Punto de Quiebre – Capítulo I

Por : kapizan
En : Capítulo I - Braulio, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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I
BRAULIO

Managua, sábado 10 de junio de 1978

A las nueve de la noche, después de una ducha refrescante, Braulio se puso un pantalón azul oscuro de algodón, unos mocasines negros de cuero y una guayabera blanca de lino que había comprado tres días antes en Panamá en la última escala de su viaje a Managua. A las nueve y media se encaminó al edificio principal del campus, en donde le habían asignado un cubículo como oficina temporal, y pidió una llamada a Boston para hablar con su esposa. La voz de Elizabeth, al otro lado de la línea, le pareció distante y fría, como un reflejo de lo que había sido su relación en los tres últimos años: insulsa, monótona y aburrida.

Después de colgar, se dijo para sus adentros que su relación con Liz era un desastre y que la idea de ambos de que esa separación temporal serviría para mejorarla, no tenía visos de funcionar; si bien es cierto que en la noche anterior a su viaje les pareció que la pasión de los primeros años se había revivido, el tono de voz y la frialdad de Liz denotaban un regreso a la rutina que suele preceder a las crisis matrimoniales. Todo había comenzado con el último embarazo frustrado, que a él le había afectado profundamente. Molesto por los resultados de su bien intencionado esfuerzo de aproximación, se quitó la argolla matrimonial, la guardó en una gaveta del escritorio y salió de su oficina.
Poco después, más calmado y sin ningún sentimiento de culpa, tomó las llaves del vehículo que habían puesto a su disposición y emprendió, con cierta pícara alegría, la aventura que estaba fraguando desde que la noche anterior, en compañía de algunos colegas, había quedado deslumbrado con la belleza, la sensualidad y la calidad artística de Adriana Harrison; una escultural y exótica vedette que daba realce, con su melodiosa voz, al show de media noche en el night club Atlantis, el más concurrido de la capital nicaragüense.

Según lo previsto, Braulio pasaría todo el verano como profesor de mercadeo en el Programa de Alta Gerencia que anualmente organizaba, para ejecutivos de grandes compañías, el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (INCAE)(1) – prestigiosa escuela de negocios, auspiciada por la Universidad de Harvard ―. El hecho de que a sus 34 años fuese un candidato doctoral en Harvard, perfectamente bicultural y bilingüe, unido a su experiencia como profesor adjunto en la misma, habían sido credenciales suficientes para que el director académico de INCAE le ofreciese un contrato como profesor durante los dos meses del programa de alta gerencia. Su intención era complementar el tiempo y los ingresos como consultor de estrategia empresarial, con una importante empresa comercial nicaragüense.

Mientras conducía el Chevrolet Malibú Classic de cuatro puertas que le habían asignado en INCAE, y lo enrumbaba por la carretera sur, pensó que era una suerte que el Atlantis estuviese a escasos ocho kilómetros de la entrada al campus, sobre el costado derecho de la vía que conducía hacía el norte hasta el sector de lo que había sido el centro de la capital ― completamente destruido por el devastador terremoto de 1972 ―, y hacia el sur hasta la ciudad de Rivas y la frontera con Costa Rica a escasos 150 kilómetros de Managua. Era una suerte, pues en los tres días que había pasado en la ciudad, si es que a Managua todavía se le podía decir ciudad, le había sorprendido que ésta no tuviese nomenclatura y las direcciones se daban en una forma que difícilmente podía descifrar un extranjero; algo tan folclórico como “mi casa queda de donde fue el arbolito dos cuadras al lago, una abajo y otra a la montaña”.
Como buen profesor de estrategia empresarial, había estado rumiando tácticas para abordar a la preciosa mujer de misteriosos e insondables ojos grises, que le habían capturado desde que sus miradas se cruzaron, por un instante, cuando se levantó para aplaudir la soberbia interpretación de Summer Dance, una alegre canción en inglés – que según anunció el maestro de ceremonias había sido compuesta por Adriana con música del desaparecido maestro Lissandro Moreira ―, acompañada por una impresionante coreografía ejecutada por seis parejas de bailarines, con máscaras blancas, que prácticamente volaban en medio de una escenografía que simulaba la playa en una noche estrellada y sin luna.
Al volante del confortable automóvil, Braulio se sentía alegre y excitado como un adolescente que acude a su primera cita, al tiempo que tarareaba el estribillo de la conocida canción popular “Managua Nicaragua donde yo me enamoré…”, pensaba que su profesor de estrategia tenía toda la razón cuando afirmaba que en la elaboración de cualquier plan, las probabilidades de éxito aumentaban considerablemente cuando se tenía claro el objetivo; y su objetivo, según la teoría, reunía los tres requisitos básicos: era claro, factible y medible; y las cosas se habían dado con sorprendente facilidad desde que se había puesto en acción al atardecer de ese caluroso sábado de junio de 1978.

(1) N de A: Desde finales de los años noventa, el INCAE es conocido como “INCAE BUSSINES SCHOOL”

 

***

Esa mañana, un Mercedes Benz había conducido a Braulio hasta la sede de la empresa comercial que había solicitado sus servicios como consultor, para asesorar a la gerencia en el diseño de una estrategia de expansión que tenían prevista para los próximos tres años. Después de recorrer, en el centro comercial Camino de Oriente, las instalaciones del primer almacén de lo que pretendía ser una cadena de distribución al detalle por departamentos, había sido invitado por Aníbal Argüello, fundador y gerente general de Casa Comercial Argüello, a un opíparo almuerzo en el restaurante “Los Ranchos”, en donde pudo comprobar que se servía el mejor churrasco de América Latina ― exceptuando talvez, y Braulio no estaba muy seguro, el churrasco Argentino ―. Aníbal, un hombre alegre, dinámico y extrovertido, resultó un estupendo anfitrión que escogió un espléndido borgoña para acompañar las carnes, y ofreció como aperitivo un delicioso “Ron Flor de Caña Oro”, servido con hielo y un chorrito de agua en vasos de whisky. Después de los postres y el café, Aníbal ofreció unos puros nicaragüenses de exquisito aroma, que Braulio apreció como excelente fumador que era; posteriormente le condujo, dentro del mismo edificio rústico del famoso restaurante a un pequeño y acogedor bar, situado al fondo, que llevaba el sugestivo nombre de “Las Leyendas”.
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