Punto de Quiebre – Capítulo III

Por : kapizan
En : Capítulo III - Adriana, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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III
ADRIANA

Managua, sábado 10 de junio de 1978

Ese sábado, a las nueve de la noche, Adriana tomó una ducha en el baño de su camerino, se frotó el cuerpo escultural con una toalla, se enrolló otra como un turbante envolviendo su húmeda cabellera, se puso la ropa interior, se cubrió con un albornoz, se instaló en una cómoda silla forrada en cretona, encendió un cigarrillo que aspiró con fruición y esperó la llegada de Juanito, el bailarín, que entre sus muchas habilidades poseía la de estilista y maquillador. Pocos minutos después, tres golpes suaves en la puerta le indicaron la llegada del joven gay, que se había convertido en su único amigo, confidente, consultor del tarot e interprete de sueños. El joven, esbelto y delicado, con un rostro casi femenino que había enamorado perdidamente a Simón, entró alegre y sonriente, revoloteó en el camerino colocando en su sitio algunas cosas, mientras le reñía a su amiga con voz afectada:
― Cuando aprenderás a ser ordenada niña, que horror…
― No me regañes Juanito que hoy no estoy para oír tu cantaleta, más bien quiero que me interpretes un sueño que tuve hoy al amanecer y que tiene que ver con un tipo que vino anoche y me impresionó mucho por su parecido a Lissandro…
― ¿Cuando piensas aceptar de una vez por todas que Lissandro está muerto? – Interrumpió Juanito – mejor cuéntame
que fue lo que soñaste; porque si tiene que ver con ese profesor, debe ser muy interesante porque el tipo es divino… hoy se lo encontró Lorena que pasó toda la tarde con Baltodano, que asco, pero cuenta, cuenta, cuéntamelo todo…
― Siempre me has dicho que Lissandro es un fantasma en mi vida. En realidad, nunca le he dicho a nadie lo que Lissandro significó para mí, ni las circunstancias de nuestra relación y de la forma en que murió. Creo que ha llegado el momento de empezar a exorcizar ese fantasma, contándote nuestra historia – reconoció Adriana, que le ofreció un cigarrillo a Juanito. El joven, sacó del bolsillo una pitillera de marfil, colocó el cigarrillo en su extremo; le ofreció fuego a Adriana con un pequeño mechero de oro, encendió el suyo, aspiró con delectación y se sentó en el borde de la cama de su amiga, dispuesto a escuchar.

La joven comenzó relatando su feliz infancia en Londres; la excelente relación que tuvo con sus hermanos y con sus padres; el duro golpe que significó para ella la partida de Max; sus estudios secundarios en un colegio de señoritas; y como, con el apoyo total de su padre, había ingresado a la prestigiosa academia de música y canto que dirigía Lissandro Moreira. Cuando terminaron de fumar, Juanito interrumpió el relato de Adriana para sugerirle:
― Creo que es mejor que te sientes frente al tocador para arreglarte – y uniendo la acción a sus palabras esperó a que Adriana se acomodara, le quitó el turbante, encendió una secadora de pelo y se colocó a espaldas de la joven, que permaneció en silencio, permitiendo que el sonido monocorde del aparato arrullara sus pensamientos para organizarlos y contárselos a su amigo en forma sucinta y coherente…

Cuando conoció a Lissandro, Adriana acababa de cumplir los 18 años y nunca hasta entonces había encontrado entre los jóvenes de su edad, ninguno que le llamase la atención para establecer una relación amorosa. Estaba convencida de que cuando vio por primera vez a quien llegaría a ser su maestro, su amante y su prometido, se había enamorado profundamente del portugués, 15 años mayor que ella, muy apuesto, seguro de sí mismo, poseedor de una voz perfectamente modulada que le imprimía un tono romántico y seductor a todo lo que decía y capturaba la atención de su interlocutor mientras lo miraba con unos ojos que parecían dispuestos a penetrar el alma y a ejercer un sutil dominio sobre quien lo escuchase. Con su mirada, podía cautivar a un auditorio hasta embelezarlo con su voz de barítono cuando interpretaba canciones en varios idiomas. Cuando Adriana le describió a Juanito el aspecto físico de Lissandro, éste se apresuró a decir: “Ahora entiendo porque te impresionó tanto el personaje de INCAE, pues tal como pintas a Lissandro uno podría pensar que se parece tanto a él como Roberto a Max”; a lo cual replicó Adriana: “No fue tanto el parecido físico como la intensidad y la fuerza de la mirada lo que me impresionó en ese hombre; hubo un momento en que tuve la sensación de que era el mismo Lissandro que había resucitado para verme actuar. Me afectó tanto, que a eso atribuyo el sueño que te conté, pues me sentía que estaba bailando tango con Lissandro pero en un momento se me convertía en ese individuo y dejaba de ser Lissandro para ser él. El sueño fue muy erótico y en un momento mi pareja, no podía precisar si se trataba de Lissandro o el otro, me desvestía con delicadeza y quedaba completamente desnuda pero de mi cuello colgaba el aderezo de plata que me regaló Lissandro cuando cumplí 21 años y que no he usado desde su muerte. Ese aderezo es para mí como un amuleto y lo mantengo en mi tocador colocado sobre un busto de terciopelo negro, como en las joyerías…”
Juanito que escuchaba con mucha atención los detalles del sueño que le narraba su amiga, tuvo de repente una idea que no quiso compartir en ese momento con ella; y con la mayor naturalidad, le dijo:
― Discúlpame un momento ya regreso. Mientras tanto, ordena tus ideas para que me puedas contar en detalle tu relación con el portugués.
Juanito salió apresuradamente del camerino y se dirigió a la puerta del extremo izquierdo, por la que acostumbraban entrar los demás bailarines, se acercó al Honda Civic de Adriana que estaba parqueado frente a la puerta posterior de su camerino, tocó suavemente el hombro de Bernardo – un joven mulato, atractivo y fornido, sobrino de Ninfa, que se había convertido en chofer, guardaespaldas y factotum de Adriana que le había contratado desde que inició su trabajo en el Atlantis y cambió su residencia por la cabaña en Jiloá ― y le dijo:
― Negrito, tenemos una urgencia, Adriana se está arreglando en este momento y recordó que había olvidado traerse un aderezo divino que tiene en su alcoba. Lo verás fácilmente sobre un busto de terciopelo encima de su tocador. Necesitamos que vueles amorcito hasta Jiloá y que lo traigas antes de una hora. Vuela corazón, vuela como si fueras un Fittipaldi.
Bernardo que captó de inmediato la urgencia del encargo, encendió el motor y arrancó para bordear el edificio. Cinco minutos más tarde conducía el Honda a 120 kilómetros por hora rumbo a la cabaña.
Cuando el negro partió, Juanito regresó al camerino y sin decirle nada a Adriana reanudó su labor de embellecimiento mientras escuchaba el relato de su amiga.

Menos de una semana había bastado para que Lissandro descubriese el talento natural de Adriana para la música y el canto y para que comenzase a verla como la hermosa mujer que era. Convencido de que la joven podría llegar a convertirse en una gran actriz, le dedicó más tiempo que a sus demás alumnos y en breve se dejó arrastrar por un sentimiento amoroso que fue desplazando, poco a poco, la dolorosa experiencia de un reciente divorcio que lo había dejado bastante escéptico frente al amor. Lissandro era un excelente bailarín de tango y pronto entusiasmó a Adriana para que aceptase ser su pareja y se dispuso a entrenarla con el propósito de que le acompañase en el próximo verano a participar en un concurso de tango que se realizaría en la Isla de Capri.
Desde entonces estuvieron practicando cuatro horas diarias hasta lograr una compenetración impresionante y la armonía que sólo se logra en una pareja cuando hay un acople perfecto y una auténtica expresión corporal y facial que refleja el ritmo, la letra y el sentimiento de la pieza que se está bailando. Esta cercanía sirvió para que se conociesen a fondo y surgiese entre ambos una maravillosa relación amorosa que llegó a su punto culminante tres años después cuando Lissandro habló formalmente con los padres de Adriana para pedir su mano.
La mirada evocadora de Adriana, que se reflejaba en el espejo del tocador, mientras le relataba a Juanito los detalles de sus clases de tango, hizo que éste aprovechara una pausa de su amiga para preguntar:
― ¿Y que pasó en Capri?
Adriana, giró en redondo, sus labios se ampliaron en una hermosa sonrisa, miró directamente a los ojos de Juanito y le dijo:
― Esa noche ganamos el concurso, celebramos con champaña y por primera vez hice el amor con Lissandro. Lissandro fue mi primer hombre y desde entonces, aún después de su muerte, ningún otro me ha despertado sentimiento alguno…
― ¿Hasta anoche? – preguntó Juanito con una sugestiva mirada ―.
Adriana se sonrojó, hizo caso omiso de la insinuante pregunta y continuó su relato.

El lunes 16 de septiembre de 1974, fue el día más feliz en la existencia de Adriana. Cuando pensaba que pasaría su vigésimo primer cumpleaños en casa con sus padres y Roberto en una sencilla celebración familiar recibió, a las diez de la noche, una inesperada sorpresa: Lissandro quien le había anunciado que no podría acompañarla en su cumpleaños pues regresaría de París el miércoles después de asistir a un concierto, se presentó de improviso frente a la residencia de los Harrison con un grupo de alumnos de la academia que rompieron el silencio de la noche con una hermosa serenata. Sus padres, en complicidad con Lissandro, tenían todo preparado para una fiesta en forma. A mitad de la noche, Lissandro golpeó una copa con una cucharita para imponer silencio, y con voz emocionada, le pidió a la sorprendida Adriana que aceptara ser su esposa y colocó en su dedo un hermoso anillo de diamantes como prenda de compromiso. Acordaron que se casarían en el verano siguiente e iniciarían su viaje de bodas en Río de Janeiro, ciudad en la cual pensaba radicarse Lissandro pues había heredado una valiosa propiedad y una fuerte suma de dinero de una tía fallecida pocos meses antes.
En octubre de ese año, se anunció la realización del concurso “New Talents” y Lissandro decidió componer la música para la canción que había creado Adriana con el nombre en español de “Hasta Siempre” e inició una intensiva preparación de la joven que debutó ante las cámaras el 20 de diciembre y ganó sin ninguna dificultad el primer premio.
Lamentablemente, el cuento de hadas terminó, transformado en dolorosa tragedia. El futuro promisorio de Adriana y todos sus planes con Lissandro, se hicieron añicos en la noche de año nuevo que resultó funesta. El maestro Moreira y el profesor Harrison, que se habían hecho muy amigos, decidieron ir hasta la academia a recoger unas botellas de vino francés que había traído Lissandro de París para festejar el año nuevo. Nunca regresaron. Al cruzar una calle el auto de Lissandro fue envestido por un camión que conducía un borracho y los dos murieron instantáneamente.

Adriana poseía una facilidad natural para los idiomas; aparte del español y el inglés que dominaba a la perfección, había aprendido portugués, francés e italiano con Lissandro y tenía muy buenas bases en estos tres idiomas. Por ello al llegar a Managua enfocó sus esfuerzos a conseguir profesores privados en las tres lenguas. Por naturaleza apasionada y emotiva, el dolor por la doble pérdida había tallado en su personalidad una coraza de aparente frialdad, con la cual se mostraba insensible y distante ante el asedio de sus múltiples admiradores.
Rubiela Sacasa, su profesora de francés, era una mujer de mediana edad que había vivido 30 años en París y aparte de dictar clases privadas, se había hecho cargo ese año de la dirección del Ballet Folclórico de Nicaragua; por tal razón, al conocer los antecedentes musicales de Adriana, se sintió feliz de que ésta aceptase su invitación para integrar el grupo de bailarines y dispuesta a actuar como cantante en un espectáculo que estaba montando para una gran presentación en el moderno teatro Rubén Darío, situado a orillas del lago en el sector que había sido destruido por el terremoto. La presentación, en mayo de 1976 en el Rubén Darío fue un éxito; pero significó para Rubiela la pérdida de tres de los mejores integrantes de su grupo: Lorena Benítez, Adriana Harrison y Juanito Chávez un joven rubio de origen venezolano a quien le había cobrado mucho aprecio por su habilidad para montar coreografías y su maestría como estilista y maquillador.
El contrato de Adriana con el Atlantis significó algunos cambios en la rutina que había establecido con sus hermanos en la casa de Bolonia. Por sugerencia de Aníbal Argüello, se había trasladado a una preciosa cabaña de madera de dos pisos situada en la propiedad del empresario en la Laguna de Jiloá. Su habitación en el segundo piso ofrecía a través de un amplio ventanal una bellísima vista del lago, que la inspiraba para crear la letra de sus canciones. Desde su llegada a Jiloá, María José y Maribel la vieron como una hermana mayor a la que admiraban y de quien querían aprender su arte musical. Adriana se convirtió entonces en profesora de guitarra de las dos hermanas y en poco tiempo conformaron un trío que deleitaba inmensamente al orgulloso Aníbal, que no perdía oportunidad de exhibir las habilidades de sus hijas ante sus amistades.
Cuando Adriana le contó a Juanito la forma trágica e inesperada en que habían muerto su padre y Lissandro, se sorprendió a sí misma al comprobar que no había llorado al poner en palabras lo que antes anegaba sus ojos con sólo recordarlo. Juanito, que era muy perceptivo notó la serenidad en el rostro de la joven y sin hacer ningún comentario al respecto, enrumbó la conversación hacia las remembranzas de lo que había sido el periodo en el Ballet y su amistad con Lorena; sólo al final cuando la notó completamente distendida, comentó mientras daba los últimos toques al maquillaje de la vedette y le ayudaba a escoger el traje que luciría esa noche, y le dijo:
― El sueño que tuviste, no necesita una interpretación muy profunda. Simplemente es el reconocimiento subconsciente de que el galán de INCAE te impresionó con su presencia. Esperemos lo que suceda más adelante. Por mi parte, algo me dice que entre ustedes dos están dadas las condiciones para iniciar un romance…
― No vayas tan rápido Juanito – le interrumpió Adriana con un gesto que pretendía apartar de su mente la imagen del apuesto personaje ―. Esperemos, como tú dices, lo que suceda más adelante.

***

A esa misma hora, al otro lado de la ciudad, un Mercedes Benz negro con placas oficiales y precedido por un motociclista uniformado, se detuvo frente a una lujosa residencia de dos pisos en el exclusivo barrio Las Colinas a la altura del kilómetro 10 de la carretera a Masaya. Un joven oficial descendió rápidamente del Mercedes para abrir la puerta trasera a su jefe inmediato, el general de división Ulises Baltodano Garcés. El general bajó del auto, respondió mecánicamente el saludo militar de su subalterno y se encaminó hacia la puerta principal que acababa de abrir un sirviente negro que se apresuró a tomar su gorra y su bastón de mando.
El rostro de contrariedad de Baltodano fue señal suficiente para que el negro no hablara y se limitara a una leve inclinación de cabeza mientras cedía el paso a su malhumorado patrón. El motivo de su molestia se originaba en las órdenes que dos horas antes había recibido de Somoza, quien le había citado a Montelimar forzándole a suspender su tarde de esparcimiento en Las Leyendas en compañía de Lorena, la bailarina del Atlantis, precisamente cuando tenía la intención de convertirla en aliada para conquistar a la hermosa pero fría y distante Adriana Harrison. Estaba convencido de haber encontrado la fórmula para ganarse el apoyo de la rubia. Pero todo se había frustrado.
En otras circunstancias se hubiese sentido orgulloso de la importante misión diplomática que Tacho le había encomendado para cumplir en Washington en donde tendría que hacer un fuerte cabildeo entre los senadores y gestionar ayuda militar para su gobierno ahora que los Sandinistas estaban arreciando en sus ataques al régimen y el tradicional apoyo del gobierno norteamericano a la dictadura estaba en su punto más débil. Lo que le enfurecía era tener que posponer lo que él consideraba su objetivo inmediato en el plano personal: convertir a la codiciada vedette, en su esposa.
El iluso general había confundido la actitud de Adriana con una estrategia de ésta para hacerse la inalcanzable y estaba convencido de que con paciencia y constancia finalmente lograría su propósito, pues se consideraba a sí mismo como poseedor de los tres atractivos que suelen ser irresistibles para la mayoría de las mujeres: poder, dinero e inteligencia. Y él incuestionablemente ejercía un amplio poder en Nicaragua; era dueño de una gran fortuna en bienes raíces y tenía una cuenta con varios millones de dólares en un Banco Suizo; aparte de que se consideraba muy inteligente. En realidad Baltodano era muy astuto… y la astucia, como dijo alguien, es la inteligencia de los brutos. Esa noche, tendría la oportunidad de hacerle una demostración de su poder, pues había invitado al presidente del Banco Central y a su esposa, con lo cual, pensaba, le daría un toque de elegancia a su encuentro con Adriana quien no podría menos que impresionarse con el nivel social del círculo de sus amistades, al que tendría acceso una vez convertida en señora de Baltodano.
Al llegar a su habitación, el general decidió darse una ducha rápida y rasurar su cerrada barba negra que le daba sombra a un rostro cetrino de facciones angulosas, con nariz y mentón prominentes y le infundían el perfil mefistofélico, que aumentaba con la mirada centelleante de sus ojos negros, pequeños y hundidos a cuya mirada nada escapaba. Meticuloso y rutinario en sus costumbres, extrajo de una gaveta un estuche de metal forrado en cuero que acusaba largos años de servicio y que al abrirlo exhibía siete navajas de afeitar, depositadas en sendas ranuras, cada una marcada con un día de la semana en alemán. Escogió la navaja marcada con la palabra sonnabend (sábado), la afiló frotándola con una tira gruesa de cuero desgastada por el uso, cogió una brocha de pelos de marta, vertió un poco de agua en el tazón de porcelana que contenía jabón sólido y formó un grueso copo de espuma que aplicó profusamente sobre sus alargadas mejillas. Inició entonces, con movimientos precisos, el ritual que practicaba a mañana y tarde, cuando tenía un compromiso nocturno, de pasar con firmes movimientos la afilada navaja hasta lograr una afeitada impecable.
El estuche con las navajas había pertenecido a su padre, el coronel Jesús María Baltodano. Un aventurero español que había llegado a Nicaragua después de la primera guerra mundial, y se había ganado la vida recorriendo los países de América Latina con un espectáculo en el que hacía gala de sus dos más destacadas habilidades: una puntería impresionante que le permitía destrozar en el aire tres monedas lanzadas antes de que cayeran al suelo o apagar un puro encendido a 25 metros de distancia, mientras lo sostenía una mujer en la boca; y su destreza para conducir a galope tendido un caballo mientras disparaba sobre blancos fijos o móviles sin errar un solo tiro o enlazando novillos y variados objetos tan difíciles de acertar como una botella o una sandía.
La mujer, que hacía pareja con Baltodano y lucía con él ropas del salvaje oeste norteamericano mientras éste actuaba como un vaquero, era Celina Garcés, una putilla de 17 años que el español había encontrado en un burdel de Managua, en donde cantaba y bailaba. El pistolero la entrenó a conciencia, la hizo su amante y después de que le dio un hijo, se casó con ella y la hizo respetable. Su fortuna cambió favorablemente cuando el viejo Anastasio Somoza García, impresionado por su destreza, le ofreció trabajo en su guardia personal.
El astuto aventurero, rápidamente se granjeó el favor de Somoza quien al año de tenerlo bajo su servicio, le concedió el rango de coronel honorario de la Guardia Nacional y lo nombró instructor de tiro de sus oficiales. Con el tiempo, se hizo amigo personal del general y empezó a ocupar otros puestos que le permitieron acumular una gran fortuna. Ulises su único hijo, heredó sus habilidades y logró llegar a ser elemento clave al servicio de la dinastía, después de concluidos sus estudios en la prestigiosa academia militar de West Point, en donde se graduó junto con Tachito, el hijo del dictador, y regresó como él para hacer una fulgurante carrera en la Guardia Nacional Nicaragüense. Al igual que su padre, Ulises llegó a ser amigo y consultor de Tachito, quien confiaba ciegamente en sus dos capacidades naturales: la primera, como organizador de su red de inteligencia; y la segunda, como hábil negociador que se desenvolvía con soltura en los centros de poder de Washington.
Baltodano quería poner fin a su viudez, que ya completaba catorce años; y en su cerebro calculador, la candidata ideal era Adriana: hermosa, inteligente, políglota – excelente condición para la esposa del futuro embajador en Washington, cargo que Somoza le había prometido y para el cual la misión encomendada, era el preludio ―, y más importante que todo, la vedette no mostraba ningún interés en acceder a las pretensiones de una gran cantidad de galanes, lo cual era para el general una cierta garantía de fidelidad.
Su primera esposa, Alcira Rodríguez, fue una hermosa joven dominicana que había conocido en Santo Domingo mientras se desempañaba como agregado militar, en la época de la dictadura de Trujillo y con la cual vivió diez años, hasta que Alcira puso fin a su vida cortándose las venas. Se rumoraba que el propio Baltodano, la había llevado al paroxismo de la desesperación, al tenerla encerrada y vigilada durante un año en su casa de Las Colinas, después de que supo que su joven esposa se había convertido en la amante de un apuesto ginecólogo nicaragüense; y que al pobre hombre, Baltodano le había urdido un expediente falso como agitador comunista, lo había hecho apresar, torturar hasta la muerte y lo había arrojado como a tantos otros en la Cuesta del Plomo.
Cuando la esposa de Baltodano se suicidó, Lorenzo, el único hijo de la pareja era un niño de ocho años que había heredado las finas facciones y el cabello rubio de su madre y que con el tiempo desarrollaría la crueldad, la ambición y la astucia de su padre. Lorenzo que había sido enviado a una escuela privada en Suiza, había mostrado inclinación por la carrera militar y Baltodano, con el apoyo de Somoza había logrado que el muchacho fuese aceptado y se graduase en la prestigiosa academia militar francesa de Saint-Cyr. En 1977 había regresado a Nicaragua para ser incorporado a la Guardia Nacional, con el rango de Subteniente como miembro del batallón especial contra actividades terroristas (BECAT), unidad de tropas de élite de reciente creación que efectuaba constantes patrullajes motorizados en las principales ciudades del país.
Alrededor de las diez de la noche Baltodano, vestido con una guayabera blanca de manga larga, pantalón negro, botines de charol y las recién afeitadas mejillas bañadas con una exagerada cantidad de loción que anulaba el efecto discreto y agradable de una mejor dosificación, se instaló en el asiento posterior de su vehículo particular, cuya puerta le abrió, con gesto servil, un gigante que le servía como único guardaespaldas en las noches en que el general, intentando pasar de incógnito, frecuentaba El Atlantis, de donde salía al amanecer hacia un burdel propiedad de un viejo sargento retirado que le proporcionaba jovencitas para satisfacer sus depravaciones.

***

El joven mandadero regresó de Jiloá con el aderezo, en el preciso instante en que Baltodano salía del establecimiento seguido por el gigantesco gorila, después de haber coordinado personalmente con Simón, la compañía de Adriana en su mesa a la cual regresaría antes de media noche junto con sus importantes invitados a quienes debería recoger después de una recepción en la embajada del Uruguay.
Mientras cruzaba lentamente el parqueadero, Bernardo aferró con fuerza el timón del Honda hasta que sus nudillos se pusieron blancos y apretando los dientes con furia se dijo para sus adentros: “Si tuviera una pistola, en este momento le pegaba siete tiros a éste hijo de la gran puta”.
El motivo de su odio hacia el oscuro personaje era explicable: dos años antes, durante la represión del régimen posterior al asalto de navidad, su padre, un inofensivo propietario de un pequeño taller de reparación de vehículos en Masaya, fue injustamente denunciado como auxiliador de los Sandinistas por un somocista, propietario de un taller vecino, que quiso eliminar en esta forma la competencia.
El pobre hombre fue capturado, interrogado y torturado con brutalidad y saña. Sólo resistió 24 horas en manos de los crueles inquisidores de Baltodano, pues su débil corazón se paralizó con un infarto librándolo de mayores penurias. Su cadáver fue arrojado a la Cuesta del Plomo, en donde lo encontró el propio Bernardo ocho días después en avanzado estado de descomposición, con los dientes, las uñas de los dedos de las cuatro extremidades arrancados, y con señales de quemaduras de cigarro en todo el cuerpo. El muchacho que para entonces tenía 19 años y era hijo único, huérfano de madre, fue recogido por su tía Ninfa que con la anuencia de Aníbal lo llevó a vivir en la casa de Jiloá. Por esas fechas, Adriana se fue a vivir a la cabaña y tuvo la idea de contratarlo para que se encargase del cuidado de su cabaña, de hacerle mandados y diligencias bancarias; y para que la acompañase, especialmente en las noches en que tenía presentación en el Atlantis. La simpatía y el desparpajo del joven mulato encantaron desde un comienzo a Adriana que gozaba con su sentido del humor y lo trataba como si fuese un hermano menor. Bernardo adoraba a su benefactora y estaba dispuesto a cualquier sacrifico por garantizar su bienestar.
El odio de Bernardo, su habilidad como mecánico tanto de autos como de aviones – soñaba con llegar a ser, algún día piloto aviador ―, su discreción y sus aptitudes como todero que entendía de electricidad, plomería y reparaciones varias, fueron detectadas rápidamente por Max, que lo reclutó como miembro de su célula Sandinista. El muchacho fue elemento clave en muchos operativos de “recuperación económica” para garantizar un escape rápido y seguro de los asaltantes; sin embargo, al igual que Maribel, soñaba con el día en que le permitiesen participar en una verdadera acción de combate. Bernardo admiraba y respetaba a Max, pero lo envidiaba por su relación con Maribel, a quien amaba en silencio y con veneración desde el mismo día en que la vio por primera vez. Por su parte, se había jurado así mismo matar con sus propias manos a Baltodano o morir en el intento.

***

Juanito estaba pendiente de la llegada de Bernardo y cuando éste se detuvo frente al camerino de Adriana, se apresuró a salir y su sonrisa se ensanchó cuando el negro sacó la mano por la ventanilla para entregarle el aderezo.
― Gracias campeón, batiste el record ―. Regresó al camerino, extendió el aderezo frente a la sorprendida Adriana, y con una traviesa sonrisa, le anunció:
― ¡Magia mi querida! Desde que me contaste el sueño supe que esta noche deberías lucir en todo su esplendor esta maravilla de la orfebrería azteca. Recuerda lo que te he dicho siempre: “Los sueños bonitos, son para convertirlos en realidad”… Además, estoy convencido de que esta noche, es el comienzo de un romance que, según interpreto, está bendecido por el espíritu de tu difunto maestro… o si no, que me quiten la patente de clarividente – agregó con una carcajada que contagió a Adriana, quien no puso reparo cuando Juanito le ató, con movimientos ágiles, el aderezo alrededor de su hermoso cuello. Satisfecho por el éxito en su pequeña treta del ajuar, Juanito miró la hora en su reloj, lanzó una mirada apreciativa y de cuerpo entero a la figura de Adriana, sonrío satisfecho por los resultados de su obra cosmética, y antes de salir del camerino dijo en tono críptico:
― Ésta es una noche de exorcismos. – Dio media vuelta y salió rumbo a su propio camerino.

Adriana contempló su figura enfundada en el traje verde de lamé con escote profundo que resaltaba la belleza del ajuar, con una sólida combinación de figuras geométricas en el collar y dos aretes alargados en cuyos extremos relucían unas hermosas esmeraldas. Sonrío complacida. Faltaban quince minutos para su presentación y no tardarían en llegar Simón y el director de la orquesta para la decisión final respecto a las canciones que interpretaría en su primer show. Se sentó en el sillón encendió un cigarrillo y se dijo para sus adentros: “Creo que Juanito tiene razón, esta tiene que ser una noche de exorcismos”. Fumó con calma, inmersa en sus recuerdos y cuando golpearon a la puerta, supo que era Simón y había tomado una decisión.
― Mi niña, hoy estás muy solicitada – comenzó Simón con su afectada entonación, miró aprobatoriamente el vestuario y el discreto pero bien logrado maquillaje de su rostro y dio rienda suelta a su verborrea – Cómo te parece que en la barra hay un profesor de INCAE que vino por primera vez anoche y volvió con el exclusivo propósito de verte e invitarte a su mesa. Lástima que se le anticipó el general Baltodano. De todas maneras yo quiero entretener al profesor y le pedí a Lorena que lo acompañe en la barra. Ella está dichosa, pues ahora que se lo acabo de mostrar desde lejos me contó que hoy se lo había encontrado en Las Leyendas y que definitivamente es un hombre divino. La chela me dijo que parecía un Robert Redford con barba muy bien cortada y con unos maravillosos ojos cafés. Se llama Braulio y por su acento creo que es ecuatoriano… Ah y respecto a Baltodano, hasta ahora te has portado bien. Hoy viene, ni más ni menos que con el presidente del Banco Central y su mujer que es una vieja fea pero muy culta y sabe bastante de música, de manera que por lo menos esta noche no tendrás que soportar las aburridas charlas de ese idiota general que se cree un intelectual. ¿Qué vas a cantar ahora? – preguntó finalmente colocándose a un lado para incorporar al director de la orquesta que había entrado detrás de él y permanecía a sus espaldas.
― Las dos canciones de Edith Piaff que ensayamos esta tarde y Hasta Siempre – contestó Adriana, segura de que a Simón le sorprendería que se hubiese decidido por fin a cantar la composición que le había merecido el premio en Londres. Igual sorpresa tendría el director de la orquesta que fue testigo del shock nervioso que le había producido a la cantante el primer intento de ensayar esa canción, dos años antes.
La decisión de Adriana al incluir la canción ganadora en el show, alegró a Simón, que se frotó con entusiasmo las manos sin hacer ningún comentario y después de desearle suerte a su artista, salió rápidamente del camerino para instruir al maestro de ceremonias sobre los cambios.

Al salir al escenario, seguida por el reflector, Adriana se sintió segura de sí misma, tranquila, sosegada y con una paz interior que hacía tiempo no experimentaba. Cuando cesó la cortina musical a cuyo ritmo avanzó hasta el centro, dirigió su mirada al otro extremo del salón en donde pudo ver a lo lejos la atlética figura del profesor, tenuemente iluminada por el único foco que el negro del bar dejaba encendido cuando las luces se apagaban en el salón principal. A pesar de la distancia, percibió la intensidad en la mirada de Braulio y su primera sonrisa que magnificó la belleza de sus facciones, no iba dirigida al público sino a él…
El hondo sentimiento que había hecho estremecer su cuerpo y su alma cuando cantó frente a las cámaras de la televisión inglesa y que con la muerte de Lissandro creyó que nunca volvería a aflorar, regresó como si nunca se hubiese ido cuando los dos violines de la orquesta interpretaron la introducción para dar paso a su voz que sonó firme, clara y hermosa. Al concluir, pensó que era una suerte que Baltodano no hubiese estado presente, pues su lujuriosa mirada hubiese destruido el encantamiento que surgió a partir del momento en que Adriana sostuvo fijamente y con una sugestiva sonrisa, la intensa mirada del extraño que la había hecho vibrar en sueños la noche anterior.
De regreso a su camerino, Adriana se sentía eufórica y alegre; la ovación que había arrancado al público y en particular el entusiasmo del profesor aplaudiendo de pie y con los ojos brillantes de emoción la llevaron a introducir nuevos cambios para el show central… La idea de concluir la presentación bailando un tango le fascinó a Juanito pues consideró que ésta era la mejor forma para rematar esa noche que él había vaticinado como “noche de exorcismos”.

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