Punto de Quiebre – Capítulo VIII

Por : kapizan
En : Capítulo VIII - La cuesta del plomo, Novelas, Primera Parte "Hasta Siempre", Punto de Quiebre

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VIII
LA CUESTA DEL PLOMO

Managua, sábado 9 de septiembre de 1978

El desolado paisaje que rodeaba la arenosa colina, convertida por el régimen en botadero de cuerpos humanos torturados, adquiría un ambiente tétrico con las bandadas de aves de rapiña que la sobrevolaban cuando su aguzado olfato les indicaba la proximidad de un cadáver, que pronto se convertiría en un festín para su instinto carroñero.
Al amanecer, algo más de dos semanas después de los acontecimientos del Palacio Nacional, un camión militar avanzaba por el desvío que, a la altura del kilómetro cuatro de la carretera sur, conducía a la cuesta del plomo. Al llegar a su destino, un suboficial descendió de la cabina e impartió instrucciones a sus hombres para que arrojaran detrás de un arbusto su macabro cargamento: cuatro cadáveres desfigurados de una mujer y tres hombres, acusados de haber colaborado con las fuerzas insurgentes en los preparativos de la toma.
Mientras los soldados cumplían su cometido, el suboficial encendió un cigarrillo y se alejó unos cuantos metros con intención de aligerar la vejiga. Cuatro zopilotes que se disputaban los trozos malolientes de vísceras humanas arrancadas con ávidos picotazos de dos cadáveres en avanzado estado de putrefacción, se asustaron por la presencia del uniformado, soltaron sus presas y levantaron vuelo. El suboficial sorprendido, pues estaba seguro de que en ese sitio no habían arrojado antes ningún cadáver, se acercó a los cuerpos y pudo reconocer en la corroída cara de uno de ellos las facciones de su jefe: el general de división Ulises Baltodano Garcés.

***

Washington, jueves 24 de agosto de 1978

Las imágenes de Edén Pastora empuñando un fusil G3 y haciendo la señal de la victoria desde la puerta del avión que le condujo a Panamá, recorrieron el mundo como reporte central en todos los noticieros. A partir de ese momento el Comandante Cero se convirtió en un héroe legendario y fué percibido, incluso por líderes políticos latinoamericanos de la talla de Omar Torrijos y Carlos Andrés Pérez, como la cabeza visible del F.S.L.N, capaz de derrotar a la oprobiosa dictadura.

El general Baltodano, tras escuchar la noticia, apagó el televisor, se sirvió un generoso trago de brandy y se repantigó en una poltrona a evaluar las implicaciones de lo sucedido. Una hora después estaba convencido de que la debilidad de Somoza, al haber cedido a las pretensiones de los asaltantes, sería su perdición. Un par de llamadas a dos colegas en Managua le confirmaron que en el alto mando existía un sentimiento de inconformidad y una clara frustración por la actitud de Tacho al no autorizar un contraataque.
El astuto general, estimulado por la receptividad que habían mostrado algunos senadores republicanos a la idea de que él fuese el encargado de llevar a la práctica la iniciativa de un “somocismo sin Somoza”, decidió que emplearía el resto de la semana y los primeros días de la siguiente en buscar apoyo entre los senadores demócratas; tarea que veía mas difícil pero no imposible. El miércoles 30 de agosto, viajaría a Managua, sin pedir autorización a su jefe, con un doble propósito: iniciar contactos con otros generales de la guardia, especialmente los inconformes, entre quienes esperaba encontrar algunos aliados para su proyecto político; y, proponer matrimonio a Adriana.
Al día siguiente consiguió que Roger Bradley, senador demócrata por el estado de New York, le recibiese en su despacho. Baltodano, como hábil diplomático, llevó la conversación al tema de los derechos humanos y cínicamente sostuvo ante su interlocutor que esa era la principal falla del gobierno somocista y por ello veía factible la posibilidad de asumir un gobierno de transición en el cual él presidiría una junta de gobierno, con otros dos representantes de la oposición al régimen actual. Aseguró que una junta cívico militar sería el mejor mecanismo para resolver el problema y preparar, en un plazo no mayor de doce meses, la convocatoria a unas elecciones libres que ayudasen al país a retornar a la democracia y continuar como aliado de los Estados Unidos.
El senador Bradley escuchó cortésmente los planteamientos del general y le dijo que efectuaría consultas con algunos colegas. Talvez en quince días podrían volver a reunirse para discutir nuevamente el asunto.
Esa misma tarde el senador llamó por teléfono al empresario Aníbal Argüello a quien había tenido oportunidad de conocer durante la reciente visita de éste último a Washington y con quien había simpatizado desde el primer momento. El concepto de Argüello, de quien se había formado una opinión muy positiva, le resultaría determinante respecto a qué acciones tomar frente a la propuesta de Baltodano. Las últimas palabras de Aníbal fueron contundentes: “…Baltodano es el brazo tenebroso y oculto del régimen. Con un hombre como él al frente del gobierno, la cura sería peor que la enfermedad”.

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Managua, viernes 25 de agosto de 1978

Superada la crisis del Palacio Nacional, Managua regresó a una aparente calma y el Atlantis abrió sus puertas el viernes en la noche con la presentación habitual de la vedette y el elenco de bailarines, debido a la cancelación de Lucho Bermúdez. Adriana había decidido continuar con sus presentaciones normales en espera de que en cualquier momento apareciese Baltodano a quien, estaba segura, le sería fácil seducir como único medio para rescatar a su hermano. Por sugerencia de Vigorón todos habían acordado continuar sus actividades cotidianas aparentando que no se habían percatado de la desaparición de Max. Ésto con el propósito de no alertar a los hombres del general. En ese momento dependían de la actuación de Adriana frente al militar.

Aníbal, creyó conveniente informarle a Vigorón sobre la llamada del senador y el tipo de gestiones que estaba realizando Baltodano en Washington. Inmediatamente, el guerrillero se reunió con Maribel, Bernardo y Lorena, para analizar esta nueva situación. Pronto llegaron a la misma conclusión: era urgente eliminar al general. Esa misma noche Vigorón se comunicó con Chinto en Costa Rica y éste le dio luz verde para proceder.
Como primer paso, Vigorón se puso en contacto con la secretaria que le proporcionaba información sobre Baltodano y supo que éste había recibido instrucciones del dictador de permanecer en Washington hasta nueva orden. Con ello, ganaban tiempo para preparar un plan detallado que pondrían en ejecución, después de que Adriana hiciese su intento de seducir al general e independientemente del resultado. Por lo pronto, consideraron que no era conveniente compartir con Aníbal, Roberto y Adriana sus intenciones de ejecutar al perro Baltodano.

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Managua, sábado 26 de agosto de 1978

― ¿Que hiciste con la moto?― le preguntó Lorenzo a Gutiérrez después de que éste, con ayuda del maquillador, había metido el cadáver de Max en el portamaletas del automóvil privado del subteniente.
― No se preocupe mi teniente que la moto ya fué desarmada y la están vendiendo por partes. Tampoco se preocupe por los que me ayudaron en la captura de este cabrón pues ninguno sabe de quien se trata.
― Muy bien Gutiérrez, acordáte que mi papá no puede enterarse de esta operación ―. Y agregó en voz baja: ― Sólo vos y yo podemos saber de que se trata… prestáme tu pistola. Este loco es un riesgo.
Con la pistola de Gutiérrez en la mano, Lorenzo llamó al maquillador que en ese momento se alejaba hacia el galpón de las torturas, y sin mediar palabra le propinó un certero disparo en la cabeza. Con una sangre fría impresionante el joven Baltodano se acercó a su víctima, se inclinó sobre ella, extrajo el revolver de dotación del muerto, se volvió hacia Gutiérrez y disparó, de frente, contra su aliado que cayó abatido con la sorpresa reflejada en la mirada.
Minutos después, Lorenzo al volante de su vehículo, vestido de civil, emprendió marcha hacia la cuesta del plomo, tras colocar las respectivas armas cerca a los cadáveres de sus cómplices para dar la impresión de que se habían eliminado mutuamente. Estaba convencido de que la verdad jamás sería descubierta y podría seguir, sin ningún temor, con el plan que tenía en mente.
Alrededor de las siete de la noche Lorenzo llegó a la casa de su padre, se encerró en la habitación que había ocupado desde su nacimiento y en la cual se alojaba en sus noches de franquicia, se sirvió un trago doble de ron y se sentó a esperar la hora en que Adriana se estaría preparando para el show de media noche.
El joven no dudaba que alcanzaría el objetivo de malograr la proyectada boda de su papá con la vedette. Había sido tan evidente el entusiasmo del general cuando le contó sus planes de matrimonio que Lorenzo imaginaba, con gozo anticipado, la ira, la frustración y el desconcierto de su padre cuando fuese rechazado por Adriana y acusado de un crimen que no había cometido. “Es lo menos que puedo hacer por vos” le dijo al retrato de su madre entronizado, con una veladora y flores frescas, en una repisa sobre la pared principal de su alcoba.
Recordando los acontecimientos de esa tarde, se sentía pleno de satisfacción y muy seguro de sí mismo: había puesto a prueba su temple eliminando a sangre fría, por primera vez en su vida, a dos hombres, sin sentir ningún remordimiento y sin que le temblara la mano. Lo mejor de su plan era que tenía la forma de “echarle el muerto” a Gutiérrez y hacer creer que la captura de Max había sido iniciativa del sargento y que al parecer éste y el maquillador, se habían enfrentado a tiros disputándose el producto de la venta de la moto y las pertenencias del detenido. Creíble, bastante creíble, se decía Lorenzo, casos similares se habían visto.
A las once en punto, con una sonrisa de cruel satisfacción que endurecía sus finas facciones, descolgó el teléfono, marcó el número del Atlantis y pidió que le comunicaran con la vedette, anticipando que se trataba de una emergencia.

***

La llamada de Lorenzo fue recibida en una pequeña central telefónica en la recepción del establecimiento y transmitida a una extensión en el camerino de Adriana. El timbre rompió el silencio apesadumbrado y solidario que había caracterizado el ritual de Juanito en la preparación del maquillaje y el vestuario de la vedette, desde que ésta, haciendo un esfuerzo sobrehumano, había vuelto al escenario aparentando una normalidad que estaba muy lejos de su miedo y su dolor.
Con mano temblorosa Adriana colgó el auricular, se volvió hacia el sorprendido Juanito y se abrazó a él murmurando entre sollozos y con voz entrecortada:
― ¡¡¡Mataron a mi hermano!!!… Fue la gente de Baltodano… Lo botaron en la cuesta del plomo… ¡Hijo de la gran puta…! ― aferrada al joven bailarín prorrumpió en amargo llanto y su mente se fue llenando de una ira dominada por sentimientos de odio y anhelo de venganza.
Un golpe suave en la puerta anunciando la llegada de Simón para verificar los últimos detalles de la presentación, interrumpió el sordo lamento de Adriana que se dejó conducir por Juanito a un sillón en el que permaneció inmóvil y sin pronunciar palabra, mientras escuchaba sin oír y sin entender las palabras que éstos intercambiaban.

Aduciendo una enfermedad de la vedette, el show central fue suspendido. Adriana más calmada, gracias a los cuidados de Juanito que le preparó un agua de valeriana, se comunicó con Roberto y acordaron que esa misma noche recogerían el cadáver de Max para llevarlo a la casa de Aníbal en Jiloá. A su vez, Roberto llamó a Vigorón y quedaron de reunirse con Bernardo en el Atlantis a las dos de la madrugada. Los hombres estuvieron de acuerdo en que no era necesario exponer a las mujeres a la penosa búsqueda ni a lo que seguramente sería un horripilante hallazgo.
No era la primera vez que Vigorón realizaba la dolorosa tarea de recuperar el cuerpo, desfigurado y mutilado, de un camarada torturado por los esbirros de Baltodano. Sabía el traumático impacto que producía en los familiares de la víctima la sola visión de un ser querido en tan denigrante estado; por ello, en su ruta hacia el Atlantis, conduciendo una camioneta de reparto de quesos, hizo una parada en el taller de don Venancio ― viejo carpintero, colaborador de los sandinistas, que fabricaba ataúdes para una funeraria de Managua ―, escogió un ataúd y pidió al viejo que le proporcionase unas sábanas.
La bóveda celeste cual manto de luto riguroso envolvía el oscuro paisaje de Jiloá como queriendo expresar su dolor en esa noche sin luna y sin estrellas. La amargura, la impotencia y la rabia se reflejaban, con diferentes matices en los rostros compungidos de los tres hombres al momento de estacionar el improvisado coche mortuorio frente a la capilla de los Argüello. Tan pronto se apearon, Roberto habló por primera vez y con voz enronquecida por la ira, se volvió hacia Vigorón y le dijo:
― Necesito que me entrenes. A partir de este momento me uno a tu grupo como combatiente.
Horas más tarde, Vigorón abordó a Roberto y Adriana para contarles sus planes de ejecutar al general. En medio de su dolor, ambos se comprometieron a participar activamente en el complot.

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Matagalpa, lunes 28 de agosto de 1978

Al medio día, Lorenzo se tomó un respiro para almorzar con una ración de campaña empacada en una caja de cartón y marcada U.S. Army, idéntica a la que habían usado los combatientes norteamericanos en Vietnam. Tras despachar los insípidos enlatados encendió un cigarrillo y se acomodó, recostado en un árbol, para limpiar la lugger satisfecho del resultado de su primer día como combatiente de primera línea.
Todo iba bien: antes de salir de Managua había reportado la ausencia de Gutiérrez, de quien nadie daba noticia. Estaba seguro de haber causado por lo menos tres bajas a los insurgentes y comprobado como la reliquia nazi que le había regalado su papá, funcionaba a la perfección. Matar enemigos amotinados había resultado más estimulante que disparar contra sus subalternos para proteger su secreto; sin embargo, no sentía el más mínimo remordimiento. Lo único que lamentaba era que muy posiblemente no vería la reacción de su padre cuando se enterase de que era considerado por la vedette como el asesino de Maximiliano Harrison. En ese momento ignoraba que jamás volvería a ver el rostro de su detestado progenitor.

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Washington, martes 29 de agosto de 1978

El teléfono sonó en el momento en que el General Baltodano guardaba en el estuche la navaja grabada con la palabra dienstag (martes). Era el capitán Burgos con el reporte diario: el levantamiento popular en Matagalpa ― ciudad de la zona cafetera al norte del país ― había requerido el envío de tropas de refuerzo desde Managua y en ese momento la Guardia Nacional luchaba en las calles para recuperar el control de la ciudad, que permanecía en poder de los sublevados, en su mayoría civiles estimulados por el éxito de Pastora con su asalto al Palacio Nacional; según los últimos informes, el levantamiento sería doblegado, a sangre y fuego antes de que terminase el día, gracias a las tropas enviadas como refuerzo al área de combate. Un auténtico orgullo filial le produjo el saber que su hijo Lorenzo, formaba parte de las tropas enviadas al norte del país; por último, y ante la pregunta que le hizo, Burgos le respondió que la pistola enviada como regalo para su hijo, había llegado el viernes anterior en la valija diplomática y él la había entregado personalmente a Lorenzo el domingo, en el cuartel del BECAT, poco antes de que éste saliese, al mando de un pelotón mecanizado, hacia su nuevo destino.

El resto del día lo empleó Baltodano en realizar dos entrevistas con senadores demócratas y en ambos casos percibió una amable pero fría y distante actitud que denotaba el poco entusiasmo de los políticos hacia su proyecto. “Es urgente que consiga apoyo de otros oficiales de la Guardia, pensaba el conspirador, pero lo más importante para convencer a estos liberales de mierda es buscar respaldo entre algunos empresarios de buen calibre, inconformes con Somoza pero aterrados ante la posibilidad de que ganen los comunistas”.
Al anochecer regresó a su apartamento satisfecho con su compra: un espléndido diamante engastado en platino que entregaría como anillo de compromiso el jueves, en el Atlantis, a su futura esposa. En su mente engreída no cabía la posibilidad de ser rechazado. ¿Cómo podría rechazar cualquier mujer hermosa y sofisticada la oferta concreta de convertirse en la esposa del embajador de Nicaragua en Washington con la perspectiva de convertirse, a corto plazo, en primera dama de la nación?
“Sólo falta un detalle, se dijo a sí mismo, preparar a Simón para que no lo tome por sorpresa el anuncio de que va a perder a su Vedette”. Descolgó el teléfono y pidió una llamada a Managua, persona a persona, con Simón García.

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Miami, sábado 2 de septiembre de 1978

― Buenas noticias mi niña ― le dijo el doctor Sergio Mendoza a María José, acompañando su anuncio con una franca sonrisa y un brillo de entusiasmo en sus expresivos ojos castaños, que bastaron para tranquilizar a la angustiada joven ―, la operación fue todo un éxito y Aníbal deberá pasar una larga convalecencia en Miami. Acabo de hablar con el cirujano y en una hora podremos visitarlo en la unidad de cuidados intensivos.
Minutos después, el médico y la joven, salieron del lujoso hotel Fontainebleau en donde se alojaban desde su llegada a Miami el domingo anterior, abordaron un taxi rumbo al General Hospital at outh Miami y Sergio aprovechó para pintarle, en términos sencillos, el cuadro clínico del paciente: la causa del infarto había sido una obstrucción masiva del flujo sanguíneo, casi un 80%, que requirió una operación a corazón abierto para colocar, en tres vasos de las arterias coronarias taponadas, sendos by passes. Aníbal se encontraba en la unidad de cuidados intensivos y ya había recuperado el sentido, su reacción era positiva, lo habían desentubado y podían visitarlo, pero evitando cualquier referencia a los hechos que habían precipitado el infarto. Según le había dicho el doctor Petterson, director de cardiología del hospital, el proceso de recuperación tomaría aproximadamente noventa días, de los cuales pasaría cuarenta y cinco en una unidad de cuidados intermedios. Podía estar tranquila pues su padre estaría atendido por expertos cardiocirujanos que contaban con los últimos adelantos tecnológicos de su especialidad.
Aníbal Argüello y Sergio Mendoza se conocían desde su época de colegio y con los años habían consolidado una amistad sincera pese a que discrepaban en sus posiciones políticas e ideológicas; ambos compartían una gran afición por la historia y por la lectura de los clásicos griegos. Aníbal era un próspero empresario de derecha, que como muchos de sus contemporáneos del gremio se había unido a la oposición contra Somoza y deseaba que el régimen cayese, siempre y cuando se mantuvieran la democracia y el sistema de libre empresa; creía que la facción tercerista del F.S.L.N. prevalecería, en caso de triunfo, sobre las otras dos tendencias de corte marxista. En cambio, Sergio era un médico vinculado al Frente Sandinista desde su fundación por la época en que el viejo Anastasio Somoza García cayera abatido por las balas del poeta revolucionario Rigoberto López Pérez en 1954. Su rebeldía sandinista se había transformado en comunismo dogmático, bajo la influencia de profesores e intelectuales franceses, durante su especialización como cardiólogo en el convulsionado París de finales de los años 60; de regreso a Nicaragua se había reincorporado al grupo de la GPP que dirigían Tomás Borge y Henry Ruiz; desde entonces, era el médico responsable de la atención clandestina de los camaradas enfermos o heridos en acción. En una pequeña clínica privada contigua a su residencia de la capital, mantenía un bien dotado consultorio provisto de un electrocardiógrafo e instrumentos para practicar cirugías menores.
Al llegar al hospital, Sergio se dirigió al pabellón de cuidados intensivos con el propósito de participar en una junta médica, a la que había sido invitado por el doctor Petterson, en su calidad de médico tratante del paciente desde su primer infarto, dos años antes, en Managua. El cardiólogo sandinista le pidió a María José que permaneciera en una sala de espera mientras autorizaban su ingreso para ver al paciente. El esperanzador anuncio sobre la recuperación de su padre, le proporcionó a la muchacha la tranquilidad suficiente para repasar mentalmente el torbellino de acontecimientos que culminaron con el colapso de Aníbal: al amanecer del domingo, éste había ayudado a descargar el ataúd con los restos de Max y dispuso que lo colocaran sobre una mesa en el interior de la capilla. Vigorón sugirió que llamasen al padre Arnulfo ― un cura español simpatizante del frente y comprometido con el movimiento de sacerdotes rebeldes vinculados a la llamada “Teología de la Liberación” ― para que oficiase el sepelio. Roberto y Adriana propusieron que se buscase la manera de traer a su madre desde Bluefields y Aníbal consiguió que su primo Vicente Arce proporcionara el avión privado de su empresa para que volara esa misma mañana hasta la costa atlántica.
Afortunadamente Maribel no estaba presente cuando llegaron con el cadáver. A raíz de la captura de Max, la apasionada muchacha había tomado una decisión irrevocable: participar como combatiente en el siguiente ataque que se planeara contra un cuartel militar; en consecuencia y con la autorización de Vigorón, se encontraba desde el día anterior, recibiendo instrucción avanzada de combate en Tipitapa.
Vicente Arce y Charlotte habían llegado alrededor de las cuatro de la tarde y poco después apareció Maribel, vistiendo las mismas ropas de algodón holgadas y sucias que usaba en el entrenamiento, una cachucha de beisbolista, un par de botas de combate y una pistola en la pretina del pantalón, mal disimulada por la camisa. La expresión de su rostro denotaba una mezcla de dolor, ira y determinación. Su mirada antaño alegre y despreocupada había dado paso a un brillo intenso que reflejaba el odio y el fanatismo que se habían apoderado de sus sentimientos. La extroversión y la locuacidad de la pelirroja habían desaparecido.
Mientras esperaban la llegada del padre Arnulfo, Maribel caminaba de un lado para otro con la cabeza gacha, sin pronunciar palabra y solo respondía con monosílabos. El cambio en la personalidad de la muchacha era evidente y Aníbal lo captó de inmediato pero no se atrevió a decirle nada. María José impresionada por la transformación de su hermana y al ver la preocupación de su padre le había comentado a éste, sin mucha convicción, que talvez, era una reacción natural ante la brutalidad del asesinato de su novio y con el tiempo se le pasaría.
El oficio religioso había sido breve. Tras inhumar el cuerpo de Max en la cripta familiar, las dos mujeres que más le amaban tuvieron reacciones distintas: Charlotte, prorrumpió en un llanto sordo en medio de estremecedores sollozos recostada en el hombro de Vicente; en tanto que Maribel, sin derramar una sola lágrima, había desenfundado la pistola y jurado ante Dios, poniendo por testigos a todos los presentes, que no descansaría hasta vengar la muerte de Max y ver la caída del maldito régimen. Acto seguido, había salido de la capilla y plantándose frente al sorprendido grupo, había levantado el arma, disparando al aire hasta desocupar el proveedor y gritando a voz en cuello:
― Soy guerrillera sandinista papá y desde hoy me entrego en cuerpo y alma a la lucha armada. Con o sin tu bendición. ¡Patria libre o morir!
El débil corazón de Aníbal que hasta ese momento ignoraba las actividades clandestinas de su hija, no resistió la crudeza del anuncio. Intentó hablar pero no pudo y en segundos se había desplomado víctima de su segundo infarto.

***

Managua, septiembre de 1978

El plan original concebido por Vigorón para ejecutar a Baltodano consideraba dos opciones en términos del sitio apropiado: el Atlantis o el burdel que frecuentaba el general en sus noches de jolgorio. A todas luces resultaba más fácil y seguro hacer la encerrona a su víctima en el night club, siempre y cuando contasen con la anuencia y la complicidad de Simón. Convencerlo fue más fácil de lo que todos pensaban; al fin de cuentas el peruano ya había decidido vender su negocio para trasladarse a Costa Rica y le pareció que al aceptar la propuesta, Adriana quedaría en deuda con él y aceptaría acompañarle como vedette en el vecino país; además, detestaba al general y creía que con su muerte se le hacía un bien a Nicaragua. Era lo menos que podía hacer por un país que le había recibido como una segunda patria y permitido acumular una considerable fortuna.
La inesperada llamada de Baltodano para informarle al desconcertado Simón sus intenciones de viajar a Managua y proponerle matrimonio a Adriana, comenzó a despejar algunos interrogantes en torno al cuándo y al cómo ejecutar al general; quien, según le había dicho era importante que la boda se realizara antes de una semana pues debía regresar a Washington y pensaba hacerlo en compañía de su nueva esposa. Esa misma noche el peruano se reunió con Adriana, Roberto y Vigorón para ponerlos al tanto de su conversación con el militar. Entre todos, definieron la forma en que la joven se comportaría ante la propuesta, para que su actuación fuera creíble y pudiera inducir al general a aceptar los aspectos de la boda que consideraban cruciales para el éxito del operativo.

El jueves en la noche, Simón recibió al general y le propuso que se reunieran con Adriana en el salón reservado en donde tendrían la privacidad necesaria para la importante ocasión. Baltodano estuvo de acuerdo. Minutos después apareció la joven luciendo el traje de lamé verde y el aderezo de plata que le proporcionaban la seguridad y la confianza en sí misma, indispensables para jugar el peligroso rol que la vida le obligaba a representar.
La actuación de Adriana fue magistral: las expresiones de su rostro, el tono de voz, los gestos y las palabras, fueron dosificadas entre el desconcierto, la duda razonable, el halago y la aceptación ante la oferta de un futuro que si bien la apartaba de sus proyectos artísticos, la acercaba a compartir el poder político con un hombre tan importante como el general; incluso pudo fingir una emoción, que pareció genuina, al momento de recibir el valioso anillo de compromiso. Baltodano no cabía en sí de satisfacción y orgullo por haber logrado su objetivo. Manifestó que para él era muy importante que la ceremonia civil se realizase el miércoles siguiente en la noche, en forma totalmente privada y le parecía que ese salón era apropiado; prefería un acto discreto sin ninguna celebración; por su parte la única persona que había pensado invitar era su hijo Lorenzo pero creía que no podría asistir pues estaba participando en importantes operaciones militares en el norte del país; explicó que tenía proyectado viajar a Washington, en compañía de Adriana, al día siguiente de la boda para atender compromisos urgentes en esa ciudad; finalmente, les confió que seguramente, a partir de octubre, sería nombrado embajador en los Estados Unidos y, una vez posesionado, se tomaría dos semanas de vacaciones para realizar su viaje de bodas hacia el destino que ella escogiese.
Simón que había asumido con sincera satisfacción el papel como padre putativo de Adriana, no escatimó palabras para expresar el dolor que le producía la partida de la joven y asegurar que éste sería mitigado por la convicción de que al lado de un hombre tan célebre e inteligente como el general, alcanzaría un sitial de honor en la alta sociedad nicaragüense y no le cabía duda de que serían muy felices. Agregó que entendía al general en su intención de que no hubiese ningún tipo de celebración pero, respetuosamente, le solicitaba que aceptase por lo menos un brindis, una torta de bodas, que él personalmente prepararía, y una reunión breve que sería a la vez una despedida para Adriana por parte de sus mejores amigos en el elenco. Adriana propuso que su hermano Roberto en su condición de abogado y notario, condujese la ceremonia civil y sentara el acta correspondiente. Definieron que los testigos serían Simón y Lorena. Baltodano no puso ninguna objeción. Lejos estaba de imaginar que con lo acordado acababa de completar las circunstancias de tiempo, modo y lugar requeridas por los complotados para su ajusticiamiento.

***

― General Ulises Baltodano Garcés ― dijo Roberto en tono solemne que enmascaraba el miedo natural que le producía la inminencia de una acción preparada y ensayada muchas veces en las noches anteriores ―. ¿Acepta usted por esposa a Adriana Harrison, aquí presente?
El sonoro “si acepto” de Baltodano fué rematado por dos disparos casi simultáneos: el primero, hecho por Bernardo, vestido como mesero y armado con una pistola Beretta, dio de lleno en la cabeza del general que se desplomó sin tiempo para un gemido; y el segundo, hecho por Vigorón, que había permanecido oculto en el zaguán detrás de una cortina a pocos pasos de la silla en que descansaba el guardaespaldas, fue menos certero, pues requirió un tiro de gracia para rematar al esbirro.

Con las primeras luces del alba Simón, Adriana y Juanito llegaron al puesto aduanero de Peñas Blancas y cruzaron sin ningún inconveniente la frontera con Costa Rica. A esa hora los hombres de Vigorón desguazaban, en un oscuro taller del barrio Open 3, el Mercedes Benz del general para venderlo por partes en el mercado negro; y el jefe guerrillero, Lorena, Maribel, Roberto y Bernardo, celebraban en Jiloá el éxito del operativo mientras saboreaban un suculento desayuno preparado por Ninfa.

La bruma mañanera que cubría el paisaje no se había disipado por completo, cuando los primeros zopilotes se abalanzaron ávidos y en picada sobre el cuerpo desnudo del general. Epílogo justiciero en la vida de un hombre nefasto que a lo largo de los años convirtió la yerma colina en el macabro paraje, registrado en los anales del terror como la Cuesta del Plomo.

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