Punto de Quiebre – Capítulo IX

Por : kapizan
En : Capítulo IX - Del manuscrito de Aníbal Argüello, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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DEL MANUSCRITO DE ANÍBAL ARGÜELLO

FRAGMENTOS

1979

Nunca he sido un hombre de armas; sin embargo, he estado apoyando, como muchos de mis compatriotas, la lucha de los insurgentes sandinistas, en la certidumbre de que sólo por la vía armada será posible derrocar la dictadura somocista y conducir el país hacia una auténtica democracia. Gracias a Dios logré sobrevivir a una delicada operación de corazón abierto; por ello, aún débil y con la prohibición médica de viajar y la recomendación de guardar reposo, me siento apartado del activismo en las gestiones políticas que han venido realizando los líderes del Frente Amplio de Oposición ante los gobiernos que repudian el absurdo aferramiento de Somoza al poder. Estoy pues, lo suficientemente motivado para iniciar este escrito, con el que pretendo ser un relator y crítico de los acontecimientos político-militares que observaré a partir de hoy, primero de Enero de 1979, desde mi cómoda pero forzada permanencia en Miami.

[...] Así pues, a mediados de marzo, cuando la opinión pública recibió el anuncio de que las tres facciones sandinistas, reunidas en Cuba, se habían unido ― presumo que bajo la astuta influencia de Fidel Castro ―, supe que mi pronóstico sobre la inminencia del fin de la dictadura era acertado; sin embargo, me llamó la atención el hecho de que Edén Pastora no hubiera participado en las conversaciones de La Habana y tuve la impresión de que querían marginarlo [...] a mi juicio, el Comandante Cero tenía más derecho a representar a los terceristas junto con Daniel y Humberto Ortega, que el mexicano Víctor Tirado López. Ambos poseen una destacada trayectoria como líderes combatientes, pero la espectacularidad y la contundencia del asalto al Palacio Nacional le dio a Pastora un reconocimiento, dentro y fuera del país, como héroe de la revolución y merecedor, por tanto, de una destacada posición en la dirigencia del FSLN [...] algunos empresarios comprometidos en la lucha contra Somoza, coinciden conmigo en que su clara posición no marxista y cristiana (de Edén Pastora) junto con su notoriedad internacional, fueron determinantes para que el recién constituido Directorio Nacional optase por no incluirlo como uno de sus miembros; al fin de cuentas, parece que tuvieron más fuerza las opiniones de la mayoría marxista; y muy posiblemente la envidia que suscitan su carisma y su popularidad. [...] alejado (Pastora) de las decisiones políticas se le encargó la conducción de las operaciones militares en el frente sur; precisamente en donde la Guardia Nacional tiene concentradas las tropas mejor comandadas y por consiguiente, son el hueso más duro de roer.

[...] La posición de Somoza se ha vuelto cada vez más precaria a medida que avanza junio, en tanto que el balance del FSLN muestra resultados que parecían imposibles de lograr un año antes: los pueblos y ciudades del norte están en poder de los sandinistas que han comenzado a organizar gobiernos municipales; el 17, cayó León, la segunda ciudad del país; le siguieron Masaya el 24 y, a los pocos días, Diriamba. Todo parece indicar que la ofensiva final sobre Managua está próxima. La resistencia más fuerte y sangrienta, continúa siendo la que ofrece el reducto somocista en Rivas, en donde el mayor número de bajas las está sufriendo la fuerza que comanda Pastora [...] en los círculos políticos del congreso norteamericano se rumora una posible dimisión del dictador y la conformación de un gobierno de transición [...] El 17 de julio, Somoza abandonó el país con destino a Miami y dejó su carta de dimisión que fue leída ese mismo día ante el congreso por Francisco Urcuyo Maliaños, presidente de la colectividad que se proclamó “Presidente Constitucional” de Nicaragua. El mandatario interino, pretendía continuar en el poder hasta 1981 ― año en que terminaba el período de Somoza ― [...] en sus primeras y únicas veinticuatro horas en el poder, Urcuyo nombró al teniente coronel Federico Mejía González como nuevo director de la Guardia Nacional ― los oficiales de mayor graduación habían huido hacia el exilio, siguiendo el ejemplo de su jefe y contribuyendo a la desmoralización total y al derrumbamiento de la Guardia Nacional ―; propuso a los insurrectos que depusiesen las armas “no ante nada ni ante nadie, sino ante el Altar de la Patria”; y se negó a entregar el poder a la ya establecida Junta de Reconstrucción Nacional [...] El rechazo de la comunidad internacional, liderada por los gobiernos del Pacto Andino, ante las pretensiones de Urcuyo, lo obligó a exiliarse en Guatemala, dejando el camino abierto a la Junta de Reconstrucción integrada por Sergio Ramírez, Alfonso Robelo, Violeta Barrios de Chamorro, Daniel Ortega y Moisés Hassan, quienes se proclamaron, el 18 de julio, como el nuevo gobierno de Nicaragua, desde la ciudad de León.
[...] Al anochecer del jueves 19 de Julio, el teniente coronel Fulgencio Largaespada, jefe de la Policía de Tráfico de Managua ― único oficial de alta graduación de la Guardia Nacional que no había huido hacia el exilio ―, anunció por radio la rendición incondicional que los sandinistas le exigieron y ordenó a sus hombres que entregasen las armas a la Cruz Roja, en iglesias o en cualquier embajada [...] A primera hora del viernes 20 de Julio los miembros de la Junta de Gobierno se desplazaron desde León hacia la capital, para celebrar el triunfo de la revolución en compañía de los comandantes sandinistas más destacados. En el último tramo de su recorrido, sobre un vehículo del cuerpo de bomberos, recibieron los vítores de una multitud eufórica que se concentró en la plaza principal de Managua, frente al Palacio Nacional para escuchar extasiada la secuencia de discursos pronunciados por sus nuevos dirigentes [...] los nutridos aplausos que captaban las cámaras, contrastaron notoriamente con la prolongada ovación que siguió al breve y un tanto desafiante discurso del Comandante Cero: “…velaré para que la Revolución no se mediatice ni se traicione”.

[...] Una revolución triunfante se diferencia de un golpe de estado exitoso, en un aspecto fundamental: las fuerzas militares derrotadas son reemplazadas en su totalidad por un nuevo ejército. Así ha sucedido a lo largo de este siglo en México, en Rusia, en China y en Cuba. Nicaragua no podía ser la excepción. El 18 de Octubre se anunció la constitución del ejército popular sandinista y el nombramiento de su primer comandante: Humberto Ortega Saavedra [...] por esas fechas me enteré que Edén Pastora, a quien hubiese preferido ver al mando del nuevo ejército, ni siquiera había recibido el título, más que merecido, de Comandante de la Revolución. Ésta distinción se la reservaron para sí los nueve miembros del Directorio Nacional Sandinista [...] Pastora con el rango honorario, pero inferior, de Comandante Guerrillero, quedó completamente marginado de las decisiones políticas y pasó a ocupar el poco destacado cargo de cuarto viceministro del interior, a órdenes de Tomás Borge [...] el cincuentón (Borge) fundador del FSLN, no desperdicia oportunidad para desplegar en todas las tribunas una retórica elusiva que enmascara su acendrada vocación marxista-leninista [...] cuando Borge habla de pluralismo político, sus palabras me suenan huecas por falta de hechos concretos que ratifiquen esa intención, que fue importante, en su momento, para ganar apoyos, pero que cada vez se ve más y más lejana.
[...] A comienzos de septiembre, el Comandante Cero fue enviado a las montañas del norte, al mando de una tropa especial integrada por algunos de sus antiguos guerrilleros, con la misión de limpiar la zona de grupos bandoleros, conformados por guardias somocistas que ingenuamente creen que su jefe regresará del dorado exilio para volver a poner las cosas en orden [...] asignarle (a Pastora) ésta tarea de combate es, a mi juicio, una hábil maniobra política de Borge para sacar de escena al ídolo popular, que se atrevió a proclamarse como guardián de la revolución para impedir que “se mediatice o se traicione”.
[...] Al finalizar 1979, que pasará a la historia como el año del triunfo de la revolución sandinista, comienzo a experimentar la sensación de que quienes creímos en las promesas de pluralismo político y economía mixta, fuimos manipulados como idiotas útiles por el pragmatismo de los jefes insurgentes, mayoritariamente comunistas, como parte de una estrategia para alcanzar el poder.
[...] ¿Quién ejerce el poder en Nicaragua? No han transcurrido seis meses después del triunfo y la respuesta que escucho, cada vez con más frecuencia, es peligrosamente contundente: los nueve comandantes. Entonces ¿Qué papel juega la “Pluralista” Junta de Reconstrucción Nacional? Todo parece indicar que, con excepción de Daniel Ortega, ninguno de sus miembros lo sabe a ciencia cierta. [...] me llegan noticias de que ninguna decisión política, económica o administrativa, se puede tomar sin el visto bueno de los nueve uniformados y la ratificación del cada vez más omnipotente y omnipresente Tomás Borge [...] Temo que Robelo y doña Violeta en la junta, y los miembros no sandinistas del grupo de los doce que ocupan cargos importantes en el gobierno ― como Arturo Cruz recién nombrado director del Banco Central ―, también están jugando inconscientemente, el rol de idiotas útiles.
[...] Quiero cerrar el capítulo correspondiente a éste año con mi opinión sobre un hecho preocupante en éste primer semestre de la Nicaragua post-somocista: la presencia de miles de los llamados internacionalistas ― cubanos veteranos de Angola, chilenos exiliados, montoneros argentinos y europeos de los países del bloque soviético, entre otros ― que se mueven como pez en el agua en todos los niveles del gobierno ejerciendo notoria influencia en la toma de decisiones. Esto me lleva a llamarlos, más bien, intervencionistas, pues me parece que forman parte de un nuevo esquema de colonización orquestado por la unión soviética para ganar una segunda base en América Latina, ideal para expandir el comunismo hacia los países vecinos.

1980

[...] En el transcurso del primer trimestre de este año mis preocupaciones, sobre el futuro político de Nicaragua, se han venido acrecentando a medida que el FSLN comienza a mostrar, sin mayor pudor, la agenda que ha mantenido oculta desde que se negociaron, con los miembros no marxistas del Frente Amplio Opositor, los lineamientos del plan de gobierno, en términos de anunciar una pronta convocatoria a elecciones presidenciales y mantener una asignación equitativa de los escaños en el Consejo de Estado. Aparte de estos dos pactos, que fueron determinantes para acelerar el desplome de la dictadura somocista, percibo una nociva influencia castrista en la creación de los Comités de Defensa Sandinista (CDS), esquema de control de masas y manipulación política, más acorde con una intención de gobierno totalitario de izquierda ― como el cubano que mantiene un sistema similar ―, que con la anunciada y pactada democracia pluralista.
[...] El 19 de abril, doña Violeta renunció a la Junta presentando, diplomáticamente, una lesión en una pierna como motivo de su dimisión. La viuda de Chamorro no mencionó la disputa que ella y Robelo habían tenido con los miembros sandinistas de la Junta y con algunos de los nueve comandantes, en torno a la conformación del Consejo de Estado: el FSLN propuso a la junta la creación de doce escaños adicionales ― nueve para los CDS y tres para los sindicatos laborales sandinistas ―, y un cambio en la proporcionalidad muy distinto a lo pactado antes de la victoria del 19 de julio; con lo cual, los sandinistas aseguraban la mayoría absoluta en el Consejo de Estado.
[...] El 21 de abril fue publicado en la Gaceta Oficial un decreto de la Junta en el que se establecía la nueva composición del Consejo de Estado, con los cambios impuestos por los sandinistas. A la mañana siguiente Alfonso Robelo convocó una rueda de prensa y anunció su dimisión [...] días después (Robelo) le diría a la periodista norteamericana Shirley Christian: “A mí me resultaba imposible continuar en la Junta. Se había llegado a una situación en la cual yo no podía hacer nada. Seguir en la Junta hubiera sido dar con mi presencia una apariencia de pluralismo, pero en la que no se prestaba oídos a nuestros puntos de vista.”
[...] Otro suceso perturbador acaecido entre la dimisión de doña Violeta y la de Robelo, fue el cierre del diario La Prensa ― la trinchera desde donde Pedro Joaquín Chamorro Cardenal lanzaba sus dardos a la dictadura, que le costaron la vida ―. Los líderes sandinistas se apresuraron a negar su participación en el hecho y difundieron la versión de que se trataba de una disputa interna en la familia de los propietarios: la viuda y los hijos del periodista asesinado [...] en verdad, el cierre no fue una expropiación; se trató de una huelga de trabajadores para exigir la restitución de Xavier Chamorro ― joven de 24 años, hijo menor y sandinista a ultranza ― quien había sido depuesto, por la junta directiva familiar, del cargo que ejercía desde 1978 como director y editor responsable. El impulsor de esa decisión, con el apoyo de doña Violeta, fue su hermano mayor Pedro Joaquín Chamorro Barrios, que quería tomar una actitud más crítica frente a los sandinistas. [...] mucho me temo que el cierre de la prensa forma parte de una estrategia, manejada tras bambalinas por los sandinistas, con el objetivo de monopolizar los medios de comunicación masiva ― como lo han hecho con la radio y la televisión ― para consolidar su poder e imponer a la Junta de Reconstrucción las líneas de gobierno a su mejor conveniencia y sin recibir ninguna crítica desfavorable. [...] En realidad, los hijos de Chamorro ― cada vez más polarizados ideológicamente ―, discrepaban sobre la forma en que el periódico debería informar respecto a los errores y excesos del directorio sandinista: notorio y peligroso acercamiento al bloque soviético; confiscaciones injustificadas de propiedades privadas; desapariciones forzadas; renuencia a cumplir el compromiso de convocar elecciones; énfasis desproporcionado en el fortalecimiento del aparato militar; posición servil ante los asesores cubanos y soviéticos; ostentación y despilfarro por parte de los comandantes y otros sandinistas con poder, que pretenden imitar los lujos y las prebendas de la “nomenklatura soviética” o de las camarillas de Fidel Castro, entre muchos otros desafueros.[...]

[...] Apenas nueve meses duró la farsa del pluralismo político, la economía mixta y la no alineación. ¿Qué futuro le espera a mi agobiado país después de ésta ruptura? Presiento que vamos hacia el despeñadero de una guerra civil. Dios quiera que me equivoque y los sandinistas rectifiquen el rumbo. Por ahora, me siento arrepentido y consternado por haber apoyado a “los muchachos” y por no haber tenido la capacidad de ver como el lobo nos engañó a todos con una piel de oveja, artificial pero muy bien urdida. Lo más grave es que si el somocismo castró políticamente a dos generaciones de nicaragüenses, los nuevos amos del poder se preparan cuidadosamente para ganarse a la generación de los nacidos en los años sesenta y ampliar sus bases con niños y adolescentes, que se embelesan con la retórica revolucionaria y son presa fácil para el indoctrinamiento y la manipulación política. No en vano los sandinistas pusieron en marcha, con bombo y platillo, la cruzada nacional de alfabetización que actualmente llevan a cabo con brigadas de adolescentes de ambos sexos que en su entusiasmo juvenil se sienten protagonistas de la historia y repiten en coro “¡¡¡ DIRECCIÓN NACIONAL ORDENE!!!”. Perturbador. Muy perturbador.

[...] el embajador (Larry Pezzulo) de los Estados Unidos, con quien he tenido oportunidad de conversar, hace ingentes esfuerzos por influir en el congreso para conseguir la aprobación de una ayuda económica (75 millones de dólares), para Nicaragua y al mismo tiempo tratar de que los sandinistas cumplan los pactos políticos. [...] Pezzulo cree que con el apoyo económico, los Estados Unidos podrán neutralizar la influencia soviética en Nicaragua, canalizada a través de Cuba. Pienso que está bien intencionado y su planteamiento es, a mi entender, lógico pero ingenuo.
[...] El 18 de mayo fueron nombrados Arturo Cruz ― director del Banco Central ― y Rafael Córdoba Rivas ― antiguo magistrado del Tribunal Supremo ― como remplazo de los dos miembros no sandinistas de la Junta de Reconstrucción Nacional que habían renunciado [...] con el trabajo de Pezzulo todo pareciera indicar que la polarización entre los sandinistas y el sector privado, cuyo clímax fue la dimisión de Doña Violeta y Robelo ― especialmente con el COSEP molesto por las confiscaciones injustificadas y la falta de una fecha para convocar elecciones ― ha cedido: los sandinistas han moderado su retórica; la Junta se recompone con la proporción pactada antes del triunfo; y la campaña de alfabetización recibe elogios en todas partes. [...] ¿Ganó la estrategia Pezzulo? demasiado pronto para asegurarlo. Como jugador de póquer, hago mi última apuesta: ¡Pago por ver!
[...] A comienzos de julio, poco antes del primer aniversario del triunfo, supe por una conversación telefónica con Adolfo Calero ― líder destacado del Partido Democrático conservador, empresario, gerente de la embotelladora de Coca Cola en Nicaragua, miembro, como yo, del FAO, y quien permanece en Managua ― que recientemente Edén Pastora había tomado contacto con algunos dirigentes de la colectividad para ofrecerse, como el hombre fuerte del Partido Democrático Conservador en el seno del FSLN. Calero me dijo que habían ignorado la propuesta de Pastora pues no estaban muy seguros de sus verdaderas razones y temían una trampa. [...] pienso (respecto a la oferta de Pastora), que tiene lógica por tres razones: Su marginamiento del poder real es notorio y resulta apenas natural, que busque recuperar el protagonismo que obtuvo con las armas. Antes de formar parte del FSLN Edén había militado en el PDC e incluso participó ― en 1967, si la memoria no me falla ―, en un enfrentamiento con la Guardia Nacional. Por último, personalmente creo en su anunciada intención de vigilar para que la revolución no sea traicionada. Así se lo hice saber a Calero, pero el es partidario de no darle cabida en el partido [...] también considero que el rechazo de los conservadores democráticos a la propuesta del Comandante Cero, es una muestra más de que la desconfianza frente a los uniformados sandinistas, es cada vez más profunda y desestabilizadora [...] comprendo su posición (la de Pastora) y definitivamente estoy convencido de que su oferta, en gran parte, está motivada por el aislamiento evidente de que ha sido objeto; pero también sigo creyendo que entre los comandantes de primero y segundo nivel, él es el único de los pocos, sino el único, que no es marxista y sinceramente cree que el pluralismo político y la no alineación ― con los Estados Unidos o con la Unión Soviética ― representan el verdadero camino para la Nicaragua post-somocista, y en ese sentido nacionalista se fundamentó su lucha.
[...] Se me ocurre que mi perspectiva de los hechos, vistos desde Miami, puede ser más objetiva que la de mis colegas en Managua: ellos, inmersos en el problema, apenas ven los árboles; en tanto que yo, tal vez, pueda apreciar mejor el conjunto del bosque. Percibo el rechazo a la propuesta del Comandante Cero, como un grave error político que, unido a la miopía gringa, puede acelerar la expansión del sandinismo comunista cuando aún es tiempo de neutralizarlo.
[...] En el segundo trimestre, el embajador (Pezzulo) se movió incansablemente entre Managua y Washington, tratando de conseguir ayuda económica para la reconstrucción del país y procurando recomponer los platos rotos durante la pugna entre los sandinistas uniformados y los políticos o empresarios no sandinistas, que siguió a las renuncias de Doña Violeta y Robelo; sin embargo sus maratónicas jornadas no dieron los frutos deseados.
[...] En un año electoral, el gobierno Carter se ha vuelto, a mi entender, más timorato de lo previsible, y está dejando las puertas abiertas a los comunistas. Ésta actitud podría costarle las elecciones, pues lo republicanos lo han estado criticando de ingenuo. Prueba de ello, es que la presencia norteamericana, muy reducida por cierto, contrasta con la proliferación de asesores soviéticos y de sus países satélites. Además, la retórica anti-yanqui de los sandinistas ha espantado la inversión privada occidental en Nicaragua.
[...] En ese mismo período, La Prensa, bajo la dirección de P.J. Chamorro B., con sus críticas al nuevo régimen ha logrado superar en ventas a Barricada y El Nuevo Diario; sandinista el primero y pro-sandinista el segundo. ¿Hasta cuando seguirá circulando La Prensa sin censura? Un reflejo de la división que se está gestando en la sociedad nicaragüense, es el hecho de que los medios impresos ― tanto a favor como en contra de los sandinistas ― estén siendo dirigidos por los hermanos Chamorro.
[...] La presencia de Fidel Castro, como invitado de honor a los festejos del primer aniversario, acompañado por Yasir Arafat de la OLP, así como la ausencia de Omar Torrijos y el presidente de Costa Rica, Rodrigo Carazo ― fuertes apoyos en la lucha contra Somoza e impulsores de los pactos de economía mixta y pluralismo político ―, son un claro indicio del rechazo que empiezan a tener los excesos y la retórica sandinistas; y a la vez ponen en evidencia la cada vez más clara alineación del gobierno nicaragüense (léase los nueve comandantes), con el bloque soviético y sus títeres. Cada vez visualizo un futuro más oscuro e incierto para mi agobiado país que tal vez nunca imaginó que entraría como un peón en el peligroso ajedrez de la geopolítica internacional en medio de la guerra fría.

[...] Anastasio Somoza Debayle que vivía asilado en Paraguay, bajo la protección del dictador Stroessner, fue asesinado por el impacto de un proyectil de bazooka que destruyó el Mercedes Benz en el que viajaba. Los hechos, al parecer protagonizados por un grupo de guerrilleros argentinos sucedieron el 17 de septiembre. Los sandinistas ni afirman ni niegan haber estado detrás del atentado, pero cuesta creer que no lo hubiesen patrocinado. [...] A mediados de noviembre fue asesinado en las afueras de Managua Jorge Salazar ― abierto opositor de los sandinistas y presidente de UPANIC (Unión de Productores Agrícolas de Nicaragua) ― a quien se quiso hacer aparecer como responsable de un complot armado para derrocar el gobierno. [...]

1981

[...] La posesión de Ronald Reagan como presidente de los Estados Unidos lleva a pensar que la política exterior norteamericana hacia Nicaragua se irá endureciendo, especialmente en momentos en que los sandinistas están siendo acusados de apoyar con armas a la guerrilla salvadoreña [...] Como era de esperarse, la nueva administración gringa suspendió el paquete de ayuda económica por cerca de setenta y cinco millones de dólares que el anterior embajador Pezzulo había logrado gestionar para el gobierno sandinista.
[...] En Guatemala, antiguos oficiales somocistas comienzan a organizarse militarmente, con apoyo de asesores enviados por la dictadura argentina, para crear un frente contrarrevolucionario que busca derrocar a los sandinistas por las armas.
[...] El 7 de julio, Edén Pastora junto con doce de sus mas fieles seguidores abandonó Nicaragua rumbo a Panamá y dejó una carta en la que anunciaba “voy a descargar mi pólvora revolucionaria contra el opresor en cualquier parte del mundo en que se encuentre, sin que me importe el que me llamen Quijote o Sancho” éste anuncio fue interpretado por los sandinistas como la intención de Pastora de seguir los pasos revolucionarios del Che Guevara, pero entre mis amigos nicaragüenses corre el rumor de que Pastora regresará a Nicaragua para derrotar a los sandinistas con las armas y recuperar el rumbo perdido de la revolución sandinista, tal como él la concibe.
[...] El 23 de agosto, durante la ceremonia de clausura de la cruzada de alfabetización, a la cual asistió como invitado de honor el presidente Rodrigo Carazo de Costa Rica, Humberto Ortega leyó un comunicado del FSLN en el que declara que no habrá elecciones hasta 1985, ni ninguna campaña política antes de 1984 y se anuncia que éstas elecciones serán muy distintas de las que usualmente se llevan a cabo en las naciones occidentales.
[...] Arturo Cruz, otro de los miembros no marxistas de la Junta de Gobierno presentó su dimisión a mediados de noviembre. [...] Aumentan las confrontaciones entre la empresa privada y los sandinistas.

1982

[...] La administración Reagan ― esta es una información que obtuve directamente de Adolfo Calero pues no se le dio difusión en los medios ―, aprobó un plan de operaciones encubiertas, dirigidas por la CIA, en contra de Nicaragua y en respaldo a los nuevos grupos insurgentes de derecha. [...] el 14 de Marzo, a la media noche, un grupo de saboteadores de la FDN dinamitaron el puente sobre el río Negro, de 120 metros de longitud, y lo destruyeron por completo causando la interrupción del tráfico en la carretera principal entre Honduras y Nicaragua, en el departamento de Chinandega; esa misma noche, el puente sobre el río Coco, cercano a Ocotal en Nueva Segovia resultó seriamente averiado por acción de los explosivos [...] estos ataques constituyeron el más serio golpe de la contra apoyada por la CIA y precipitaron la decisión del gobierno sandinista de proclamar el estado de emergencia y la censura de prensa que prácticamente sólo se aplica al diario de los Chamorro.
[...] El apoyo de la CIA a la FDN comenzó en firme después de la voladura de los puentes y coincidió con el retiro de los asesores argentinos que regresaron a su país por causa de la guerra en las Malvinas. [...] por esas calendas, Pastora que desde su salida de Nicaragua había estado recorriendo varios países en busca de ayuda para combatir desde afuera a los sandinistas, anunció la creación de una fuerza contrarrevolucionaria denominada ARDE (Alianza Revolucionaria Democrática) y su propósito de combatir a los sandinistas desde un frente que conoce muy bien: el frente sur, en la línea fronteriza con Costa Rica. Alfonso Robelo se vinculó a las fuerzas de Pastora y ambos comenzaron a recibir apoyo logístico y económico por parte de la CIA [...] A estos dos frentes de guerra, debe agregarse un tercero, conformado por varios miles de indígenas misquitos que operan desde la frontera con Honduras en la Costa Atlántica y desde el sur en la frontera con Costa Rica. Los misquitos dirigidos por Brooklyn Rivera, en el sur y Stephen Fagoth en el norte ― obviamente con apoyo encubierto de la CIA ―, se han comprometido en actividades de combate contrarrevolucionarias, con tropas conformadas por indígenas desarraigados de sus tierras por lo sandinistas [...] yo diría que este año ha sido el de la consolidación de un movimiento insurgente, que si logra unir sus esfuerzos y conciliar sus diferencias, pueden dar la batalla en contra del régimen sandinista con probabilidades de éxito. La situación actual me lleva a recordar cómo uno de los factores determinantes en el triunfo de la revolución fue la unión bajo un mando unificado de las tres facciones que conformaban el FSLN. ¿Podrá la contra aprender ésta lección? Tal vez vale la pena recordar a Winston Churchill: “Es menester aprender de la experiencia de los demás porque la propia cuesta mucho y a veces llega demasiado tarde”

1983

[...] En lo que va corrido del año (agosto) puedo asegurar que la característica predominante en la retórica sandinista es la paranoia. Los comandantes no desperdician foro nacional o internacional para advertir sobre la inminencia de una invasión por parte de los marines norteamericanos. Con ese argumento buscan comprensión externa y apoyo interno para una exagerada escalda armamentista destinada a contrarrestar la supuesta amenaza. Los efectos del bloqueo económico que incluye la importación de trigo de los Estados Unidos, comienzan a sentirse con rigor en el abastecimiento de productos de primera necesidad; los racionamientos de gasolina y medicinas son cada vez más drásticos [...] lo paradójico en esta situación es que los sandinistas siguen apoyando el trasiego de armas hacia El Salvador a través del Golfo de Fonseca.
[...] El 13 de septiembre, fue promulgada la Ley del Servicio Militar Patriótico (SMP) que establece la obligatoriedad para todos los varones entre los 18 y los 40 años de prestar el servicio militar obligatorio. La misma ley determina que en el caso de las mujeres, la incorporación a filas es voluntaria.
[...] no han transcurrido tres meses (desde el decreto del SMP) y según me informan, en Nicaragua los reclutadores estatales están incorporando a las filas del politizado Ejército Popular Sandinista, a la fuerza, niños y adolescentes de entre 13 y 18 años [...] estos abusos y la ley en sí, han propiciado el éxodo más grande de nicaragüenses, en los últimos años, que buscan proteger a sus hijos sacándolos del país. [...] al finalizar este año, ratifico mi convicción de que el escenario, los actores y las condiciones están dados para que Nicaragua se desangre en una guerra civil. Pienso que esta debacle inminente y al parecer irreversible, hubiera podido impedirse si el ala marxista del sandinismo no se hubiese empeñando en violar los pactos que facilitaron el triunfo y en imponer su ideología importada, sin medir las consecuencias.

Punto de Quiebre – Capítulo VIII

Por : kapizan
En : Capítulo VIII - La cuesta del plomo, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VIII
LA CUESTA DEL PLOMO

Managua, sábado 9 de septiembre de 1978

El desolado paisaje que rodeaba la arenosa colina, convertida por el régimen en botadero de cuerpos humanos torturados, adquiría un ambiente tétrico con las bandadas de aves de rapiña que la sobrevolaban cuando su aguzado olfato les indicaba la proximidad de un cadáver, que pronto se convertiría en un festín para su instinto carroñero.
Al amanecer, algo más de dos semanas después de los acontecimientos del Palacio Nacional, un camión militar avanzaba por el desvío que, a la altura del kilómetro cuatro de la carretera sur, conducía a la cuesta del plomo. Al llegar a su destino, un suboficial descendió de la cabina e impartió instrucciones a sus hombres para que arrojaran detrás de un arbusto su macabro cargamento: cuatro cadáveres desfigurados de una mujer y tres hombres, acusados de haber colaborado con las fuerzas insurgentes en los preparativos de la toma.
Mientras los soldados cumplían su cometido, el suboficial encendió un cigarrillo y se alejó unos cuantos metros con intención de aligerar la vejiga. Cuatro zopilotes que se disputaban los trozos malolientes de vísceras humanas arrancadas con ávidos picotazos de dos cadáveres en avanzado estado de putrefacción, se asustaron por la presencia del uniformado, soltaron sus presas y levantaron vuelo. El suboficial sorprendido, pues estaba seguro de que en ese sitio no habían arrojado antes ningún cadáver, se acercó a los cuerpos y pudo reconocer en la corroída cara de uno de ellos las facciones de su jefe: el general de división Ulises Baltodano Garcés.

***

Washington, jueves 24 de agosto de 1978

Las imágenes de Edén Pastora empuñando un fusil G3 y haciendo la señal de la victoria desde la puerta del avión que le condujo a Panamá, recorrieron el mundo como reporte central en todos los noticieros. A partir de ese momento el Comandante Cero se convirtió en un héroe legendario y fué percibido, incluso por líderes políticos latinoamericanos de la talla de Omar Torrijos y Carlos Andrés Pérez, como la cabeza visible del F.S.L.N, capaz de derrotar a la oprobiosa dictadura.

El general Baltodano, tras escuchar la noticia, apagó el televisor, se sirvió un generoso trago de brandy y se repantigó en una poltrona a evaluar las implicaciones de lo sucedido. Una hora después estaba convencido de que la debilidad de Somoza, al haber cedido a las pretensiones de los asaltantes, sería su perdición. Un par de llamadas a dos colegas en Managua le confirmaron que en el alto mando existía un sentimiento de inconformidad y una clara frustración por la actitud de Tacho al no autorizar un contraataque.
El astuto general, estimulado por la receptividad que habían mostrado algunos senadores republicanos a la idea de que él fuese el encargado de llevar a la práctica la iniciativa de un “somocismo sin Somoza”, decidió que emplearía el resto de la semana y los primeros días de la siguiente en buscar apoyo entre los senadores demócratas; tarea que veía mas difícil pero no imposible. El miércoles 30 de agosto, viajaría a Managua, sin pedir autorización a su jefe, con un doble propósito: iniciar contactos con otros generales de la guardia, especialmente los inconformes, entre quienes esperaba encontrar algunos aliados para su proyecto político; y, proponer matrimonio a Adriana.
Al día siguiente consiguió que Roger Bradley, senador demócrata por el estado de New York, le recibiese en su despacho. Baltodano, como hábil diplomático, llevó la conversación al tema de los derechos humanos y cínicamente sostuvo ante su interlocutor que esa era la principal falla del gobierno somocista y por ello veía factible la posibilidad de asumir un gobierno de transición en el cual él presidiría una junta de gobierno, con otros dos representantes de la oposición al régimen actual. Aseguró que una junta cívico militar sería el mejor mecanismo para resolver el problema y preparar, en un plazo no mayor de doce meses, la convocatoria a unas elecciones libres que ayudasen al país a retornar a la democracia y continuar como aliado de los Estados Unidos.
El senador Bradley escuchó cortésmente los planteamientos del general y le dijo que efectuaría consultas con algunos colegas. Talvez en quince días podrían volver a reunirse para discutir nuevamente el asunto.
Esa misma tarde el senador llamó por teléfono al empresario Aníbal Argüello a quien había tenido oportunidad de conocer durante la reciente visita de éste último a Washington y con quien había simpatizado desde el primer momento. El concepto de Argüello, de quien se había formado una opinión muy positiva, le resultaría determinante respecto a qué acciones tomar frente a la propuesta de Baltodano. Las últimas palabras de Aníbal fueron contundentes: “…Baltodano es el brazo tenebroso y oculto del régimen. Con un hombre como él al frente del gobierno, la cura sería peor que la enfermedad”.

***

Managua, viernes 25 de agosto de 1978

Superada la crisis del Palacio Nacional, Managua regresó a una aparente calma y el Atlantis abrió sus puertas el viernes en la noche con la presentación habitual de la vedette y el elenco de bailarines, debido a la cancelación de Lucho Bermúdez. Adriana había decidido continuar con sus presentaciones normales en espera de que en cualquier momento apareciese Baltodano a quien, estaba segura, le sería fácil seducir como único medio para rescatar a su hermano. Por sugerencia de Vigorón todos habían acordado continuar sus actividades cotidianas aparentando que no se habían percatado de la desaparición de Max. Ésto con el propósito de no alertar a los hombres del general. En ese momento dependían de la actuación de Adriana frente al militar.

Aníbal, creyó conveniente informarle a Vigorón sobre la llamada del senador y el tipo de gestiones que estaba realizando Baltodano en Washington. Inmediatamente, el guerrillero se reunió con Maribel, Bernardo y Lorena, para analizar esta nueva situación. Pronto llegaron a la misma conclusión: era urgente eliminar al general. Esa misma noche Vigorón se comunicó con Chinto en Costa Rica y éste le dio luz verde para proceder.
Como primer paso, Vigorón se puso en contacto con la secretaria que le proporcionaba información sobre Baltodano y supo que éste había recibido instrucciones del dictador de permanecer en Washington hasta nueva orden. Con ello, ganaban tiempo para preparar un plan detallado que pondrían en ejecución, después de que Adriana hiciese su intento de seducir al general e independientemente del resultado. Por lo pronto, consideraron que no era conveniente compartir con Aníbal, Roberto y Adriana sus intenciones de ejecutar al perro Baltodano.

***

Managua, sábado 26 de agosto de 1978

― ¿Que hiciste con la moto?― le preguntó Lorenzo a Gutiérrez después de que éste, con ayuda del maquillador, había metido el cadáver de Max en el portamaletas del automóvil privado del subteniente.
― No se preocupe mi teniente que la moto ya fué desarmada y la están vendiendo por partes. Tampoco se preocupe por los que me ayudaron en la captura de este cabrón pues ninguno sabe de quien se trata.
― Muy bien Gutiérrez, acordáte que mi papá no puede enterarse de esta operación ―. Y agregó en voz baja: ― Sólo vos y yo podemos saber de que se trata… prestáme tu pistola. Este loco es un riesgo.
Con la pistola de Gutiérrez en la mano, Lorenzo llamó al maquillador que en ese momento se alejaba hacia el galpón de las torturas, y sin mediar palabra le propinó un certero disparo en la cabeza. Con una sangre fría impresionante el joven Baltodano se acercó a su víctima, se inclinó sobre ella, extrajo el revolver de dotación del muerto, se volvió hacia Gutiérrez y disparó, de frente, contra su aliado que cayó abatido con la sorpresa reflejada en la mirada.
Minutos después, Lorenzo al volante de su vehículo, vestido de civil, emprendió marcha hacia la cuesta del plomo, tras colocar las respectivas armas cerca a los cadáveres de sus cómplices para dar la impresión de que se habían eliminado mutuamente. Estaba convencido de que la verdad jamás sería descubierta y podría seguir, sin ningún temor, con el plan que tenía en mente.
Alrededor de las siete de la noche Lorenzo llegó a la casa de su padre, se encerró en la habitación que había ocupado desde su nacimiento y en la cual se alojaba en sus noches de franquicia, se sirvió un trago doble de ron y se sentó a esperar la hora en que Adriana se estaría preparando para el show de media noche.
El joven no dudaba que alcanzaría el objetivo de malograr la proyectada boda de su papá con la vedette. Había sido tan evidente el entusiasmo del general cuando le contó sus planes de matrimonio que Lorenzo imaginaba, con gozo anticipado, la ira, la frustración y el desconcierto de su padre cuando fuese rechazado por Adriana y acusado de un crimen que no había cometido. “Es lo menos que puedo hacer por vos” le dijo al retrato de su madre entronizado, con una veladora y flores frescas, en una repisa sobre la pared principal de su alcoba.
Recordando los acontecimientos de esa tarde, se sentía pleno de satisfacción y muy seguro de sí mismo: había puesto a prueba su temple eliminando a sangre fría, por primera vez en su vida, a dos hombres, sin sentir ningún remordimiento y sin que le temblara la mano. Lo mejor de su plan era que tenía la forma de “echarle el muerto” a Gutiérrez y hacer creer que la captura de Max había sido iniciativa del sargento y que al parecer éste y el maquillador, se habían enfrentado a tiros disputándose el producto de la venta de la moto y las pertenencias del detenido. Creíble, bastante creíble, se decía Lorenzo, casos similares se habían visto.
A las once en punto, con una sonrisa de cruel satisfacción que endurecía sus finas facciones, descolgó el teléfono, marcó el número del Atlantis y pidió que le comunicaran con la vedette, anticipando que se trataba de una emergencia.

***

La llamada de Lorenzo fue recibida en una pequeña central telefónica en la recepción del establecimiento y transmitida a una extensión en el camerino de Adriana. El timbre rompió el silencio apesadumbrado y solidario que había caracterizado el ritual de Juanito en la preparación del maquillaje y el vestuario de la vedette, desde que ésta, haciendo un esfuerzo sobrehumano, había vuelto al escenario aparentando una normalidad que estaba muy lejos de su miedo y su dolor.
Con mano temblorosa Adriana colgó el auricular, se volvió hacia el sorprendido Juanito y se abrazó a él murmurando entre sollozos y con voz entrecortada:
― ¡¡¡Mataron a mi hermano!!!… Fue la gente de Baltodano… Lo botaron en la cuesta del plomo… ¡Hijo de la gran puta…! ― aferrada al joven bailarín prorrumpió en amargo llanto y su mente se fue llenando de una ira dominada por sentimientos de odio y anhelo de venganza.
Un golpe suave en la puerta anunciando la llegada de Simón para verificar los últimos detalles de la presentación, interrumpió el sordo lamento de Adriana que se dejó conducir por Juanito a un sillón en el que permaneció inmóvil y sin pronunciar palabra, mientras escuchaba sin oír y sin entender las palabras que éstos intercambiaban.

Aduciendo una enfermedad de la vedette, el show central fue suspendido. Adriana más calmada, gracias a los cuidados de Juanito que le preparó un agua de valeriana, se comunicó con Roberto y acordaron que esa misma noche recogerían el cadáver de Max para llevarlo a la casa de Aníbal en Jiloá. A su vez, Roberto llamó a Vigorón y quedaron de reunirse con Bernardo en el Atlantis a las dos de la madrugada. Los hombres estuvieron de acuerdo en que no era necesario exponer a las mujeres a la penosa búsqueda ni a lo que seguramente sería un horripilante hallazgo.
No era la primera vez que Vigorón realizaba la dolorosa tarea de recuperar el cuerpo, desfigurado y mutilado, de un camarada torturado por los esbirros de Baltodano. Sabía el traumático impacto que producía en los familiares de la víctima la sola visión de un ser querido en tan denigrante estado; por ello, en su ruta hacia el Atlantis, conduciendo una camioneta de reparto de quesos, hizo una parada en el taller de don Venancio ― viejo carpintero, colaborador de los sandinistas, que fabricaba ataúdes para una funeraria de Managua ―, escogió un ataúd y pidió al viejo que le proporcionase unas sábanas.
La bóveda celeste cual manto de luto riguroso envolvía el oscuro paisaje de Jiloá como queriendo expresar su dolor en esa noche sin luna y sin estrellas. La amargura, la impotencia y la rabia se reflejaban, con diferentes matices en los rostros compungidos de los tres hombres al momento de estacionar el improvisado coche mortuorio frente a la capilla de los Argüello. Tan pronto se apearon, Roberto habló por primera vez y con voz enronquecida por la ira, se volvió hacia Vigorón y le dijo:
― Necesito que me entrenes. A partir de este momento me uno a tu grupo como combatiente.
Horas más tarde, Vigorón abordó a Roberto y Adriana para contarles sus planes de ejecutar al general. En medio de su dolor, ambos se comprometieron a participar activamente en el complot.

***

Matagalpa, lunes 28 de agosto de 1978

Al medio día, Lorenzo se tomó un respiro para almorzar con una ración de campaña empacada en una caja de cartón y marcada U.S. Army, idéntica a la que habían usado los combatientes norteamericanos en Vietnam. Tras despachar los insípidos enlatados encendió un cigarrillo y se acomodó, recostado en un árbol, para limpiar la lugger satisfecho del resultado de su primer día como combatiente de primera línea.
Todo iba bien: antes de salir de Managua había reportado la ausencia de Gutiérrez, de quien nadie daba noticia. Estaba seguro de haber causado por lo menos tres bajas a los insurgentes y comprobado como la reliquia nazi que le había regalado su papá, funcionaba a la perfección. Matar enemigos amotinados había resultado más estimulante que disparar contra sus subalternos para proteger su secreto; sin embargo, no sentía el más mínimo remordimiento. Lo único que lamentaba era que muy posiblemente no vería la reacción de su padre cuando se enterase de que era considerado por la vedette como el asesino de Maximiliano Harrison. En ese momento ignoraba que jamás volvería a ver el rostro de su detestado progenitor.

***

Washington, martes 29 de agosto de 1978

El teléfono sonó en el momento en que el General Baltodano guardaba en el estuche la navaja grabada con la palabra dienstag (martes). Era el capitán Burgos con el reporte diario: el levantamiento popular en Matagalpa ― ciudad de la zona cafetera al norte del país ― había requerido el envío de tropas de refuerzo desde Managua y en ese momento la Guardia Nacional luchaba en las calles para recuperar el control de la ciudad, que permanecía en poder de los sublevados, en su mayoría civiles estimulados por el éxito de Pastora con su asalto al Palacio Nacional; según los últimos informes, el levantamiento sería doblegado, a sangre y fuego antes de que terminase el día, gracias a las tropas enviadas como refuerzo al área de combate. Un auténtico orgullo filial le produjo el saber que su hijo Lorenzo, formaba parte de las tropas enviadas al norte del país; por último, y ante la pregunta que le hizo, Burgos le respondió que la pistola enviada como regalo para su hijo, había llegado el viernes anterior en la valija diplomática y él la había entregado personalmente a Lorenzo el domingo, en el cuartel del BECAT, poco antes de que éste saliese, al mando de un pelotón mecanizado, hacia su nuevo destino.

El resto del día lo empleó Baltodano en realizar dos entrevistas con senadores demócratas y en ambos casos percibió una amable pero fría y distante actitud que denotaba el poco entusiasmo de los políticos hacia su proyecto. “Es urgente que consiga apoyo de otros oficiales de la Guardia, pensaba el conspirador, pero lo más importante para convencer a estos liberales de mierda es buscar respaldo entre algunos empresarios de buen calibre, inconformes con Somoza pero aterrados ante la posibilidad de que ganen los comunistas”.
Al anochecer regresó a su apartamento satisfecho con su compra: un espléndido diamante engastado en platino que entregaría como anillo de compromiso el jueves, en el Atlantis, a su futura esposa. En su mente engreída no cabía la posibilidad de ser rechazado. ¿Cómo podría rechazar cualquier mujer hermosa y sofisticada la oferta concreta de convertirse en la esposa del embajador de Nicaragua en Washington con la perspectiva de convertirse, a corto plazo, en primera dama de la nación?
“Sólo falta un detalle, se dijo a sí mismo, preparar a Simón para que no lo tome por sorpresa el anuncio de que va a perder a su Vedette”. Descolgó el teléfono y pidió una llamada a Managua, persona a persona, con Simón García.

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Miami, sábado 2 de septiembre de 1978

― Buenas noticias mi niña ― le dijo el doctor Sergio Mendoza a María José, acompañando su anuncio con una franca sonrisa y un brillo de entusiasmo en sus expresivos ojos castaños, que bastaron para tranquilizar a la angustiada joven ―, la operación fue todo un éxito y Aníbal deberá pasar una larga convalecencia en Miami. Acabo de hablar con el cirujano y en una hora podremos visitarlo en la unidad de cuidados intensivos.
Minutos después, el médico y la joven, salieron del lujoso hotel Fontainebleau en donde se alojaban desde su llegada a Miami el domingo anterior, abordaron un taxi rumbo al General Hospital at outh Miami y Sergio aprovechó para pintarle, en términos sencillos, el cuadro clínico del paciente: la causa del infarto había sido una obstrucción masiva del flujo sanguíneo, casi un 80%, que requirió una operación a corazón abierto para colocar, en tres vasos de las arterias coronarias taponadas, sendos by passes. Aníbal se encontraba en la unidad de cuidados intensivos y ya había recuperado el sentido, su reacción era positiva, lo habían desentubado y podían visitarlo, pero evitando cualquier referencia a los hechos que habían precipitado el infarto. Según le había dicho el doctor Petterson, director de cardiología del hospital, el proceso de recuperación tomaría aproximadamente noventa días, de los cuales pasaría cuarenta y cinco en una unidad de cuidados intermedios. Podía estar tranquila pues su padre estaría atendido por expertos cardiocirujanos que contaban con los últimos adelantos tecnológicos de su especialidad.
Aníbal Argüello y Sergio Mendoza se conocían desde su época de colegio y con los años habían consolidado una amistad sincera pese a que discrepaban en sus posiciones políticas e ideológicas; ambos compartían una gran afición por la historia y por la lectura de los clásicos griegos. Aníbal era un próspero empresario de derecha, que como muchos de sus contemporáneos del gremio se había unido a la oposición contra Somoza y deseaba que el régimen cayese, siempre y cuando se mantuvieran la democracia y el sistema de libre empresa; creía que la facción tercerista del F.S.L.N. prevalecería, en caso de triunfo, sobre las otras dos tendencias de corte marxista. En cambio, Sergio era un médico vinculado al Frente Sandinista desde su fundación por la época en que el viejo Anastasio Somoza García cayera abatido por las balas del poeta revolucionario Rigoberto López Pérez en 1954. Su rebeldía sandinista se había transformado en comunismo dogmático, bajo la influencia de profesores e intelectuales franceses, durante su especialización como cardiólogo en el convulsionado París de finales de los años 60; de regreso a Nicaragua se había reincorporado al grupo de la GPP que dirigían Tomás Borge y Henry Ruiz; desde entonces, era el médico responsable de la atención clandestina de los camaradas enfermos o heridos en acción. En una pequeña clínica privada contigua a su residencia de la capital, mantenía un bien dotado consultorio provisto de un electrocardiógrafo e instrumentos para practicar cirugías menores.
Al llegar al hospital, Sergio se dirigió al pabellón de cuidados intensivos con el propósito de participar en una junta médica, a la que había sido invitado por el doctor Petterson, en su calidad de médico tratante del paciente desde su primer infarto, dos años antes, en Managua. El cardiólogo sandinista le pidió a María José que permaneciera en una sala de espera mientras autorizaban su ingreso para ver al paciente. El esperanzador anuncio sobre la recuperación de su padre, le proporcionó a la muchacha la tranquilidad suficiente para repasar mentalmente el torbellino de acontecimientos que culminaron con el colapso de Aníbal: al amanecer del domingo, éste había ayudado a descargar el ataúd con los restos de Max y dispuso que lo colocaran sobre una mesa en el interior de la capilla. Vigorón sugirió que llamasen al padre Arnulfo ― un cura español simpatizante del frente y comprometido con el movimiento de sacerdotes rebeldes vinculados a la llamada “Teología de la Liberación” ― para que oficiase el sepelio. Roberto y Adriana propusieron que se buscase la manera de traer a su madre desde Bluefields y Aníbal consiguió que su primo Vicente Arce proporcionara el avión privado de su empresa para que volara esa misma mañana hasta la costa atlántica.
Afortunadamente Maribel no estaba presente cuando llegaron con el cadáver. A raíz de la captura de Max, la apasionada muchacha había tomado una decisión irrevocable: participar como combatiente en el siguiente ataque que se planeara contra un cuartel militar; en consecuencia y con la autorización de Vigorón, se encontraba desde el día anterior, recibiendo instrucción avanzada de combate en Tipitapa.
Vicente Arce y Charlotte habían llegado alrededor de las cuatro de la tarde y poco después apareció Maribel, vistiendo las mismas ropas de algodón holgadas y sucias que usaba en el entrenamiento, una cachucha de beisbolista, un par de botas de combate y una pistola en la pretina del pantalón, mal disimulada por la camisa. La expresión de su rostro denotaba una mezcla de dolor, ira y determinación. Su mirada antaño alegre y despreocupada había dado paso a un brillo intenso que reflejaba el odio y el fanatismo que se habían apoderado de sus sentimientos. La extroversión y la locuacidad de la pelirroja habían desaparecido.
Mientras esperaban la llegada del padre Arnulfo, Maribel caminaba de un lado para otro con la cabeza gacha, sin pronunciar palabra y solo respondía con monosílabos. El cambio en la personalidad de la muchacha era evidente y Aníbal lo captó de inmediato pero no se atrevió a decirle nada. María José impresionada por la transformación de su hermana y al ver la preocupación de su padre le había comentado a éste, sin mucha convicción, que talvez, era una reacción natural ante la brutalidad del asesinato de su novio y con el tiempo se le pasaría.
El oficio religioso había sido breve. Tras inhumar el cuerpo de Max en la cripta familiar, las dos mujeres que más le amaban tuvieron reacciones distintas: Charlotte, prorrumpió en un llanto sordo en medio de estremecedores sollozos recostada en el hombro de Vicente; en tanto que Maribel, sin derramar una sola lágrima, había desenfundado la pistola y jurado ante Dios, poniendo por testigos a todos los presentes, que no descansaría hasta vengar la muerte de Max y ver la caída del maldito régimen. Acto seguido, había salido de la capilla y plantándose frente al sorprendido grupo, había levantado el arma, disparando al aire hasta desocupar el proveedor y gritando a voz en cuello:
― Soy guerrillera sandinista papá y desde hoy me entrego en cuerpo y alma a la lucha armada. Con o sin tu bendición. ¡Patria libre o morir!
El débil corazón de Aníbal que hasta ese momento ignoraba las actividades clandestinas de su hija, no resistió la crudeza del anuncio. Intentó hablar pero no pudo y en segundos se había desplomado víctima de su segundo infarto.

***

Managua, septiembre de 1978

El plan original concebido por Vigorón para ejecutar a Baltodano consideraba dos opciones en términos del sitio apropiado: el Atlantis o el burdel que frecuentaba el general en sus noches de jolgorio. A todas luces resultaba más fácil y seguro hacer la encerrona a su víctima en el night club, siempre y cuando contasen con la anuencia y la complicidad de Simón. Convencerlo fue más fácil de lo que todos pensaban; al fin de cuentas el peruano ya había decidido vender su negocio para trasladarse a Costa Rica y le pareció que al aceptar la propuesta, Adriana quedaría en deuda con él y aceptaría acompañarle como vedette en el vecino país; además, detestaba al general y creía que con su muerte se le hacía un bien a Nicaragua. Era lo menos que podía hacer por un país que le había recibido como una segunda patria y permitido acumular una considerable fortuna.
La inesperada llamada de Baltodano para informarle al desconcertado Simón sus intenciones de viajar a Managua y proponerle matrimonio a Adriana, comenzó a despejar algunos interrogantes en torno al cuándo y al cómo ejecutar al general; quien, según le había dicho era importante que la boda se realizara antes de una semana pues debía regresar a Washington y pensaba hacerlo en compañía de su nueva esposa. Esa misma noche el peruano se reunió con Adriana, Roberto y Vigorón para ponerlos al tanto de su conversación con el militar. Entre todos, definieron la forma en que la joven se comportaría ante la propuesta, para que su actuación fuera creíble y pudiera inducir al general a aceptar los aspectos de la boda que consideraban cruciales para el éxito del operativo.

El jueves en la noche, Simón recibió al general y le propuso que se reunieran con Adriana en el salón reservado en donde tendrían la privacidad necesaria para la importante ocasión. Baltodano estuvo de acuerdo. Minutos después apareció la joven luciendo el traje de lamé verde y el aderezo de plata que le proporcionaban la seguridad y la confianza en sí misma, indispensables para jugar el peligroso rol que la vida le obligaba a representar.
La actuación de Adriana fue magistral: las expresiones de su rostro, el tono de voz, los gestos y las palabras, fueron dosificadas entre el desconcierto, la duda razonable, el halago y la aceptación ante la oferta de un futuro que si bien la apartaba de sus proyectos artísticos, la acercaba a compartir el poder político con un hombre tan importante como el general; incluso pudo fingir una emoción, que pareció genuina, al momento de recibir el valioso anillo de compromiso. Baltodano no cabía en sí de satisfacción y orgullo por haber logrado su objetivo. Manifestó que para él era muy importante que la ceremonia civil se realizase el miércoles siguiente en la noche, en forma totalmente privada y le parecía que ese salón era apropiado; prefería un acto discreto sin ninguna celebración; por su parte la única persona que había pensado invitar era su hijo Lorenzo pero creía que no podría asistir pues estaba participando en importantes operaciones militares en el norte del país; explicó que tenía proyectado viajar a Washington, en compañía de Adriana, al día siguiente de la boda para atender compromisos urgentes en esa ciudad; finalmente, les confió que seguramente, a partir de octubre, sería nombrado embajador en los Estados Unidos y, una vez posesionado, se tomaría dos semanas de vacaciones para realizar su viaje de bodas hacia el destino que ella escogiese.
Simón que había asumido con sincera satisfacción el papel como padre putativo de Adriana, no escatimó palabras para expresar el dolor que le producía la partida de la joven y asegurar que éste sería mitigado por la convicción de que al lado de un hombre tan célebre e inteligente como el general, alcanzaría un sitial de honor en la alta sociedad nicaragüense y no le cabía duda de que serían muy felices. Agregó que entendía al general en su intención de que no hubiese ningún tipo de celebración pero, respetuosamente, le solicitaba que aceptase por lo menos un brindis, una torta de bodas, que él personalmente prepararía, y una reunión breve que sería a la vez una despedida para Adriana por parte de sus mejores amigos en el elenco. Adriana propuso que su hermano Roberto en su condición de abogado y notario, condujese la ceremonia civil y sentara el acta correspondiente. Definieron que los testigos serían Simón y Lorena. Baltodano no puso ninguna objeción. Lejos estaba de imaginar que con lo acordado acababa de completar las circunstancias de tiempo, modo y lugar requeridas por los complotados para su ajusticiamiento.

***

― General Ulises Baltodano Garcés ― dijo Roberto en tono solemne que enmascaraba el miedo natural que le producía la inminencia de una acción preparada y ensayada muchas veces en las noches anteriores ―. ¿Acepta usted por esposa a Adriana Harrison, aquí presente?
El sonoro “si acepto” de Baltodano fué rematado por dos disparos casi simultáneos: el primero, hecho por Bernardo, vestido como mesero y armado con una pistola Beretta, dio de lleno en la cabeza del general que se desplomó sin tiempo para un gemido; y el segundo, hecho por Vigorón, que había permanecido oculto en el zaguán detrás de una cortina a pocos pasos de la silla en que descansaba el guardaespaldas, fue menos certero, pues requirió un tiro de gracia para rematar al esbirro.

Con las primeras luces del alba Simón, Adriana y Juanito llegaron al puesto aduanero de Peñas Blancas y cruzaron sin ningún inconveniente la frontera con Costa Rica. A esa hora los hombres de Vigorón desguazaban, en un oscuro taller del barrio Open 3, el Mercedes Benz del general para venderlo por partes en el mercado negro; y el jefe guerrillero, Lorena, Maribel, Roberto y Bernardo, celebraban en Jiloá el éxito del operativo mientras saboreaban un suculento desayuno preparado por Ninfa.

La bruma mañanera que cubría el paisaje no se había disipado por completo, cuando los primeros zopilotes se abalanzaron ávidos y en picada sobre el cuerpo desnudo del general. Epílogo justiciero en la vida de un hombre nefasto que a lo largo de los años convirtió la yerma colina en el macabro paraje, registrado en los anales del terror como la Cuesta del Plomo.

Punto de Quiebre – Capítulo VII

Por : kapizan
En : CapÍtulo VII - La Toma, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VII
LA TOMA

Managua, lunes 14 de agosto de 1978

“Hasta siempre” fueron las únicas palabras que sin pensar pronunció Adriana, al momento de despedir en el aeropuerto a Braulio, que regresaba a New York una vez cumplido el propósito de su viaje a Managua, y después de haber pasado juntos el fin de semana en las Isletas de Granada. Para ella había sido una sorpresa encontrar allí al profesor, en un ambiente en el cual era difícil mantener la distancia, tal como se lo había propuesto desde el primer encuentro con el ecuatoriano que le había dejado una dolorosa sensación de engaño; a su pesar, las cosas no habían sucedido como racionalmente las hubiese preferido y en la noche del viernes el rescoldo de su pasión fue avivado por el encanto del lugar, las bebidas y la música. Fueron tres noches de frenesí que como las tormentas terminó súbitamente, a primera hora del lunes, ante la inminente separación de una pareja que sin decírselo había llegado a la conclusión de que el suyo era un amor sin futuro.

***

A la misma hora, al otro lado de la ciudad Max y Maribel eufóricos por el éxito en el operativo, se separaban como medida de seguridad con la intención de reunirse esa noche en Jiloá para “celebrar tu graduación como guerrillera”, según le había dicho el joven con una mirada que anticipaba lo que, sin saberlo, sería la última noche de pasión en la vida de los dos amantes.

***

“Lo que pasó anoche, nunca pasó. ¿Me entendiste?”. El tono perentorio y la actitud fría y distante de Maribel al pronunciar estas palabras retumbó, una vez más, en el cerebro de Bernardo cuando la vio abrazada a Max haciendo gala de la misma voluptuosidad con que lo había arrastrado a él ese domingo de junio hacia el torbellino de una exultante y furiosa sexualidad, estimulada por la frustración y los efectos de la botella de ron que había bebido, furiosa, al enterarse de que Max no había llegado con sus hermanos el día que conocieron a Braulio.
Hasta ese día Maribel había sido para Bernardo un amor idealizado e inalcanzable, pero la pelirroja se había encargado de hacerlo primero real y tangible para después convertirlo en lacerante herida que le atormentaría por mucho tiempo, especialmente por el afecto, la admiración y el respeto que Max le inspiraban. Lo más doloroso había sido la facilidad con que ella siguió tratándolo sin perder nunca la picardía y sin dejar de dedicarle la misma sonrisa que le había enamorado perdidamente de la alocada muchacha; en cambio a él le costaba ingentes esfuerzos borrar de su mente y apartar de su corazón ese recuerdo único e irrepetible.

Con el ánimo de distraer sus sentimientos, el mulato hizo un esfuerzo por regresar en su memoria a los días de entrenamiento en Tipitapa, durante los cuales él se había encargado, bajo la orientación de Vigorón, de instruir a Maribel en uso de armas cortas y técnicas de combate cuerpo a cuerpo; por ello no dejaba de sentir cierto orgullo por la forma serena y precisa en que había desempeñado su papel esa mañana durante el operativo, que se cumplió milimétricamente. Seguramente Maribel nunca sería para él, pero la causa podía estar segura de que ella sería una excepcional combatiente.
Un rato después, cuando Bernardo se percató de que la pareja se disponía a regresar a la casa, evitó un encuentro para él embarazoso, dio media vuelta y se fue a dormir. Poco antes de las cinco de la madrugada, lo despertó el ruido de la motocicleta de Max que partió rauda hacia Managua, rumbo a su casa de Bolonia, apenas con tiempo para cambiarse y acudir a una cita que tenía a las siete de la mañana con Vigorón para recibir las instrucciones que el día anterior había impartido personalmente Edén Pastora.

***

Washington, martes 22 de agosto de 1978

El general Baltodano no se inmutó cuando el teléfono de su apartamento en Washington sonó por primera vez, lo dejó sonar durante los dos minutos que le tomó limpiar y guardar la barbera marcada con la palabra Dienstag (martes), enjuagarse la cara y aplicarse la acostumbrada sobredosis de loción. Cuando levantó el auricular, la voz conocida y marcial del capitán Burgos, uno de sus ayudantes, lo saludó desde Managua:
— ¡Buenos días mi general! Me reporto para comunicarle las novedades del día. Pero antes, me permito recordarle, con todo respeto, que hoy es 22 de agosto y el señor subteniente Lorenzo Baltodano cumple veintitrés años. Mi general, en este momento puede localizar a su hijo en el comando del BECAT, pues tiene asignada la investigación de un asalto bancario que cometieron ayer en la mañana los sandinistas…
Diez minutos después cuando terminó la rutinaria llamada que le mantenía informado hasta del más mínimo detalle sobre lo sucedido en Managua en las últimas veinticuatro horas, Baltodano se sirvió una taza doble de café negro y se sentó a preparar mentalmente lo que tenía pensado decirle a su hijo. Como regalo de cumpleaños le daría una pistola Lugger alemana que había usado durante la Segunda Guerra Mundial el mariscal Karl Rudolf von Runsted, y había comprado a un coleccionista con problemas financieros; quería además, compartir con él la decisión que había tomado de regresar a Managua a fines de agosto para proponerle matrimonio a Adriana Harrison, la vedette del Atlantis; de lo que no estaba muy seguro era cómo decirle lo de su matrimonio, pues no podía imaginar cual sería la reacción de su hijo. Estaba seguro de que éste lo admiraba y lo respetaba, pero desde la llegada del muchacho, después de su graduación en Saint Cyr, lo había notado sutilmente distante y muy interesado en conocer detalles sobre los años de convivencia con su difunta esposa. Obviamente no le diría, al menos por ahora, nada sobre sus planes derivados del proyecto “somocismo sin Somoza”. Miró el reloj, comprobó la hora: 05:15, y llamó a su hijo.

***

Managua, martes 22 de agosto de 1978

Con ira controlada Lorenzo Baltodano colgó el teléfono tras agradecer, en un tono tan normal como pudo, la llamada de su padre. A pesar de que hacía grandes esfuerzos para aparentar que la relación con éste, a quien había mantenido idealizado por muchos años, continuaba igual a como había sido desde la muerte de su madre: respetuosa, afectuosa y de mucha confianza, lo cierto era que durante la semana posterior a su graduación le fueron hechas unas revelaciones, de cuya veracidad no le quedaron dudas, respecto a las circunstancias que habían propiciado el suicidio de su madre.
Por aquellas misteriosas coincidencias de la vida, el general Baltodano no había podido viajar a Francia y entregarle las insignias de su rango como subteniente, debido a una operación quirúrgica para extraerle unos cálculos renales. Durante la ceremonia conoció a Susana Rodríguez de Rivera, la madre de Federico Rivera, un joven dominicano que se graduó en su misma promoción, y con la cual compartió la mesa durante la fiesta posterior a la ceremonia. Esa misma noche Susana, quien lo había identificado fácilmente por su apellido y el notorio parecido con su madre, le reveló que Federico y él eran primos hermanos pues ella era la hermana mayor de Alcira. La semana siguiente la pasó Lorenzo en Marsella en casa de sus nuevos parientes.
Dos días antes de su regreso a Nicaragua, Susana le había contado sórdidos detalles de la relación entre Ulises y su hermana. Para demostrarle la veracidad de su versión, le entregó una gran cantidad de cartas que Alcira le había escrito y en las cuales se evidenciaban facetas del general Baltodano, que sorprendieron a Lorenzo y sembraron en él un resentimiento hacia su padre de quien no le cupo la menor duda, era el responsable de haber enloquecido a su madre hasta llevarla a su fatal determinación. El joven, ambicioso como era, sabía que a su carrera profesional no le convenía un enfrentamiento con el poder que representaba el general; decidió entonces callar, disimular y esperar la ocasión propicia para encontrar la mejor forma de vengar a su madre.

Miró el reloj: faltaban cuarenta minutos para las seis de la mañana, hora en que debería comenzar el operativo de seguimiento al guerrillero cuya descripción, nombre y dirección exacta, le había proporcionado el día anterior uno de los testigos del asalto a la sede del First National City Bank en la colonia Los Robles. Por fortuna para el joven inquisidor, el informante era un estudiante de derecho de la UNAN, hijo de un diputado somocista que no dudó al señalar a uno de los guerrilleros asaltantes a quien conocía de tiempo atrás como estudiante de la facultad de ingeniería, que se desplazaba siempre en una motocicleta Honda de alto cilindraje y color rojo.
Lorenzo comprobó que tenía tiempo suficiente para hacer algunos ajustes importantes al plan, que por fortuna aún no había comunicado a los encargados de ejecutarlo. Mandó llamar al sargento Gutiérrez, un veterano a quien conocía desde su niñez, pues había sido el conductor y guardaespaldas de su madre. Al ser destinado como oficial del BECAT, el joven subteniente se había alegrado al encontrar al viejo como miembro de su unidad, pues sabía que éste podría proporcionarle mucha información sobre el pasado de sus padres.
— Gutiérrez, vos sos el único que me podés ayudar – le dijo en un tono afectuoso – mi papá decidió reemplazar a mi mamá por una puta fina ¿cómo te parece? Tenemos que impedir ese matrimonio. La buena noticia es que tengo en mis manos la forma de hacerlo… Necesito que te encargués personalmente de capturar al cabrón que estamos buscando, no voy a ordenar el seguimiento que tenía previsto. Oíme bien, es muy importante que esa captura no se haga oficial. Ni siquiera, y en esto me la juego toda, mi papá debe saber que lo agarramos. Ya sabés la dirección, es cuestión de que le caigan hoy mismo y cuando lo tengás lo llevés a un sitio seguro, para yo ocuparme personalmente de él. ¿Te quedó claro?

***

Poco después del amanecer Vigorón, en su casa del barrio Don Bosco al suroccidente de Managua, degustaba una taza de café negro mientras especulaba sobre cual sería el objetivo escogido por Pastora para ejecutar el operativo que se realizaría al medio día de ese martes y que según le había dicho el mismo Edén “si funciona como lo tengo previsto, le dará un giro determinante a la revolución. Vos sabés que llevo años preparando este golpe, por seguridad no revelaré ningún detalle… Si el golpe fracasa, había agregado Pastora, estaré muerto y Chinto quedará al mando de mis hombres desde Costa Rica”.
Gran sorpresa se llevó el guerrillero cuando alrededor de las siete de la mañana en vez de Max llegó Roberto, profundamente alterado, para informarle atropelladamente que a su hermano se lo habían llevado seis hombres armados, vestidos de civil, lo habían inmovilizado al descender de la moto frente a su casa y embarcado en una furgoneta. Él pudo ver la acción desde la ventana del segundo piso a la cual se había asomado al escuchar el alboroto. A su hermano lo metieron junto con la moto en la furgoneta, de color azul oscuro, sin placas. Todo había sucedido tan rápido que cuando salió a la calle, ya se habían perdido de vista.

***

Manágua, agosto 22 DE 1978

¡ÚLTIMA HORA!… ¡URGENTE!… ¡ÚLTIMA HORA!… ¡URGENTE! ¡SE TOMAN EL PALACIO NACIONAL!… Hoy a las 12:15 a.m. guerrilleros sandinistas al mando del autoproclamado Comandante Cero, se tomaron por asalto el Palacio Nacional de Nicaragua mientras sesionaba la cámara de diputados presidida por Luis Pallais Debayle, primo hermano del general Anastasio Somoza, presidente de la República. Hasta el momento no se han divulgado las exigencias del comando sandinista y crece el temor ante un posible contraataque de la Guardia Nacional nicaragüense, con consecuencias impredecibles…

La noticia fue transmitida en los principales idiomas y causó gran revuelo en las salas de redacción de los más importantes medios de comunicación del mundo occidental: las emisoras suspendieron su programación habitual para transmitir los despachos, los noticieros del medio día destacaron el hecho, las principales cadenas de televisión y los diarios alertaron a sus corresponsales en Managua o se aprestaron para enviar periodistas especializados a cubrir el desarrollo de los acontecimientos. En cuestión de horas el Comandante Cero cobró un protagonismo mundial, comparable al que en su época logró Fidel Castro con su revolución cubana, y comenzó a ser identificado como uno de los más destacados líderes del FSLN.

El Palacio Nacional de Nicaragua era “una vieja casona insípida y pretenciosa, con muchas ventanas y una fachada con columnas de Partenón bananero” según descripción de Gabriel García Márquez. El edificio se erguía aislado en el costado sur de una enorme plaza frente al lago de Managua, pues las edificaciones circundantes habían sido destruidas durante el terremoto de 1972. En sus oficinas funcionaban el Congreso Nacional, que ese día concluía su período de sesiones, y los ministerios de Finanzas y del Interior.
Meses antes, después del exitoso ataque a Rivas, Fidel Castro había invitado a Pastora y a otros líderes sandinistas a la Habana. En esa oportunidad el mandatario cubano intentó disuadir a Edén de su proyecto para asaltar el Palacio Nacional:
― La toma del Palacio es una locura ― le advirtió Castro con ánimo disuasivo y agregó ―: Recuerda que todos los atacantes murieron cuando intentamos algo similar en la época de Batista. Olvida esta idea. Nicaragua necesita hombres como tú.
Edén insistió, pero el líder cubano era tan terco y obstinado como él:
― Vas al suicidio. No tienes una posibilidad en mil.

De regreso a Nicaragua Pastora se reunió con los hermanos Ortega y los convenció para que le apoyasen en la ejecución del plan que venía fraguando desde hacía varios años. Días después, reunido en Panamá con los líderes de las tres facciones sandinistas e inducido por Daniel Ortega, les expuso su proyecto. Acordaron entonces, que el ataque al Palacio sería una operación conjunta que serviría para consolidar la unión de las tres tendencias del Frente Sandinista.
Desde Panamá Pastora viajó a Honduras y adquirió en el mercado negro una ametralladora, el fusil G3 que usaría como arma personal y una carabina M2 con la que dotaría a Dora María Téllez, joven guerrillera proveniente de la aristocracia criolla, que actuaría como negociadora del grupo insurgente durante la toma. En los días subsiguientes se dedicó a escoger a los integrantes del grupo y a entrenarlos en una plantación de café en territorio nicaragüense. Por esas fechas Jaime Wheelock anunció que se retiraba de la operación y Pastora se enteró de que el grupo de la GPP tenía planeado hacer el ataque por cuenta propia para canjear a los rehenes por Tomás Borge, su jefe, que permanecía detenido. Tras consultar con los Ortega y recibir su apoyo en armas y pertrechos, Edén decidió actuar solo. Posteriormente se enteraría de que su operativo se había adelantado dos horas al planeado por los hombres de la GPP y que la frustración de estos unida a su envidia por el protagonismo de Pastora serían determinantes en su futuro político al momento de repartir las cuotas de poder después del triunfo de la revolución.
El éxito del plan, sencillo pero temerario y arriesgado, dependía de la actuación de Pastora y sus hombres que, uniformados como tropas de élite de la guardia personal del dictador, deberían convencer a los soldados custodios del palacio de que venían precediendo a Somoza quien llegaría en minutos, y por consiguiente entregar sus armas en cumplimiento de una vieja disposición según la cual, con excepción de su escolta personal, nadie, ni siquiera los soldados regulares, podían portar armas en un recinto al que éste acudiese. La representación de los atacantes resultó creíble y en un santiamén desarmaron a quince hombres por ese procedimiento, iniciado por el propio Edén desde su ingreso al Palacio por la puerta principal. Hugo Torres, identificado como comandante uno, único veterano del grupo en éstas lides pues había participado en el “ataque de la fiesta de navidad”, se vio obligado a eliminar a unos guardaespaldas del Ministro del Interior que se acercaron demasiado cuando se aprestaba a entrar por la puerta trasera del edificio.
En menos de veinte minutos Pastora, desde entonces conocido como Comandante Cero, al mando de veinticinco guerrilleros, asumió el control total de la situación después de atar a un grupo de cerca de cincuenta diputados y tomar como rehenes a cerca de mil quinientas personas, incluidos el Ministro del Interior y José Somoza, sobrino del dictador. Ante un grupo de aterrados y temblorosos legisladores, Edén exigió a Luis Pallais Debayle, Presidente del congreso y primo hermano de Somoza por línea materna, que notificara a éste sus exigencias: liberación de ochenta y tres prisioneros sandinistas, publicación de una serie de comunicados del F.S.L.N. y diez millones de dólares en metálico. Además, exigió la integración de una comisión de mediadores integrada por Monseñor Obando y Bravo, arzobispo de Managua; los obispos de León y Granada; y los embajadores de Panamá y Costa Rica.

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Obcecado por el odio que venía acumulando desde que supo la verdad sobre su padre, Lorenzo incurrió en un error que no pueden permitirse los interrogadores eficientes: dar rienda suelta a sus sentimientos personales respecto al interrogado. Por ello, desde que se había quedado a solas con él se había dedicado a golpear con furia el cuerpo desnudo de Max, que pendía de una cuerda con las manos unidas sobre la cabeza y se bamboleaba como un saco de boxeo al ritmo frenético de los golpes, con los pies a diez centímetros del suelo. La mente embotada del joven guerrillero se aferraba al recuerdo de Maribel que le daba fuerzas para resistir mientras se repetía mentalmente la versión distorsionada que todos habían preparado para desinformar al enemigo en caso de ser capturados.
Pronto había captado que el enloquecido oficial tenía más interés en la relación de su hermana con el general Baltodano, que en obtener información sobre el asalto al banco. “Te vas a morir gran cabrón y con eso veremos si a tu puta hermana le van quedar ganas de casarse con mi papá” y esas palabras repetidas una y otra vez resonaban en el cerebro de Max llevándole a la convicción de que debería resistir hasta el final.
Más de cuatro horas de flagelación inmisericorde cesaron cuando el sargento Gutiérrez abrió la puerta del fétido cubículo para transmitir la orden que acababa de recibir del comando del BECAT: todas las unidades debían concentrarse en el cuartel general, listos para actuar bajo órdenes directas de Somoza, ante la grave situación creada por el comando sandinista que al medio día se había tomado las instalaciones del palacio nacional con cerca de mil quinientos rehenes.
— Lo del palacio esta muy grave mi teniente – le dijo Gutiérrez a Lorenzo mientras éste se cambiaba el ensangrentado uniforme y limpiaba con antiséptico sus heridos nudillos –, lo mejor es que dejemos al detenido por cuenta del “maquillador” que lo va a terminar de ablandar. Ese loco, es capaz de hacer cantar un mudo. No se le olvide mi teniente que todavía no le hemos sacado información a este cabrón sobre sus compinches.

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Al medio día, en casa de Aníbal en Jiloá Vigorón que, para sorpresa de todos había acudido con Lorena, presidía una reunión convocada de urgencia para decidir un curso de acción ante la captura de Max. Estaban presentes además del guerrillero y la bailarina, Roberto, Adriana, Bernardo, Aníbal y sus dos hijas. Maribel y Vigorón coincidían en que por las circunstancias de la captura era lógico presumir que se trataba de una desaparición forzada ejecutada por los esbirros del perro Baltodano, que nunca figuraría en los registros oficiales y por ello sería inútil acudir a los cuarteles de la Guardia Nacional a denunciar el hecho como lo había sugerido Roberto.
Haciendo alarde de una serenidad no esperada, Adriana planteó con claridad que si los responsables de la captura de su hermano eran los hombres de Baltodano, ella estaría dispuesta a ser muy amable con el general a cambio de la vida de Max… En esas estaban cuando la radio emitió el primer comunicado sobre el asalto al palacio.

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La primera reacción del general Baltodano al enterarse de los acontecimientos fue regresar a Nicaragua para ponerse al frente de sus funciones como jefe de seguridad nacional, pero esa noche recibió un telex con instrucciones de Somoza que le ordenaba permanecer en Washington hasta nueva orden y atento a las reacciones del gobierno norteamericano frente al desarrollo que pudiesen tener los hechos.

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Esa mañana en Washington, el Mayor Alexander Jefferson se encontraba en su oficina del pentágono impartiendo instrucciones a Nando que regresaría a Nicaragua el jueves. El colombiano retomaría sus actividades en INCAE para cumplir el compromiso de dictar una serie de seminarios ejecutivos sobre manejo financiero de empresas industriales, que se realizarían entre la última semana de agosto y el mes de septiembre en los países centroamericanos. Su idea era reunirse antes con Lorena para disfrutar juntos el fin de semana de “vacaciones dosificadas” que tendría la joven por cuenta de la presentación en el Atlantis de la orquesta de Lucho Bermúdez.
Mientras ultimaban detalles, los dos amigos fueron interrumpidos por la secretaria de Jefferson quien les informó lo que acaba de escuchar en el noticiero sobre la toma guerrillera… Una hora después, Nando decidió anticipar su viaje a Managua y logró conseguir cupo en el vuelo de Braniff para el miércoles a primera hora. Antes de partir se comunicó con Lorena, a quien había dejado el Audi, y le pidió que le recogiese en el aeropuerto de Managua, pues suponía que la ciudad estaría totalmente militarizada y en esos casos las placas de misión internacional siempre facilitaban las cosas.

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Reinaldo García escuchó la noticia de la toma, en su apartamento de Manhattan, mientras ultimaba los detalles para recibir a sus invitados: Marietta, Elizabeth, Braulio que había llegado la noche anterior y vendría en compañía de Amélie, su madre, y Ofelia, su hermana. El propósito del cubano era doble: por un lado, celebrar el éxito rotundo de la exposición, pues en sólo diez días se había vendido la totalidad de la muestra; y Por otro, anunciar que una prestigiosa galería francesa había propuesto realizar la segunda exposición individual de Elizabeth en diciembre de ese año.
La charla de sobremesa estuvo centrada en la situación Nicaragüense y en las implicaciones que podría tener para el gobierno somocista la toma del Palacio Nacional. Marietta pasional y flexible en el amor, demostró que en política era igualmente pasional pero inflexible. Sus comentarios rápidamente dividieron a los comensales en dos grupos: los radicales como ella, Reinaldo y Amélie, visceralmente anticomunistas, críticos del gobierno demócrata de Carter y convencidos de que si triunfaban los sandinistas Nicaragua sería un bastión comunista en Centroamérica apoyado por Cuba y financiado por la Unión Soviética. Aseguraban que ello conduciría a la región a un desastre muy riesgoso para la seguridad de los Estados Unidos y el resto de América Latina; y que, en última instancia, sería responsabilidad de la timorata actitud del presidente Carter. Los moderados, encabezados por Braulio, que traía información reciente e influida por Aníbal Argüello y sus hijas, secundado por Elizabeth y Ofelia, argumentaban que la facción a la cual pertenecía Pastora era claramente nacionalista, pluralista, no comunista y estaba recibiendo un amplio apoyo de los gremios de la empresa privada, la iglesia y los intelectuales. Según ellos, los días de Somoza estaban contados y el apoyo internacional a los sandinistas era cada día más notorio.

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A las seis de la tarde de ese martes, Simón Camargo recibió una llamada del manager de la orquesta de Lucho Bermúdez cancelando el contrato de presentación en el Atlantis por razones de seguridad. Esto precipitó una decisión que el empresario venía considerando desde la muerte de Pedro Joaquín Chamorro: vender el night club y trasladarse a Costa Rica. Su olfato político le llevaba a concluir que pronto soplarían agitados vientos de guerra en Nicaragua. Talvez podría convencer a su elenco de bailarines para que se fuesen tras él. Estaba seguro de que Juanito lo acompañaría, pero tenía sus dudas respecto a Adriana y aún más sobre Lorena dada su vinculación al frente sandinista, que él entendía y apoyaba. De todas maneras, con o sin ellos, un cambio de escenario era no solo urgente sino saludable. Por ahora lo único que podía hacer era transferir sus cuentas al vecino país, reactivar contactos con dos posibles clientes que con anterioridad le habían propuesto compra del Atlantis “a puerta cerrada” y esperar el desenvolvimiento de los hechos originados con la audaz toma del Palacio Nacional.

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Las placas MI del Audi facilitaron, como lo había previsto Nando, un desplazamiento sin contratiempos entre el aeropuerto y la casa de éste último en INCAE. Desde el primer momento el colombiano captó en el rostro taciturno de Lorena, una expresión que iba mucho más allá de la preocupación natural de cualquier nicaragüense ante la gravedad de los hechos. Con mucho tacto Nando evitó cualquier comentario al respecto y se comportó con la naturalidad acostumbrada. Esa misma noche, después de hacer el amor, Lorena con algo de alivio en el peso de la tensión producida por la incertidumbre ante la desaparición de Max y en medio de la seguridad protectora que le ofrecían los brazos de Nando, se atrevió a contarle lo sucedido, incluido el plan de Adriana para seducir a Baltodano como único medio de conseguir la libertad y preservar la vida de su hermano. Estuvo a punto de confesarle su vinculación activa al frente sandinista pero decidió abstenerse y consultar antes con Vigorón. Al fin de cuentas el profesor era ciudadano norteamericano y a pesar de que se había mostrado crítico del régimen, ella no tenía ninguna evidencia sobre su posición frente a la insurgencia.

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El operativo de Pastora fue un éxito contundente: el jueves 24 de agosto cuarenta y cinco horas después de haberse tomado el Palacio Nacional, Somoza, presionado por su familia, desistió de un contraataque propuesto por sus generales y accedió a cumplir las exigencias del grupo insurgente. Esa misma tarde los sandinistas llegaron a Panamá en donde fueron recibidos como héroes por el presidente Omar Torrijos que acudió en compañía de dos famosos escritores: Graham Greene y Gabriel García Márquez.
Entre los liberados se encontraba Tomás Borge, cuya molestia al no haber sido rescatado por cuenta de los hombres del GPP, era tan evidente que Graham Greene, percibió la semilla de la frustración posterior de Pastora y de su ruptura con los sandinistas. Años después en su obra Getting to know the General escribiría, refiriéndose al rol protagónico del Comandante Cero adquirido a raíz del espectacular asalto, en clara alusión al cargo secundario que asignaron los sandinistas a Pastora después del triunfo de la revolución: “un actor que representó a Enrique V, aplaudido por el mundo entero, ¿Puede acaso contentarse luego con el papel de Pistol?

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El acuartelamiento de las unidades militares en la guarnición de Managua fue suspendido al medio día del sábado y sólo al anochecer Lorenzo y el sargento Gutiérrez pudieron regresar al sórdido lugar, a medio camino entre la capital y Masaya, en donde habían dejado a su prisionero a cargo del maquillador. La expresión frustrada en la turbia mirada del psicópata carcelero y su anuncio: “este hijo de la gran puta no aguantó el segundo corrientazo y se murió esta mañana sin decir ni mierda” le indicaron al joven oficial cual sería el siguiente paso en su plan de venganza contra su padre.

Punto de Quiebre – Capítulo VI

Por : kapizan
En : Capítulo VI - Entre Nicaragua y los Estados Unidos, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VI
ENTRE NICARAGUA Y LOS ESTADOS UNIDOS

Managua, lunes 12 de junio de 1978

A primera hora de la mañana, con tiempo suficiente para llegar a su primera clase, Braulio al volante del Audi deshacía el camino entre Jiloá e INCAE, mientras rehacía mentalmente los asombrosos acontecimientos de las últimas horas a orillas de la exótica laguna.
Las circunstancias de su encuentro con Adriana en la casa de Aníbal, le habían llevado a reconocer que lo que para él había sido desde el viernes la búsqueda de una aventura amorosa, sin mayor trascendencia como muchas otras que había tenido en el pasado, se había transformado en muy pocas horas en algo totalmente diferente, que había empezado a moverle el piso en su ya de por sí deteriorada relación conyugal con Elizabeth.
Una cosa era ver en el escenario a la hermosa, sofisticada e inalcanzable vedette y otra muy distinta conocer en persona y en un ambiente familiar a la sensible, simpática y agradable mujer que era Adriana. El estupor, cargado de molestia, cuando reconoció a Adriana en compañía de un apuesto joven, había cedido el paso a un verdadero alivio cuando supo que éste era su hermano, y la forma en que ella le miró con un brillo sugestivo de sus ojos grises, había borrado en un instante la frustración que experimentó la noche anterior al verla en compañía de Baltodano.
El almuerzo había estado delicioso y Aníbal se había mostrado amable y cordial, pero un tanto preocupado por la información que le proporcionaron Vicente y su esposa, corroborada por Adriana, sobre la misión encomendada por Somoza al general Baltodano para su viaje a Washington; pues ello implicaba la necesidad de una acción inmediata por parte de los empresarios privados, que ya habían sido citados por los comandantes terceristas y Alfonso Robelo a una reunión de emergencia en San José de Costa Rica a primeras horas del día siguiente. Así pues, Aníbal y sus amigos habían decidido viajar esa misma tarde por tierra a San José conscientes de la urgencia que requería la situación.
Los empresarios partieron alrededor de las cuatro de la tarde, Maribel que no había superado su molestia por la ausencia de Max se encerró en su cuarto y María José propuso que aparejaran el bote de vela para aprovechar las últimas horas de sol y la agradable brisa que había comenzado a soplar, y fuesen a navegar en las tranquilas aguas de la laguna. Los cuatro estuvieron de acuerdo y Adriana sugirió que un buen plan para la noche sería encender una fogata en la playa y después cenar juntos en su cabaña. Roberto que conocía muy bien a su hermana, y había captado desde el primer instante la atracción que sentía por Braulio, se alegró de que ésta mostrase interés por un hombre y adoptase una actitud seductora que no le había visto desde la muerte de Lissandro, a pesar de los esfuerzos que habían hecho los gemelos para presentarle jóvenes de su edad que le ayudasen a olvidar su pena. Entonces, después de la travesía, con la complicidad de María José y convencido de que a su hermana y a Braulio no les molestaría cenar solos, fingió recordar que le había prometido a su novia llevarla a ver una película que al día siguiente saldría de cartelera.
Una vez a solas en la cabaña de Adriana, ésta sacó una botella de vino blanco que Braulio se apresuró a destapar y sirvió dos generosas copas que bebieron con gusto, y en el fondo agradecidos por la idea de Roberto, que les brindaba la oportunidad de estar juntos. Para cenar Adriana se dispuso a preparar unos espaguetis a la carbonara y Braulio se ofreció a preparar la ensalada. Tras la cena, Adriana en su plan de exorcizar fantasmas, decidió complacer a Braulio colocando un disco L.P. de tangos, pues éste le había hablado de su madre argentina y de su afición por el tango y la milonga, y había elogiado su interpretación durante el show de la noche anterior. Gran sorpresa se llevó Adriana cuando con una exagerada reverencia, Braulio extendió la mano derecha y la invitó a bailar. La firmeza en el abrazo, la seguridad y el ritmo en el estilo de su pareja, revivieron en Adriana un deseo que no había sentido desde la última vez que bailó con Lissandro. La magia del momento les llevó a culminar su bien acoplado baile con la intensidad de un prolongado beso que despertó en ambos una pasión incontenible.

Las primeras luces del amanecer fueron desplazando gradualmente la tibia oscuridad, al filtrarse por el ventanal del dormitorio de Adriana en el segundo piso de su acogedora cabaña y despertaron a Braulio que tardó unos instantes en componer las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que había amanecido. Con un movimiento maquinal rozó el dedo anular de su mano derecha y pensó entonces que había sido una estupidez infantil despojarse de su argolla matrimonial; pues a pesar de que Adriana en ningún momento le había preguntado si era casado, lo cierto era que al rememorar la forma tierna y un tanto ingenua en que ésta se había entregado a él, se sintió despreciable pues había mentido por omisión.
Pensó que lo peor era que cuando Adriana se enterase, difícilmente perdonaría su engaño; pero ¿cómo y cuándo decírselo? En ese momento y antes de partir le parecía cruel. Confesarle que su matrimonio con Elizabeth estaba pasando por una crisis, podría ser interpretado como la típica explicación de los hombres casados en busca de aventuras. Sin embargo, las pocas horas que había pasado en compañía de Adriana y mucho más la forma en que habían hecho el amor, le habían llevado al convencimiento de que la hermosa mujer empezaba a despertar en él un sentimiento de amor que trascendía lo físico y era muy diferente a lo que había sentido por otras mujeres con las que había mantenido relaciones esporádicas y sin ningún compromiso. Talvez su cuñado tenía razón en aquello de la polidimensionalidad del amor y era factible amar simultáneamente a dos o más mujeres… Era obvio que su matrimonio con Elizabeth pasaba por un mal momento, que entre los dos tenían muy pocos puntos de interés común, y que a él le había decepcionado enormemente el no haber podido, en siete años, tener un hijo; pero a pesar de todo, seguía amándola y abrigaba la esperanza de poder salvar su matrimonio.
Finalmente, y con plena conciencia de que estaba actuando como un cobarde, Braulio había optado por no decir nada respecto a su matrimonio y tomar una decisión después de escuchar la opinión de Nando, cuyo consejo talvez podría ayudarle a clarificar la tremenda confusión que en ese momento sentía. Se levantó procurando no despertar a Adriana que dormía profundamente, garrapateó una nota de agradecimiento en la cual le indicaba que regresaba a INCAE y en la tarde, que tendría libre, se comunicaría telefónicamente con ella.
Braulio con un torbellino de pensamientos y emociones encontradas llegó a INCAE apenas con tiempo para cambiarse y asistir a la sesión inaugural del programa académico, después de la cual debutaría con el análisis del primer caso sobre una empresa productora de salsas de tomate, previsto para introducir a sus alumnos en los conceptos básicos de un plan de mercadeo; por tanto, tuvo que esperar hasta la hora de almuerzo para contarle a Nando, sin omitir detalles, su experiencia del día anterior en la laguna. Éste le escuchó sin interrumpirle hasta el final y entonces francamente le dijo:
― Me queda claro – comenzó Nando con un tono tan neutro como pudo para que sus palabras no fuesen interpretadas como un reproche ―, que lo que para ti comenzó como una aventura más de hombre casado en vacaciones, se convirtió en algo más serio que te está llevando a confrontar tus sentimientos por mi hermana y te colocó frente a un dilema. En este momento, lo más adecuado que puedes hacer es buscar la mejor oportunidad para decirle la verdad a ambas en la forma más honesta posible y procurando no herir los sentimientos de ninguna; pero lo cierto es que vas a tener que decidir entre salvar tu matrimonio e impedir que florezca una relación más seria con Adriana o divorciarte y emprender una nueva vida con tu nuevo amor. Cualquiera que sea tu decisión, puedes estar seguro de que no afectará mi amistad contigo; pero si decides construir una nueva relación con Adriana, valdría la pena que desde un comienzo te quites la máscara que ayer te pusiste para que ella pueda conocerte tal como eres.

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Boston, lunes 12 de Junio de 1978

Mucho antes del amanecer, en la semipenumbra de la suite de Reinaldo en el Hyatt Regency, Elizabeth abrió los ojos y recorrió con la vista la elegante estancia que había servido como escenario para su entrega amorosa al apuesto cubano, que dormía plácidamente a su lado. Con cuidado, para no despertarlo, se levantó y se encaminó desnuda al cuarto de baño con una sensación de malestar que le era familiar pues la había experimentado anteriormente al comienzo de sus frustrados embarazos. Recordó entonces las náuseas que había sentido el sábado en la mañana, mentalmente hizo sus cuentas y se percató de que ese día completaría tres de retraso; para ella cuyo periodo era estrictamente puntual, la demora era signo inequívoco de que por tercera vez en su vida estaba embarazada. Por supuesto, cumpliría la formalidad del examen médico, pero en su fuero interno no le cabía la menor duda. Aturdida por la certeza, Elizabeth que escasamente había dormido dos horas, se sintió incapaz de regresar al lecho. Cubrió su desnudez con un albornoz de algodón que encontró en el baño, se sirvió un vaso de agua helada y se sentó en la pequeña salita de la suite para tratar de poner en orden sus ideas. Tres horas después, cuando Reinaldo despertó, la joven ya había tomado una decisión: ese mismo día después de la confirmación médica, comunicaría el resultado a su esposo, convencida de que este nuevo embarazo sería la oportunidad para salvar su matrimonio. Respecto al cubano, creía que éste comprendería su situación y no le cabía la menor duda de que podrían llegar a ser excelentes amigos.

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Jiloá, lunes 12 de junio de 1978

Al rememorar con todo detalle el desenvolvimiento de los hechos a partir del inesperado encuentro con el profesor de INCAE en casa de Aníbal, Adriana no pudo menos que reconocer lo sucedido con una mezcla confusa de sentimientos. Por un lado, se alegraba de haber superado el trauma que le había producido la muerte de Lissandro y de haber recuperado su capacidad de amar en una forma que no se había creído capaz de volver a experimentar; por el otro, la nota un tanto formal y poco romántica que le había dejado Braulio al partir, le hizo pensar que en realidad era muy poco lo que conocía del apuesto ecuatoriano que había encendido su pasión la noche anterior.
Quizá, pensó, su vulnerabilidad la había llevado a precipitarse en su entrega, cuando en realidad hubiese preferido el romance con un cariz más tradicional y acorde con la esencia conservadora de su formación y de lo que había sido su primera y única relación con Lissandro. Reconoció que por el momento y dadas las circunstancias, el episodio con Braulio apenas podía catalogarse como una aventura, fascinante si, perturbadora también, pero en el fondo no era más que eso, una aventura, más propia del carácter liberal y desinhibido de Lorena que del suyo… Inmersa en sus cavilaciones la sorprendió el timbre del teléfono.
Era Braulio para anunciarle que a las tres de la tarde llegaría a visitarla. Decidió entonces que no dejaría pasar esa oportunidad para conocer más al ecuatoriano y establecer, por lo menos y de una vez por todas si era un hombre soltero, casado o divorciado; pues comprendía que había sido un error de su parte no haber preguntado desde el principio sobre algo tan elemental pero clave para establecer el tipo de relación que iban a tener. Por un momento pensó en como actuaría en el caso de que Braulio estuviese comprometido o casado. El sólo pensar en esa posibilidad la aterró y reconoció muy a su pesar que no tenía claro, dado lo que habían vivido la noche anterior, como reaccionaría.
Braulio llegó puntual conduciendo el Chevrolet de INCAE y cuando Adriana abrió la puerta captó de inmediato una expresión preocupada en su rostro, y una forzada sonrisa que le dio el aspecto de un hombre confundido. Apenas se atrevió a darle un breve beso en la mejilla, incapaz de actuar con la pasión y la ternura de que había hecho gala la víspera. Adriana comprendió que algo había roto el encantamiento de la noche anterior y adoptó el tono y la actitud formal de quien recibe en su casa a una persona apenas conocida; en consecuencia, le invitó a seguir a la pequeña sala, le ofreció una taza de té y se sentó frente a él en espera de que tomase la iniciativa.
Después de un embarazoso silencio, Braulio se enderezó en su silla, la miró directamente a los ojos y le dijo:
― Esta mañana, cuando me desperté, me sentí incapaz de hablar contigo y por eso prácticamente huí de tu lado. Quiero pedirte que me disculpes por no haberte dicho la verdad. Soy un hombre casado y mi esposa que está en Boston es la hermana de mi mejor amigo…
― ¿Qué pretendes con esa revelación tardía? – Le interrumpió con mal disimulada indignación Adriana – ¿qué entienda y acepte que lo de ayer no fue más que una aventura? o me vas a salir con el cuento de que eres desdichado en tu matrimonio y que tienes pensado divorciarte. Ese cuento está muy trillado. Si lo que buscabas conmigo era una aventura, dilo de una vez por todas; preferiría eso a la mentira.
― Sí, reconozco que desde que te ví por primera vez en el Atlantis tuve la ilusión de vivir contigo una aventura – respondió Braulio y agregó antes de que ella reaccionara y con un tono de auténtica sinceridad – pero creo que ese deseo es el mismo que sienten la mayoría de los hombres cuando ven actuar a la vedette del Atlantis; lo cierto es que esa intención inicial cambió por completo cuando comencé a descubrir a la verdadera Adriana y eso apenas sucedió ayer… La verdad, es que estoy muy confundido pues si bien es cierto que amo a mi esposa, también lo es que nuestro matrimonio está pasando por una crisis, y ninguno de los dos sabe si podremos superarla; es más, de común acuerdo nos hemos tomado este verano para aclarar nuestros sentimientos.
― Entonces debo entender que apenas ayer descubriste que yo puedo ser la candidata para ayudarte a resolver tu problema. ¿O me equivoco? Porque si es así – enfatizó Adriana con tono claramente indignado ―, te equivocaste, yo no estoy dispuesta a ser el consolador de ningún marido insatisfecho. ¿Te quedó claro?
Antes de que el compungido Braulio pudiese encajar la contundencia del golpe, Adriana lo matizó con un toque de diplomacia al agregar:
― Entiendo perfectamente tu situación como consultor de Aníbal y el compromiso que tienes con María José de apoyarla en su tesis. Eso implica que tendremos muchas oportunidades de encontrarnos en Jiloá. También debo reconocer que has actuado con franqueza; por esto puedes tener la seguridad de que no te haré ningún desplante y me comportaré en todo momento como lo que he debido ser desde el principio contigo, una simple amiga.

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Washington, lunes 12 de junio de 1978

A las nueve de la noche Aníbal Argϋello, Vicente Arce, y otros cuatro empresarios nicaragüenses, aterrizaron en el aeropuerto internacional de Washington, a bordo de un avión privado proporcionado por un rico ganadero costarricense, con instrucciones muy precisas de iniciar conversaciones a primera hora del día siguiente, con los senadores norteamericanos que aparecían en la lista de contactos sugeridos por el presidente del Banco Central al general Baltodano, y que Adriana oportunamente había hecho llegar a su amigo. La agenda era muy clara: demostrar a esos y a otros personajes influyentes que apoyar militarmente a Somoza, implicaba un debilitamiento para la empresa privada, de la cual un sector cada vez más amplio se oponía a la dictadura y estaría dispuesto a sacar sus capitales del país en caso de que Somoza recibiese un claro espaldarazo del gobierno de Carter. El punto era sensible pues entre estos empresarios se encontraban los más importantes exportadores de materias primas e insumos con destino a la industria norteamericana. Desde el lunes en la mañana, la oficina de Robelo en Costa Rica se había encargado de coordinar las correspondientes citas que no fue difícil conseguir, pues para esas fechas el tema de Nicaragua era prioritario en la agenda legislativa, toda vez que estaba por decidirse sobre la conveniencia de seguir apoyando militarmente al régimen de Somoza, dadas las nuevas prioridades que en materia de política exterior había planteado la administración Carter.
Por fortuna para Aníbal y sus compañeros de comisión, el general Baltodano no pudo viajar el lunes a Washington pues un problema técnico en el avión oficial le obligó a una escala forzada en Guatemala, de donde apenas pudo partir el miércoles al medio día. A pesar de que la embajada nicaragϋense en Washington logró recomponer la agenda de visitas del general; éste desde su primer encuentro con el senador que consideraba como su mejor amigo en los Estados Unidos, comprendió bien pronto que para entonces, a causa del revuelo internacional por el asesinato de Chamorro, los aliados de Somoza en los Estados Unidos eran muy pocos, casi inexistentes.
Los empresarios permanecieron una semana dedicados por completo a sus labores de cabildeo y regresaron a Centroamérica convencidos de que las posibilidades para Somoza de recibir apoyo militar eran completamente nulas y de que para esas fechas, una propuesta de Carlos Andrés Pérez, Presidente de Venezuela, en el sentido de presionar la dimisión de Somoza y buscar la organización de un gobierno de unidad nacional en Nicaragua, estaba cobrando cada vez más fuerza entre los políticos norteamericanos. Se hablaba de que por el momento sería conveniente “un somocismo sin Somoza”. Durante su permanencia en Washington, se habían enterado de que Carter y Torrijos habían estado discutiendo esta posibilidad, durante una reunión en Panamá y que el gobernante istmeño se había mostrado partidario de presionar el retiro de Somoza.

Después de analizar la situación que le reportó Baltodano sobre la imposibilidad de recibir apoyo militar norteamericano y de la fuerza que estaba adquiriendo la propuesta de presionar su dimisión, Somoza decidió anunciar una amnistía para varios presos políticos; autorizar el regreso a Nicaragua de los miembros del Grupo de los Doce; plantear algunas reformas al sistema electoral; e invitar a la Comisión de los Derechos Humanos de la OEA para que realizaran un viaje de inspección a Nicaragua. Con ello pretendía dar muestra pública de su interés por efectuar cambios en la situación de los derechos humanos en su país y aplacar a los partidarios de su dimisión. Como resultado de esta decisión, Somoza apenas recibió una tibia carta de reconocimiento por parte de Carter, que le resultó de poca utilidad pues el embajador norteamericano le había indicado que no podía ser difundida; pero el bumerán se le devolvió pues el regreso del Grupo de los Doce a Nicaragua, en julio de ese año, fue la base para que surgiera con mucha fuerza el Frente Amplio de Oposición con partidarios de la oposición política y las principales confederaciones laborales del país.
El infructuoso resultado de su misión, convenció al general Baltodano de que ese momento no era el más adecuado para convertirse en embajador de Somoza en los Estados Unidos; entonces, en su mente maquiavélica comenzó a cobrar forma una perspectiva mucho más halagϋeña: convertirse en el abanderado, a espaldas de su jefe, del proyecto etiquetado “somocismo sin Somoza”.
Su ambición exacerbada le llevaba a imaginarse como el nuevo hombre fuerte de Nicaragua; posición que seguramente resultaría irresistible para Adriana. No es lo mismo, pensaba, ser la esposa del embajador que primera dama de la nación. Ocupó entonces las siguientes semanas en buscar entre los políticos norteamericanos a los partidarios de esta propuesta e iniciar una sutil campaña para mejorar su imagen y venderse como el candidato ideal para suceder a Somoza. Lo curioso es que logró convencer a más de un incauto y a mediados de agosto se disponía a regresar a su país con un plan muy estructurado para hacer realidad su sueño.

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Managua, agosto de 1978

El programa de alta gerencia de INCAE concluyó el jueves diez de agosto y a la ceremonia de clausura, prevista para el día siguiente, no asistieron Braulio y Nando, que terminadas sus respectivas clases viajaron en la tarde del jueves a los Estados Unidos con itinerarios diferentes. Nando voló a Boston para asistir al cumpleaños de la mayor de sus hijas y el sábado en la tarde viajaría a New York para acompañar a su hermana en la inauguración de su primera exposición individual. Por su parte Braulio viajó directamente a New York para encontrarse con su esposa y ayudarle en los preparativos de la exposición.
En la tarde del domingo 13 de agosto reclinado en una cómoda silla de primera clase del vuelo de Braniff, Braulio regresaba a Nicaragua, al tiempo que saboreaba un whisky y rememoraba los acontecimientos desde su primera llegada a Managua dos meses antes.
Profesionalmente la temporada había sido un éxito pues no sólo obtuvo una evaluación muy alta como profesor de mercadeo en el PAG, sino que se ganó el respeto y la amistad de Aníbal Argϋello quien había aprobado y elogiado sus recomendaciones preliminares sobre la estrategia de la Casa Comercial; su intención al regresar a Nicaragua era concluir su reporte de consultoría y dedicar el resto de la semana para revisar, tal como lo había prometido, la tesis de grado que estaba terminando María José, actividad que realizarían desde el miércoles siguiente en la tarde en una quinta que unos parientes de la joven poseían en las Isletas de Granada.
Por más que intentaba apartar de su mente el episodio amoroso que había vivido con Adriana en Jiloá, las imágenes de esa noche volvían repetidamente con una nitidez y una frecuencia que empezaba a resultarle dolorosa. Una y otra vez regresaba el recuerdo de las indignadas palabras de Adriana cuando se atrevió a contarle la verdad sobre su matrimonio y el pesar de esa pérdida era apenas mitigado por la felicidad de saber que Elizabeth estaba embarazada y al parecer, según el ginecólogo, el embarazo transcurría normalmente.
Para la salud de su relación con Liz había resultado muy positiva la franqueza con que ambos se habían contado sus respectivos encuentros: ella con el cubano, a quien Braulio tuvo la oportunidad de conocer en New York durante el fin de semana siguiente a la revelación de su esposa; y él con Adriana con quien se había visto en múltiples oportunidades durante las cuales ambos habían hecho esfuerzos para que su relación se transformase en una verdadera amistad.
La confusión inicial de Braulio, posterior a su noche de amor con Adriana, había dado paso a una certeza: amaba a las dos mujeres pero al no poder tenerlas a ambas, había optado por su esposa. Cada vez que pensaba en ello, entendía mejor la filosofía de Nando sobre el amor pero se decía a si mismo que él era incapaz de manejar dos relaciones serias en forma simultánea como lo hacía su cuñado. En realidad, el embarazo de Liz había caído como un salvavidas en su matrimonio y de no haberse presentado era muy probable que él se hubiese decidido a reconquistar a Adriana y Liz tendría como pareja a Reinaldo. A veces se le ocurría que entre Liz y Reinaldo había tantas afinidades como las que había entre Adriana y él y pensaba que a pesar de que la indignación inicial de Adriana había cedido bastante, ésta seguía amándolo pues siempre se las arreglaba para evitar quedarse a solas con él como temiendo que la pasión volviese para envolverlos.

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Managua, domingo 13 de agosto de 1978

Al atardecer Maribel y Max, que conducía a toda velocidad la motocicleta, regresaban a Jiloá desde el centro clandestino de entrenamiento que utilizaban los terceristas en Tipitapa. Allí, habían permanecido toda la semana en prácticas de tiro e instrucción básica sobre el manejo de explosivos. La excitación que le había producido a la joven la asignación de “Kasandra” como su nombre clave, se magnificó ante la inminencia de una aventura que había soñado por mucho tiempo: ella, bajo el mando de Vigorón, junto con Max, Bernardo, y otros seis guerrilleros, a quienes conoció en el centro de entrenamiento, efectuarían una acción de “recuperación económica”. ¡Por fin tendría la oportunidad de participar junto a Max en un operativo de verdad!

Punto de Quiebre – Capítulo V

Por : kapizan
En : Capítulo V - Elizabeth, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

2

V
ELIZABETH

Boston, sábado 10 de junio de 1978

Al concluir la llamada telefónica de Braulio, la primera sensación que experimentó Elizabeth fue remordimiento. Reconoció que había estado fría, distante, casi antipática y eso le molestaba pues en el fondo abrigaba el deseo de recuperar la emoción y la intensidad que tuvo su relación en los primeros años. A su memoria acudió con nitidez el recuerdo de su última noche de amor con Braulio, la víspera del viaje.
Había sido una velada romántica cargada de una sexualidad y un erotismo que revivió por esa noche los mejores momentos de los primeros años de su matrimonio. “¿En qué momento se jodió todo?, ¿cuál era la causa?, ¿era acaso la aversión que ella sentía por la absorbente carrera académica de su esposo? o ¿el poco interés que él mostraba por su creación artística? o ¿era talvez la frustración de Braulio por no haberle podido dar un hijo? Recordaba la emoción que le había producido a Braulio el anuncio de sus dos embarazos, y la posterior decepción de su marido, por las pérdidas consecutivas. Su vida sexual que en los primeros años era activa, variada y frecuente, se había venido enfriando a pesar de que ella hacía esfuerzos por mantenerse atractiva y deseable. De todas maneras, sintió que hubiese podido ser más tierna, más emotiva y mostrarse más entusiasmada con la llamada de su esposo. Su actitud, reconoció, no estaba contribuyendo para nada a salvar su matrimonio. Claro que salvar la relación no era sólo su responsabilidad. Era de ambos. Y Braulio, al menos así le pareció a ella, efectuó esa llamada como quien cumple la formalidad de un requisito…

Definitivamente, ese día había sido fatal: cuando apenas estaban cediendo el malestar y las nauseas que había sentido después del desayuno, tuvo que correr a buscar un plomero pues una tubería de la cocina se había reventado; de regreso con el plomero, un camión había golpeado su auto causándole una sería abolladura; un cliente importante, con quien tenia negociada y casi cerrada la venta de un valioso cuadro, había fallecido esa mañana, con lo cual se evaporaba una jugosa comisión que tenía destinada para viajar a New York a visitar a sus padres; y de remate, estaba el mal sabor que le había dejado la llamada de Braulio.
De repente, se sintió sola, muy sola; lamentó que Marietta su mejor amiga y confidente en Boston, que a la vez era su jefe, se hubiera ido de improviso a las playas de Malibú, con uno de sus múltiples amores masculinos y la hubiese dejado con la carne adobada que había preparado para la clase de cocina típica colombiana que tenían programada para el domingo. Esto la hizo sentir peor pues había quedado sin programa para el día siguiente; pensó en llamar a su madre a New York, pero de inmediato desechó la idea; su mamá no la comprendería. En verdad nunca habían sido amigas.

En ese momento el ambiente de la primorosa casa de madera que habían comprado años antes en el sector de Midlesex, cercano al campus de Harvard, le pareció opresivo y asfixiante. Sintió que necesitaba aire fresco y caminar un rato para poner en orden sus ideas. Se echó sobre los hombros un ligero chal de macramé y salió a la fresca noche sin rumbo fijo. Media hora después, se encontraba en Harvard Square frente a un pequeño bar de cuyo interior salían las notas de un blues interpretado por la inigualable voz de Frank Sinatra. Sin pensarlo dos veces ingresó al establecimiento, se sentó en la barra, pidió un whisky en las rocas, encendió un cigarrillo y comenzó a recordar.
Lo primero que recordó, fueron las palabras de Nando el día que le anunció la decisión de casarse con Braulio: “…El enamoramiento siempre termina. Sólo tiene dos caminos: o se transforma en verdadero amor o termina en ruptura más o menos traumática. Pero siempre, indefectiblemente termina”. Quizá, su hermano tenía razón; pero ahora el problema era cómo transformar su sentimiento en amor verdadero e impedir que todo se fuera al traste. Pero, ¿qué era el amor verdadero? Según Nando, “el amor verdadero es aquel sentimiento puro que está desprovisto por completo de egoísmo, posesividad y celos. En realidad el amor verdadero no puede definirse por lo que es y por eso hay que tratar de entenderlo a partir de lo que no es”. Otra cosa que decía Nando y con la cual empezaba a estar de acuerdo, era que durante la fase del enamoramiento, los involucrados se esforzaban por mostrar lo mejor de sí mismos y se ponían máscaras para ocultar sus defectos o aquellas facetas de su personalidad que pudiesen molestar a su pareja.
Había comprobado que con la convivencia se hacían inocultables esos puntos oscuros y afloraban inesperadamente generando tensiones y disgustos. Como ejemplos de lo anterior estaban las máscaras que ella misma se puso para disimular su aversión al tango que le encantaba a Braulio y los esfuerzos que hizo por mostrarse ordenada cuando de soltera su habitación y su taller de pintura eran un verdadero caos. El mismo Braulio había simulado interés por el arte abstracto que a ella le fascinaba, cuando en el fondo ni lo entendía, ni le interesaba… La lista de incompatibilidades era bastante larga; pero, se preguntaba Elizabeth, “¿eran realmente insuperables?, ¿no valdría la pena dialogar francamente sobre el particular y tratar de superarlas entre ambos? Por su parte, ella estaba dispuesta a realizar el esfuerzo pues reconocía que a pesar de todo amaba a Braulio y no estaba preparada para afrontar las consecuencias sicológicas de un divorcio.
Tratando de encontrar un punto de partida al deterioro de su relación, cayó en cuenta de que las cosas habían empezado a cambiar desde el verano de 1975, cuando Braulio consiguió su primer contrato de consultoría en Atlanta. Desde entonces, en los veranos subsiguientes siempre habían estado separados. En realidad, a partir de ese año no habían vuelto a tener unas vacaciones juntos, y ella no había podido acompañarle en sus viajes, pues su trabajo como administradora de una galería de arte se lo impedía. Durante sus ausencias extrañaba su presencia pero a su regreso, después de un ardoroso y apasionado encuentro, rápidamente caían en la rutina y en las discrepancias cotidianas. Lo único cierto en ese momento era que se sentía completamente sola y hubiera dado cualquier cosa por recibir una voz de aliento, o por tener con quien compartir sus inquietudes.
Como si hubiese comprendido que los románticos y dulzones blues de Sinatra no estaban contribuyendo para nada a mejorar el estado de ánimo de Elizabeth, el Discjockey del acogedor bar tuvo la feliz ocurrencia de lanzar al aire el tema de New York New York, en la sensual y agradable voz de Liza Minelli, que había hecho furor en el mundo entero en la ya famosa película de Scorsese que Elizabeth había visto y disfrutado tres veces. La joven más animada por la alegre melodía que de inmediato la trasladó a sus años juveniles in a city that doesn’t sleep; pidió un segundo whisky, sacó un cigarrillo de su bolso y mientras buscaba las cerillas, se sorprendió cuando su vecino de barra – un hombre apuesto, de unos cuarenta años, cabello negro entrecano, tez morena clara, grandes ojos cafés y franca sonrisa, vestido con un elegante traje blanco con corbata azul oscura ―, cuya presencia apenas había percibido, se giró en su silla y en un gesto de natural galantería le ofreció fuego de un encendedor Dunhill, con el cual acababa de encender una pipa, y le dijo con voz muy bien timbrada en perfecto español, mientras sonreía envuelto en una espesa nube de humo y un exquisito aroma de picadura fina:
― Permítame señorita –.
― Muchas gracias, es usted muy amable. – respondió Elizabeth con una espontánea sonrisa que marcaba un hoyuelo en su mejilla derecha y resaltaba su belleza natural, al tiempo que mentalmente agradecía la prohibición que hubo en su casa materna de hablar en familia usando el inglés y los esfuerzos de su madre para que sus hijos hablaran un español perfecto.
― Veo que adiviné, es usted latina, lo que no pude captar fue su acento que me parece bastante neutro ¿es costarricense?
― No, soy colombiana pero me críe en los Estados Unidos y mi mamá siempre nos habló en español – aclaró Elizabeth cuyos pensamientos depresivos se habían esfumado ante la presencia del interesante desconocido y agregó:
― Por su acento me atrevería a pensar que es usted cubano ¿o me equivoco?
― No, no se equivoca soy cubano pero vivo en Manhattan. Ayer llegué a Boston por asuntos de negocios y esta noche me estoy dando un respiro. Es una fortuna haber coincidido en este sitio con una mujer tan agradable y hermosa como usted. Y por supuesto, más agradable aún es poder sostener una charla en español. – Con estas palabras el cubano se levantó de su silla mirándola directamente a los ojos, cambió la pipa a la mano izquierda y le extendió la vigorosa mano derecha al tiempo que se presentaba con una leve inclinación de cabeza.
― Mucho gusto, Reinaldo García, me encanta conocerla.
Al escuchar el nombre, Elizabeth apenas pudo disimular un sobresalto y pensó para sus adentros: “Es increíble, nadie me creería si les digo donde me vine a encontrar con el famoso Reinaldo García. Me lo imaginaba muy distinto. Nunca pensé que fuera tan joven y tan atractivo”. Extendió entonces la mano derecha que Reinaldo estrechó con firmeza y en un gesto que a las feministas de la época les hubiese parecido ridículo y anacrónico pero que a Elizabeth le encantó, se inclinó y le rozó los dedos con sus labios en un leve beso, produciéndole una deliciosa sensación que le recorrió todo el cuerpo. Algo turbada, y como mecanismo instintivo de protección le dio su nombre de casada.
― Yo soy Elizabeth Rivadeneira, pero mi apellido de soltera es Jaramillo; es un placer conocerlo. Es usted una persona muy conocida en el mundo del arte y debo reconocer que me lo imaginaba muy distinto…
― ¿Cómo me imaginabas? ¿Puedo tutearte verdad?
― Claro que puedes tutearme…

Roto el hielo, a lo cual contribuyó la caricaturesca descripción que hizo Elizabeth de cómo se había imaginado a Reinaldo, se inició entre ambos una deliciosa charla en la cual surgieron rápidamente las afinidades propias de dos personas que se movían en al ambiente artístico y que encontraban una particular fascinación por el arte moderno y abstracto. Reinaldo que era simultáneamente marchante de arte y crítico reconocido, había escrito varios artículos para la American Moderm Art Review, que Elizabeth había leído y coincidía con sus opiniones y juicios críticos bastante objetivos, hasta donde se puede ser objetivo al juzgar la creación artística de otros; además, había publicado con una reconocida editorial francesa dos libros, analíticos e ilustrados a todo color, sobre los pintores surrealistas de comienzos de siglo, los cuales fueron acogidos con beneplácito por la crítica y habían sido traducidos a cuatro idiomas. Lo cierto era que un comentario favorable del cubano era suficiente para catapultar a la fama a cualquier joven pintor hasta entonces desconocido. Por supuesto, el entusiasmo de Reinaldo cuando supo que Liz pintaba fue genuino y aceptó de inmediato una invitación de la joven para conocer su taller, su obra y la galería que administraba en Boston. Si Reinaldo era un escritor ameno y agudo en sus artículos, como conversador resultó excepcional.
Elizabeth que había leído una semana antes en el Miami Herald la noticia de que el reconocido marchante cubano había adquirido en una subasta en New York un óleo de Picasso por un millón doscientos mil dólares, gozó con el relato que al respecto le hizo Reinaldo: él se había limitado a representar a la Condesa de Pichard, una vieja multimillonaria que en los últimos treinta años se había dedicado a adquirir óleos, dibujos y hasta bocetos del artista español, con quien aseguraba había tenido un apasionado romance en París en los años veinte. La descripción que hizo Reinaldo de la anciana y sus excentricidades, como la de vivir en un castillo con 17 gatos y un sobrino majareta que heredaría la fortuna de la Condesa, fue muy graciosa y produjo más de una buena carcajada a Liz, que hacía años no se divertía tanto.
Reinaldo que se mostró muy discreto desde que Elizabeth proclamó su condición de mujer casada, contó sin muchos detalles que era viudo y tenía un hijo, Efrén, de once años que vivía en Miami con la abuela y con la tía, única hermana que le quedaba, pues su hermano mayor había muerto combatiendo al lado de Fidel Castro en la Sierra Maestra. Su padre un intelectual de razonable posición económica había apoyado la revolución de Castro, pero a los pocos meses de ejercer un cargo importante en el Ministerio de Cultura, se decepcionó, como muchos otros cubanos con el giro que estaba tomando la causa y huyó con su familia a Miami como refugiado, en julio de 1959. Para entonces, Reinaldo estudiaba arquitectura en París en donde supo que su papá se había unido a la contrarrevolución y participado en el frustrado desembarco en Bahía Cochinos en donde murió a los pocos minutos de pisar la playa.
Desde la publicación de su primer libro que había sido un éxito editorial, el cubano pasaba buena parte del año en París atendiendo compromisos de la editorial francesa y revisando las traducciones; el resto del tiempo lo pasaba normalmente entre New York, preparando sus artículos críticos para la revista, y Miami a donde viajaba esporádicamente para visitar a su hijo.
Mientras Reinaldo hablaba, Elizabeth se sentía cada vez más atraída por el magnetismo, la galantería natural y la personalidad de su interlocutor que la hacía sentir cómoda, por la afinidad artística que les unía y despertaba en su interior sentimientos y deseos que habían estado adormecidos por mucho tiempo. Cuando supo que Reinaldo tenía planeado permanecer una semana en Boston para establecer contactos con algunas galerías de arte y conocer personalmente a Robert Anderson, un joven pintor angloamericano que estaba teniendo mucho éxito en el mercado y al cual ella conocía desde su época de estudiante, se ofreció gustosa a servirle como guía durante su permanencia en la ciudad y a ponerle en contacto con Anderson de quien era buena amiga y con quien había mantenido relaciones comerciales pues en el otoño anterior había organizado para él una exposición en Gruber´s Gallery, la prestigiosa galería bostoniana que ella administraba.
Cuando mencionó la galería, Reinaldo se sorprendió y se alegró por su buena suerte, pues según le dijo uno de los propósitos primordiales de su viaje a Boston era entrevistarse con Marietta Gruber, de quien dijo ser viejo amigo desde su época de estudiante en París.
A media velada Reinaldo sintió que habían logrado un buen grado de confianza, y se atrevió a preguntarle si continuaba casada con el Señor Rivadeneira o si, según la costumbre gringa, conservaba su apellido de casada como tantas otras viudas o divorciadas; el tono de voz y un ligero titubeo de Liz al contestar “Si… mi matrimonio está vigente, mi esposo es profesor de Harvard pero ahora está en Nicaragua para dictar unas clases y regresa a finales de agosto”, hicieron pensar a Reinaldo: “Apostaría a que ese matrimonio está en problemas”. Entonces, hábilmente cambió el tema y aprovechó para hacer un comentario sobre la situación política en Nicaragua:
― Se le está poniendo complicada la situación a Tacho Somoza… Algo parecido a lo que le pasó a Batista en Cuba. En este momento yo creo que como van las cosas y después del asesinato de Chamorro, no estamos lejos de una victoria de los Sandinistas; el riesgo que le veo es que si los sigue apoyando Cuba, Nicaragua va terminar tan comunista como mi país; algo verdaderamente preocupante que podría tener graves implicaciones en Centroamérica y el Caribe. La sola perspectiva de lo que podría pasar con otro gobierno títere de los rusos en América Latina, me aterra pues como comprenderás por lo que te conté, yo me ubico, a diferencia de la mayoría de artistas e intelectuales de esta época, como un hombre de derecha y como un anticomunista convencido.
― Yo también creo que tarde o temprano los Sandinistas van a derrocar a Somoza – replicó Liz aliviada de que no se hubiese visto forzada a profundizar con su interesante interlocutor en sus conflictos conyugales y para no quedarse atrás en sus opiniones políticas agregó – lo que pasa es que Nicaragua no es una isla como Cuba y por muy liberal que sea el gobierno de Carter, jamás va a permitir otro régimen comunista en el patio trasero de los Estados Unidos… Veo – agregó después de un brevísima pausa – que tenemos otra afinidad pues yo también soy una mujer de derecha, y mi familia que es políticamente conservadora tuvo que huir de Colombia a comienzos de los años cincuenta, debido a la persecución de las guerrillas liberales del Llano, en donde mi papá tenía una finca ganadera. Cuando llegamos a New York yo no había cumplido todavía los dos años y mi único hermano, Nando, tenía doce años. A pesar de vivir en los Estados Unidos, ambos fuimos criados con las costumbres antioqueñas de mis padres.
A las dos horas de amena charla con el famoso crítico, Elizabeth estimulada por el ambiente del local y por los bien espaciados tragos, había olvidado por completo sus preocupaciones, pasando de la depresión a una euforia moderada que la llevó a pensar que sería delicioso ser abrazada y amada por el cubano.

― ¡Last call! – anunció en voz alta el bartender al tiempo que oprimía los interruptores para sustituir la cómplice penumbra, por una clara luminosidad que señalaba la hora de cierre del establecimiento.
Sorprendidos por el anuncio que interrumpió su charla, Elizabeth y Reinaldo se miraron fijamente por un buen rato como tratando de descubrir bajo la luz hasta el último detalle en las facciones del otro y se hizo evidente que entre ambos se había ratificado la atracción mutua que desde el principio habían sentido. Finalmente, con la sensación de pesadumbre que suele acompañar el final de los momentos inolvidables, Reinaldo se levantó de la silla y con un gesto natural tomó el chal de Elizabeth y lo colocó con delicadeza sobre sus hombros, le ofreció el brazo y juntos salieron del establecimiento.
Cuando ella le indicó que vivía a pocas cuadras del lugar y que había llegado a pie, él se ofreció a llevarla hasta su casa en el vehículo de alquiler que estaba utilizando para sus desplazamientos en Boston. A bordo del Toyota rentado, le contó que estaba alojado en el hotel Hyatt Regency y que por su ubicación central lo había preferido a la oferta de un antiguo amigo que había puesto a su disposición una vieja mansión victoriana en cercanías a las playas de Cape Code y un yate pequeño de motor en el cual había pensado hacer una travesía por la bahía al día siguiente. Como si se le hubiese ocurrido en ese momento, le preguntó a Elizabeth si estaría dispuesta a acompañarlo en el paseo marítimo. Elizabeth evitó dar una respuesta inmediata mientras le indicaba los cruces para bordear la Plaza de Harvard y llegar hasta su casa de Midlesex. Cuando el auto se detuvo, la joven se volvió hacia Reinaldo y le dijo:
― Gracias por la estupenda velada que me hiciste pasar. Me encantó haberte conocido y creo que tenemos muchas afinidades. Me parece fantástica tu invitación a navegar mañana; pero propongo que aceptes primero mi invitación a almorzar en casa, pues tengo todos los ingredientes para preparar algunos platos típicos de la comida colombiana que estoy segura te van a gustar.
― Acepto encantado – respondió Reinaldo con una perturbadora sonrisa –, sería una estupenda oportunidad para conocer tu taller y tu obra.
Como buen caballero, Reinaldo descendió del auto y lo rodeó para abrir la puerta de Elizabeth y acompañarla hasta la verja de su residencia. Una vez allí, sin pronunciar palabra, la tomó por los hombros, se aproximó a ella y la sorprendió con un beso en la boca, que ella respondió tímidamente. Un tanto asustado por su propia audacia, Reinaldo se apartó de la joven, bajó la vista, murmuró unas palabras de disculpa y con voz apenas audible agregó: “Hasta mañana”; dio media vuelta y se marchó.
Antes de alcanzar la calle siguiente, Reinaldo cayó en cuenta de que había olvidado pedirle a Elizabeth las señas para llegar a su hotel; entonces guiado por las luces de una estación de gasolina, se dirigió allí para llenar el tanque de combustible y revisar el mapa de la ciudad.
Por fortuna a esa hora permanecía abierta una cafetería en la estación y decidió tomarse una taza de café y comer algo ligero. Después de calmar su apetito repasó complacido los acontecimientos de la noche, convencido de que la buena suerte le acompañaría durante su permanencia en Boston: la mayor sorpresa para él, aparte de conocer a la hermosa colombiana, había sido el que ella no sólo conociese a Marietta sino que trabajasen juntas. El sólo recuerdo de Marietta lo transportó en el tiempo al otoño de 1955 en París…

Mediaba la tarde y el cielo encapotado anunciaba una lluvia otoñal; era un viernes y Reinaldo para entonces estudiante de segundo semestre en la Escuela de Arquitectura de Versalles, daba los últimos toques al boceto del dibujo que debía presentar como examen parcial en la clase de arquitectura religiosa. Había escogido como tema la portada central o Portada del Juicio, en el exterior de la catedral de Notre-Dame y se había concentrado en el vértice del tímpano en el cual se apreciaba con claridad a Cristo Juez con la Virgen coronada y a San Juan, postrados intercediendo por el género humano; Jesús aparecía escoltado por dos ángeles de pie que portaban los instrumentos de la pasión: clavos, lanza y cruz. Con estas imágenes cumplía el requisito de incluir por lo menos cinco elementos de figura humana en el trabajo final que debería ser elaborado en plumilla con tinta china y entregado el martes siguiente a primera hora.
Absorto como estaba en su trabajo no se percató de la presencia de una mujer que portaba una cámara fotográfica profesional, hasta que ésta le dio un toquecito en el hombro y con una voz sensual de agradables matices le había dicho. “Discúlpeme joven”. Al girarse Reinaldo se había enfrentado a una hermosa mujer de unos treinta o treinta y cinco años, que cubría su cabellera con una boina de pana café e iba enfundada en una gabardina de color crema ceñida a la cintura que dejaba entrever unas pantorrillas muy bien formadas, cubiertas con medias de seda que se perdían entre unos zapatos cafés, cuyos tacones colocaban a la dama a la altura de su hombro. Reinaldo, después de haberle explicado el trabajo que estaba realizando, no tuvo inconveniente en cederle el puesto a la bella fotógrafa para que captase las imágenes de la catedral que utilizaría, según le dijo, para ilustrar una guía turística que le habían encomendado; ni en aceptar su propuesta de facilitarle una copia ampliada de la fotografía del tímpano para que pudiese usarla en la elaboración de su trabajo académico.
Justo cuando la mujer, que se había presentado como Marietta Gruber, terminó de tomar las fotos se desgajó un violento aguacero que les obligó a buscar refugio en una cafetería cercana. Allí, Marietta había tomado la iniciativa y le había ofrecido una copa de coñac como señal de gratitud por su colaboración… A la primera copa le habían seguido otras tres que marcaron lo que sería para el joven, el inusitado e inolvidable comienzo de una curiosa relación. El fin de semana lo había pasado Reinaldo en el apartamento de Marietta en donde ésta tenía un cuarto oscuro para revelado fotográfico.
Con una excelente ampliación del detalle que le interesaba para su dibujo, el joven estudiante había podido culminar su trabajo y disfrutar la intimidad que sin inhibiciones le había ofrecido Marietta, cuya experiencia en las artes amatorias impresionó al cubano. Lo sorprendente para el joven había sido la actitud posterior de Marietta que con mucha claridad le había indicado: “Los momentos que vivimos en mi apartamento fueron magníficos, pero no quiero herirte permitiendo que te enamores de mí, pues yo no estoy dispuesta a mantener un tipo de relación tradicional. En realidad creo que tú mereces una mujer de tu edad, que entienda el amor como tú lo entiendes, que pueda llegar a ser tu esposa y a darte hijos; por eso creo mejor que nuestra relación se concentre exclusivamente en la amistad…”.
Meses después la misma Marietta le había presentado a Isabella Mancía, una bella joven salvadoreña que trabajaba en la empresa editora de la guía turística parisina con las fotos tomadas por Marietta. Con Isabella, Reinaldo había comprobado que su amiga francesa tenía la razón pues la salvadoreña terminaría convirtiéndose en su esposa y madre de su único hijo. A Isabella, le fue fiel hasta su muerte.

Con el desastre de Bahía Cochinos en que murió su padre, Reinaldo descubrió una nueva faceta en la personalidad de su amiga: un odio visceral hacia el comunismo, originado al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando su padre Karl Gruber un anciano inválido había sido, según ella, “asesinado brutalmente por los bolcheviques” a las afueras de Berlín, por negarse a que las tropas rusas tomaran su casa como puesto de mando de una división que avanzaba hacia la capital alemana. En los años de la postguerra y especialmente desde su llegada a los Estados Unidos a comienzos de los años sesenta, Marietta que había heredado una considerable fortuna de su madre francesa fallecida en 1939, se dedicó a apoyar todo tipo de organizaciones anticomunistas, y en los últimos años a los diversos grupos de exiliados cubanos refugiados en los Estados Unidos, cuyo único objetivo era eliminar a Fidel Castro por cualquier medio.
Precisamente, uno de los propósitos de su visita a Marietta en Boston, era conseguir una donación para la “Asociación de Cubanos por la Libertad”, de la cual Reinaldo era activista y, desde el mes anterior, recaudador de fondos para la causa. Los dineros recolectados eran, en gran medida, destinados a cubrir los gastos de instalación y sostenimiento de los centenares de balseros que huían de la isla hacia las playas de la Florida en pos del sueño americano.
Reinaldo ansiaba el reencuentro con su vieja amiga a quien no veía desde hacía seis años y pensaba ofrecerle como contraprestación a su apoyo financiero, un artículo sobre su galería, que sería publicado en el próximo número en la revista de arte en la cual era columnista. Sin lugar a dudas el plan de compartir el domingo con la joven colombiana, era un buen indicio de que la buena suerte le acompañaría durante su estancia en Boston.
De regreso a su hotel, Reinaldo no podía apartar de su mente el recuerdo de Elizabeth quien le había producido un impacto que no había sentido nunca antes con ninguna mujer desde la muerte de Isabella, y con el convencimiento de que si la colombiana tenía problemas en su matrimonio, él estaría dispuesto a conquistarla; siempre y cuando no fuese a ser la causa de la separación de la pareja.

***

Boston, domingo 11 de junio de 1978

Desde muy temprano en la mañana, Elizabeth desplegó una actividad inusitada: comenzó por poner orden en su caótico taller a fin de tenerlo presentable para la vista crítica de Reinaldo, y con la serie de óleos en la cual había venido trabajando durante los dos últimos años, organizada y lista para mostrárselos uno a uno sobre un caballete debidamente iluminado.
A las diez de la mañana, se sintió satisfecha con el aspecto de pulcritud que ofrecía el taller y dedicó la hora siguiente a preparar el menú con el cual pensaba atender a su invitado: sopa de arepa, cañón de cerdo, que por fortuna estaba listo para hornear, macedonia de frutas (especie de sangría a base de vino tinto, piña, papaya, melón, mango y naranja en pequeños trozos), arroz blanco, ensalada verde y flan de naranjas agrias.
Mientras ejecutaba las tareas culinarias con eficiente precisión, su mente evocaba los detalles de la noche anterior para llevarla a concluir que nunca antes ningún hombre, distinto a Braulio, le había producido la admiración ni despertado el entusiasmo como lo había hecho el cubano. En los últimos años y durante las prolongadas ausencias de Braulio, por razón de su trabajo, ella había tenido algunas relaciones de ocasión en las cuales había mentido sobre su condición de casada y se había presentado como recién divorciada. En todos los casos y después de calmada la emoción de lo prohibido, había quedado con una angustiosa sensación de vacío.
Reconocía que con Reinaldo la relación dejaba vislumbrar un enfoque diferente. Para empezar, la forma en que la había abordado era muy distinta a la que usualmente empleaban los conquistadores de barra. Su elegancia, su galantería, la calidez y la espontaneidad con que la había tratado no dejaban dudas al respecto; sin embargo, estaba el inesperado beso de despedida, pero para ella resultaba claro que había sido un impulso motivado por las circunstancias y no algo premeditado; prueba de ello era la turbación que había mostrado y su inmediata retirada, cuando otro en su lugar, como ya le había sucedido, hubiese aprovechado su vulnerabilidad para llegar más lejos esa misma noche. Pero, se preguntaba, ¿por qué le di mi nombre de casada?, en realidad no lo sabía. Lo cierto es que ahora le parecía que había sido mejor así, pues algo en su interior le indicaba que con Reinaldo podría florecer una hermosa amistad que se hubiese arruinado desde el principio con una mentira tan infantil.
Además, se atrevió a imaginar, si su matrimonio con Braulio llegaba a naufragar, Reinaldo podría ser un excelente salvavidas. De todas maneras ella estaba segura de que Braulio no era ningún santo y por eso estaba dispuesta a dejarse arrastrar por la pasión que le había despertado Reinaldo. Por lo menos, el escenario previsto para ese atardecer no podía ser más romántico: un yate recorriendo la bahía, seguramente buena música, y buenas bebidas. En ese momento recordó que tenía una botella de aguardiente Antioqueño añejado por dos años con hojas de brevo, que se le ocurrió podría ser un excelente afrodisíaco.

Alrededor de las doce y media del día apareció Reinaldo con un ramo de rosas frescas y una botella de vino. Lucía zapatos y pantalón blancos, camiseta azul clara, chaqueta blazer azul oscura con botones dorados y gorra blanca de pescador griego, que resaltaba el bronceado natural de su piel. Elizabeth lo recibió con una dulce sonrisa y un discreto beso en la mejilla. Como buena anfitriona que era, ofreció prepararle un cóctel aperitivo o servirle una cerveza helada; Reinaldo optó por la cerveza y minutos después con sendas jarras, se encaminaron al altillo para que él pudiese conocer su taller y su obra… Con actitud seria y profesional Reinaldo observó detenidamente los catorce lienzos, en formato mediano, de la serie que Elizabeth había denominado tentativamente The Shadow of the Pioneers inspirada, según le explicó, en la epopeya de los colonos, en su mayoría inmigrantes, que habían conquistado el oeste norteamericano en la primera mitad del siglo XIX. Los cuadros, sin enmarcar, exhibían una bien definida tendencia surrealista con un sorprendente manejo del color y el trazo, que no pasaron desapercibidos al minucioso análisis del experimentado crítico de arte.
A medida que iba cambiando los cuadros en el caballete, el nerviosismo inicial de Elizabeth iba cediendo pues a pesar de que Reinaldo no había pronunciado palabra y se había limitado a alternar breves sorbos de cerveza con prolongadas chupadas a la pipa, el brillo de sus ojos escrutadores dejaba traslucir aprobación y agrado por la muestra pictórica. Ante el interés demostrado por Reinaldo, Liz no pudo menos que pensar con un dejo de tristeza: “Qué diferencia con la actitud de Braulio, que ni siquiera se ha molestado en saber en que estoy trabajando. Éste tipo definitivamente es adorable”… Cuando le indicó el último cuadro, se quedó mirando expectante al cubano, que después de una prolongada pausa y con una sonrisa de complacencia le dijo:
― Reconozco que estoy impresionado. Es una estupenda colección en la que destaco un manejo impecable de la mancha, de la luz y de la sombra. ¿Alguna vez has expuesto tu obra?
― Me emociona mucho tu comentario – respondió Liz ligeramente ruborizada –, hasta ahora he participado en tres exposiciones colectivas en la galería de Marietta y por lo menos la mitad de las obras expuestas se vendieron. Por supuesto, sueño con una exposición individual de esta serie. Tú eres la primera persona que la ve; pensaba terminarla en estos días con dos cuadros adicionales a los cuales les falta una o dos semanas de trabajo. Pero tu comentario me da mucha confianza y me estimula para terminarla…
― Pues entonces, desde mañana, manos a la obra – le interrumpió Reinaldo poniéndose de pie y mirándola fijamente a los ojos – y si lo que te falta es una semana o dos, puedo garantizarte que en un mes tu obra estará exhibida en una de las mejores galerías de New York. Eso te lo aseguro; mañana mismo le pediremos a Marietta que tome fotos de algunos cuadros para la elaboración del catálogo.
Liz que no daba crédito a lo que estaba sucediendo, se dejó llevar por la emoción y en esta oportunidad fue ella la que tomó la iniciativa de abrazar al cubano y besarlo con ternura en los labios.

Si a Reinaldo le había impresionado el talento artístico de Elizabeth y se había mostrado sincero en sus elogios, la exquisitez de la comida típica colombiana y en particular el cañón de cerdo, del cual se sirvió tres grandes tajadas, aumentó la admiración que desde el comienzo había sentido por su nueva amiga. Él era ese tipo de hombres para los cuales, el amor a una mujer pasa necesariamente por el camino de la cocina. Como cierre del almuerzo íntimo, después del flan de naranjas agrias, que estaba en su punto, Elizabeth sirvió dos humeantes tazas de café negro, por supuesto colombiano, recién tostado y molido, seguido de dos copitas del aguardiente añejado en hojas de brevo que a Reinaldo le fascinó y cuya botella ella sugirió llevar a la travesía.

El sol aún brillaba en el cielo sobre el fondo azul oscuro de un mar en calma y la luna se perfilaba translúcida sobre el fondo celeste como preludio de una hermosa noche, cuando Reinaldo atracó en el pequeño embarcadero frente a la mansión victoriana de su amigo. El calor de la tarde había cedido un poco y Reinaldo propuso que nadasen un rato antes de que oscureciera y que después le gustaría invitarla a cenar en el restaurante que ella recomendase. El lugar sugerido por Liz fue un pequeño restaurante especializado en mariscos en Quincy Market… A lo largo del día la pareja se había compenetrado en forma tal que ambos sentían como si llevaran años de conocerse y a media noche cada uno deseaba que la magia se prolongase; por ello Liz no puso ningún reparo cuando Reinaldo le ofreció que compartieran una última copa en la suite de su hotel. Allí, sin que mediasen las palabras la atracción mutua llegó a ese punto sin retorno en que lo único que resta es la fusión de los dos espíritus a través de sus cuerpos.

Punto de Quiebre – Capítulo IV

Por : kapizan
En : Capítulo IV - Nando, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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IV
NANDO

INCAE, sábado 10 de junio de 1978

Después de que su cuñado hubo partido para el Atlantis, Nando cómodamente ataviado con unas bermudas y una camiseta de algodón, se instaló frente al pequeño escritorio en su habitación de la casita que le habían asignado en INCAE, extrajo de un maletín una libreta de hojas amarillas con rayado verde y dedicó la siguiente hora a terminar el borrador de un informe sobre la situación política en Nicaragua durante el primer semestre de ese año, desde el asesinato del periodista Chamorro hasta los últimos días, en los cuales se rumoraba que la presión de Washington sobre el gobierno de Somoza en torno al tema del respeto a los derechos humanos, empezaba a tener efecto y a preocupar al dictador sobre el futuro de sus relaciones con los Estados Unidos y con algunos gobiernos que antaño habían sido sus aliados y desde la muerte del periodista, se mostraban cada vez más hostiles hacia su gobierno y simpatizaban con los Sandinistas, como era el caso de Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Rodrigo Carazo en Costa Rica y Omar Torrijos en Panamá; sin contar con el devastador golpe de los insurgentes contra el cuartel de Rivas y su efecto desmoralizador para las tropas del régimen.
Terminado el borrador, se encaminó a su oficina para mecanografiarlo, satisfecho de la concisión que había logrado y convencido de que su propio análisis sobre los hechos y sus conclusiones serían de utilidad para su amigo el Mayor Alexander Jefferson quien para esa época se desempañaba como analista de asuntos latinoamericanos, en una oficina del pentágono. A decir verdad, el tener que enviar reportes periódicos sobre la situación en Nicaragua no le producía mayor satisfacción; sin embargo, no había tenido más remedio que aceptar colaborarle a su antiguo compañero de armas a quien lo unía no sólo una larga amistad sino un profundo sentimiento de gratitud, pues de no haber sido por el valor y el coraje de Alex, Nando hubiese caído como prisionero de los Vietcong o hubiese muerto desangrado arrastrándose en la espesa jungla.
En mayo del año anterior, cuando Nando apenas llevaba una semana como miembro de la facultad de INCAE, se había llevado una grata sorpresa al encontrarse con Alex un sábado en la tarde en el bar Las Leyendas de Managua. Allí al calor de unos tragos habían rememorado los tiempos de la guerra en Vietnam y Nando supo que el encuentro con su amigo no había sido casual, pues éste no sólo estaba enterado de su vinculación al prestigioso instituto, sino que una de las razones de su viaje oficial a Managua era precisamente la de buscar su apoyo para conseguir y procesar información con destino al pentágono. Desde entonces y para su propia sorpresa, los reportes que había estado enviando regularmente a su amigo, le habían merecido toda clase de elogios por parte de su destinatario que había llegado a asegurarle: “Te has convertido en la mejor fuente informativa sobre lo que está pasando en Managua y muchas de tus acertadas conclusiones han llegado a la Casa Blanca, transcritas textualmente…”. Terminado el reporte lo metió en un sobre de manila que el lunes a primera hora recogería un estafeta de la Embajada Americana para ser remitido en valija diplomática. Cuando terminó su labor, encendió un cigarrillo, calculó que a esa hora debería estar terminando el show de media noche en el Atlantis, marcó el número del night club y pidió que le comunicaran con Lorena. Después de una breve charla con la chela convinieron que ella le recogería antes del medio día para almorzar juntos en alguno de los restaurantes de la carretera sur y dedicar el resto de la tarde a disfrutar un baño en la piscina de INCAE. Contento con la perspectiva de un buen descanso dominical en compañía de la hermosa Lorena regresó a la casa y se acostó.

Con 37 años recién cumplidos, Nando se consideraba un hombre feliz, en la plenitud de su existencia y con un futuro académico promisorio pues esa semana había concluido su tesis doctoral, cuyo borrador final estaban mecanografiando y estaría lista para sustentación a comienzos de julio. Una vez obtenido el título, sería automáticamente promovido al rango de profesor asociado y tendría garantizado un contrato con INCAE como director del Programa de Banca y Finanzas. Con un cociente intelectual bastante por encima del promedio, se había destacado siempre, tanto en su vida estudiantil como en su breve carrera militar, y recientemente como profesor de postgrado, según lo ratificaba la última evaluación de sus estudiantes en INCAE.
Sin ser tan apuesto ni tan alto como Braulio, su piel trigueña, su pelo castaño ligeramente ondulado, sus facciones, sombreadas por una barba cerrada y perfectamente rasurada, denotaban una gran fuerza interior, mucha seguridad en si mismo, y le conferían un atractivo que unido a su personalidad alegre, descomplicada y entusiasta, le hacían irresistible para la mayoría de las mujeres. Una permanente expresión risueña en sus ojos cafés y una espontánea franqueza, que en ocasiones bordeaba un cinismo tolerable y simpático, despertaba la admiración de ellas y la callada envidia de sus colegas. Sin lugar a dudas, el aspecto en la vida de Nando que mayor envidia suscitaba entre los hombres, era su incuestionable éxito con las mujeres y la forma magistral en que manejaba su vida amorosa, a la cual ingresaban muchas y muy variadas mujeres sin que se supiera de ninguna que hubiese salido definitivamente de su círculo amoroso, excepto cuando contraían matrimonio… para regresar a él, casi siempre después de un agitado divorcio. En ese aspecto Nando, a diferencia de sus demás congéneres, jamás se jactaba de sus conquistas amorosas y era tan discreto que nadie podía saber con cuales de ellas hacía el amor y con cuales no. Para Nando el enamoramiento siempre exigía un intercambio sexual, en tanto que el amor no necesariamente implicaba sexo, y él era un hombre que creía haber aprendido a amar y había encontrado lo que denominaba “una vacuna contra el virus del enamoramiento” que, según él, rayaba en la estupidez.

A partir de los veinte años, la vida de Nando y en particular su actitud frente al amor habían sufrido un cambio sustancial que sería determinante en su edad adulta: la aparición en su mundo de Marietta Gruber, una espléndida y sofisticada mujer de origen francoalemán que para entonces, 1961, contaba con 41 años pero aparentaba 28 o 30 pues mantenía su piel tersa y su silueta esbelta, con un rostro de hermoso perfil e inmensos ojos azules de franca mirada. Marietta y Nando se conocieron en New York durante el cóctel inaugural de una exposición de escultura de la madre de Braulio.
Nando, cuya experiencia amatoria se reducía a unas cuantas relaciones de adolescente, quedó deslumbrado con la belleza de Marietta que esa misma noche se convirtió en su maestra de almohada y en forjadora de su curiosa filosofía sobre el amor. Por supuesto, el cambio en la mentalidad del joven requirió todo un proceso, pues éste deslumbrado por la hermosura y la habilidad amatoria de Marietta, no tardó en enamorarse perdidamente de ella hasta el punto de proponerle matrimonio. Con mucho tacto, para no herir la susceptibilidad del joven, Marietta había aprovechado la oportunidad para explicarle lo que ella consideraba una diferencia sustancial entre amar y estar enamorado y su argumento más sólido estuvo centrado en la fugacidad del enamoramiento en contraste con la permanencia del amor verdadero.
A lo anterior, Marietta agregó una serie de aseveraciones, que el joven fue incorporando a su forma de pensar y de expresarse: “el enamoramiento se fundamenta en la posesión, en tanto que el amor se basa en la libertad”; “la fidelidad es un concepto cultural, en tanto que la lealtad es un principio”; “la máxima expresión del amor es la amistad y ésta debería ser la única denominación para una pareja que se ama… lo demás, son simples etiquetas”; y otras de cuño parecido. El tiempo le demostraría a Nando que Marietta había estado en lo cierto cuando le dijo: “Si nos casáramos o nos convirtiéramos en amantes permanentes y exclusivos, esa relación estaría condenada a terminar algún día; lo que yo te propongo es que continuemos amándonos sin expectativas y mantengamos esta amistad hasta que la voluntad nos separe”. Indudablemente, 17 años después, Marietta ocupaba el primer lugar entre el grupo de mujeres que entendía y aceptaba el amor en la concepción de Nando.

Por principio Nando nunca comentaba sus conceptos sobre el amor ni su resistencia al matrimonio, tal como se concibe en occidente, pues lo consideraba como algo inherente a su filosofía de vida que sólo compartía con las mujeres que amaba; sin embargo, días antes de la boda de su hermana con Braulio, fueron invitados a una cena en el apartamento de Marietta, quien le había ofrecido a Elizabeth un puesto como vendedora en la galería de arte que había establecido recientemente en Boston. En esa oportunidad, Braulio le preguntó a su amigo si pensaba convertirse en solterón empedernido, a lo cual Nando intercambiando una mirada traviesa con Marietta había respondido con sincera convicción: “Creo que nadie es de nadie; que la fidelidad es un concepto cultural, en tanto que la lealtad es un principio… De Marietta aprendí que a las mujeres hay que tratarlas con galantería, ser tierno con ellas y no decirles mentiras; por eso yo me declaro incapaz de mentirle a una mujer prometiéndole una fidelidad que no le puedo cumplir; tampoco se la exijo, pero eso si, le ofrezco y le mantengo mi lealtad hasta la muerte… Yo he desarrollado un concepto propio del amor y lo llamo “La Burbuja”. A mi burbuja entran y salen todas las mujeres que me quieran amar y que me quieran dar lo que les nazca en el momento. Nunca las olvido y todas saben que pueden contar conmigo siempre. Esto me ha funcionado más que el concepto tradicional de pareja fija que no comparto y no quiero ni siquiera intentar… a menos que algún día encuentre una mujer que esté dispuesta a aceptarme tal como soy, que no me pida renunciar a las mujeres que amo y por supuesto, que los dos estemos completamente seguros de que nuestra relación esté basada en el amor perdurable y no en el enamoramiento que a mi juicio es peligroso y fugaz… Por supuesto, esa es mi posición muy personal y el hecho de que por ahora considere que el matrimonio no es una opción para mí, no quiere decir que no esté de acuerdo con la decisión que ustedes tomaron y de todo corazón les desee que sean muy felices y me den pronto muchos sobrinos”. A continuación, se puso de pie y brindó por la pareja. Con la copa en alto, Nando y Marietta se miraron con una sonrisa de complicidad y entendimiento que pasó desapercibida para los novios.

***

Cada tres meses y con el propósito de ofrecer variedad y entretenimiento de calidad a la clientela del Atlantis, Simón presentaba durante un fin de semana un espectáculo diferente con un cantante, una orquesta o un grupo musical de moda y reconocimiento internacional. En mayo de ese año había presentado a Dámaso Pérez Prado y su orquesta de mambo; para agosto, había firmado contrato con la internacionalmente reconocida orquesta colombiana del maestro Lucho Bermúdez; y estaba en negociaciones con la famosa cantante cubana Celia Cruz para presentarla en octubre. Cuando había show internacional, el elenco permanente del Atlantis disfrutaba lo que todos llamaban “vacaciones dosificadas”. Así pues, durante el fin de semana en que se presentó Pérez Prado, Nando había invitado a Lorena a disfrutar el fin de semana en una casa que le prestó un colega nicaragϋense en las playas de Poneloya, cercanas a la Ciudad de León.

Lorena Benítez, dos años mayor que Adriana, era bailarina y eventualmente cantante, en parte por afición y en parte por necesidad, a diferencia de su amiga cuyo propósito de vida estaba centrado en la expresión artística. Lo anterior no impedía que sus actuaciones en el escenario estuviesen marcadas por la pasión, la alegría y el entusiasmo casi infantil que ponía en toda actividad que emprendía. Poseía una clásica belleza rubia, proveniente de un ancestro escandinavo por línea materna, en la que destacaban el dorado de sus cabellos que lucía muy cortos y acentuaban el brillo azul oscuro de sus ojos enormes que daban la impresión de ingenuo asombro ante las cosas simples y hermosas de la vida.
La joven que había perdido a sus padres en el terremoto del año 72 se vio obligada a posponer sus planes de estudiar sociología y buscar empleo para ganarse el sustento. Inicialmente, consiguió un puesto como secretaria en una oficina de abogados, y poco después se vinculó al Ballet Folclórico de Nicaragua, que fue su puerta de entrada al elenco permanente del Atlantis.
Desde febrero de 1976, gracias a una beca que ganó por concurso de méritos, había podido iniciar su carrera de Sociología en la UNAN. A los pocos días de su ingreso a la universidad, se había vinculado a un comité estudiantil antisomocista que había organizado Raúl Méndez, un profesor sandinista de la facultad de sociología, que usaba la academia como fachada para promover la subversión y encubrir sus actividades como miembro del grupo tercerista que recibía órdenes de Edén Pastora y era conocido con el nombre clave de Vigorón.
Apasionada y un tanto ingenua en el amor, Lorena era de ese tipo de mujeres que fácilmente se enamora. Como suele suceder en estos casos, la joven se creaba grandes expectativas y daba desde el principio mucho más de lo que recibía en una candorosa entrega. Por ello, a su edad exhibía una cadena de varios amores intensos, relativamente breves y, en todos los casos, con final decepcionante.
Lorena y Nando se habían conocido dos meses antes, un viernes temprano en la noche jugando en el casino del Atlantis; ese día ella no bailaba por causa de un esguince en el tobillo. Después de un rato en el cual Lorena había tenido buena suerte en el Black Jack y Nando había perdido algunos dólares, éste que se sentaba a su lado la había invitado a una copa en la barra. Lo primero que descubrió Lorena en Nando, y lo hacía parecer como un hombre diferente a todos los que había conocido antes como clientes habituales del Atlantis, fue la forma admirativa pero limpia en que la miraba a los ojos y el comportamiento caballeroso con el cual desde el primer momento la hizo sentir como una dama dando a entender que sus intenciones no eran las de llevarla a la cama sino más bien la de conocerla y establecer con ella una amistad.
Pronto descubrieron que tenían muchos intereses comunes y que entre ambos había empatía y se sentían cómodos el uno con el otro. Poco antes de media noche, él había sugerido que fuesen a la Plaza Garibaldi de Managua, un lugar que en su época era sitio concurrido por jóvenes que escuchaban grupos de mariachis, música de cuerda y marimba, mientras consumían cerveza o licores nacionales acompañados por deliciosos platillos típicos en torno a rústicas mesas de madera, al aire libre, en un ambiente alegre y festivo que se prolongaba hasta el amanecer. Esa noche marcó la pauta de futuros encuentros y entretenidas charlas en las cuales parecía que el principal objetivo era conocerse cada vez más entre sí. De sus primeras salidas, Lorena recordaba que en todo momento Nando se había portado con la más absoluta corrección y nunca había intentado propasarse, como era lo corriente entre todos los hombres que por razón de su trabajo había conocido en los últimos años; pero también era evidente que ella le gustaba a Nando y reconocía que cada vez más se sentía poderosamente atraída por la personalidad, el ingenio, la simpatía y la inocultable virilidad del colombiano.
Al mes de conocerse todo parecía indicar que la relación entre Nando y Lorena no pasaría del plano de una excelente amistad entre dos personas compatibles, que gozaban de la mutua compañía y compartían momentos agradables en diferentes restaurantes y sitios turísticos de Managua y sus alrededores. Lorena se sentía muy a gusto en el papel de cicerone y con su alegría y su espontáneo sentido del humor contribuía a que todos sus encuentros fuesen memorables… Pero la joven, en lo más íntimo de su corazón, anhelaba que Nando se decidiese a dar un primer paso que les permitiera pasar de la amistad al romance. Una tarde en que compartían una copa de helado en la piscina del Hotel Intercontinental, en vista de que el colombiano no había tomado ninguna iniciativa en la dirección deseada, lo hizo Lorena que le lanzó una pregunta a quemarropa: “¿Qué piensas del amor?”.
Sin darse cuenta, Lorena había dado pie para que Nando se explayara en una larga explicación, sobre su propia vida amorosa, totalmente diferente a lo que ella hasta entonces había creído era una relación tradicional de pareja. Con una honestidad y una franqueza que no había conocido Lorena en ningún hombre, Nando le había hablado de Marietta Gruber a quien se refería como “mi maestra” y de la forma en que esa mujer le había ayudado a entender el amor tal como lo veía en ese momento y lo había practicado en los últimos años. Hizo énfasis en el hecho de que nunca había terminado una relación amorosa, sino que había dejado que estas mutasen a lo largo del tiempo en el entendido de que todas para él tenían como punto de partida la amistad. La lista de nombres era muy larga, pero en ella destacaban, aparte de Marietta, dos mujeres que vivían en Boston y le habían dado dos hijas, para entonces de siete y ocho años, a las cuales Nando adoraba…
El monólogo de Nando no fue interrumpido en ningún momento por la cada vez más sorprendida Lorena cuyas expectativas de romance, al menos como lo había imaginado, se iban diluyendo gradualmente… a pesar de sus esfuerzos por ocultar su frustración, Nando que la había captado, terminó diciéndole: “Quiero dejarte muy claro, que el tiempo que hemos pasado juntos desde que nos conocimos ha sido para mí excepcional; no puedo negar que tú me fascinas y que me siento muy feliz de poder contar con tu amistad, pero he creído mi obligación contarte lo que ha sido mi vida y dejarte clara mi posición respecto a las relaciones amorosas; también quiero que sepas que según mi forma de ser, puedo asegurarte que te amo y por ello, lo último que quiero es herirte o engañarte. Ya sabes qué es para mí una burbuja de amor; y en esencia desde que te conocí he procurado darle vida a esta burbuja. Lo único que me resta es pedirte que decidas si estás dispuesta a seguir construyendo conmigo esta relación, dejando que sean el tiempo y las circunstancias las que determinen como deberá evolucionar”.
Cuando Nando terminó su explicación, Lorena comprendió que no había nada que preguntar, pues todo había sido dicho en forma clara y éste había presentado sus opiniones y relatado lo esencial de sus múltiples relaciones con absoluta naturalidad y como algo que para él era perfectamente normal; no obstante, reconocía la honestidad de Nando, encontraba la validez de algunos de sus argumentos y entendía que tal como él lo había expresado ya existía entre ambos lo que él llamaba una burbuja de amor y que por lo tanto era a ella a quien correspondía definir si continuaba o no con esa extraña relación. En realidad si no había preguntas por formular, había en cambio mucho sobre lo cual reflexionar. Nando que conocía el impacto que sus palabras solían producir en las mujeres, especialmente cuando captaba que éstas empezaban a enamorarse de él, respetó el silencio de la joven, conciente de que ella necesitaba tiempo para poner en orden sus ideas… Después de un buen rato, Lorena le había dicho: “Te agradezco que hayas sido franco conmigo; lo que hemos vivido hasta el momento ha sido para mí maravilloso, pero lo que tú planteas es completamente nuevo para mí y me cuesta asimilarlo… creo que necesito tiempo para pensarlo; por favor ¿podrías llevarme a mi casa?”.
Una vez a bordo del flamante Audi de Nando, Lorena había aceptado un cigarrillo que le ofreció, y reclinada en el asiento, había cerrado los ojos para adentrarse en sus confusos pensamientos. Media hora después, frente a su casa, Lorena se había girado hacia Nando a quien sorprendió con un impulsivo y apasionado beso en los labios y se había sorprendido a sí misma con la audacia de sus propias palabras: “No sé si puedo entender completamente la forma en que tú ves el amor; tampoco sé si estoy enamorada de tí o te amo; lo cierto es que no quisiera que algo tan lindo como lo que hemos vivido se termine simplemente porque no lo puedo entender completamente. Dame tiempo…”.
Al día siguiente, Lorena había recibido un hermoso ramo de rosas con una tarjeta en la cual había impreso un fragmento de un poema de Dick Suplen:

Ámame sin temor
Confía en mí sin cuestionarme
Ámame sin preguntarme
Deséame sin inhibiciones
Y ámame sin restricciones,
Pues un amor así de grande
Nunca morirá.

Debajo del impreso, de puño y letra Nando había agregado:

Si me amas como dice el amigo Dick
Yo juro amarte hasta que la muerte nos separe
Sin preguntarte nunca que haces
Ni porque lo haces, ni con quien lo haces
Respetando siempre tu ser y tu libertad de mujer
Evita por favor enamorarte de mí
Pues ese sería el único veneno
Capaz de matar la pureza y la intensidad de mi amor.

La tarjeta y su expresivo contenido habían ayudado a Lorena a comprender, finalmente, que estaba dispuesta a intentar esta nueva forma de vivir el amor en compañía de Nando; por ello había aceptado la invitación de éste a pasar un fin de semana en la playas de Poneloya, cuyo recuerdo quedaría para siempre en la memoria de la joven como el grato recuerdo que las mujeres suelen guardar de su viaje de bodas.

Esa noche después del show, Lorena se cambió rápidamente y regresó a la barra con la intención de reanudar su charla con Braulio, pero éste acababa de marcharse “medio encachimbado”, según le indicó el negro, que se apresuró a servirle una copa de vino; en ese momento sonó el teléfono con la inesperada llamada de Nando, que definitivamente le alegró el resto de la noche a la joven bailarina. Después de consumir el vino, sumida en sus pensamientos, decidió que lo mejor era regresar a su casa para amanecer fresca al día siguiente. Minutos después, al volante de un Mercedes Benz modelo 42 de color blanco y en perfecto estado, que había pertenecido a su padre, recorría los pocos kilómetros que la separaban de la pequeña casa de alquiler que desde hacia dos años compartía con su madre y su hermano enfermo, a orillas de la carretera sur, lejos de la falla geológica del centro de la ciudad y cerca a la embajada del Brasil. “Definitivamente – se dijo para si misma – Nando es un hombre adorable pero completamente atípico, impredecible y fascinante”.

***

INCAE, domingo 11 de junio de 1978

En la mañana, la euforia de Nando contrastaba con la expresión de aburrimiento y frustración de Braulio por su fracasada incursión de la noche anterior; por ello, después de escuchar sus quejas y recomendarle que tuviera paciencia, le recordó una frase que había aprendido de Marietta y repetía constantemente. “Los buenos amantes son pacientes”. Después, para subirle un poco el ánimo, le entregó las llaves del Audi, le hizo un croquis con indicaciones para llegar a Jiloá y le recomendó que disfrutara al máximo su visita al hermoso lugar. Cuando su cuñado hubo partido, Nando dedicó el resto de la mañana a revisar los originales de su tesis que su secretaria había mecanografiado durante la semana. Alrededor del medio día llegó Lorena radiante y sensual vestida con un short y una blusa con un sugestivo escote, portando una botella de vino tinto y una canastilla, de la cual extrajo y colocó sobre la mesa del comedor un apetitoso suflé de carne, dos barras de pan francés recién horneado y una ensalada verde, ante la mirada divertida de Nando. Después, con su picardía natural y con acariciador tono de voz le susurró: “Esto es para después, por ahora destapa la botella de vino”…

El sol comenzaba a declinar y los dos bañistas se disponían a regresar relajados y tranquilos a la casita de Nando cuando éste fue avisado por uno de los vigilantes de una llamada telefónica que podría contestar en cualquiera de los teléfonos del edificio principal. La llamada era de Braulio cuyo tono de voz denotaba una alegría y un entusiasmo muy distintos al estado de ánimo que había mostrado en la mañana. En esencia, le anunciaba que llegaría tarde en la noche o, si las cosas seguían marchando como el creía, temprano en la mañana; pues “Definitivamente se me compuso el día; cómo te parece que Adriana Harrison es la profesora de guitarra de las hijas de Aníbal y desde el comienzo hubo química entre los dos; ahora vamos a navegar en un bote de vela y ella nos invitó a cenar en su cabaña que queda al lado de la casa de Aníbal, quien tuvo que viajar de urgencia pues…”.
Aparte de las peripecias de Braulio con la vedette, en las cuales le deseó la mejor de las suertes, a Nando le interesó sobre manera un dato que, sin darse cuenta, le proporcionó su cuñado y que registró mentalmente para incorporarlo al reporte que recogerían al día siguiente para ser remitido a Washington.
Después de que Lorena se marchó, según le dijo, a estudiar para un examen que presentaría al día siguiente, Nando regresó a su oficina abrió el sobre y agregó a su informe lo siguiente:
“P.S: Dos empresarios nicaragüenses, Aníbal Argüello y Vicente Arce viajaron a Costa Rica en la noche de hoy domingo 11 de junio, para reunirse con miembros del sector empresarial, con políticos opuestos al régimen y con líderes de la facción tercerista del FSLN en San José. Al parecer, su intención es diseñar una estrategia para contrarrestar los efectos de una actividad de cabildeo que realizará en Washington el General Ulises Baltodano, jefe de seguridad del gobierno y enviado especial del presidente Somoza, entre los sectores más conservadores del senado…”

Punto de Quiebre – Capítulo III

Por : kapizan
En : Capítulo III - Adriana, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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III
ADRIANA

Managua, sábado 10 de junio de 1978

Ese sábado, a las nueve de la noche, Adriana tomó una ducha en el baño de su camerino, se frotó el cuerpo escultural con una toalla, se enrolló otra como un turbante envolviendo su húmeda cabellera, se puso la ropa interior, se cubrió con un albornoz, se instaló en una cómoda silla forrada en cretona, encendió un cigarrillo que aspiró con fruición y esperó la llegada de Juanito, el bailarín, que entre sus muchas habilidades poseía la de estilista y maquillador. Pocos minutos después, tres golpes suaves en la puerta le indicaron la llegada del joven gay, que se había convertido en su único amigo, confidente, consultor del tarot e interprete de sueños. El joven, esbelto y delicado, con un rostro casi femenino que había enamorado perdidamente a Simón, entró alegre y sonriente, revoloteó en el camerino colocando en su sitio algunas cosas, mientras le reñía a su amiga con voz afectada:
― Cuando aprenderás a ser ordenada niña, que horror…
― No me regañes Juanito que hoy no estoy para oír tu cantaleta, más bien quiero que me interpretes un sueño que tuve hoy al amanecer y que tiene que ver con un tipo que vino anoche y me impresionó mucho por su parecido a Lissandro…
― ¿Cuando piensas aceptar de una vez por todas que Lissandro está muerto? – Interrumpió Juanito – mejor cuéntame
que fue lo que soñaste; porque si tiene que ver con ese profesor, debe ser muy interesante porque el tipo es divino… hoy se lo encontró Lorena que pasó toda la tarde con Baltodano, que asco, pero cuenta, cuenta, cuéntamelo todo…
― Siempre me has dicho que Lissandro es un fantasma en mi vida. En realidad, nunca le he dicho a nadie lo que Lissandro significó para mí, ni las circunstancias de nuestra relación y de la forma en que murió. Creo que ha llegado el momento de empezar a exorcizar ese fantasma, contándote nuestra historia – reconoció Adriana, que le ofreció un cigarrillo a Juanito. El joven, sacó del bolsillo una pitillera de marfil, colocó el cigarrillo en su extremo; le ofreció fuego a Adriana con un pequeño mechero de oro, encendió el suyo, aspiró con delectación y se sentó en el borde de la cama de su amiga, dispuesto a escuchar.

La joven comenzó relatando su feliz infancia en Londres; la excelente relación que tuvo con sus hermanos y con sus padres; el duro golpe que significó para ella la partida de Max; sus estudios secundarios en un colegio de señoritas; y como, con el apoyo total de su padre, había ingresado a la prestigiosa academia de música y canto que dirigía Lissandro Moreira. Cuando terminaron de fumar, Juanito interrumpió el relato de Adriana para sugerirle:
― Creo que es mejor que te sientes frente al tocador para arreglarte – y uniendo la acción a sus palabras esperó a que Adriana se acomodara, le quitó el turbante, encendió una secadora de pelo y se colocó a espaldas de la joven, que permaneció en silencio, permitiendo que el sonido monocorde del aparato arrullara sus pensamientos para organizarlos y contárselos a su amigo en forma sucinta y coherente…

Cuando conoció a Lissandro, Adriana acababa de cumplir los 18 años y nunca hasta entonces había encontrado entre los jóvenes de su edad, ninguno que le llamase la atención para establecer una relación amorosa. Estaba convencida de que cuando vio por primera vez a quien llegaría a ser su maestro, su amante y su prometido, se había enamorado profundamente del portugués, 15 años mayor que ella, muy apuesto, seguro de sí mismo, poseedor de una voz perfectamente modulada que le imprimía un tono romántico y seductor a todo lo que decía y capturaba la atención de su interlocutor mientras lo miraba con unos ojos que parecían dispuestos a penetrar el alma y a ejercer un sutil dominio sobre quien lo escuchase. Con su mirada, podía cautivar a un auditorio hasta embelezarlo con su voz de barítono cuando interpretaba canciones en varios idiomas. Cuando Adriana le describió a Juanito el aspecto físico de Lissandro, éste se apresuró a decir: “Ahora entiendo porque te impresionó tanto el personaje de INCAE, pues tal como pintas a Lissandro uno podría pensar que se parece tanto a él como Roberto a Max”; a lo cual replicó Adriana: “No fue tanto el parecido físico como la intensidad y la fuerza de la mirada lo que me impresionó en ese hombre; hubo un momento en que tuve la sensación de que era el mismo Lissandro que había resucitado para verme actuar. Me afectó tanto, que a eso atribuyo el sueño que te conté, pues me sentía que estaba bailando tango con Lissandro pero en un momento se me convertía en ese individuo y dejaba de ser Lissandro para ser él. El sueño fue muy erótico y en un momento mi pareja, no podía precisar si se trataba de Lissandro o el otro, me desvestía con delicadeza y quedaba completamente desnuda pero de mi cuello colgaba el aderezo de plata que me regaló Lissandro cuando cumplí 21 años y que no he usado desde su muerte. Ese aderezo es para mí como un amuleto y lo mantengo en mi tocador colocado sobre un busto de terciopelo negro, como en las joyerías…”
Juanito que escuchaba con mucha atención los detalles del sueño que le narraba su amiga, tuvo de repente una idea que no quiso compartir en ese momento con ella; y con la mayor naturalidad, le dijo:
― Discúlpame un momento ya regreso. Mientras tanto, ordena tus ideas para que me puedas contar en detalle tu relación con el portugués.
Juanito salió apresuradamente del camerino y se dirigió a la puerta del extremo izquierdo, por la que acostumbraban entrar los demás bailarines, se acercó al Honda Civic de Adriana que estaba parqueado frente a la puerta posterior de su camerino, tocó suavemente el hombro de Bernardo – un joven mulato, atractivo y fornido, sobrino de Ninfa, que se había convertido en chofer, guardaespaldas y factotum de Adriana que le había contratado desde que inició su trabajo en el Atlantis y cambió su residencia por la cabaña en Jiloá ― y le dijo:
― Negrito, tenemos una urgencia, Adriana se está arreglando en este momento y recordó que había olvidado traerse un aderezo divino que tiene en su alcoba. Lo verás fácilmente sobre un busto de terciopelo encima de su tocador. Necesitamos que vueles amorcito hasta Jiloá y que lo traigas antes de una hora. Vuela corazón, vuela como si fueras un Fittipaldi.
Bernardo que captó de inmediato la urgencia del encargo, encendió el motor y arrancó para bordear el edificio. Cinco minutos más tarde conducía el Honda a 120 kilómetros por hora rumbo a la cabaña.
Cuando el negro partió, Juanito regresó al camerino y sin decirle nada a Adriana reanudó su labor de embellecimiento mientras escuchaba el relato de su amiga.

Menos de una semana había bastado para que Lissandro descubriese el talento natural de Adriana para la música y el canto y para que comenzase a verla como la hermosa mujer que era. Convencido de que la joven podría llegar a convertirse en una gran actriz, le dedicó más tiempo que a sus demás alumnos y en breve se dejó arrastrar por un sentimiento amoroso que fue desplazando, poco a poco, la dolorosa experiencia de un reciente divorcio que lo había dejado bastante escéptico frente al amor. Lissandro era un excelente bailarín de tango y pronto entusiasmó a Adriana para que aceptase ser su pareja y se dispuso a entrenarla con el propósito de que le acompañase en el próximo verano a participar en un concurso de tango que se realizaría en la Isla de Capri.
Desde entonces estuvieron practicando cuatro horas diarias hasta lograr una compenetración impresionante y la armonía que sólo se logra en una pareja cuando hay un acople perfecto y una auténtica expresión corporal y facial que refleja el ritmo, la letra y el sentimiento de la pieza que se está bailando. Esta cercanía sirvió para que se conociesen a fondo y surgiese entre ambos una maravillosa relación amorosa que llegó a su punto culminante tres años después cuando Lissandro habló formalmente con los padres de Adriana para pedir su mano.
La mirada evocadora de Adriana, que se reflejaba en el espejo del tocador, mientras le relataba a Juanito los detalles de sus clases de tango, hizo que éste aprovechara una pausa de su amiga para preguntar:
― ¿Y que pasó en Capri?
Adriana, giró en redondo, sus labios se ampliaron en una hermosa sonrisa, miró directamente a los ojos de Juanito y le dijo:
― Esa noche ganamos el concurso, celebramos con champaña y por primera vez hice el amor con Lissandro. Lissandro fue mi primer hombre y desde entonces, aún después de su muerte, ningún otro me ha despertado sentimiento alguno…
― ¿Hasta anoche? – preguntó Juanito con una sugestiva mirada ―.
Adriana se sonrojó, hizo caso omiso de la insinuante pregunta y continuó su relato.

El lunes 16 de septiembre de 1974, fue el día más feliz en la existencia de Adriana. Cuando pensaba que pasaría su vigésimo primer cumpleaños en casa con sus padres y Roberto en una sencilla celebración familiar recibió, a las diez de la noche, una inesperada sorpresa: Lissandro quien le había anunciado que no podría acompañarla en su cumpleaños pues regresaría de París el miércoles después de asistir a un concierto, se presentó de improviso frente a la residencia de los Harrison con un grupo de alumnos de la academia que rompieron el silencio de la noche con una hermosa serenata. Sus padres, en complicidad con Lissandro, tenían todo preparado para una fiesta en forma. A mitad de la noche, Lissandro golpeó una copa con una cucharita para imponer silencio, y con voz emocionada, le pidió a la sorprendida Adriana que aceptara ser su esposa y colocó en su dedo un hermoso anillo de diamantes como prenda de compromiso. Acordaron que se casarían en el verano siguiente e iniciarían su viaje de bodas en Río de Janeiro, ciudad en la cual pensaba radicarse Lissandro pues había heredado una valiosa propiedad y una fuerte suma de dinero de una tía fallecida pocos meses antes.
En octubre de ese año, se anunció la realización del concurso “New Talents” y Lissandro decidió componer la música para la canción que había creado Adriana con el nombre en español de “Hasta Siempre” e inició una intensiva preparación de la joven que debutó ante las cámaras el 20 de diciembre y ganó sin ninguna dificultad el primer premio.
Lamentablemente, el cuento de hadas terminó, transformado en dolorosa tragedia. El futuro promisorio de Adriana y todos sus planes con Lissandro, se hicieron añicos en la noche de año nuevo que resultó funesta. El maestro Moreira y el profesor Harrison, que se habían hecho muy amigos, decidieron ir hasta la academia a recoger unas botellas de vino francés que había traído Lissandro de París para festejar el año nuevo. Nunca regresaron. Al cruzar una calle el auto de Lissandro fue envestido por un camión que conducía un borracho y los dos murieron instantáneamente.

Adriana poseía una facilidad natural para los idiomas; aparte del español y el inglés que dominaba a la perfección, había aprendido portugués, francés e italiano con Lissandro y tenía muy buenas bases en estos tres idiomas. Por ello al llegar a Managua enfocó sus esfuerzos a conseguir profesores privados en las tres lenguas. Por naturaleza apasionada y emotiva, el dolor por la doble pérdida había tallado en su personalidad una coraza de aparente frialdad, con la cual se mostraba insensible y distante ante el asedio de sus múltiples admiradores.
Rubiela Sacasa, su profesora de francés, era una mujer de mediana edad que había vivido 30 años en París y aparte de dictar clases privadas, se había hecho cargo ese año de la dirección del Ballet Folclórico de Nicaragua; por tal razón, al conocer los antecedentes musicales de Adriana, se sintió feliz de que ésta aceptase su invitación para integrar el grupo de bailarines y dispuesta a actuar como cantante en un espectáculo que estaba montando para una gran presentación en el moderno teatro Rubén Darío, situado a orillas del lago en el sector que había sido destruido por el terremoto. La presentación, en mayo de 1976 en el Rubén Darío fue un éxito; pero significó para Rubiela la pérdida de tres de los mejores integrantes de su grupo: Lorena Benítez, Adriana Harrison y Juanito Chávez un joven rubio de origen venezolano a quien le había cobrado mucho aprecio por su habilidad para montar coreografías y su maestría como estilista y maquillador.
El contrato de Adriana con el Atlantis significó algunos cambios en la rutina que había establecido con sus hermanos en la casa de Bolonia. Por sugerencia de Aníbal Argüello, se había trasladado a una preciosa cabaña de madera de dos pisos situada en la propiedad del empresario en la Laguna de Jiloá. Su habitación en el segundo piso ofrecía a través de un amplio ventanal una bellísima vista del lago, que la inspiraba para crear la letra de sus canciones. Desde su llegada a Jiloá, María José y Maribel la vieron como una hermana mayor a la que admiraban y de quien querían aprender su arte musical. Adriana se convirtió entonces en profesora de guitarra de las dos hermanas y en poco tiempo conformaron un trío que deleitaba inmensamente al orgulloso Aníbal, que no perdía oportunidad de exhibir las habilidades de sus hijas ante sus amistades.
Cuando Adriana le contó a Juanito la forma trágica e inesperada en que habían muerto su padre y Lissandro, se sorprendió a sí misma al comprobar que no había llorado al poner en palabras lo que antes anegaba sus ojos con sólo recordarlo. Juanito, que era muy perceptivo notó la serenidad en el rostro de la joven y sin hacer ningún comentario al respecto, enrumbó la conversación hacia las remembranzas de lo que había sido el periodo en el Ballet y su amistad con Lorena; sólo al final cuando la notó completamente distendida, comentó mientras daba los últimos toques al maquillaje de la vedette y le ayudaba a escoger el traje que luciría esa noche, y le dijo:
― El sueño que tuviste, no necesita una interpretación muy profunda. Simplemente es el reconocimiento subconsciente de que el galán de INCAE te impresionó con su presencia. Esperemos lo que suceda más adelante. Por mi parte, algo me dice que entre ustedes dos están dadas las condiciones para iniciar un romance…
― No vayas tan rápido Juanito – le interrumpió Adriana con un gesto que pretendía apartar de su mente la imagen del apuesto personaje ―. Esperemos, como tú dices, lo que suceda más adelante.

***

A esa misma hora, al otro lado de la ciudad, un Mercedes Benz negro con placas oficiales y precedido por un motociclista uniformado, se detuvo frente a una lujosa residencia de dos pisos en el exclusivo barrio Las Colinas a la altura del kilómetro 10 de la carretera a Masaya. Un joven oficial descendió rápidamente del Mercedes para abrir la puerta trasera a su jefe inmediato, el general de división Ulises Baltodano Garcés. El general bajó del auto, respondió mecánicamente el saludo militar de su subalterno y se encaminó hacia la puerta principal que acababa de abrir un sirviente negro que se apresuró a tomar su gorra y su bastón de mando.
El rostro de contrariedad de Baltodano fue señal suficiente para que el negro no hablara y se limitara a una leve inclinación de cabeza mientras cedía el paso a su malhumorado patrón. El motivo de su molestia se originaba en las órdenes que dos horas antes había recibido de Somoza, quien le había citado a Montelimar forzándole a suspender su tarde de esparcimiento en Las Leyendas en compañía de Lorena, la bailarina del Atlantis, precisamente cuando tenía la intención de convertirla en aliada para conquistar a la hermosa pero fría y distante Adriana Harrison. Estaba convencido de haber encontrado la fórmula para ganarse el apoyo de la rubia. Pero todo se había frustrado.
En otras circunstancias se hubiese sentido orgulloso de la importante misión diplomática que Tacho le había encomendado para cumplir en Washington en donde tendría que hacer un fuerte cabildeo entre los senadores y gestionar ayuda militar para su gobierno ahora que los Sandinistas estaban arreciando en sus ataques al régimen y el tradicional apoyo del gobierno norteamericano a la dictadura estaba en su punto más débil. Lo que le enfurecía era tener que posponer lo que él consideraba su objetivo inmediato en el plano personal: convertir a la codiciada vedette, en su esposa.
El iluso general había confundido la actitud de Adriana con una estrategia de ésta para hacerse la inalcanzable y estaba convencido de que con paciencia y constancia finalmente lograría su propósito, pues se consideraba a sí mismo como poseedor de los tres atractivos que suelen ser irresistibles para la mayoría de las mujeres: poder, dinero e inteligencia. Y él incuestionablemente ejercía un amplio poder en Nicaragua; era dueño de una gran fortuna en bienes raíces y tenía una cuenta con varios millones de dólares en un Banco Suizo; aparte de que se consideraba muy inteligente. En realidad Baltodano era muy astuto… y la astucia, como dijo alguien, es la inteligencia de los brutos. Esa noche, tendría la oportunidad de hacerle una demostración de su poder, pues había invitado al presidente del Banco Central y a su esposa, con lo cual, pensaba, le daría un toque de elegancia a su encuentro con Adriana quien no podría menos que impresionarse con el nivel social del círculo de sus amistades, al que tendría acceso una vez convertida en señora de Baltodano.
Al llegar a su habitación, el general decidió darse una ducha rápida y rasurar su cerrada barba negra que le daba sombra a un rostro cetrino de facciones angulosas, con nariz y mentón prominentes y le infundían el perfil mefistofélico, que aumentaba con la mirada centelleante de sus ojos negros, pequeños y hundidos a cuya mirada nada escapaba. Meticuloso y rutinario en sus costumbres, extrajo de una gaveta un estuche de metal forrado en cuero que acusaba largos años de servicio y que al abrirlo exhibía siete navajas de afeitar, depositadas en sendas ranuras, cada una marcada con un día de la semana en alemán. Escogió la navaja marcada con la palabra sonnabend (sábado), la afiló frotándola con una tira gruesa de cuero desgastada por el uso, cogió una brocha de pelos de marta, vertió un poco de agua en el tazón de porcelana que contenía jabón sólido y formó un grueso copo de espuma que aplicó profusamente sobre sus alargadas mejillas. Inició entonces, con movimientos precisos, el ritual que practicaba a mañana y tarde, cuando tenía un compromiso nocturno, de pasar con firmes movimientos la afilada navaja hasta lograr una afeitada impecable.
El estuche con las navajas había pertenecido a su padre, el coronel Jesús María Baltodano. Un aventurero español que había llegado a Nicaragua después de la primera guerra mundial, y se había ganado la vida recorriendo los países de América Latina con un espectáculo en el que hacía gala de sus dos más destacadas habilidades: una puntería impresionante que le permitía destrozar en el aire tres monedas lanzadas antes de que cayeran al suelo o apagar un puro encendido a 25 metros de distancia, mientras lo sostenía una mujer en la boca; y su destreza para conducir a galope tendido un caballo mientras disparaba sobre blancos fijos o móviles sin errar un solo tiro o enlazando novillos y variados objetos tan difíciles de acertar como una botella o una sandía.
La mujer, que hacía pareja con Baltodano y lucía con él ropas del salvaje oeste norteamericano mientras éste actuaba como un vaquero, era Celina Garcés, una putilla de 17 años que el español había encontrado en un burdel de Managua, en donde cantaba y bailaba. El pistolero la entrenó a conciencia, la hizo su amante y después de que le dio un hijo, se casó con ella y la hizo respetable. Su fortuna cambió favorablemente cuando el viejo Anastasio Somoza García, impresionado por su destreza, le ofreció trabajo en su guardia personal.
El astuto aventurero, rápidamente se granjeó el favor de Somoza quien al año de tenerlo bajo su servicio, le concedió el rango de coronel honorario de la Guardia Nacional y lo nombró instructor de tiro de sus oficiales. Con el tiempo, se hizo amigo personal del general y empezó a ocupar otros puestos que le permitieron acumular una gran fortuna. Ulises su único hijo, heredó sus habilidades y logró llegar a ser elemento clave al servicio de la dinastía, después de concluidos sus estudios en la prestigiosa academia militar de West Point, en donde se graduó junto con Tachito, el hijo del dictador, y regresó como él para hacer una fulgurante carrera en la Guardia Nacional Nicaragüense. Al igual que su padre, Ulises llegó a ser amigo y consultor de Tachito, quien confiaba ciegamente en sus dos capacidades naturales: la primera, como organizador de su red de inteligencia; y la segunda, como hábil negociador que se desenvolvía con soltura en los centros de poder de Washington.
Baltodano quería poner fin a su viudez, que ya completaba catorce años; y en su cerebro calculador, la candidata ideal era Adriana: hermosa, inteligente, políglota – excelente condición para la esposa del futuro embajador en Washington, cargo que Somoza le había prometido y para el cual la misión encomendada, era el preludio ―, y más importante que todo, la vedette no mostraba ningún interés en acceder a las pretensiones de una gran cantidad de galanes, lo cual era para el general una cierta garantía de fidelidad.
Su primera esposa, Alcira Rodríguez, fue una hermosa joven dominicana que había conocido en Santo Domingo mientras se desempañaba como agregado militar, en la época de la dictadura de Trujillo y con la cual vivió diez años, hasta que Alcira puso fin a su vida cortándose las venas. Se rumoraba que el propio Baltodano, la había llevado al paroxismo de la desesperación, al tenerla encerrada y vigilada durante un año en su casa de Las Colinas, después de que supo que su joven esposa se había convertido en la amante de un apuesto ginecólogo nicaragüense; y que al pobre hombre, Baltodano le había urdido un expediente falso como agitador comunista, lo había hecho apresar, torturar hasta la muerte y lo había arrojado como a tantos otros en la Cuesta del Plomo.
Cuando la esposa de Baltodano se suicidó, Lorenzo, el único hijo de la pareja era un niño de ocho años que había heredado las finas facciones y el cabello rubio de su madre y que con el tiempo desarrollaría la crueldad, la ambición y la astucia de su padre. Lorenzo que había sido enviado a una escuela privada en Suiza, había mostrado inclinación por la carrera militar y Baltodano, con el apoyo de Somoza había logrado que el muchacho fuese aceptado y se graduase en la prestigiosa academia militar francesa de Saint-Cyr. En 1977 había regresado a Nicaragua para ser incorporado a la Guardia Nacional, con el rango de Subteniente como miembro del batallón especial contra actividades terroristas (BECAT), unidad de tropas de élite de reciente creación que efectuaba constantes patrullajes motorizados en las principales ciudades del país.
Alrededor de las diez de la noche Baltodano, vestido con una guayabera blanca de manga larga, pantalón negro, botines de charol y las recién afeitadas mejillas bañadas con una exagerada cantidad de loción que anulaba el efecto discreto y agradable de una mejor dosificación, se instaló en el asiento posterior de su vehículo particular, cuya puerta le abrió, con gesto servil, un gigante que le servía como único guardaespaldas en las noches en que el general, intentando pasar de incógnito, frecuentaba El Atlantis, de donde salía al amanecer hacia un burdel propiedad de un viejo sargento retirado que le proporcionaba jovencitas para satisfacer sus depravaciones.

***

El joven mandadero regresó de Jiloá con el aderezo, en el preciso instante en que Baltodano salía del establecimiento seguido por el gigantesco gorila, después de haber coordinado personalmente con Simón, la compañía de Adriana en su mesa a la cual regresaría antes de media noche junto con sus importantes invitados a quienes debería recoger después de una recepción en la embajada del Uruguay.
Mientras cruzaba lentamente el parqueadero, Bernardo aferró con fuerza el timón del Honda hasta que sus nudillos se pusieron blancos y apretando los dientes con furia se dijo para sus adentros: “Si tuviera una pistola, en este momento le pegaba siete tiros a éste hijo de la gran puta”.
El motivo de su odio hacia el oscuro personaje era explicable: dos años antes, durante la represión del régimen posterior al asalto de navidad, su padre, un inofensivo propietario de un pequeño taller de reparación de vehículos en Masaya, fue injustamente denunciado como auxiliador de los Sandinistas por un somocista, propietario de un taller vecino, que quiso eliminar en esta forma la competencia.
El pobre hombre fue capturado, interrogado y torturado con brutalidad y saña. Sólo resistió 24 horas en manos de los crueles inquisidores de Baltodano, pues su débil corazón se paralizó con un infarto librándolo de mayores penurias. Su cadáver fue arrojado a la Cuesta del Plomo, en donde lo encontró el propio Bernardo ocho días después en avanzado estado de descomposición, con los dientes, las uñas de los dedos de las cuatro extremidades arrancados, y con señales de quemaduras de cigarro en todo el cuerpo. El muchacho que para entonces tenía 19 años y era hijo único, huérfano de madre, fue recogido por su tía Ninfa que con la anuencia de Aníbal lo llevó a vivir en la casa de Jiloá. Por esas fechas, Adriana se fue a vivir a la cabaña y tuvo la idea de contratarlo para que se encargase del cuidado de su cabaña, de hacerle mandados y diligencias bancarias; y para que la acompañase, especialmente en las noches en que tenía presentación en el Atlantis. La simpatía y el desparpajo del joven mulato encantaron desde un comienzo a Adriana que gozaba con su sentido del humor y lo trataba como si fuese un hermano menor. Bernardo adoraba a su benefactora y estaba dispuesto a cualquier sacrifico por garantizar su bienestar.
El odio de Bernardo, su habilidad como mecánico tanto de autos como de aviones – soñaba con llegar a ser, algún día piloto aviador ―, su discreción y sus aptitudes como todero que entendía de electricidad, plomería y reparaciones varias, fueron detectadas rápidamente por Max, que lo reclutó como miembro de su célula Sandinista. El muchacho fue elemento clave en muchos operativos de “recuperación económica” para garantizar un escape rápido y seguro de los asaltantes; sin embargo, al igual que Maribel, soñaba con el día en que le permitiesen participar en una verdadera acción de combate. Bernardo admiraba y respetaba a Max, pero lo envidiaba por su relación con Maribel, a quien amaba en silencio y con veneración desde el mismo día en que la vio por primera vez. Por su parte, se había jurado así mismo matar con sus propias manos a Baltodano o morir en el intento.

***

Juanito estaba pendiente de la llegada de Bernardo y cuando éste se detuvo frente al camerino de Adriana, se apresuró a salir y su sonrisa se ensanchó cuando el negro sacó la mano por la ventanilla para entregarle el aderezo.
― Gracias campeón, batiste el record ―. Regresó al camerino, extendió el aderezo frente a la sorprendida Adriana, y con una traviesa sonrisa, le anunció:
― ¡Magia mi querida! Desde que me contaste el sueño supe que esta noche deberías lucir en todo su esplendor esta maravilla de la orfebrería azteca. Recuerda lo que te he dicho siempre: “Los sueños bonitos, son para convertirlos en realidad”… Además, estoy convencido de que esta noche, es el comienzo de un romance que, según interpreto, está bendecido por el espíritu de tu difunto maestro… o si no, que me quiten la patente de clarividente – agregó con una carcajada que contagió a Adriana, quien no puso reparo cuando Juanito le ató, con movimientos ágiles, el aderezo alrededor de su hermoso cuello. Satisfecho por el éxito en su pequeña treta del ajuar, Juanito miró la hora en su reloj, lanzó una mirada apreciativa y de cuerpo entero a la figura de Adriana, sonrío satisfecho por los resultados de su obra cosmética, y antes de salir del camerino dijo en tono críptico:
― Ésta es una noche de exorcismos. – Dio media vuelta y salió rumbo a su propio camerino.

Adriana contempló su figura enfundada en el traje verde de lamé con escote profundo que resaltaba la belleza del ajuar, con una sólida combinación de figuras geométricas en el collar y dos aretes alargados en cuyos extremos relucían unas hermosas esmeraldas. Sonrío complacida. Faltaban quince minutos para su presentación y no tardarían en llegar Simón y el director de la orquesta para la decisión final respecto a las canciones que interpretaría en su primer show. Se sentó en el sillón encendió un cigarrillo y se dijo para sus adentros: “Creo que Juanito tiene razón, esta tiene que ser una noche de exorcismos”. Fumó con calma, inmersa en sus recuerdos y cuando golpearon a la puerta, supo que era Simón y había tomado una decisión.
― Mi niña, hoy estás muy solicitada – comenzó Simón con su afectada entonación, miró aprobatoriamente el vestuario y el discreto pero bien logrado maquillaje de su rostro y dio rienda suelta a su verborrea – Cómo te parece que en la barra hay un profesor de INCAE que vino por primera vez anoche y volvió con el exclusivo propósito de verte e invitarte a su mesa. Lástima que se le anticipó el general Baltodano. De todas maneras yo quiero entretener al profesor y le pedí a Lorena que lo acompañe en la barra. Ella está dichosa, pues ahora que se lo acabo de mostrar desde lejos me contó que hoy se lo había encontrado en Las Leyendas y que definitivamente es un hombre divino. La chela me dijo que parecía un Robert Redford con barba muy bien cortada y con unos maravillosos ojos cafés. Se llama Braulio y por su acento creo que es ecuatoriano… Ah y respecto a Baltodano, hasta ahora te has portado bien. Hoy viene, ni más ni menos que con el presidente del Banco Central y su mujer que es una vieja fea pero muy culta y sabe bastante de música, de manera que por lo menos esta noche no tendrás que soportar las aburridas charlas de ese idiota general que se cree un intelectual. ¿Qué vas a cantar ahora? – preguntó finalmente colocándose a un lado para incorporar al director de la orquesta que había entrado detrás de él y permanecía a sus espaldas.
― Las dos canciones de Edith Piaff que ensayamos esta tarde y Hasta Siempre – contestó Adriana, segura de que a Simón le sorprendería que se hubiese decidido por fin a cantar la composición que le había merecido el premio en Londres. Igual sorpresa tendría el director de la orquesta que fue testigo del shock nervioso que le había producido a la cantante el primer intento de ensayar esa canción, dos años antes.
La decisión de Adriana al incluir la canción ganadora en el show, alegró a Simón, que se frotó con entusiasmo las manos sin hacer ningún comentario y después de desearle suerte a su artista, salió rápidamente del camerino para instruir al maestro de ceremonias sobre los cambios.

Al salir al escenario, seguida por el reflector, Adriana se sintió segura de sí misma, tranquila, sosegada y con una paz interior que hacía tiempo no experimentaba. Cuando cesó la cortina musical a cuyo ritmo avanzó hasta el centro, dirigió su mirada al otro extremo del salón en donde pudo ver a lo lejos la atlética figura del profesor, tenuemente iluminada por el único foco que el negro del bar dejaba encendido cuando las luces se apagaban en el salón principal. A pesar de la distancia, percibió la intensidad en la mirada de Braulio y su primera sonrisa que magnificó la belleza de sus facciones, no iba dirigida al público sino a él…
El hondo sentimiento que había hecho estremecer su cuerpo y su alma cuando cantó frente a las cámaras de la televisión inglesa y que con la muerte de Lissandro creyó que nunca volvería a aflorar, regresó como si nunca se hubiese ido cuando los dos violines de la orquesta interpretaron la introducción para dar paso a su voz que sonó firme, clara y hermosa. Al concluir, pensó que era una suerte que Baltodano no hubiese estado presente, pues su lujuriosa mirada hubiese destruido el encantamiento que surgió a partir del momento en que Adriana sostuvo fijamente y con una sugestiva sonrisa, la intensa mirada del extraño que la había hecho vibrar en sueños la noche anterior.
De regreso a su camerino, Adriana se sentía eufórica y alegre; la ovación que había arrancado al público y en particular el entusiasmo del profesor aplaudiendo de pie y con los ojos brillantes de emoción la llevaron a introducir nuevos cambios para el show central… La idea de concluir la presentación bailando un tango le fascinó a Juanito pues consideró que ésta era la mejor forma para rematar esa noche que él había vaticinado como “noche de exorcismos”.

Punto de Quiebre – Capítulo II

Por : kapizan
En : CapÍtulo II - Los Gemelos, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

4

II
LOS GEMELOS

Managua, mayo de 1975

El anuncio de que el vuelo de Braniff procedente de New York con escalas en Miami, Ciudad de Guatemala, San Salvador, Managua, San José y con destino final Panamá, tendría un atraso de dos horas, y estaría llegando al aeropuerto internacional Las Mercedes de Managua, a las nueve de la noche, aumentó la ansiedad, la tensión y el nerviosismo de Max. No era para menos, hacía diez años que no veía a su madre, a su hermano gemelo, de quien se había separado con el dolor del que abandona su otra mitad, y a su hermanita, a quien no había visto convertirse en mujer y no podía imaginar que aspecto tendría a los 21 años. Cinco meses antes, la noticia de que su padre había muerto trágicamente en Londres le había afectado mucho, pero su dolor fue apaciguado por la decisión de su madre de regresar a Nicaragua, en donde pensaba pasar el resto de su vida, a la orilla del mar en su nativa Bluefields, en compañía de su hermana Berenice. Los tres hermanos, se radicarían en Managua, en donde Roberto, recién graduado de leyes en la Universidad de Londres, debería adelantar algunos cursos en la UNAN para poder ejercer el derecho en Nicaragua; Adriana tomaría algunos cursos de idiomas; y Max podría finalmente continuar con sus estudios de ingeniería, que había interrumpido para atender a su tía Berenice pues había quedado reducida a una silla de ruedas a causa de una artritis degenerativa.
Al observar la expresión compungida del joven, Aníbal lo tomó por el brazo y le dijo:
― Ya esperaste lo más, podés esperar lo menos. Aprovechemos el tiempo y tomémonos una cerveza; pero antes, llamemos a la tía Berenice para decirle que no se preocupe por la demora.
― Ni modo, Aníbal – dijo con resignación Maximiliano ―, tomémonos esa cerveza y me contás como fue que se conocieron tu papá y el mío.

En realidad, el vuelo se atrasó cuatro horas. Por fortuna, para el nerviosismo de Max, el relato0 de Aníbal le entretuvo, pues se extendió no sólo a la forma en que se habían conocido sus respectivos padres, sino que se convirtió en una ilustrativa charla sobre la historia de la Costa Atlántica y la cultura de las étnias que habitan la región de la Mosquitia, de la cual eran oriundas Charlotte y Berenice Stephens, su madre y su tía respectivamente.
Supo por ejemplo que los indígenas que poblaban la Costa Atlántica al Noroeste de Nicaragua eran de origen Maya; que los primeros blancos que establecieron contacto con ellos a comienzos del siglo XVII fueron bucaneros franceses; que en 1630 llegaron a las costas piratas ingleses y otros británicos que rápidamente establecieron colonias comerciales; y que en 1641 un barco portugués que transportaba esclavos negros del África, había naufragado frente a la costa, y muchos supervivientes fueron capturados por los indios y se mezclaron con los negros. De esa mezcla surgió la nueva etnia de los indios Misquitos a la cual se fueron agregando con el tiempo alemanes, portugueses, españoles y chinos; así pues su madre y su tía provenían de esa heterogénea mezcla que incluía, hasta donde Aníbal podía precisar, un tatarabuelo portugués, un bisabuelo español, un abuelo chino y el padre de ambas Robert Stephens, un comerciante inglés que había llegado a Bluefields en 1926 y se había enamorado de Juanita Chang, hija de un cocinero chino y una indígena misquito.
La amistad entre el profesor Elías Argüello, Director del Departamento de Historia de la UNAN y el profesor Edward Harrison, antropólogo e historiador de la Universidad de Londres se había iniciado a mediados de 1948, con un intercambio de correspondencia académica. En ese entonces, el catedrático inglés estableció contacto con su colega en Managua mediante una carta en la cual expresaba su interés antropológico por las étnias de la costa de la Mosquitia, de las cuales quería obtener información documental; y sobre el apoyo que los Misquitos habían brindado a los ingleses en sus guerras contra España durante el siglo XVIII. La respuesta a su carta acompañada de valiosos documentos y fotografías, puso de presente que el profesor Argüello no sólo tenía sólidos conocimientos sobre el tema, sino que esa zona de su país y su historia eran una de las áreas en las cuales había estado trabajando durante dos décadas. Un año después, Harrison decidió realizar un trabajo de campo y obtuvo apoyo financiero de la Real Academia de Historia para efectuar investigaciones en la Costa Atlántica. En el verano de 1949, Aníbal que para entonces tenía veinticuatro años y acababa de graduarse como economista en Yale, acompañó a su padre y al profesor Harrison en su primera visita a la Costa Atlántica; terminadas las vacaciones, cuyo recuerdo se mantenía vívido en la mente de Aníbal, éste regresó con su padre a Managua y el profesor Harrison se quedó en Bluefields hasta comienzos de 1950. En ese periodo, el profesor inglés recabó información suficiente para escribir dos libros y puso fin, a los 45 años de edad, a una prolongada soltería al contraer matrimonio con Charlotte Stephens, hija menor de la dueña del pequeño hotel en donde había estado hospedado todo ese tiempo. A su regreso a Londres, compró una casa en Hampstad Heath, cerca de la universidad, en donde se instaló con su joven esposa nicaragüense, que en julio de 1951 dio a luz un par de gemelos que recibieron los nombres de Roberto y Maximiliano. Dos años después nació Adriana, que fue la adoración de su padre y sus hermanos.

Finalmente, el vuelo llegó pasadas las once de la noche y Max tuvo que esperar otra media hora, mientras su familia cumplía con los trámites aduaneros y de migración, para poder abrazarlos. El encuentro de la familia, sin la presencia del padre, fue emotivo y lacrimoso. A los ojos de Max, la única que no había cambiado era su madre, que se teñía las canas y conservaba el mismo aspecto esbelto, elegante y hermoso de los 35 años que su hijo recordaba; su hermano, con facciones idénticas a las suyas, cuidadosamente rasurado y con un espeso bigote, se sorprendió al ver la poblada barba que lucía Max, quien se apresuró a decir: “Ya nunca seremos idénticos hermano pues esta barba no es por gusto sino por necesidad, para tapar una fea cicatriz que me hice en el mentón en un accidente de motocicleta y cada vez que me afeitaba la máquina me brincaba en la cicatriz y me cortaba”. Al ver la espléndida figura, las finas facciones, enmarcadas en una espesa y ondulada cabellera negra, y los expresivos ojos grises de Adriana, Aníbal dijo en tono admirativo: “Estás divina muchacha, parecés una reina y esos ojos grises, heredados de tu padre, son algo fuera de serie”.
La enfermedad había vuelto muy paciente a la tía Berenice. Por ello recibió con resignación la noticia de que su hermana y sus sobrinos estarían llegando a la casa de Aníbal con un considerable retraso. María José, había terminado los preparativos para recibir a sus huéspedes con una cena ligera y alrededor de las nueve de la noche, después de verificar que todo estaba listo, empujó la silla de ruedas de Berenice hasta el porche desde el cual se apreciaba la hermosura de las rizadas aguas de la laguna en esa noche de plenilunio, y se sentó a su lado. Ninfa les ofreció una taza de café y las dos mujeres se dispusieron a entretener la espera conversando.
La emoción de Berenice por el próximo encuentro con su hermana menor a quien no veía desde hacía 25 años era inocultable. La tía estaba extrovertida y locuaz como nunca. Remontándose a su pasado le contó a la joven las circunstancias por las cuales su sobrino Max había viajado, diez años antes, desde Londres para vivir con ella en Ciudad Darío. Su esposo y su único hijo Edilberto, que entonces tenía 13 años, habían perecido en un accidente de aviación… “Fue un hermoso gesto de Charlotte, que nunca tendré como pagarle. En un acto de generosidad sin límites envió a uno de sus gemelos para que me hiciera compañía…sin el apoyo de Max, que es un muchacho regio, yo me hubiera derrumbado y no hubiese superado nunca la terrible pena…” le contó con lágrimas en los ojos.
Siguiendo instrucciones de Charlotte, Berenice había vendido su propiedad en Darío y había viajado una semana antes en compañía de Max a la casa de Aníbal en Jiloá, donde permanecerían, una vez reunidos, el tiempo que fuese necesario para que los tres hermanos consiguiesen una vivienda en alquiler e iniciasen los trámites para ingresar a la universidad; pues Charlotte pensaba regresar a Bluefields y radicarse en la vieja casona de madera que la había visto nacer y en la cual había conocido a su esposo. El hotel había sido clausurado al morir su madre 14 años antes, y su propósito era reactivarlo en compañía de su hermana.
Pasada la medianoche, cuando Aníbal llegó con los Harrison, todos quedaron impresionados por la emoción del encuentro, principalmente entre Charlotte y su hermana inválida. A pesar de que Berenice era apenas cinco años mayor que su hermana, ésta que se conservaba hermosa y elegante a sus 45 años, apenas logró disimular el impacto que le produjo ver a Berenice totalmente demacrada y consumida por la enfermedad que la hacía parecer una anciana 20 años mayor, llena de arrugas, con el pelo completamente blanco y con la voz temblorosa.
La cena fue muy alegre y la reunión de sobre mesa, a pesar del cansancio de los recién llegados, se prolongó casi hasta el amanecer. Todos se dieron cuenta de las apasionadas miradas que Maribel le dirigía a Max, pero nadie se percató de las furtivas miradas que se cruzaban Roberto y María José como preludio del nacimiento de una relación que llegaría a consolidarse con el tiempo.
Cuando todos se hubieron acostado, los gemelos totalmente insomnes por la excitación del encuentro, salieron de la casa y después de juguetear un rato en las frías aguas de la laguna, se sentaron frente a frente en dos jardineras de piedra de cuyo interior emergían sendas palmeras y estuvieron intercambiando confidencias sobre lo que habían sido esos años de separación; rememorando las travesuras infantiles en Londres; y haciendo planes para el futuro. A media mañana, cuando la casa comenzó a cobrar vida y salieron María José y Maribel a tomar un baño en la laguna, encontraron a los dos hermanos enfrascados en su conversación; se unieron a ellos y media hora después, los cuatro, por iniciativa de Maribel, aparejaron un bote de vela y pasaron el resto de la mañana navegando en la laguna.

A mediados de junio de 1975, tres semanas después de haber llegado, Charlotte y Berenice viajaron a Bluefields, bastante entusiasmadas con el proyecto de reactivar, el viejo Hotel Chang que habían mantenido sus padres por muchos años. El ánimo de Berenice había cambiado con la llegada de su hermana y su salud había experimentado una notoria mejoría, hasta el punto de que usaba cada vez menos la silla de ruedas y podía caminar con ayuda de un bastón. Los tres hermanos consiguieron una casa confortable en el barrio Bolonia; adquirieron un Honda Civic; los dos gemelos se inscribieron en la universidad; y Adriana, consiguió profesores privados para perfeccionar el francés y el portugués y se vinculó al Ballet Folclórico de Nicaragua. La situación económica de los Harrison, madre e hijos, era razonablemente holgada gracias a un seguro de vida de cien mil dólares que habían recibido a la muerte del profesor. Con estos fondos Charlotte remodeló el hotel y destinó una parte para la educación universitaria de sus hijos y su manutención en Managua.

A los 24 años los gemelos, exceptuando la barba de Max, eran físicamente idénticos pero con rasgos de personalidad e intereses diferentes. Eran altos, un metro con ochenta, fornidos y bien proporcionados, con cabello castaño oscuro y ojos cafés ligeramente rasgados como un vestigio del ancestro chino, tez blanca pero bronceada por el sol tropical en el caso de Max y con cierta palidez natural en el caso de Roberto, cejas pobladas, nariz recta, mentón partido y una encantadora sonrisa. Roberto era reservado, cerebral y de emociones fuertes pero controladas, como producto de la rígida educación inglesa que había recibido; Max era extrovertido, impulsivo, pasional y nunca reprimía sus emociones. Boby – como siempre le dijo Max a su hermano – había nacido diez minutos antes que su gemelo y talvez por ello o por el carácter más maduro de Roberto, su hermano siempre le trató con el respeto debido a un hermano mayor.
Max amaba con intensidad a la Nicaragua que encontró a los 14 años cuando vino a acompañar a su tía viuda y con el fervor juvenil estimulado por la influencia de su grupo de amigos adolescentes, se convirtió primero en antisomocista y posteriormente en sandinista militante que a los 16 años servía como correo interno de las guerrillas y participaba en el trasiego de armas que desde Ciudad Darío se distribuía a los combatientes Sandinistas en las montañas del norte. Roberto que nunca había vivido en Nicaragua, sentía afecto por la tierra de sus antepasados maternos y tenía un amplio conocimiento sobre la historia del país y una posición objetiva y académica respecto a la dictadura, derivada de largas charlas con su padre. Entre los gemelos jamás hubo secretos y Roberto se enteró muy pronto de las peligrosas actividades de su hermano. Lo apoyó decididamente con una salvedad: “Te apoyo en lo que quieras pero no me pidas que agarre un fusil”.
En el reencuentro, se hizo evidente que mientras Max hablaba y se comportaba con la extroversión y la confianza alegre y descomplicada con que los nicaragüenses se tratan entre sí, con el familiar voseo y “comiéndose” la letra final en la mayoría de las palabras terminadas en S, Roberto hablaba perfecto español con un leve dejo de acento británico, era más frío y utilizaba un respetuoso tratamiento de usted con las personas mayores en “edad, dignidad y gobierno” y sólo utilizaba el tuteo, al estilo de los bogotanos o los quiteños, cuando tenía algún grado de confianza; por eso, cuando Roberto ingresó a la universidad para complementar sus estudios de leyes rápidamente se ganó el apodo de My Lord. Adriana, era indiferente a la política, pero también hablaba el español como su hermano, debido al hecho de que ambos fueron excelentes amigos de su padre, que siempre les habló con el español que había aprendido en los años treinta con un profesor suramericano del norte.
Si en la niñez fueron inseparables, después del reencuentro en Nicaragua, su relación se consolidó y se mantuvo siempre dentro de la mayor cordialidad y armonía, a pesar de que sus gustos eran diferentes. A Max le entusiasmaban el baile y la parranda, había absorbido la pasión nicaragüense por el béisbol y era un excelente atleta, prefería resolver ecuaciones y complejos problemas de cálculo que leer o ir al cine; en tanto que Roberto, prefería la compañía de un buen libro, era ajedrecista consumado y aficionado a los deportes acuáticos, en los cuales se convirtió en instructor de su hermano desde que comenzaron a compartir agradables fines de semana en la Laguna de Jiloá, en compañía de las dos hijas de Aníbal. Desde entonces y gracias al sol tropical la piel de Roberto adquirió un bronceado natural y la de Max intensificó su tono cobrizo y aumentó su atractivo, especialmente a los ojos de Maribel, cuya pasión por Max (instantánea y precoz desde que el muchacho se alojó en su casa cuando llegó por primera vez a Managua, en 1971, para iniciar sus estudios de ingeniería en la UNAN) se fue acrecentando con el tiempo y con la indiferencia del muchacho. Su hermana, antes de que Charlotte partiera para la Costa Atlántica, ya se había convertido en la novia de Roberto. Por esa fechas, la magia de Jiloá, y el interés de Maribel por la lucha Sandinista, lograron que por fin Max descubriera a la espléndida mujer en que se había convertido Maribel y surgiese un apasionado romance entre el barbudo guerrillero y la impetuosa hija menor de Aníbal

***

El 27 de diciembre de 1974, una acción espectacular realizada por los Sandinistas sorprendió a los nicaragüenses y a la opinión internacional: a las 10:30 de la noche un comando integrado por diez hombres jóvenes y tres mujeres, al mando de Eduardo Contreras, irrumpió en la residencia de un alto funcionario del gobierno en la cual se celebraba una recepción en honor de Turner Shelton, embajador de los Estados Unidos, a quien pretendían tomar como rehén. El embajador, que había abandonado la fiesta diez minutos antes, se salvó de ser secuestrado. Sin embargo, los guerrilleros tomaron como rehenes al Ministro de Asuntos Exteriores y a otros importantes jerarcas del sistema entre quienes se encontraba un cuñado del dictador. El gobierno optó por negociar y casi tres días después, con el arzobispo Miguel Obando y Bravo actuando como mediador, los Sandinistas obtuvieron la libertad de 14 guerrilleros detenidos, un millón de dólares en efectivo, la publicación de un extenso comunicado que atacaba a Somoza, y un vuelo a Cuba, en donde, con el apoyo de Fidel Castro, los guerrilleros excarcelados y los miembros del comando permanecerían en un entrenamiento intensivo. Entre el grupo, que fue recibido apoteósicamente en La Habana, llegó Jacinto (Chinto) Bermúdez, un guerrillero de unos 30 años, estatura mediana, fuerte musculatura y un rostro moreno aindiado, con ojos negros de mirada penetrante, que le confería aspecto de cacique Chorotega y le facilitaba ejercer el liderazgo natural que poseía. Chinto, había pasado tres años en las cárceles Somocistas, desde que la Guardia Nacional lo había capturado tras un fallido ataque a un puesto militar en su nativa Ciudad Darío. Otro de los presos liberados fue Daniel Ortega que llevaba siete años en la cárcel y para entonces ni siquiera sospechaba que pocos años después llegaría a ser presidente de Nicaragua, en las primeras elecciones posteriores al triunfo de la insurrección Sandinista.
El ataque de la Fiesta de Navidad, como fue conocido por la prensa, trajo consecuencias. La más grave, desde el punto de vista Sandinista, fue que sirvió como elemento de discordia, generó tensiones entre sus líderes y marcó entre los militantes tres tendencias insurgentes, que diferían tanto en su plataforma ideológica, como en el método de conducir la revolución. Desde entonces, por auto denominación, se les conoció como: la G.P.P. (Guerra Popular Prolongada), de la cual eran cabezas visibles Tomás Borge – uno de los fundadores del F.S.L.N., que posteriormente caería preso y sería rescatado en otra operación espectacular en 1978 ― y Henry Ruiz, alias Modesto, comunistas convencidos y doctrinarios, seguidores casi al pie de la letra de la corriente Marxista-Leninista, y de la estrategia de lucha Maoísta. Para Borge y Ruiz, lo fundamental, era la teoría del foco, según la cual un pequeño grupo debe fortalecerse y resistir en el monte el tiempo suficiente para convertirse en un grupo importante y después dispersarse en otros pequeños grupos que a su vez se convertirán en grandes grupos. Según Ruiz, “Mientras no se haya alcanzado este objetivo, hay que evitar cualquier enfrentamiento con el enemigo… hay que hacer campamento, la guerra será para más tarde”. Los proletarios liderados por Jaime Wheelock (paradójicamente el más burgués de los líderes Sandinistas, tanto por su origen como por su elegancia natural, que le llevó después del triunfo de la revolución a lucir uniformes verde oliva de marca, ocasionando con ello la burla de amigos, enemigos y neutrales), quien tras muchos años en Alemania, había regresado a comienzos de 1975 meses después del ataque. Durante su permanencia en Europa, había profundizado en sus estudios Marxistas y consideraba que si los Sandinistas querían ser Marxistas auténticos, deberían dedicarse a desarrollar en el pueblo una conciencia proletaria sin importar el tiempo que les consumiera conquistar el poder por ese camino. Y los terceristas, autores del operativo, entre quienes se encontraban los hermanos Humberto, Camilo y Daniel Ortega, el poeta Sergio Ramírez y el hasta entonces poco conocido Edén Pastora. Esta última tendencia defendía el concepto de una revolución democrática en la cual todos los sectores políticos, económicos y sociales pudieran participar; y ofrecía que una vez obtenido el triunfo, se realizarían unas verdaderas elecciones y se crearía una nueva Nicaragua, no alineada, pluralista y de economía mixta, en donde las libertades individuales y colectivas serían respetadas.
La disputa entre los líderes de las tres tendencias se agudizó cuando Wheelock dirigió una carta a sus camaradas, en la cual criticaba duramente la operación tildándola de “Desviación pequeñoburguesa” que sólo había servido para desatar una ola represiva por parte de la dictadura, que había encarcelado más jefes Sandinistas de los que se habían liberado con el asalto; (como reacción inmediata al audaz asalto guerrillero, Somoza impuso el estado de sitio, la ley marcial y la censura de prensa, que se mantuvieron hasta 1977). Esta confrontación, llegó a su punto álgido cuando algunos jefes Sandinistas montaron una operación para asesinar a Wheelock quien se salvó gracias a un sacerdote que logró esconderlo en un lugar seguro.
A finales de ese año, Carlos Fonseca Amador – uno de los fundadores e ideólogo del F.S.L.N. ―, que llevaba varios años residiendo en Cuba, fue convocado para que sirviera como mediador en la disputa. Fonseca, tras largas entrevistas con líderes de las tres facciones, escribió un extenso documento en el cual culpaba a Wheelock de los problemas internos del Frente Sandinista y criticaba a varios líderes por haber permanecido mucho tiempo en cómodas posiciones en el exterior. Para dar ejemplo, se internó en las montañas del norte… El 8 de noviembre de 1976 cayó abatido por las balas del régimen y su nombre entró a encabezar las listas del martirologio Sandinista como “Comandante Carlos, Carlos Fonseca, tayacán vencedor de la muerte…” como reza el himno que, compuesto por Tomás Borge, años después atronaría la Plaza de la Revolución, cantado por miles de gargantas nicaragüenses.
La violencia represiva de Somoza en los dos años posteriores a los sucesos decembrinos del 74, cobró más de mil vidas de campesinos a lo largo y ancho del territorio nicaragüense y el encarcelamiento o muerte de muchos cuadros Sandinistas. Con la caída de Carlos Fonseca, el dictador quedó convencido de que había logrado eliminar a los Sandinistas como una amenaza real para su gobierno. La historia demostraría cuan equivocado estaba. En ese noviembre, los Obispos Católicos de Nicaragua se pronunciaron en una carta pastoral acusando a la Guardia Nacional de haber dado muerte a centenares de campesinos durante la campaña del régimen para barrer a los Sandinistas de las montañas del norte, con lo cual fijaron una clara posición de repudio al gobierno, que tuvo gran aceptación en amplios sectores de la sociedad nicaragüense, mayoritariamente católica, y puso de manifiesto las violaciones a los derechos humanos, por parte del régimen. Ese mismo mes, Jimmy Carter ganaría las elecciones presidenciales y con su gobierno iniciado en enero de 1977, la política exterior de los Estados Unidos, daría un giro sustancial hacia el respeto a los planteamientos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
En el primer semestre del 77, los pragmáticos terceristas, vieron la oportunidad de iniciar contactos para establecer alianzas con líderes empresariales y elementos destacados del establecimiento, que comenzaban a repudiar con mayor vigor a Somoza. El 4 de mayo Humberto Ortega y Sergio Ramírez redactaron un documento titulado “Plataforma General Politicomilitar del Frente Sandinista de Liberación Nacional” e iniciaron desde Costa Rica, la preparación de un plan que incluía la vinculación de elementos no Marxistas en un frente conjunto de oposición a Somoza; y el establecimiento de un centro de entrenamiento para combatientes en inmediaciones de San José de Costa Rica; de cuyo manejo se encargó al veterano guerrillero Edén Pastora quien hasta entonces, y durante el periodo de las disputas internas, había permanecido en Barro Colorado, un pueblo pesquero en el litoral Atlántico de Costa Rica dirigiendo una cooperativa de pescadores de tiburón y rumiando planes para regresar a la lucha armada, con un operativo de gran impacto que desde años antes, soñaba realizar algún día en territorio nicaragüense. A esta escuela de guerrilleros y ante Edén Pastora, su jefe natural desde los viejos tiempos en Ciudad Darío, se presentó Chinto Bermúdez, que había regresado de Cuba convertido en un experto combatiente con especialidad en el manejo de explosivos.

Edén Pastora, el veterano combatiente con casi 20 años de experiencia adquirida en las montañas del norte, sumada a su participación en la frustrada toma de Managua por parte de los seguidores del candidato Agüero en 1967, que le significó ser capturado, y torturado por la Guardia Nacional, había sido convencido por los líderes terceristas para abandonar sus actividades empresariales y dirigir el campamento de formación de cuadros guerrilleros. Era un hombre de estatura mediana, ojos negros de mirada intensa y penetrante que subyugaba a sus interlocutores con su brillo intenso, casi mesiánico, cuando hablaba de su lucha y fascinaba a las mujeres cuando les murmuraba ternezas; su barba hirsuta y poblada al igual que sus cejas daban sombra a un rostro firme de amplia y despejada frente, surcada por cuatro arrugas horizontales que se marcaban en forma impresionante cuando fruncía el seño o cuando reía.
Había nacido en Ciudad Darío y su espíritu revolucionario se gestó a los 7 años de edad, cuando deslizándose por entre las piernas de los curiosos se enfrentó aterrado a los pies de su padre tendido sobre la polvorienta calle de Terrabona – pueblo vecino a Ciudad Darío ― en donde, poco antes había caído víctima de las balas asesinas del régimen de Anastasio Somoza García, disparadas por dos sicarios, Sánchez y Flores, al servicio del general Camilo González jefe de la guardia de Somoza ante quien Pánfilo Pastora, su padre, líder de la oposición conservadora jamás había inclinado la cerviz. Elsie Gómez, su madre, oriunda de la Costa Atlántica que en su niñez se había educado en Nueva Orleáns en un internado de monjas inglesas y regresó a Nicaragua a los 25 años con un inglés perfecto y acento londinense. Era una mujer decidida y valerosa pero, como la justicia de su país nunca castigó a los asesinos de Pánfilo, se tomó la justicia por cuenta propia y los mandó matar; contra el general que era un jerarca prácticamente inaccesible y muy bien protegido no pudo hacer nada. Cuando Elsie murió, Edén que llevaba años combatiendo como guerrillero en las montañas del norte, regresó a Darío para liquidar los bienes heredados por él y sus hermanos.
Un día en que el cura del pueblo, ferviente somocista, quiso tomar posesión de su finca muy bien situada en las afueras de Ciudad Darío, para construir una iglesia, Edén lo enfrentó armado y lo expulsó de su predio… Poco después y para neutralizar cualquier intento de expropiación por parte del gobierno, tuvo la iniciativa de parcelar la finca en pequeños lotes que vendió a los más pobres de su ciudad con títulos de propiedad que fueron entregados a felices beneficiarios una vez hubiesen construido una vivienda sin importar que ésta fuese de madera, de piedra, de latón, de ladrillo o de cartón; la única prohibición estipulada era que no se podía revender antes de tres años. El monto que debían pagar los compradores era impresionantemente bajo, 25 córdobas mensuales (poco más de tres dólares) y sin cuota inicial.
En pocos días y como por ensalmo surgió un barrio a orillas del río, poblado por peones, lustrabotas, lavanderas, loteros, lisiados y ancianos que no daban crédito a sus ojos y desde su digna pobreza contrastaban con las casas de los notables del pueblo. Al respecto, diría la esposa del alcalde: “Que vivos son los pobres, siempre eligen los mejores lugares”. Desde entonces, los humildes del pueblo veneraron a Pastora y bautizaron su predio “Barrio Edén”.
Una de las beneficiarias de la generosidad del guerrillero, fue Lucía (Lucha) Bermúdez, una lavandera que había trabajado para Elsie, y era madre soltera. Jacinto (Chinto) su único hijo, fue el resultado de una violación por parte de un libidinoso sargento de la Guardia Nacional que pernoctó tres noches seguidas en el pueblo y forzó a la pobre Lucha a ser su amante de paso.
Una vez asignados los lotes del Barrio Edén, Chinto Bermúdez, por esa época un mozalbete inquieto y pendenciero, ayudó a su madre a construir una covacha de madera con techo de paja. Desde entonces, amó a su benefactor y antes de cumplir los 17 años estaba completamente identificado con la posición política e ideológica de Pastora y reclutaba entre sus contemporáneos grupos de auxiliadores de la guerrilla a la cual seguía vinculado Edén como abastecedor de armas y pertrechos.

***

San José de Costa Rica, junio de 1977

El encuentro entre Chinto y Edén fue comparable al de un hijo con su padre después de que el primero hubiese sido rescatado de un prolongado secuestro. Pastora, tras los abrazos iniciales, se volvió hacía el grupo de 20 futuros combatientes que estaba entrenando y les presentó a Chinto con elogiosos términos sobre el valor y la entereza guerrera de su paisano que regresaba a la lucha por la causa que todos habían abrazado con el mismo entusiasmo. Dio por terminada la sesión de táctica en el monte, que les estaba dictando, y se alejó hacia un pequeño barracón que servía como puesto de mando con un brazo rodeando los hombros de Chinto.
Esa noche después de una abundante cena con “Gallo Pinto” (arroz mezclado con fríjoles rojos, casi negros, y pequeños, tajadas de plátano maduro y yuca cocida), Pastora invitó a Chinto a un recorrido a pie por el campamento. Cuando se hubieron alejado un tanto de las barracas Edén se detuvo y se sentaron frente a frente sobre unas rocas. A solicitud de Chinto, Edén le hizo un recuento pormenorizado de la situación del Sandinismo durante los últimos dos años en que había permanecido su antiguo subalterno en Cuba. Para finalizar le dijo:
― Como podés ver la represión de Tacho ha sido salvaje, pero lo triste es que mientras nos estaban golpeando los cojones, estábamos mordiéndonos como perros rabiosos entre nosotros. Acepté dirigir este campamento porque Ortega y Ramírez me llamaron y porque su posición de incluir en la lucha a los no Marxistas me parece apropiada.
― Tenés razón Edén – dijo Chinto mientras sacaba de su mochila un puro y lo encendía con todo el ritual aprendido en La Habana – si le hacemos caso a Modesto (Tomás Borge estaba preso y el grupo GPP estaba al mando de Henry Ruiz), Somoza se muere de viejo y el mando lo coge el Chigüín que es otro hijueputa peor que Tacho – Chinto lanzó al aire una bocanada del aromático tabaco, formando volutas perfectas y se volvió para mirar directamente a los ojos a su jefe y preguntarle ― ¿Qué querés que haga?. ¿Querés que me infiltre en Nicaragua o que me quede aquí ayudándote en el entrenamiento de estos muchachos?
Edén se pasó la mano derecha alisándose el ensortijado cabello negro, permaneció unos minutos en actitud reflexiva y finalmente dijo:
― Las dos cosas –. Ante la mirada de sorpresa de Chinto, le aclaró:
― Primero quiero que me contestés una pregunta
― La que usted ordene comandante – respondió Chinto saltando como impelido por un resorte, poniéndose firmes y haciendo un saludo militar ampuloso y exagerado que hizo explotar una contagiosa carcajada en Edén. Después con tono serio y mirándolo fijamente le dijo:
― ¿Te acordás de Max el sobrino de Berenice la viuda?
― Claro, como no me voy a acordar si yo fui el que lo reclutó en Darío cuando tenía 16 o 17 años. Ese chavalo es un tayacán con mucho potencial y tiene además la ventaja de que habla inglés. Entiendo que tiene un hermano gemelo que vive en Londres…
Edén lo interrumpió para aclararle:
― Vivía en Londres. Hace dos años regresó con una hermana y con su mamá, se llama Roberto y es abogado. La hermana es cantante y trabaja en el Atlantis. El perro Baltodano está loco por ella. Max y sus hermanos viven en Managua y el muchacho ha organizado una red muy eficiente de correos y ha participado en tres operativos de recuperación económica (asaltos bancarios), mostrando que es cojonudo y muy hábil. Hace un mes recibí un reporte de Vigorón, que me está manejando las cosas en Managua y las referencias que me da de Max son excelentes. Creo que hiciste una buena labor con ese chavalo que me resultó un sandinista convencido y nada Marxista. Gente como él es la que necesitamos. Según Vigorón el otro gemelo, el abogado, simpatiza con la causa y nos apoya pero reconoce que no tiene espíritu para empuñar las armas. Ahora, oíme bien Chinto, los dos muchachos están viviendo solos en Bolonia y su hermana está viviendo en una cabaña en Jiloá; ella, según Vigorón, se comprometió con Max a tratar de conseguir información sobre Baltodano, pero no da muchas muestras de poder conseguir algo concreto pues no está dispuesta a irse a la cama con él, pero de todas maneras se ha mostrado amable, lo que podría favorecer las cosas pues vos sabés que los hombres de la calaña de Baltodano tienden a enamorarse y a enloquecer por las mujeres difíciles. Entonces, lo que quiero que hagás primero es que te infiltrés en Nicaragua y llegués hasta la casa de Max y te quedés allí hasta que me lo dejés convertido en un experto en explosivos. También quiero que consigás el apoyo de los gemelos para guardar unas armas y unos uniformes que vamos a ir consiguiendo y que voy a necesitar más adelante para un operativo en gran escala que llevo por lo menos 6 años madurando. Después quiero que regresés al campamento antes de agosto; pues estamos preparando unos ataques simultáneos desde el sur en Rivas, Cárdenas y San Carlos y en el norte en Chinandega y otras ciudades, y quiero que me acompañés en esa operación y me ayudés en los preparativos finales ¿Está claro?
― Clarísimo Edén, mañana mismo arranco.

***

Managua, domingo 11 de junio de 1978

A las diez de la mañana sonó el timbre en la puerta de entrada de la casa que compartían los gemelos Harrison, desde que su hermana se había radicado permanentemente en una acogedora cabaña, que le quedaba más cerca del Atlantis y formaba parte de la propiedad de Aníbal en la laguna de Jiloá. Desde entonces, los hermanos habían cedido el Honda Civic a Adriana, Roberto había adquirido una viejo Ford del año 55 en perfecto estado y Max se movilizaba en una motocicleta Honda de alto cilindraje. Max, abrió la puerta entusiasmado esperando encontrar a su hermana que se había ofrecido a llevarlos al almuerzo en Jiloá con el cual Aníbal pensaba homenajear a su flamante consultor de Harvard, pues el auto de Roberto estaba en mantenimiento. Al abrir la puerta, supo Max que se le había arruinado el día. Frente a él y con una traviesa sonrisa que siempre lucía en los preludios de cualquier operativo, se topó con el rostro feo, pero simpático de Vigorón, su jefe directo que operaba bajo la fachada de profesor de sociología de la UNAN. Vigorón, un hombre alto y fornido, era valeroso, simpático, un tanto cínico y tenía un fuerte parecido a Jean Paúl Belmondo según había notado Adriana el día que lo conoció. Lo hizo seguir rápidamente al interior del garaje y sin pronunciar una palabra, pues entendió de que se trataba cuando apreció la pesada mochila que colgaba del hombro de su jefe, levantó dos llantas que cubrían un cajón de madera y le ayudó a colocar en su interior, una subametralladora Uzi, dos revólveres Smith & Weson calibre 38 y 20 cajas de munición. Desembarazado de su carga, Vigorón se volvió hacia Max y le dijo:
― Se te jodió el domingo.
― Lo sospeché desde un principio, como dice el Chapulín Colorado, desde que te ví esa puta sonrisa que te sale cuando tenés algo gordo entre manos – replicó Max mientras lamentaba para sus adentros el no poder pasar el domingo en la playa con su inquieta y apasionada Maribel – ¿que te traés entre manos?
― Lo que acabo de guardar es la primera parte de la entrega. Al medio día tenemos que estar en Masaya para recoger tres uniformes de la guardia y unas insignias que consiguió Teresa, una lavandera casada con un guardia, que es ahijada de Lucha y está urgida de plata. Y por la noche tenemos que estar en Ocotal para recibir un fusil M16, que encargó Edén personalmente que le consiguiera y por el que tenemos que pagar a un cabo de la guardia la mitad de la plata que conseguimos hace 15 días con el golpe del Banco Nacional. Como ves, a la mierda los placeres y movámonos porque el tiempo no da espera.
Max que era un disciplinado combatiente se cambió rápidamente las bermudas playeras, por un pantalón de dril, se caló un viejo sombrero de fieltro con las alas dobladas adelante y atrás al estilo de Indiana Jones que usaba desde sus años juveniles en Darío, había pertenecido a su difunto tío político y le había servido como un talismán en sus recorridos por el monte desde la época en que acompañaba a Chinto y a Edén Pastora repartiendo los abastos para los Sandinistas; se dirigió a Roberto, que en ese momento se había aproximado para saludar a Vigorón, y le dijo:
― Ni modo hermano, la causa me llama. Decíle a Maribel que me fui de compras a Ocotal. Afortunadamente, ella al principio se encachimbará, pero después entenderá. Por algo llevo dos años entrenándola.
― No te preocupes Max que yo entretengo a tu loca. Cuídate mucho y que Dios te proteja.

En el Land Rover descarpado que conducía Vigorón por la amplia, plana, casi recta y bien pavimentada carretera a Masaya, Max sumido en sus pensamientos reconocía que muchas cosas habían cambiado para él, para su familia y para Nicaragua desde que un año antes y disfrazado de cura se había presentado en su casa su gran amigo y mentor Chinto Bermúdez.
Para empezar, en un mes se había convertido en un experto en explosivos que manejaba los estopines, la dinamita, la gelatina plástica, los cordones detonantes, los instrumentos de relojería y todos los demás adminículos del oficio, con la misma maestría con que hacía complejas operaciones matemáticas en la regla de cálculo que le había regalado la tía Berenice el día que cumplió 15 años. La actividad guerrillera, no interfería para nada en sus estudios de ingeniería y le proporcionaban la adrenalina suficiente para exacerbar su mente creadora y soñar con el gran proyecto de construir un canal interoceánico aprovechando las aguas profundas del gran lago de Nicaragua y las corrientes hidrográficas de la geografía del país o en construir una carretera que bordease el río Rama uniendo Managua con la Costa Atlántica; pero para eso, era importante que primero triunfara la revolución y cayese para siempre la dinastía Somocista. Maribel se había transformado en una exuberante y escultural pelirroja que había logrado conquistar su corazón y que no se parecía en nada, al menos físicamente, a la larguirucha adolescente, precoz y alocada que le había sorprendido con sus insinuaciones y con unos poemas eróticos que le hicieron enrojecer, cuando la conoció. A esta altura y después de su primer encuentro sexual con la muchacha había descubierto que a pesar de su inexperiencia virginal necesitó poco tiempo para poner en práctica los sugestivos versos eróticos que su mente juvenil había creado para él.
Adriana, se había convertido en la vedette más famosa de Managua y andaba protegiéndose con una capa de fría dignidad de las insinuaciones del perro Baltodano y esto le había llevado a confiarle a su hermana sus actividades con la esperanza de que ella, al tiempo que podía mantener al general a raya, podría sonsacarle información muy valiosa. Adriana no se mostró sorprendida por las actividades de Max, que intuía desde tiempo atrás y le prometió seguir aceptando con estoicismo los devaneos del personaje sin poderle garantizar que éste le pudiese proporcionar información a cambio de nada.
Su madre había quedado muy triste tras la muerte de Berenice en noviembre del año anterior y los tres hermanos habían viajado a Bluefields para asistir a los funerales y pasar las navidades en compañía de Charlotte, conociendo la costa de sus antepasados. Su hermano Roberto había homologado materias, estudiado los códigos y obtenido la licencia para ejercer el derecho en Nicaragua y se había unido al bufete de una reconocida familia de abogados a la cual había aportado, la cuenta de su primer cliente importante “Casa Comercial Argüello”

Mientras era entrenado por Chinto en la manipulación de explosivos, sucedió algo que en alguna forma tendría incidencia en la lucha antisomocista: el 25 de julio Tacho Somoza con 52 años de edad y casi 80 kilos de peso sufrió un infarto. Fue trasladado en un avión de la fuerza aérea norteamericana a Miami en donde se internó en el Heart Institute. Mientras el dictador se recuperaba, el grupo de oposición compuesto por intelectuales y empresarios, que había iniciado contactos con Ortega en San José, se reunió nuevamente para evaluar la nueva situación en la cual se evidenciaba la vulnerabilidad de un régimen que dependía de un sólo hombre y comenzaron a tomar conciencia de que su lucha podría tener resultados concretos en el corto plazo. Somoza, terminado su tratamiento en Miami, regresó a comienzos de septiembre y se instaló en una fortaleza costanera de su propiedad conocida como Montelimar. Crecieron entonces los rumores de que el general estaba débil y enfermo. Ese mismo mes y presionado por la nuevas políticas de Washington, levantó el estado de sitio, la ley marcial y la censura de prensa. Entonces, Pedro Joaquín Chamorro reanudó sus escritos contra el régimen y escribió lo que para muchos sería su sentencia de muerte: “Si hay un Fidel Castro, es porque hubo un Batista. Si hay un Frente Sandinista de Liberación Nacional es porque existe un Somoza. Si uno teme los efectos debe suprimir las causas”.
Chinto regresó a Costa Rica a comienzos de septiembre de 1977 con tiempo para participar en una operación realizada desde la frontera sur contra las poblaciones de San Carlos y Ciudad Cárdenas a orillas del lago en la cual participó con Edén Pastora, Carlos Coronel y Emiliano “El Gordo”, atacando el puesto militar de Cárdenas, mientras Plutarco Hernández, José Valdivia y sus hombres, todos de la corriente tercerista atacaban San Carlos. El ataque anterior, tuvo un éxito limitado pues lo que se suponía que sería un operativo en gran escala que movilizaría a la insurrección popular golpeando por el norte Chinandega, Masaya, Granada y Ocotal no se pudo llevar a cabo según lo planeado por problemas logísticos y de diversa índole; las tropas de Pastora y de Plutarco Hernández se retiraron a una finca en Costa Rica y la prevista insurrección masiva no se produjo; sin embargo el grupo de opositores que tenía conformado un gobierno provisional en San José para el caso de que la revuelta hubiese triunfado, se dio a conocer ante la opinión internacional, con un comunicado en el cual exaltaban la “Madurez Política” del F.S.L.N. y sostenían que debería jugar un papel importante en la solución de los problemas del país.
A los firmantes del documento, se les conoció desde entonces como “el Grupo de los Doce” entre los cuales había sacerdotes, empresarios y profesionales. En esta forma y en opinión de muchos un fracaso militar se capitalizó como un triunfo político importante. Pocos meses después, en enero del 78 fue asesinado Chamorro y el rechazo popular al gobierno de Somoza se generalizó subiendo como la marea que habría de arrasar 18 meses después y para siempre a la corrupta dinastía que había instaurado Anastasio Somoza García 40 años antes.
Como reacción al asesinato del periodista los empresarios del país decretaron una huelga y le pidieron a los líderes del frente que no actuasen, pues estaban convencidos de que su huelga derrocaría a Somoza. Durante dos meses los obreros se quedaron en sus casas pero siguieron cobrando los salarios de sus patronos; Somoza dejó pasar la huelga sin ninguna represión, con la idea de que finalmente los empresarios huelguistas terminarían por ahogarse financieramente. Este estado de cosas duró dos meses, hasta que los empresarios con sus fondos exhaustos se volvieron hacia los Sandinistas para decirles “Hagan algo”. Los guerrilleros que siempre fueron escépticos a los resultados de la huelga y habían dedicado ese tiempo a preparar planes lanzaron dos ataques simultáneos contra las ciudades de Granada y Rivas. El asalto a Granada lo comandó Camilo Ortega, (hermano de Daniel y Humberto los otros dos líderes terceristas) quien murió en combate y el ataque a Rivas fue conducido por Edén Pastora. El golpe de Pastora contra el cuartel de Rivas fue demoledor: Somoza perdió sesenta hombres y tuvo que reconocer ante las cámaras de la televisión que el cuartel había sido atacado por un comando de paracaidistas entrenado en la Unión Soviética y lanzado sobre Nicaragua por aviones cubanos. En realidad Edén Pastora con 25 hombres a pie cruzó la frontera, destruyó el cuartel somocista y regresó, tal como había venido, a su punto de partida: una finca en jurisdicción de Liberia, a pocos kilómetros de la línea fronteriza en territorio costarricense.

***

Al tiempo que el Land Rover, hábilmente conducido por Vigorón, avanzaba por la cinta negra de la carretera en medio del árido terreno cubierto por lava seca y residuos de la última erupción del volcán Masaya, en dirección opuesta y a pocos kilómetros de la entrada a Jiloá, Roberto conducía el Honda Civic sumido también en sus pensamientos, parecidos a los de Max, cuya suerte le preocupaba cada vez que aparecía Vigorón para embarcarlo en sus inciertas y peligrosas aventuras. A su lado Adriana escuchaba el conocido tango Isla de Capri que la llevaba invariablemente al pasado y le hacía recordar las delicias del amor vividas en Europa con Lissandro; sin embargo, no lograba eludir la imagen del profesor de INCAE que se filtraba involuntariamente en sus remembranzas. El tango terminó, Adriana se enderezó en la silla en un esfuerzo por apartar las inquietudes que había despertado el apuesto desconocido, se volvió hacia su hermano y le dijo:
― Me preocupa mucho la suerte de Max. Tengo miedo de que algo le pase…
― Yo también – replicó con el seño fruncido Roberto – pero nada ganamos con preocuparnos por él. En ese momento le pareció oportuno plantear a su hermana el escabroso tema que se había comprometido a tratar con ella, por petición que la noche anterior le había hecho Max quien consideraba que tendría más efecto sobre la joven por el ascendiente que Roberto tenía sobre ella. Entonces mirándola a los ojos que se reflejaban en el espejo retrovisor le dijo:
― A propósito de Max hay algo delicado, que no comparto totalmente con él, pero me comprometí a transmitírtelo…
― Ahora si, me inquietas más – dijo Adriana con una sombra de preocupación en el rostro ―. Dime lo que sea.
― Se trata del General Baltodano.
― ¿Qué pasa con Baltodano?
― Todavía nada pero el punto es que los sandinistas quieren que pase algo. Anoche Max me contó que Vigorón había logrado ganarse para la causa a una de las secretarias de Baltodano quien le dijo que este lunes el General viajará a Washington. La secretaria oyó una conversación de Baltodano con su ayudante, y parece que se trata de una misión diplomática encargada por el mismo Somoza, para buscar el apoyo de los gringos haciendo cabildeo con amigos empresarios y políticos pues hay rumores de que Carter quiere cortar la ayuda militar al régimen de Somoza…
― Ahora entiendo – le interrumpió Adriana – de que era que estaban hablando anoche el General y el Presidente del Banco Central, con los que estuve en la misma mesa en el Atlantis después del show. Hubo un momento en que el tipo del banco empezó a hablar en inglés con Baltodano, que sacó una libreta y anotó los nombres de unos contactos en Washington. En ese momento yo me hice la desentendida y me puse a hablar con la esposa del banquero. Cuando terminaron de hablar, Baltodano que no es bobo y sabe que yo hablo inglés, pidió disculpas diciendo que el lunes viajaba a Washington en misión oficial y alardeó un poco mencionando que muy posiblemente le nombrarían embajador; por supuesto, yo alcancé a tomar nota mental de algunos nombres mencionados por el banquero para darle posteriormente ese dato a Aníbal. Pero bueno sigue contándome que es lo que quieren en concreto de mí.
― Los Sandinistas quieren dar un golpe grande en los próximos días y una de las opciones es secuestrar o matar a Baltodano – explicó Roberto en tono grave y aclaró – yo no estoy totalmente de acuerdo, pero no puedo hacer nada para impedirlo; pues lo que me preocupa es que quieren utilizarte como sebo para tenderle una trampa. De todas maneras me comprometí con Max a decírtelo cuando me garantizó que las cosas se planearían en forma tal, que tú no corrieras ningún peligro. Ahora la decisión está en tus manos.
Adriana proceso mentalmente la información y después de un buen rato contestó:
― Tiendo a estar de acuerdo contigo. No me gustaría embarcarme en una aventura tan peligrosa. Dile a Max que con mucho gusto puedo ser más amable con el General sin que pretenda que me acueste con él, pues por un lado el tipo me repugna y por el otro, una cosa es que yo simpatice con los Sandinistas y otra muy distinta que esté dispuesta a poner en peligro mi vida. Seguiré proporcionándole información con datos como el de anoche, que decidí contarle a Aníbal a quien le pareció información muy valiosa. Es más, esta mañana cuando hablamos, inmediatamente llamó a varias personas del grupo de Robelo para sugerirles la importancia de enviar una comisión de empresarios a Washington para hacerle contrapeso a Baltodano.
― Me parece bien y te respaldo – reaccionó Roberto con expresión de alivio – olvidémonos por ahora del asunto y más bien preparémonos para disfrutar la mañana en la laguna. Tengo curiosidad por conocer al consultor gerencial que se consiguió Aníbal. Anoche me llamó y me dijo que estaba favorablemente impresionado con el tipo.
En el retén de la guardia los retuvieron y los trataron con exagerada cortesía, cuando exhibieron sus pasaportes británicos. Por recomendación de Max, siempre los usaban como identificación y Roberto gozaba simulando un acento inglés que le daba aspecto de extranjero y le recordaba a Adriana la forma en que su padre hablaba el español. Al llegar a la casa de Aníbal, Roberto descendió del Honda para abrirle la puerta con galantería europea y le rodeó con ternura la cintura con el brazo derecho; mientras avanzaban hacia el kiosco, Adriana no daba crédito a sus ojos cuando se quitó las gafas oscuras y vio de frente, murmurando unas palabras al oído de Aníbal, al profesor que desde la noche del viernes, se había metido como un intruso en el caudal de sus pensamientos.

Punto de Quiebre – Capítulo I

Por : kapizan
En : Capítulo I - Braulio, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

14

I
BRAULIO

Managua, sábado 10 de junio de 1978

A las nueve de la noche, después de una ducha refrescante, Braulio se puso un pantalón azul oscuro de algodón, unos mocasines negros de cuero y una guayabera blanca de lino que había comprado tres días antes en Panamá en la última escala de su viaje a Managua. A las nueve y media se encaminó al edificio principal del campus, en donde le habían asignado un cubículo como oficina temporal, y pidió una llamada a Boston para hablar con su esposa. La voz de Elizabeth, al otro lado de la línea, le pareció distante y fría, como un reflejo de lo que había sido su relación en los tres últimos años: insulsa, monótona y aburrida.

Después de colgar, se dijo para sus adentros que su relación con Liz era un desastre y que la idea de ambos de que esa separación temporal serviría para mejorarla, no tenía visos de funcionar; si bien es cierto que en la noche anterior a su viaje les pareció que la pasión de los primeros años se había revivido, el tono de voz y la frialdad de Liz denotaban un regreso a la rutina que suele preceder a las crisis matrimoniales. Todo había comenzado con el último embarazo frustrado, que a él le había afectado profundamente. Molesto por los resultados de su bien intencionado esfuerzo de aproximación, se quitó la argolla matrimonial, la guardó en una gaveta del escritorio y salió de su oficina.
Poco después, más calmado y sin ningún sentimiento de culpa, tomó las llaves del vehículo que habían puesto a su disposición y emprendió, con cierta pícara alegría, la aventura que estaba fraguando desde que la noche anterior, en compañía de algunos colegas, había quedado deslumbrado con la belleza, la sensualidad y la calidad artística de Adriana Harrison; una escultural y exótica vedette que daba realce, con su melodiosa voz, al show de media noche en el night club Atlantis, el más concurrido de la capital nicaragüense.

Según lo previsto, Braulio pasaría todo el verano como profesor de mercadeo en el Programa de Alta Gerencia que anualmente organizaba, para ejecutivos de grandes compañías, el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (INCAE)(1) – prestigiosa escuela de negocios, auspiciada por la Universidad de Harvard ―. El hecho de que a sus 34 años fuese un candidato doctoral en Harvard, perfectamente bicultural y bilingüe, unido a su experiencia como profesor adjunto en la misma, habían sido credenciales suficientes para que el director académico de INCAE le ofreciese un contrato como profesor durante los dos meses del programa de alta gerencia. Su intención era complementar el tiempo y los ingresos como consultor de estrategia empresarial, con una importante empresa comercial nicaragüense.

Mientras conducía el Chevrolet Malibú Classic de cuatro puertas que le habían asignado en INCAE, y lo enrumbaba por la carretera sur, pensó que era una suerte que el Atlantis estuviese a escasos ocho kilómetros de la entrada al campus, sobre el costado derecho de la vía que conducía hacía el norte hasta el sector de lo que había sido el centro de la capital ― completamente destruido por el devastador terremoto de 1972 ―, y hacia el sur hasta la ciudad de Rivas y la frontera con Costa Rica a escasos 150 kilómetros de Managua. Era una suerte, pues en los tres días que había pasado en la ciudad, si es que a Managua todavía se le podía decir ciudad, le había sorprendido que ésta no tuviese nomenclatura y las direcciones se daban en una forma que difícilmente podía descifrar un extranjero; algo tan folclórico como “mi casa queda de donde fue el arbolito dos cuadras al lago, una abajo y otra a la montaña”.
Como buen profesor de estrategia empresarial, había estado rumiando tácticas para abordar a la preciosa mujer de misteriosos e insondables ojos grises, que le habían capturado desde que sus miradas se cruzaron, por un instante, cuando se levantó para aplaudir la soberbia interpretación de Summer Dance, una alegre canción en inglés – que según anunció el maestro de ceremonias había sido compuesta por Adriana con música del desaparecido maestro Lissandro Moreira ―, acompañada por una impresionante coreografía ejecutada por seis parejas de bailarines, con máscaras blancas, que prácticamente volaban en medio de una escenografía que simulaba la playa en una noche estrellada y sin luna.
Al volante del confortable automóvil, Braulio se sentía alegre y excitado como un adolescente que acude a su primera cita, al tiempo que tarareaba el estribillo de la conocida canción popular “Managua Nicaragua donde yo me enamoré…”, pensaba que su profesor de estrategia tenía toda la razón cuando afirmaba que en la elaboración de cualquier plan, las probabilidades de éxito aumentaban considerablemente cuando se tenía claro el objetivo; y su objetivo, según la teoría, reunía los tres requisitos básicos: era claro, factible y medible; y las cosas se habían dado con sorprendente facilidad desde que se había puesto en acción al atardecer de ese caluroso sábado de junio de 1978.

(1) N de A: Desde finales de los años noventa, el INCAE es conocido como “INCAE BUSSINES SCHOOL”

 

***

Esa mañana, un Mercedes Benz había conducido a Braulio hasta la sede de la empresa comercial que había solicitado sus servicios como consultor, para asesorar a la gerencia en el diseño de una estrategia de expansión que tenían prevista para los próximos tres años. Después de recorrer, en el centro comercial Camino de Oriente, las instalaciones del primer almacén de lo que pretendía ser una cadena de distribución al detalle por departamentos, había sido invitado por Aníbal Argüello, fundador y gerente general de Casa Comercial Argüello, a un opíparo almuerzo en el restaurante “Los Ranchos”, en donde pudo comprobar que se servía el mejor churrasco de América Latina ― exceptuando talvez, y Braulio no estaba muy seguro, el churrasco Argentino ―. Aníbal, un hombre alegre, dinámico y extrovertido, resultó un estupendo anfitrión que escogió un espléndido borgoña para acompañar las carnes, y ofreció como aperitivo un delicioso “Ron Flor de Caña Oro”, servido con hielo y un chorrito de agua en vasos de whisky. Después de los postres y el café, Aníbal ofreció unos puros nicaragüenses de exquisito aroma, que Braulio apreció como excelente fumador que era; posteriormente le condujo, dentro del mismo edificio rústico del famoso restaurante a un pequeño y acogedor bar, situado al fondo, que llevaba el sugestivo nombre de “Las Leyendas”.
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