Punto de Quiebre – Capítulo V

Por : kapizan
En : Capítulo V - Elizabeth, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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V
ELIZABETH

Boston, sábado 10 de junio de 1978

Al concluir la llamada telefónica de Braulio, la primera sensación que experimentó Elizabeth fue remordimiento. Reconoció que había estado fría, distante, casi antipática y eso le molestaba pues en el fondo abrigaba el deseo de recuperar la emoción y la intensidad que tuvo su relación en los primeros años. A su memoria acudió con nitidez el recuerdo de su última noche de amor con Braulio, la víspera del viaje.
Había sido una velada romántica cargada de una sexualidad y un erotismo que revivió por esa noche los mejores momentos de los primeros años de su matrimonio. “¿En qué momento se jodió todo?, ¿cuál era la causa?, ¿era acaso la aversión que ella sentía por la absorbente carrera académica de su esposo? o ¿el poco interés que él mostraba por su creación artística? o ¿era talvez la frustración de Braulio por no haberle podido dar un hijo? Recordaba la emoción que le había producido a Braulio el anuncio de sus dos embarazos, y la posterior decepción de su marido, por las pérdidas consecutivas. Su vida sexual que en los primeros años era activa, variada y frecuente, se había venido enfriando a pesar de que ella hacía esfuerzos por mantenerse atractiva y deseable. De todas maneras, sintió que hubiese podido ser más tierna, más emotiva y mostrarse más entusiasmada con la llamada de su esposo. Su actitud, reconoció, no estaba contribuyendo para nada a salvar su matrimonio. Claro que salvar la relación no era sólo su responsabilidad. Era de ambos. Y Braulio, al menos así le pareció a ella, efectuó esa llamada como quien cumple la formalidad de un requisito…

Definitivamente, ese día había sido fatal: cuando apenas estaban cediendo el malestar y las nauseas que había sentido después del desayuno, tuvo que correr a buscar un plomero pues una tubería de la cocina se había reventado; de regreso con el plomero, un camión había golpeado su auto causándole una sería abolladura; un cliente importante, con quien tenia negociada y casi cerrada la venta de un valioso cuadro, había fallecido esa mañana, con lo cual se evaporaba una jugosa comisión que tenía destinada para viajar a New York a visitar a sus padres; y de remate, estaba el mal sabor que le había dejado la llamada de Braulio.
De repente, se sintió sola, muy sola; lamentó que Marietta su mejor amiga y confidente en Boston, que a la vez era su jefe, se hubiera ido de improviso a las playas de Malibú, con uno de sus múltiples amores masculinos y la hubiese dejado con la carne adobada que había preparado para la clase de cocina típica colombiana que tenían programada para el domingo. Esto la hizo sentir peor pues había quedado sin programa para el día siguiente; pensó en llamar a su madre a New York, pero de inmediato desechó la idea; su mamá no la comprendería. En verdad nunca habían sido amigas.

En ese momento el ambiente de la primorosa casa de madera que habían comprado años antes en el sector de Midlesex, cercano al campus de Harvard, le pareció opresivo y asfixiante. Sintió que necesitaba aire fresco y caminar un rato para poner en orden sus ideas. Se echó sobre los hombros un ligero chal de macramé y salió a la fresca noche sin rumbo fijo. Media hora después, se encontraba en Harvard Square frente a un pequeño bar de cuyo interior salían las notas de un blues interpretado por la inigualable voz de Frank Sinatra. Sin pensarlo dos veces ingresó al establecimiento, se sentó en la barra, pidió un whisky en las rocas, encendió un cigarrillo y comenzó a recordar.
Lo primero que recordó, fueron las palabras de Nando el día que le anunció la decisión de casarse con Braulio: “…El enamoramiento siempre termina. Sólo tiene dos caminos: o se transforma en verdadero amor o termina en ruptura más o menos traumática. Pero siempre, indefectiblemente termina”. Quizá, su hermano tenía razón; pero ahora el problema era cómo transformar su sentimiento en amor verdadero e impedir que todo se fuera al traste. Pero, ¿qué era el amor verdadero? Según Nando, “el amor verdadero es aquel sentimiento puro que está desprovisto por completo de egoísmo, posesividad y celos. En realidad el amor verdadero no puede definirse por lo que es y por eso hay que tratar de entenderlo a partir de lo que no es”. Otra cosa que decía Nando y con la cual empezaba a estar de acuerdo, era que durante la fase del enamoramiento, los involucrados se esforzaban por mostrar lo mejor de sí mismos y se ponían máscaras para ocultar sus defectos o aquellas facetas de su personalidad que pudiesen molestar a su pareja.
Había comprobado que con la convivencia se hacían inocultables esos puntos oscuros y afloraban inesperadamente generando tensiones y disgustos. Como ejemplos de lo anterior estaban las máscaras que ella misma se puso para disimular su aversión al tango que le encantaba a Braulio y los esfuerzos que hizo por mostrarse ordenada cuando de soltera su habitación y su taller de pintura eran un verdadero caos. El mismo Braulio había simulado interés por el arte abstracto que a ella le fascinaba, cuando en el fondo ni lo entendía, ni le interesaba… La lista de incompatibilidades era bastante larga; pero, se preguntaba Elizabeth, “¿eran realmente insuperables?, ¿no valdría la pena dialogar francamente sobre el particular y tratar de superarlas entre ambos? Por su parte, ella estaba dispuesta a realizar el esfuerzo pues reconocía que a pesar de todo amaba a Braulio y no estaba preparada para afrontar las consecuencias sicológicas de un divorcio.
Tratando de encontrar un punto de partida al deterioro de su relación, cayó en cuenta de que las cosas habían empezado a cambiar desde el verano de 1975, cuando Braulio consiguió su primer contrato de consultoría en Atlanta. Desde entonces, en los veranos subsiguientes siempre habían estado separados. En realidad, a partir de ese año no habían vuelto a tener unas vacaciones juntos, y ella no había podido acompañarle en sus viajes, pues su trabajo como administradora de una galería de arte se lo impedía. Durante sus ausencias extrañaba su presencia pero a su regreso, después de un ardoroso y apasionado encuentro, rápidamente caían en la rutina y en las discrepancias cotidianas. Lo único cierto en ese momento era que se sentía completamente sola y hubiera dado cualquier cosa por recibir una voz de aliento, o por tener con quien compartir sus inquietudes.
Como si hubiese comprendido que los románticos y dulzones blues de Sinatra no estaban contribuyendo para nada a mejorar el estado de ánimo de Elizabeth, el Discjockey del acogedor bar tuvo la feliz ocurrencia de lanzar al aire el tema de New York New York, en la sensual y agradable voz de Liza Minelli, que había hecho furor en el mundo entero en la ya famosa película de Scorsese que Elizabeth había visto y disfrutado tres veces. La joven más animada por la alegre melodía que de inmediato la trasladó a sus años juveniles in a city that doesn’t sleep; pidió un segundo whisky, sacó un cigarrillo de su bolso y mientras buscaba las cerillas, se sorprendió cuando su vecino de barra – un hombre apuesto, de unos cuarenta años, cabello negro entrecano, tez morena clara, grandes ojos cafés y franca sonrisa, vestido con un elegante traje blanco con corbata azul oscura ―, cuya presencia apenas había percibido, se giró en su silla y en un gesto de natural galantería le ofreció fuego de un encendedor Dunhill, con el cual acababa de encender una pipa, y le dijo con voz muy bien timbrada en perfecto español, mientras sonreía envuelto en una espesa nube de humo y un exquisito aroma de picadura fina:
― Permítame señorita –.
― Muchas gracias, es usted muy amable. – respondió Elizabeth con una espontánea sonrisa que marcaba un hoyuelo en su mejilla derecha y resaltaba su belleza natural, al tiempo que mentalmente agradecía la prohibición que hubo en su casa materna de hablar en familia usando el inglés y los esfuerzos de su madre para que sus hijos hablaran un español perfecto.
― Veo que adiviné, es usted latina, lo que no pude captar fue su acento que me parece bastante neutro ¿es costarricense?
― No, soy colombiana pero me críe en los Estados Unidos y mi mamá siempre nos habló en español – aclaró Elizabeth cuyos pensamientos depresivos se habían esfumado ante la presencia del interesante desconocido y agregó:
― Por su acento me atrevería a pensar que es usted cubano ¿o me equivoco?
― No, no se equivoca soy cubano pero vivo en Manhattan. Ayer llegué a Boston por asuntos de negocios y esta noche me estoy dando un respiro. Es una fortuna haber coincidido en este sitio con una mujer tan agradable y hermosa como usted. Y por supuesto, más agradable aún es poder sostener una charla en español. – Con estas palabras el cubano se levantó de su silla mirándola directamente a los ojos, cambió la pipa a la mano izquierda y le extendió la vigorosa mano derecha al tiempo que se presentaba con una leve inclinación de cabeza.
― Mucho gusto, Reinaldo García, me encanta conocerla.
Al escuchar el nombre, Elizabeth apenas pudo disimular un sobresalto y pensó para sus adentros: “Es increíble, nadie me creería si les digo donde me vine a encontrar con el famoso Reinaldo García. Me lo imaginaba muy distinto. Nunca pensé que fuera tan joven y tan atractivo”. Extendió entonces la mano derecha que Reinaldo estrechó con firmeza y en un gesto que a las feministas de la época les hubiese parecido ridículo y anacrónico pero que a Elizabeth le encantó, se inclinó y le rozó los dedos con sus labios en un leve beso, produciéndole una deliciosa sensación que le recorrió todo el cuerpo. Algo turbada, y como mecanismo instintivo de protección le dio su nombre de casada.
― Yo soy Elizabeth Rivadeneira, pero mi apellido de soltera es Jaramillo; es un placer conocerlo. Es usted una persona muy conocida en el mundo del arte y debo reconocer que me lo imaginaba muy distinto…
― ¿Cómo me imaginabas? ¿Puedo tutearte verdad?
― Claro que puedes tutearme…

Roto el hielo, a lo cual contribuyó la caricaturesca descripción que hizo Elizabeth de cómo se había imaginado a Reinaldo, se inició entre ambos una deliciosa charla en la cual surgieron rápidamente las afinidades propias de dos personas que se movían en al ambiente artístico y que encontraban una particular fascinación por el arte moderno y abstracto. Reinaldo que era simultáneamente marchante de arte y crítico reconocido, había escrito varios artículos para la American Moderm Art Review, que Elizabeth había leído y coincidía con sus opiniones y juicios críticos bastante objetivos, hasta donde se puede ser objetivo al juzgar la creación artística de otros; además, había publicado con una reconocida editorial francesa dos libros, analíticos e ilustrados a todo color, sobre los pintores surrealistas de comienzos de siglo, los cuales fueron acogidos con beneplácito por la crítica y habían sido traducidos a cuatro idiomas. Lo cierto era que un comentario favorable del cubano era suficiente para catapultar a la fama a cualquier joven pintor hasta entonces desconocido. Por supuesto, el entusiasmo de Reinaldo cuando supo que Liz pintaba fue genuino y aceptó de inmediato una invitación de la joven para conocer su taller, su obra y la galería que administraba en Boston. Si Reinaldo era un escritor ameno y agudo en sus artículos, como conversador resultó excepcional.
Elizabeth que había leído una semana antes en el Miami Herald la noticia de que el reconocido marchante cubano había adquirido en una subasta en New York un óleo de Picasso por un millón doscientos mil dólares, gozó con el relato que al respecto le hizo Reinaldo: él se había limitado a representar a la Condesa de Pichard, una vieja multimillonaria que en los últimos treinta años se había dedicado a adquirir óleos, dibujos y hasta bocetos del artista español, con quien aseguraba había tenido un apasionado romance en París en los años veinte. La descripción que hizo Reinaldo de la anciana y sus excentricidades, como la de vivir en un castillo con 17 gatos y un sobrino majareta que heredaría la fortuna de la Condesa, fue muy graciosa y produjo más de una buena carcajada a Liz, que hacía años no se divertía tanto.
Reinaldo que se mostró muy discreto desde que Elizabeth proclamó su condición de mujer casada, contó sin muchos detalles que era viudo y tenía un hijo, Efrén, de once años que vivía en Miami con la abuela y con la tía, única hermana que le quedaba, pues su hermano mayor había muerto combatiendo al lado de Fidel Castro en la Sierra Maestra. Su padre un intelectual de razonable posición económica había apoyado la revolución de Castro, pero a los pocos meses de ejercer un cargo importante en el Ministerio de Cultura, se decepcionó, como muchos otros cubanos con el giro que estaba tomando la causa y huyó con su familia a Miami como refugiado, en julio de 1959. Para entonces, Reinaldo estudiaba arquitectura en París en donde supo que su papá se había unido a la contrarrevolución y participado en el frustrado desembarco en Bahía Cochinos en donde murió a los pocos minutos de pisar la playa.
Desde la publicación de su primer libro que había sido un éxito editorial, el cubano pasaba buena parte del año en París atendiendo compromisos de la editorial francesa y revisando las traducciones; el resto del tiempo lo pasaba normalmente entre New York, preparando sus artículos críticos para la revista, y Miami a donde viajaba esporádicamente para visitar a su hijo.
Mientras Reinaldo hablaba, Elizabeth se sentía cada vez más atraída por el magnetismo, la galantería natural y la personalidad de su interlocutor que la hacía sentir cómoda, por la afinidad artística que les unía y despertaba en su interior sentimientos y deseos que habían estado adormecidos por mucho tiempo. Cuando supo que Reinaldo tenía planeado permanecer una semana en Boston para establecer contactos con algunas galerías de arte y conocer personalmente a Robert Anderson, un joven pintor angloamericano que estaba teniendo mucho éxito en el mercado y al cual ella conocía desde su época de estudiante, se ofreció gustosa a servirle como guía durante su permanencia en la ciudad y a ponerle en contacto con Anderson de quien era buena amiga y con quien había mantenido relaciones comerciales pues en el otoño anterior había organizado para él una exposición en Gruber´s Gallery, la prestigiosa galería bostoniana que ella administraba.
Cuando mencionó la galería, Reinaldo se sorprendió y se alegró por su buena suerte, pues según le dijo uno de los propósitos primordiales de su viaje a Boston era entrevistarse con Marietta Gruber, de quien dijo ser viejo amigo desde su época de estudiante en París.
A media velada Reinaldo sintió que habían logrado un buen grado de confianza, y se atrevió a preguntarle si continuaba casada con el Señor Rivadeneira o si, según la costumbre gringa, conservaba su apellido de casada como tantas otras viudas o divorciadas; el tono de voz y un ligero titubeo de Liz al contestar “Si… mi matrimonio está vigente, mi esposo es profesor de Harvard pero ahora está en Nicaragua para dictar unas clases y regresa a finales de agosto”, hicieron pensar a Reinaldo: “Apostaría a que ese matrimonio está en problemas”. Entonces, hábilmente cambió el tema y aprovechó para hacer un comentario sobre la situación política en Nicaragua:
― Se le está poniendo complicada la situación a Tacho Somoza… Algo parecido a lo que le pasó a Batista en Cuba. En este momento yo creo que como van las cosas y después del asesinato de Chamorro, no estamos lejos de una victoria de los Sandinistas; el riesgo que le veo es que si los sigue apoyando Cuba, Nicaragua va terminar tan comunista como mi país; algo verdaderamente preocupante que podría tener graves implicaciones en Centroamérica y el Caribe. La sola perspectiva de lo que podría pasar con otro gobierno títere de los rusos en América Latina, me aterra pues como comprenderás por lo que te conté, yo me ubico, a diferencia de la mayoría de artistas e intelectuales de esta época, como un hombre de derecha y como un anticomunista convencido.
― Yo también creo que tarde o temprano los Sandinistas van a derrocar a Somoza – replicó Liz aliviada de que no se hubiese visto forzada a profundizar con su interesante interlocutor en sus conflictos conyugales y para no quedarse atrás en sus opiniones políticas agregó – lo que pasa es que Nicaragua no es una isla como Cuba y por muy liberal que sea el gobierno de Carter, jamás va a permitir otro régimen comunista en el patio trasero de los Estados Unidos… Veo – agregó después de un brevísima pausa – que tenemos otra afinidad pues yo también soy una mujer de derecha, y mi familia que es políticamente conservadora tuvo que huir de Colombia a comienzos de los años cincuenta, debido a la persecución de las guerrillas liberales del Llano, en donde mi papá tenía una finca ganadera. Cuando llegamos a New York yo no había cumplido todavía los dos años y mi único hermano, Nando, tenía doce años. A pesar de vivir en los Estados Unidos, ambos fuimos criados con las costumbres antioqueñas de mis padres.
A las dos horas de amena charla con el famoso crítico, Elizabeth estimulada por el ambiente del local y por los bien espaciados tragos, había olvidado por completo sus preocupaciones, pasando de la depresión a una euforia moderada que la llevó a pensar que sería delicioso ser abrazada y amada por el cubano.

― ¡Last call! – anunció en voz alta el bartender al tiempo que oprimía los interruptores para sustituir la cómplice penumbra, por una clara luminosidad que señalaba la hora de cierre del establecimiento.
Sorprendidos por el anuncio que interrumpió su charla, Elizabeth y Reinaldo se miraron fijamente por un buen rato como tratando de descubrir bajo la luz hasta el último detalle en las facciones del otro y se hizo evidente que entre ambos se había ratificado la atracción mutua que desde el principio habían sentido. Finalmente, con la sensación de pesadumbre que suele acompañar el final de los momentos inolvidables, Reinaldo se levantó de la silla y con un gesto natural tomó el chal de Elizabeth y lo colocó con delicadeza sobre sus hombros, le ofreció el brazo y juntos salieron del establecimiento.
Cuando ella le indicó que vivía a pocas cuadras del lugar y que había llegado a pie, él se ofreció a llevarla hasta su casa en el vehículo de alquiler que estaba utilizando para sus desplazamientos en Boston. A bordo del Toyota rentado, le contó que estaba alojado en el hotel Hyatt Regency y que por su ubicación central lo había preferido a la oferta de un antiguo amigo que había puesto a su disposición una vieja mansión victoriana en cercanías a las playas de Cape Code y un yate pequeño de motor en el cual había pensado hacer una travesía por la bahía al día siguiente. Como si se le hubiese ocurrido en ese momento, le preguntó a Elizabeth si estaría dispuesta a acompañarlo en el paseo marítimo. Elizabeth evitó dar una respuesta inmediata mientras le indicaba los cruces para bordear la Plaza de Harvard y llegar hasta su casa de Midlesex. Cuando el auto se detuvo, la joven se volvió hacia Reinaldo y le dijo:
― Gracias por la estupenda velada que me hiciste pasar. Me encantó haberte conocido y creo que tenemos muchas afinidades. Me parece fantástica tu invitación a navegar mañana; pero propongo que aceptes primero mi invitación a almorzar en casa, pues tengo todos los ingredientes para preparar algunos platos típicos de la comida colombiana que estoy segura te van a gustar.
― Acepto encantado – respondió Reinaldo con una perturbadora sonrisa –, sería una estupenda oportunidad para conocer tu taller y tu obra.
Como buen caballero, Reinaldo descendió del auto y lo rodeó para abrir la puerta de Elizabeth y acompañarla hasta la verja de su residencia. Una vez allí, sin pronunciar palabra, la tomó por los hombros, se aproximó a ella y la sorprendió con un beso en la boca, que ella respondió tímidamente. Un tanto asustado por su propia audacia, Reinaldo se apartó de la joven, bajó la vista, murmuró unas palabras de disculpa y con voz apenas audible agregó: “Hasta mañana”; dio media vuelta y se marchó.
Antes de alcanzar la calle siguiente, Reinaldo cayó en cuenta de que había olvidado pedirle a Elizabeth las señas para llegar a su hotel; entonces guiado por las luces de una estación de gasolina, se dirigió allí para llenar el tanque de combustible y revisar el mapa de la ciudad.
Por fortuna a esa hora permanecía abierta una cafetería en la estación y decidió tomarse una taza de café y comer algo ligero. Después de calmar su apetito repasó complacido los acontecimientos de la noche, convencido de que la buena suerte le acompañaría durante su permanencia en Boston: la mayor sorpresa para él, aparte de conocer a la hermosa colombiana, había sido el que ella no sólo conociese a Marietta sino que trabajasen juntas. El sólo recuerdo de Marietta lo transportó en el tiempo al otoño de 1955 en París…

Mediaba la tarde y el cielo encapotado anunciaba una lluvia otoñal; era un viernes y Reinaldo para entonces estudiante de segundo semestre en la Escuela de Arquitectura de Versalles, daba los últimos toques al boceto del dibujo que debía presentar como examen parcial en la clase de arquitectura religiosa. Había escogido como tema la portada central o Portada del Juicio, en el exterior de la catedral de Notre-Dame y se había concentrado en el vértice del tímpano en el cual se apreciaba con claridad a Cristo Juez con la Virgen coronada y a San Juan, postrados intercediendo por el género humano; Jesús aparecía escoltado por dos ángeles de pie que portaban los instrumentos de la pasión: clavos, lanza y cruz. Con estas imágenes cumplía el requisito de incluir por lo menos cinco elementos de figura humana en el trabajo final que debería ser elaborado en plumilla con tinta china y entregado el martes siguiente a primera hora.
Absorto como estaba en su trabajo no se percató de la presencia de una mujer que portaba una cámara fotográfica profesional, hasta que ésta le dio un toquecito en el hombro y con una voz sensual de agradables matices le había dicho. “Discúlpeme joven”. Al girarse Reinaldo se había enfrentado a una hermosa mujer de unos treinta o treinta y cinco años, que cubría su cabellera con una boina de pana café e iba enfundada en una gabardina de color crema ceñida a la cintura que dejaba entrever unas pantorrillas muy bien formadas, cubiertas con medias de seda que se perdían entre unos zapatos cafés, cuyos tacones colocaban a la dama a la altura de su hombro. Reinaldo, después de haberle explicado el trabajo que estaba realizando, no tuvo inconveniente en cederle el puesto a la bella fotógrafa para que captase las imágenes de la catedral que utilizaría, según le dijo, para ilustrar una guía turística que le habían encomendado; ni en aceptar su propuesta de facilitarle una copia ampliada de la fotografía del tímpano para que pudiese usarla en la elaboración de su trabajo académico.
Justo cuando la mujer, que se había presentado como Marietta Gruber, terminó de tomar las fotos se desgajó un violento aguacero que les obligó a buscar refugio en una cafetería cercana. Allí, Marietta había tomado la iniciativa y le había ofrecido una copa de coñac como señal de gratitud por su colaboración… A la primera copa le habían seguido otras tres que marcaron lo que sería para el joven, el inusitado e inolvidable comienzo de una curiosa relación. El fin de semana lo había pasado Reinaldo en el apartamento de Marietta en donde ésta tenía un cuarto oscuro para revelado fotográfico.
Con una excelente ampliación del detalle que le interesaba para su dibujo, el joven estudiante había podido culminar su trabajo y disfrutar la intimidad que sin inhibiciones le había ofrecido Marietta, cuya experiencia en las artes amatorias impresionó al cubano. Lo sorprendente para el joven había sido la actitud posterior de Marietta que con mucha claridad le había indicado: “Los momentos que vivimos en mi apartamento fueron magníficos, pero no quiero herirte permitiendo que te enamores de mí, pues yo no estoy dispuesta a mantener un tipo de relación tradicional. En realidad creo que tú mereces una mujer de tu edad, que entienda el amor como tú lo entiendes, que pueda llegar a ser tu esposa y a darte hijos; por eso creo mejor que nuestra relación se concentre exclusivamente en la amistad…”.
Meses después la misma Marietta le había presentado a Isabella Mancía, una bella joven salvadoreña que trabajaba en la empresa editora de la guía turística parisina con las fotos tomadas por Marietta. Con Isabella, Reinaldo había comprobado que su amiga francesa tenía la razón pues la salvadoreña terminaría convirtiéndose en su esposa y madre de su único hijo. A Isabella, le fue fiel hasta su muerte.

Con el desastre de Bahía Cochinos en que murió su padre, Reinaldo descubrió una nueva faceta en la personalidad de su amiga: un odio visceral hacia el comunismo, originado al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando su padre Karl Gruber un anciano inválido había sido, según ella, “asesinado brutalmente por los bolcheviques” a las afueras de Berlín, por negarse a que las tropas rusas tomaran su casa como puesto de mando de una división que avanzaba hacia la capital alemana. En los años de la postguerra y especialmente desde su llegada a los Estados Unidos a comienzos de los años sesenta, Marietta que había heredado una considerable fortuna de su madre francesa fallecida en 1939, se dedicó a apoyar todo tipo de organizaciones anticomunistas, y en los últimos años a los diversos grupos de exiliados cubanos refugiados en los Estados Unidos, cuyo único objetivo era eliminar a Fidel Castro por cualquier medio.
Precisamente, uno de los propósitos de su visita a Marietta en Boston, era conseguir una donación para la “Asociación de Cubanos por la Libertad”, de la cual Reinaldo era activista y, desde el mes anterior, recaudador de fondos para la causa. Los dineros recolectados eran, en gran medida, destinados a cubrir los gastos de instalación y sostenimiento de los centenares de balseros que huían de la isla hacia las playas de la Florida en pos del sueño americano.
Reinaldo ansiaba el reencuentro con su vieja amiga a quien no veía desde hacía seis años y pensaba ofrecerle como contraprestación a su apoyo financiero, un artículo sobre su galería, que sería publicado en el próximo número en la revista de arte en la cual era columnista. Sin lugar a dudas el plan de compartir el domingo con la joven colombiana, era un buen indicio de que la buena suerte le acompañaría durante su estancia en Boston.
De regreso a su hotel, Reinaldo no podía apartar de su mente el recuerdo de Elizabeth quien le había producido un impacto que no había sentido nunca antes con ninguna mujer desde la muerte de Isabella, y con el convencimiento de que si la colombiana tenía problemas en su matrimonio, él estaría dispuesto a conquistarla; siempre y cuando no fuese a ser la causa de la separación de la pareja.

***

Boston, domingo 11 de junio de 1978

Desde muy temprano en la mañana, Elizabeth desplegó una actividad inusitada: comenzó por poner orden en su caótico taller a fin de tenerlo presentable para la vista crítica de Reinaldo, y con la serie de óleos en la cual había venido trabajando durante los dos últimos años, organizada y lista para mostrárselos uno a uno sobre un caballete debidamente iluminado.
A las diez de la mañana, se sintió satisfecha con el aspecto de pulcritud que ofrecía el taller y dedicó la hora siguiente a preparar el menú con el cual pensaba atender a su invitado: sopa de arepa, cañón de cerdo, que por fortuna estaba listo para hornear, macedonia de frutas (especie de sangría a base de vino tinto, piña, papaya, melón, mango y naranja en pequeños trozos), arroz blanco, ensalada verde y flan de naranjas agrias.
Mientras ejecutaba las tareas culinarias con eficiente precisión, su mente evocaba los detalles de la noche anterior para llevarla a concluir que nunca antes ningún hombre, distinto a Braulio, le había producido la admiración ni despertado el entusiasmo como lo había hecho el cubano. En los últimos años y durante las prolongadas ausencias de Braulio, por razón de su trabajo, ella había tenido algunas relaciones de ocasión en las cuales había mentido sobre su condición de casada y se había presentado como recién divorciada. En todos los casos y después de calmada la emoción de lo prohibido, había quedado con una angustiosa sensación de vacío.
Reconocía que con Reinaldo la relación dejaba vislumbrar un enfoque diferente. Para empezar, la forma en que la había abordado era muy distinta a la que usualmente empleaban los conquistadores de barra. Su elegancia, su galantería, la calidez y la espontaneidad con que la había tratado no dejaban dudas al respecto; sin embargo, estaba el inesperado beso de despedida, pero para ella resultaba claro que había sido un impulso motivado por las circunstancias y no algo premeditado; prueba de ello era la turbación que había mostrado y su inmediata retirada, cuando otro en su lugar, como ya le había sucedido, hubiese aprovechado su vulnerabilidad para llegar más lejos esa misma noche. Pero, se preguntaba, ¿por qué le di mi nombre de casada?, en realidad no lo sabía. Lo cierto es que ahora le parecía que había sido mejor así, pues algo en su interior le indicaba que con Reinaldo podría florecer una hermosa amistad que se hubiese arruinado desde el principio con una mentira tan infantil.
Además, se atrevió a imaginar, si su matrimonio con Braulio llegaba a naufragar, Reinaldo podría ser un excelente salvavidas. De todas maneras ella estaba segura de que Braulio no era ningún santo y por eso estaba dispuesta a dejarse arrastrar por la pasión que le había despertado Reinaldo. Por lo menos, el escenario previsto para ese atardecer no podía ser más romántico: un yate recorriendo la bahía, seguramente buena música, y buenas bebidas. En ese momento recordó que tenía una botella de aguardiente Antioqueño añejado por dos años con hojas de brevo, que se le ocurrió podría ser un excelente afrodisíaco.

Alrededor de las doce y media del día apareció Reinaldo con un ramo de rosas frescas y una botella de vino. Lucía zapatos y pantalón blancos, camiseta azul clara, chaqueta blazer azul oscura con botones dorados y gorra blanca de pescador griego, que resaltaba el bronceado natural de su piel. Elizabeth lo recibió con una dulce sonrisa y un discreto beso en la mejilla. Como buena anfitriona que era, ofreció prepararle un cóctel aperitivo o servirle una cerveza helada; Reinaldo optó por la cerveza y minutos después con sendas jarras, se encaminaron al altillo para que él pudiese conocer su taller y su obra… Con actitud seria y profesional Reinaldo observó detenidamente los catorce lienzos, en formato mediano, de la serie que Elizabeth había denominado tentativamente The Shadow of the Pioneers inspirada, según le explicó, en la epopeya de los colonos, en su mayoría inmigrantes, que habían conquistado el oeste norteamericano en la primera mitad del siglo XIX. Los cuadros, sin enmarcar, exhibían una bien definida tendencia surrealista con un sorprendente manejo del color y el trazo, que no pasaron desapercibidos al minucioso análisis del experimentado crítico de arte.
A medida que iba cambiando los cuadros en el caballete, el nerviosismo inicial de Elizabeth iba cediendo pues a pesar de que Reinaldo no había pronunciado palabra y se había limitado a alternar breves sorbos de cerveza con prolongadas chupadas a la pipa, el brillo de sus ojos escrutadores dejaba traslucir aprobación y agrado por la muestra pictórica. Ante el interés demostrado por Reinaldo, Liz no pudo menos que pensar con un dejo de tristeza: “Qué diferencia con la actitud de Braulio, que ni siquiera se ha molestado en saber en que estoy trabajando. Éste tipo definitivamente es adorable”… Cuando le indicó el último cuadro, se quedó mirando expectante al cubano, que después de una prolongada pausa y con una sonrisa de complacencia le dijo:
― Reconozco que estoy impresionado. Es una estupenda colección en la que destaco un manejo impecable de la mancha, de la luz y de la sombra. ¿Alguna vez has expuesto tu obra?
― Me emociona mucho tu comentario – respondió Liz ligeramente ruborizada –, hasta ahora he participado en tres exposiciones colectivas en la galería de Marietta y por lo menos la mitad de las obras expuestas se vendieron. Por supuesto, sueño con una exposición individual de esta serie. Tú eres la primera persona que la ve; pensaba terminarla en estos días con dos cuadros adicionales a los cuales les falta una o dos semanas de trabajo. Pero tu comentario me da mucha confianza y me estimula para terminarla…
― Pues entonces, desde mañana, manos a la obra – le interrumpió Reinaldo poniéndose de pie y mirándola fijamente a los ojos – y si lo que te falta es una semana o dos, puedo garantizarte que en un mes tu obra estará exhibida en una de las mejores galerías de New York. Eso te lo aseguro; mañana mismo le pediremos a Marietta que tome fotos de algunos cuadros para la elaboración del catálogo.
Liz que no daba crédito a lo que estaba sucediendo, se dejó llevar por la emoción y en esta oportunidad fue ella la que tomó la iniciativa de abrazar al cubano y besarlo con ternura en los labios.

Si a Reinaldo le había impresionado el talento artístico de Elizabeth y se había mostrado sincero en sus elogios, la exquisitez de la comida típica colombiana y en particular el cañón de cerdo, del cual se sirvió tres grandes tajadas, aumentó la admiración que desde el comienzo había sentido por su nueva amiga. Él era ese tipo de hombres para los cuales, el amor a una mujer pasa necesariamente por el camino de la cocina. Como cierre del almuerzo íntimo, después del flan de naranjas agrias, que estaba en su punto, Elizabeth sirvió dos humeantes tazas de café negro, por supuesto colombiano, recién tostado y molido, seguido de dos copitas del aguardiente añejado en hojas de brevo que a Reinaldo le fascinó y cuya botella ella sugirió llevar a la travesía.

El sol aún brillaba en el cielo sobre el fondo azul oscuro de un mar en calma y la luna se perfilaba translúcida sobre el fondo celeste como preludio de una hermosa noche, cuando Reinaldo atracó en el pequeño embarcadero frente a la mansión victoriana de su amigo. El calor de la tarde había cedido un poco y Reinaldo propuso que nadasen un rato antes de que oscureciera y que después le gustaría invitarla a cenar en el restaurante que ella recomendase. El lugar sugerido por Liz fue un pequeño restaurante especializado en mariscos en Quincy Market… A lo largo del día la pareja se había compenetrado en forma tal que ambos sentían como si llevaran años de conocerse y a media noche cada uno deseaba que la magia se prolongase; por ello Liz no puso ningún reparo cuando Reinaldo le ofreció que compartieran una última copa en la suite de su hotel. Allí, sin que mediasen las palabras la atracción mutua llegó a ese punto sin retorno en que lo único que resta es la fusión de los dos espíritus a través de sus cuerpos.

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