Punto de Quiebre – Capítulo XVII

Por : kapizan
En : Capítulo XVII - Efrén García, Novelas, Punto de Quiebre, Segunda Parte "Una guerra sucia"

0

EFRÉN GARCÍA

Miami, jueves 6 de diciembre de 1985

― Lo que pasa papá ― dijo Efrén a través del aparato telefónico en un tono y con un gesto tan despectivos que asustaron a Elizabeth, testigo impotente de la agria disputa entre Reinaldo, desde París, y su hijo en la mansión que compartían en Miami ―, es que te convertiste en un patético cubano gusano que no sólo niega la legitimidad de los sandinistas, sino que está aliado con los asesinos de la contra. ¡Tu imperialismo mendicante apesta! Tu ceguera política y tu estupidez…
― ¡A mí me respetas culicagado!― Rugió enfurecido Reinaldo y en tono de resolución inapelable agregó ―: me niego a entregarte un solo centavo hasta que cumplas 25 años. Fue la decisión de tu madre y yo soy el fideicomisario. Después ― agregó con entonación igualmente despectiva ―, puedes regalarle toda tu herencia a esos piricuacos de mierda, que para entonces ya estarán derrocados. La otra semana, después de que cumplas la mayoría de edad, puedes largarte a vivir de tu ingenuo “sandicomunismo” pero ni sueñes que apoyaré esa imbecilidad ― Sin despedirse de su único hijo, Reinaldo tiró el teléfono y se sirvió un vodka doble para calmar la ira consumiendo, paradójicamente, un trago típicamente “ruso-comunista”.

Cuando Reinaldo y Elizabeth se casaron en la primavera de 1979, Efrén, para entonces un niño de 12 años, se fue a vivir con la pareja. Desde el primer momento, el muchacho se encariñó con su madrastra, cuya belleza, amabilidad, ternura y tacto para manejar el rol de madre sustituta, le hicieron vivir, por primera vez, la experiencia de pertenecer a una familia normal, armónica y feliz. La relación entre padre e hijo, se deterioró desde la locura del adolescente al engañar a todos y volarse para Nicaragua como alfabetizador. Cuando el chico regresó, Elizabeth logró que le contara su aventura y le hiciese guardar el secreto: allí, en las montañas de Nueva Segovia, conoció a Xiomara Martínez, una adolescente de su misma edad, hija de un tal comandante Martínez del Ejército Sandinista, y con ella había conocido las mieles del amor apasionado, soñador, aventurero y rebelde de los primeros años juveniles. En el fondo del alma adolescente, y Elizabeth acertadamente lo intuía, el motor del deseo del muchacho era el amor, encubierto por una comprensible ingenuidad política y adornado por una retórica aprendida de memoria durante su experiencia en Nicaragua y mantenida actualizada con las extensas cartas de Xiomara, perfecta mezcla de consignas sandinistas y cursilería amorosa, que el apasionado e impulsivo Efrén devoraba y aprendía de memoria mientras esperaba, cada día más impaciente, su emancipación de la tutela paterna.

Preocupada por la actitud intransigente de ambos, Elizabeth sostuvo una larga conversación con Efrén y se comprometió a apoyarlo con sus propios recursos para que viajara a visitar a su novia en Managua; es más, esa misma noche, sin que el joven se enterara, habló con su hermano Nando, quién se comprometió a recibir como huésped al hijastro de su hermana.
Al día siguiente, Elizabeth viajaba a Francia para firmar contrato con una prestigiosa galería francesa y ultimar los detalles de una exposición de su obra programada para la primavera; el viaje se había adelantado una semana por iniciativa de su esposo que quería rendirle un homenaje al doctor Víctor Calero Reyes, embajador de Colombia en Francia, que regresaba a su país para asumir un ministerio. El diplomático era un admirador de la obra de Elizabeth y había comprado dos telas en una exposición parisina de la artista, a comienzos del verano de 1984. Desde entonces, Reinaldo y Víctor habían cultivado una excelente amistad a partir de sus afinidades políticas y deportivas: todas las mañanas, cuando el cubano permanecía en París, jugaban una partida de tenis y pasaban horas enteras analizando la situación política de América Latina en el contexto de la guerra fría. La idea de Reinaldo era organizar un cóctel de despedida para su amigo colombiano y obsequiarle uno de los cuadros de su esposa. El evento se realizaría en la galería de arte y serviría además para promover la próxima exposición de Elizabeth.

Mientras su hijastro la llevaba al aeropuerto, convencida de tener argumentos válidos para ablandar la posición de Reinaldo, le prometió a Efrén que regresaría con su padre para que celebraran su cumpleaños, unidos y felices como en los viejos tiempos. Su regalo serían los pasajes a Nicaragua y mil dólares para sus gastos, pues el hospedaje sería en casa de Nando.

***

Ciudad de Panamá, sábado 8 de diciembre de 1985

A media mañana de ese sábado, el comandante Martínez abrió los ojos y, al ritmo que se lo permitían las brumas rezagadas del alcohol y la droga consumidas en la orgiástica noche anterior, fue haciendo composición de tiempo modo y lugar: se encontraba en Panamá, como huésped de fin de semana, en la mansión que el general Noriega había puesto a entera disposición de Pablo Escobar Gaviria y los principales capos del cartel de Medellín, desde que a mediados de 1984, el peligroso narcotraficante, asediado por el gobierno colombiano tras el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla ― incorruptible ministro de Justicia en el gobierno de Belisario Betancourt ―, había pedido apoyo a su compinche, el folclórico dictador panameño, para establecer desde allí su base de operaciones del nefasto tráfico e iniciar una guerra demencial y sangrienta contra el gobierno y la fuerza pública colombianas; a su lado yacía desnuda, profundamente dormida e insensible a sus caricias mañaneras, una hermosa mulata, cortesía de don Pablo. En ese momento, en las prioridades del militar sandinista, pudo más la sed de la resaca que el deseo de alborotar y disfrutar a su joven compañera.
Se levantó entonces de la enorme cama de estilo colonial en madera tallada, con dosel labrado en espiral, cortinas de raso, mosquiteros de tafetán, almohadones de pluma y sábanas de seda, que cuatrocientos años atrás había servido de lecho a funcionarios ilustres de la corona que visitaban la ciudad en tránsito hacia Cartagena o Caracas, se puso una pantaloneta de algodón, se dirigió a la nevera que lucía anacrónica en la decoración del aposento, destapó una cerveza alemana de botella verde cubierta de escarcha, se repanchingó en una poltrona, digna de un virrey, y a pico de botella dejó que el líquido le refrescara el gaznate y le calmara la ansiedad que producen los excesos, antes de ocupar la mente en cualquier otro pensamiento.

A raíz de la situación de guerra civil en Nicaragua, Pablo Escobar Gaviria el astuto capo de la mafia colombiana había detectado una oportunidad para su negocio: los sandinistas podrían facilitarle sus pistas aéreas a cambio de una participación directa en los envíos, como socios, por lo cual recibirían una determinada cantidad de coca procesada, que les sería liquidada en efectivo al precio que pagaban por la droga los distribuidores mayoristas en las ciudades gringas. Un acuerdo similar al que mantenía con su amigo Noriega. En varias oportunidades entre 1983 y 1985, Pablo Escobar o alguno de sus principales socios del cartel habían sido huéspedes del gobierno sandinista y habían sido tratados con los protocolos reservados a los visitantes VIP de los países comunistas. El comandante guerrillero Arnulfo Martínez, responsable de operaciones encubiertas de inteligencia del Ejército Sandinista, fue nombrado enlace permanente y contacto oficial entre el gobierno y el cartel de Medellín. En todo lo relacionado con los capos y sus operaciones en Nicaragua, Adelaida, la esposa del comandante Martínez, jugaba un papel importante como relacionista y encargada de la contabilidad del negocio.
Desde el primer momento hubo empatía entre el avezado narcotraficante y el simpático comandante y esta era la cuarta vez que Martínez visitaba al capo en su cuartel general de Panamá; y la primera que lo hacía sin su mujer. La amistad entre los dos hombres se había consolidado en la navidad de 1983 cuando el comandante fue invitado con Adelaida y Xiomara, su hija adolescente, a pasar unas inolvidables vacaciones en la estrafalaria y exageradamente dotada finca Nápoles, en el Magdalena medio colombiano, famosa por el zoológico público más completo y exótico de América Latina y por los conciertos de grupos de renombre internacional que el capo contrataba para entretener a sus invitados.

Por mitad de la segunda cerveza a la mente de Martínez acudió el compromiso adquirido con el capo, al calor de los tragos, para ayudarle en un operativo internacional que representaba mucho para su anfitrión y que estaba en sus manos coordinar dada su relación previa con quien sería el ejecutor, que el mismo había recomendado y don Pablo aceptado: Iscariote. El asesino profesional había demostrado su eficiencia en otros dos casos, posteriores al atentado de Pastora, que el militar sandinista le había encomendado; y respecto a los hechos de La Penca si bien era cierto que Edén Pastora había sobrevivido, también lo era que el Comandante Cero había quedado prácticamente neutralizado. Desde entonces, la comunicación entre el sandinista y el verdugo a sueldo se había vuelto muy fluida y tan cordial como lo permitía la insensible y flemática frialdad de éste último que contrastaba con la extroversión y la simpatía tropical del nicaragüense. A la sazón Iscariote estaba en Francia, Martínez lo sabía y por eso cuando Pablo Escobar comentó que quería eliminar al embajador de Colombia en París, se ofreció a colaborar con el capo.
El doctor Víctor Calero Reyes, embajador de Colombia ante el gobierno francés, había sido uno de los más efectivos colaboradores del asesinado ministro Lara Bonilla en su lucha contra el narcotráfico; por ello, en parte para protegerlo de las amenazas y en parte para premiar su labor, el gobierno le había asignado esa importante misión diplomática. El lunes de esa semana el ministro que había reemplazado a Lara Bonilla renunció y el Presidente decidió nombrar a Calero como su reemplazo. Esa noticia era la que tenía molesto al jefe mafioso y en la noche del viernes quedó “decretada” la sentencia de muerte del nuevo ministro. Una sola condición había puesto Escobar: la ejecución debería hacerse en territorio Francés. Para el criminal colombiano era muy importante demostrar ante la opinión pública que su poder de retaliación no respetaba fronteras y por lo tanto, sus enemigos no estarían seguros en ningún rincón del planeta.

***

París, viernes 14 de diciembre de 1985.

La noticia interrumpió la programación del horario familiar de las 7 de la noche en los canales de la televisión francesa y fue retransmitida al resto del mundo por las agencias noticiosas: El Doctor Víctor Calero Reyes embajador de Colombia ante el gobierno francés acababa de fallecer víctima de un atentado terrorista perpetrado con una bomba de alto poder explosivo. Los hechos habían ocurrido en la galería de arte La Pallette, a pocas cuadras del palacio del Eliseo, durante una despedida organizada por un grupo de amigos del diplomático, que regresaba a Bogotá para asumir el Ministerio de Justicia. En el fatídico suceso, también habían perdido la vida el crítico de arte cubano Reinaldo García y dos empleados de la galería. Aparte de las víctimas fatales, la explosión había causado heridas de consideración a ocho personas presentes en el acto.

Elizabeth que salió ilesa del atentado, se apersonó de la situación con mucha ecuanimidad, efectuó los trámites para la repatriación del cadáver, y tres días después organizó en Miami un solemne y muy concurrido funeral. Finalmente, Reinaldo fue enterrado el 19 de diciembre, el mismo día en que su hijo cumplió la mayoría de edad. Esa misma noche, el joven que no había derramado ni una sola lágrima se derrumbó en brazos de su madrastra y le expresó su amargura por no haber podido construir una buena relación con su padre. Sin embargo, cualquier sentimiento de culpa de Efrén por la forma en que había tratado a su padre la última vez que discutieron, quedó sepultado en lo más profundo de su alma, cubierto por la nueva sensación de libertad y matizado por las palabras consoladoras de Elizabeth, quién le aseguró que su papá, dos días antes de morir, se había mostrado más receptivo respecto al viaje a Managua, como regalo de cumpleaños. En consecuencia, ella como única familia de Efrén ― la abuela había fallecido tres años antes y la tía que lo había cuidado en su niñez, estaba interna en una clínica mental ―, apoyaba su decisión de viajar a Nicaragua e iniciar una nueva vida al lado de Xiomara; le recomendaba que hiciese una carrera universitaria; y le sugería que conociese muy bien a su novia antes de iniciar una convivencia permanente.

***

Managua, lunes 16 de febrero de 1986.

― En menos de media hora se va a desgajar un aguacero espantoso ― sentenció Xiomara, bajando la mirada de sus ojos de caramelo, miopes pero muy expresivos, para concentrarla a través de sus gafas con marco de oro, en los ojos verdes de Efrén que la contemplaba embelesado.
― Deberías estudiar Meteorología en vez de Economía Política. Te verías divina en el noticiero haciendo pronósticos del tiempo ― bromeó el joven al tiempo que pasaba su brazo derecho alrededor del esbelto talle, para sugerir ―: vamos a la cafetería, tenemos tiempo para tomar un refresco y fumarnos un cigarrillo antes de clase.

Los dos jóvenes caminaron con los brazos entrelazados en la espalda como cualquier pareja de enamorados, sin hablar, pero transmitiéndose mutuamente la plenitud del momento, a través de una suave presión de los dedos en sus respectivos costados, y de esporádicas miradas de reojo. Su euforia era exultante. Les parecía increíble la forma como los nubarrones que amenazaban su relación, apenas dos meses antes, se habían diluido con la trágica muerte de Reinaldo, para dar paso a una vida completamente nueva, compartida, acorde con los ideales políticos que venían cultivando desde su adolescencia como alfabetizadores y con los sueños que, como pareja, se habían forjado.

Reinaldo era previsivo y al morir había dejado testamento a favor de Elizabeth y Efrén, que heredarían por partes iguales la totalidad de sus bienes líquidos ― acciones, bonos y títulos ―, valorados en cerca de un millón y medio de dólares. Su esposa quedaría además con el apartamento en París, la mansión que habían compartido en Miami y la valiosa colección de obras de arte. En el testamento se designaba a una firma de abogados como fideicomisaria de un fondo de ochocientos mil dólares que el muchacho había heredado de su madre; se agregaba a ese monto la nueva suma heredada de su padre, y se mantenía la disposición de no entregarle el dinero hasta que el joven cumpliese veinticinco años. Mensualmente, la firma de abogados entregaría al muchacho una asignación de mil quinientos dólares para sus gastos personales y se cubrirían todos los costos de su educación universitaria.

Efrén había llegado a Managua una semana antes; estaba alojado en casa de Nando, el hermano de su madrastra; se había matriculado, junto con su novia en la facultad de ciencias políticas de la UNAN; había invertido mil dólares en la compra de un vehículo Skoda de fabricación checa, único en el mercado con cero kilómetros; el profesor de INCAE, a quien suponía simpatizante de los sandinistas, y Lorena su compañera, eran una pareja simpática y lo habían recibido como si fuese un sobrino, haciéndolo sentir en confianza desde el primer momento; el sueño, largamente acariciado, de vivir cerca a su amada, se había hecho realidad; además, el profesor vivía en la carretera sur a menos de un kilómetro de la casa de su novia, una preciosa quinta confiscada a un antiguo somocista. Por todo esto, se sentía el hombre más feliz sobre la faz de la tierra.

Los padres de Xiomara eran más conservadores de lo que cabría esperar de su condición revolucionaria, especialmente en lo que tenía que ver con las relaciones de su hija. Aceptaban el noviazgo de la pareja, pero exigían un comportamiento “acorde con la decencia y las buenas costumbres” como solía decir Adelaida. En verdad, la condición revolucionaria de los esposos Martínez a raíz de su exagerado enriquecimiento por cuenta del narcotráfico, había dado paso a un grosero capitalismo, mimetizado con una retórica sandinista y antiyanqui. Por supuesto, se cuidaban mucho de dejar ver su “aburguesamiento” dentro de su círculo de amistades y reservaban sus excesos consumistas para sus frecuentes viajes a Colombia, Panamá y los países europeos del bloque soviético. Respecto a sus andanzas y a lo que hacían en sus viajes, el comandante y su esposa se mostraban muy cautelosos y discretos con Xiomara, quien desconocía las actividades criminales de sus padres y preservaba el ingenuo idealismo sandinista de su adolescencia.
En muy poco tiempo Efrén, que admiraba como un héroe de la revolución al padre de Xiomara, se había ganado el aprecio de éste a quién había logrado convencer sobre la sinceridad de sus convicciones comunistas y su convencimiento de que la lucha armada era el único camino para las reivindicaciones sociales en América latina.
Independientemente de la relación que el muchacho tuviese con su hija, al comandante Martínez le convenía cultivar la amistad de Efrén y estimular su fanatismo político, pues pensaba aprovechar la circunstancia de que viviese en casa del académico de INCAE, para que le ayudase a investigarlo pues tenía información de la Embajada Soviética, en el sentido de que un profesor de esa institución era agente de la CIA; y él estaba casi seguro, de que el espía era el colombo-americano Fernando Jaramillo, oficial retirado del ejército gringo y actual compañero sentimental de una antigua guerrillera del disidente grupo de Pastora. Éste profesor mantenía buenas relaciones con personas muy importantes del régimen, desde que había escondido a unos combatientes heridos, pocos días antes de la caída de Somoza; y Martínez intuía, que gracias a ello obtenía información privilegiada. En el fondo, el astuto oficial de inteligencia nunca había creído en las simpatías de Jaramillo por el sandinismo; y ahora, la cercanía de Efrén al sujeto, le daba la doble oportunidad de probar la solidez de las convicciones del muchacho y verificar si era la pareja apropiada para merecer a su hija.
A mediados de junio de ese año, cuando Martínez planteo a Efrén la posibilidad de que el hermano de su madrastra estuviese simulando simpatía por el sandinismo y fuese en realidad un agente de la CIA, el joven no se mostró sorprendido e incluso manifestó sus propias dudas respecto al sandinismo de Nando y se ofreció de buen gusto a colaborar para tratar de desenmascararlo. Como primer paso acordaron que durante el fin de semana siguiente, en que el profesor y su compañera tenían previsto viajar a Honduras para asistir a un seminario, el joven facilitaría el acceso a la residencia de la pareja de un grupo especializado, que se encargaría de instalar dispositivos electrónicos de última generación, suministrados por los rusos, para mantener un seguimiento de escucha las veinticuatro horas. Terminada la charla con su suegro, Efrén se sentía dichoso de poder hacer algo útil por la revolución y en contra del imperialismo yanqui del cual su anfitrión era un despreciable esbirro. De eso ya no le cabía la menor duda.

Gathacol.net