveniente en apoyarlo en la ejecución del plan para vengar a su antiguo novio.

Con el ánimo de calmar los sentimientos encontrados que le produjo la revelación, Roberto sopesó brevemente las implicaciones de lo que iba a decir y le propuso a Salomón:
― Le doy la información que tengo sobre ella a cambio de que usted me diga el nombre del asesino y se comprometa a no volver nunca más a mencionarme el tema.
Salomón aceptó, tomó atenta nota de cada palabra y opinión expresada por Roberto sobre su cuñada y cuando éste hubo terminado, le dijo:
― El asesino de su hermano es el teniente Lorenzo Baltodano Rodríguez.

Con esas palabras, el mongol terminó la charla, dio media vuelta y se marchó rumbo a la embajada de Nicaragua en Tegucigalpa. Una vez allí, utilizando un radio que mantenía enlace directo con la Comandancia del Ejército Sandinista, se identificó como El Turpial y pidió que lo comunicaran con el comandante Martínez.

***

Managua, diciembre de 1983

El perezoso ventilador de techo no lograba más que esparcir un aire caliente sobre la sala de espera frente al despacho del comandante Martínez, responsable de las operaciones encubiertas de la inteligencia sandinista en territorio extranjero. Vestida con un holgado pantalón de algodón y una cotona bordada con vivos colores que escondían la sensualidad de su cuerpo, “La Leona”, sentada en una vieja silla de mimbre se sentía indefensa sin el respaldo de su uniforme y la pistola de dotación. Una vez agotada la lista de interrogantes que se había planteado, para tratar de dilucidar el motivo de su citación urgente a las oficinas de la seguridad del estado, dedicó el resto del tiempo a rememorar lo que había sido su vida desde que se había unido al F.S.L.N. a mediados de 1978, hasta convertirse, después del triunfo de la revolución, en oficial del ejército sandinista, con destacada actuación en combate contra los residuos de la antigua Guardia Nacional que asolaban la frontera norte del país convertidos en bandoleros; su arrojo y ferocidad en combate le habían valido el mote de “La Leona” del cual se sentía orgullosa.

Por enésima vez en los últimos años, su mente recreó los momentos previos a la explosión de la bomba de contacto que un guerrillero preparaba bajo su orientación y, como siempre que lo intentaba, no pudo establecer cual había sido el error. Lo cierto era que el joven inexperto había muerto; que Mónica, una chiquilla de apenas diez y siete años, había perdido ambos brazos; y que ella, había sufrido graves heridas en el vientre y otros órganos internos que exigieron una delicada operación quirúrgica para extirparle la vesícula y el riñón izquierdo. Por fortuna para las dos jóvenes, su comandante se encontraba en el cuarto contiguo ultimando los detalles para el operativo que tenían planeado realizar, en la madrugada del día siguiente, contra una guarnición militar en las afueras
Para La Leona, los recuerdos de las horas posteriores a la explosión eran fragmentarios y habían sido completados con el relato de la otra joven sobreviviente. Recordaba haber recobrado el sentido en el momento en que las dos eran trasladadas desde el interior de una vieja furgoneta a una habitación en una residencia desconocida. Una vez acomodada en un colchón extendido en el piso, que en minutos había quedado anegado con su propia sangre, cayó nuevamente en la inconsciencia… treinta y seis horas después, volvió a despertar a bordo de un avión venezolano poco antes de aterrizar en un aeropuerto militar cercano a Caracas. A su lado, en una camilla, se encontraba Mónica a quien era evidente que le habían amputado ambos brazos: el izquierdo a la altura del codo y el derecho unos quince centímetros por encima de la muñeca. Jamás olvidaría las primeras palabras que pronunció la joven mutilada al dirigirse a ella, con los ojos brillantes y un gesto de determinación en los labios apretados:
― Compañera ¿Vos creés que con las prótesis que me van a poner podré volver a disparar mi metralleta?

En el aeropuerto militar las esperaba un avión ambulancia de la Cruz Roja a bordo del cual fueron llevadas a la Habana. Detrás de esta gestión humanitaria se encontraba el propio presidente venezolano, Carlos Andrés Pérez.
Después de haber sido sometida con éxito a una delicada intervención quirúrgica en un hospital cubano, La Leona convaleciente y en silla de ruedas, visitaba todas las tardes a Mónica y juntas pasaban horas enteras hablando y haciendo planes para su regreso a Managua. A diferencia de ella, Mónica no había perdido la conciencia después de la explosión y tenía muy claros los detalles de las horas posteriores hasta su llegada a Venezuela.
Según Mónica, las dos debían su vida a una conjunción de factores: su jefe, Vigorón, había actuado con serenidad y prontitud; haberlas llevado a un hospital hubiera sido un suicidio pues para esa época la Guardia Nacional mantenía vigilancia en hospitales, clínicas y puestos de salud; por ello, la decisión de trasladarlas a la residencia de un profesor de INCAE, en las afueras del instituto, había sido acertada; por fortuna, de camino al escondite, recogieron en su casa a un médico sandinista quien, pese a no contar con el instrumental apropiado, había logrado amputar sus extremidades superiores, detener la hemorragia interna de su compañera y estabilizarlas a ambas; al amanecer del día siguiente y gracias a las gestiones del comandante Tomás Borge, que operaba en la clandestinidad, habían conseguido asilo en la embajada de Venezuela; para su traslado contaron con la colaboración de Fernando Jaramillo, el profesor de INCAE, propietario de la casa que les sirvió de refugio; éste, mantenía una relación amorosa con Lorena, una de las guerrilleras del grupo de Vigorón, y asumió el riesgo que implicaba proteger a los combatientes; es más, prestó su vehículo, un Audi amarillo con placas MI, para facilitar el desplazamiento hasta la embajada.

El 19 de julio de 1979, dos meses después de su llegada a la Habana, las dos jóvenes ya en franca recuperación, Mónica aprendiendo a utilizar sus brazos ortopédicos y ella caminado apoyada en un bastón, recibieron con júbilo la noticia del triunfo de la revolución sandinista que ponía fin a cuatro décadas de dictadura somocista. En septiembre de ese año el comandante Humberto Ortega, que había asumido la responsabilidad de organizar el nuevo ejército sandinista, llegó a la Habana y se entrevistó con un grupo de nicaragüenses que se recuperaban de sus heridas de guerra en hospitales cubanos. De éste grupo formaban parte las dos jóvenes. Ortega, habló con ellas por separado: primero con Mónica, a quien le garantizó un cargo administrativo en la comandancia del ejército, una vez fuera dada de alta; cuando le tocó el turno de hablar con el comandante y éste supo su nombre y sus antecedentes familiares, le ofreció el rango de teniente, con instrucciones de permanecer seis meses en Cuba recibiendo entrenamiento militar y formación política. La joven halagada aceptó gustosa y veinte días después, cuando fue dada de alta, se incorporó con entusiasmo a la escuela cubana de formación de cuadros a la cual fue asignada.
Las remembranzas de La Leona fueron interrumpidas cuando se abrió la puerta del comandante Martínez y salió un joven uniformado que se dirigió a ella por su propio nombre:
― ¿Teniente Maribel Argüello?
― Si.
― Pase adelante compañera, el comandante la está esperando.

***

Frontera Norte de Nicaragua, diciembre de 1983

Tendido sobre una roca cubierta por un matorral en lo alto del cerro El Cangrejo, Black Jack se quitó el sombrero camuflado y el parche de badana que cubría la cuenca vacía de su ojo izquierdo, se limpió el rostro sudoroso con una bayetilla verde oliva, apuró un trago de agua tibia de su cantimplora, extrajo de la mochila un antiguo catalejo de marino ― auténtica pieza de museo que había pertenecido a su padre ―, lo extendió en sus cuatro partes, lo acerc0ó al ojo sano e inició un recorrido visual tratando de no perder detalle de lo que en ese momento sucedía en el pequeño valle que se extendía a sus pies.
Cinco minutos le bastaron al tuerto para corroborar con satisfacción que la información arrancada bajo tortura a un imberbe oficial del ejército sandinista, capturado el día anterior, era cierta: un batallón enemigo había establecido una base permanente a tan solo seis kilómetros de la frontera con Honduras y a nueve de la base principal de la Fuerza Democrática Nicaragüense (F.D.N.) situada en Las Vegas, al sur de Tegucigalpa. Desde allí “La contra”, como se conocía popularmente a la F.D.N., emprendía frecuentes incursiones armadas en territorio nicaragüense, con la anuencia del gobierno derechista del vecino país. Indudablemente, pensaba Black Jack mientras su patrulla iniciaba el descenso para regresar a Honduras, la información era valiosa y si la manejaba adecuadamente, tal vez podría lograr que lo nombrasen comandante de una fuerza de tarea integrada por combatientes contrarrevolucionarios de dos o tres comandos regionales, con la misión de atacarla. El único inconveniente era que las cosas habían cambiado desde que un mes antes los gringos de la CIA habían llevado a Las Vegas a un asesor militar con el cual no había simpatizado y cuya presencia representaba una amenaza a la influencia que hasta entonces había tenido sobre El 3-80, su comandante, quien últimamente escuchaba menos sus opiniones y demeritaba su experiencia como antiguo oficial de la derrotada Guardia Nacional Nicaragüense, para darle más peso a las recomendaciones del extranjero avalado por la CIA.
Durante la marcha nocturna la imaginación exaltada de Black Jack lo llevaba a visualizar los pormenores del plan de ataque a la base sandinista y a redactar mentalmente el titular de prensa y la nota que darían cuenta de su valerosa acción al destruir al enemigo: “PALADINES DE LA LIBERTAD PROPINAN APLASTANTE DERROTA A CACHORROS DE SANDINO”… “En la madrugada del 12 de diciembre la fuerza de tarea Cóndor del FDN al mando del comandante Black Jack aniquiló al batallón 40-14 del ejército sandinista en una brillante operación que dejó…”.
La fecha que había escogido para el imaginario golpe representaría una conmemoración para el tuerto: cuatro años antes, el 28 de diciembre de 1979 había llegado exiliado a Guatemala y se había incorporado al incipiente movimiento contrarrevolucionario que con el nombre de “Brigada 15 de Septiembre” operaba en la capital Chapina bajo el mando de el coronel somocista Ricardo Lau mas conocido como el Chino Lau. A la sazón, la pretendida brigada no era más que un grupo heterogéneo de forajidos que recurría al secuestro, la extorsión, el asesinato por encargo y el asalto a entidades bancarias con el propósito de recaudar fondos para emprender la lucha que les llevaría a recuperar el poder en Nicaragua tras derrocar a los sandinistas.
Los sueños de grandeza de Black Jack no se compadecían con la verdadera catadura del supuesto paladín de la libertad. En realidad era un cobarde torturador y asesino despiadado con tendencia a exagerar sus cuestionables éxitos militares y a construir en torno a su imagen una leyenda que en el fondo ni el mismo se creía.
Para esa época, la guerra sucia que estaban librando los nicaragüenses en ambas orillas de la confrontación ideológica en los oscuros años de la guerra fría, no era el escenario apropiado para el heroísmo ni el apelativo de paladines, demagógicamente adjudicado por Ronald Reagan, correspondía a la realidad del FDN. Ésta fuerza irregular estaba dirigida por una mezcla de antiguos oficiales somocistas huérfanos de poder, empresarios quebrados, políticos ambiciosos que intrigaban en Washington, sandinistas desencantados, aventureros cubanos de Miami, y mercenarios de todos los pelambres. La tropa estaba conformada por unos siete mil campesinos analfabetos, mal entrenados y deficientemente dotados que se plegaban a la ley del más fuerte sin ningún ideal político y con el único afán de subsistir; al menos en la contra tenían garantizada la alimentación.
Del otro lado, los cachorros de Sandino, apelativo demagógicamente adjudicado por Daniel Ortega, eran un conjunto de jóvenes entre los 16 y los 20 años, organizados como ejército regular con base en el modelo cubano, politizados hasta el fanatismo con las doctrinas marxistas-leninistas, y dispuestos a morir por cuenta de los ideales revolucionarios que proclamaban los nueve comandantes desde sus cómodas mansiones, confiscadas a los antiguos jerarcas somocistas. Al mando de las unidades de cachorros se encontraban jóvenes oficiales igualmente fanatizados y dispuestos al sacrificio en aras de los supuestos ideales sandinistas que enmascaraban una férrea dictadura de izquierda.
Para los Estados Unidos de Norteamérica, era una guerra de baja intensidad en su vecindario, cuya financiación era repudiada por los sectores más liberales del congreso pero se había convertido en una obsesión para el presidente Reagan. A su vez, para los militares gringos y la CIA no era más que un campo de experimentación de armas y tácticas novedosas en las guerras de intervención. Para cubanos y soviéticos el objetivo era utilizar a Nicaragua como una base en Centroamérica encargada de estimular y apoyar la revolución comunista en países convulsionados como Guatemala y El Salvador.

***

Tegucigalpa, diciembre de 1983

Siguiendo órdenes del comandante Martínez, La Leona, con documentos falsos a nombre de Julieta Meneses, llegó al aeropuerto Toncontín, el martes 6 de diciembre, procedente de Managua. El día anterior había terminado un proceso de entrenamiento intensivo e individualizado en técnicas de inteligencia bajo la orientación de un experto cubano y elaborado un detallado plan para el cumplimiento de la misión que le habían asignado: infiltrarse en el campamento de la F.D.N. en la vereda Las Vegas.
La infiltración, se haría desde territorio nicaragüense como segunda fase del plan; por ahora la primera fase consistía en presentarse ante un contacto en Tegucigalpa con quien trabajaría en estrecha coordinación durante el resto de la operación. Su contacto identificado con el nombre clave de El Turpial, la esperaría a primera hora del día siguiente, en una dirección del barrio Bello Oriente de la capital hondureña. Allí recibiría instrucciones precisas para la tercera fase del plan y se le daría información sobre el primer objetivo que debería alcanzar una vez infiltrada. Se alojaría en la casa que ocupaba El Turpial y debería regresar a Nicaragua en el primer vuelo del jueves 8 de diciembre, reintegrar el pasaporte oficial que le habían entregado y trasladarse a Ocotal para comenzar la etapa de infiltración.

Punto de Quiebre – Capítulo X

Por : kapizan
En : Capítulo X Entre Tegucigalpa y Miami, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

6

“Todos somos protagonistas de nuestra propia existencia y extras en un drama superior”

KARL JUNG

X
ENTRE TEGUCIGALPA Y MIAMI

Miami, noviembre de 1983

En menos de dos años la sala de arte moderno establecida por Marietta como una sucursal de su galería bostoniana, en un exclusivo sector de Miami Beach, se había convertido en el lugar de encuentro favorito de millonarios, políticos e intelectuales cubanos de derecha y empresarios centroamericanos, exiliados por causa de la situación política en sus respectivos países. Instalada en una mansión de tres pisos, que había pertenecido a una estrella del cine, Gruber´s Gallery había adecuado cuatro salones en el primer piso para la exhibición y venta de obras de pintores más o menos conocidos; una sala enorme para exposiciones de pintores famosos; y un pequeño bar en el que se servían café o licores a los clientes. En el segundo piso se habían unido dos salones para crear un ambiente propicio a la tertulia, en el cual la francesa solía organizar reuniones con sus amistades cubanas y centroamericanas, por esas fechas muy dadas a la conspiración política en contra de las dictaduras de izquierda en Cuba y Nicaragua, temerosas a la vez, de que el comunismo insurgente triunfase en El Salvador y en Guatemala. En el tercer piso, Marietta tenía su apartamento privado, primorosamente decorado para recibir y atender como una geisha a sus amigos íntimos.
El éxito de la galería se debía, en gran parte, al hecho de que en los últimos dos años, Marietta dedicaba la casi totalidad de su tiempo a dirigirla y solo viajaba dos o tres veces al año a Boston para visitar la otra galería. Ésta, había quedado a cargo de Amélie, la madre de Braulio, con el apoyo de Ofelia, desde que Elizabeth había renunciado para concentrarse en la producción artística. Por sugerencia de Amélie, Marietta accedió a especializar la galería bostoniana en escultura y la de Miami en arte pictórico contemporáneo. Esa clara segmentación del mercado resultó muy exitosa en términos financieros y las perspectivas futuras eran muy halagüeñas.
Desde su inauguración, Gruber´s Gallery había mantenido un ritmo de una exposición individual por mes. La oportunidad de colgar sus telas en el acreditado salón de Marietta, le había correspondido en noviembre de ese año al maestro colombiano Horacio Gómez Orduz; un artista de mediana edad que venía precedido por la fama de haber ganado premios tan importantes como las Siete Colinas de Roma y el Grand prix pour l’art del principado de Mónaco con la obra L’origine de la multiplicité a partir de la cual desarrolló una nueva escuela pictórica: el Polidimensionismo.

Marietta y Horacio se habían conocido en Béziers en el verano de 1982 durante la entrega de premios, al final del certamen realizado en la histórica ciudad francesa que se extiende, cargada de leyendas medievales, entre la costa mediterránea y el macizo montañoso de Caroux. En esa ocasión, Marietta había acudido con el propósito de descubrir nuevos talentos y adquirir algunas obras para la galería de Miami, que se inauguraría el sábado primero de agosto.
La empatía entre la galerista franco-alemana y el artista colombiano fue instantánea y sirvió como base para la consolidación de una sincera amistad que se prolongaría en el tiempo hasta 1995, año en que murió Horacio, quien dejaría una prolífica creación, con centenares de sus cuadros repartidos en museos de arte moderno y colecciones privadas de los cinco continentes.
Terminado el evento en Béziers, Horacio y Marietta coincidieron en el vuelo de regreso a Miami en donde el pintor haría conexión con destino a Bogotá. Durante la travesía, la conversación estuvo centrada en los dos temas que apasionaban a Marietta: arte y política. Descubrieron entonces que tenían amistades comunes; y que sus opiniones respecto a la creciente penetración del comunismo en Centroamérica a raíz del triunfo sandinista, eran muy similares.
En medio de la charla y con las comodidades que ofrecía la sección de primera clase de Air France, Marietta le había contado sobre su proyecto de abrir una sucursal de Gruber´s Gallery y dejar la galería de Boston a cargo de Amélie Francisconi, una escultora argentina, muy buena amiga suya. Al escuchar el nombre de la artista, Horacio le contó que en los años 60, durante una exposición colectiva en Bogotá, Braulio Rivadeneira le había comprado una figura esculpida en bronce por él y la había llevado de regalo a su madre al término de su misión en los cuerpos de paz; y que años después, en 1972, había participado, con una muestra de sus esculturas, en una exposición colectiva en New York, en la que también participaba Amélie Francisconi; y que allí, se había reencontrado con Braulio y conocido a Elizabeth su esposa. Al descubrir la coincidencia, Marietta le había comentado a Horacio:
― En el 72 Braulio y Elizabeth estaban recién casados pero hace tres años se divorciaron.
― La última vez que vi a Braulio fue en el aeropuerto de New York, a mediados de agosto, hace como cinco años. En esa ocasión, me contó que Elizabeth estaba embarazada y su primera exposición individual en París a finales del 78, había sido un suceso memorable.
Marietta le comentó que poco después de la exposición, Elizabeth había perdido el hijo que esperaba de Braulio, y que a raíz de ello la pareja había decidido divorciarse amistosamente. Meses después, en abril del 79, la colombiana se había casado con Reinaldo García, el prestigioso crítico de arte, que Horacio también conocía, y ella se había dedicado, con mucho éxito, a la creación artística. Respecto a Braulio, le dijo que a finales de ese año había contraído matrimonio con Adriana Harrison, reconocida vedette de Simon´s Club, un elegante cabaré en Tegucigalpa.
A propósito de Braulio, le mencionó que en ese momento se encontraba en Miami como asesor de los Argüello, padre e hija, una pareja de nicaragüenses exiliados que estaban montando una cadena de almacenes en la Florida. Le dijo que ella había establecido una amistad especial, con Aníbal Argüello, a quien consideraba un excelente empresario pero que, como muchos de sus colegas y políticos centroamericanos, había cometido la ingenua estupidez de creer la retórica sandinista de pluralismo político con la cual disfrazaban su ideología comunista. “Gracias a Dios, explicó Marietta, la confiscación de sus propiedades por cuenta de los sandinistas y la absurda posición política de su hija menor, fanatizada con las ideas de los comunistas de Managua, hicieron que Aníbal y su hija mayor dieran un giro hacia la extrema derecha y se convirtieran en opositores, partidarios de la contrarrevolución”.
El resto del viaje trasatlántico lo dedicaron a charlar sobre las implicaciones que tendría la dura posición asumida por el presidente Reagan en contra de la dictadura sandinista. En opinión de Horacio, la contrarrevolución, hasta entonces asesorada por militares derechistas argentinos, había perdido fuerza con el retiro de éstos a consecuencia de la guerra de las Malvinas y era de esperarse que la CIA llenara ese vacío. Marietta estuvo de acuerdo y aclaró que si bien Reagan tenía toda la intención de fortalecer a la contra, se toparía con una fuerte oposición entre los congresistas demócratas para obtener el financiamiento necesario. “De todas maneras, había agregado, el apoyo de la Casa Blanca será determinante en ésta lucha”.
Poco antes de aterrizar, Marietta le propuso a Horacio que postergara cuatro días su regreso a Colombia y asistiese como invitado a la inauguración de la galería. Así, tendría la oportunidad de reencontrarse con Braulio y Amélie. El maestro colombiano aceptó encantado ser huésped de la sofisticada y atractiva francesa que a sus 61 años lucía como una mujer 20 años menor. A Horacio le motivaba, más que volver a ver a Braulio, la posibilidad de convertirse en uno de los “amigos especiales” de Marietta, cuya entonación al referirse a Aníbal había sido tan sugerente como la mirada que le sostuvo al momento de invitarlo.
Cuatro días fueron suficientes para que Horacio comprendiera y aceptara la esencia de la filosofía amatoria de su anfitriona, en la que el sexo no implicaba ningún compromiso de fidelidad y la relación se fundamentaba en una amistad leal, sincera y “hasta que la muerte nos separe”, tal como ella lo había expresado con auténtica convicción. Es más, pudo comprobar que entre él y Aníbal, se estableció una abierta amistad desprovista de celos y actitudes posesivas.

En ésta su segunda visita a Gruber´s Gallery, Horacio fue honrado con una exposición individual en el salón de los pintores famosos y uno de sus cuadros fue adquirido por Aníbal con el fin de subastarlo, como uno de los múltiples medios previstos, para recaudar fondos con destino a la contrarrevolución nicaragüense. La subasta fue programada para el viernes 18 de noviembre de 1983.

***

Tegucigalpa, noviembre de 1983

Con la ampulosa meticulosidad aprendida de su maestro, Juanito recorrió hasta el último rincón del Simon´s Club, mientras impartía instrucciones y ultimaba los detalles para la función de esa noche, que había sido anunciada como la despedida de la gran vedette Adriana Harrison. Un mal disimulado nerviosismo, ponía en evidencia los efectos que en el joven empresario había causado, dos días antes, el doble anuncio de la cantante: estaba embarazada por segunda vez y tanto ella como Braulio habían decidido establecerse en Managua, después de celebrar en Tegucigalpa el cuarto aniversario de su boda. Conseguir un reemplazo para la estrella del lugar iba a ser más sencillo que superar la ausencia de Adriana, su gran amiga y confidente, con quien había compartido los momentos más difíciles en la vida de ambos, a raíz de los sangrientos sucesos que habían precipitado su huída de Managua cinco años antes.
Juanito recordaba esa noche de octubre en San José de Costa Rica en que Adriana, preocupada y asustada, le había revelado que esperaba un hijo de Braulio; y como él, la había disuadido de su idea inicial de interrumpir el embarazo, infundiéndole ánimo y ayudándole a mantener la fe y la esperanza. De lo único que no pudo convencerla, fue de compartir con Braulio la noticia de su embarazo; ella, se obstinaba en no hacerlo por temor a afectar el matrimonio del ecuatoriano con Elizabeth, quien para entonces también esperaba su primer hijo. “Algún día tendrá que saberlo pero por ahora no es el momento oportuno” había alegado Adriana.
En la tarea de reencausar su vida, Adriana había contado, además, con el apoyo incondicional de Simón, quien desde el primer momento se había comportado con la alegría y la ternura que suele causar en los abuelos un anuncio de esa naturaleza. Durante los meses de espera, los tres se comportaron como una familia que hace planes y adquiere lo necesario para la llegada de un nuevo miembro. Finalmente, Adriana había dado a luz una niña a quien llamó Charlotte, como su madre, que vino desde Bluefields para acompañarla en el parto. Cuando la pequeña Charlotte cumplió dos meses, pocos días después del triunfo de la revolución sandinista, la abuela convenció a su hija de que le dejase llevar a la niña a Bluefields para hacerse cargo de ella, mientras Adriana se preparaba para reanudar su actividad como artista exclusiva del Night Club que Simón pensaba inaugurar el primer jueves de noviembre de 1979. La sede del nuevo centro nocturno se establecería en un local que Simón había adquirido, a muy buen precio, a la viuda de un amigo suyo en el centro de Tegucigalpa.
Al amanecer del viernes 7 de septiembre, exactamente un año después de la huida, los tres amigos a bordo de un microbús conducido por Simón, cruzaban la frontera norte de Costa Rica para ingresar a la “Nicaragua Libre”; su intención era atravesar el país con destino final Tegucigalpa. Simón que había planeado con puntillosa acuciosidad hasta el último detalle del viaje, tuvo un disgusto con Juanito cuando éste, después de consultar el tarot, le había sugerido que pospusiesen el viaje pues la fecha escogida no era propicia.
La idea del empresario era recoger en Managua a Felipe, el mâitre, y a cinco de los antiguos bailarines del Atlantis, que habían aceptado unirse al nuevo proyecto en Honduras. Unos cuarenta kilómetros antes de la capital nicaragüense, el mal augurio de Juanito se materializó: Simón perdió momentáneamente el sentido y el control del vehículo, que se salió de la vía para terminar detenido por una cerca de alambre sin que, por fortuna, ninguno de sus ocupantes ni el microbús sufriesen daño.
El verdadero daño estaba en el cerebro de Simón, a quien un eminente neurólogo le diagnosticó la presencia de un tumor maligno y muy agresivo, que aún siendo extirpado no daba muchas posibilidades de supervivencia. Simón se opuso a una intervención quirúrgica e incluso a un tratamiento con quimioterapia y decidió asumir con entereza la enfermedad y prepararse para una muerte digna. Al menos, los seis o siete meses de vida, que según el médico le restaban, los emplearía en el proyecto del Simon´s Club. Juanito y Adriana habían logrado convencer a su amigo para que aceptase este nombre en vez de New Atlantis, que éste sugería.

Una semana antes de la fecha prevista para la inauguración Simón viajó a Managua, según dijo para firmar unos documentos notariales. En realidad lo que pretendía era hacer los arreglos necesarios para dar una sorpresa a su vedette. El viejo, con el sentimentalismo exacerbado por la cercanía de la muerte, se había propuesto localizar a Braulio, con la ayuda de Nando Jaramillo, quien telefónicamente le había comentado que su cuñado se había divorciado tras la pérdida de su primogénito.
La víspera de la anunciada apertura del Simon´s Club, después del último ensayo, el empresario invitó a sus artistas a una cena en el apartamento que compartía con Juanito. El montaje orquestado por Simón estaba listo: al abrir la puerta y encender las luces, Adriana se quedó sin respiración al ver frente a ella, sonrientes y emocionados, a Braulio, a Charlotte y a su hija.
Antes de que Adriana pudiera balbucear palabra alguna y superar el estupor del inesperado encuentro, Braulio se adelantó, se plantó frente a ella, extrajo un estuche del bolsillo de su guayabera, la miró fijamente y con voz firme, matizada por cierta solemnidad teatral, le dijo:
― Con la bendición de tu madre, aquí presente, te ofrezco éste anillo de compromiso y te pido que seas mi esposa.
Braulio y Adriana se casaron pocos días después de la apertura del Night Club, y acordaron que ella continuaría trabajando como artista principal del elenco, mientras Charlotte regresaba a Bluefields con la niña y Braulio viviría en Managua como profesor de tiempo completo de INCAE. Los fines de semana se reunirían en Tegucigalpa y cada tres meses viajarían juntos a Bluefields para visitar a su hija. La energía y los esfuerzos desplegados por Simón en los últimos meses de ese año, comenzaron a hacer mella en su salud y ya para enero permanecía en el apartamento bajo el cuidado de una enfermera. A finales de mayo mandó llamar a Juanito y a Adriana para notificarles su decisión testamentaria: Juanito heredaría el Club, una propiedad en Lima, y medio millón de dólares entre efectivo y títulos valores; Adriana recibiría un fideicomiso por cincuenta mil dólares para la educación superior de la pequeña Charlotte. Dos días después Simón falleció mientras dormía.

Para esa última noche de Adriana en el escenario, Juanito había convencido a Braulio de que bailase con su esposa tres tangos como cierre de la presentación; para el efecto, él mismo había montado las coreografías y ensayado varias noches con la pareja hasta quedar convencido de tener un show profesional. En el vestuario de la vedette, Juanito había insistido, con toda suerte de argumentos esotéricos, en que Adriana usara el traje verde de lamé y el aderezo de plata, pues en su opinión, representaban un símbolo en la historia de amor que él había pronosticado desde el primer momento.
A las nueve de la noche todo estaba a punto y Juanito luciendo un impecable esmoquin blanco se dispuso a esperar a sus invitados especiales.

***

San Pedro Sula, noviembre de 1983

A primera hora del viernes 18, Nando y Lorena cancelaron la cuenta de su estadía de tres días en el Hotel Copantl de San Pedro Sula al norte de Honduras, encargaron su equipaje a un botones y se encaminaron al parqueadero para abordar el Audi con placas MI, y emprender camino hacia Tegucigalpa, en donde esa noche asistirían a la función de despedida de Adriana en el Simon´s Club. En esa oportunidad habían viajado desde Managua por tierra pues Nando tenía previsto visitar varias empresas industriales en la zona, como parte de su labor promoviendo seminarios de INCAE.
La pareja tras una relación de cinco años, en los cuales jamás se había mencionado la palabra matrimonio, era más estable que muchas otras con menos tiempo de convivencia. Lorena había llegado al convencimiento de que la filosofía del amor que practicaba Nando en realidad funcionaba, pues como él solía decir y ella había aprendido a repetir: “estamos ‘desposados’ y no ‘esposados’ como la mayoría que no logra entender y aceptar la diferencia”. Al llegar al estacionamiento, lejos estaban de imaginar, que serían literalmente esposados, por cuatro agentes uniformados al mando de un sargento, que simplemente les había preguntado si eran los dueños del carro y ante la respuesta afirmativa de Nando, ordenó que los esposaran pues tenía instrucciones de conducirlos al comando de policía.
Dos horas después fueron liberados, cuando el oficial que había ordenado su detención, les pidió disculpas y comprensión, tras comprobar la nacionalidad norteamericana de Nando y su estatus como profesor de INCAE. El incidente no era más que una muestra del ambiente belicoso que vivía la fuerza pública hondureña respecto al gobierno sandinista. Superado el percance, el espíritu bromista de Lorena diluyó el disgusto y el malestar que le había producido a Nando la actitud paranoica de la policía hondureña.
En los últimos meses de la revolución sandinista, Lorena se había visto forzada por las circunstancias a revelar a Nando su vinculación a la célula guerrillera que dirigía Vigorón. Una noche, a mediados de mayo del 79 su jefe la había llamado para pedirle que escondieran en la casa que compartía con Nando, en las afueras de INCAE, a unos combatientes heridos en una explosión. Afortunadamente, Nando había accedido sin condiciones a prestar esta ayuda humanitaria, evitando preguntas o comentarios embarazosos. Los comandantes sandinistas que conocieron al profesor en esa oportunidad, agradecieron el gesto y lo catalogaron a él como “un gringo colaborador y buena gente”.
Los contactos adquiridos por Nando en ese entonces, facilitarían posteriormente las relaciones entre INCAE y los comandantes sandinistas, ya en el poder, y permitirían la supervivencia del instituto. Éste fue aprovechado por el nuevo gobierno revolucionario, en vez de ser confiscado, para entrenar en alta gerencia a los funcionarios de bajo nivel que se habían visto enfrentados a la responsabilidad de asumir cargos directivos, en las empresas confiscadas a sus antiguos dueños. Por esas fechas, Braulio que había regresado a Managua para buscar a Adriana, aceptó formar parte de la facultad permanente de INCAE, bastante reducida pues muchos profesores habían renunciado para buscar posiciones en otras universidades de Estados Unidos y Europa. Posteriormente, cuando INCAE abrió una nueva sede en Alajuela, Costa Rica, la mayoría regresó y desde entonces INCAE había operado con sedes en los dos países.
Después del triunfo de la revolución, Lorena no quiso aceptar el puesto que le ofrecieron en el viceministerio del interior, a cargo de Edén Pastora y decidió continuar sus estudios de sociología. En menos de dos meses, comprendió que el nivel académico había bajado impresionantemente y que la facultad estaba conformada por un grupo de profesores fanáticos, que abiertamente dirigían cátedras de política e ideología marxista-leninista, muy diferentes a las de sus primeros semestres de carrera. Desencantada abandonó sus estudios y consiguió empleo como secretaria bilingüe en INCAE.
Lorena no había visto a su amiga Adriana desde la muerte de Simón y le entusiasmaba la idea de conocer a la niña y de regresar juntas a Managua en donde serían vecinas, pues Braulio había alquilado una casa contigua a la de Nando. A pesar del atraso causado por la policía, Nando y Lorena llegaron al Hotel Honduras Maya a media tarde, se registraron, se ducharon y bajaron para tomar un refrigerio, comprar el periódico y algunas revistas para entretenerse mientras llegaba la hora de irse al Simon´s Club.

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Dos días antes de la subasta en Gruber´s Gallery, Roberto Harrison y Maria José Argüello, tomaron un vuelo con destino a Tegucigalpa. Roberto viajaba para firmar un contrato con una empresa estatal Hondureña que era cliente de la firma norteamericana de abogados a la cual pertenecía; por su parte, Maria José se había ofrecido para acompañarle pues quería asistir a la celebración del cuarto aniversario de bodas de su cuñada Adriana Harrison. A los pocos minutos de despegar, Roberto se quedó profundamente dormido y Maria José se quedo sola con sus recuerdos.
Era la primera vez en cinco años que regresaba a Centroamérica y muchas cosas habían pasado en su vida y en su familia desde entonces: la horripilante muerte de Max; el ataque cardíaco que casi cuesta la vida de su padre; la angustiosa evacuación a Miami; la incertidumbre por la suerte de Roberto que se había unido a las fuerzas insurgentes; la prolongada convalecencia de Aníbal; el tormento por desconocer la suerte de su hermana, que se había transformado en pena moral y resentimiento cuando se enteró de su fanatismo ideológico, su integración al ejército sandinista, después del triunfo de la revolución, y lo más doloroso, el saber que Maribel había renunciado a su “familia burguesa” y propiciado la confiscación de la casa de Jiloá y los almacenes Argüello. Por ventura y gracias al soporte afectivo de Marietta, su padre había superado el duro golpe y había canalizado todas sus energías hacia el apoyo a las fuerzas contrarrevolucionarias, dejando testimonio de sus críticas al gobierno sandinista en un manuscrito, casi un diario, que solía compartir con su amiga y aspiraba publicar algún día.
En el lado positivo de su balance, pesaba con mucha fuerza la estabilidad de su relación con Roberto, quien consideró cumplida su cuota de guerrero el mismo día en que los sandinistas se tomaron el poder y regresó inmediatamente a Miami para casarse con ella. El único cambio notorio en el aspecto físico del joven era la espesa barba que se había dejado crecer, para acentuar, concientemente, su parecido a Max. Meses después, cuando la casa de Jiloá fue confiscada, Roberto viajó a Managua y trajo consigo a la leal Ninfa para que atendiera la casa que Aníbal había comprado en Miami Beach. Ellos a su vez, adquirieron una casa a pocos metros de la de Aníbal para mantener el pequeño círculo familiar tan unido como fuese posible. Los negocios en la Florida iban bastante bien: Aníbal como estratega, ella como gerente y Braulio como asesor estaban haciendo realidad, en los Estados Unidos, el sueño que no pudieron cristalizar en su país.
Maria José estaba ansiosa por volver a ver a su antigua profesora de guitarra a quien no veía desde el verano de 1981 en que ella, Braulio y la pequeña Charlotte habían pasado dos semanas de vacaciones en casa de Aníbal. Formaban una hermosa familia y su felicidad era evidente.

El anuncio de que se encontraban próximos a aterrizar en el aeropuerto internacional de Ciudad de Guatemala, última escala del vuelo a Tegucigalpa, sacó a María José de sus recuerdos y a Roberto de su profundo sueño. La escala era breve y la voz en el parlante pidió a los pasajeros con destino a Honduras que permanecieran a bordo mientras desembarcaban quienes concluían su vuelo y abordaban nuevos pasajeros. El último en abordar, fue un hombre de unos cincuenta años, fornido, con la cabeza totalmente afeitada, gafas Ray-Ban, bigote negro de largas guías y traje safari de color caki de manga corta que resaltaba la musculatura de sus brazos y le daba el feroz aspecto de un guerrero mongol del siglo XX.
Al avanzar por el pasillo la mirada del mongol se detuvo un instante frente a Roberto y tras observarlo por entre las gafas se dijo para sus adentros: “si no fuera porque sé que está bien muerto juraría que es Maximiliano Harrison… éste no puede ser otro que su hermano gemelo”. El conspicuo personaje dedicó el tiempo de vuelo tratando de imaginar en que forma, si es que había alguna, podría aprovechar su encuentro con éste personaje del pasado, en la ejecución del plan que venía tramando desde hacía cinco años y se encontraba en su fase final. Por ahora, lo conveniente sería seguir a Harrison y averiguar el propósito de su viaje a Honduras.

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