Punto de Quiebre – Capítulo X

Por : kapizan
En : Capítulo X Entre Tegucigalpa y Miami, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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“Todos somos protagonistas de nuestra propia existencia y extras en un drama superior”

KARL JUNG

X
ENTRE TEGUCIGALPA Y MIAMI

Miami, noviembre de 1983

En menos de dos años la sala de arte moderno establecida por Marietta como una sucursal de su galería bostoniana, en un exclusivo sector de Miami Beach, se había convertido en el lugar de encuentro favorito de millonarios, políticos e intelectuales cubanos de derecha y empresarios centroamericanos, exiliados por causa de la situación política en sus respectivos países. Instalada en una mansión de tres pisos, que había pertenecido a una estrella del cine, Gruber´s Gallery había adecuado cuatro salones en el primer piso para la exhibición y venta de obras de pintores más o menos conocidos; una sala enorme para exposiciones de pintores famosos; y un pequeño bar en el que se servían café o licores a los clientes. En el segundo piso se habían unido dos salones para crear un ambiente propicio a la tertulia, en el cual la francesa solía organizar reuniones con sus amistades cubanas y centroamericanas, por esas fechas muy dadas a la conspiración política en contra de las dictaduras de izquierda en Cuba y Nicaragua, temerosas a la vez, de que el comunismo insurgente triunfase en El Salvador y en Guatemala. En el tercer piso, Marietta tenía su apartamento privado, primorosamente decorado para recibir y atender como una geisha a sus amigos íntimos.
El éxito de la galería se debía, en gran parte, al hecho de que en los últimos dos años, Marietta dedicaba la casi totalidad de su tiempo a dirigirla y solo viajaba dos o tres veces al año a Boston para visitar la otra galería. Ésta, había quedado a cargo de Amélie, la madre de Braulio, con el apoyo de Ofelia, desde que Elizabeth había renunciado para concentrarse en la producción artística. Por sugerencia de Amélie, Marietta accedió a especializar la galería bostoniana en escultura y la de Miami en arte pictórico contemporáneo. Esa clara segmentación del mercado resultó muy exitosa en términos financieros y las perspectivas futuras eran muy halagüeñas.
Desde su inauguración, Gruber´s Gallery había mantenido un ritmo de una exposición individual por mes. La oportunidad de colgar sus telas en el acreditado salón de Marietta, le había correspondido en noviembre de ese año al maestro colombiano Horacio Gómez Orduz; un artista de mediana edad que venía precedido por la fama de haber ganado premios tan importantes como las Siete Colinas de Roma y el Grand prix pour l’art del principado de Mónaco con la obra L’origine de la multiplicité a partir de la cual desarrolló una nueva escuela pictórica: el Polidimensionismo.

Marietta y Horacio se habían conocido en Béziers en el verano de 1982 durante la entrega de premios, al final del certamen realizado en la histórica ciudad francesa que se extiende, cargada de leyendas medievales, entre la costa mediterránea y el macizo montañoso de Caroux. En esa ocasión, Marietta había acudido con el propósito de descubrir nuevos talentos y adquirir algunas obras para la galería de Miami, que se inauguraría el sábado primero de agosto.
La empatía entre la galerista franco-alemana y el artista colombiano fue instantánea y sirvió como base para la consolidación de una sincera amistad que se prolongaría en el tiempo hasta 1995, año en que murió Horacio, quien dejaría una prolífica creación, con centenares de sus cuadros repartidos en museos de arte moderno y colecciones privadas de los cinco continentes.
Terminado el evento en Béziers, Horacio y Marietta coincidieron en el vuelo de regreso a Miami en donde el pintor haría conexión con destino a Bogotá. Durante la travesía, la conversación estuvo centrada en los dos temas que apasionaban a Marietta: arte y política. Descubrieron entonces que tenían amistades comunes; y que sus opiniones respecto a la creciente penetración del comunismo en Centroamérica a raíz del triunfo sandinista, eran muy similares.
En medio de la charla y con las comodidades que ofrecía la sección de primera clase de Air France, Marietta le había contado sobre su proyecto de abrir una sucursal de Gruber´s Gallery y dejar la galería de Boston a cargo de Amélie Francisconi, una escultora argentina, muy buena amiga suya. Al escuchar el nombre de la artista, Horacio le contó que en los años 60, durante una exposición colectiva en Bogotá, Braulio Rivadeneira le había comprado una figura esculpida en bronce por él y la había llevado de regalo a su madre al término de su misión en los cuerpos de paz; y que años después, en 1972, había participado, con una muestra de sus esculturas, en una exposición colectiva en New York, en la que también participaba Amélie Francisconi; y que allí, se había reencontrado con Braulio y conocido a Elizabeth su esposa. Al descubrir la coincidencia, Marietta le había comentado a Horacio:
― En el 72 Braulio y Elizabeth estaban recién casados pero hace tres años se divorciaron.
― La última vez que vi a Braulio fue en el aeropuerto de New York, a mediados de agosto, hace como cinco años. En esa ocasión, me contó que Elizabeth estaba embarazada y su primera exposición individual en París a finales del 78, había sido un suceso memorable.
Marietta le comentó que poco después de la exposición, Elizabeth había perdido el hijo que esperaba de Braulio, y que a raíz de ello la pareja había decidido divorciarse amistosamente. Meses después, en abril del 79, la colombiana se había casado con Reinaldo García, el prestigioso crítico de arte, que Horacio también conocía, y ella se había dedicado, con mucho éxito, a la creación artística. Respecto a Braulio, le dijo que a finales de ese año había contraído matrimonio con Adriana Harrison, reconocida vedette de Simon´s Club, un elegante cabaré en Tegucigalpa.
A propósito de Braulio, le mencionó que en ese momento se encontraba en Miami como asesor de los Argüello, padre e hija, una pareja de nicaragüenses exiliados que estaban montando una cadena de almacenes en la Florida. Le dijo que ella había establecido una amistad especial, con Aníbal Argüello, a quien consideraba un excelente empresario pero que, como muchos de sus colegas y políticos centroamericanos, había cometido la ingenua estupidez de creer la retórica sandinista de pluralismo político con la cual disfrazaban su ideología comunista. “Gracias a Dios, explicó Marietta, la confiscación de sus propiedades por cuenta de los sandinistas y la absurda posición política de su hija menor, fanatizada con las ideas de los comunistas de Managua, hicieron que Aníbal y su hija mayor dieran un giro hacia la extrema derecha y se convirtieran en opositores, partidarios de la contrarrevolución”.
El resto del viaje trasatlántico lo dedicaron a charlar sobre las implicaciones que tendría la dura posición asumida por el presidente Reagan en contra de la dictadura sandinista. En opinión de Horacio, la contrarrevolución, hasta entonces asesorada por militares derechistas argentinos, había perdido fuerza con el retiro de éstos a consecuencia de la guerra de las Malvinas y era de esperarse que la CIA llenara ese vacío. Marietta estuvo de acuerdo y aclaró que si bien Reagan tenía toda la intención de fortalecer a la contra, se toparía con una fuerte oposición entre los congresistas demócratas para obtener el financiamiento necesario. “De todas maneras, había agregado, el apoyo de la Casa Blanca será determinante en ésta lucha”.
Poco antes de aterrizar, Marietta le propuso a Horacio que postergara cuatro días su regreso a Colombia y asistiese como invitado a la inauguración de la galería. Así, tendría la oportunidad de reencontrarse con Braulio y Amélie. El maestro colombiano aceptó encantado ser huésped de la sofisticada y atractiva francesa que a sus 61 años lucía como una mujer 20 años menor. A Horacio le motivaba, más que volver a ver a Braulio, la posibilidad de convertirse en uno de los “amigos especiales” de Marietta, cuya entonación al referirse a Aníbal había sido tan sugerente como la mirada que le sostuvo al momento de invitarlo.
Cuatro días fueron suficientes para que Horacio comprendiera y aceptara la esencia de la filosofía amatoria de su anfitriona, en la que el sexo no implicaba ningún compromiso de fidelidad y la relación se fundamentaba en una amistad leal, sincera y “hasta que la muerte nos separe”, tal como ella lo había expresado con auténtica convicción. Es más, pudo comprobar que entre él y Aníbal, se estableció una abierta amistad desprovista de celos y actitudes posesivas.

En ésta su segunda visita a Gruber´s Gallery, Horacio fue honrado con una exposición individual en el salón de los pintores famosos y uno de sus cuadros fue adquirido por Aníbal con el fin de subastarlo, como uno de los múltiples medios previstos, para recaudar fondos con destino a la contrarrevolución nicaragüense. La subasta fue programada para el viernes 18 de noviembre de 1983.

***

Tegucigalpa, noviembre de 1983

Con la ampulosa meticulosidad aprendida de su maestro, Juanito recorrió hasta el último rincón del Simon´s Club, mientras impartía instrucciones y ultimaba los detalles para la función de esa noche, que había sido anunciada como la despedida de la gran vedette Adriana Harrison. Un mal disimulado nerviosismo, ponía en evidencia los efectos que en el joven empresario había causado, dos días antes, el doble anuncio de la cantante: estaba embarazada por segunda vez y tanto ella como Braulio habían decidido establecerse en Managua, después de celebrar en Tegucigalpa el cuarto aniversario de su boda. Conseguir un reemplazo para la estrella del lugar iba a ser más sencillo que superar la ausencia de Adriana, su gran amiga y confidente, con quien había compartido los momentos más difíciles en la vida de ambos, a raíz de los sangrientos sucesos que habían precipitado su huída de Managua cinco años antes.
Juanito recordaba esa noche de octubre en San José de Costa Rica en que Adriana, preocupada y asustada, le había revelado que esperaba un hijo de Braulio; y como él, la había disuadido de su idea inicial de interrumpir el embarazo, infundiéndole ánimo y ayudándole a mantener la fe y la esperanza. De lo único que no pudo convencerla, fue de compartir con Braulio la noticia de su embarazo; ella, se obstinaba en no hacerlo por temor a afectar el matrimonio del ecuatoriano con Elizabeth, quien para entonces también esperaba su primer hijo. “Algún día tendrá que saberlo pero por ahora no es el momento oportuno” había alegado Adriana.
En la tarea de reencausar su vida, Adriana había contado, además, con el apoyo incondicional de Simón, quien desde el primer momento se había comportado con la alegría y la ternura que suele causar en los abuelos un anuncio de esa naturaleza. Durante los meses de espera, los tres se comportaron como una familia que hace planes y adquiere lo necesario para la llegada de un nuevo miembro. Finalmente, Adriana había dado a luz una niña a quien llamó Charlotte, como su madre, que vino desde Bluefields para acompañarla en el parto. Cuando la pequeña Charlotte cumplió dos meses, pocos días después del triunfo de la revolución sandinista, la abuela convenció a su hija de que le dejase llevar a la niña a Bluefields para hacerse cargo de ella, mientras Adriana se preparaba para reanudar su actividad como artista exclusiva del Night Club que Simón pensaba inaugurar el primer jueves de noviembre de 1979. La sede del nuevo centro nocturno se establecería en un local que Simón había adquirido, a muy buen precio, a la viuda de un amigo suyo en el centro de Tegucigalpa.
Al amanecer del viernes 7 de septiembre, exactamente un año después de la huida, los tres amigos a bordo de un microbús conducido por Simón, cruzaban la frontera norte de Costa Rica para ingresar a la “Nicaragua Libre”; su intención era atravesar el país con destino final Tegucigalpa. Simón que había planeado con puntillosa acuciosidad hasta el último detalle del viaje, tuvo un disgusto con Juanito cuando éste, después de consultar el tarot, le había sugerido que pospusiesen el viaje pues la fecha escogida no era propicia.
La idea del empresario era recoger en Managua a Felipe, el mâitre, y a cinco de los antiguos bailarines del Atlantis, que habían aceptado unirse al nuevo proyecto en Honduras. Unos cuarenta kilómetros antes de la capital nicaragüense, el mal augurio de Juanito se materializó: Simón perdió momentáneamente el sentido y el control del vehículo, que se salió de la vía para terminar detenido por una cerca de alambre sin que, por fortuna, ninguno de sus ocupantes ni el microbús sufriesen daño.
El verdadero daño estaba en el cerebro de Simón, a quien un eminente neurólogo le diagnosticó la presencia de un tumor maligno y muy agresivo, que aún siendo extirpado no daba muchas posibilidades de supervivencia. Simón se opuso a una intervención quirúrgica e incluso a un tratamiento con quimioterapia y decidió asumir con entereza la enfermedad y prepararse para una muerte digna. Al menos, los seis o siete meses de vida, que según el médico le restaban, los emplearía en el proyecto del Simon´s Club. Juanito y Adriana habían logrado convencer a su amigo para que aceptase este nombre en vez de New Atlantis, que éste sugería.

Una semana antes de la fecha prevista para la inauguración Simón viajó a Managua, según dijo para firmar unos documentos notariales. En realidad lo que pretendía era hacer los arreglos necesarios para dar una sorpresa a su vedette. El viejo, con el sentimentalismo exacerbado por la cercanía de la muerte, se había propuesto localizar a Braulio, con la ayuda de Nando Jaramillo, quien telefónicamente le había comentado que su cuñado se había divorciado tras la pérdida de su primogénito.
La víspera de la anunciada apertura del Simon´s Club, después del último ensayo, el empresario invitó a sus artistas a una cena en el apartamento que compartía con Juanito. El montaje orquestado por Simón estaba listo: al abrir la puerta y encender las luces, Adriana se quedó sin respiración al ver frente a ella, sonrientes y emocionados, a Braulio, a Charlotte y a su hija.
Antes de que Adriana pudiera balbucear palabra alguna y superar el estupor del inesperado encuentro, Braulio se adelantó, se plantó frente a ella, extrajo un estuche del bolsillo de su guayabera, la miró fijamente y con voz firme, matizada por cierta solemnidad teatral, le dijo:
― Con la bendición de tu madre, aquí presente, te ofrezco éste anillo de compromiso y te pido que seas mi esposa.
Braulio y Adriana se casaron pocos días después de la apertura del Night Club, y acordaron que ella continuaría trabajando como artista principal del elenco, mientras Charlotte regresaba a Bluefields con la niña y Braulio viviría en Managua como profesor de tiempo completo de INCAE. Los fines de semana se reunirían en Tegucigalpa y cada tres meses viajarían juntos a Bluefields para visitar a su hija. La energía y los esfuerzos desplegados por Simón en los últimos meses de ese año, comenzaron a hacer mella en su salud y ya para enero permanecía en el apartamento bajo el cuidado de una enfermera. A finales de mayo mandó llamar a Juanito y a Adriana para notificarles su decisión testamentaria: Juanito heredaría el Club, una propiedad en Lima, y medio millón de dólares entre efectivo y títulos valores; Adriana recibiría un fideicomiso por cincuenta mil dólares para la educación superior de la pequeña Charlotte. Dos días después Simón falleció mientras dormía.

Para esa última noche de Adriana en el escenario, Juanito había convencido a Braulio de que bailase con su esposa tres tangos como cierre de la presentación; para el efecto, él mismo había montado las coreografías y ensayado varias noches con la pareja hasta quedar convencido de tener un show profesional. En el vestuario de la vedette, Juanito había insistido, con toda suerte de argumentos esotéricos, en que Adriana usara el traje verde de lamé y el aderezo de plata, pues en su opinión, representaban un símbolo en la historia de amor que él había pronosticado desde el primer momento.
A las nueve de la noche todo estaba a punto y Juanito luciendo un impecable esmoquin blanco se dispuso a esperar a sus invitados especiales.

***

San Pedro Sula, noviembre de 1983

A primera hora del viernes 18, Nando y Lorena cancelaron la cuenta de su estadía de tres días en el Hotel Copantl de San Pedro Sula al norte de Honduras, encargaron su equipaje a un botones y se encaminaron al parqueadero para abordar el Audi con placas MI, y emprender camino hacia Tegucigalpa, en donde esa noche asistirían a la función de despedida de Adriana en el Simon´s Club. En esa oportunidad habían viajado desde Managua por tierra pues Nando tenía previsto visitar varias empresas industriales en la zona, como parte de su labor promoviendo seminarios de INCAE.
La pareja tras una relación de cinco años, en los cuales jamás se había mencionado la palabra matrimonio, era más estable que muchas otras con menos tiempo de convivencia. Lorena había llegado al convencimiento de que la filosofía del amor que practicaba Nando en realidad funcionaba, pues como él solía decir y ella había aprendido a repetir: “estamos ‘desposados’ y no ‘esposados’ como la mayoría que no logra entender y aceptar la diferencia”. Al llegar al estacionamiento, lejos estaban de imaginar, que serían literalmente esposados, por cuatro agentes uniformados al mando de un sargento, que simplemente les había preguntado si eran los dueños del carro y ante la respuesta afirmativa de Nando, ordenó que los esposaran pues tenía instrucciones de conducirlos al comando de policía.
Dos horas después fueron liberados, cuando el oficial que había ordenado su detención, les pidió disculpas y comprensión, tras comprobar la nacionalidad norteamericana de Nando y su estatus como profesor de INCAE. El incidente no era más que una muestra del ambiente belicoso que vivía la fuerza pública hondureña respecto al gobierno sandinista. Superado el percance, el espíritu bromista de Lorena diluyó el disgusto y el malestar que le había producido a Nando la actitud paranoica de la policía hondureña.
En los últimos meses de la revolución sandinista, Lorena se había visto forzada por las circunstancias a revelar a Nando su vinculación a la célula guerrillera que dirigía Vigorón. Una noche, a mediados de mayo del 79 su jefe la había llamado para pedirle que escondieran en la casa que compartía con Nando, en las afueras de INCAE, a unos combatientes heridos en una explosión. Afortunadamente, Nando había accedido sin condiciones a prestar esta ayuda humanitaria, evitando preguntas o comentarios embarazosos. Los comandantes sandinistas que conocieron al profesor en esa oportunidad, agradecieron el gesto y lo catalogaron a él como “un gringo colaborador y buena gente”.
Los contactos adquiridos por Nando en ese entonces, facilitarían posteriormente las relaciones entre INCAE y los comandantes sandinistas, ya en el poder, y permitirían la supervivencia del instituto. Éste fue aprovechado por el nuevo gobierno revolucionario, en vez de ser confiscado, para entrenar en alta gerencia a los funcionarios de bajo nivel que se habían visto enfrentados a la responsabilidad de asumir cargos directivos, en las empresas confiscadas a sus antiguos dueños. Por esas fechas, Braulio que había regresado a Managua para buscar a Adriana, aceptó formar parte de la facultad permanente de INCAE, bastante reducida pues muchos profesores habían renunciado para buscar posiciones en otras universidades de Estados Unidos y Europa. Posteriormente, cuando INCAE abrió una nueva sede en Alajuela, Costa Rica, la mayoría regresó y desde entonces INCAE había operado con sedes en los dos países.
Después del triunfo de la revolución, Lorena no quiso aceptar el puesto que le ofrecieron en el viceministerio del interior, a cargo de Edén Pastora y decidió continuar sus estudios de sociología. En menos de dos meses, comprendió que el nivel académico había bajado impresionantemente y que la facultad estaba conformada por un grupo de profesores fanáticos, que abiertamente dirigían cátedras de política e ideología marxista-leninista, muy diferentes a las de sus primeros semestres de carrera. Desencantada abandonó sus estudios y consiguió empleo como secretaria bilingüe en INCAE.
Lorena no había visto a su amiga Adriana desde la muerte de Simón y le entusiasmaba la idea de conocer a la niña y de regresar juntas a Managua en donde serían vecinas, pues Braulio había alquilado una casa contigua a la de Nando. A pesar del atraso causado por la policía, Nando y Lorena llegaron al Hotel Honduras Maya a media tarde, se registraron, se ducharon y bajaron para tomar un refrigerio, comprar el periódico y algunas revistas para entretenerse mientras llegaba la hora de irse al Simon´s Club.

***

Dos días antes de la subasta en Gruber´s Gallery, Roberto Harrison y Maria José Argüello, tomaron un vuelo con destino a Tegucigalpa. Roberto viajaba para firmar un contrato con una empresa estatal Hondureña que era cliente de la firma norteamericana de abogados a la cual pertenecía; por su parte, Maria José se había ofrecido para acompañarle pues quería asistir a la celebración del cuarto aniversario de bodas de su cuñada Adriana Harrison. A los pocos minutos de despegar, Roberto se quedó profundamente dormido y Maria José se quedo sola con sus recuerdos.
Era la primera vez en cinco años que regresaba a Centroamérica y muchas cosas habían pasado en su vida y en su familia desde entonces: la horripilante muerte de Max; el ataque cardíaco que casi cuesta la vida de su padre; la angustiosa evacuación a Miami; la incertidumbre por la suerte de Roberto que se había unido a las fuerzas insurgentes; la prolongada convalecencia de Aníbal; el tormento por desconocer la suerte de su hermana, que se había transformado en pena moral y resentimiento cuando se enteró de su fanatismo ideológico, su integración al ejército sandinista, después del triunfo de la revolución, y lo más doloroso, el saber que Maribel había renunciado a su “familia burguesa” y propiciado la confiscación de la casa de Jiloá y los almacenes Argüello. Por ventura y gracias al soporte afectivo de Marietta, su padre había superado el duro golpe y había canalizado todas sus energías hacia el apoyo a las fuerzas contrarrevolucionarias, dejando testimonio de sus críticas al gobierno sandinista en un manuscrito, casi un diario, que solía compartir con su amiga y aspiraba publicar algún día.
En el lado positivo de su balance, pesaba con mucha fuerza la estabilidad de su relación con Roberto, quien consideró cumplida su cuota de guerrero el mismo día en que los sandinistas se tomaron el poder y regresó inmediatamente a Miami para casarse con ella. El único cambio notorio en el aspecto físico del joven era la espesa barba que se había dejado crecer, para acentuar, concientemente, su parecido a Max. Meses después, cuando la casa de Jiloá fue confiscada, Roberto viajó a Managua y trajo consigo a la leal Ninfa para que atendiera la casa que Aníbal había comprado en Miami Beach. Ellos a su vez, adquirieron una casa a pocos metros de la de Aníbal para mantener el pequeño círculo familiar tan unido como fuese posible. Los negocios en la Florida iban bastante bien: Aníbal como estratega, ella como gerente y Braulio como asesor estaban haciendo realidad, en los Estados Unidos, el sueño que no pudieron cristalizar en su país.
Maria José estaba ansiosa por volver a ver a su antigua profesora de guitarra a quien no veía desde el verano de 1981 en que ella, Braulio y la pequeña Charlotte habían pasado dos semanas de vacaciones en casa de Aníbal. Formaban una hermosa familia y su felicidad era evidente.

El anuncio de que se encontraban próximos a aterrizar en el aeropuerto internacional de Ciudad de Guatemala, última escala del vuelo a Tegucigalpa, sacó a María José de sus recuerdos y a Roberto de su profundo sueño. La escala era breve y la voz en el parlante pidió a los pasajeros con destino a Honduras que permanecieran a bordo mientras desembarcaban quienes concluían su vuelo y abordaban nuevos pasajeros. El último en abordar, fue un hombre de unos cincuenta años, fornido, con la cabeza totalmente afeitada, gafas Ray-Ban, bigote negro de largas guías y traje safari de color caki de manga corta que resaltaba la musculatura de sus brazos y le daba el feroz aspecto de un guerrero mongol del siglo XX.
Al avanzar por el pasillo la mirada del mongol se detuvo un instante frente a Roberto y tras observarlo por entre las gafas se dijo para sus adentros: “si no fuera porque sé que está bien muerto juraría que es Maximiliano Harrison… éste no puede ser otro que su hermano gemelo”. El conspicuo personaje dedicó el tiempo de vuelo tratando de imaginar en que forma, si es que había alguna, podría aprovechar su encuentro con éste personaje del pasado, en la ejecución del plan que venía tramando desde hacía cinco años y se encontraba en su fase final. Por ahora, lo conveniente sería seguir a Harrison y averiguar el propósito de su viaje a Honduras.

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