Punto de Quiebre – Capítulo XIII

Por : kapizan
En : Capítulo XIII - Catársis, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

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CATÁRSIS

Tegucigalpa, viernes 16 de marzo de 1984

El anhelado y muchas veces soñado “día D”, como llamaba El Turpial, dándose ínfulas de estratega militar, a la fecha escogida para cobrarle cuentas a Black Jack, había llegado. Con un entusiasmo digno de mejor causa y con la mente aguzada como la del más sanguinario de los sicópatas, el vengador concentró toda su energía en la minuciosa preparación de los últimos detalles en el alistamiento del macabro escenario que su mente perturbada había concebido. Semanas antes, gracias a un anuncio de prensa, había encontrado y alquilado por seis meses la vivienda, el depósito, la maquinaria, las herramientas, dos volquetas, y una mezcladora de concreto, a un ingeniero, contratista del gobierno municipal de Tegucigalpa, especialista en reparación de vías, quien pasaría una temporada fuera del país. A ese lugar debería conducir La Leona a su presa, sin que pudiese sospechar que una vez cumplida la tarea, ella también se convertiría en víctima.
Se trataba de unas instalaciones situadas en las goteras de la capital, ochocientos metros adentro de la carretera pavimentada que conectaba la base militar Hondureña de El Aguacate con Tegucigalpa. Era el lugar ideal para perpetrar el crimen, pues su aislamiento daba suficientes garantías de no ser descubierto: el tuerto podría gritar hasta desgañitarse sin que nadie alcanzara a escucharlo. La supuesta casa del tío de María de los Ángeles era una construcción sencilla de una sola planta con dos cuartos, un baño, sala, comedor y cocina. Era confortable, estaba amoblada con buen gusto y había sido decorada por la esposa del ingeniero, en forma tal que le confería un ambiente acogedor que invitaba a la intimidad. Un gozo anticipado le producía al Turpial imaginar que Lorenzo apenas alcanzaría a vislumbrar las posibilidades eróticas que ofrecía el nido de amor del ingeniero y su esposa.
Esa mañana, después de su ritual diario de ejercicios, baño y afeitada, El Turpial había dedicado un buen tiempo a taladrar la placa de concreto del piso en el galpón, contiguo a la casa, en el que se guardaba la maquinaria. Una vez triturado el cemento, comenzó a cavar un hoyo en el que pensaba enterrar los cuerpos de Lorenzo y Maribel, cubriéndolos con una gruesa capa de concreto. Se trataba de no dejar evidencia al atar el último cabo en la intrincada trama de su venganza, para poder refugiarse en Brasil en donde lo esperaba una nueva vida, disfrutando la fortuna de su antiguo jefe, que mantenía a buen recaudo en un banco de Río de Janeiro. Satisfecho con las dimensiones de la fosa, empleó dos horas en cargar una volqueta con los cascotes de cemento y con la tierra extraída, que arrojó a dos kilómetros del lugar. Al volver, alistó la mezcladora de concreto y regresó a la casa.
Hacia el final de la tarde, una hora antes de la llegada de sus víctimas, revisó por última vez la mesita rodante cargada de botellas de licor y escondió en el sitio previsto la mezcla de barbitúricos y escopolamina con la que La Leona debería sedar a Black Jack. Finalmente, apagó las luces y se dispuso a esperar escondido en un lugar desde el que podía vigilar sin ser visto.

***

Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, viernes 16 de marzo de 1984

Ese día La Leona se despertó con la conocida sensación de tensión en el vientre que siempre la había acompañado cuando se disponía a participar en un operativo. Era una mezcla de miedo controlado, ansiedad y la vaga impresión de que algo podía fallar. A esos ingredientes se agregaba, en ésta oportunidad, un recóndito deseo de poner fin a la azarosa vida que había llevado desde la muerte de Max.
En su mente se alineaban, como los actores de teatro en espera del aplauso de la platea, sus múltiples personalidades: Maribel, la joven apasionada, soñadora e impulsiva, que componía versos eróticos, y disfrutaba la vida familiar a orillas de la laguna de Jiloa, mientras jugaba a ser correo de los sandinistas; Kasandra, la entusiasta e ingenua discípula de Vigorón convertida en insurgente por ganarse el amor de Max; la teniente Argüello, entrenada e indoctrinada en Cuba y destacada oficial del nuevo ejército sandinista; La Leona, implacable combatiente en las montañas de Nueva Segovia, persiguiendo bandas de antiguos somocistas; Julieta Meneses, en su breve actuación para entrevistarse con El Turpial en Tegucigalpa; y ahora, María de los Ángeles Pérez, interpretando el papel de niña burguesa para infiltrarse en las filas de la contra. ¿Y después qué? No encontraba ninguna respuesta, pero desde que había visto el llavero de Max con su nombre, rondaba en su mente una necesidad de afecto familiar, que no lograba ahuyentar del todo cuando recurría a su racionalismo revolucionario.
Según lo previsto por el comandante Martínez la misión de Maribel, después de interrogar y ejecutar al comandante de la FDN que le indicase El Turpial, concluía y debería regresar a Nicaragua, el lunes por vía aérea, para rendir el informe de interrogatorio y reintegrarse a su unidad en el ejército sandinista. Por primera vez en cinco años, Maribel pensó en la posibilidad de abandonarlo todo y en vez de regresar a Nicaragua huir a Guatemala y desde allí tomar contacto con su familia. Ésta intención, rápidamente desechada por la joven, fue la primera fisura en su fervor sandinista.

Un fuerte aguacero tropical la mantuvo toda la mañana encerrada en la rústica casita de madera que le servía de alojamiento. Mientras su mente se debatía en preguntas existenciales, sus manos se entretenían limpiando y puliendo el revólver Smith & Wesson calibre 38 de cañón corto que la acompañaba desde que se lo había apropiado, como botín de guerra, al final de su primer combate en las montañas al mando de un pelotón de cachorros de Sandino. Desde esa época se había ganado el apodo de Leona y el revólver se había convertido en su arma personal. Al presentarse ante el comandante Renato con su historia de fachada como María de los Ángeles Pérez, le había dicho que el arma pertenecía a su difunto padre y había obtenido su permiso para usarla. Su puntería con el chato revólver era muy certera en distancias de no más de veinte metros.
Cuando la lluvia amainó, guardó en un pequeño maletín de viaje dos mudas de ropa y un bolso con sus cosméticos; escondió en un compartimento oculto del maletín trescientos dólares en efectivo, el revolver y el pasaporte que la acreditaba como Rebeca Quintero, ciudadana Guatemalteca. El nuevo pasaporte se lo había entregado El Turpial en su anterior visita, explicándole: “Con este documento, que es auténtico y me costó unos bueno reales, podrás salir de Honduras y regresar a Managua una vez cumplida la misión”. En ese momento ignoraba que la cuestión del pasaporte era un detalle previsto por el retorcido personaje para darle confianza e impedir que sospechara sobre sus verdaderas intenciones. Finalmente, sintiéndose preparada anímicamente, salió decidida hacia el alojamiento de Black Jack, completamente posesionada de su papel y dispuesta a protagonizar el último acto en la vida de ese miserable.

El contubernio entre las fuerzas contrarrevolucionarias y el gobierno Hondureño era tan evidente, que todos los miembros de la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP) tenían instrucciones de permitir el libre tránsito de los vehículos civiles en que se transportaban los oficiales y la cúpula de la FDN en sus desplazamientos a Tegucigalpa. Su única identificación era la placa del automotor, normalmente camperos o camionetas de 4×4, pues sus ocupantes, se movilizaban sin documentos de identidad, portando armas y en ocasiones transportando explosivos. Por lo anterior, el campero Toyota que conducía Black Jack no solo pasó sin inconvenientes los dos puestos de control de la FUSEP, instalados entre Danlí y El Aguacate, sino que los uniformados hondureños dieron claras muestras de su simpatía y apoyo, tratándolos como aliados en la misma guerra. A las siete de la noche, sin ningún contratiempo, el campero estacionó en el lugar previsto para la encerrona.
Una vez en el interior de la casa, La Leona haciendo gala de una juguetona melosería, se las había arreglado para mantener a raya al impaciente Black Jack y lograr que éste aceptase el trago de ron con la dosis de narcóticos que, según El Turpial, “lo pondrá a dormir por lo menos cuatro horas que nos darán tiempo para preparar su interrogatorio”. Lo que Maribel no sospechaba era que el malévolo personaje tenía otras intenciones: atar al tuerto a una viga, esperar que recuperase el sentido, torturarlo a sus anchas y disfrutar sus reacciones cuando le revelase su verdadera identidad; inicialmente pensaba eliminar a la joven de un balazo, pero su libido alborotada por la excitación que a su mente perturbada e inmisericorde le producía la culminación de su venganza, decidió cambiar a última hora sus planes y calmar sus apetitos sexuales con el hermoso cuerpo de la muchacha. Cuando Lorenzo estuvo completamente drogado, entre ambos lo trasladaron al galpón y lo ataron a una viga. Hecho esto, El Turpial le indicó a Maribel que regresaran a la casa a preparar el interrogatorio. Una vez allí, le ofreció un trago con una dosis similar a la que ella le había suministrado al tuerto.
Sintiéndose dueño de la situación, con sus dos víctimas sedadas e inmovilizadas, se instaló cómodamente en la sala, se sirvió un trago doble de whisky en las rocas, encendió un cigarrillo y se dispuso a esperar pacientemente a que Lorenzo despertase para llegar al clímax de su retaliación. Su mente retorcida saltaba entre lo que le haría al tuerto con las navajas y lo que le haría a Maribel a quien había dejado atada a la cama del cuarto principal, y se refocilaba de solo pensar en estas, para él, excitantes perspectivas.

El tintineo de unos cubitos de hielo en un vaso de whisky que agitaba El Turpial en la sala de la casa, fue el primer sonido que se abrió paso por entre las brumas que flotaban en la mente de Maribel cuando recobró la conciencia. Al intentar moverse, comprobó que estaba atada, con los pies unidos a la altura de los tobillos por un lazo de mediano grosor y las manos separadas, encima de la cabeza y amarradas a dos bolillos de madera tallada que encajaban en sendos travesaños, como adorno en la cabecera de la cama. Comprendió entonces, la gravedad de su situación. Una descarga de adrenalina producida por el pánico, terminó por despejar su mente y ayudarle a concentrar todas sus energías en un solo propósito: escapar.
Lo primero era conservar la calma y sopesar las posibilidades de salir con vida. Empleó unos cinco minutos en controlar su respiración mientras intentaba recordar las enseñanzas del instructor cubano que la había entrenado en técnicas de escape. Recorrió con la vista el aposento y pudo ver que su maletín reposaba sobre una mesita a pocos metros de la cama junto al de Black Jack. Los dos maletines estaban en la misma posición en que los habían dejado y no tenían señas de haber sido requisados. La posibilidad de que el revólver estuviese en su escondite le infundió nuevos ánimos a la prisionera.
Flexionando las rodillas y apoyándose en los talones empujó el cuerpo hacia atrás para que su cabeza quedara a la altura de una pequeña ventana desde la cual podía observar una parte del interior del galpón. Desde allí, alcanzó a ver la sombra del cuerpo de Black Jack que se proyectaba sobre el piso y permitía apreciar que continuaba colgado de la viga en la misma forma en que lo habían dejado.
El movimiento de los brazos para cambiar su posición inicial le trajo a Maribel un nuevo descubrimiento y una luz de esperanza: el bolillo al cual tenía atada su muñeca derecha estaba flojo. Si lograba desencajarlo, su mano derecha quedaría libre y podría desatarse por completo. ¿De cuánto tiempo disponía? Recordaba que la dosis suministrada al tuerto, según lo dicho por El Turpial, lo mantendría sedado por cuatro horas; si la dosis que le había suministrado a ella era igual, estaba segura de que había despertado en la mitad del tiempo, pues como le había dicho el anestesiólogo que participó en la cirugía que le practicaron en la Habana “tú eres una acetiladora rápida, es decir que tu organismo elimina cualquier sustancia narcótica o tóxica en la mitad del tiempo que le toma a una persona en condiciones normales”. En ese momento, pudo ver la hora en el reloj digital de la mesita de noche: 10:50 PM. Black Jack había quedado inconsciente alrededor de las 07:30 PM y ella media hora después; era de esperarse entonces que El Turpial se ocupase de su víctima cuando despertara, cerca de la media noche. En otras palabras disponía aproximadamente de una hora para intentar aflojar el bolillo con movimientos firmes pero lentos y cuidándose de no hacer ruidos que alertasen a su captor.
En la sala, un reloj de péndulo marcó las doce. El Turpial se levantó de su silla y se encaminó al cuarto en que tenía a Maribel para echarle una ojeada; la joven, advertida por las campanadas del reloj se acomodó en la posición inicial, cerró los ojos, y fingió permaneciendo inmóvil. Satisfecho, el verdugo, se dirigió al galpón en el momento en que Black Jack regresaba aterrado a la realidad.
Al quedar a solas, Maribel redobló sus esfuerzos para aflojar el bolillo en que tenía centrada toda su esperanza, segura de que cualquier ruido que hiciese no sería escuchado. El Turpial en ese momento, revelaba su identidad al desventurado Lorenzo mientras esgrimía una de las barberas y comenzaba la sádica tarea de cortar lonjas de carne del cuerpo del tuerto, produciéndole un dolor indescriptible que le arrancaba horripilantes alaridos y le llevaba a suplicar clemencia, como todos los cobardes, sin ninguna dignidad.
Los estridentes gritos de Lorenzo se habían transformado en roncos estertores cuando Maribel logró desprender el bolillo y liberar su mano derecha. Menos de tres minutos le tomó desatarse por completo, encontrar el revólver y alcanzar la puerta de la cocina desde donde disparó contra El Turpial. El verdugo recibió tres impactos en la cabeza y cayó fulminado. Más por misericordia que por odio, dirigió el arma contra Lorenzo, convertido en una masa sanguinolenta, y descargó sobre él las tres balas restantes. El eco de los disparos rebotó en el silencio de la noche y sacudió el cuerpo y el espíritu de la joven que de repente se sintió vacía, agotada, terriblemente asustada y sin saber que hacer. Completamente aturdida, avanzó unos pasos y se dejó caer sobre un banco de madera, dando la espalda a la dantesca escena. Su mente se negaba a recrear lo sucedido…
Horas después, el canto de un gallo penetró el silencio y sacó a la joven de su ensimismamiento. Como sonámbula y guiada por su entrenamiento militar se puso en la tarea de eliminar todo vestigio de lo sucedido: venciendo su aversión, descolgó los despojos de Lorenzo y arrojó los dos cuerpos, las navajas de Baltodano y el revólver a la fosa; regresó a la casa, se quitó las ropas manchadas de sangre, se duchó, recogió el maletín con su ropa y el pasaporte; comprendiendo que necesitaría dinero para huir, buscó entre las pertenencias del Turpial hasta encontrar el efectivo que este llevaba, y tomó cuatro mil dólares y algo más de quinientos lempiras; hizo lo mismo con cuatrocientos dólares que encontró en el maletín de Black Jack; recogió todas las evidencias en la maleta del Turpial y volvió al galpón para arrojarla en la fosa; encendió el motor de la mezcladora y cuando el concreto estuvo listo lo vertió sobre los cadáveres.
Al amanecer, la gruesa lápida había fraguado y Maribel decidió que era el momento de sellar para siempre ese capítulo en su vida y alejarse del lugar. No tenía claro lo que haría a partir de ese momento, pero su cuerpo exhausto y su conciencia alterada la empujaban a buscar un refugio discreto donde pudiese dormir y recuperar las fuerzas que comenzaban a flaquear. En consecuencia condujo el campero hasta el centro de la ciudad, lo abandonó con las llaves puestas, se alejó dos cuadras del lugar, tomó un taxi y le pidió al conductor que la llevase a un hotel económico.

***

Las Vegas, Frontera Sur de Honduras, Lunes 19 de marzo de 1984

Un misil explotó a menos de dos metros del cobertizo de madera que le servía a Misael como alojamiento. El curtido combatiente reaccionó instintivamente: empuñó su fusil y buscó refugio en las zanjas de protección cavadas para tal fin. A la explosión inicial le siguieron una andanada de misiles Katiuska de trayectoria tierra-tierra, con los cuales el gobierno soviético había dotado al ejército sandinista. En verdad estos ataques, que se repetían aproximadamente cada mes, eran operaciones de hostigamiento que dada la dispersión de las instalaciones de la base militar, no lograban mayor efecto que asustar a los reclutas recién incorporados a la contra. En los últimos seis meses sólo habían muerto dos campesinos que no tuvieron tiempo de protegerse del misil que destruyó su rústica vivienda. Como procedimiento operativo, los contras habían establecido el envío de patrullas para tratar de capturar al soldado sandinista que seguramente estaría situado en alguno de los cerros aledaños como observador adelantado, de las piezas emplazadas en el borde mismo de la frontera a tres kilómetros de distancia. Hasta esa fecha no habían capturado a ninguno.
El ataque de ese día era el tercero que había vivido Misael, desde su llegada a Las Vegas y fue un absurdo comienzo para la celebración de su cuadragésimo cumpleaños. Minutos después, cuando cesaron las explosiones, persistía una molesta llovizna que había convertido las zanjas de arrastre en lodazales y aumentado las molestias de los atacados que poco a poco regresaron a sus cobertizos murmurando maldiciones pero ilesos.
― ¡Que desperdicio de munición! estos imbéciles no le atinan a nada. Los rusos están botando su platica apoyando a estos ineptos ― le comentó Misael al comandante Renato mientras recorrían juntos las instalaciones más vulnerables de la base militar que, como en ocasiones anteriores, salieron incólumes de la chapucera ofensiva. Renato que había sido sargento de artillería opinó:
― Parece que dispararan a ciegas. Una de dos: no usan observadores adelantados para reglar el tiro o éstos son pésimos para guiar a los apuntadores en la noche. Les iría mejor si dispararan con las primeras luces del día. Lo que llamábamos los artilleros el crepúsculo náutico matutino. Lo molesto es que le joden a uno el sueño.
Ese lunes, la rutina del campamento que normalmente se iniciaba a las seis de la mañana con una formación general, se vio alterada por el estropicio producido por un misil que hizo impacto en uno de los fondos en que se preparaba el desayuno de la tropa. Con un atraso de dos horas, el comandante 3-80 recibió el parte diario de los comandantes subalternos y se enteró de la novedad: Black Jack y María de los Ángeles Pérez no habían regresado del permiso de fin de semana. Inicialmente se pensó que era una falta disciplinaria, pues no era la primera vez que el polémico comandante abusaba de sus privilegios y se tomaba uno o dos días extra de permiso. Dos horas después, una llamada del jefe de la FUSEP desvirtuó esa hipótesis: el campero asignado a Black Jack había sido abandonado en una calle de Tegucigalpa, y no había rastro de sus ocupantes. Se empezaron a barajar entonces dos nuevas posibilidades: la pareja había desertado o habían sido secuestrados por un comando sandinista que operaba clandestinamente en Honduras y que en una ocasión anterior había asesinado a un antiguo oficial de la Guardia Nacional.
A media mañana la normalidad volvió al campamento y se reiniciaron las actividades propias de lo que en esencia era: un centro de instrucción militar dedicado a preparar grupos de reclutas que una vez terminado su adiestramiento eran asignados, en grupos de treinta o cuarenta combatientes, a los seis comandos regionales que tenían su puesto de mando en Las Vegas, en donde permanecían casi todo el tiempo los comandantes, mientras las tropas combatían en territorio nicaragüense. En opinión de Misael, esa actitud de los comandantes regionales, similar a la de la cúpula de la FDN que permanecía la mayor parte del tiempo en Tegucigalpa o los Estados Unidos, denotaba una falla estructural grande en el conjunto de las fuerzas contrarrevolucionarias. Era normal que los comandantes regionales mantuvieran a sus amantes en sus refugios del campamento y casi nunca, se internasen en las montañas para dirigir las operaciones en el terreno. Si esa situación no cambiaba, las probabilidades de que la contra triunfase eran cada vez menores. Para Misael no dejaba de ser paradójico que en esta absurda guerra, el ejército regular, los sandinistas, fuera de izquierda y la insurgencia, los contras, fuese de derecha. Curiosidades de la guerra fría: tibia y de baja intensidad en esa región, desde la perspectiva de los bloques enfrentados; ardiente, sangrienta y cruel desde la óptica de los observadores neutrales que veían, las familias divididas, el país en la ruina y los hermanos nicaragüenses matándose entre si.
La noche oscura, calurosa y densa cayó como un pesado manto sobre el ánimo de Misael que se encaminó a su alojamiento a “celebrar” completamente solo su cumpleaños. Destapó una botella de ron, se tomó un buen trago y se sumió en sus pensamientos en torno al rumbo que le daría a su vida ahora que era soltero y estaba comprometido en una aventura con futuro incierto.

El matrimonio de Misael había sido la primera víctima desde su incorporación a la CIA: quince años de convivencia se habían ido al traste. En la última semana de diciembre había viajado a Bogotá para celebrar las fiestas de fin de año con su familia pero Lucía, su esposa y madre de sus cuatro hijos, le anunció su intención de separarse. La causa, expresada con cruda franqueza por Lucía, era un profesor universitario del cual se había enamorado. Misael había encajado el golpe con sentido pragmático consciente de que ante un argumento de esa naturaleza no valía la pena intentar la recuperación de un amor que había perdido su fuerza y su vigencia. Puesto que en Colombia para esas fechas no existía el divorcio entre parejas casadas por lo católico debido a un concordato entre el Gobierno y la Iglesia, sólo se permitía la separación de cuerpos y bienes. Entonces, como muchas otras parejas en situaciones similares, dieron poder a un abogado especializado que efectuó los trámites de divorcio en República Dominicana, sin necesidad de que ellos viajasen. Días antes, Misael había recibido la sentencia de divorcio por incompatibilidad de caracteres. Legalmente era de nuevo un hombre soltero y podría contraer nupcias en cualquier otro país diferente al suyo. ¿Volvería a casarse? No lo creía, pero sin querer, a su mente acudió la imagen de María de los Ángeles.
El sólo pensar que la bella e inteligente joven hubiese podido desertar en compañía de un sujeto tan despreciable como Black Jack, le producía a Misael un malestar cuyas causas intuía pero no se atrevía a reconocer: la joven le había atraído enormemente desde que la vio por primera vez y una sensación parecida a los celos había agregado un ingrediente más a la antipatía que le producía el arrogante tuerto, al enterarse que habían salido juntos a pasar el fin de semana.
Pensó en servirse un segundo trago pero no lo hizo. El sábado siguiente celebraría en forma su cumpleaños en compañía de su primo Nando, con quien había quedado de encontrarse para asistir al show que ofrecía Simon´s Club con un grupo de bailarines de samba.

***

Tegucigalpa, sábado 24 de marzo de 1984

Juanito estaba feliz: la totalidad de las mesas del Simon´s Club tenían reservación y había doce personas en lista de espera. La presentación del grupo brasilero de samba había despertado una gran expectativa entre sus clientes y todo parecía augurar que esa sería una estupenda noche. De hecho, las presentaciones del jueves y el viernes habían sido un éxito. Como siempre, salió de su camerino para recorrer el local e inspeccionar que todo estuviese a punto. A pocos metros de la puerta, alcanzó a escuchar una voz femenina con acento nicaragüense que alegaba con el portero e insistía en ver al dueño del local para presentarse como artista. Desde donde estaba alcanzó a ver a una mujer, ataviada con una túnica de algodón, que llevaba una guitarra colgada en bandolera sobre la espalda. Movido por la curiosidad, se aproximó para ver de cerca a la guitarrista, cuya bien modulada voz le resultaba lejanamente familiar. Cuando la joven sintió sus pasos giró la cabeza y Juanito, estupefacto, no daba crédito a lo que veían sus ojos: frente a él, un tanto demacrada pero hermosa, estaba de cuerpo entero, Maribel Argüello.
Al reconocerlo, sin darle tiempo para reponerse de su sorpresa se abalanzó sobre él con una efusividad exagerada que lo hizo trastabillar. La excitación y el brillo en los ojos de la joven le llevaron a pensar que estaba drogada, ebria o al menos muy alterada. Como pudo y con firme delicadeza se soltó de su abrazo y la condujo al interior del local. Mientras avanzaban hacia su apartamento, similar al que antaño compartía con Simón, Maribel no cesaba de hablar y de hacer preguntas como queriendo decirlo todo y saberlo todo de una vez. Con su torrente incontenible de palabras sólo lograba sumir en el desconcierto al atónito Juanito:
― ¿Dónde están mi papá y mi hermana? Ya mi guerra terminó. Quiero ver a Adriana. Max ya está vengado. ¿Dónde está Simón? El Turpial me quería matar pero yo me le adelanté. Este club está mejor que El Atlantis. Me escapé de Las Vegas. El hijo de Baltodano quedó vuelto mierda. ¡Jajaja! Le disparé para que no sufriera como Max. ¿Te gusta mi guitarra? Es española la compré ayer. Vigorón y Lorena traicionaron la revolución. Yo sé donde está la tumba de concreto. ¿Dónde está el mulato Bernardo? Es un hombre muy sexy. No puedo volver a Managua porque me joden. ¿Mi papá está en Managua? ¡Jajaja! Yo canto lo mismo que canta Adriana. Tenés que escucharme. ¿Vos creés que mi papá me perdone? Vós no sabés quien soy. Jajaja. Soy la Leona y soy María de los Ángeles y soy Kasandra y soy la teniente Argüello y soy Julieta Meneses. Ah y el Turpial quería que ahora fuera además Rebeca Quintero. ¿Vos creés que soy Maribel? Jajaja. No soy ninguna pero soy todas. Jajaja. La revolución y la contra me valen verga. Quiero la paz. Quiero bailar. Quiero cantar… ― Maribel que hasta entonces había permanecido de pié y gesticulando, mientras daba pasos cortos en torno a Juanito, se detuvo, descolgó la guitarra de su espalda, la afinó y comenzó a cantar “Hasta Siempre”.
Juanito tuvo un respiro para poner orden a sus ideas. Cuando la joven terminó la canción, tenía el esbozo de un plan para intentar resolver el problema que se le había presentado con la inesperada aparición de Maribel. Sin darle tiempo para reanudar su incoherente perorata, se apresuró a preguntarle:
― ¿Tienes hambre?
― Sí, mucha pero solo quiero frutas, bastantes frutas.
Por el intercomunicador, Juanito dio instrucciones para que le trajesen el pedido y aprovechó para ordenar que tan pronto llegase el señor Jaramillo a cuyo nombre estaba reservada la mesa número dos, lo hicieran pasar de inmediato a su apartamento.
Al rato, Nando y Misael que habían llegado en plan de celebración, se llevaron una sorpresa mayúscula cuando fueron conducidos al apartamento de Juanito y se encontraron a la exaltada joven que en ese momento daba cuenta de una enorme porción de papaya. La doble identidad de Maribel se puso de manifiesto con la pregunta simultánea de los dos hombres:
― ¿Maribel?
― ¿María de los Ángeles?
― Si, si, si yo soy las dos y no soy ninguna. Pero quiero volver a ser Maribel la hija de mi papá y la hermanita menor de María José. ¿Cómo les parece muchachos?― después dirigiéndose a Nando le dijo:
― ¿Por qué me salvaste? Me hubiera ido mejor muerta. ¿O quien sabe? Si no me hubieras escondido en tu casa, jamás hubiera conocido a ésta belleza de hombre ―. Ahora escúchenme todos: esta guerra es una mierda, los sandinistas son una mierda, los contras son una mierda. Todo es una mierda, mejor hagamos el amor y no la puta guerra…
Juanito aprovechó el nuevo y disparatado discurso de Maribel, para escabullirse hasta el teléfono y llamar al doctor Mendieta, un siquiatra con quien mantenía una buena relación, para buscar ayuda. En ese momento no le cabía la menor duda de que su amiga sufría una grave perturbación mental.

A solas con los dos primos, Maribel volvió a repetir la sarta de incoherencias con que había abrumado a Juanito. La remató con una estridente y convulsiva carcajada, se volvió hacia Misael y mirándolo fijamente a los ojos le dijo:
― Yo se que te gusto. Vos a mí me fascinás, te parecés a Omar Sharif el egipcio que hizo el papel de doctor Zhivago. ¿Te gustaría ser mi doctor Zhivago? A vos no te gustaba Black Jack y te ponías celoso porque andaba conmigo. ¡Jajaja! No tenías porque celarme; pero claro, vos no sabías que le estaba preparando una trampa a ese tuerto hijo de la gran puta. ¿Y sabés qué? Gané yo. Black Jack está enterrado en la tumba de concreto. ¿Querés saber donde? ¿Puedo confiar en vos? Tus ojos me dicen que si, que no vas a ir a contarle este secreto a 3-80. Mi doctor Zhivago es noble y se está ganando mi amor.― Como para darle fuerza a su última frase, Maribel se abrazó a Misael y lo besó apasionadamente en la boca.
Mudo de asombro Misael no acertaba a pronunciar palabra. En su mente, algunas de las incoherencias expresadas en el delirio de la joven tenían sentido. Otras no. Algo similar le ocurría a Nando. Ambos necesitaban con urgencia salir de allí, armar el rompecabezas verbal y tratar de entender lo que estaba sucediendo. Afortunadamente, a los pocos minutos regresó Juanito en compañía del doctor Mendieta y los dos primos aprovecharon para dirigirse al bar.
Combinando algunas de las deshilvanadas afirmaciones de Maribel con la información que cada uno tenía sobre su pasado, los dos primos lograron establecer que la situación de la joven era muy delicada: aparte de su clara perturbación mental, seguramente la FUSEP la estaría buscando para entregarla al comando de la contra. Esto último significaba una clara sentencia de muerte. Pues, según Misael, los contras no eran propiamente un dechado de respeto por los derechos humanos; él mismo había sido testigo del fusilamiento de prisioneros sin fórmula de juicio. En su opinión, el asesor gringo en cuestiones de derechos humanos era una figura decorativa.
― ¿En qué piensas Misael? preguntó Nando a su primo para interrumpir el prolongado silencio que siguió al debate sobre los hechos que habían podido dilucidar.
― En una frase que aprendí del abuelo Tobías: “Nunca digas todo lo que sabes porque el que dice todo lo que sabe muchas veces dice lo que no conviene”―. Tras una pausa agregó: ― Por mi parte, no me siento obligado a compartir esto con los contras… Preferiría protegerla con mi silencio. Al fin de cuentas ésta no es mi guerra. Además, creo que en éste momento debo desaparecer de la escena para evitar complicaciones. ¿No te parece primo?

Poco después de media noche, el maître se acercó a Nando y le dijo que Juanito lo esperaba en su apartamento. El joven empresario que estaba solo y se notaba bastante preocupado, le resumió la situación: el doctor Mendieta había decidido internar a Maribel en su clínica privada, para efectuar un diagnóstico, una vez pasara el efecto del fuerte sedante que le había aplicado antes de pedir una ambulancia para trasladarla. El siquiatra consideraba que el lunes en la tarde podría tener un cuadro clínico completo y una propuesta sobre el tratamiento mas indicado. Lo que más preocupaba a Juanito eran algunas de las frases pronunciadas por Maribel, que le llevaban a suponer que la joven estaba metida en un serio y sórdido problema, cuyas implicaciones no alcanzaba a vislumbrar. Lo extraño era que en los bolsillos de la túnica que vestía Maribel habían encontrado cerca de mil dólares en efectivo, algunos cientos de lempiras y un pasaporte guatemalteco, con la foto de la joven pero a nombre de Rebeca Quintero, nacida en Quetzaltenango.
Para Juanito, el único aspecto favorable era que no estaba solo en la búsqueda de soluciones: Nando permanecería dos semanas más en Tegucigalpa y Braulio llegaría el lunes a primera hora, pues ambos estaban participando en un Programa de Alta Gerencia, dirigido a los ejecutiv0os de una importante empresa estatal.

***

El doctor Mendieta había citado a Juanito para las tres de la tarde del lunes. Éste llegó en compañía de Braulio, pues Nando tenía una clase a esa hora. Después de las presentaciones, el siquiatra fue directamente al grano:
― En mi opinión, la paciente sufre un trastorno afectivo bipolar y requiere un período de hospitalización en un centro especializado para iniciar un tratamiento. En éste momento se encuentra tranquila y gracias a los medicamentos que le he proporcionado, ha estado en condiciones de recordar y relatar los hechos más importantes de su vida, hasta un reciente episodio traumático, que obró como desencadenante de la enfermedad. Cuando escuchen mi versión de lo que le ha sucedido a la joven, seguramente comprenderán que no puedo mantenerla interna en mi clínica y que incluso es conveniente, por su propia seguridad, sacarla cuanto antes del país.
En la hora siguiente el siquiatra reconstruyó lo sucedido a Maribel desde que Max había sido torturado y asesinado hasta los sucesos que culminaron con la muerte del Turpial y Lorenzo Baltodano. En opinión del médico, era muy probable que la paciente tuviese una predisposición genética hacia la enfermedad, y que los eventos del viernes 18 hubiesen precipitado su manifestación. Al abandonar el vehículo, había tomado un taxi que la llevó a un hotel de tercera categoría en las inmediaciones de una central de transporte. Entre el sábado y el jueves había estado encerrada en su habitación y sumida en una profunda depresión. Para Mendieta, éste había sido el primer episodio en la fase depresiva de la enfermedad. En la mañana del viernes, sin ninguna razón aparente, el ánimo de la joven había cambiado drásticamente para dar paso al primer episodio maníaco. Por fortuna, esa fase no estaba muy avanzada cuando llegó al Simon´s Club. Sus primeras manifestaciones habían sido de una euforia desbordada pero no agresiva. Gran parte del dinero en efectivo que poseía, lo había gastado en la compra de la túnica, los collares con que se adornaba, y la guitarra por la cual había pagado un precio excesivo.

La negativa del siquiatra a mantener en su clínica a Maribel forzó su traslado al apartamento de Juanito en donde la mantendrían escondida, bajo los efectos del ansiolítico formulado por Mendieta para mantener controlado el episodio maníaco, mientras tomaban una decisión sobre cuando y hacia donde deberían enviarla.

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