Punto de Quiebre – Capítulo II

Por : kapizan
En : CapÍtulo II - Los Gemelos, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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II
LOS GEMELOS

Managua, mayo de 1975

El anuncio de que el vuelo de Braniff procedente de New York con escalas en Miami, Ciudad de Guatemala, San Salvador, Managua, San José y con destino final Panamá, tendría un atraso de dos horas, y estaría llegando al aeropuerto internacional Las Mercedes de Managua, a las nueve de la noche, aumentó la ansiedad, la tensión y el nerviosismo de Max. No era para menos, hacía diez años que no veía a su madre, a su hermano gemelo, de quien se había separado con el dolor del que abandona su otra mitad, y a su hermanita, a quien no había visto convertirse en mujer y no podía imaginar que aspecto tendría a los 21 años. Cinco meses antes, la noticia de que su padre había muerto trágicamente en Londres le había afectado mucho, pero su dolor fue apaciguado por la decisión de su madre de regresar a Nicaragua, en donde pensaba pasar el resto de su vida, a la orilla del mar en su nativa Bluefields, en compañía de su hermana Berenice. Los tres hermanos, se radicarían en Managua, en donde Roberto, recién graduado de leyes en la Universidad de Londres, debería adelantar algunos cursos en la UNAN para poder ejercer el derecho en Nicaragua; Adriana tomaría algunos cursos de idiomas; y Max podría finalmente continuar con sus estudios de ingeniería, que había interrumpido para atender a su tía Berenice pues había quedado reducida a una silla de ruedas a causa de una artritis degenerativa.
Al observar la expresión compungida del joven, Aníbal lo tomó por el brazo y le dijo:
― Ya esperaste lo más, podés esperar lo menos. Aprovechemos el tiempo y tomémonos una cerveza; pero antes, llamemos a la tía Berenice para decirle que no se preocupe por la demora.
― Ni modo, Aníbal – dijo con resignación Maximiliano ―, tomémonos esa cerveza y me contás como fue que se conocieron tu papá y el mío.

En realidad, el vuelo se atrasó cuatro horas. Por fortuna, para el nerviosismo de Max, el relato0 de Aníbal le entretuvo, pues se extendió no sólo a la forma en que se habían conocido sus respectivos padres, sino que se convirtió en una ilustrativa charla sobre la historia de la Costa Atlántica y la cultura de las étnias que habitan la región de la Mosquitia, de la cual eran oriundas Charlotte y Berenice Stephens, su madre y su tía respectivamente.
Supo por ejemplo que los indígenas que poblaban la Costa Atlántica al Noroeste de Nicaragua eran de origen Maya; que los primeros blancos que establecieron contacto con ellos a comienzos del siglo XVII fueron bucaneros franceses; que en 1630 llegaron a las costas piratas ingleses y otros británicos que rápidamente establecieron colonias comerciales; y que en 1641 un barco portugués que transportaba esclavos negros del África, había naufragado frente a la costa, y muchos supervivientes fueron capturados por los indios y se mezclaron con los negros. De esa mezcla surgió la nueva etnia de los indios Misquitos a la cual se fueron agregando con el tiempo alemanes, portugueses, españoles y chinos; así pues su madre y su tía provenían de esa heterogénea mezcla que incluía, hasta donde Aníbal podía precisar, un tatarabuelo portugués, un bisabuelo español, un abuelo chino y el padre de ambas Robert Stephens, un comerciante inglés que había llegado a Bluefields en 1926 y se había enamorado de Juanita Chang, hija de un cocinero chino y una indígena misquito.
La amistad entre el profesor Elías Argüello, Director del Departamento de Historia de la UNAN y el profesor Edward Harrison, antropólogo e historiador de la Universidad de Londres se había iniciado a mediados de 1948, con un intercambio de correspondencia académica. En ese entonces, el catedrático inglés estableció contacto con su colega en Managua mediante una carta en la cual expresaba su interés antropológico por las étnias de la costa de la Mosquitia, de las cuales quería obtener información documental; y sobre el apoyo que los Misquitos habían brindado a los ingleses en sus guerras contra España durante el siglo XVIII. La respuesta a su carta acompañada de valiosos documentos y fotografías, puso de presente que el profesor Argüello no sólo tenía sólidos conocimientos sobre el tema, sino que esa zona de su país y su historia eran una de las áreas en las cuales había estado trabajando durante dos décadas. Un año después, Harrison decidió realizar un trabajo de campo y obtuvo apoyo financiero de la Real Academia de Historia para efectuar investigaciones en la Costa Atlántica. En el verano de 1949, Aníbal que para entonces tenía veinticuatro años y acababa de graduarse como economista en Yale, acompañó a su padre y al profesor Harrison en su primera visita a la Costa Atlántica; terminadas las vacaciones, cuyo recuerdo se mantenía vívido en la mente de Aníbal, éste regresó con su padre a Managua y el profesor Harrison se quedó en Bluefields hasta comienzos de 1950. En ese periodo, el profesor inglés recabó información suficiente para escribir dos libros y puso fin, a los 45 años de edad, a una prolongada soltería al contraer matrimonio con Charlotte Stephens, hija menor de la dueña del pequeño hotel en donde había estado hospedado todo ese tiempo. A su regreso a Londres, compró una casa en Hampstad Heath, cerca de la universidad, en donde se instaló con su joven esposa nicaragüense, que en julio de 1951 dio a luz un par de gemelos que recibieron los nombres de Roberto y Maximiliano. Dos años después nació Adriana, que fue la adoración de su padre y sus hermanos.

Finalmente, el vuelo llegó pasadas las once de la noche y Max tuvo que esperar otra media hora, mientras su familia cumplía con los trámites aduaneros y de migración, para poder abrazarlos. El encuentro de la familia, sin la presencia del padre, fue emotivo y lacrimoso. A los ojos de Max, la única que no había cambiado era su madre, que se teñía las canas y conservaba el mismo aspecto esbelto, elegante y hermoso de los 35 años que su hijo recordaba; su hermano, con facciones idénticas a las suyas, cuidadosamente rasurado y con un espeso bigote, se sorprendió al ver la poblada barba que lucía Max, quien se apresuró a decir: “Ya nunca seremos idénticos hermano pues esta barba no es por gusto sino por necesidad, para tapar una fea cicatriz que me hice en el mentón en un accidente de motocicleta y cada vez que me afeitaba la máquina me brincaba en la cicatriz y me cortaba”. Al ver la espléndida figura, las finas facciones, enmarcadas en una espesa y ondulada cabellera negra, y los expresivos ojos grises de Adriana, Aníbal dijo en tono admirativo: “Estás divina muchacha, parecés una reina y esos ojos grises, heredados de tu padre, son algo fuera de serie”.
La enfermedad había vuelto muy paciente a la tía Berenice. Por ello recibió con resignación la noticia de que su hermana y sus sobrinos estarían llegando a la casa de Aníbal con un considerable retraso. María José, había terminado los preparativos para recibir a sus huéspedes con una cena ligera y alrededor de las nueve de la noche, después de verificar que todo estaba listo, empujó la silla de ruedas de Berenice hasta el porche desde el cual se apreciaba la hermosura de las rizadas aguas de la laguna en esa noche de plenilunio, y se sentó a su lado. Ninfa les ofreció una taza de café y las dos mujeres se dispusieron a entretener la espera conversando.
La emoción de Berenice por el próximo encuentro con su hermana menor a quien no veía desde hacía 25 años era inocultable. La tía estaba extrovertida y locuaz como nunca. Remontándose a su pasado le contó a la joven las circunstancias por las cuales su sobrino Max había viajado, diez años antes, desde Londres para vivir con ella en Ciudad Darío. Su esposo y su único hijo Edilberto, que entonces tenía 13 años, habían perecido en un accidente de aviación… “Fue un hermoso gesto de Charlotte, que nunca tendré como pagarle. En un acto de generosidad sin límites envió a uno de sus gemelos para que me hiciera compañía…sin el apoyo de Max, que es un muchacho regio, yo me hubiera derrumbado y no hubiese superado nunca la terrible pena…” le contó con lágrimas en los ojos.
Siguiendo instrucciones de Charlotte, Berenice había vendido su propiedad en Darío y había viajado una semana antes en compañía de Max a la casa de Aníbal en Jiloá, donde permanecerían, una vez reunidos, el tiempo que fuese necesario para que los tres hermanos consiguiesen una vivienda en alquiler e iniciasen los trámites para ingresar a la universidad; pues Charlotte pensaba regresar a Bluefields y radicarse en la vieja casona de madera que la había visto nacer y en la cual había conocido a su esposo. El hotel había sido clausurado al morir su madre 14 años antes, y su propósito era reactivarlo en compañía de su hermana.
Pasada la medianoche, cuando Aníbal llegó con los Harrison, todos quedaron impresionados por la emoción del encuentro, principalmente entre Charlotte y su hermana inválida. A pesar de que Berenice era apenas cinco años mayor que su hermana, ésta que se conservaba hermosa y elegante a sus 45 años, apenas logró disimular el impacto que le produjo ver a Berenice totalmente demacrada y consumida por la enfermedad que la hacía parecer una anciana 20 años mayor, llena de arrugas, con el pelo completamente blanco y con la voz temblorosa.
La cena fue muy alegre y la reunión de sobre mesa, a pesar del cansancio de los recién llegados, se prolongó casi hasta el amanecer. Todos se dieron cuenta de las apasionadas miradas que Maribel le dirigía a Max, pero nadie se percató de las furtivas miradas que se cruzaban Roberto y María José como preludio del nacimiento de una relación que llegaría a consolidarse con el tiempo.
Cuando todos se hubieron acostado, los gemelos totalmente insomnes por la excitación del encuentro, salieron de la casa y después de juguetear un rato en las frías aguas de la laguna, se sentaron frente a frente en dos jardineras de piedra de cuyo interior emergían sendas palmeras y estuvieron intercambiando confidencias sobre lo que habían sido esos años de separación; rememorando las travesuras infantiles en Londres; y haciendo planes para el futuro. A media mañana, cuando la casa comenzó a cobrar vida y salieron María José y Maribel a tomar un baño en la laguna, encontraron a los dos hermanos enfrascados en su conversación; se unieron a ellos y media hora después, los cuatro, por iniciativa de Maribel, aparejaron un bote de vela y pasaron el resto de la mañana navegando en la laguna.

A mediados de junio de 1975, tres semanas después de haber llegado, Charlotte y Berenice viajaron a Bluefields, bastante entusiasmadas con el proyecto de reactivar, el viejo Hotel Chang que habían mantenido sus padres por muchos años. El ánimo de Berenice había cambiado con la llegada de su hermana y su salud había experimentado una notoria mejoría, hasta el punto de que usaba cada vez menos la silla de ruedas y podía caminar con ayuda de un bastón. Los tres hermanos consiguieron una casa confortable en el barrio Bolonia; adquirieron un Honda Civic; los dos gemelos se inscribieron en la universidad; y Adriana, consiguió profesores privados para perfeccionar el francés y el portugués y se vinculó al Ballet Folclórico de Nicaragua. La situación económica de los Harrison, madre e hijos, era razonablemente holgada gracias a un seguro de vida de cien mil dólares que habían recibido a la muerte del profesor. Con estos fondos Charlotte remodeló el hotel y destinó una parte para la educación universitaria de sus hijos y su manutención en Managua.

A los 24 años los gemelos, exceptuando la barba de Max, eran físicamente idénticos pero con rasgos de personalidad e intereses diferentes. Eran altos, un metro con ochenta, fornidos y bien proporcionados, con cabello castaño oscuro y ojos cafés ligeramente rasgados como un vestigio del ancestro chino, tez blanca pero bronceada por el sol tropical en el caso de Max y con cierta palidez natural en el caso de Roberto, cejas pobladas, nariz recta, mentón partido y una encantadora sonrisa. Roberto era reservado, cerebral y de emociones fuertes pero controladas, como producto de la rígida educación inglesa que había recibido; Max era extrovertido, impulsivo, pasional y nunca reprimía sus emociones. Boby – como siempre le dijo Max a su hermano – había nacido diez minutos antes que su gemelo y talvez por ello o por el carácter más maduro de Roberto, su hermano siempre le trató con el respeto debido a un hermano mayor.
Max amaba con intensidad a la Nicaragua que encontró a los 14 años cuando vino a acompañar a su tía viuda y con el fervor juvenil estimulado por la influencia de su grupo de amigos adolescentes, se convirtió primero en antisomocista y posteriormente en sandinista militante que a los 16 años servía como correo interno de las guerrillas y participaba en el trasiego de armas que desde Ciudad Darío se distribuía a los combatientes Sandinistas en las montañas del norte. Roberto que nunca había vivido en Nicaragua, sentía afecto por la tierra de sus antepasados maternos y tenía un amplio conocimiento sobre la historia del país y una posición objetiva y académica respecto a la dictadura, derivada de largas charlas con su padre. Entre los gemelos jamás hubo secretos y Roberto se enteró muy pronto de las peligrosas actividades de su hermano. Lo apoyó decididamente con una salvedad: “Te apoyo en lo que quieras pero no me pidas que agarre un fusil”.
En el reencuentro, se hizo evidente que mientras Max hablaba y se comportaba con la extroversión y la confianza alegre y descomplicada con que los nicaragüenses se tratan entre sí, con el familiar voseo y “comiéndose” la letra final en la mayoría de las palabras terminadas en S, Roberto hablaba perfecto español con un leve dejo de acento británico, era más frío y utilizaba un respetuoso tratamiento de usted con las personas mayores en “edad, dignidad y gobierno” y sólo utilizaba el tuteo, al estilo de los bogotanos o los quiteños, cuando tenía algún grado de confianza; por eso, cuando Roberto ingresó a la universidad para complementar sus estudios de leyes rápidamente se ganó el apodo de My Lord. Adriana, era indiferente a la política, pero también hablaba el español como su hermano, debido al hecho de que ambos fueron excelentes amigos de su padre, que siempre les habló con el español que había aprendido en los años treinta con un profesor suramericano del norte.
Si en la niñez fueron inseparables, después del reencuentro en Nicaragua, su relación se consolidó y se mantuvo siempre dentro de la mayor cordialidad y armonía, a pesar de que sus gustos eran diferentes. A Max le entusiasmaban el baile y la parranda, había absorbido la pasión nicaragüense por el béisbol y era un excelente atleta, prefería resolver ecuaciones y complejos problemas de cálculo que leer o ir al cine; en tanto que Roberto, prefería la compañía de un buen libro, era ajedrecista consumado y aficionado a los deportes acuáticos, en los cuales se convirtió en instructor de su hermano desde que comenzaron a compartir agradables fines de semana en la Laguna de Jiloá, en compañía de las dos hijas de Aníbal. Desde entonces y gracias al sol tropical la piel de Roberto adquirió un bronceado natural y la de Max intensificó su tono cobrizo y aumentó su atractivo, especialmente a los ojos de Maribel, cuya pasión por Max (instantánea y precoz desde que el muchacho se alojó en su casa cuando llegó por primera vez a Managua, en 1971, para iniciar sus estudios de ingeniería en la UNAN) se fue acrecentando con el tiempo y con la indiferencia del muchacho. Su hermana, antes de que Charlotte partiera para la Costa Atlántica, ya se había convertido en la novia de Roberto. Por esa fechas, la magia de Jiloá, y el interés de Maribel por la lucha Sandinista, lograron que por fin Max descubriera a la espléndida mujer en que se había convertido Maribel y surgiese un apasionado romance entre el barbudo guerrillero y la impetuosa hija menor de Aníbal

***

El 27 de diciembre de 1974, una acción espectacular realizada por los Sandinistas sorprendió a los nicaragüenses y a la opinión internacional: a las 10:30 de la noche un comando integrado por diez hombres jóvenes y tres mujeres, al mando de Eduardo Contreras, irrumpió en la residencia de un alto funcionario del gobierno en la cual se celebraba una recepción en honor de Turner Shelton, embajador de los Estados Unidos, a quien pretendían tomar como rehén. El embajador, que había abandonado la fiesta diez minutos antes, se salvó de ser secuestrado. Sin embargo, los guerrilleros tomaron como rehenes al Ministro de Asuntos Exteriores y a otros importantes jerarcas del sistema entre quienes se encontraba un cuñado del dictador. El gobierno optó por negociar y casi tres días después, con el arzobispo Miguel Obando y Bravo actuando como mediador, los Sandinistas obtuvieron la libertad de 14 guerrilleros detenidos, un millón de dólares en efectivo, la publicación de un extenso comunicado que atacaba a Somoza, y un vuelo a Cuba, en donde, con el apoyo de Fidel Castro, los guerrilleros excarcelados y los miembros del comando permanecerían en un entrenamiento intensivo. Entre el grupo, que fue recibido apoteósicamente en La Habana, llegó Jacinto (Chinto) Bermúdez, un guerrillero de unos 30 años, estatura mediana, fuerte musculatura y un rostro moreno aindiado, con ojos negros de mirada penetrante, que le confería aspecto de cacique Chorotega y le facilitaba ejercer el liderazgo natural que poseía. Chinto, había pasado tres años en las cárceles Somocistas, desde que la Guardia Nacional lo había capturado tras un fallido ataque a un puesto militar en su nativa Ciudad Darío. Otro de los presos liberados fue Daniel Ortega que llevaba siete años en la cárcel y para entonces ni siquiera sospechaba que pocos años después llegaría a ser presidente de Nicaragua, en las primeras elecciones posteriores al triunfo de la insurrección Sandinista.
El ataque de la Fiesta de Navidad, como fue conocido por la prensa, trajo consecuencias. La más grave, desde el punto de vista Sandinista, fue que sirvió como elemento de discordia, generó tensiones entre sus líderes y marcó entre los militantes tres tendencias insurgentes, que diferían tanto en su plataforma ideológica, como en el método de conducir la revolución. Desde entonces, por auto denominación, se les conoció como: la G.P.P. (Guerra Popular Prolongada), de la cual eran cabezas visibles Tomás Borge – uno de los fundadores del F.S.L.N., que posteriormente caería preso y sería rescatado en otra operación espectacular en 1978 ― y Henry Ruiz, alias Modesto, comunistas convencidos y doctrinarios, seguidores casi al pie de la letra de la corriente Marxista-Leninista, y de la estrategia de lucha Maoísta. Para Borge y Ruiz, lo fundamental, era la teoría del foco, según la cual un pequeño grupo debe fortalecerse y resistir en el monte el tiempo suficiente para convertirse en un grupo importante y después dispersarse en otros pequeños grupos que a su vez se convertirán en grandes grupos. Según Ruiz, “Mientras no se haya alcanzado este objetivo, hay que evitar cualquier enfrentamiento con el enemigo… hay que hacer campamento, la guerra será para más tarde”. Los proletarios liderados por Jaime Wheelock (paradójicamente el más burgués de los líderes Sandinistas, tanto por su origen como por su elegancia natural, que le llevó después del triunfo de la revolución a lucir uniformes verde oliva de marca, ocasionando con ello la burla de amigos, enemigos y neutrales), quien tras muchos años en Alemania, había regresado a comienzos de 1975 meses después del ataque. Durante su permanencia en Europa, había profundizado en sus estudios Marxistas y consideraba que si los Sandinistas querían ser Marxistas auténticos, deberían dedicarse a desarrollar en el pueblo una conciencia proletaria sin importar el tiempo que les consumiera conquistar el poder por ese camino. Y los terceristas, autores del operativo, entre quienes se encontraban los hermanos Humberto, Camilo y Daniel Ortega, el poeta Sergio Ramírez y el hasta entonces poco conocido Edén Pastora. Esta última tendencia defendía el concepto de una revolución democrática en la cual todos los sectores políticos, económicos y sociales pudieran participar; y ofrecía que una vez obtenido el triunfo, se realizarían unas verdaderas elecciones y se crearía una nueva Nicaragua, no alineada, pluralista y de economía mixta, en donde las libertades individuales y colectivas serían respetadas.
La disputa entre los líderes de las tres tendencias se agudizó cuando Wheelock dirigió una carta a sus camaradas, en la cual criticaba duramente la operación tildándola de “Desviación pequeñoburguesa” que sólo había servido para desatar una ola represiva por parte de la dictadura, que había encarcelado más jefes Sandinistas de los que se habían liberado con el asalto; (como reacción inmediata al audaz asalto guerrillero, Somoza impuso el estado de sitio, la ley marcial y la censura de prensa, que se mantuvieron hasta 1977). Esta confrontación, llegó a su punto álgido cuando algunos jefes Sandinistas montaron una operación para asesinar a Wheelock quien se salvó gracias a un sacerdote que logró esconderlo en un lugar seguro.
A finales de ese año, Carlos Fonseca Amador – uno de los fundadores e ideólogo del F.S.L.N. ―, que llevaba varios años residiendo en Cuba, fue convocado para que sirviera como mediador en la disputa. Fonseca, tras largas entrevistas con líderes de las tres facciones, escribió un extenso documento en el cual culpaba a Wheelock de los problemas internos del Frente Sandinista y criticaba a varios líderes por haber permanecido mucho tiempo en cómodas posiciones en el exterior. Para dar ejemplo, se internó en las montañas del norte… El 8 de noviembre de 1976 cayó abatido por las balas del régimen y su nombre entró a encabezar las listas del martirologio Sandinista como “Comandante Carlos, Carlos Fonseca, tayacán vencedor de la muerte…” como reza el himno que, compuesto por Tomás Borge, años después atronaría la Plaza de la Revolución, cantado por miles de gargantas nicaragüenses.
La violencia represiva de Somoza en los dos años posteriores a los sucesos decembrinos del 74, cobró más de mil vidas de campesinos a lo largo y ancho del territorio nicaragüense y el encarcelamiento o muerte de muchos cuadros Sandinistas. Con la caída de Carlos Fonseca, el dictador quedó convencido de que había logrado eliminar a los Sandinistas como una amenaza real para su gobierno. La historia demostraría cuan equivocado estaba. En ese noviembre, los Obispos Católicos de Nicaragua se pronunciaron en una carta pastoral acusando a la Guardia Nacional de haber dado muerte a centenares de campesinos durante la campaña del régimen para barrer a los Sandinistas de las montañas del norte, con lo cual fijaron una clara posición de repudio al gobierno, que tuvo gran aceptación en amplios sectores de la sociedad nicaragüense, mayoritariamente católica, y puso de manifiesto las violaciones a los derechos humanos, por parte del régimen. Ese mismo mes, Jimmy Carter ganaría las elecciones presidenciales y con su gobierno iniciado en enero de 1977, la política exterior de los Estados Unidos, daría un giro sustancial hacia el respeto a los planteamientos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
En el primer semestre del 77, los pragmáticos terceristas, vieron la oportunidad de iniciar contactos para establecer alianzas con líderes empresariales y elementos destacados del establecimiento, que comenzaban a repudiar con mayor vigor a Somoza. El 4 de mayo Humberto Ortega y Sergio Ramírez redactaron un documento titulado “Plataforma General Politicomilitar del Frente Sandinista de Liberación Nacional” e iniciaron desde Costa Rica, la preparación de un plan que incluía la vinculación de elementos no Marxistas en un frente conjunto de oposición a Somoza; y el establecimiento de un centro de entrenamiento para combatientes en inmediaciones de San José de Costa Rica; de cuyo manejo se encargó al veterano guerrillero Edén Pastora quien hasta entonces, y durante el periodo de las disputas internas, había permanecido en Barro Colorado, un pueblo pesquero en el litoral Atlántico de Costa Rica dirigiendo una cooperativa de pescadores de tiburón y rumiando planes para regresar a la lucha armada, con un operativo de gran impacto que desde años antes, soñaba realizar algún día en territorio nicaragüense. A esta escuela de guerrilleros y ante Edén Pastora, su jefe natural desde los viejos tiempos en Ciudad Darío, se presentó Chinto Bermúdez, que había regresado de Cuba convertido en un experto combatiente con especialidad en el manejo de explosivos.

Edén Pastora, el veterano combatiente con casi 20 años de experiencia adquirida en las montañas del norte, sumada a su participación en la frustrada toma de Managua por parte de los seguidores del candidato Agüero en 1967, que le significó ser capturado, y torturado por la Guardia Nacional, había sido convencido por los líderes terceristas para abandonar sus actividades empresariales y dirigir el campamento de formación de cuadros guerrilleros. Era un hombre de estatura mediana, ojos negros de mirada intensa y penetrante que subyugaba a sus interlocutores con su brillo intenso, casi mesiánico, cuando hablaba de su lucha y fascinaba a las mujeres cuando les murmuraba ternezas; su barba hirsuta y poblada al igual que sus cejas daban sombra a un rostro firme de amplia y despejada frente, surcada por cuatro arrugas horizontales que se marcaban en forma impresionante cuando fruncía el seño o cuando reía.
Había nacido en Ciudad Darío y su espíritu revolucionario se gestó a los 7 años de edad, cuando deslizándose por entre las piernas de los curiosos se enfrentó aterrado a los pies de su padre tendido sobre la polvorienta calle de Terrabona – pueblo vecino a Ciudad Darío ― en donde, poco antes había caído víctima de las balas asesinas del régimen de Anastasio Somoza García, disparadas por dos sicarios, Sánchez y Flores, al servicio del general Camilo González jefe de la guardia de Somoza ante quien Pánfilo Pastora, su padre, líder de la oposición conservadora jamás había inclinado la cerviz. Elsie Gómez, su madre, oriunda de la Costa Atlántica que en su niñez se había educado en Nueva Orleáns en un internado de monjas inglesas y regresó a Nicaragua a los 25 años con un inglés perfecto y acento londinense. Era una mujer decidida y valerosa pero, como la justicia de su país nunca castigó a los asesinos de Pánfilo, se tomó la justicia por cuenta propia y los mandó matar; contra el general que era un jerarca prácticamente inaccesible y muy bien protegido no pudo hacer nada. Cuando Elsie murió, Edén que llevaba años combatiendo como guerrillero en las montañas del norte, regresó a Darío para liquidar los bienes heredados por él y sus hermanos.
Un día en que el cura del pueblo, ferviente somocista, quiso tomar posesión de su finca muy bien situada en las afueras de Ciudad Darío, para construir una iglesia, Edén lo enfrentó armado y lo expulsó de su predio… Poco después y para neutralizar cualquier intento de expropiación por parte del gobierno, tuvo la iniciativa de parcelar la finca en pequeños lotes que vendió a los más pobres de su ciudad con títulos de propiedad que fueron entregados a felices beneficiarios una vez hubiesen construido una vivienda sin importar que ésta fuese de madera, de piedra, de latón, de ladrillo o de cartón; la única prohibición estipulada era que no se podía revender antes de tres años. El monto que debían pagar los compradores era impresionantemente bajo, 25 córdobas mensuales (poco más de tres dólares) y sin cuota inicial.
En pocos días y como por ensalmo surgió un barrio a orillas del río, poblado por peones, lustrabotas, lavanderas, loteros, lisiados y ancianos que no daban crédito a sus ojos y desde su digna pobreza contrastaban con las casas de los notables del pueblo. Al respecto, diría la esposa del alcalde: “Que vivos son los pobres, siempre eligen los mejores lugares”. Desde entonces, los humildes del pueblo veneraron a Pastora y bautizaron su predio “Barrio Edén”.
Una de las beneficiarias de la generosidad del guerrillero, fue Lucía (Lucha) Bermúdez, una lavandera que había trabajado para Elsie, y era madre soltera. Jacinto (Chinto) su único hijo, fue el resultado de una violación por parte de un libidinoso sargento de la Guardia Nacional que pernoctó tres noches seguidas en el pueblo y forzó a la pobre Lucha a ser su amante de paso.
Una vez asignados los lotes del Barrio Edén, Chinto Bermúdez, por esa época un mozalbete inquieto y pendenciero, ayudó a su madre a construir una covacha de madera con techo de paja. Desde entonces, amó a su benefactor y antes de cumplir los 17 años estaba completamente identificado con la posición política e ideológica de Pastora y reclutaba entre sus contemporáneos grupos de auxiliadores de la guerrilla a la cual seguía vinculado Edén como abastecedor de armas y pertrechos.

***

San José de Costa Rica, junio de 1977

El encuentro entre Chinto y Edén fue comparable al de un hijo con su padre después de que el primero hubiese sido rescatado de un prolongado secuestro. Pastora, tras los abrazos iniciales, se volvió hacía el grupo de 20 futuros combatientes que estaba entrenando y les presentó a Chinto con elogiosos términos sobre el valor y la entereza guerrera de su paisano que regresaba a la lucha por la causa que todos habían abrazado con el mismo entusiasmo. Dio por terminada la sesión de táctica en el monte, que les estaba dictando, y se alejó hacia un pequeño barracón que servía como puesto de mando con un brazo rodeando los hombros de Chinto.
Esa noche después de una abundante cena con “Gallo Pinto” (arroz mezclado con fríjoles rojos, casi negros, y pequeños, tajadas de plátano maduro y yuca cocida), Pastora invitó a Chinto a un recorrido a pie por el campamento. Cuando se hubieron alejado un tanto de las barracas Edén se detuvo y se sentaron frente a frente sobre unas rocas. A solicitud de Chinto, Edén le hizo un recuento pormenorizado de la situación del Sandinismo durante los últimos dos años en que había permanecido su antiguo subalterno en Cuba. Para finalizar le dijo:
― Como podés ver la represión de Tacho ha sido salvaje, pero lo triste es que mientras nos estaban golpeando los cojones, estábamos mordiéndonos como perros rabiosos entre nosotros. Acepté dirigir este campamento porque Ortega y Ramírez me llamaron y porque su posición de incluir en la lucha a los no Marxistas me parece apropiada.
― Tenés razón Edén – dijo Chinto mientras sacaba de su mochila un puro y lo encendía con todo el ritual aprendido en La Habana – si le hacemos caso a Modesto (Tomás Borge estaba preso y el grupo GPP estaba al mando de Henry Ruiz), Somoza se muere de viejo y el mando lo coge el Chigüín que es otro hijueputa peor que Tacho – Chinto lanzó al aire una bocanada del aromático tabaco, formando volutas perfectas y se volvió para mirar directamente a los ojos a su jefe y preguntarle ― ¿Qué querés que haga?. ¿Querés que me infiltre en Nicaragua o que me quede aquí ayudándote en el entrenamiento de estos muchachos?
Edén se pasó la mano derecha alisándose el ensortijado cabello negro, permaneció unos minutos en actitud reflexiva y finalmente dijo:
― Las dos cosas –. Ante la mirada de sorpresa de Chinto, le aclaró:
― Primero quiero que me contestés una pregunta
― La que usted ordene comandante – respondió Chinto saltando como impelido por un resorte, poniéndose firmes y haciendo un saludo militar ampuloso y exagerado que hizo explotar una contagiosa carcajada en Edén. Después con tono serio y mirándolo fijamente le dijo:
― ¿Te acordás de Max el sobrino de Berenice la viuda?
― Claro, como no me voy a acordar si yo fui el que lo reclutó en Darío cuando tenía 16 o 17 años. Ese chavalo es un tayacán con mucho potencial y tiene además la ventaja de que habla inglés. Entiendo que tiene un hermano gemelo que vive en Londres…
Edén lo interrumpió para aclararle:
― Vivía en Londres. Hace dos años regresó con una hermana y con su mamá, se llama Roberto y es abogado. La hermana es cantante y trabaja en el Atlantis. El perro Baltodano está loco por ella. Max y sus hermanos viven en Managua y el muchacho ha organizado una red muy eficiente de correos y ha participado en tres operativos de recuperación económica (asaltos bancarios), mostrando que es cojonudo y muy hábil. Hace un mes recibí un reporte de Vigorón, que me está manejando las cosas en Managua y las referencias que me da de Max son excelentes. Creo que hiciste una buena labor con ese chavalo que me resultó un sandinista convencido y nada Marxista. Gente como él es la que necesitamos. Según Vigorón el otro gemelo, el abogado, simpatiza con la causa y nos apoya pero reconoce que no tiene espíritu para empuñar las armas. Ahora, oíme bien Chinto, los dos muchachos están viviendo solos en Bolonia y su hermana está viviendo en una cabaña en Jiloá; ella, según Vigorón, se comprometió con Max a tratar de conseguir información sobre Baltodano, pero no da muchas muestras de poder conseguir algo concreto pues no está dispuesta a irse a la cama con él, pero de todas maneras se ha mostrado amable, lo que podría favorecer las cosas pues vos sabés que los hombres de la calaña de Baltodano tienden a enamorarse y a enloquecer por las mujeres difíciles. Entonces, lo que quiero que hagás primero es que te infiltrés en Nicaragua y llegués hasta la casa de Max y te quedés allí hasta que me lo dejés convertido en un experto en explosivos. También quiero que consigás el apoyo de los gemelos para guardar unas armas y unos uniformes que vamos a ir consiguiendo y que voy a necesitar más adelante para un operativo en gran escala que llevo por lo menos 6 años madurando. Después quiero que regresés al campamento antes de agosto; pues estamos preparando unos ataques simultáneos desde el sur en Rivas, Cárdenas y San Carlos y en el norte en Chinandega y otras ciudades, y quiero que me acompañés en esa operación y me ayudés en los preparativos finales ¿Está claro?
― Clarísimo Edén, mañana mismo arranco.

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Managua, domingo 11 de junio de 1978

A las diez de la mañana sonó el timbre en la puerta de entrada de la casa que compartían los gemelos Harrison, desde que su hermana se había radicado permanentemente en una acogedora cabaña, que le quedaba más cerca del Atlantis y formaba parte de la propiedad de Aníbal en la laguna de Jiloá. Desde entonces, los hermanos habían cedido el Honda Civic a Adriana, Roberto había adquirido una viejo Ford del año 55 en perfecto estado y Max se movilizaba en una motocicleta Honda de alto cilindraje. Max, abrió la puerta entusiasmado esperando encontrar a su hermana que se había ofrecido a llevarlos al almuerzo en Jiloá con el cual Aníbal pensaba homenajear a su flamante consultor de Harvard, pues el auto de Roberto estaba en mantenimiento. Al abrir la puerta, supo Max que se le había arruinado el día. Frente a él y con una traviesa sonrisa que siempre lucía en los preludios de cualquier operativo, se topó con el rostro feo, pero simpático de Vigorón, su jefe directo que operaba bajo la fachada de profesor de sociología de la UNAN. Vigorón, un hombre alto y fornido, era valeroso, simpático, un tanto cínico y tenía un fuerte parecido a Jean Paúl Belmondo según había notado Adriana el día que lo conoció. Lo hizo seguir rápidamente al interior del garaje y sin pronunciar una palabra, pues entendió de que se trataba cuando apreció la pesada mochila que colgaba del hombro de su jefe, levantó dos llantas que cubrían un cajón de madera y le ayudó a colocar en su interior, una subametralladora Uzi, dos revólveres Smith & Weson calibre 38 y 20 cajas de munición. Desembarazado de su carga, Vigorón se volvió hacia Max y le dijo:
― Se te jodió el domingo.
― Lo sospeché desde un principio, como dice el Chapulín Colorado, desde que te ví esa puta sonrisa que te sale cuando tenés algo gordo entre manos – replicó Max mientras lamentaba para sus adentros el no poder pasar el domingo en la playa con su inquieta y apasionada Maribel – ¿que te traés entre manos?
― Lo que acabo de guardar es la primera parte de la entrega. Al medio día tenemos que estar en Masaya para recoger tres uniformes de la guardia y unas insignias que consiguió Teresa, una lavandera casada con un guardia, que es ahijada de Lucha y está urgida de plata. Y por la noche tenemos que estar en Ocotal para recibir un fusil M16, que encargó Edén personalmente que le consiguiera y por el que tenemos que pagar a un cabo de la guardia la mitad de la plata que conseguimos hace 15 días con el golpe del Banco Nacional. Como ves, a la mierda los placeres y movámonos porque el tiempo no da espera.
Max que era un disciplinado combatiente se cambió rápidamente las bermudas playeras, por un pantalón de dril, se caló un viejo sombrero de fieltro con las alas dobladas adelante y atrás al estilo de Indiana Jones que usaba desde sus años juveniles en Darío, había pertenecido a su difunto tío político y le había servido como un talismán en sus recorridos por el monte desde la época en que acompañaba a Chinto y a Edén Pastora repartiendo los abastos para los Sandinistas; se dirigió a Roberto, que en ese momento se había aproximado para saludar a Vigorón, y le dijo:
― Ni modo hermano, la causa me llama. Decíle a Maribel que me fui de compras a Ocotal. Afortunadamente, ella al principio se encachimbará, pero después entenderá. Por algo llevo dos años entrenándola.
― No te preocupes Max que yo entretengo a tu loca. Cuídate mucho y que Dios te proteja.

En el Land Rover descarpado que conducía Vigorón por la amplia, plana, casi recta y bien pavimentada carretera a Masaya, Max sumido en sus pensamientos reconocía que muchas cosas habían cambiado para él, para su familia y para Nicaragua desde que un año antes y disfrazado de cura se había presentado en su casa su gran amigo y mentor Chinto Bermúdez.
Para empezar, en un mes se había convertido en un experto en explosivos que manejaba los estopines, la dinamita, la gelatina plástica, los cordones detonantes, los instrumentos de relojería y todos los demás adminículos del oficio, con la misma maestría con que hacía complejas operaciones matemáticas en la regla de cálculo que le había regalado la tía Berenice el día que cumplió 15 años. La actividad guerrillera, no interfería para nada en sus estudios de ingeniería y le proporcionaban la adrenalina suficiente para exacerbar su mente creadora y soñar con el gran proyecto de construir un canal interoceánico aprovechando las aguas profundas del gran lago de Nicaragua y las corrientes hidrográficas de la geografía del país o en construir una carretera que bordease el río Rama uniendo Managua con la Costa Atlántica; pero para eso, era importante que primero triunfara la revolución y cayese para siempre la dinastía Somocista. Maribel se había transformado en una exuberante y escultural pelirroja que había logrado conquistar su corazón y que no se parecía en nada, al menos físicamente, a la larguirucha adolescente, precoz y alocada que le había sorprendido con sus insinuaciones y con unos poemas eróticos que le hicieron enrojecer, cuando la conoció. A esta altura y después de su primer encuentro sexual con la muchacha había descubierto que a pesar de su inexperiencia virginal necesitó poco tiempo para poner en práctica los sugestivos versos eróticos que su mente juvenil había creado para él.
Adriana, se había convertido en la vedette más famosa de Managua y andaba protegiéndose con una capa de fría dignidad de las insinuaciones del perro Baltodano y esto le había llevado a confiarle a su hermana sus actividades con la esperanza de que ella, al tiempo que podía mantener al general a raya, podría sonsacarle información muy valiosa. Adriana no se mostró sorprendida por las actividades de Max, que intuía desde tiempo atrás y le prometió seguir aceptando con estoicismo los devaneos del personaje sin poderle garantizar que éste le pudiese proporcionar información a cambio de nada.
Su madre había quedado muy triste tras la muerte de Berenice en noviembre del año anterior y los tres hermanos habían viajado a Bluefields para asistir a los funerales y pasar las navidades en compañía de Charlotte, conociendo la costa de sus antepasados. Su hermano Roberto había homologado materias, estudiado los códigos y obtenido la licencia para ejercer el derecho en Nicaragua y se había unido al bufete de una reconocida familia de abogados a la cual había aportado, la cuenta de su primer cliente importante “Casa Comercial Argüello”

Mientras era entrenado por Chinto en la manipulación de explosivos, sucedió algo que en alguna forma tendría incidencia en la lucha antisomocista: el 25 de julio Tacho Somoza con 52 años de edad y casi 80 kilos de peso sufrió un infarto. Fue trasladado en un avión de la fuerza aérea norteamericana a Miami en donde se internó en el Heart Institute. Mientras el dictador se recuperaba, el grupo de oposición compuesto por intelectuales y empresarios, que había iniciado contactos con Ortega en San José, se reunió nuevamente para evaluar la nueva situación en la cual se evidenciaba la vulnerabilidad de un régimen que dependía de un sólo hombre y comenzaron a tomar conciencia de que su lucha podría tener resultados concretos en el corto plazo. Somoza, terminado su tratamiento en Miami, regresó a comienzos de septiembre y se instaló en una fortaleza costanera de su propiedad conocida como Montelimar. Crecieron entonces los rumores de que el general estaba débil y enfermo. Ese mismo mes y presionado por la nuevas políticas de Washington, levantó el estado de sitio, la ley marcial y la censura de prensa. Entonces, Pedro Joaquín Chamorro reanudó sus escritos contra el régimen y escribió lo que para muchos sería su sentencia de muerte: “Si hay un Fidel Castro, es porque hubo un Batista. Si hay un Frente Sandinista de Liberación Nacional es porque existe un Somoza. Si uno teme los efectos debe suprimir las causas”.
Chinto regresó a Costa Rica a comienzos de septiembre de 1977 con tiempo para participar en una operación realizada desde la frontera sur contra las poblaciones de San Carlos y Ciudad Cárdenas a orillas del lago en la cual participó con Edén Pastora, Carlos Coronel y Emiliano “El Gordo”, atacando el puesto militar de Cárdenas, mientras Plutarco Hernández, José Valdivia y sus hombres, todos de la corriente tercerista atacaban San Carlos. El ataque anterior, tuvo un éxito limitado pues lo que se suponía que sería un operativo en gran escala que movilizaría a la insurrección popular golpeando por el norte Chinandega, Masaya, Granada y Ocotal no se pudo llevar a cabo según lo planeado por problemas logísticos y de diversa índole; las tropas de Pastora y de Plutarco Hernández se retiraron a una finca en Costa Rica y la prevista insurrección masiva no se produjo; sin embargo el grupo de opositores que tenía conformado un gobierno provisional en San José para el caso de que la revuelta hubiese triunfado, se dio a conocer ante la opinión internacional, con un comunicado en el cual exaltaban la “Madurez Política” del F.S.L.N. y sostenían que debería jugar un papel importante en la solución de los problemas del país.
A los firmantes del documento, se les conoció desde entonces como “el Grupo de los Doce” entre los cuales había sacerdotes, empresarios y profesionales. En esta forma y en opinión de muchos un fracaso militar se capitalizó como un triunfo político importante. Pocos meses después, en enero del 78 fue asesinado Chamorro y el rechazo popular al gobierno de Somoza se generalizó subiendo como la marea que habría de arrasar 18 meses después y para siempre a la corrupta dinastía que había instaurado Anastasio Somoza García 40 años antes.
Como reacción al asesinato del periodista los empresarios del país decretaron una huelga y le pidieron a los líderes del frente que no actuasen, pues estaban convencidos de que su huelga derrocaría a Somoza. Durante dos meses los obreros se quedaron en sus casas pero siguieron cobrando los salarios de sus patronos; Somoza dejó pasar la huelga sin ninguna represión, con la idea de que finalmente los empresarios huelguistas terminarían por ahogarse financieramente. Este estado de cosas duró dos meses, hasta que los empresarios con sus fondos exhaustos se volvieron hacia los Sandinistas para decirles “Hagan algo”. Los guerrilleros que siempre fueron escépticos a los resultados de la huelga y habían dedicado ese tiempo a preparar planes lanzaron dos ataques simultáneos contra las ciudades de Granada y Rivas. El asalto a Granada lo comandó Camilo Ortega, (hermano de Daniel y Humberto los otros dos líderes terceristas) quien murió en combate y el ataque a Rivas fue conducido por Edén Pastora. El golpe de Pastora contra el cuartel de Rivas fue demoledor: Somoza perdió sesenta hombres y tuvo que reconocer ante las cámaras de la televisión que el cuartel había sido atacado por un comando de paracaidistas entrenado en la Unión Soviética y lanzado sobre Nicaragua por aviones cubanos. En realidad Edén Pastora con 25 hombres a pie cruzó la frontera, destruyó el cuartel somocista y regresó, tal como había venido, a su punto de partida: una finca en jurisdicción de Liberia, a pocos kilómetros de la línea fronteriza en territorio costarricense.

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Al tiempo que el Land Rover, hábilmente conducido por Vigorón, avanzaba por la cinta negra de la carretera en medio del árido terreno cubierto por lava seca y residuos de la última erupción del volcán Masaya, en dirección opuesta y a pocos kilómetros de la entrada a Jiloá, Roberto conducía el Honda Civic sumido también en sus pensamientos, parecidos a los de Max, cuya suerte le preocupaba cada vez que aparecía Vigorón para embarcarlo en sus inciertas y peligrosas aventuras. A su lado Adriana escuchaba el conocido tango Isla de Capri que la llevaba invariablemente al pasado y le hacía recordar las delicias del amor vividas en Europa con Lissandro; sin embargo, no lograba eludir la imagen del profesor de INCAE que se filtraba involuntariamente en sus remembranzas. El tango terminó, Adriana se enderezó en la silla en un esfuerzo por apartar las inquietudes que había despertado el apuesto desconocido, se volvió hacia su hermano y le dijo:
― Me preocupa mucho la suerte de Max. Tengo miedo de que algo le pase…
― Yo también – replicó con el seño fruncido Roberto – pero nada ganamos con preocuparnos por él. En ese momento le pareció oportuno plantear a su hermana el escabroso tema que se había comprometido a tratar con ella, por petición que la noche anterior le había hecho Max quien consideraba que tendría más efecto sobre la joven por el ascendiente que Roberto tenía sobre ella. Entonces mirándola a los ojos que se reflejaban en el espejo retrovisor le dijo:
― A propósito de Max hay algo delicado, que no comparto totalmente con él, pero me comprometí a transmitírtelo…
― Ahora si, me inquietas más – dijo Adriana con una sombra de preocupación en el rostro ―. Dime lo que sea.
― Se trata del General Baltodano.
― ¿Qué pasa con Baltodano?
― Todavía nada pero el punto es que los sandinistas quieren que pase algo. Anoche Max me contó que Vigorón había logrado ganarse para la causa a una de las secretarias de Baltodano quien le dijo que este lunes el General viajará a Washington. La secretaria oyó una conversación de Baltodano con su ayudante, y parece que se trata de una misión diplomática encargada por el mismo Somoza, para buscar el apoyo de los gringos haciendo cabildeo con amigos empresarios y políticos pues hay rumores de que Carter quiere cortar la ayuda militar al régimen de Somoza…
― Ahora entiendo – le interrumpió Adriana – de que era que estaban hablando anoche el General y el Presidente del Banco Central, con los que estuve en la misma mesa en el Atlantis después del show. Hubo un momento en que el tipo del banco empezó a hablar en inglés con Baltodano, que sacó una libreta y anotó los nombres de unos contactos en Washington. En ese momento yo me hice la desentendida y me puse a hablar con la esposa del banquero. Cuando terminaron de hablar, Baltodano que no es bobo y sabe que yo hablo inglés, pidió disculpas diciendo que el lunes viajaba a Washington en misión oficial y alardeó un poco mencionando que muy posiblemente le nombrarían embajador; por supuesto, yo alcancé a tomar nota mental de algunos nombres mencionados por el banquero para darle posteriormente ese dato a Aníbal. Pero bueno sigue contándome que es lo que quieren en concreto de mí.
― Los Sandinistas quieren dar un golpe grande en los próximos días y una de las opciones es secuestrar o matar a Baltodano – explicó Roberto en tono grave y aclaró – yo no estoy totalmente de acuerdo, pero no puedo hacer nada para impedirlo; pues lo que me preocupa es que quieren utilizarte como sebo para tenderle una trampa. De todas maneras me comprometí con Max a decírtelo cuando me garantizó que las cosas se planearían en forma tal, que tú no corrieras ningún peligro. Ahora la decisión está en tus manos.
Adriana proceso mentalmente la información y después de un buen rato contestó:
― Tiendo a estar de acuerdo contigo. No me gustaría embarcarme en una aventura tan peligrosa. Dile a Max que con mucho gusto puedo ser más amable con el General sin que pretenda que me acueste con él, pues por un lado el tipo me repugna y por el otro, una cosa es que yo simpatice con los Sandinistas y otra muy distinta que esté dispuesta a poner en peligro mi vida. Seguiré proporcionándole información con datos como el de anoche, que decidí contarle a Aníbal a quien le pareció información muy valiosa. Es más, esta mañana cuando hablamos, inmediatamente llamó a varias personas del grupo de Robelo para sugerirles la importancia de enviar una comisión de empresarios a Washington para hacerle contrapeso a Baltodano.
― Me parece bien y te respaldo – reaccionó Roberto con expresión de alivio – olvidémonos por ahora del asunto y más bien preparémonos para disfrutar la mañana en la laguna. Tengo curiosidad por conocer al consultor gerencial que se consiguió Aníbal. Anoche me llamó y me dijo que estaba favorablemente impresionado con el tipo.
En el retén de la guardia los retuvieron y los trataron con exagerada cortesía, cuando exhibieron sus pasaportes británicos. Por recomendación de Max, siempre los usaban como identificación y Roberto gozaba simulando un acento inglés que le daba aspecto de extranjero y le recordaba a Adriana la forma en que su padre hablaba el español. Al llegar a la casa de Aníbal, Roberto descendió del Honda para abrirle la puerta con galantería europea y le rodeó con ternura la cintura con el brazo derecho; mientras avanzaban hacia el kiosco, Adriana no daba crédito a sus ojos cuando se quitó las gafas oscuras y vio de frente, murmurando unas palabras al oído de Aníbal, al profesor que desde la noche del viernes, se había metido como un intruso en el caudal de sus pensamientos.

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